Ernesto Sabato

Sobre héroes y tumbas


Existe cierto tipo de ficciones mediante las cuales el autor intenta liberarse de una obsesión que no resulta clara ni para él mismo. Para bien y para mal, son las únicas que puedo escribir. Más, todavía, son las incomprensibles historias que me vi forjado a escribir desde que era un adolescente. Por ventura fui parco en su publicación, y recién en 1948 me decidí a publicar una de ellas: El Túnel. En los trece años que transcurrieron luego, seguí explorando ese oscuro laberinto que conduce al secreto central de nuestra vida. Una y otra vez, traté de expresar el resultado de mis búsquedas, hasta que desalentado por los pobres resultados terminaba por destruir los manuscritos. Ahora, algunos amigos que los leyeron me han inducido a su publicación. A todos ellos quiero expresarles aquí mi reconocimiento por esa fe y esa confianza que, por desdicha, yo nunca he tenido.

Dedico esta novela a la mujer que tenazmente me alentó en los momentos de descreimiento, que son los más. Sin ella, nunca habría tenido fuerzas para llevarla a cabo. Y aunque habría merecido algo mejor, aun así con todas sus imperfecciones, a ella le pertenece.


I -El dragón y la princesa

NOTICIA PRELIMINAR

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

<p id="_Toc49268409">I -El dragón y la princesa</p>
<p id="_Toc49270039">NOTICIA PRELIMINAR</p>

Las primeras investigaciones revelaron que el antiguo Mirador que servía de dormitorio a Alejandra fue cerrado con llave desde dentro por la propia Alejandra. Luego (aunque, lógicamente, no se puede precisar el lapso transcurrido) mató a su padre de cuatro balazos con una pistola calibre 32. Finalmente, echó nafta y prendió fuego.

Esta tragedia, que sacudió a Buenos Aires por el relieve de esa vieja familia argentina, pudo parecer al comienzo la consecuencia de un repentino ataque de locura. Pero ahora un nuevo elemento de juicio ha alterado ese primitivo esquema. Un extraño "Informe sobre ciegos", que Fernando Vidal terminó de escribir la noche misma de su muerte, fue descubierto en el departamento que, con nombre supuesto, ocupaba en Villa Devoto. Es, de acuerdo con nuestras referencias, el manuscrito de un paranoico. Pero no obstante se dice que de él es posible inferir ciertas interpretaciones que echan luz sobre el crimen y hacen ceder la hipótesis del acto de locura ante una hipótesis más tenebrosa. Si esa inferencia es correcta, también se explicaría por qué Alejandra no se suicidó con una de las dos balas que restaban en la pistola, optando por quemarse viva.

[Fragmento de una crónica policial publicada el 28 de junio de 1955 por La Razón de Buenos Aires.]

<p id="_Toc49270040">I</p>

Un sábado de mayo de 1953, dos años antes de los acontecimientos de Barracas, un muchacho alto y encorvado caminaba por uno de los senderos del parque Lezama.

Se sentó en un banco, cerca de la estatua de Ceres, y permaneció sin hacer nada, abandonado a sus pensamientos. "Como un bote a la deriva en un gran lago aparentemente tranquilo pero agitado por corrientes profundas", pensó Bruno, cuando, después de la muerte de Alejandra, Martín le contó, confusa y fragmentariamente, algunos de los episodios vinculados a aquella relación. Y no sólo lo pensaba sino que lo comprendía ¡y de qué manera!, ya que aquel Martín de diecisiete años le recordaba a su propio antepasado, al remoto Bruno que a veces vislumbraba a través de un territorio neblinoso de treinta años; territorio enriquecido y devastado por el amor, la desilusión y la muerte. Melancólicamente lo imaginaba en aquel viejo parque, con la luz crepuscular demorándose sobre las modestas estatuas, sobre los pensativos leones de bronce, sobre los senderos cubiertos de hojas blandamente muertas. A esa hora en que comienzan a oírse los pequeños murmullos, en que los grandes ruidos se van retirando, como se apagan las conversaciones demasiado fuertes en la habitación de un moribundo; y entonces, el rumor de la fuente, los pasos de un hombre que se aleja, el gorjeo de los pájaros que no terminan de acomodarse en sus nidos, el lejano grito de un niño, comienzan a notarse con extraña gravedad. Un misterioso acontecimiento se produce en esos momentos: anochece. Y todo es diferente: los árboles, los bancos, los jubilados que encienden alguna fogata con hojas secas, la sirena de un barco en la Dársena Sur, el distante eco de la ciudad. Esa hora en que todo entra en una existencia más profunda y enigmática. Y también más temible, para los seres solitarios que a esa hora permanecen callados y pensativos en los bancos de las plazas y parques de Buenos Aires.

Martín levantó un trozo de diario abandonado, un trozo en forma de país: un país inexistente, pero posible. Mecánicamente leyó las palabras que se referían a Suez, a comerciantes que iban a la cárcel de Villa Devoto, a algo que dijo Gheorghiu al llegar. Del otro lado, medio manchada por el barro, se veía una foto: PERÓN VISITA EL TEATRO DISCÉPOLO. Más abajo, un ex combatiente mataba a su mujer y a otras cuatro personas a hachazos.

Arrojó el diario: "Casi nunca suceden cosas" le diría Bruno, años después, "aunque la peste diezme una región de la India ". Volvía a ver la cara pintarrajeada de su madre diciendo "existís porque me descuidé". Valor, sí señor, valor era lo que le había faltado. Que si no, habría terminado en las cloacas.

Madrecloaca.

Cuando de pronto -dijo Martín- tuve la sensación de que alguien estaba a mis espaldas, mirándome.

Durante unos instantes permaneció rígido, con esa rigidez expectante y tensa, cuando, en la oscuridad del dormitorio, se cree oír un sospechoso crujido. Porque muchas veces había sentido esa sensación sobre la nuca, pero era simplemente molesta o desagradable; ya que (explicó) siempre se había considerado feo y risible, y lo molestaba la sola presunción de que alguien estuviera estudiándolo o por lo menos observándolo a sus espaldas; razón por la cual se sentaba en los asientos últimos de los tranvías y ómnibus, o entraba al cine cuando las luces estaban apagadas. En tanto que en aquel momento sintió algo distinto. Algo -vaciló como buscando la palabra más adecuada-, algo inquietante, algo similar a ese crujido sospechoso que oímos, o creemos oír, en la profundidad de la noche.

Hizo un esfuerzo para mantener los ojos sobre la estatua, pero en realidad no la veía más: sus ojos estaban vueltos hacia dentro, como cuando se piensa en cosas pasadas y se trata de reconstruir oscuros recuerdos que exigen toda la concentración de nuestro espíritu.

"Alguien está tratando de comunicarse conmigo", dijo que pensó agitadamente.


La sensación de sentirse observado agravó, como siempre, sus vergüenzas: se veía feo, desproporcionado, torpe. Hasta sus diecisiete años se le ocurrían grotescos.

"Pero si no es así", le diría dos años después la muchacha que en ese momento estaba a sus espaldas; un tiempo enorme -pensaba Bruno-, porque no se medía por meses y ni siquiera por años, sino, como es propio de esa clase de seres, por catástrofes espirituales y por días de absoluta soledad y de inenarrable tristeza; días que se alargan y se deforman como tenebrosos fantasmas sobre las paredes del tiempo. "Si no es así de ningún modo", y lo escrutaba como un pintor observa a su modelo, chupando nerviosamente su eterno cigarrillo.

"Espera", decía.

"Sos algo más que un buen mozo", decía.

"Sos un muchacho interesante y profundo, aparte de que tenés un tipo muy raro."

– Sí, por supuesto -admitía Martín, sonriendo con amargura, mientras pensaba "ya ves que tengo razón"-, porque todo eso se dice cuando uno no es un buen mozo y todo lo demás no tiene importancia.

"Pero te digo que esperes", contestaba con irritación. "Sos largo y angosto, como un personaje del Greco."

Martín gruñó.

"Pero callate", prosiguió con indignación, como un sabio que es interrumpido o distraído con trivialidades en el momento en que está a punto de hallar la ansiada fórmula final. Y volviendo a chupar ávidamente el cigarrillo, como era habitual en ella cuando se concentraba, y frunciendo fuertemente el ceño, agregó:

"Pero, sabes: como rompiendo de pronto con ese proyecto de asceta español te revientan unos labios sensuales. Y además tenés esos ojos húmedos. Callate, ya sé que no te gusta nada todo esto que te digo pero déjame terminar. Creo que las mujeres te deben encontrar atractivo, a pesar de lo que vos te supones. Sí, también tu expresión. Una mezcla de pureza, de melancolía y de sensualidad reprimida. Pero además… un momento… Una ansiedad en tus ojos, debajo de esa frente que parece un balcón saledizo. Pero no sé si es todo eso lo que me gusta en vos. Creo que es otra cosa…

Que tu espíritu domina sobre tu carne, como si estuvieras siempre en posición de firme. Bueno, gustar acaso no sea la palabra, quizá me sorprende, o me admira o me irrita, no sé… Tu espíritu reinando sobre tu cuerpo como un dictador austero.

"Como si Pío XII tuviera que vigilar un prostíbulo. Vamos, no te enojes, si ya sé que sos un ser angelical. Además, como te digo, no sé si eso me gusta en vos o es lo que más odio."

Hizo un gran esfuerzo por mantener la mirada sobre la estatua. Dijo que en aquel momento sintió miedo y fascinación; miedo de darse vuelta y un fascinante deseo de hacerlo. Recordó que una vez, en la quebrada de Humahuaca, al borde de la Garganta del Diablo, mientras contemplaba a sus pies el abismo negro, una fuerza irresistible lo empujó de pronto a saltar hacia el otro lado. Y en ese momento le pasaba algo parecido: como si se sintiese impulsado a saltar a través de un oscuro abismo "hacia el otro lado de su existencia". Y entonces, aquella fuerza inconsciente pero irresistible le obligó a volver su cabeza.

Apenas la divisó, apartó con rapidez su mirada, volviendo a colocarla sobre la estatua. Tenía pavor por los seres humanos: le parecían imprevisibles, pero sobre todo perversos y sucios. Las estatuas, en cambio, le proporcionaban una tranquila felicidad, pertenecían a un mundo ordenado, bello y limpio.

Pero le era imposible ver la estatua: seguía manteniendo la imagen fugaz de la desconocida, la mancha azul de su pollera, el negro de su pelo lacio y largo, la palidez de su cara, su rostro clavado sobre él. Apenas eran manchas, como en un rápido boceto de pintor, sin ningún detalle que indicase una edad precisa ni un tipo determinado. Pero sabía -recalcó la palabra- que algo muy importante acababa de suceder en su vida: no tanto por lo que había visto, sino por el poderoso mensaje que recibió en silencio.

– Usted, Bruno, me lo ha dicho muchas veces. Que no siempre suceden cosas, que casi nunca suceden cosas. Un hombre cruza el estrecho de los Dardanelos, un señor asume la presidencia en Austria, la peste diezma una región de la India, y nada tiene importancia para uno. Usted mismo me ha dicho que es horrible, pero es así. En cambio, en aquel momento, tuve la sensación nítida de que acababa de suceder algo. Algo que cambiaría el curso de mi vida.

No podía precisar cuánto tiempo transcurrió, pero recordaba que después de un lapso que le pareció larguísimo sintió que la muchacha se levantaba y se iba. Entonces, mientras se alejaba, la observó: era alta, llevaba un libro en la mano izquierda y caminaba con cierta nerviosa energía. Sin advertirlo, Martín se levantó y empezó a caminar en la misma dirección. Pero de pronto, al tener conciencia de lo que estaba sucediendo y al imaginar que ella podía volver la cabeza y verlo detrás, siguiéndola, se detuvo con miedo. Entonces la vio alejarse en dirección al alto, por la calle Brasil hacia Balcarce.

Pronto desapareció de su vista.

Volvió lentamente a su banco y se sentó.

– Pero -le dijo- ya no era la misma persona que antes. Y nunca lo volvería a ser.

<p id="_Toc49270041">II</p>

Pasaron muchos días de agitación. Porque sabía que volvería a verla, tenía la seguridad de que ella volvería al mismo lugar.

Durante ese tiempo no hizo otra cosa que pensar en la muchacha desconocida y cada tarde se sentaba en aquel banco, con la misma mezcla de temor y de esperanza.

Hasta que un día, pensando que todo había sido un disparate, decidió ir a la Boca, en lugar de acudir una vez más, ridículamente, al banco del parque Lezama. Y estaba ya en la calle Almirante Brown cuando empezó a caminar de vuelta hacia el lugar habitual; primero con lentitud y como vacilando, con timidez; luego, con creciente apuro, hasta terminar corriendo, como si pudiese llegar tarde a una cita convenida de antemano.

Sí, allá estaba. Desde lejos la vio caminando hacia él.

Martín se detuvo, mientras sentía cómo golpeaba su corazón.

La muchacha avanzó hacia él y cuando estuvo a su lado le dijo:

– Te estaba esperando.

Martín sintió que sus piernas se aflojaban.

– ¿A mí? -preguntó enrojeciendo.

No se atrevía a mirarla, pero pudo advertir que estaba vestida con un sweater negro de cuello alto y una falda también negra, o tal vez azul muy oscuro (eso no lo podía precisar, y en realidad no tenía ninguna importancia). Le pareció que sus ojos eran negros.

– ¿Los ojos negros? -comentó Bruno.

No, claro está: le había parecido. Y cuando la vio por segunda vez advirtió con sorpresa que sus ojos eran de un verde oscuro. Acaso aquella primera impresión se debió a la poca luz, o a la timidez que le impedía mirarla de frente, o, más probablemente, a las dos causas juntas. También pudo observar, en ese segundo encuentro, que aquel pelo largo y lacio que creyó tan renegrido tenía, en realidad, reflejos rojizos. Más adelante fue completando su retrato: sus labios eran gruesos y su boca grande, quizá muy grande, con unos pliegues hacia abajo en las comisuras, que daban sensación de amargura y de desdén.

"Explicarme a mí cómo es Alejandra, se dijo Bruno, cómo es su cara, cómo son los pliegues de su boca." Y pensó que eran precisamente aquellos pliegues desdeñosos y cierto tenebroso brillo de sus ojos lo que sobre todo distinguía el rostro de Alejandra del rostro de Georgina, a quien de verdad él había amado. Porque ahora lo comprendía, había sido a ella a quien verdaderamente quiso, pues cuando creyó enamorarse de Alejandra era a la madre de Alejandra a quien buscaba, como esos monjes medievales que intentaban descifrar el texto primitivo debajo de las restauraciones, debajo de las palabras borradas y sustituidas. Y esa insensatez había sido la causa de tristes desencuentros con Alejandra, experimentando a veces la misma sensación que podría sentirse al llegar, después de muchísimos años de ausencia, a la casa de la infancia y, al intentar abrir una puerta en la noche, encontrarse con una pared. Claro que su cara era casi la misma que la de Georgina: su mismo pelo negro con reflejos rojizos, sus ojos grisverdosos, su misma boca grande, sus mismos pómulos mongólicos, su misma piel mate y pálida. Pero aquel "casi" era atroz, y tanto más cuanto más sutil e imperceptible porque de ese modo el engaño era más profundo y doloroso. Ya que no bastan -pensaba- los huesos y la carne para construir un rostro, y es por eso que es infinitamente menos físico que el cuerpo: está calificado por la mirada, por el rictus de la boca, por las arrugas, por todo ese conjunto de sutiles atributos con que el alma se revela a través de la carne. Razón por la cual, en el instante mismo en que alguien muere, su cuerpo se transforma bruscamente en algo distinto, tan distinto como para que podamos decir "no parece la misma persona", no obstante tener los mismos huesos y la misma materia que un segundo antes, un segundo antes de ese misterioso momento en que el alma se retira del cuerpo y en que éste queda tan muerto como queda una casa cuando se retiran para siempre los seres que la habitan y, sobre todo, que sufrieron y se amaron en ella. Pues no son las paredes, ni el techo, ni el piso lo que individualiza la casa sino esos seres que la viven con sus conversaciones, sus risas, con sus amores y odios; seres que impregnan la casa de algo inmaterial pero profundo, de algo tan poco material como es la sonrisa en un rostro, aunque sea mediante objetos físicos como alfombras, libros o colores. Pues los cuadros que vemos sobre las paredes, los colores con que han sido pintadas las puertas y ventanas, el diseño de las alfombras, las flores que encontramos en los cuartos, los discos y libros, aunque objetos materiales (como también pertenecen a la carne los labios y las cejas), son, sin embargo, manifestaciones del alma; ya que el alma no puede manifestarse a nuestros ojos materiales sino por medio de la materia, y eso es una precariedad del alma pero también una curiosa sutileza.

– ¿Cómo, cómo? -preguntó Bruno. "Vine para verte", dijo Martín que dijo Alejandra. Ella se sentó en el césped. Y Martín ha de haber manifestado mucho asombro en su expresión porque la muchacha agregó:

– ¿No crees acaso, en la telepatía? Sería sorprendente, porque tenés todo el tipo. Cuando los otros días te vi en el banco, sabía que terminarías por darte vuelta. ¿No fue así? Bueno, también ahora estaba segura de que te acordarías de mí.

Martín no dijo nada. ¡Cuántas veces se iban a repetir escenas semejantes: ella adivinando su pensamiento y él escuchándola en silencio! Tenía la exacta sensación de conocerla, esa sensación que a veces tenemos de haber visto a alguien en una vida anterior, sensación que se parece a la realidad como un sueño a los hechos de la vigilia. Y debía pasar mucho tiempo hasta que comprendiese por qué Alejandra le resultaba vagamente conocida y entonces Bruno volvió a sonreír para sí mismo.

Martín la observó con deslumbramiento: su pelo renegrido contra su piel mate y pálida, su cuerpo alto y anguloso; había algo en ella que recordaba a las modelos que aparecen en las revistas de modas, pero revelaba a la vez una aspereza y una profundidad que no se encuentran en esa clase de mujeres. Pocas veces, casi nunca, la vería tener un rasgo de dulzura, uno de esos rasgos que se consideran característicos de la mujer y sobre todo de la madre. Su sonrisa era dura y sarcástica, su risa era violenta, como sus movimientos y su carácter en genera "Me costó mucho aprender a reír -le dijo un día-, pero nunca me río desde dentro".

– Pero -agregó Martín mirando a Bruno, con esa voluptuosidad que encuentran los enamorados en hacer que los demás reconozcan los atributos del ser que aman-, pero ¿no es cierto que los hombres y aun las mujeres daban vuelta la cabeza para mirarla?

Y mientras Bruno asentía, sonriendo para sus adentros ante aquella candorosa expresión de orgullo, pensó que así era en efecto, y que siempre y donde fuese Alejandra despertaba la atención de los hombres y también de las mujeres. Aunque por motivos diferentes, porque a las mujeres no las podía ver, las detestaba, sostenía que formaban una raza despreciable y sostenía que únicamente podía mantenerse amistad con algunos hombres; y las mujeres, por su parte, la detestaban a ella con la misma intensidad y por motivos inversos, fenómeno que a Alejandra apenas le suscitaba la más desdeñosa indiferencia. Aunque seguramente la detestaban sin dejar de admirar en secreto aquella figura que Martín llamaba exótica pero que en realidad era una paradojal manera de ser argentina, ya que ese tipo de rostros es frecuente en los países sudamericanos, cuando el color y los rasgos de un blanco se combinan con los pómulos y los ojos mongólicos del indio. Y aquellos ojos hondos y ansiosos, aquella gran boca desdeñosa, aquella mezcla de sentimientos y pasiones contradictorias que se sospechaban en sus rasgos (de ansiedad y de fastidio, de violencia y de una suerte de distraimiento, de sensualidad casi feroz y de una especie de asco por algo muy general y profundo), todo confería a su expresión un carácter que no se podía olvidar.

Martín también dijo que aunque no hubiese pasado nada entre ellos, aunque sólo hubiera estado o hablado con ella en una única ocasión, a propósito de cualquier nimiedad, no habría podido ya olvidar su cara en el resto de su vida. Y Bruno pensaba que era cierto, pues era algo más que hermosa. O, mejor dicho no se podía estar seguro de que fuera hermosa. Era distinto. Y resultaba poderosamente atractiva para los hombres, como se advertía caminando a su lado. Tenía cierto aire distraído y concentrado a la vez, como si estuviera cavilando en algo angustioso o mirando hacia adentro, y era seguro que cualquiera que tropezase con ella debía preguntarse, ¿quién es esta mujer, qué busca, qué está pensando?

Aquel primer encuentro fue decisivo para Martín. Hasta ese momento, las mujeres eran o esas vírgenes puras y heroicas de las leyendas, o seres superficiales y frívolos, chismosos y sucios, ególatras y charlatanes, pérfidos y materialistas ("como la propia madre de Martín", pensó Bruno que Martín pensaba). Y de pronto se encontraba con una mujer que no encajaba en ninguno de esos dos moldes, moldes que hasta ese encuentro él había creído que eran los únicos. Durante mucho tiempo le angustió esa novedad, ese inesperado género de mujer que, por un lado, parecía poseer algunas de las virtudes de aquel modelo heroico que tanto le había apasionado en sus lecturas adolescentes, y, por otro lado, revelaba esa sensualidad que él creía propia de la clase que execraba. Y aún entonces, ya muerta Alejandra, y después de haber mantenido con ella una relación tan intensa, no alcanzaba a ver con claridad en aquel gran enigma; y se solía preguntar qué habría hecho en aquel segundo encuentro si hubiera adivinado que ella era lo que luego los acontecimientos revelaron. ¿Habría huido?

Bruno lo miró en silencio: "Sí, ¿qué habría hecho?" Martín lo miró a su vez con concentrada atención y después de unos segundos, dijo:

– Sufrí con ella tanto que muchas veces estuve al borde del suicidio.

"Y, no obstante, aun así, aun sabiendo de antemano todo lo que luego me sucedió, habría corrido a su lado."

"Por supuesto", pensó Bruno. "¿Y qué otro hombre, muchacho o adulto, tonto o sabio, no habría hecho lo mismo?" -Me fascinaba -agregó Martín- como un abismo tenebroso y si me desesperaba era precisamente porque la quería y la necesitaba. ¿Cómo ha de desesperarnos algo que nos resulta indiferente?

Quedó largo rato pensativo y luego volvió a su obsesión: se empecinaba en recordar (en tratar de recordar) los momentos con ella, como los enamorados releen la vieja carta de amor que guardan en el bolsillo, cuando ya está alejado para siempre el ser que la escribió; y, también como en la carta, los recuerdos se iban agrietando y envejeciendo, se perdían frases enteras en los dobleces del alma, la tinta iba desvaneciéndose y, con ella, hermosas y mágicas palabras que creaban el sortilegio. Y entonces era necesario esforzar la memoria como quien esfuerza la vista y la acerca al resquebrajado y amarillento papel. Sí, sí: ella le había preguntado por dónde vivía, mientras arrancaba un yuyito y empezaba a masticar el tallo (hecho que recordaba con nitidez). Y después le habría preguntado con quién vivía. Con su padre, le respondió. Y después de un momento de vacilación, agregó que también vivía con su madre. "¿Y qué hace tu padre?" le preguntó entonces Alejandra, a lo que él no respondió en seguida, hasta que por fin dijo que era pintor. Pero al decir la palabra "pintor" su voz fue levemente distinta, como si fuese frágil, y temió que el tono de su voz hubiese llamado la atención de ella como debe llamar la atención de la gente la forma de caminar de alguien que atraviesa un techo de vidrio. Y que algo raro notó Alejandra en aquella palabra lo probaba el hecho de que se inclinó hacia él y lo observó.

– Te estás poniendo colorado -comentó.

– ¿Yo? -preguntó Martín.

Y, como sucede siempre en esas circunstancias, enrojeció aun más.

– Pero, ¿qué te pasa? -insistió ella, con el tallito en

suspenso.

– Nada, qué me va a pasar.

Se produjo un momento de silencio, luego Alejandra volvió a recostarse de espaldas sobre el césped, recomenzando su tarea con el tallito. Y mientras Martín miraba una batalla de cruceros de algodón, reflexionaba que él no tenía por qué avergonzarse del fracaso de su padre.

Una sirena de barco se oyó desde la Dársena y Martín pensó Coral Sea, Islas Marquesas. Pero dijo:

– Alejandra es un nombre raro. -¿Y tu madre? -preguntó.

Martín se sentó y empezó a arrancar unas matitas de hierba. Encontró una piedrita y pareció estudiar su naturaleza, como un geólogo. -¿No me oís? -Sí.

– Te pregunté por tu madre.

– Mi madre -respondió Martín en voz baja- es una cloaca.

Alejandra se incorporó a medias, apoyándose sobre un codo y mirándolo con atención. Martín, sin dejar de examinar la piedrita, se mantenía en silencio, con las mandíbulas muy apretadas, pensando cloaca, madrecloaca. Y después agregó:

– Siempre fui un estorbo. Desde que nací. Sentía como si gases venenosos y fétidos hubiesen sido inyectados en su alma, a miles de libras de presión. Su alma, hinchándose cada año más peligrosamente, no cabía ya en su cuerpo y amenazaba en cualquier momento lanzar la inmundicia a chorros por las grietas.

– Siempre grita: ¡Por qué me habré descuidado!

Como si toda la basura de su madre la hubiese ido acumulando en su alma, a presión, pensaba, mientras Alejandra lo miraba, acodada sobre un costado. Y palabras como feto, baño, cremas, vientre, aborto, flotaban en su mente, en la mente de Martín, como residuos pegajosos y nauseabundos sobre aguas estancadas y podridas. Y entonces, como si hablara consigo mismo, agregó que durante mucho tiempo había creído que no lo había amamantado por falta de leche, hasta que un día su madre le gritó que no lo había hecho para no deformarse y también le explicó que había hecho todo lo posible para abortar, menos el raspajo, porque odiaba el sufrimiento tanto como adoraba comer caramelos y bombones, leer revistas de radio y escuchar música melódica. Aunque también decía que le gustaba la música seria, los valses vieneses y el príncipe Kalender. Que desgraciadamente ya no estaba más. Así que podía imaginar con qué alegría lo recibió, después de luchar durante meses saltando a la cuerda como los boxeadores y dándose golpes en el vientre, razón por la cual (le explicaba su madre a gritos) él había salido medio tarado, ya que era un milagro que no hubiese ido a parar a las cloacas.

Se calló, examinó la piedrita una vez más y luego la arrojó lejos.

– Será por eso -agregó- que cuando pienso en ella siempre se me asocia la palabra cloaca.

Volvió a reírse con aquella risa.

Alejandra lo miró asombrada porque Martín todavía tuviese ánimo para reírse. Pero al verle las lágrimas seguramente comprendió que aquello que había estado oyendo no era risa sino (como sostenía Bruno) ese raro sonido que en ciertos seres humanos se produce en ocasiones muy insólitas y que, acaso por precariedad de la lengua, uno se empeña en clasificar como risa o como llanto; porque es el resultado de una combinación monstruosa de hechos suficientemente dolorosos como para producir el llanto (y aun el desconsolado llanto) y de acontecimientos lo bastante grotescos como para querer transformarlo en risa. Resultando así una especie de manifestación híbrida y terrible, acaso la más terrible que un ser humano pueda dar; y quizá la más difícil de consolar, por la intrincada mezcla que la provoca. Sintiendo muchas veces uno ante ella el mismo y contradictorio sentimiento que experimentamos ante ciertos jorobados o rengos. Los dolores en Martín se habían ido acumulando uno a uno sobre sus espaldas de niño, como una carga creciente y desproporcionada (y también grotesca), de modo que él sentía que debía moverse con cuidado, caminando siempre como un equilibrista que tuviera que atravesar un abismo sobre un alambre, pero con una carga grosera y maloliente, como si llevara enormes fardos de basura y excrementos, y monos chillones, pequeños payasos vociferantes y movedizos, que mientras él concentraba toda su atención en atravesar el abismo sin caerse, el abismo negro de su existencia, le gritaban cosas hirientes, se mofaban de él y armaban allá arriba, sobre los fardos de basura y excrementos, una infernal algarabía de insultos y sarcasmos. Espectáculo que (a su juicio) debía despertar en los espectadores una mezcla de pena y de enorme y monstruoso regocijo, tan tragicómico era; motivo por el cual no se consideraba con derechos a abandonarse al simple llanto, ni aun ante un ser como Alejandra, un ser que parecía haber estado esperando durante un siglo, y pensaba que tenía el deber, el deber casi profesional de un payaso a quien le ha ocurrido la mayor desgracia, de convertir aquel llanto en una mueca de risa. Pero, sin embargo, a medida que había ido confesando aquellas pocas palabras claves a Alejandra, sentía como una liberación y por un instante pensó que su mueca risible podía por fin convertirse en un enorme, convulsivo y tierno llanto; derrumbándose sobre ella como si por fin hubiese logrado atravesar el abismo. Y así lo hubiera hecho, así lo hubiera querido hacer. Dios mío, pero no lo hizo: sino que apenas inclinó su cabeza sobre el pecho, dándose vuelta para ocultar sus lágrimas.

<p id="_Toc49270042">III</p>

Pero cuando años después Martín hablaba con Bruno de aquel encuentro apenas quedaban frases sueltas, el recuerdo de una expresión, de una caricia, la sirena melancólica de aquel barco desconocido: como fragmentos de columnas, y si permanecía en su memoria, acaso por el asombro que le produjo, era una que ella le había dicho en aquel encuentro, mirándolo con cuidado:

– Vos y yo tenemos algo en común, algo muy importante. Palabras que Martín escuchó con sorpresa, pues ¿qué podía tener él en común con aquel ser portentoso?

Alejandra le dijo, finalmente, que debía irse, pero que en otra ocasión le contaría muchas cosas y que -lo que a Martín le pareció más singular- tenía necesidad de contarle.

Cuando se separaron, lo miró una vez más, como si fuera médico y él estuviera enfermo, y agregó unas palabras que Martín recordó siempre:

– Aunque por otro lado pienso que no debería verte nunca. Pero te veré porque te necesito.

La sola idea, la sola posibilidad de que aquella muchacha no lo viese más lo desesperó. ¿Qué le importaban a él los motivos que podía tener Alejandra para no querer verlo? Lo que anhelaba era verla.

– Siempre, siempre -dijo con fervor. Ella se sonrió y le respondió: -Sí, porque sos así es que necesito verte. Y Bruno pensó que Martín necesitaría todavía muchos años para alcanzar el significado probable de aquellas oscuras palabras. Y también pensó que si en aquel entonces hubiera tenido más edad y más experiencia, le habrían asombrado palabras como aquellas, dichas por una muchacha de dieciocho años. Pero también muy pronto le habrían parecido naturales, porque ella había nacido madura, o había madurado en su infancia, al menos en cierto sentido; ya que en otros sentidos daba la impresión de que nunca maduraría: como si una chica que todavía juega con las muñecas fuera al propio tiempo capaz de espantosas sabidurías de viejo; como si horrendos acontecimientos la hubiesen precipitado hacia la madurez y luego hacia la muerte sin tener tiempo de abandonar del todo atributos de la niñez y la adolescencia.

En el momento en que se separaban, después de haber caminado unos pasos, recordó o advirtió que no habían combinado nada para encontrarse. Y volviéndose, corrió hacia Alejandra para decírselo.

– No te preocupes -le respondió-. Ya sabré siempre cómo encontrarte.

Sin reflexionar en aquellas palabras increíbles y sin atreverse a insistir, Martín volvió sobre sus pasos.

<p id="_Toc49270043">IV</p>

Desde aquel encuentro, esperó día a día verla nuevamente en el parque. Después semana tras semana. Y, por fin, ya desesperado, durante largos meses. ¿Qué le pasaría? ¿Por qué no iba? ¿Se habría enfermado? Ni siquiera sabía su apellido. Parecía habérsela tragado la tierra. Mil veces se reprochó la necedad de no haberle preguntado ni siquiera su nombre completo. Nada sabía de ella. Era incomprensible tanta torpeza. Hasta llegó a sospechar que todo había sido una alucinación o un sueño. ¿No se había quedado dormido más de una vez en el banco del parque Lezama? Podía haber soñado aquello con tanta fuerza que luego le hubiese parecido auténticamente vivido. Luego descartó esta idea porque pensó que había habido dos encuentros. Luego reflexionó que eso tampoco era un inconveniente para un sueño, ya que en el mismo sueño podía haber soñado con el doble encuentro. No guardaba ningún objeto de ella que le permitiera salir de dudas, pero al cabo se convenció de que todo había sucedido de verdad y que lo que pasaba era, sencillamente, que él era el imbécil que siempre imaginó ser.

Al principio sufrió mucho, pensando día y noche en ella. Trató de dibujar su cara, pero le resultaba algo impreciso, pues en aquellos dos encuentros no se había atrevido a mirarla bien sino en contados instantes; de modo que sus dibujos resultaban indecisos y sin vida, pareciéndose a muchos dibujos anteriores en que retrataba a aquellas vírgenes ideales y legendarias de las que había vivido enamorado. Pero aunque sus bocetos eran insípidos y poco definidos, el recuerdo del encuentro era vigoroso y tenía la sensación de haber estado con alguien muy fuerte, de rasgos muy marcados, desgraciado y solitario como él. No obstante, el rostro se perdía en una tenue esfumadura. Y resultaba algo así como una sesión de espiritismo, en que una materialización difusa y fantasmal de pronto da algunos nítidos golpes sobre la mesa.

Y cuando su esperanza estaba a punto de agotarse, recordaba las dos o tres frases clave del encuentro: "Pienso que no debería verte nunca. Pero te veré porque te necesito". Y aquella otra: "No te preocupes. Ya sabré siempre cómo encontrarte".

Frases -pensaba Bruno- que Martín apreciaba desde su lado favorable y como fuente de una inenarrable felicidad, sin advertir, al menos en aquel tiempo, todo lo que tenían de egoísmo.

Y claro -dijo Martín que entonces pensaba-, ella era una muchacha rara ¿y por qué un ser de esa condición había de verlo al otro día, o a la semana siguiente? ¿Por qué no podían pasar semanas y hasta meses sin necesidad de encontrarlo? Estas reflexiones lo animaban. Pero más tarde, en momentos de depresión, se decía: "No la veré más, ha muerto, quizá se ha matado, parecía desesperada y ansiosa". Recordaba entonces sus propias ideas de suicidio. ¿Por qué Alejandra no podía haber pasado por algo semejante? ¿No le había dicho, precisamente, que se parecían, que tenían algo profundo que los asemejaba? ¿No sería esa obsesión del suicidio lo que habría querido significar cuando habló del parecido? Pero luego reflexionaba que aun en el caso de haberse querido matar lo habría venido a buscar antes, y se le ocurría que no haberlo hecho era una especie de estafa que le resultaba inconcebible en ella.

¡Cuántos días desolados transcurrieron en aquel banco del parque! Pasó todo el otoño y llegó el invierno. Terminó el invierno, comenzó la primavera (aparecía por momentos, friolenta y fugitiva, como quien se asoma a ver cómo andan las cosas, y luego, poco a poco, con mayor decisión y cada vez por mayor tiempo) y paulatinamente empezó a correr con mayor calidez y energía la savia en los árboles y las hojas empezaron a brotar; hasta que en pocas semanas, los últimos restos del invierno se retiraron del parque Lezama hacia otras remotas regiones del mundo.

Llegaron después los primeros calores de diciembre. Los jacarandaes se pusieron violetas y las tipas se cubrieron de flores anaranjadas.

Y luego aquellas flores fueron secándose y cayendo, las hojas empezaron a dorarse y a ser arrastradas por los primeros vientos del otoño. Y entonces -dijo Martín- perdió definitivamente la esperanza de volver a verla.

<p id="_Toc49270044">V</p>

La "esperanza" de volver a verla (reflexionó Bruno con melancólica ironía). Y también se dijo: ¿no serán todas las esperanzas de los hombres tan grotescas como éstas? Ya que, dada la índole del mundo, tenemos esperanzas en acontecimientos que, de producirse sólo nos proporcionarían frustración y amargura; motivo por el cual los pesimistas se reclutan entre los ex esperanzados, puesto que para tener una visión negra del mundo hay que haber creído antes en él y en sus posibilidades. Y todavía resulta más curioso y paradojal que los pesimistas, una vez que resultaron desilusionados, no son constantes y sistemáticamente desesperanzados, sino que, en cierto modo, parecen dispuestos a renovar su esperanza a cada instante aunque lo disimulen debajo de su negra envoltura de amargados universales, en virtud de una suerte de pudor metafísico; como si el pesimismo, para mantenerse fuerte y siempre vigoroso, necesitase de vez en cuando un nuevo impulso producido por una nueva y brutal desilusión.

Y el mismo Martín (pensaba mirándolo, ahí, delante de él), el mismo Martín, pesimista en cierne como corresponde a todo ser purísimo y preparado a esperar Grandes Cosas de los hombres en particular y de la Humanidad en general, ¿no había intentado ya suicidarse a causa de esa especie de albañal que era su madre? ¿No revelaba ya eso que había esperado algo distinto y seguramente maravilloso de aquella mujer? Pero (y eso todavía era más asombroso) ¿no había vuelto, después de semejante desastre, a tener fe en las mujeres al encontrarse con Alejandra?

Ahí estaba ahora aquel pequeño desamparado, uno de los tantos en aquella ciudad de desamparados. Porque Buenos Aires era una ciudad en que pululaban, como por otra parte sucedía en todas las gigantescas y espantosas babilonias.

Lo que pasa (pensó) es que a primera vista no se los advierte, o porque por lo menos resulta que buena parte de ellos no lo parecen a primera vista, o porque en muchos casos no lo quieren parecer. Y porque, al revés, grandes cantidades de seres que pretenden serlo contribuyen a confundir aun más el problema y hacer que uno crea al final que no hay desamparados verdaderos.

Porque, claro, si a un hombre le faltan las piernas o los dos brazos, todos sabemos, o creemos saber, que ese hombre es un desvalido. Y en ese mismo instante ese hombre empieza a serlo menos, pues lo hemos advertido y sufrimos por él, le compramos peines inútiles o fotos de colores de Carlitos Gardel. Y entonces, ese mutilado al que le faltan las piernas o los dos brazos deja de ser parcial o totalmente la clase de desamparado total en que estamos pensando, hasta el punto de que lleguemos a sentir luego un oscuro sentimiento de rencor, quizá por los infinitos desamparados absolutos que en ese mismo instante (por no tener la audacia o la seguridad y hasta el espíritu de agresión de los vendedores de peines y de retratos en colores) sufren en silencio y con dignidad suprema su suerte de auténticos desdichados.

Como esos hombres silenciosos y solitarios que a nadie piden nada y con nadie hablan, sentados y pensativos en los bancos de las grandes plazas y parques de la ciudad: algunos, viejos (los más obviamente desvalidos, hasta el punto de que ya nos deben preocupar menos y por las mismas razones que los vendedores de peines), esos viejos con bastones de jubilados que ven pasar el mundo como un recuerdo, esos viejos que meditan y a su manera acaso replantean los grandes problemas que los pensadores poderosos plantearon sobre el sentido general de la existencia, sobre el porqué y el para qué de todo: casamientos, hijos, barcos de guerra, luchas políticas, dinero, reyes y carreras de caballos o de autos; esos viejos que indefinidamente miran o parecen mirar a las palomas que comen granitos de avena o de maíz, o a los activísimos gorriones, o, en general, a los diferentes tipos de pájaros que descienden sobre la plaza o viven en los árboles de los grandes parques. En virtud de ese notable atributo que tiene el universo de independencia y superposición: de modo que mientras un banquero se propone realizar la más formidable operación con divisas fuertes que se haya hecho en el Río de la Plata (hundiendo de paso al Consorcio X o la temible Sociedad Anónima Y) un pajarito, a cien pasos de distancia de la Poderosa Oficina, anda a saltitos sobre el césped del Parque Colón, buscando aquí alguna pajita para su nido, algún grano perdido de trigo o de avena, algún gusanito de interés alimenticio para él o para sus pichones; mientras en otro estrato aún más insignificante y en cierto modo más ajeno a todo (no ya al Grandioso Banquero sino al exiguo bastón de jubilado), seres más minúsculos, más anónimos y secretos, viven una existencia independiente y en ocasiones hasta activísima: gusanos, hormigas (no sólo las grandes y negras, sino las rojizas chiquitas y aun otras más pequeñas que son casi invisibles) y cantidades de otros bichitos más insignificantes, de colores variados y de costumbres muy diversas. Todos esos seres viven en mundos distintos, ajenos los unos a los otros, excepto cuando se producen las Grandes Catástrofes, cuando los Hombres, armados de Fumigadores y Palas, emprenden la Lucha contra las Hormigas (lucha, dicho sea de paso, absolutamente inútil, ya que siempre termina con el triunfo de las hormigas), o cuando los Banqueros desencadenan sus Guerras por el Petróleo; de modo que los infinitos bichitos que hasta ese momento vivían sobre las vastas praderas verdes o en los apacibles submundos de los parques, son aniquilados por bombas y gases; mientras que otros más afortunados, de las razas invariablemente vencedoras de los Gusanos, hacen su agosto y prosperan con enorme rapidez, al mismo tiempo que medran, allá arriba, los Proveedores y Fabricantes de Armamentos.

Pero, excepto en esos tiempos de intercambio y de confusión, resulta milagroso que tantas especies de seres puedan nacer, desenvolverse y morir sin conocerse, sin odiarse ni estimarse, en las mismas regiones del universo; como esos múltiples mensajes telefónicos que, según dicen, pueden enviarse por un solo cable sin mezclarse ni entorpecerse, gracias a ingeniosos mecanismos.

De modo (pensaba Bruno) que tenemos en primer término a los hombres sentados y pensativos de las plazas y parques. Algunos miran el suelo y se distraen por minutos y hasta por horas con las numerosas y anónimas actividades de los animalitos ya mencionados: examinando las hormigas, considerando sus diversas especies, calculando qué cargas son capaces de transportar, de qué manera colaboran entre dos o tres de ellas para trabajos de mayor dificultad, etc. A veces, con un palito, con una ramita seca de esas que fácilmente se encuentran en el suelo en los parques, esos hombres se entretienen en apartar a las hormigas de sus afanosas trayectorias, logran que alguna más atolondrada suba al palito y luego corra hasta la punta, donde, después de pequeñas acrobacias cautelosas, vuelve para atrás y corre hasta el extremo opuesto; siguiendo así, en inútiles idas y venidas, hasta que el hombre solitario se cansa del juego y, por piedad, o más generalmente por aburrimiento, deja el palito en el suelo, ocasión en que la hormiga se apresura a buscar a sus compañeras, mantiene una breve y agitada conversación con las primeras que encuentra para explicar su retardo o para enterarse de la Marcha General del Trabajo en su ausencia, y en seguida reanuda su tarea, reincorporándose a la larga y enérgica fila egipcia. Mientras el hombre solitario y pensativo retorna a su meditación general y un poco errabunda que no fija demasiado su atención en nada: mirando ya un árbol, ya un chico que juega por ahí y rememorando, gracias a ese niño, remotos y ahora increíbles días de la Selva Negra o de una callejuela de Pontevedra que baja hacia el sur; mientras sus ojos se nublan un poco más, acentuando ese brillo lacrimoso que tienen los ojos de los ancianos y que nunca se sabrá si se debe a causas puramente fisiológicas o si, de alguna manera, es consecuencia del recuerdo, la nostalgia, el sentimiento de frustración o la idea de la muerte, o de esa vaga pero irresistible melancolía que siempre nos suscita a los hombres la palabra FIN colocada al término de una historia que nos ha apasionado por su misterio y su tristeza. Lo que es lo mismo que decir la historia de cualquier hombre, pues ¿qué ser humano existe cuya historia no sea en definitiva triste o misteriosa?

Pero no siempre los hombres sentados y pensativos son viejos o jubilados.

A veces son hombres relativamente jóvenes, individuos de treinta o cuarenta años. Y, cosa curiosa y digna de ser meditada (pensaba Bruno), resultan más patéticos y desvalidos cuando más jóvenes son. Porque ¿qué puede haber de más pavoroso que un muchacho sentado y pensativo en un banco de plaza, agobiado por sus pensamientos, callado y ajeno al mundo que lo rodea? En ocasiones, el hombre o muchacho es un marinero; en otras es acaso un emigrado que querría volver a su patria y no puede; muchas veces son seres que han sido abandonados por la mujer que querían; otras, seres sin capacidad para la vida, o que han dejado su casa para siempre o meditan sobre su soledad y su futuro. O puede ser un muchachito como el propio Martín, que empieza a ver con horror que el absoluto no existe.

O también puede ser un hombre que ha perdido a su hijo y que, de vuelta del cementerio, se encuentra solo y siente que ahora su existencia carece de sentido, reflexionando que mientras tanto hay hombres que ríen o son felices por ahí (aunque sea momentáneamente felices), niños que juegan en el parque, allí mismo (los está viendo), en tanto que su propio hijo está ya bajo tierra, en un ataúd pequeño adecuado a la pequeñez de su cuerpo que quizá, por fin, había dejado de luchar contra un enemigo atroz y desproporcionado. Y ese hombre sentado y pensativo medita nuevamente, o por primera vez, en el sentido general del mundo, pues no alcanza a comprender por qué su niño ha tenido que morir de semejante manera, por qué ha de pagar alguna remota culpa de otros con sufrimientos inmensos, angustiado su pequeño corazón por la asfixia o la parálisis, luchando desesperadamente, sin saber por qué, contra las sombras negras que comienzan a abatirse sobre él.

Y ese hombre sí que es un desamparado. Y, cosa singular, puede no ser pobre, hasta es posible que sea rico, y hasta podría ser el Gran Banquero que planeaba la formidable Operación con divisas fuertes, a la que se habrá referido antes con desdén e ironía. Desdén e ironía (ahora le era fácil entender) que, como siempre, resultaban excesivos y en definitiva injustos. Pues no hay hombre que en última instancia merezca el desdén y la ironía; ya que, tarde o temprano, con divisas fuertes o no, lo alcanzan las desgracias, las muertes de sus hijos, o hermanos, su propia vejez y su propia soledad ante la muerte. Resultando finalmente más inválido que nadie; por la misma razón que es más indefenso el hombre de armas que es sorprendido sin su cota de malla que el insignificante hombre de paz que, por no haberla tenido nunca, tampoco siente nunca su carencia.

<p id="_Toc49254291">VI</p>

Es cierto que desde los once años no entraba en ninguna dependencia de la casa y mucho menos en aquella salita que era algo así como el santuario de su madre: el lugar donde, al salir del baño, permanecía las horas radiotelefónicas y donde completaba los preparativos para sus salidas. Pero, ¿y su padre? Ignoraba sus costumbres en los últimos años y lo sabía encerrado en su taller; para ir al baño no era imprescindible pasar por la salita, pero tampoco era imposible. ¿Jugaba acaso con la posibilidad de que su marido la viese así? ¿Formaba parte de su encarnizado odio la idea de humillarlo hasta ese punto?

Todo era posible.

Por su parte, al no oír la radio encendida, supuso que no estaba, pues era absolutamente inconcebible que permaneciera en la salita en silencio.

En la penumbra, sobre el diván, el doble monstruo se agitaba con ansiedad y furia.

Anduvo caminando por el barrio, como sonámbulo, durante poco más de una hora. Luego volvió a su cuarto y se tiró sobre la cama. Quedó mirando el techo y luego sus ojos recorrieron las paredes hasta detenerse en la ilustración de Billiken que tenía pegada con chinches desde su infancia: Belgrano haciendo jurar la bandera azul y blanca a sus soldados, en el cruce del río Salado.

La bandera inmaculada pensó.

Y también volvieron a su mente palabras clave de su existencia: frío, limpieza, nieve, soledad, Patagonia.

Pensó en barcos, en trenes, pero ¿de dónde sacaría el dinero? Entonces recordó aquel gran camión que paraba en el garaje cercano a la estación Sola y que, mágicamente, lo había detenido un día con su inscripción: TRANSPORTE PATAGÓNICO. ¿Y si necesitaran un peón, un ayudante, cualquier cosa?

– Claro que sí, pibe -dijo Bucich con el cigarro apagado en su boca.

– Tengo ochenta y tres pesos -dijo Martín.

– Déjate de macana -dijo Bucich, quitándose el overall sucio de grasa.

Parecía un gigante de circo, pero algo encorvado, con pelo canoso. Un gigante con expresión candorosa de niño. Martín miraba el camión: al costado, en grandes caracteres, decía TRANSPORTE PATAGÓNICO; y detrás, con letras doradas, se leía: SI LO VIERAS, VIEJA.

– Vamo -dijo Bucich siempre con su colilla apagada.

Sobre el pavimento mojado y resbaladizo brillaba por un momento un rojo lechoso y delicuescente. En seguida venía el relámpago violáceo, para ser nuevamente reemplazado por el rojo lechoso: CINZANO-AMERICANO GANCIA. CINZANO-AMERICANO GANCIA.

– Se vino el frío -comentó Bucich.

¿Lloviznaba? Era más bien una neblina de finísimas gotitas impalpables y flotantes. El camionero caminaba a grandes trancos a su lado. Era candoroso y fuerte: acaso el símbolo de lo que Martín buscaba en aquel éxodo hacia el sur. Se sintió protegido y se abandonó a sus pensamientos. Aquí es, dijo Bucich. CHICHÍN pizza faina despacho de bebidas. Salú, dijo Bucich. Salú, dijo Chichín, poniendo la botella de ginebra LLAVE. Do copita; este pibe e un amigo. Mucho gusto, el gusto e mío, dijo Chichín, que tenía gorra y tiradores colorados sobre camisa tornasol. ¿La vieja?, preguntó Bucich. Regular, dijo Chichín. ¿L'hicieron l'análisis? Sí. ¿Y? Chichín se encogió de hombros. Vo sabe cómo son esa cosa. Irse lejos, el sur frío y nítido pensaba Martín mirando el retrato de Gardel en frac, sonriendo con la sonrisa medio de costado de muchacho pierna pero capaz de gauchadas, y la escarapela azul y blanca sobre la Masseratti de Fangio, muchachas desnudas rodeadas por Leguisamo y Américo Tesorieri, de gorra, apoyado contra el arco, al amigo Chichín con aprecio y muchas fotos de Boca con la palabra ¡CAMPEONES! y también el Torito de Mataderos con malla de entrenamiento en su clásica guardia. Salto a la cuerda, todo menos raspajes, como los boxeadores, hasta me golpeaba el vientre, por eso saliste medio tarado seguro, riéndose con rencor y desprecio, hice todo, no me iba a deformar el cuerpo por vos le dijo, y él tendría once años. ¿Y Tito? preguntó Bucich. Ahora viene, dijo Chichín, y decidió irse a vivir al altillo. ¿Y el domingo? preguntó Bucich. Ma qué sé yo, respondió Chichín con rabia, te juro que yo no me hago ma mala sangre mientras ella seguía oyendo boleros, depilándose, comiendo caramelos, dejando papeles pegajosos por todas partes, mala sangre por nada, decía Chichín, lo que se dice propio nada de nada un mundo sucio y pegajoso mientras repasaba con rabia callada un vaso cualquiera y repetía, haceme el favor huir hacia un mundo limpio, frío, cristalino hasta que dejando el vaso y encarándose con Bucich exclamó: perder con semejante bagayo, mientras el camionero parpadeaba, considerando el problema con la debida atención y comentando la pucha, verdaderamente mientras Martín seguía oyendo aquellos boleros, sintiendo aquella atmósfera pesada de baño y cremas desodorantes, aire caliente y turbio, baño caliente, cuerpo caliente, cama caliente, madre caliente, madre-cama, canastacama, piernas lechosas hacia arriba como en un horrendo circo casi en la misma forma en que él había salido de la cloaca y hacia la cloaca o casi mientras entraba el hombre flaquito y nervioso que decía, Salú y Chichín decía; Humberto J. D'Arcángelo se lo saluda, salú Puchito, el muchacho e un amigo, mucho gusto el gusto e mío dijo escrutándolo con esos ojitos de pájaro, con aquella expresión de ansiedad que siempre Martín le vería a Tito, como si se le hubiese perdido algo muy valioso y lo buscara por todas partes, observando todo con rapidez e inquietud.

– La gran puta con lo diablo rojo.

– Decí vo, decí. Contale a éste.

– Te soy franco: vo, con el camión, te salva de cada una.

– Pero yo -repetía Chichín- no me hago ma mala sangre. Lo que se dice nada de nada. Te lo juro por la memoria de mi madre. Con eso lisiado. Haceme el favor. Ma contale a éste, contale.

Humberto J. D'Arcángelo, conocido vulgarmente por Tito, dictaminó:

– Propio la basura.

Y entonces se sentó a una mesa cerca de la ventana, sacó Crítica, que siempre llevaba doblada en la página de deportes, la colocó con indignación sobre la mesita y escarbándose los dientes picados con el escarbadientes que siempre llevaba en la boca, dirigió una mirada sombría hacia la calle Pinzón. Chiquito y estrecho de hombros, con el traje raído, parecía meditar en la suerte general del mundo.

Después de un rato, volvió su mirada hacia el mostrador y dijo:

– Este domingo ha sido trágico. Perdimo como cretino, ganó San Lorenzo, ganaron lo millonario y hasta Tigre ganó ¿me queré decir a dónde vamo a parar?

Mantuvo la mirada en sus amigos como poniéndolos de testigos, luego volvió nuevamente su mirada hacia la calle y escarbándose los dientes, dijo:

– Este paí ya no tiene arreglo.

<p id="_Toc49270046">VII</p>

No puede ser, pensó, con la mano detenida sobre la bolsa marinera, no puede ser. Pero sí la tos, la tos y esos crujidos.

Y años después, también pensó, recordando aquel momento: como habitantes solitarios de dos islas cercanas separadas por insondables abismos. Años después, cuando su padre estaba pudriéndose en la tumba, comprendiendo que aquel pobre diablo había sufrido por lo menos tanto como él y que, acaso, desde aquella cercana pero inalcanzable isla en que habitaba (en que sobrevivía) le habría hecho alguna vez un gesto silencioso pero patético requiriendo su ayuda, o por lo menos su comprensión y su cariño. Pero eso lo entendió después de sus duras experiencias, cuando ya era tarde, como casi siempre sucede. Así que ahora, en ese presente prematuro (como si el tiempo se divirtiese en presentarse antes de lo debido, para que la gente haga representaciones tan grotescas y primarias como las que hacen ciertos cuadros de aficionados a los que les falta experiencia: Otelos que todavía no han amado), en ese presente que debería ser futuro, entraba falsamente su padre, subía aquellas escaleras que durante tantos años no había transitado. Y de espaldas a la puerta, Martín sintió que se asomaba como un intruso: oía su jadeo de tuberculoso, su vacilante espera. Y con deliberada crueldad, hizo como que no lo advirtiese. Claro, ha leído mi mensaje, quiere retenerme. ¿Retenerlo para qué? Durante años y años apenas cruzaban alguna palabra. Pugnaba entre el resentimiento y la lástima. Su resentimiento lo impulsaba a no mirarlo, a ignorar su entrada en la pieza, a lo que era todavía peor, a hacerle comprender que quería ignorarla. Pero volvió su cabeza. Sí, la volvió, y lo vio tal como lo había imaginado: con las dos manos sobre la baranda, descansando del esfuerzo, su mechón de pelo canoso caído sobre la frente, sus ojos afiebrados y un poco salidos, sonriendo débilmente con aquella expresión de culpa que tanto le fastidiaba a Martín, diciéndole "hace veinte años yo tenía el taller aquí" echando luego una mirada circular sobre el altillo y quizá sintiendo la misma sensación que un viajero, envejecido y desilusionado, siente al volver al pueblo de su juventud, después de haber recorrido países y personas que en aquel tiempo habían despertado a su imaginación y sus anhelos. Y acercándose a la cama se sentó en el borde, como si no se sintiese autorizado a ocupar demasiado espacio o a estar excesivamente cómodo. Para luego permanecer un buen tiempo en silencio, respirando trabajosamente, pero inmóvil como una desanimada estatua. Con voz apagada, dijo:

– Hubo un tiempo en que éramos amigos.

Sus ojos, pensativos, se iluminaron, mirando a lo lejos.

– Recuerdo una vez, en el Parque Retiro… Vos tendrías… a ver… cuatro, tal vez cinco años… eso es… cinco años… querías andar solo en los autitos eléctricos, pero yo no te dejé, tenía miedo de que te asustaras con los choques.

Rió suavemente, con nostalgia.

– Después, cuando volvíamos a casa, subiste a una calesita que estaba en un baldío de la calle Garay. No sé por qué siempre te recuerdo de espaldas, en el momento en que, a cada vuelta, acababas de pasar frente a mí. El viento agitaba tu camisita, una camisita a rayas azules. Era ya tarde, apenas había luz.

Se quedó pensativo y después confirmó, como si fuera un hecho importante:

– Una camisita a rayas azules, sí. La recuerdo muy bien.

Martín permanecía callado.

– En aquel tiempo pensaba que con los años llegaríamos a ser compañeros, que llegaríamos a tener… una especie de amistad…

Volvió a sonreír con aquella pequeña sonrisa culpable, como si aquella esperanza hubiera sido ridícula, una esperanza sobre algo que él no tenía ningún derecho. Como si hubiese cometido un pequeño robo, aprovechando la indefensidad de Martín.

Su hijo lo miró: los codos sobre las rodillas, encorvado, con su mirada puesta en un punto lejano.

– Sí… ahora todo es distinto…

Tomó entre sus manos un lápiz que estaba sobre la cama y lo examinó con expresión meditativa.

– No creas que no te comprendo… ¿Cómo podríamos ser amigos? Debes perdonarme, Martincito…

– Yo no tengo nada que perdonarte.

Pero el tono duro de sus palabras contradecía su afirmación.

– ¿Ves? Me odias. Y no creas que no te entiendo.

Martín hubiera querido agregar: "no es cierto, no te odio", pero lo monstruosamente cierto era que lo odiaba. Ese odio lo hacía sentirse más desdichado y aumentaba su soledad. Cuando veía a su madre pintarrajearse y salir a la calle canturreando algún bolero, el aborrecimiento hacia ella se extendía hasta su padre y se detenía al fin en él, como si fuera el verdadero destinatario.

– Por supuesto, Martín, comprendo que no puedas estar orgulloso de un pintor fracasado.

Los ojos de Martín se llenaron de lágrimas.

Pero quedaban suspendidas en su gran rencor, como gotas de aceite en vinagre, sin mezclarse. Gritó:

– ¡No digas eso, papá!

Su padre lo miró conmovido, extrañado de su reacción.

Casi sin saber lo que decía, Martín gritó con encono:

– ¡Éste es un país asqueroso! ¡Aquí los únicos que triunfan son los sinvergüenzas!

Su padre lo miró callado, con fijeza. Después, negando con la cabeza, comentó:

– No, Martín, no creas.

Contempló el lápiz que tenía entre sus manos y después de un instante, terminó:

– Hay que ser justos. Yo soy un pobre diablo y un fracasado en toda regla y con toda justicia: no tengo ni talento, ni fuerza. Ésa es la verdad.

Martín empezó a retraerse de nuevo hacia su isla. Estaba avergonzado del patetismo de aquella escena y la resignación de su padre empezaba a endurecerlo nuevamente.

El silencio se volvió tan intenso y molesto que su padre se incorporó para irse. Probablemente había comprendido que la decisión era irrevocable y, además, que aquel abismo entre ellos era demasiado grande y definitivamente insalvable. Se acercó hasta Martín y con su mano derecha le apretó un brazo: habría querido abrazarlo, pero, ¿cómo podía hacerlo?

– Y bien… -murmuró.

¿Habría dicho algo cariñoso Martín de saber que aquéllas eran realmente las últimas palabras que oiría de su padre?

¿Sería uno tan duro con los seres humanos -decía Bruno- si se supiese de verdad que algún día se han de morir y que nada de lo que se les dijo se podrá ya rectificar?

Vio cómo su padre se daba vuelta y se alejaba hacia la escalera. Y también vio cómo, antes de desaparecer, volvió su cara, con una mirada que años después de su muerte, Martín recordaría desesperadamente.

Y cuando oyó su tos, mientras bajaba las escaleras, Martín se tiró sobre la cama y lloró. Sólo horas más tarde tuvo fuerzas para terminar de arreglar su bolsa marinera. Cuando salió eran las dos de la mañana, y en el taller de su padre vio luz.

– "Ahí está -pensó-. A pesar de todo vive, todavía vive."

Caminó hacia el garaje y pensó que debía sentir una gran liberación, pero no era así; una sorda opresión se lo impedía. Caminaba cada vez más lentamente. Por fin se detuvo y vaciló. ¿Qué es lo que quería?

<p id="_Toc49254293">VIII</p>

Hasta que volví a verla pasaron muchas cosas… en mi casa… No quise vivir más allá, pensé irme a la Patagonia, hablé con un camionero que se llama Bucich ¿no le hablé nunca de Bucich? pero esa madrugada… En fin, no fui al sur. No volví más a mi casa, sin embargo.

Se calló, rememorando.

– La volví a ver en el mismo lugar del parque, pero recién en febrero de 1955. Yo no dejé de ir en cada ocasión en que me era posible. Y sin embargo no me pareció que la encontrase gracias a esa espera en el mismo lugar.

– ¿Sino?

Martín miró a Bruno y dijo:

– Porque ella quiso encontrarme.

Bruno no pareció entender.

– Bueno, si fue a aquel lugar es porque quiso encontrarlo.

– No, no es eso lo que quiero decir. Lo mismo me habría encontrado en cualquier otra parte. ¿Entiende? Ella sabía dónde y cómo encontrarme, si quería. Eso es lo que quiero decir. Esperarla allá, en aquel banco, durante tantos meses, fue una de las tantas ingenuidades mías.

Se quedó cavilando y luego agregó, mirándolo a Bruno como si le requiriera una explicación.

– Por eso, porque creo que ella me buscó, con toda su voluntad, con deliberación, por eso mismo me resulta más inexplicable que luego… de semejante manera…

Mantuvo su mirada sobre Bruno y éste permaneció con sus ojos fijos en aquella cara demacrada y sufriente.

– ¿Usted lo entiende?

– Los seres humanos no son lógicos -repuso Bruno-. Además, es casi seguro que la misma razón que la llevó a buscarlo también la impulsó a…

Iba a decir "abandonarlo" cuando se detuvo y corrigió: "a alejarse".

Martín lo miró todavía un momento y luego volvió a sumirse en sus pensamientos, permaneciendo durante un buen tiempo callado. Luego explicó cómo había reaparecido.

Era ya casi de noche y la luz no le alcanzaba ya para revisar las pruebas, de modo que se había quedado mirando los árboles, recostado sobre el respaldo del banco. Y de pronto se durmió.

Soñaba que iba en una barca abandonada, con su velamen destruido, por un gran río en apariencia apacible, pero poderoso y preñado de misterio. Navegaba en el crepúsculo. El paisaje era solitario y silencioso, pero se adivinaba que en la selva que se levantaba como una muralla en las márgenes del gran río se desarrollaba una vida secreta y colmada de peligros. Cuando una voz que parecía provenir de la espesura lo estremeció. No alcanzaba a entender lo que decía, pero sabía que se dirigía a él, a Martín. Quiso incorporarse, pero algo lo impedía. Luchó, sin embargo, por levantarse porque se oía cada vez con mayor intensidad la enigmática y remota voz que lo llamaba y (ahora lo advertía) que lo llamaba con ansiedad, como si estuviera en un pavoroso peligro y él, solamente él, fuese capaz de salvarla. Despertó estremecido por la angustia y casi saltando del asiento.

Era ella.

Lo había estado sacudiendo y ahora le decía, con su risa áspera:

– Levántate, haragán.

Asustado, asustado y desconcertado por el contraste entre la voz aterrorizada y anhelante del sueño y aquella Alejandra despreocupada que ahora tenía ante sí, no atinó a decir ninguna palabra.

Vio cómo ella recogía algunas de las pruebas que se habían caído del banco durante su sueño.

– Seguro que el patrón de esta empresa no es Molinari -comentó riéndose.

– ¿Qué empresa?

– La que te da este trabajo, zonzo.

– Es la Imprenta López.

– La que sea, pero seguro que no es Molinari.

No entendió nada. Y, como muchas veces le volvería a suceder con ella, Alejandra no se tomó el trabajo de explicarle. Se sentía -comentó Martín- como un mal alumno delante de un profesor irónico.

Acomodó las pruebas y esa tarea mecánica le dio tiempo para sobreponerse un poco de la emoción de aquel reencuentro tan ansiosamente esperado. Y también, como en muchas otras ocasiones posteriores, su silencio y su incapacidad para el diálogo eran compensados por Alejandra, que siempre, o casi siempre, adivinaba sus pensamientos.

Le revolvió el pelo con una mano, como las personas grandes suelen hacer con los chicos.

– Te expliqué que te volvería a ver, ¿recordás?, pero no te dije cuándo.

Martín la miró.

– ¿Te dije, acaso, que te volvería a ver pronto?

– No.

Y así (explicó Martín) empezó la terrible historia. Todo había sido inexplicable. Con ella nunca se sabía, se encontraban en lugares tan absurdos como el hall del Banco de la Provincia o el puente Avellaneda. Y a cualquier hora: a las dos de la mañana. Todo era imprevisto, nada se podía pronosticar ni explicar: ni sus momentos de broma, ni sus furias, ni esos días en que se encontraba con él y no abría la boca, hasta que terminaba por irse. Ni sus largas desapariciones. "Y sin embargo -agregaba- ha sido el período más maravilloso de mi vida." Pero él sabía que no podía durar porque todo era frenético y era, ¿se lo había dicho ya?, como una sucesión de estallidos de nafta en una noche tormentosa. Aunque a veces, muy pocas veces, es cierto, parecía pasar momentos de descanso a su lado como si estuviera enferma y él fuera un sanatorio o un lugar con sol en las sierras donde ella se tirase al fin en silencio. O también aparecía atormentada y parecía como si él pudiese ofrecerle agua o algún remedio, algo que le era imprescindible, para volver una vez más a aquel territorio oscuro y salvaje en que parecía vivir.

– Y en el que yo nunca pude entrar -concluyó, poniendo su mirada sobre los ojos de Bruno.

<p id="_Toc49254294">IX</p>

Aquí es -dijo.

Se sentía el intenso perfume a jazmín del país. La verja era muy vieja y estaba a medias cubierta con una glicina. La puerta, herrumbrada, se movía dificultosamente, con chirridos.

En medio de la oscuridad, brillaban los charcos de la reciente lluvia. Se veía una habitación iluminada, pero el silencio correspondía más bien a una casa sin habitaciones. Bordearon un jardín abandonado, cubierto de yuyos, por una veredita que había al costado de una galería lateral, sostenida por columnas de hierro. La casa era viejísima, sus ventanas daban a la galería y aún conservaban sus rejas coloniales; las grandes baldosas eran seguramente de aquel tiempo, pues se sentían hundidas, gastadas y rotas.

Se oyó un clarinete una frase sin estructura musical, lánguida, desarticulada y obsesiva.

– ¿Y eso? -preguntó Martín.

– El tío Bebe -explicó Alejandra-, el loco.

Atravesaron un estrecho pasillo entre árboles muy viejos (Martín sentía ahora un intenso perfume de magnolia) y siguieron por un sendero de ladrillos que terminaba en una escalera de caracol.

– Ahora, ojo. Seguime despacito.

Martín tropezó con algo: un tacho o un cajón.

– ¡No te dije que andes con ojo! Espera.

Se detuvo y encendió un fósforo, que protegió con una mano y que acercó a Martín.

– Pero Alejandra, ¿no hay lámpara por ahí? Digo… algo… en el patio…

Oyó la risa seca y maligna.

– ¡Lámparas! Vení, coloca tus manos en mis caderas y seguime.

– Esto es muy bueno para ciegos.

Sintió que Alejandra se detenía como paralizada por una descarga eléctrica.

– ¿Qué te pasa, Alejandra? -preguntó Martín, alarmado.

– Nada -respondió con sequedad-, pero haceme el favor de no hablarme nunca de ciegos.

Martín volvió a poner sus manos sobre las caderas y la siguió en medio de la oscuridad. Mientras subían lentamente, con muchas precauciones, la escalera metálica, rota en muchas partes y vacilante en otras por la herrumbre, sentía bajo sus manos, por primera vez, el cuerpo de Alejandra, tan cercano y a la vez remoto y misterioso. Algo, un estremecimiento, una vacilación, expresaron aquella sensación sutil, y entonces ella preguntó qué pasaba y él respondió, con tristeza, "nada". Y cuando llegaron a lo alto, mientras Alejandra intentaba abrir una dificultosa cerradura, dijo "esto es el antiguo Mirador".

– ¿Mirador?

– Sí, por aquí no había más que quintas a comienzos del siglo pasado. Aquí venían a pasar los fines de semana los Olmos, los Acevedo…

Se rió.

– En la época en que los Olmos no eran unos muertos de hambre… y unos locos…

– ¿Los Acevedo? -preguntó Martín-. ¿Qué Acevedos? ¿El que fue vicepresidente?

– Sí, ésos.

Por fin, con grandes esfuerzos, logró abrir la vieja puerta. Levantó su mano y encendió la luz.

– Bueno -dijo Martín-, por lo menos acá hay una lámpara. Creí que en esta casa sólo se alumbraban con velas.

– Oh, no te vayas a creer. Abuelo Pancho no usa más que quinqués. Dice que la electricidad es mala para la vista.

Martín recorrió con su mirada la pieza como si recorriera parte del alma desconocida de Alejandra. El techo no tenía cielo raso y se veían los grandes tirantes de madera. Había una cama turca recubierta con un poncho y un conjunto de muebles que parecían sacados de un remate: de diferentes épocas y estilos, pero todos rotosos y a punto de derrumbarse.

– Vení, mejor sentáte sobre la cama. Acá las sillas son peligrosas.

Sobre una pared había un espejo, casi opaco, del tiempo veneciano, con una pintura en la parte superior. Había también restos de una cómoda y un bargueño. Había también un grabado o litografía mantenido con cuatro chinches en sus puntas.

Alejandra prendió un calentador de alcohol y se puso a hacer café. Mientras se calentaba el agua puso un disco.

– Escucha -dijo, abstrayéndose y mirando al techo mientras chupaba su cigarrillo.

Se oyó una música patética y tumultuosa.

Luego, bruscamente, quitó el disco.

– Bah -dijo-, ahora no la puedo oír.

Siguió preparando el café.

– Cuando lo estrenaron, Brahms mismo tocaba el piano. ¿Sabes lo que pasó?

– No.

– Lo silbaron. ¿Te das cuenta lo que es la humanidad?

– Bueno, quizá…

– ¡Cómo, quizá! -gritó Alejandra-, ¿acaso crees que la humanidad no es una pura chanchada?

– Pero este músico también es la humanidad…

– Mira, Martín -comentó mientras echaba el café en la taza-, ésos son los que sufren por el resto. Y el resto son nada más que hinchapelotas, hijos de puta o cretinos, ¿sabes?

Trajo el café.

Se sentó en el borde de la cama y se quedó pensativa. Luego volvió a poner el disco un minuto:

– Oí, oí lo que es esto.

Nuevamente se oyeron los compases del primer movimiento.

– ¿Te das cuenta, Martín, la cantidad de sufrimiento que ha tenido que producirse en el mundo para que haya hecho música así?

Mientras quitaba el disco, comentó:

– Bárbaro.

Se quedó pensativa, terminando su café. Luego puso el pocillo en el suelo.


En el silencio, de pronto, a través de la ventana abierta, se oyó el clarinete, como si un chico trazase garabatos sobre un papel.

– ¿Dijiste que está loco?

– ¿No te das cuenta? Ésta es una familia de locos. ¿Vos sabes quién vivió en ese altillo, durante ochenta años? La niña Escolástica. Vos sabes que antes se estilaba tener algún loco encerrado en alguna pieza del fondo. El Bebe es más bien un loco manso, una especie de opa, y de todos modos nadie puede hacer mal con el clarinete. Escolástica también era una loca mansa. ¿Sabes lo que le pasó? Vení. -Se levantó y fue hasta la litografía que estaba en la pared con cuatro chinches.- Mira: son los restos de la legión de Lavalle, en la quebrada de Humahuaca. En ese tordillo va el cuerpo del general. Ése es el coronel Pedernera. El de al lado es Pedro Echagüe. Y ese otro barbudo, a la derecha, es el coronel Acevedo. Bonifacio Acevedo, el tío abuelo del abuelo Pancho. A Pancho le decimos abuelo, pero en realidad es bisabuelo.

Siguió mirando.

– Ese otro es el alférez Celedonio Olmos, el padre de abuelo Pancho, es decir mi tatarabuelo. Bonifacio se tuvo que escapar a Montevideo. Allá se casó con una uruguaya, una oriental, como dice el abuelo, una muchacha que se llamaba Encarnación Flores, y allá nació Escolástica. Mira qué nombre. Antes de nacer, Bonifacio se unió a la legión y nunca vio a la chica, porque la campaña duró dos años y de ahí, de Humahuaca, pasaron a Bolivia, donde estuvo varios años; también en Chile estuvo un tiempo. En el 52, a comienzos del 52, después de trece años de no ver a su mujer, que vivía aquí en esta quinta, el comandante Bonifacio Acevedo, que estaba en Chile, con otros exiliados, no dio más de tristeza y se vino a Buenos Aires, disfrazado de arriero: se decía que Rosas iba a caer de un momento a otro, que Urquiza entraría a sangre y fuego en Buenos Aires. Pero él no quiso esperar y se largó. Lo denunció alguien, seguro, si no no se explica. Llegó a Buenos Aires y lo pescó la Mazorca. Lo degollaron y pasaron frente a casa, golpearon en la ventana y cuando abrieron tiraron la cabeza a la sala. Encarnación se murió de la impresión y Escolástica se volvió loca. ¡A los pocos días Urquiza entraba en Buenos Aires! tenés que tener en cuenta que Escolástica se había criado sintiendo hablar de su padre y mirando su retrato.

De un cajón de la cómoda sacó una miniatura, en colores.

– Cuando era teniente de coraceros, en la campaña del Brasil.

Su brillante uniforme, su juventud, su gracia, contrastaban con la figura barbuda y destrozada de la vieja litografía.

– La Mazorca estaba enardecida por el pronunciamiento de Urquiza. ¿Sabes lo que hizo Escolástica? La madre se desmayó, pero ella se apoderó de la cabeza de su padre y corrió hasta aquí. Aquí se encerró con la cabeza del padre desde aquel año hasta su muerte, en 1932.

– ¡En 1932!

– Sí, en 1932. Vivió ochenta años, aquí, encerrada con su cabeza. Aquí había que traerle la comida y sacarle los desperdicios. Nunca salió ni quiso salir. Otra cosa: con esa astucia que tienen los locos, había escondido la cabeza de su padre, de modo que nadie nunca la pudo sacar. Claro, la habrían podido encontrar de haberse hecho una búsqueda, pero ella se ponía frenética y no había forma de engañarla. "Tengo que sacar algo de la cómoda", le decían. Pero no había nada que hacer. Y nadie nunca pudo sacar nada de la cómoda, ni del bargueño, ni de la petaca esa. Y hasta que murió, en 1932, todo quedó como había estado en 1852. ¿Lo crees?

– Parece imposible.

– Es rigurosamente histórico. Yo también pregunté muchas veces, ¿cómo comía? ¿Cómo limpiaban la pieza? Le llevaban la comida y lograban mantener un mínimo de limpieza. Escolástica era una loca mansa e incluso hablaba normalmente sobre casi todo, excepto sobre su padre y sobre la cabeza. Durante los ochenta años que estuvo encerrada nunca, por ejemplo, habló de su padre como si hubiese muerto. Hablaba en presente, quiero decir, como si estuviera en 1852 y como si tuviera doce años y como si su padre estuviese en Chile y fuese a venir de un momento a otro. Era una vieja tranquila. Pero su vida y hasta su lenguaje se habían detenido en 1852 y como si Rosas estuviera todavía en el poder. "Cuando ese hombre caiga", decía señalando con su cabeza hacia afuera, hacia donde había tranvías eléctricos y gobernaba Yrigoyen. Parece que su realidad tenía grandes regiones huecas o quizá como encerradas también con llave, y daba rodeos astutos como los de un chico para evitar hablar de esas cosas, como si no hablando de ellas no existiesen y por lo tanto tampoco existiese la muerte de su padre. Había abolido todo lo que estaba unido al degüello de Bonifacio Acevedo.

– ¿Y qué pasó con la cabeza?

– En 1932 murió Escolástica y por fin pudieron revisar la cómoda y la petaca del comandante. Estaba envuelta en trapos (parece que la vieja la sacaba todas las noches y la colocaba sobre el bargueño y se pasaba las horas mirándola o quizá, dormía con la cabeza allí, como un florero). Estaba momificada y achicada, claro. Y así ha permanecido.

– ¿Cómo?

– Y por supuesto, ¿qué querés que se hiciera con la cabeza? ¿Qué se hace con una cabeza en semejante situación?

– Bueno, no sé. Toda esta historia es tan absurda, no sé.

– Y sobre todo tené presente lo que es mi familia, quiero decir los Olmos, no los Acevedo.

– ¿Qué es tu familia?

– ¿Todavía necesitas preguntarlo? ¿No lo oís al tío Bebe tocando el clarinete? ¿No ves dónde vivimos? Decíme, ¿sabes de alguien que tenga apellido en este país y que viva en Barracas, entre conventillos y fábricas? Comprenderás que con la cabeza no podía pasar nada normal, aparte de que nada de lo que pase con una cabeza sin el cuerpo correspondiente puede ser normal.

– ¿Y entonces?

– Pues muy simple: la cabeza quedó en casa.

Martín se sobresaltó.

– ¿Qué, te impresiona? ¿Qué otra cosa se podía hacer? ¿Hacer un cajoncito y un entierro chiquito para la cabeza?

Martín se rió nerviosamente, pero Alejandra permanecía seria.

– ¿Y dónde la tienen?

– La tiene el abuelo Pancho, abajo, en una caja de sombreros. ¿Querés verla?

– ¡Por amor de Dios! -exclamó Martín.

– ¿Qué tiene? Es una hermosa cabeza y te diré que me hace bien verla de vez en cuando, en medio de tanta basura. Aquellos al menos eran hombres de verdad y se jugaban la vida por lo que creían. Te doy el dato que casi toda mi familia ha sido unitaria o lomos negros, pero que ni Fernando ni yo lo somos.

– ¿Fernando? ¿Quién es Fernando?

Alejandra se quedó repentinamente callada, como si hubiese dicho algo de más.

Martín quedó sorprendido. Tuvo la sensación de que Alejandra había dicho algo involuntario. Se había levantado, había ido hasta la mesita donde tenía el calentador y había puesto agua a calentar, mientras encendía un cigarrillo. Luego se asomó a la ventana.

– Vení -dijo, saliendo.

Martín la siguió. La noche era intensa y luminosa. Alejandra caminó por la terraza hacia la parte de adelante y luego se apoyó en la balaustrada.

– Antes -dijo- se veía desde aquí la llegada de los barcos al Riachuelo.

– Y ahora, ¿quién vive aquí?

– ¿Aquí? Bueno, de la quinta no queda casi nada. Antes era una manzana. Después empezaron a vender. Ahí están esa fábrica y esos galpones, todo eso pertenecía a la quinta. De aquí, de este otro lado hay conventillos. Toda la parte de atrás de la casa también se vendió. Y esto que queda está todo hipotecado y en cualquier momento lo rematan.

– ¿Y no te da pena?

Alejandra se encogió de hombros.

– No sé, tal vez lo siento por abuelo. Vive en el pasado y se va a morir sin entender lo que ha sucedido en este país. ¿Sabes lo que pasa con el viejo? Pasa que no sabe lo que es la porquería, ¿entendés? Y ahora no tiene ni tiempo ni talento para llegar a saberlo. No sé si es mejor o es peor. La otra vez nos iban a poner bandera de remate y tuve que ir a verlo a Molinari para que arreglase el asunto.

– ¿Molinari?

Martín volvía a oír ese nombre por segunda vez.

– Sí, una especie de animal mitológico. Como si un chancho dirigiese una sociedad anónima.

Martín la miró y Alejandra añadió, sonriendo:

– Tenemos cierto género de vinculación. Te imaginas que si ponen la bandera de remate el viejo se muere.

– ¿Tu padre?

– Pero no, hombre: el abuelo.

– ¿Y tu padre no se preocupa del problema?

Alejandra lo miró con una expresión que podía ser la mueca de un explorador a quien se le pregunta si en el Amazonas está muy desarrollada la industria automovilística.

– Tu padre -insistió Martín, de puro tímido que era, porque precisamente sentía que había dicho un disparate (aunque no sabía por qué) y que era mejor no insistir.

– Mi padre nunca está aquí -se limitó a aclarar Alejandra, con una voz que era distinta.

Martín, como los que aprenden a andar en bicicleta y tienen que seguir adelante para no caerse y que, gran misterio, terminan siempre por irse contra un árbol o cualquier otro obstáculo, preguntó:

– ¿Vive en otra parte?

– ¡Te acabo de decir que no vive acá!

Martín enrojeció.

Alejandra fue hacia el otro extremo de la terraza y permaneció allá un buen tiempo. Luego volvió y se acodó sobre la balaustrada, cerca de Martín.

– Mi madre murió cuando yo tenía cinco años. Y cuando tuve once lo encontré a mi padre aquí con una mujer. Pero ahora pienso que vivía con ella mucho antes de que mi madre muriese.

Con una risa que se parecía a una risa normal como un criminal jorobado puede parecerse a un hombre sano agregó:

– En la misma cama donde yo duermo ahora.

Encendió un cigarrillo y a la luz del encendedor Martín pudo ver que en su cara quedaban restos de la risa anterior, el cadáver maloliente del jorobado.

Luego, en la oscuridad, veía cómo el cigarrillo de Alejandra se encendía con las profundas aspiraciones que ella hacía: fumaba, chupaba el cigarrillo con una avidez ansiosa y concentrada.

– Entonces me escapé de mi casa -dijo.

<p id="_Toc49254295">X</p>

Esa chica pecosa es ella: tiene once años y su pelo es rojizo. Es una chica flaca y pensativa, pero violenta y duramente pensativa; como si sus pensamientos no fueran abstractos, sino serpientes enloquecidas y calientes. En alguna oscura región de su yo aquella chica ha permanecido intacta y ahora ella, la Alejandra de dieciocho años, silenciosa y atenta, tratando de no ahuyentar la aparición se retira a un lado y la observa con cautela y curiosidad. Es un juego al que se entrega muchas veces cuando reflexiona sobre su destino. Pero es un juego difícil, sembrado de dificultades, tan delicado y propenso a la frustración como dicen los espiritistas que son las materializaciones: hay que saber esperar, hay que tener paciencia y saber concentrarse con fuerza, ajeno a pensamientos laterales o frívolos. La sombra va emergiendo poco a poco y hay que favorecer su aparición manteniendo un silencio total y una gran delicadeza: cualquier cosita y ella se replegará, desapareciendo en la región de la que empezaba a salir. Ahora está allí: ya ha salido y puede verla con sus trenzas coloradas y sus pecas, observando todo a su alrededor con aquellos ojos recelosos y concentrados, lista para la palea y el insulto. Alejandra la mira con esa mezcla de ternura y de resentimiento que se tiene para los hermanos menores, en quienes descargamos la rabia que guardamos para nuestros propios defectos, gritándole: "¡No te mordás las uñas, bestia!"

– En la calle Isabel la Católica hay una casa en ruinas. Mejor dicho, había, porque hace poco la demolieron para construir una fábrica de heladeras. Estaba desocupada desde muchísimos años atrás, por un pleito o una sucesión. Creo que era de los Miguens, una quinta que en un tiempo debe de haber sido muy linda, como ésta. Recuerdo que tenía unas paredes verde claro, verdemar, todas descascaradas, como si tuvieran lepra. Yo estaba muy excitada y la idea de fugarme y de esconderme en una casa abandonada me producía una sensación de poderío, quizá como la que deben de sentir los soldados al lanzarse al ataque, a pesar del miedo o por una especie de manifestación inversa del miedo. Leí algo sobre eso en alguna parte, ¿vos no? Te digo esto porque yo sufría grandes terrores de noche, de modo que ya te podes figurar lo que me podía esperar en una casa abandonada. Me enloquecía, veía bandidos que entraban a mi pieza con faroles, o gentes de la Mazorca con cabezas sangrantes en la mano (Justina nos contaba siempre cuentos de la Mazorca). Caía en pozos de sangre. Ni siquiera sé si todo aquello lo veía dormida o despierta; pienso que eran alucinaciones, que los veía despierta, porque los recuerdo como si ahora mismo los estuviera viviendo. Entonces daba alaridos, hasta que corría abuela Elena y me calmaba poco a poco, porque durante bastante tiempo seguía sacudiendo la cama con mis estremecimientos; eran ataques, verdaderos ataques.

De modo que planear lo que planeaba, esconderme de noche en una casa solitaria y derruida era un acto de locura. Y ahora pienso que lo planeé para que mi venganza fuera más atroz. Sentía que era una hermosa venganza y que resultaba más hermosa y más violenta cuanto más terribles eran los peligros que debía enfrentar, ¿comprendes? Como si pensara, y quizá lo haya pensado, "¡vean lo que sufro por culpa de mi padre!" Es curioso, pero desde aquella noche mi pavor nocturno se transformó, de un solo golpe, en una valentía de loco. ¿No te parece curioso? ¿Cómo se explicará ese fenómeno? Era una especie de arrogancia loca, como te digo, frente a cualquier peligro, real o imaginario. Es cierto que siempre había sido audaz y en las vacaciones que pasaba en el campo de las Carrasco, unas solteronas amigas de abuela Elena, me había acostumbrado a experiencias muy duras: corría a campo traviesa y a galope sobre una yegüita que me habían dado y que yo misma la había bautizado con un nombre que me gustaba: Desprecio. Y no tenía miedo de las vizcacheras, aunque varias veces rodé por culpa de las cuevas. Tenía un rifle calibre 22, para cazar, y un matagatos.

Sabía nadar muy bien y a pesar de todas las recomendaciones y juramentos salía a nadar mar afuera y tuve que luchar contra la marejada más de una vez (me olvidaba decirte que el campo de las viejuchas Carrasco daba a la costa, cerca de Miramar). Y sin embargo, a pesar de todo eso, de noche temblaba de miedo ante monstruos imaginarios. Bueno, te decía, decidí escaparme y esconderme en la casa de la calle Isabel la Católica. Esperé la noche para poder treparme por la verja sin ser advertida (la puerta estaba cerrada con candado). Pero probablemente alguien me vio, y aunque al comienzo no le haya dado importancia, pues, como te imaginarás, más de un muchacho por curiosear habría hecho antes lo que yo estaba haciendo en ese momento, luego, cuando se corrió la voz por el barrio y cuando la policía intervino, el hombre habrá recordado y habrá dado el dato. Pero si las cosas fueron así, debe haber sido muchas horas después de mi escapada, porque la policía recién apareció en el caserón a las once. Así que tuve todo el tiempo para enfrentar el terror. Apenas me descolgué de la verja entré hacia el fondo bordeando la casa, por la antigua entrada cochera en medio de yuyos y tachos viejos, de basura y gatos o perros muertos y hediondos. Me olvidaba decirte que también había llevado mi linterna, mi cuchillito de campo, y el matagatos que el abuelo Pancho me regaló cuando cumplí diez años. Como te decía, bordeé la casa por la entrada cochera y así llegué a los fondos. Había una galería parecida a la que tenemos acá. Las ventanas que daban a esa galería o corredor estaban cubiertas por persianas, pero las persianas estaban podridas y algunas casi caídas o con boquetes. No era difícil que la casa hubiese sido utilizada por vagos o linyeras para pasar la noche y hasta alguna temporada. ¿Y quién me aseguraba que esa misma noche no viniesen algunos a dormir? Con mi linterna fui recorriendo las ventanas y puertas que daban a la parte trasera, hasta que vi una puerta a cuya persiana le faltaba una hoja. Empujé la puerta y se abrió, aunque con dificultad, chirriando, como si hiciese muchísimo tiempo que no fuese abierta. Con terror, pensé en el mismo instante que entonces ni los vagos se habían atrevido a refugiarse en aquella casa de mala fama. En algún momento vacilé y pensé que lo mejor seria no entrar en la casa y pasar la noche en el corredor. Pero hacía mucho frío. Tenía que entrar e incluso hacer fuego, como había observado en tantas vistas. Pensé que la cocina sería el lugar más adecuado, porque, de ese modo, sobre el suelo de baldosas podría prender una buena fogata. Tenía también la esperanza de que el fuego ahuyentase a las ratas, animales que siempre me asquearon. La cocina estaba, como todo el resto de la casa, en la última ruina. No me sentí capaz de acostarme en el suelo, aun amontonando paja, porque imaginé que allí era más fácil que se acercara alguna rata. Me pareció mejor acostarme sobre el fogón. Era una cocina de tipo antiguo, semejante a la que tenemos nosotros y a ésas que todavía se ven en algunas chacras, con fogones para carbón y cocina económica. En cuanto al resto de la casa, la exploraría al día siguiente: no tenía en ese momento, de noche, valor para recorrerla y además, por otra parte, no tenía objeto. Mi primera tarea fue juntar leña en el jardín; es decir: pedazos de cajones, maderas sueltas, paja, papeles, ramas caídas y ramas de un árbol seco que encontré. Con todo eso preparé una fogata cerca de la puerta de la cocina, cosa que no se me llenara de humo el interior. Después de algunas tentativas todo anduvo bien, y apenas vi las llamas, en medio de la oscuridad, sentí una sensación de calor, físico y espiritual. En seguida saqué de mi bolsa cosas para comer. Me senté sobre un cajón, cerca de la hoguera, y comí con ganas salamín con pan y manteca, y después dulce de batata. Mi reloj marcaba ¡recién! las ocho. No quería pensar lo que me esperaba en las largas horas de la noche.

La policía llegó a las once. No sé si, como te dije, alguien habría visto que un chico trepaba la verja. También es probable que algún vecino haya visto fuego o el humo de la hoguera que encendí, o mis movimientos por allí dentro con la linterna. Lo cierto es que la policía llegó y debo confesarte que la vi llegar con alegría. Quizá si hubiese tenido que pasar toda la noche cuando todos los ruidos externos van desapareciendo y cuando tenés de verdad la sensación de que la ciudad duerme, creo que me hubiera enloquecido con la corrida de las ratas y los gatos, con el silbido del viento y con los ruidos que mi imaginación podía atribuir también a fantasmas. Así que cuando llegó la policía yo estaba despierta, arrinconada arriba del fogón y temblando de miedo.

No te puedo decir la escena en mi casa, cuando me llevaron. Abuelo Pancho, el pobre, tenía los ojos llenos de lágrimas y no terminaba de preguntarme por qué había hecho semejante locura. Abuela Elena me retaba y al mismo tiempo me acariciaba, histéricamente. En cuanto a tía Teresa, tía abuela en realidad, que se la pasaba siempre en los velorios y en la sacristía, gritaba que debían meterme cuanto antes de pupila, en la escuela de la avenida Montes de Oca. Los conciliábulos deben de haber seguido durante buena parte de esa noche, porque yo los oía discutir allá en la sala. Al otro día supe que la abuela Elena había terminado por aceptar el punto de vista de tía Teresa, más que todo, lo creo ahora, porque pensaba que yo podía repetir aquella barbaridad en cualquier momento; y porque sabía, además, que yo quería mucho a la hermana Teodolina. A todo esto, por supuesto, yo me negué a decir nada y estuve todo el tiempo encerrada en mi pieza. Pero, en el fondo, no me disgustó la idea de irme de esta casa: suponía que de ese modo mi padre sentiría más mi venganza.

No sé si fue mi entrada en el colegio, mi amistad con la hermana Teodolina o la crisis, o todo junto. Pero me precipité en la religión con la misma pasión con que nadaba o corría a caballo: como si jugara la vida. Desde ese momento hasta que tuve quince. Fue una especie de locura con la misma furia con que nadaba de noche en el mar, en noches tormentosas, como si nadase furiosamente en una gran noche religiosa, en medio de tinieblas, fascinada por la gran tormenta interior.

Ahí está el padre Antonio: habla de la Pasión y describe con fervor los sufrimientos, la humillación y el sangriento sacrificio de la Cruz. El padre Antonio es alto y, cosa extraña, se parece a su padre. Alejandra llora, primero en silencio, y luego su llanto se vuelve violento y finalmente convulsivo. Huye. Las monjas corren asustadas. Ve ante si a la hermana Teodolina, consolándola, y luego se acerca el padre Antonio, que también intenta consolarla. El suelo empieza a moverse, como si ella estuviera en un bote. El suelo ondula como un mar, la pieza se agranda más y más, y luego todo empieza a dar vueltas: primero con lentitud y en seguida vertiginosamente. Suda. El padre Antonio se acerca, su mano es ahora gigantesca, su mano se acerca a su mejilla como un murciélago caliente y asqueroso. Entonces cae fulminada por una gran descarga eléctrica.

– ¿Qué pasa, Alejandra? -gritó Martín, precipitándose sobre ella.

Se había derrumbado y permanecía rígida, en el suelo, sin respirar, su rostro fue poniéndose violáceo, y de pronto tuvo convulsiones.

– ¡Alejandra! ¡Alejandra!

Pero ella no lo oía, ni sentía sus brazos: gemía y mordía sus labios.

Hasta que, como una tempestad en el mar que se calma poco a poco, sus gemidos fueron espaciándose y haciéndose más tiernos y lastimeros, su cuerpo fue aquietándose y por fin quedó blando y como muerto. Martín la levantó entonces en sus brazos y la llevó a su pieza, poniéndola sobre la cama. Después de una hora o más Alejandra abrió sus ojos, miró en torno, como borracha. Luego se sentó, pasó sus manos por la cara, como si quisiera despejarse, y quedó largo rato en silencio. Mostraba tener un cansancio enorme.

Después se levantó, buscó píldoras y las tomó.

Martín la observaba asustado.

– No pongas esa cara. Si vas a ser amigo mío tendrás que acostumbrarte a todo esto. No pasa nada importante.

Buscó un cigarrillo en la mesita y se puso a fumar. Durante largo tiempo descansó en silencio. Al cabo preguntó:

– ¿De qué te estaba hablando?

Martín se lo recordó.

– Pierdo la memoria, sabes.

Se quedó pensativa, fumando, y luego agregó:

– Salgamos afuera, quiero tomar aire.

Se acodaron sobre la balaustrada de la terraza.

– Así que te estaba hablando de aquella fuga.

Fumó en silencio.

– Conmigo no ganaban ni para sustos, decía la hermana Teodolina. Me torturaba días enteros analizando mis sentimientos, mis reacciones. Desde aquello que me pasó con el padre Antonio inicié una serie de mortificaciones: me arrodillaba horas sobre vidrios rotos, me dejaba caer la cera ardiendo de los cirios sobre las manos, hasta me corté en el brazo con una hoja de afeitar. Y cuando la hermana Teodolina, llorando, me quiso obligar a que le dijera por qué me había cortado, no le quise decir nada, y en realidad yo misma no lo sabía, y creo que todavía no lo sé. Pero la hermana Teodolina me decía que no debía hacer esas cosas, que a Dios no le gustaban esos excesos y que también en esas actitudes había un enorme orgullo satánico. ¡Vaya la novedad! Pero aquello era más fuerte, más invencible que cualquier argumentación. Ya verás cómo terminaría toda aquella locura.

Se quedó pensativa.

– Qué curioso -dijo al cabo de un rato-, trato de recordar el paso de aquel año y no puedo recordar más que escenas sueltas, una al lado de otra. ¿A vos te pasa lo mismo? Yo ahora siento el paso del tiempo, como si corriera por mis venas, con la sangre y el pulso. Pero cuando trato de recordar el pasado no siento lo mismo: veo escenas sueltas paralizadas como en fotografías.

Su memoria está compuesta de fragmentos de existencia, estáticos y eternos: el tiempo no pasa, en efecto, entre ellos, y cosas que sucedieron en épocas muy remotas entre sí están unas junto a otras vinculadas o reunidas por extrañas antipatías y simpatías. O acaso salgan a la superficie de la conciencia unidas por vinculas absurdos pero poderosos, como una canción, una broma o un odio común. Como ahora, para ella, el hilo que las une y que las va haciendo salir una después de otra es cierta ferocidad en la búsqueda de algo absoluto, cierta perplejidad, la que une palabras como padre, Dios, playa, pecado, pureza, mar, muerte.

– Me veo un día de verano y oigo a la abuela Elena que dice: "Alejandra tiene que ir al campo, es necesario que salga de acá, que tome aire". Curioso: recuerdo que en ese momento abuela tenía un dedal de plata en la mano.

Se rió.


– ¿Por qué te reís? -preguntó Martín, intrigado.

– Nada, nada de importancia. Me mandaron, pues, al campo de las viejuchas Carrasco, parientes lejanas de abuela Elena. No sé si te dije que ella no era de la familia Olmos, sino que se llamaba Lafitte. Era una mujer buenísima y se casó con mi abuelo Patricio, hijo de don Pancho. Algún día te contaré algo de abuelo Patricio, que murió. Bueno, como te decía, las Carrasco eran primas segundas de abuela Elena. Eran solteronas, eternas, hasta los nombres que tenían eran absurdos: Ermelinda y Rosalinda. Eran unas santas y en realidad para mí eran tan indiferentes como una losa de mármol o un costurero; ni las oía cuando hablaban. Eran tan candorosas que si hubiesen podido leer un solo segundo en mi cabeza se hubieran muerto de susto. Así que me gustaba ir al campo de ellas: tenía toda la libertad que quería y podía correr con mi yegüita hasta la playa, porque el campo de las viejas daba al océano, un poco al sur de Miramar. Además, ardía en deseos de estar sola, de nadar, de correr con la tordilla, de sentirme sola frente a la inmensidad de la naturaleza, bien lejos de la playa donde se amontonaba toda la gente inmunda que yo odiaba. Hacía un año que no veía a Marcos Molina y también esa perspectiva me interesaba. ¡Había sido un año tan importante! Quería contarle mis nuevas ideas, comunicarle un proyecto grandioso, inyectarle mi ardiente fe. Todo mi cuerpo estallaba con fuerza, y si siempre fui medio salvaje, en aquel verano la fuerza parecía haberse multiplicado, aunque tomando otra dirección. Durante aquel verano Marcos sufrió bastante. Tenía quince años, uno más que yo. Era bueno, muy atlético. En realidad, ahora que pienso llegará a ser un excelente padre de familia y seguro que dirigirá alguna sección de la Acción Católica. No te creas que fuese tímido, pero era del género buen muchacho, del género católico pelotudo: de buena fe y bastante sencillo y tranquilo. Ahora pensá lo siguiente: apenas llegué al campo me lo agarré por mi cuenta y empecé a tratar de convencerlo para que nos fuésemos a la China o al Amazonas apenas tuviésemos dieciocho años. Como misioneros, ¿entendés? Nos íbamos a caballo, bien lejos, por la playa, hacia el sur. Otras veces íbamos en bicicleta o caminábamos durante horas. Y con largos discursos, llenos de entusiasmo, intentaba hacerle comprender la grandeza de una actitud como la que yo le proponía. Le hablaba del padre Damián y de sus trabajos con los leprosos de la Polinesia, le contaba historias de misioneros en China y en África, y la historia de las monjas que sacrificaron los indios en el Matto Grosso. Para mí, el goce más grande que podía sentir era el de morir en esa forma, martirizada. Me imaginaba cómo los salvajes nos agarraban, cómo me desnudaban y me ataban a un árbol con sogas y cómo luego, en medio de alaridos y danzas, se acercaban con un cuchillo de piedra afilada, me abrían el pecho y me arrancaban el corazón sangrante.

Alejandra se quedó callada, volvió a encender el cigarrillo que se le había apagado, y luego prosiguió:

– Marcos era católico, pero me escuchaba mudo. Hasta que un día me terminó por confesar que esos sacrificios de misioneros que morían y sufrían el martirio por la fe eran admirables, pero que él no se sentía capaz de hacerlo. Y que de todos modos pensaba que se podía servir a Dios en otra forma más modesta, siendo una buena persona y no haciendo el mal a nadie. Esas palabras me irritaron.

– ¡Sos un cobarde! -le grité con rabia.

Estas escenas, con ligeras variantes, se repitieron dos o tres veces.

El se quedaba mortificado, humillado. Yo me iba en ese momento de su lado y dando un rebencazo a mi tordilla me volvía a galope tendido, furiosa y llena de desdén por aquel pobre diablo. Pero al otro día volvía a la carga, más o menos sobre lo mismo. Hasta hoy no comprendo el porqué de mi empecinamiento, ya que Marcos no me despertaba ningún género de admiración. Pero lo cierto es que yo estaba obsesionada y 110 le daba descanso.

– Alejandra -me decía con bonhomía, poniéndome una de sus manazas sobre el hombro-, ahora déjate de predicar y vamos a bañarnos.

– ¡No! ¡Momento! -exclamaba yo, como si él estuviera queriendo rehuir un compromiso previo. Y nuevamente a lo mismo.

A veces le hablaba del matrimonio.

– Yo no me casaré nunca -le explicaba-. Es decir, no tendré nunca hijos, si me caso.


Él me miró extrañado, la primera vez que se lo dije.

– ¿Sabes cómo se tienen los hijos? -le pregunté.

– Más o menos -respondió, poniéndose colorado.

– Bueno, si lo sabes, comprenderás que es una porquería.

Le dije esas palabras con firmeza, casi con rabia, y como si fuesen un argumento más en favor de mi teoría sobre las misiones y el sacrificio.

– Me iré, pero tengo que irme con alguien, ¿comprendes? Tengo que casarme con alguien porque si no me harán buscar con la policía y no podré salir del país. Por eso he pensado que podría casarme contigo. Mira: ahora tengo catorce años y vos tenés quince. Cuando yo tenga dieciocho termino el colegio y nos casamos, con autorización del juez de menores. Nadie puede prohibirnos ese casamiento. Y en último caso nos fugamos y entonces tendrán que aceptarlo. Entonces nos vamos a China o al Amazonas. ¿Qué te parece? Pero nos casamos nada más que para poder irnos tranquilos, ¿comprendes?, no para tener hijos, ya te expliqué. No tendremos hijos nunca. Viviremos siempre juntos, recorreremos países salvajes pero ni nos tocaremos siquiera. ¿No es hermosísimo?

Me miró asombrado.

– No debemos rehuir el peligro -proseguí-. Debemos enfrentarlo y vencerlo. No te vayas a creer, tengo tentaciones, pero soy fuerte y capaz de dominarlas. ¿Te imaginas qué lindo vivir juntos durante años, acostarnos en la misma cama, a lo mejor vernos desnudos y vencer la tentación de tocarnos y de besarnos?

Marcos me miraba asustado.

– Me parece una locura todo lo que estás diciendo -comentó-. Además, ¿no manda Dios tener hijos en el matrimonio?

– ¡Te digo que yo nunca tendré hijos! -le grité-. ¡Y te advierto que jamás me tocarás y que nadie, nadie, me tocará!

Tuve un estallido de odio y empecé a desnudarme.

– ¡Ahora vas a ver! -grité, como desafiándolo.

Había leído que los chinos impiden el crecimiento de los pies de sus mujeres metiéndolos en hormas de hierro y que los sirios, creo, deforman la cabeza de sus chicos, fajándoselas. En cuanto me empezaron a salir los pechos empecé a usar una larga tira que corté de una sábana y que tenía como tres metros de largo: me daba varias vueltas, ajustándome bárbaramente. Pero los pechos crecieron lo mismo, como esas plantas que nacen en las grietas de las piedras y terminan rajándolas. Así que una vez que me hube quitado la blusa, la pollera y la bombacha, me empecé a sacar la faja. Marcos, horrorizado, 110 podía dejar de mirar mi cuerpo. Parecía un pájaro fascinado por una serpiente.

Cuando estuve desnuda, me acosté sobre la arena y lo desafié: -¡Vamos, desnúdate vos ahora! ¡Proba que sos un hombre!

– ¡Alejandra! -balbuceó Marcos-. ¡Todo lo que estás haciendo es una locura y un pecado!

Repitió como un tartamudo lo del pecado, varias veces, sin dejar de mirarme, y yo, por mi parte, le seguía gritando maricón, con desprecio cada vez mayor. Hasta que, apretando las mandíbulas y con rabia, empezó a desnudarse. Cuando estuvo desvestido, sin embargo, parecía habérsele terminado la energía, porque se quedó paralizado, mirándome con miedo.

– Acostáte acá -le ordené.

– Alejandra, es una locura y un pecado.

– ¡Vamos, acostáte acá! -le volví a ordenar.

Terminó por obedecerme.

Quedamos los dos mirando al cielo, tendidos de espaldas sobre la arena caliente, uno al lado del otro. Se produjo un silencio abrumador, se podía oír el chasquido de las olas contra las toscas. Arriba, las gaviotas chillaban y evolucionaban sobre nosotros. Yo sentí la respiración de Marcos, que parecía haber corrido una larga carrera.

– ¿Ves qué sencillo? -comenté-. Así podremos estar siempre.

– ¡Nunca, nunca! -gritó Marcos, mientras se levantaba con violencia, como si huyera de un gran peligro.

Se vistió con rapidez, repitiendo "¡nunca, nunca! ¡Estás loca, estás completamente loca!"

Yo no dije nada pero me sonreía con satisfacción. Me sentía poderosísima.

Y como quien no dice nada, me limité a decir:

– Si me tocabas, te mataba con mi cuchillo.

Marcos quedó paralizado por el horror. Luego, de pronto, salió corriendo para el lado de Miramar.

Recostada sobre un lado vi cómo se alejaba. Luego me levanté y corrí hacia el agua. Nadé durante mucho tiempo, sintiendo cómo el agua salada envolvía mi cuerpo desnudo. Cada partícula de mi carne parecía vibrar con el espíritu del mundo.

Durante varios días Marcos desapareció de Piedras Negras. Pensé que estaba asustado o, acaso, que se había enfermado. Pero una semana después reapareció, tímidamente. Yo hice como si no hubiera pasado nada y salimos a caminar, como otras veces. Hasta que de pronto le dije:

– ¿Y Marcos? ¿Pensaste en lo del casamiento?

Marcos se detuvo, me miró seriamente y me dijo, con firmeza:

– Me casaré contigo, Alejandra. Pero no en la forma que decís.

– ¿Cómo? -exclamé-. ¿Qué estás diciendo?

– Que me casaré para tener hijos, como hacen todos. -Sentí que mis ojos se ponían rojos, o vi todo rojo. Sin darme del todo cuenta me encontré lanzándome contra Marcos. Caímos al suelo, luchando. Aun cuando Marcos era fuerte y tenía un año más que yo, al principio luchamos en forma pareja, creo que porque mi furor multiplicaba mi fuerza. Recuerdo que de pronto hasta logré ponerlo debajo y con mis rodillas le di golpes sobre el vientre. Mi nariz sangraba, gruñíamos como dos enemigos mortales. Marcos hizo por fin un gran esfuerzo y se dio vuelta. Pronto estuvo sobre mí. Sentí que sus manos me apretaban y que retorcía mis brazos como tenazas. Me fue dominando y sentí su cara cada vez más cerca de la mía. Hasta que me besó.

Le mordí los labios y se separó gritando de dolor. Me soltó y salió corriendo.

Yo me incorporé, pero, cosa extraña, no lo perseguí: me quedé petrificada, viendo cómo se alejaba. Me pasé la mano por la boca y me refregué los labios, como queriéndolos limpiar de suciedad. Y poco a poco sentí que la furia volvía a subir en mí como el agua hirviendo en una olla. Entonces me quité la ropa y corrí hacia el agua. Nadé durante mucho tiempo, quizá horas, alejándome de la playa, mar adentro.

Experimentaba una extraña voluptuosidad cuando las olas me levantaban. Me sentía a la vez poderosa y solitaria, desgraciada y poseída por los demonios. Nadé. Nadé hasta que sentí que las fuerzas se me acababan. Entonces empecé a bracear hacia la playa.

Me quedé mucho tiempo descansando en la arena, de espaldas sobre la arena caliente, observando las gaviotas que planeaban. Muy arriba, nubes tranquilas e inmóviles daban tina sensación de absoluta calma al anochecer, mientras mi espíritu era un torbellino y vientos furiosos lo agitaban y desgarraban: mirándome hacia adentro, parecía ver a mi conciencia como un barquito sacudido por una tempestad.

Volví a casa cuando ya era de noche, llena de rencor indefinido, contra todo y contra mí misma. Me sentí llena de ideas criminales. Odiaba una cosa: haber sentido placer en aquella lucha y en aquel beso. Todavía en mi cama, de espaldas mirando el techo, seguía dominada por una sensación imprecisa que me estremecía la piel como si tuviera fiebre. Lo curioso es que casi no recordaba a Marcos como Marcos (en realidad, ya te dije que me parecía bastante zonzo y que nunca le tuve admiración): era más bien una confusa sensación en la piel y en la sangre, el recuerdo de brazos que me estrujaban, el recuerdo de un peso sobre mis pechos y mis muslos. No sé cómo explicarte, pero era como si lucharan dentro de mí dos fuerzas opuestas, y esa lucha, que no alcanzaba a entender, me angustiaba y me llenaba de odio. Y ese odio parecía alimentado por la misma fiebre que estremecía mi piel y que se concentraba en la punta de mis pechos.

No podía dormir. Miré la hora: era cerca de las doce. Casi sin pensarlo, me vestí y me descolgué, como otras veces, por la ventana de mi cuarto hacia el jardincito. No sé si te dije ya que las Carrasco tenían, además, una casita en el mismo Miramar, donde pasaban a veces semanas o fines de semana. Estábamos entonces allí.

Casi corriendo fui hasta la casa de Marcos (aunque había jurado no verlo nunca más).

El cuarto de él daba a la calle, en el piso de arriba. Silbé, como otras veces, y esperé.

No respondía. Busqué una piedrita en la calle y la arrojé contra su ventana, que estaba abierta, y volví a silbar. Por fin se asomó y me preguntó, asombrado, qué pasaba.

– Bajá -le dije-. Quiero hablarte.

Creo que todavía hasta ese momento no había comprendido que quería matarlo, aunque tuve la precaución de llevar mi cuchillito de campo.

– No puedo, Alejandra -me respondió-. Mi padre está muy enojado y si me oye va a ser peor.

– Si no bajas -le respondí con rencorosa calma- va a ser mucho peor, porque voy a subir yo.

Vaciló un instante, midió quizás las consecuencias que le podía atraer mi propósito de subir y entonces me dijo que esperara.

Al poco rato apareció por la puerta trasera.

Me puse a caminar delante de él.

– ¿Adonde vas? -me preguntó alarmado-, ¿qué te propones?

No contesté 3' seguí hasta llegar a un baldío que había a media cuadra de su casa. Él venía siempre atrás, como arrastrado.

Entonces me volví bruscamente hacia él y le dije:

– ¿Por qué me besaste, hoy?

Mi voz, mi actitud, qué sé yo, lo que sea, debe de haberlo impresionado, porque casi no podía hablar.

– Responde -le dije con energía.

– Perdóname -balbuceó-, lo hice sin querer…

Tal vez alcanzó a vislumbrar el brillo de la hoja, quizá fue solamente el instinto de conservación, pero se lanzó casi al mismo tiempo sobre mí y con sus dos manos me sujetó mi brazo derecho, forcejeando para hacerme caer el cuchillito. Logró por fin arrancármelo y lo arrojó lejos, entre los yuyos. Yo corrí y llorando de rabia empecé a buscarlo, pero era absurdo intentar encontrarlo entre aquella maraña, y de noche. Entonces salí corriendo hacia abajo, hacia el mar: me había acometido la idea de salir mar afuera y dejarme ahogar. Marcos corrió detrás, acaso sospechando mi propósito, y de pronto sentí que me daba un golpe detrás de la oreja. Me desmayé. Según supe después, me levantó y me llevó hasta la casa de las Carrasco, dejándome en la puerta y

tocando el timbre, hasta que vio que se encendían las luces y que venían a abrir, huyendo en ese momento. A primera vista puede pensarse que esto era una barbaridad, por el escándalo que se provocaría. Pero ¿qué otra cosa podía hacer Marcos? Si se hubiera quedado, conmigo desmayada a su lado, a las doce de la noche, cuando las viejas creían que yo estaba en mi cama durmiendo, ¿te imaginas la que se hubiera armado? Dentro de todo, hizo lo más apropiado. De cualquier modo, ya te podrás imaginar el escándalo. Cuando volví en mí, estaban las dos Carrasco, la mucama y la cocinera, todas encima, con colonia, con abanicos, qué sé yo. Lloraban y se lamentaban como si estuvieran delante de una tragedia abominable. Me interrogaban, daban chillidos, se persignaban, decían Dios mío, daban órdenes, etc.

Fue una catástrofe.

Te imaginarás que me negué a dar explicaciones.

Se vino abuela Elena, consternada y que, en vano, trató de sacarme lo que había detrás de todo. Tuve una fiebre que me duró casi todo el verano.

Hacia fines de febrero empecé a levantarme.

Me había vuelto casi muda y no hablaba con nadie. Me negué a ir a la Iglesia, pues me horrorizaba la sola idea de confesar mis pensamientos del último tiempo.

Cuando volvimos a Buenos Aires, tía Teresa (no sé si te hablé ya de esa vieja histérica, que se pasaba la vida entre velorios y misas, siempre hablando de enfermedades y tratamientos), tía Teresa dijo, en cuanto me tuvo enfrente:

– Sos el retrato de tu padre. Vas a ser una perdida. Me alegro que no seas hija mía.

Salí hecha una furia contra la vieja loca. Pero, cosa extraña, mi furia mayor no era contra ella sino contra mi padre, como si la frase de mi tía abuela me hubiese golpeado a mí, como si un bumerang hubiese ido hasta mi padre y finalmente, de nuevo, a mí.

Le dije a abuela Elena que quería irme al colegio, que no dormiría ni un día en esta casa. Me prometió hablar con la hermana Teodolina para que me recibieran de algún modo antes del período de las clases. No sé lo que habrán hablado las dos, pero la verdad es que buscaron la forma de recibirme. Esa misma noche me arrodillé delante de mi cama y pedí a Dios que hiciera morir a mi tía Teresa. Lo pedí con una unción feroz y lo repetí durante varios meses, cada noche, al acostarme y también en mis largas horas de oración en la capilla. Mientras tanto, y a pesar de todas las instancias de la hermana Teodolina, me negué a confesarme: mi idea, bastante astuta, era primero lograr la muerte de tía, y después confesarme; porque (pensaba) si me confesaba antes tendría que decir lo que planeaba y me vería obligada a desistir.

Pero tía Teresa no murió. Por el contrario, cuando volví a casa en las vacaciones la vieja parecía estar más sana que nunca. Porque te advierto que aunque se pasaba quejando y tomando píldoras de todos los colores, tenía una salud de hierro. Se pasaba hablando de enfermos y muertos. Entraba en el comedor o en la sala diciendo con entusiasmo:

– Adivinen quién murió.

O, comentando con una mezcla de arrogancia e ironía:

– Inflamación al hígado… ¡Cuando yo les decía que eso era cáncer! Un tumor de tres kilos, nada menos.

Y corría al teléfono para dar la noticia con ese fervor que tenía para anunciar catástrofes. Marcaba el número y sin perder tiempo, telegráficamente, para dar la noticia a la mayor cantidad de gente en el menor tiempo posible (no fuera que otro se le adelantase), decía "¿Josefina? Pipo cáncer", y así a María Rosa, a Beba, a Naní, a María Magdalena, a María Santísima. Bueno, como te digo, al verla con tanta salud, todo el odio rebotó contra Dios. Sentía como si me hubiese estafado, y al sentirlo de alguna manera del lado de tía Teresa, de esa vieja histérica y de mala entraña, asumía ante mí cualidades semejantes a las de ella. Toda la pasión religiosa pareció de pronto invertirse, y con la misma fuerza. Tía Teresa había dicho que yo iba a ser una perdida y por lo tanto Dios también pensaba así, y no sólo lo pensaba sino que seguramente lo quería. Empecé a planear mi venganza, y como si Marcos Molina fuera el representante de Dios sobre la tierra, imaginé lo que haría con él apenas llegase a Miramar. Entretanto llevé a cabo algunas tareas menores: rompí la cruz que había sobre mi cama, eché al inodoro las estampas y me limpié con el traje de comunión como si fuera papel higiénico, tirándolo después a la basura.

Supe que los Molina ya se habían ido a Miramar y entonces la convencí a abuela Elena para que telefoneara a las viejuchas Carrasco. Salí al otro día, llegué a Miramar cerca de la hora de comer y tuve que seguir hasta la estancia en el auto que me esperaba, sin poder ver ese día a Marcos.

Esa noche no pude dormir.

El calor es insoportable pesado. La luna, casi llena, está rodeada de un halo amarillento como de pus. El aire está cargado de electricidad y no se mueve ni una hoja: todo anuncia la tormenta. Alejandra da vueltas y vueltas en la cama, desnuda y sofocada, tensa por el calor, la electricidad y el odio. La luz de la luna es tan intensa que en el cuarto todo es visible. Alejandra se acerca a la ventana y mira la hora en su relojito: las dos y media. Entonces mira hacia afuera: el campo aparece iluminado como en una escenografía nocturna de teatro; el monte inmóvil y silencioso parece encerrar grandes secretos; el aire está impregnado de un perfume casi insoportable de jazmines y magnolias. Los 'perros están inquietos, ladran intermitentemente sus respuestas se alejan y vuelven a acercarse, en flujos y reflujos. Hay algo malsano en aquella luz amarillenta y pesada, algo como radiactivo y perverso. Alejandra tiene dificultad en respirar y siente que el cuarto la agobia. Entonces, en un impulso irresistible, se echa descolgándose por la ventana. Camina por el césped del parque y el Milord la siente y le mueve la cola. Siente en la planta de sus pies el contacto húmedo y áspero-suave del césped. Se aleja hacia el lado del monte, y cuando está lejos de la casa, se echa sobre la hierba, abriendo todo lo que puede sus brazos y sus piernas. La luna le da de pleno sobre su cuerpo desnudo y siente su piel estremecida por la hierba. Así permanece largo tiempo: está como borracha y no tiene ninguna idea precisa en la mente. Siente arder su cuerpo y pasa sus manos a lo largo de sus flancos, sus muslos, su vientre. Al rozarse apenas con las yemas sus pechos siente que toda su piel se eriza y se estremece como la piel de los gatos.

Al otro día, temprano, ensillé la petisa y corrí a Miramar. No sé si te dije ya que mis encuentros con Marcos eran siempre clandestinos, porque ni su familia me podía ver a mí, ni yo los tragaba a ellos. Sus hermanas, sobre todo, eran dos taraditas cuya máxima aspiración consistía en casarse con jugadores de polo y aparecer el mayor número de veces en Atlántida o El Hogar. Tanto Mónica como Patricia me detestaban y corrían con el chisme en cuanto me veían con el hermanito. Así que mi sistema de comunicación con él era silbar bajo su ventana, cuando imaginaba que podía estar allí, o dejarle un mensaje a Lomónaco, el bañero. Ese día, cuando llegué a la casa, se había ido, porque no respondió a mis silbidos. Así que fui hasta la playa y le pregunté a Lomónaco si lo había visto: me dijo que se había ido al Dormy House y que recién volvería a la tarde. Pensé por un momento en ir a buscarlo, pero desistí porque me comunicó que se había ido con las hermanas y otras amigas. No quedaba otro recurso que esperarlo. Entonces le dije que yo lo esperaría en Piedras Negras a las seis de la tarde.

Bastante malhumorada, volví a la estancia.

Después de la siesta me encaminé con la petisa hacia Piedras Negras. Y allá lo esperé.

La tormenta que se anunciaba desde el día anterior se ha ido cargando durante la jornada: el aire se ha ido convirtiendo en un fluido pesado y pegajoso, nubes enormes han ido surgiendo durante la mañana hacia la región del oeste y, durante la siesta, como de un gigantesco y silencioso hervidero han ido cubriendo todo el cielo. Tirada a la sombra de unos pinos, sudorosa e inquieta, Alejandra siente cómo la atmósfera se está cargando minuto a minuto con la electricidad que precede a las grandes tempestades.

Mi descontento y mi irritación aumentaban a medida que transcurría la tarde, impaciente por la demora de Marcos. Hasta que por fin apareció cuando la noche se venía encima, precipitada por los nubarrones que avanzaban desde el oeste.

Llegó casi corriendo y yo pensé: tiene miedo de la tormenta. Todavía hoy me pregunto por qué descargaba todo mi odio a Dios sobre aquel pobre infeliz, que más bien parecía adecuado para el menosprecio. No sé si porque era un tipo de católico que siempre me pareció muy representativo, o porque era tan bueno y por lo tanto la injusticia de tratarlo mal tenía más sabor. También puede que haya sido porque tenía algo puramente animal que me atraía algo estrictamente físico, es cierto, pero que calentaba la sangre.

– Alejandra -dijo-, se viene la tormenta y me parece mejor que volvamos a Miramar.

Me puse de costado y lo miré con desprecio.

– Apenas llegás -le dije-, recién me ves, ni siquiera tratas de saber por qué te he buscado y ya estás pensando en volver a casita.

Me senté, para quitarme la ropa.

– Tengo mucho que hablar contigo, pero antes vamos a nadar.

– Estuve todo el día en el agua, Alejandra. Y además -añadió, señalando con un dedo hacia el cielo- mirá lo que se viene.

– No importa. Vamos a nadar lo mismo.

– No traje la malla.

– ¿La malla? -pregunté con sorna-. Yo tampoco tengo malla.

Empecé a quitarme el blue-jean.

Marcos, con una firmeza que me llamó la atención, dijo:

– No, Alejandra, yo me iré. No tengo malla y no nadaré desnudo, contigo.

Yo me había quitado el blue-jean. Me detuve y con aparente inocencia, como si no comprendiera sus razones, le dije:

– ¿Por qué? ¿Tenés miedo? ¿Qué clase de católico sos que necesitas estar vestido para no pecar? ¿Así que desnudo sos otra persona?

Empezaba a quitarme las bombachas, agregué:

– Siempre pensé que eras un cobarde, el típico católico cobarde.

Sabía que eso iba a ser decisivo. Marcos, que había apartado la mirada de mí desde el momento en que yo me dispuse a quitarme las bombachas, me miró, rojo de vergüenza y de rabia, y apretando sus mandíbulas empezó a desnudarse.

Había crecido mucho durante ese año, su cuerpo de deportista se había ensanchado, su voz era ahora de hombre y había perdido los ridículos restos de niño que tenía el año anterior: tenía dieciséis años, pero era muy fuerte y desarrollado para su edad. Yo, por mi parte, había abandonado la absurda faja y mis pechos habían crecido libremente; también se habían ensanchado mis caderas y sentía en todo mi cuerpo una fuerza poderosa que me impulsaba a realizar actos portentosos.

Con el deseo de mortificarlo, lo miré minuciosamente cuando estuvo desnudo.

– Ya no sos el mocoso del año pasado, ¿eh?

Marcos, avergonzado, había dado vuelta su cuerpo y estaba colocado casi de espaldas a mí.

– Hasta te afeitas.

– No veo nada de malo en afeitarme -comentó con rencor.

– Nadie te ha dicho que sea malo. Observo sencillamente que te afeitas.

Sin responderme, y quizá para no verse obligado a mirarme desnuda y a mostrar él su desnudez, corrió hacia el agua, en momentos en que un relámpago iluminó todo el cielo, como una explosión. Entonces, como si ese estallido hubiese sido la señal, los relámpagos y truenos empezaron a sucederse. El gris plomizo del océano se había ido oscureciendo, al mismo tiempo que el agua se embravecía. El cielo, cubierto por los sombríos nubarrones, era iluminado a cada instante como por fogonazos de una inmensa máquina fotográfica.

Sobre mi cuerpo tenso y vibrante empezaron a caer las primeras gotas de agua; corrí hacia el mar. Las olas golpeaban con furia contra la costa.

Nadamos mar afuera. Las olas me levantaban como una pluma en un vendaval y yo experimentaba una prodigiosa sensación de fuerza y a la vez de fragilidad. Marcos no se alejaba de mí y dudé si sería por temor hacia él mismo o hacia mí.

Entonces él me gritó:

– ¡Volvamos, Alejandra! ¡Pronto no sabremos ni hacia dónde está la playa!

– ¡Siempre cauteloso! -le grité.

– ¡Entonces me vuelvo solo!

No respondí nada y además era ya imposible entenderse. Empecé a nadar hacia la costa. Las nubes ahora eran negras y desgarradas por los relámpagos y los truenos continuos, parecían venir rodando desde lejos para estallar sobre nuestras cabezas.

Llegamos a la playa. Y corrimos al lugar donde teníamos la ropa cuando la tempestad se desencadenó finalmente en toda su furia: un pampero salvaje y helado barría la playa mientras la lluvia comenzaba a precipitarse en torrentes casi horizontales.

Era imponente: solos, en medio de una playa solitaria, desnudos, sintiendo sobre nuestros cuerpos el agua aquella barrida por el vendaval enloquecido, en aquel paisaje rugiente iluminado por estallidos.

Marcos, asustado, intentaba vestirse. Caí sobre él y le arrebaté el pantalón.

Y apretándome contra él, de pie, sintiendo su cuerpo musculoso y palpitante contra mis pechos y mi vientre, empecé a besarlo, a morderle los labios, las orejas, a clavarle las uñas en las espaldas.

Forcejeó y luchamos a muerte. Cada vez que lograba apartar su boca de la mía, borboteaba palabras ininteligibles, pero seguramente desesperadas. Hasta que pude oír que gritaba:

– ¡Déjame, Alejandra, déjame por amor de Dios! ¡Iremos los dos al infierno!

– ¡Imbécil! -le respondí-. ¡El infierno no existe! ¡Es un cuento de los curas para embaucar infelices como vos! ¡Dios no existe!

Luchó con desesperada energía y logró por fin arrancarme de su cuerpo.

A la luz de un relámpago vi en su cara la expresión de un horror sagrado. Con sus ojos muy abiertos, como si estuviera viviendo una pesadilla, gritó:

– ¡Estás loca, Alejandra! ¡Estás completamente loca, estás endemoniada!

– ¡Me río del infierno, imbécil! ¡Me río del castigo eterno!

Me poseía una energía atroz y sentía a la vez una mezcla de fuerza cósmica, de odio y de indecible tristeza. Riéndome y llorando, abriendo los brazos, con esa teatralidad que tenemos cuando adolescentes, grité repetidas veces hacia arriba, desafiando a Dios que me aniquilase con sus rayos, si existía.

Alejandra mira su cuerpo desnudo, huyendo a toda carrera, iluminado fragmentariamente por los relámpagos; grotesco y conmovedor, piensa que nunca más lo volverá a ver.

El rugido del mar y de la tempestad parecen pronunciar sobre ella oscuras y temibles amenazas de la Divinidad.

<p id="_Toc49254296">XI</p>

Volvieron al cuarto. Alejandra fue hasta su mesita de luz y sacó dos píldoras rojas de un tubo. Luego se sentó al borde de la cama y golpeando con la palma de su mano izquierda a su lado le dijo a Martín:

– Sentáte.

Mientras él se sentaba, ella, sin agua, tragaba las dos píldoras. Luego se recostó en la cama, con las piernas encogidas cerca del muchacho.

– Tengo que descansar un momento -explicó, cerrando los ojos.

– Bueno, entonces me voy -dijo Martín.

– No, no te vayas todavía -murmuró ella, como si estuviera a punto de dormirse-; después seguiremos hablando…, es un momento…

Y empezó a respirar hondamente, ya dormida.

Había dejado caer sus zapatos al suelo y sus pies desnudos estaban cerca de Martín, que estaba perplejo y todavía emborrachado por el relato de Alejandra en la terraza: todo era absurdo, todo sucedía según una trama disparatada y cualquier cosa que él hiciera o dejara de hacer parecía inadecuada.

¿Qué hacía él allí? Se sentía estúpido y torpe. Pero, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, ella parecía necesitarlo: ¿no lo había ido a buscar? ¿No le había contado sus experiencias con Marcos Molina? A nadie, pensó con orgullo y perplejidad, a nadie se las había contado antes, estaba seguro. Y no había querido que se fuese y se había dormido a su lado, se había dejado dormir a su lado, había hecho ese supremo gesto de confianza que es dormirse al lado de otro: como un guerrero que deja su armadura. Ahí estaba, indefensa pero misteriosa e inaccesible. Tan cerca, pero separada por la muralla ingrávida pero infranqueable y tenebrosa del sueño.

Martín la miró: estaba de espaldas, respirando ansiosamente por su boca entreabierta, su gran boca desdeñosa y sensual. Su pelo largo y lacio, renegrido (con aquellos reflejos rojizos que indicaban que esa Alejandra era la misma chiquitina pelirroja de la infancia y algo a la vez tan distinto ¡tan distinto!), desparramado sobre la almohada, destacaba su rostro anguloso, esos rasgos que tenían la misma nitidez, la misma dureza que su espíritu. Temblaba y estaba lleno de ideas confusas, nunca antes sentidas. La luz del velador iluminaba su cuerpo abandonado, sus pechos que se marcaban debajo de su blusa blanca, y aquellas largas y hermosas piernas encogidas que lo tocaban. Acercó una de sus manos a su cuerpo, pero antes de llegar a colocarla sobre él, la retiró asustado. Luego, después de grandes vacilaciones, su mano volvió a acercarse a ella y finalmente se posó sobre uno de sus muslos. Así permaneció, con el corazón sobresaltado, durante un largo rato, como si estuviera cometiendo un robo vergonzoso, como si estuviera aprovechando el sueño de un guerrero para robarle un pequeño recuerdo. Pero entonces ella se dio vuelta y él retiró su mano. Ella encogió sus piernas, levantando las rodillas y curvó su cuerpo como si volviera a la posición fetal.

El silencio era profundo y se oía la agitada respiración de Alejandra y algún silbato lejano de los muelles.

Nunca la conoceré del todo, pensó, como en una repentina y dolorosa revelación.

Estaba ahí, al alcance de su mano y de su boca. En cierto modo estaba sin defensa ¡pero qué lejana, qué inaccesible que estaba! Intuía que grandes abismos la separaban (no solamente el abismo del sueño sino otros) y que para llegar hasta el centro de ella habría que marchar durante jornadas temibles, entre grietas tenebrosas, por desfiladeros peligrosísimos, al borde de volcanes en erupción, entre llamaradas y tinieblas. Nunca, pensó, nunca.

Pero me necesita, me ha elegido, pensó también. De alguna manera lo había buscado y elegido a él, para algo que no alcanzaba a comprender. Y le había contado cosas que estaba seguro jamás había contado a nadie, y presentía que le contaría muchas otras, todavía más terribles y hermosas que las que ya le había confesado. Pero también intuía que habría otras que nunca, pero nunca le sería dado conocer. Y esas sombras misteriosas e inquietantes ¿no serían las más verdaderas de su alma, las únicas de verdadera importancia? Había tenido un estremecimiento cuando él mencionó a los ciegos, ¿por qué? Se había arrepentido apenas pronunciado el nombre Fernando, ¿por qué?

Ciegos, pensó, casi con miedo. Ciegos, ciegos.

La noche, la infancia, las tinieblas, las tinieblas, el terror y la sangre, sangre, carne y sangre, los sueños, abismos, abismos insondables, soledad soledad soledad, tocamos pero estamos a distancias inconmensurables, tocamos pero estamos solos. Era un chico bajo una cúpula inmensa, en medio de la cúpula, en medio de un silencio aterrador, solo en aquel inmenso universo gigantesco.

Y de pronto oyó que Alejandra se agitaba, se volvía hacia arriba y parecía rechazar algo con las manos. De sus labios salían murmullos ininteligibles, pero violentos y anhelantes, hasta que, como teniendo que hacer un esfuerzo sobrehumano para articular, gritó ¡no, no! incorporándose abruptamente.

– ¡Alejandra! -la llamó Martín sacudiéndola de los hombros, queriendo arrancarla de aquella pesadilla.

Pero ella, con los ojos bien abiertos, seguía gimiendo, rechazando con violencia al enemigo.

– ¡Alejandra, Alejandra! -seguía llamando Martín, sacudiéndola por los hombros.

Hasta que ella pareció despertarse como si surgiese de un pozo profundísimo, un pozo oscuro y lleno de telarañas y murciélagos.

– Ah -dijo con voz gastada.

Permaneció largo tiempo sentada en la cama, con la cabeza apoyada sobre sus rodillas y las manos cruzadas sobre sus piernas encogidas.

Después se bajó de la cama, encendió la luz grande, un cigarrillo y empezó a preparar café.

– Te desperté porque me di cuenta de que estabas en una pesadilla -dijo Martín, mirándola con ansiedad.

– Siempre estoy en una pesadilla, cuando duermo -respondió ella, sin darse vuelta, mientras ponía la cafetera sobre el calentador.


Cuando el café estuvo listo le alcanzó una tacita y ella, sentándose en el borde de la cama, tomó el suyo, abstraída. Martín pensó: Fernando, ciegos.

"Menos Fernando y yo", había dicho. Y aunque conocía ya lo bastante a Alejandra para saber que no se le debía preguntar nada sobre aquel nombre que ella había rehuido en seguida, una insensata presión lo llevaba una y otra vez a aquella región prohibida, a bordearla peligrosamente. -¿Y tu abuelo -preguntó- también es unitario?

– ¿Cómo? -dijo ella, abstraída.

– Digo si tu abuelo también es unitario.

Alejandra volvió su mirada hacia él, un poco extrañada.

– ¿Mi abuelo? Mi abuelo murió.

– ¿Cómo? Creí que me habías dicho que vivía.

– No, hombre: mi abuelo Patricio murió. El que vive es mi bisabuelo, Pancho, ¿no te lo expliqué ya?

– Bueno, sí, quería decir tu abuelo Pancho ¿es también unitario? Me parece gracioso que todavía pueda haber en el país unitarios y federales.

– No te das cuenta que aquí se ha vivido eso. Más aún: pensé que abuelo Pancho lo sigue viviendo, que nació poco después de la caída de Rosas. ¿No te dije que tiene noventa y cinco años?

– ¿Noventa y cinco años?

– Nació en 1858. Nosotros podemos hablar de unitarios y federales, pero él ha vivido todo eso, ¿comprendes? Cuando él era chico todavía vivía Rosas.

– ¿Y recuerda cosas de aquel tiempo?

– Tiene una memoria de elefante. Y además no hace otra cosa que hablar de aquello, todo el día, en cuanto te pones a tiro. Es natura es su única realidad. Todo lo demás no existe.

– Me gustaría algún día oírlo.

– Ahora mismo te lo muestro.

– ¡Cómo, qué estás diciendo! ¡Son las tres de la mañana!

– No seas ingenuo. No comprendes que para el abuelo no hay tres de la mañana. Casi no duerme nunca. O acaso dormite a cualquier hora, qué sé yo… Pero de noche sobre todo, se desvela y se pasa todo el tiempo con la lámpara encendida, pensando.

– ¿Pensando?

– Bueno, quién lo sabe… ¿Qué podes saber de lo que pasa en la cabeza de un viejo desvelado, que tiene casi cien años? Quizá sólo recuerde, qué sé yo… Dicen que a esa edad sólo se recuerda…

Y luego agregó, riéndose con su risa seca.

– Me cuidaré mucho de llegar hasta esa edad.

Y saliendo con naturalidad, como si se tratase de hacer una visita normal a personas normales y en horas sensatas, dijo:

– Vení, te lo muestro ahora. Quién te dice que mañana se ha muerto.

Se detuvo.

– Acostúmbrate un poco a la oscuridad y podrás bajar mejor.

Se quedaron un rato apoyados en la balaustrada mirando hacia la ciudad dormida.

– Mirá esa luz en la ventana, en aquella casita -comentó Alejandra, señalando con su mano-. Siempre me subyugan esas luces en la noche: ¿será una mujer que está por tener un hijo? ¿Alguien que muere? O a lo mejor es un estudiante pobre que lee a Marx. Qué misterioso es el mundo. Solamente la gente superficial no lo ve. Conversas con el vigilante de la esquina, le haces tomar confianza y al rato descubrís que él también es un misterio.

Después de un momento, dijo:

– Bueno, vamos.

<p id="_Toc49254297">XII</p>

Bajaron y bordearon la casa por el corredor lateral hasta llegar a una puerta trasera, debajo de un emparrado. Alejandra palpó con su mano y encendió una luz. Martín vio una vieja cocina, pero con cosas amontonadas, como en una mudanza. Luego esa sensación fue aumentando al atravesar un pasillo. Pensó que en los sucesivos retaceos del caserón, no se habrían decidido o no habrían sabido desprenderse de objetos y muebles: muebles y sillas derrengadas, sillones dorados sin asientos, un gran espejo apoyado contra una pared, un reloj de pie detenido y con una sola aguja, consolas. Al entrar en la habitación del viejo, recordó una de esas casas de subastas de la calle Maipú. Una de las viejas salas se había juntado con el dormitorio del viejo, como si las piezas se hubiesen barajado. En medio de trastos, a la luz macilenta de un quinqué, entrevió un viejo dormitando en una silla de ruedas. La silla estaba colocada frente a una ventana que daba a la calle como para que el abuelo contemplase el mundo.

– Está durmiendo -murmuró Martín con alivio-. Mejor que lo dejes.

– Ya te dije que nunca se sabe si duerme.

Se colocó delante del viejo e inclinándose sobre él lo sacudió un poco.

– ¿Cómo, cómo? -tartamudeó el abuelo, entreabiertos sus ojitos.

Eran unos ojitos verdosos, cruzados por estrías rojas y negras, como si estuvieran agrietados, hundidos en el fondo de sus cuencas, rodeados por los pliegues apergaminados de un rostro momificado e inmortal.

– ¿Dormía, abuelo? -preguntó Alejandra a su oído, casi a gritos.

– ¿Cómo, cómo? No, m'hija, qué iba a dormir. Descansaba, nomás.

– Éste es un amigo mío.

El viejo asintió con la cabeza pero con un movimiento repetido y decreciente, como un tentempié que es apartado de su posición de equilibrio. Le extendió una mano huesuda, en la que venas enormes parecían querer salirse de una piel reseca y transparente como el tímpano de un viejo tambor.

– Abuelo -le gritó-, cuéntale algo del teniente Patrick.

El tentempié se movió nuevamente.

– Ajá -murmuraba-. Patrick, eso es, Patrick.

– No te preocupés, es lo mismo -le dijo Alejandra a Martín-, es lo mismo. Cualquier cosa. Siempre va a terminar hablando de la Legión, hasta que se olvide y se duerma.

– Ajá, el teniente Patrick, eso es.

Sus ojuelos lagrimeaban.

– Elmtrees, mocito, Elmtrees. Teniente Patrick Elmtrees, del famoso 71. Quién le iba a decir que moriría en la Legión.

Martín miró a Alejandra.

– Explíquele, abuelo, explíquele -gritó.

El viejo ponía su mano sarmentosa y enorme junto al oído, con la cabeza, inclinada hacia Alejandra. Dentro de la máscara de pergamino agrietado y ya adelantada hacia la muerte, parecía vivir dificultosamente un resto de ser humano, pensativo y bondadoso. La mandíbula inferior colgaba un poco, como si no tuviera fuerza para mantenerse apretada, y podían verse sus encías sin dientes.

– Eso es, Patrick.

– Explíquele, abuelo.

Pensaba, miraba hacia tiempos remotos.

– Olmos es la traducción de Elmtrees. Porque abuelo estaba harto de que lo llamaran Elemetri, Elemetrio, Lemetrio y hasta capitán Demetrio.

Pareció reírse con un temblor, llevando su mano a la boca.

– Eso es, hasta capitán Demetrio. Harto estaba. Y porque se había acriollado tanto que lo fastidiaba cuando le decían el inglés. Y se puso Olmos, nomás. Como los Island se habían puesto Isla y los Queenfaith, Reinafé. Lo jorobaba mucho -especie de risita-. Porque era muy retobón. De modo que fue muy juicioso, muy juicioso. Y además porque ésta era su verdadera patria. Aquí se había casado y aquí nacieron sus hijos. Y nadie, viéndolo sobre el gateado, con el cipero de plata, habría podido maliciar que era gringo. Y aunque lo hubiera maliciado -risita- no habría dicho esta boca es mía, porque ahí nomás don Patricio lo habría bajado de un rebencazo -risita-… El tenientito Patrick Elmtrees, sí señor. Quién le iba a decir. No, si el destino es más embrollao que negocio e'turco. Quién le iba a decir que su destino era morir a las órdenes del general.

Repentinamente pareció dormitar, con un leve estertor.

– ¿General? ¿Qué general? -preguntó Martín a Alejandra.

– Lavalle.

No entendía nada: ¿un teniente inglés a las órdenes de Lavalle? ¿Cuándo?

– La guerra civil, tonto.

Ciento setenta y cinco hombres, rotosos y desesperados, perseguidos por las lanzas de Oribe, huyendo hacia el norte por la quebrada, siempre hacia el norte. El alférez Celedonio Olmos cabalgaba pensando en su hermano Panchito muerto en Quebracho Herrado, y en su padre, el capitán Patricio Olmos, muerto en Quebracho Herrado. Y también, barbudo y miserable, rotoso y desesperado, cabalga hacia el norte el coronel Bonifacio Acevedo. Y otros ciento setenta y dos hombres indescifrables. Y una mujer. Noche y día huyendo hacia el norte, hacia la frontera.

La mandíbula inferior cuelga y temblequea: "Tío Panchito y abuelo lanceados en Quebracho Herrado", murmura, como asintiendo.

– No entiendo nada -dice Martín.

– El 27 de junio de 1806 -le dijo Alejandra-, los ingleses avanzaban por las calles de Buenos Aires. Cuando yo era así -puso una mano cerca del suelo- el abuelo me contó la historia ciento setenta y cinco veces. La novena compañía cerraba la marcha del famoso 71 (¿por qué famoso?). No sé, pero así decían. Creo que nunca lo habían vencido, en ninguna parte del mundo ¿comprendes? La novena compañía avanzaba por la calle de la Universidad (¿de la Universidad?). Pero sí, zonzo, la calle Bolívar. Te cuento como el viejo, me lo sé de memoria. Al llegar a la esquina de nuestra Señora del Rosario, Venezuela para los atrasados, pasó la cosa (¿qué cosa?). Espera. Tiraban de todo. Desde las azoteas, quiero decir: aceite hirviendo, platos, botellas, fuentes, hasta muebles. También baleaban. Todos tiraban: las mujeres, los negros, los chicos. Y ahí lo hirieron (¿a quién?). Al teniente Patrick, hombre, en esa esquina estaba la casa de Bonifacio Acevedo, abuelo del viejo, el hermano del que después fue general Cosme Acevedo (¿el de la calle?), sí, el de la calle: es lo único que nos va quedando, nombres de calles. Este Bonifacio Acevedo se casó con Trinidad Arias, de Salta -se acercó a una pared y trajo una miniatura y a la luz del quinqué, mientras el viejo parecía asentir a algo remoto con la mandíbula colgando y los ojos cerrados, Martín vio el rostro de una mujer hermosa cuyos rasgos mongólicos parecían el murmullo secreto de los rasgos de Alejandra, murmullo entre conversaciones de ingleses y españoles-. Y esta muchacha tuvo una pila de hijos, entre ellos María de los Dolores, y Bonifacio, que después sería el coronel Bonifacio Acevedo, el hombre de la cabeza.

Pero Martín pensó (y así lo dijo) que cada vez entendía menos. Porque ¿qué tenía que ver con todo ese barullo el teniente Patrick, y cómo había muerto a las órdenes de Lavalle?

– Esperá, zonzo, ahora viene la combinación. ¿No oíste al viejo que la vida es más embrollada que negocio de turco? El destino esta vez era un negro grandote y feroz, un esclavo de mi tataratatarabuelo, un negro Benito. Porque el Destino no se manifiesta en abstracto sino que a veces es un cuchillo de un esclavo y otras veces es la sonrisa de una mujer soltera. El Destino elige sus instrumentos, en seguida se encarna y luego viene la joda. En este caso se encarnó en el negro Benito, que le encajó una cuchillada al tenientito con la suficiente mala suerte (según el punto de vista del negro) que Elmtrees pudo convertirse en Olmos y yo pude existir. Yo estuve pendiente, como se dice, de un hilo de seda y de circunstancias muy frágiles, porque si el negro no oye los gritos que desde la azotea daba María de los Dolores, ordenando que no lo ultimara, el negro lo liquida en forma perfecta y definitiva, como eran sus deseos, pero no los del Destino, que aunque se había encarnado en Benito no opinaba exactamente como él, tenía sus pequeñas diferencias. Cosa que sucede muy a menudo, porque claro, el Destino no puede andar eligiendo en forma tan ajustada a la gente que le va a servir de instrumento. Del mismo modo que si vos estás apurado para llegar a un lugar, cosa de vida o muerte, no te vas a andar fijando mucho si el auto está tapizado de verde o el caballo tiene una cola que te disgusta. Se agarra lo que se tiene más a mano. Por eso el Destino es algo confuso y un poco equívoco: él sabe bien lo que quiere, en realidad, pero la gente que lo ejecuta, no tanto. Como esos subalternos medio zonzos que nunca ejecutan con perfección lo que se les ordena. Así que el Destino se ve obligado a proceder como Sarmiento: hacer las cosas, aunque sea mal, pero hacerlas. Y muchas veces tiene que emborracharlos o aturdidos. Por eso se dice que el tipo estaba como fuera de sí, que no sabía lo que hacía, que perdió el control. Por supuesto. De otro modo, en lugar de matar a Desdémona o a César, vaya a saber la payasada que hacían. Así que, como te explicaba, en el momento en que Benito se disponía a decretar mi inexistencia, María de los Dolores le gritó desde arriba con tanta fuerza que el negro se detuvo. María de los Dolores. Tenía catorce años. Estaba tirando aceite hirviendo pero gritó a tiempo.

– Tampoco entiendo; ¿no se trataba de impedir que los ingleses ganaran?

– Atrasado mental, ¿no has oído hablar del coup de foudre? En medio del caos se produjo. Ya ves cómo funciona el Destino. El negro Benito obedeció de mala gana a la amita, pero arrastró al oficialito adentro, como se lo ordenaba la abuela de mi bisabuelo Pancho. Allí las mujeres le hicieron la primera cura, mientras llegaba el doctor Argerich. Le quitaron la chaqueta. ¡Pero si es un niño!, decía horrorizada misia Trinidad. ¡Pero si no ha de tener ni diecisiete años! decían. ¡Pero qué temeridá! se lamentaban. Mientras lo lavaban con agua limpia y con caña, y lo vendaban con tiras de sábanas. Después lo acostaron. Durante la noche deliraba y pronunciaba palabras en inglés, mientras María de los Dolores, rezando y llorando, le cambiaba paños de vinagre. Porque, como me contaba el abuelo, la niña se había enamorado del gringuito y había decidido que se casaría con él. Y has de saber, me decía, que cuando a una mujer se le pone esa idea entre ceja y ceja, no hay poder del cielo o de la tierra que lo impida. De modo que mientras el pobre teniente deliraba y seguramente soñaba con su patria ya la chica había decidido que aquella patria había dejado de existir, y que los descendientes de Patrick nacerían en la Argen tina. Después, cuando empezó a recobrar el conocimiento, resultó que era nada menos que el sobrino del propio general Beresford. Ya te podes imaginar lo que habrá sido la llegada de Beresford a la casa y el momento en que besó la mano de misia Trinidad.

– Ciento setenta y cinco hombres -farfulló el viejo, asintiendo.

– ¿Y eso?

– La Legión. Siempre piensa en lo mismo: en la infancia o sea en la Legión. Te sigo contando. Beresford les agradeció lo que habían hecho con el muchacho y decidieron que seguiría en casa hasta que se curara del todo. Y así, mientras las fuerzas inglesas ocupaban Buenos Aires, Patrick se hacía amigo de la familia, lo que no era muy fácil si se tiene en cuenta que todos, y también mi familia, odiaban la ocupación. Pero lo peor empezó con la reconquista: grandes escenas de llanto, etcétera. Por supuesto, Patrick volvió a incorporarse a su ejército y hubo de combatir contra nosotros. Y cuando los ingleses tuvieron que rendirse, Patrick sintió a la vez una gran alegría y una gran tristeza. Muchos de los vencidos pidieron quedarse aquí y fueron internados. Patrick, por supuesto, quiso quedarse y lo internaron en la estancia La Horqueta, uno de los campos de mi familia, que estaba cerca de Pergamino. Eso fue en 1807. Un año después se casaron, fueron felices y comieron perdices. Don Bonifacio le regaló parte del campo y Patricio empezó su tarea de convertirse en Elemetri, Elemetrio, don Demetrio, teniente Demetrio y de repente Olmos. Y al que dijera inglés o Demetrio, leña.

– Hubiera sido mejor que lo mataran en Quebracho Herrado -murmuró el viejo.

Martín volvió a mirar a Alejandra.

– Al coronel Acevedo, quiere decir ¿comprendes? Si lo hubieran matado en Quebracho Herrado 110 lo hubieran degollado aquí, en el momento en que esperaba ver a su mujer y a su hija.

"Mejor habría sido que me mataran en Quebracho Herrado" piensa el coronel Bonifacio Acevedo mientras huye hacia el norte, pero por otra razón, por razones que cree horribles (esa marcha desesperada, esa desesperanza, esa miseria, esa derrota total) pero que son infinitamente menos horribles que las que podrá tener doce años después, en el momento de sentir el cuchillo sobre la garganta, frente a su casa.

Vio que Alejandra se dirigía a la vitrina y gritó, pero ella, diciendo "déjate de mariconadas" sacaba la caja, quitaba la tapa y le mostraba la cabeza del coronel, mientras Martín se tapaba los ojos y ella se reía ásperamente, volviendo a guardar aquello.

– En Quebracho Herrado -murmuraba el viejo, asintiendo.

– De modo -explicó Alejandra- que nuevamente yo había nacido de milagro.

Porque si a su tatarabuelo el alférez Celedonio Olmos lo matan en Quebracho Herrado, como a su hermano y a su padre, o lo degüellan frente a la casa, como al coronel Acevedo, ella no habría nacido y en ese momento no estaría allí en aquella habitación, rememorando aquel pasado. Y gritándole al oído al abuelo "cuéntele lo de la cabeza" y diciéndole a Martín que ella tenía que irse y desapareciendo antes que él atinara a correr con ella (acaso porque estaba como atontado), lo dejó con el viejo, que repetía "la cabeza, eso es, la cabeza", asintiendo como un tentempié que ha sido apartado de su posición de equilibrio. Luego su mandíbula inferior se agitó, colgó temblorosamente por unos instantes, sus labios musitaron algo ininteligible (quizás un resumen mental como los chicos que deben dar la lección) y finalmente dijo: " La Mazorca, eso es, tiraron la cabeza ahí mismo, por la ventana de la sala. Se bajaron de los caballos con grandes risotadas y gritos de alegría, se acercaron a la ventana y gritaron ¡sandias, patrona! ¡sandias fresquitas! Y cuando abrieron la ventana tiraron la cabeza ensangrentada del tío Bonifacio. Mejor habría sido que lo mataran también en Quebracho Herrado, como a tío Panchito y al abuelo Patricio. Ya lo creo". Cosa que también pensaba el coronel Acevedo mientras huía hacia el norte por la quebrada de Humahuaca, con ciento setenta y cuatro camaradas (y una mujer), perseguido y rotoso, derrotado y tristísimo, pero ignorante de que aún viviría doce años, en tierras lejanas, esperando el momento de volver a ver a su mujer y a su hija.

– Gritaban sandias fresquitas y era la cabeza, mocito. Y la pobre Encarnación cayó como muerta cuando la vio, y en realidad murió pocas horas después, sin volver en sí. Y la pobre Escolástica, que era una chicuela de once años, perdió la razón. Eso es.

Y cabeceando, empezó a dormitar, mientras Martín estaba paralizado por un silencioso y extraño pavor, en medio de aquella pieza casi oscura, con aquel viejo centenario, con la cabeza del coronel Acevedo en la caja, con el loco que podía andar rondando por ahí. Pensaba: lo mejor es que salga. Pero el temor de encontrarse con el loco lo paralizaba. Y entonces se decía que era preferible esperar la vuelta de Alejandra, que no tardaría, que no podía tardar, ya que sabía que él nada podía hacer con aquel viejo. Sentía como si poco a poco hubiese ido ingresando en una suave pesadilla en que todo era irreal y absurdo. Desde las paredes parecían observarlo aquel señor pintado por Prilidiano Pueyrredón y aquella dama de gran peineta. El alma de guerreros, de conquistadores, de locos, de cabildantes y de sacerdotes parecía llenar invisiblemente la habitación y murmurar quedamente entre ellos: historias de conquista, de batallas, de lanceamientos y degüellos.

– Ciento setenta y cinco hombres.

Miró al viejo: su mandíbula inferior asentía, colgando, temblequeando.

– Ciento setenta y cinco hombres sí señor.

Y una mujer. Pero el viejo no lo sabe, o no lo quiere saber. He ahí todo lo que queda de la orgullosa Legión, después de ochocientas leguas de retirada y de derrota, de dos años de desilusión y de muerte. Una columna de ciento setenta y cinco hombres miserables y taciturnos (y una mujer) que galopan hacia el norte, siempre hacia el norte. ¿No llegarán nunca? ¿Existe la tierra de Bolivia, más allá de la interminable quebrada? El sol de octubre cae a plomo y pudre el cuerpo del general. El frío de la noche congela el pus y detiene el ejercito de gusanos. Y nuevamente el día, y los tiros de retaguardia, la amenaza de los lanceros de Oribe.

El olor, el espantoso olor del general podrido.

La voz que canta en el silencio de la noche:

Palomita blanca,

vidalita

que cruzas el valle,

ve a decir a todos,

vidalita,

que ha muerto Lavalle.

– Hornos los abandonó, caramba. Dijo "me uniré al ejército de Paz". Y los dejó, con el comandante Ocampo, también. Caramba. Y Lavalle los vio alejarse con sus hombres, hacia el este, en medio del polvo. Y mi padre dice que el general parecía lagrimear, mientras miraba los dos escuadrones que se alejaban. Ciento setenta y cinco hombres le quedaban.

El viejo asintió y quedó pensativo, moviendo siempre su cabeza.

– Los negros lo querían a Hornos, mucho lo querían. Y tatita terminó por recibirlo a Hornos. Venía aquí, a la quinta, y mateaban, recordaban sucedidos de la campaña.

Volvió a murmurar algo que no se entendía.

– Emprincipiaron a ralear desde la presidencia de Roca. Los gringos que fueron llegando los desplazaron. Labores humildes, pues. Yo ya no salgo, pero hasta hace unos años, cuando todavía sabía darme una vueltita por ahí, sobre todo para la fiesta de Santa Lucía, bajaban algunos negros que andaban de ordenanza en el congreso o en alguna otra repartición nacional. Algunos, viejos, como el pardo Elizalde, a gatas si podía caminar, el pobre, pero ahí se aparecía para la fiesta de la patrona. ¡Qué se habrá hecho de tanto negro que hubo por esta barriada cuando yo era chicuelo! Tomasito, Lucía, Benito, el tío Joaquín… Lucía era la cebadora de mate de madre, Tomasito, el cochero, también estaba la vieja Encarnación, que supo ser nodriza de mi padre y de mis tíos, y la Toribia, famosa por sus empanadas y pasteles de fuente, que la recuerdo tullida allá en el patio de atrás, tomando mates y contando cuentos.

Asintió con la cabeza, su mandíbula cayó y murmuró algo sobre el comandante Hornos y sobre el coronel Pedernera. Luego se calló. ¿Dormía, pensaba? Acaso dentro de él transcurría esa vida latente y silenciosa que transcurre en los lagartos durante los largos meses de invierno, cercana a la eternidad.

Piensa Pedernera: veinticinco años de campañas, de combates, de victorias y derrotas. Pero en aquel tiempo sí sabíamos por lo que luchábamos. Luchábamos por la libertad del continente, por la Patria Grande. Pero ahora… Ha corrido tanta sangre por el suelo de América, hemos visto tantos atardeceres desesperados, hemos oído tantos alaridos de lucha entre hermanos… Ahí mismo viene Oribe, dispuesto a degollarnos, a lancearnos, a exterminarnos ¿no luchó conmigo en el Ejército de los Andes? El bravo, el duro general Oribe. ¿Dónde está la verdad? ¡Qué hermosos eran aquellos tiempos! ¡Qué arrogante iba Lavalle con su uniforme de mayor de granaderos, cuando entramos en Lima! Todo era más claro, entonces, todo era lindo como el uniforme que llevábamos…

– Ya lo creo, mocito: muchas peleas supo haber en nuestra familia por causa de Rosas, y de ese tiempo viene la separación de las dos ramas, sobre todo en la familia de Juan Bautista Acevedo. Y de estos Acevedo hubo muchos federales netos, como Evaristo, que fue miembro de la Sala de Representantes, y otros como Marianito, Vicente y Rudecindo, que si no fueron federales netos por lo menos estaban con Rosas cuando el bloqueo y nunca nos perdonaron…

Tosió, pareció que iba a dormirse, pero de pronto volvió a hablar:

– Porque de Lavalle, hijo, se puede decir cualquier cosa, pero nadie que sea bien nacido podrá negarle su buena fe, su hombría de bien, su caballerosidad, su desinterés. Sí señor.

He peleado en ciento cinco combates por la libertad de este continente. He peleado en los campos de Chile al mando del general San Martín, y en Perú a las órdenes del general Bolívar. Luché luego contra las fuerzas imperiales en territorio brasilero. Y después, en estos dos años de infortunio, a lo largo y a lo ancho de nuestra pobre patria. Acaso he cometido grandes errores, y el más grande de todos el fusilamiento de Dorrego. Pero ¿quién es dueño de la verdad? Nada sé ya, fuera de que esta tierra cruel es mi tierra y que aquí tenía que combatir y morir. Mi cuerpo se está pudriendo sobre mi tordillo de pelea pero eso es todo lo que sé.

– Sí señor -dijo el viejo, tosiendo y carraspeando, como pensativo, con los ojos lacrimosos, repitiendo "sí señor" varias veces, moviendo la cabeza como si asintiera a un interlocutor invisible.

Pensativo y lacrimoso. Mirando hacia la realidad, hacia la única realidad.

Realidad que se organizaba según leyes extrañísimas.

– Fue por el 32, según contaba mi padre, eso es. Porque te advierto que eso de la mejora del ganado tuvo sus pros y sus contras. Fue el inglés Miller que emprincipió, con el famoso Tarquino, por el 30. Eso es, el famoso Tarquino en la estancia La Caledonia. El gringo Miller, excelente sujeto. Trabajador y ahorrativo como todos los escoceses, eso sí. Amarrete, para decirlo con más claridad (risita y toses repetidas). No como nosotros los criollos, que somos demasiado mano abierta y por eso estamos donde estamos (toses). Así que lo sabían criticar, sobre todo don Santiago Calzadilla, que era muy reparón y amigo del comadreo. La Caledonia, eso es. En el pago de Cañuelas. Don Juan Miller se había casado con una Balbastro, Misia Dolores Balbastro. Supo ser dama de gran energía, corno que muchas veces dirigió la defensa contra la indiada y hasta disparaba la carabina como un hombre. Como abuela, que también era baqueana para las armas largas. Eran mujeres de ley, amiguito, y claro, un poco se volvían así por la vida dura. ¿De qué estaba hablando?

– Del inglés Miller.

– Del inglés Miller, eso es. Todo el mundo habla de él y del famoso Tarquino, y cuando venía a casa don Santiago Calzadilla contaba muchos chistes del bicho aquel, del Tarquino. Que para criticones se nos ha concedido gran habilidá, hijo. Así que el inglés Miller tuvo que aguantarse el chichoneo general durante muchos años. Pero él se sonreía, decía mi padre, y seguía adelante. Porque estos escoceses son duros como el ñandubay y muy tercos y temosos. Y el hombre temaba con la mejora del ganado y nadie lo iba a sacar de la huella.

Volvió a reírse y a toser. Pasó torpemente un pañuelo por sus ojos que lagrimeaban.

– ¿De qué te estaba hablando?

– De los toros de raza, señor.

– Eso es, los toros.

Tosió y cabeceó un momento. Luego dijo:

– Nunca la familia de Evaristo nos perdonó. Nunca. Ni cuando degollaron a mi tío. Lo cierto es que nuestra familia quedó dividida por causa del tirano. No te vayas a creer que mi padre no reconocía sus méritos. Pero decía que en sus últimos años aquello era una abominación, por más que haya defendido el pabellón nacional. Le reprochaba su crueldá fría y refinada, su espíritu taimado ¿no lo hizo asesinar a Quiroga? Él era un cobarde, como que huyó en Caseros. Era miedoso, es un hecho. Te podría contar mil sucedidos de aquella época, sobre todo el año 40, como cuando lo degollaron a un mozo Iranzuaga, novio de una Isabelita Ortiz, medio parienta nuestra. Nadie dormía tranquilo. Y ya podes imaginar las angustias en casa de mis padres, con mi madre sola desde que tatita se había incorporado a la Legión. Y también se había ido mi abuelo don Patricio, ¿te conté la historia de don Patricio?, y mi tío abuelo Bonifacio y tío Panchito. Así que en la estancia no quedaba más que tío Saturnino, que era el menor, un chiquilín. Y después todas mujeres. Todas mujeres.

Se volvió a pasar el pañuelo por los ojos, que lagrimeaban, tosió, cabeceó y pareció dormirse. Pero de pronto dijo:

– Sesenta leguas. Y con la gente de Oribe pisándole los talones. Y contaba mi padre que el sol de octubre era muy fuerte. El general se pudría rápidamente y nadie soportaba el olor a los dos días de galope. ¡Y todavía faltaban cuarenta para la frontera! Cinco días y otras cuarenta leguas. Nada más que para salvar los huesos y la cabeza de Lavalle. Nada más que para eso, hijo. Porque estaban perdidos y ya ninguna otra cosa era posible hacer: ni guerra contra Rosas, ni nada. Le cortarían la cabeza al cadáver y se la mandarían a Rosas y la clavarían en la punta de una lanza, para deshonrarlo. Con un letrero que dijera: "ésta es la cabeza del salvaje, del inmundo, del asqueroso perro unitario Lavalle". Así que había que salvar el cuerpo del general a toda costa, llegando hasta Bolivia, defendiéndose a tiros a lo largo de siete días de huida. Sesenta leguas de retirada furiosa. Casi sin descanso.

Soy el comandante Alejandro Danel, hijo del mayor Danel, del ejército napoleónico. Todavía lo recuerdo cuando volvía con el Gran Ejército en el jardín de las Tullerías o en los Campos Elíseos, a caballo. Lo veo todavía a Napoleón seguido por su escolta de veteranos, con los legendarios sables corvos. Y después cuando al fin, cuando Francia ya no era más la tierra de la Libertad y yo soñaba con combatir por los pueblos oprimidos, me embarqué hacia estas tierras, junto con Brauix, Viel, Bardel, Brandsen y Rauch, que habían combatido al lado de Napoleón. ¡Dios mío, cuánto tiempo ha pasado, cuántos combates, cuántas victorias y derrotas, cuánta muerte y cuánta sangre! Aquella tarde de 1825 en que lo conocí y me pareció un águila imperial, al frente de su regimiento de coraceros. Y entonces marché con él a la guerra del Brasil, y cuando cayó en Yerbal lo recogí y con mis hombres lo llevé a través de ochenta leguas de ríos y montes, perseguido por el enemigo, como ahora… Y nunca más me separé de él… Y ahora, después de ochocientas leguas de tristeza, ahora marcho al lado de su cuerpo podrido, hacia la nada…

Pareció despertar y dijo:

– Algunas cosas las he visto yo mismo, otras las he oído de tatita, pero sobre todo de madre, porque tatita era callado y raramente hablaba. Así que cuando venía a matear el general Hornos o el coronel Ocampo, mientras recordaban cosas del tiempo viejo y de la Legión, tatita se limitaba a escuchar y a decir, de vez en cuando, qué cosa ¿no? o así es compadre.

Volvió a cabecear y a dormirse por un instante, pero despertó muy pronto y dijo:

– Eso es, Elisita, eso es. Pobre niña que bajó al río, enloquecida, cuando tuvo noticias de la muerte de su novio. De la quinta sí que me acuerdo, porque al almirante yo no lo alcancé a ver. Ya lo creo que se querían con mi abuelo Patricio y abuela Dolores, a pesar de que él era federal. Ya te contaré algún día la historia curiosa de mi abuelo, que no se llamaba Olmos sino Elmtrees, y que llegó aquí como teniente del ejército inglés, cuando las invasiones. Curiosa historia, ya lo creo (se rió y tosió).

Cabeceó y repentinamente empezó a roncar.

Martín volvió a mirar hacia la puerta, pero ningún ruido se oía. ¿Dónde estaba Alejandra? ¿Qué hacía en su pieza? También pensó que si no se había ido era por no dejar solo al viejo, que ni siquiera lo oía y tal vez ni siquiera lo veía: el viejo seguía su existencia subterránea y misteriosa, sin preocuparse de él ni de nadie que viviera en este tiempo, aislado por los años, por la sordera y por la presbicia, pero sobre todo por la memoria del pasado, que se interponía como una oscura muralla de sueño, viviendo en el fondo de un pozo, recordando negros, cabalgatas, degüellos y episodios de la Legión. No se había quedado por consideración al viejo, sino porque estaba como inmovilizado por una especie de temor a atravesar aquellas regiones de la realidad en que parecía habitar el abuelo, el loco y hasta la propia Alejandra. Territorio misterioso e insano, disparatado y tenue como los sueños, tan sobrecogedor como los sueños. Sin embargo, se levantó de la silla donde parecía haber quedado clavado y sigilosamente empezó a alejarse del viejo, entre los trastos de remate, observando, vigilado por los antepasados de las paredes, mirando la caja en la vitrina. Llegó así hasta la puerta y quedó frente a ella, sin atreverse a abrirla. Se acercó y puso su oído contra la hendidura: tenía la impresión de que el loco estaba del otro lado, esperando su salida con el clarinete en la mano. Hasta creyó oír su respiración. Entonces, asustado, volvió lentamente hacia su silla y se sentó.

– Nada más que treinta y cinco leguas -murmuró de pronto el viejo.

Sí, quedan treinta y cinco leguas. Tres días de marcha a galope tendido por la quebrada, con el cadáver hinchado y hediendo a varias cuadras a la redonda, destilando los horribles líquidos de la podredumbre. Siempre adelante, con unos tiradores a la retaguardia. Desde Jujuy hasta Huacalera, veinticuatro leguas. Nada más que treinta y cinco leguas más, dicen para animarse. Nada más que cuatro, acaso cinco días más de galope, si tienen suerte.

En la noche silenciosa se pueden oír los cascos de la caballada fantasma. Siempre hacia el norte.

– Porque en la quebrada el sol es muy fuerte, hijo, porque son tierras muy altas y el aire es purísimo. Así que a los dos días de marcha el cuerpo estaba hinchado y el olor se sentía a varias cuadras, decía mi padre, y al tercer día hubo que descarnarlo, eso es.

El coronel Pedernera ordena hacer alto y habla con sus compañeros: el cuerpo se está deshaciendo, el olor es espantoso. Se lo descarnará y se conservarán los huesos. Y también el corazón, dice alguien. Pero sobre todo la cabeza: nunca Oribe tendrá la cabeza, nunca podrá deshonrar al general.

¿Quién quiere hacerlo? ¿Quién puede hacerlo?

El coronel Alejandro Danel lo hará.

Entonces descienden el cuerpo del general, que hiede. Lo colocan al lado del arroyo Huacalera, mientras el coronel Danel se arrodilla a su lado y saca el cuchillo de monte. A través de sus lágrimas contempla el cuerpo desnudo y deforme de su jefe. También lo miran duros y pensativos, también a través de sus lágrimas, los rotosos hombres que forman un círculo.

Luego, lentamente, hinca el cuchillo en la carne podrida.

Cabeceó y dijo:

– Durante el gobierno de don Bernardino lo nombraron capitán de milicias en la Guardia de la Horqueta, que así se llama el fortín, que ahora es el pueblo de Capitán Olmos. Después fue alcalde, hasta que subieron los federales. ¿De qué te estaba hablando?

– De cuando dejó el cargo de alcalde, señor (¿quién?).

– Eso es, el cargo de alcalde. Lo dejó cuando subieron los federales eso es. Y a quien quería oírlo, tal vez para que sus palabras llegaran hasta don Juan Manuel, le decía que con las vacas y los indios tenía de sobra y que no tenía tiempo para la política (risita). Pero el Restaurador, que no era manco, ¡qué iba a ser!, nunca creyó en aquellas palabras (risitas). Y fíjate si no andaría descaminado que mi abuelo vino a anoticiarse que don Juan Manuel le mandaba cartas al alcalde de La Horqueta en que le decía que no se le sacase el ojo al inglés Olmos (risitas y toses), porque a él le constaba que andaba conspirando con otros estancieros del Salto y del Pergamino. El ladino no se equivocaba, ¡cuándo, si era un lince! Porque efectivamente el abuelo andaba en conversaciones y así se vio cuando el general Lavalle desembarcó en San Pedro, en agosto del 40. Se presentó allí con su caballada y con sus dos hijos mayores: Celedonio, mi padre, que entonces tenía dieciocho años, y tío Panchito, que tenía un año más. ¡Desdichada campaña, aquella del 40! Abuelo aguantó en Quebracho Herrado hasta la última bala de cañón, cubriendo la retirada de Lavalle. Pudo huir, pero no quiso. Y cuando todo estaba perdido, disparó la última bala que les quedaba a sus cañones y se rindió a las tropas de Oribe. Mientras se enteraba de la muerte de Panchito, el hijo que más quería, sólo dijo: "Al menos se ha salvado el general". Y así terminó su vida en esta tierra mi abuelo don Patricio Olmos.

El viejo cabeceó, mientras murmuraba: "Armistrón, eso es, Armistrón" y de pronto se durmió profundamente.

<p id="_Toc49254298">XIII</p>

Martín esperó, pasó el tiempo y el viejo ya no despertó. Pensó que ahora se había dormido de verdad y entonces, poco a poco, tratando de no hacer ruido, se levantó y empezó a caminar hacia la puerta por la que había entrado Alejandra. Su temor era grande porque ya había madrugado y las luces del alba ya iluminaban la pieza de don Pancho. Pensó que podía tropezarse con el tío Bebe, o que la vieja Justina, la mujer de servicio, podría estar levantada. Y entonces ¿qué les diría?

"Vine con Alejandra, anoche", les diría.

Luego pensó que en esa casa nada podía llamar la atención y que, por lo tanto, no debía temer nada desagradable. Fuera, quizás, de un tropiezo con el loco, con el tío Bebe.

Sintió, o le pareció sentir un crujido, unos pasos, en el corredor al que se salía por aquella puerta. Ya con la mano en el picaporte y con el corazón sobresaltado, esperó en silencio. Se oyó el silbato lejano de un tren. Puso su oído contra la puerta y escuchó con ansiedad: no se oía nada, y ya iba a abrir cuando volvió a oír un pequeño crujido, esta vez inconfundible: eran pasos, cautelosos y espaciados, como alguien que hubiese estado acercándose de a poco a la misma puerta, por el otro lado.

"El loco", pensó agitadamente Martín, y por un instante retiró su oído de la puerta, con el temor de que abriesen bruscamente la puerta del otro lado y se encontrasen con él en una actitud tan sospechosa.

Permaneció así un largo rato sin saber qué determinación tomar: por una parte temía abrir la puerta y encontrarse con el loco; por la otra, miraba hacia donde estaba don Pancho temiendo que se despertase y que lo buscase.

Pero pensó que quizá fuese mejor así, que el viejo se despertase. Porque entonces, si el loco entraba, se vería con él, él podría explicarle. O tal vez al loco no haya que darle ninguna clase de explicación.

Recordó que Alejandra le había dicho que era un loco tranquilo, que se limitaba a tocar el clarinete: en fin a repetir una especie de garabato, sempiternamente. Pero ¿andaría suelto por la casa? ¿O estaría encerrado en una de las habitaciones, como había estado encerrada Escolástica, como era habitual en esas antiguas casas de familia?

En estas reflexiones pasó un rato, siempre escuchando.

Como no oyó nada nuevo, volvió, más tranquilo, a poner su oreja sobre la puerta y, afinando su oído, trató de distinguir el menor rumor o crujido sospechoso: no oyó nada, ahora.

Poco a poco fue haciendo girar el picaporte: era una de esas grandes cerraduras que se usaban en las puertas de antes, con llaves de unos diez centímetros de largo. El ruido que hacía el picaporte al girar le pareció formidable. Y pensó que si el loco andaba por ahí no podía dejar de oírlo y ponerse en guardia. Pero ¿qué hacer a esa altura? Así que, ya más decidido ante el hecho casi consumado, abrió con decisión la puerta.

Casi grita.

Ante él, hierático, estaba el loco. Era un hombre de más de cuarenta años, con barba de muchos días y ropa bastante raída, sin corbata, con el pelo revuelto. Llevaba un saco sport que en algún tiempo habría sido azul marino y un pantalón de franela gris. Su camisa estaba desprendida y todo el conjunto era arrugado y sucio. En la mano derecha, que colgaba, llevaba el famoso clarinete. Su cara era esa cara absorta y demacrada con ojos fijos y alucinados que es frecuente en los locos; era una cara flaca y angulosa, con los ojos grisverdosos de los Olmos y con nariz fuerte y aguileña, pero su cabeza era enorme y alargada como un dirigible.

Martín estaba paralizado por el miedo y no atinó a decir una sola palabra.

El loco lo miró un buen rato en silencio y luego, sin decir nada, se dio vuelta haciendo unas suaves contorsiones (semejantes a las que hacen los chicos de una murga, pero apenas perceptibles) y se alejó por el corredor hacia adentro, seguramente hacia su pieza.

Martín casi corrió en dirección contraria, hacia el patio que ya estaba muy iluminado por el día naciente.

Una vieja india de muchísima edad lavaba en una pileta. "Justina", pensó Martín, sobresaltándose nuevamente.

– Buenos días -dijo, tratando de aparentar calma y como si todo aquello fuese natural.

La vieja no contestó una palabra. "Tal vez sea sorda, como don Pancho", pensó Martín.

Sin embargo lo siguió con su mirada misteriosa e inescrutable de india por unos segundos que a Martín le parecieron interminables. Luego prosiguió el lavado.

Martín, que se había detenido, en un momento de indecisión, comprendió que debía proceder con naturalidad, y así se dirigió hacia la escalera de caracol para subir hasta el Mirador.

Llegó a la puerta y golpeó.

Después de unos instantes, y como no recibía contestación, volvió a golpear. Tampoco obtuvo respuesta. Entonces, acercando su boca al intersticio de la puerta, llamó a Alejandra con voz fuerte. Pero pasó el tiempo y nadie respondió.

Supuso que estaba durmiendo.

Pensó entonces que lo mejor sería irse. Pero se encontró caminando hacia la ventana del Mirador. Cuando llegó ante ella vio que las cortinas estaban sin correr. Entonces miró hacia dentro y trató de distinguir a Alejandra en medio de la semioscuridad que todavía había dentro; pero cuando su vista se hubo acostumbrado advirtió, con sorpresa, que ella no estaba dentro.

Por un momento no atinó a hacer nada ni a pensar algo coherente. Luego se dirigió hacia la escalera y empezó a bajarla con cuidado, mientras su cabeza trataba de ordenar alguna reflexión.

Atravesó el patio trasero, bordeó la vieja casa por el jardín lateral en ruinas y finalmente se encontró en la calle.

Caminó indeciso por la vereda hacia el lado de Montes de Oca, para tomar allí el ómnibus. Pero a poco de andar se detuvo y miró para atrás, hacia la casa de los Olmos. Estaba sumido en la mayor confusión y no atinaba a hacer algo preciso.

Volvió unos pasos hacia la casa y luego se detuvo nuevamente. Miró hacia la verja mohosa, como si esperara algo.

¿Qué? A la luz del día el caserón era todavía más disparatado que de noche, porque con sus paredes derruidas y desconchadas, con los yuyos creciendo libremente en el jardín, con su reja enmohecida y su puerta casi caída contrastaba con más fuerza que de noche con las fábricas y las chimeneas que se destacaban detrás. Como un fantasma es más absurdo de día.

Los ojos de Martín se detuvieron finalmente en el Mirador: allá arriba, le parecía solitario y misterioso como la propia Alejandra. ¡Dios mío! -se dijo- ¿qué es esto?

La noche que había pasado en aquella casa se le aparecía ahora, a la luz del día, como un sueño: el viejo casi inmortal; la cabeza del comandante Acevedo metida en aquella caja de sombreros; el tío loco con su clarinete y sus ojos alucinados; la vieja india, sorda o indiferente a cualquier cosa, hasta el punto de no molestarse en querer saber quién era y qué hacía un extraño que salía de las habitaciones y que luego subía al Mirador, la historia del capitán Elmtrees; la historia increíble de Escolástica y de su locura; y, sobre todo, la propia Alejandra.

Empezó a reflexionar con lentitud: era imposible ir a Montes de Oca y tomar un ómnibus, parecía demasiado brutal. Decidió irse caminando, pues, por Isabel la Católica hacia el lado de Martín García; la calle antigua le permitió ordenar poco a poco sus pensamientos encontrados.

Lo que más lo intrigaba y preocupaba era la ausencia de Alejandra. ¿Dónde había pasado la noche? ¿Lo había llevado a ver al abuelo para deshacerse de él? No, porque entonces lo hubiese dejado ir, simplemente, como cuando él quiso irse, después de aquel relato de Marcos Molina, todo aquel asunto de la playa y de las misiones en el Amazonas. ¿Por qué no lo dejó ir en aquel momento?

No, quizá todo era imprevisible, quizá para ella misma. Tal vez se le ocurrió irse mientras él estaba con don Pancho. Pero en ese caso ¿por qué no se lo había dicho? En fin, el mecanismo poco importaba. Lo que importaba era que Alejandra no hubiese pasado la noche en su Mirador. Entonces había que suponer que tenía algún lugar donde lo hacía. Y lo hacía habitualmente, ya que no había por qué pensar que en aquella noche había sucedido algo fuera de lo común.

¿O habría salido sencillamente a caminar por las calles?

Sí, sí, pensó con súbito alivio, casi con entusiasmo: había salido a caminar por ahí, a reflexionar, a despojarse. Ella era así: imprevisible y atormentada, rara, capaz de vagar de noche por las calles solitarias del suburbio. ¿Por qué no? ¿No se habían conocido en un parque? ¿No iba ella a menudo a esos bancos de los parques donde se habían encontrado por primera vez?

Sí, todo era posible.

Aliviado, caminó un par de cuadras. Hasta que de pronto recordó dos cosas que le habían llamado la atención en su momento, y que ahora comenzaron a preocuparlo: Fernando, aquel nombre que ella pronunció una sola vez y en seguida pareció arrepentida de haberlo hecho; y la violenta reacción que Alejandra tuvo cuando él hizo aquella referencia a los ciegos. ¿Qué pasaba con los ciegos? Algo importante era, de eso no tenía dudas, porque ella había quedado como paralizada. ¿Sería el misterioso Fernando ese ciego? Y en todo caso ¿quién era ese Fernando que ella parecía no querer nombrar, con esa especie de temor con que ciertos pueblos no nombran a la divinidad?

Con tristeza volvió a pensar que lo separaban de ella abismos oscuros y que probablemente siempre lo separarían.

Pero entonces, volvía a reflexionar con renovada esperanza, ¿por qué se le había acercado en el parque?, ¿y no había dicho que lo necesitaba, que ellos tenían algo muy importante en común?

Caminó con indecisión unos pasos y luego, deteniéndose, mirando el pavimento, como interrogándose a sí mismo, se dijo: pero, ¿para qué puede necesitarme?

Sentía un amor vertiginoso por Alejandra. Con tristeza pensó que ella, en cambio, no lo sentía. Y que si lo necesitaba a él, Martín, no era en todo caso con el mismo sentimiento que él experimentaba hacia ella.

Su cabeza era un caos.

<p id="_Toc49254299">XIV</p>

Durante muchos días no tuvo noticias de ella. Anduvo rondando la casa de Barracas y en varias oportunidades observó desde lejos la herrumbrada puerta de la verja.

Su desaliento culminó al perder el trabajo en la imprenta: por un tiempo no habría trabajo, le dijeron. Pero bien sabía él que la causa era muy otra.

<p id="_Toc49254300">XV</p>

No había ido conscientemente: pero ahí estaba, frente a la vidriera de la calle Pinzón, pensando que en cualquier momento podría desmayarse. Las palabras PIZZA, FAINA parecían no golpear sobre su cabeza sino, directamente, sobre su estómago, como en los perros de Pávlov. Si estuviera Bucich, al menos. Pero tampoco se atrevía. Además, estaría en el sur, quién sabe cuándo volvería. Ahí estaba Chichín, con su gorra y sus tiradores colorados, y Humberto J. D'Arcángelo, más conocido por Tito, con sus escarbadientes a manera de cigarrillo y la Crítica arrollada en la mano derecha, como quien dice "señas particulares", ya que únicamente un burdo mistificador podría pretender ser Humberto J. D'Arcángelo sin el escarbadientes y la Crítica arrollada en la mano derecha. Tenía algo de pájaro, con su nariz ganchuda y filosa y sus ojitos un poco laterales sobre los dos lados de una cara aplastada y huesuda. Nerviosísimo e inquieto como siempre: escarbándose los dientes, arreglándose la rotosa corbata. Con su nuez prominente ascendiendo y descendiendo.

Martín lo miraba fascinado hasta que Tito lo vio y con su infalible memoria lo reconoció. Y haciéndole señas con la Crítica arrollada, como un agente de tránsito, le dijo que entrara, lo hizo sentar y le pidió un Cinzano con bitter; mientras desenvolvía el diario, que ya estaba abierto en la página de deportes, golpeaba sobre ella con su mano casi desprovista de carne y acercándose a Martín por encima de la mesita de mármol, con el escarbadientes moviéndose sobre el labio inferior, le dijo, ¿sabe cuánto se pagó por este hombre?, pregunta a la cual Martín puso una cara de susto, como si no supiese la lección, y aunque sus labios se movieron no logró articular ninguna palabra, mientras D'Arcángelo, con los ojitos brillándole de indignación, con la nuez detenida en medio de la garganta, esperaba la respuesta: con una sonrisa irónica, con una amarga ironía apriorística por la inevitable equivocación, no ya del muchacho sino de cualquiera que tendría cinco de seso. Pero felizmente, mientras la nuez permanecía en suspenso, llegó Chichín con las botellas y entonces Tito, dando vuelta su cara afilada hacia él, golpeando con el dorso de su mano huesuda sobre la página de deportes, le dijo: vo, Chichín, decime, e un decir, cuánto pagaron por ese tullido de Cincotta, y mientras el otro servía el Cinzano respondió y qué sé yo, quiniento, a lo que Tito respondió sonriendo de costado con amargura y cierta felicidad (porque demostraba hasta qué punto él, Humberto J. D'Arcángelo, estaba en lo cierto) je y luego de doblar la Crítica nuevamente, como un profesor que guarda en la vitrina el aparato después de la demostración, agregó Ochociento mil y después de un silencio proporcionado al enorme disparate, agregó: y ahora vo decime si a este paí estamo todo loco. Mantuvo su mirada fija en Chichín, como escrutando el menor signo de oposición y todo se mantuvo por unos segundos como paralizado: la nuez de D'Arcángelo, sus ojitos irónicos, la atenta expresión de Martín y Chichín con su gorra y sus tiradores colorados manteniendo la botella de vermouth en el aire.

La extraña instantánea duró acaso un segundo o dos. Tito echó soda al vermouth, tomó unos sorbos y se sumió en un silencio sombrío, mirando, tal como era habitual en momentos parecidos, a la calle Pinzón: mirada abstracta y en cierto modo completamente simbólica, que en ningún caso condescendería a la real visión de hechos externos. Después volvió a su tema preferido: ahora ya no había fóbal. ¿Qué se podrá esperar de jugadore que se compraban y vendían? Su mirada se hizo soñadora y empezó a rememorar, una vez más, la Gran Época, cuando él era un pebete así. Y mientras Martín, por pura timidez, tomaba el vermouth que después de dos días de ayuno sabía que le haría muy mal, Humberto J. D'Arcángelo le decía: Hay que amarrocar, pibe. Haceme caso. Es la única ley de la vida juntar mucha menega, rifar el corazón mientras se ajustaba la raída corbata y estiraba las mangas de su saco rotoso, corbata y traje que confirmaban que él, Humberto J. D'Arcángelo, era el riguroso negativo de la filosofía que predicaba. Y mientras de puro bondadoso lo instaba al muchacho a que terminara el vermouth, le hablaba de aquellos tiempos, y pronto a Martín le pareció que aquella conversación se desarrollaba en alta mar. Te estoy hablando del año quince, pibe, cuando yo iba a la cancha con el tío Vicente. Estábamo en plena conflagración. en tanto que Martín, mareado y triste pensaba en Alejandra y en su desaparición en el fiel de Seguel y Ministro Brin hasta el 25 en que no trasladamo a Bransen y del Crucero ¡eh, Chichín!, a ver cómo formó el plantel inicial, a lo que Chichín, mirando al techo, suspendiendo el repasado de su vaso, con los ojos cerrados, después de mover en silencio los labios (como quien revisa la lección) respondió De lo Santo, Vergara, Cerezo, Priano, Peney, Grande, Farenga, Molledo, José Farenga y Bacigaluppi, volviendo en seguida a su tarea con el vaso mientras Tito decía esato. Y aunque Racin otuvo el capionato, lo seneise, que ya perfilábanlo el temple salimo cuarto. En el 18 ocupamo el tercer puesto y en el 19 triunfamo. ¡Eh Chichín! Decí cómo formó el equipo que ganó la copa a lo que el otro respondió, después de permanecer un momento en suspenso, con los ojos cerrados y la cabeza levantada hacia el techo. Ortega, Busso, Tesorieri. López, Canaveri, Cortella, Elli, Bozzo, Calomino, Miranda y Martín volviendo en seguida a su tarea, mientras Tito comentaba esato. ¡Qué equipo, pibe! El gran Tesorieri. Nunca hubo ni volverá a haber eh, un arquero como Américo Tesorieri. Te lo dice Humberto J. D'Arcángelo, que ha visto fóbal del grande arreglándose la corbata y mirando hacia la calle Pinzón con indignación, mientras Martín, mareado, veía como en una fantasmagoría al viejo don Pancho Olmos hablando sobre la Legión y a Alejandra acodada sobre la balaustrada de la terraza y la cabeza del comandante Acevedo. Y lo mismo te digo de Pedro Leo Journal, el famoso calomino, el güín má veló que ha pisado la cancha nacionale. el inventor de la célebre bicicleta, que luego tanto y tanto han querido imitar. ¡Qué tiempo, pibe, qué tiempo! agregó, cambiando el sitio del escarbadientes del ángulo izquierdo al ángulo derecho de la boca y dirigiendo su mirada a la calle Pinzón, mientras Martín miraba a Alejandra dormir, observándola como al borde de un abismo. Pero, decía D'Arcángelo, lo justo, e lo justo, pibe, y hay oro en todo lo equipo y un fanático y era ciego para todo lo que no fuera Boca lo justo, e lo justo, pibe, y hay oro en todo lo equipo y hay bagayo también en Boca, pa qué no vamo a engañar. Y ahí tené, sin ir más lejo, al negro Seoane. la célebre Chancha Seoane, que fue el puntal de lo Diablo Rojo por varía temporada. Te voy a ser sincero, pibe: el negro Seoane personificaba la clásica picardía criolla puesta al servicio del noble deporte. Era un cra inteligente y aguerrido, la pesadilla de lo arquero de su tiempo. ¿Sabe cómo lo caracterizó Américo Tesorieri? El rey del área enemiga. Y con eso se ha dicho todo. ¿Y Domingo Tarasconi? El gran Tarasca fue uno de lo grande escore del fóbal amateur. Dueño de un potente sho, ya lo probó desde la punta derecha, y cuando fue corrido al eje, marcó un período glorioso en el historial del deporte argentino. Pero… y siempre hay un pero en el fóbal, como decía el finado Zanetta, por el mismo tiempo de Tarasca brillaba en la acción el gran Seoane, como te decía. Y ahora fíjate bien en lo que te voy a explicar: la línea tenía do ala de modalidade opuesta. La derecha era académica y jugadora, la izquierda se caracterizaba por un juego eficá y por un trámite si se quiere poco brillante pero efetista, que se traducía en resultado positivo. Y a la final, pibe, se diga lo que se diga, lo que se persigue en el fóbal es el escore. Y te advierto que yo soy de lo que piensan que un juego espetacular e algo que enllena el corazón y que la hinchada agradece, qué joder. Pero el mundo e así y a la final todo e cuestión de gole. Y para demostrarte lo que eran esa do modalidade de juego te voy a contar una acnédota ilustrativa. Una tarde, al intervalo, la Chancha le decía a Lalín: crúzamela, viejo, que entro y hago gol. Empieza el segundo jastáin, Lalín se la cruza, en efeto, y el negro la agarra, entra y hace gol, tal como se lo había dicho. Volvió Seoane con lo brazo abierto, corriendo hacia Lalín, gritándole: viste. Lalín, viste, y Lalín contestó si pero yo no me divierto. Ahí tené, si se quiere, todo el problema del fóbal criollo.

Y quedó pensativo, masticando su escarbadientes y mirando hacia la calle Pinzón.

– Qué época -murmuró para sí mismo.

Se ajustó la corbata, estiró las mangas del saco y se volvió hacia Martín con el rostro amargado, como quien vuelve a la dura realidad, y golpeando sobre el diario dijo Ochociento mil morlaco por semejante lisiado. Así va el mundo. Con los ojitos brillando de indignación, ajustándose la deshilacliada corbata. Y luego, señalando verticalmente con el índice, como si se refiriera a la mesita, agregó: Aquí, a este paí hay que avivarse. O te aviva o te jodé pa todo el partido. Y mirando los muchachos que se habían ido reuniendo, pero dirigiéndose simbólicamente hacia Martín (mientras Martín empezaba a ver, como en un sueño confuso y poético, a Alejandra durmiéndose ante sus ojos) blandiendo el diario nuevamente arrollado, agregó: Vo leé el diario y te entera de un negociado. Y capá que seguí pensando a la luna o leyendo eso libro y como Poroto y El Rengo dijeron ma qué está diciendo D'Arcángelo con sorna comentó y lo del Tucolesco este también e una joda y los otros respondieron bah, también lo diario a lo que Tito replicó volviendo a poner su índice vertical, moviéndolo hacia la mesita y repitiendo su conocido aforismo. Aquí todo es cuestión de coima. Y te alvierto que yo no estoy hablando de Perón. Porque cuando yo era así de chiquito, y puso la mano abierta, a la altura de la pantorrilla, ¿quiénes manejaban l'estofao? Lo conserva: coima y robo. Cuando yo era así y subió la mano de nivel radicale: coima y robo. Después el Justo ese: coima y robo. ¿Recuerdan el negocio de la Corpo ración? Después, ese chicato Ortiz: coima y robo. Después la revolución del 45. Siempre eso milico dicen que vienen a limpiar, pero a la final coima y robo. Y entonces, ajustándose la corbata, miró con ojos coléricos hacia la calle Pinzón y volviéndose después de un breve instante de (rabiosa) meditación filosófica, agregó: Vo estudia, hacéte un Edison, inventa el telégrafo o cura cristiano, ándate en el África como ese viejo alemán de bigote grande, sacrifícate por la humanidá; sudá la gota gorda y va a ver cómo te crucifican y cómo lo otro se enllenan de guita. ¿No sabé, acaso, que lo prócere siempre terminan pobre y olvidado? A mí, ni con la piola y volviendo su mirada furiosa hacia la calle Pinzón, ajustó su corbata raída y estiró las mangas deshilachadas de su saco mientras los muchachones se reían de Tito o decían bah también vo con esa lata y Martín, en su sopor, volvía a ver a Alejandra encogida y durmiendo ante sus ojos, respirando ansiosamente por su boca entreabierta, su gran boca desdeñosa y sensual. Y veía su pelo largo y lacio, renegrido, con reflejos rojizos, desparramado sobre la almohada, destacando su rostro anguloso, esos rasgos que tenían la misma aspereza que su espíritu atormentado. Y su cuerpo, su largo cuerpo, abandonado, sus pechos que se marcaban debajo de su blusa blanca, y aquellas hermosas y largas piernas encogidas que lo tocaban. Sí, estaba ahí, al alcance de su mano y de su boca, en cierto modo estaba sin defensas ¡pero qué lejana, qué inaccesible!

"Nunca", se dijo a sí mismo con amargura y casi en alta voz, mientras el Poroto gritaba hace bien Perón y todo eso oligarca habría que colgarlo todo junto a Plaza Mayo "nunca" y sin embargo lo había elegido a él, pero ¿para qué, Dios mío, para qué? Porque jamás conocería, estaba bien seguro, sus secretos más profundos, y una vez más acudieron a su mente las palabras ciego y Fernando en el momento en que uno de los muchachos ponía una moneda en el Wurlitzer y empezaron a cantar Los Plateros. Entonces D'Arcángelo estalló y asiéndolo de un brazo a Martín, le dijo:

– Vamo, pibe. Ya ni aquí se puede estar. Adonde vamo a ir a parar con esto payaso que te ponen fostró.

<p id="_Toc49254301">XVI</p>

El viento fresco despejó a Martín. D'Arcángelo seguía mascullando y tardó un rato en serenarse. Entonces le preguntó dónde trabajaba. Con vergüenza, Martín respondió que estaba sin trabajo. D'Arcángelo lo miró.

– ¿Hace mucho?

– Sí, un tiempo.

– ¿Tené familia, vo?

– No.

– ¿Dónde viví?

Martín demoró la respuesta: se había puesto rojo, pero felizmente (pensó) era de noche. D'Arcángelo volvió a mirarlo con atención.

– En realidad -murmuró.

– ¿Cómo?

– Este… tuve que dejar una pieza…

– ¿Y dónde dormí, ahora?

Martín, avergonzado, farfulló que dormía en cualquier parte. Y como para atenuar el hecho agregó:

– Total, todavía no hace frío.

Tito se detuvo y lo examinó a la luz de un farol.

– Pero al menos, ¿tené pa comer?

Martín permaneció callado. Entonces D'Arcángelo estalló:

– ¡Se puede saber por qué no dijiste nada! Yo hablando de cra y vo picando ingrediente. ¡Hay que joderse!

Lo llevó a una fonda y mientras comían, lo observaba pensativamente.

Cuando terminaron y salieron, ajustándose la corbata le dijo:

– Tranquilo, pibe. Ahora vamo en casa. Despué veremo.

Entraron en una antigua cochera que en otro tiempo habría sido de alguna casa señorial.

– El viejo, sabé, fue cochero hasta hace unos die año.

Ahora, con el reuma, no se puede mover. Adema, ¿quién va a tomar un coche, hoy en día? Mi viejo e una de la tanta víctima en ara del progreso de la urbe. En fin, basta la salú.

Era una mezcla de conventillo y caballerizas: se oían gritos, conversaciones y varias radios simultáneas, en medio de un fuerte olor a estiércol. En las antiguas cocheras había algunos carros de reparto y un camioncito.

Se oía el golpeteo de los cascos de caballo.

Caminaron hacia el fondo.

– Aquí, cuando yo era purrete, había tre Vitoria que daban gusto: la 39, la 42 y la 90. La 39 la manejaba el viejo. Era una joyita. No e porque fuera del viejo pero te garanto que era una niña mimada: la pintaba, la lustraba, le sacaba brillo a lo farola. Y ahora mányala.

Le señaló al fondo, arrumbado, el cadáver de un coche de plaza: sin faroles, sin gomas, agrietada, la capota podrida y desgarrada.

– Hasta hace uno mese todavía salía, la pobre. La trabajaba Nicola, un amigo del viejo que murió. Mejor, te soy sincero, porque pa trabajar en la forma que trabajaba el infelí, mejor que esté a la tumba. Hacía changuita en Constitución, llevaba bulto.

Acarició la rueda de la vieja victoria.

– La gran puta -dijo con voz quebrada-, cuando venía el carnaval había que ver este coche al corso de Barraca. Y el viejo con la galerita, al pescante. Te garanto que daba golpe, pibe.

Martín le preguntó si allí vivía con toda la familia.

– De qué familia m'está hablando, pibe. Estamo el viejo y yo. Mi vieja murió hace tre año. Mi hermano Américo está a Mendoza, trabaja de pintor, como yo. Otro, Bachicha, está casado a Matadero. Mi hermano Argentino, que le decíamo Tino, era anarquista y lo mataron en Avellaneda, al año 30. Un hermano que se llamaba Chiquín, bah que le decíamos, murió tísico.

Se rió.

– Vo sabé que vario salimo medio falluto de lo pulmone. Yo creo que e cuestión del plomo de la pintura. Mi hermana Mafalda también se casó y vive al Azul. Otro hermano, menor que yo, André, e medio loco y ni siquiera sabemo adonde anda, creo que por Bahía Blanca. Y después esta Norma, que pa qué vamo a hablar. Son de ésa que se pasaban la vida mirando la revista de radio y cine y que quería ser artista. Así que quedamo nada má que el viejo y yo. Así e la vida, pibe: yugá, tené hijo y a la final siempre te queda solo como el viejo. Meno mal que soy medio loco y que adema ninguna mujer me lleva l'apunte, que si no quién te dice que también me iba y lo dejaba al viejo pa que se muera solo como un perro.

Entraron en la pieza. Había dos camas: una era de ese hermano vago que andaba por Bahía Blanca. Así que, por el momento, ahí podía dormir Martín. Pero antes le mostró sus tesoros: una fotografía de Américo Tesorieri, clavada con chinches en la pared, con una escarapela argentina debajo y dedicada: "Al amigo Humberto J. D'Arcángelo". Tito se quedó mirándola con arrobo. Y luego comentó:

– El gran Américo.

Otras fotos y recortes de El Gráfico también figuraban en las paredes, y encima de todo, una gran bandera de Boca, extendida a lo largo.

Sobre un cajón tenía un viejo fonógrafo de bocina, con cuerda.

– ¿Funciona? -preguntó Martín.

D'Arcángelo lo miró fijamente, con expresión de sorpresa y casi de reconvención.

– Ya se quisiera má de uno de eso tocadisco de ahora funcionar como éste.

Se acercó y limpió con su pañuelo una basurita que había en la gran bocina.

– Ni con plata encima lo cambiaría por uno de eso. Sabé qué pasa, que eso aparato tienen demasiada complicación. Esto eran más naturale, y la voz era tal cual.

Puso Alma en pena y dio cuerda: de la bocina salió la voz de Gardel, emergiendo apenas de entre una maraña de ruidos. Tito con la cabeza colocada al lado de la bocina, meneándola con emoción, murmuraba: Qué grande, pibe, qué grande. Permanecieron en silencio. Cuando terminó, Martín vio que en los ojos de D'Arcángelo había lágrimas.

– La gran puta -dijo, riéndose falsamente-. Todo lo demá que vinieron despué son una cagada.

Puso el disco en un sobre viejísimo, emparchado, lo colocó con cuidado sobre una pila, mientras preguntaba:

– A vo te gusta el tango, pibe, ¿eh?

– Sí, claro -respondió Martín con cautela.

– Qué bueno. Porque ahora, te voy a ser sincero, la nueva generación no sabe ya nada de tango. Meta fostró y todo eso merengue de bolero, de rumba, toda esa payasada. El tango e algo serio, algo profundo. Te habla al alma. Te hace pensar.

Se sentó en la cama y se quedó cavilando.

– Pero -dijo- todo eso pasó. A veces me pongo a pensar, pibe, que a este país todo ya pasó, todo lo bueno se fue pa no volver, como dice el tango. Lo mismo el tango que el fóbal, que el carnaval, que el corso, ma qué sé yo. Y cuando alguno de eso payaso te quiere hacer tango nuevo, pa qué vamo a hablar. El tango tiene que ser tango o nada. Y eso terminó, pibe, ponele la firma. E algo que te parte el corazón, pero e una verdá grande como una casa.

Luego agregó, porque siempre trataba de ser justo:

– Y bueno, a lo mejor e música importante, qué sé yo. Capá que Piazzola y eso muchacho de ahora hacen algo importante, música seria, como lo valse de Estrau. No me aparto. Pero tango, lo que se dice tango, eso, pibe, te garanto que no e.

Después le contó que su padre andaba muy mal con el reumatismo, pero, sobre todo, lo había terminado de matar el disgusto con Bachicha.

– Sabé -explicó con amargura-, un día le dijo que vendía la 40 y que con lo peso que se había juntado compraba a media un tasímetro. Te podé imaginar la bronca del viejo. Se enojó, lo insultó, rogó, pero todo fue inútil, porque Bachicha e duro como mármo. Te juro que si yo habría tenido en ese momento un ladrillo se lo tiro por la cabeza. Todo inútil. Se compró el tasi y se lo trajo aquí, pa mejor. El viejo estuvo a la cama como un me. Cuando se levantó ya no era el mismo de ante.

Luego agregó:

– No sólo se salió con la suya, lo pior es que le decía lo coche están terminado, viejo, decía, hay que resinarse a la verdá, decía, cómo queré que nadie pueda vivir con eso cachivache, decía, no manya, viejo que debemo estar acorde al progreso, decía, no comprende que el mundo marcha adelante y que yo te empeña en mantener esa ruina porque sí, porque te da la real gana, no te da cuenta que la gente quiere velocidá y eficencia, decía, que el mundo tiene que ir cada vez más rápido, decía. Y cada una de esa palabra era como un cuchillo.

Se acostaron.

<p id="_Toc49254302">XVII</p>

Durante algunos días esperó en vano. Pero por fin Chichín lo recibió con una seña y le dio un sobre. Temblando, lo abrió y desdobló la carta. Con la letra enorme, desigual y nerviosa que tenía, le decía, simplemente, que lo esperaba a las seis.

A las seis menos algo estaba en el banco del parque, agitado pero feliz, pensando que ahora tenía a quién contarle sus desdichas. Y a alguien como Alejandra, tan desproporcionado como para un pordiosero encontrar el tesoro de Morgan.

Corrió hacia ella como un chico, le contó lo de la imprenta.

– Me hablaste de un tal Molinari -dijo Martín-. Creo que dijiste que tenía una gran empresa.

Alejandra levantó su mirada hacia el muchacho, con las cejas en alto, demostrando sorpresa.

– ¿Molinari? ¿Yo te hablé de Molinari?

– Sí, aquí mismo, cuando me encontraste dormido, ¿recordás? Me dijiste: seguro que no trabajas para Molinari, ¿recordás?

– Puede ser.

– ¿Es amigo tuyo?

Alejandra lo miró con una sonrisa irónica.

– ¿Te dije que era amigo mío?

Pero Martín estaba muy esperanzado en aquel momento para darle un significado recóndito a su expresión.

– ¿Qué te parece? -insistió-. ¿Crees que pueda darme trabajo?

Ella lo observó como los médicos miran a los reclutas que se presentan para el servicio militar.

– Sé escribir a máquina, puedo redactar cartas, corregir pruebas de imprenta…

– Uno de los triunfadores de mañana ¿eh?

Martín enrojeció.

– Pero ¿tenés idea de lo que es trabajar en una empresa importante? ¿Con reloj marcador y todo eso?

Martín extrajo su cortapluma blanco, abrió su hojita menor y luego la volvió a cerrar, cabizbajo.

– No tengo ninguna pretensión. Si no puedo trabajar en el escritorio puedo trabajar en talleres, o como peón.

Alejandra observaba su traje raído y sus zapatos rotos.

Cuando Martín levantó por fin su mirada hacia ella, vio que tenía una expresión muy seria, con el ceño fruncido.

– ¿Qué, es muy difícil?

Ella movió negativamente la cabeza.

Después dijo:

– Bueno, no te preocupes, ya encontraremos una solución.

Se levantó.

– Vení. Vamos por ahí un rato, me duele horriblemente el estómago.

– ¿El estómago?

– Sí, me duele muchas veces. Debe ser una úlcera.

Caminaron hasta el bar de Brasil y Balcarce. Alejandra pidió en el mostrador un vaso de agua, sacó de su cartera un frasquito y echó unas gotas.

– ¿Qué es eso?

– Láudano.

Atravesaron nuevamente el parque.

– Vamos un rato a la Dársena -dijo Alejandra.

Bajaron por Almirante Brown, doblaron por Arzobispo Espinosa hacia abajo y por Pedro de Mendoza llegaron hasta un barco sueco que estaba cargando.

Alejandra se sentó sobre uno de los grandes cajones que venían de Suecia, mirando hacia el río, y Martín en uno más bajo, como si sintiese el vasallaje hacia aquella princesa. Y ambos miraban el gran río de color de león.

– ¿Viste que tenemos muchas cosas en común? -decía ella.

Y Martín pensaba ¿será posible?, y aunque estaba convencido de que a ambos les gustaba mirar río afuera, también pensaba que aquello era una nimiedad frente a los otros hechos profundos que lo separaban de ella, nimiedad que nadie podía tomar en serio y menos que nadie la propia Alejandra, como -pensó- la forma risueña en que acababa de decir aquella frase: como esos grandes personajes que de pronto se fotografían en la calle, democráticamente, al lado de un obrero o una niñera, sonriendo y condescendientes. Aunque también podía ser que aquella frase fuera una clave de verdad, y que mirar ambos con ansiedad río afuera constituyese una fórmula secreta de alianza para cosas mucho más trascendentales. Porque ¿cómo podía saberse lo que ella realmente cavilaba? Y la miraba allá arriba, inquieto, como quien vigila a un equilibrista querido que se mueve en zonas peligrosísimas y sin que nadie pueda prestarle ayuda. La veía, ambigua e inquietante, mientras la brisa agitaba su pelo renegrido y lacio y marcaba sus pechos puntiagudos y un poco abiertos hacia los costados. La veía fumando, abstraída. Aquel territorio barrido por los vientos parecía apaciguado por la melancolía, como si esos vientos se hubiesen calmado y una bruma intensa lo cubriese.

– Qué lindo sería irse lejos -comentó de pronto-. Irse de esta ciudad inmunda.

Martín oyó penosamente aquella forma impersona Irse.

– ¿Te irías? -preguntó con voz quebrada.

Sin mirarlo, casi totalmente abstraída, respondió:

– Sí, me iría con mucho gusto. A un lugar lejano, a un lugar donde no conociera a nadie. Tal vez a una isla, a una de esas islas que todavía deben de quedar por ahí.

Martín bajó su cabeza y con el cortaplumas empezó a escarbar el cajón mientras leía THIS SIDE UP. Alejandra, volviendo su mirada hacia él, después de observarlo un momento preguntó si le pasaba algo, y Martín, siempre escarbando la madera y leyendo THIS SIDE UP contestó que no le pasaba nada, pero Alejandra se quedó mirando y cavilando. Y ninguno de los dos habló durante bastante tiempo, mientras anochecía y el muelle iba quedándose en silencio: las grúas habían cesado en su trabajo y los estibadores y cargadores empezaban a retirarse hacia sus casas o hacia los bares del Bajo.

– Vamos al Moscova -dijo entonces Alejandra.

– ¿Al Moscova?

– Sí, en la calle Independencia.

– Pero ¿no es muy caro?

Alejandra se rió.

– Es un boliche, hombre. Además, Vania es amigo mío.

La puerta estaba cerrada.

– No hay nadie -comentó Martín.

– Sharáp -se limitó a decir Alejandra, golpeando.

Al cabo de un rato les abría la puerta un hombre en camisa tenía el pelo lacio y blanco, el rostro bondadoso, refinado y tristemente sonriente. Un tic le sacudía una mejilla, cerca del ojo.

– Ivan Petróvich -dijo Alejandra, entregándole la mano.

El hombre la llevó a sus labios, inclinándose un poco.

Se sentaron junto a una ventana que daba al Paseo Colón. El local estaba apenas iluminado por una sórdida lamparilla cercana a la caja, donde una mujer gorda y baja, de cara eslava, tomaba mate.

– Tengo vodka polaco -dijo Vania-. Me trajeron ayer, llegó barco de Polonia.

Cuando se alejó, Alejandra comentó:

– Es un espléndido tipo, pero la gorda -y señaló hacia la caja-, la gorda es siniestra. Está tratando de que lo encierren a Vania para quedarse con esto.

– ¿Vania? ¿No le dijiste Ivan Petróvich?

– Atrasado: Vania es el diminutivo de Ivan. Todo el mundo le dice Vania, pero yo le digo Ivan Petróvich, así se siente como en Rusia. Y además porque me encanta.

– ¿Y por qué encerrarlo en un manicomio?

– Es morfinómano y tiene ataques. Entonces la gorda quiere aprovechar la volada.

Trajo el vodka y mientras servía les dijo:

– Ahora aparato anda muy bien. Tengo concierto para violín de Brahms ¿quiere que pongamos? Nada menos que Heifetz.

Cuando se alejó, Alejandra comentó:

– ¿Ves? Es todo generosidad. Sabrás que fue violinista del Colón y ahora da lástima verlo tocar. Pero justamente te ofrece un concierto de violín y con Heifetz.

Con un gesto le señaló las paredes: unos cosacos entrando al galope en una aldea, unas iglesias bizantinas con cúpulas doradas, unos gitanos. Todo era precario y pobre.

– A veces creo que le gustaría volver. Un día me dijo: ¿No le parece que Stalin es dentro de todo un gran hombre? Y agregó que en cierto modo era un nuevo Pedro el Grande y que, al fin de cuentas, quería la grandeza de Rusia. Pero dijo todo esto en voz baja, mirando a cada rato hacia la gorda. Creo que sabe lo que dice por el movimiento de los labios.

Desde lejos, como no queriendo molestar a los muchachos, Vania hacía significativos gestos, señalando el combinado, como elogiando. Y Alejandra, mientras asentía con una sonrisa, le decía a Martín:

– El mundo es una porquería.

Martín reaccionó.

– ¡No, Alejandra! ¡En el mundo hay muchas cosas lindas!

Ella lo miró, quizá pensando en su pobreza, en su madre, en su soledad: ¡todavía era capaz de encontrar maravillas en el mundo! Una sonrisa irónica se superpuso a su primera expresión de ternura, haciéndola contraer, como un ácido sobre una piel muy delicada.

– ¿Cuáles?

– ¡Muchas, Alejandra! -exclamó Martín apretando una mano de ella sobre su pecho-. Esa música… un hombre como Vania… y sobre todo vos, Alejandra… vos…

– Verdaderamente, tendré que pensar que no has sobrepasado la infancia, pedazo de tarado.

Se quedó un momento abstraída, tomó un poco de vodka y luego agregó:

– Sí, claro, claro que tenés razón. En el mundo hay cosas hermosas… claro que hay…

Y entonces, dándose vuelta hacia él, con acento amargo agregó:

– Pero yo, Martín, yo soy una basura. ¿Me entendés? No te engañes sobre mí.

Martín apretó una de las manos de Alejandra con las dos suyas, la llevó a sus labios y la mantuvo así, besándosela con fervor.

– ¡No, Alejandra! ¡Por qué decís algo tan cruel! ¡Yo sé que no es así! ¡Todo lo que has dicho de Vania y muchas otras cosas que te he oído demuestran que no es así!

Sus ojos se habían llenado de lágrimas.

– Bueno, está bien, no es para tanto -dijo Alejandra.

Martín apoyó la cabeza sobre el pecho de Alejandra y ya nada le importó del mundo. Por la ventana veía cómo la noche bajaba sobre Buenos Aires y eso aumentaba su sensación de refugio en aquel escondido rincón de la ciudad implacable. Una pregunta que nunca había hecho a nadie (¿a quién habría podido hacérsela?) surgió de él, con los contornos nítidos y brillantes de una moneda que no ha sido manoseada, que millones de manos anónimas y sucias todavía no han atenuado, deteriorado y envilecido:

– ¿Me querés?

Ella pareció vacilar un instante, pero luego contestó:

– Sí, te quiero. Te quiero mucho.

Martín se sentía aislado mágicamente de la dura realidad externa, como sucede en el teatro (pensaba años más tarde) mientras estamos viviendo el mundo del escenario, mientras fuera esperan las dolorosas aristas del universo diario, las cosas que inevitablemente golpearán apenas se apaguen las candilejas y quede abolido el hechizo. Y así como en el teatro, en algún momento el mundo externo logra llegar aunque atenuado en forma de lejanos ruidos (un bocinazo, el grito de un vendedor de diarios, el silbato de un agente de tránsito), así también llegaban hasta su conciencia, como inquietantes susurros, pequeños hechos, algunas frases que enturbiaban y agrietaban la magia: aquellas palabras que había dicho en el puerto y de las que él quedaba horrorosamente excluido ("me iría con gusto de esta ciudad inmunda") y la frase que ahora acababa de decir ("soy una basura, no te engañes sobre mí"), palabras que latían como un leve y sordo dolor en su espíritu y que, mientras mantenía reclinada la cabeza sobre el pecho de Alejandra, entregado a la portentosa felicidad del instante, hormigueaban en una zona más profunda e insidiosa de su alma, cuchicheando con otras palabras enigmáticas: los ciegos, Fernando, Molinari. Pero no importa -se decía empecinadamente-, no importa, apretando su cabeza contra los calientes pechos y acariciando sus manos, como si de ese modo asegurase el mantenimiento del sortilegio.

– ¿Pero cuánto me querés? -preguntó infantilmente.

– Mucho, ya te dije.

Y sin embargo la voz de ella le pareció ausente, y levantando la cabeza la observó y pudo ver que estaba como abstraída, que su atención estaba ahora concentrada en algo que no estaba allí, con él, sino en alguna otra parte, lejana y desconocida.

– ¿En que estás pensando?

Ella no respondió, parecía no oír.

Entonces Martín reiteró la pregunta, apretándole el brazo, como para volverla a la realidad.

Y ella entonces dijo que no estaba pensando en nada: nada en particular.

Muchas veces Martín sentiría aquel alejamiento: con los ojos abiertos y hasta haciendo cosas, pero ajena, como manejada por alguna fuerza remota.

De pronto Alejandra, mirándolo a Vania, dijo:

– Me gusta la gente fracasada. ¿A vos no te pasa lo mismo?

El se quedó meditando en aquella singular afirmación.

– El triunfo -prosiguió- tiene siempre algo de vulgar y de horrible.

Se quedó luego un momento en silencio y al cabo agregó:

– ¡Lo que sería este país si todo el mundo triunfase! No quiero ni pensarlo. Nos salva un poco el fracaso de tanta gente. ¿No tenés hambre?

– Sí.

Se levantó y fue a hablar con Vania. Cuando volvió, sonrojándose, Martín le dijo que él no tenía plata. Alejandra se echó a reír. Abrió su cartera y sacó doscientos pesos.

– Tomá. Cuando necesites más, decímelo.

Martín intentó rechazarlos, avergonzado, y entonces Alejandra lo miró con asombro.

– ¿Estás loco? ¿O sos uno de esos burguesitos que piensan que no se debe aceptar plata de una mujer?

Cuando terminaron de comer fueron caminando hacia Barracas. Después de atravesar en silencio el parque Lezama tomaron por Hernandarias.

– ¿Conoces la historia de la Ciudad Encantada de la Patagonia? -preguntó Alejandra.

– Algo, no gran cosa.

– Algún día te mostraré papeles que todavía quedan en aquella petaca del comandante. Papeles sobre éste.

– ¿Sobre éste? ¿Quién?

Alejandra señaló el letrero.

– Hernandarias.

– ¿En tu casa? ¿Y cómo?

– Papeles, nombres de calles. Es lo único que nos va quedando. Hernandarias es antepasado de los Acevedo. En 1550 hizo la expedición en busca de la Ciudad Encantada.

Caminaron un rato en silencio y luego Alejandra recitó:

Ahí está Buenos Aires. El tiempo que a los hombres

trae el amor o el oro, a mi apenas me deja

esta rosa apagada, esta vana madeja

de calles que repiten los pretéritos nombres

de mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, Suárez…

Nombres en que retumban ya secretas las dianas,

las repúblicas, los caballos y las mañanas,

las felices victorias, las muertes militares…

Volvió a quedarse en silencio durante varias cuadras. Y de pronto preguntó:

– ¿Oís campanadas?

Martín aguzó su oído y contestó que no.

– ¿Qué pasa con las campanadas? -preguntó intrigado.

– Nada, que a veces oigo campanas que existen y otras veces campanas que no existen.

Se rió y agregó:

– A propósito de las iglesias, anoche tuve un sueño curioso. Estaba en una catedral, casi a oscuras, y tenía que avanzar con cuidado para no llevarme por delante la gente. Tenía la impresión (porque no se veía nada) de que la nave estaba repleta. Con grandes dificultades pude por fin acercarme al cura que hablaba en el pulpito. No me era posible entender lo que decía, aunque estaba muy cerca, y lo peor era que tenía la certeza de que se dirigía a mí. Yo oía como un murmullo confuso, como si hablara por un mal teléfono, y eso me angustiaba cada vez más. Abrí mis ojos exageradamente para poder ver, al menos, su expresión. Con horror vi entonces que no tenía cara, que su cara era lisa, y su cabeza no tenía pelo. En ese momento las campanas empezaron a sonar, primero lentamente y luego poco a poco, con mayor intensidad y por fin con una especie de furia, hasta que me desperté. Lo curioso, además, es que en el mismo sueño, tapándome los oídos, yo decía como si eso fuera motivo de horror: ¡son las campanas de Santa Lucía, la iglesia adonde iba de chica!

Se quedó pensativa.

– Me pregunto qué podrá significar -dijo luego-. ¿Vos no crees en el significado de los sueños?

– ¿Vos querés decir lo del psicoanálisis?

– No, no. Bueno, también eso, por qué no. Pero los sueños son misteriosos y hace miles de años que la humanidad viene dándole significados.

Se rió, con la misma risa extraña de un momento antes: no era una risa sana ni tranquila: era inquieta, angustiada.

– Sueño siempre. Con fuego, con pájaros, con pantanos en que me hundo o con panteras que me desgarran, con víboras. Pero sobre todo el fuego. Al final, siempre hay fuego. ¿No crees que el fuego tiene algo enigmático y sagrado?

Llegaban. Desde lejos Martín miró el caserón con su Mirador allá arriba, resto fantasmal de un mundo que ya no existía.

Entraron, atravesando el jardín y bordearon la casa: se oía el disparatado pero tranquilo fraseo del loco con el clarinete.

– ¿Toca siempre? -preguntó Martín.

– Casi. Pero al final no lo notas.

– ¿Sabes que la otra noche, cuando salía, lo vi? Estaba escuchando detrás de la puerta.

– Sí, tiene esa costumbre.

Subieron por la escalera de caracol y nuevamente volvió Martín a experimentar el hechizo de aquella terraza en la noche de verano. Todo podía suceder en aquella atmósfera que parecía colocada fuera del tiempo y del espacio.

Entraron al Mirador y Alejandra dijo:

– Sentáte en la cama. Ya sabes que acá las sillas son peligrosas.

Mientras Martín se sentaba, ella arrojó su cartera y puso a calentar agua. Luego colocó un disco: los sones dramáticos del bandoneón empezaron a configurar una sombría melodía.

– Oí qué letra.

Yo quiero morir contigo, sin confesión y sin Dios, crucificado en mi pena, como abrazado a un rencor.

Después que tomaron el café salieron a la terraza y se acodaron sobre la balaustrada. De abajo se oía el clarinete. La noche era profunda y cálida.

– Bruno siempre dice que, por desgracia, la vida la hacemos en borrador. Un escritor puede rehacer algo imperfecto o tirarlo a la basura. La vida, no: lo que se ha vivido no hay forma de arreglarlo, ni de limpiarlo, ni de tirarlo. ¿Te das cuenta qué tremendo?

– ¿Quién es Bruno?

– Un amigo.

– ¿Qué hace?

– Nada, es un contemplativo, aunque él dice que es simplemente un abúlico. En fin, creo que escribe. Pero nunca le ha mostrado a nadie lo que hace ni creo que nunca publicará nada.

– ¿Y de qué vive?

– El padre tiene molino harinero, en Capitán Olmos. De ahí lo conocemos, era muy amigo de mi madre. Creo -agregó riéndose- que estaba enamorado de ella.

– ¿Cómo era tu madre?

– Dicen que igual a mí, físicamente, quiero decir. Yo apenas la recuerdo: imagínate que tenía cinco años cuando ella murió. Se llamaba Georgina.

– ¿Por qué dijiste que se parecía físicamente?

– Porque espiritualmente yo soy muy distinta. Ella, según me cuenta Bruno, era suave, femenina, delicada, silenciosa.

– Y vos ¿a quién te pareces? ¿A tu padre?

Alejandra se quedó callada. Luego, separándose de Martín dijo con una voz que no era ya la misma de antes, con una voz quebrada y áspera.

– ¿Yo? No sé… Quizá sea la encarnación de alguno de esos demonios menores que son sirvientes de Satanás.

Se desabrochó los dos botones superiores de la blusa y con las dos manos sacudió las pequeñas solapas como si quisiera tomar aire. Respirando con alguna ansiedad, se fue hasta la ventana y allí aspiró el aire varias veces, hasta que pareció calmarse.

– Es una broma -comentó mientras se sentaba como de costumbre al borde de la cama y le hacía un lugar a Martín, a su lado.

– Apaga la luz. A veces me molesta terriblemente, los ojos me arden.

– ¿Querés que me vaya, querés dormir? -preguntó Martín.

– No, no podría dormir. Quédate, si no te aburrís de estar así, sin conversar. Yo me recuesto un rato y vos te podes quedar ahí.

– Me parece mejor que me vaya, que te deje descansar.

Con voz un poco irritada, Alejandra contestó:

– ¿No te das cuenta que quiero que te quedes? Apaga también el velador.

Martín analizó el velador y se volvió a sentar al lado de Alejandra, con su espíritu revuelto, lleno de perplejidad y de timidez: ¿para qué lo necesitaba Alejandra? Él, por el contrario, pensaba que era un ser superfluo y torpe, que no hacía otra cosa que escucharla y admirarla. Ella era la fuerte, la poderosa ¿qué clase de ayuda podía darle él?

– ¿Qué estás ahí mascullando? -preguntó Alejandra desde abajo y sacudiéndolo de un brazo, como para llamarlo a la realidad.

– ¿Mascullando? Nada.

– Bueno, pensando. Algo estás pensando, idiota.

Martín se resistía a decir lo que pensaba, pero supuso que, como siempre, ella lo adivinaba de todos modos.

– Pensaba… que… ¿para qué podrías necesitarme a mí?

– ¿Por qué no?

– Yo soy un muchacho insignificante… Vos, en cambio, sos fuerte, tenés ideas definidas, sos valiente… Vos te podrías defender sola en medio de una tribu de caníbales.

Oyó su risa. Luego Alejandra dijo:

– Yo misma no lo sé. Pero te busqué porque te necesito, porque vos… En fin, ¿para qué rompernos la cabeza?

– Sin embargo -contestó Martín con un acento de amargura- hoy mismo, en el puerto, dijiste que con gusto te irías a una isla lejana ¿no lo dijiste?

– ¿Y qué?

– Dijiste que te irías, no que nos iríamos.

Alejandra se volvió a reír.

Martín la tomó de una mano y con ansiedad le preguntó:

– ¿Te irías conmigo?

Alejandra pareció reflexionar: Martín no podía distinguir sus rasgos.

– Sí… creo que sí… Pero no veo por qué esa perspectiva puede alegrarte.

– ¿Por qué no? -preguntó Martín con dolor.

Con voz seria, ella repuso:

– Porque no soporto a nadie a mi lado y porque te haría mucho, pero muchísimo mal.

– ¿Es que no me querés?

– Ay, Martín… no empecemos con esas preguntas…

– Entonces es porque no me querés.

– Pero sí, pavo. Justamente te haría mal porque te quiero ¿no comprendes? Uno no hace mal a la gente que le es indiferente. Pero la palabra querer, Martín, es tan vasta… Se quiere a un amante, a un perro, a un amigo…

– ¿Y yo? -preguntó temblando Martín-, ¿qué soy para vos? ¿Un amante, un perro, un amigo?…

– Te he dicho que te necesito, ¿no te basta?

Martín se quedó callado: los fantasmas que se habían mantenido rondando de lejos se acercaron sarcásticamente: la palabra Fernando, la frase recordá siempre que soy una basura, su ausencia aquella primera noche de su pieza. Y pensó, con melancólica amargura: "Nunca, nunca". Sus ojos se llenaron de lágrimas y su cabeza, se inclinó hacia adelante, como si aquellos pensamientos la doblegaran con su peso.

Alejandra levantó su mano hasta su cara y con la punta de sus dedos palpó sus ojos.

– Ya me lo imaginaba. Venga para acá.

Lo mantuvo apretado contra ella con uno de sus brazos.

– Vamos a ver si se porta bien -dijo, como quien habla a un niño-. Ya le he dicho que lo necesito y que lo quiero mucho, ¿que más quiere?

Acercó sus labios a su mejilla y la besó. Martín sintió que todo su cuerpo era sacudido.

Abrazando con fuerza a Alejandra, sintiendo su cuerpo cálido junto al suyo, como si un poder invencible lo dominara, empezó entonces a besar su cara, sus ojos, sus mejillas, su pelo, hasta buscar aquella boca grande y carnosa que sentía a su lado. Por un instante fugacísimo sintió que Alejandra rehuía su beso: todo su cuerpo pareció endurecerse y sus brazos tuvieron un movimiento de rechazo. Luego se ablandó y pareció apoderarse de ella un frenesí. Y entonces se produjo un hecho que aterró a Martín: las manos de ella, como si fueran garras, estrujaron sus brazos y desgarraron su carne, al mismo tiempo que lo separaba de sí y se incorporaba.

– ¡No! -gritó, mientras se ponía de pie y corría hacia la ventana.

Asustado, Martín, sin atreverse a acercarse, la veía con el pelo revuelto, aspirando a grandes bocanadas el aire de la noche, como si le faltara, su pecho agitado y sus manos aferradas al alféizar, con los brazos tensos. Con un movimiento violento abrió su blusa con las dos manos, arrancando los botones y cayó al suelo rígida. Su cara fue poniéndose morada, hasta que de pronto su cuerpo empezó a sacudirse.

Aterrado, no sabía qué actitud tomar ni qué hacer. Cuando vio que se caía, corrió hacia ella y la tomó en sus brazos y trató de calmarla. Pero Alejandra no oía ni veía nada: se retorcía y gemía, con los ojos abiertos y alucinados. Martín pensó que no podía hacer otra cosa que llevarla a la cama. Así lo hizo y poco a poco vio con alivio que Alejandra se calmaba y que sus gemidos eran paulatinamente más apagados.

Sentado al borde de la cama, lleno de confusión, de miedo, Martín veía sus pechos desnudos entre la blusa entreabierta. Por un instante pensó que de algún modo, él, Martín, estaba de verdad siendo necesario a aquel ser atormentado y sufriente. Entonces cerró la blusa de Alejandra y esperó. Poco a poco la respiración de ella empezó a ser más acompasada y regular, sus ojos se habían cerrado y parecía adormecida. Así pasó más de una hora. Hasta que, abriendo los ojos y mirándolo, pidió un poco de agua. Sostuvo con uno de sus brazos a Alejandra y le dio de beber.

– Apagá esa luz -dijo ella.

Martín la apagó y volvió a sentarse a su lado.

– Martín -dijo Alejandra con voz apagada-, estoy muy, muy cansada, quisiera dormir, pero no te vayas. Podes dormir aquí, a mi lado.

Él se quitó los zapatos y se acostó al lado de Alejandra.

– Sos un santo -dijo ella, acurrucándose a su lado.

Martín sintió cómo de pronto ella se dormía, mientras él trataba de ordenar el caos de su espíritu. Pero era un vértigo tan incoherente, los razonamientos resultaban siempre tan contradictorios que, poco a poco, fue invadido por un sopor invencible y por la sensación dulcísima (a pesar de todo) de estar al lado de la mujer que amaba.

Pero algo le impidió dormir, y poco a poco fue angustiándose.

Como si el príncipe -pensaba-, después de recorrer vastas y solitarias regiones, se encontrase por fin frente a la gruta donde ella duerme vigilada por el dragón. Y como si, para colmo, advirtiese que el dragón no vigila a su lado amenazante como lo imaginamos en los mitos infantiles sino, lo que era más angustioso, dentro de ella misma: como si fuera una princesa-dragón, un indiscernible monstruo, casto y llameante a la vez, candoroso y repelente al mismo tiempo: como si una purísima niña vestida de comunión tuviese pesadillas de reptil o de murciélago.

Y los vientos misteriosos que parecían soplar desde la oscura gruta del dragón-princesa agitaban su alma y la desgarraban, todas sus ideas eran rotas y mezcladas, y su cuerpo era estremecido por complejas sensaciones. Su madre (pensaba), su madre carne y suciedad, baño caliente y húmedo, oscura masa de pelo y olores, repugnante estiércol de piel y labios calientes. Pero él (trataba de ordenar su caos), pero él había dividido el amor en carne sucia y en purísimo sentimiento; en purísimo sentimiento y en repugnante, sórdido sexo que debía rechazar, aunque (o porque) tantas veces sus instintos se rebelaban, horrorizándose por esa misma rebelión con el mismo horror con que descubría, de pronto, rasgos de su madrecama en su propia cara. Como si su madrecama, pérfida y reptante, lograra salvar los grandes fosos que él desesperadamente cavaba cada día para defender su torre, y ella como víbora implacable, volviese cada noche a aparecer en la torre como fétido fantasma, donde él se defendía con su espada filosa y limpia. ¿Y qué pasaba, Dios mío, con Alejandra? ¿Qué ambiguo sentimiento confundía ahora todas sus defensas? La carne se le aparecía de pronto como espíritu, y su amor por ella, se convertía en carne, en caliente deseo de su piel y de su húmeda y oscura gruta de dragón-princesa. Pero, Dios, Dios, ¿y por qué ella parecía defender esa gruta con llameantes vientos y gritos furiosos de dragón herido? "No debo pensar", se dijo, apretándose las sienes, y trató de permanecer como si retuviera la respiración de su cabeza. Trató de que el tumulto se detuviera. Quedó tenso y vacío por un fugitivo segundo. Y luego, ya limpio por un instante siquiera, pensó con dolorosa lucidez PERO CON MARCOS MOLINA, ALLÁ EN LA PLAYA, NO FUE ASÍ, PUES ELLA LO QUISO O LO DESEÓ Y LO BESÓ FURIOSAMENTE, de modo que era a él, a Martín, a quien rechazaba. Cedió en su tensión y nuevamente aquellos vientos volvieron a barrer Su espíritu, como en una furiosa tormenta, mientras sentía que ella, a su lado, se agitaba, gemía, murmuraba palabras Ininteligibles. "Siempre tengo pesadillas cuando me duermo", había dicho.

Martín se sentó en el borde de la cama y la contempló: a la luz de la luna podía escrutar su rostro agitado por la otra tempestad, la de ella, la que él nunca (pero nunca) conocería. Como si en medio de excrementos y barro, entre tinieblas, hubiese una rosa blanca y delicada. Y lo más extraño de todo era que él quería a ese monstruo equívoco: dragón-princesa, rosafango, niñamurciélago. A ese mismo casto, caliente y acaso corrupto ser que se estremecía cerca de él, cerca de su piel, agitado quién sabe por qué horrendas pesadillas. Y lo más angustioso de todo era que habiéndola aceptado así, era ella la que parecía no querer aceptarlo: como si la niña de blanco (en medio del barro, rodeada por bandas de nocturnos murciélagos, de viscosos e inmundos murciélagos) gimiera por su ayuda y al mismo tiempo rechazara con violentos gestos su presencia, apartándolo de aquel tenebroso sitio. Sí: la princesa se agitaba y gemía. Desde desoladas regiones en tinieblas lo llamaba a él, a Martín. Pero él, un pobre muchacho desconcertado, era incapaz de llegar hasta donde ella estaba, separado por insalvables abismos.

Así que no podía hacer otra cosa que mirarla angustiosamente desde acá y esperar.

– ¡No, no! -exclamaba Alejandra poniendo las manos delante de sí, como para rechazar algo. Hasta que se despertó y nuevamente se repitió la escena que ya Martín había visto en aquella primera noche: él, calmándola, llamándola por su nombre; y ella, ausente y surgiendo poco a poco de un profundo abismo de murciélagos y telarañas.

Sentada en la cama, encorvada sobre sus piernas, su cabeza apoyada sobre sus rodillas, Alejandra poco a poco volvía a la conciencia. Al cabo de un tiempo miró, por fin, a Martín y le dijo:

– Espero que ya te hayas acostumbrado.

Martín, por respuesta, intentó acariciarla con su mano en la cara.

– ¡No me toques! -exclamó ella, retrocediendo.

Se levantó y dijo:

– Voy a bañarme y vuelvo.

– ¿Por qué tardaste tanto? -preguntó cuando por fin la vio reaparecer.

– Tenía mucha suciedad.

Se acostó a su lado, después de encender un cigarrillo.

Martín la miró: nunca sabía cuándo ella bromeaba.

– No bromeo, tonto, lo digo en serio.

Martín permaneció callado: sus dudas, la confusión de sus ideas y sentimientos lo mantenían como paralizado. Su ceño fruncido, miraba al techo y trataba de ordenar su mente.

– ¿Qué pensás?

Tardó un momento en responder.

– Mucho y nada, Alejandra… La verdad es que…

– ¿No sabes qué?

– No sé nada… Desde que te conozco vivo en una confusión total de ideas, de sentimientos… ya no sé cómo proceder en ningún momento… Ahora mismo cuando te despertaste, cuando te quise acariciar… Y antes de dormirte… Cuando…

Se calló y Alejandra nada dijo. Permanecieron los dos en silencio durante largo rato.

Sólo se oían las profundas y ansiosas chupadas que Alejandra daba a su cigarrillo.

– No decís nada -comentó Martín, con amargura.

– Ya te respondí que te quiero, que te quiero mucho.

– ¿Qué soñaste recién? -preguntó Martín, sombríamente.

– ¿Para qué querés saberlo? No vale la pena.

– ¿Ves? tenés un mundo desconocido para mí, ¿cómo podes decir que me querés?

– Te quiero, Martín.

– Bah…, me querés como a un chico.

Ella no dijo nada.

– ¿Ves? -comentó Martín, amargamente-, ¿ves?

– No, tonto, no… Estoy pensando…, yo misma no tengo las cosas claras… Pero te quiero, te necesito, de eso estoy segura…

– No dejaste que te besara. No me dejaste ni siquiera tocarte, hace un momento.

– ¡Dios mío! ¿No ves que soy enferma, que sufro cosas atroces? No tienes idea de la pesadilla que acabo de tener…

– ¿Por eso te bañaste? -preguntó Martín irónicamente.

– Sí, me bañé por la pesadilla.

– ¿Se limpian con agua las pesadillas?

– Sí, Martín, con agua y un poco de detergente.

– No me parece que lo que yo estoy diciendo sea motivo de risa.

– No me río, chiquilín. Me río quizá de mí misma, de mi absurda idea de limpiarme el alma con agua y jabón. ¡Si vieras qué furiosa me refriego!

– Es una idea descabellada.

– Claro que sí.

Alejandra se incorporó, apagó la colilla del cigarrillo contra el cenicero que tenía en la mesita de luz y volvió a acostarse.

– Yo soy un muchacho sin experiencia, Alejandra. Hasta es probable que vos me tengas por un poco tarado. Pero así y todo me pregunto: ¿Por qué, si te disgusta que te toque y que te bese en la boca, me has pedido que me acueste aquí, contigo? Me parece una crueldad. ¿O es otro experimento como con Marcos Molina?

– No, Martín, no es ningún experimento. A Marcos Molina yo no lo quería, ahora lo veo claro. Con vos es distinto. Y, cosa curiosa, que yo misma no me lo explico: necesito tenerte de pronto cerca, junto a mí, sentir el calor de tu cuerpo a mi lado, el contacto de tu mano.

– Pero sin besarte de verdad.

Alejandra tardó un momento en proseguir.

– Mirá, Martín, hay muchas cosas en mí, en… Mirá, no sé… Tal vez porque te tengo mucho cariño. ¿Me entendés?

– No.

– Sí, claro…, yo misma no me lo explico muy bien.

– ¿Nunca te podré besar, nunca podré tocar tu cuerpo? -preguntó Martín casi con cómica e infantil amargura.

Vio que ella se ponía las manos sobre la cara y se la apretaba como si le dolieran las sienes. Después encendió un cigarrillo y sin hablar fue hacia la ventana, donde permaneció hasta concluirlo. Finalmente, volvió hacia la cama, se sentó, lo miró larga y seriamente a Martín y empezó a desnudarse.

Martín, casi aterrorizado, como quien asiste a un acto largamente ansiado pero que en el momento de producirse comprende que también es oscuramente temible, vio cómo su cuerpo iba poco a poco emergiendo de la oscuridad; ya de pie, a la luz de la luna, contemplaba su cintura estrecha, que podía ser abarcada por un solo brazo; sus anchas caderas; sus pechos altos y triangulares, abiertos hacia afuera, trémulos por los movimientos de Alejandra; su largo pelo lacio cayendo ahora sobre sus hombros. Su rostro era serio, casi trágico, y parecía alimentado por una

seca desesperación, por una tensa y casi eléctrica desesperación.

Cosa singular: los ojos de Martín se habían llenado de lágrimas y su piel se estremecía como con fiebre. La veía como un ánfora antigua, alta, bella y temblorosa ánfora de carne; una carne que sutilmente estaba entremezclada, para Martín, a un ansia de comunión, porque, como decía Bruno, una de las trágicas precariedades del espíritu, pero también una de sus sutilezas más profundas, era su imposibilidad de ser sino mediante la carne.

El mundo exterior había dejado de existir para Martín y ahora el círculo mágico lo aislaba vertiginosamente de aquella ciudad terrible de sus miserias y fealdades, de los millones de hombres y mujeres y chicos que hablaban, sufrían, disputaban, odiaban, comían. Por los fantásticos poderes del amor, todo aquello quedaba abolido, menos aquel cuerpo de Alejandra que esperaba a su lado, un cuerpo que alguna vez moriría y se corrompería, pero que ahora era inmortal e incorruptible, como si el espíritu que lo habitaba transmitiese a su carne los atributos de su eternidad. Los latidos de su corazón le demostraban a él, a Martín, que estaba ascendiendo a una altura antes nunca alcanzada, una cima donde el aire era purísimo pero tenso, una alta montaña quizá rodeada de atmósfera electrizada, a alturas inconmensurables sobre los pantanos oscuros y pestilentes en que antes había oído chapotear a bestias deformes y sucias.

Y Bruno (no Martín, claro), Bruno pensó que en ese momento Alejandra pronunciaba un ruego silencioso pero dramático, acaso trágico.

Y también él, Bruno, pensaría luego que la oración no fue escuchada.

<p id="_Toc49270057">XVIII</p>

Cuando Martín se despertó, entraba ya la naciente luminosidad del amanecer.

Alejandra no estaba a su lado. Se incorporó con inquietud y entonces advirtió que estaba apoyada en el alféizar de la ventana, mirando pensativamente hacia afuera.

– Alejandra -dijo con amor.

Ella se dio vuelta, con una expresión que parecía revelar una melancólica preocupación.

Se acercó a la cama y se sentó.

– ¿Hace mucho que estás levantada?

– Un rato. Pero yo me levanto muchas veces.

– ¿Te levantaste esta noche también? -preguntó Martín, con asombro.

– Por supuesto.

– ¿Y cómo no te oí?

Alejandra inclinó la cabeza, apartó la mirada de él, y frunciendo el ceño, como si acentuara su preocupación, iba a decir algo, pero finalmente no dijo nada.

Martín la observó con tristeza, y aunque no comprendía con exactitud la causa de aquella melancolía creía percibir su remoto rumor, su impreciso y oscuro rumor.

– Alejandra… -dijo, mirándola con fervor-vos…

Ella volvió hacia Martín una cara ambigua.

– ¿Yo qué?

Y sin esperar la inútil respuesta, se acercó a la mesita de luz, buscó sus cigarrillos y volvió hacia la ventana.

Martín la seguía con ansiedad, temiendo que, como en los cuentos infantiles, el palacio que se había levantado mágicamente en la noche desapareciese como la luz del alba, en silencio. Algo impreciso le advirtió que estaba a punto de resurgir aquel ser áspero que él tanto temía. Y cuando al cabo de un momento Alejandra se dio vuelta hacia él, supo que el palacio encantado había vuelto a la región de la nada.

– Te he dicho, Martín, que soy una basura. No te olvides que te lo he advertido.

Luego volvió a mirar hacia afuera y prosiguió fumando en silencio.

Martín se sentía ridículo. Se había cubierto con la sábana al advertir su expresión endurecida y ahora pensó que debía vestirse antes que volviera a mirarlo. Tratando de no hacer ruido, se sentó al borde de la cama y empezó a ponerse la ropa, sin apartar sus ojos de la ventana y temiendo el momento en que Alejandra se volviese. Y cuando estuvo vestido, esperó.

– ¿Terminaste? -preguntó ella, como si todo el tiempo hubiese sabido lo que Martín estaba haciendo.

– Sí.

– Bueno, entonces déjame sola.

<p id="_Toc49254304">XIX</p>

Aquella noche Martín tuvo el siguiente sueño: En medio de una multitud se acercaba un mendigo cuyo rostro le era imposible ver, descargaba su hatillo, lo ponía en el suelo, desataba los nudos y, abriéndolo, exponía su contenido ante los ojos de Martín. Entonces levantaba su mirada y murmuraba palabras que resultaban ininteligibles.

El sueño, en sí mismo, no tenía nada de terrible: el mendigo era un simple mendigo y sus gestos eran comunes. Y sin embargo Martín despertó angustiado, como si fuera el trágico símbolo de algo que no alcanzaba a comprender; como si le entregasen una carta decisiva y, al abrirla, observase que sus palabras resultaban indescifrables, desfiguradas y borradas por el tiempo, la humedad y los dobleces.

<p id="_Toc49254305">XX</p>

Cuando años después Martín intentaba encontrar la clave de aquella relación, entre las cosas que refirió a Bruno le dijo que, no obstante los contrastes de humor de Alejandra, durante algunas semanas había sido feliz. Y como Bruno levantara las cejas y marcara aquellas arrugas que atravesaban su frente horizontalmente ante una palabra tan inesperada en algo que tuviera que ver con Alejandra; y como Martín comprendiera ese pequeño y tácito comentario, agregó, después de pensarlo un momento:

– Mejor dicho: casi feliz. Pero inmensamente.

Porque la palabra "felicidad", en efecto, no era apropiada para nada que tuviera alguna vinculación con Alejandra; y no obstante había sido algo, un sentimiento o estado de espíritu que se aproximaba más que nada a eso que se llama felicidad, sin alcanzar a serlo en forma cabal (y por eso el "casi"), dada la inquietud y la inseguridad de todo lo que concernía a Alejandra; y alcanzando algo así como elevadísimas cumbres (y de ahí el "inmensamente"), cumbres en que Martín había sentido esa majestad y esa pureza, esa sensación de fervoroso silencio y de éxtasis solitario que experimentan los alpinistas en los grandes picos.

Bruno lo miraba pensativo, con su mentón apoyado en un puño.

– Y ella -preguntó- ¿también era feliz?

Pregunta que tenía, aun involuntariamente, una imperceptible y afectuosa tonalidad de ironía, semejante a la que podría tener la pregunta "¿siempre bien por su casa?" a un familiar de uno de esos especialistas téjanos en incendios petrolíferos. Pregunta cuyo matiz de incredulidad acaso Martín no advirtiera, pero cuya formulación literal lo hizo reflexionar, como si antes no hubiese meditado en esa posibilidad. De manera que, después de una pausa, respondió (pero ya su espíritu perturbado por la duda de Bruno, que rápida aunque sigilosamente se había propagado a su ánimo):

– Bueno… tal vez… en aquel período…

Y se quedó cavilando sobre la dosis de felicidad que ella podría haber sentido, o por lo menos manifestado: en alguna sonrisa, en alguna canción, en algunas palabras. Mientras Bruno se decía: Y bueno, ¿por qué no?, ¿y qué es la felicidad, al fin de cuentas?, ¿y por qué ella no habría de haberla sentido con aquel muchacho, por lo menos en los momentos de triunfo sobre sí misma, en aquel tiempo en que sometió su cuerpo y su espíritu a un duro combate para librarse de los demonios? Y seguía mirando a Martín con la cabeza apoyada sobre un puño, tratando de entender un poco más a Alejandra a través de la tristeza, las esperanzas póstumas y el fervor de Martín; con la misma melancólica atención (pensaba) con que de algún modo se revive un país lejano y misterioso que alguna vez se visitó con pasión, a través de los relatos de otros viajeros, aunque lo haya recorrido por otros caminos, en otros tiempos.

Y como sucede casi siempre que se intercambian opiniones, que se llega a cierto término medio donde ni una ni otra tienen la dureza y la definida calidad que mostraban al principio; mientras Bruno terminaba por aceptar que bien podría Alejandra haber sentido algún género o alguna medida de felicidad, Martín, por su parte, reexaminando recuerdos (una expresión, una mueca, una risa sarcástica) concluía que Alejandra no había sido feliz ni siquiera en aquellas pocas semanas. Porque, ¿cómo explicar, si no, el horrible derrumbe que luego se produjo? ¿No significaría eso que dentro de su espíritu atormentado habían seguido pugnando aquellos demonios que él sabía que existían, pero que quería ignorarlos haciéndose como distraído, como si de ese modo candorosamente mágico fuera capaz de aniquilarlos? Y no sólo acudían a su memoria palabras significativas que desde el mismo comienzo llamaron su atención (los ciegos, Fernando), sino gestos e ironías respecto a terceros como Molinari, silencios y reticencias, y, sobre todo, aquella enajenación en que parecía vivir días enteros y durante los cuales Martín tenía la convicción de que su espíritu estaba en otro lado, y en que su cuerpo quedaba tan abandonado como esos cuerpos de los salvajes cuando el alma les ha sido arrancada por el hechizo y vaga por regiones desconocidas. Y también pensaba en sus bruscos cambios de humor, en sus ataques de furia y en los sueños de los que de tanto en tanto él recibía una vaga y alterada noticia. Pero, con todo, seguía creyendo que en aquel lapso Alejandra lo había querido intensamente y había tenido instantes de tranquilidad o de paz, si no de felicidad; pues recordaba tardes de apacible belleza, frases cariñosas y tontas que se dicen en tales ocasiones, pequeños gestos de ternura y bromas amables. Y en cualquier caso había sido como uno de esos combatientes que llegan del frente, heridos y maltrechos, desangrados y casi inermes, y que, poco a poco, vuelven a la vida, en días de dulce serenidad al lado de aquellos que los cuidan y curan.

Algo de todo eso le dijo a Bruno, y Bruno se quedó pensando, no muy seguro que tampoco fuera así; o, por lo menos de que no solamente fuera así. Y como Martín lo miraba, esperando una respuesta, gruñó algo ininteligible, tan poco claro como sus pensamientos.

No, tampoco Martín veía claro, y en verdad nunca pudo explicarse ni la forma ni el desarrollo de aquel progreso, aunque cada vez más se sentía inclinado a suponer que Alejandra nunca salió completamente del caos en que vivía antes de conocerlo, aunque llegara a tener momentos de calma; pero aquellas fuerzas tenebrosas que trabajaban en su interior no la habían abandonado nunca, hasta que estallaron de nuevo y con toda su furia hacia el final. Como si al agotarse su capacidad de lucha y al comprender su fracaso, su desesperación hubiese resurgido con redoblada violencia.

Martín abrió su cortaplumas y dejó que su memoria recorriera aquel tiempo que ahora le parecía remotísimo. Su memoria era como un viejo casi ciego que, con su bastón, va tanteando antiguos senderos ahora cubiertos de malezas. Un paisaje transformado por el tiempo, por las desdichas y las tempestades. ¿Había sido feliz? No, qué tontería. Más bien había habido una sucesión de éxtasis y de catástrofes. Y volvía a recordar aquel amanecer en el

Mirador, al terminar de vestirse, oyendo aquella terrible frase de Alejandra:

"Bueno, entonces déjame sola". Y luego, caminando como un autómata por la calle Isabel la Católica, perplejo y conmovido. Y los días que siguieron, sin trabajo, solitarios, esperando algún signo propicio de Alejandra, otros momentos de exaltación y nuevamente la desilusión y el dolor. Sí, como una sirvienta que cada noche era llevada al palacio encantado, para despertar cada día en su pocilga.


NOTICIA PRELIMINAR

<p id="_Toc49270039">NOTICIA PRELIMINAR</p>

Las primeras investigaciones revelaron que el antiguo Mirador que servía de dormitorio a Alejandra fue cerrado con llave desde dentro por la propia Alejandra. Luego (aunque, lógicamente, no se puede precisar el lapso transcurrido) mató a su padre de cuatro balazos con una pistola calibre 32. Finalmente, echó nafta y prendió fuego.

Esta tragedia, que sacudió a Buenos Aires por el relieve de esa vieja familia argentina, pudo parecer al comienzo la consecuencia de un repentino ataque de locura. Pero ahora un nuevo elemento de juicio ha alterado ese primitivo esquema. Un extraño "Informe sobre ciegos", que Fernando Vidal terminó de escribir la noche misma de su muerte, fue descubierto en el departamento que, con nombre supuesto, ocupaba en Villa Devoto. Es, de acuerdo con nuestras referencias, el manuscrito de un paranoico. Pero no obstante se dice que de él es posible inferir ciertas interpretaciones que echan luz sobre el crimen y hacen ceder la hipótesis del acto de locura ante una hipótesis más tenebrosa. Si esa inferencia es correcta, también se explicaría por qué Alejandra no se suicidó con una de las dos balas que restaban en la pistola, optando por quemarse viva.

[Fragmento de una crónica policial publicada el 28 de junio de 1955 por La Razón de Buenos Aires.]


I

<p id="_Toc49270040">I</p>

Un sábado de mayo de 1953, dos años antes de los acontecimientos de Barracas, un muchacho alto y encorvado caminaba por uno de los senderos del parque Lezama.

Se sentó en un banco, cerca de la estatua de Ceres, y permaneció sin hacer nada, abandonado a sus pensamientos. "Como un bote a la deriva en un gran lago aparentemente tranquilo pero agitado por corrientes profundas", pensó Bruno, cuando, después de la muerte de Alejandra, Martín le contó, confusa y fragmentariamente, algunos de los episodios vinculados a aquella relación. Y no sólo lo pensaba sino que lo comprendía ¡y de qué manera!, ya que aquel Martín de diecisiete años le recordaba a su propio antepasado, al remoto Bruno que a veces vislumbraba a través de un territorio neblinoso de treinta años; territorio enriquecido y devastado por el amor, la desilusión y la muerte. Melancólicamente lo imaginaba en aquel viejo parque, con la luz crepuscular demorándose sobre las modestas estatuas, sobre los pensativos leones de bronce, sobre los senderos cubiertos de hojas blandamente muertas. A esa hora en que comienzan a oírse los pequeños murmullos, en que los grandes ruidos se van retirando, como se apagan las conversaciones demasiado fuertes en la habitación de un moribundo; y entonces, el rumor de la fuente, los pasos de un hombre que se aleja, el gorjeo de los pájaros que no terminan de acomodarse en sus nidos, el lejano grito de un niño, comienzan a notarse con extraña gravedad. Un misterioso acontecimiento se produce en esos momentos: anochece. Y todo es diferente: los árboles, los bancos, los jubilados que encienden alguna fogata con hojas secas, la sirena de un barco en la Dársena Sur, el distante eco de la ciudad. Esa hora en que todo entra en una existencia más profunda y enigmática. Y también más temible, para los seres solitarios que a esa hora permanecen callados y pensativos en los bancos de las plazas y parques de Buenos Aires.

Martín levantó un trozo de diario abandonado, un trozo en forma de país: un país inexistente, pero posible. Mecánicamente leyó las palabras que se referían a Suez, a comerciantes que iban a la cárcel de Villa Devoto, a algo que dijo Gheorghiu al llegar. Del otro lado, medio manchada por el barro, se veía una foto: PERÓN VISITA EL TEATRO DISCÉPOLO. Más abajo, un ex combatiente mataba a su mujer y a otras cuatro personas a hachazos.

Arrojó el diario: "Casi nunca suceden cosas" le diría Bruno, años después, "aunque la peste diezme una región de la India ". Volvía a ver la cara pintarrajeada de su madre diciendo "existís porque me descuidé". Valor, sí señor, valor era lo que le había faltado. Que si no, habría terminado en las cloacas.

Madrecloaca.

Cuando de pronto -dijo Martín- tuve la sensación de que alguien estaba a mis espaldas, mirándome.

Durante unos instantes permaneció rígido, con esa rigidez expectante y tensa, cuando, en la oscuridad del dormitorio, se cree oír un sospechoso crujido. Porque muchas veces había sentido esa sensación sobre la nuca, pero era simplemente molesta o desagradable; ya que (explicó) siempre se había considerado feo y risible, y lo molestaba la sola presunción de que alguien estuviera estudiándolo o por lo menos observándolo a sus espaldas; razón por la cual se sentaba en los asientos últimos de los tranvías y ómnibus, o entraba al cine cuando las luces estaban apagadas. En tanto que en aquel momento sintió algo distinto. Algo -vaciló como buscando la palabra más adecuada-, algo inquietante, algo similar a ese crujido sospechoso que oímos, o creemos oír, en la profundidad de la noche.

Hizo un esfuerzo para mantener los ojos sobre la estatua, pero en realidad no la veía más: sus ojos estaban vueltos hacia dentro, como cuando se piensa en cosas pasadas y se trata de reconstruir oscuros recuerdos que exigen toda la concentración de nuestro espíritu.

"Alguien está tratando de comunicarse conmigo", dijo que pensó agitadamente.


La sensación de sentirse observado agravó, como siempre, sus vergüenzas: se veía feo, desproporcionado, torpe. Hasta sus diecisiete años se le ocurrían grotescos.

"Pero si no es así", le diría dos años después la muchacha que en ese momento estaba a sus espaldas; un tiempo enorme -pensaba Bruno-, porque no se medía por meses y ni siquiera por años, sino, como es propio de esa clase de seres, por catástrofes espirituales y por días de absoluta soledad y de inenarrable tristeza; días que se alargan y se deforman como tenebrosos fantasmas sobre las paredes del tiempo. "Si no es así de ningún modo", y lo escrutaba como un pintor observa a su modelo, chupando nerviosamente su eterno cigarrillo.

"Espera", decía.

"Sos algo más que un buen mozo", decía.

"Sos un muchacho interesante y profundo, aparte de que tenés un tipo muy raro."

– Sí, por supuesto -admitía Martín, sonriendo con amargura, mientras pensaba "ya ves que tengo razón"-, porque todo eso se dice cuando uno no es un buen mozo y todo lo demás no tiene importancia.

"Pero te digo que esperes", contestaba con irritación. "Sos largo y angosto, como un personaje del Greco."

Martín gruñó.

"Pero callate", prosiguió con indignación, como un sabio que es interrumpido o distraído con trivialidades en el momento en que está a punto de hallar la ansiada fórmula final. Y volviendo a chupar ávidamente el cigarrillo, como era habitual en ella cuando se concentraba, y frunciendo fuertemente el ceño, agregó:

"Pero, sabes: como rompiendo de pronto con ese proyecto de asceta español te revientan unos labios sensuales. Y además tenés esos ojos húmedos. Callate, ya sé que no te gusta nada todo esto que te digo pero déjame terminar. Creo que las mujeres te deben encontrar atractivo, a pesar de lo que vos te supones. Sí, también tu expresión. Una mezcla de pureza, de melancolía y de sensualidad reprimida. Pero además… un momento… Una ansiedad en tus ojos, debajo de esa frente que parece un balcón saledizo. Pero no sé si es todo eso lo que me gusta en vos. Creo que es otra cosa…

Que tu espíritu domina sobre tu carne, como si estuvieras siempre en posición de firme. Bueno, gustar acaso no sea la palabra, quizá me sorprende, o me admira o me irrita, no sé… Tu espíritu reinando sobre tu cuerpo como un dictador austero.

"Como si Pío XII tuviera que vigilar un prostíbulo. Vamos, no te enojes, si ya sé que sos un ser angelical. Además, como te digo, no sé si eso me gusta en vos o es lo que más odio."

Hizo un gran esfuerzo por mantener la mirada sobre la estatua. Dijo que en aquel momento sintió miedo y fascinación; miedo de darse vuelta y un fascinante deseo de hacerlo. Recordó que una vez, en la quebrada de Humahuaca, al borde de la Garganta del Diablo, mientras contemplaba a sus pies el abismo negro, una fuerza irresistible lo empujó de pronto a saltar hacia el otro lado. Y en ese momento le pasaba algo parecido: como si se sintiese impulsado a saltar a través de un oscuro abismo "hacia el otro lado de su existencia". Y entonces, aquella fuerza inconsciente pero irresistible le obligó a volver su cabeza.

Apenas la divisó, apartó con rapidez su mirada, volviendo a colocarla sobre la estatua. Tenía pavor por los seres humanos: le parecían imprevisibles, pero sobre todo perversos y sucios. Las estatuas, en cambio, le proporcionaban una tranquila felicidad, pertenecían a un mundo ordenado, bello y limpio.

Pero le era imposible ver la estatua: seguía manteniendo la imagen fugaz de la desconocida, la mancha azul de su pollera, el negro de su pelo lacio y largo, la palidez de su cara, su rostro clavado sobre él. Apenas eran manchas, como en un rápido boceto de pintor, sin ningún detalle que indicase una edad precisa ni un tipo determinado. Pero sabía -recalcó la palabra- que algo muy importante acababa de suceder en su vida: no tanto por lo que había visto, sino por el poderoso mensaje que recibió en silencio.

– Usted, Bruno, me lo ha dicho muchas veces. Que no siempre suceden cosas, que casi nunca suceden cosas. Un hombre cruza el estrecho de los Dardanelos, un señor asume la presidencia en Austria, la peste diezma una región de la India, y nada tiene importancia para uno. Usted mismo me ha dicho que es horrible, pero es así. En cambio, en aquel momento, tuve la sensación nítida de que acababa de suceder algo. Algo que cambiaría el curso de mi vida.

No podía precisar cuánto tiempo transcurrió, pero recordaba que después de un lapso que le pareció larguísimo sintió que la muchacha se levantaba y se iba. Entonces, mientras se alejaba, la observó: era alta, llevaba un libro en la mano izquierda y caminaba con cierta nerviosa energía. Sin advertirlo, Martín se levantó y empezó a caminar en la misma dirección. Pero de pronto, al tener conciencia de lo que estaba sucediendo y al imaginar que ella podía volver la cabeza y verlo detrás, siguiéndola, se detuvo con miedo. Entonces la vio alejarse en dirección al alto, por la calle Brasil hacia Balcarce.

Pronto desapareció de su vista.

Volvió lentamente a su banco y se sentó.

– Pero -le dijo- ya no era la misma persona que antes. Y nunca lo volvería a ser.


II

<p id="_Toc49270041">II</p>

Pasaron muchos días de agitación. Porque sabía que volvería a verla, tenía la seguridad de que ella volvería al mismo lugar.

Durante ese tiempo no hizo otra cosa que pensar en la muchacha desconocida y cada tarde se sentaba en aquel banco, con la misma mezcla de temor y de esperanza.

Hasta que un día, pensando que todo había sido un disparate, decidió ir a la Boca, en lugar de acudir una vez más, ridículamente, al banco del parque Lezama. Y estaba ya en la calle Almirante Brown cuando empezó a caminar de vuelta hacia el lugar habitual; primero con lentitud y como vacilando, con timidez; luego, con creciente apuro, hasta terminar corriendo, como si pudiese llegar tarde a una cita convenida de antemano.

Sí, allá estaba. Desde lejos la vio caminando hacia él.

Martín se detuvo, mientras sentía cómo golpeaba su corazón.

La muchacha avanzó hacia él y cuando estuvo a su lado le dijo:

– Te estaba esperando.

Martín sintió que sus piernas se aflojaban.

– ¿A mí? -preguntó enrojeciendo.

No se atrevía a mirarla, pero pudo advertir que estaba vestida con un sweater negro de cuello alto y una falda también negra, o tal vez azul muy oscuro (eso no lo podía precisar, y en realidad no tenía ninguna importancia). Le pareció que sus ojos eran negros.

– ¿Los ojos negros? -comentó Bruno.

No, claro está: le había parecido. Y cuando la vio por segunda vez advirtió con sorpresa que sus ojos eran de un verde oscuro. Acaso aquella primera impresión se debió a la poca luz, o a la timidez que le impedía mirarla de frente, o, más probablemente, a las dos causas juntas. También pudo observar, en ese segundo encuentro, que aquel pelo largo y lacio que creyó tan renegrido tenía, en realidad, reflejos rojizos. Más adelante fue completando su retrato: sus labios eran gruesos y su boca grande, quizá muy grande, con unos pliegues hacia abajo en las comisuras, que daban sensación de amargura y de desdén.

"Explicarme a mí cómo es Alejandra, se dijo Bruno, cómo es su cara, cómo son los pliegues de su boca." Y pensó que eran precisamente aquellos pliegues desdeñosos y cierto tenebroso brillo de sus ojos lo que sobre todo distinguía el rostro de Alejandra del rostro de Georgina, a quien de verdad él había amado. Porque ahora lo comprendía, había sido a ella a quien verdaderamente quiso, pues cuando creyó enamorarse de Alejandra era a la madre de Alejandra a quien buscaba, como esos monjes medievales que intentaban descifrar el texto primitivo debajo de las restauraciones, debajo de las palabras borradas y sustituidas. Y esa insensatez había sido la causa de tristes desencuentros con Alejandra, experimentando a veces la misma sensación que podría sentirse al llegar, después de muchísimos años de ausencia, a la casa de la infancia y, al intentar abrir una puerta en la noche, encontrarse con una pared. Claro que su cara era casi la misma que la de Georgina: su mismo pelo negro con reflejos rojizos, sus ojos grisverdosos, su misma boca grande, sus mismos pómulos mongólicos, su misma piel mate y pálida. Pero aquel "casi" era atroz, y tanto más cuanto más sutil e imperceptible porque de ese modo el engaño era más profundo y doloroso. Ya que no bastan -pensaba- los huesos y la carne para construir un rostro, y es por eso que es infinitamente menos físico que el cuerpo: está calificado por la mirada, por el rictus de la boca, por las arrugas, por todo ese conjunto de sutiles atributos con que el alma se revela a través de la carne. Razón por la cual, en el instante mismo en que alguien muere, su cuerpo se transforma bruscamente en algo distinto, tan distinto como para que podamos decir "no parece la misma persona", no obstante tener los mismos huesos y la misma materia que un segundo antes, un segundo antes de ese misterioso momento en que el alma se retira del cuerpo y en que éste queda tan muerto como queda una casa cuando se retiran para siempre los seres que la habitan y, sobre todo, que sufrieron y se amaron en ella. Pues no son las paredes, ni el techo, ni el piso lo que individualiza la casa sino esos seres que la viven con sus conversaciones, sus risas, con sus amores y odios; seres que impregnan la casa de algo inmaterial pero profundo, de algo tan poco material como es la sonrisa en un rostro, aunque sea mediante objetos físicos como alfombras, libros o colores. Pues los cuadros que vemos sobre las paredes, los colores con que han sido pintadas las puertas y ventanas, el diseño de las alfombras, las flores que encontramos en los cuartos, los discos y libros, aunque objetos materiales (como también pertenecen a la carne los labios y las cejas), son, sin embargo, manifestaciones del alma; ya que el alma no puede manifestarse a nuestros ojos materiales sino por medio de la materia, y eso es una precariedad del alma pero también una curiosa sutileza.

– ¿Cómo, cómo? -preguntó Bruno. "Vine para verte", dijo Martín que dijo Alejandra. Ella se sentó en el césped. Y Martín ha de haber manifestado mucho asombro en su expresión porque la muchacha agregó:

– ¿No crees acaso, en la telepatía? Sería sorprendente, porque tenés todo el tipo. Cuando los otros días te vi en el banco, sabía que terminarías por darte vuelta. ¿No fue así? Bueno, también ahora estaba segura de que te acordarías de mí.

Martín no dijo nada. ¡Cuántas veces se iban a repetir escenas semejantes: ella adivinando su pensamiento y él escuchándola en silencio! Tenía la exacta sensación de conocerla, esa sensación que a veces tenemos de haber visto a alguien en una vida anterior, sensación que se parece a la realidad como un sueño a los hechos de la vigilia. Y debía pasar mucho tiempo hasta que comprendiese por qué Alejandra le resultaba vagamente conocida y entonces Bruno volvió a sonreír para sí mismo.

Martín la observó con deslumbramiento: su pelo renegrido contra su piel mate y pálida, su cuerpo alto y anguloso; había algo en ella que recordaba a las modelos que aparecen en las revistas de modas, pero revelaba a la vez una aspereza y una profundidad que no se encuentran en esa clase de mujeres. Pocas veces, casi nunca, la vería tener un rasgo de dulzura, uno de esos rasgos que se consideran característicos de la mujer y sobre todo de la madre. Su sonrisa era dura y sarcástica, su risa era violenta, como sus movimientos y su carácter en genera "Me costó mucho aprender a reír -le dijo un día-, pero nunca me río desde dentro".

– Pero -agregó Martín mirando a Bruno, con esa voluptuosidad que encuentran los enamorados en hacer que los demás reconozcan los atributos del ser que aman-, pero ¿no es cierto que los hombres y aun las mujeres daban vuelta la cabeza para mirarla?

Y mientras Bruno asentía, sonriendo para sus adentros ante aquella candorosa expresión de orgullo, pensó que así era en efecto, y que siempre y donde fuese Alejandra despertaba la atención de los hombres y también de las mujeres. Aunque por motivos diferentes, porque a las mujeres no las podía ver, las detestaba, sostenía que formaban una raza despreciable y sostenía que únicamente podía mantenerse amistad con algunos hombres; y las mujeres, por su parte, la detestaban a ella con la misma intensidad y por motivos inversos, fenómeno que a Alejandra apenas le suscitaba la más desdeñosa indiferencia. Aunque seguramente la detestaban sin dejar de admirar en secreto aquella figura que Martín llamaba exótica pero que en realidad era una paradojal manera de ser argentina, ya que ese tipo de rostros es frecuente en los países sudamericanos, cuando el color y los rasgos de un blanco se combinan con los pómulos y los ojos mongólicos del indio. Y aquellos ojos hondos y ansiosos, aquella gran boca desdeñosa, aquella mezcla de sentimientos y pasiones contradictorias que se sospechaban en sus rasgos (de ansiedad y de fastidio, de violencia y de una suerte de distraimiento, de sensualidad casi feroz y de una especie de asco por algo muy general y profundo), todo confería a su expresión un carácter que no se podía olvidar.

Martín también dijo que aunque no hubiese pasado nada entre ellos, aunque sólo hubiera estado o hablado con ella en una única ocasión, a propósito de cualquier nimiedad, no habría podido ya olvidar su cara en el resto de su vida. Y Bruno pensaba que era cierto, pues era algo más que hermosa. O, mejor dicho no se podía estar seguro de que fuera hermosa. Era distinto. Y resultaba poderosamente atractiva para los hombres, como se advertía caminando a su lado. Tenía cierto aire distraído y concentrado a la vez, como si estuviera cavilando en algo angustioso o mirando hacia adentro, y era seguro que cualquiera que tropezase con ella debía preguntarse, ¿quién es esta mujer, qué busca, qué está pensando?

Aquel primer encuentro fue decisivo para Martín. Hasta ese momento, las mujeres eran o esas vírgenes puras y heroicas de las leyendas, o seres superficiales y frívolos, chismosos y sucios, ególatras y charlatanes, pérfidos y materialistas ("como la propia madre de Martín", pensó Bruno que Martín pensaba). Y de pronto se encontraba con una mujer que no encajaba en ninguno de esos dos moldes, moldes que hasta ese encuentro él había creído que eran los únicos. Durante mucho tiempo le angustió esa novedad, ese inesperado género de mujer que, por un lado, parecía poseer algunas de las virtudes de aquel modelo heroico que tanto le había apasionado en sus lecturas adolescentes, y, por otro lado, revelaba esa sensualidad que él creía propia de la clase que execraba. Y aún entonces, ya muerta Alejandra, y después de haber mantenido con ella una relación tan intensa, no alcanzaba a ver con claridad en aquel gran enigma; y se solía preguntar qué habría hecho en aquel segundo encuentro si hubiera adivinado que ella era lo que luego los acontecimientos revelaron. ¿Habría huido?

Bruno lo miró en silencio: "Sí, ¿qué habría hecho?" Martín lo miró a su vez con concentrada atención y después de unos segundos, dijo:

– Sufrí con ella tanto que muchas veces estuve al borde del suicidio.

"Y, no obstante, aun así, aun sabiendo de antemano todo lo que luego me sucedió, habría corrido a su lado."

"Por supuesto", pensó Bruno. "¿Y qué otro hombre, muchacho o adulto, tonto o sabio, no habría hecho lo mismo?" -Me fascinaba -agregó Martín- como un abismo tenebroso y si me desesperaba era precisamente porque la quería y la necesitaba. ¿Cómo ha de desesperarnos algo que nos resulta indiferente?

Quedó largo rato pensativo y luego volvió a su obsesión: se empecinaba en recordar (en tratar de recordar) los momentos con ella, como los enamorados releen la vieja carta de amor que guardan en el bolsillo, cuando ya está alejado para siempre el ser que la escribió; y, también como en la carta, los recuerdos se iban agrietando y envejeciendo, se perdían frases enteras en los dobleces del alma, la tinta iba desvaneciéndose y, con ella, hermosas y mágicas palabras que creaban el sortilegio. Y entonces era necesario esforzar la memoria como quien esfuerza la vista y la acerca al resquebrajado y amarillento papel. Sí, sí: ella le había preguntado por dónde vivía, mientras arrancaba un yuyito y empezaba a masticar el tallo (hecho que recordaba con nitidez). Y después le habría preguntado con quién vivía. Con su padre, le respondió. Y después de un momento de vacilación, agregó que también vivía con su madre. "¿Y qué hace tu padre?" le preguntó entonces Alejandra, a lo que él no respondió en seguida, hasta que por fin dijo que era pintor. Pero al decir la palabra "pintor" su voz fue levemente distinta, como si fuese frágil, y temió que el tono de su voz hubiese llamado la atención de ella como debe llamar la atención de la gente la forma de caminar de alguien que atraviesa un techo de vidrio. Y que algo raro notó Alejandra en aquella palabra lo probaba el hecho de que se inclinó hacia él y lo observó.

– Te estás poniendo colorado -comentó.

– ¿Yo? -preguntó Martín.

Y, como sucede siempre en esas circunstancias, enrojeció aun más.

– Pero, ¿qué te pasa? -insistió ella, con el tallito en

suspenso.

– Nada, qué me va a pasar.

Se produjo un momento de silencio, luego Alejandra volvió a recostarse de espaldas sobre el césped, recomenzando su tarea con el tallito. Y mientras Martín miraba una batalla de cruceros de algodón, reflexionaba que él no tenía por qué avergonzarse del fracaso de su padre.

Una sirena de barco se oyó desde la Dársena y Martín pensó Coral Sea, Islas Marquesas. Pero dijo:

– Alejandra es un nombre raro. -¿Y tu madre? -preguntó.

Martín se sentó y empezó a arrancar unas matitas de hierba. Encontró una piedrita y pareció estudiar su naturaleza, como un geólogo. -¿No me oís? -Sí.

– Te pregunté por tu madre.

– Mi madre -respondió Martín en voz baja- es una cloaca.

Alejandra se incorporó a medias, apoyándose sobre un codo y mirándolo con atención. Martín, sin dejar de examinar la piedrita, se mantenía en silencio, con las mandíbulas muy apretadas, pensando cloaca, madrecloaca. Y después agregó:

– Siempre fui un estorbo. Desde que nací. Sentía como si gases venenosos y fétidos hubiesen sido inyectados en su alma, a miles de libras de presión. Su alma, hinchándose cada año más peligrosamente, no cabía ya en su cuerpo y amenazaba en cualquier momento lanzar la inmundicia a chorros por las grietas.

– Siempre grita: ¡Por qué me habré descuidado!

Como si toda la basura de su madre la hubiese ido acumulando en su alma, a presión, pensaba, mientras Alejandra lo miraba, acodada sobre un costado. Y palabras como feto, baño, cremas, vientre, aborto, flotaban en su mente, en la mente de Martín, como residuos pegajosos y nauseabundos sobre aguas estancadas y podridas. Y entonces, como si hablara consigo mismo, agregó que durante mucho tiempo había creído que no lo había amamantado por falta de leche, hasta que un día su madre le gritó que no lo había hecho para no deformarse y también le explicó que había hecho todo lo posible para abortar, menos el raspajo, porque odiaba el sufrimiento tanto como adoraba comer caramelos y bombones, leer revistas de radio y escuchar música melódica. Aunque también decía que le gustaba la música seria, los valses vieneses y el príncipe Kalender. Que desgraciadamente ya no estaba más. Así que podía imaginar con qué alegría lo recibió, después de luchar durante meses saltando a la cuerda como los boxeadores y dándose golpes en el vientre, razón por la cual (le explicaba su madre a gritos) él había salido medio tarado, ya que era un milagro que no hubiese ido a parar a las cloacas.

Se calló, examinó la piedrita una vez más y luego la arrojó lejos.

– Será por eso -agregó- que cuando pienso en ella siempre se me asocia la palabra cloaca.

Volvió a reírse con aquella risa.

Alejandra lo miró asombrada porque Martín todavía tuviese ánimo para reírse. Pero al verle las lágrimas seguramente comprendió que aquello que había estado oyendo no era risa sino (como sostenía Bruno) ese raro sonido que en ciertos seres humanos se produce en ocasiones muy insólitas y que, acaso por precariedad de la lengua, uno se empeña en clasificar como risa o como llanto; porque es el resultado de una combinación monstruosa de hechos suficientemente dolorosos como para producir el llanto (y aun el desconsolado llanto) y de acontecimientos lo bastante grotescos como para querer transformarlo en risa. Resultando así una especie de manifestación híbrida y terrible, acaso la más terrible que un ser humano pueda dar; y quizá la más difícil de consolar, por la intrincada mezcla que la provoca. Sintiendo muchas veces uno ante ella el mismo y contradictorio sentimiento que experimentamos ante ciertos jorobados o rengos. Los dolores en Martín se habían ido acumulando uno a uno sobre sus espaldas de niño, como una carga creciente y desproporcionada (y también grotesca), de modo que él sentía que debía moverse con cuidado, caminando siempre como un equilibrista que tuviera que atravesar un abismo sobre un alambre, pero con una carga grosera y maloliente, como si llevara enormes fardos de basura y excrementos, y monos chillones, pequeños payasos vociferantes y movedizos, que mientras él concentraba toda su atención en atravesar el abismo sin caerse, el abismo negro de su existencia, le gritaban cosas hirientes, se mofaban de él y armaban allá arriba, sobre los fardos de basura y excrementos, una infernal algarabía de insultos y sarcasmos. Espectáculo que (a su juicio) debía despertar en los espectadores una mezcla de pena y de enorme y monstruoso regocijo, tan tragicómico era; motivo por el cual no se consideraba con derechos a abandonarse al simple llanto, ni aun ante un ser como Alejandra, un ser que parecía haber estado esperando durante un siglo, y pensaba que tenía el deber, el deber casi profesional de un payaso a quien le ha ocurrido la mayor desgracia, de convertir aquel llanto en una mueca de risa. Pero, sin embargo, a medida que había ido confesando aquellas pocas palabras claves a Alejandra, sentía como una liberación y por un instante pensó que su mueca risible podía por fin convertirse en un enorme, convulsivo y tierno llanto; derrumbándose sobre ella como si por fin hubiese logrado atravesar el abismo. Y así lo hubiera hecho, así lo hubiera querido hacer. Dios mío, pero no lo hizo: sino que apenas inclinó su cabeza sobre el pecho, dándose vuelta para ocultar sus lágrimas.


III

<p id="_Toc49270042">III</p>

Pero cuando años después Martín hablaba con Bruno de aquel encuentro apenas quedaban frases sueltas, el recuerdo de una expresión, de una caricia, la sirena melancólica de aquel barco desconocido: como fragmentos de columnas, y si permanecía en su memoria, acaso por el asombro que le produjo, era una que ella le había dicho en aquel encuentro, mirándolo con cuidado:

– Vos y yo tenemos algo en común, algo muy importante. Palabras que Martín escuchó con sorpresa, pues ¿qué podía tener él en común con aquel ser portentoso?

Alejandra le dijo, finalmente, que debía irse, pero que en otra ocasión le contaría muchas cosas y que -lo que a Martín le pareció más singular- tenía necesidad de contarle.

Cuando se separaron, lo miró una vez más, como si fuera médico y él estuviera enfermo, y agregó unas palabras que Martín recordó siempre:

– Aunque por otro lado pienso que no debería verte nunca. Pero te veré porque te necesito.

La sola idea, la sola posibilidad de que aquella muchacha no lo viese más lo desesperó. ¿Qué le importaban a él los motivos que podía tener Alejandra para no querer verlo? Lo que anhelaba era verla.

– Siempre, siempre -dijo con fervor. Ella se sonrió y le respondió: -Sí, porque sos así es que necesito verte. Y Bruno pensó que Martín necesitaría todavía muchos años para alcanzar el significado probable de aquellas oscuras palabras. Y también pensó que si en aquel entonces hubiera tenido más edad y más experiencia, le habrían asombrado palabras como aquellas, dichas por una muchacha de dieciocho años. Pero también muy pronto le habrían parecido naturales, porque ella había nacido madura, o había madurado en su infancia, al menos en cierto sentido; ya que en otros sentidos daba la impresión de que nunca maduraría: como si una chica que todavía juega con las muñecas fuera al propio tiempo capaz de espantosas sabidurías de viejo; como si horrendos acontecimientos la hubiesen precipitado hacia la madurez y luego hacia la muerte sin tener tiempo de abandonar del todo atributos de la niñez y la adolescencia.

En el momento en que se separaban, después de haber caminado unos pasos, recordó o advirtió que no habían combinado nada para encontrarse. Y volviéndose, corrió hacia Alejandra para decírselo.

– No te preocupes -le respondió-. Ya sabré siempre cómo encontrarte.

Sin reflexionar en aquellas palabras increíbles y sin atreverse a insistir, Martín volvió sobre sus pasos.


IV

<p id="_Toc49270043">IV</p>

Desde aquel encuentro, esperó día a día verla nuevamente en el parque. Después semana tras semana. Y, por fin, ya desesperado, durante largos meses. ¿Qué le pasaría? ¿Por qué no iba? ¿Se habría enfermado? Ni siquiera sabía su apellido. Parecía habérsela tragado la tierra. Mil veces se reprochó la necedad de no haberle preguntado ni siquiera su nombre completo. Nada sabía de ella. Era incomprensible tanta torpeza. Hasta llegó a sospechar que todo había sido una alucinación o un sueño. ¿No se había quedado dormido más de una vez en el banco del parque Lezama? Podía haber soñado aquello con tanta fuerza que luego le hubiese parecido auténticamente vivido. Luego descartó esta idea porque pensó que había habido dos encuentros. Luego reflexionó que eso tampoco era un inconveniente para un sueño, ya que en el mismo sueño podía haber soñado con el doble encuentro. No guardaba ningún objeto de ella que le permitiera salir de dudas, pero al cabo se convenció de que todo había sucedido de verdad y que lo que pasaba era, sencillamente, que él era el imbécil que siempre imaginó ser.

Al principio sufrió mucho, pensando día y noche en ella. Trató de dibujar su cara, pero le resultaba algo impreciso, pues en aquellos dos encuentros no se había atrevido a mirarla bien sino en contados instantes; de modo que sus dibujos resultaban indecisos y sin vida, pareciéndose a muchos dibujos anteriores en que retrataba a aquellas vírgenes ideales y legendarias de las que había vivido enamorado. Pero aunque sus bocetos eran insípidos y poco definidos, el recuerdo del encuentro era vigoroso y tenía la sensación de haber estado con alguien muy fuerte, de rasgos muy marcados, desgraciado y solitario como él. No obstante, el rostro se perdía en una tenue esfumadura. Y resultaba algo así como una sesión de espiritismo, en que una materialización difusa y fantasmal de pronto da algunos nítidos golpes sobre la mesa.

Y cuando su esperanza estaba a punto de agotarse, recordaba las dos o tres frases clave del encuentro: "Pienso que no debería verte nunca. Pero te veré porque te necesito". Y aquella otra: "No te preocupes. Ya sabré siempre cómo encontrarte".

Frases -pensaba Bruno- que Martín apreciaba desde su lado favorable y como fuente de una inenarrable felicidad, sin advertir, al menos en aquel tiempo, todo lo que tenían de egoísmo.

Y claro -dijo Martín que entonces pensaba-, ella era una muchacha rara ¿y por qué un ser de esa condición había de verlo al otro día, o a la semana siguiente? ¿Por qué no podían pasar semanas y hasta meses sin necesidad de encontrarlo? Estas reflexiones lo animaban. Pero más tarde, en momentos de depresión, se decía: "No la veré más, ha muerto, quizá se ha matado, parecía desesperada y ansiosa". Recordaba entonces sus propias ideas de suicidio. ¿Por qué Alejandra no podía haber pasado por algo semejante? ¿No le había dicho, precisamente, que se parecían, que tenían algo profundo que los asemejaba? ¿No sería esa obsesión del suicidio lo que habría querido significar cuando habló del parecido? Pero luego reflexionaba que aun en el caso de haberse querido matar lo habría venido a buscar antes, y se le ocurría que no haberlo hecho era una especie de estafa que le resultaba inconcebible en ella.

¡Cuántos días desolados transcurrieron en aquel banco del parque! Pasó todo el otoño y llegó el invierno. Terminó el invierno, comenzó la primavera (aparecía por momentos, friolenta y fugitiva, como quien se asoma a ver cómo andan las cosas, y luego, poco a poco, con mayor decisión y cada vez por mayor tiempo) y paulatinamente empezó a correr con mayor calidez y energía la savia en los árboles y las hojas empezaron a brotar; hasta que en pocas semanas, los últimos restos del invierno se retiraron del parque Lezama hacia otras remotas regiones del mundo.

Llegaron después los primeros calores de diciembre. Los jacarandaes se pusieron violetas y las tipas se cubrieron de flores anaranjadas.

Y luego aquellas flores fueron secándose y cayendo, las hojas empezaron a dorarse y a ser arrastradas por los primeros vientos del otoño. Y entonces -dijo Martín- perdió definitivamente la esperanza de volver a verla.


V

<p id="_Toc49270044">V</p>

La "esperanza" de volver a verla (reflexionó Bruno con melancólica ironía). Y también se dijo: ¿no serán todas las esperanzas de los hombres tan grotescas como éstas? Ya que, dada la índole del mundo, tenemos esperanzas en acontecimientos que, de producirse sólo nos proporcionarían frustración y amargura; motivo por el cual los pesimistas se reclutan entre los ex esperanzados, puesto que para tener una visión negra del mundo hay que haber creído antes en él y en sus posibilidades. Y todavía resulta más curioso y paradojal que los pesimistas, una vez que resultaron desilusionados, no son constantes y sistemáticamente desesperanzados, sino que, en cierto modo, parecen dispuestos a renovar su esperanza a cada instante aunque lo disimulen debajo de su negra envoltura de amargados universales, en virtud de una suerte de pudor metafísico; como si el pesimismo, para mantenerse fuerte y siempre vigoroso, necesitase de vez en cuando un nuevo impulso producido por una nueva y brutal desilusión.

Y el mismo Martín (pensaba mirándolo, ahí, delante de él), el mismo Martín, pesimista en cierne como corresponde a todo ser purísimo y preparado a esperar Grandes Cosas de los hombres en particular y de la Humanidad en general, ¿no había intentado ya suicidarse a causa de esa especie de albañal que era su madre? ¿No revelaba ya eso que había esperado algo distinto y seguramente maravilloso de aquella mujer? Pero (y eso todavía era más asombroso) ¿no había vuelto, después de semejante desastre, a tener fe en las mujeres al encontrarse con Alejandra?

Ahí estaba ahora aquel pequeño desamparado, uno de los tantos en aquella ciudad de desamparados. Porque Buenos Aires era una ciudad en que pululaban, como por otra parte sucedía en todas las gigantescas y espantosas babilonias.

Lo que pasa (pensó) es que a primera vista no se los advierte, o porque por lo menos resulta que buena parte de ellos no lo parecen a primera vista, o porque en muchos casos no lo quieren parecer. Y porque, al revés, grandes cantidades de seres que pretenden serlo contribuyen a confundir aun más el problema y hacer que uno crea al final que no hay desamparados verdaderos.

Porque, claro, si a un hombre le faltan las piernas o los dos brazos, todos sabemos, o creemos saber, que ese hombre es un desvalido. Y en ese mismo instante ese hombre empieza a serlo menos, pues lo hemos advertido y sufrimos por él, le compramos peines inútiles o fotos de colores de Carlitos Gardel. Y entonces, ese mutilado al que le faltan las piernas o los dos brazos deja de ser parcial o totalmente la clase de desamparado total en que estamos pensando, hasta el punto de que lleguemos a sentir luego un oscuro sentimiento de rencor, quizá por los infinitos desamparados absolutos que en ese mismo instante (por no tener la audacia o la seguridad y hasta el espíritu de agresión de los vendedores de peines y de retratos en colores) sufren en silencio y con dignidad suprema su suerte de auténticos desdichados.

Como esos hombres silenciosos y solitarios que a nadie piden nada y con nadie hablan, sentados y pensativos en los bancos de las grandes plazas y parques de la ciudad: algunos, viejos (los más obviamente desvalidos, hasta el punto de que ya nos deben preocupar menos y por las mismas razones que los vendedores de peines), esos viejos con bastones de jubilados que ven pasar el mundo como un recuerdo, esos viejos que meditan y a su manera acaso replantean los grandes problemas que los pensadores poderosos plantearon sobre el sentido general de la existencia, sobre el porqué y el para qué de todo: casamientos, hijos, barcos de guerra, luchas políticas, dinero, reyes y carreras de caballos o de autos; esos viejos que indefinidamente miran o parecen mirar a las palomas que comen granitos de avena o de maíz, o a los activísimos gorriones, o, en general, a los diferentes tipos de pájaros que descienden sobre la plaza o viven en los árboles de los grandes parques. En virtud de ese notable atributo que tiene el universo de independencia y superposición: de modo que mientras un banquero se propone realizar la más formidable operación con divisas fuertes que se haya hecho en el Río de la Plata (hundiendo de paso al Consorcio X o la temible Sociedad Anónima Y) un pajarito, a cien pasos de distancia de la Poderosa Oficina, anda a saltitos sobre el césped del Parque Colón, buscando aquí alguna pajita para su nido, algún grano perdido de trigo o de avena, algún gusanito de interés alimenticio para él o para sus pichones; mientras en otro estrato aún más insignificante y en cierto modo más ajeno a todo (no ya al Grandioso Banquero sino al exiguo bastón de jubilado), seres más minúsculos, más anónimos y secretos, viven una existencia independiente y en ocasiones hasta activísima: gusanos, hormigas (no sólo las grandes y negras, sino las rojizas chiquitas y aun otras más pequeñas que son casi invisibles) y cantidades de otros bichitos más insignificantes, de colores variados y de costumbres muy diversas. Todos esos seres viven en mundos distintos, ajenos los unos a los otros, excepto cuando se producen las Grandes Catástrofes, cuando los Hombres, armados de Fumigadores y Palas, emprenden la Lucha contra las Hormigas (lucha, dicho sea de paso, absolutamente inútil, ya que siempre termina con el triunfo de las hormigas), o cuando los Banqueros desencadenan sus Guerras por el Petróleo; de modo que los infinitos bichitos que hasta ese momento vivían sobre las vastas praderas verdes o en los apacibles submundos de los parques, son aniquilados por bombas y gases; mientras que otros más afortunados, de las razas invariablemente vencedoras de los Gusanos, hacen su agosto y prosperan con enorme rapidez, al mismo tiempo que medran, allá arriba, los Proveedores y Fabricantes de Armamentos.

Pero, excepto en esos tiempos de intercambio y de confusión, resulta milagroso que tantas especies de seres puedan nacer, desenvolverse y morir sin conocerse, sin odiarse ni estimarse, en las mismas regiones del universo; como esos múltiples mensajes telefónicos que, según dicen, pueden enviarse por un solo cable sin mezclarse ni entorpecerse, gracias a ingeniosos mecanismos.

De modo (pensaba Bruno) que tenemos en primer término a los hombres sentados y pensativos de las plazas y parques. Algunos miran el suelo y se distraen por minutos y hasta por horas con las numerosas y anónimas actividades de los animalitos ya mencionados: examinando las hormigas, considerando sus diversas especies, calculando qué cargas son capaces de transportar, de qué manera colaboran entre dos o tres de ellas para trabajos de mayor dificultad, etc. A veces, con un palito, con una ramita seca de esas que fácilmente se encuentran en el suelo en los parques, esos hombres se entretienen en apartar a las hormigas de sus afanosas trayectorias, logran que alguna más atolondrada suba al palito y luego corra hasta la punta, donde, después de pequeñas acrobacias cautelosas, vuelve para atrás y corre hasta el extremo opuesto; siguiendo así, en inútiles idas y venidas, hasta que el hombre solitario se cansa del juego y, por piedad, o más generalmente por aburrimiento, deja el palito en el suelo, ocasión en que la hormiga se apresura a buscar a sus compañeras, mantiene una breve y agitada conversación con las primeras que encuentra para explicar su retardo o para enterarse de la Marcha General del Trabajo en su ausencia, y en seguida reanuda su tarea, reincorporándose a la larga y enérgica fila egipcia. Mientras el hombre solitario y pensativo retorna a su meditación general y un poco errabunda que no fija demasiado su atención en nada: mirando ya un árbol, ya un chico que juega por ahí y rememorando, gracias a ese niño, remotos y ahora increíbles días de la Selva Negra o de una callejuela de Pontevedra que baja hacia el sur; mientras sus ojos se nublan un poco más, acentuando ese brillo lacrimoso que tienen los ojos de los ancianos y que nunca se sabrá si se debe a causas puramente fisiológicas o si, de alguna manera, es consecuencia del recuerdo, la nostalgia, el sentimiento de frustración o la idea de la muerte, o de esa vaga pero irresistible melancolía que siempre nos suscita a los hombres la palabra FIN colocada al término de una historia que nos ha apasionado por su misterio y su tristeza. Lo que es lo mismo que decir la historia de cualquier hombre, pues ¿qué ser humano existe cuya historia no sea en definitiva triste o misteriosa?

Pero no siempre los hombres sentados y pensativos son viejos o jubilados.

A veces son hombres relativamente jóvenes, individuos de treinta o cuarenta años. Y, cosa curiosa y digna de ser meditada (pensaba Bruno), resultan más patéticos y desvalidos cuando más jóvenes son. Porque ¿qué puede haber de más pavoroso que un muchacho sentado y pensativo en un banco de plaza, agobiado por sus pensamientos, callado y ajeno al mundo que lo rodea? En ocasiones, el hombre o muchacho es un marinero; en otras es acaso un emigrado que querría volver a su patria y no puede; muchas veces son seres que han sido abandonados por la mujer que querían; otras, seres sin capacidad para la vida, o que han dejado su casa para siempre o meditan sobre su soledad y su futuro. O puede ser un muchachito como el propio Martín, que empieza a ver con horror que el absoluto no existe.

O también puede ser un hombre que ha perdido a su hijo y que, de vuelta del cementerio, se encuentra solo y siente que ahora su existencia carece de sentido, reflexionando que mientras tanto hay hombres que ríen o son felices por ahí (aunque sea momentáneamente felices), niños que juegan en el parque, allí mismo (los está viendo), en tanto que su propio hijo está ya bajo tierra, en un ataúd pequeño adecuado a la pequeñez de su cuerpo que quizá, por fin, había dejado de luchar contra un enemigo atroz y desproporcionado. Y ese hombre sentado y pensativo medita nuevamente, o por primera vez, en el sentido general del mundo, pues no alcanza a comprender por qué su niño ha tenido que morir de semejante manera, por qué ha de pagar alguna remota culpa de otros con sufrimientos inmensos, angustiado su pequeño corazón por la asfixia o la parálisis, luchando desesperadamente, sin saber por qué, contra las sombras negras que comienzan a abatirse sobre él.

Y ese hombre sí que es un desamparado. Y, cosa singular, puede no ser pobre, hasta es posible que sea rico, y hasta podría ser el Gran Banquero que planeaba la formidable Operación con divisas fuertes, a la que se habrá referido antes con desdén e ironía. Desdén e ironía (ahora le era fácil entender) que, como siempre, resultaban excesivos y en definitiva injustos. Pues no hay hombre que en última instancia merezca el desdén y la ironía; ya que, tarde o temprano, con divisas fuertes o no, lo alcanzan las desgracias, las muertes de sus hijos, o hermanos, su propia vejez y su propia soledad ante la muerte. Resultando finalmente más inválido que nadie; por la misma razón que es más indefenso el hombre de armas que es sorprendido sin su cota de malla que el insignificante hombre de paz que, por no haberla tenido nunca, tampoco siente nunca su carencia.


VI

<p id="_Toc49254291">VI</p>

Es cierto que desde los once años no entraba en ninguna dependencia de la casa y mucho menos en aquella salita que era algo así como el santuario de su madre: el lugar donde, al salir del baño, permanecía las horas radiotelefónicas y donde completaba los preparativos para sus salidas. Pero, ¿y su padre? Ignoraba sus costumbres en los últimos años y lo sabía encerrado en su taller; para ir al baño no era imprescindible pasar por la salita, pero tampoco era imposible. ¿Jugaba acaso con la posibilidad de que su marido la viese así? ¿Formaba parte de su encarnizado odio la idea de humillarlo hasta ese punto?

Todo era posible.

Por su parte, al no oír la radio encendida, supuso que no estaba, pues era absolutamente inconcebible que permaneciera en la salita en silencio.

En la penumbra, sobre el diván, el doble monstruo se agitaba con ansiedad y furia.

Anduvo caminando por el barrio, como sonámbulo, durante poco más de una hora. Luego volvió a su cuarto y se tiró sobre la cama. Quedó mirando el techo y luego sus ojos recorrieron las paredes hasta detenerse en la ilustración de Billiken que tenía pegada con chinches desde su infancia: Belgrano haciendo jurar la bandera azul y blanca a sus soldados, en el cruce del río Salado.

La bandera inmaculada pensó.

Y también volvieron a su mente palabras clave de su existencia: frío, limpieza, nieve, soledad, Patagonia.

Pensó en barcos, en trenes, pero ¿de dónde sacaría el dinero? Entonces recordó aquel gran camión que paraba en el garaje cercano a la estación Sola y que, mágicamente, lo había detenido un día con su inscripción: TRANSPORTE PATAGÓNICO. ¿Y si necesitaran un peón, un ayudante, cualquier cosa?

– Claro que sí, pibe -dijo Bucich con el cigarro apagado en su boca.

– Tengo ochenta y tres pesos -dijo Martín.

– Déjate de macana -dijo Bucich, quitándose el overall sucio de grasa.

Parecía un gigante de circo, pero algo encorvado, con pelo canoso. Un gigante con expresión candorosa de niño. Martín miraba el camión: al costado, en grandes caracteres, decía TRANSPORTE PATAGÓNICO; y detrás, con letras doradas, se leía: SI LO VIERAS, VIEJA.

– Vamo -dijo Bucich siempre con su colilla apagada.

Sobre el pavimento mojado y resbaladizo brillaba por un momento un rojo lechoso y delicuescente. En seguida venía el relámpago violáceo, para ser nuevamente reemplazado por el rojo lechoso: CINZANO-AMERICANO GANCIA. CINZANO-AMERICANO GANCIA.

– Se vino el frío -comentó Bucich.

¿Lloviznaba? Era más bien una neblina de finísimas gotitas impalpables y flotantes. El camionero caminaba a grandes trancos a su lado. Era candoroso y fuerte: acaso el símbolo de lo que Martín buscaba en aquel éxodo hacia el sur. Se sintió protegido y se abandonó a sus pensamientos. Aquí es, dijo Bucich. CHICHÍN pizza faina despacho de bebidas. Salú, dijo Bucich. Salú, dijo Chichín, poniendo la botella de ginebra LLAVE. Do copita; este pibe e un amigo. Mucho gusto, el gusto e mío, dijo Chichín, que tenía gorra y tiradores colorados sobre camisa tornasol. ¿La vieja?, preguntó Bucich. Regular, dijo Chichín. ¿L'hicieron l'análisis? Sí. ¿Y? Chichín se encogió de hombros. Vo sabe cómo son esa cosa. Irse lejos, el sur frío y nítido pensaba Martín mirando el retrato de Gardel en frac, sonriendo con la sonrisa medio de costado de muchacho pierna pero capaz de gauchadas, y la escarapela azul y blanca sobre la Masseratti de Fangio, muchachas desnudas rodeadas por Leguisamo y Américo Tesorieri, de gorra, apoyado contra el arco, al amigo Chichín con aprecio y muchas fotos de Boca con la palabra ¡CAMPEONES! y también el Torito de Mataderos con malla de entrenamiento en su clásica guardia. Salto a la cuerda, todo menos raspajes, como los boxeadores, hasta me golpeaba el vientre, por eso saliste medio tarado seguro, riéndose con rencor y desprecio, hice todo, no me iba a deformar el cuerpo por vos le dijo, y él tendría once años. ¿Y Tito? preguntó Bucich. Ahora viene, dijo Chichín, y decidió irse a vivir al altillo. ¿Y el domingo? preguntó Bucich. Ma qué sé yo, respondió Chichín con rabia, te juro que yo no me hago ma mala sangre mientras ella seguía oyendo boleros, depilándose, comiendo caramelos, dejando papeles pegajosos por todas partes, mala sangre por nada, decía Chichín, lo que se dice propio nada de nada un mundo sucio y pegajoso mientras repasaba con rabia callada un vaso cualquiera y repetía, haceme el favor huir hacia un mundo limpio, frío, cristalino hasta que dejando el vaso y encarándose con Bucich exclamó: perder con semejante bagayo, mientras el camionero parpadeaba, considerando el problema con la debida atención y comentando la pucha, verdaderamente mientras Martín seguía oyendo aquellos boleros, sintiendo aquella atmósfera pesada de baño y cremas desodorantes, aire caliente y turbio, baño caliente, cuerpo caliente, cama caliente, madre caliente, madre-cama, canastacama, piernas lechosas hacia arriba como en un horrendo circo casi en la misma forma en que él había salido de la cloaca y hacia la cloaca o casi mientras entraba el hombre flaquito y nervioso que decía, Salú y Chichín decía; Humberto J. D'Arcángelo se lo saluda, salú Puchito, el muchacho e un amigo, mucho gusto el gusto e mío dijo escrutándolo con esos ojitos de pájaro, con aquella expresión de ansiedad que siempre Martín le vería a Tito, como si se le hubiese perdido algo muy valioso y lo buscara por todas partes, observando todo con rapidez e inquietud.

– La gran puta con lo diablo rojo.

– Decí vo, decí. Contale a éste.

– Te soy franco: vo, con el camión, te salva de cada una.

– Pero yo -repetía Chichín- no me hago ma mala sangre. Lo que se dice nada de nada. Te lo juro por la memoria de mi madre. Con eso lisiado. Haceme el favor. Ma contale a éste, contale.

Humberto J. D'Arcángelo, conocido vulgarmente por Tito, dictaminó:

– Propio la basura.

Y entonces se sentó a una mesa cerca de la ventana, sacó Crítica, que siempre llevaba doblada en la página de deportes, la colocó con indignación sobre la mesita y escarbándose los dientes picados con el escarbadientes que siempre llevaba en la boca, dirigió una mirada sombría hacia la calle Pinzón. Chiquito y estrecho de hombros, con el traje raído, parecía meditar en la suerte general del mundo.

Después de un rato, volvió su mirada hacia el mostrador y dijo:

– Este domingo ha sido trágico. Perdimo como cretino, ganó San Lorenzo, ganaron lo millonario y hasta Tigre ganó ¿me queré decir a dónde vamo a parar?

Mantuvo la mirada en sus amigos como poniéndolos de testigos, luego volvió nuevamente su mirada hacia la calle y escarbándose los dientes, dijo:

– Este paí ya no tiene arreglo.


VII

<p id="_Toc49270046">VII</p>

No puede ser, pensó, con la mano detenida sobre la bolsa marinera, no puede ser. Pero sí la tos, la tos y esos crujidos.

Y años después, también pensó, recordando aquel momento: como habitantes solitarios de dos islas cercanas separadas por insondables abismos. Años después, cuando su padre estaba pudriéndose en la tumba, comprendiendo que aquel pobre diablo había sufrido por lo menos tanto como él y que, acaso, desde aquella cercana pero inalcanzable isla en que habitaba (en que sobrevivía) le habría hecho alguna vez un gesto silencioso pero patético requiriendo su ayuda, o por lo menos su comprensión y su cariño. Pero eso lo entendió después de sus duras experiencias, cuando ya era tarde, como casi siempre sucede. Así que ahora, en ese presente prematuro (como si el tiempo se divirtiese en presentarse antes de lo debido, para que la gente haga representaciones tan grotescas y primarias como las que hacen ciertos cuadros de aficionados a los que les falta experiencia: Otelos que todavía no han amado), en ese presente que debería ser futuro, entraba falsamente su padre, subía aquellas escaleras que durante tantos años no había transitado. Y de espaldas a la puerta, Martín sintió que se asomaba como un intruso: oía su jadeo de tuberculoso, su vacilante espera. Y con deliberada crueldad, hizo como que no lo advirtiese. Claro, ha leído mi mensaje, quiere retenerme. ¿Retenerlo para qué? Durante años y años apenas cruzaban alguna palabra. Pugnaba entre el resentimiento y la lástima. Su resentimiento lo impulsaba a no mirarlo, a ignorar su entrada en la pieza, a lo que era todavía peor, a hacerle comprender que quería ignorarla. Pero volvió su cabeza. Sí, la volvió, y lo vio tal como lo había imaginado: con las dos manos sobre la baranda, descansando del esfuerzo, su mechón de pelo canoso caído sobre la frente, sus ojos afiebrados y un poco salidos, sonriendo débilmente con aquella expresión de culpa que tanto le fastidiaba a Martín, diciéndole "hace veinte años yo tenía el taller aquí" echando luego una mirada circular sobre el altillo y quizá sintiendo la misma sensación que un viajero, envejecido y desilusionado, siente al volver al pueblo de su juventud, después de haber recorrido países y personas que en aquel tiempo habían despertado a su imaginación y sus anhelos. Y acercándose a la cama se sentó en el borde, como si no se sintiese autorizado a ocupar demasiado espacio o a estar excesivamente cómodo. Para luego permanecer un buen tiempo en silencio, respirando trabajosamente, pero inmóvil como una desanimada estatua. Con voz apagada, dijo:

– Hubo un tiempo en que éramos amigos.

Sus ojos, pensativos, se iluminaron, mirando a lo lejos.

– Recuerdo una vez, en el Parque Retiro… Vos tendrías… a ver… cuatro, tal vez cinco años… eso es… cinco años… querías andar solo en los autitos eléctricos, pero yo no te dejé, tenía miedo de que te asustaras con los choques.

Rió suavemente, con nostalgia.

– Después, cuando volvíamos a casa, subiste a una calesita que estaba en un baldío de la calle Garay. No sé por qué siempre te recuerdo de espaldas, en el momento en que, a cada vuelta, acababas de pasar frente a mí. El viento agitaba tu camisita, una camisita a rayas azules. Era ya tarde, apenas había luz.

Se quedó pensativo y después confirmó, como si fuera un hecho importante:

– Una camisita a rayas azules, sí. La recuerdo muy bien.

Martín permanecía callado.

– En aquel tiempo pensaba que con los años llegaríamos a ser compañeros, que llegaríamos a tener… una especie de amistad…

Volvió a sonreír con aquella pequeña sonrisa culpable, como si aquella esperanza hubiera sido ridícula, una esperanza sobre algo que él no tenía ningún derecho. Como si hubiese cometido un pequeño robo, aprovechando la indefensidad de Martín.

Su hijo lo miró: los codos sobre las rodillas, encorvado, con su mirada puesta en un punto lejano.

– Sí… ahora todo es distinto…

Tomó entre sus manos un lápiz que estaba sobre la cama y lo examinó con expresión meditativa.

– No creas que no te comprendo… ¿Cómo podríamos ser amigos? Debes perdonarme, Martincito…

– Yo no tengo nada que perdonarte.

Pero el tono duro de sus palabras contradecía su afirmación.

– ¿Ves? Me odias. Y no creas que no te entiendo.

Martín hubiera querido agregar: "no es cierto, no te odio", pero lo monstruosamente cierto era que lo odiaba. Ese odio lo hacía sentirse más desdichado y aumentaba su soledad. Cuando veía a su madre pintarrajearse y salir a la calle canturreando algún bolero, el aborrecimiento hacia ella se extendía hasta su padre y se detenía al fin en él, como si fuera el verdadero destinatario.

– Por supuesto, Martín, comprendo que no puedas estar orgulloso de un pintor fracasado.

Los ojos de Martín se llenaron de lágrimas.

Pero quedaban suspendidas en su gran rencor, como gotas de aceite en vinagre, sin mezclarse. Gritó:

– ¡No digas eso, papá!

Su padre lo miró conmovido, extrañado de su reacción.

Casi sin saber lo que decía, Martín gritó con encono:

– ¡Éste es un país asqueroso! ¡Aquí los únicos que triunfan son los sinvergüenzas!

Su padre lo miró callado, con fijeza. Después, negando con la cabeza, comentó:

– No, Martín, no creas.

Contempló el lápiz que tenía entre sus manos y después de un instante, terminó:

– Hay que ser justos. Yo soy un pobre diablo y un fracasado en toda regla y con toda justicia: no tengo ni talento, ni fuerza. Ésa es la verdad.

Martín empezó a retraerse de nuevo hacia su isla. Estaba avergonzado del patetismo de aquella escena y la resignación de su padre empezaba a endurecerlo nuevamente.

El silencio se volvió tan intenso y molesto que su padre se incorporó para irse. Probablemente había comprendido que la decisión era irrevocable y, además, que aquel abismo entre ellos era demasiado grande y definitivamente insalvable. Se acercó hasta Martín y con su mano derecha le apretó un brazo: habría querido abrazarlo, pero, ¿cómo podía hacerlo?

– Y bien… -murmuró.

¿Habría dicho algo cariñoso Martín de saber que aquéllas eran realmente las últimas palabras que oiría de su padre?

¿Sería uno tan duro con los seres humanos -decía Bruno- si se supiese de verdad que algún día se han de morir y que nada de lo que se les dijo se podrá ya rectificar?

Vio cómo su padre se daba vuelta y se alejaba hacia la escalera. Y también vio cómo, antes de desaparecer, volvió su cara, con una mirada que años después de su muerte, Martín recordaría desesperadamente.

Y cuando oyó su tos, mientras bajaba las escaleras, Martín se tiró sobre la cama y lloró. Sólo horas más tarde tuvo fuerzas para terminar de arreglar su bolsa marinera. Cuando salió eran las dos de la mañana, y en el taller de su padre vio luz.

– "Ahí está -pensó-. A pesar de todo vive, todavía vive."

Caminó hacia el garaje y pensó que debía sentir una gran liberación, pero no era así; una sorda opresión se lo impedía. Caminaba cada vez más lentamente. Por fin se detuvo y vaciló. ¿Qué es lo que quería?


VIII

<p id="_Toc49254293">VIII</p>

Hasta que volví a verla pasaron muchas cosas… en mi casa… No quise vivir más allá, pensé irme a la Patagonia, hablé con un camionero que se llama Bucich ¿no le hablé nunca de Bucich? pero esa madrugada… En fin, no fui al sur. No volví más a mi casa, sin embargo.

Se calló, rememorando.

– La volví a ver en el mismo lugar del parque, pero recién en febrero de 1955. Yo no dejé de ir en cada ocasión en que me era posible. Y sin embargo no me pareció que la encontrase gracias a esa espera en el mismo lugar.

– ¿Sino?

Martín miró a Bruno y dijo:

– Porque ella quiso encontrarme.

Bruno no pareció entender.

– Bueno, si fue a aquel lugar es porque quiso encontrarlo.

– No, no es eso lo que quiero decir. Lo mismo me habría encontrado en cualquier otra parte. ¿Entiende? Ella sabía dónde y cómo encontrarme, si quería. Eso es lo que quiero decir. Esperarla allá, en aquel banco, durante tantos meses, fue una de las tantas ingenuidades mías.

Se quedó cavilando y luego agregó, mirándolo a Bruno como si le requiriera una explicación.

– Por eso, porque creo que ella me buscó, con toda su voluntad, con deliberación, por eso mismo me resulta más inexplicable que luego… de semejante manera…

Mantuvo su mirada sobre Bruno y éste permaneció con sus ojos fijos en aquella cara demacrada y sufriente.

– ¿Usted lo entiende?

– Los seres humanos no son lógicos -repuso Bruno-. Además, es casi seguro que la misma razón que la llevó a buscarlo también la impulsó a…

Iba a decir "abandonarlo" cuando se detuvo y corrigió: "a alejarse".

Martín lo miró todavía un momento y luego volvió a sumirse en sus pensamientos, permaneciendo durante un buen tiempo callado. Luego explicó cómo había reaparecido.

Era ya casi de noche y la luz no le alcanzaba ya para revisar las pruebas, de modo que se había quedado mirando los árboles, recostado sobre el respaldo del banco. Y de pronto se durmió.

Soñaba que iba en una barca abandonada, con su velamen destruido, por un gran río en apariencia apacible, pero poderoso y preñado de misterio. Navegaba en el crepúsculo. El paisaje era solitario y silencioso, pero se adivinaba que en la selva que se levantaba como una muralla en las márgenes del gran río se desarrollaba una vida secreta y colmada de peligros. Cuando una voz que parecía provenir de la espesura lo estremeció. No alcanzaba a entender lo que decía, pero sabía que se dirigía a él, a Martín. Quiso incorporarse, pero algo lo impedía. Luchó, sin embargo, por levantarse porque se oía cada vez con mayor intensidad la enigmática y remota voz que lo llamaba y (ahora lo advertía) que lo llamaba con ansiedad, como si estuviera en un pavoroso peligro y él, solamente él, fuese capaz de salvarla. Despertó estremecido por la angustia y casi saltando del asiento.

Era ella.

Lo había estado sacudiendo y ahora le decía, con su risa áspera:

– Levántate, haragán.

Asustado, asustado y desconcertado por el contraste entre la voz aterrorizada y anhelante del sueño y aquella Alejandra despreocupada que ahora tenía ante sí, no atinó a decir ninguna palabra.

Vio cómo ella recogía algunas de las pruebas que se habían caído del banco durante su sueño.

– Seguro que el patrón de esta empresa no es Molinari -comentó riéndose.

– ¿Qué empresa?

– La que te da este trabajo, zonzo.

– Es la Imprenta López.

– La que sea, pero seguro que no es Molinari.

No entendió nada. Y, como muchas veces le volvería a suceder con ella, Alejandra no se tomó el trabajo de explicarle. Se sentía -comentó Martín- como un mal alumno delante de un profesor irónico.

Acomodó las pruebas y esa tarea mecánica le dio tiempo para sobreponerse un poco de la emoción de aquel reencuentro tan ansiosamente esperado. Y también, como en muchas otras ocasiones posteriores, su silencio y su incapacidad para el diálogo eran compensados por Alejandra, que siempre, o casi siempre, adivinaba sus pensamientos.

Le revolvió el pelo con una mano, como las personas grandes suelen hacer con los chicos.

– Te expliqué que te volvería a ver, ¿recordás?, pero no te dije cuándo.

Martín la miró.

– ¿Te dije, acaso, que te volvería a ver pronto?

– No.

Y así (explicó Martín) empezó la terrible historia. Todo había sido inexplicable. Con ella nunca se sabía, se encontraban en lugares tan absurdos como el hall del Banco de la Provincia o el puente Avellaneda. Y a cualquier hora: a las dos de la mañana. Todo era imprevisto, nada se podía pronosticar ni explicar: ni sus momentos de broma, ni sus furias, ni esos días en que se encontraba con él y no abría la boca, hasta que terminaba por irse. Ni sus largas desapariciones. "Y sin embargo -agregaba- ha sido el período más maravilloso de mi vida." Pero él sabía que no podía durar porque todo era frenético y era, ¿se lo había dicho ya?, como una sucesión de estallidos de nafta en una noche tormentosa. Aunque a veces, muy pocas veces, es cierto, parecía pasar momentos de descanso a su lado como si estuviera enferma y él fuera un sanatorio o un lugar con sol en las sierras donde ella se tirase al fin en silencio. O también aparecía atormentada y parecía como si él pudiese ofrecerle agua o algún remedio, algo que le era imprescindible, para volver una vez más a aquel territorio oscuro y salvaje en que parecía vivir.

– Y en el que yo nunca pude entrar -concluyó, poniendo su mirada sobre los ojos de Bruno.


IX

<p id="_Toc49254294">IX</p>

Aquí es -dijo.

Se sentía el intenso perfume a jazmín del país. La verja era muy vieja y estaba a medias cubierta con una glicina. La puerta, herrumbrada, se movía dificultosamente, con chirridos.

En medio de la oscuridad, brillaban los charcos de la reciente lluvia. Se veía una habitación iluminada, pero el silencio correspondía más bien a una casa sin habitaciones. Bordearon un jardín abandonado, cubierto de yuyos, por una veredita que había al costado de una galería lateral, sostenida por columnas de hierro. La casa era viejísima, sus ventanas daban a la galería y aún conservaban sus rejas coloniales; las grandes baldosas eran seguramente de aquel tiempo, pues se sentían hundidas, gastadas y rotas.

Se oyó un clarinete una frase sin estructura musical, lánguida, desarticulada y obsesiva.

– ¿Y eso? -preguntó Martín.

– El tío Bebe -explicó Alejandra-, el loco.

Atravesaron un estrecho pasillo entre árboles muy viejos (Martín sentía ahora un intenso perfume de magnolia) y siguieron por un sendero de ladrillos que terminaba en una escalera de caracol.

– Ahora, ojo. Seguime despacito.

Martín tropezó con algo: un tacho o un cajón.

– ¡No te dije que andes con ojo! Espera.

Se detuvo y encendió un fósforo, que protegió con una mano y que acercó a Martín.

– Pero Alejandra, ¿no hay lámpara por ahí? Digo… algo… en el patio…

Oyó la risa seca y maligna.

– ¡Lámparas! Vení, coloca tus manos en mis caderas y seguime.

– Esto es muy bueno para ciegos.

Sintió que Alejandra se detenía como paralizada por una descarga eléctrica.

– ¿Qué te pasa, Alejandra? -preguntó Martín, alarmado.

– Nada -respondió con sequedad-, pero haceme el favor de no hablarme nunca de ciegos.

Martín volvió a poner sus manos sobre las caderas y la siguió en medio de la oscuridad. Mientras subían lentamente, con muchas precauciones, la escalera metálica, rota en muchas partes y vacilante en otras por la herrumbre, sentía bajo sus manos, por primera vez, el cuerpo de Alejandra, tan cercano y a la vez remoto y misterioso. Algo, un estremecimiento, una vacilación, expresaron aquella sensación sutil, y entonces ella preguntó qué pasaba y él respondió, con tristeza, "nada". Y cuando llegaron a lo alto, mientras Alejandra intentaba abrir una dificultosa cerradura, dijo "esto es el antiguo Mirador".

– ¿Mirador?

– Sí, por aquí no había más que quintas a comienzos del siglo pasado. Aquí venían a pasar los fines de semana los Olmos, los Acevedo…

Se rió.

– En la época en que los Olmos no eran unos muertos de hambre… y unos locos…

– ¿Los Acevedo? -preguntó Martín-. ¿Qué Acevedos? ¿El que fue vicepresidente?

– Sí, ésos.

Por fin, con grandes esfuerzos, logró abrir la vieja puerta. Levantó su mano y encendió la luz.

– Bueno -dijo Martín-, por lo menos acá hay una lámpara. Creí que en esta casa sólo se alumbraban con velas.

– Oh, no te vayas a creer. Abuelo Pancho no usa más que quinqués. Dice que la electricidad es mala para la vista.

Martín recorrió con su mirada la pieza como si recorriera parte del alma desconocida de Alejandra. El techo no tenía cielo raso y se veían los grandes tirantes de madera. Había una cama turca recubierta con un poncho y un conjunto de muebles que parecían sacados de un remate: de diferentes épocas y estilos, pero todos rotosos y a punto de derrumbarse.

– Vení, mejor sentáte sobre la cama. Acá las sillas son peligrosas.

Sobre una pared había un espejo, casi opaco, del tiempo veneciano, con una pintura en la parte superior. Había también restos de una cómoda y un bargueño. Había también un grabado o litografía mantenido con cuatro chinches en sus puntas.

Alejandra prendió un calentador de alcohol y se puso a hacer café. Mientras se calentaba el agua puso un disco.

– Escucha -dijo, abstrayéndose y mirando al techo mientras chupaba su cigarrillo.

Se oyó una música patética y tumultuosa.

Luego, bruscamente, quitó el disco.

– Bah -dijo-, ahora no la puedo oír.

Siguió preparando el café.

– Cuando lo estrenaron, Brahms mismo tocaba el piano. ¿Sabes lo que pasó?

– No.

– Lo silbaron. ¿Te das cuenta lo que es la humanidad?

– Bueno, quizá…

– ¡Cómo, quizá! -gritó Alejandra-, ¿acaso crees que la humanidad no es una pura chanchada?

– Pero este músico también es la humanidad…

– Mira, Martín -comentó mientras echaba el café en la taza-, ésos son los que sufren por el resto. Y el resto son nada más que hinchapelotas, hijos de puta o cretinos, ¿sabes?

Trajo el café.

Se sentó en el borde de la cama y se quedó pensativa. Luego volvió a poner el disco un minuto:

– Oí, oí lo que es esto.

Nuevamente se oyeron los compases del primer movimiento.

– ¿Te das cuenta, Martín, la cantidad de sufrimiento que ha tenido que producirse en el mundo para que haya hecho música así?

Mientras quitaba el disco, comentó:

– Bárbaro.

Se quedó pensativa, terminando su café. Luego puso el pocillo en el suelo.


En el silencio, de pronto, a través de la ventana abierta, se oyó el clarinete, como si un chico trazase garabatos sobre un papel.

– ¿Dijiste que está loco?

– ¿No te das cuenta? Ésta es una familia de locos. ¿Vos sabes quién vivió en ese altillo, durante ochenta años? La niña Escolástica. Vos sabes que antes se estilaba tener algún loco encerrado en alguna pieza del fondo. El Bebe es más bien un loco manso, una especie de opa, y de todos modos nadie puede hacer mal con el clarinete. Escolástica también era una loca mansa. ¿Sabes lo que le pasó? Vení. -Se levantó y fue hasta la litografía que estaba en la pared con cuatro chinches.- Mira: son los restos de la legión de Lavalle, en la quebrada de Humahuaca. En ese tordillo va el cuerpo del general. Ése es el coronel Pedernera. El de al lado es Pedro Echagüe. Y ese otro barbudo, a la derecha, es el coronel Acevedo. Bonifacio Acevedo, el tío abuelo del abuelo Pancho. A Pancho le decimos abuelo, pero en realidad es bisabuelo.

Siguió mirando.

– Ese otro es el alférez Celedonio Olmos, el padre de abuelo Pancho, es decir mi tatarabuelo. Bonifacio se tuvo que escapar a Montevideo. Allá se casó con una uruguaya, una oriental, como dice el abuelo, una muchacha que se llamaba Encarnación Flores, y allá nació Escolástica. Mira qué nombre. Antes de nacer, Bonifacio se unió a la legión y nunca vio a la chica, porque la campaña duró dos años y de ahí, de Humahuaca, pasaron a Bolivia, donde estuvo varios años; también en Chile estuvo un tiempo. En el 52, a comienzos del 52, después de trece años de no ver a su mujer, que vivía aquí en esta quinta, el comandante Bonifacio Acevedo, que estaba en Chile, con otros exiliados, no dio más de tristeza y se vino a Buenos Aires, disfrazado de arriero: se decía que Rosas iba a caer de un momento a otro, que Urquiza entraría a sangre y fuego en Buenos Aires. Pero él no quiso esperar y se largó. Lo denunció alguien, seguro, si no no se explica. Llegó a Buenos Aires y lo pescó la Mazorca. Lo degollaron y pasaron frente a casa, golpearon en la ventana y cuando abrieron tiraron la cabeza a la sala. Encarnación se murió de la impresión y Escolástica se volvió loca. ¡A los pocos días Urquiza entraba en Buenos Aires! tenés que tener en cuenta que Escolástica se había criado sintiendo hablar de su padre y mirando su retrato.

De un cajón de la cómoda sacó una miniatura, en colores.

– Cuando era teniente de coraceros, en la campaña del Brasil.

Su brillante uniforme, su juventud, su gracia, contrastaban con la figura barbuda y destrozada de la vieja litografía.

– La Mazorca estaba enardecida por el pronunciamiento de Urquiza. ¿Sabes lo que hizo Escolástica? La madre se desmayó, pero ella se apoderó de la cabeza de su padre y corrió hasta aquí. Aquí se encerró con la cabeza del padre desde aquel año hasta su muerte, en 1932.

– ¡En 1932!

– Sí, en 1932. Vivió ochenta años, aquí, encerrada con su cabeza. Aquí había que traerle la comida y sacarle los desperdicios. Nunca salió ni quiso salir. Otra cosa: con esa astucia que tienen los locos, había escondido la cabeza de su padre, de modo que nadie nunca la pudo sacar. Claro, la habrían podido encontrar de haberse hecho una búsqueda, pero ella se ponía frenética y no había forma de engañarla. "Tengo que sacar algo de la cómoda", le decían. Pero no había nada que hacer. Y nadie nunca pudo sacar nada de la cómoda, ni del bargueño, ni de la petaca esa. Y hasta que murió, en 1932, todo quedó como había estado en 1852. ¿Lo crees?

– Parece imposible.

– Es rigurosamente histórico. Yo también pregunté muchas veces, ¿cómo comía? ¿Cómo limpiaban la pieza? Le llevaban la comida y lograban mantener un mínimo de limpieza. Escolástica era una loca mansa e incluso hablaba normalmente sobre casi todo, excepto sobre su padre y sobre la cabeza. Durante los ochenta años que estuvo encerrada nunca, por ejemplo, habló de su padre como si hubiese muerto. Hablaba en presente, quiero decir, como si estuviera en 1852 y como si tuviera doce años y como si su padre estuviese en Chile y fuese a venir de un momento a otro. Era una vieja tranquila. Pero su vida y hasta su lenguaje se habían detenido en 1852 y como si Rosas estuviera todavía en el poder. "Cuando ese hombre caiga", decía señalando con su cabeza hacia afuera, hacia donde había tranvías eléctricos y gobernaba Yrigoyen. Parece que su realidad tenía grandes regiones huecas o quizá como encerradas también con llave, y daba rodeos astutos como los de un chico para evitar hablar de esas cosas, como si no hablando de ellas no existiesen y por lo tanto tampoco existiese la muerte de su padre. Había abolido todo lo que estaba unido al degüello de Bonifacio Acevedo.

– ¿Y qué pasó con la cabeza?

– En 1932 murió Escolástica y por fin pudieron revisar la cómoda y la petaca del comandante. Estaba envuelta en trapos (parece que la vieja la sacaba todas las noches y la colocaba sobre el bargueño y se pasaba las horas mirándola o quizá, dormía con la cabeza allí, como un florero). Estaba momificada y achicada, claro. Y así ha permanecido.

– ¿Cómo?

– Y por supuesto, ¿qué querés que se hiciera con la cabeza? ¿Qué se hace con una cabeza en semejante situación?

– Bueno, no sé. Toda esta historia es tan absurda, no sé.

– Y sobre todo tené presente lo que es mi familia, quiero decir los Olmos, no los Acevedo.

– ¿Qué es tu familia?

– ¿Todavía necesitas preguntarlo? ¿No lo oís al tío Bebe tocando el clarinete? ¿No ves dónde vivimos? Decíme, ¿sabes de alguien que tenga apellido en este país y que viva en Barracas, entre conventillos y fábricas? Comprenderás que con la cabeza no podía pasar nada normal, aparte de que nada de lo que pase con una cabeza sin el cuerpo correspondiente puede ser normal.

– ¿Y entonces?

– Pues muy simple: la cabeza quedó en casa.

Martín se sobresaltó.

– ¿Qué, te impresiona? ¿Qué otra cosa se podía hacer? ¿Hacer un cajoncito y un entierro chiquito para la cabeza?

Martín se rió nerviosamente, pero Alejandra permanecía seria.

– ¿Y dónde la tienen?

– La tiene el abuelo Pancho, abajo, en una caja de sombreros. ¿Querés verla?

– ¡Por amor de Dios! -exclamó Martín.

– ¿Qué tiene? Es una hermosa cabeza y te diré que me hace bien verla de vez en cuando, en medio de tanta basura. Aquellos al menos eran hombres de verdad y se jugaban la vida por lo que creían. Te doy el dato que casi toda mi familia ha sido unitaria o lomos negros, pero que ni Fernando ni yo lo somos.

– ¿Fernando? ¿Quién es Fernando?

Alejandra se quedó repentinamente callada, como si hubiese dicho algo de más.

Martín quedó sorprendido. Tuvo la sensación de que Alejandra había dicho algo involuntario. Se había levantado, había ido hasta la mesita donde tenía el calentador y había puesto agua a calentar, mientras encendía un cigarrillo. Luego se asomó a la ventana.

– Vení -dijo, saliendo.

Martín la siguió. La noche era intensa y luminosa. Alejandra caminó por la terraza hacia la parte de adelante y luego se apoyó en la balaustrada.

– Antes -dijo- se veía desde aquí la llegada de los barcos al Riachuelo.

– Y ahora, ¿quién vive aquí?

– ¿Aquí? Bueno, de la quinta no queda casi nada. Antes era una manzana. Después empezaron a vender. Ahí están esa fábrica y esos galpones, todo eso pertenecía a la quinta. De aquí, de este otro lado hay conventillos. Toda la parte de atrás de la casa también se vendió. Y esto que queda está todo hipotecado y en cualquier momento lo rematan.

– ¿Y no te da pena?

Alejandra se encogió de hombros.

– No sé, tal vez lo siento por abuelo. Vive en el pasado y se va a morir sin entender lo que ha sucedido en este país. ¿Sabes lo que pasa con el viejo? Pasa que no sabe lo que es la porquería, ¿entendés? Y ahora no tiene ni tiempo ni talento para llegar a saberlo. No sé si es mejor o es peor. La otra vez nos iban a poner bandera de remate y tuve que ir a verlo a Molinari para que arreglase el asunto.

– ¿Molinari?

Martín volvía a oír ese nombre por segunda vez.

– Sí, una especie de animal mitológico. Como si un chancho dirigiese una sociedad anónima.

Martín la miró y Alejandra añadió, sonriendo:

– Tenemos cierto género de vinculación. Te imaginas que si ponen la bandera de remate el viejo se muere.

– ¿Tu padre?

– Pero no, hombre: el abuelo.

– ¿Y tu padre no se preocupa del problema?

Alejandra lo miró con una expresión que podía ser la mueca de un explorador a quien se le pregunta si en el Amazonas está muy desarrollada la industria automovilística.

– Tu padre -insistió Martín, de puro tímido que era, porque precisamente sentía que había dicho un disparate (aunque no sabía por qué) y que era mejor no insistir.

– Mi padre nunca está aquí -se limitó a aclarar Alejandra, con una voz que era distinta.

Martín, como los que aprenden a andar en bicicleta y tienen que seguir adelante para no caerse y que, gran misterio, terminan siempre por irse contra un árbol o cualquier otro obstáculo, preguntó:

– ¿Vive en otra parte?

– ¡Te acabo de decir que no vive acá!

Martín enrojeció.

Alejandra fue hacia el otro extremo de la terraza y permaneció allá un buen tiempo. Luego volvió y se acodó sobre la balaustrada, cerca de Martín.

– Mi madre murió cuando yo tenía cinco años. Y cuando tuve once lo encontré a mi padre aquí con una mujer. Pero ahora pienso que vivía con ella mucho antes de que mi madre muriese.

Con una risa que se parecía a una risa normal como un criminal jorobado puede parecerse a un hombre sano agregó:

– En la misma cama donde yo duermo ahora.

Encendió un cigarrillo y a la luz del encendedor Martín pudo ver que en su cara quedaban restos de la risa anterior, el cadáver maloliente del jorobado.

Luego, en la oscuridad, veía cómo el cigarrillo de Alejandra se encendía con las profundas aspiraciones que ella hacía: fumaba, chupaba el cigarrillo con una avidez ansiosa y concentrada.

– Entonces me escapé de mi casa -dijo.


X

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Esa chica pecosa es ella: tiene once años y su pelo es rojizo. Es una chica flaca y pensativa, pero violenta y duramente pensativa; como si sus pensamientos no fueran abstractos, sino serpientes enloquecidas y calientes. En alguna oscura región de su yo aquella chica ha permanecido intacta y ahora ella, la Alejandra de dieciocho años, silenciosa y atenta, tratando de no ahuyentar la aparición se retira a un lado y la observa con cautela y curiosidad. Es un juego al que se entrega muchas veces cuando reflexiona sobre su destino. Pero es un juego difícil, sembrado de dificultades, tan delicado y propenso a la frustración como dicen los espiritistas que son las materializaciones: hay que saber esperar, hay que tener paciencia y saber concentrarse con fuerza, ajeno a pensamientos laterales o frívolos. La sombra va emergiendo poco a poco y hay que favorecer su aparición manteniendo un silencio total y una gran delicadeza: cualquier cosita y ella se replegará, desapareciendo en la región de la que empezaba a salir. Ahora está allí: ya ha salido y puede verla con sus trenzas coloradas y sus pecas, observando todo a su alrededor con aquellos ojos recelosos y concentrados, lista para la palea y el insulto. Alejandra la mira con esa mezcla de ternura y de resentimiento que se tiene para los hermanos menores, en quienes descargamos la rabia que guardamos para nuestros propios defectos, gritándole: "¡No te mordás las uñas, bestia!"

– En la calle Isabel la Católica hay una casa en ruinas. Mejor dicho, había, porque hace poco la demolieron para construir una fábrica de heladeras. Estaba desocupada desde muchísimos años atrás, por un pleito o una sucesión. Creo que era de los Miguens, una quinta que en un tiempo debe de haber sido muy linda, como ésta. Recuerdo que tenía unas paredes verde claro, verdemar, todas descascaradas, como si tuvieran lepra. Yo estaba muy excitada y la idea de fugarme y de esconderme en una casa abandonada me producía una sensación de poderío, quizá como la que deben de sentir los soldados al lanzarse al ataque, a pesar del miedo o por una especie de manifestación inversa del miedo. Leí algo sobre eso en alguna parte, ¿vos no? Te digo esto porque yo sufría grandes terrores de noche, de modo que ya te podes figurar lo que me podía esperar en una casa abandonada. Me enloquecía, veía bandidos que entraban a mi pieza con faroles, o gentes de la Mazorca con cabezas sangrantes en la mano (Justina nos contaba siempre cuentos de la Mazorca). Caía en pozos de sangre. Ni siquiera sé si todo aquello lo veía dormida o despierta; pienso que eran alucinaciones, que los veía despierta, porque los recuerdo como si ahora mismo los estuviera viviendo. Entonces daba alaridos, hasta que corría abuela Elena y me calmaba poco a poco, porque durante bastante tiempo seguía sacudiendo la cama con mis estremecimientos; eran ataques, verdaderos ataques.

De modo que planear lo que planeaba, esconderme de noche en una casa solitaria y derruida era un acto de locura. Y ahora pienso que lo planeé para que mi venganza fuera más atroz. Sentía que era una hermosa venganza y que resultaba más hermosa y más violenta cuanto más terribles eran los peligros que debía enfrentar, ¿comprendes? Como si pensara, y quizá lo haya pensado, "¡vean lo que sufro por culpa de mi padre!" Es curioso, pero desde aquella noche mi pavor nocturno se transformó, de un solo golpe, en una valentía de loco. ¿No te parece curioso? ¿Cómo se explicará ese fenómeno? Era una especie de arrogancia loca, como te digo, frente a cualquier peligro, real o imaginario. Es cierto que siempre había sido audaz y en las vacaciones que pasaba en el campo de las Carrasco, unas solteronas amigas de abuela Elena, me había acostumbrado a experiencias muy duras: corría a campo traviesa y a galope sobre una yegüita que me habían dado y que yo misma la había bautizado con un nombre que me gustaba: Desprecio. Y no tenía miedo de las vizcacheras, aunque varias veces rodé por culpa de las cuevas. Tenía un rifle calibre 22, para cazar, y un matagatos.

Sabía nadar muy bien y a pesar de todas las recomendaciones y juramentos salía a nadar mar afuera y tuve que luchar contra la marejada más de una vez (me olvidaba decirte que el campo de las viejuchas Carrasco daba a la costa, cerca de Miramar). Y sin embargo, a pesar de todo eso, de noche temblaba de miedo ante monstruos imaginarios. Bueno, te decía, decidí escaparme y esconderme en la casa de la calle Isabel la Católica. Esperé la noche para poder treparme por la verja sin ser advertida (la puerta estaba cerrada con candado). Pero probablemente alguien me vio, y aunque al comienzo no le haya dado importancia, pues, como te imaginarás, más de un muchacho por curiosear habría hecho antes lo que yo estaba haciendo en ese momento, luego, cuando se corrió la voz por el barrio y cuando la policía intervino, el hombre habrá recordado y habrá dado el dato. Pero si las cosas fueron así, debe haber sido muchas horas después de mi escapada, porque la policía recién apareció en el caserón a las once. Así que tuve todo el tiempo para enfrentar el terror. Apenas me descolgué de la verja entré hacia el fondo bordeando la casa, por la antigua entrada cochera en medio de yuyos y tachos viejos, de basura y gatos o perros muertos y hediondos. Me olvidaba decirte que también había llevado mi linterna, mi cuchillito de campo, y el matagatos que el abuelo Pancho me regaló cuando cumplí diez años. Como te decía, bordeé la casa por la entrada cochera y así llegué a los fondos. Había una galería parecida a la que tenemos acá. Las ventanas que daban a esa galería o corredor estaban cubiertas por persianas, pero las persianas estaban podridas y algunas casi caídas o con boquetes. No era difícil que la casa hubiese sido utilizada por vagos o linyeras para pasar la noche y hasta alguna temporada. ¿Y quién me aseguraba que esa misma noche no viniesen algunos a dormir? Con mi linterna fui recorriendo las ventanas y puertas que daban a la parte trasera, hasta que vi una puerta a cuya persiana le faltaba una hoja. Empujé la puerta y se abrió, aunque con dificultad, chirriando, como si hiciese muchísimo tiempo que no fuese abierta. Con terror, pensé en el mismo instante que entonces ni los vagos se habían atrevido a refugiarse en aquella casa de mala fama. En algún momento vacilé y pensé que lo mejor seria no entrar en la casa y pasar la noche en el corredor. Pero hacía mucho frío. Tenía que entrar e incluso hacer fuego, como había observado en tantas vistas. Pensé que la cocina sería el lugar más adecuado, porque, de ese modo, sobre el suelo de baldosas podría prender una buena fogata. Tenía también la esperanza de que el fuego ahuyentase a las ratas, animales que siempre me asquearon. La cocina estaba, como todo el resto de la casa, en la última ruina. No me sentí capaz de acostarme en el suelo, aun amontonando paja, porque imaginé que allí era más fácil que se acercara alguna rata. Me pareció mejor acostarme sobre el fogón. Era una cocina de tipo antiguo, semejante a la que tenemos nosotros y a ésas que todavía se ven en algunas chacras, con fogones para carbón y cocina económica. En cuanto al resto de la casa, la exploraría al día siguiente: no tenía en ese momento, de noche, valor para recorrerla y además, por otra parte, no tenía objeto. Mi primera tarea fue juntar leña en el jardín; es decir: pedazos de cajones, maderas sueltas, paja, papeles, ramas caídas y ramas de un árbol seco que encontré. Con todo eso preparé una fogata cerca de la puerta de la cocina, cosa que no se me llenara de humo el interior. Después de algunas tentativas todo anduvo bien, y apenas vi las llamas, en medio de la oscuridad, sentí una sensación de calor, físico y espiritual. En seguida saqué de mi bolsa cosas para comer. Me senté sobre un cajón, cerca de la hoguera, y comí con ganas salamín con pan y manteca, y después dulce de batata. Mi reloj marcaba ¡recién! las ocho. No quería pensar lo que me esperaba en las largas horas de la noche.

La policía llegó a las once. No sé si, como te dije, alguien habría visto que un chico trepaba la verja. También es probable que algún vecino haya visto fuego o el humo de la hoguera que encendí, o mis movimientos por allí dentro con la linterna. Lo cierto es que la policía llegó y debo confesarte que la vi llegar con alegría. Quizá si hubiese tenido que pasar toda la noche cuando todos los ruidos externos van desapareciendo y cuando tenés de verdad la sensación de que la ciudad duerme, creo que me hubiera enloquecido con la corrida de las ratas y los gatos, con el silbido del viento y con los ruidos que mi imaginación podía atribuir también a fantasmas. Así que cuando llegó la policía yo estaba despierta, arrinconada arriba del fogón y temblando de miedo.

No te puedo decir la escena en mi casa, cuando me llevaron. Abuelo Pancho, el pobre, tenía los ojos llenos de lágrimas y no terminaba de preguntarme por qué había hecho semejante locura. Abuela Elena me retaba y al mismo tiempo me acariciaba, histéricamente. En cuanto a tía Teresa, tía abuela en realidad, que se la pasaba siempre en los velorios y en la sacristía, gritaba que debían meterme cuanto antes de pupila, en la escuela de la avenida Montes de Oca. Los conciliábulos deben de haber seguido durante buena parte de esa noche, porque yo los oía discutir allá en la sala. Al otro día supe que la abuela Elena había terminado por aceptar el punto de vista de tía Teresa, más que todo, lo creo ahora, porque pensaba que yo podía repetir aquella barbaridad en cualquier momento; y porque sabía, además, que yo quería mucho a la hermana Teodolina. A todo esto, por supuesto, yo me negué a decir nada y estuve todo el tiempo encerrada en mi pieza. Pero, en el fondo, no me disgustó la idea de irme de esta casa: suponía que de ese modo mi padre sentiría más mi venganza.

No sé si fue mi entrada en el colegio, mi amistad con la hermana Teodolina o la crisis, o todo junto. Pero me precipité en la religión con la misma pasión con que nadaba o corría a caballo: como si jugara la vida. Desde ese momento hasta que tuve quince. Fue una especie de locura con la misma furia con que nadaba de noche en el mar, en noches tormentosas, como si nadase furiosamente en una gran noche religiosa, en medio de tinieblas, fascinada por la gran tormenta interior.

Ahí está el padre Antonio: habla de la Pasión y describe con fervor los sufrimientos, la humillación y el sangriento sacrificio de la Cruz. El padre Antonio es alto y, cosa extraña, se parece a su padre. Alejandra llora, primero en silencio, y luego su llanto se vuelve violento y finalmente convulsivo. Huye. Las monjas corren asustadas. Ve ante si a la hermana Teodolina, consolándola, y luego se acerca el padre Antonio, que también intenta consolarla. El suelo empieza a moverse, como si ella estuviera en un bote. El suelo ondula como un mar, la pieza se agranda más y más, y luego todo empieza a dar vueltas: primero con lentitud y en seguida vertiginosamente. Suda. El padre Antonio se acerca, su mano es ahora gigantesca, su mano se acerca a su mejilla como un murciélago caliente y asqueroso. Entonces cae fulminada por una gran descarga eléctrica.

– ¿Qué pasa, Alejandra? -gritó Martín, precipitándose sobre ella.

Se había derrumbado y permanecía rígida, en el suelo, sin respirar, su rostro fue poniéndose violáceo, y de pronto tuvo convulsiones.

– ¡Alejandra! ¡Alejandra!

Pero ella no lo oía, ni sentía sus brazos: gemía y mordía sus labios.

Hasta que, como una tempestad en el mar que se calma poco a poco, sus gemidos fueron espaciándose y haciéndose más tiernos y lastimeros, su cuerpo fue aquietándose y por fin quedó blando y como muerto. Martín la levantó entonces en sus brazos y la llevó a su pieza, poniéndola sobre la cama. Después de una hora o más Alejandra abrió sus ojos, miró en torno, como borracha. Luego se sentó, pasó sus manos por la cara, como si quisiera despejarse, y quedó largo rato en silencio. Mostraba tener un cansancio enorme.

Después se levantó, buscó píldoras y las tomó.

Martín la observaba asustado.

– No pongas esa cara. Si vas a ser amigo mío tendrás que acostumbrarte a todo esto. No pasa nada importante.

Buscó un cigarrillo en la mesita y se puso a fumar. Durante largo tiempo descansó en silencio. Al cabo preguntó:

– ¿De qué te estaba hablando?

Martín se lo recordó.

– Pierdo la memoria, sabes.

Se quedó pensativa, fumando, y luego agregó:

– Salgamos afuera, quiero tomar aire.

Se acodaron sobre la balaustrada de la terraza.

– Así que te estaba hablando de aquella fuga.

Fumó en silencio.

– Conmigo no ganaban ni para sustos, decía la hermana Teodolina. Me torturaba días enteros analizando mis sentimientos, mis reacciones. Desde aquello que me pasó con el padre Antonio inicié una serie de mortificaciones: me arrodillaba horas sobre vidrios rotos, me dejaba caer la cera ardiendo de los cirios sobre las manos, hasta me corté en el brazo con una hoja de afeitar. Y cuando la hermana Teodolina, llorando, me quiso obligar a que le dijera por qué me había cortado, no le quise decir nada, y en realidad yo misma no lo sabía, y creo que todavía no lo sé. Pero la hermana Teodolina me decía que no debía hacer esas cosas, que a Dios no le gustaban esos excesos y que también en esas actitudes había un enorme orgullo satánico. ¡Vaya la novedad! Pero aquello era más fuerte, más invencible que cualquier argumentación. Ya verás cómo terminaría toda aquella locura.

Se quedó pensativa.

– Qué curioso -dijo al cabo de un rato-, trato de recordar el paso de aquel año y no puedo recordar más que escenas sueltas, una al lado de otra. ¿A vos te pasa lo mismo? Yo ahora siento el paso del tiempo, como si corriera por mis venas, con la sangre y el pulso. Pero cuando trato de recordar el pasado no siento lo mismo: veo escenas sueltas paralizadas como en fotografías.

Su memoria está compuesta de fragmentos de existencia, estáticos y eternos: el tiempo no pasa, en efecto, entre ellos, y cosas que sucedieron en épocas muy remotas entre sí están unas junto a otras vinculadas o reunidas por extrañas antipatías y simpatías. O acaso salgan a la superficie de la conciencia unidas por vinculas absurdos pero poderosos, como una canción, una broma o un odio común. Como ahora, para ella, el hilo que las une y que las va haciendo salir una después de otra es cierta ferocidad en la búsqueda de algo absoluto, cierta perplejidad, la que une palabras como padre, Dios, playa, pecado, pureza, mar, muerte.

– Me veo un día de verano y oigo a la abuela Elena que dice: "Alejandra tiene que ir al campo, es necesario que salga de acá, que tome aire". Curioso: recuerdo que en ese momento abuela tenía un dedal de plata en la mano.

Se rió.


– ¿Por qué te reís? -preguntó Martín, intrigado.

– Nada, nada de importancia. Me mandaron, pues, al campo de las viejuchas Carrasco, parientes lejanas de abuela Elena. No sé si te dije que ella no era de la familia Olmos, sino que se llamaba Lafitte. Era una mujer buenísima y se casó con mi abuelo Patricio, hijo de don Pancho. Algún día te contaré algo de abuelo Patricio, que murió. Bueno, como te decía, las Carrasco eran primas segundas de abuela Elena. Eran solteronas, eternas, hasta los nombres que tenían eran absurdos: Ermelinda y Rosalinda. Eran unas santas y en realidad para mí eran tan indiferentes como una losa de mármol o un costurero; ni las oía cuando hablaban. Eran tan candorosas que si hubiesen podido leer un solo segundo en mi cabeza se hubieran muerto de susto. Así que me gustaba ir al campo de ellas: tenía toda la libertad que quería y podía correr con mi yegüita hasta la playa, porque el campo de las viejas daba al océano, un poco al sur de Miramar. Además, ardía en deseos de estar sola, de nadar, de correr con la tordilla, de sentirme sola frente a la inmensidad de la naturaleza, bien lejos de la playa donde se amontonaba toda la gente inmunda que yo odiaba. Hacía un año que no veía a Marcos Molina y también esa perspectiva me interesaba. ¡Había sido un año tan importante! Quería contarle mis nuevas ideas, comunicarle un proyecto grandioso, inyectarle mi ardiente fe. Todo mi cuerpo estallaba con fuerza, y si siempre fui medio salvaje, en aquel verano la fuerza parecía haberse multiplicado, aunque tomando otra dirección. Durante aquel verano Marcos sufrió bastante. Tenía quince años, uno más que yo. Era bueno, muy atlético. En realidad, ahora que pienso llegará a ser un excelente padre de familia y seguro que dirigirá alguna sección de la Acción Católica. No te creas que fuese tímido, pero era del género buen muchacho, del género católico pelotudo: de buena fe y bastante sencillo y tranquilo. Ahora pensá lo siguiente: apenas llegué al campo me lo agarré por mi cuenta y empecé a tratar de convencerlo para que nos fuésemos a la China o al Amazonas apenas tuviésemos dieciocho años. Como misioneros, ¿entendés? Nos íbamos a caballo, bien lejos, por la playa, hacia el sur. Otras veces íbamos en bicicleta o caminábamos durante horas. Y con largos discursos, llenos de entusiasmo, intentaba hacerle comprender la grandeza de una actitud como la que yo le proponía. Le hablaba del padre Damián y de sus trabajos con los leprosos de la Polinesia, le contaba historias de misioneros en China y en África, y la historia de las monjas que sacrificaron los indios en el Matto Grosso. Para mí, el goce más grande que podía sentir era el de morir en esa forma, martirizada. Me imaginaba cómo los salvajes nos agarraban, cómo me desnudaban y me ataban a un árbol con sogas y cómo luego, en medio de alaridos y danzas, se acercaban con un cuchillo de piedra afilada, me abrían el pecho y me arrancaban el corazón sangrante.

Alejandra se quedó callada, volvió a encender el cigarrillo que se le había apagado, y luego prosiguió:

– Marcos era católico, pero me escuchaba mudo. Hasta que un día me terminó por confesar que esos sacrificios de misioneros que morían y sufrían el martirio por la fe eran admirables, pero que él no se sentía capaz de hacerlo. Y que de todos modos pensaba que se podía servir a Dios en otra forma más modesta, siendo una buena persona y no haciendo el mal a nadie. Esas palabras me irritaron.

– ¡Sos un cobarde! -le grité con rabia.

Estas escenas, con ligeras variantes, se repitieron dos o tres veces.

El se quedaba mortificado, humillado. Yo me iba en ese momento de su lado y dando un rebencazo a mi tordilla me volvía a galope tendido, furiosa y llena de desdén por aquel pobre diablo. Pero al otro día volvía a la carga, más o menos sobre lo mismo. Hasta hoy no comprendo el porqué de mi empecinamiento, ya que Marcos no me despertaba ningún género de admiración. Pero lo cierto es que yo estaba obsesionada y 110 le daba descanso.

– Alejandra -me decía con bonhomía, poniéndome una de sus manazas sobre el hombro-, ahora déjate de predicar y vamos a bañarnos.

– ¡No! ¡Momento! -exclamaba yo, como si él estuviera queriendo rehuir un compromiso previo. Y nuevamente a lo mismo.

A veces le hablaba del matrimonio.

– Yo no me casaré nunca -le explicaba-. Es decir, no tendré nunca hijos, si me caso.


Él me miró extrañado, la primera vez que se lo dije.

– ¿Sabes cómo se tienen los hijos? -le pregunté.

– Más o menos -respondió, poniéndose colorado.

– Bueno, si lo sabes, comprenderás que es una porquería.

Le dije esas palabras con firmeza, casi con rabia, y como si fuesen un argumento más en favor de mi teoría sobre las misiones y el sacrificio.

– Me iré, pero tengo que irme con alguien, ¿comprendes? Tengo que casarme con alguien porque si no me harán buscar con la policía y no podré salir del país. Por eso he pensado que podría casarme contigo. Mira: ahora tengo catorce años y vos tenés quince. Cuando yo tenga dieciocho termino el colegio y nos casamos, con autorización del juez de menores. Nadie puede prohibirnos ese casamiento. Y en último caso nos fugamos y entonces tendrán que aceptarlo. Entonces nos vamos a China o al Amazonas. ¿Qué te parece? Pero nos casamos nada más que para poder irnos tranquilos, ¿comprendes?, no para tener hijos, ya te expliqué. No tendremos hijos nunca. Viviremos siempre juntos, recorreremos países salvajes pero ni nos tocaremos siquiera. ¿No es hermosísimo?

Me miró asombrado.

– No debemos rehuir el peligro -proseguí-. Debemos enfrentarlo y vencerlo. No te vayas a creer, tengo tentaciones, pero soy fuerte y capaz de dominarlas. ¿Te imaginas qué lindo vivir juntos durante años, acostarnos en la misma cama, a lo mejor vernos desnudos y vencer la tentación de tocarnos y de besarnos?

Marcos me miraba asustado.

– Me parece una locura todo lo que estás diciendo -comentó-. Además, ¿no manda Dios tener hijos en el matrimonio?

– ¡Te digo que yo nunca tendré hijos! -le grité-. ¡Y te advierto que jamás me tocarás y que nadie, nadie, me tocará!

Tuve un estallido de odio y empecé a desnudarme.

– ¡Ahora vas a ver! -grité, como desafiándolo.

Había leído que los chinos impiden el crecimiento de los pies de sus mujeres metiéndolos en hormas de hierro y que los sirios, creo, deforman la cabeza de sus chicos, fajándoselas. En cuanto me empezaron a salir los pechos empecé a usar una larga tira que corté de una sábana y que tenía como tres metros de largo: me daba varias vueltas, ajustándome bárbaramente. Pero los pechos crecieron lo mismo, como esas plantas que nacen en las grietas de las piedras y terminan rajándolas. Así que una vez que me hube quitado la blusa, la pollera y la bombacha, me empecé a sacar la faja. Marcos, horrorizado, 110 podía dejar de mirar mi cuerpo. Parecía un pájaro fascinado por una serpiente.

Cuando estuve desnuda, me acosté sobre la arena y lo desafié: -¡Vamos, desnúdate vos ahora! ¡Proba que sos un hombre!

– ¡Alejandra! -balbuceó Marcos-. ¡Todo lo que estás haciendo es una locura y un pecado!

Repitió como un tartamudo lo del pecado, varias veces, sin dejar de mirarme, y yo, por mi parte, le seguía gritando maricón, con desprecio cada vez mayor. Hasta que, apretando las mandíbulas y con rabia, empezó a desnudarse. Cuando estuvo desvestido, sin embargo, parecía habérsele terminado la energía, porque se quedó paralizado, mirándome con miedo.

– Acostáte acá -le ordené.

– Alejandra, es una locura y un pecado.

– ¡Vamos, acostáte acá! -le volví a ordenar.

Terminó por obedecerme.

Quedamos los dos mirando al cielo, tendidos de espaldas sobre la arena caliente, uno al lado del otro. Se produjo un silencio abrumador, se podía oír el chasquido de las olas contra las toscas. Arriba, las gaviotas chillaban y evolucionaban sobre nosotros. Yo sentí la respiración de Marcos, que parecía haber corrido una larga carrera.

– ¿Ves qué sencillo? -comenté-. Así podremos estar siempre.

– ¡Nunca, nunca! -gritó Marcos, mientras se levantaba con violencia, como si huyera de un gran peligro.

Se vistió con rapidez, repitiendo "¡nunca, nunca! ¡Estás loca, estás completamente loca!"

Yo no dije nada pero me sonreía con satisfacción. Me sentía poderosísima.

Y como quien no dice nada, me limité a decir:

– Si me tocabas, te mataba con mi cuchillo.

Marcos quedó paralizado por el horror. Luego, de pronto, salió corriendo para el lado de Miramar.

Recostada sobre un lado vi cómo se alejaba. Luego me levanté y corrí hacia el agua. Nadé durante mucho tiempo, sintiendo cómo el agua salada envolvía mi cuerpo desnudo. Cada partícula de mi carne parecía vibrar con el espíritu del mundo.

Durante varios días Marcos desapareció de Piedras Negras. Pensé que estaba asustado o, acaso, que se había enfermado. Pero una semana después reapareció, tímidamente. Yo hice como si no hubiera pasado nada y salimos a caminar, como otras veces. Hasta que de pronto le dije:

– ¿Y Marcos? ¿Pensaste en lo del casamiento?

Marcos se detuvo, me miró seriamente y me dijo, con firmeza:

– Me casaré contigo, Alejandra. Pero no en la forma que decís.

– ¿Cómo? -exclamé-. ¿Qué estás diciendo?

– Que me casaré para tener hijos, como hacen todos. -Sentí que mis ojos se ponían rojos, o vi todo rojo. Sin darme del todo cuenta me encontré lanzándome contra Marcos. Caímos al suelo, luchando. Aun cuando Marcos era fuerte y tenía un año más que yo, al principio luchamos en forma pareja, creo que porque mi furor multiplicaba mi fuerza. Recuerdo que de pronto hasta logré ponerlo debajo y con mis rodillas le di golpes sobre el vientre. Mi nariz sangraba, gruñíamos como dos enemigos mortales. Marcos hizo por fin un gran esfuerzo y se dio vuelta. Pronto estuvo sobre mí. Sentí que sus manos me apretaban y que retorcía mis brazos como tenazas. Me fue dominando y sentí su cara cada vez más cerca de la mía. Hasta que me besó.

Le mordí los labios y se separó gritando de dolor. Me soltó y salió corriendo.

Yo me incorporé, pero, cosa extraña, no lo perseguí: me quedé petrificada, viendo cómo se alejaba. Me pasé la mano por la boca y me refregué los labios, como queriéndolos limpiar de suciedad. Y poco a poco sentí que la furia volvía a subir en mí como el agua hirviendo en una olla. Entonces me quité la ropa y corrí hacia el agua. Nadé durante mucho tiempo, quizá horas, alejándome de la playa, mar adentro.

Experimentaba una extraña voluptuosidad cuando las olas me levantaban. Me sentía a la vez poderosa y solitaria, desgraciada y poseída por los demonios. Nadé. Nadé hasta que sentí que las fuerzas se me acababan. Entonces empecé a bracear hacia la playa.

Me quedé mucho tiempo descansando en la arena, de espaldas sobre la arena caliente, observando las gaviotas que planeaban. Muy arriba, nubes tranquilas e inmóviles daban tina sensación de absoluta calma al anochecer, mientras mi espíritu era un torbellino y vientos furiosos lo agitaban y desgarraban: mirándome hacia adentro, parecía ver a mi conciencia como un barquito sacudido por una tempestad.

Volví a casa cuando ya era de noche, llena de rencor indefinido, contra todo y contra mí misma. Me sentí llena de ideas criminales. Odiaba una cosa: haber sentido placer en aquella lucha y en aquel beso. Todavía en mi cama, de espaldas mirando el techo, seguía dominada por una sensación imprecisa que me estremecía la piel como si tuviera fiebre. Lo curioso es que casi no recordaba a Marcos como Marcos (en realidad, ya te dije que me parecía bastante zonzo y que nunca le tuve admiración): era más bien una confusa sensación en la piel y en la sangre, el recuerdo de brazos que me estrujaban, el recuerdo de un peso sobre mis pechos y mis muslos. No sé cómo explicarte, pero era como si lucharan dentro de mí dos fuerzas opuestas, y esa lucha, que no alcanzaba a entender, me angustiaba y me llenaba de odio. Y ese odio parecía alimentado por la misma fiebre que estremecía mi piel y que se concentraba en la punta de mis pechos.

No podía dormir. Miré la hora: era cerca de las doce. Casi sin pensarlo, me vestí y me descolgué, como otras veces, por la ventana de mi cuarto hacia el jardincito. No sé si te dije ya que las Carrasco tenían, además, una casita en el mismo Miramar, donde pasaban a veces semanas o fines de semana. Estábamos entonces allí.

Casi corriendo fui hasta la casa de Marcos (aunque había jurado no verlo nunca más).

El cuarto de él daba a la calle, en el piso de arriba. Silbé, como otras veces, y esperé.

No respondía. Busqué una piedrita en la calle y la arrojé contra su ventana, que estaba abierta, y volví a silbar. Por fin se asomó y me preguntó, asombrado, qué pasaba.

– Bajá -le dije-. Quiero hablarte.

Creo que todavía hasta ese momento no había comprendido que quería matarlo, aunque tuve la precaución de llevar mi cuchillito de campo.

– No puedo, Alejandra -me respondió-. Mi padre está muy enojado y si me oye va a ser peor.

– Si no bajas -le respondí con rencorosa calma- va a ser mucho peor, porque voy a subir yo.

Vaciló un instante, midió quizás las consecuencias que le podía atraer mi propósito de subir y entonces me dijo que esperara.

Al poco rato apareció por la puerta trasera.

Me puse a caminar delante de él.

– ¿Adonde vas? -me preguntó alarmado-, ¿qué te propones?

No contesté 3' seguí hasta llegar a un baldío que había a media cuadra de su casa. Él venía siempre atrás, como arrastrado.

Entonces me volví bruscamente hacia él y le dije:

– ¿Por qué me besaste, hoy?

Mi voz, mi actitud, qué sé yo, lo que sea, debe de haberlo impresionado, porque casi no podía hablar.

– Responde -le dije con energía.

– Perdóname -balbuceó-, lo hice sin querer…

Tal vez alcanzó a vislumbrar el brillo de la hoja, quizá fue solamente el instinto de conservación, pero se lanzó casi al mismo tiempo sobre mí y con sus dos manos me sujetó mi brazo derecho, forcejeando para hacerme caer el cuchillito. Logró por fin arrancármelo y lo arrojó lejos, entre los yuyos. Yo corrí y llorando de rabia empecé a buscarlo, pero era absurdo intentar encontrarlo entre aquella maraña, y de noche. Entonces salí corriendo hacia abajo, hacia el mar: me había acometido la idea de salir mar afuera y dejarme ahogar. Marcos corrió detrás, acaso sospechando mi propósito, y de pronto sentí que me daba un golpe detrás de la oreja. Me desmayé. Según supe después, me levantó y me llevó hasta la casa de las Carrasco, dejándome en la puerta y

tocando el timbre, hasta que vio que se encendían las luces y que venían a abrir, huyendo en ese momento. A primera vista puede pensarse que esto era una barbaridad, por el escándalo que se provocaría. Pero ¿qué otra cosa podía hacer Marcos? Si se hubiera quedado, conmigo desmayada a su lado, a las doce de la noche, cuando las viejas creían que yo estaba en mi cama durmiendo, ¿te imaginas la que se hubiera armado? Dentro de todo, hizo lo más apropiado. De cualquier modo, ya te podrás imaginar el escándalo. Cuando volví en mí, estaban las dos Carrasco, la mucama y la cocinera, todas encima, con colonia, con abanicos, qué sé yo. Lloraban y se lamentaban como si estuvieran delante de una tragedia abominable. Me interrogaban, daban chillidos, se persignaban, decían Dios mío, daban órdenes, etc.

Fue una catástrofe.

Te imaginarás que me negué a dar explicaciones.

Se vino abuela Elena, consternada y que, en vano, trató de sacarme lo que había detrás de todo. Tuve una fiebre que me duró casi todo el verano.

Hacia fines de febrero empecé a levantarme.

Me había vuelto casi muda y no hablaba con nadie. Me negué a ir a la Iglesia, pues me horrorizaba la sola idea de confesar mis pensamientos del último tiempo.

Cuando volvimos a Buenos Aires, tía Teresa (no sé si te hablé ya de esa vieja histérica, que se pasaba la vida entre velorios y misas, siempre hablando de enfermedades y tratamientos), tía Teresa dijo, en cuanto me tuvo enfrente:

– Sos el retrato de tu padre. Vas a ser una perdida. Me alegro que no seas hija mía.

Salí hecha una furia contra la vieja loca. Pero, cosa extraña, mi furia mayor no era contra ella sino contra mi padre, como si la frase de mi tía abuela me hubiese golpeado a mí, como si un bumerang hubiese ido hasta mi padre y finalmente, de nuevo, a mí.

Le dije a abuela Elena que quería irme al colegio, que no dormiría ni un día en esta casa. Me prometió hablar con la hermana Teodolina para que me recibieran de algún modo antes del período de las clases. No sé lo que habrán hablado las dos, pero la verdad es que buscaron la forma de recibirme. Esa misma noche me arrodillé delante de mi cama y pedí a Dios que hiciera morir a mi tía Teresa. Lo pedí con una unción feroz y lo repetí durante varios meses, cada noche, al acostarme y también en mis largas horas de oración en la capilla. Mientras tanto, y a pesar de todas las instancias de la hermana Teodolina, me negué a confesarme: mi idea, bastante astuta, era primero lograr la muerte de tía, y después confesarme; porque (pensaba) si me confesaba antes tendría que decir lo que planeaba y me vería obligada a desistir.

Pero tía Teresa no murió. Por el contrario, cuando volví a casa en las vacaciones la vieja parecía estar más sana que nunca. Porque te advierto que aunque se pasaba quejando y tomando píldoras de todos los colores, tenía una salud de hierro. Se pasaba hablando de enfermos y muertos. Entraba en el comedor o en la sala diciendo con entusiasmo:

– Adivinen quién murió.

O, comentando con una mezcla de arrogancia e ironía:

– Inflamación al hígado… ¡Cuando yo les decía que eso era cáncer! Un tumor de tres kilos, nada menos.

Y corría al teléfono para dar la noticia con ese fervor que tenía para anunciar catástrofes. Marcaba el número y sin perder tiempo, telegráficamente, para dar la noticia a la mayor cantidad de gente en el menor tiempo posible (no fuera que otro se le adelantase), decía "¿Josefina? Pipo cáncer", y así a María Rosa, a Beba, a Naní, a María Magdalena, a María Santísima. Bueno, como te digo, al verla con tanta salud, todo el odio rebotó contra Dios. Sentía como si me hubiese estafado, y al sentirlo de alguna manera del lado de tía Teresa, de esa vieja histérica y de mala entraña, asumía ante mí cualidades semejantes a las de ella. Toda la pasión religiosa pareció de pronto invertirse, y con la misma fuerza. Tía Teresa había dicho que yo iba a ser una perdida y por lo tanto Dios también pensaba así, y no sólo lo pensaba sino que seguramente lo quería. Empecé a planear mi venganza, y como si Marcos Molina fuera el representante de Dios sobre la tierra, imaginé lo que haría con él apenas llegase a Miramar. Entretanto llevé a cabo algunas tareas menores: rompí la cruz que había sobre mi cama, eché al inodoro las estampas y me limpié con el traje de comunión como si fuera papel higiénico, tirándolo después a la basura.

Supe que los Molina ya se habían ido a Miramar y entonces la convencí a abuela Elena para que telefoneara a las viejuchas Carrasco. Salí al otro día, llegué a Miramar cerca de la hora de comer y tuve que seguir hasta la estancia en el auto que me esperaba, sin poder ver ese día a Marcos.

Esa noche no pude dormir.

El calor es insoportable pesado. La luna, casi llena, está rodeada de un halo amarillento como de pus. El aire está cargado de electricidad y no se mueve ni una hoja: todo anuncia la tormenta. Alejandra da vueltas y vueltas en la cama, desnuda y sofocada, tensa por el calor, la electricidad y el odio. La luz de la luna es tan intensa que en el cuarto todo es visible. Alejandra se acerca a la ventana y mira la hora en su relojito: las dos y media. Entonces mira hacia afuera: el campo aparece iluminado como en una escenografía nocturna de teatro; el monte inmóvil y silencioso parece encerrar grandes secretos; el aire está impregnado de un perfume casi insoportable de jazmines y magnolias. Los 'perros están inquietos, ladran intermitentemente sus respuestas se alejan y vuelven a acercarse, en flujos y reflujos. Hay algo malsano en aquella luz amarillenta y pesada, algo como radiactivo y perverso. Alejandra tiene dificultad en respirar y siente que el cuarto la agobia. Entonces, en un impulso irresistible, se echa descolgándose por la ventana. Camina por el césped del parque y el Milord la siente y le mueve la cola. Siente en la planta de sus pies el contacto húmedo y áspero-suave del césped. Se aleja hacia el lado del monte, y cuando está lejos de la casa, se echa sobre la hierba, abriendo todo lo que puede sus brazos y sus piernas. La luna le da de pleno sobre su cuerpo desnudo y siente su piel estremecida por la hierba. Así permanece largo tiempo: está como borracha y no tiene ninguna idea precisa en la mente. Siente arder su cuerpo y pasa sus manos a lo largo de sus flancos, sus muslos, su vientre. Al rozarse apenas con las yemas sus pechos siente que toda su piel se eriza y se estremece como la piel de los gatos.

Al otro día, temprano, ensillé la petisa y corrí a Miramar. No sé si te dije ya que mis encuentros con Marcos eran siempre clandestinos, porque ni su familia me podía ver a mí, ni yo los tragaba a ellos. Sus hermanas, sobre todo, eran dos taraditas cuya máxima aspiración consistía en casarse con jugadores de polo y aparecer el mayor número de veces en Atlántida o El Hogar. Tanto Mónica como Patricia me detestaban y corrían con el chisme en cuanto me veían con el hermanito. Así que mi sistema de comunicación con él era silbar bajo su ventana, cuando imaginaba que podía estar allí, o dejarle un mensaje a Lomónaco, el bañero. Ese día, cuando llegué a la casa, se había ido, porque no respondió a mis silbidos. Así que fui hasta la playa y le pregunté a Lomónaco si lo había visto: me dijo que se había ido al Dormy House y que recién volvería a la tarde. Pensé por un momento en ir a buscarlo, pero desistí porque me comunicó que se había ido con las hermanas y otras amigas. No quedaba otro recurso que esperarlo. Entonces le dije que yo lo esperaría en Piedras Negras a las seis de la tarde.

Bastante malhumorada, volví a la estancia.

Después de la siesta me encaminé con la petisa hacia Piedras Negras. Y allá lo esperé.

La tormenta que se anunciaba desde el día anterior se ha ido cargando durante la jornada: el aire se ha ido convirtiendo en un fluido pesado y pegajoso, nubes enormes han ido surgiendo durante la mañana hacia la región del oeste y, durante la siesta, como de un gigantesco y silencioso hervidero han ido cubriendo todo el cielo. Tirada a la sombra de unos pinos, sudorosa e inquieta, Alejandra siente cómo la atmósfera se está cargando minuto a minuto con la electricidad que precede a las grandes tempestades.

Mi descontento y mi irritación aumentaban a medida que transcurría la tarde, impaciente por la demora de Marcos. Hasta que por fin apareció cuando la noche se venía encima, precipitada por los nubarrones que avanzaban desde el oeste.

Llegó casi corriendo y yo pensé: tiene miedo de la tormenta. Todavía hoy me pregunto por qué descargaba todo mi odio a Dios sobre aquel pobre infeliz, que más bien parecía adecuado para el menosprecio. No sé si porque era un tipo de católico que siempre me pareció muy representativo, o porque era tan bueno y por lo tanto la injusticia de tratarlo mal tenía más sabor. También puede que haya sido porque tenía algo puramente animal que me atraía algo estrictamente físico, es cierto, pero que calentaba la sangre.

– Alejandra -dijo-, se viene la tormenta y me parece mejor que volvamos a Miramar.

Me puse de costado y lo miré con desprecio.

– Apenas llegás -le dije-, recién me ves, ni siquiera tratas de saber por qué te he buscado y ya estás pensando en volver a casita.

Me senté, para quitarme la ropa.

– Tengo mucho que hablar contigo, pero antes vamos a nadar.

– Estuve todo el día en el agua, Alejandra. Y además -añadió, señalando con un dedo hacia el cielo- mirá lo que se viene.

– No importa. Vamos a nadar lo mismo.

– No traje la malla.

– ¿La malla? -pregunté con sorna-. Yo tampoco tengo malla.

Empecé a quitarme el blue-jean.

Marcos, con una firmeza que me llamó la atención, dijo:

– No, Alejandra, yo me iré. No tengo malla y no nadaré desnudo, contigo.

Yo me había quitado el blue-jean. Me detuve y con aparente inocencia, como si no comprendiera sus razones, le dije:

– ¿Por qué? ¿Tenés miedo? ¿Qué clase de católico sos que necesitas estar vestido para no pecar? ¿Así que desnudo sos otra persona?

Empezaba a quitarme las bombachas, agregué:

– Siempre pensé que eras un cobarde, el típico católico cobarde.

Sabía que eso iba a ser decisivo. Marcos, que había apartado la mirada de mí desde el momento en que yo me dispuse a quitarme las bombachas, me miró, rojo de vergüenza y de rabia, y apretando sus mandíbulas empezó a desnudarse.

Había crecido mucho durante ese año, su cuerpo de deportista se había ensanchado, su voz era ahora de hombre y había perdido los ridículos restos de niño que tenía el año anterior: tenía dieciséis años, pero era muy fuerte y desarrollado para su edad. Yo, por mi parte, había abandonado la absurda faja y mis pechos habían crecido libremente; también se habían ensanchado mis caderas y sentía en todo mi cuerpo una fuerza poderosa que me impulsaba a realizar actos portentosos.

Con el deseo de mortificarlo, lo miré minuciosamente cuando estuvo desnudo.

– Ya no sos el mocoso del año pasado, ¿eh?

Marcos, avergonzado, había dado vuelta su cuerpo y estaba colocado casi de espaldas a mí.

– Hasta te afeitas.

– No veo nada de malo en afeitarme -comentó con rencor.

– Nadie te ha dicho que sea malo. Observo sencillamente que te afeitas.

Sin responderme, y quizá para no verse obligado a mirarme desnuda y a mostrar él su desnudez, corrió hacia el agua, en momentos en que un relámpago iluminó todo el cielo, como una explosión. Entonces, como si ese estallido hubiese sido la señal, los relámpagos y truenos empezaron a sucederse. El gris plomizo del océano se había ido oscureciendo, al mismo tiempo que el agua se embravecía. El cielo, cubierto por los sombríos nubarrones, era iluminado a cada instante como por fogonazos de una inmensa máquina fotográfica.

Sobre mi cuerpo tenso y vibrante empezaron a caer las primeras gotas de agua; corrí hacia el mar. Las olas golpeaban con furia contra la costa.

Nadamos mar afuera. Las olas me levantaban como una pluma en un vendaval y yo experimentaba una prodigiosa sensación de fuerza y a la vez de fragilidad. Marcos no se alejaba de mí y dudé si sería por temor hacia él mismo o hacia mí.

Entonces él me gritó:

– ¡Volvamos, Alejandra! ¡Pronto no sabremos ni hacia dónde está la playa!

– ¡Siempre cauteloso! -le grité.

– ¡Entonces me vuelvo solo!

No respondí nada y además era ya imposible entenderse. Empecé a nadar hacia la costa. Las nubes ahora eran negras y desgarradas por los relámpagos y los truenos continuos, parecían venir rodando desde lejos para estallar sobre nuestras cabezas.

Llegamos a la playa. Y corrimos al lugar donde teníamos la ropa cuando la tempestad se desencadenó finalmente en toda su furia: un pampero salvaje y helado barría la playa mientras la lluvia comenzaba a precipitarse en torrentes casi horizontales.

Era imponente: solos, en medio de una playa solitaria, desnudos, sintiendo sobre nuestros cuerpos el agua aquella barrida por el vendaval enloquecido, en aquel paisaje rugiente iluminado por estallidos.

Marcos, asustado, intentaba vestirse. Caí sobre él y le arrebaté el pantalón.

Y apretándome contra él, de pie, sintiendo su cuerpo musculoso y palpitante contra mis pechos y mi vientre, empecé a besarlo, a morderle los labios, las orejas, a clavarle las uñas en las espaldas.

Forcejeó y luchamos a muerte. Cada vez que lograba apartar su boca de la mía, borboteaba palabras ininteligibles, pero seguramente desesperadas. Hasta que pude oír que gritaba:

– ¡Déjame, Alejandra, déjame por amor de Dios! ¡Iremos los dos al infierno!

– ¡Imbécil! -le respondí-. ¡El infierno no existe! ¡Es un cuento de los curas para embaucar infelices como vos! ¡Dios no existe!

Luchó con desesperada energía y logró por fin arrancarme de su cuerpo.

A la luz de un relámpago vi en su cara la expresión de un horror sagrado. Con sus ojos muy abiertos, como si estuviera viviendo una pesadilla, gritó:

– ¡Estás loca, Alejandra! ¡Estás completamente loca, estás endemoniada!

– ¡Me río del infierno, imbécil! ¡Me río del castigo eterno!

Me poseía una energía atroz y sentía a la vez una mezcla de fuerza cósmica, de odio y de indecible tristeza. Riéndome y llorando, abriendo los brazos, con esa teatralidad que tenemos cuando adolescentes, grité repetidas veces hacia arriba, desafiando a Dios que me aniquilase con sus rayos, si existía.

Alejandra mira su cuerpo desnudo, huyendo a toda carrera, iluminado fragmentariamente por los relámpagos; grotesco y conmovedor, piensa que nunca más lo volverá a ver.

El rugido del mar y de la tempestad parecen pronunciar sobre ella oscuras y temibles amenazas de la Divinidad.


XI

<p id="_Toc49254296">XI</p>

Volvieron al cuarto. Alejandra fue hasta su mesita de luz y sacó dos píldoras rojas de un tubo. Luego se sentó al borde de la cama y golpeando con la palma de su mano izquierda a su lado le dijo a Martín:

– Sentáte.

Mientras él se sentaba, ella, sin agua, tragaba las dos píldoras. Luego se recostó en la cama, con las piernas encogidas cerca del muchacho.

– Tengo que descansar un momento -explicó, cerrando los ojos.

– Bueno, entonces me voy -dijo Martín.

– No, no te vayas todavía -murmuró ella, como si estuviera a punto de dormirse-; después seguiremos hablando…, es un momento…

Y empezó a respirar hondamente, ya dormida.

Había dejado caer sus zapatos al suelo y sus pies desnudos estaban cerca de Martín, que estaba perplejo y todavía emborrachado por el relato de Alejandra en la terraza: todo era absurdo, todo sucedía según una trama disparatada y cualquier cosa que él hiciera o dejara de hacer parecía inadecuada.

¿Qué hacía él allí? Se sentía estúpido y torpe. Pero, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, ella parecía necesitarlo: ¿no lo había ido a buscar? ¿No le había contado sus experiencias con Marcos Molina? A nadie, pensó con orgullo y perplejidad, a nadie se las había contado antes, estaba seguro. Y no había querido que se fuese y se había dormido a su lado, se había dejado dormir a su lado, había hecho ese supremo gesto de confianza que es dormirse al lado de otro: como un guerrero que deja su armadura. Ahí estaba, indefensa pero misteriosa e inaccesible. Tan cerca, pero separada por la muralla ingrávida pero infranqueable y tenebrosa del sueño.

Martín la miró: estaba de espaldas, respirando ansiosamente por su boca entreabierta, su gran boca desdeñosa y sensual. Su pelo largo y lacio, renegrido (con aquellos reflejos rojizos que indicaban que esa Alejandra era la misma chiquitina pelirroja de la infancia y algo a la vez tan distinto ¡tan distinto!), desparramado sobre la almohada, destacaba su rostro anguloso, esos rasgos que tenían la misma nitidez, la misma dureza que su espíritu. Temblaba y estaba lleno de ideas confusas, nunca antes sentidas. La luz del velador iluminaba su cuerpo abandonado, sus pechos que se marcaban debajo de su blusa blanca, y aquellas largas y hermosas piernas encogidas que lo tocaban. Acercó una de sus manos a su cuerpo, pero antes de llegar a colocarla sobre él, la retiró asustado. Luego, después de grandes vacilaciones, su mano volvió a acercarse a ella y finalmente se posó sobre uno de sus muslos. Así permaneció, con el corazón sobresaltado, durante un largo rato, como si estuviera cometiendo un robo vergonzoso, como si estuviera aprovechando el sueño de un guerrero para robarle un pequeño recuerdo. Pero entonces ella se dio vuelta y él retiró su mano. Ella encogió sus piernas, levantando las rodillas y curvó su cuerpo como si volviera a la posición fetal.

El silencio era profundo y se oía la agitada respiración de Alejandra y algún silbato lejano de los muelles.

Nunca la conoceré del todo, pensó, como en una repentina y dolorosa revelación.

Estaba ahí, al alcance de su mano y de su boca. En cierto modo estaba sin defensa ¡pero qué lejana, qué inaccesible que estaba! Intuía que grandes abismos la separaban (no solamente el abismo del sueño sino otros) y que para llegar hasta el centro de ella habría que marchar durante jornadas temibles, entre grietas tenebrosas, por desfiladeros peligrosísimos, al borde de volcanes en erupción, entre llamaradas y tinieblas. Nunca, pensó, nunca.

Pero me necesita, me ha elegido, pensó también. De alguna manera lo había buscado y elegido a él, para algo que no alcanzaba a comprender. Y le había contado cosas que estaba seguro jamás había contado a nadie, y presentía que le contaría muchas otras, todavía más terribles y hermosas que las que ya le había confesado. Pero también intuía que habría otras que nunca, pero nunca le sería dado conocer. Y esas sombras misteriosas e inquietantes ¿no serían las más verdaderas de su alma, las únicas de verdadera importancia? Había tenido un estremecimiento cuando él mencionó a los ciegos, ¿por qué? Se había arrepentido apenas pronunciado el nombre Fernando, ¿por qué?

Ciegos, pensó, casi con miedo. Ciegos, ciegos.

La noche, la infancia, las tinieblas, las tinieblas, el terror y la sangre, sangre, carne y sangre, los sueños, abismos, abismos insondables, soledad soledad soledad, tocamos pero estamos a distancias inconmensurables, tocamos pero estamos solos. Era un chico bajo una cúpula inmensa, en medio de la cúpula, en medio de un silencio aterrador, solo en aquel inmenso universo gigantesco.

Y de pronto oyó que Alejandra se agitaba, se volvía hacia arriba y parecía rechazar algo con las manos. De sus labios salían murmullos ininteligibles, pero violentos y anhelantes, hasta que, como teniendo que hacer un esfuerzo sobrehumano para articular, gritó ¡no, no! incorporándose abruptamente.

– ¡Alejandra! -la llamó Martín sacudiéndola de los hombros, queriendo arrancarla de aquella pesadilla.

Pero ella, con los ojos bien abiertos, seguía gimiendo, rechazando con violencia al enemigo.

– ¡Alejandra, Alejandra! -seguía llamando Martín, sacudiéndola por los hombros.

Hasta que ella pareció despertarse como si surgiese de un pozo profundísimo, un pozo oscuro y lleno de telarañas y murciélagos.

– Ah -dijo con voz gastada.

Permaneció largo tiempo sentada en la cama, con la cabeza apoyada sobre sus rodillas y las manos cruzadas sobre sus piernas encogidas.

Después se bajó de la cama, encendió la luz grande, un cigarrillo y empezó a preparar café.

– Te desperté porque me di cuenta de que estabas en una pesadilla -dijo Martín, mirándola con ansiedad.

– Siempre estoy en una pesadilla, cuando duermo -respondió ella, sin darse vuelta, mientras ponía la cafetera sobre el calentador.


Cuando el café estuvo listo le alcanzó una tacita y ella, sentándose en el borde de la cama, tomó el suyo, abstraída. Martín pensó: Fernando, ciegos.

"Menos Fernando y yo", había dicho. Y aunque conocía ya lo bastante a Alejandra para saber que no se le debía preguntar nada sobre aquel nombre que ella había rehuido en seguida, una insensata presión lo llevaba una y otra vez a aquella región prohibida, a bordearla peligrosamente. -¿Y tu abuelo -preguntó- también es unitario?

– ¿Cómo? -dijo ella, abstraída.

– Digo si tu abuelo también es unitario.

Alejandra volvió su mirada hacia él, un poco extrañada.

– ¿Mi abuelo? Mi abuelo murió.

– ¿Cómo? Creí que me habías dicho que vivía.

– No, hombre: mi abuelo Patricio murió. El que vive es mi bisabuelo, Pancho, ¿no te lo expliqué ya?

– Bueno, sí, quería decir tu abuelo Pancho ¿es también unitario? Me parece gracioso que todavía pueda haber en el país unitarios y federales.

– No te das cuenta que aquí se ha vivido eso. Más aún: pensé que abuelo Pancho lo sigue viviendo, que nació poco después de la caída de Rosas. ¿No te dije que tiene noventa y cinco años?

– ¿Noventa y cinco años?

– Nació en 1858. Nosotros podemos hablar de unitarios y federales, pero él ha vivido todo eso, ¿comprendes? Cuando él era chico todavía vivía Rosas.

– ¿Y recuerda cosas de aquel tiempo?

– Tiene una memoria de elefante. Y además no hace otra cosa que hablar de aquello, todo el día, en cuanto te pones a tiro. Es natura es su única realidad. Todo lo demás no existe.

– Me gustaría algún día oírlo.

– Ahora mismo te lo muestro.

– ¡Cómo, qué estás diciendo! ¡Son las tres de la mañana!

– No seas ingenuo. No comprendes que para el abuelo no hay tres de la mañana. Casi no duerme nunca. O acaso dormite a cualquier hora, qué sé yo… Pero de noche sobre todo, se desvela y se pasa todo el tiempo con la lámpara encendida, pensando.

– ¿Pensando?

– Bueno, quién lo sabe… ¿Qué podes saber de lo que pasa en la cabeza de un viejo desvelado, que tiene casi cien años? Quizá sólo recuerde, qué sé yo… Dicen que a esa edad sólo se recuerda…

Y luego agregó, riéndose con su risa seca.

– Me cuidaré mucho de llegar hasta esa edad.

Y saliendo con naturalidad, como si se tratase de hacer una visita normal a personas normales y en horas sensatas, dijo:

– Vení, te lo muestro ahora. Quién te dice que mañana se ha muerto.

Se detuvo.

– Acostúmbrate un poco a la oscuridad y podrás bajar mejor.

Se quedaron un rato apoyados en la balaustrada mirando hacia la ciudad dormida.

– Mirá esa luz en la ventana, en aquella casita -comentó Alejandra, señalando con su mano-. Siempre me subyugan esas luces en la noche: ¿será una mujer que está por tener un hijo? ¿Alguien que muere? O a lo mejor es un estudiante pobre que lee a Marx. Qué misterioso es el mundo. Solamente la gente superficial no lo ve. Conversas con el vigilante de la esquina, le haces tomar confianza y al rato descubrís que él también es un misterio.

Después de un momento, dijo:

– Bueno, vamos.


XII

<p id="_Toc49254297">XII</p>

Bajaron y bordearon la casa por el corredor lateral hasta llegar a una puerta trasera, debajo de un emparrado. Alejandra palpó con su mano y encendió una luz. Martín vio una vieja cocina, pero con cosas amontonadas, como en una mudanza. Luego esa sensación fue aumentando al atravesar un pasillo. Pensó que en los sucesivos retaceos del caserón, no se habrían decidido o no habrían sabido desprenderse de objetos y muebles: muebles y sillas derrengadas, sillones dorados sin asientos, un gran espejo apoyado contra una pared, un reloj de pie detenido y con una sola aguja, consolas. Al entrar en la habitación del viejo, recordó una de esas casas de subastas de la calle Maipú. Una de las viejas salas se había juntado con el dormitorio del viejo, como si las piezas se hubiesen barajado. En medio de trastos, a la luz macilenta de un quinqué, entrevió un viejo dormitando en una silla de ruedas. La silla estaba colocada frente a una ventana que daba a la calle como para que el abuelo contemplase el mundo.

– Está durmiendo -murmuró Martín con alivio-. Mejor que lo dejes.

– Ya te dije que nunca se sabe si duerme.

Se colocó delante del viejo e inclinándose sobre él lo sacudió un poco.

– ¿Cómo, cómo? -tartamudeó el abuelo, entreabiertos sus ojitos.

Eran unos ojitos verdosos, cruzados por estrías rojas y negras, como si estuvieran agrietados, hundidos en el fondo de sus cuencas, rodeados por los pliegues apergaminados de un rostro momificado e inmortal.

– ¿Dormía, abuelo? -preguntó Alejandra a su oído, casi a gritos.

– ¿Cómo, cómo? No, m'hija, qué iba a dormir. Descansaba, nomás.

– Éste es un amigo mío.

El viejo asintió con la cabeza pero con un movimiento repetido y decreciente, como un tentempié que es apartado de su posición de equilibrio. Le extendió una mano huesuda, en la que venas enormes parecían querer salirse de una piel reseca y transparente como el tímpano de un viejo tambor.

– Abuelo -le gritó-, cuéntale algo del teniente Patrick.

El tentempié se movió nuevamente.

– Ajá -murmuraba-. Patrick, eso es, Patrick.

– No te preocupés, es lo mismo -le dijo Alejandra a Martín-, es lo mismo. Cualquier cosa. Siempre va a terminar hablando de la Legión, hasta que se olvide y se duerma.

– Ajá, el teniente Patrick, eso es.

Sus ojuelos lagrimeaban.

– Elmtrees, mocito, Elmtrees. Teniente Patrick Elmtrees, del famoso 71. Quién le iba a decir que moriría en la Legión.

Martín miró a Alejandra.

– Explíquele, abuelo, explíquele -gritó.

El viejo ponía su mano sarmentosa y enorme junto al oído, con la cabeza, inclinada hacia Alejandra. Dentro de la máscara de pergamino agrietado y ya adelantada hacia la muerte, parecía vivir dificultosamente un resto de ser humano, pensativo y bondadoso. La mandíbula inferior colgaba un poco, como si no tuviera fuerza para mantenerse apretada, y podían verse sus encías sin dientes.

– Eso es, Patrick.

– Explíquele, abuelo.

Pensaba, miraba hacia tiempos remotos.

– Olmos es la traducción de Elmtrees. Porque abuelo estaba harto de que lo llamaran Elemetri, Elemetrio, Lemetrio y hasta capitán Demetrio.

Pareció reírse con un temblor, llevando su mano a la boca.

– Eso es, hasta capitán Demetrio. Harto estaba. Y porque se había acriollado tanto que lo fastidiaba cuando le decían el inglés. Y se puso Olmos, nomás. Como los Island se habían puesto Isla y los Queenfaith, Reinafé. Lo jorobaba mucho -especie de risita-. Porque era muy retobón. De modo que fue muy juicioso, muy juicioso. Y además porque ésta era su verdadera patria. Aquí se había casado y aquí nacieron sus hijos. Y nadie, viéndolo sobre el gateado, con el cipero de plata, habría podido maliciar que era gringo. Y aunque lo hubiera maliciado -risita- no habría dicho esta boca es mía, porque ahí nomás don Patricio lo habría bajado de un rebencazo -risita-… El tenientito Patrick Elmtrees, sí señor. Quién le iba a decir. No, si el destino es más embrollao que negocio e'turco. Quién le iba a decir que su destino era morir a las órdenes del general.

Repentinamente pareció dormitar, con un leve estertor.

– ¿General? ¿Qué general? -preguntó Martín a Alejandra.

– Lavalle.

No entendía nada: ¿un teniente inglés a las órdenes de Lavalle? ¿Cuándo?

– La guerra civil, tonto.

Ciento setenta y cinco hombres, rotosos y desesperados, perseguidos por las lanzas de Oribe, huyendo hacia el norte por la quebrada, siempre hacia el norte. El alférez Celedonio Olmos cabalgaba pensando en su hermano Panchito muerto en Quebracho Herrado, y en su padre, el capitán Patricio Olmos, muerto en Quebracho Herrado. Y también, barbudo y miserable, rotoso y desesperado, cabalga hacia el norte el coronel Bonifacio Acevedo. Y otros ciento setenta y dos hombres indescifrables. Y una mujer. Noche y día huyendo hacia el norte, hacia la frontera.

La mandíbula inferior cuelga y temblequea: "Tío Panchito y abuelo lanceados en Quebracho Herrado", murmura, como asintiendo.

– No entiendo nada -dice Martín.

– El 27 de junio de 1806 -le dijo Alejandra-, los ingleses avanzaban por las calles de Buenos Aires. Cuando yo era así -puso una mano cerca del suelo- el abuelo me contó la historia ciento setenta y cinco veces. La novena compañía cerraba la marcha del famoso 71 (¿por qué famoso?). No sé, pero así decían. Creo que nunca lo habían vencido, en ninguna parte del mundo ¿comprendes? La novena compañía avanzaba por la calle de la Universidad (¿de la Universidad?). Pero sí, zonzo, la calle Bolívar. Te cuento como el viejo, me lo sé de memoria. Al llegar a la esquina de nuestra Señora del Rosario, Venezuela para los atrasados, pasó la cosa (¿qué cosa?). Espera. Tiraban de todo. Desde las azoteas, quiero decir: aceite hirviendo, platos, botellas, fuentes, hasta muebles. También baleaban. Todos tiraban: las mujeres, los negros, los chicos. Y ahí lo hirieron (¿a quién?). Al teniente Patrick, hombre, en esa esquina estaba la casa de Bonifacio Acevedo, abuelo del viejo, el hermano del que después fue general Cosme Acevedo (¿el de la calle?), sí, el de la calle: es lo único que nos va quedando, nombres de calles. Este Bonifacio Acevedo se casó con Trinidad Arias, de Salta -se acercó a una pared y trajo una miniatura y a la luz del quinqué, mientras el viejo parecía asentir a algo remoto con la mandíbula colgando y los ojos cerrados, Martín vio el rostro de una mujer hermosa cuyos rasgos mongólicos parecían el murmullo secreto de los rasgos de Alejandra, murmullo entre conversaciones de ingleses y españoles-. Y esta muchacha tuvo una pila de hijos, entre ellos María de los Dolores, y Bonifacio, que después sería el coronel Bonifacio Acevedo, el hombre de la cabeza.

Pero Martín pensó (y así lo dijo) que cada vez entendía menos. Porque ¿qué tenía que ver con todo ese barullo el teniente Patrick, y cómo había muerto a las órdenes de Lavalle?

– Esperá, zonzo, ahora viene la combinación. ¿No oíste al viejo que la vida es más embrollada que negocio de turco? El destino esta vez era un negro grandote y feroz, un esclavo de mi tataratatarabuelo, un negro Benito. Porque el Destino no se manifiesta en abstracto sino que a veces es un cuchillo de un esclavo y otras veces es la sonrisa de una mujer soltera. El Destino elige sus instrumentos, en seguida se encarna y luego viene la joda. En este caso se encarnó en el negro Benito, que le encajó una cuchillada al tenientito con la suficiente mala suerte (según el punto de vista del negro) que Elmtrees pudo convertirse en Olmos y yo pude existir. Yo estuve pendiente, como se dice, de un hilo de seda y de circunstancias muy frágiles, porque si el negro no oye los gritos que desde la azotea daba María de los Dolores, ordenando que no lo ultimara, el negro lo liquida en forma perfecta y definitiva, como eran sus deseos, pero no los del Destino, que aunque se había encarnado en Benito no opinaba exactamente como él, tenía sus pequeñas diferencias. Cosa que sucede muy a menudo, porque claro, el Destino no puede andar eligiendo en forma tan ajustada a la gente que le va a servir de instrumento. Del mismo modo que si vos estás apurado para llegar a un lugar, cosa de vida o muerte, no te vas a andar fijando mucho si el auto está tapizado de verde o el caballo tiene una cola que te disgusta. Se agarra lo que se tiene más a mano. Por eso el Destino es algo confuso y un poco equívoco: él sabe bien lo que quiere, en realidad, pero la gente que lo ejecuta, no tanto. Como esos subalternos medio zonzos que nunca ejecutan con perfección lo que se les ordena. Así que el Destino se ve obligado a proceder como Sarmiento: hacer las cosas, aunque sea mal, pero hacerlas. Y muchas veces tiene que emborracharlos o aturdidos. Por eso se dice que el tipo estaba como fuera de sí, que no sabía lo que hacía, que perdió el control. Por supuesto. De otro modo, en lugar de matar a Desdémona o a César, vaya a saber la payasada que hacían. Así que, como te explicaba, en el momento en que Benito se disponía a decretar mi inexistencia, María de los Dolores le gritó desde arriba con tanta fuerza que el negro se detuvo. María de los Dolores. Tenía catorce años. Estaba tirando aceite hirviendo pero gritó a tiempo.

– Tampoco entiendo; ¿no se trataba de impedir que los ingleses ganaran?

– Atrasado mental, ¿no has oído hablar del coup de foudre? En medio del caos se produjo. Ya ves cómo funciona el Destino. El negro Benito obedeció de mala gana a la amita, pero arrastró al oficialito adentro, como se lo ordenaba la abuela de mi bisabuelo Pancho. Allí las mujeres le hicieron la primera cura, mientras llegaba el doctor Argerich. Le quitaron la chaqueta. ¡Pero si es un niño!, decía horrorizada misia Trinidad. ¡Pero si no ha de tener ni diecisiete años! decían. ¡Pero qué temeridá! se lamentaban. Mientras lo lavaban con agua limpia y con caña, y lo vendaban con tiras de sábanas. Después lo acostaron. Durante la noche deliraba y pronunciaba palabras en inglés, mientras María de los Dolores, rezando y llorando, le cambiaba paños de vinagre. Porque, como me contaba el abuelo, la niña se había enamorado del gringuito y había decidido que se casaría con él. Y has de saber, me decía, que cuando a una mujer se le pone esa idea entre ceja y ceja, no hay poder del cielo o de la tierra que lo impida. De modo que mientras el pobre teniente deliraba y seguramente soñaba con su patria ya la chica había decidido que aquella patria había dejado de existir, y que los descendientes de Patrick nacerían en la Argen tina. Después, cuando empezó a recobrar el conocimiento, resultó que era nada menos que el sobrino del propio general Beresford. Ya te podes imaginar lo que habrá sido la llegada de Beresford a la casa y el momento en que besó la mano de misia Trinidad.

– Ciento setenta y cinco hombres -farfulló el viejo, asintiendo.

– ¿Y eso?

– La Legión. Siempre piensa en lo mismo: en la infancia o sea en la Legión. Te sigo contando. Beresford les agradeció lo que habían hecho con el muchacho y decidieron que seguiría en casa hasta que se curara del todo. Y así, mientras las fuerzas inglesas ocupaban Buenos Aires, Patrick se hacía amigo de la familia, lo que no era muy fácil si se tiene en cuenta que todos, y también mi familia, odiaban la ocupación. Pero lo peor empezó con la reconquista: grandes escenas de llanto, etcétera. Por supuesto, Patrick volvió a incorporarse a su ejército y hubo de combatir contra nosotros. Y cuando los ingleses tuvieron que rendirse, Patrick sintió a la vez una gran alegría y una gran tristeza. Muchos de los vencidos pidieron quedarse aquí y fueron internados. Patrick, por supuesto, quiso quedarse y lo internaron en la estancia La Horqueta, uno de los campos de mi familia, que estaba cerca de Pergamino. Eso fue en 1807. Un año después se casaron, fueron felices y comieron perdices. Don Bonifacio le regaló parte del campo y Patricio empezó su tarea de convertirse en Elemetri, Elemetrio, don Demetrio, teniente Demetrio y de repente Olmos. Y al que dijera inglés o Demetrio, leña.

– Hubiera sido mejor que lo mataran en Quebracho Herrado -murmuró el viejo.

Martín volvió a mirar a Alejandra.

– Al coronel Acevedo, quiere decir ¿comprendes? Si lo hubieran matado en Quebracho Herrado 110 lo hubieran degollado aquí, en el momento en que esperaba ver a su mujer y a su hija.

"Mejor habría sido que me mataran en Quebracho Herrado" piensa el coronel Bonifacio Acevedo mientras huye hacia el norte, pero por otra razón, por razones que cree horribles (esa marcha desesperada, esa desesperanza, esa miseria, esa derrota total) pero que son infinitamente menos horribles que las que podrá tener doce años después, en el momento de sentir el cuchillo sobre la garganta, frente a su casa.

Vio que Alejandra se dirigía a la vitrina y gritó, pero ella, diciendo "déjate de mariconadas" sacaba la caja, quitaba la tapa y le mostraba la cabeza del coronel, mientras Martín se tapaba los ojos y ella se reía ásperamente, volviendo a guardar aquello.

– En Quebracho Herrado -murmuraba el viejo, asintiendo.

– De modo -explicó Alejandra- que nuevamente yo había nacido de milagro.

Porque si a su tatarabuelo el alférez Celedonio Olmos lo matan en Quebracho Herrado, como a su hermano y a su padre, o lo degüellan frente a la casa, como al coronel Acevedo, ella no habría nacido y en ese momento no estaría allí en aquella habitación, rememorando aquel pasado. Y gritándole al oído al abuelo "cuéntele lo de la cabeza" y diciéndole a Martín que ella tenía que irse y desapareciendo antes que él atinara a correr con ella (acaso porque estaba como atontado), lo dejó con el viejo, que repetía "la cabeza, eso es, la cabeza", asintiendo como un tentempié que ha sido apartado de su posición de equilibrio. Luego su mandíbula inferior se agitó, colgó temblorosamente por unos instantes, sus labios musitaron algo ininteligible (quizás un resumen mental como los chicos que deben dar la lección) y finalmente dijo: " La Mazorca, eso es, tiraron la cabeza ahí mismo, por la ventana de la sala. Se bajaron de los caballos con grandes risotadas y gritos de alegría, se acercaron a la ventana y gritaron ¡sandias, patrona! ¡sandias fresquitas! Y cuando abrieron la ventana tiraron la cabeza ensangrentada del tío Bonifacio. Mejor habría sido que lo mataran también en Quebracho Herrado, como a tío Panchito y al abuelo Patricio. Ya lo creo". Cosa que también pensaba el coronel Acevedo mientras huía hacia el norte por la quebrada de Humahuaca, con ciento setenta y cuatro camaradas (y una mujer), perseguido y rotoso, derrotado y tristísimo, pero ignorante de que aún viviría doce años, en tierras lejanas, esperando el momento de volver a ver a su mujer y a su hija.

– Gritaban sandias fresquitas y era la cabeza, mocito. Y la pobre Encarnación cayó como muerta cuando la vio, y en realidad murió pocas horas después, sin volver en sí. Y la pobre Escolástica, que era una chicuela de once años, perdió la razón. Eso es.

Y cabeceando, empezó a dormitar, mientras Martín estaba paralizado por un silencioso y extraño pavor, en medio de aquella pieza casi oscura, con aquel viejo centenario, con la cabeza del coronel Acevedo en la caja, con el loco que podía andar rondando por ahí. Pensaba: lo mejor es que salga. Pero el temor de encontrarse con el loco lo paralizaba. Y entonces se decía que era preferible esperar la vuelta de Alejandra, que no tardaría, que no podía tardar, ya que sabía que él nada podía hacer con aquel viejo. Sentía como si poco a poco hubiese ido ingresando en una suave pesadilla en que todo era irreal y absurdo. Desde las paredes parecían observarlo aquel señor pintado por Prilidiano Pueyrredón y aquella dama de gran peineta. El alma de guerreros, de conquistadores, de locos, de cabildantes y de sacerdotes parecía llenar invisiblemente la habitación y murmurar quedamente entre ellos: historias de conquista, de batallas, de lanceamientos y degüellos.

– Ciento setenta y cinco hombres.

Miró al viejo: su mandíbula inferior asentía, colgando, temblequeando.

– Ciento setenta y cinco hombres sí señor.

Y una mujer. Pero el viejo no lo sabe, o no lo quiere saber. He ahí todo lo que queda de la orgullosa Legión, después de ochocientas leguas de retirada y de derrota, de dos años de desilusión y de muerte. Una columna de ciento setenta y cinco hombres miserables y taciturnos (y una mujer) que galopan hacia el norte, siempre hacia el norte. ¿No llegarán nunca? ¿Existe la tierra de Bolivia, más allá de la interminable quebrada? El sol de octubre cae a plomo y pudre el cuerpo del general. El frío de la noche congela el pus y detiene el ejercito de gusanos. Y nuevamente el día, y los tiros de retaguardia, la amenaza de los lanceros de Oribe.

El olor, el espantoso olor del general podrido.

La voz que canta en el silencio de la noche:

Palomita blanca,

vidalita

que cruzas el valle,

ve a decir a todos,

vidalita,

que ha muerto Lavalle.

– Hornos los abandonó, caramba. Dijo "me uniré al ejército de Paz". Y los dejó, con el comandante Ocampo, también. Caramba. Y Lavalle los vio alejarse con sus hombres, hacia el este, en medio del polvo. Y mi padre dice que el general parecía lagrimear, mientras miraba los dos escuadrones que se alejaban. Ciento setenta y cinco hombres le quedaban.

El viejo asintió y quedó pensativo, moviendo siempre su cabeza.

– Los negros lo querían a Hornos, mucho lo querían. Y tatita terminó por recibirlo a Hornos. Venía aquí, a la quinta, y mateaban, recordaban sucedidos de la campaña.

Volvió a murmurar algo que no se entendía.

– Emprincipiaron a ralear desde la presidencia de Roca. Los gringos que fueron llegando los desplazaron. Labores humildes, pues. Yo ya no salgo, pero hasta hace unos años, cuando todavía sabía darme una vueltita por ahí, sobre todo para la fiesta de Santa Lucía, bajaban algunos negros que andaban de ordenanza en el congreso o en alguna otra repartición nacional. Algunos, viejos, como el pardo Elizalde, a gatas si podía caminar, el pobre, pero ahí se aparecía para la fiesta de la patrona. ¡Qué se habrá hecho de tanto negro que hubo por esta barriada cuando yo era chicuelo! Tomasito, Lucía, Benito, el tío Joaquín… Lucía era la cebadora de mate de madre, Tomasito, el cochero, también estaba la vieja Encarnación, que supo ser nodriza de mi padre y de mis tíos, y la Toribia, famosa por sus empanadas y pasteles de fuente, que la recuerdo tullida allá en el patio de atrás, tomando mates y contando cuentos.

Asintió con la cabeza, su mandíbula cayó y murmuró algo sobre el comandante Hornos y sobre el coronel Pedernera. Luego se calló. ¿Dormía, pensaba? Acaso dentro de él transcurría esa vida latente y silenciosa que transcurre en los lagartos durante los largos meses de invierno, cercana a la eternidad.

Piensa Pedernera: veinticinco años de campañas, de combates, de victorias y derrotas. Pero en aquel tiempo sí sabíamos por lo que luchábamos. Luchábamos por la libertad del continente, por la Patria Grande. Pero ahora… Ha corrido tanta sangre por el suelo de América, hemos visto tantos atardeceres desesperados, hemos oído tantos alaridos de lucha entre hermanos… Ahí mismo viene Oribe, dispuesto a degollarnos, a lancearnos, a exterminarnos ¿no luchó conmigo en el Ejército de los Andes? El bravo, el duro general Oribe. ¿Dónde está la verdad? ¡Qué hermosos eran aquellos tiempos! ¡Qué arrogante iba Lavalle con su uniforme de mayor de granaderos, cuando entramos en Lima! Todo era más claro, entonces, todo era lindo como el uniforme que llevábamos…

– Ya lo creo, mocito: muchas peleas supo haber en nuestra familia por causa de Rosas, y de ese tiempo viene la separación de las dos ramas, sobre todo en la familia de Juan Bautista Acevedo. Y de estos Acevedo hubo muchos federales netos, como Evaristo, que fue miembro de la Sala de Representantes, y otros como Marianito, Vicente y Rudecindo, que si no fueron federales netos por lo menos estaban con Rosas cuando el bloqueo y nunca nos perdonaron…

Tosió, pareció que iba a dormirse, pero de pronto volvió a hablar:

– Porque de Lavalle, hijo, se puede decir cualquier cosa, pero nadie que sea bien nacido podrá negarle su buena fe, su hombría de bien, su caballerosidad, su desinterés. Sí señor.

He peleado en ciento cinco combates por la libertad de este continente. He peleado en los campos de Chile al mando del general San Martín, y en Perú a las órdenes del general Bolívar. Luché luego contra las fuerzas imperiales en territorio brasilero. Y después, en estos dos años de infortunio, a lo largo y a lo ancho de nuestra pobre patria. Acaso he cometido grandes errores, y el más grande de todos el fusilamiento de Dorrego. Pero ¿quién es dueño de la verdad? Nada sé ya, fuera de que esta tierra cruel es mi tierra y que aquí tenía que combatir y morir. Mi cuerpo se está pudriendo sobre mi tordillo de pelea pero eso es todo lo que sé.

– Sí señor -dijo el viejo, tosiendo y carraspeando, como pensativo, con los ojos lacrimosos, repitiendo "sí señor" varias veces, moviendo la cabeza como si asintiera a un interlocutor invisible.

Pensativo y lacrimoso. Mirando hacia la realidad, hacia la única realidad.

Realidad que se organizaba según leyes extrañísimas.

– Fue por el 32, según contaba mi padre, eso es. Porque te advierto que eso de la mejora del ganado tuvo sus pros y sus contras. Fue el inglés Miller que emprincipió, con el famoso Tarquino, por el 30. Eso es, el famoso Tarquino en la estancia La Caledonia. El gringo Miller, excelente sujeto. Trabajador y ahorrativo como todos los escoceses, eso sí. Amarrete, para decirlo con más claridad (risita y toses repetidas). No como nosotros los criollos, que somos demasiado mano abierta y por eso estamos donde estamos (toses). Así que lo sabían criticar, sobre todo don Santiago Calzadilla, que era muy reparón y amigo del comadreo. La Caledonia, eso es. En el pago de Cañuelas. Don Juan Miller se había casado con una Balbastro, Misia Dolores Balbastro. Supo ser dama de gran energía, corno que muchas veces dirigió la defensa contra la indiada y hasta disparaba la carabina como un hombre. Como abuela, que también era baqueana para las armas largas. Eran mujeres de ley, amiguito, y claro, un poco se volvían así por la vida dura. ¿De qué estaba hablando?

– Del inglés Miller.

– Del inglés Miller, eso es. Todo el mundo habla de él y del famoso Tarquino, y cuando venía a casa don Santiago Calzadilla contaba muchos chistes del bicho aquel, del Tarquino. Que para criticones se nos ha concedido gran habilidá, hijo. Así que el inglés Miller tuvo que aguantarse el chichoneo general durante muchos años. Pero él se sonreía, decía mi padre, y seguía adelante. Porque estos escoceses son duros como el ñandubay y muy tercos y temosos. Y el hombre temaba con la mejora del ganado y nadie lo iba a sacar de la huella.

Volvió a reírse y a toser. Pasó torpemente un pañuelo por sus ojos que lagrimeaban.

– ¿De qué te estaba hablando?

– De los toros de raza, señor.

– Eso es, los toros.

Tosió y cabeceó un momento. Luego dijo:

– Nunca la familia de Evaristo nos perdonó. Nunca. Ni cuando degollaron a mi tío. Lo cierto es que nuestra familia quedó dividida por causa del tirano. No te vayas a creer que mi padre no reconocía sus méritos. Pero decía que en sus últimos años aquello era una abominación, por más que haya defendido el pabellón nacional. Le reprochaba su crueldá fría y refinada, su espíritu taimado ¿no lo hizo asesinar a Quiroga? Él era un cobarde, como que huyó en Caseros. Era miedoso, es un hecho. Te podría contar mil sucedidos de aquella época, sobre todo el año 40, como cuando lo degollaron a un mozo Iranzuaga, novio de una Isabelita Ortiz, medio parienta nuestra. Nadie dormía tranquilo. Y ya podes imaginar las angustias en casa de mis padres, con mi madre sola desde que tatita se había incorporado a la Legión. Y también se había ido mi abuelo don Patricio, ¿te conté la historia de don Patricio?, y mi tío abuelo Bonifacio y tío Panchito. Así que en la estancia no quedaba más que tío Saturnino, que era el menor, un chiquilín. Y después todas mujeres. Todas mujeres.

Se volvió a pasar el pañuelo por los ojos, que lagrimeaban, tosió, cabeceó y pareció dormirse. Pero de pronto dijo:

– Sesenta leguas. Y con la gente de Oribe pisándole los talones. Y contaba mi padre que el sol de octubre era muy fuerte. El general se pudría rápidamente y nadie soportaba el olor a los dos días de galope. ¡Y todavía faltaban cuarenta para la frontera! Cinco días y otras cuarenta leguas. Nada más que para salvar los huesos y la cabeza de Lavalle. Nada más que para eso, hijo. Porque estaban perdidos y ya ninguna otra cosa era posible hacer: ni guerra contra Rosas, ni nada. Le cortarían la cabeza al cadáver y se la mandarían a Rosas y la clavarían en la punta de una lanza, para deshonrarlo. Con un letrero que dijera: "ésta es la cabeza del salvaje, del inmundo, del asqueroso perro unitario Lavalle". Así que había que salvar el cuerpo del general a toda costa, llegando hasta Bolivia, defendiéndose a tiros a lo largo de siete días de huida. Sesenta leguas de retirada furiosa. Casi sin descanso.

Soy el comandante Alejandro Danel, hijo del mayor Danel, del ejército napoleónico. Todavía lo recuerdo cuando volvía con el Gran Ejército en el jardín de las Tullerías o en los Campos Elíseos, a caballo. Lo veo todavía a Napoleón seguido por su escolta de veteranos, con los legendarios sables corvos. Y después cuando al fin, cuando Francia ya no era más la tierra de la Libertad y yo soñaba con combatir por los pueblos oprimidos, me embarqué hacia estas tierras, junto con Brauix, Viel, Bardel, Brandsen y Rauch, que habían combatido al lado de Napoleón. ¡Dios mío, cuánto tiempo ha pasado, cuántos combates, cuántas victorias y derrotas, cuánta muerte y cuánta sangre! Aquella tarde de 1825 en que lo conocí y me pareció un águila imperial, al frente de su regimiento de coraceros. Y entonces marché con él a la guerra del Brasil, y cuando cayó en Yerbal lo recogí y con mis hombres lo llevé a través de ochenta leguas de ríos y montes, perseguido por el enemigo, como ahora… Y nunca más me separé de él… Y ahora, después de ochocientas leguas de tristeza, ahora marcho al lado de su cuerpo podrido, hacia la nada…

Pareció despertar y dijo:

– Algunas cosas las he visto yo mismo, otras las he oído de tatita, pero sobre todo de madre, porque tatita era callado y raramente hablaba. Así que cuando venía a matear el general Hornos o el coronel Ocampo, mientras recordaban cosas del tiempo viejo y de la Legión, tatita se limitaba a escuchar y a decir, de vez en cuando, qué cosa ¿no? o así es compadre.

Volvió a cabecear y a dormirse por un instante, pero despertó muy pronto y dijo:

– Eso es, Elisita, eso es. Pobre niña que bajó al río, enloquecida, cuando tuvo noticias de la muerte de su novio. De la quinta sí que me acuerdo, porque al almirante yo no lo alcancé a ver. Ya lo creo que se querían con mi abuelo Patricio y abuela Dolores, a pesar de que él era federal. Ya te contaré algún día la historia curiosa de mi abuelo, que no se llamaba Olmos sino Elmtrees, y que llegó aquí como teniente del ejército inglés, cuando las invasiones. Curiosa historia, ya lo creo (se rió y tosió).

Cabeceó y repentinamente empezó a roncar.

Martín volvió a mirar hacia la puerta, pero ningún ruido se oía. ¿Dónde estaba Alejandra? ¿Qué hacía en su pieza? También pensó que si no se había ido era por no dejar solo al viejo, que ni siquiera lo oía y tal vez ni siquiera lo veía: el viejo seguía su existencia subterránea y misteriosa, sin preocuparse de él ni de nadie que viviera en este tiempo, aislado por los años, por la sordera y por la presbicia, pero sobre todo por la memoria del pasado, que se interponía como una oscura muralla de sueño, viviendo en el fondo de un pozo, recordando negros, cabalgatas, degüellos y episodios de la Legión. No se había quedado por consideración al viejo, sino porque estaba como inmovilizado por una especie de temor a atravesar aquellas regiones de la realidad en que parecía habitar el abuelo, el loco y hasta la propia Alejandra. Territorio misterioso e insano, disparatado y tenue como los sueños, tan sobrecogedor como los sueños. Sin embargo, se levantó de la silla donde parecía haber quedado clavado y sigilosamente empezó a alejarse del viejo, entre los trastos de remate, observando, vigilado por los antepasados de las paredes, mirando la caja en la vitrina. Llegó así hasta la puerta y quedó frente a ella, sin atreverse a abrirla. Se acercó y puso su oído contra la hendidura: tenía la impresión de que el loco estaba del otro lado, esperando su salida con el clarinete en la mano. Hasta creyó oír su respiración. Entonces, asustado, volvió lentamente hacia su silla y se sentó.

– Nada más que treinta y cinco leguas -murmuró de pronto el viejo.

Sí, quedan treinta y cinco leguas. Tres días de marcha a galope tendido por la quebrada, con el cadáver hinchado y hediendo a varias cuadras a la redonda, destilando los horribles líquidos de la podredumbre. Siempre adelante, con unos tiradores a la retaguardia. Desde Jujuy hasta Huacalera, veinticuatro leguas. Nada más que treinta y cinco leguas más, dicen para animarse. Nada más que cuatro, acaso cinco días más de galope, si tienen suerte.

En la noche silenciosa se pueden oír los cascos de la caballada fantasma. Siempre hacia el norte.

– Porque en la quebrada el sol es muy fuerte, hijo, porque son tierras muy altas y el aire es purísimo. Así que a los dos días de marcha el cuerpo estaba hinchado y el olor se sentía a varias cuadras, decía mi padre, y al tercer día hubo que descarnarlo, eso es.

El coronel Pedernera ordena hacer alto y habla con sus compañeros: el cuerpo se está deshaciendo, el olor es espantoso. Se lo descarnará y se conservarán los huesos. Y también el corazón, dice alguien. Pero sobre todo la cabeza: nunca Oribe tendrá la cabeza, nunca podrá deshonrar al general.

¿Quién quiere hacerlo? ¿Quién puede hacerlo?

El coronel Alejandro Danel lo hará.

Entonces descienden el cuerpo del general, que hiede. Lo colocan al lado del arroyo Huacalera, mientras el coronel Danel se arrodilla a su lado y saca el cuchillo de monte. A través de sus lágrimas contempla el cuerpo desnudo y deforme de su jefe. También lo miran duros y pensativos, también a través de sus lágrimas, los rotosos hombres que forman un círculo.

Luego, lentamente, hinca el cuchillo en la carne podrida.

Cabeceó y dijo:

– Durante el gobierno de don Bernardino lo nombraron capitán de milicias en la Guardia de la Horqueta, que así se llama el fortín, que ahora es el pueblo de Capitán Olmos. Después fue alcalde, hasta que subieron los federales. ¿De qué te estaba hablando?

– De cuando dejó el cargo de alcalde, señor (¿quién?).

– Eso es, el cargo de alcalde. Lo dejó cuando subieron los federales eso es. Y a quien quería oírlo, tal vez para que sus palabras llegaran hasta don Juan Manuel, le decía que con las vacas y los indios tenía de sobra y que no tenía tiempo para la política (risita). Pero el Restaurador, que no era manco, ¡qué iba a ser!, nunca creyó en aquellas palabras (risitas). Y fíjate si no andaría descaminado que mi abuelo vino a anoticiarse que don Juan Manuel le mandaba cartas al alcalde de La Horqueta en que le decía que no se le sacase el ojo al inglés Olmos (risitas y toses), porque a él le constaba que andaba conspirando con otros estancieros del Salto y del Pergamino. El ladino no se equivocaba, ¡cuándo, si era un lince! Porque efectivamente el abuelo andaba en conversaciones y así se vio cuando el general Lavalle desembarcó en San Pedro, en agosto del 40. Se presentó allí con su caballada y con sus dos hijos mayores: Celedonio, mi padre, que entonces tenía dieciocho años, y tío Panchito, que tenía un año más. ¡Desdichada campaña, aquella del 40! Abuelo aguantó en Quebracho Herrado hasta la última bala de cañón, cubriendo la retirada de Lavalle. Pudo huir, pero no quiso. Y cuando todo estaba perdido, disparó la última bala que les quedaba a sus cañones y se rindió a las tropas de Oribe. Mientras se enteraba de la muerte de Panchito, el hijo que más quería, sólo dijo: "Al menos se ha salvado el general". Y así terminó su vida en esta tierra mi abuelo don Patricio Olmos.

El viejo cabeceó, mientras murmuraba: "Armistrón, eso es, Armistrón" y de pronto se durmió profundamente.


XIII

<p id="_Toc49254298">XIII</p>

Martín esperó, pasó el tiempo y el viejo ya no despertó. Pensó que ahora se había dormido de verdad y entonces, poco a poco, tratando de no hacer ruido, se levantó y empezó a caminar hacia la puerta por la que había entrado Alejandra. Su temor era grande porque ya había madrugado y las luces del alba ya iluminaban la pieza de don Pancho. Pensó que podía tropezarse con el tío Bebe, o que la vieja Justina, la mujer de servicio, podría estar levantada. Y entonces ¿qué les diría?

"Vine con Alejandra, anoche", les diría.

Luego pensó que en esa casa nada podía llamar la atención y que, por lo tanto, no debía temer nada desagradable. Fuera, quizás, de un tropiezo con el loco, con el tío Bebe.

Sintió, o le pareció sentir un crujido, unos pasos, en el corredor al que se salía por aquella puerta. Ya con la mano en el picaporte y con el corazón sobresaltado, esperó en silencio. Se oyó el silbato lejano de un tren. Puso su oído contra la puerta y escuchó con ansiedad: no se oía nada, y ya iba a abrir cuando volvió a oír un pequeño crujido, esta vez inconfundible: eran pasos, cautelosos y espaciados, como alguien que hubiese estado acercándose de a poco a la misma puerta, por el otro lado.

"El loco", pensó agitadamente Martín, y por un instante retiró su oído de la puerta, con el temor de que abriesen bruscamente la puerta del otro lado y se encontrasen con él en una actitud tan sospechosa.

Permaneció así un largo rato sin saber qué determinación tomar: por una parte temía abrir la puerta y encontrarse con el loco; por la otra, miraba hacia donde estaba don Pancho temiendo que se despertase y que lo buscase.

Pero pensó que quizá fuese mejor así, que el viejo se despertase. Porque entonces, si el loco entraba, se vería con él, él podría explicarle. O tal vez al loco no haya que darle ninguna clase de explicación.

Recordó que Alejandra le había dicho que era un loco tranquilo, que se limitaba a tocar el clarinete: en fin a repetir una especie de garabato, sempiternamente. Pero ¿andaría suelto por la casa? ¿O estaría encerrado en una de las habitaciones, como había estado encerrada Escolástica, como era habitual en esas antiguas casas de familia?

En estas reflexiones pasó un rato, siempre escuchando.

Como no oyó nada nuevo, volvió, más tranquilo, a poner su oreja sobre la puerta y, afinando su oído, trató de distinguir el menor rumor o crujido sospechoso: no oyó nada, ahora.

Poco a poco fue haciendo girar el picaporte: era una de esas grandes cerraduras que se usaban en las puertas de antes, con llaves de unos diez centímetros de largo. El ruido que hacía el picaporte al girar le pareció formidable. Y pensó que si el loco andaba por ahí no podía dejar de oírlo y ponerse en guardia. Pero ¿qué hacer a esa altura? Así que, ya más decidido ante el hecho casi consumado, abrió con decisión la puerta.

Casi grita.

Ante él, hierático, estaba el loco. Era un hombre de más de cuarenta años, con barba de muchos días y ropa bastante raída, sin corbata, con el pelo revuelto. Llevaba un saco sport que en algún tiempo habría sido azul marino y un pantalón de franela gris. Su camisa estaba desprendida y todo el conjunto era arrugado y sucio. En la mano derecha, que colgaba, llevaba el famoso clarinete. Su cara era esa cara absorta y demacrada con ojos fijos y alucinados que es frecuente en los locos; era una cara flaca y angulosa, con los ojos grisverdosos de los Olmos y con nariz fuerte y aguileña, pero su cabeza era enorme y alargada como un dirigible.

Martín estaba paralizado por el miedo y no atinó a decir una sola palabra.

El loco lo miró un buen rato en silencio y luego, sin decir nada, se dio vuelta haciendo unas suaves contorsiones (semejantes a las que hacen los chicos de una murga, pero apenas perceptibles) y se alejó por el corredor hacia adentro, seguramente hacia su pieza.

Martín casi corrió en dirección contraria, hacia el patio que ya estaba muy iluminado por el día naciente.

Una vieja india de muchísima edad lavaba en una pileta. "Justina", pensó Martín, sobresaltándose nuevamente.

– Buenos días -dijo, tratando de aparentar calma y como si todo aquello fuese natural.

La vieja no contestó una palabra. "Tal vez sea sorda, como don Pancho", pensó Martín.

Sin embargo lo siguió con su mirada misteriosa e inescrutable de india por unos segundos que a Martín le parecieron interminables. Luego prosiguió el lavado.

Martín, que se había detenido, en un momento de indecisión, comprendió que debía proceder con naturalidad, y así se dirigió hacia la escalera de caracol para subir hasta el Mirador.

Llegó a la puerta y golpeó.

Después de unos instantes, y como no recibía contestación, volvió a golpear. Tampoco obtuvo respuesta. Entonces, acercando su boca al intersticio de la puerta, llamó a Alejandra con voz fuerte. Pero pasó el tiempo y nadie respondió.

Supuso que estaba durmiendo.

Pensó entonces que lo mejor sería irse. Pero se encontró caminando hacia la ventana del Mirador. Cuando llegó ante ella vio que las cortinas estaban sin correr. Entonces miró hacia dentro y trató de distinguir a Alejandra en medio de la semioscuridad que todavía había dentro; pero cuando su vista se hubo acostumbrado advirtió, con sorpresa, que ella no estaba dentro.

Por un momento no atinó a hacer nada ni a pensar algo coherente. Luego se dirigió hacia la escalera y empezó a bajarla con cuidado, mientras su cabeza trataba de ordenar alguna reflexión.

Atravesó el patio trasero, bordeó la vieja casa por el jardín lateral en ruinas y finalmente se encontró en la calle.

Caminó indeciso por la vereda hacia el lado de Montes de Oca, para tomar allí el ómnibus. Pero a poco de andar se detuvo y miró para atrás, hacia la casa de los Olmos. Estaba sumido en la mayor confusión y no atinaba a hacer algo preciso.

Volvió unos pasos hacia la casa y luego se detuvo nuevamente. Miró hacia la verja mohosa, como si esperara algo.

¿Qué? A la luz del día el caserón era todavía más disparatado que de noche, porque con sus paredes derruidas y desconchadas, con los yuyos creciendo libremente en el jardín, con su reja enmohecida y su puerta casi caída contrastaba con más fuerza que de noche con las fábricas y las chimeneas que se destacaban detrás. Como un fantasma es más absurdo de día.

Los ojos de Martín se detuvieron finalmente en el Mirador: allá arriba, le parecía solitario y misterioso como la propia Alejandra. ¡Dios mío! -se dijo- ¿qué es esto?

La noche que había pasado en aquella casa se le aparecía ahora, a la luz del día, como un sueño: el viejo casi inmortal; la cabeza del comandante Acevedo metida en aquella caja de sombreros; el tío loco con su clarinete y sus ojos alucinados; la vieja india, sorda o indiferente a cualquier cosa, hasta el punto de no molestarse en querer saber quién era y qué hacía un extraño que salía de las habitaciones y que luego subía al Mirador, la historia del capitán Elmtrees; la historia increíble de Escolástica y de su locura; y, sobre todo, la propia Alejandra.

Empezó a reflexionar con lentitud: era imposible ir a Montes de Oca y tomar un ómnibus, parecía demasiado brutal. Decidió irse caminando, pues, por Isabel la Católica hacia el lado de Martín García; la calle antigua le permitió ordenar poco a poco sus pensamientos encontrados.

Lo que más lo intrigaba y preocupaba era la ausencia de Alejandra. ¿Dónde había pasado la noche? ¿Lo había llevado a ver al abuelo para deshacerse de él? No, porque entonces lo hubiese dejado ir, simplemente, como cuando él quiso irse, después de aquel relato de Marcos Molina, todo aquel asunto de la playa y de las misiones en el Amazonas. ¿Por qué no lo dejó ir en aquel momento?

No, quizá todo era imprevisible, quizá para ella misma. Tal vez se le ocurrió irse mientras él estaba con don Pancho. Pero en ese caso ¿por qué no se lo había dicho? En fin, el mecanismo poco importaba. Lo que importaba era que Alejandra no hubiese pasado la noche en su Mirador. Entonces había que suponer que tenía algún lugar donde lo hacía. Y lo hacía habitualmente, ya que no había por qué pensar que en aquella noche había sucedido algo fuera de lo común.

¿O habría salido sencillamente a caminar por las calles?

Sí, sí, pensó con súbito alivio, casi con entusiasmo: había salido a caminar por ahí, a reflexionar, a despojarse. Ella era así: imprevisible y atormentada, rara, capaz de vagar de noche por las calles solitarias del suburbio. ¿Por qué no? ¿No se habían conocido en un parque? ¿No iba ella a menudo a esos bancos de los parques donde se habían encontrado por primera vez?

Sí, todo era posible.

Aliviado, caminó un par de cuadras. Hasta que de pronto recordó dos cosas que le habían llamado la atención en su momento, y que ahora comenzaron a preocuparlo: Fernando, aquel nombre que ella pronunció una sola vez y en seguida pareció arrepentida de haberlo hecho; y la violenta reacción que Alejandra tuvo cuando él hizo aquella referencia a los ciegos. ¿Qué pasaba con los ciegos? Algo importante era, de eso no tenía dudas, porque ella había quedado como paralizada. ¿Sería el misterioso Fernando ese ciego? Y en todo caso ¿quién era ese Fernando que ella parecía no querer nombrar, con esa especie de temor con que ciertos pueblos no nombran a la divinidad?

Con tristeza volvió a pensar que lo separaban de ella abismos oscuros y que probablemente siempre lo separarían.

Pero entonces, volvía a reflexionar con renovada esperanza, ¿por qué se le había acercado en el parque?, ¿y no había dicho que lo necesitaba, que ellos tenían algo muy importante en común?

Caminó con indecisión unos pasos y luego, deteniéndose, mirando el pavimento, como interrogándose a sí mismo, se dijo: pero, ¿para qué puede necesitarme?

Sentía un amor vertiginoso por Alejandra. Con tristeza pensó que ella, en cambio, no lo sentía. Y que si lo necesitaba a él, Martín, no era en todo caso con el mismo sentimiento que él experimentaba hacia ella.

Su cabeza era un caos.


XIV

<p id="_Toc49254299">XIV</p>

Durante muchos días no tuvo noticias de ella. Anduvo rondando la casa de Barracas y en varias oportunidades observó desde lejos la herrumbrada puerta de la verja.

Su desaliento culminó al perder el trabajo en la imprenta: por un tiempo no habría trabajo, le dijeron. Pero bien sabía él que la causa era muy otra.


XV

<p id="_Toc49254300">XV</p>

No había ido conscientemente: pero ahí estaba, frente a la vidriera de la calle Pinzón, pensando que en cualquier momento podría desmayarse. Las palabras PIZZA, FAINA parecían no golpear sobre su cabeza sino, directamente, sobre su estómago, como en los perros de Pávlov. Si estuviera Bucich, al menos. Pero tampoco se atrevía. Además, estaría en el sur, quién sabe cuándo volvería. Ahí estaba Chichín, con su gorra y sus tiradores colorados, y Humberto J. D'Arcángelo, más conocido por Tito, con sus escarbadientes a manera de cigarrillo y la Crítica arrollada en la mano derecha, como quien dice "señas particulares", ya que únicamente un burdo mistificador podría pretender ser Humberto J. D'Arcángelo sin el escarbadientes y la Crítica arrollada en la mano derecha. Tenía algo de pájaro, con su nariz ganchuda y filosa y sus ojitos un poco laterales sobre los dos lados de una cara aplastada y huesuda. Nerviosísimo e inquieto como siempre: escarbándose los dientes, arreglándose la rotosa corbata. Con su nuez prominente ascendiendo y descendiendo.

Martín lo miraba fascinado hasta que Tito lo vio y con su infalible memoria lo reconoció. Y haciéndole señas con la Crítica arrollada, como un agente de tránsito, le dijo que entrara, lo hizo sentar y le pidió un Cinzano con bitter; mientras desenvolvía el diario, que ya estaba abierto en la página de deportes, golpeaba sobre ella con su mano casi desprovista de carne y acercándose a Martín por encima de la mesita de mármol, con el escarbadientes moviéndose sobre el labio inferior, le dijo, ¿sabe cuánto se pagó por este hombre?, pregunta a la cual Martín puso una cara de susto, como si no supiese la lección, y aunque sus labios se movieron no logró articular ninguna palabra, mientras D'Arcángelo, con los ojitos brillándole de indignación, con la nuez detenida en medio de la garganta, esperaba la respuesta: con una sonrisa irónica, con una amarga ironía apriorística por la inevitable equivocación, no ya del muchacho sino de cualquiera que tendría cinco de seso. Pero felizmente, mientras la nuez permanecía en suspenso, llegó Chichín con las botellas y entonces Tito, dando vuelta su cara afilada hacia él, golpeando con el dorso de su mano huesuda sobre la página de deportes, le dijo: vo, Chichín, decime, e un decir, cuánto pagaron por ese tullido de Cincotta, y mientras el otro servía el Cinzano respondió y qué sé yo, quiniento, a lo que Tito respondió sonriendo de costado con amargura y cierta felicidad (porque demostraba hasta qué punto él, Humberto J. D'Arcángelo, estaba en lo cierto) je y luego de doblar la Crítica nuevamente, como un profesor que guarda en la vitrina el aparato después de la demostración, agregó Ochociento mil y después de un silencio proporcionado al enorme disparate, agregó: y ahora vo decime si a este paí estamo todo loco. Mantuvo su mirada fija en Chichín, como escrutando el menor signo de oposición y todo se mantuvo por unos segundos como paralizado: la nuez de D'Arcángelo, sus ojitos irónicos, la atenta expresión de Martín y Chichín con su gorra y sus tiradores colorados manteniendo la botella de vermouth en el aire.

La extraña instantánea duró acaso un segundo o dos. Tito echó soda al vermouth, tomó unos sorbos y se sumió en un silencio sombrío, mirando, tal como era habitual en momentos parecidos, a la calle Pinzón: mirada abstracta y en cierto modo completamente simbólica, que en ningún caso condescendería a la real visión de hechos externos. Después volvió a su tema preferido: ahora ya no había fóbal. ¿Qué se podrá esperar de jugadore que se compraban y vendían? Su mirada se hizo soñadora y empezó a rememorar, una vez más, la Gran Época, cuando él era un pebete así. Y mientras Martín, por pura timidez, tomaba el vermouth que después de dos días de ayuno sabía que le haría muy mal, Humberto J. D'Arcángelo le decía: Hay que amarrocar, pibe. Haceme caso. Es la única ley de la vida juntar mucha menega, rifar el corazón mientras se ajustaba la raída corbata y estiraba las mangas de su saco rotoso, corbata y traje que confirmaban que él, Humberto J. D'Arcángelo, era el riguroso negativo de la filosofía que predicaba. Y mientras de puro bondadoso lo instaba al muchacho a que terminara el vermouth, le hablaba de aquellos tiempos, y pronto a Martín le pareció que aquella conversación se desarrollaba en alta mar. Te estoy hablando del año quince, pibe, cuando yo iba a la cancha con el tío Vicente. Estábamo en plena conflagración. en tanto que Martín, mareado y triste pensaba en Alejandra y en su desaparición en el fiel de Seguel y Ministro Brin hasta el 25 en que no trasladamo a Bransen y del Crucero ¡eh, Chichín!, a ver cómo formó el plantel inicial, a lo que Chichín, mirando al techo, suspendiendo el repasado de su vaso, con los ojos cerrados, después de mover en silencio los labios (como quien revisa la lección) respondió De lo Santo, Vergara, Cerezo, Priano, Peney, Grande, Farenga, Molledo, José Farenga y Bacigaluppi, volviendo en seguida a su tarea con el vaso mientras Tito decía esato. Y aunque Racin otuvo el capionato, lo seneise, que ya perfilábanlo el temple salimo cuarto. En el 18 ocupamo el tercer puesto y en el 19 triunfamo. ¡Eh Chichín! Decí cómo formó el equipo que ganó la copa a lo que el otro respondió, después de permanecer un momento en suspenso, con los ojos cerrados y la cabeza levantada hacia el techo. Ortega, Busso, Tesorieri. López, Canaveri, Cortella, Elli, Bozzo, Calomino, Miranda y Martín volviendo en seguida a su tarea, mientras Tito comentaba esato. ¡Qué equipo, pibe! El gran Tesorieri. Nunca hubo ni volverá a haber eh, un arquero como Américo Tesorieri. Te lo dice Humberto J. D'Arcángelo, que ha visto fóbal del grande arreglándose la corbata y mirando hacia la calle Pinzón con indignación, mientras Martín, mareado, veía como en una fantasmagoría al viejo don Pancho Olmos hablando sobre la Legión y a Alejandra acodada sobre la balaustrada de la terraza y la cabeza del comandante Acevedo. Y lo mismo te digo de Pedro Leo Journal, el famoso calomino, el güín má veló que ha pisado la cancha nacionale. el inventor de la célebre bicicleta, que luego tanto y tanto han querido imitar. ¡Qué tiempo, pibe, qué tiempo! agregó, cambiando el sitio del escarbadientes del ángulo izquierdo al ángulo derecho de la boca y dirigiendo su mirada a la calle Pinzón, mientras Martín miraba a Alejandra dormir, observándola como al borde de un abismo. Pero, decía D'Arcángelo, lo justo, e lo justo, pibe, y hay oro en todo lo equipo y un fanático y era ciego para todo lo que no fuera Boca lo justo, e lo justo, pibe, y hay oro en todo lo equipo y hay bagayo también en Boca, pa qué no vamo a engañar. Y ahí tené, sin ir más lejo, al negro Seoane. la célebre Chancha Seoane, que fue el puntal de lo Diablo Rojo por varía temporada. Te voy a ser sincero, pibe: el negro Seoane personificaba la clásica picardía criolla puesta al servicio del noble deporte. Era un cra inteligente y aguerrido, la pesadilla de lo arquero de su tiempo. ¿Sabe cómo lo caracterizó Américo Tesorieri? El rey del área enemiga. Y con eso se ha dicho todo. ¿Y Domingo Tarasconi? El gran Tarasca fue uno de lo grande escore del fóbal amateur. Dueño de un potente sho, ya lo probó desde la punta derecha, y cuando fue corrido al eje, marcó un período glorioso en el historial del deporte argentino. Pero… y siempre hay un pero en el fóbal, como decía el finado Zanetta, por el mismo tiempo de Tarasca brillaba en la acción el gran Seoane, como te decía. Y ahora fíjate bien en lo que te voy a explicar: la línea tenía do ala de modalidade opuesta. La derecha era académica y jugadora, la izquierda se caracterizaba por un juego eficá y por un trámite si se quiere poco brillante pero efetista, que se traducía en resultado positivo. Y a la final, pibe, se diga lo que se diga, lo que se persigue en el fóbal es el escore. Y te advierto que yo soy de lo que piensan que un juego espetacular e algo que enllena el corazón y que la hinchada agradece, qué joder. Pero el mundo e así y a la final todo e cuestión de gole. Y para demostrarte lo que eran esa do modalidade de juego te voy a contar una acnédota ilustrativa. Una tarde, al intervalo, la Chancha le decía a Lalín: crúzamela, viejo, que entro y hago gol. Empieza el segundo jastáin, Lalín se la cruza, en efeto, y el negro la agarra, entra y hace gol, tal como se lo había dicho. Volvió Seoane con lo brazo abierto, corriendo hacia Lalín, gritándole: viste. Lalín, viste, y Lalín contestó si pero yo no me divierto. Ahí tené, si se quiere, todo el problema del fóbal criollo.

Y quedó pensativo, masticando su escarbadientes y mirando hacia la calle Pinzón.

– Qué época -murmuró para sí mismo.

Se ajustó la corbata, estiró las mangas del saco y se volvió hacia Martín con el rostro amargado, como quien vuelve a la dura realidad, y golpeando sobre el diario dijo Ochociento mil morlaco por semejante lisiado. Así va el mundo. Con los ojitos brillando de indignación, ajustándose la deshilacliada corbata. Y luego, señalando verticalmente con el índice, como si se refiriera a la mesita, agregó: Aquí, a este paí hay que avivarse. O te aviva o te jodé pa todo el partido. Y mirando los muchachos que se habían ido reuniendo, pero dirigiéndose simbólicamente hacia Martín (mientras Martín empezaba a ver, como en un sueño confuso y poético, a Alejandra durmiéndose ante sus ojos) blandiendo el diario nuevamente arrollado, agregó: Vo leé el diario y te entera de un negociado. Y capá que seguí pensando a la luna o leyendo eso libro y como Poroto y El Rengo dijeron ma qué está diciendo D'Arcángelo con sorna comentó y lo del Tucolesco este también e una joda y los otros respondieron bah, también lo diario a lo que Tito replicó volviendo a poner su índice vertical, moviéndolo hacia la mesita y repitiendo su conocido aforismo. Aquí todo es cuestión de coima. Y te alvierto que yo no estoy hablando de Perón. Porque cuando yo era así de chiquito, y puso la mano abierta, a la altura de la pantorrilla, ¿quiénes manejaban l'estofao? Lo conserva: coima y robo. Cuando yo era así y subió la mano de nivel radicale: coima y robo. Después el Justo ese: coima y robo. ¿Recuerdan el negocio de la Corpo ración? Después, ese chicato Ortiz: coima y robo. Después la revolución del 45. Siempre eso milico dicen que vienen a limpiar, pero a la final coima y robo. Y entonces, ajustándose la corbata, miró con ojos coléricos hacia la calle Pinzón y volviéndose después de un breve instante de (rabiosa) meditación filosófica, agregó: Vo estudia, hacéte un Edison, inventa el telégrafo o cura cristiano, ándate en el África como ese viejo alemán de bigote grande, sacrifícate por la humanidá; sudá la gota gorda y va a ver cómo te crucifican y cómo lo otro se enllenan de guita. ¿No sabé, acaso, que lo prócere siempre terminan pobre y olvidado? A mí, ni con la piola y volviendo su mirada furiosa hacia la calle Pinzón, ajustó su corbata raída y estiró las mangas deshilachadas de su saco mientras los muchachones se reían de Tito o decían bah también vo con esa lata y Martín, en su sopor, volvía a ver a Alejandra encogida y durmiendo ante sus ojos, respirando ansiosamente por su boca entreabierta, su gran boca desdeñosa y sensual. Y veía su pelo largo y lacio, renegrido, con reflejos rojizos, desparramado sobre la almohada, destacando su rostro anguloso, esos rasgos que tenían la misma aspereza que su espíritu atormentado. Y su cuerpo, su largo cuerpo, abandonado, sus pechos que se marcaban debajo de su blusa blanca, y aquellas hermosas y largas piernas encogidas que lo tocaban. Sí, estaba ahí, al alcance de su mano y de su boca, en cierto modo estaba sin defensas ¡pero qué lejana, qué inaccesible!

"Nunca", se dijo a sí mismo con amargura y casi en alta voz, mientras el Poroto gritaba hace bien Perón y todo eso oligarca habría que colgarlo todo junto a Plaza Mayo "nunca" y sin embargo lo había elegido a él, pero ¿para qué, Dios mío, para qué? Porque jamás conocería, estaba bien seguro, sus secretos más profundos, y una vez más acudieron a su mente las palabras ciego y Fernando en el momento en que uno de los muchachos ponía una moneda en el Wurlitzer y empezaron a cantar Los Plateros. Entonces D'Arcángelo estalló y asiéndolo de un brazo a Martín, le dijo:

– Vamo, pibe. Ya ni aquí se puede estar. Adonde vamo a ir a parar con esto payaso que te ponen fostró.


XVI

<p id="_Toc49254301">XVI</p>

El viento fresco despejó a Martín. D'Arcángelo seguía mascullando y tardó un rato en serenarse. Entonces le preguntó dónde trabajaba. Con vergüenza, Martín respondió que estaba sin trabajo. D'Arcángelo lo miró.

– ¿Hace mucho?

– Sí, un tiempo.

– ¿Tené familia, vo?

– No.

– ¿Dónde viví?

Martín demoró la respuesta: se había puesto rojo, pero felizmente (pensó) era de noche. D'Arcángelo volvió a mirarlo con atención.

– En realidad -murmuró.

– ¿Cómo?

– Este… tuve que dejar una pieza…

– ¿Y dónde dormí, ahora?

Martín, avergonzado, farfulló que dormía en cualquier parte. Y como para atenuar el hecho agregó:

– Total, todavía no hace frío.

Tito se detuvo y lo examinó a la luz de un farol.

– Pero al menos, ¿tené pa comer?

Martín permaneció callado. Entonces D'Arcángelo estalló:

– ¡Se puede saber por qué no dijiste nada! Yo hablando de cra y vo picando ingrediente. ¡Hay que joderse!

Lo llevó a una fonda y mientras comían, lo observaba pensativamente.

Cuando terminaron y salieron, ajustándose la corbata le dijo:

– Tranquilo, pibe. Ahora vamo en casa. Despué veremo.

Entraron en una antigua cochera que en otro tiempo habría sido de alguna casa señorial.

– El viejo, sabé, fue cochero hasta hace unos die año.

Ahora, con el reuma, no se puede mover. Adema, ¿quién va a tomar un coche, hoy en día? Mi viejo e una de la tanta víctima en ara del progreso de la urbe. En fin, basta la salú.

Era una mezcla de conventillo y caballerizas: se oían gritos, conversaciones y varias radios simultáneas, en medio de un fuerte olor a estiércol. En las antiguas cocheras había algunos carros de reparto y un camioncito.

Se oía el golpeteo de los cascos de caballo.

Caminaron hacia el fondo.

– Aquí, cuando yo era purrete, había tre Vitoria que daban gusto: la 39, la 42 y la 90. La 39 la manejaba el viejo. Era una joyita. No e porque fuera del viejo pero te garanto que era una niña mimada: la pintaba, la lustraba, le sacaba brillo a lo farola. Y ahora mányala.

Le señaló al fondo, arrumbado, el cadáver de un coche de plaza: sin faroles, sin gomas, agrietada, la capota podrida y desgarrada.

– Hasta hace uno mese todavía salía, la pobre. La trabajaba Nicola, un amigo del viejo que murió. Mejor, te soy sincero, porque pa trabajar en la forma que trabajaba el infelí, mejor que esté a la tumba. Hacía changuita en Constitución, llevaba bulto.

Acarició la rueda de la vieja victoria.

– La gran puta -dijo con voz quebrada-, cuando venía el carnaval había que ver este coche al corso de Barraca. Y el viejo con la galerita, al pescante. Te garanto que daba golpe, pibe.

Martín le preguntó si allí vivía con toda la familia.

– De qué familia m'está hablando, pibe. Estamo el viejo y yo. Mi vieja murió hace tre año. Mi hermano Américo está a Mendoza, trabaja de pintor, como yo. Otro, Bachicha, está casado a Matadero. Mi hermano Argentino, que le decíamo Tino, era anarquista y lo mataron en Avellaneda, al año 30. Un hermano que se llamaba Chiquín, bah que le decíamos, murió tísico.

Se rió.

– Vo sabé que vario salimo medio falluto de lo pulmone. Yo creo que e cuestión del plomo de la pintura. Mi hermana Mafalda también se casó y vive al Azul. Otro hermano, menor que yo, André, e medio loco y ni siquiera sabemo adonde anda, creo que por Bahía Blanca. Y después esta Norma, que pa qué vamo a hablar. Son de ésa que se pasaban la vida mirando la revista de radio y cine y que quería ser artista. Así que quedamo nada má que el viejo y yo. Así e la vida, pibe: yugá, tené hijo y a la final siempre te queda solo como el viejo. Meno mal que soy medio loco y que adema ninguna mujer me lleva l'apunte, que si no quién te dice que también me iba y lo dejaba al viejo pa que se muera solo como un perro.

Entraron en la pieza. Había dos camas: una era de ese hermano vago que andaba por Bahía Blanca. Así que, por el momento, ahí podía dormir Martín. Pero antes le mostró sus tesoros: una fotografía de Américo Tesorieri, clavada con chinches en la pared, con una escarapela argentina debajo y dedicada: "Al amigo Humberto J. D'Arcángelo". Tito se quedó mirándola con arrobo. Y luego comentó:

– El gran Américo.

Otras fotos y recortes de El Gráfico también figuraban en las paredes, y encima de todo, una gran bandera de Boca, extendida a lo largo.

Sobre un cajón tenía un viejo fonógrafo de bocina, con cuerda.

– ¿Funciona? -preguntó Martín.

D'Arcángelo lo miró fijamente, con expresión de sorpresa y casi de reconvención.

– Ya se quisiera má de uno de eso tocadisco de ahora funcionar como éste.

Se acercó y limpió con su pañuelo una basurita que había en la gran bocina.

– Ni con plata encima lo cambiaría por uno de eso. Sabé qué pasa, que eso aparato tienen demasiada complicación. Esto eran más naturale, y la voz era tal cual.

Puso Alma en pena y dio cuerda: de la bocina salió la voz de Gardel, emergiendo apenas de entre una maraña de ruidos. Tito con la cabeza colocada al lado de la bocina, meneándola con emoción, murmuraba: Qué grande, pibe, qué grande. Permanecieron en silencio. Cuando terminó, Martín vio que en los ojos de D'Arcángelo había lágrimas.

– La gran puta -dijo, riéndose falsamente-. Todo lo demá que vinieron despué son una cagada.

Puso el disco en un sobre viejísimo, emparchado, lo colocó con cuidado sobre una pila, mientras preguntaba:

– A vo te gusta el tango, pibe, ¿eh?

– Sí, claro -respondió Martín con cautela.

– Qué bueno. Porque ahora, te voy a ser sincero, la nueva generación no sabe ya nada de tango. Meta fostró y todo eso merengue de bolero, de rumba, toda esa payasada. El tango e algo serio, algo profundo. Te habla al alma. Te hace pensar.

Se sentó en la cama y se quedó cavilando.

– Pero -dijo- todo eso pasó. A veces me pongo a pensar, pibe, que a este país todo ya pasó, todo lo bueno se fue pa no volver, como dice el tango. Lo mismo el tango que el fóbal, que el carnaval, que el corso, ma qué sé yo. Y cuando alguno de eso payaso te quiere hacer tango nuevo, pa qué vamo a hablar. El tango tiene que ser tango o nada. Y eso terminó, pibe, ponele la firma. E algo que te parte el corazón, pero e una verdá grande como una casa.

Luego agregó, porque siempre trataba de ser justo:

– Y bueno, a lo mejor e música importante, qué sé yo. Capá que Piazzola y eso muchacho de ahora hacen algo importante, música seria, como lo valse de Estrau. No me aparto. Pero tango, lo que se dice tango, eso, pibe, te garanto que no e.

Después le contó que su padre andaba muy mal con el reumatismo, pero, sobre todo, lo había terminado de matar el disgusto con Bachicha.

– Sabé -explicó con amargura-, un día le dijo que vendía la 40 y que con lo peso que se había juntado compraba a media un tasímetro. Te podé imaginar la bronca del viejo. Se enojó, lo insultó, rogó, pero todo fue inútil, porque Bachicha e duro como mármo. Te juro que si yo habría tenido en ese momento un ladrillo se lo tiro por la cabeza. Todo inútil. Se compró el tasi y se lo trajo aquí, pa mejor. El viejo estuvo a la cama como un me. Cuando se levantó ya no era el mismo de ante.

Luego agregó:

– No sólo se salió con la suya, lo pior es que le decía lo coche están terminado, viejo, decía, hay que resinarse a la verdá, decía, cómo queré que nadie pueda vivir con eso cachivache, decía, no manya, viejo que debemo estar acorde al progreso, decía, no comprende que el mundo marcha adelante y que yo te empeña en mantener esa ruina porque sí, porque te da la real gana, no te da cuenta que la gente quiere velocidá y eficencia, decía, que el mundo tiene que ir cada vez más rápido, decía. Y cada una de esa palabra era como un cuchillo.

Se acostaron.


XVII

<p id="_Toc49254302">XVII</p>

Durante algunos días esperó en vano. Pero por fin Chichín lo recibió con una seña y le dio un sobre. Temblando, lo abrió y desdobló la carta. Con la letra enorme, desigual y nerviosa que tenía, le decía, simplemente, que lo esperaba a las seis.

A las seis menos algo estaba en el banco del parque, agitado pero feliz, pensando que ahora tenía a quién contarle sus desdichas. Y a alguien como Alejandra, tan desproporcionado como para un pordiosero encontrar el tesoro de Morgan.

Corrió hacia ella como un chico, le contó lo de la imprenta.

– Me hablaste de un tal Molinari -dijo Martín-. Creo que dijiste que tenía una gran empresa.

Alejandra levantó su mirada hacia el muchacho, con las cejas en alto, demostrando sorpresa.

– ¿Molinari? ¿Yo te hablé de Molinari?

– Sí, aquí mismo, cuando me encontraste dormido, ¿recordás? Me dijiste: seguro que no trabajas para Molinari, ¿recordás?

– Puede ser.

– ¿Es amigo tuyo?

Alejandra lo miró con una sonrisa irónica.

– ¿Te dije que era amigo mío?

Pero Martín estaba muy esperanzado en aquel momento para darle un significado recóndito a su expresión.

– ¿Qué te parece? -insistió-. ¿Crees que pueda darme trabajo?

Ella lo observó como los médicos miran a los reclutas que se presentan para el servicio militar.

– Sé escribir a máquina, puedo redactar cartas, corregir pruebas de imprenta…

– Uno de los triunfadores de mañana ¿eh?

Martín enrojeció.

– Pero ¿tenés idea de lo que es trabajar en una empresa importante? ¿Con reloj marcador y todo eso?

Martín extrajo su cortapluma blanco, abrió su hojita menor y luego la volvió a cerrar, cabizbajo.

– No tengo ninguna pretensión. Si no puedo trabajar en el escritorio puedo trabajar en talleres, o como peón.

Alejandra observaba su traje raído y sus zapatos rotos.

Cuando Martín levantó por fin su mirada hacia ella, vio que tenía una expresión muy seria, con el ceño fruncido.

– ¿Qué, es muy difícil?

Ella movió negativamente la cabeza.

Después dijo:

– Bueno, no te preocupes, ya encontraremos una solución.

Se levantó.

– Vení. Vamos por ahí un rato, me duele horriblemente el estómago.

– ¿El estómago?

– Sí, me duele muchas veces. Debe ser una úlcera.

Caminaron hasta el bar de Brasil y Balcarce. Alejandra pidió en el mostrador un vaso de agua, sacó de su cartera un frasquito y echó unas gotas.

– ¿Qué es eso?

– Láudano.

Atravesaron nuevamente el parque.

– Vamos un rato a la Dársena -dijo Alejandra.

Bajaron por Almirante Brown, doblaron por Arzobispo Espinosa hacia abajo y por Pedro de Mendoza llegaron hasta un barco sueco que estaba cargando.

Alejandra se sentó sobre uno de los grandes cajones que venían de Suecia, mirando hacia el río, y Martín en uno más bajo, como si sintiese el vasallaje hacia aquella princesa. Y ambos miraban el gran río de color de león.

– ¿Viste que tenemos muchas cosas en común? -decía ella.

Y Martín pensaba ¿será posible?, y aunque estaba convencido de que a ambos les gustaba mirar río afuera, también pensaba que aquello era una nimiedad frente a los otros hechos profundos que lo separaban de ella, nimiedad que nadie podía tomar en serio y menos que nadie la propia Alejandra, como -pensó- la forma risueña en que acababa de decir aquella frase: como esos grandes personajes que de pronto se fotografían en la calle, democráticamente, al lado de un obrero o una niñera, sonriendo y condescendientes. Aunque también podía ser que aquella frase fuera una clave de verdad, y que mirar ambos con ansiedad río afuera constituyese una fórmula secreta de alianza para cosas mucho más trascendentales. Porque ¿cómo podía saberse lo que ella realmente cavilaba? Y la miraba allá arriba, inquieto, como quien vigila a un equilibrista querido que se mueve en zonas peligrosísimas y sin que nadie pueda prestarle ayuda. La veía, ambigua e inquietante, mientras la brisa agitaba su pelo renegrido y lacio y marcaba sus pechos puntiagudos y un poco abiertos hacia los costados. La veía fumando, abstraída. Aquel territorio barrido por los vientos parecía apaciguado por la melancolía, como si esos vientos se hubiesen calmado y una bruma intensa lo cubriese.

– Qué lindo sería irse lejos -comentó de pronto-. Irse de esta ciudad inmunda.

Martín oyó penosamente aquella forma impersona Irse.

– ¿Te irías? -preguntó con voz quebrada.

Sin mirarlo, casi totalmente abstraída, respondió:

– Sí, me iría con mucho gusto. A un lugar lejano, a un lugar donde no conociera a nadie. Tal vez a una isla, a una de esas islas que todavía deben de quedar por ahí.

Martín bajó su cabeza y con el cortaplumas empezó a escarbar el cajón mientras leía THIS SIDE UP. Alejandra, volviendo su mirada hacia él, después de observarlo un momento preguntó si le pasaba algo, y Martín, siempre escarbando la madera y leyendo THIS SIDE UP contestó que no le pasaba nada, pero Alejandra se quedó mirando y cavilando. Y ninguno de los dos habló durante bastante tiempo, mientras anochecía y el muelle iba quedándose en silencio: las grúas habían cesado en su trabajo y los estibadores y cargadores empezaban a retirarse hacia sus casas o hacia los bares del Bajo.

– Vamos al Moscova -dijo entonces Alejandra.

– ¿Al Moscova?

– Sí, en la calle Independencia.

– Pero ¿no es muy caro?

Alejandra se rió.

– Es un boliche, hombre. Además, Vania es amigo mío.

La puerta estaba cerrada.

– No hay nadie -comentó Martín.

– Sharáp -se limitó a decir Alejandra, golpeando.

Al cabo de un rato les abría la puerta un hombre en camisa tenía el pelo lacio y blanco, el rostro bondadoso, refinado y tristemente sonriente. Un tic le sacudía una mejilla, cerca del ojo.

– Ivan Petróvich -dijo Alejandra, entregándole la mano.

El hombre la llevó a sus labios, inclinándose un poco.

Se sentaron junto a una ventana que daba al Paseo Colón. El local estaba apenas iluminado por una sórdida lamparilla cercana a la caja, donde una mujer gorda y baja, de cara eslava, tomaba mate.

– Tengo vodka polaco -dijo Vania-. Me trajeron ayer, llegó barco de Polonia.

Cuando se alejó, Alejandra comentó:

– Es un espléndido tipo, pero la gorda -y señaló hacia la caja-, la gorda es siniestra. Está tratando de que lo encierren a Vania para quedarse con esto.

– ¿Vania? ¿No le dijiste Ivan Petróvich?

– Atrasado: Vania es el diminutivo de Ivan. Todo el mundo le dice Vania, pero yo le digo Ivan Petróvich, así se siente como en Rusia. Y además porque me encanta.

– ¿Y por qué encerrarlo en un manicomio?

– Es morfinómano y tiene ataques. Entonces la gorda quiere aprovechar la volada.

Trajo el vodka y mientras servía les dijo:

– Ahora aparato anda muy bien. Tengo concierto para violín de Brahms ¿quiere que pongamos? Nada menos que Heifetz.

Cuando se alejó, Alejandra comentó:

– ¿Ves? Es todo generosidad. Sabrás que fue violinista del Colón y ahora da lástima verlo tocar. Pero justamente te ofrece un concierto de violín y con Heifetz.

Con un gesto le señaló las paredes: unos cosacos entrando al galope en una aldea, unas iglesias bizantinas con cúpulas doradas, unos gitanos. Todo era precario y pobre.

– A veces creo que le gustaría volver. Un día me dijo: ¿No le parece que Stalin es dentro de todo un gran hombre? Y agregó que en cierto modo era un nuevo Pedro el Grande y que, al fin de cuentas, quería la grandeza de Rusia. Pero dijo todo esto en voz baja, mirando a cada rato hacia la gorda. Creo que sabe lo que dice por el movimiento de los labios.

Desde lejos, como no queriendo molestar a los muchachos, Vania hacía significativos gestos, señalando el combinado, como elogiando. Y Alejandra, mientras asentía con una sonrisa, le decía a Martín:

– El mundo es una porquería.

Martín reaccionó.

– ¡No, Alejandra! ¡En el mundo hay muchas cosas lindas!

Ella lo miró, quizá pensando en su pobreza, en su madre, en su soledad: ¡todavía era capaz de encontrar maravillas en el mundo! Una sonrisa irónica se superpuso a su primera expresión de ternura, haciéndola contraer, como un ácido sobre una piel muy delicada.

– ¿Cuáles?

– ¡Muchas, Alejandra! -exclamó Martín apretando una mano de ella sobre su pecho-. Esa música… un hombre como Vania… y sobre todo vos, Alejandra… vos…

– Verdaderamente, tendré que pensar que no has sobrepasado la infancia, pedazo de tarado.

Se quedó un momento abstraída, tomó un poco de vodka y luego agregó:

– Sí, claro, claro que tenés razón. En el mundo hay cosas hermosas… claro que hay…

Y entonces, dándose vuelta hacia él, con acento amargo agregó:

– Pero yo, Martín, yo soy una basura. ¿Me entendés? No te engañes sobre mí.

Martín apretó una de las manos de Alejandra con las dos suyas, la llevó a sus labios y la mantuvo así, besándosela con fervor.

– ¡No, Alejandra! ¡Por qué decís algo tan cruel! ¡Yo sé que no es así! ¡Todo lo que has dicho de Vania y muchas otras cosas que te he oído demuestran que no es así!

Sus ojos se habían llenado de lágrimas.

– Bueno, está bien, no es para tanto -dijo Alejandra.

Martín apoyó la cabeza sobre el pecho de Alejandra y ya nada le importó del mundo. Por la ventana veía cómo la noche bajaba sobre Buenos Aires y eso aumentaba su sensación de refugio en aquel escondido rincón de la ciudad implacable. Una pregunta que nunca había hecho a nadie (¿a quién habría podido hacérsela?) surgió de él, con los contornos nítidos y brillantes de una moneda que no ha sido manoseada, que millones de manos anónimas y sucias todavía no han atenuado, deteriorado y envilecido:

– ¿Me querés?

Ella pareció vacilar un instante, pero luego contestó:

– Sí, te quiero. Te quiero mucho.

Martín se sentía aislado mágicamente de la dura realidad externa, como sucede en el teatro (pensaba años más tarde) mientras estamos viviendo el mundo del escenario, mientras fuera esperan las dolorosas aristas del universo diario, las cosas que inevitablemente golpearán apenas se apaguen las candilejas y quede abolido el hechizo. Y así como en el teatro, en algún momento el mundo externo logra llegar aunque atenuado en forma de lejanos ruidos (un bocinazo, el grito de un vendedor de diarios, el silbato de un agente de tránsito), así también llegaban hasta su conciencia, como inquietantes susurros, pequeños hechos, algunas frases que enturbiaban y agrietaban la magia: aquellas palabras que había dicho en el puerto y de las que él quedaba horrorosamente excluido ("me iría con gusto de esta ciudad inmunda") y la frase que ahora acababa de decir ("soy una basura, no te engañes sobre mí"), palabras que latían como un leve y sordo dolor en su espíritu y que, mientras mantenía reclinada la cabeza sobre el pecho de Alejandra, entregado a la portentosa felicidad del instante, hormigueaban en una zona más profunda e insidiosa de su alma, cuchicheando con otras palabras enigmáticas: los ciegos, Fernando, Molinari. Pero no importa -se decía empecinadamente-, no importa, apretando su cabeza contra los calientes pechos y acariciando sus manos, como si de ese modo asegurase el mantenimiento del sortilegio.

– ¿Pero cuánto me querés? -preguntó infantilmente.

– Mucho, ya te dije.

Y sin embargo la voz de ella le pareció ausente, y levantando la cabeza la observó y pudo ver que estaba como abstraída, que su atención estaba ahora concentrada en algo que no estaba allí, con él, sino en alguna otra parte, lejana y desconocida.

– ¿En que estás pensando?

Ella no respondió, parecía no oír.

Entonces Martín reiteró la pregunta, apretándole el brazo, como para volverla a la realidad.

Y ella entonces dijo que no estaba pensando en nada: nada en particular.

Muchas veces Martín sentiría aquel alejamiento: con los ojos abiertos y hasta haciendo cosas, pero ajena, como manejada por alguna fuerza remota.

De pronto Alejandra, mirándolo a Vania, dijo:

– Me gusta la gente fracasada. ¿A vos no te pasa lo mismo?

El se quedó meditando en aquella singular afirmación.

– El triunfo -prosiguió- tiene siempre algo de vulgar y de horrible.

Se quedó luego un momento en silencio y al cabo agregó:

– ¡Lo que sería este país si todo el mundo triunfase! No quiero ni pensarlo. Nos salva un poco el fracaso de tanta gente. ¿No tenés hambre?

– Sí.

Se levantó y fue a hablar con Vania. Cuando volvió, sonrojándose, Martín le dijo que él no tenía plata. Alejandra se echó a reír. Abrió su cartera y sacó doscientos pesos.

– Tomá. Cuando necesites más, decímelo.

Martín intentó rechazarlos, avergonzado, y entonces Alejandra lo miró con asombro.

– ¿Estás loco? ¿O sos uno de esos burguesitos que piensan que no se debe aceptar plata de una mujer?

Cuando terminaron de comer fueron caminando hacia Barracas. Después de atravesar en silencio el parque Lezama tomaron por Hernandarias.

– ¿Conoces la historia de la Ciudad Encantada de la Patagonia? -preguntó Alejandra.

– Algo, no gran cosa.

– Algún día te mostraré papeles que todavía quedan en aquella petaca del comandante. Papeles sobre éste.

– ¿Sobre éste? ¿Quién?

Alejandra señaló el letrero.

– Hernandarias.

– ¿En tu casa? ¿Y cómo?

– Papeles, nombres de calles. Es lo único que nos va quedando. Hernandarias es antepasado de los Acevedo. En 1550 hizo la expedición en busca de la Ciudad Encantada.

Caminaron un rato en silencio y luego Alejandra recitó:

Ahí está Buenos Aires. El tiempo que a los hombres

trae el amor o el oro, a mi apenas me deja

esta rosa apagada, esta vana madeja

de calles que repiten los pretéritos nombres

de mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, Suárez…

Nombres en que retumban ya secretas las dianas,

las repúblicas, los caballos y las mañanas,

las felices victorias, las muertes militares…

Volvió a quedarse en silencio durante varias cuadras. Y de pronto preguntó:

– ¿Oís campanadas?

Martín aguzó su oído y contestó que no.

– ¿Qué pasa con las campanadas? -preguntó intrigado.

– Nada, que a veces oigo campanas que existen y otras veces campanas que no existen.

Se rió y agregó:

– A propósito de las iglesias, anoche tuve un sueño curioso. Estaba en una catedral, casi a oscuras, y tenía que avanzar con cuidado para no llevarme por delante la gente. Tenía la impresión (porque no se veía nada) de que la nave estaba repleta. Con grandes dificultades pude por fin acercarme al cura que hablaba en el pulpito. No me era posible entender lo que decía, aunque estaba muy cerca, y lo peor era que tenía la certeza de que se dirigía a mí. Yo oía como un murmullo confuso, como si hablara por un mal teléfono, y eso me angustiaba cada vez más. Abrí mis ojos exageradamente para poder ver, al menos, su expresión. Con horror vi entonces que no tenía cara, que su cara era lisa, y su cabeza no tenía pelo. En ese momento las campanas empezaron a sonar, primero lentamente y luego poco a poco, con mayor intensidad y por fin con una especie de furia, hasta que me desperté. Lo curioso, además, es que en el mismo sueño, tapándome los oídos, yo decía como si eso fuera motivo de horror: ¡son las campanas de Santa Lucía, la iglesia adonde iba de chica!

Se quedó pensativa.

– Me pregunto qué podrá significar -dijo luego-. ¿Vos no crees en el significado de los sueños?

– ¿Vos querés decir lo del psicoanálisis?

– No, no. Bueno, también eso, por qué no. Pero los sueños son misteriosos y hace miles de años que la humanidad viene dándole significados.

Se rió, con la misma risa extraña de un momento antes: no era una risa sana ni tranquila: era inquieta, angustiada.

– Sueño siempre. Con fuego, con pájaros, con pantanos en que me hundo o con panteras que me desgarran, con víboras. Pero sobre todo el fuego. Al final, siempre hay fuego. ¿No crees que el fuego tiene algo enigmático y sagrado?

Llegaban. Desde lejos Martín miró el caserón con su Mirador allá arriba, resto fantasmal de un mundo que ya no existía.

Entraron, atravesando el jardín y bordearon la casa: se oía el disparatado pero tranquilo fraseo del loco con el clarinete.

– ¿Toca siempre? -preguntó Martín.

– Casi. Pero al final no lo notas.

– ¿Sabes que la otra noche, cuando salía, lo vi? Estaba escuchando detrás de la puerta.

– Sí, tiene esa costumbre.

Subieron por la escalera de caracol y nuevamente volvió Martín a experimentar el hechizo de aquella terraza en la noche de verano. Todo podía suceder en aquella atmósfera que parecía colocada fuera del tiempo y del espacio.

Entraron al Mirador y Alejandra dijo:

– Sentáte en la cama. Ya sabes que acá las sillas son peligrosas.

Mientras Martín se sentaba, ella arrojó su cartera y puso a calentar agua. Luego colocó un disco: los sones dramáticos del bandoneón empezaron a configurar una sombría melodía.

– Oí qué letra.

Yo quiero morir contigo, sin confesión y sin Dios, crucificado en mi pena, como abrazado a un rencor.

Después que tomaron el café salieron a la terraza y se acodaron sobre la balaustrada. De abajo se oía el clarinete. La noche era profunda y cálida.

– Bruno siempre dice que, por desgracia, la vida la hacemos en borrador. Un escritor puede rehacer algo imperfecto o tirarlo a la basura. La vida, no: lo que se ha vivido no hay forma de arreglarlo, ni de limpiarlo, ni de tirarlo. ¿Te das cuenta qué tremendo?

– ¿Quién es Bruno?

– Un amigo.

– ¿Qué hace?

– Nada, es un contemplativo, aunque él dice que es simplemente un abúlico. En fin, creo que escribe. Pero nunca le ha mostrado a nadie lo que hace ni creo que nunca publicará nada.

– ¿Y de qué vive?

– El padre tiene molino harinero, en Capitán Olmos. De ahí lo conocemos, era muy amigo de mi madre. Creo -agregó riéndose- que estaba enamorado de ella.

– ¿Cómo era tu madre?

– Dicen que igual a mí, físicamente, quiero decir. Yo apenas la recuerdo: imagínate que tenía cinco años cuando ella murió. Se llamaba Georgina.

– ¿Por qué dijiste que se parecía físicamente?

– Porque espiritualmente yo soy muy distinta. Ella, según me cuenta Bruno, era suave, femenina, delicada, silenciosa.

– Y vos ¿a quién te pareces? ¿A tu padre?

Alejandra se quedó callada. Luego, separándose de Martín dijo con una voz que no era ya la misma de antes, con una voz quebrada y áspera.

– ¿Yo? No sé… Quizá sea la encarnación de alguno de esos demonios menores que son sirvientes de Satanás.

Se desabrochó los dos botones superiores de la blusa y con las dos manos sacudió las pequeñas solapas como si quisiera tomar aire. Respirando con alguna ansiedad, se fue hasta la ventana y allí aspiró el aire varias veces, hasta que pareció calmarse.

– Es una broma -comentó mientras se sentaba como de costumbre al borde de la cama y le hacía un lugar a Martín, a su lado.

– Apaga la luz. A veces me molesta terriblemente, los ojos me arden.

– ¿Querés que me vaya, querés dormir? -preguntó Martín.

– No, no podría dormir. Quédate, si no te aburrís de estar así, sin conversar. Yo me recuesto un rato y vos te podes quedar ahí.

– Me parece mejor que me vaya, que te deje descansar.

Con voz un poco irritada, Alejandra contestó:

– ¿No te das cuenta que quiero que te quedes? Apaga también el velador.

Martín analizó el velador y se volvió a sentar al lado de Alejandra, con su espíritu revuelto, lleno de perplejidad y de timidez: ¿para qué lo necesitaba Alejandra? Él, por el contrario, pensaba que era un ser superfluo y torpe, que no hacía otra cosa que escucharla y admirarla. Ella era la fuerte, la poderosa ¿qué clase de ayuda podía darle él?

– ¿Qué estás ahí mascullando? -preguntó Alejandra desde abajo y sacudiéndolo de un brazo, como para llamarlo a la realidad.

– ¿Mascullando? Nada.

– Bueno, pensando. Algo estás pensando, idiota.

Martín se resistía a decir lo que pensaba, pero supuso que, como siempre, ella lo adivinaba de todos modos.

– Pensaba… que… ¿para qué podrías necesitarme a mí?

– ¿Por qué no?

– Yo soy un muchacho insignificante… Vos, en cambio, sos fuerte, tenés ideas definidas, sos valiente… Vos te podrías defender sola en medio de una tribu de caníbales.

Oyó su risa. Luego Alejandra dijo:

– Yo misma no lo sé. Pero te busqué porque te necesito, porque vos… En fin, ¿para qué rompernos la cabeza?

– Sin embargo -contestó Martín con un acento de amargura- hoy mismo, en el puerto, dijiste que con gusto te irías a una isla lejana ¿no lo dijiste?

– ¿Y qué?

– Dijiste que te irías, no que nos iríamos.

Alejandra se volvió a reír.

Martín la tomó de una mano y con ansiedad le preguntó:

– ¿Te irías conmigo?

Alejandra pareció reflexionar: Martín no podía distinguir sus rasgos.

– Sí… creo que sí… Pero no veo por qué esa perspectiva puede alegrarte.

– ¿Por qué no? -preguntó Martín con dolor.

Con voz seria, ella repuso:

– Porque no soporto a nadie a mi lado y porque te haría mucho, pero muchísimo mal.

– ¿Es que no me querés?

– Ay, Martín… no empecemos con esas preguntas…

– Entonces es porque no me querés.

– Pero sí, pavo. Justamente te haría mal porque te quiero ¿no comprendes? Uno no hace mal a la gente que le es indiferente. Pero la palabra querer, Martín, es tan vasta… Se quiere a un amante, a un perro, a un amigo…

– ¿Y yo? -preguntó temblando Martín-, ¿qué soy para vos? ¿Un amante, un perro, un amigo?…

– Te he dicho que te necesito, ¿no te basta?

Martín se quedó callado: los fantasmas que se habían mantenido rondando de lejos se acercaron sarcásticamente: la palabra Fernando, la frase recordá siempre que soy una basura, su ausencia aquella primera noche de su pieza. Y pensó, con melancólica amargura: "Nunca, nunca". Sus ojos se llenaron de lágrimas y su cabeza, se inclinó hacia adelante, como si aquellos pensamientos la doblegaran con su peso.

Alejandra levantó su mano hasta su cara y con la punta de sus dedos palpó sus ojos.

– Ya me lo imaginaba. Venga para acá.

Lo mantuvo apretado contra ella con uno de sus brazos.

– Vamos a ver si se porta bien -dijo, como quien habla a un niño-. Ya le he dicho que lo necesito y que lo quiero mucho, ¿que más quiere?

Acercó sus labios a su mejilla y la besó. Martín sintió que todo su cuerpo era sacudido.

Abrazando con fuerza a Alejandra, sintiendo su cuerpo cálido junto al suyo, como si un poder invencible lo dominara, empezó entonces a besar su cara, sus ojos, sus mejillas, su pelo, hasta buscar aquella boca grande y carnosa que sentía a su lado. Por un instante fugacísimo sintió que Alejandra rehuía su beso: todo su cuerpo pareció endurecerse y sus brazos tuvieron un movimiento de rechazo. Luego se ablandó y pareció apoderarse de ella un frenesí. Y entonces se produjo un hecho que aterró a Martín: las manos de ella, como si fueran garras, estrujaron sus brazos y desgarraron su carne, al mismo tiempo que lo separaba de sí y se incorporaba.

– ¡No! -gritó, mientras se ponía de pie y corría hacia la ventana.

Asustado, Martín, sin atreverse a acercarse, la veía con el pelo revuelto, aspirando a grandes bocanadas el aire de la noche, como si le faltara, su pecho agitado y sus manos aferradas al alféizar, con los brazos tensos. Con un movimiento violento abrió su blusa con las dos manos, arrancando los botones y cayó al suelo rígida. Su cara fue poniéndose morada, hasta que de pronto su cuerpo empezó a sacudirse.

Aterrado, no sabía qué actitud tomar ni qué hacer. Cuando vio que se caía, corrió hacia ella y la tomó en sus brazos y trató de calmarla. Pero Alejandra no oía ni veía nada: se retorcía y gemía, con los ojos abiertos y alucinados. Martín pensó que no podía hacer otra cosa que llevarla a la cama. Así lo hizo y poco a poco vio con alivio que Alejandra se calmaba y que sus gemidos eran paulatinamente más apagados.

Sentado al borde de la cama, lleno de confusión, de miedo, Martín veía sus pechos desnudos entre la blusa entreabierta. Por un instante pensó que de algún modo, él, Martín, estaba de verdad siendo necesario a aquel ser atormentado y sufriente. Entonces cerró la blusa de Alejandra y esperó. Poco a poco la respiración de ella empezó a ser más acompasada y regular, sus ojos se habían cerrado y parecía adormecida. Así pasó más de una hora. Hasta que, abriendo los ojos y mirándolo, pidió un poco de agua. Sostuvo con uno de sus brazos a Alejandra y le dio de beber.

– Apagá esa luz -dijo ella.

Martín la apagó y volvió a sentarse a su lado.

– Martín -dijo Alejandra con voz apagada-, estoy muy, muy cansada, quisiera dormir, pero no te vayas. Podes dormir aquí, a mi lado.

Él se quitó los zapatos y se acostó al lado de Alejandra.

– Sos un santo -dijo ella, acurrucándose a su lado.

Martín sintió cómo de pronto ella se dormía, mientras él trataba de ordenar el caos de su espíritu. Pero era un vértigo tan incoherente, los razonamientos resultaban siempre tan contradictorios que, poco a poco, fue invadido por un sopor invencible y por la sensación dulcísima (a pesar de todo) de estar al lado de la mujer que amaba.

Pero algo le impidió dormir, y poco a poco fue angustiándose.

Como si el príncipe -pensaba-, después de recorrer vastas y solitarias regiones, se encontrase por fin frente a la gruta donde ella duerme vigilada por el dragón. Y como si, para colmo, advirtiese que el dragón no vigila a su lado amenazante como lo imaginamos en los mitos infantiles sino, lo que era más angustioso, dentro de ella misma: como si fuera una princesa-dragón, un indiscernible monstruo, casto y llameante a la vez, candoroso y repelente al mismo tiempo: como si una purísima niña vestida de comunión tuviese pesadillas de reptil o de murciélago.

Y los vientos misteriosos que parecían soplar desde la oscura gruta del dragón-princesa agitaban su alma y la desgarraban, todas sus ideas eran rotas y mezcladas, y su cuerpo era estremecido por complejas sensaciones. Su madre (pensaba), su madre carne y suciedad, baño caliente y húmedo, oscura masa de pelo y olores, repugnante estiércol de piel y labios calientes. Pero él (trataba de ordenar su caos), pero él había dividido el amor en carne sucia y en purísimo sentimiento; en purísimo sentimiento y en repugnante, sórdido sexo que debía rechazar, aunque (o porque) tantas veces sus instintos se rebelaban, horrorizándose por esa misma rebelión con el mismo horror con que descubría, de pronto, rasgos de su madrecama en su propia cara. Como si su madrecama, pérfida y reptante, lograra salvar los grandes fosos que él desesperadamente cavaba cada día para defender su torre, y ella como víbora implacable, volviese cada noche a aparecer en la torre como fétido fantasma, donde él se defendía con su espada filosa y limpia. ¿Y qué pasaba, Dios mío, con Alejandra? ¿Qué ambiguo sentimiento confundía ahora todas sus defensas? La carne se le aparecía de pronto como espíritu, y su amor por ella, se convertía en carne, en caliente deseo de su piel y de su húmeda y oscura gruta de dragón-princesa. Pero, Dios, Dios, ¿y por qué ella parecía defender esa gruta con llameantes vientos y gritos furiosos de dragón herido? "No debo pensar", se dijo, apretándose las sienes, y trató de permanecer como si retuviera la respiración de su cabeza. Trató de que el tumulto se detuviera. Quedó tenso y vacío por un fugitivo segundo. Y luego, ya limpio por un instante siquiera, pensó con dolorosa lucidez PERO CON MARCOS MOLINA, ALLÁ EN LA PLAYA, NO FUE ASÍ, PUES ELLA LO QUISO O LO DESEÓ Y LO BESÓ FURIOSAMENTE, de modo que era a él, a Martín, a quien rechazaba. Cedió en su tensión y nuevamente aquellos vientos volvieron a barrer Su espíritu, como en una furiosa tormenta, mientras sentía que ella, a su lado, se agitaba, gemía, murmuraba palabras Ininteligibles. "Siempre tengo pesadillas cuando me duermo", había dicho.

Martín se sentó en el borde de la cama y la contempló: a la luz de la luna podía escrutar su rostro agitado por la otra tempestad, la de ella, la que él nunca (pero nunca) conocería. Como si en medio de excrementos y barro, entre tinieblas, hubiese una rosa blanca y delicada. Y lo más extraño de todo era que él quería a ese monstruo equívoco: dragón-princesa, rosafango, niñamurciélago. A ese mismo casto, caliente y acaso corrupto ser que se estremecía cerca de él, cerca de su piel, agitado quién sabe por qué horrendas pesadillas. Y lo más angustioso de todo era que habiéndola aceptado así, era ella la que parecía no querer aceptarlo: como si la niña de blanco (en medio del barro, rodeada por bandas de nocturnos murciélagos, de viscosos e inmundos murciélagos) gimiera por su ayuda y al mismo tiempo rechazara con violentos gestos su presencia, apartándolo de aquel tenebroso sitio. Sí: la princesa se agitaba y gemía. Desde desoladas regiones en tinieblas lo llamaba a él, a Martín. Pero él, un pobre muchacho desconcertado, era incapaz de llegar hasta donde ella estaba, separado por insalvables abismos.

Así que no podía hacer otra cosa que mirarla angustiosamente desde acá y esperar.

– ¡No, no! -exclamaba Alejandra poniendo las manos delante de sí, como para rechazar algo. Hasta que se despertó y nuevamente se repitió la escena que ya Martín había visto en aquella primera noche: él, calmándola, llamándola por su nombre; y ella, ausente y surgiendo poco a poco de un profundo abismo de murciélagos y telarañas.

Sentada en la cama, encorvada sobre sus piernas, su cabeza apoyada sobre sus rodillas, Alejandra poco a poco volvía a la conciencia. Al cabo de un tiempo miró, por fin, a Martín y le dijo:

– Espero que ya te hayas acostumbrado.

Martín, por respuesta, intentó acariciarla con su mano en la cara.

– ¡No me toques! -exclamó ella, retrocediendo.

Se levantó y dijo:

– Voy a bañarme y vuelvo.

– ¿Por qué tardaste tanto? -preguntó cuando por fin la vio reaparecer.

– Tenía mucha suciedad.

Se acostó a su lado, después de encender un cigarrillo.

Martín la miró: nunca sabía cuándo ella bromeaba.

– No bromeo, tonto, lo digo en serio.

Martín permaneció callado: sus dudas, la confusión de sus ideas y sentimientos lo mantenían como paralizado. Su ceño fruncido, miraba al techo y trataba de ordenar su mente.

– ¿Qué pensás?

Tardó un momento en responder.

– Mucho y nada, Alejandra… La verdad es que…

– ¿No sabes qué?

– No sé nada… Desde que te conozco vivo en una confusión total de ideas, de sentimientos… ya no sé cómo proceder en ningún momento… Ahora mismo cuando te despertaste, cuando te quise acariciar… Y antes de dormirte… Cuando…

Se calló y Alejandra nada dijo. Permanecieron los dos en silencio durante largo rato.

Sólo se oían las profundas y ansiosas chupadas que Alejandra daba a su cigarrillo.

– No decís nada -comentó Martín, con amargura.

– Ya te respondí que te quiero, que te quiero mucho.

– ¿Qué soñaste recién? -preguntó Martín, sombríamente.

– ¿Para qué querés saberlo? No vale la pena.

– ¿Ves? tenés un mundo desconocido para mí, ¿cómo podes decir que me querés?

– Te quiero, Martín.

– Bah…, me querés como a un chico.

Ella no dijo nada.

– ¿Ves? -comentó Martín, amargamente-, ¿ves?

– No, tonto, no… Estoy pensando…, yo misma no tengo las cosas claras… Pero te quiero, te necesito, de eso estoy segura…

– No dejaste que te besara. No me dejaste ni siquiera tocarte, hace un momento.

– ¡Dios mío! ¿No ves que soy enferma, que sufro cosas atroces? No tienes idea de la pesadilla que acabo de tener…

– ¿Por eso te bañaste? -preguntó Martín irónicamente.

– Sí, me bañé por la pesadilla.

– ¿Se limpian con agua las pesadillas?

– Sí, Martín, con agua y un poco de detergente.

– No me parece que lo que yo estoy diciendo sea motivo de risa.

– No me río, chiquilín. Me río quizá de mí misma, de mi absurda idea de limpiarme el alma con agua y jabón. ¡Si vieras qué furiosa me refriego!

– Es una idea descabellada.

– Claro que sí.

Alejandra se incorporó, apagó la colilla del cigarrillo contra el cenicero que tenía en la mesita de luz y volvió a acostarse.

– Yo soy un muchacho sin experiencia, Alejandra. Hasta es probable que vos me tengas por un poco tarado. Pero así y todo me pregunto: ¿Por qué, si te disgusta que te toque y que te bese en la boca, me has pedido que me acueste aquí, contigo? Me parece una crueldad. ¿O es otro experimento como con Marcos Molina?

– No, Martín, no es ningún experimento. A Marcos Molina yo no lo quería, ahora lo veo claro. Con vos es distinto. Y, cosa curiosa, que yo misma no me lo explico: necesito tenerte de pronto cerca, junto a mí, sentir el calor de tu cuerpo a mi lado, el contacto de tu mano.

– Pero sin besarte de verdad.

Alejandra tardó un momento en proseguir.

– Mirá, Martín, hay muchas cosas en mí, en… Mirá, no sé… Tal vez porque te tengo mucho cariño. ¿Me entendés?

– No.

– Sí, claro…, yo misma no me lo explico muy bien.

– ¿Nunca te podré besar, nunca podré tocar tu cuerpo? -preguntó Martín casi con cómica e infantil amargura.

Vio que ella se ponía las manos sobre la cara y se la apretaba como si le dolieran las sienes. Después encendió un cigarrillo y sin hablar fue hacia la ventana, donde permaneció hasta concluirlo. Finalmente, volvió hacia la cama, se sentó, lo miró larga y seriamente a Martín y empezó a desnudarse.

Martín, casi aterrorizado, como quien asiste a un acto largamente ansiado pero que en el momento de producirse comprende que también es oscuramente temible, vio cómo su cuerpo iba poco a poco emergiendo de la oscuridad; ya de pie, a la luz de la luna, contemplaba su cintura estrecha, que podía ser abarcada por un solo brazo; sus anchas caderas; sus pechos altos y triangulares, abiertos hacia afuera, trémulos por los movimientos de Alejandra; su largo pelo lacio cayendo ahora sobre sus hombros. Su rostro era serio, casi trágico, y parecía alimentado por una

seca desesperación, por una tensa y casi eléctrica desesperación.

Cosa singular: los ojos de Martín se habían llenado de lágrimas y su piel se estremecía como con fiebre. La veía como un ánfora antigua, alta, bella y temblorosa ánfora de carne; una carne que sutilmente estaba entremezclada, para Martín, a un ansia de comunión, porque, como decía Bruno, una de las trágicas precariedades del espíritu, pero también una de sus sutilezas más profundas, era su imposibilidad de ser sino mediante la carne.

El mundo exterior había dejado de existir para Martín y ahora el círculo mágico lo aislaba vertiginosamente de aquella ciudad terrible de sus miserias y fealdades, de los millones de hombres y mujeres y chicos que hablaban, sufrían, disputaban, odiaban, comían. Por los fantásticos poderes del amor, todo aquello quedaba abolido, menos aquel cuerpo de Alejandra que esperaba a su lado, un cuerpo que alguna vez moriría y se corrompería, pero que ahora era inmortal e incorruptible, como si el espíritu que lo habitaba transmitiese a su carne los atributos de su eternidad. Los latidos de su corazón le demostraban a él, a Martín, que estaba ascendiendo a una altura antes nunca alcanzada, una cima donde el aire era purísimo pero tenso, una alta montaña quizá rodeada de atmósfera electrizada, a alturas inconmensurables sobre los pantanos oscuros y pestilentes en que antes había oído chapotear a bestias deformes y sucias.

Y Bruno (no Martín, claro), Bruno pensó que en ese momento Alejandra pronunciaba un ruego silencioso pero dramático, acaso trágico.

Y también él, Bruno, pensaría luego que la oración no fue escuchada.


XVIII

<p id="_Toc49270057">XVIII</p>

Cuando Martín se despertó, entraba ya la naciente luminosidad del amanecer.

Alejandra no estaba a su lado. Se incorporó con inquietud y entonces advirtió que estaba apoyada en el alféizar de la ventana, mirando pensativamente hacia afuera.

– Alejandra -dijo con amor.

Ella se dio vuelta, con una expresión que parecía revelar una melancólica preocupación.

Se acercó a la cama y se sentó.

– ¿Hace mucho que estás levantada?

– Un rato. Pero yo me levanto muchas veces.

– ¿Te levantaste esta noche también? -preguntó Martín, con asombro.

– Por supuesto.

– ¿Y cómo no te oí?

Alejandra inclinó la cabeza, apartó la mirada de él, y frunciendo el ceño, como si acentuara su preocupación, iba a decir algo, pero finalmente no dijo nada.

Martín la observó con tristeza, y aunque no comprendía con exactitud la causa de aquella melancolía creía percibir su remoto rumor, su impreciso y oscuro rumor.

– Alejandra… -dijo, mirándola con fervor-vos…

Ella volvió hacia Martín una cara ambigua.

– ¿Yo qué?

Y sin esperar la inútil respuesta, se acercó a la mesita de luz, buscó sus cigarrillos y volvió hacia la ventana.

Martín la seguía con ansiedad, temiendo que, como en los cuentos infantiles, el palacio que se había levantado mágicamente en la noche desapareciese como la luz del alba, en silencio. Algo impreciso le advirtió que estaba a punto de resurgir aquel ser áspero que él tanto temía. Y cuando al cabo de un momento Alejandra se dio vuelta hacia él, supo que el palacio encantado había vuelto a la región de la nada.

– Te he dicho, Martín, que soy una basura. No te olvides que te lo he advertido.

Luego volvió a mirar hacia afuera y prosiguió fumando en silencio.

Martín se sentía ridículo. Se había cubierto con la sábana al advertir su expresión endurecida y ahora pensó que debía vestirse antes que volviera a mirarlo. Tratando de no hacer ruido, se sentó al borde de la cama y empezó a ponerse la ropa, sin apartar sus ojos de la ventana y temiendo el momento en que Alejandra se volviese. Y cuando estuvo vestido, esperó.

– ¿Terminaste? -preguntó ella, como si todo el tiempo hubiese sabido lo que Martín estaba haciendo.

– Sí.

– Bueno, entonces déjame sola.


XIX

<p id="_Toc49254304">XIX</p>

Aquella noche Martín tuvo el siguiente sueño: En medio de una multitud se acercaba un mendigo cuyo rostro le era imposible ver, descargaba su hatillo, lo ponía en el suelo, desataba los nudos y, abriéndolo, exponía su contenido ante los ojos de Martín. Entonces levantaba su mirada y murmuraba palabras que resultaban ininteligibles.

El sueño, en sí mismo, no tenía nada de terrible: el mendigo era un simple mendigo y sus gestos eran comunes. Y sin embargo Martín despertó angustiado, como si fuera el trágico símbolo de algo que no alcanzaba a comprender; como si le entregasen una carta decisiva y, al abrirla, observase que sus palabras resultaban indescifrables, desfiguradas y borradas por el tiempo, la humedad y los dobleces.


XX

<p id="_Toc49254305">XX</p>

Cuando años después Martín intentaba encontrar la clave de aquella relación, entre las cosas que refirió a Bruno le dijo que, no obstante los contrastes de humor de Alejandra, durante algunas semanas había sido feliz. Y como Bruno levantara las cejas y marcara aquellas arrugas que atravesaban su frente horizontalmente ante una palabra tan inesperada en algo que tuviera que ver con Alejandra; y como Martín comprendiera ese pequeño y tácito comentario, agregó, después de pensarlo un momento:

– Mejor dicho: casi feliz. Pero inmensamente.

Porque la palabra "felicidad", en efecto, no era apropiada para nada que tuviera alguna vinculación con Alejandra; y no obstante había sido algo, un sentimiento o estado de espíritu que se aproximaba más que nada a eso que se llama felicidad, sin alcanzar a serlo en forma cabal (y por eso el "casi"), dada la inquietud y la inseguridad de todo lo que concernía a Alejandra; y alcanzando algo así como elevadísimas cumbres (y de ahí el "inmensamente"), cumbres en que Martín había sentido esa majestad y esa pureza, esa sensación de fervoroso silencio y de éxtasis solitario que experimentan los alpinistas en los grandes picos.

Bruno lo miraba pensativo, con su mentón apoyado en un puño.

– Y ella -preguntó- ¿también era feliz?

Pregunta que tenía, aun involuntariamente, una imperceptible y afectuosa tonalidad de ironía, semejante a la que podría tener la pregunta "¿siempre bien por su casa?" a un familiar de uno de esos especialistas téjanos en incendios petrolíferos. Pregunta cuyo matiz de incredulidad acaso Martín no advirtiera, pero cuya formulación literal lo hizo reflexionar, como si antes no hubiese meditado en esa posibilidad. De manera que, después de una pausa, respondió (pero ya su espíritu perturbado por la duda de Bruno, que rápida aunque sigilosamente se había propagado a su ánimo):

– Bueno… tal vez… en aquel período…

Y se quedó cavilando sobre la dosis de felicidad que ella podría haber sentido, o por lo menos manifestado: en alguna sonrisa, en alguna canción, en algunas palabras. Mientras Bruno se decía: Y bueno, ¿por qué no?, ¿y qué es la felicidad, al fin de cuentas?, ¿y por qué ella no habría de haberla sentido con aquel muchacho, por lo menos en los momentos de triunfo sobre sí misma, en aquel tiempo en que sometió su cuerpo y su espíritu a un duro combate para librarse de los demonios? Y seguía mirando a Martín con la cabeza apoyada sobre un puño, tratando de entender un poco más a Alejandra a través de la tristeza, las esperanzas póstumas y el fervor de Martín; con la misma melancólica atención (pensaba) con que de algún modo se revive un país lejano y misterioso que alguna vez se visitó con pasión, a través de los relatos de otros viajeros, aunque lo haya recorrido por otros caminos, en otros tiempos.

Y como sucede casi siempre que se intercambian opiniones, que se llega a cierto término medio donde ni una ni otra tienen la dureza y la definida calidad que mostraban al principio; mientras Bruno terminaba por aceptar que bien podría Alejandra haber sentido algún género o alguna medida de felicidad, Martín, por su parte, reexaminando recuerdos (una expresión, una mueca, una risa sarcástica) concluía que Alejandra no había sido feliz ni siquiera en aquellas pocas semanas. Porque, ¿cómo explicar, si no, el horrible derrumbe que luego se produjo? ¿No significaría eso que dentro de su espíritu atormentado habían seguido pugnando aquellos demonios que él sabía que existían, pero que quería ignorarlos haciéndose como distraído, como si de ese modo candorosamente mágico fuera capaz de aniquilarlos? Y no sólo acudían a su memoria palabras significativas que desde el mismo comienzo llamaron su atención (los ciegos, Fernando), sino gestos e ironías respecto a terceros como Molinari, silencios y reticencias, y, sobre todo, aquella enajenación en que parecía vivir días enteros y durante los cuales Martín tenía la convicción de que su espíritu estaba en otro lado, y en que su cuerpo quedaba tan abandonado como esos cuerpos de los salvajes cuando el alma les ha sido arrancada por el hechizo y vaga por regiones desconocidas. Y también pensaba en sus bruscos cambios de humor, en sus ataques de furia y en los sueños de los que de tanto en tanto él recibía una vaga y alterada noticia. Pero, con todo, seguía creyendo que en aquel lapso Alejandra lo había querido intensamente y había tenido instantes de tranquilidad o de paz, si no de felicidad; pues recordaba tardes de apacible belleza, frases cariñosas y tontas que se dicen en tales ocasiones, pequeños gestos de ternura y bromas amables. Y en cualquier caso había sido como uno de esos combatientes que llegan del frente, heridos y maltrechos, desangrados y casi inermes, y que, poco a poco, vuelven a la vida, en días de dulce serenidad al lado de aquellos que los cuidan y curan.

Algo de todo eso le dijo a Bruno, y Bruno se quedó pensando, no muy seguro que tampoco fuera así; o, por lo menos de que no solamente fuera así. Y como Martín lo miraba, esperando una respuesta, gruñó algo ininteligible, tan poco claro como sus pensamientos.

No, tampoco Martín veía claro, y en verdad nunca pudo explicarse ni la forma ni el desarrollo de aquel progreso, aunque cada vez más se sentía inclinado a suponer que Alejandra nunca salió completamente del caos en que vivía antes de conocerlo, aunque llegara a tener momentos de calma; pero aquellas fuerzas tenebrosas que trabajaban en su interior no la habían abandonado nunca, hasta que estallaron de nuevo y con toda su furia hacia el final. Como si al agotarse su capacidad de lucha y al comprender su fracaso, su desesperación hubiese resurgido con redoblada violencia.

Martín abrió su cortaplumas y dejó que su memoria recorriera aquel tiempo que ahora le parecía remotísimo. Su memoria era como un viejo casi ciego que, con su bastón, va tanteando antiguos senderos ahora cubiertos de malezas. Un paisaje transformado por el tiempo, por las desdichas y las tempestades. ¿Había sido feliz? No, qué tontería. Más bien había habido una sucesión de éxtasis y de catástrofes. Y volvía a recordar aquel amanecer en el

Mirador, al terminar de vestirse, oyendo aquella terrible frase de Alejandra:

"Bueno, entonces déjame sola". Y luego, caminando como un autómata por la calle Isabel la Católica, perplejo y conmovido. Y los días que siguieron, sin trabajo, solitarios, esperando algún signo propicio de Alejandra, otros momentos de exaltación y nuevamente la desilusión y el dolor. Sí, como una sirvienta que cada noche era llevada al palacio encantado, para despertar cada día en su pocilga.


II – Los rostros invisibles

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

XXI

XXII

XXIII

XXIV

XXV

XXVI

XXVII

XXVIII

<p id="_Toc49268410">II – Los rostros invisibles</p>
<p id="_Toc49254307">I</p>

Hecho curioso (curioso desde el punto de vista de los acontecimientos posteriores), pocas veces Martín fue tan feliz como en las horas que precedieron a la entrevista con Bordenave. Alejandra estaba de excelente humor y tenía ganas de ir al cine: ni siquiera se disgustó cuando aquel Bordenave malogró esa intención citando a Martín a las siete. Y en momentos en que Martín se disponía a preguntar por el bar americano, ella lo arrastró de un brazo, como quien conoce el lugar: primer episodio que enturbió la felicidad de aquella tarde.

Un mozo se lo señaló. Estaba con dos señores, discutiendo con papeles sobre la mesa. Era un hombre de unos cuarenta años, alto y elegante, bastante parecido a Anthony Edén. Pero unos ojos ligeramente irónicos y cierta sonrisa lateral le daban un aire muy argentino. "Ah, es usted", le dijo, y excusándose ante aquellos caballeros, lo invitó a sentarse en torno de una mesa cercana; pero como Martín, balbuceando, mirara en dirección de Alejandra, Bordenave, después de mantener unos segundos la mirada sobre ella, dijo "Ah, muy bien, vamos entonces para allá".

Fue notorio para Martín el desagrado que aquel hombre provocó en Alejandra, que durante el tiempo que duró la entrevista se mantuvo dibujando pájaros sobre una servilleta de pape uno de los signos de desagrado que Martín le conocía muy bien. Atormentado por aquel brusco cambio de humor, Martín debía hacer esfuerzos para seguir la conversación de Bordenave, quien, al parecer, hablaba de cosas ajenas a la misión que Martín tenía. En suma, le pareció un aventurero sin escrúpulos, pero lo importante era que el desalojo quedaba sin efecto.

Cuando salieron, cruzaron la calle, se sentaron en un banco de la plaza y Martín, preocupado, le preguntó a Alejandra qué le había parecido aquel individuo.

– Qué me va a parecer. Un argentino.

A la luz del fósforo que encendió para el cigarrillo, Martín observó que su cara se había endurecido. Luego permaneció callada. Martín, por su parte, se preguntaba qué podía haberla transformado tan repentinamente, pero era obvio que la causa era Bordenave. Aquel hombre había hablado, innecesariamente, de hechos que no le dejaban bien, a propósito de los italianos que estaban con él. ¿Qué podía ser? Lo cierto es que su aparición había enturbiado la paz anterior como la entrada de un reptil en un pozo de agua cristalina del que bebemos.

Alejandra dijo que le dolía la cabeza, y que prefería volver a su casa para acostarse. Y cuando se iban a separar, allá en la calle Río Cuarto, abrió por fin la boca para comunicarle que conversaría con Molinari, pero que no se hiciese ninguna ilusión.

– ¿Y cómo hago? ¿Me darás una carta?

– Ya veremos. Quizá lo llame por teléfono y te deje un mensaje.

Martín la miró asombrado: ¿Un mensaje? Sí, ya tendría noticias.

– Pero… -balbuceó.

– ¿Pero qué?

– Quiero decir… ¿No me lo podes comunicar mañana, cuando nos veamos?

El rostro de Alejandra aparecía envejecido.

– Mira. No te puedo decir ahora cuándo nos veremos.

Martín, consternado, farfulló algo sobre lo que habían convenido aquella misma tarde para el día siguiente. Entonces ella exclamó:

– ¡No me siento bien! ¿No lo ves?

Martín se dio vuelta para irse, mientras ella abría la puerta de la verja. Y había comenzado a alejarse cuando oyó que lo llamaba.

– Espera.

Con una voz menos dura le dijo:

– Mañana a la mañana le telefonearé a ese hombre, y al mediodía te dejaré un mensaje.

Estaba ya entrando cuando agregó con una risa dura y aviesa:

– Fíjate en la secretaria que tiene, esa rubia.

Martín se quedó perplejo, mirándola.

– Es una de sus amantes.

Éstos son los hechos de aquel día. Tendría que pasar un tiempo para que Martín volviera a considerar aquella entrevista con Bordenave, como después de un crimen se examina con atención un lugar o un objeto al que nadie dio antes importancia.

<p id="_Toc49254308">II</p>

Años después, por la época en que Martín volvió del sur, uno de los temas de sus conversaciones con Bruno fue aquella relación entre Alejandra y Molinari. Volvía a hablar de Alejandra -pensaba Bruno- como quien intenta restaurar un alma ya en descomposición, un alma que habría querido inmortal, pero que ahora sentía resquebrajarse y disgregarse poco a poco, como siguiendo a la putrefacción del cuerpo, como si le fuera imposible sobrevivir demasiado tiempo sin su soporte y sólo pudiera perdurar el tiempo que perdura la sutil emanación que se desprendió de aquel cuerpo en el instante de la muerte: especie de ectoplasma o de gas radiactivo que irá luego sufriendo su propia atenuación, eso que algunos consideran el fantasma del muerto, fantasma que mantiene difusamente la forma del ser que desapareció, pero haciéndose más y más inconsistente, hasta disolverse en la nada final; momento en que el alma acaso desaparezca para siempre, si se excluyen esos fragmentos o ecos de fragmentos que perduran ¿pero por cuánto tiempo? en el alma de los demás, de los que conocieron y odiaron o amaron a aquel ser desaparecido.

Y así Martín trataba de rescatar fragmentos, recorría calles y lugares, hablaba con él, insensatamente recogía cositas y palabras; como esos familiares enloquecidos que se empeñan en juntar los mutilados destrozos de un cuerpo en el lugar donde se precipitó el avión; pero no en seguida, sino mucho tiempo después, cuando esos restos no sólo están mutilados sino descompuestos.

No de otro modo podía explicar Bruno que Martín se empecinara en recordar y analizar aquello de Molinari. Y mientras se hacía estas reflexiones sobre el cuerpo y la disgregación del alma, Martín, que un poco hablaba como para sí mismo, le decía que, a su juicio, aquella disparatada entrevista con Molinari era, sin duda, un momento clave en su relación con Alejandra; entrevista que en aquel entonces le pareció sorprendente: tanto por habérsela conseguido Alejandra, sabiendo, como sin duda sabía, que Molinari no le daría trabajo, como por haberle otorgado tanto tiempo a un muchacho insignificante como era él un hombre importante y ocupado como era Molinari.

Si en aquel momento -pensaba Bruno- hubiera tenido esa lucidez que ahora tenía, habría podido advertir o por lo menos sospechar que algo inquietante estaba ya a punto de estallar en el espíritu de Alejandra; y esos indicios podrían haberle anunciado que su amor, o su afecto por Martín, o lo que fuera aquello, estaba por llegar a su fin: catastróficamente.

– Todos debemos trabajar -añadió Alejandra, en aquel entonces-. El trabajo dignifica al hombre. Yo también he decidido trabajar.

Frase que a pesar de su tono irónico alegró a Martín, porque siempre había pensado que cualquier tarea concreta tenía que ser buena para ella. Y la cara de Martín hizo comentar a Alejandra "veo que la noticia te alegra", con una expresión en que básicamente se mantenía el sarcasmo de antes, pero sobre la cual parecían querer manifestarse algunos signos de ternura; como en un campo desolado por las calamidades (pensó más tarde), entre animales muertos, hinchados y malolientes, entre cadáveres abiertos y desgarrados por los chimangos, a pesar de todo algún yuyito pugna por levantarse, chupando insignificantes e invisibles restos de agua que milagrosamente subsisten en capas más profundas del páramo.

– Pero no te deberías alegrar tanto -agregó.

Y como Martín la mirara, explicó:

– Voy a trabajar con Wanda.

Desapareciendo entonces su alegría -le decía a Bruno- como agua cristalina en un resumidero, donde uno sabe que se mezclará con repugnantes-desechos. Porque Wanda pertenecía a aquel territorio del que parecía haber venido Alejandra cuando lo encontró (aunque más exacto sería decir "cuando lo buscó"), territorio del que se había mantenido alejada en aquellas semanas de relativa serenidad; aunque también sería más exacto decir que él creía que se había mantenido alejada, porque ahora, vertiginosamente, recordaba cómo en los últimos días Alejandra había vuelto a tomar como antes, y cómo sus desapariciones y ausencias eran no sólo cada vez más frecuentes sino más inexplicables. Pero, del mismo modo que es difícil imaginar un crimen en un día luminoso y limpio, tampoco le era fácil imaginarse que ella pudiera haber vuelto a aquella región en medio de una relación tan pura. Así que, estúpidamente (adverbio agregado mucho después) dijo: "¿Vestidos para mujeres? ¿Diseñar vestidos para mujeres? ¿Vos?", a lo que ella respondió si no comprendía el placer que puede encontrarse ganando dinero con algo que uno desprecia. Frase que en aquel momento le pareció una característica salida de Alejandra, pero que después de su muerte iba a tener motivos para recordar con atroces resonancias.

– Además es como un bumerang, ¿entendés? Cuando más desprecio a esos loros pintarrajeados, más me desprecio a mí misma. ¿No ves que es negocio redondo?

Frases cuyo análisis esa noche le impedía dormir. Hasta que el cansancio lo fue empujando suave pero firmemente hacia eso que Bruno llamaba pasajero suburbio de la muerte, premonitorias regiones en que vamos haciendo el aprendizaje del gran sueño, pequeños y torpes balbuceos de la tenebrosa aventura definitiva, confusos borradores del enigmático texto final, con el transitorio infierno de las pesadillas. De modo que al día siguiente somos y no somos los mismos, pues ya pesan sobre nosotros las secretas y abominables experiencias de la noche. Y poseemos, y por eso, un poco de esa calidad de los resucitados y de los fantasmas (decía Bruno). Quién sabe qué perversa metamorfosis del alma de Wanda lo persiguió durante aquella noche, pero a la mañana, durante mucho tiempo sintió que algo pesado pero indefinible se movía en las zonas oscuras de su ser, hasta que comprendió que eso que turbiamente se agitaba era la imagen de Wanda. Y lo comprendió, para peor, en el momento en que ya había entrado en aquella imponente sala de espera, cuando hasta por timidez le era imposible retroceder y cuando llegó al máximo la sensación de desproporción; como en aquel cuento de Chéjov o Averchenko (pensaba) en que un pobre diablo llega hasta el gerente de un banco para finalmente aclarar que desea abrir una cuenta con veinte rublos. ¿Qué desatino era todo aquello? Y estaba a punto de juntar todas sus fuerzas y retirarse cuando oyó que un ordenanza español decía "señor Castillo". Con ironía, claro (pensó). Porque nadie siente tanto desdén por los pobres diablos como los pobres diablos con uniforme. Hombres correctísimos, con zapatos muy lustrados, con chaleco, con el último botón del chaleco desprendido, con portafolios colmados de Papeles Decisivos, esperando en los grandes sillones de cuero, lo miraban con perplejidad e ironía (pensaba) a medida que avanzaba hacia la gran puerta, mientras en otro estrato de su conciencia se repetía "veinte rublos", con mortificante burla hacia sí mismo, hacia sus zapatos agujereados y su traje manchado; todos honorables, con un reloj de oro en la muñeca que medía un tiempo preciso, también de oro, lleno de Acontecimientos Financieros Importantes; tiempo que contrastaba con los grandes espacios inútiles de su vida, en que no hace otra cosa que pensar en un banco del parque; migajas de tiempo andrajoso que contrastaba con aquel tiempo dorado como su piezucha en la Boca con el formidable edificio de IMPRA. Y en el momento mismo en que penetró en el recinto sagrado pensó "tengo fiebre", como siempre le sucedía en los momentos de grandes angustias. Mientras veía al hombre detrás del gigantesco escritorio, sentado en su gran sillón, corpulento, como si estuviera hecho especialmente para aquel edificio. Y con una energía disparatada se repitió "vengo, señor, a depositar veinte rublos".

– Siéntese, por favor -le dijo, indicándole uno de los sillones, mientras firmaba Documentos que le presentaba una mujer oxigenada de una sensualidad que contribuía a hundirlo un poco más, porque (supuso) sería capaz de desnudarse delante de él como delante de un artefacto, como un objeto sin conciencia ni sentidos; o como se desnudaban las grandes favoritas delante de sus esclavos. "Wanda", pensó entonces: Wanda tomando claritos, coqueteando con hombres, con él mismo, riéndose con frívola sensualidad, mojándose los labios con la lengua, comiendo bombones como su madre; mientras veía un mástil cromado sobre el gran escritorio, con una bandera argentina en miniatura; carpeta de cuero; un enorme retrato de Perón dedicado al señor Molinari; varios Diplomas enmarcados; una fotografía con marco de cuero dirigida hacia el señor Molinari; un termo de material plástico; y el poema "Si" de Rudyard Kipling, en caracteres góticos, enmarcado sobre una de las paredes. Numerosos empleados y funcionarios entraban y salían con papeles, y también la secretaria oxigenada, que había salido, volvió a entrar para mostrarle otros Papeles mientras le hablaba en voz baja, pero sin ninguna familiaridad, sin que nadie, y mucho menos los Empleados de la Casa, pudiese sospechar que se acostaba con el señor Molinari. Y dirigiéndose a Martín dijo:

– Así que usted es amigo de Drucha. Y ante la cara de asombro interrogativo del muchacho se rió y comentó como si fuera chistoso: "ah, claro, claro", mientras, con asombro y desgarramiento, Martín se decía Alejandra, Alejandrucha, Drucha, a pesar de lo cual, o por eso mismo, levantaba un censo de aquel hombre grande y corpulento, vestido con un traje de casimir oscuro a rayas claras, con corbata azul de pintitas rojas, con camisa de seda y gemelos de oro, con un alfiler de perla sobre la corbata y un pañuelo de seda que asomaba sobre el bolsillo superior del saco, con un distintivo del Rotary. Un hombre bastante calvo, pero con el resto de pelo peinado y cepillado con esmero. Un hombre perfumado con agua de Colonia y que parecía afeitado un décimo de segundo antes de entrar Martín en su despacho. Y con terror, oyó que decía, echándose hacia atrás en su sillón, disponiéndose a escuchar la Importante Proposición de Martín.

– Usted dirá.

Un curioso deseo de mortificarse, de humillarse, de confesar de una vez su horrible insignificancia frente al mundo y hasta su estúpido candor (¿no llamaba Drucha a Alejandra?) casi lo impulsó a decir "vengo a depositar veinte rublos". Logró contener el curioso impulso y, con enorme dificultad, como en una pesadilla, explicó que había quedado sin trabajo y que quizá, acaso, había pensado, había imaginado que en IMPRA podía haber alguna tarea para él. Y mientras él hablaba el señor Molinari iba frunciendo el ceño, hasta que de la primitiva sonrisa profesional ya no quedó nada cuando le preguntó dónde trabajaba.

– En la Imprenta López.

– ¿De qué?

– Corrector de pruebas.

– ¿Horario?

Martín recordó las palabras de Alejandra y, sonrojándose, confesó que no tenía horario, que llevaba las pruebas a su casa. Momento en que el señor Molinari acentuó aún más su ceño, mientras atendía el intercomunicador.

– ¿Y por qué perdió ese empleo?

A lo que Martín respondió que en la imprenta hay épocas de más y épocas de menos trabajo, y que en esos casos despiden a los correctores libres.

– De manera que cuando aumente el trabajo podrán volver a tomarlo.

Martín volvió a sonrojarse, mientras pensaba que aquel hombre era demasiado sagaz y que su nueva pregunta estaba destinada a hacerle decir la verdad, verdad que, naturalmente, era mortal.

– No, señor Molinari, no lo creo.

– ¿Motivos? -preguntó, tamborileando con sus dedos.

– Creo, señor, que estaba demasiado preocupado y…

Molinari lo observaba en silencio, con escrutadora dureza. Bajando su vista, y sin que se lo propusiera conscientemente, Martín se encontró diciendo "necesito trabajar, señor, estoy pasando momentos difíciles, tengo serias dificultades de dinero", y cuando levantó sus ojos, le pareció notar un brilló irónico en la mirada de Molinari.

– Pues lamento mucho, señor del Castillo, no poderle ser útil. En primer término, porque nuestro trabajo aquí es muy distinto al que usted hacía en la imprenta. Pero además hay una razón de peso; usted es amigo de Alejandra y eso me crea un problema muy delicado en la organización. Preferimos tener con nuestros empleados una relación más impersonal. No sé si usted me entiende.

– Sí, señor, entiendo perfectamente -dijo Martín, levantándose.

Acaso Molinari advirtió en su actitud algo que por alguna razón no le gustaba.

– Sin embargo, cuando usted tenga más edad… ¿cuántos años tiene? ¿Veinte? -Diecinueve, señor.

– Cuando tenga más edad me va a dar la razón. Y hasta me va agradecer esto. Fíjese: yo no le haría ningún servicio dándole trabajo por simple amistad, sobre todo si al poco tiempo, como es fácil imaginar, vamos a tener dificultades. Examinó un Documento que le trajeron, murmuró algunas observaciones y prosiguió:

– Eso traería malas consecuencias para usted, para nuestra organización, para la misma Alejandra… Por otro lado, me parece que usted es demasiado orgulloso para aceptar un empleo por simple razón de amistad, ¿no es así? Porque si yo le diera trabajo únicamente en atención a Alejandra usted no aceptaría, ¿no es así? -Así es, señor.

– Por supuesto. Y todos saldríamos perdiendo al fina usted, la Empresa, la amistad, todos. Mi lema es no mezclar los afectos con los números.

En ese momento entró un hombre con Papeles, pero miró a Martín como no sabiendo qué debía hacer. Martín se levantó, pero Molinari, tomando aquellos Papeles en sus manos y sin levantar su vista, le dijo que se quedara, que no había terminado. Y mientras revisaba aquel memorándum o lo que fuese, Martín, nerviosísimo y humillado, perplejo, trataba de comprender la razón de todo: por qué lo retenía, por qué perdía el tiempo con una persona insignificante como él. Para colmo aquel Mecanismo parecía de pronto volverse loco: llamadas por alguno de los cuatro teléfonos, conversaciones por el intercomunicador, entradas y salidas de la secretaria oxigenada, firma de Papeles. Cuando por el intercomunicador se le dijo que el señor Wilson quería saber en qué quedaba lo del Banco Central, Martín pensó que su estatura debía de estar reducida a una proporción de insecto. Entonces, a una consulta de su secretario, Molinari, con inesperada violencia, casi gritó: -¡Que espere! Y en el momento en que iba a trasponer la puerta, agregó:

– ¡Y que no me moleste nadie hasta que yo llame! ¿Entendido?

Se produjo un silencio repentino: todos parecían haberse esfumado, los teléfonos dejaron de sonar, y el señor Molinari, nervioso, malhumorado, tamborileando los dedos, se mantuvo un instante pensativo. Hasta que, mirándolo con cuidado, preguntó:

– ¿Dónde conoció a Alejandra?

– En la casa de un amigo -mintió Martín, sonrojándose, porque nunca mentía; pero comprendiendo que terminaría por cubrirse de ridículo si decía la verdad.

Parecía escrutarlo.

– ¿Es muy amigo de ella?

– No sé… quiero decir…

Molinari levantó la mano derecha, como si no fueran necesarios más detalles. Al cabo de un momento, observándolo con cuidado, agregó:

– Ustedes, los jóvenes de hoy, nos creen unos reaccionarios. Sin embargo, y usted seguramente se asombrará, he sido socialista en mis buenos tiempos.

En ese momento, por la puerta lateral, se asomó un Hombre Importante.

Molinari le dijo:

– Pasa, pasa.

El señor se acercó, puso un brazo sobre las espaldas de Molinari y le habló algo al oído, mientras Molinari asentía con la cabeza.

– Bien, bien -comentó-, está bien, que hagan lo que quieran.

Y luego, con una sonrisa que a Martín le pareció secretamente burlona, agregó, señalándolo con un leve gesto:

– Acá, el joven es amigo de Alejandra.

El señor desconocido, con el brazo siempre colocado en el respaldo del sillón de Molinari, le sonrió ambiguamente, con un ligero gesto de saludo.

– Has llegado muy bien, Héctor-dijo Molinari-. Bien sabes cuánto me preocupa el problema de la juventud argentina.

El señor desconocido miró a Martín.

– Le estaba diciendo que siempre los jóvenes piensan que la generación anterior no vale nada, que está equivocada, que son un conjunto de reaccionarios, etcétera, etcétera. El señor desconocido sonrió con benevolencia, mirándolo como representante de la Nueva Generación (pensó Martín). Y pensó también que la Lucha de Generaciones era tan desproporcionada que aumentó un poco más, cuando parecía ya imposible, su sensación de ridículo: ellos, detrás del imponente escritorio, respaldados por la Sociedad Anó nima IMPRA, el retrato de Perón autografiado, el Mástil con la Bandera, el Rotary Club Internacional y el edificio de doce pisos; y él con el traje rotoso y con un hambre de dos días. Más o menos como los zulúes defendiéndose del ejército imperial inglés con flechas y escudos de cuero pintarrajeados, pensó.

– Como le estaba diciendo, ya también en mis tiempos fui socialista y hasta anarquista -tanto él como el recién llegado sonrieron ampliamente, como si estuvieran recordando algo chistoso- y aquí el amigo Pérez Moretti no me dejará mentir, porque juntos hemos pasado muchas cosas. Por otra parte, tampoco vaya a creer que nos avergonzamos. Soy de los que piensan que no es malo que la juventud tenga en su momento ideales tan puros. Ya hay tiempo de perder luego esas ilusiones. Luego la vida le muestra a uno que el hombre no está hecho para esas sociedades utópicas. No hay ni siquiera dos hombres iguales en el mundo: uno es ambicioso, el otro es dejado; uno es activo, el otro es haragán; uno quiere progresar, como el amigo Pérez Moretti o yo, al otro le importa un comino seguir toda su vida como un pobre tinterillo. En fin, para qué seguir; el hombre es por naturaleza desigual y es inútil pretender fundar sociedades donde los hombres sean iguales. Además, observe que sería una gran injusticia: ¿por qué un hombre trabajador ha de recibir lo mismo que un haragán? ¿Y por qué un genio, un Edison, un Henry Ford debe ser tratado lo mismo que un infeliz que ha nacido para limpiar el piso de esta sala? ¿No le parece que sería una enorme injusticia? ¿Y cómo en nombre de la justicia, precisamente en nombre de la justicia, se ha de instaurar un régimen de injusticias? Ésa es una de las tantas paradojas, y siempre he creído que debería escribirse largo y tendido sobre el particular. Yo mismo, le diré, muchas veces he estado con la tentación de escribir alguna cosa en este orden de ideas -dijo mirando a Pérez Moretti, como poniéndolo de testigo, y mientras Martín veía cómo éste asentía con la cabeza se preguntaba pero por qué este hombre pierde todo este tiempo conmigo y llegaba a la conclusión de que alguna cosa de vital importancia debía vincularlo a Alejandra, algo que por alguna extraña razón tenía valor para aquel individuo; y la idea de que pudiera haber vínculos importantes entre Molinari y Alejandra, cualesquiera que fuesen, lo atormentaba más y más a medida que la entrevista se prolongaba, pues la longitud de la entrevista era como la medida de aquel vínculo; y entonces volvía a preguntarse sobre los motivos de aquel envío a Molinari, y oscuramente, sin saber por qué, concluía que Alejandra lo había hecho para "probar algo", en momento en que sus relaciones entraban en un período oscuro; y entonces volvía a repasar los episodios, pequeños o grandes, que en su memoria rodeaban a la palabra "Molinari", como un detective busca con lupa cualquier rastro o indicio, por insignificante que parezca a primera vista, que pueda conducir al esclarecimiento final; pero su cerebro se confundía porque sobre esas angustiosas búsquedas se superponía la voz de Molinari que proseguía desarrollando su Concepción General del Mundo-. Los años, la vida que es dura y despiadada, a uno lo van convenciendo de que esos ideales, por nobles que sean, porque sin duda que son nobilísimos ideales, no están hechos para los hombres tal como son. Son ideales imaginados por soñadores, por poetas casi diría yo. Muy lindos, muy apropiados para escribir libros, para pronunciar discursos de barricadas, pero totalmente imposibles de llevar a la práctica. Quisiera yo verlo a un Kropotkin o a un Malatesta dirigiendo una empresa como ésta y luchando día a día con las normas del Banco Central (aquí se rió, siendo acompañado de buena gana por el señor Pérez Moretti) y teniendo que hacer mil y una maniobras para evitar que el sindicato o Perón, o los dos juntos, le hagan a uno una zancadilla. Y en otro orden de ideas, está muy bien que un muchacho o una chica tengan esos ideales de desprendimiento, de justicia social y de sociedades teóricas. Pero luego usted se casa, quiere regularizar su situación ante la sociedad, debe constituir su hogar, aspiración natural de todo hombre bien nacido, y eso trae el abandono paulatino de esas quimeras, no sé si me entiende lo que quiero decir. Muy fácil es sostener la doctrina anarquista cuando se es muchacho y se es mantenido por los padres. Otra cosa, muy distinta, es tener que enfrentarse con la vida, verse obligado a mantener el hogar que se ha constituido, sobre todo cuando vienen los hijos y las otras obligaciones inherentes a la familia: que la ropa, que la escuela, que los textos, que las enfermedades. Son muy lindas las teorías sociales, pero cuando hay que parar la olla, como vulgarmente se dice, entonces, amiguito, hay que agachar el lomo y hay que comprender que el mundo no está hecho para esos soñadores, para esos Malatestas o Kropotkines. Y fíjese bien que le estoy hablando de estos teóricos anarquistas, porque al menos ésos no predican la dictadura del proletariado, como los comunistas. ¿Puede usted imaginarse un horror como el de un gobierno dictatorial? Ahí tiene el ejemplo de Rusia. Millones de esclavos que trabajan bajo el látigo. La libertad, amigo, es sagrada, es uno de los grandes valores que debemos salvar, cueste lo que cueste. Libertad para todos: libertad para el obrero, que puede buscar trabajo donde más le convenga, y libertad para el patrono, que pueda dar trabajo a quien le parezca mejor. La ley de la oferta y la demanda y el juego libre de la sociedad. Vea el caso suyo: usted viene acá, libremente, y me ofrece su fuerza de trabajo; a mí, por razones equis, no me conviene y no lo tomo. Pero usted es un hombre libre y puede salir de aquí y ofrecer sus servicios en la empresa de enfrente. Fíjese qué cosa invaluable es todo esto: usted, un muchacho humilde, y yo, presidente de una gran empresa, sin embargo actuamos en igualdad de condiciones en esa ley de la oferta y la demanda: podrán decir lo que quieran los dirigistas pero ésa es la ley suprema de una sociedad bien organizada, y aquí, cada vez que este hombre (señaló la fotografía dedicada de Perón), cada vez que este señor se mete en el engranaje de la libre empresa no es más que para perjudicarnos, y en definitiva para perjudicar al país. Por eso, mi lema es, y el amigo Pérez Moretti lo sabe muy bien: ni dictaduras ni utopías sociales. No le digo nada de los otros problemas, los que podríamos denominar problemas de índole moral, ya que no sólo de pan vive el hombre. Me refiero a la necesidad que tiene la sociedad en que vivimos de un orden, de una jerarquía moral, sin la cual, créame, todo se viene abajo. ¿Le gustaría a usted, por ejemplo, que alguien pusiese en duda la honestidad de su madre? Por favor, es un caso hipotético que me permito poner a título de ejemplo. Usted mismo acaba de fruncir el ceño, y ese mismo gesto, que lo honra, ya está revelando todo lo que de sagrado tiene para usted, como para mí, el concepto de madre. Y bien, ¿cómo compaginar ese concepto con una sociedad en que exista el amor libre, en que nadie es responsable de los hijos que se tienen por ahí, en que el matrimonio haya sido echado por la borda como una simple institución burguesa? No sé si entiende lo que quiero decir. Si se minan las bases del hogar… pero ¿le pasa a usted algo?

Martín, muy pálido, a punto de desmayarse, pasaba la mano por su frente, cubierta de un sudor helado.

– No, no -respondió.

– Pues, como le decía, si se minan las bases del hogar, que son el fundamento de la sociedad en que vivimos, si usted destruye el concepto sacrosanto del matrimonio, ¿qué queda?, pregunto yo. El caos. ¿Qué ideales, qué ejemplos puede tener delante la juventud que se va formando? No se puede jugar con todo eso, joven. Le voy a decir más, le voy a decir algo que raramente le digo a nadie pero que me Siento en el deber de decírselo a usted. Me refiero al problema de la prostitución.

Pero en ese instante sonó el intercomunicador, y mientras Molinari preguntaba con mal humor ¿Qué? ¿qué?, Martín seguía con su lupa, tambaleante, cada vez más perdido en aquella niebla repugnante y se decía Wanda, Wanda, repitiéndose aquellas palabras cínicas de Alejandra sobre la necesidad de trabajar, y aquella frase sobre el desprecio hacia los loros pintarrajeados y el consecuente desprecio hacia sí misma; de manera, se decía, como resumiendo sus investigaciones, que Wanda era uno de los elementos de aquel enigma, y Molinari era otro de los elementos ¿y qué otros podía haber?; y entonces volvía a repasar los episodios precedentes y no encontraba nada de relieve, pues sólo estaba aquella entrevista con el individuo llamado Bordenave, individuo desconocido para Alejandra y por lo demás desagradable, hasta el punto que había cambiado de humor, poniéndose hosca y sombría. Mientras veía cómo el rostro endurecido que Molinari había mantenido frente al intercomunicador comenzaba ahora a transformarse en aquel rostro que había decidido ofrecerle a él, a Martín. Y el señor Molinari, en tanto que lo miraba parecía buscar el hilo conductor con lo que venía diciendo, hasta que prosiguió:

– Eso es, la prostitución. Vea usted qué paradoja. Si yo le digo que la prostitución es necesaria, sé perfectamente que usted, en este momento, va a experimentar un rechazo, ¿no es así? Aunque tengo la convicción de que una vez que haya analizado a fondo el problema tendrá que concordar conmigo. Imagínese, en efecto, lo que sería el mundo sin esa válvula de escape. Ahora mismo, y sin ir más lejos, aquí, en nuestro país, un concepto mal entendido de la moral, le advierto que soy católico, ha llevado al clero argentino a hacer prohibir la prostitución. Pues bien, se prohibió la prostitución en el año…

Dudó un instante y miró al señor Pérez Moretti, que lo escuchaba atentamente.

– Me parece que fue en el 35 -dijo el señor Pérez Moretti.

– Pues bien, ¿con qué resultado? Con el resultado de que apareciera la prostitución clandestina. Era lógico. Pero lo grave es que la prostitución clandestina es más peligrosa porque no hay control sanitario. Pero hay todavía algo más: es cara, no está al alcance del bolsillo de un obrero o de un empleado. Porque no es sólo lo que hay que pagarle a la mujer, es lo que hay que gastar en el amueblado. Resultado: Buenos Aires está soportando un proceso de desmoralización cuyas consecuencias no podemos prever.

Levantando su cabeza hacia un costado, y dirigiéndose al señor Pérez Moretti, comentó:

– Precisamente, en la última reunión del Rotary hablé del problema, que está siendo una de las lacras de esta ciudad y quizá del país entero.

Y dirigiéndose nuevamente a Martín, prosiguió:

– Es como una caldera en que se está levantando la presión con las válvulas cerradas. Que eso es la prostitución organizada y lega una válvula de escape. O hay mujeres de mala vida controladas por el Estado, o llegamos a esto. O se tiene una buena prostitución controlada o la sociedad se enfrenta, tarde o temprano, con el gravísimo peligro de que sus instituciones básicas se puedan venir abajo. Entiendo que este dilema es de hierro y soy de los que piensan que no es cuestión de hacer como el avestruz frente a los peligros, que esconde la cabeza. Yo me pregunto si una muchacha de familia puede estar hoy tranquila, y sobre todo, si pueden estar tranquilos sus padres. Dejo de lado las groserías y suciedades que la niña debe escuchar por las calles, en boca de muchachones o de hombres que no encuentran una salida natural a sus instintos. Dejo de lado todo eso, por desagradable que sea. Pero ¿y qué me dicen del otro peligro? ¿Del peligro de que en las relaciones entre muchachos, entre los novios o simples simpatías no se llegue a mayores? Caramba, un muchacho tiene sangre, tiene instintos al fin y al cabo. Ustedes me perdonarán que hable con tanta crudeza, pero no hay otra forma de encarar este problema. Ese muchacho para colmo, vive enardecido por la falta de una prostitución al alcance de sus posibilidades económicas; por un cine que Dios nos libre, por publicaciones pornográficas, en fin, ¿qué se puede esperar? La juventud, por otra parte, no tiene los frenos que en otro tiempo le imponía un hogar con sólidos principios. Porque hay que confesar que acá somos católicos de la piel para afuera. Pero católicos de verdad, lo que se dice católicos de verdad, créame que no deben pasar de un cinco por ciento, y creo que me quedo largo. ¿Y el resto? Sin ese freno moral, con padres más preocupados de sus asuntos personales que de vigilar lo que debería ser un verdadero santuario… ¿pero qué le pasa?

El señor Pérez Moretti y el señor Molinari corrieron hacia donde estaba sentado Martín.

– No es nada, señor. No es nada -dijo recuperándose-. Ustedes perdonen, pero mejor me retiro…

Se levantó para irse, pero parecía tambalear. Estaba pálido y sudoroso.

– Pero no, hombre. Espere, que le haré traer café -dijo el señor Molinari.

– No, señor Molinari. Ya estoy bien, muchas gracias.

El aire de la calle me hará mejor. Muchas gracias, buenas tardes.

Apenas traspuso la puerta del despacho, hasta donde el señor Molinari y el señor Pérez Moretti lo acompañaron del brazo, apenas estuvo fuera de sus miradas corrió con las fuerzas que le quedaban. Cuando llegó a la calle buscó con la mirada un café, pero no vio ninguno cerca y no podía esperar. Se precipitó entonces hacia el espacio libre entre dos autos y allí vomitó.

<p id="_Toc49254309">III</p>

Mientras esperaba en The Criterion, mirando fotografías de la reina Isabel por un lado y grabados de mujeres desnudas por otro, como si el Imperio y la Pornografía (pensaba) pudieran honorablemente coexistir, del mismo modo que coexisten las familias honestas y los prostíbulos (y no a pesar de eso sino, como brillantemente le explicara Molinari, por eso mismo), su pensamiento volvía a Alejandra, preguntándose cómo y con quién habría descubierto aquel bar Victoriano.

En el mostrador, bajo la sonrisa pequeñoburguesa de la reina ("nunca hubo una familia real tan insignificante", le dijo luego Alejandra), gerentes y altos empleados ingleses tomaban un gin o su whisky y reían de sus chistes. La perla de la Corona, pensó, casi en el momento en que la vio entrar. Pidió un Gilbey y, después de escucharlo a Martín, comentó:

– Molinari es un hombre respetable, un Pilar de la Nación. En otras palabras: un perfecto cerdo, un notable hijo de puta.

Llamó al mozo, mientras decía:

– A propósito, me preguntaste muchas veces por Bruno. Ahora te lo presentaré.

<p id="_Toc49270064">IV</p>

A medida que se acercaban a la esquina de Corrientes y San Martín se oían con mayor violencia los altoparlantes de la Alianza: que se cuidara la oligarquía del Barrio Norte, que los judíos pusieran las barbas en remojo, que los masones dejaran de molestar, que los marxistas terminaran con sus provocaciones.

Entraron en La Helvética. Era un local oscuro, con su alto mostrador de madera y su vieja boiserie. Espejos manchados y equívocos agrandaban y reiteraban turbiamente el misterio y la melancolía de aquel rincón sobreviviente.

Se levantó un hombre muy rubio, de ojos celestes y anteojos con vidrios increíblemente gruesos. Tenía un aire sensual y meditativo y parecía tener unos cuarenta y cinco años. Advirtió que lo observaba con benevolencia y, sonrojándose, pensó: Le ha hablado de mí.

Conversaron unos instantes, pero Alejandra estaba abstraída, hasta que se levantó y se despidió. Martín se encontró entonces solo delante de Bruno, inquieto como si debiera rendir examen y entristecido por la brusca y como siempre inexplicable desaparición de Alejandra. Y de pronto se dio cuenta de que Bruno le estaba haciendo una pregunta cuyo comienzo no había oído. Turbado, iba a pedirle por favor la repitiera cuando, felizmente, llegó un hombre pelirrojo y pecoso, de nariz aguileña, cuyos ojos escrutaban a través de sus anteojos. Tenía una sonrisa rápida y nerviosa. Toda su apariencia era inquietante y por momentos adquiría una tonalidad sarcástica que a Martín, de estar solo con él, le habría impedido abrir la boca aun en caso de incendio. Miraba directamente a los ojos, para colmo, evitando así cualquier escapatoria a los tímidos. Mientras conversaba con Bruno, inclinándose hacia él a través de la mesita, echaba fugaces miradas de soslayo, como quien sufre, o ha sufrido en otro tiempo, persecuciones policiales.

– Veo que usted tiene debilidad por este antro mitrista -comentó Méndez, con su risita feroz, señalando un retrato de Mitre sobre la pared-. ¡Quién le iba a decir al general y al suizo ése que un día aquí, a cincuenta metros del sagrario de La Nación , se iban a reunir sus amigos! A nadie se le ha ocurrido hacer el psicoanálisis de este fenómeno. Hay tantos cafés en Buenos Aires.

Puso un libro sobre la mesita.

– Acabo de leer un artículo de Pereira -comentó Bruno, sonriente, aludiendo al libro.

Méndez puso una de sus mejores caras diabólicas. Su pelo rojo parecía echar chispas, como esos plumeros cargados con la máquina electrostática en las clases. Sus ojos fulguraban con ironía.

– ¡Je! Empieza atacando desde el título. Imagínese: América Latina, un país.

Justamente. Sostiene que esto era un conjunto de nacionalidades oprimidas por España.

– ¡Je! La cabeza de ese individuo está repleta de cuestiones rusas. ¡Conjunto de nacionalidades! Todo el tiempo está pensando en kirguises, en caucasianos, en bielorrusos el país (pensaba Martín), el país, el hogar, buscar la cueva en las tinieblas, el hogar, el fuego caliente, el tierno y luminoso refugio en medio de la oscuridad y como Bruno levantara los ojos, acaso dudando esos ojos que habían visto a Alejandra de niña, esos ojos melancólicos y dulcemente irónicos, mientras veía emerger la figura de Wanda junto a la frase "ganar dinero con algo que uno desprecia", ignorando en aquel momento, sin embargo, qué monstruoso alcance iba a tener un día la frase de Alejandra, pero ya con un alcance lo suficientemente sembrío como para angustiarlo para toda la cipayería de acá, Bassán, Panamá también es una nación, aunque hasta los niños de pecho saben que la inventó la Fruit Co. mientras veía a Wanda tomando claritos hablando de hombres, riéndose con frívola sensualidad, y aquel Janos. aquel inexplicable marido y Bruno lo oía pensativamente, revolviendo el poso del café y entonces Martín observaba sus largas manos nerviosas y se preguntaba cómo podrá haber sido el amor de aquel hombre por la madre de Alejandra, ignorando todavía, que aquel amor se había prolongado en alguna forma sobre la propia hija, de modo que la misma Alejandra en la que Martín cavilaba en ese momento había sido el objeto de cavilaciones del hombre que ahora tenía inocentemente ante sus ojos, bien que (como el mismo Bruno muchas veces lo pensaría y hasta lo insinuaría) la Alejandra de sus cavilaciones no era la misma que ahora atormentaba a Martín pues nunca (sostenía) somos la misma persona para diferentes interlocutores, amigos o amantes; del mismo modo que esos resonadores complejos de las clases de física que responden con alguna cuerda para cada sonido que los estimula, mientras las otras permanecen silenciosas y como ensimismadas, ajenas, reservadas para llamados que quizá algún día requieran su respuesta; llamado que a veces no llega nunca, en cuyo caso aquellas apagadas cuerdas terminan sus días como olvidadas por el mundo, extrañas y solitarias, mientras, casi entusiasmado, tanta era su furia irónica, Méndez exclamaba: ¡Él, hablando de internacionalismo abstracto! ¡Bravo, Pereira, bravo! ¡De los ballets de Jachaturian a la zamba de Vargas! Ahora ha descubierto la Argenti na. Durante años vivió a la rusa, tomó worsch en lugar de sopa, té en vez de mate, vodka en vez de caña. La Argentina era una isla exótica donde estábamos condenados a vivir ¡pero nuestro corazón estaba en Moscú, camarada! y volvía a verlo a Janos, con aquella mirada equívoca y ansiosa (¿por qué?), con su excesiva y untuosa cortesía, besándole las manos, diciéndole "oui, ma chére" o "comme tu veux, ma chére", y por qué ahora se le aparecía con tanta insistencia aquel hombre repugnante, siempre como buscando algo, como si mantuviera una guardia permanente, una anhelante guardia, determinado sin duda por la actitud de Wanda, pero entonces vio a alguien que saludaba a Bruno y se sentaba allá, con los que hablaban en voz baja, mientras Méndez observaba el saludo con mordacidad y decía: Seguro que están en alguno de los complots. ¡Estos nacionalistas clericales, estos archihispanófilos que ahora han descubierto los Estados Unidos! Claro, les ha entrado el miedo con el peronismo, la única defensa contra la barbarie soviética y nuevamente perdió la pista, pensando en aquel Janos hasta que le

pareció que Bruno decía algo sobre la corrupción y entonces Méndez dijo: Eso es moralismo pequeñoburgués, mientras Bruno negaba buenamente con la cabeza y decía: Eso no es lo que yo quiero decir y Martín se atormentaba porque su pensamiento no pudiera seguir la discusión, pensando "soy un tremendo egoísta", porque su pensamiento volvía otra vez a aquella figura untuosa y horrible y a su actitud, a su permanente guardia, algo sin duda determinado por la presencia o la ausencia de Wanda ¿pero qué? y ella aceptándolo con una mezcla de condescendencia e ironía, como si ambos, como si entre ambos, pero entonces Bruno dijo porque corrompe todo lo que toca, porque es un cínico que no cree en nada, ni en el pueblo ni en el peronismo siquiera, porque es un cobarde y un hombre sin grandeza, mientras Méndez sacudía su cabeza con ironía, pensando, seguramente, un incurable pequeñoburgués y mientras Martín pensaba qué confuso es todo, qué difícil es vivir y comprender y como si aquel equívoco Janos fuese así como el símbolo de la confusión que lo dominaba, como si lo fundamental de los seres humanos fuese la ambigüedad, con su zalamera y falsa cortesía en relación a su mujer que, sin embargo (y él lo había observado bien, como todo lo que se relacionaba con Alejandra), con aquella mirada anhelante y ansiosa del que teme o espera algo, en ese caso algo de Wanda ¿por celos quizá?, a los que Alejandra se le había echado a reír comentando "¡qué niño sos, todavía!" agregando aquellas palabras que luego, después de la tragedia, él recordaría con aterradora nitidez: "Janos es una especie de pegajoso monstruo" y como en ese momento Bruno se levantó para telefonear, Martín quedó solo frente a Méndez, que lo examinó con curiosidad, mientras él bebía agua por pura timidez.

– ¡Ese monaguillo irritado! -dijo con sorna, señalando con sus ojos hacia la otra mesa-. Identifican el sufragio universal con la estupidez de las masas, el cuartel con el pundonor, el imperialismo con Lutero.

Emitió su risita.

– Pero ahora están con los yanquis. ¡Lo que es el miedo al pueblo!


Felizmente volvió Bruno.

– Hace un calor insoportable -dijo-. Propongo que salgamos.

Los altoparlantes de la Alianza prometían incendios y horcas.

– Es un café muy cerrado, pero me gusta. No va a durar mucho, piense en los millones que vale la esquina. Es fata lo echarán abajo y levantarán un rascacielos, y abajo uno de esos bares interplanetarios llenos de colorinches y ruidos que han inventado los norteamericanos.

Se aflojó la corbata.

– Es un individuo notable. Con la gente que lo odia podría levantarse una sociedad de socorros mutuos más o menos del tamaño del Centro Gallego. En cuanto a mis relaciones con él… bueno, me ha de tener por un intelectual vacilante, un pequeñoburgués putrefacto…

Y se sonrió, mientras pensaba para sí: hombre en perpetua contradicción, Hamlet.

Llegaron al puente de la calle Belgrano y Bruno se detuvo, apoyándose en el pretil, diciendo "ahora por lo menos se respira", en tanto que Martín se preguntaba si aquella costumbre de vagar por el puente, Alejandra la había tomado de Bruno; pero luego pensó que debería de haber sido a la inversa, porque a Bruno lo veía blando, vacilante al compás de sus reflexiones.

Observaba su piel fina, sus manos delicadas y las comparaba con las manos duras y ávidas de Alejandra, con su rostro apretado y anguloso, mientras Bruno pensaba: Estos paisajes sólo el impresionismo los podía pintar, y eso se terminó, así que el artista que siente esto y nada más que esto, se embromó. Y mirando el cielo cargado de nubes, la atmósfera húmeda y un poco pesada los reflejos de los barcos sobre el agua quieta, pensaba que Buenos Aires tenía un cielo y un aire muy parecido a Venecia, seguramente por la humedad del agua estancada, mientras que su pensamiento del otro estrato proseguía con Méndez:

– Por ejemplo, la literatura. Son brutalmente esquemáticos. Proust es un artista degenerado porque pertenece a una clase en decadencia.

Se rió.

– Si esa teoría fuese correcta no existiría el marxismo, y por lo tanto tampoco Méndez. El marxismo tendría que haber sido inventado por un obrero, sobre todo por uno de la industria pesada.

Caminaron por la vereda y entonces Bruno lo invitó a sentarse sobre el parapeto, mirando hacia el río.

A Martín lo asombró ese rasgo de juventud, rasgo que le confería ante sus ojos un aspecto de afectuosa camaradería hacia él; y el tiempo que le concedía, su afectuosa familiaridad parecían una garantía del afecto de Alejandra hacia él, hacia Martín; pues no le sería concedida por un hombre importante si él, un muchacho desconocido, no estuviese respaldado por la consideración y acaso por el amor de Alejandra. De modo que aquella conversación, aquella caminata, aquel sentarse juntos, eran como una confirmación (aunque indirecta, aunque frágil) de su amor, un cierto certificado (aunque borroso, aunque ambiguo) de que ella no estaba tan alejada como él se suponía.

Y mientras Bruno aspiraba la brisa que pesadamente llegaba del río, Martín recordaba momentos parecidos en aquel mismo parapeto con Alejandra. Acostado sobre el murallón, con la cabeza sobre su regazo, era (había sido) verdaderamente feliz. En el silencio de aquel atardecer oía el tranquilo murmullo del río abajo mientras contemplaba la incesante transformación de las nubes: cabezas de profetas, caravanas en un desierto de nieve, veleros, bahías nevadas. Todo era (había sido) paz y serenidad en aquel momento. Y con tranquila voluptuosidad, como en los somnolientos e indecisos instantes que siguen al despertar, reacomodaba su cabeza sobre el regazo de Alejandra, mientras pensaba qué tierno, qué dulce era sentir su carne debajo de su nuca; esa carne que en opinión de Bruno era algo más que carne, algo más complejo, más sutil, más oscuro que la mera carne hecha de células, tejidos y nervios; pues también era (pongamos el caso de Martín), era ya recuerdo y, por lo tanto, algo que se defendería de la muerte y de la corrupción, algo transparente, tenue pero con cierta calidad de lo eterno e inmortal; era Louis Armstrong tocando su trompeta en el Mirador, cielos y nubes de Buenos Aires, las modestas estatuas del Parque Lezama en el atardecer, un desconocido tocando una cítara, una noche en el restaurante Zur Post. una noche de lluvia refugiados debajo de una marquesina (riéndose), calles del barrio sur, techos de Buenos Aires vistos desde el bar del piso veinte del Comega. Y todo eso lo sentía a través de su carne, de su suave y palpitante-carne que, aunque destinada a disgregarse entre gusanos y grumos de tierra húmeda (típico pensamiento de Bruno), ahora le permitía entrever esa especie de eternidad; porque como también alguna vez le diría Bruno, estamos de tal modo constituidos que sólo nos es dado vislumbrar la eternidad desde la frágil y perecedera carne. Y él había suspirado entonces y ella le había dicho "qué". Y él le había respondido "nada", como respondemos cuando estamos pensando "todo". Momento en que Martín dijo casi sin querer, a Bruno:

– Aquí estuvimos una tarde con Alejandra.

Y como si no pudiera detener su bicicleta, perdido el control, agregó:

– ¡Qué feliz fui aquella tarde!

Arrepintiéndose y avergonzándose en seguida de semejante frase, tan íntima y patética. Pero Bruno, no se rió, ni se sonrió (Martín lo miraba casi aterrado), sino que permaneció pensativo y serio, mirando hacia el río. Y cuando, después de un largo rato, Martín imaginaba que no haría ningún comentario, dijo:

– Así se da la felicidad.

¿Qué quería decir? Se quedó escuchándolo, anhelante, como siempre que se trataba de algo vinculado a Alejandra.

– En pedazos, por momentos. Cuando uno es chico espera la gran felicidad, alguna felicidad enorme y absoluta. Y a la espera de ese fenómeno se dejan pasar o no se aprecian las pequeñas felicidades, las únicas que existen. Es como…

Se calló, sin embargo. Al rato continuó:

– Imagínese un mendigo que desdeña limosnas por el camino, porque le han dado el dato de un formidable tesoro. Un tesoro inexistente.

Volvió a sumirse en sus pensamientos.

– Parecen fruslerías: una conversación apacible con un amigo. A lo mejor esas gaviotas que vuelan en círculos. Este cielo. La cerveza que tomamos hace un rato.

Se movió.

– Se me ha dormido una pierna. Es como si a uno le inyectaran soda.

Se bajó y luego agregó:

– A veces pienso que esas pequeñas felicidades existen precisamente porque son pequeñas. Como esa gente insignificante que pasa inadvertida.

Se calló, y sin ninguna razón aparente dijo:

– Sí, Alejandra es un ser complicado. Y tan distinta a la madre. En realidad es una tontería esperar que los hijos se parezcan a sus padres. Y acaso tengan razón los budistas, y entonces ¿cómo saber quién va a encarnarse en el cuerpo de nuestros hijos?

Como si recitara una broma, dijo:

Tal vez a nuestra muerte el alma emigra:

a una hormiga,

a un árbol,

a un tigre de Bengala;

mientras nuestro cuerpo se disgrega

entre gusanos

y se filtra en la tierra sin memoria,

para ascender luego por los tallos y las hojas,

y convertirse en heliotropo o yuyo,

y después en alimento del ganado,

y así en sangre anónima y zoológica,

en esqueleto,

en excremento.

Tal vez le toque un destino más horrendo

en el cuerpo de un niño

que un día hará poemas o novelas,

y que en sus oscuras angustias

(sin saberlo)

purgará sus antiguos pecados

de guerrero o criminal,

o revivirá pavores,

el temor de una gacela,

la asquerosa fealdad de comadreja,

su turbia condición de feto, cíclope o lagarto,

su fama de prostituta o pitonisa,

sus remotas soledades,

sus olvidadas cobardías y traiciones.

Martín lo oyó perplejo: por una parte parecía que Bruno recitaba en broma, por otra sentía que de algún modo aquel poema expresaba seriamente lo que pensaba de la existencia: sus vacilaciones, sus dudas. Y conociendo ya su extremo pudor, se dijo: Es de él.

Se despidió, tenía que verlo a D'Arcángelo.

Bruno lo siguió con ojos afectuosos, diciéndose lo que todavía tendrá que sufrir. Y después, estirándose sobre el parapeto, colocando sus manos debajo de la nuca, dejó divagar su pensamiento.

Las gaviotas iban y venían.

Todo era tan frágil, tan transitorio. Escribir al menos para eso, para eternizar algo pasajero. Un amor, acaso. Alejandra, pensó. Y también: Georgina. Pero ¿qué, de todo aquello? ¿Cómo? Qué arduo era todo, qué vidriosamente desesperado.

Además no sólo era eso, no únicamente se trataba de eternizar, sino de indagar, de escarbar el corazón humano, de examinar los repliegues más ocultos de nuestra condición.

Nada y todo, casi dijo en alta voz, con aquella costumbre que tenía de hablar inesperadamente en voz alta mientras se reacomodaba sobre el murallón. Miraba hacia el cielo tormentoso y oía el rítmico golpeteo del río lateral que no corre en ninguna dirección (como los otros ríos del mundo), el río que se extiende casi inmóvil sobre cien kilómetros de ancho, como un apacible lago, y en los días de tempestuosa sudestada como un embravecido mar. Pero en ese momento, en aquel caluroso día de verano, en aquel húmedo y pesado atardecer, con la transparente bruma de Buenos Aires velando la silueta de los rascacielos contra los grandes nubarrones tormentosos del oeste, apenas rizado por una brisa distraída, su piel se estremecía apenas como por el recuerdo apagado de sus grandes tempestades; esas grandes tempestades que seguramente sueñan los mares cuando dormitan, tempestades apenas fantasmales e incorpóreas, sueños de tempestades, que sólo alcanzan a estremecer la superficie de sus aguas como se estremecen y gruñen casi imperceptiblemente los grandes mastines dormidos que sueñan con cacerías o peleas.

Nada y todo.

Se inclinó hacia la ciudad y volvió a contemplar la silueta de los rascacielos.

Seis millones de hombres, pensó.

De pronto todo le parecía imposible. E inútil.

Nunca, se dijo. Nunca.

La verdad, se decía, sonriendo con ironía. LA verdad. Bueno, digamos UNA verdad, pero ¿no era una verdad la verdad? ¿No se alcanzaba "la" verdad profundizando en un solo corazón? ¿No eran al fin idénticos todos los corazones?

Un solo corazón, se decía.

Un muchacho besaba a una chica. Pasó un vendedor de helados Laponia en bicicleta: lo chistó. Y mientras comía el helado, sentado sobre el paredón, volvía a mirar el monstruo, millones de hombres, de mujeres, de chicos, de obreros, de empleados, de rentistas. ¿Cómo hablar de todos? ¿Cómo representar aquella realidad innumerable en cien páginas, en mil, en un millón de páginas? Pero -pensaba- la obra de arte es un intento, acaso descabellado, de dar la infinita realidad entre los límites de un cuadro o de un libro. Una elección. Pero esa elección resulta así infinitamente difícil y, en general, catastrófica.

Seis millones de argentinos, españoles, italianos, vascos, alemanes, húngaros, rusos, polacos, yugoslavos, checos, sirios, libaneses, lituanos, griegos, ucrasianos.

Oh, Babilonia.

La ciudad gallega más grande del mundo. La ciudad italiana más grande del mundo. Etcétera. Más pizzerías que en Nápoles y Roma juntos. "Lo nacional." ¡Dios mío! ¿Qué era lo nacional?

Oh, Babilonia.

Contemplaba con mirada de pequeño dios impotente el conglomerado turbio y gigantesco, tierno y brutal, aborrecible y querido, que como un temible leviatán se recortaba contra los nubarrones del oeste.

Nada y todo.

Pero también es cierto -reflexionó- que una sola basta. O acaso dos, o tres, o cuatro. Ahondando en sus corazones.

Peones o ricos, peones o banqueros, hermosos o jorobados.

El sol se ponía y a cada segundo cambiaba el colorido de las nubes en el poniente. Grandes desgarrones grisvioláceos se destacaban sobre un fondo de nubes más lejanas: grises, lilas, negruzcas. Lástima ese rosado, pensó, como si estuviera en una exposición de pintura. Pero luego el rosado se fue corriendo más y más, abaratando todo. Hasta que empezó a apagarse y, pasando por el cárdeno y el violáceo, llegó al gris y finalmente al negro que anuncia la muerte, que siempre es solemne y acaba siempre por conferir dignidad.

Y el sol desapareció.

Y un día más terminó en Buenos Aires: algo irrecuperable para siempre, algo que inexorablemente lo acercaba un paso más a su propia muerte. ¡Y tan rápido, al fin, tan rápido! Antes los años corrían con mayor lentitud y todo parecía posible, en un tiempo que se extendía ante él como un camino abierto hacia el horizonte. Pero ahora los años corrían con creciente rapidez hacia el ocaso, y a cada instante se sorprendía diciendo: "hace veinte años, cuando lo vi por última vez", o alguna otra cosa tan trivial pero tan trágica como ésa; y pensando en seguida, como ante un abismo, qué poco, qué miserablemente poco resta de aquella marcha hacia la nada. Y entonces ¿para qué?

Y cuando llegaba a ese punto y cuando parecía que ya nada tenía sentido, se tropezaba acaso con uno de esos perritos callejeros, hambriento y ansioso de cariño, con su pequeño destino (tan pequeño como su cuerpo y su pequeño corazón que valientemente resistirá hasta el final, defendiendo aquella vida chiquita y humilde como desde una fortaleza diminuta), y entonces, recogiéndolo, llevándolo hasta una cucha improvisada donde al menos no pasase frío, dándole algo de comer, convirtiéndose en sentido de la existencia de aquel pobre bicho, algo más enigmático pero más poderoso que la filosofía parecía volverle a dar sentido a su propia existencia. Como dos desamparados en medio de la soledad que se acuestan juntos para darse mutuamente calor.

<p id="_Toc49254311">V</p>

Tal vez a nuestra muerte el alma emigre", se repetía Martín mientras caminaba. ¿De dónde venía el alma de Alejandra? Parecía sin edad, parecía venir desde el fondo del tiempo. "Su turbia condición de feto, su fama de prostituta o pitonisa, sus remotas soledades."

El viejo estaba sentado a la puerta del conventillo, sobre su sillita de paja. Mantenía su bastón de palo nudoso, y la galerita verdosa y raída contrastaba con su camiseta de frisa.

– Salud, viejo -dijo Tito.

Entraron, en medio de chicos, gatos, perros y gallinas. De la pieza, Tito sacó otras dos sillitas.

– Toma -le dijo a Martín-, llévala, que en seguida voy con el mate.

El muchacho llevó las sillas, las puso al lado del viejo, se sentó con timidez y esperó.

– Eh, sí… -murmuró el cochero-, así con la cosa…

¿Qué cosa?, se preguntó Martín.

– Eh, sí… -repitió el viejo, meneando la cabeza, como si asintiera a un interlocutor invisible.

Y de pronto, dijo:

– Yo era chiquito como ese que tiene la pelota y mi padre cantaba.

Quando la tromba sonaba alarma co Garibaldi doviamo partí.

Se rió, asintió varias veces con la cabeza y repitió "eh, sí…"

La pelota vino hacia ellos y casi le pega al viejo. Don Francisco amenazó distraídamente con el bastón nudoso, mientras los chicos llegaban corriendo, recogían la pelota y se retiraban haciéndole morisquetas.

Y luego de un instante, dijo:

– Andávamo arriba la mondaña con lo chico de Cafaredda e ne sentábanlo mirando al mare. Comíamos castaña asada… ¡Quiddo mare azule!

Tito llegó con el mate y la pava.

– Ya t'está hablando del paese, seguro. ¡Eh, viejo, no lo canse al pibe con todo eso bolazo! -mientras le guiñaba un ojo a Martín, sonriendo con picardía.

El viejo negó, meneando la cabeza, mirando hacia aquella región remota y perdida.

Tito se sonreía con benévola ironía mientras cebaba mate. Luego, como si el padre no existiera (seguramente ni oía), le explicó a Martín:

– Sabe, él se pasa el día pensando al pueblo que nació.

Se volvió hacia el padre, lo sacudió un poco del brazo como para despertarlo, y le preguntó:

– ¡Eh, viejo! ¿Le gustaría ver aquello de nuevo? ¿Ante de morir?

El viejo respondió asintiendo con la cabeza varias veces, siempre mirando a lo lejos.

– Si tendría de cuelli poqui soldi ¿se iría en Italia?

El viejo volvió a asentir.

– Si pedería ir aunque má no sería que por un minuto, viejo, nada má que por un minuto, aunque despué tendría de morirse, ¿le gustaría, viejo?

El viejo movió la cabeza con desaliento, como diciendo "para qué imaginar tantas cosas maravillosas".

Y como quien ha hecho la prueba de alguna verdad, Tito miró a Martín, y le comentó:

– ¿No te decía, pibe?

Y se quedó pensando mientras le alcanzaba el mate a Martín. Al cabo de un momento, agregó:

– Pensar que hay gente podrida en plata. Sin ir má lejo, el viejo vino a l'América con un amigo que se llamaba Palmieri. Lo do con una mano atrá y otra adelante, como quien dice. ¿Sentiste hablar del doctor Palmieri?

– ¿El cirujano?

– Sí, el cirujano. Y también el que era diputado radical. Bueno, son hijo de aquel amigo que vino con el viejo. Como te decía, cuando llegaron a Bueno Saire corrían la liebre junto. Trabajaron de todo: de peón de patio, empedraron calle, qué se yo. Al viejo, aquí lo tené. El otro amarrocó guita pa tirar p'arriba. Y si t'e visto no me acuerdo. Una ve, cuando todavía vivía la finada mi madre y cuando al Tino lo metieron preso por anarquista, la vieja tanto embromó que el viejo fue a verlo al diputado. ¿Queré creer que l'hizo esperar tre hora a la amansadora y después le mandó decir que fuera al otro día? Cuando vino en casa yo le dije: viejo, si vuelve de ese canalla yo no soy má su hijo.

Estaba indignado. Se arregló la corbata raída y luego agregó:

– Así e l'América, pibe. Haceme caso: hay que ser duro como yo. No mirar ni atrá ni a lo costado. Y si hay que cafishiar a la vieja, cafishiala. Si no, buena noche.

Amenazó a los chicos y después masculló, con resentimiento:

– ¡Diputado! Todo lo político son iguale, créeme, pibe. Todo están cortado por la misma tijera: radicale, orejudo, socialista. Tenía razón el Tino cuando decía la humanidá tiene de ser ácrata. Te soy sincero: yo no votaría nunca si no sería que tengo que votar por lo conservadore.

Martín lo miró son sorpresa.

– ¿Te llama la atención? Y sin embargo e la pura verdá. Qué le vamo a hacer.

– ¿Pero, por qué?

– Eh, pibe, siempre hay un porqué a toda la cosa, como decía el finado Zanetta. Siempre hay un misterio.

Sorbió el mate.

Durante un buen rato se mantuvo callado, casi melancólico.

– Mi viejo lo llevaba a don Olegario Souto, que era caudillo conserva de Barracas al Norte. Y una de la hija de don Olegario se llamaba María Elena. Era rubia y parecía un sueño.

Sonrió en silencio, con turbación.

– Pero imagináte, pibe… eran gente rica… y yo, adema… con este escracho…

– ¿Y cuándo fue todo eso? -preguntó Martín, admirado.

– Y, te estoy hablando del año quince, un año antes de la subida del Peludo.

– Y ella, ¿qué pasó después?

– ¿Ella? Y… qué va a pasar… se casó… un día se casó… Me acuerdo como si sería hoy. El 23 de mayo de 1924.

Se quedó cavilando.

– ¿Y por eso vota siempre por los conservadores?

– Así e, pibe. Ya ve que todo tiene su explicación. Hace má de treinta año que voto por eso malandrine. Qué se va a hacer.

Martín se quedó mirándolo con admiración.

– Eh, sí… -murmuró el viejo-. A Natale lo decábano bacare.

Tito le guiñó un ojo a Martín.

– ¿A quién, viejo?

– Lo briganti.

– ¿Viste? Siempre la misma cosa. ¿Pa qué lo dejaban bajar, viejo?

– Per andaré a la santa misa. Due hore.

Asintió con la cabeza, mirando a lo lejos.

– Eh, sí… La notte de Natale. I fusilli tocábano la zambuna.

– ¿Y qué cantaban lo fusilli, viejo?

– Cantábano

La notte de Natale e una festa principale que nascio nostro Signore a una povera mangiatura.

– ¿Y había mucha nieve, viejo?

– Eh, sí…

Y se quedó meditando en aquella tierra fabulosa. Y Tito le sonrió a Martín con una mirada en que estaban mezcladas la ironía, la pena, el escepticismo y el pudor.

– ¿No te dije? Siempre la misma historia.

<p id="_Toc49254312">VI</p>

Esa noche, mientras Martín deambulaba por la ribera empezó a llover después de largos, ambiguos y contradictorios preparativos. En medio de continuos relámpagos comenzaron a caer algunas gotas, vacilantemente, tanto como para dividir a los porteños -sostenía Bruno- en esos dos bandos que siempre se forman en los días bochornosos de verano: los que, con la expresión escéptica y amarga que ya tienen medio estereotipada por la historia de cincuenta años, afirman que nada pasará, que las imponentes nubes terminarán por disolverse y que el calor del día siguiente será aún peor y mucho más húmedo; y los que, esperanzados y candorosos, aquellos a quienes les basta un invierno para olvidar el agobio de esos días atroces, sostienen que "esas nubes darán agua esta misma noche" o, en el peor de los casos, "no pasará de mañana". Bandos tan irreductibles y tan apriorísticos como los que sostienen que "este país está liquidado" y los que dicen que "saldremos adelante porque siempre aquí hay grandes reservas". En resumen: las tormentas de Buenos Aires dividen a sus habitantes como las tormentas de verano en cualquier otra ciudad actual del mundo: en pesimistas y optimistas. División que (como le explicaba Bruno a Martín) existe a priori, haya o no tormentas de verano, haya o no calamidades telúricas o políticas; pero que se hace manifiesta en esas condiciones como la imagen latente en una placa con el revelado. Y (también le decía), aunque eso es válido para cualquier región del mundo donde haya seres humanos, es indudable que en la Argentina, y sobre todo en Buenos Aires, la proporción de pesimistas es mucho mayor, por la misma razón que el tango es más triste que la tarantela o la polca o cualquier otro baile de no importa qué parte del mundo. La verdad es que esa noche llovió intensa y furiosamente, batiendo en retirada al bando de los pesimistas; en retirada momentánea, claro, porque nunca este bando se retira del todo y jamás admite una derrota definitiva, pues siempre puede decir (y dice) "veremos si de verdad refresca". Pero el viento del sur fue aumentando su intensidad a medida que llovía, trayendo ese frío cortante y seco que viene desde la Patagonia, y ante el cual los pesimistas, siempre invencibles, por la naturaleza misma del pesimismo, pronuncian fúnebres presagios de gripes y resfríos, cuando no de pulmonías "porque en esta ciudad maldita uno no puede saber cuando sale al centro desde la mañana, si debe llevarse sobretodo (a pesar del calor) o traje liviano (a pesar del frío)". De modo que, sostienen, los pobres diablos que viven en los suburbios, a una hora de tren y de subterráneo de sus oficinas, están siempre amenazados por los peligros del frío repentino o por las incomodidades de un calor húmedo e insoportable. Idea que Bruno resumía diciendo que en Buenos Aires no hay clima sino dos vientos: norte y sur.

Desde el café de Almirante Brown y Pedro de Mendoza, Martín contemplaba cómo la lluvia barría la cubierta de los barcos, fragmentariamente iluminados por los relámpagos.

Y cuando pudo salir, después de medianoche, debió ir corriendo hasta su pieza para no helarse.

<p id="_Toc49254313">VII</p>

Pasaron muchos días sin que Alejandra diera señales de vida, hasta que por fin se decidió a telefonearla. Logró estar con ella algunos minutos en el bar de Esmeralda y Charcas, que lo dejaron en un estado de ánimo peor que el de antes: ella se limitó a contar (¿con qué objeto?) atrocidades de aquellas mujeres de la boutique.

Luego volvieron a transcurrir días y días, y nuevamente Martín se arriesgó a llamar por teléfono: Wanda le contestó que no estaba en aquel momento, que le daría su mensaje. Pero no hubo noticias de ella.

Varias veces estuvo a punto de dejarse vencer y de ir a la boutique. Pero se detenía a tiempo, porque sabía que hacerlo era pesar un poco más sobre su vida, y (pensaba), por lo tanto, distanciarla todavía más; del mismo modo que el náufrago desesperado por la sed sobre su bote debe resistir la tentación de tomar agua salada, porque sabe que únicamente le acarreará una sed aun más insaciable. No, claro que no la llamaría. Tal vez lo que pasaba era que ya había cortado demasiado su libertad, había pesado excesivamente sobre ella; porque él se había lanzado, se había precipitado sobre Alejandra, impulsado por su soledad. Y acaso si le concedía toda la libertad era posible que volvieran los primeros tiempos.

Pero una convicción más profunda, aunque tácita, lo inclinaba a pensar que el tiempo de los seres humanos no vuelve nunca para atrás, que nada vuelve a ser lo que era antes y que cuando los sentimientos se deterioran o se transforman no hay milagro que los pueda restaurar en su calidad inicia como una bandera que se va ensuciando y gastando (le había oído decir a Bruno). Pero su esperanza luchaba, pues, como pensaba Bruno, la esperanza no deja de luchar aunque la lucha esté condenada al fracaso, ya que, precisamente, la esperanza sólo surge en medio del infortunio y a causa de él. ¿Acaso alguien después podría darle a ello lo que él le había dado? ¿Su ternura, su comprensión, su limitado amor? Pero en seguida la palabra "después" aumentaba su tristeza, porque le hacía imaginar un futuro en que ella no estaría más a su lado, un futuro en que otro ¡otro! le dirá palabras semejantes a las que él le había dicho y que ella había escuchado con ojos fervorosos en momentos que ya le parecían inverosímiles; ojos y momentos que él había creído que serían eternamente para él, que permanecerían para siempre en su absoluta y conmovedora perfección, como la belleza de una estatua. Y ella y ese Otro cuya cara no podía imaginar andarían juntos por las mismas calles y lugares que había recorrido con Martín; mientras él ya no existiría para Alejandra, o apenas sería un recuerdo decreciente de pena y ternura, o acaso de fastidio o comicidad. Y luego se empeñaba en imaginarla en momentos de pasión, pronunciando las palabras secretas que se dicen en esos momentos, cuando el mundo entero y también y sobre todo él, Martín, quedan horrorosamente excluidos, fuera del cuarto en que están sus cuerpos desnudos y sus gemidos; entonces Martín corría a un teléfono, diciéndose que después de todo bastaba discar seis números para oír su voz. Pero ya antes de terminar el llamado lo interrumpía, porque tenía ya la suficiente experiencia para comprender que se puede estar al lado de otro ser, oírlo y tocarlo, y no obstante estar separado por murallas insalvables; así como una vez muertos, nuestros espíritus pueden estar cerca de aquel que quisimos y sin embargo, separados angustiosamente por la muralla invisible pero insalvable que para siempre impide a los muertos tener comunión con el mundo de los vivos.

Pasaron, pues, largos días.

Hasta que, por fin, terminó por ir a la boutique, aun sabiendo que nada lograría con ella sino, más bien, azuzar la fiera que había dentro de Alejandra, aquella fiera que odiaba cualquier intromisión. Y mientras se decía "no, no iré", caminaba precisamente hacia la calle Cerrito; y en el momento mismo en que llegaba a la puerta se repetía con empecinada pero ineficaz energía "es absolutamente necesario que no la vea".

Una mujer cargada de joyas y de colorinches en una cara de ojos saltones y malignos salía en ese instante. Nunca la sentía a Alejandra más lejana que cuando estaba entre mujeres así: entre señoras o amantes de gerentes, de médicos importantes, de empresarios. "¡Y qué conversaciones! -comentaba Alejandra-. Conversaciones que sólo pueden oírse en una de estas casas de modas o en una peluquería para mujeres. Entre tinturas, debajo de aparatos marcianos, con pelos de todos colores que chorreaban basura líquida, de bocas que parecen albañales, de agujeros inmundos en caras cubiertas de crema, salen siempre las mismas palabras y chismes, dando consejos, mostrando la hilacha y el resentimiento, contando lo que se debe hacer y lo que NO se debe hacer con el tipo. Y todo mezclado con enfermedades, dinero, alhajas, trapos, fibromas, cocktails, comidas, abortos, gerencias, ascensos, acciones, potencia e impotencia de los amantes, divorcios, traiciones, secretarias y cuernos." Martín la escuchaba asombrado y entonces ella se reía con una risa tan negra como la escena que acababa de describir. "Pero -preguntaba Martín balbuceando-, pero ¿cómo podes aguantar todo eso? ¿Cómo podes trabajar en un lugar semejante?", preguntas candorosas, a las que ella respondía con alguna de sus muecas irónicas, "porque en el fondo, fíjate bien, en el fondo todas las mujeres, todas tenemos carne y útero, y conviene que uno no lo olvide, mirando esas caricaturas, como en los grabados de la Edad Media las mujeres hermosas miraban una calavera; y porque en cierto modo, mira qué curioso, esos engendros al fin de cuentas son bastante honestos y consecuentes, pues la basura está demasiado a la vista para que puedan engañar a nadie". No, Martín no comprendía y tenía la certeza de que eso no era todo lo que Alejandra pensaba.

Y entonces, abriendo la puerta, entró en la boutique. Alejandra lo miró sorprendida, pero luego de saludarlo con un gesto, prosiguió un trabajo que tenía entre manos y le dijo que se sentara por ahí.

Momento en que entró al taller un hombre rarísimo.

– Mesdames… -dijo inclinándose con grotesca deliberación.

Besó la mano de Wanda, luego la de Alejandra y agregó:

– Como decía la Popesco en L'habit vert: je me prostitu á vos pieds.

En seguida se dirigió a Martín y lo examinó como a un mueble raro que acaso se tenga el propósito de adquirir. Alejandra, riéndose, se lo presentó a distancia.

– Usted me mira con asombro y tiene toda la razón del mundo, joven amigo -dijo con naturalidad-. Le explicaré. Soy un conjunto de elementos inesperados. Por ejemplo, cuando me ven callado y no me conocen, piensan que debo tener la voz de Chaliapin, y luego resulta que emito chillidos. Cuando estoy sentado, suponen que soy petiso, porque tengo el tronco cortísimo, y luego resulta que soy un gigante. Visto de frente, soy flaco. Pero observado de perfil, resulta que soy corpulentísimo.

Mientras hablaba, demostraba prácticamente cada una de sus afirmaciones y Martín verificaba, con estupor, que eran exactas.

– Pertenezco al tipo Gillete, en la famosa clasificación del Profesor Mongo. Tengo cara filosa, nariz larga y también filosa, y, sobre todo, estómago grande pero también filoso, como esos ídolos de la isla de Pascua. Como si me hubieran criado entre dos tablas laterales, ¿realiza?

Martín advirtió que las dos mujeres se reían, y esa risa se prolongaría a lo largo de toda la permanencia de Quique como la música de fondo de una película; a veces imperceptiblemente, para no estorbar sus reflexiones, y otras, en algunos momentos culminantes, en forma convulsiva, sin que eso le molestase. Martín miraba con dolor a Alejandra. Cómo detestaba aquel rostro suyo, el rostro-boutique, el que parecía ponerse para actuar en aquel mundo frívolo; rostro que parecía perdurar todavía cuando se encontraba a solas con él, desdibujándose lentamente, surgiendo de entre sus trazos abominables, a medida que se borraban, alguno de los rostros que le pertenecían a él y que él esperaba como a un pasajero ansiado y querido en medio de una multitud repelente. Pues, como decía Bruno, "persona" quería decir máscara y cada uno tenía muchas máscaras: la del padre, la del profesor, la del amante. Pero ¿cuál era la verdadera? ¿Y había realmente una que fuese la verdadera? Por momentos pensaba que aquella Alejandra que ahora estaba viendo allí, riendo de los chistes de Quique, no era, no podía ser la misma que él conocía y, sobre todo, no podía ser la más profunda, la maravillosa y terrible Alejandra que él amaba. Pero otras veces (y a medida que pasaban las semanas más lo iba creyendo) se inclinaba a pensar, como Bruno, que todas eran verdaderas y que también aquel rostro-boutique era auténtico y de alguna manera expresaba un género de realidad del alma de Alejandra; realidad que ¡y quién sabía como cuántas otras más! le era ajena, no le pertenecía ni jamás le pertenecería. Y entonces, cuando ella llegaba ante él con los restos menguados de aquellas otras personalidades, como si no hubiera tiempo (¿o deseo?) de metamorfosearse, en algún rictus de sus labios, en alguna forma de mover las manos, en cierto brillo de sus ojos, Martín descubría los residuos de una existencia extraña: como alguien que ha permanecido en un basural y todavía en nuestra presencia mantiene algo de su fetidez. Pensaba, mientras oía que Wanda, sin dejar de comer bombones, decía:

– Contá otra de anoche.

Pregunta a la cual Quique, dejando sobre una mesa un libro que traía, respondió con delicada y tranquila precisión.

– Una caca, ma chère.

Las dos mujeres se rieron con ganas, y cuando Wanda pudo hablar, preguntó:

– ¿Cuánto ganas en diario?

– Cinco mil setecientos veintitrés pesos con cincuenta y siete centavos, más aguinaldo a fin de año y las propinas que me da el jefe cuando le voy a comprar cigarrillos o le lustro los zapatos.

– Mira, Quique: mejor dejá diario y aquí te pagamos mil pesos más. Nada más que para hacernos reír.

– Sorry. La ética profesional me lo impide, imagináte que si me voy las crónicas de teatro las haría Roberto J. Martorell. Una catástrofe nacional, hijita.

– Sé bueno, Quique. Contá de anoche -insistió Wanda.

– Lo dicho: una caca total. Burdísimo.

– Sí, sonso. Pero contá detalles. Sobre todo de Cristina.

– ¡Ah, la femme! Wanda: sos la perfecta mujer de Weininger. Bombones, prostitución, comadreo. Te adoro.

– ¿Weininger? -preguntó Wanda-. ¿Qué es eso?

– Justo, justísimo -dijo Quique-. Te adoro.

– Vamos, sé bueno: contá de Cristina.

– Pobre; se retorcía las manos como Francesca Bertini en una de esas vistas que pasan los chicos de los cine-clubs. Pero el que hacía de escritor era directamente un empleado del ministerio de Comercio.

– Qué, ¿lo conoces?

– No, pero estoy seguro. Un empleado cansadísimo, pobresucho. Que se ve que estaba preocupado por algún problema de su trabajo, la jubilación o algo así. Un petiso gordito que acababa de dejar los expedientes pour jouer I 'écrivain. No les puedo decir cómo me conmovía: chocho.

En ese momento entró una mujer. Martín, que estaba como en un sueño grotesco, sintió que se la presentaban. Cuando comprendió que era la misma Cristina a que Quique se había estado refiriendo, y cuando vio cómo la recibía, se sonrojó. Quique se inclinó ante ella y le dijo:

– Hermosura.

Tocándole la tela del vestido, agregó:

– Qué divinidad. Y el lila te compone muy bien con el

peinado.

Cristina sonreía con timidez y temor: nunca sabía si debía creerle o no. No se animaba a preguntarle la opinión sobre la obra, pero Quique se apresuró a dársela:

– ¡Estupenda, Cristina! ¡Y qué esfuerzo, pobres! Con esos ruidos que venían de al lado… ¿Qué hay al lado?

– Un salón de baile -respondió Cristina, con cautela.

– Ah, pero claro… ¡Qué horror! En los momentos más difíciles, meta mambo. Y parece que tenían una tuba, para mayor desgracia. Burdísimo.

Martín vio que Alejandra salía casi corriendo para el otro cuarto. Wanda siguió trabajando, de espalda a Quique y Cristina, pero su cuerpo se agitaba con un silencioso temblor. Quique proseguía impasible.

– Deberían prohibir las tubas, ¿no te parece, Cristina? ¡Qué instrumento más guarango! Claro, ustedes, los pobres, tenían que gritar como bárbaros para hacerse oír. Qué difícil, ¿no? Sobre todo el que hacía de escritor famoso. ¿Cómo se llama? ¿Tonazzi?

– Tonelli.

– Eso, Tonelli. Pobresucho. Tan poco physique du rôle. ¿no? Y para colmo teniendo que luchar todo el tiempo con la tuba. ¡Qué esfuerzo! Wanda: el público no se da cuenta de lo que eso significa. Y, además, Cristina, me parece muy bien que hayan puesto un hombre así, que no parece escritor, que más bien parece un empleado a punto de jubilarse. La otra vez, por ejemplo, en Telón pusieron La soga, de O'Neill, y el marinero tenía todo el aspecto de un marinero. Qué gracia: así cualquiera representa a un marinero. Aunque hay que decir que en el momento en que el individuo empezó a hablar, a farfullar (porque no se le entendía nada), resultó tan endemoniadamente malo que ni aun con el aspecto de marinero que tenía parecía un marinero: podía ser peón de limpieza, un obrero de la construcción, un mozo de café. ¿Pero un marinero? Never! ¿Y por qué será, Cristina, que a todos los conjuntos independientes se les da por O'Neill? ¡Qué desgracia, pobre hombre! Fue siempre tan desgraciado: primero con su padre y su complejo de Edipo. Luego, acá en Buenos Aires, teniendo que cargar bolsas en el puerto. Y ahora, con todos los conjuntos independientes y vocacionales del mundo entero. -Abrió los larguísimos brazos, como para abarcar el conglomerado universal y, con cara de sincera tristeza, agregó:

– Millares, qué digo, ¡millones de conjuntos independientes representando a la vez La soga, Antes del desayuno, El emperador Jones, El deseo bajo los olmos…! ¡Pobre querido! ¡Como para no entregarse a la bebida y no querer ver a nadie más! Claro, ustedes, Cristina, es distinto. Porque en realidad ya son exacto como un teatro profesional, porque cobran tanto como si fueran profesionales. Mejor: no es posible que esa gente tan humilde tenga que trabajar durante el día como cloaquista o tenedor de libros y luego, de noche, tenga que hacer el Rey Lear… ¡Imagináte! Con lo cansadores que son los crímenes… Claro, siempre quedaría el recurso de dar obras tranquilas, sin crímenes ni incestos. O cuanto más con un crimen o dos. Pero no: resulta que a los vocacionales les interesan obras donde hay muchos crímenes, verdaderas matanzas, como Shakespeare. Y para qué vamos a hablar de los trabajos extras, barrer la sala, hacer de utileros, pintar las paredes, estar en la boletería, servir de acomodador, limpiar los baños. Cosa de levantar la moral general. Una especie de falansterio. Por riguroso turno, todos tienen que limpiar el water. Y así, un día el señor Zanetta dirige el conjunto en Hamlet y Norah Roland, née Fanny Rabinovich, limpia el doble ve-ce. Otro día, el denominado Zanetta limpia el doble ve-ce y Norah Roland dirige El deseo bajo los olmos. Aparte que durante dos años y medio todos trabajaron como locos de albañiles, carpinteros, pintores y electricistas, levantando el local. Nobles actividades en que han sido fotografiados y entrevistados por numerosos periodistas y que permiten el uso de palabras como fervor, entusiasmo, nobles aspiraciones, teatro del pueblo, auténticos valores y vocación. Claro que este falansterio a veces se viene abajo. La dictadura acecha siempre detrás de la demagogia. Y resulta que el señor Mastronicola o Verdichevsky, después de haber limpiado dos o tres veces el doble ve-ce, inventa la doctrina de que la señorita Caca Pastafrola, conocida en el ambiente teatral por su nom de guerre Elizabeth Lynch, tiene demasiadas ínfulas, está corrompida por sus tendencias pequeñoburguesascontrarre-volucionarias, putrefactas y decadentes, y que es necesario, para su formación moral y escénica, que limpie el doble ve-ce durante todo el año 55, que para colmo es bisiesto. Todo esto complicado con las affaires de Esther Abramovich que entró al teatro independiente para hacer la pata ancha, como quien dice, ya que, según cuenta el director, ha transformado ese noble reducto del arte puro en un quilombo que bueno bueno. Y los celos de Meneca Apiccia-fuoco, alias Diana Ferrer, que ni piensa largar al denominado Mastronicola. Y la bronca capitalizada del joven actor de carácter Ramsés Cuciaroni, que lo tienen metido en la boletería de puro envidiosos desde que entró a fallar la democracia giratoria. En fin, un hermoso prostíbulo. De modo, Cristina, que lo mejor es profesionalizarse, como han hecho ustedes. Aunque el viejito ése ¿trabaja de día en algún ministerio?

– ¿Qué viejito?

– Tonazzi.

– Tonelli… Tonelli no es un viejo. Tiene apenas cuarenta años.

– Tiens! Yo habría jurado que lo menos tenía cincuenta y tantos. Lo que es la mala iluminación. Pero de día trabaja en alguna parte, ¿no? Me parece haberlo visto en el café que está frente al ministerio de Comercio.

– No, tiene un negocio de librería y artículos de colegio.

Las espaldas de Wanda se agitaban como si tuviera paludismo.

– ¡Ah, pero qué bien! Así me explico que le hayan dado el papel de escritor. Claro. Ahora, que a mí me parece más bien un empleado público, pero sería porque anoche yo estaba muy cansado y con este asunto de la CADE la luz es tan mala que ustedes no tienen la culpa, naturalmente. Bueno, menos mal que tiene un negocito. Así, al menos, al otro día de la función no tendrá que madrugar mucho. Porque debe quedar con la garganta arruinada, el pobre. Con ese maldito mambo, y la tuba. Bueno, tengo que irme, es un horror de tarde. Felicitaciones, Cristina. ¡Adiós, adiós, adiós!

Besó la mejilla de Wanda, mientras le sacaba un bombón de la caja.

– Adiosito, Wanda. Y cuidá la línea. Adiós, Cristina y nuevamente felicitaciones. Ese ensemble te queda monísimo.

Le extendió la mano lateralmente a Martín, que estaba petrificado, y luego, por arriba del biombo que separaba el taller de la parte trasera, gritó hacia donde estaba Alejandra: -Mes hommages, queridísima.

<p id="_Toc49254314">VIII</p>

Petrificado en aquel banco alto, Martín esperaba un signo cualquiera de Alejandra. En cuanto se retiró Quique, Alejandra le hizo seña de que la siguiera a la otra habitación, donde dibujaba.

– ¿Ves? -le explicó, como aclarando sus ausencias-. Tengo un trabajo enorme.

Martín siguió los trazos de Alejandra sobre un papel blanco, abriendo y cerrando su cortaplumas blanco. Ella dibujaba en silencio y el tiempo parecía pasar a través de bloques de cemento.

– Bueno -dijo Martín, juntando todas sus fuerzas-, me voy…

Alejandra se acercó y apretándole el brazo le dijo que se verían pronto. Martín inclinó su cabeza.

– Te estoy diciendo que nos veremos pronto -insistió ella, irritada.

Martín levantó la cabeza.

– Bien sabes, Alejandra, que no quiero interferir en tu vida, que tu independencia…

No terminó la frase, pero luego agregó:

– No, quiero decir que… al menos… querría verte sin apuro…

– Sí, claro -admitió ella, como si meditara.

Martín se animó.

– Trataremos de estar como antes, ¿recordás?

Alejandra lo miró con ojos que parecían mostrar una incrédula melancolía.

– ¿Qué, no te parece posible?

– Sí, Martín, sí -comentó ella, bajando su mirada y poniéndose a hacer unos dibujos con el lápiz-. Sí, pasaremos un lindo día… ya verás…

Animado, Martín agregó:


– Muchos de nuestros desencuentros últimos se debieron a tus trabajos, a tus apuros, a tus citas…

El rostro de Alejandra había empezado a cambiar.

– Estaré muy ocupada hasta fin de mes, ya te lo expliqué.

Martín hacía un gran esfuerzo para no recriminarle nada, porque sabía que cualquier recriminación sería contraproducente. Pero las palabras surgían desde el fondo de su espíritu con silenciosa pero indomable fuerza.

– Me amarga verte con el reloj en la mano.

Ella levantó su mirada y fijó los ojos en él, con el ceño fruncido. Martín pensó, aterrorizado, ni una palabra más de recriminación, pero agregó:

– Como el martes, cuando creí que íbamos a pasar la tarde.

Alejandra había endurecido ya su cara y Martín se detuvo al borde de ella como al borde de un precipicio.

– tenés razón, Martín -admitió, sin embargo.

Martín se atrevió entonces a agregar:

– Por eso prefiero que vos misma digas cuándo podremos vernos.

Alejandra hizo unos cálculos y dijo:

– El viernes. Creo que el viernes habré terminado con lo más urgente.

Volvió a pensar.

– Pero a último momento hay que rehacer algo o falta algo, qué sé yo… No te querría hacer esperar… ¿No te parece mejor que lo dejemos para el lunes?

¡El lunes! Faltaba casi una semana, pero ¿qué podía hacer sino aceptar con resignación?

Trató de aturdirse con el trabajo durante aquella semana interminable, leyendo, caminando, yendo al cine. Lo buscaba a Bruno y, aunque ansiaba hablarle de ella, era incapaz hasta de pronunciar su nombre; y como Bruno presentía lo que pasaba por su espíritu, también rehuía el tema y hablaba de otras cosas o de temas generales. Momento en que Martín se animaba a decir algo que también parecía tener un sentido general, perteneciente a ese mundo abstracto y descarnado de las ideas puras, pero que en realidad era la expresión apenas despersonalizada de sus angustias y esperanzas.

Y así, cuando Bruno le hablaba del absoluto, Martín preguntaba, por ejemplo, si el amor verdadero no era precisamente uno de esos absolutos; pregunta en la cual la palabra "amor", sin embargo, tenía tanto que ver con la empleada por Kant o Hegel como la palabra "catástrofe" con un descarrilamiento o un terremoto, con sus mutilados y muertos, con sus aullidos y su sangre. Bruno respondía que, a su juicio, la calidad del amor que hay entre dos seres que se quieren cambia de un instante a otro, haciéndose de pronto sublime, bajando luego hasta la trivialidad, convirtiéndose más tarde en algo afectuoso y cómodo, para repentinamente convertirse en un odio trágico o destructivo.

– Porque hay veces en que los amantes no se quieren, o en que uno de ellos no quiere al otro, o lo odia, o lo menosprecia.

Mientras pensaba en aquella frase que una vez le había dicho Jeannette: "Lamour c'est une personne qui souffre et une autre qui s'enmerde". Y recordaba, observador de desdichados como era, aquella pareja un día en la penumbra de un café, en un rincón solitario, el hombre demacrado, sin afeitar, sufriente, leyendo, releyendo por centésima vez una carta -seguramente de ella-, recriminando, poniendo el absurdo papel de testimonio de vaya a saber qué compromisos o promesas; mientras ella, en los momentos en que él se concentraba encarnizadamente en alguna frase de la carta, miraba el reloj y bostezaba.

Y como Martín le preguntó si entre dos seres que se quieren no debe ser todo nítido, todo transparente y edificado sobre la verdad, Bruno respondió que la verdad no se puede decir casi nunca cuando se trata de seres humanos, puesto que sólo sirve para producir dolor, tristeza y destrucción. Agregando que siempre había alentado el proyecto ("pero yo soy nada más que eso: un hombre de puros proyectos", agregó sonriendo con tímido sarcasmo), había alentado el proyecto de escribir una novela o una obra de teatro sobre eso: la historia de un muchacho que se propone decir siempre la verdad, siempre, cueste lo que cueste. Desde luego, siembra la destrucción, el horror y la muerte a su paso. Hasta terminar con su propia destrucción, con su propia muerte.

– Entonces hay que mentir-adujo Martín con amargura.

– Digo que no siempre se puede decir la verdad. En rigor, casi nunca.

– ¿Mentiras por omisión?

– Algo de eso -replicó Bruno, observándolo de costado, temeroso de herirlo.

– Así que no cree la verdad.

– Creo que la verdad está bien en las matemáticas, en la química, en la filosofía. No en la vida. En la vida es más importante la ilusión, la imaginación, el deseo, la esperanza. Además ¿sabemos acaso lo que es la verdad? Si yo le digo que aquel trozo de ventana es azul, digo una verdad. Pero es una verdad parcial, y por lo tanto una especie de mentira. Porque ese trozo de ventana no está solo, está en una casa, en una ciudad, en un paisaje. Está rodeado del gris de ese muro de cemento, del azul claro de este cielo, de aquellas nubes alargadas, de infinitas cosas más. Y si no digo todo, absolutamente todo, estoy mintiendo. Pero decir todo es imposible, aun en este caso de la ventana, de un simple trozo de la realidad física, de la simple realidad física. La realidad es infinita y además infinitamente matizada, y si me olvido de un solo matiz ya estoy mintiendo. Ahora, imagínese lo que es la realidad de los seres humanos, con sus complicaciones y recovecos, contradicciones y además cambiantes. Porque cambia a cada instante que pasa, y lo que éramos hace un momento no lo somos más. ¿Somos, acaso, siempre la misma persona? ¿Tenemos, acaso, siempre los mismos sentimientos? Se puede querer a alguien y de pronto desestimarlo y hasta detestarlo. Y si cuando lo desestimamos cometemos el error de decírselo, eso es una verdad, pero una verdad momentánea, que no será más verdad dentro de una hora o al otro día, o en otras circunstancias. Y en cambio el ser a quien se la decimos creerá que ésa es la verdad, la verdad para siempre y desde siempre. Y se hundirá en la desesperación.

<p id="_Toc49254315">IX</p>

Y llegó el lunes.

Viéndola caminar hacia el restorán, Martín se dijo que para ella no era adecuada la palabra linda, ni siquiera hermosa; quizá se le podía decir bella, pero sobre todo soberana. Aun con su simple blusa blanca, su pollera negra y sus zapatillas chatas. Sencillez sobre la que resaltaban aun más sus rasgos exóticos, del mismo modo que una estatua es más notable en una plaza desprovista de ornamentos. Todo parecía resplandecer aquella tarde. Y hasta la calma del día, la falta de viento, el sol fuerte que parecía postergar la llegada del otoño (más tarde pensó que el otoño había estado esperando agazapado para descargar toda su tristeza en el momento en que él estuviera solo), todo parecía indicar que los astros se mostraban favorables.

Bajaron hacia la costanera.

Una locomotora arrastraba unos vagones, una grúa levantaba una máquina, un hidroavión pasaba bajo.

– El Progreso de la Nación -comentó Alejandra.

Se sentaron en uno de los bancos que miran al río.

Pasaron casi una hora sin hablar, o por lo menos sin decir nada de importancia, pensativos, en ese silencio que tanto inquietaba a Martín. Las frases eran telegráficas y no habrían tenido ningún sentido para un extraño: "ese pájaro", "el amarillo de la chimenea", "Montevideo". Pero no hacían proyectos como antes, y Martín se cuidaba de aludir a cosas que pudieran malograr aquella tarde, aquella tarde que él trataba como a un enfermo querido, ante el cual hay que hablar en voz baja y al que hay que evitar el menor contratiempo.

Pero, ese sentimiento -no podía dejar de pensar Martín- era contradictorio en su misma esencia, ya que si él quería preservar la felicidad de aquella tarde era precisamente para la felicidad; lo que para él era la felicidad: o sea estar con ella y no al lado de ella. Más todavía: estar en ella, metido en cada uno de sus intersticios, de sus células, de sus pasos, de sus sentimientos, de sus ideas; dentro de su piel, encima y dentro de su cuerpo, cerca de aquella carne ansiada y admirada, con ella dentro de ella: una comunión y no una simple, silenciosa y melancólica cercanía. De modo que preservar la pureza de aquella tarde no hablando, no intentando entrar en ella, era fácil, pero tan absurdo y tan inútil como no tener ninguna tarde en absoluto, tan fácil y tan insensato como mantener la pureza de un agua cristalina con la condición de que uno, que está muerto de sed, no la ha de beber.

– Vamos a tu pieza, Alejandra -le dijo.

Ella lo miró con gravedad y después de un instante le dijo que preferiría que fuesen al cine.

Martín sacó su cortaplumas.

– No te pongas así, Martín. No ando bien, no me siento nada bien.

– Estás resplandeciente -respondió Martín, mientras abría la hojita de su cortaplumas.

– Te digo que ando mal de nuevo.

– Vos tenés la culpa -adujo el muchacho con cierto rencor-. No te cuidas. Ahora mismo vi que comías cosas que no debías comer. Y además te atiborras de claritos.

Se quedó en silencio, empezó a sacar astillas del banco.

– No te pongas así.

Pero como él mantuviese empecinadamente la cabeza baja, ella se la levantó.

– Nos habíamos prometido pasar una tarde en paz, Martín.

Martín gruñó.

– Claro -continuó ella-, y ahora vos pensás que si no pasamos una tarde feliz no es por culpa tuya, ¿no es así?

Martín no contestó: era inútil.

Alejandra se calló. De pronto Martín oyó que decía:

– Bueno, está bien: vamos a casa.

Pero Martín no dijo nada. Ella se había levantado ya y tomándolo del brazo le preguntó:

– ¿Qué te pasa ahora?

– Nada. Lo haces como un sacrificio.

– No seas zonzo. Vamos.

Empezaron a caminar por la calle Belgrano hacia arriba. Martín se había reanimado y de pronto, casi con entusiasmo, exclamó:

– ¡Vamos al cine!

– Déjate de tonterías.

– No, no quiero que dejes de ver ese film. Lo has esperado tanto.

– Lo veremos otro día.

– ¿De veras que no querés?

En caso de haber accedido, habría caído en la más negra melancolía.

– No, no.

Martín sintió que la alegría volvía a su alma, como un río de montaña cuando el deshielo. Caminó con decisión, llevando a Alejandra del brazo. Al pasar el puente giratorio vieron un taxi que venía ocupado, hacia el río. Por si acaso, le hicieron una seña, indicándole que iban para la ciudad, para que los pasase a buscar de vuelta. El chofer les hizo un gesto afirmativo. Era un día en que los astros mostraban una conjunción favorable.

Se quedaron acodados sobre el pretil del puente. A lo lejos hacia el sur, en medio de la bruma que había empezado a bajar, se recortaban los puentes transbordadores de la Boca.

Volvió el taxi y subieron.

Mientras ella preparaba café, él buscó entre los discos y encontró uno que Alejandra acababa de comprar: Trying. Y cuando la voz de Ella Fitzgerald, desgarrada, dijo:

I'm trying to forget you, but try as I may You're still my every thought every day…

vio cómo Alejandra se detenía, con su pocillo en el aire diciendo:

– ¡Qué bárbaro! knocking, knocking at your door…

Martín la observó en silencio, entristecido por las sombras que siempre se movían detrás de ciertas frases de Alejandra.


Pero luego aquellos pensamientos fueron arrastrados como hojas por un vendaval. Y abrazados como dos seres que quieren tragarse mutuamente -recordaba-, una vez más se realizó aquel extraño rito, cada vez más salvaje, más profundo y más desesperado. Arrastrado por el cuerpo, en medio del tumulto y de la consternación de la carne, el alma de Martín trataba de hacerse oír por el otro que estaba del otro lado del abismo. Pero ese intento de comunicación, que finalizaría en gritos casi sin esperanza, empezaba ya desde el instante que precedía a la crisis: no sólo por las palabras que se decían sino también por las miradas y los gestos, por las caricias y hasta por los desgarramientos de sus manos y sus bocas. Y Martín trataba de llegar, de sentir, de entender a Alejandra tocando su cara, acariciando su pelo, besando sus orejas, su cuello, sus pechos, su vientre; como un perro que busca un tesoro escondido olfateando la misteriosa superficie, esa superficie llena de indicios, indicios demasiado oscuros e imperceptibles, sin embargo, para los que no están preparados para sentirlos. Y así como el perro, cuando siente de pronto más próximo el misterio buscado, empieza a cavar con febril y casi enloquecido fervor (ajeno ya al mundo exterior, alienado y demente, pensando y sintiendo en aquel único y poderoso misterio ahora tan cercano), así acometía el cuerpo de Alejandra, trataba de penetrar en ella hasta el fondo oscuro del doloroso enigma: cavando, mordiendo, penetrando frenéticamente y tratando de percibir cada vez más cercanos los débiles rumores del alma secreta y escondida de aquel ser tan sangrientamente próximo y tan desconsoladamente lejano. Y mientras Martín cavaba, Alejandra quizá luchaba desde su propia isla, gritando palabras cifradas que para él, para Martín, eran ininteligibles y para ella, Alejandra, probablemente inútiles, y para ambos desesperantes.

Y luego, como en un combate que deja el campo lleno de cadáveres y que no ha servido para nada, ambos quedaron silenciosos.

Martín trató de escrutar su rostro, pero nada pudo adivinar en la casi oscuridad. Salieron.

– Tengo que hacer un llamado -dijo Alejandra.

Entró en un bar y habló.

Martín, desde la puerta, la miraba ansioso. ¿A quién hablaría? ¿Qué hablaría?

Volvió deprimida y le dijo:

– Vamos.

Martín la notaba abstraída y cuando él hacía algún comentario ella decía: ¿Eh? ¿Cómo? Cada cierto tiempo consultaba el reloj.

– ¿Qué tenés que hacer?

Ella lo miró como si no hubiera entendido la pregunta. Martín se la repitió y entonces ella respondió:

– A las ocho tengo que estar en otra parte.

– ¿Lejos? -preguntó Martín, temblorosamente.

– No -respondió ella, con vaguedad.

<p id="_Toc49254316">X</p>

La vio alejarse con tristeza.

Era un día de comienzos de abril, pero el otoño empezaba ya a anunciarse con signos premonitorios, como esos nostálgicos ecos de trompa -pensaba- que se oyen en el tema todavía fuerte de una sinfonía, pero que (con cierta indecisa, suave pero creciente insistencia) ya nos están advirtiendo que aquel tema está llegando a su fin y aquellos ecos de remotas trompas se harán cada vez más cercanos, hasta convertirse en el tema dominante. Alguna hoja seca, el cielo ya como preparándose para los largos días nublados de mayo y de junio, anunciaban que la estación más hermosa de Buenos Aires se acercaba en silencio. Como si después de la pesada estridencia del verano, el cielo y los árboles empezaran a asumir ese aire de recogimiento de las cosas que se preparan para un extenso letargo.

<p id="_Toc49254317">XI</p>

Sus pasos lo llevaban mecánicamente al bar, pero su mente seguía con Alejandra. Y con un suspiro de alivio, como al llegar a un puerto conocido después de un viaje ansioso y lleno de peligros, oyó que Tito decía este paí ya no tiene arreglo, golpeando sobre la Crítica , acaso probando algo que acababan de discutir, mientras Poroto decía es que lo rodea propio una maffia y Chichín, repasando un vaso detrás del mostrador, con su gorra como si se dispusiera a salir, decía hace mal en no darle una patada a todo eso tipo, mientras Tito (furioso, desalentado, con invencible escepticismo de argentino), arreglándose la corbata raída y señalándose luego el pecho con su índice, confirmaba te lo dice Humberto J. D'Arcángelo. Momento en que el nuevo (¿Peruzzi, Peretti?), con su relamido saquito a la italiana, impecable y perfumado, en castellano de recién llegado dijo que él estaba de acuerdo con el señor D'Arcángelo y que llamaba la atención el estado ruinoso, por ejemplo, de los tranvías, y que era inconcebible a esta altura del siglo veinte que en una ciudad como Buenos Aires hubiera todavía esa clase de armatostes. Momento en que Humberto J. D'Arcángelo, que lo miraba con contenida indignación, dijo con estudiada e irónica cortesía (ajustándose la corbata): Seré curioso, diga: allá, en su patria, ¿no hay má tranvía?, pregunta a la que el jovenzuelo Peruzzi o Peretti respondió que se habían ido retirando del centro de las ciudades y que, por lo demás, eran tranvías rapidísimos, modernos, limpios, aerodinámicos, como en general todo el sistema de transporte. ¿Sabían ellos que el directísimo Génova-Nápoles había batido todos los récords internacionales de velocidad? Mientras que acá, para ser sincero, acá los trenes daban lástima y hasta risa, como bien había reconocido el señor D'Arcángelo hacía un momento; motivo por el cual debe de haber recibido con considerable asombro la reacción del mismo señor D'Arcángelo que, golpeando con su mano esquelética sobre la primera plana de Critica, en que a ocho columnas se leía el triunfo de Fangio en Reims, casi gritó: ¿Y éste también e italiano?, pregunta que el joven Peruzzi o Peretti, tan sorprendido, como si alguien que le ha pedido amablemente fuego sacase una pistola para asaltarlo, empezó a responder con balbuceos, balbuceos que Tito, temblando de rabia, con una voz casi inaudible a fuerza de ser tensa y contenida, dijo: Mire, maestro, Fangio e argentino, aunque sea hijo de italiano como yo o Chichín o el señor Lambruschini, argentino y a mucha honra, hijo de eso italiano de ante que venían a la bodega de lo barco y que despué laburaban cincuenta año sin levantar la cabeza y todavía estaban agradecido a la América y lo hijo miraban con orgullo la bandera azul y blanca, no como eso italiano que vienen ahora y se pasan el día criticando el paí: que si lo bache, que si lo tranvía, que si lo trene, que si la basura, que si ese maldito clima de Bueno Saire, que si la húmeda, que si a Milán la cosa son así o asau, que si la mujere de aquí no son elegante, y si má no viene agarran y hasta hablan mal de lo bife. Ahora yo me pregunto y pregunto a la distinguida concurrencia ¿por qué si se sienten tan mal a este paí no chapan la valija y se mandan mudar? ¿Por qué no se vuelven a Italia, si aquello e el paraíso que dicen? ¿Qué me quieren representar, digo yo, toda esta sarta de jefe, de dotore, de ingeniero? Y levantándose furioso, y acomodándose la corbata dobló la Crítica , le gritó a Martín ¡Vamo en casa, pibe! y salió sin saludar a nadie.

<p id="_Toc49254318">XII</p>

Martín se separó de Tito a la salida del bar y empezó a caminar hacia el parque. Subió por las escaleras de la antigua quinta, sintió una vez más el fuerte olor a orina seca que siempre sentía al pasar por allí y se sentó en el banco frente a la estatua, donde volvía cada vez que aquel amor parecía hacer crisis. Largo rato quedó meditando en su suerte y atormentándose con la idea de que en ese momento Alejandra estaba con otro. Se recostó y se abandonó a sus pensamientos.

<p id="_Toc49254319">XIII</p>

Al otro día Martín llamó a la única persona que podía ver en lugar de Alejandra: el único puente hacia aquel territorio desconocido, puente accesible pero que terminaba en una región brumosa y melancólica. Aparte de que su pudor, y el de Bruno, le impedía hablar de lo único que le interesaba.

Lo citó en La Helvética.

– Tengo que verlo al padre Rinaldini, pero iremos juntos.

Le explicó que estaba muy enfermo y que él acababa de hacer una gestión ante monseñor Gentile para ver si le permitían volver a La Rioja. Pero los obispos lo odiaban y era justo decir que Rinaldini hacía todo lo posible para lograrlo.

– Algún día, cuando se muera, se va a hablar mucho de él. Es el mismo caso de Galli Mainini. Porque en este país de resentidos sólo se empieza a ser un gran hombre cuando se deja de serlo.

Caminaban por la calle Perú; apretándole un brazo, Bruno le señaló a un hambre que caminaba delante de ellos, ayudado con un bastón.

– Borges.

Cuando estuvieron cerca, Bruno lo saludó. Martín se encontró con una mano pequeña, casi sin huesos ni energía. Su cara parecía haber sido dibujada y luego borrada a medias con una goma. Tartamudeaba.

– Es amigo de Alejandra Vidal Olmos.

– Caramba, caramba… Alejandra… pero muy bien.

Levantaba las cejas, lo observaba con unos ojos celestes y acuosos, con una. cordialidad abstracta y sin destinatario preciso, ausente.

Bruno le preguntó qué estaba escribiendo.

– Bueno, caramba… -tartamudeó, sonriendo con un aire entre culpable y malicioso, con ese aire que suelen tomar los paisanos argentinos, irónicamente modesto, mezcla de secreta arrogancia y de aparente apocamiento, cada vez que se les pondera un pingo o su habilidad para trenzar tientos-. Caramba… y bueno…, tratando de escribir alguna página que sea algo más que un borrador, ¿eh, eh?…

Y tartamudeaba haciendo una serie de tics bromistas con la cara.

Y mientras caminaban hacia la casa de Rinaldini, Bruno lo veía a Méndez diciendo sarcásticamente: ¡Conferenciante para señoras de la oligarquía! Pero todo era mucho más complejo de lo que imaginaba Méndez.

– Es curioso la calidad e importancia que en este país tiene la literatura fantástica -dijo-. ¿A qué podrá deberse?

Tímidamente Martín le preguntó si no podía ser consecuencia de nuestra desagradable realidad, una evasión.

– No. También es desagradable la realidad norteamericana. Tiene que haber otra explicación. En cuanto a lo que Méndez piensa de Borges…

Se sonrió.

– Dicen que es poco argentino -comentó Martín.

– ¿Qué podría ser sino argentino? Es un típico producto nacional. Hasta su europeísmo es nacional. Un europeo no es europeísta: es europeo, sencillamente.

– ¿Usted cree que es un gran escritor?

Bruno se quedó pensando.

– No sé. De lo que estoy seguro es de que su prosa es la más notable que hoy se escribe en castellano. Pero es demasiado preciosista para ser un gran escritor. ¿Lo imagina usted a Tolstoi tratando de deslumbrar con un adverbio cuando está en juego la vida o la muerte de uno de sus personajes? Pero no todo es bizantino en él, no vaya a creer. Hay algo muy argentino en sus mejores cosas: cierta nostalgia, cierta tristeza metafísica…

Caminó un trecho en silencio.

– En realidad se dicen muchas tonterías sobre lo que debe ser la literatura argentina. Lo importante es que sea profunda. Todo lo demás se da por añadidura. Y si no es profunda es inútil que ponga gauchos o compadritos en escena. El escritor más representativo de la Inglaterra isabelina fue Shakespeare. Sin embargo, muchas de sus obras ni siquiera se desarrollan en Inglaterra.

Después agregó:

– …Y lo que más me causa gracia es que Méndez repudie la influencia europea en nuestros escritores ¿basándose en qué? Esto es lo más divertido: en una doctrina filosófica elaborada por el judío Marx, el alemán Engels y el griego Heráclito. Si fuésemos consecuentes con esos críticos, habría que escribir en querandí sobre la caza del avestruz. Todo lo demás sería adventicio y antinacional. Nuestra cultura proviene de allá, ¿cómo podemos evitarlo? ¿Y por qué evitarlo? No recuerdo quién dijo que no leía para no perder su originalidad. ¿Se da cuenta? Si uno ha nacido para hacer o decir cosas originales, no se va a perder leyendo libros. Si no ha nacido para eso, nada perderá leyendo libros… Además, esto es nuevo, estamos en un continente distinto y fuerte, todo se desarrolla en un sentido diferente. También Faulkner leyó a Joyce y a Huxley, a Dostoievsky y a Proust. ¿Qué, quieren una originalidad total y absoluta? No existe. En el arte ni en nada. Todo se construye sobre lo anterior. No hay pureza en nada humano. Los dioses griegos también eran híbridos y estaban infectados (es una manera de decir) de religiones orientales y egipcias. Hay un fragmento de El molino del Floss en que una mujer se prueba un sombrero frente a un espejo: es Proust. Quiero decir el germen de Proust. Todo lo demás es desarrollo. Un desarrollo genial, casi canceroso, pero un desarrollo al fin. Lo mismo pasa con un cuento de Melville, creo que se llama Bertleby o Bartleby o algo por el estilo. Cuando lo leí me impresionó cierta atmósfera kafkiana. Y así en todo. Nosotros, por ejemplo, somos argentinos hasta cuando renegamos del país, como a menudo hace Borges. Sobre todo cuando se reniega con verdadera rabia, como Unamuno hace con España; como esos ateos violentos que ponen bombas en una iglesia, una manera de creer en Dios. Los verdaderos ateos son los indiferentes, los cínicos. Y lo que podríamos llamar el ateísmo de la patria son los cosmopolitas, esos individuos que viven aquí como podrían vivir en París o en Londres. Viven en un país como en un hotel. Pero seamos justos: Borges no es de ésos, pienso que a él le duele el país de alguna manera, aunque,

claro está, no tiene la sensibilidad o la generosidad para que le duela el país que puede dolerle a un peón de campo o a un obrero de frigorífico. Y ahí denota su falta de grandeza, esa incapacidad para entender y sentir la totalidad de la patria, hasta en su sucia complejidad. Cuando leemos a Dickens o a Faulkner o a Tolstoi sentimos esa compresión total del alma humana.

– ¿Y Güiraldes? -¿En qué sentido? -Quiero decir, eso del europeísmo. -Bueno, sí. En algún sentido y por momentos, Don Segundo Sombra parecería haber sido escrito por un francés que hubiese vivido en la pampa. Pero mire, Martín, observe que he dicho "en algún sentido", "por momentos"… Lo que significa que esa novela no podría haber sido hecha por un francés. Creo que es esencialmente argentina, aunque los gauchos de Lynch sean más verdaderos que los de Güiraldes. Don Segundo es un paisano mitológico, pero aun así es nada menos que un mito. Y la prueba de que es un mito auténtico es que ha prendido en el alma de nuestro pueblo. Aparte de que Güiraldes es argentino por su preocupación metafísica. Eso es característico: ya sea Hernández, ya sea Quiroga, ya sea Roberto Arlt. -¿Roberto Arlt?

– No le quepa ninguna duda. Muchos tontos creen que es importante por su pintoresquismo. No, Martín, casi todo lo que en él es pintoresco es un defecto. Es grande a pesar de eso. Es grande por la formidable tensión metafísica y religiosa de los monólogos de Erdosain. Los siete locos está plagado de defectos. No digo de defectos estilísticos o gramaticales, que no tendría importancia. Digo que está lleno de literatura entre comillas, de personajes pretenciosos o apócrifos, como el Astrólogo. Es grande a pesar de todo eso. Se sonrió.

– Pero… el destino de los grandes artistas es bastante triste: cuando lo admiran es generalmente por sus flaquezas y defectos.

Les abrió la puerta el propio Rinaldini.

Era un hombre alto, de pelo blanquísimo, de perfil aquilino y austero. En su expresión había una intrincada combinación de bondad, ironía, inteligencia, modestia y orgullo.

El departamento era muy pobre, colmado de libros Cuando llegaron, al lado de los papeles y una máquina de escribir había restos de pan y de queso. Con timidez, con disimulo, Rinaldini trató de quitarlos.

– Sólo les puedo ofrecer un vaso de vino de Cafayate. -Buscó una botella.

– Acabamos de ver a Borges por la calle, padre -comentó Bruno.

Mientras ponía unos vasos, Rinaldini sonrió. Bruno le explicó entonces a Martín que había escrito cosas muy importantes sobre Borges.

– Bueno, pero ya ha pasado mucha agua bajo el puente -comento Rinaldini.

– ¿Qué, se rectificaría?

– No -respondió con un gesto ambiguo-, pero ahora diría otras cosas. Cada día soporto menos sus cuentos.

– Pero sus poemas le gustaban mucho, padre.

– Bueno, sí, algunos. Pero hay mucho patatrás.

Bruno dijo que a él lo conmovían esos poemas que recordaban la infancia, el Buenos Aires de otro tiempo, los viejos patios, el paso del tiempo.

– Sí -admitió Rinaldini-. Lo que no tolero son sus divertimientos filosóficos, aunque mejor sería decir seudofilosóficos. Es un escritor ingenioso, seudificador. O, como dicen los ingleses, sofisticado.

– Sin embargo, padre, en un periódico francés se habla de la hondura filosófica de Borges.

Rinaldini convidó con cigarrillos mientras sonreía mefistofélicamente.

– Qué me dice…

Encendió los cigarrillos y dijo:

– Vea, tome cualquiera de esos divertimientos. La biblioteca de Babel, por ejemplo. Allí sofistica con el concepto de infinito, que confunde con el de indefinido. Una distinción elemental, está en cualquier tratadito desde hace veinticinco siglos. Y, naturalmente, de un absurdo se puede inferir cualquier cosa. Ex absurdo sequitur quodlibet. Y de esa

confusión pueril extrae la sugerencia de un universo incomprensible, una especie de parábola impía. Cualquier estudiante sabe y hasta me atrevería a conjeturar (como diría Borges) que la realización de todos los posibles a la vez es imposible. Puedo estar de pie y puedo estar sentado, pero no al mismo tiempo.

– ¿Y del cuento sobre Judas?

– Un cura irlandés me dijo un día: Borges es un escritor inglés que se va a blasfemar a los suburbios. Habría que agregar: a los suburbios de Buenos Aires y de la filosofía. El razonamiento teológico que presenta el señor Borges-Sörensen, esa especie de centauro escandinavo-porteño no tiene de razonamiento casi ni la apariencia. Es teología pintada. Yo también, si fuese pintor de la escuela abstracta, podría pintar una gallina mediante un triángulo y unos puntitos, pero de eso no podría sacar caldo de gallina. Ahora bien ¿es intencionado en Borges este juego, o es natural? Quiero decir: ¿es un sofista o un sofisticado? El tema de esa burla no es tolerable en ningún hombre honrado, aunque se diga que es pura literatura.

– En el caso de Borges, es pura literatura. El mismo lo diría.

– Peor para él.

Ahora estaba enojado.

– Estos fantaseos benévolos con Judas denotan una tendencia a la molicie y a la cobardía. Se recula ante las cosas supremas, ante la bondad y ante la maldad suprema. Así hoy un mentiroso no es un mentiroso: es un político. Se trata elegantemente de salvar al diablo. ¡No es tan negro el diablo como lo pintan, vamos!

Los miró como pidiéndoles cuentas.

– En realidad es al revés: el diablo es más negro de como lo pinta esa gente. No son malos filósofos, lo peor para ellos es que son malos escritores. Porque no perciben ni siquiera esa realidad psicológica capital que ya vio Aristóteles. Eso que Edgar Poe llamó the imp of perversity. Los grandes escritores del siglo pasado ya lo vieron con lucidez: desde Blake a Dostoievsky. Pero claro…

Se quedó sin completar la frase. Miró un momento por a ventana y luego concluyó diciendo, con su sonrisa suti


– Así que Judas anda suelto en la Argentina… El patrono de los ministros de Hacienda, pues sacó dinero de donde a nadie se le habría ocurrido. Sin embargo, pobre corazón, Judas no soñó con gobernar. Y ahora en nuestro país parece que está por obtener o ya ha obtenido puestos del gobierno. Bueno, con gobierno o sin gobierno, Judas termina siempre por ahorcarse.

Luego Bruno le explicó sus gestiones con Monseñor Gentile. Rinaldini hizo un gesto con la mano mientras sonreía con cierta resignada y bondadosa ironía.

– No se haga mala sangre, Bassán. Los obispos no me dejarán. Y en cuanto a ese Monseñor Gentile, que por desgracia es pariente suyo, sería mejor que en lugar de hacer politiquería eclesiástica leyera de cuando en cuando el Evangelio.

Se fueron.

Ahí se queda, solo, pobre, con su sotana raída, pensó Martín.

<p id="_Toc49254320">XIV</p>

Alejandra permanecía invisible y Martín se refugiaba en su trabajo y en la compañía de Bruno. Fueron tiempos de tristeza meditativa: todavía no habían llegado los días de caótica y tenebrosa tristeza. Parecía el ánimo adecuado a aquel otoño de Buenos Aires, otoño no sólo de hojas secas y de cielos grises y de lloviznas sino también de desconcierto, de neblinoso descontento. Todos estaban recelosos de todos, las gentes hablaban lenguajes diferentes, los corazones no latían al mismo tiempo (como sucede en ciertas guerras nacionales, en ciertas glorias colectivas): había dos naciones en el mismo país, y esas naciones eran mortales enemigas, se observaban torvamente, estaban resentidas entre sí. Y Martín, que se sentía solo, se interrogaba sobre todo: sobre la vida y la muerte, sobre el amor y el absoluto, sobre su país, sobre el destino del hombre en general. Pero ninguna de estas reflexiones era pura, sino que inevitablemente se hacía sobre palabras y recuerdos de Alejandra, alrededor de sus ojos grisverdosos, sobre el fondo de su expresión rencorosa y contradictoria. Y de pronto parecía como si ella fuera la patria, no aquella mujer hermosa pero convencional de los grabados simbólicos. Patria era infancia y madre, era hogar y ternura; y eso no lo había tenido Martín; y aunque Alejandra era mujer, podía haber esperado en ella, en alguna medida, de alguna manera, el calor y la madre; pero ella era un territorio oscuro y tumultuoso, sacudido por terremotos, barrido por huracanes. Todo se mezclaba en su mente ansiosa y como mareada, y todo giraba vertiginosamente en torno de la figura de Alejandra, hasta cuando pensaba en Perón y en Rosas, pues en aquella muchacha descendiente de unitarios y sin embargo partidaria de los federales, en aquella contradictoria y viviente conclusión de la historia argentina, parecía sintetizarse, ante sus ojos, todo lo que había de caótico y de encontrado, de endemoniado y desgarrado, de equívoco y opaco. Y entonces lo volvía a ver al pobre Lavalle, adentrándose en el territorio silencioso y hostil de la provincia, perplejo y rencoroso, acaso pensando en el misterio del pueblo en largas y pensativas noches de frío, envuelto en su poncho celeste, taciturno, mirando las cambiantes llamas del fogón, quizá oyendo el apagado eco de coplas hostiles en anónimos paisanos:

Cielito y cielo nublado por la muerte de Dorrego. enlútense las provincias, lloren, cantando este cielo.

Y también Bruno, al que se aferraba, al que miraba con anhelante interrogación, parecía estar carcomido por las dudas, preguntándose perpetuamente sobre el sentido de la existencia en general y sobre el ser y el no ser de aquella oscura región del mundo en que vivían y sufrían: él, Martín, Alejandra, y los millones de habitantes que parecían ambular por Buenos Aires como en un caos, sin que nadie supiese dónde estaba la verdad, sin que nadie creyese firmemente en nada; los viejos como don Pancho (pensaba Bruno) viviendo en el sueño del pasado, los aventureros haciendo fortuna sin importárseles de nada ni de nadie, los cínicos profesores que se adaptaban al nuevo orden enseñando lo que antes habían repudiado, los estudiantes luchando contra Perón y aliándose de hecho con hipócritas y aprovechadores defensores de la libertad, y los viejos inmigrantes soñando (también ellos) con otra realidad, una realidad fantástica y remota, como el viejo D'Arcángelo, mirando hacia aquel territorio ya inalcanzable y murmurando

Addio patre e matre, addio sorelli e fratelli.

Palabras que algún inmigrante-poeta habría dicho al lado del viejo, en aquel momento en que el barco se alejaba de las costas del Regio o de Paola, y en que aquellos hombres y mujeres, con la vista puesta sobre las montañas de lo que en un tiempo fue la Magna Grecia, miraban más que con los ojos del cuerpo (débiles, precarios y finalmente incapaces) con los ojos de su alma, esos ojos que siguen viendo aquellas montañas y aquellos castaños a través de los mares y los años: fijos e insensatos, indominables por la miseria y las vicisitudes, por la distancia y la vejez. Ojos con los que el viejo D'Arcángelo (grotescamente ataviado con su galerita raída y verde, como caricaturesco, y cómico símbolo del tiempo y la Frustración, impertérrito, mansa pero locamente) veía a su remota Calabria mientras Tito lo miraba con sus ojitos sarcásticos, tomando mate, pensando "la gran puta si yo tendría dinero". Así que (pensaba Martín, mirando a Tito, que miraba a su padre) ¿qué es la Argentina? Preguntas a las que muchas veces le respondería Bruno diciéndole que la Argentina no sólo era Rosas y Lavalle, el gaucho y la pampa, sino también ¡y de qué trágica manera! el viejo D'Arcángelo con su galerita verde y su mirada abstracta, y su hijo Humberto J. D'Arcángelo, con su mezcla de escepticismo y ternura, resentimiento social e inagotable generosidad, sentimentalismo fácil e inteligencia analítica, crónica desesperanza y ansiosa y permanente espera de ALGO. "Los argentinos somos pesimistas (decía Bruno) porque tenemos grandes reservas de esperanzas y de ilusiones, pues para ser pesimista hay que previamente haber esperado algo. Esto no es un pueblo cínico, aunque está lleno de cínicos y acomodados; es más bien un pueblo de gente atormentada, que es todo lo contrario, ya que el cínico se aviene a todo y nada le importa. Al argentino le importa todo, por todo se hace mala sangre, se amarga, protesta, siente rencor. El argentino está descontento con todo y consigo mismo, es rencoroso, está lleno de resentimientos, es dramático y violento. Sí, la nostalgia del viejo D'Arcángelo -comentaba Bruno, como para sí mismo-… Pero es que aquí todo era nostálgico, porque pocos países debía de haber en el mundo en que ese sentimiento fuese tan reiterado: en los primeros españoles, porque añoraban su patria lejana; luego, en los indios, porque añoraban su libertad perdida, su propio sentido de la existencia; más tarde, en los gauchos desplazados por la civilización gringa, exiliados en su propia tierra, rememorando la edad de oro de su salvaje independencia; en los viejos patriarcas criollos, como don Pancho, porque sentían que aquel hermoso tiempo de la generosidad y de la cortesía se había convertido en el tiempo de la mezquindad y de la mentira; y en los inmigrantes, en fin, porque extrañaban su viejo terruño, sus costumbres milenarias, sus leyendas, sus navidades, junto al fuego. Y ¿cómo no comprender al viejo D'Arcángelo? Pues a medida que nos acercamos a la muerte también nos acercamos a la tierra, y no a la tierra en general, sino a aquel pedazo, a aquel ínfimo (¡pero tan querido, tan añorado!) pedazo de tierra en que transcurrió nuestra infancia, en que tuvimos nuestros juegos y nuestra magia, la irrecuperable magia de la irrecuperable niñez. Y entonces recordamos un árbol, la cara de algún amigo, un perro, un camino polvoriento en la siesta de verano, con su rumor de cigarras, un arroyito. Cosas así. No grandes cosas sino pequeñas y modestísimas cosas, pero que en ese momento que precede a la muerte adquieren increíble magnitud, sobre todo cuando, en este país de emigrados, el hombre que va a morir sólo puede defenderse con el recuerdo, tan angustiosamente incompleto, tan transparente y poco carnal, de aquel árbol o de aquel arroyito de la infancia; que no sólo están separados por los abismos del tiempo sino por vastos océanos. Y así nos es dado ver a muchos viejos como D'Arcángelo, que casi no hablan y todo el tiempo parecen mirar a lo lejos, cuando en realidad miran hacia dentro, hacia lo más profundo de su memoria. Porque la memoria es lo que resiste al tiempo y a sus poderes de destrucción, y es algo así como la forma que la eternidad puede asumir en ese incesante tránsito. Y aunque nosotros (nuestra conciencia, nuestros sentimientos, nuestra dura experiencia) vamos cambiando con los años, y también nuestra piel y nuestras arrugas van convirtiéndose en prueba y testimonio de ese tránsito, hay algo en nosotros, allá muy dentro, allá en regiones muy oscuras, aferrado con uñas y dientes a la infancia y al pasado, a la raza y a la tierra, a la tradición y a los sueños, que parece resistir a ese trágico proceso: la memoria, la misteriosa memoria de nosotros mismos, de lo que somos y de lo que fuimos. Sin la cual (¡y qué terrible ha de ser entonces! se decía Bruno) esos hombres que la han perdido como en una formidable y destructiva explosión de aquellas regiones profundas, son tenues, inciertas y livianísimas hojas arrastradas por el furioso y sin sentido viento del tiempo."

<p id="_Toc49254321">XV</p>

Hasta que una tarde sucedió algo asombroso: en la esquina de Leandro Alem y Cangallo, mientras esperaba el troley, al detenerse el tráfico vio a Alejandra con aquel hombre, en un Cadillac sport.

Ellos también lo vieron y Alejandra palideció.

Bordenave le dijo que subiera y ella se corrió al medio.

– La encontré a su amiga también esperando el ómnibus. Qué coincidencia. ¿A dónde va?

Martín le explicó que iba a la Boca, a su pieza.

– Bueno, entonces lo dejaremos a usted primero.

¿Por qué?, se preguntó como en vértigo Martín. Aquel "primero" sería una palabra que abriría angustiosos interrogantes.

– No -dijo Alejandra-, yo bajaré antes. Aquí nomás en Avenida de Mayo.

Bordenave la miró sorprendido; o al menos así le pareció a Martín cuando más tarde cavilaba sobre aquel encuentro, notando que la sorpresa de Bordenave era, a su vez, sorprendente.

Cuando Alejandra bajó, Martín le preguntó si quería que la acompañase, pero ella le dijo que estaba muy apurada y que mejor se veían en otro momento. Pero en el momento de alejarse vaciló, se dio vuelta y le dijo que lo esperaría en el Jockey Club al día siguiente, a las seis de la tarde.

Bordenave se mantuvo silencioso y casi hosco el resto del viaje hasta la Boca, mientras Martín trataba de analizar aquel curioso encuentro. Sí, era posible que aquel hombre hubiera encontrado a Alejandra por casualidad. ¿No lo había encontrado a él mismo por casualidad? Tampoco resultaba raro que al reconocerla por la calle la hubiese invitado a subir, dado su carácter mundano. Nada de eso era en definitiva sorprendente. Lo asombroso es que Alejandra hubiese aceptado. Por otra parte ¿por qué Bordenave se había sorprendido cuando ella dijo que bajaría en la Aveni da de Mayo? Esa reacción podía indicar que iban juntos deliberadamente y no por un encuentro fortuito, y ella había decidido bajar antes como para demostrarle a Martín que nada había con aquel individuo fuera de ese encuentro por azar; resolución que tenía que sorprender a Bordenave hasta el punto de no poder evitar aquel gesto revelador. Martín sintió que algo se derrumbaba en su espíritu, pero trató de no abandonarse a la desesperación, y con una empecinada lucidez siguió analizando el suceso. Con cierto alivio, pensó entonces que la sorpresa de Bordenave podía deberse a otro motivo: al subir al auto ella le había dicho que iba a su casa, en Barracas (como efectivamente lo probaba el que fueran por Leandro Alem hacia el sur), pero, ante la idea de que Martín pudiera sospechar algo al permanecer con Bordenave después que él bajara en la Boca, decidió bajar en la Avenida de Mayo; y esa repentina y contradictoria resolución llamó la atención de Bordenave. Estaba bien, pero ¿por qué este hombre había quedado hosco y disgustado? Bueno, porque sin duda se había hecho el propósito de flirtear con Alejandra una vez a solas y aquella resolución malograba su proyecto. Existía, sin embargo, un motivo de dudas: ¿por qué Alejandra se había negado a que Martín la acompañara? ¿No se encontraría con Bordenave más tarde, en el sitio donde seguramente iban? Detalle tranquilizador: ¿cómo podía haberse puesto Alejandra en contacto con Bordenave sino por casualidad? No lo conocía, ignoraba su domicilio, y, en cuanto a Bordenave, ni siquiera sabía el nombre de Alejandra.

Y sin embargo, una turbia sensación lo llevaba reiteradamente a analizar aquella entrevista al parecer trivial pero que ahora, a la luz de este nuevo encuentro, adquiría una singular importancia. Años después de la muerte de Alejandra tuvo la certeza de lo que en aquel momento apenas fue un insidioso chispazo: Bordenave tenía algo que ver con aquel impulso de mandarlo a Molinari que Alejandra tuvo después de la entrevista con Bordenave en el Plaza. Los acontecimientos que llevaron a su suicidio y la última conversación con Bordenave le iban a mostrar un día el papel desempeñado por aquel hombre en el drama. Y cuando años después hablase con Bruno, no podía menos que ironizar tristemente sobre el detalle de haber sido él, Martín, quien lo había colocado en el camino de Alejandra. Y recordaría una vez más, con maniática minuciosidad los detalles de aquella primera entrevista en el Plaza, aquella trivial entrevista que habría desaparecido totalmente en la nada de los episodios sin significación si los acontecimientos finales no hubieran echado una inesperada y horrenda luz sobre esa especie de manuscrito olvidado.

Pero por el momento Martín no podía alcanzar esas últimas implicaciones. Repasaba esa entrevista del Plaza, y recordaba que en el momento de presentarle a Alejandra se produjo un fugacísimo brillo en sus ojos, brillo que precedió al endurecimiento en toda su actitud. Aunque también era posible (pensaba Bruno) que ese detalle fuera un falso recuerdo, un detalle advertido en virtud de esa lucidez retrospectiva que confieren las catástrofes, o que creemos que nos confieren, cuando decimos "ahora recuerdo que oí un ruido sospechoso", cuando en realidad aquel ruido es un detalle que la imaginación agrega sobre los verdaderos y simples hechos de la memoria; forma habitual en que el presente influye sobre el pasado modificándolo, enriqueciéndolo y deformándolo con indicios premonitorios.

Martín trató de recordar palabra por palabra lo que en aquel encuentro Bordenave dijo, pero nada era importante, importante al menos para su problema. Pues dijo que esos italianos -por los dos hombres que estaban allí, hombres que señalaba con un gesto un poco cínico de su cara- eran todos iguales: todos eran ingenieros, abogados, comendadores. Pero en verdad eran unos malandrines, que había que andar con escopeta. Y Martín recordaba que, mientras tanto, sin mirarlo, Alejandra hacía intrincados dibujos en una servilleta de papel, repentinamente de mal humor. La primera palabra que pronuncian (seguía Bordenave) es corruzione, y entonces uno tiene que recordarles que a aquellos infelices que mandaban contra los ingleses en el África se les desarmaban los tanques en el camino. Esos individuos tenían el asunto paralizado. No daban en la tecla: daban dinero a los que no tenían que dar, no les daban a los que debían, en fin.

Así que cuando lo fueron a ver se echó a reír: ¿cómo, no lo habían tocado a Bevilacqua? Para fastidiarlos les subrayó que tenía apellido italiano y que, a pesar del apellido, tomaba algo más que agua. Agregando "ustedes que son italianos podrán apreciar el chiste", pero maldita la gracia que les había hecho, tal como él esperaba. Pequeñas venganzas que uno se toma, qué diablos. Que vinieran acá a hacerse los puros… Además, como también tuvo que darles a entender, si tenían tanta delicadeza ¿por qué entraban en el juego? Tan sucio era el que recibía una coima como el que la ofrecía. Martín lo miraba con asombro. Cuando después de la muerte de Alejandra volvió a repasar cada una de las escenas en que ella estaba presente, concluyó que en aquel momento Bordenave estaba hablando precisamente para Alejandra, hecho asombroso para Martín, pues no podía comprender cómo pretendía conquistarla contando semejantes cosas. Luego siguió hablando de los políticos: todos estaban corrompidos. No se refería, por supuesto, a estos peronistas: hablaba de todos, hablaba en general, de los concejales del 36, del affair del Palomar, del negociado de la Coordinación. En fin, era cosa de no acabar. En cuanto a los industriales, se quejaban (Martín pensó en Molinari) pero nunca habían ganado tanto como en esta época, aunque dijesen pavadas sobre la corrupción, sobre si se puede o no importar una sola aguja de telar sin coima, sobre si los obreros quieren trabajar o no. En fin, toda esa música. Pero ¿cuándo, se preguntaba, cuándo la industria había ganado las colosales fortunas de estos últimos años? Habían metido lavarropas hasta en la sopa. No había cabecita negra que no tuviese su batidora eléctrica. ¿Los militares? De coronel para arriba, y salvo honrosas excepciones, salvo algún loco que todavía creía en la patria, todos estaban comprados con órdenes de autos y permisos de cambio. ¿Los obreros? Lo único que les interesaba era vivir bien, tener su aguinaldo a fin de año, que ganara River o Boca, cobrar sus suculentas indemnizaciones por despido -¡otra industria nacional!-, tener sus vacaciones pagas y su día de San Perón. Riéndose, comentó: "Lo único que les falta para ser burgueses es el capitalito". Luego, revolviendo con el dedo índice el hielo de su whisky, agregó: "Pancismo y nada más que pancismo". Con billetes sobre la mesa, nada se negaba en este país. Si uno tenía fortuna, aunque fuese un bandolero, lo llenaban de atenciones, era un señor, un caballero. En fin: aquí no había que hacerse mala sangre, esto era podredumbre pura y nada tenía arreglo. Al país lo habían prostituido los gringos y ésta ya no era la nación que llevara la libertad a Chile y Perú. Hoy era una nación de acomodados, de cobardes, de quinieleros napolitanos, de compadritos, de aventureros internacionales, como esos que estaban ahí, de estafadores y de hinchas de fútbol. Fue entonces cuando se levantó, le tendió la mano y terminó diciéndole a Martín que no se preocupara, que no los desalojarían. Cuando salieron, cruzaron la calle y se sentaron en un banco, mirando hacia el río. Recordaba cada uno de los gestos de Alejandra cuando le preguntó qué le había parecido aquel hombre: encendió un cigarrillo y pudo ver, a la luz del fósforo, que su cara estaba endurecida y sombría. "¡Qué me va a parecer!, dijo, un argentino". Y luego se quedó callada y todo en ella indicaba que no volvería a decir nada más. En aquel momento Martín no veía sino que la aparición de Bordenave había enturbiado la paz interior, como la entrada de un reptil en un pozo de agua cristalina en que nos disponíamos a beber. Entonces Alejandra agregó que le dolía la cabeza y que prefería ir a su casa, a acostarse. Y cuando se iban a separar, frente a la verja de la calle Río Cuarto, le dijo, con voz desagradable, que hablaría con Molinari, pero que no se hiciese ninguna ilusión.

Cuando examinó aquel viejo documento de su memoria, resaltaron con casi brutal claridad algunas de sus palabras, que entonces, después de la muerte de Alejandra tomaron un significado inesperado. Sí: entre aquella tarde apacible en que caminaban tomados de la mano y la absurda entrevista con Molinari estaba la aparición de Bordenave. Algo atroz había irrumpido.

<p id="_Toc49254322">XVI</p>

Hasta que, sin habérselo propuesto, se encontró frente al café de Chichín, y entrando oyó al Loco Barragán, que tomaba aguardiente sin dejar, como siempre, de predicar, diciendo Vienen tiempos de sangre y fuego, muchachos, amenazando, admonitorio y profético, con el dedo índice de la mano derecha a los grandulones que lo farreaban, incapaces de tomar en serio nada que no fuera Perón o el partido del domingo con Ferrocarril Oeste, mientras Martín pensaba que Alejandra había palidecido en el momento en que se encontraron, aunque también era probable que le hubiera parecido a él, ya que no era fácil discernirlo inequívocamente estando como estaba debajo de la capota; dato de enorme importancia, claro, porque indicaría que el encuentro con Bordenave no era casual sino concertado, pero ¿cómo y cuándo, Dios mío, cómo y cuándo? Tiempos de venganza, muchachos y haciendo gestos de escribir con la mano derecha en el aire, con enormes letras, agregaba está escrito, a lo que los muchachones reían a más no poder y Martín reflexionaba que, sin embargo, tampoco el haber palidecido era un dato inequívoco, ya que podía responder a la vergüenza de ser encontrada por Martín junto a un individuo que ella había demostrado despreciar. Y además ¿cómo podían haberse encontrado deliberadamente si ella ignoraba dónde vivía Bordenave, y no le parecía ni siquiera concebible por la imaginación más febril que ella hubiese buscado su dirección o su número en la guía y lo hubiese llamado? Tiempos de sangre y fuego, porque el fuego tendrá que purificar esta ciudad maldita, esta nueva Babilonia, porque todos somos pecadores aunque sí quedaba la posibilidad de que se hubiesen encontrado en el bar del Plaza, bar que evidentemente Alejandra frecuentaba o había frecuentado antes, como lo revelaba la precisión con que lo condujo a él en aquella entrevista, de modo que habría entrado al bar (pero ¿para hacer qué, Dios mío, para hacer qué?) y al encontrarse con Bordenave podía haber surgido una conversación, acaso, lo más probable por iniciativa de él ya que era a las claras un mujeriego y un hombre mundano. Sí, riasén manga de vagos, pera yo les digo que tenemos que pasar por la sangre y por el fuego y aunque todos reían, y hasta el propio Barragán por momentos parecía seguirles la chacota, buen tipo como era, sin embargo sus ojos adquirieron fulgor al dirigir sus miradas hacia Martín, un fulgor acaso profético, aunque fuese el de un modesto profeta de barrio, borracho y torpe (pero, como pensaría Bruno, ¿qué se sabe sobre los instrumentos que el destino elige para insinuar oscuramente sus propósitos? Y, acaso, y dada la ambigua perversidad con que suele proceder, ¿no era posible que enviase sus arteros mensajes a través de seres que raramente se toman en serio como son los locos y los chicos?), y como si hablara otra persona, no la que bromeaba con los muchachos del bar, agregó pero vos, pibe, vos no, porque vos tenés que salvarnos a todos y todos se quedaron callados y un silencio rodeó a aquellas inesperadas palabras del loco; aunque en seguida los muchachos volvieron a la carga y preguntaban decí qué número gana mañana, loco, pero Barragán, meneando la cabeza, tomando su cañita quemada, respondía sí, riasén, pera ya van a ver lo que les digo, ya lo van a ver con sus propios ojos, porque es necesario que esta ciudad emputecida sea castigada y tiene que venir Alguien porque el mundo no puede seguir así momento en que Martín, impresionado, mirando con fijeza, vinculó sus palabras con otras de Alejandra sobre los sueños premonitorios y la purificación por el fuego.

– Nos han quitado al Cristo ¿y qué nos han dado, en cambio? Autos, aviones, heladeras eléctricas. Pero vos, Chichín, pongo por caso, ¿sos más feliz ahora que tenés heladera eléctrica que cuando venía el rengo Acuña con las barras de velo? Supongamos, es un suponer, que mañana vos, Loiácono, podes ir a la Luna -frase que fue celebrada con risotadas-, pero les digo, zonzos, que es un suponer ¿y qué? ¿Vas a ser por eso más feliz que ahora?

– Ma de qué felicidá m'está hablando -comentó con rencor Loiácono- si yo en la puta vida he sido felí.

– Bueno, está bien, te digo que es un suponer. Pero, te pregunto: ¿serías más feliz por ir a la Luna?

– Y yo qué sé -respondió Loiácono con resentimiento.

Pero el loco Barragán proseguía con su predicación, sin oírlo, ya que su pregunta era retórica:

– Por eso yo les digo, muchachos, que la felicidad hay que buscarla dentro del corazón. Pero para eso se necesita que venga el Cristo de nuevo. Lo hemos olvidado, hemos olvidado sus enseñanzas, hemos olvidado que sufrió el martirio por nuestra culpa y por nuestra salvación. Somos una manga de desagradecidos y unos canallas. Y si viene de nuevo, capaz que no lo conocemos y hasta le tomamos el pelo.

– Quién te dice -comentó Díaz-, vo so el Cristo y ahora nosotro te estamo tomando en joda.

Todos rieron celebrando la salida de Díaz, pero Barragán, meneando la cabeza con benévola sonrisa de borracho, proseguía, con lengua cada vez más pastosa:

– Todos estamos tristes -algunos protestaron, dijeron yo no, avisa, etcétera-. Todos estamos tristes muchachos. No nos engañemos. ¿Y por qué estamos todos tristes? Porque nuestro corazón está insatisfecho, porque sabemos que somos unos miserables, unos canallas. Porque somos injustos, ladrones, porque tenemos el alma llena de odio. Y todos corren. ¿Para qué, les digo yo? ¿Adonde? Todos luchan por tener unos mangos ¿para qué? ¿Acaso no nos vamos a morir todos? ¿Y para qué queremos la vida si no creemos en Dios?

– Bueno, ufa, terminala -dictaminó Loiácono-. Vo también so bastante bueno, loco. Mucho Dios, mucho Cristo y mucho de esto -se señalaba los labios- pero dejá que tu mujer labure como una burra para mantenerte, mientras vo aquí dale discurso.

El loco Barragán lo consideró con mirada bondadosa. Tomó un traguito de caña y preguntó:

– ¿Y quién te ha dicho que yo no sea un turro?

Mostró su vasito de caña quemada y con voz dolorida agregó:

– Yo, muchachos, soy un borracho y un loco. Me dicen el loco Barragán. Chupo, me paso el día vagando por ahí y pensando mientras la patrona trabaja de sol a sol. Qué le voy a hacer. Así nací y así voy a morir. Soy un canalla, no me aparto. Pero eso no es lo que les digo, muchachos. ¿No dicen que los chicos y los locos dicen la verdad? Y bueno, yo soy loco, y muchas veces, por esta cruz, ni sé por qué hablo.

Todos se rieron.

– Sí, riasén. Pero yo les digo que el Cristo se me apareció una noche y me dijo: Loco, el mundo tiene que ser purgado con sangre y fuego, algo muy grande tiene que venir, el fuego caerá sobre todos los hombres, y te digo que no va a quedar piedra sobre piedra. Esto me dijo el Cristo.

Los muchachos se retorcían de risa, menos Loiácono.

– Sí, metalén, muchachos, dale que va. Riasén y después me cuentan. Acá hay uno solo que sabe lo que digo.

Las risotadas cesaron y un silencio rodeó estas últimas palabras. Pero en seguida todos volvieron a las bromas y luego empezaron a hacer cálculos sobre el partido del domingo.

Pero Martín miraba al Loco, mientras volvían a su memoria aquellas otras palabras de Alejandra sobre el fuego.

<p id="_Toc49254323">XVII</p>

Alejandra no fue. En cambio, llegó Wanda con un mensaje: no podría verlo durante esa semana.

– Mucho trabajo -agregó, mirando su encendedor con música.

– Mucho trabajo -repitió Martín, en tanto que aviesamente aparecía la figura de Bordenave.

Wanda se limitó a encender y apagar varias veces el encendedor.

– Ella te llamará.

– Bueno.

Un gran peso le impidió incorporarse después que Wanda se hubo ido, pero por fin se levantó para llamar a Bruno. Lo llamaba con timidez, no le decía que deseaba verlo, pero siempre Bruno terminaba insistiéndole para que fuera.

Se sentó en un rincón y Bruno intentó distraerlo con comentarios sobre cualquier cosa.

– ¿Lo conoce a Molina Costa?

– No.

– Resulta que al lado de su campo está la estancia de un señor Pearson Spaak. El hijo, Willie, lo criticaba porque andaba con breeches, mientras que él llevaba siempre bombachas criollas y no usa jamás montura inglesa, le dijo: "Viejo, vos necesitas todo eso porque te llamas Pearson Spaak; pero como yo me llamo Molina Costa puedo darme el lujo de andar con breeches".

Bruno se rió con muchas ganas, en una forma que Martín no le había observado antes. Parece que aquella anécdota le causaba una enorme gracia. Cuando se calmó, dijo:

– Es indudable que en ese empeño que tenemos últimamente en rechazar todo lo europeo hay un fuerte sentimiento de inseguridad. ¿No le parece? Acá los grupos nacionalistas están llenos de individuos que se llaman Kelly o Rabufetti.

Se quitó los anteojos y los limpió, con aquella manía de mantenerlos perfectos, o quizá en virtud de un simple tic. Sus ojos se agrandaban repentinamente al ser vistos sin aquellos gruesos cristales, y le conferían al rostro una curiosa sensación de desnudez que a Martín casi lo avergonzaba. Por lo demás, la mirada de Bruno se volvía más abstracta y como desamparada frente a un universo minucioso y rico.

Le habló del libro que estaba leyendo, sobre el tiempo, y le explicó la diferencia que existe entre el tiempo de los astrónomos y el del hombre. Mientras reflexionaba que nada de todo aquello podía serle útil a Martín, sino como mera distracción. Toda consideración abstracta, aunque se refiriese a problemas humanos, no servía para consolar a ningún hombre, para mitigar ninguna de las tristezas y angustias que puede sufrir un ser concreto de carne y hueso, un pobre ser con ojos que miran ansiosamente (¿hacia qué o hacia quién?), una criatura que sólo sobrevive por la esperanza Porque felizmente (pensaba) el hombre no está sólo hecho de desesperación sino de fe y de esperanza; no sólo de muerte sino también de anhelo de vida; tampoco únicamente de soledad sino de momentos de comunión y de amor. Porque si prevaleciese la desesperación, todos nos dejaríamos morir o nos mataríamos, y eso no es de ninguna manera lo que sucede. Lo que demostraba, a su juicio, la poca importancia de la razón, ya que no es razonable mantener esperanzas en este mundo en que vivimos. Nuestra razón, nuestra inteligencia, constantemente nos están probando que ese mundo es atroz, motivo por el cual la razón es aniquiladora y conduce al escepticismo, al cinismo y finalmente a la aniquilación Pero, por suerte, el hombre no es casi nunca un ser razonable, y por eso la esperanza renace una y otra vez en medio de las calamidades. Y este mismo renacer de algo tan descabellado, tan sutil y entrañablemente descabellado, tan desprovisto de todo fundamento es la prueba de que el hombre no es un ser racional. Y así, apenas los terremotos arrasan una vasta región de Japón o de Chile; apenas una gigantesca inundación liquida a centenares de miles de chinos en la región del Yang Tse; apenas una guerra cruel y, para la in-mensa mayoría de sus víctimas sin sentido, como la Guerra de los Treinta Años, ha mutilado y torturado, asesinado y violado, incendiado y arrasado a mujeres, niños y pueblos, ya los sobrevivientes, los que sin embargo asistieron, espantados e impotentes, a esas calamidades de la naturaleza o de ios hombres, esos mismos seres que en aquellos momentos de desesperación pensaron que nunca más querrían vivir y que jamás reconstruirían sus vidas ni podrían reconstruirlas aunque lo quisieran, esos mismos hombres y mujeres (so-bre todo mujeres, porque la mujer es la vida misma y la tierra madre, la que jamás pierde un último resto de espe-ranza), esos precarios seres humanos ya empiezan de nuevo, como hormiguitas tontas pero heroicas, a levantar su pequeño mundo de todos los días: mundo pequeño, es cierto, pero por eso mismo más conmovedor. De modo que no eran las ideas las que salvaban al mundo, no era el intelecto ni la razón, sino todo lo contrario: aquellas insensatas esperanzas de los hombres, su furia persistente para sobrevivir, su anhelo de respirar mientras sea posible, su pequeño, testarudo y grotesco heroísmo de todos los días frente al infortunio. Y si la angustia es la experiencia de la Nada, algo así como la prueba ontológica de la Nada, ¿no sería la esperanza la prueba de un Sentido Oculto de la Existencia, algo por lo cual vale la pena luchar? Y siendo la esperanza más poderosa que la angustia (ya que siempre triunfa sobre ella, porque si no todos nos suicidaríamos) ¿no sería que ese Sentido Oculto es más verdadero, por decirlo así, que la famosa Nada?

Mientras en un plano más superficial le decía a Martín algo aparentemente sin conexión con sus reflexiones profundas, pero en realidad conectadas a ella por vínculos irregulares pero vitales.

– Siempre pensé que me gustaría ser algo así como bombero.

Y como Martín lo mirara sorprendido, comentó: pensando que acaso ese tipo de reflexiones sí podían ser útiles a su desdicha, pero con una sonrisa que atenuaba su pretensión.

– Quizá cabo de bomberos. Porque entonces uno sentiría que está entregado a algo comunitario, a algo en que uno realiza un esfuerzo por los demás, y además en medio del peligro, cerca de la muerte. Y, siendo cabo, porque se sentiría, supongo, la responsabilidad de su pequeño grupo. Ser para ellos la ley y la esperanza. Un pequeño mundo en que el alma de uno esté transfundida en una pequeña alma colectiva. De modo que las penas son las penas de todos y la alegrías también, y el peligro es el peligro de todos. Saber, además, que uno puede y debe confiar en sus camaradas, que en esos momentos límites de la vida. en esas zonas inciertas y vertiginosas en que la muerte nos enfrenta repentina y furiosamente, ellos, los camaradas, lucharán contra ella, nos defenderán y sufrirán y esperarán por nosotros. Y luego el destino pequeño y modesto de mantener el equipo limpio, los broncas relucientes, el limpiar y afilar las hachas, el vivir con sencillez esos momentos que sin embargo preceden al peligro y acaso a la muerte.

Se quitó los anteojos y los limpió.

– Muchas veces lo he imaginado a Saint-Exupéry allá arriba, con su pequeño avión, luchando contra la tempestad, en pleno Atlántico, heroico y taciturno, con su telegrafista atrás, unidos por el silencio y la amistad, por el peligro común pero también por la común esperanza; escuchando el rugido del motor, vigilando con ansiedad la reserva de combustible, mirándose entre sí. La camaradería frente a la muerte.

Se colocó los anteojos y sonrió, mirando a lo lejos.

– Bueno, acaso uno admire más lo que no es capaz de hacer. No sé si sería capaz de hacer la centésima parte de cualquiera de los actos de Saint-Exupéry. Claro, esto es lo grande. Pero quería decir que aun en pequeño… cabo de bomberos… En cambio, yo… ¿qué soy, yo? Una especie de contemplativo solitario, un inútil. Ni siquiera sé si alguna vez lograré escribir una novela o un drama. Y aunque lo escribiera… no sé si nada de eso puede ser equiparable a formar parte de un pelotón y guardar el sueño y la vida de los camaradas con su fusil… No importa que la guerra sea hecha por sinvergüenzas, por bandoleros de las finanzas o el petróleo: aquel pelotón, aquel sueño guardado, aquella

fe de nuestros camaradas, ésos serán siempre valores absolutos.

Martín lo miraba con los ojos empañados, estáticamente. Y Bruno pensó para sí: "Bueno, al fin, ¿no estamos todos en una especie de guerra? ¿Y no pertenezco a un pequeño pelotón? ¿Y no es Martín, en cierto modo, alguien cuyo sueño yo velo y cuyas angustias intento suavizar y cuyas esperanzas cuido como una llamita en medio de una furiosa tormenta?"

Y en seguida se avergonzó.

Entonces contó un chiste.

<p id="_Toc49254324">XVIII</p>

Luego, levantando la mirada y al ver que los ojos de Martín brillaban, añadió:

– Pero con una condición, Martín. Los ojos de Martín se apagaron.


E1 lunes esperó su llamado, pero en vano. El martes, impaciente, la llamó a la boutique. Le pareció que la voz de Alejandra era áspera, pero podía ser por el trabajo. Ante la insistencia de Martín, le dijo que lo esperaba a tomar un café en el bar de Charcas y Esmeralda.

Martín corrió al bar y la encontró esperándolo: fumaba mirando hacia la calle. El diálogo fue corto porque ella tenía que volver al taller. Martín le dijo que quería verla tranquila, una tarde entera.

– Me es imposible, Martín.

Al ver los ojos del muchacho empezó a golpear con una boquilla que tenía, mientras parecía pensar y sacar cuentas. Su ceño estaba fruncido y su expresión era de preocupación.

– Ando muy enferma -dijo al cabo.

– ¿Qué te pasa?

– Qué no me pasa, sería mejor decir.

Sueños atroces, dolores de cabeza (en la nuca, que luego se extendían a todo el cuerpo), centelleos en los ojos.

– Y como si todo eso fuera poco, esas campanas de iglesia. Una mezcla de hospital e iglesia, como ves.

– Así que por eso no me podes ver -comentó Martín con ligero sarcasmo.

– No, no digo eso. Pero todo se junta, ¿comprendes?

"Todo se junta", se repitió para sí Martín, sabiendo que en ese "todo" estaba lo que más lo atormentaba.

– ¿De modo que te es imposible verme?

Alejandra mantuvo por un instante la mirada del muchacho pero luego bajó los ojos y se puso a golpear con la boquilla contra la mesa.

– Bueno -dijo, por fin-, nos veremos mañana a la tarde.

– ¿Cuánto tiempo? -preguntó ansioso Martín.

– Toda la tarde, si querés -agregó Alejandra, sin mirar y sin dejar de dar golpecitos con la boquilla.

<p id="_Toc49254325">XIX</p>

Al otro día el sol brillaba como en aquel lunes, pero el viento era excesivamente fuerte y había demasiada tierra en el aire. Así que todo era parecido pero nada era igual, como si la favorable conjunción de los astros de aquel día se hubiera ya desfigurado -temía Martín.

El pacto establecido confería una melancólica paz al nuevo encuentro: hablaban suavemente, como dos buenos amigos. Pero por eso mismo resultaba tan triste para Martín. Y, acaso sin sentido con plena conciencia (pensaba Bruno), no veía el momento de bajar al río y de sentarse de nuevo en el mismo banco, como se quiere repetir un acontecimiento reiterando las fórmulas mágicas que lo provocaron por primera vez; e ignorando, claro, hasta qué punto aquel lunes, que para él había sido perfecto, para Alejandra había sido sordamente angustioso; de modo que los mismos hechos que repitiéndose constituían para él motivo de felicidad, para ella eran causa de desasosiego; fuera de que siempre es levemente siniestro volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección.

Hasta que bajaron al río y se sentaron en el mismo banco.

Durante largo rato no hablaron, en medio de una especie de serenidad. Serenidad que sin embargo en Martín, después de su candorosa esperanza en el restorán, se iba tiñendo crecientemente de melancolía, ya que esa paz precisamente existía por la condición que Alejandra había impuesto. Y en lo que a ella se refería (pensaba Bruno) aquella serenidad era simplemente una suerte de paréntesis, tan precario, tan insustancial como el que un enfermo de cáncer logra con una inyección de morfina.

Miraban los barcos, las nubes.

También observaban las hormigas, que trabajaban con esa acelerada y empeñosa seriedad que las caracteriza.

– Miralas cómo producen -comentó Alejandra-. Segundo Plan Quinquenal.

Siguió con su mirada a una que buscaba su camino tambaleando bajo una carga que en proporción era como un automóvil para un hombre.

Siguiendo la marcha del animalito, preguntó:

– ¿Sabes lo que le dijo Juancito Duarte a Zubiza, cuando Zubiza llegó al infierno?

Sí, lo sabía.

– ¿Y el de Perón en el infierno?

No, ése todavía no lo sabía.

También se contaron los chistes del día sobre Aloé.

Después Alejandra volvió a las hormigas.

– ¿Recordás el cuento de Mark Twain sobre las hormigas?

– No.

– Unas hormigas tienen que transportar una pata de langosta hasta la cueva. Prueba que son los bichos más zonzos de la creación. Es bastante divertido: una especie de baño, después de todas esas sensiblerías de Maeterlinck y compañía. ¿A vos no te parece el colmo de la estupidez?

– Nunca lo pensé.

– Pero las gallinas son peores. Una tarde, en la quinta de Juan Carlos, me pasé horas tratando de crearles algún reflejo, con un palo y comida. Digo, eso de Pávlov. Como si nada. Lo habría querido ver a Pávlov con gallinas. Son tan idiotas que al final te da rabia. ¿No te da rabia la idiotez?

– No sé, depende. Sí son idiotas y pedantes, quizá.

– No, no -comentó ella con ardor-. Te digo la idiotez pura sin más ni más.

Martín la miró intrigado.

– No creo. Es como si me diera rabia una piedra.

– ¡No es lo mismo! La gallina no es una piedra: se mueve, come, tiene intenciones.

– No sé -comentó Martín, con perplejidad-. No entiendo bien por qué me tendría que dar rabia eso.

Volvieron al silencio, pero quizá imaginando cada uno cosas diferentes. Martín con la impresión de que siempre habría en ella sentimientos e ideas que él jamás alcanzaría a comprender; y ella (pensaba Martín) con cierto desdén. O, lo que era peor, con algún sentimiento que ni siquiera podía él suponer.

Alejandra buscó su cartera y sacó una libreta de direcciones. De su interior extrajo una fotografía.

– ¿Te gusta? -preguntó.

Era una instantánea en la terraza de Barracas, apoyada sobre la balaustrada. Tenía ese rostro profundo y anhelante, esa espera de algo indefinido que tanto le había subyugado cuando la conoció.

– ¿Te gusta? -volvió a preguntarle-. Es de aquellos días.

En efecto, Martín reconocía la blusa y la pollera. ¡Todo parecía tan remoto! ¿Por qué le mostraba ahora esa fotografía?

Pero ella insistió:

– ¿Te gusta o no?

– Claro, cómo no me va a gustar. ¿Quién te la sacó?

– Alguien que vos no conoces.

Una nube tenebrosa oscureció aquel cielo melancólico pero sereno.

Luego, mientras la mantenía en sus manos y la miraba con sentimientos encontrados, Martín preguntó, con timidez:

– ¿Me la podes dar?

– Te la traje para dártela. Siempre que te gustara.

Martín se emocionó, al mismo tiempo que sentía pena: parecía como si tuviera algún significado de despedida. Algo de eso le dijo, pero ella no contestó nada; se quedó observando las hormigas mientras Martín escrutaba su expresión.

Desanimado, bajó su cabeza y su mirada cayó en la mano de Alejandra, que estaba sobre el banco, al lado del cuerpo de Martín, todavía con la libreta abierta: en ella se veía doblado, un sobre de carta aérea. Las direcciones que ella anotaba en su libreta, las cartas que recibía, todo aquello constituía para Martín un mundo dolorosamente ajeno.

Y aunque siempre se detenía al borde, alguna vez se le escapaba una desdichada pregunta. Aquella vez, también.

– Es una carta de Juan Carlos -dijo Alejandra.

– ¿Qué dice ese ganso? -preguntó Martín con amargura.

– Imagináte, las tonterías de siempre.

– ¿Qué tonterías?

– ¿De qué puede hablar Juan Carlos en una carta, por avión o no? A ver, alumno Del Castillo.

Lo miraba sonriendo, pero Martín, con seriedad que (estaba seguro) a ella le debía parecer necia, respondió:

– ¿Flirts?

– Muy bien, niño. Nueve puntos. Y no le pongo diez porque preguntó, en lugar de suponerlo directamente. Cientos, miles de flirts con danesas altísimas y sonsísimas y suavemente rubias. En fin, esa gente que lo subyuga. Todas muy quemadas por el cultivo sistemático de deportes al aire libre. Por viajes de millones de millas en canoas, en fraternal camaradería con muchachos tan rubios, quemados y altos como ellas. Y mucho practical joke, como le fascina a Juan Carlos.

– Mostrame la estampilla -pidió Martín.

Conservaba la pasión infantil por las estampillas de tierras lejanas. Al tomar la carta le pareció que Alejandra hacía un pequeño ademán, inconsciente, quizá, de retención. Agitado por aquel detalle, Martín hizo como que examinaba la estampilla.

Al devolverle la carta, la miró con cuidado y le pareció que ella se turbaba.

– No es de Juan Carlos -aventuró.

– Claro que es de Juan Carlos. ¿No ves la letra de nene de cuarto grado?

Martín se quedó en silencio, como siempre que se suscitaba una situación semejante. Incapaz de ir más allá, de internarse en aquella región turbia de su alma.

Tomó un palito y empezó a escarbar en la tierra.

– No seas tonto, Martín. No arruines este día con pavadas.

– Trataste de retener la carta -comentó Martín, sin dejar de escarbar con el palito.

Hubo un silencio.

– ¿Ves? No me equivocaba.

– Sí, tenés razón, Martín -admitió ella-. Es que no habla bien de vos.

– ¿Y qué? -comentó él con aparente displicencia- Total, no la iba a leer.

– No, claro que no… Pero me pareció una falta de delicadeza que la tuvieras en la mano, inocentemente… Es decir, ahora que pienso, me doy cuenta de que ése fue el motivo.

Martín levantó la mirada hacia ella.

– ¿Y por qué habla mal de mí?

– Bah, no vale la pena. Te apenaría inútilmente.

– ¿Y de qué me conoce, ese idiota? Si ni siquiera me ha visto una sola vez.

– Martín, te imaginas que alguna vez le he hablado de vos.

– ¿A ese cretino le has hablado de mí, de nosotros?

– Pero si es como hablarle a nadie, Martín. Como hablarle a una pared. A nadie le he dicho nada, ¿comprendes? A él es como hablarle a una pared.

– No, no comprendo, Alejandra. ¿Por qué a él? Me gustaría que me dijeses o que leyeses lo que dice de mí.

– Pero si es una tontería típica de Juan Carlos, ¿para qué?

Le entregó la carta.

– Te he advertido que te traerá tristeza -anunció con rencor.

– No importa -respondió Martín tomando la carta con avidez, nervioso, mientras ella se colocaba a su lado, en la actitud del que va a leer algo con uno.

Martín se imaginó que quería atenuar frase por frase, y así se lo comentó a Bruno. Y Bruno pensó que la actitud de Alejandra era tan insensata como la que nos lleva a vigilar las maniobras de alguien que conduce mal el auto en el que vamos.

Martín iba a sacar la carta del sobre, cuando de pronto comprendió que aquella actitud podría destruir los pocos y frágiles restos que quedaban del amor de Alejandra. Su mano cayó, desalentada, con el sobre y así permaneció un rato, hasta que se la devolvió. Alejandra volvió a guardarla.

– A un cretino semejante le haces confidencias -comentó, pero con cierta vaga conciencia de que estaba cometiendo una injusticia, porque, de eso estaba seguro, a aquel individuo jamás Alejandra podía hacerle "confidencias". Sería algo mejor o peor, pero jamás confidencias.

Sentía una necesidad de herirla y sabía, o intuía, que esa palabra debía herirla.

– ¡No digas idioteces! Te acabo de decir que hablarle a él es como esas conversaciones que uno sostiene con el caballo. ¿No comprendes? Sí, de todos modos, es cierto que no debí decirle nada, en eso tenés razón. Pero yo estaba borracha.

Borracha, con él (pensó Martín, con más amargura).

– Es -agregó ella, después de un momento, y ya menos dura-, es como si a un caballo le mostrás una fotografía de un hermoso paisaje.

Martín sintió que una gran felicidad trataba de atravesar los pesados nubarrones, y la expresión "hermoso paisaje", de todos modos, llegaba hasta su alma atormentada como un mensaje luminoso. Pero tenía que forzar el paso entre aquellas nubes pesadas, y, sobre todo, a través de aquel "estaba borracha".

– ¿Me estás oyendo?

Martín hizo un gesto afirmativo.

– Mirá, Martín -oyó que ella decía, de pronto-. Yo me separaré de vos, pero nunca creas cosas equivocadas sobre nuestra relación.

Martín la miró consternado.

– Sí. Por muchos motivos esto no puede seguir, Martín. Será mejor para vos, mucho mejor.

Martín no atinaba a decir nada. Sus ojos se llenaron de lágrimas y para que ella no lo advirtiera empezó a mirar hacia delante, a lo lejos: como un cuadro impresionista, miraba sin ver un barco de casco marrón, a lo lejos, y unas gaviotas blancas que giraban sobre él.

– Ahora empezarás a pensar que no te quiero, que nunca te quise -dijo Alejandra.

Martín seguía la trayectoria del barco marrón con una especie de fascinación.

– Y sin embargo -decía Alejandra.


Martín inclinó la cabeza y volvió a observar las hormigas: una de ellas llevaba una hoja grande y triangular que parecía la vela de un minúsculo barquito: el viento la hacía bambolear y ese pequeño vaivén acentuaba la semejanza.

Sintió que la mano de Alejandra le tomaba el mentón

– Vamos -le dijo con energía-. Levanta esa cara.

Pero Martín, con fuerza y tozudez, lo evitó.

– No, Alejandra, déjame ahora. Quiero que te vayás y me dejes solo.

– No seas tonto, Martín. Maldito el momento en que viste esa carta estúpida.

– Y yo maldigo el momento en que te encontré. Ha sido el momento más desdichado de mi vida.

Oyó la voz de Alejandra, que preguntaba:

– ¿Eso crees?

– Sí.

Alejandra se quedó callada. Después de un rato se levantó del banco y dijo:

– Caminemos un momento juntos, al menos.

Martín se levantó pesadamente y empezó a caminar detrás de ella.

Alejandra lo esperó, lo tomó del brazo y le dijo:

– Martín, te dije más de una vez que te quiero, que te quiero mucho. No te olvides de eso. Yo jamás digo algo en lo que no creo.

Una lenta y grisácea paz fue descendiendo con esas palabras sobre el alma de Martín. Pero ¡cuánto mejor era la tempestad de los peores momentos de ella que esa calma gris sin esperanzas!

Caminaron cada uno absorto en sus propias ideas.

Cuando llegaron frente a la confitería del balneario, Alejandra dijo que tenía que telefonear.

En el café todo tenía ese aire desolado que para él tenían los lugares festivos en los días de trabajo: las mesas estaban apiladas unas sobre otras, también las sillas; un mozo, en camisa, con los pantalones arremangados, lavaba el piso. Mientras Alejandra telefoneaba, Martín, en el mostrador, pidió un café, pero le dijeron que la máquina estaba fría.

Cuando Alejandra volvió del teléfono y Martín le dijo que no había café, ella sugirió que fueran hasta el Moscova a tomar una copa.

Pero estaba cerrado. Golpearon y esperaron en vano.

Preguntaron en el kiosco de la esquina.

– ¿Cómo, no sabían?

Lo habían encerrado en el manicomio, en Vieytes.

Parecía un símbolo: aquel bar era el primero en que había conocido la felicidad. En los momentos más deprimentes de sus relaciones con Alejandra siempre acudía al espíritu de Martín el recuerdo de aquel atardecer, aquella paz al lado de la ventana, contemplando cómo la noche bajaba sobre los techos de Buenos Aires. Nunca como en aquel momento él se había sentido más lejos de la ciudad, del tumulto y el furor, la incomprensión y la crueldad; nunca se había sentido tan aislado de la suciedad de su madre, de la obsesión del dinero, de aquella atmósfera de acomodos, cinismos y resentimiento de todos contra todos. Allí, en aquel pequeño pero poderoso refugio, bajo la mirada de aquel hombre entregado al alcohol y a las drogas, tan fracasado como generoso, parecía como si toda la burda realidad externa estuviese abolida. Había pensado más tarde si era inevitable que seres tan delicados como Vania tuvieran que terminar entregándose al alcohol o a las drogas. Y le conmovían también aquellas pinturas baratas de las paredes, tan burdamente representativas de la patria lejana. ¡Qué emocionante era todo aquello, precisamente por ser tan barato y candoroso! No era una pintura con pretensiones hecha por algún pintor malo que se cree bueno, sino, con toda seguridad, realizada por un artista tan borracho y tan fracasado como el propio Vania; tan desgraciado y definitivamente exiliado de su propia tierra como él; condenado a vivir aquí, en un país para ellos absurdo y remotísimo: hasta la muerte. Y aquellas imágenes baratas, sin embargo, de alguna manera servían para recordar la patria lejana, del mismo modo que las decoraciones de un escenario, aunque hechas de papel, aunque muchas veces torpes y primarias, de algún modo contribuyen a que sintamos de verdad el drama o la tragedia. El hombre del kiosco meneaba la cabeza.

– Era un buen hombre -dijo.

Y el verbo en pasado daba a las paredes del loquero el siniestro significado que verdaderamente tienen.

Se volvieron hacia el Paseo Colón.

– Al fin -comentó Alejandra- aquella inmundicia salió con la suya.

Alejandra, que se había puesto muy deprimida, sugirió ir hasta la Boca.

Cuando bajaron en Pedro de Mendoza y Almirante Brown entraron en el bar de la esquina.

De un carguero brasileño llamado Recife bajó un negro gordo y sudoroso.

– Louis Armstrong -comentó Alejandra, señalando con su sandwich.

Después salieron a caminar por los muelles. Y bastante lejos, en un lugar descubierto, se sentaron al borde de los malecones, mirando hacia los semáforos.

– Hay días astrológicamente malos -comentó Alejandra.

Martín la miró.

– ¿Cuál es tu día? -preguntó.

– El martes.

– ¿Y tu color?

– El negro.

– El mío es el violeta.

– ¿El violeta? -preguntó Alejandra, con cierta sorpresa.

– Lo leí en Maribel.

– Veo que elegís buen material de lectura.

– Es una de las revistas preferidas de mi madre -dijo Martín-, una de las fuentes de su cultura. Es su Crítica de la Razón Pura.

Alejandra negó con la cabeza.

– Para astrología, nada como Damas y Damitas. Es brutal…

Seguían la entrada y salida de barcos. Uno de casco blanquísimo y línea alargada, como una grave ave marina, se deslizaba sobre el Riachuelo, remolcado hacia la desembocadura. El puente levadizo se levantó con lentitud y el barco pasó, haciendo sonar repetidas veces su sirena. Y resultaba extraño el contraste entre la suavidad y elegancia de sus formas, el silencio de su deslizamiento y la fuerza rugiente de los remolcadores.

– Doña Anita Segunda -advirtió Alejandra, por el remolcador delantero.

Les encantaban esos nombres y jugaban concursos e instituían premios al que encontraba el más lindo: Garibaldi Terrero, La Nueva Teresina. Doña Anita Segunda no era malo, pero Martín ya no pensaba en concursos, sino, más bien, cómo todo aquello pertenecía a una época sin retorno.

El remolcador rugía, lanzando una columna de humo negro y retorcido. Los cables estaban tensos como cuerdas de un arco.

– Siempre tengo la sensación de que en una de ésas al remolcador le va a salir una hernia -comentó Alejandra.

Con desconsuelo, pensó que todo eso, todo, desaparecería de su vida. Como aquel barco: silenciosa pero inexorablemente. Hacia puertos remotos y desconocidos.

– ¿En qué pensás, Martín?

– Cosas.

– Decí.

– Cosas, cosas indefinidas.

– No seas malo. Decí.

– Cuando hacíamos concursos. Cuando hacíamos planes para irnos de esta ciudad, a cualquier parte.

– Sí -confirmó ella.

De pronto, Martín le hizo saber que había conseguido unas inyecciones que provocaban la muerte por parálisis del corazón.

– No me digas -comentó Alejandra, sin demasiado interés.

Se las mostró. Después dijo, sombríamente.

– ¿Recordás cuando hablamos una vez de matarnos juntos?

– Sí.

Martín la observó y luego volvió a guardar las inyecciones.

Era ya de noche y Alejandra dijo que podían ya volver.

– ¿Vas al centro? -preguntó Martín, pensando con dolor que todo terminaba ya.

– No, a casa.

– ¿Querés que te acompañe?

Aparentó un tono indiferente, pero su pregunta estaba llena de ansiedad.

– Bueno, si querés -respondió ella, después de una vacilación.

Cuando llegaron frente a la casa, Martín sintió que no podía despedirse allí, y le rogó que lo dejara subir.

Nuevamente ella asintió con vacilación.

Y una vez en el Mirador, Martín se derrumbó, como si todo el infortunio del mundo se hubiese desplomado sobre sus espaldas.

Se echó sobre la cama y lloró.

Alejandra se sentó a su lado.

– Es mejor, Martín, es mejor para vos. Yo sé lo que te digo. No debemos vernos más.

Entre sollozos, el muchacho le dijo que entonces él se mataría con las inyecciones que le había mostrado.

Ella se quedó pensativa y perpleja.

Poco a poco Martín se fue calmando y luego pasó lo que no debía pasar y después que todo hubo pasado, oyó que ella dijo:

– Te vi con la promesa de que no llegaríamos a esto. En cierto modo, Martín, has hecho una especie de…

Pero dejó la frase sin terminar.

– ¿De qué? -preguntó Martín, temeroso.

– No importa, ya está hecho, ahora.

Se levantó y empezó a vestirse.

Salieron y ella dijo que quería ir a tomar algo. El tono de su voz era sombrío y áspero.

Caminaba como distraída, concentrada en algún pensamiento obsesivo y secreto.

Empezó a tomar en uno de los boliches del Bajo y luego, como cada vez que la empezaba a dominar aquella inquietud indefinida, aquella especie de abstracción que tanto angustiaba a Martín, no permanecía mucho tiempo en cada bar y le era necesario salir y entrar en otro.

Estaba inquieta, como si tuviera que tomar un tren y fuese necesario vigilar la hora, tamborileando con sus dedos sobre la mesa, sin oír lo que se le decía o respondiendo ¿eh, eh? sin entender nada.

Finalmente entró en un cafetín en cuyas vidrieras había fotografías de mujeres semidesnudas y de cancionistas. La luz era rojiza. La dueña hablaba en alemán con un marino que tomaba algo en un vaso muy alto y rojo. En las mesitas se podía entrever a marineros y oficiales con mujeres del Parque Retiro. Sobre el estrado apareció entonces una mujer de unos cincuenta años, pintarrajeada, con pelo platinado. Sus enormes pechos parecían estallar corno dos globos a presión debajo de un vestido de raso. En las muñecas, en los dedos y en el cuello estaba cargada de fantasías que refulgían a la luz rojiza del entarimado. Su voz era aguardentosa y canallesca.

Alejandra observaba con fascinación.

– Qué -preguntó Martín, ansioso.

Pero ella no respondió; sus ojos siempre clavados en la gorda.

– Alejandra -insistió, tocándole un brazo-. Alejandra.

Ella lo miró, por fin.

– Qué -volvió a decir.

– Es tan derrotada. No sirve para cantar y tampoco ha de servir ya gran cosa en la cama, salvo para hacer fantasías; ¿quién cargaría con semejante monstruo?

Volvió nuevamente sus ojos a la cantante y murmuró, como si hablara consigo misma:

– ¡Cuánto daría por ser como ella!

Martín la miró asombrado.

Luego, al asombro sucedió el sentimiento ya habitual de anhelante tristeza ante el enigma de Alejandra, condenado a permanecer siempre afuera. Y la experiencia ya le había mostrado que cuando ella llegaba a ese punto se desataba el inexplicable rencor contra él, aquel resentimiento llameante y sarcástico que nunca se pudo explicar y que en aquel último período de sus relaciones estallaba brutalmente.

Así que cuando ella volvió sus ojos hacia él, aquellos ojos vidriosos de alcohol, sabía ya que de sus labios tensos y despreciativos le saldrían palabras duras y vengativas.

Lo miró por unos instantes, que a Martín le parecieron eternos, desde lo alto de su infernal pedesta parecía uno de esos antiguos y sádicos dioses aztecas que exigen el corazón caliente de sus víctimas. Y entonces le dijo con una voz violenta y baja.

– ¡No te quiero ver acá! ¡Ahora mismo te vas y me dejás sola!

Martín intentó calmarla, pero ella se enfureció aun más y levantándose le gritó que se fuera.

Como un autómata, Martín se levantó y comenzó a salir, entre las miradas de los marineros y prostitutas.

Una vez fuera, el aire fresco empezó a volverlo a su conciencia. Caminó hacia Retiro y terminó sentándose en uno de los bancos de la Plaza Británica: el reloj de la torre marcaba las once y media de la noche.

Su cabeza era un caos.

Por un momento trató de mantenerla en alto, pero de pronto su resistencia terminó.

<p id="_Toc49254326">XX</p>

Pasaron varios días, hasta que Martín, desesperado, marcó el número de la boutique; pero cuando oyó la voz de Wanda no tuvo valor para contestar y colgó. Esperó tres días y volvió a llamar. Era ella.

– ¿Por qué te extrañas? -respondió Alejandra-. Habíamos quedado, me parece, en no vernos más.

Hubo una confusa conversación, frases un poco incomprensibles de Martín, hasta que Alejandra le prometió ir al día siguiente al bar de Charcas y Esmeralda. Pero no fue.

Después de más de una hora de espera Martín decidió ir hasta el taller.

La puerta de la boutique estaba entreabierta y, desde la oscuridad, a la luz de una lámpara baja, vio sentado y solitario a Quique, de perfil. No había nadie en la sala y Quique estaba encorvado, mirando hacia el suelo, como concentrado en alguna meditación. Martín permaneció sin saber qué actitud tomar. Era evidente que ni Wanda ni Alejandra estaban en la otra sala, porque se oirían conversaciones y todo estaba en silencio. Pero también era evidente que estaban en la salita de pruebas que Wanda tenía en la parte trasera del departamento, arriba, a la que se llegaba por una escalera; porque si no era inexplicable la presencia de Quique y la puerta abierta.

Pero no se decidía a entrar: algo se lo impedía en aquella actitud ensimismada y solitaria de Quique. Tal vez por la misma actitud agobiada, creyó notarlo como envejecido, con una profundidad de expresión que no le había notado antes. Sin saber bien por qué, de pronto sintió pena por aquel individuo solitario. Durante muchos años lo iba a recordar así, y trataría de comprender si aquella piedad, aquel ambiguo sentimiento de pena lo había sentido en aquel mismo momento o años después. Y recordó algo que le había dicho Bruno: que siempre es terrible ver a un hombre que se cree absoluta y seguramente solo, pues hay en él algo trágico, quizás hasta de sagrado, y a la vez de horrendo y vergonzoso. Siempre -decía- llevamos una máscara, una máscara que nunca es la misma sino que cambia para cada uno de los papeles que tenemos asignados en la vida: la del profesor, la del amante, la del intelectual, la del marido engañado, la del héroe, la del hermano cariñoso. Pero ¿qué máscara nos ponemos o qué máscara nos queda cuando estamos en soledad, cuando creemos que nadie, nadie, nos observa, nos controla, nos escucha, nos exige, nos suplica, nos intima, nos ataca? Acaso el carácter sagrado de ese instante se deba a que el hombre está entonces frente a la Divinidad, o por lo menos ante su propia e implacable conciencia. Y tal vez nadie perdone el ser sorprendido en esa última y esencial desnudez de su rostro, la más terrible y la más esencial de las desnudeces, porque muestra el alma sin defensa. Y tanto más terrible y vergonzosa en un comediante como Quique, de modo que (pensaba Martín) era lógico que despertara más compasión que un inocente, o un simple. Motivo por el cual, cuando por fin Martín se decidió a entrar, se retiró sigilosamente y volvió a avanzar golpeando sus tacos en el pasillo que llevaba hasta la boutique. Y entonces, con la rapidez de los comediantes, Quique adoptó ante Martín la máscara de la perversidad, del falso candor y de la curiosidad (¿qué podría tener aquel muchacho con Alejandra?). Y su sonrisa cínica barrió con el proyecto de piedad que se había insinuado en Martín.

Martín, que se sentía torpe delante de extraños, en presencia de Quique no sabía ni cómo sentarse, porque tenía la convicción de que él observaba todo y lo guardaba luego en su perversa memoria: quién sabe dónde y cómo se reirían más tarde con su aspecto y con sus sufrimientos. Los gestos teatrales de Quique, sus deliberadas cursilerías, su doblez, sus frases brillantes, todo contribuiría a que se sintiese como un bicho debajo de la lupa de un sabio irónicamente sádico.

– ¿Sabes que me recordás a una de esas figuras del Greco? -le dijo en cuanto lo vio.

Frase que, como era natural tratándose de Quique, podía ser interpretada como un elogio o como una grotesca instantánea. Era famoso por los presuntos elogios que escribía en sus crónicas, que en rigor eran retorcidas y envenenadas críticas: "jamás condesciende a emplear metáforas profundas", "en ningún momento cae en la tentación de ser distinguido", "no teme enfrentarse con el aburrimiento del espectador".

Arrinconado, callado, Martín, como en la anterior visita, se había sentado sobre el alto banco de dibujo y se encogía instintivamente, como en la guerra, para ofrecer el mínimo de superficie visible. Felizmente, Quique empezó a hablar de Alejandra.

– Están en la piecita de prueba, con Wanda y con la condesa Téleki, née Iturrería, vulgo Marita.

Y mirándolo con cuidadosa intensidad, le dijo: -¿Hace mucho que conoces a Alejandra? -Unos meses -respondió Martín, poniéndose rojo. Quique se acercó con su silla y hablando en voz baja, dijo:

– Te diré que yo ADORO a los Olmos. Empezando por el solo hecho de vivir en Barracas ya hay motivo suficiente para que la haute se muera de risa y para que mi prima Lala sufra del hígado y tenga ataques de histeria, cada vez que alguien descubre que entre nosotros y los Olmos hay un remoto parentesco. Porque, como me decía la vez pasada, furiosa: ¿me querés decir quién, pero QUIÉN, vive en Barracas? Y yo, claro, la tranquilicé contestándole que allí no vive NADIE, fuera de unos cuatrocientos mil grasitas y otros tantos perros, gatos, canarios y gallinas. Y agregué que esa gente (los Olmos) nunca nos darían un disgusto demasiado visible, pues el viejo don Pancho vive en una silla de ruedas, no ve ni oye nada fuera de la Legión de Lavalle, y es muy difícil imaginar que un buen día salga a hacer visitas en el Barrio Norte o declaraciones en los diarios sobre Pocho; la vieja Escolástica, aunque loca, ya se murió; el tío Bebe, aunque loco, vive recluido, como se dice, en sus habitaciones y muy interesado en sus estudios de clarinete, la tía Teresa, aunque loca, también y felizmente ha muerto, y al fin de todo, pobre querida, siempre se la pasó en la iglesia y en los entierros, de modo que nunca tuvo tiempo para fastidiar a nadie en la parte honorable de la ciudad, ya que era devota de Santa Lucía y prácticamente no pasó nunca la colour line. ni siquiera para visitar a un párroco, para averiguar la marcha de la enfermedad de algún presbítero o la real situación del cáncer de un arzobispo. Quedaban (le dije a Lala) Fernando y Alejandra. ¡Otros dos locos!, gritó mi prima. Y Manucho, que estaba presente, meneando la cabeza y levantando los ojos al cielo, exclamó "como dicen en Phédre, O. deplorable race!" La verdad es que Lala, salvo cuando se trata de los Olmos, es bastante tranquila. Porque para ella el mundo resulta de la lucha entre Opio y Monada. Monada sin acento: no confundir con la otra palabra filosófica. Ejemplos:

– ¡Qué opio de novela!

– ¡Mirá, perdóname, pero lo que tengo que contarte es un opio!

– La pintura de Clorindo es un opio. -Qué opio que ahora hay chusma hasta en la calle Santa Fe (a propósito de peronistas). Ejemplos de Monada:

– Qué monada el último cuento de Monique en La Nación.

– Qué monada esa vista de Michéle Morgan. -El mundo se divide en Opio y Monada. La Lucha Eterna y nunca definida entre esas dos potencias da todas las alternativas de la realidad. Cuando predomina Opio, es cosa de morirse: modas horrendas o cursis, novelas complicadas y teológicas, conferencias de Capdevila o Larreta en Amigos del Libro a las que Uno se ve obligado a concurrir porque si no Albertito se ofende, gente que se muere de hambre y quiere Estatutos (cuando no se les da por gobernar), visitas que llegan a horas absurdas, parientes ricos que no mueren ("¡Qué opio Marcelo, que es eterno y con las hectáreas que tiene!"). Cuando predomina Monada, las cosas se ponen divertidas (otra palabra del vocabulario básico de Lala) o por lo menos soportables, che: un muchacho que se le ha dado por escribir, pero al menos no ha dejado de jugar al polo ni se ha hecho amigo de gente con apellidos raros como Ferro o Cerretani; una novela de Graham Greene que trata de espías o ruletas; un coronel que no se propone conquistar a las masas; un presidente de la república que es bien y va al hipódromo. Pero no siempre las cosas son tan nítidas, porque, como te digo, hay una lucha permanente entre las dos fuerzas, así que a veces la realidad es más rica y resulta que de pronto Larreta dijo un chiste (bajo la misteriosa presión de Monada) o, al revés, como Wanda, que es una monada de modista, pero cuando se le da por seguir las payasadas americanas, che, es un opio. Y, en fin, antes el mundo estaba bastante divertido pero en los últimos tiempos, con los peronistas, hay que reconocer que se ha vuelto casi totalmente Opio. Ésa es la filosofía de mi prima Lala. Como ves, una especie de cruza de Anaximandro con Schiaperelli y Porfirio Rubirosa. Burdísimo.

En ese momento se oyeron las voces de Wanda y la cliente que se acercaban. Aparecieron en la sala y detrás de ellas, un poco retardada, también entró Alejandra. Su cara pareció demostrar sorpresa por la presencia de Martín, pero esa misma impasibilidad le revelaba a Martín, que tan bien la conocía, una gran irritación contenida. En aquel absurdo ambiente, contestando a su saludo con la misma cordialidad superficial con que podría saludar a un conocido cualquiera, sin tomarse el trabajo de apartarse un segundo para explicarle su inasistencia a la cita, con el aire de frivolidad que asumía delante de Wanda y de Quique, Alejandra parecía pertenecer a una raza que no hablaba el mismo lenguaje que Martín y que ni siquiera sería capaz de comprender a la otra Alejandra.

La cliente venía parloteando sin interrupción con Wanda sobre la necesidad impostergable de matar a Perón.

– Habría que matar a toda la negrada -decía-. Ya las personas decentes no podemos ni andar por las calles.

Una serie de sentimientos confusos y contradictorios entristecieron a Martín aun más.

– Yo les digo -prosiguió la mujer, después de besarse con Quique en la mejilla- que se viene el comunismo. Pero yo lo tengo ya pensado: si se viene el comunismo, me voy a la estancia y se acabó.

Y mientras aceptaba distraídamente la presentación de Martín, Quique, por encima de su hombro la mirada con cara de regocijo a Alejandra, porque, como dijo después, "¿cómo nadie puede inventar una frase como ésa?"

Martín observaba a Alejandra luchando por hacerlo con una cara indiferente; pero su rostro, como independiente ya de su voluntad, iba adquiriendo los inevitables y siempre desagradables indicios del reproche, el sufrimiento y la interrogación.

– ¿Sabes, Marita -le dijo Quique a la dienta-, que se ha comprobado que el tipo no se llama Perón sino Peroné?

– ¡Qué me decís! -comentó la mujer con enorme interés.

– Ni más ni menos: el individuo se llama Peroné.

Apenas se fue Marita, Quique desarrolló su teoría:

– Si en este país vos te llamas Vignaux, aunque tu abuelo haya sido carnicero en Bayona o en Biarritz, sos bien. Pero si sobrellevas la desgracia de llamarte De Ruggiero, aunque tu viejo haya sido un profesor de filosofía en Nápoles, estás refundido, viejito: nunca dejarás de ser una especie de verdulero. Este asunto de los apellidos hay que estudiarlo con mucho cuidado -prosiguió, mientras Wanda y Alejandra comenzaban a reírse-. Porque con la cosa de las cruzas y la emigración el país está expuesto a Grandes Peligros. Ahí tenés el caso de Muzzio Echandía. Un día María Luisa se vio obligada a decirle:

– ¡Callate, vos, que ni con dos apellidos haces uno solo!

– Y tiene razón, qué diablos. Si al menos el segundo apellido hubiese sido Ibarguren o Álzaga. En fin, cualquier vasco de pro. Pero ahora el barro está hecho y como yo le dije un día a Juan Carlitos:

– Te equivocaste de vasco, viejito. Acá, queridas, hay que andar con pies de plomo, porque donde menos se piensa salta la liebre. Y si no, miren lo que le pasó a Jeannette, que se peleó con el Negro y el Negro le mandó una carta. Y Jeannette, que ya tenía unas copas, se me vino encima en la Biela Fundida y me dijo:

– ¡El hijo de puta! Porque vos sabrás (miró a los costados) que a mí me falta el cuarto apellido.

– Sans blague -comenté.

Entonces me mostró el sobre, con el inicuo chiste del Negro, destinado, qué duda cabe, a los mucamos. La carta dirigida, en efecto a Jeannette Álzaga Basavilbaso Álzaga ¡y cáete de espaldas!… ¡Murature! ¿Te imaginas, Alejandra? Un gringo marinero que lo nombraron comandante de la Flota de Buenos Aires en la guerra contra la Confederación. Algo así como Mariscal del Ejército de San Marino. ¿Realizas? L'Amiraglio. cara mia! Comprendé ahora el drama de Jeannette. Es cierto que tiene un par de Álzaga. Pero si al menos fuera "Álzaga y". Pero no: un Basavilbaso y un Murature. Y si por lo menos uno de los dos fuera una avenida. Pero no: una calle de treinta centímetros de largo. ¡Burdísimo! Mi teoría es que si tenés un apellido grasa tenés que defenderte como gato panza arriba, che. Imagináte que soportas la desgracia de llamarte Pedro Mastronicola. Bueno, no, eso es demasiado, eso no tiene defensa, mismo en la clase media. Digamos que te llamas Pedro Marolda. ¿Qué podes hacer? tenés que luchar a muerte y, sin embargo, ésa es otra de las bromas del asunto: con suma cautela. De la mesure avant toute chose! Porque no es cosa que por llamarte Marolda te precipites como un hambriento sobre un Uriburu. ¿Cómo podrías llamarte Pedro Marolda Uriburu? Todo un mundo te tomaría por un farsante, por un estafador internacional, por un déguisé. Tampoco podrías reemplazar el Uriburu con dos apellidos menores, como podrían ser Moyano y Navarro. Comprenderás que Pedro Marolda Moyano Navarro es una payasada, un especie de cordobés de corso. En esos casos es preferible elegir un solo apellido y no demasiado estruendoso: Pedro Marolda Moyano. Me dirán ustedes que no resulta tan importante. De acuerdo, pero al menos that works. Les diré que en caso de apuro, nada mejor que recurrir a las calles. En un tiempo, con el Grillo lo enloquecíamos a Sayús, que es un snob, diciéndole que le íbamos a presentar a Martita Olleros, a la Beba Posa das, a Titina Azcuénaga. Los subtes, les doy el dato, son un verdadero filón. Tomen, por ejemplo, la línea a Palermo, que no es de las mejores. Sin embargo funciona casi desde la salida: Chuchi Pellegrini (medio sospechoso, pero así y todo da cierto golpe, porque al fin el gringo fue presidente), Mecha Pueyrredón, Tota Agüero, Enriqueta Bulnes. ¿Realizan?

<p id="_Toc49254327">XXI</p>

Martín esperaba algún signo, algún llamado. Entonces, jugándose el todo por el todo, se acercó a ella y le preguntó si podían salir un momento. "Bueno", contestó. Y dirigiéndose a Wanda le dijo:

– Dentro de unos minutos vuelvo.

"Unos minutos", pensó Martín.

Fueron por Charcas hasta el bar que hay en la esquina de Esmeralda.

Le dijo:

– Te estuve esperando una hora y media.

– Se me atravesó un trabajo urgente y no tenía forma de avisarte.

Martín presentía la catástrofe e intentaba cambiar por lo menos el tono de su voz, tomar las cosas con más calma, con indiferencia. Pero le fue imposible.

– Delante de esas personas pareces otra. Yo no concibo que… -Se calló y después agregó:- Creo que realmente sos otra persona.

Alejandra no respondió.

– ¿No es así?

– Tal vez.

– Alejandra -dijo Martín-. ¿Cuándo sos la persona verdadera, cuándo?

– Trato de ser siempre verdadera, Martín.

– ¿Pero cómo podes olvidar momentos como los que hemos pasado?

Ella se volvió con indignación:

– ¡Y quién te ha dicho que yo los haya olvidado!

Y después de un instante de silencio, agregó:

– Por eso, porque no quiero enloquecerte, prefiero no verte más.

Estaba sombría, silenciosa y evasiva. Y de pronto, dijo:

– No quiero que pasemos más esos momentos.

Y con brutal ironía, agregó:

– Esos famosos momentos perfectos.

Martín la miraba desesperado; no sólo por lo que decía sino por el tono devastador.

– Te preguntarás ahora por qué te hago estas ironías, por qué te hago sufrir de este modo, ¿no es así?

Martín empezó a mirar una manchita marrón que había sobre un mantel rosado y sucio.

– Y bueno -agregó-, no lo sé. Tampoco sé por qué no quiero tener más uno de esos famosos momentos contigo. Comprendé, Martín: esto tiene que terminar de una buena vez. Algo no funciona. Y lo más honesto es que no nos veamos en absoluto.

A Martín se le habían llenado los ojos de lágrimas.

– Si me dejas, me mataré -dijo.

Alejandra lo miró con expresión grave. Y luego, con una singular mezcla de dureza y melancolía en el acento, dijo:

– Yo no puedo hacer nada, Martín.

– ¿No te importa que me mate?

– Claro, cómo no me va a importar.

– Pero no harías nada por impedirlo.

– ¿Cómo podría impedirlo?

– Así que te sería lo mismo que me mate o que siga viviendo.

– Yo no he dicho eso. No, no me sería lo mismo. Me parecería horrible que te matases.

– ¿Te importaría muchísimo?

– Muchísimo.

– ¿Y entonces?

La miró con cuidado y ansiedad, como si se mira a alguien en inminente peligro, buscando el menor indicio de salvación. "No puede ser", pensaba. "Una persona que ha pasado conmigo las cosas que ha pasado, hace apenas pocas semanas, no puede creer de verdad todo esto."

– ¿Y entonces? -insistió.

– ¿Entonces, qué?

– Te digo que acaso me mate ahora mismo, tirándome debajo del tren en Retiro, o en el subterráneo. ¿Te será igual?

– Ya te he dicho que no me será igual, que sufriré horrores.

– Pero seguirás viviendo.

Ella no respondió, revolvió el resto del café y miró al fondo de la tacita.

– ¡De modo que todo lo que hemos pasado juntos en estos meses, todo eso es una basura que hay que tirarla a la calle!

– ¡Nadie te ha dicho eso! -casi gritó.

Martín se calló, perplejo y dolorido. Después dijo:

– No te comprendo Alejandra. Nunca te comprendí, en realidad. Estas cosas que decís, estas cosas que me haces, transforman también aquello.

Hizo un esfuerzo para pensar.

Alejandra, sombría, tal vez ni escuchaba. Miraba hacia un punto en la calle.

– ¿Entonces? -insistió Martín.

– Nada -respondió secamente-. No nos veremos más. Es lo más honesto.

– Alejandra: no puedo soportar la idea de no verte más. Quiero verte, de cualquier modo que sea, en la forma en que vos quieras…

Alejandra no respondió nada, de sus ojos empezaron a caer lágrimas, pero sin que su cara abandonara su expresión rígida y como ausente.

– ¿Eh, Alejandra?

– No, Martín. Detesto las cosas intermedias. O sucederán otras escenas como ésta, que te hacen tanto mal, o volveremos a tener un encuentro como el del lunes. Y no quiero, ¿entendés?, no quiero acostarme más contigo. Por nada del mundo.

– Pero ¿por qué? -exclamó Martín tomándola de la mano, sintiendo tumultuosamente que algo, que algo muy importante quedaba entre ellos dos, a pesar de todo.

– ¡Porque no! -gritó ella, con una mirada de odio, arrancándole la mano de las suyas.

– No te entiendo… -balbuceó Martín-. Nunca te he entendido…

– No te preocupes. Yo tampoco me entiendo. Ni sé por qué te hago todo esto. No sé por qué te hago sufrir así.

Y exclamó cubriéndose la cara:

– ¡Qué horror!

Y mientras se cubría la cara con las dos manos empezaba a llorar histéricamente, repitiendo, entre sollozos "¡qué horror, qué horror!"

Muy pocas veces Martín la había visto llorar en todo el tiempo que duró su relación, y siempre fue para él impresionante. Casi aterrador. Era como si un dragón, herido de muerte, derramase lágrimas. Pero esas lágrimas (como suponía que serían las del dragón) eran temibles, no significaban debilidad ni necesidad de ternura: parecían amargas gotas de rencor líquido, hirvientes y devora-doras.

No obstante lo cual Martín se atrevió a tomar sus manos, intentando descubrirle el rostro, con ternura pero con firmeza.

– Alejandra, ¡cómo sufres!

– ¡Y todavía me compadeces a mí! -masculló ella debajo de sus manos, con una modulación que no podía saberse si era de rabia, de desprecio, de ironía o de pena, o de todos esos sentimientos a la vez.

– Sí, Alejandra, claro que te compadezco. ¿No veo, acaso, que estás sufriendo espantosamente? Y no quiero que sufras. Te juro que nunca volverá a suceder esto.

Ella se fue calmando. Finalmente se secó las lágrimas con un pañuelo.

– No, Martín -dijo-. Es mejor que no nos veamos más. Porque tarde o temprano tendríamos que separarnos en forma todavía peor. Yo no puedo dominar cosas horribles que tengo dentro.

Se volvió a cubrir con las manos y Martín volvió a querer separárselas.

– No, Alejandra, no nos haremos mal. Ya verás. La culpa fue mía, por insistir en verte. Por ir a buscarte.

Tratando de reírse, agregó:

– Como si uno fuera a buscar al doctor Jekyll y se encontrara con Mr. Hyde. De noche. Embozado. Con las uñas de Frederic March. ¿Eh, Alejandra? Nos veremos únicamente cuando vos lo quieras, cuando vos me llames. Cuando te sientas bien.

Alejandra no respondió.

Pasaron largos minutos y Martín se desesperaba por ese tiempo que transcurría inútilmente, porque sabía que ya estaba en retardo, que debería irse, que se iría de un momento a otro, y que lo dejaría en ese estado de derrumbe total. Y luego vendrían los días negros, lejos de ella, ajenos a su vida.

Y sucedió lo que tenía que suceder: miró su reloj pulsera y dijo:

– Tengo que irme.

– No nos separemos así, Alejandra. Es espantoso. Decidamos antes qué vamos a hacer.

– No sé, Martín, no sé.

– Por lo menos decidamos vernos otro día, con menos urgencia. No resolvamos nada en este estado de ánimo.

Mientras iban saliendo Martín pensaba qué poco, qué espantosamente poco tiempo le quedaba en aquellas dos cuadras. Caminaron despacio, pero así y todo pronto faltaron cincuenta pasos, veinte pasos, diez pasos, nada. Entonces, con desesperación, Martín la tomó de un brazo y apretándoselo le volvió a suplicar que al menos se vieran una vez más.

Alejandra lo miró. Su mirada parecía venir desde muy lejos, desde una región tristemente ajena.

– ¡Prométemelo, Alejandra! -rogó con lágrimas en los ojos.

Alejandra lo miró larga y duramente.

– Bueno, está bien. Mañana a las seis de la tarde, en el Adam.

<p id="_Toc49254328">XXII</p>

Las horas fueron dolorosamente largas: era como subir una montaña, cuyos últimos tramos son casi invencibles. Sus sentimientos eran complejos, pues por un lado sentía la nerviosa alegría de verla una vez más, y, por otro, intuía que aquella entrevista iba a ser justamente eso: una entrevista más, quizá la última.

Mucho antes de las seis estaba ya en el Adam, mirando hacia la puerta.

Alejandra llegó a las seis y media pasadas.

No era la Alejandra agresiva del día anterior, pero mostraba en cambio aquella expresión abstraída que tanto desesperaba a Martín.

¿Por qué había venido, entonces?

El mozo tuvo que repetirle dos o tres veces la pregunta. Pidió gin y en seguida observó su maldito reloj.

– Qué -comentó Martín con irónica tristeza-, ¿ya tenés que irte?

Alejandra lo miró vagamente y sin advertir la ironía dijo que no, que todavía tenía un momento. Martín bajó la cabeza y movió su vaso.

– ¿Para qué viniste, entonces? -no pudo menos que decir.

Alejandra lo miraba como tratando de concentrar su atención.

– Te prometí que vendría, ¿no fue así?

Apenas le trajeron el gin se lo bebió de un trago. Luego dijo:

– Salgamos. Quiero tomar un poco de aire.

Cuando salieron, Alejandra caminó hacia la plaza, y subiendo por el césped se sentó en uno de los bancos que dan al río.

Permanecieron un buen rato en silencio, que fue roto por ella para decir:

– ¡Qué descanso odiarse!

Martín contemplaba la Torre de los Ingleses, que marcaba el avance del tiempo. Más atrás se destacaba la mole de la CADE, con sus grandes y rechonchas chimeneas, y el Puerto Nuevo con sus elevadores y grúas: abstractos animales antediluvianos, con sus picos de acero y sus cabezas de gigantescos pájaros inclinados hacia abajo, como para picotear los barcos.

Silencioso y deprimido, miraba cómo la noche iba cayendo sobre la ciudad, cómo empezaban a brillar sobre el cielo azul-negro las luces rojas en lo alto de las chimeneas y torres, los avisos luminosos del Parque Retiro, los faroles de la plaza. Mientras millares de hombres y mujeres salían corriendo de las bocas de los subterráneos y entraban con la misma desesperación cotidiana en las bocas de los ferrocarriles suburbanos. Contempló el Kavanagh, donde empezaban a iluminar ventanas. También allá arriba, en el piso treinta o treinta y cinco, acaso en una pequeña piecita de un hombre solitario, también se encendía una luz. ¡Cuántos desencuentros como el de ellos, cuántas soledades habría en aquel solo rascacielos!

Y entonces oyó lo que temía oír de un momento a otro:

– Tengo que irme.

– ¿Ya?

– Sí.

Bajaron juntos la barranca por el césped y una vez abajo ella se despidió y comenzó a caminar hacia la Recova. Mar tín siguió unos pasos detrás de ella.

– ¡Alejandra! -gritó casi otra persona.

Ella se detuvo y esperó. La luz de la vidriera de una armería le daba en pleno: su rostro estaba duro, su expresión era impenetrable. Pero lo que más le dolía era aquel rencor. ¿Qué le había hecho? Sin proponérselo, impulsado por su sufrimiento, se lo preguntó. Ella apretó aun más sus mandíbulas y volvió su mirada hacia la vidriera.

– No he tenido más que ternura y comprensión.

Por toda respuesta, Alejandra dijo que no podía quedarse ni un minuto más: a las ocho tenía que estar en otra parte.

La vio alejarse.

Y de pronto, decidió seguirla. ¿Qué cosa peor podría pasarle si lo advertía?

Alejandra caminó tres cuadras por la Recova, tomó por Reconquista y finalmente entró en un pequeño bar y restorán llamado Ukrania. Martín, con grandes precauciones, se acercó y espió desde la oscuridad. Su corazón se encogió y endureció como si se lo sacasen y lo dejasen, solitario, sobre un témpano de hielo: Alejandra estaba sentada frente a un hombre que le pareció tan siniestro como el mismo bar. Su piel era oscura, pero tenía ojos claros, acaso grises. Su pelo era lacio y canoso, peinado hacia atrás. Sus rasgos eran duros y la cara parecía tallada con hacha. Aquel hombre no sólo era fuerte sino que estaba dotado de una tenebrosa belleza. Su dolor fue tan grande, se sintió tan poca cosa al lado de aquel desconocido, que ya nada le importaba. Como si se dijera: ¿Qué puede pasarme ya de más horrible? Fascinado y triste, podía seguir la expresión de él, sus silencios, el movimiento de sus manos. En realidad hablaba poco, y cuando lo hacía sus frases eran breves y cortantes. Sus manos descarnadas y nerviosas parecían tener cierto parentesco con las garras de un halcón o de un águila. Sí, eso es: todo lo de aquel individuo tenía algo de un ave de rapiña: su nariz era fina pero poderosa y aguileña; sus manos eran huesudas, ávidas y despiadadas. Aquel hombre era cruel y capaz de cualquier cosa.

Martín lo encontraba parecido a alguien, pero no acertaba con la clave. En un momento pensó que quizá lo había visto en alguna ocasión, porque era un rostro que no era posible olvidar, y si en una sola ocasión lo había visto ahora por fuerza tenía que resultarle conocido. De pronto le recordó un poco a un muchacho Cornejo, de Salta. Pero no, no era por ahí que aquella cara le resultaba vagamente familiar.

Alejandra hablaba agitadamente. Cosa extraña: los dos eran duros y parecían odiarse, y sin embargo esa idea no lo tranquilizaba. Por el contrario, cuando lo advirtió su desesperación se hizo mayor. ¿Por qué? Hasta que le pareció entender la verdad: aquellos dos seres estaban unidos por una vehemente pasión. Como si dos águilas se amasen, pensó. Como dos águilas que no obstante pudiesen o quisiesen destrozarse y desgarrarse con sus picos y sus garras hasta matarse. Y cuando vio que Alejandra tomaba con una de sus manos una de las manos, una de las garras, de aquel individuo, Martín sintió que desde ese momento todo era igual y el mundo carecía totalmente de sentido.

<p id="_Toc49254329">XXIII</p>

Caminaba en la madrugada cuando tuvo de pronto la revelación: ¡aquel hombre se parecía a Alejandra! Instantáneamente recordó la escena del Mirador, cuando se retrajo de inmediato apenas pronunciado el nombre de Fernando, como si hubiese pronunciado un nombre que debe ser mantenido en secreto.

"¡Ése era Fernando!", pensó.

¡Los ojos grisverdosos, los pómulos un poco mongólicos, el color oscuro y el rostro de Trinidad Arias! Claro: ahora se explicaba la sensación de conocido: tenía mucho de Alejandra y mucho de Trinidad Arias, la del retrato que le había mostrado Alejandra. Sólo ella y Fernando, había dicho Alejandra, como quien está aislada del mundo con un hombre, con un hombre que, ahora comprendía, ella admiraba.

Pero ¿quién era Fernando? Un hermano mayor: un hermano que ella no quería mencionar. La idea de que aquel hombre fuera el hermano lo tranquilizó a medias, sin embargo, cuando debía haberlo tranquilizado del todo. ¿Por qué (se preguntó) no me alegro? En aquel momento no encontró respuesta a aquella interrogación. Sólo advirtió que teniendo que tranquilizarse no lo lograba.

No podía dormir tranquilo: como si en la pieza donde dormía sospechase que hubiera entrado un vampiro. Durante todo ese lapso dio vueltas y vueltas a la escena que había presenciado, tratando de descubrir la causa de su desasosiego. Hasta que creyó encontrarla: ¡la mano! Con repentina angustia recordó la forma en que ella había acariciado la mano de él. ¡Aquélla no era la forma en que un hermana acaricia a su hermano! Y vivía pensando en é él que era el hipnotizador. Huía de él, pero, tarde o temprano, tenía que volver hacia él, como enloquecida. Ahora creía explicarse muchos de sus movimientos inexplicables y contradictorios.

Y apenas creyó haber encontrado la clave, nuevamente cayó en la mayor perplejidad: el parecido. Era indudable: aquel hombre era de su familia. Pensó que podía ser primo hermano. Sí: era un primo hermano y se llamaba Fernando.

No podía ser de otra manera, pues esa posibilidad explicaba todo: el parecido notable y la súbita reticencia aquella noche cuando a ella se le escapó el nombre de Fernando. Aquel nombre (pensó) era un nombre clave, un nombre secreto. "Todos menos Fernando y yo", había dicho ella sin querer y luego se había detenido bruscamente y no había respondido a su pregunta. Ahora lo comprendía todo: ella y él vivían aislados, en un mundo aparte, orgullosamente. Y ella lo amaba a él, a Fernando, y por eso se había arrepentido de pronunciar ante él, ante Martín, aquella palabra reveladora.

Su agitación creció a medida que pasaban los días y finalmente, no aguantando más, llamó por teléfono a Alejandra y le dijo que tenía algo urgentísimo que hablar con ella: una sola cosa aunque fuera la última. Cuando se encontraron, casi no podía hablar.

<p id="_Toc49254330">XXIV</p>

¿Qué te sucede? -preguntó ella con violencia, porque intuía que Martín se sentía agraviado por alguna cosa que había pasado. Y eso la enardecía porque, como varias veces se lo repitió, él no tenía ningún derecho sobre ella, nada le había prometido y en nada por lo tanto le debía explicaciones. Sobre todo ahora, en que habían decidido terminar. Martín negó con la cabeza, pero sus ojos estaban llenos de lágrimas.

– Decime qué te pasa -le dijo ella, sacudiéndolo de los brazos. Esperó unos instantes sin dejar de mirarlo a los ojos.

– Sólo quiero saber una cosa, Alejandra: quiero saber quién es Fernando.

Se puso pálida, sus ojos relampaguearon.

– ¿Fernando? -preguntó-. ¿De dónde sacas ese nombre?

– Lo dijiste aquella noche, en tu pieza, cuando me contaste la historia de tu familia.

– ¿Y qué puede importar esa pavada?

– Me importa más de lo que te podes imaginar.

– ¿Por qué?

– Porque me pareció que vos te arrepentías de haber dicho esa palabra, ese nombre, ¿no fue así?

– Supongamos que haya sido así; ¿qué derecho tenés a hacerme preguntas?

– Ningún derecho, ya lo sé. Pero por lo que más quieras, decime quién es Fernando: ¿es un hermano tuyo?

– Yo no tengo hermanos ni hermanas.

– Es un primo tuyo, entonces.

– ¿Por qué tendría que ser primo?

– Dijiste que de toda la familia sólo vos y Fernando no eran unitarios. Así que pienso que si no es tu hermano puede ser un primo, ¿no es así? ¿No es primo tuyo? Alejandra dejó por fin los brazos de Martín, que había mantenido apretados con sus manos, y se quedó callada y deprimida.

Encendió un cigarrillo y después de un rato dijo:

– Martín: si querés que mantenga un recuerdo amistoso, no me hagas preguntas.

– Es una sola pregunta que te hago.

– ¿Pero por qué?

– Porque para mí es muy importante.

– ¿Por qué es importante?

– Porque he llegado a la conclusión de que vos querés a esa persona.

Alejandra volvió a ponerse dura y sus ojos volvieron a tener el brillo relampagueante de sus peores momentos.

– ¿Y en qué te basas?

– Es una intuición.

– Pues te equivocas de medio a medio. No lo quiero a Fernando.

– Bueno, quizá no me expresé bien. Quise decir que lo amás, que estás enamorada de él. Puede que no lo quieras, pero estás enamorada de él.

Dijo estas últimas palabras con voz quebrada.

Alejandra lo tomó de los brazos con sus manos duras y fuertes (¡como las de él, pensó con espantoso dolor Martín, como las de él!) y sacudiéndolo le dijo con voz rencorosa y violenta:

– ¡Vos me has seguido!

– ¡Sí -gritó-, te seguí hasta aquel bar de la calle Reconquista y te vi con un hombre que se parece a vos y del que vos estás enamorada!

– ¡Y cómo sabes que ese hombre es Fernando!

– Porque se parece a vos… y porque Fernando dijiste que era de tu familia y porque me pareció que entre vos y Fernando había algo secreto, porque era como si vos y él formaran algo aparte, separado de todos los demás, y porque te arrepentiste de haber dicho su nombre y por la forma de tomarle la mano.

Alejandra lo sacudió, como golpeándolo, él se dejaba hacer, como un cuerpo flácido e inerte. Y luego ella lo soltó y puso sus dos manos ávidas sobre el rostro, como queriéndose arañar, también pareció como que sollozaba, a su manera, secamente. Y entre sus manos entreabiertas, él oyó que gritaba:

– ¡Imbécil, imbécil! ¡Ese hombre es mi padre!

Y luego se fue corriendo.

Martín se quedó petrificado, sin atinar a hacer ni a decir nada.

<p id="_Toc49270085">XXV</p>

Como si un gran golpe de timbal hubiera inaugurado las tinieblas, desde aquellas terribles palabras de Alejandra, Martín se sintió como en un inmenso sueño negro, pesado como si durmiera en el fondo de un océano de plomo líquido. Durante muchos días ambuló por las calles de Buenos Aires, a la deriva, pensando que aquel ser portentoso había llegado desde lo desconocido y ahora había vuelto a lo desconocido. El hogar, se decía de pronto, el hogar. Palabras sueltas y al parecer sin sentido, pero que acaso se referían al hombre que en medio de la tormenta, cuando los relámpagos y truenos arrecian en las tinieblas, se refugia en su cálida, en su familiar, en su tierna cueva. Hogar, fuego, luminoso y tierno refugio. Razón por la cual (decía Bruno) la soledad era mayor en el extranjero, porque la patria era también como el hogar, como el fuego y la infancia, como el refugio materno; y estar en el extranjero era tan triste como habitar en un hotel anónimo e indiferente; sin recuerdos, sin árboles familiares, sin infancia, sin fantasmas; porque la patria era la infancia y por eso quizá era mejor llamarla matria, algo que ampara y calienta en los momentos de soledad y de frío. Pero él, Martín, ¿cuándo había tenido madre? Y además esta patria parecía tan inhóspita, tan áspera y sin amparo. Porque (como también decía Bruno, pero ahora él no lo recordaba sino que más bien lo sentía físicamente, como si estuviera a la intemperie en medio de un furioso temporal) nuestra desgracia era que no habíamos terminado de levantar una nación cuando el mundo que le había dado origen comenzó a crujir y luego a derrumbarse, de manera que acá no teníamos ni siquiera ese simulacro de la eternidad que en Europa son las piedras milenarias o en Méjico, o en Cuzco. Porque acá (decía) no somos ni Europa ni América, sino una región fracturada, un inestable, trágico, turbio lugar de fractura y desgarramiento. De modo que aquí todo resultaba más transitorio y frágil, no había nada sólido a qué aferrarse, el hombre parecía más mortal y su condición más efímera. Y él (Martín), que quería algo fuerte y absoluto a que agarrarse en medio de la catástrofe y una cueva cálida donde refugiarse, no tenía ni casa ni patria. O, lo que era peor, tenía un hogar construido sobre estiércol y frustración, y una patria temblequeante y enigmática. Así que se sentía solo, solo, solo: únicas palabras que claramente sintió y pensó, pero que, sin duda, expresaban todo aquello. Y como un náufrago en la noche se había precipitado sobre Alejandra. Pero había sido como buscar refugio en una caverna de cuyo fondo de pronto habían irrumpido fieras devoradoras.

<p id="_Toc49254332">XXVI</p>

Y de pronto, uno de aquellos días sin sentido, se sintió arrastrado por gentes que corrían, mientras arriba rugían aviones a reacción y la gente gritaba Plaza Mayo, entre camiones cargados con obreros que locamente corrían hacia allí, entre gritos confusos y la imagen vertiginosa de los aviones rasantes sobre los rascacielos. Y después el estruendo de la bombas, el tableteo de las ametralladoras y de los cañones antiaéreos. Y siempre la gente corriendo, entrando a empellones en los edificios, pero volviendo a salir, no bien los aviones habían pasado, con curiosidad, con nerviosa conversación, hasta que volvían los aviones y nuevamente corrían hacia dentro. Mientras otras personas, resguardadas apenas contra las paredes (como si se tratara de una simple lluvia) miraban hacia arriba, o señalaban con sus brazos extendidos en direcciones indeterminadas, perplejos o curiosos.

Y luego llegó la noche. Y la llovizna comenzó a caer silenciosamente sobre una ciudad sobrecogida y minada por rumores.

<p id="_Toc49254333">XXVII</p>

La soledad era lúgubre y en la noche los incendios echaban un resplandor siniestro sobre el cielo plomizo.

Se oía el bombo como en un carnaval de locos.

Ahora estaba frente a la Iglesia, arrastrado por gente enloquecida y confusa. Algunos llevaban revólveres y pistolas. "Son de la Alianza ", dijo alguien. Pronto ardió la nafta que habían echado sobre las puertas. Entraron en tumulto, gritando. Arrastraron bancos contra las puertas y la hoguera creció. Otros llevaban reclinatorios, imágenes y bancos a la calle. La llovizna caía indiferente y frígida. Echaron nafta y la madera ardió furiosamente, en medio de las heladas ráfagas. Gritaron, sonaron tiros por ahí, algunos corrían, otros se refugiaban en los zaguanes de enfrente, contra las paredes, fascinados por el fuego y el pánico. Alguien alzó en sus brazos una imagen de la Virgen e iba a arrojarla entre las llamas. Otro, que estaba al lado de Martín, un muchacho obrero aindiado, gritó: "¡dámela! ¡no la quemes!"

– ¿Qué? -dijo el otro con la imagen en alto, mirándolo con furia.

– No la quemes, me hago unos pesos -dice el muchacho.

El otro bajó la imagen y meneando la cabeza se la dio. Luego arrojó bancos y cuadros.

El muchacho tenía ahora la Virgen en el suelo, a sus pies. Buscó ayuda. Vio a un agente de policía que miraba el espectáculo, le pidió que lo ayudase a sacar la imagen de la iglesia.

– No te metas en líos, pibe -le recomendó el policía.

Martín se acercó.

– Yo te ayudo -le dijo.

– Bueno, agarra de los pies -dijo el muchacho obrero.

Salieron. Afuera seguía lloviendo, pero el incendio crecía en la calle y todo crepitaba por la nafta y el agua. Una mujer rubia y alta, con el pelo suelto y desgreñado, con un hachón de bronce que manejaba a manera de bastón, arrastraba una bolsa que llenaba con imágenes y objetos del culto.

– ¡Canallas! -decía.

– Callate, loca -gritaban.

– ¡Canallas! -decía-, irán todos al infierno.

Avanzaba con su gran bolsa y el hachón, con el que se defendía. Un muchacho le tocó obscenamente el cuerpo, otro le gritaba porquerías, pero ella avanzaba defendiéndose con el hachón y repitiendo "canallas".

– ¡Andá, chupacirios! -le gritaron.

Pero ella avanzaba y repetía "canallas", con voz ronca y seca, casi ensimismada, pétrea y fanática.

– Es una loca, dejelán -gritaban.

Una mujer aindiada, con un gran palo vigilaba y atizaba el fuego, como en un gigantesco asado.

– Es una loca, dejelán que se vaya -decían.

La mujer rubia avanzaba con la bolsa, abriéndose paso entre la muchachada que le gritaba porquerías, le tiraba tizones encendidos y se reía, tratando de manosearla.

Ahora se levantaban grandes llamaradas de la curia: ardían los papeles, los registros. Un hombre de chambergo, morocho, reía histéricamente y tiraba piedras, cascotes, pedazos de pavimento.

La rubia desapareció de la parte iluminada.

Una alegre música de carnaval volvió a escucharse: los muchachos de la murga habían dado vuelta a la manzana:

La murga de Chanta Cuatro lo viene a visitar…

A la luz de las llamaradas las contorsiones parecían más fantásticas. Los copones servían de platillos: disfrutados con casullas, enarbolaron cálices y cruces, marcaban el compás con hachones dorados. Alguien tocaba un bombo. Luego cantaron:

A nuestro director le gusta el disimulo…

Y luego el bombo, rítmicamente, y las contorsiones en medio de las llamaradas, siempre marcando el compás con los hachones dorados.

Se volvieron a oír tiros y hubo corridas. No se sabía de dónde venían, quiénes eran. Hubo pánico. Se oyó decir: "Es la Alianza ". Otros tranquilizaban, pasaban palabras de orden. Otros corrían o gritaban "ahora vienen" o "calma, muchachos".

En el centro de la calle crecía la hoguera. Un grupo de muchachos y mujeres arrojaban un confesionario. Traían todavía imágenes y cuadros.

Un hombre arrastraba un Cristo y una mujer que acababa de aparecer, feroz y decidida, gritó:

– Démelo.

– ¿Qué? -dice el hombre mirándola con desprecio.

Alguien dijo: "es de la Fundación ".

– ¿Quién, quién? -preguntaban.

La murga cantaba:

A la chica de Gómale le gustan la banana…

La mujer siguió al hombre y tomó al Cristo de los pies para que no se arrastrara.

– Déjelo -gritó el hombre.

– Démelo -gritó la mujer.

Y por un instante el Cristo permaneció en el aire, entre los dos que forcejeaban.

– Venga, señora -dijo el muchacho que sacó a la Vir gen de la Iglesia.

– ¿Qué? -dijo la mujer, sin largar los pies del Cristo.

– Que venga, que deje eso.

– ¿Qué? -dijo la mujer, enloquecida.

– Tome esta imagen -le dijo.

La mujer pareció vacilar, sin dejar el Cristo, que se bamboleaba.

– Pero venga, señora -dijo el muchacho.

Ella parecía vacilar, pero el hombre le dio un gran tirón al Cristo y se lo arrancó de las manos. La mujer, como idiotizada, lo miró alejarse y volvió luego su mirada a la Virgen que estaba en el suelo al lado del muchacho.

– Venga, señora -dijo el muchacho.

La mujer se acercó.

– Es la Virgen de los Desamparados -dijo el muchacho.

La mujer lo miró sin entender, parecía no entender: era un cabecita negra. Tal vez pensaba que querían hacerle algo.

– Sí, señora -dijo Martín-, la sacamos de la Iglesia, este muchacho la salvó del fuego.

Ella miró al cabecita negra. La murga ahora se iba:

La murga del Chanta Cuatro se vamo a retirar…

La mujer se acercó.

– Bueno -dijo-, la vamos a llevar a casa.

El muchacho y Martín se inclinaron para levantar la Virgen.

– No, esperen -dijo ella.

Se desabrochó el tapado, se lo quitó y cubrió la imagen. Luego quiso ayudar.

– Deje -dijo el muchacho-, nosotros bastamos. Diga adonde vamos.

Caminaron. La mujer adelante, un hombre los seguía. La lluvia aumentaba ahora y el muchacho sentía que la corona estrellada se le estaba clavando en la cara. Ya no sabía nada: todo era confuso.

– Un herido -dijeron-; dejen paso.

Les abrieron paso.

Caminaron por Santa Fe hacia Callao. El resplandor rojizo iba siendo cada vez menor y poco a poco predominaba la noche hosca, solitaria y helada. La lluvia caía silenciosamente y a lo lejos se oían gritos aislados, algún disparo, silbatos.

Llegaron, subieron por un ascensor hasta el séptimo piso, entraron en un departamento lujoso y Martín vio que el muchacho obrero estaba confuso: miraba con timidez y vergüenza a la mucama, no sabía cómo moverse entre los muebles y los objetos de arte.

Pusieron de pie la imagen en un rincón y sin advertirlo, quizá, el muchacho puso su cabeza cansada y confusa sobre la Virgen, como si descansara en silencio. De pronto advirtió que le estaban hablando.

– Vamos -le dijo la mujer-, hay que volver.

– Sí -dijo el muchacho, mecánicamente.

Miró en derredor, como buscando algo.

– ¿Qué? -dijo la mujer.

– Querría -dijo el muchacho.

– ¿Qué, qué es lo que querés, muchacho? -dijo la mujer.

– Un vaso de agua, eso es lo que quería.

Le trajeron agua y el muchacho bebió como si estuviera calcinado.

– Bueno, ahora vamos -dijo la mujer.

La lluvia había disminuido, la murga debía estar en otros incendios, pero el fuego allí proseguía, ahora en silencio: los hombres y las mujeres se habían convertido en silenciosos y fascinados espectadores, desde la vereda de enfrente.

Uno tenía unas casullas bajo el brazo.

– ¿Quiere darme esas casullas? -dijo la mujer.

– ¿Qué? -dijo el hombre.

– Las casullas. Si me las quiere dar -dijo la mujer.

El hombre no respondió: miró el incendio.

– Las casullas -repitió la mujer con calma, una calma de sonámbulo-. Quiero guardarlas, para la iglesia, cuando la reconstruyan.

El hombre siguió mirando el incendio, silencioso.

– ¿No es usted católico? -dijo la mujer con odio.

El hombre siguió mirando el incendio.

– ¿No está bautizado? -dijo la mujer.

El hombre siguió mirando el incendio, pero sus ojos (Martín lo advirtió) se habían ido endureciendo.

– ¿No tiene hijos? ¿No tiene madre?

El hombre estalló:

– ¿Por qué no se irá a la puta madre que la parió?

– Yo soy católica -dijo la mujer, impasible y sonámbula-. Quiero las casullas para cuando se reconstruya.

El hombre la miró e inesperadamente habló en tono norma

– Las tengo para taparme de la lluvia -dijo.

– Por favor, deme las casullas -repitió la mujer con calma.

– Vivo muy lejos, en General Rodríguez -dijo el hombre.

Alguien, detrás de la mujer empecinada, dijo:

– Entonces usted ha venido de General Rodríguez, usted es de los que estaban quemando la iglesia.

La mujer empecinada volvió la cabeza: era un viejo de pelo blanco.

Alguien con chambergo desabrochó un impermeable y sacó una pistola. Fríamente, con desprecio, se encaró con el viejo:

– ¿Y usted quién es para interrogar a nadie"? -dijo.

El de las casullas también sacó una pistola. Una mujer, con un gran cuchillo de cocina en la mano, se acercó a la mujer impasible y le dijo:

– ¿Querés que te metamos las casullas en el culo?

La mujer impasible y demencial le propuso un cambio al hombre de las casullas:

– Este paraguas tiene mango de oro -dijo.

– ¿Qué?

– Que se lo cambio por las casullas. El mango es de oro. Vea.

El hombre miró la empuñadura.

La mujer del cuchillo, poniéndole la punta sobre el costado a la mujer de la propuesta, volvió a repetirle su frase anterior.

– Bueno -dijo el hombre-. Déme el paraguas.

La mujer del cuchillo, furiosa, le gritó:

– ¡Atorrante! ¡Vendido!

– Ma qué vendido -dijo el de las casullas con gesto de fastidio-. ¿Para qué quiero casullas, yo?

– ¡Sos un atorrante vendido! -gritó la mujer del cuchillo.

El de las casullas se volvió repentinamente frenético:

– Mirá, va a ser mejor que te calles, si no querés que te meta plomo.

La mujer del cuchillo lo insultó y le puso el cuchillo delante de la cara, pero el otro tomó el paraguas y no respondió.

La mujer se alejó con las casullas, en medio de gritos e insultos. El hombre del chambergo dijo entonces:

– Bueno, muchachos, aquí no hay nada que hacer. Vamos.

La mujer de las casullas llegó hasta donde estaban Martín y el cabecita negra. Lejos, temerosos. La acompañaron de nuevo hasta la casa de la calle Esmeralda. Y nueva-mente a Martín le pareció que el muchacho estaba triste, mientras desde la puerta miraba lentamente aquellos sillones, aquellos cuadros y porcelanas.

– Entrá -insistió la mujer.

– No señora -dijo el muchacho-, ya me voy. Ya no me necesita.

– Esperá -dijo la mujer.

El muchacho esperó, con respetuosa dignidad.

Ella lo miró.

– Vos sos obrero -le dijo.

– Sí, señora. Soy textil -respondió el muchacho.

– ¿Y qué edad tenés?

– Veinte años.

– ¿Y sos peronista?

El muchacho se quedó callado y bajó la cabeza.

La mujer lo miró duramente.

– ¿Cómo podes ser peronista? ¿No ves las atrocidades

que hacen?

– Los que quemaron las iglesias son unos pistoleros,

señora -dijo.

– ¿Qué? ¿Qué? Son peronistas.

– No, señora. No son verdaderos peronistas. No son peronistas de verdad.

– ¿Qué? -dijo con furia la mujer-. ¿Qué estás diciendo?

– ¿Me puedo ir, señora? -dijo el muchacho, levantando la cabeza.

– No, espera -dijo ella, como pensando-, espera… ¿Y por qué salvaste a la Virgen de los Desamparados?

– Y yo qué sé, señora. A mí no me gusta quemar iglesias. ¿Y qué culpa tiene la Virgen de todo esto?

– ¿De todo qué?

– De todo el bombardeo de Plaza Mayo, qué sé yo.

– ¿Así que a vos te parece mal el bombardeo de Plaza Mayo?

El muchacho la miró con sorpresa.

– ¿No sabes que hay que terminar alguna vez con Perón? ¿Con esa vergüenza, con ese degenerado?

El muchacho la miraba.

– ¿Eh? ¿No te parece? -insistía la mujer.

El muchacho bajó la cabeza.

– Yo estaba en Plaza Mayo -dijo-. Yo y miles de compañeros más. Delante mío a una compañera una bomba le arrancó una pierna. A un amigo le sacó la cabeza, a otro le abrió el vientre. Ha habido miles de muertos.

La mujer dijo:

– ¿Pero no comprendes que estás defendiendo a un canalla?

El muchacho se calló. Luego dijo:

– Nosotros somos pobres, señora. Yo me crié en una pieza donde vivía con mis padres y siete hermanos más.

– ¡Espera, espera! -gritó la señora.

Martín también fue a salir.

– ¿Y vos? -le dijo la mujer-. ¿Vos también sos peronista?

Martín no respondió.

Salió a la noche.

El cielo tenebroso y frígido parecía un símbolo de su alma. Una llovizna impalpable caía arrastrada por ese viento del sudeste que (se decía Bruno) ahonda la tristeza porteño, que a través de la ventana empañada de un café, mirando a la calle, murmura, qué tiempo del carajo, mientras alguien más profundo en su interior piensa, qué tristeza infinita. Y sintiendo la llovizna helada sobre su cara, caminando hacia ninguna parte, con el ceño apretado, mirando obsesionado hacia adelante, como concentrado en un vasto e intrincado enigma, Martín se repetía tres palabras: Alejandra, Fernando, ciegos.

<p id="_Toc49254334">XXVIII</p>

Caminó al azar durante horas. Y de pronto se encontró en la plaza de la Inmaculada Concepción, en Belgrano. Se sentó en uno de los bancos. Frente a él, la iglesia circular parecía todavía vivir el pavor de la jornada. Un siniestro silencio y la luz mortecina, la llovizna, daban a aquel rincón de Buenos Aires un sentido ominoso: parecía como si en aquella vieja edificación tangente a la iglesia se escondiera algún poderoso y temible enigma, y una suerte de fascinación inexplicable mantenía la mirada de Martín clavada en aquel rincón que veía por primera vez en su vida.

Cuando de pronto casi grita: Alejandra cruzaba la plaza en dirección a aquel viejo edificio.

En la oscuridad, bajo los árboles, Martín estaba a cubierto de su mirada. Por lo demás, ella avanzaba con marcha de sonámbulo, con aquel automatismo que él le había notado muchas veces, pero que ahora se le ocurría más poderoso y abstracto. Alejandra avanzaba en línea recta, por sobre los canteros, como quien camina en sueños hacia un destino trazado por fuerzas superiores Era evidente que no veía ni oía nada. Avanzaba con la decisión pero también con la ajenidad de un hipnepta.

Pronto llegó a la recova y dirigiéndose sin vacilar a una de aquellas puertas cerradas y silenciosas, la abrió y entró.

Por un momento Martín pensó que acaso él estaba soñando o sufriendo una visión: nunca había estado antes en aquella plazoleta de Buenos Aires, nada consciente lo había hecho caminar hacia ella en aquella noche aciaga, nada podía hacerle prever un encuentro tan portentoso. Eran demasiadas casualidades y era natural que por un momento pensara en una alucinación o en un sueño.

Pero las largas horas de espera ante aquella puerta no le dejaron lugar a dudas: era Alejandra quien había entrado y quien permanecía allí dentro, sin motivo que a él se le alcanzase.

Llegó la mañana y Martín no se atrevió a esperar más. pues temía ser visto por Alejandra a la luz del día. Por lo demás, ¿qué lograría con verla salir?

Con una tristeza que se manifestaba en dolor físico marchó hacia el Cabildo.

Un día nublado y gris, cansado y melancólico, despertaba del seno de aquella alucinante noche.


I

<p id="_Toc49254307">I</p>

Hecho curioso (curioso desde el punto de vista de los acontecimientos posteriores), pocas veces Martín fue tan feliz como en las horas que precedieron a la entrevista con Bordenave. Alejandra estaba de excelente humor y tenía ganas de ir al cine: ni siquiera se disgustó cuando aquel Bordenave malogró esa intención citando a Martín a las siete. Y en momentos en que Martín se disponía a preguntar por el bar americano, ella lo arrastró de un brazo, como quien conoce el lugar: primer episodio que enturbió la felicidad de aquella tarde.

Un mozo se lo señaló. Estaba con dos señores, discutiendo con papeles sobre la mesa. Era un hombre de unos cuarenta años, alto y elegante, bastante parecido a Anthony Edén. Pero unos ojos ligeramente irónicos y cierta sonrisa lateral le daban un aire muy argentino. "Ah, es usted", le dijo, y excusándose ante aquellos caballeros, lo invitó a sentarse en torno de una mesa cercana; pero como Martín, balbuceando, mirara en dirección de Alejandra, Bordenave, después de mantener unos segundos la mirada sobre ella, dijo "Ah, muy bien, vamos entonces para allá".

Fue notorio para Martín el desagrado que aquel hombre provocó en Alejandra, que durante el tiempo que duró la entrevista se mantuvo dibujando pájaros sobre una servilleta de pape uno de los signos de desagrado que Martín le conocía muy bien. Atormentado por aquel brusco cambio de humor, Martín debía hacer esfuerzos para seguir la conversación de Bordenave, quien, al parecer, hablaba de cosas ajenas a la misión que Martín tenía. En suma, le pareció un aventurero sin escrúpulos, pero lo importante era que el desalojo quedaba sin efecto.

Cuando salieron, cruzaron la calle, se sentaron en un banco de la plaza y Martín, preocupado, le preguntó a Alejandra qué le había parecido aquel individuo.

– Qué me va a parecer. Un argentino.

A la luz del fósforo que encendió para el cigarrillo, Martín observó que su cara se había endurecido. Luego permaneció callada. Martín, por su parte, se preguntaba qué podía haberla transformado tan repentinamente, pero era obvio que la causa era Bordenave. Aquel hombre había hablado, innecesariamente, de hechos que no le dejaban bien, a propósito de los italianos que estaban con él. ¿Qué podía ser? Lo cierto es que su aparición había enturbiado la paz anterior como la entrada de un reptil en un pozo de agua cristalina del que bebemos.

Alejandra dijo que le dolía la cabeza, y que prefería volver a su casa para acostarse. Y cuando se iban a separar, allá en la calle Río Cuarto, abrió por fin la boca para comunicarle que conversaría con Molinari, pero que no se hiciese ninguna ilusión.

– ¿Y cómo hago? ¿Me darás una carta?

– Ya veremos. Quizá lo llame por teléfono y te deje un mensaje.

Martín la miró asombrado: ¿Un mensaje? Sí, ya tendría noticias.

– Pero… -balbuceó.

– ¿Pero qué?

– Quiero decir… ¿No me lo podes comunicar mañana, cuando nos veamos?

El rostro de Alejandra aparecía envejecido.

– Mira. No te puedo decir ahora cuándo nos veremos.

Martín, consternado, farfulló algo sobre lo que habían convenido aquella misma tarde para el día siguiente. Entonces ella exclamó:

– ¡No me siento bien! ¿No lo ves?

Martín se dio vuelta para irse, mientras ella abría la puerta de la verja. Y había comenzado a alejarse cuando oyó que lo llamaba.

– Espera.

Con una voz menos dura le dijo:

– Mañana a la mañana le telefonearé a ese hombre, y al mediodía te dejaré un mensaje.

Estaba ya entrando cuando agregó con una risa dura y aviesa:

– Fíjate en la secretaria que tiene, esa rubia.

Martín se quedó perplejo, mirándola.

– Es una de sus amantes.

Éstos son los hechos de aquel día. Tendría que pasar un tiempo para que Martín volviera a considerar aquella entrevista con Bordenave, como después de un crimen se examina con atención un lugar o un objeto al que nadie dio antes importancia.


II

<p id="_Toc49254308">II</p>

Años después, por la época en que Martín volvió del sur, uno de los temas de sus conversaciones con Bruno fue aquella relación entre Alejandra y Molinari. Volvía a hablar de Alejandra -pensaba Bruno- como quien intenta restaurar un alma ya en descomposición, un alma que habría querido inmortal, pero que ahora sentía resquebrajarse y disgregarse poco a poco, como siguiendo a la putrefacción del cuerpo, como si le fuera imposible sobrevivir demasiado tiempo sin su soporte y sólo pudiera perdurar el tiempo que perdura la sutil emanación que se desprendió de aquel cuerpo en el instante de la muerte: especie de ectoplasma o de gas radiactivo que irá luego sufriendo su propia atenuación, eso que algunos consideran el fantasma del muerto, fantasma que mantiene difusamente la forma del ser que desapareció, pero haciéndose más y más inconsistente, hasta disolverse en la nada final; momento en que el alma acaso desaparezca para siempre, si se excluyen esos fragmentos o ecos de fragmentos que perduran ¿pero por cuánto tiempo? en el alma de los demás, de los que conocieron y odiaron o amaron a aquel ser desaparecido.

Y así Martín trataba de rescatar fragmentos, recorría calles y lugares, hablaba con él, insensatamente recogía cositas y palabras; como esos familiares enloquecidos que se empeñan en juntar los mutilados destrozos de un cuerpo en el lugar donde se precipitó el avión; pero no en seguida, sino mucho tiempo después, cuando esos restos no sólo están mutilados sino descompuestos.

No de otro modo podía explicar Bruno que Martín se empecinara en recordar y analizar aquello de Molinari. Y mientras se hacía estas reflexiones sobre el cuerpo y la disgregación del alma, Martín, que un poco hablaba como para sí mismo, le decía que, a su juicio, aquella disparatada entrevista con Molinari era, sin duda, un momento clave en su relación con Alejandra; entrevista que en aquel entonces le pareció sorprendente: tanto por habérsela conseguido Alejandra, sabiendo, como sin duda sabía, que Molinari no le daría trabajo, como por haberle otorgado tanto tiempo a un muchacho insignificante como era él un hombre importante y ocupado como era Molinari.

Si en aquel momento -pensaba Bruno- hubiera tenido esa lucidez que ahora tenía, habría podido advertir o por lo menos sospechar que algo inquietante estaba ya a punto de estallar en el espíritu de Alejandra; y esos indicios podrían haberle anunciado que su amor, o su afecto por Martín, o lo que fuera aquello, estaba por llegar a su fin: catastróficamente.

– Todos debemos trabajar -añadió Alejandra, en aquel entonces-. El trabajo dignifica al hombre. Yo también he decidido trabajar.

Frase que a pesar de su tono irónico alegró a Martín, porque siempre había pensado que cualquier tarea concreta tenía que ser buena para ella. Y la cara de Martín hizo comentar a Alejandra "veo que la noticia te alegra", con una expresión en que básicamente se mantenía el sarcasmo de antes, pero sobre la cual parecían querer manifestarse algunos signos de ternura; como en un campo desolado por las calamidades (pensó más tarde), entre animales muertos, hinchados y malolientes, entre cadáveres abiertos y desgarrados por los chimangos, a pesar de todo algún yuyito pugna por levantarse, chupando insignificantes e invisibles restos de agua que milagrosamente subsisten en capas más profundas del páramo.

– Pero no te deberías alegrar tanto -agregó.

Y como Martín la mirara, explicó:

– Voy a trabajar con Wanda.

Desapareciendo entonces su alegría -le decía a Bruno- como agua cristalina en un resumidero, donde uno sabe que se mezclará con repugnantes-desechos. Porque Wanda pertenecía a aquel territorio del que parecía haber venido Alejandra cuando lo encontró (aunque más exacto sería decir "cuando lo buscó"), territorio del que se había mantenido alejada en aquellas semanas de relativa serenidad; aunque también sería más exacto decir que él creía que se había mantenido alejada, porque ahora, vertiginosamente, recordaba cómo en los últimos días Alejandra había vuelto a tomar como antes, y cómo sus desapariciones y ausencias eran no sólo cada vez más frecuentes sino más inexplicables. Pero, del mismo modo que es difícil imaginar un crimen en un día luminoso y limpio, tampoco le era fácil imaginarse que ella pudiera haber vuelto a aquella región en medio de una relación tan pura. Así que, estúpidamente (adverbio agregado mucho después) dijo: "¿Vestidos para mujeres? ¿Diseñar vestidos para mujeres? ¿Vos?", a lo que ella respondió si no comprendía el placer que puede encontrarse ganando dinero con algo que uno desprecia. Frase que en aquel momento le pareció una característica salida de Alejandra, pero que después de su muerte iba a tener motivos para recordar con atroces resonancias.

– Además es como un bumerang, ¿entendés? Cuando más desprecio a esos loros pintarrajeados, más me desprecio a mí misma. ¿No ves que es negocio redondo?

Frases cuyo análisis esa noche le impedía dormir. Hasta que el cansancio lo fue empujando suave pero firmemente hacia eso que Bruno llamaba pasajero suburbio de la muerte, premonitorias regiones en que vamos haciendo el aprendizaje del gran sueño, pequeños y torpes balbuceos de la tenebrosa aventura definitiva, confusos borradores del enigmático texto final, con el transitorio infierno de las pesadillas. De modo que al día siguiente somos y no somos los mismos, pues ya pesan sobre nosotros las secretas y abominables experiencias de la noche. Y poseemos, y por eso, un poco de esa calidad de los resucitados y de los fantasmas (decía Bruno). Quién sabe qué perversa metamorfosis del alma de Wanda lo persiguió durante aquella noche, pero a la mañana, durante mucho tiempo sintió que algo pesado pero indefinible se movía en las zonas oscuras de su ser, hasta que comprendió que eso que turbiamente se agitaba era la imagen de Wanda. Y lo comprendió, para peor, en el momento en que ya había entrado en aquella imponente sala de espera, cuando hasta por timidez le era imposible retroceder y cuando llegó al máximo la sensación de desproporción; como en aquel cuento de Chéjov o Averchenko (pensaba) en que un pobre diablo llega hasta el gerente de un banco para finalmente aclarar que desea abrir una cuenta con veinte rublos. ¿Qué desatino era todo aquello? Y estaba a punto de juntar todas sus fuerzas y retirarse cuando oyó que un ordenanza español decía "señor Castillo". Con ironía, claro (pensó). Porque nadie siente tanto desdén por los pobres diablos como los pobres diablos con uniforme. Hombres correctísimos, con zapatos muy lustrados, con chaleco, con el último botón del chaleco desprendido, con portafolios colmados de Papeles Decisivos, esperando en los grandes sillones de cuero, lo miraban con perplejidad e ironía (pensaba) a medida que avanzaba hacia la gran puerta, mientras en otro estrato de su conciencia se repetía "veinte rublos", con mortificante burla hacia sí mismo, hacia sus zapatos agujereados y su traje manchado; todos honorables, con un reloj de oro en la muñeca que medía un tiempo preciso, también de oro, lleno de Acontecimientos Financieros Importantes; tiempo que contrastaba con los grandes espacios inútiles de su vida, en que no hace otra cosa que pensar en un banco del parque; migajas de tiempo andrajoso que contrastaba con aquel tiempo dorado como su piezucha en la Boca con el formidable edificio de IMPRA. Y en el momento mismo en que penetró en el recinto sagrado pensó "tengo fiebre", como siempre le sucedía en los momentos de grandes angustias. Mientras veía al hombre detrás del gigantesco escritorio, sentado en su gran sillón, corpulento, como si estuviera hecho especialmente para aquel edificio. Y con una energía disparatada se repitió "vengo, señor, a depositar veinte rublos".

– Siéntese, por favor -le dijo, indicándole uno de los sillones, mientras firmaba Documentos que le presentaba una mujer oxigenada de una sensualidad que contribuía a hundirlo un poco más, porque (supuso) sería capaz de desnudarse delante de él como delante de un artefacto, como un objeto sin conciencia ni sentidos; o como se desnudaban las grandes favoritas delante de sus esclavos. "Wanda", pensó entonces: Wanda tomando claritos, coqueteando con hombres, con él mismo, riéndose con frívola sensualidad, mojándose los labios con la lengua, comiendo bombones como su madre; mientras veía un mástil cromado sobre el gran escritorio, con una bandera argentina en miniatura; carpeta de cuero; un enorme retrato de Perón dedicado al señor Molinari; varios Diplomas enmarcados; una fotografía con marco de cuero dirigida hacia el señor Molinari; un termo de material plástico; y el poema "Si" de Rudyard Kipling, en caracteres góticos, enmarcado sobre una de las paredes. Numerosos empleados y funcionarios entraban y salían con papeles, y también la secretaria oxigenada, que había salido, volvió a entrar para mostrarle otros Papeles mientras le hablaba en voz baja, pero sin ninguna familiaridad, sin que nadie, y mucho menos los Empleados de la Casa, pudiese sospechar que se acostaba con el señor Molinari. Y dirigiéndose a Martín dijo:

– Así que usted es amigo de Drucha. Y ante la cara de asombro interrogativo del muchacho se rió y comentó como si fuera chistoso: "ah, claro, claro", mientras, con asombro y desgarramiento, Martín se decía Alejandra, Alejandrucha, Drucha, a pesar de lo cual, o por eso mismo, levantaba un censo de aquel hombre grande y corpulento, vestido con un traje de casimir oscuro a rayas claras, con corbata azul de pintitas rojas, con camisa de seda y gemelos de oro, con un alfiler de perla sobre la corbata y un pañuelo de seda que asomaba sobre el bolsillo superior del saco, con un distintivo del Rotary. Un hombre bastante calvo, pero con el resto de pelo peinado y cepillado con esmero. Un hombre perfumado con agua de Colonia y que parecía afeitado un décimo de segundo antes de entrar Martín en su despacho. Y con terror, oyó que decía, echándose hacia atrás en su sillón, disponiéndose a escuchar la Importante Proposición de Martín.

– Usted dirá.

Un curioso deseo de mortificarse, de humillarse, de confesar de una vez su horrible insignificancia frente al mundo y hasta su estúpido candor (¿no llamaba Drucha a Alejandra?) casi lo impulsó a decir "vengo a depositar veinte rublos". Logró contener el curioso impulso y, con enorme dificultad, como en una pesadilla, explicó que había quedado sin trabajo y que quizá, acaso, había pensado, había imaginado que en IMPRA podía haber alguna tarea para él. Y mientras él hablaba el señor Molinari iba frunciendo el ceño, hasta que de la primitiva sonrisa profesional ya no quedó nada cuando le preguntó dónde trabajaba.

– En la Imprenta López.

– ¿De qué?

– Corrector de pruebas.

– ¿Horario?

Martín recordó las palabras de Alejandra y, sonrojándose, confesó que no tenía horario, que llevaba las pruebas a su casa. Momento en que el señor Molinari acentuó aún más su ceño, mientras atendía el intercomunicador.

– ¿Y por qué perdió ese empleo?

A lo que Martín respondió que en la imprenta hay épocas de más y épocas de menos trabajo, y que en esos casos despiden a los correctores libres.

– De manera que cuando aumente el trabajo podrán volver a tomarlo.

Martín volvió a sonrojarse, mientras pensaba que aquel hombre era demasiado sagaz y que su nueva pregunta estaba destinada a hacerle decir la verdad, verdad que, naturalmente, era mortal.

– No, señor Molinari, no lo creo.

– ¿Motivos? -preguntó, tamborileando con sus dedos.

– Creo, señor, que estaba demasiado preocupado y…

Molinari lo observaba en silencio, con escrutadora dureza. Bajando su vista, y sin que se lo propusiera conscientemente, Martín se encontró diciendo "necesito trabajar, señor, estoy pasando momentos difíciles, tengo serias dificultades de dinero", y cuando levantó sus ojos, le pareció notar un brilló irónico en la mirada de Molinari.

– Pues lamento mucho, señor del Castillo, no poderle ser útil. En primer término, porque nuestro trabajo aquí es muy distinto al que usted hacía en la imprenta. Pero además hay una razón de peso; usted es amigo de Alejandra y eso me crea un problema muy delicado en la organización. Preferimos tener con nuestros empleados una relación más impersonal. No sé si usted me entiende.

– Sí, señor, entiendo perfectamente -dijo Martín, levantándose.

Acaso Molinari advirtió en su actitud algo que por alguna razón no le gustaba.

– Sin embargo, cuando usted tenga más edad… ¿cuántos años tiene? ¿Veinte? -Diecinueve, señor.

– Cuando tenga más edad me va a dar la razón. Y hasta me va agradecer esto. Fíjese: yo no le haría ningún servicio dándole trabajo por simple amistad, sobre todo si al poco tiempo, como es fácil imaginar, vamos a tener dificultades. Examinó un Documento que le trajeron, murmuró algunas observaciones y prosiguió:

– Eso traería malas consecuencias para usted, para nuestra organización, para la misma Alejandra… Por otro lado, me parece que usted es demasiado orgulloso para aceptar un empleo por simple razón de amistad, ¿no es así? Porque si yo le diera trabajo únicamente en atención a Alejandra usted no aceptaría, ¿no es así? -Así es, señor.

– Por supuesto. Y todos saldríamos perdiendo al fina usted, la Empresa, la amistad, todos. Mi lema es no mezclar los afectos con los números.

En ese momento entró un hombre con Papeles, pero miró a Martín como no sabiendo qué debía hacer. Martín se levantó, pero Molinari, tomando aquellos Papeles en sus manos y sin levantar su vista, le dijo que se quedara, que no había terminado. Y mientras revisaba aquel memorándum o lo que fuese, Martín, nerviosísimo y humillado, perplejo, trataba de comprender la razón de todo: por qué lo retenía, por qué perdía el tiempo con una persona insignificante como él. Para colmo aquel Mecanismo parecía de pronto volverse loco: llamadas por alguno de los cuatro teléfonos, conversaciones por el intercomunicador, entradas y salidas de la secretaria oxigenada, firma de Papeles. Cuando por el intercomunicador se le dijo que el señor Wilson quería saber en qué quedaba lo del Banco Central, Martín pensó que su estatura debía de estar reducida a una proporción de insecto. Entonces, a una consulta de su secretario, Molinari, con inesperada violencia, casi gritó: -¡Que espere! Y en el momento en que iba a trasponer la puerta, agregó:

– ¡Y que no me moleste nadie hasta que yo llame! ¿Entendido?

Se produjo un silencio repentino: todos parecían haberse esfumado, los teléfonos dejaron de sonar, y el señor Molinari, nervioso, malhumorado, tamborileando los dedos, se mantuvo un instante pensativo. Hasta que, mirándolo con cuidado, preguntó:

– ¿Dónde conoció a Alejandra?

– En la casa de un amigo -mintió Martín, sonrojándose, porque nunca mentía; pero comprendiendo que terminaría por cubrirse de ridículo si decía la verdad.

Parecía escrutarlo.

– ¿Es muy amigo de ella?

– No sé… quiero decir…

Molinari levantó la mano derecha, como si no fueran necesarios más detalles. Al cabo de un momento, observándolo con cuidado, agregó:

– Ustedes, los jóvenes de hoy, nos creen unos reaccionarios. Sin embargo, y usted seguramente se asombrará, he sido socialista en mis buenos tiempos.

En ese momento, por la puerta lateral, se asomó un Hombre Importante.

Molinari le dijo:

– Pasa, pasa.

El señor se acercó, puso un brazo sobre las espaldas de Molinari y le habló algo al oído, mientras Molinari asentía con la cabeza.

– Bien, bien -comentó-, está bien, que hagan lo que quieran.

Y luego, con una sonrisa que a Martín le pareció secretamente burlona, agregó, señalándolo con un leve gesto:

– Acá, el joven es amigo de Alejandra.

El señor desconocido, con el brazo siempre colocado en el respaldo del sillón de Molinari, le sonrió ambiguamente, con un ligero gesto de saludo.

– Has llegado muy bien, Héctor-dijo Molinari-. Bien sabes cuánto me preocupa el problema de la juventud argentina.

El señor desconocido miró a Martín.

– Le estaba diciendo que siempre los jóvenes piensan que la generación anterior no vale nada, que está equivocada, que son un conjunto de reaccionarios, etcétera, etcétera. El señor desconocido sonrió con benevolencia, mirándolo como representante de la Nueva Generación (pensó Martín). Y pensó también que la Lucha de Generaciones era tan desproporcionada que aumentó un poco más, cuando parecía ya imposible, su sensación de ridículo: ellos, detrás del imponente escritorio, respaldados por la Sociedad Anó nima IMPRA, el retrato de Perón autografiado, el Mástil con la Bandera, el Rotary Club Internacional y el edificio de doce pisos; y él con el traje rotoso y con un hambre de dos días. Más o menos como los zulúes defendiéndose del ejército imperial inglés con flechas y escudos de cuero pintarrajeados, pensó.

– Como le estaba diciendo, ya también en mis tiempos fui socialista y hasta anarquista -tanto él como el recién llegado sonrieron ampliamente, como si estuvieran recordando algo chistoso- y aquí el amigo Pérez Moretti no me dejará mentir, porque juntos hemos pasado muchas cosas. Por otra parte, tampoco vaya a creer que nos avergonzamos. Soy de los que piensan que no es malo que la juventud tenga en su momento ideales tan puros. Ya hay tiempo de perder luego esas ilusiones. Luego la vida le muestra a uno que el hombre no está hecho para esas sociedades utópicas. No hay ni siquiera dos hombres iguales en el mundo: uno es ambicioso, el otro es dejado; uno es activo, el otro es haragán; uno quiere progresar, como el amigo Pérez Moretti o yo, al otro le importa un comino seguir toda su vida como un pobre tinterillo. En fin, para qué seguir; el hombre es por naturaleza desigual y es inútil pretender fundar sociedades donde los hombres sean iguales. Además, observe que sería una gran injusticia: ¿por qué un hombre trabajador ha de recibir lo mismo que un haragán? ¿Y por qué un genio, un Edison, un Henry Ford debe ser tratado lo mismo que un infeliz que ha nacido para limpiar el piso de esta sala? ¿No le parece que sería una enorme injusticia? ¿Y cómo en nombre de la justicia, precisamente en nombre de la justicia, se ha de instaurar un régimen de injusticias? Ésa es una de las tantas paradojas, y siempre he creído que debería escribirse largo y tendido sobre el particular. Yo mismo, le diré, muchas veces he estado con la tentación de escribir alguna cosa en este orden de ideas -dijo mirando a Pérez Moretti, como poniéndolo de testigo, y mientras Martín veía cómo éste asentía con la cabeza se preguntaba pero por qué este hombre pierde todo este tiempo conmigo y llegaba a la conclusión de que alguna cosa de vital importancia debía vincularlo a Alejandra, algo que por alguna extraña razón tenía valor para aquel individuo; y la idea de que pudiera haber vínculos importantes entre Molinari y Alejandra, cualesquiera que fuesen, lo atormentaba más y más a medida que la entrevista se prolongaba, pues la longitud de la entrevista era como la medida de aquel vínculo; y entonces volvía a preguntarse sobre los motivos de aquel envío a Molinari, y oscuramente, sin saber por qué, concluía que Alejandra lo había hecho para "probar algo", en momento en que sus relaciones entraban en un período oscuro; y entonces volvía a repasar los episodios, pequeños o grandes, que en su memoria rodeaban a la palabra "Molinari", como un detective busca con lupa cualquier rastro o indicio, por insignificante que parezca a primera vista, que pueda conducir al esclarecimiento final; pero su cerebro se confundía porque sobre esas angustiosas búsquedas se superponía la voz de Molinari que proseguía desarrollando su Concepción General del Mundo-. Los años, la vida que es dura y despiadada, a uno lo van convenciendo de que esos ideales, por nobles que sean, porque sin duda que son nobilísimos ideales, no están hechos para los hombres tal como son. Son ideales imaginados por soñadores, por poetas casi diría yo. Muy lindos, muy apropiados para escribir libros, para pronunciar discursos de barricadas, pero totalmente imposibles de llevar a la práctica. Quisiera yo verlo a un Kropotkin o a un Malatesta dirigiendo una empresa como ésta y luchando día a día con las normas del Banco Central (aquí se rió, siendo acompañado de buena gana por el señor Pérez Moretti) y teniendo que hacer mil y una maniobras para evitar que el sindicato o Perón, o los dos juntos, le hagan a uno una zancadilla. Y en otro orden de ideas, está muy bien que un muchacho o una chica tengan esos ideales de desprendimiento, de justicia social y de sociedades teóricas. Pero luego usted se casa, quiere regularizar su situación ante la sociedad, debe constituir su hogar, aspiración natural de todo hombre bien nacido, y eso trae el abandono paulatino de esas quimeras, no sé si me entiende lo que quiero decir. Muy fácil es sostener la doctrina anarquista cuando se es muchacho y se es mantenido por los padres. Otra cosa, muy distinta, es tener que enfrentarse con la vida, verse obligado a mantener el hogar que se ha constituido, sobre todo cuando vienen los hijos y las otras obligaciones inherentes a la familia: que la ropa, que la escuela, que los textos, que las enfermedades. Son muy lindas las teorías sociales, pero cuando hay que parar la olla, como vulgarmente se dice, entonces, amiguito, hay que agachar el lomo y hay que comprender que el mundo no está hecho para esos soñadores, para esos Malatestas o Kropotkines. Y fíjese bien que le estoy hablando de estos teóricos anarquistas, porque al menos ésos no predican la dictadura del proletariado, como los comunistas. ¿Puede usted imaginarse un horror como el de un gobierno dictatorial? Ahí tiene el ejemplo de Rusia. Millones de esclavos que trabajan bajo el látigo. La libertad, amigo, es sagrada, es uno de los grandes valores que debemos salvar, cueste lo que cueste. Libertad para todos: libertad para el obrero, que puede buscar trabajo donde más le convenga, y libertad para el patrono, que pueda dar trabajo a quien le parezca mejor. La ley de la oferta y la demanda y el juego libre de la sociedad. Vea el caso suyo: usted viene acá, libremente, y me ofrece su fuerza de trabajo; a mí, por razones equis, no me conviene y no lo tomo. Pero usted es un hombre libre y puede salir de aquí y ofrecer sus servicios en la empresa de enfrente. Fíjese qué cosa invaluable es todo esto: usted, un muchacho humilde, y yo, presidente de una gran empresa, sin embargo actuamos en igualdad de condiciones en esa ley de la oferta y la demanda: podrán decir lo que quieran los dirigistas pero ésa es la ley suprema de una sociedad bien organizada, y aquí, cada vez que este hombre (señaló la fotografía dedicada de Perón), cada vez que este señor se mete en el engranaje de la libre empresa no es más que para perjudicarnos, y en definitiva para perjudicar al país. Por eso, mi lema es, y el amigo Pérez Moretti lo sabe muy bien: ni dictaduras ni utopías sociales. No le digo nada de los otros problemas, los que podríamos denominar problemas de índole moral, ya que no sólo de pan vive el hombre. Me refiero a la necesidad que tiene la sociedad en que vivimos de un orden, de una jerarquía moral, sin la cual, créame, todo se viene abajo. ¿Le gustaría a usted, por ejemplo, que alguien pusiese en duda la honestidad de su madre? Por favor, es un caso hipotético que me permito poner a título de ejemplo. Usted mismo acaba de fruncir el ceño, y ese mismo gesto, que lo honra, ya está revelando todo lo que de sagrado tiene para usted, como para mí, el concepto de madre. Y bien, ¿cómo compaginar ese concepto con una sociedad en que exista el amor libre, en que nadie es responsable de los hijos que se tienen por ahí, en que el matrimonio haya sido echado por la borda como una simple institución burguesa? No sé si entiende lo que quiero decir. Si se minan las bases del hogar… pero ¿le pasa a usted algo?

Martín, muy pálido, a punto de desmayarse, pasaba la mano por su frente, cubierta de un sudor helado.

– No, no -respondió.

– Pues, como le decía, si se minan las bases del hogar, que son el fundamento de la sociedad en que vivimos, si usted destruye el concepto sacrosanto del matrimonio, ¿qué queda?, pregunto yo. El caos. ¿Qué ideales, qué ejemplos puede tener delante la juventud que se va formando? No se puede jugar con todo eso, joven. Le voy a decir más, le voy a decir algo que raramente le digo a nadie pero que me Siento en el deber de decírselo a usted. Me refiero al problema de la prostitución.

Pero en ese instante sonó el intercomunicador, y mientras Molinari preguntaba con mal humor ¿Qué? ¿qué?, Martín seguía con su lupa, tambaleante, cada vez más perdido en aquella niebla repugnante y se decía Wanda, Wanda, repitiéndose aquellas palabras cínicas de Alejandra sobre la necesidad de trabajar, y aquella frase sobre el desprecio hacia los loros pintarrajeados y el consecuente desprecio hacia sí misma; de manera, se decía, como resumiendo sus investigaciones, que Wanda era uno de los elementos de aquel enigma, y Molinari era otro de los elementos ¿y qué otros podía haber?; y entonces volvía a repasar los episodios precedentes y no encontraba nada de relieve, pues sólo estaba aquella entrevista con el individuo llamado Bordenave, individuo desconocido para Alejandra y por lo demás desagradable, hasta el punto que había cambiado de humor, poniéndose hosca y sombría. Mientras veía cómo el rostro endurecido que Molinari había mantenido frente al intercomunicador comenzaba ahora a transformarse en aquel rostro que había decidido ofrecerle a él, a Martín. Y el señor Molinari, en tanto que lo miraba parecía buscar el hilo conductor con lo que venía diciendo, hasta que prosiguió:

– Eso es, la prostitución. Vea usted qué paradoja. Si yo le digo que la prostitución es necesaria, sé perfectamente que usted, en este momento, va a experimentar un rechazo, ¿no es así? Aunque tengo la convicción de que una vez que haya analizado a fondo el problema tendrá que concordar conmigo. Imagínese, en efecto, lo que sería el mundo sin esa válvula de escape. Ahora mismo, y sin ir más lejos, aquí, en nuestro país, un concepto mal entendido de la moral, le advierto que soy católico, ha llevado al clero argentino a hacer prohibir la prostitución. Pues bien, se prohibió la prostitución en el año…

Dudó un instante y miró al señor Pérez Moretti, que lo escuchaba atentamente.

– Me parece que fue en el 35 -dijo el señor Pérez Moretti.

– Pues bien, ¿con qué resultado? Con el resultado de que apareciera la prostitución clandestina. Era lógico. Pero lo grave es que la prostitución clandestina es más peligrosa porque no hay control sanitario. Pero hay todavía algo más: es cara, no está al alcance del bolsillo de un obrero o de un empleado. Porque no es sólo lo que hay que pagarle a la mujer, es lo que hay que gastar en el amueblado. Resultado: Buenos Aires está soportando un proceso de desmoralización cuyas consecuencias no podemos prever.

Levantando su cabeza hacia un costado, y dirigiéndose al señor Pérez Moretti, comentó:

– Precisamente, en la última reunión del Rotary hablé del problema, que está siendo una de las lacras de esta ciudad y quizá del país entero.

Y dirigiéndose nuevamente a Martín, prosiguió:

– Es como una caldera en que se está levantando la presión con las válvulas cerradas. Que eso es la prostitución organizada y lega una válvula de escape. O hay mujeres de mala vida controladas por el Estado, o llegamos a esto. O se tiene una buena prostitución controlada o la sociedad se enfrenta, tarde o temprano, con el gravísimo peligro de que sus instituciones básicas se puedan venir abajo. Entiendo que este dilema es de hierro y soy de los que piensan que no es cuestión de hacer como el avestruz frente a los peligros, que esconde la cabeza. Yo me pregunto si una muchacha de familia puede estar hoy tranquila, y sobre todo, si pueden estar tranquilos sus padres. Dejo de lado las groserías y suciedades que la niña debe escuchar por las calles, en boca de muchachones o de hombres que no encuentran una salida natural a sus instintos. Dejo de lado todo eso, por desagradable que sea. Pero ¿y qué me dicen del otro peligro? ¿Del peligro de que en las relaciones entre muchachos, entre los novios o simples simpatías no se llegue a mayores? Caramba, un muchacho tiene sangre, tiene instintos al fin y al cabo. Ustedes me perdonarán que hable con tanta crudeza, pero no hay otra forma de encarar este problema. Ese muchacho para colmo, vive enardecido por la falta de una prostitución al alcance de sus posibilidades económicas; por un cine que Dios nos libre, por publicaciones pornográficas, en fin, ¿qué se puede esperar? La juventud, por otra parte, no tiene los frenos que en otro tiempo le imponía un hogar con sólidos principios. Porque hay que confesar que acá somos católicos de la piel para afuera. Pero católicos de verdad, lo que se dice católicos de verdad, créame que no deben pasar de un cinco por ciento, y creo que me quedo largo. ¿Y el resto? Sin ese freno moral, con padres más preocupados de sus asuntos personales que de vigilar lo que debería ser un verdadero santuario… ¿pero qué le pasa?

El señor Pérez Moretti y el señor Molinari corrieron hacia donde estaba sentado Martín.

– No es nada, señor. No es nada -dijo recuperándose-. Ustedes perdonen, pero mejor me retiro…

Se levantó para irse, pero parecía tambalear. Estaba pálido y sudoroso.

– Pero no, hombre. Espere, que le haré traer café -dijo el señor Molinari.

– No, señor Molinari. Ya estoy bien, muchas gracias.

El aire de la calle me hará mejor. Muchas gracias, buenas tardes.

Apenas traspuso la puerta del despacho, hasta donde el señor Molinari y el señor Pérez Moretti lo acompañaron del brazo, apenas estuvo fuera de sus miradas corrió con las fuerzas que le quedaban. Cuando llegó a la calle buscó con la mirada un café, pero no vio ninguno cerca y no podía esperar. Se precipitó entonces hacia el espacio libre entre dos autos y allí vomitó.


III

<p id="_Toc49254309">III</p>

Mientras esperaba en The Criterion, mirando fotografías de la reina Isabel por un lado y grabados de mujeres desnudas por otro, como si el Imperio y la Pornografía (pensaba) pudieran honorablemente coexistir, del mismo modo que coexisten las familias honestas y los prostíbulos (y no a pesar de eso sino, como brillantemente le explicara Molinari, por eso mismo), su pensamiento volvía a Alejandra, preguntándose cómo y con quién habría descubierto aquel bar Victoriano.

En el mostrador, bajo la sonrisa pequeñoburguesa de la reina ("nunca hubo una familia real tan insignificante", le dijo luego Alejandra), gerentes y altos empleados ingleses tomaban un gin o su whisky y reían de sus chistes. La perla de la Corona, pensó, casi en el momento en que la vio entrar. Pidió un Gilbey y, después de escucharlo a Martín, comentó:

– Molinari es un hombre respetable, un Pilar de la Nación. En otras palabras: un perfecto cerdo, un notable hijo de puta.

Llamó al mozo, mientras decía:

– A propósito, me preguntaste muchas veces por Bruno. Ahora te lo presentaré.


IV

<p id="_Toc49270064">IV</p>

A medida que se acercaban a la esquina de Corrientes y San Martín se oían con mayor violencia los altoparlantes de la Alianza: que se cuidara la oligarquía del Barrio Norte, que los judíos pusieran las barbas en remojo, que los masones dejaran de molestar, que los marxistas terminaran con sus provocaciones.

Entraron en La Helvética. Era un local oscuro, con su alto mostrador de madera y su vieja boiserie. Espejos manchados y equívocos agrandaban y reiteraban turbiamente el misterio y la melancolía de aquel rincón sobreviviente.

Se levantó un hombre muy rubio, de ojos celestes y anteojos con vidrios increíblemente gruesos. Tenía un aire sensual y meditativo y parecía tener unos cuarenta y cinco años. Advirtió que lo observaba con benevolencia y, sonrojándose, pensó: Le ha hablado de mí.

Conversaron unos instantes, pero Alejandra estaba abstraída, hasta que se levantó y se despidió. Martín se encontró entonces solo delante de Bruno, inquieto como si debiera rendir examen y entristecido por la brusca y como siempre inexplicable desaparición de Alejandra. Y de pronto se dio cuenta de que Bruno le estaba haciendo una pregunta cuyo comienzo no había oído. Turbado, iba a pedirle por favor la repitiera cuando, felizmente, llegó un hombre pelirrojo y pecoso, de nariz aguileña, cuyos ojos escrutaban a través de sus anteojos. Tenía una sonrisa rápida y nerviosa. Toda su apariencia era inquietante y por momentos adquiría una tonalidad sarcástica que a Martín, de estar solo con él, le habría impedido abrir la boca aun en caso de incendio. Miraba directamente a los ojos, para colmo, evitando así cualquier escapatoria a los tímidos. Mientras conversaba con Bruno, inclinándose hacia él a través de la mesita, echaba fugaces miradas de soslayo, como quien sufre, o ha sufrido en otro tiempo, persecuciones policiales.

– Veo que usted tiene debilidad por este antro mitrista -comentó Méndez, con su risita feroz, señalando un retrato de Mitre sobre la pared-. ¡Quién le iba a decir al general y al suizo ése que un día aquí, a cincuenta metros del sagrario de La Nación , se iban a reunir sus amigos! A nadie se le ha ocurrido hacer el psicoanálisis de este fenómeno. Hay tantos cafés en Buenos Aires.

Puso un libro sobre la mesita.

– Acabo de leer un artículo de Pereira -comentó Bruno, sonriente, aludiendo al libro.

Méndez puso una de sus mejores caras diabólicas. Su pelo rojo parecía echar chispas, como esos plumeros cargados con la máquina electrostática en las clases. Sus ojos fulguraban con ironía.

– ¡Je! Empieza atacando desde el título. Imagínese: América Latina, un país.

Justamente. Sostiene que esto era un conjunto de nacionalidades oprimidas por España.

– ¡Je! La cabeza de ese individuo está repleta de cuestiones rusas. ¡Conjunto de nacionalidades! Todo el tiempo está pensando en kirguises, en caucasianos, en bielorrusos el país (pensaba Martín), el país, el hogar, buscar la cueva en las tinieblas, el hogar, el fuego caliente, el tierno y luminoso refugio en medio de la oscuridad y como Bruno levantara los ojos, acaso dudando esos ojos que habían visto a Alejandra de niña, esos ojos melancólicos y dulcemente irónicos, mientras veía emerger la figura de Wanda junto a la frase "ganar dinero con algo que uno desprecia", ignorando en aquel momento, sin embargo, qué monstruoso alcance iba a tener un día la frase de Alejandra, pero ya con un alcance lo suficientemente sembrío como para angustiarlo para toda la cipayería de acá, Bassán, Panamá también es una nación, aunque hasta los niños de pecho saben que la inventó la Fruit Co. mientras veía a Wanda tomando claritos hablando de hombres, riéndose con frívola sensualidad, y aquel Janos. aquel inexplicable marido y Bruno lo oía pensativamente, revolviendo el poso del café y entonces Martín observaba sus largas manos nerviosas y se preguntaba cómo podrá haber sido el amor de aquel hombre por la madre de Alejandra, ignorando todavía, que aquel amor se había prolongado en alguna forma sobre la propia hija, de modo que la misma Alejandra en la que Martín cavilaba en ese momento había sido el objeto de cavilaciones del hombre que ahora tenía inocentemente ante sus ojos, bien que (como el mismo Bruno muchas veces lo pensaría y hasta lo insinuaría) la Alejandra de sus cavilaciones no era la misma que ahora atormentaba a Martín pues nunca (sostenía) somos la misma persona para diferentes interlocutores, amigos o amantes; del mismo modo que esos resonadores complejos de las clases de física que responden con alguna cuerda para cada sonido que los estimula, mientras las otras permanecen silenciosas y como ensimismadas, ajenas, reservadas para llamados que quizá algún día requieran su respuesta; llamado que a veces no llega nunca, en cuyo caso aquellas apagadas cuerdas terminan sus días como olvidadas por el mundo, extrañas y solitarias, mientras, casi entusiasmado, tanta era su furia irónica, Méndez exclamaba: ¡Él, hablando de internacionalismo abstracto! ¡Bravo, Pereira, bravo! ¡De los ballets de Jachaturian a la zamba de Vargas! Ahora ha descubierto la Argenti na. Durante años vivió a la rusa, tomó worsch en lugar de sopa, té en vez de mate, vodka en vez de caña. La Argentina era una isla exótica donde estábamos condenados a vivir ¡pero nuestro corazón estaba en Moscú, camarada! y volvía a verlo a Janos, con aquella mirada equívoca y ansiosa (¿por qué?), con su excesiva y untuosa cortesía, besándole las manos, diciéndole "oui, ma chére" o "comme tu veux, ma chére", y por qué ahora se le aparecía con tanta insistencia aquel hombre repugnante, siempre como buscando algo, como si mantuviera una guardia permanente, una anhelante guardia, determinado sin duda por la actitud de Wanda, pero entonces vio a alguien que saludaba a Bruno y se sentaba allá, con los que hablaban en voz baja, mientras Méndez observaba el saludo con mordacidad y decía: Seguro que están en alguno de los complots. ¡Estos nacionalistas clericales, estos archihispanófilos que ahora han descubierto los Estados Unidos! Claro, les ha entrado el miedo con el peronismo, la única defensa contra la barbarie soviética y nuevamente perdió la pista, pensando en aquel Janos hasta que le

pareció que Bruno decía algo sobre la corrupción y entonces Méndez dijo: Eso es moralismo pequeñoburgués, mientras Bruno negaba buenamente con la cabeza y decía: Eso no es lo que yo quiero decir y Martín se atormentaba porque su pensamiento no pudiera seguir la discusión, pensando "soy un tremendo egoísta", porque su pensamiento volvía otra vez a aquella figura untuosa y horrible y a su actitud, a su permanente guardia, algo sin duda determinado por la presencia o la ausencia de Wanda ¿pero qué? y ella aceptándolo con una mezcla de condescendencia e ironía, como si ambos, como si entre ambos, pero entonces Bruno dijo porque corrompe todo lo que toca, porque es un cínico que no cree en nada, ni en el pueblo ni en el peronismo siquiera, porque es un cobarde y un hombre sin grandeza, mientras Méndez sacudía su cabeza con ironía, pensando, seguramente, un incurable pequeñoburgués y mientras Martín pensaba qué confuso es todo, qué difícil es vivir y comprender y como si aquel equívoco Janos fuese así como el símbolo de la confusión que lo dominaba, como si lo fundamental de los seres humanos fuese la ambigüedad, con su zalamera y falsa cortesía en relación a su mujer que, sin embargo (y él lo había observado bien, como todo lo que se relacionaba con Alejandra), con aquella mirada anhelante y ansiosa del que teme o espera algo, en ese caso algo de Wanda ¿por celos quizá?, a los que Alejandra se le había echado a reír comentando "¡qué niño sos, todavía!" agregando aquellas palabras que luego, después de la tragedia, él recordaría con aterradora nitidez: "Janos es una especie de pegajoso monstruo" y como en ese momento Bruno se levantó para telefonear, Martín quedó solo frente a Méndez, que lo examinó con curiosidad, mientras él bebía agua por pura timidez.

– ¡Ese monaguillo irritado! -dijo con sorna, señalando con sus ojos hacia la otra mesa-. Identifican el sufragio universal con la estupidez de las masas, el cuartel con el pundonor, el imperialismo con Lutero.

Emitió su risita.

– Pero ahora están con los yanquis. ¡Lo que es el miedo al pueblo!


Felizmente volvió Bruno.

– Hace un calor insoportable -dijo-. Propongo que salgamos.

Los altoparlantes de la Alianza prometían incendios y horcas.

– Es un café muy cerrado, pero me gusta. No va a durar mucho, piense en los millones que vale la esquina. Es fata lo echarán abajo y levantarán un rascacielos, y abajo uno de esos bares interplanetarios llenos de colorinches y ruidos que han inventado los norteamericanos.

Se aflojó la corbata.

– Es un individuo notable. Con la gente que lo odia podría levantarse una sociedad de socorros mutuos más o menos del tamaño del Centro Gallego. En cuanto a mis relaciones con él… bueno, me ha de tener por un intelectual vacilante, un pequeñoburgués putrefacto…

Y se sonrió, mientras pensaba para sí: hombre en perpetua contradicción, Hamlet.

Llegaron al puente de la calle Belgrano y Bruno se detuvo, apoyándose en el pretil, diciendo "ahora por lo menos se respira", en tanto que Martín se preguntaba si aquella costumbre de vagar por el puente, Alejandra la había tomado de Bruno; pero luego pensó que debería de haber sido a la inversa, porque a Bruno lo veía blando, vacilante al compás de sus reflexiones.

Observaba su piel fina, sus manos delicadas y las comparaba con las manos duras y ávidas de Alejandra, con su rostro apretado y anguloso, mientras Bruno pensaba: Estos paisajes sólo el impresionismo los podía pintar, y eso se terminó, así que el artista que siente esto y nada más que esto, se embromó. Y mirando el cielo cargado de nubes, la atmósfera húmeda y un poco pesada los reflejos de los barcos sobre el agua quieta, pensaba que Buenos Aires tenía un cielo y un aire muy parecido a Venecia, seguramente por la humedad del agua estancada, mientras que su pensamiento del otro estrato proseguía con Méndez:

– Por ejemplo, la literatura. Son brutalmente esquemáticos. Proust es un artista degenerado porque pertenece a una clase en decadencia.

Se rió.

– Si esa teoría fuese correcta no existiría el marxismo, y por lo tanto tampoco Méndez. El marxismo tendría que haber sido inventado por un obrero, sobre todo por uno de la industria pesada.

Caminaron por la vereda y entonces Bruno lo invitó a sentarse sobre el parapeto, mirando hacia el río.

A Martín lo asombró ese rasgo de juventud, rasgo que le confería ante sus ojos un aspecto de afectuosa camaradería hacia él; y el tiempo que le concedía, su afectuosa familiaridad parecían una garantía del afecto de Alejandra hacia él, hacia Martín; pues no le sería concedida por un hombre importante si él, un muchacho desconocido, no estuviese respaldado por la consideración y acaso por el amor de Alejandra. De modo que aquella conversación, aquella caminata, aquel sentarse juntos, eran como una confirmación (aunque indirecta, aunque frágil) de su amor, un cierto certificado (aunque borroso, aunque ambiguo) de que ella no estaba tan alejada como él se suponía.

Y mientras Bruno aspiraba la brisa que pesadamente llegaba del río, Martín recordaba momentos parecidos en aquel mismo parapeto con Alejandra. Acostado sobre el murallón, con la cabeza sobre su regazo, era (había sido) verdaderamente feliz. En el silencio de aquel atardecer oía el tranquilo murmullo del río abajo mientras contemplaba la incesante transformación de las nubes: cabezas de profetas, caravanas en un desierto de nieve, veleros, bahías nevadas. Todo era (había sido) paz y serenidad en aquel momento. Y con tranquila voluptuosidad, como en los somnolientos e indecisos instantes que siguen al despertar, reacomodaba su cabeza sobre el regazo de Alejandra, mientras pensaba qué tierno, qué dulce era sentir su carne debajo de su nuca; esa carne que en opinión de Bruno era algo más que carne, algo más complejo, más sutil, más oscuro que la mera carne hecha de células, tejidos y nervios; pues también era (pongamos el caso de Martín), era ya recuerdo y, por lo tanto, algo que se defendería de la muerte y de la corrupción, algo transparente, tenue pero con cierta calidad de lo eterno e inmortal; era Louis Armstrong tocando su trompeta en el Mirador, cielos y nubes de Buenos Aires, las modestas estatuas del Parque Lezama en el atardecer, un desconocido tocando una cítara, una noche en el restaurante Zur Post. una noche de lluvia refugiados debajo de una marquesina (riéndose), calles del barrio sur, techos de Buenos Aires vistos desde el bar del piso veinte del Comega. Y todo eso lo sentía a través de su carne, de su suave y palpitante-carne que, aunque destinada a disgregarse entre gusanos y grumos de tierra húmeda (típico pensamiento de Bruno), ahora le permitía entrever esa especie de eternidad; porque como también alguna vez le diría Bruno, estamos de tal modo constituidos que sólo nos es dado vislumbrar la eternidad desde la frágil y perecedera carne. Y él había suspirado entonces y ella le había dicho "qué". Y él le había respondido "nada", como respondemos cuando estamos pensando "todo". Momento en que Martín dijo casi sin querer, a Bruno:

– Aquí estuvimos una tarde con Alejandra.

Y como si no pudiera detener su bicicleta, perdido el control, agregó:

– ¡Qué feliz fui aquella tarde!

Arrepintiéndose y avergonzándose en seguida de semejante frase, tan íntima y patética. Pero Bruno, no se rió, ni se sonrió (Martín lo miraba casi aterrado), sino que permaneció pensativo y serio, mirando hacia el río. Y cuando, después de un largo rato, Martín imaginaba que no haría ningún comentario, dijo:

– Así se da la felicidad.

¿Qué quería decir? Se quedó escuchándolo, anhelante, como siempre que se trataba de algo vinculado a Alejandra.

– En pedazos, por momentos. Cuando uno es chico espera la gran felicidad, alguna felicidad enorme y absoluta. Y a la espera de ese fenómeno se dejan pasar o no se aprecian las pequeñas felicidades, las únicas que existen. Es como…

Se calló, sin embargo. Al rato continuó:

– Imagínese un mendigo que desdeña limosnas por el camino, porque le han dado el dato de un formidable tesoro. Un tesoro inexistente.

Volvió a sumirse en sus pensamientos.

– Parecen fruslerías: una conversación apacible con un amigo. A lo mejor esas gaviotas que vuelan en círculos. Este cielo. La cerveza que tomamos hace un rato.

Se movió.

– Se me ha dormido una pierna. Es como si a uno le inyectaran soda.

Se bajó y luego agregó:

– A veces pienso que esas pequeñas felicidades existen precisamente porque son pequeñas. Como esa gente insignificante que pasa inadvertida.

Se calló, y sin ninguna razón aparente dijo:

– Sí, Alejandra es un ser complicado. Y tan distinta a la madre. En realidad es una tontería esperar que los hijos se parezcan a sus padres. Y acaso tengan razón los budistas, y entonces ¿cómo saber quién va a encarnarse en el cuerpo de nuestros hijos?

Como si recitara una broma, dijo:

Tal vez a nuestra muerte el alma emigra:

a una hormiga,

a un árbol,

a un tigre de Bengala;

mientras nuestro cuerpo se disgrega

entre gusanos

y se filtra en la tierra sin memoria,

para ascender luego por los tallos y las hojas,

y convertirse en heliotropo o yuyo,

y después en alimento del ganado,

y así en sangre anónima y zoológica,

en esqueleto,

en excremento.

Tal vez le toque un destino más horrendo

en el cuerpo de un niño

que un día hará poemas o novelas,

y que en sus oscuras angustias

(sin saberlo)

purgará sus antiguos pecados

de guerrero o criminal,

o revivirá pavores,

el temor de una gacela,

la asquerosa fealdad de comadreja,

su turbia condición de feto, cíclope o lagarto,

su fama de prostituta o pitonisa,

sus remotas soledades,

sus olvidadas cobardías y traiciones.

Martín lo oyó perplejo: por una parte parecía que Bruno recitaba en broma, por otra sentía que de algún modo aquel poema expresaba seriamente lo que pensaba de la existencia: sus vacilaciones, sus dudas. Y conociendo ya su extremo pudor, se dijo: Es de él.

Se despidió, tenía que verlo a D'Arcángelo.

Bruno lo siguió con ojos afectuosos, diciéndose lo que todavía tendrá que sufrir. Y después, estirándose sobre el parapeto, colocando sus manos debajo de la nuca, dejó divagar su pensamiento.

Las gaviotas iban y venían.

Todo era tan frágil, tan transitorio. Escribir al menos para eso, para eternizar algo pasajero. Un amor, acaso. Alejandra, pensó. Y también: Georgina. Pero ¿qué, de todo aquello? ¿Cómo? Qué arduo era todo, qué vidriosamente desesperado.

Además no sólo era eso, no únicamente se trataba de eternizar, sino de indagar, de escarbar el corazón humano, de examinar los repliegues más ocultos de nuestra condición.

Nada y todo, casi dijo en alta voz, con aquella costumbre que tenía de hablar inesperadamente en voz alta mientras se reacomodaba sobre el murallón. Miraba hacia el cielo tormentoso y oía el rítmico golpeteo del río lateral que no corre en ninguna dirección (como los otros ríos del mundo), el río que se extiende casi inmóvil sobre cien kilómetros de ancho, como un apacible lago, y en los días de tempestuosa sudestada como un embravecido mar. Pero en ese momento, en aquel caluroso día de verano, en aquel húmedo y pesado atardecer, con la transparente bruma de Buenos Aires velando la silueta de los rascacielos contra los grandes nubarrones tormentosos del oeste, apenas rizado por una brisa distraída, su piel se estremecía apenas como por el recuerdo apagado de sus grandes tempestades; esas grandes tempestades que seguramente sueñan los mares cuando dormitan, tempestades apenas fantasmales e incorpóreas, sueños de tempestades, que sólo alcanzan a estremecer la superficie de sus aguas como se estremecen y gruñen casi imperceptiblemente los grandes mastines dormidos que sueñan con cacerías o peleas.

Nada y todo.

Se inclinó hacia la ciudad y volvió a contemplar la silueta de los rascacielos.

Seis millones de hombres, pensó.

De pronto todo le parecía imposible. E inútil.

Nunca, se dijo. Nunca.

La verdad, se decía, sonriendo con ironía. LA verdad. Bueno, digamos UNA verdad, pero ¿no era una verdad la verdad? ¿No se alcanzaba "la" verdad profundizando en un solo corazón? ¿No eran al fin idénticos todos los corazones?

Un solo corazón, se decía.

Un muchacho besaba a una chica. Pasó un vendedor de helados Laponia en bicicleta: lo chistó. Y mientras comía el helado, sentado sobre el paredón, volvía a mirar el monstruo, millones de hombres, de mujeres, de chicos, de obreros, de empleados, de rentistas. ¿Cómo hablar de todos? ¿Cómo representar aquella realidad innumerable en cien páginas, en mil, en un millón de páginas? Pero -pensaba- la obra de arte es un intento, acaso descabellado, de dar la infinita realidad entre los límites de un cuadro o de un libro. Una elección. Pero esa elección resulta así infinitamente difícil y, en general, catastrófica.

Seis millones de argentinos, españoles, italianos, vascos, alemanes, húngaros, rusos, polacos, yugoslavos, checos, sirios, libaneses, lituanos, griegos, ucrasianos.

Oh, Babilonia.

La ciudad gallega más grande del mundo. La ciudad italiana más grande del mundo. Etcétera. Más pizzerías que en Nápoles y Roma juntos. "Lo nacional." ¡Dios mío! ¿Qué era lo nacional?

Oh, Babilonia.

Contemplaba con mirada de pequeño dios impotente el conglomerado turbio y gigantesco, tierno y brutal, aborrecible y querido, que como un temible leviatán se recortaba contra los nubarrones del oeste.

Nada y todo.

Pero también es cierto -reflexionó- que una sola basta. O acaso dos, o tres, o cuatro. Ahondando en sus corazones.

Peones o ricos, peones o banqueros, hermosos o jorobados.

El sol se ponía y a cada segundo cambiaba el colorido de las nubes en el poniente. Grandes desgarrones grisvioláceos se destacaban sobre un fondo de nubes más lejanas: grises, lilas, negruzcas. Lástima ese rosado, pensó, como si estuviera en una exposición de pintura. Pero luego el rosado se fue corriendo más y más, abaratando todo. Hasta que empezó a apagarse y, pasando por el cárdeno y el violáceo, llegó al gris y finalmente al negro que anuncia la muerte, que siempre es solemne y acaba siempre por conferir dignidad.

Y el sol desapareció.

Y un día más terminó en Buenos Aires: algo irrecuperable para siempre, algo que inexorablemente lo acercaba un paso más a su propia muerte. ¡Y tan rápido, al fin, tan rápido! Antes los años corrían con mayor lentitud y todo parecía posible, en un tiempo que se extendía ante él como un camino abierto hacia el horizonte. Pero ahora los años corrían con creciente rapidez hacia el ocaso, y a cada instante se sorprendía diciendo: "hace veinte años, cuando lo vi por última vez", o alguna otra cosa tan trivial pero tan trágica como ésa; y pensando en seguida, como ante un abismo, qué poco, qué miserablemente poco resta de aquella marcha hacia la nada. Y entonces ¿para qué?

Y cuando llegaba a ese punto y cuando parecía que ya nada tenía sentido, se tropezaba acaso con uno de esos perritos callejeros, hambriento y ansioso de cariño, con su pequeño destino (tan pequeño como su cuerpo y su pequeño corazón que valientemente resistirá hasta el final, defendiendo aquella vida chiquita y humilde como desde una fortaleza diminuta), y entonces, recogiéndolo, llevándolo hasta una cucha improvisada donde al menos no pasase frío, dándole algo de comer, convirtiéndose en sentido de la existencia de aquel pobre bicho, algo más enigmático pero más poderoso que la filosofía parecía volverle a dar sentido a su propia existencia. Como dos desamparados en medio de la soledad que se acuestan juntos para darse mutuamente calor.


V

<p id="_Toc49254311">V</p>

Tal vez a nuestra muerte el alma emigre", se repetía Martín mientras caminaba. ¿De dónde venía el alma de Alejandra? Parecía sin edad, parecía venir desde el fondo del tiempo. "Su turbia condición de feto, su fama de prostituta o pitonisa, sus remotas soledades."

El viejo estaba sentado a la puerta del conventillo, sobre su sillita de paja. Mantenía su bastón de palo nudoso, y la galerita verdosa y raída contrastaba con su camiseta de frisa.

– Salud, viejo -dijo Tito.

Entraron, en medio de chicos, gatos, perros y gallinas. De la pieza, Tito sacó otras dos sillitas.

– Toma -le dijo a Martín-, llévala, que en seguida voy con el mate.

El muchacho llevó las sillas, las puso al lado del viejo, se sentó con timidez y esperó.

– Eh, sí… -murmuró el cochero-, así con la cosa…

¿Qué cosa?, se preguntó Martín.

– Eh, sí… -repitió el viejo, meneando la cabeza, como si asintiera a un interlocutor invisible.

Y de pronto, dijo:

– Yo era chiquito como ese que tiene la pelota y mi padre cantaba.

Quando la tromba sonaba alarma co Garibaldi doviamo partí.

Se rió, asintió varias veces con la cabeza y repitió "eh, sí…"

La pelota vino hacia ellos y casi le pega al viejo. Don Francisco amenazó distraídamente con el bastón nudoso, mientras los chicos llegaban corriendo, recogían la pelota y se retiraban haciéndole morisquetas.

Y luego de un instante, dijo:

– Andávamo arriba la mondaña con lo chico de Cafaredda e ne sentábanlo mirando al mare. Comíamos castaña asada… ¡Quiddo mare azule!

Tito llegó con el mate y la pava.

– Ya t'está hablando del paese, seguro. ¡Eh, viejo, no lo canse al pibe con todo eso bolazo! -mientras le guiñaba un ojo a Martín, sonriendo con picardía.

El viejo negó, meneando la cabeza, mirando hacia aquella región remota y perdida.

Tito se sonreía con benévola ironía mientras cebaba mate. Luego, como si el padre no existiera (seguramente ni oía), le explicó a Martín:

– Sabe, él se pasa el día pensando al pueblo que nació.

Se volvió hacia el padre, lo sacudió un poco del brazo como para despertarlo, y le preguntó:

– ¡Eh, viejo! ¿Le gustaría ver aquello de nuevo? ¿Ante de morir?

El viejo respondió asintiendo con la cabeza varias veces, siempre mirando a lo lejos.

– Si tendría de cuelli poqui soldi ¿se iría en Italia?

El viejo volvió a asentir.

– Si pedería ir aunque má no sería que por un minuto, viejo, nada má que por un minuto, aunque despué tendría de morirse, ¿le gustaría, viejo?

El viejo movió la cabeza con desaliento, como diciendo "para qué imaginar tantas cosas maravillosas".

Y como quien ha hecho la prueba de alguna verdad, Tito miró a Martín, y le comentó:

– ¿No te decía, pibe?

Y se quedó pensando mientras le alcanzaba el mate a Martín. Al cabo de un momento, agregó:

– Pensar que hay gente podrida en plata. Sin ir má lejo, el viejo vino a l'América con un amigo que se llamaba Palmieri. Lo do con una mano atrá y otra adelante, como quien dice. ¿Sentiste hablar del doctor Palmieri?

– ¿El cirujano?

– Sí, el cirujano. Y también el que era diputado radical. Bueno, son hijo de aquel amigo que vino con el viejo. Como te decía, cuando llegaron a Bueno Saire corrían la liebre junto. Trabajaron de todo: de peón de patio, empedraron calle, qué se yo. Al viejo, aquí lo tené. El otro amarrocó guita pa tirar p'arriba. Y si t'e visto no me acuerdo. Una ve, cuando todavía vivía la finada mi madre y cuando al Tino lo metieron preso por anarquista, la vieja tanto embromó que el viejo fue a verlo al diputado. ¿Queré creer que l'hizo esperar tre hora a la amansadora y después le mandó decir que fuera al otro día? Cuando vino en casa yo le dije: viejo, si vuelve de ese canalla yo no soy má su hijo.

Estaba indignado. Se arregló la corbata raída y luego agregó:

– Así e l'América, pibe. Haceme caso: hay que ser duro como yo. No mirar ni atrá ni a lo costado. Y si hay que cafishiar a la vieja, cafishiala. Si no, buena noche.

Amenazó a los chicos y después masculló, con resentimiento:

– ¡Diputado! Todo lo político son iguale, créeme, pibe. Todo están cortado por la misma tijera: radicale, orejudo, socialista. Tenía razón el Tino cuando decía la humanidá tiene de ser ácrata. Te soy sincero: yo no votaría nunca si no sería que tengo que votar por lo conservadore.

Martín lo miró son sorpresa.

– ¿Te llama la atención? Y sin embargo e la pura verdá. Qué le vamo a hacer.

– ¿Pero, por qué?

– Eh, pibe, siempre hay un porqué a toda la cosa, como decía el finado Zanetta. Siempre hay un misterio.

Sorbió el mate.

Durante un buen rato se mantuvo callado, casi melancólico.

– Mi viejo lo llevaba a don Olegario Souto, que era caudillo conserva de Barracas al Norte. Y una de la hija de don Olegario se llamaba María Elena. Era rubia y parecía un sueño.

Sonrió en silencio, con turbación.

– Pero imagináte, pibe… eran gente rica… y yo, adema… con este escracho…

– ¿Y cuándo fue todo eso? -preguntó Martín, admirado.

– Y, te estoy hablando del año quince, un año antes de la subida del Peludo.

– Y ella, ¿qué pasó después?

– ¿Ella? Y… qué va a pasar… se casó… un día se casó… Me acuerdo como si sería hoy. El 23 de mayo de 1924.

Se quedó cavilando.

– ¿Y por eso vota siempre por los conservadores?

– Así e, pibe. Ya ve que todo tiene su explicación. Hace má de treinta año que voto por eso malandrine. Qué se va a hacer.

Martín se quedó mirándolo con admiración.

– Eh, sí… -murmuró el viejo-. A Natale lo decábano bacare.

Tito le guiñó un ojo a Martín.

– ¿A quién, viejo?

– Lo briganti.

– ¿Viste? Siempre la misma cosa. ¿Pa qué lo dejaban bajar, viejo?

– Per andaré a la santa misa. Due hore.

Asintió con la cabeza, mirando a lo lejos.

– Eh, sí… La notte de Natale. I fusilli tocábano la zambuna.

– ¿Y qué cantaban lo fusilli, viejo?

– Cantábano

La notte de Natale e una festa principale que nascio nostro Signore a una povera mangiatura.

– ¿Y había mucha nieve, viejo?

– Eh, sí…

Y se quedó meditando en aquella tierra fabulosa. Y Tito le sonrió a Martín con una mirada en que estaban mezcladas la ironía, la pena, el escepticismo y el pudor.

– ¿No te dije? Siempre la misma historia.


VI

<p id="_Toc49254312">VI</p>

Esa noche, mientras Martín deambulaba por la ribera empezó a llover después de largos, ambiguos y contradictorios preparativos. En medio de continuos relámpagos comenzaron a caer algunas gotas, vacilantemente, tanto como para dividir a los porteños -sostenía Bruno- en esos dos bandos que siempre se forman en los días bochornosos de verano: los que, con la expresión escéptica y amarga que ya tienen medio estereotipada por la historia de cincuenta años, afirman que nada pasará, que las imponentes nubes terminarán por disolverse y que el calor del día siguiente será aún peor y mucho más húmedo; y los que, esperanzados y candorosos, aquellos a quienes les basta un invierno para olvidar el agobio de esos días atroces, sostienen que "esas nubes darán agua esta misma noche" o, en el peor de los casos, "no pasará de mañana". Bandos tan irreductibles y tan apriorísticos como los que sostienen que "este país está liquidado" y los que dicen que "saldremos adelante porque siempre aquí hay grandes reservas". En resumen: las tormentas de Buenos Aires dividen a sus habitantes como las tormentas de verano en cualquier otra ciudad actual del mundo: en pesimistas y optimistas. División que (como le explicaba Bruno a Martín) existe a priori, haya o no tormentas de verano, haya o no calamidades telúricas o políticas; pero que se hace manifiesta en esas condiciones como la imagen latente en una placa con el revelado. Y (también le decía), aunque eso es válido para cualquier región del mundo donde haya seres humanos, es indudable que en la Argentina, y sobre todo en Buenos Aires, la proporción de pesimistas es mucho mayor, por la misma razón que el tango es más triste que la tarantela o la polca o cualquier otro baile de no importa qué parte del mundo. La verdad es que esa noche llovió intensa y furiosamente, batiendo en retirada al bando de los pesimistas; en retirada momentánea, claro, porque nunca este bando se retira del todo y jamás admite una derrota definitiva, pues siempre puede decir (y dice) "veremos si de verdad refresca". Pero el viento del sur fue aumentando su intensidad a medida que llovía, trayendo ese frío cortante y seco que viene desde la Patagonia, y ante el cual los pesimistas, siempre invencibles, por la naturaleza misma del pesimismo, pronuncian fúnebres presagios de gripes y resfríos, cuando no de pulmonías "porque en esta ciudad maldita uno no puede saber cuando sale al centro desde la mañana, si debe llevarse sobretodo (a pesar del calor) o traje liviano (a pesar del frío)". De modo que, sostienen, los pobres diablos que viven en los suburbios, a una hora de tren y de subterráneo de sus oficinas, están siempre amenazados por los peligros del frío repentino o por las incomodidades de un calor húmedo e insoportable. Idea que Bruno resumía diciendo que en Buenos Aires no hay clima sino dos vientos: norte y sur.

Desde el café de Almirante Brown y Pedro de Mendoza, Martín contemplaba cómo la lluvia barría la cubierta de los barcos, fragmentariamente iluminados por los relámpagos.

Y cuando pudo salir, después de medianoche, debió ir corriendo hasta su pieza para no helarse.


VII

<p id="_Toc49254313">VII</p>

Pasaron muchos días sin que Alejandra diera señales de vida, hasta que por fin se decidió a telefonearla. Logró estar con ella algunos minutos en el bar de Esmeralda y Charcas, que lo dejaron en un estado de ánimo peor que el de antes: ella se limitó a contar (¿con qué objeto?) atrocidades de aquellas mujeres de la boutique.

Luego volvieron a transcurrir días y días, y nuevamente Martín se arriesgó a llamar por teléfono: Wanda le contestó que no estaba en aquel momento, que le daría su mensaje. Pero no hubo noticias de ella.

Varias veces estuvo a punto de dejarse vencer y de ir a la boutique. Pero se detenía a tiempo, porque sabía que hacerlo era pesar un poco más sobre su vida, y (pensaba), por lo tanto, distanciarla todavía más; del mismo modo que el náufrago desesperado por la sed sobre su bote debe resistir la tentación de tomar agua salada, porque sabe que únicamente le acarreará una sed aun más insaciable. No, claro que no la llamaría. Tal vez lo que pasaba era que ya había cortado demasiado su libertad, había pesado excesivamente sobre ella; porque él se había lanzado, se había precipitado sobre Alejandra, impulsado por su soledad. Y acaso si le concedía toda la libertad era posible que volvieran los primeros tiempos.

Pero una convicción más profunda, aunque tácita, lo inclinaba a pensar que el tiempo de los seres humanos no vuelve nunca para atrás, que nada vuelve a ser lo que era antes y que cuando los sentimientos se deterioran o se transforman no hay milagro que los pueda restaurar en su calidad inicia como una bandera que se va ensuciando y gastando (le había oído decir a Bruno). Pero su esperanza luchaba, pues, como pensaba Bruno, la esperanza no deja de luchar aunque la lucha esté condenada al fracaso, ya que, precisamente, la esperanza sólo surge en medio del infortunio y a causa de él. ¿Acaso alguien después podría darle a ello lo que él le había dado? ¿Su ternura, su comprensión, su limitado amor? Pero en seguida la palabra "después" aumentaba su tristeza, porque le hacía imaginar un futuro en que ella no estaría más a su lado, un futuro en que otro ¡otro! le dirá palabras semejantes a las que él le había dicho y que ella había escuchado con ojos fervorosos en momentos que ya le parecían inverosímiles; ojos y momentos que él había creído que serían eternamente para él, que permanecerían para siempre en su absoluta y conmovedora perfección, como la belleza de una estatua. Y ella y ese Otro cuya cara no podía imaginar andarían juntos por las mismas calles y lugares que había recorrido con Martín; mientras él ya no existiría para Alejandra, o apenas sería un recuerdo decreciente de pena y ternura, o acaso de fastidio o comicidad. Y luego se empeñaba en imaginarla en momentos de pasión, pronunciando las palabras secretas que se dicen en esos momentos, cuando el mundo entero y también y sobre todo él, Martín, quedan horrorosamente excluidos, fuera del cuarto en que están sus cuerpos desnudos y sus gemidos; entonces Martín corría a un teléfono, diciéndose que después de todo bastaba discar seis números para oír su voz. Pero ya antes de terminar el llamado lo interrumpía, porque tenía ya la suficiente experiencia para comprender que se puede estar al lado de otro ser, oírlo y tocarlo, y no obstante estar separado por murallas insalvables; así como una vez muertos, nuestros espíritus pueden estar cerca de aquel que quisimos y sin embargo, separados angustiosamente por la muralla invisible pero insalvable que para siempre impide a los muertos tener comunión con el mundo de los vivos.

Pasaron, pues, largos días.

Hasta que, por fin, terminó por ir a la boutique, aun sabiendo que nada lograría con ella sino, más bien, azuzar la fiera que había dentro de Alejandra, aquella fiera que odiaba cualquier intromisión. Y mientras se decía "no, no iré", caminaba precisamente hacia la calle Cerrito; y en el momento mismo en que llegaba a la puerta se repetía con empecinada pero ineficaz energía "es absolutamente necesario que no la vea".

Una mujer cargada de joyas y de colorinches en una cara de ojos saltones y malignos salía en ese instante. Nunca la sentía a Alejandra más lejana que cuando estaba entre mujeres así: entre señoras o amantes de gerentes, de médicos importantes, de empresarios. "¡Y qué conversaciones! -comentaba Alejandra-. Conversaciones que sólo pueden oírse en una de estas casas de modas o en una peluquería para mujeres. Entre tinturas, debajo de aparatos marcianos, con pelos de todos colores que chorreaban basura líquida, de bocas que parecen albañales, de agujeros inmundos en caras cubiertas de crema, salen siempre las mismas palabras y chismes, dando consejos, mostrando la hilacha y el resentimiento, contando lo que se debe hacer y lo que NO se debe hacer con el tipo. Y todo mezclado con enfermedades, dinero, alhajas, trapos, fibromas, cocktails, comidas, abortos, gerencias, ascensos, acciones, potencia e impotencia de los amantes, divorcios, traiciones, secretarias y cuernos." Martín la escuchaba asombrado y entonces ella se reía con una risa tan negra como la escena que acababa de describir. "Pero -preguntaba Martín balbuceando-, pero ¿cómo podes aguantar todo eso? ¿Cómo podes trabajar en un lugar semejante?", preguntas candorosas, a las que ella respondía con alguna de sus muecas irónicas, "porque en el fondo, fíjate bien, en el fondo todas las mujeres, todas tenemos carne y útero, y conviene que uno no lo olvide, mirando esas caricaturas, como en los grabados de la Edad Media las mujeres hermosas miraban una calavera; y porque en cierto modo, mira qué curioso, esos engendros al fin de cuentas son bastante honestos y consecuentes, pues la basura está demasiado a la vista para que puedan engañar a nadie". No, Martín no comprendía y tenía la certeza de que eso no era todo lo que Alejandra pensaba.

Y entonces, abriendo la puerta, entró en la boutique. Alejandra lo miró sorprendida, pero luego de saludarlo con un gesto, prosiguió un trabajo que tenía entre manos y le dijo que se sentara por ahí.

Momento en que entró al taller un hombre rarísimo.

– Mesdames… -dijo inclinándose con grotesca deliberación.

Besó la mano de Wanda, luego la de Alejandra y agregó:

– Como decía la Popesco en L'habit vert: je me prostitu á vos pieds.

En seguida se dirigió a Martín y lo examinó como a un mueble raro que acaso se tenga el propósito de adquirir. Alejandra, riéndose, se lo presentó a distancia.

– Usted me mira con asombro y tiene toda la razón del mundo, joven amigo -dijo con naturalidad-. Le explicaré. Soy un conjunto de elementos inesperados. Por ejemplo, cuando me ven callado y no me conocen, piensan que debo tener la voz de Chaliapin, y luego resulta que emito chillidos. Cuando estoy sentado, suponen que soy petiso, porque tengo el tronco cortísimo, y luego resulta que soy un gigante. Visto de frente, soy flaco. Pero observado de perfil, resulta que soy corpulentísimo.

Mientras hablaba, demostraba prácticamente cada una de sus afirmaciones y Martín verificaba, con estupor, que eran exactas.

– Pertenezco al tipo Gillete, en la famosa clasificación del Profesor Mongo. Tengo cara filosa, nariz larga y también filosa, y, sobre todo, estómago grande pero también filoso, como esos ídolos de la isla de Pascua. Como si me hubieran criado entre dos tablas laterales, ¿realiza?

Martín advirtió que las dos mujeres se reían, y esa risa se prolongaría a lo largo de toda la permanencia de Quique como la música de fondo de una película; a veces imperceptiblemente, para no estorbar sus reflexiones, y otras, en algunos momentos culminantes, en forma convulsiva, sin que eso le molestase. Martín miraba con dolor a Alejandra. Cómo detestaba aquel rostro suyo, el rostro-boutique, el que parecía ponerse para actuar en aquel mundo frívolo; rostro que parecía perdurar todavía cuando se encontraba a solas con él, desdibujándose lentamente, surgiendo de entre sus trazos abominables, a medida que se borraban, alguno de los rostros que le pertenecían a él y que él esperaba como a un pasajero ansiado y querido en medio de una multitud repelente. Pues, como decía Bruno, "persona" quería decir máscara y cada uno tenía muchas máscaras: la del padre, la del profesor, la del amante. Pero ¿cuál era la verdadera? ¿Y había realmente una que fuese la verdadera? Por momentos pensaba que aquella Alejandra que ahora estaba viendo allí, riendo de los chistes de Quique, no era, no podía ser la misma que él conocía y, sobre todo, no podía ser la más profunda, la maravillosa y terrible Alejandra que él amaba. Pero otras veces (y a medida que pasaban las semanas más lo iba creyendo) se inclinaba a pensar, como Bruno, que todas eran verdaderas y que también aquel rostro-boutique era auténtico y de alguna manera expresaba un género de realidad del alma de Alejandra; realidad que ¡y quién sabía como cuántas otras más! le era ajena, no le pertenecía ni jamás le pertenecería. Y entonces, cuando ella llegaba ante él con los restos menguados de aquellas otras personalidades, como si no hubiera tiempo (¿o deseo?) de metamorfosearse, en algún rictus de sus labios, en alguna forma de mover las manos, en cierto brillo de sus ojos, Martín descubría los residuos de una existencia extraña: como alguien que ha permanecido en un basural y todavía en nuestra presencia mantiene algo de su fetidez. Pensaba, mientras oía que Wanda, sin dejar de comer bombones, decía:

– Contá otra de anoche.

Pregunta a la cual Quique, dejando sobre una mesa un libro que traía, respondió con delicada y tranquila precisión.

– Una caca, ma chère.

Las dos mujeres se rieron con ganas, y cuando Wanda pudo hablar, preguntó:

– ¿Cuánto ganas en diario?

– Cinco mil setecientos veintitrés pesos con cincuenta y siete centavos, más aguinaldo a fin de año y las propinas que me da el jefe cuando le voy a comprar cigarrillos o le lustro los zapatos.

– Mira, Quique: mejor dejá diario y aquí te pagamos mil pesos más. Nada más que para hacernos reír.

– Sorry. La ética profesional me lo impide, imagináte que si me voy las crónicas de teatro las haría Roberto J. Martorell. Una catástrofe nacional, hijita.

– Sé bueno, Quique. Contá de anoche -insistió Wanda.

– Lo dicho: una caca total. Burdísimo.

– Sí, sonso. Pero contá detalles. Sobre todo de Cristina.

– ¡Ah, la femme! Wanda: sos la perfecta mujer de Weininger. Bombones, prostitución, comadreo. Te adoro.

– ¿Weininger? -preguntó Wanda-. ¿Qué es eso?

– Justo, justísimo -dijo Quique-. Te adoro.

– Vamos, sé bueno: contá de Cristina.

– Pobre; se retorcía las manos como Francesca Bertini en una de esas vistas que pasan los chicos de los cine-clubs. Pero el que hacía de escritor era directamente un empleado del ministerio de Comercio.

– Qué, ¿lo conoces?

– No, pero estoy seguro. Un empleado cansadísimo, pobresucho. Que se ve que estaba preocupado por algún problema de su trabajo, la jubilación o algo así. Un petiso gordito que acababa de dejar los expedientes pour jouer I 'écrivain. No les puedo decir cómo me conmovía: chocho.

En ese momento entró una mujer. Martín, que estaba como en un sueño grotesco, sintió que se la presentaban. Cuando comprendió que era la misma Cristina a que Quique se había estado refiriendo, y cuando vio cómo la recibía, se sonrojó. Quique se inclinó ante ella y le dijo:

– Hermosura.

Tocándole la tela del vestido, agregó:

– Qué divinidad. Y el lila te compone muy bien con el

peinado.

Cristina sonreía con timidez y temor: nunca sabía si debía creerle o no. No se animaba a preguntarle la opinión sobre la obra, pero Quique se apresuró a dársela:

– ¡Estupenda, Cristina! ¡Y qué esfuerzo, pobres! Con esos ruidos que venían de al lado… ¿Qué hay al lado?

– Un salón de baile -respondió Cristina, con cautela.

– Ah, pero claro… ¡Qué horror! En los momentos más difíciles, meta mambo. Y parece que tenían una tuba, para mayor desgracia. Burdísimo.

Martín vio que Alejandra salía casi corriendo para el otro cuarto. Wanda siguió trabajando, de espalda a Quique y Cristina, pero su cuerpo se agitaba con un silencioso temblor. Quique proseguía impasible.

– Deberían prohibir las tubas, ¿no te parece, Cristina? ¡Qué instrumento más guarango! Claro, ustedes, los pobres, tenían que gritar como bárbaros para hacerse oír. Qué difícil, ¿no? Sobre todo el que hacía de escritor famoso. ¿Cómo se llama? ¿Tonazzi?

– Tonelli.

– Eso, Tonelli. Pobresucho. Tan poco physique du rôle. ¿no? Y para colmo teniendo que luchar todo el tiempo con la tuba. ¡Qué esfuerzo! Wanda: el público no se da cuenta de lo que eso significa. Y, además, Cristina, me parece muy bien que hayan puesto un hombre así, que no parece escritor, que más bien parece un empleado a punto de jubilarse. La otra vez, por ejemplo, en Telón pusieron La soga, de O'Neill, y el marinero tenía todo el aspecto de un marinero. Qué gracia: así cualquiera representa a un marinero. Aunque hay que decir que en el momento en que el individuo empezó a hablar, a farfullar (porque no se le entendía nada), resultó tan endemoniadamente malo que ni aun con el aspecto de marinero que tenía parecía un marinero: podía ser peón de limpieza, un obrero de la construcción, un mozo de café. ¿Pero un marinero? Never! ¿Y por qué será, Cristina, que a todos los conjuntos independientes se les da por O'Neill? ¡Qué desgracia, pobre hombre! Fue siempre tan desgraciado: primero con su padre y su complejo de Edipo. Luego, acá en Buenos Aires, teniendo que cargar bolsas en el puerto. Y ahora, con todos los conjuntos independientes y vocacionales del mundo entero. -Abrió los larguísimos brazos, como para abarcar el conglomerado universal y, con cara de sincera tristeza, agregó:

– Millares, qué digo, ¡millones de conjuntos independientes representando a la vez La soga, Antes del desayuno, El emperador Jones, El deseo bajo los olmos…! ¡Pobre querido! ¡Como para no entregarse a la bebida y no querer ver a nadie más! Claro, ustedes, Cristina, es distinto. Porque en realidad ya son exacto como un teatro profesional, porque cobran tanto como si fueran profesionales. Mejor: no es posible que esa gente tan humilde tenga que trabajar durante el día como cloaquista o tenedor de libros y luego, de noche, tenga que hacer el Rey Lear… ¡Imagináte! Con lo cansadores que son los crímenes… Claro, siempre quedaría el recurso de dar obras tranquilas, sin crímenes ni incestos. O cuanto más con un crimen o dos. Pero no: resulta que a los vocacionales les interesan obras donde hay muchos crímenes, verdaderas matanzas, como Shakespeare. Y para qué vamos a hablar de los trabajos extras, barrer la sala, hacer de utileros, pintar las paredes, estar en la boletería, servir de acomodador, limpiar los baños. Cosa de levantar la moral general. Una especie de falansterio. Por riguroso turno, todos tienen que limpiar el water. Y así, un día el señor Zanetta dirige el conjunto en Hamlet y Norah Roland, née Fanny Rabinovich, limpia el doble ve-ce. Otro día, el denominado Zanetta limpia el doble ve-ce y Norah Roland dirige El deseo bajo los olmos. Aparte que durante dos años y medio todos trabajaron como locos de albañiles, carpinteros, pintores y electricistas, levantando el local. Nobles actividades en que han sido fotografiados y entrevistados por numerosos periodistas y que permiten el uso de palabras como fervor, entusiasmo, nobles aspiraciones, teatro del pueblo, auténticos valores y vocación. Claro que este falansterio a veces se viene abajo. La dictadura acecha siempre detrás de la demagogia. Y resulta que el señor Mastronicola o Verdichevsky, después de haber limpiado dos o tres veces el doble ve-ce, inventa la doctrina de que la señorita Caca Pastafrola, conocida en el ambiente teatral por su nom de guerre Elizabeth Lynch, tiene demasiadas ínfulas, está corrompida por sus tendencias pequeñoburguesascontrarre-volucionarias, putrefactas y decadentes, y que es necesario, para su formación moral y escénica, que limpie el doble ve-ce durante todo el año 55, que para colmo es bisiesto. Todo esto complicado con las affaires de Esther Abramovich que entró al teatro independiente para hacer la pata ancha, como quien dice, ya que, según cuenta el director, ha transformado ese noble reducto del arte puro en un quilombo que bueno bueno. Y los celos de Meneca Apiccia-fuoco, alias Diana Ferrer, que ni piensa largar al denominado Mastronicola. Y la bronca capitalizada del joven actor de carácter Ramsés Cuciaroni, que lo tienen metido en la boletería de puro envidiosos desde que entró a fallar la democracia giratoria. En fin, un hermoso prostíbulo. De modo, Cristina, que lo mejor es profesionalizarse, como han hecho ustedes. Aunque el viejito ése ¿trabaja de día en algún ministerio?

– ¿Qué viejito?

– Tonazzi.

– Tonelli… Tonelli no es un viejo. Tiene apenas cuarenta años.

– Tiens! Yo habría jurado que lo menos tenía cincuenta y tantos. Lo que es la mala iluminación. Pero de día trabaja en alguna parte, ¿no? Me parece haberlo visto en el café que está frente al ministerio de Comercio.

– No, tiene un negocio de librería y artículos de colegio.

Las espaldas de Wanda se agitaban como si tuviera paludismo.

– ¡Ah, pero qué bien! Así me explico que le hayan dado el papel de escritor. Claro. Ahora, que a mí me parece más bien un empleado público, pero sería porque anoche yo estaba muy cansado y con este asunto de la CADE la luz es tan mala que ustedes no tienen la culpa, naturalmente. Bueno, menos mal que tiene un negocito. Así, al menos, al otro día de la función no tendrá que madrugar mucho. Porque debe quedar con la garganta arruinada, el pobre. Con ese maldito mambo, y la tuba. Bueno, tengo que irme, es un horror de tarde. Felicitaciones, Cristina. ¡Adiós, adiós, adiós!

Besó la mejilla de Wanda, mientras le sacaba un bombón de la caja.

– Adiosito, Wanda. Y cuidá la línea. Adiós, Cristina y nuevamente felicitaciones. Ese ensemble te queda monísimo.

Le extendió la mano lateralmente a Martín, que estaba petrificado, y luego, por arriba del biombo que separaba el taller de la parte trasera, gritó hacia donde estaba Alejandra: -Mes hommages, queridísima.


VIII

<p id="_Toc49254314">VIII</p>

Petrificado en aquel banco alto, Martín esperaba un signo cualquiera de Alejandra. En cuanto se retiró Quique, Alejandra le hizo seña de que la siguiera a la otra habitación, donde dibujaba.

– ¿Ves? -le explicó, como aclarando sus ausencias-. Tengo un trabajo enorme.

Martín siguió los trazos de Alejandra sobre un papel blanco, abriendo y cerrando su cortaplumas blanco. Ella dibujaba en silencio y el tiempo parecía pasar a través de bloques de cemento.

– Bueno -dijo Martín, juntando todas sus fuerzas-, me voy…

Alejandra se acercó y apretándole el brazo le dijo que se verían pronto. Martín inclinó su cabeza.

– Te estoy diciendo que nos veremos pronto -insistió ella, irritada.

Martín levantó la cabeza.

– Bien sabes, Alejandra, que no quiero interferir en tu vida, que tu independencia…

No terminó la frase, pero luego agregó:

– No, quiero decir que… al menos… querría verte sin apuro…

– Sí, claro -admitió ella, como si meditara.

Martín se animó.

– Trataremos de estar como antes, ¿recordás?

Alejandra lo miró con ojos que parecían mostrar una incrédula melancolía.

– ¿Qué, no te parece posible?

– Sí, Martín, sí -comentó ella, bajando su mirada y poniéndose a hacer unos dibujos con el lápiz-. Sí, pasaremos un lindo día… ya verás…

Animado, Martín agregó:


– Muchos de nuestros desencuentros últimos se debieron a tus trabajos, a tus apuros, a tus citas…

El rostro de Alejandra había empezado a cambiar.

– Estaré muy ocupada hasta fin de mes, ya te lo expliqué.

Martín hacía un gran esfuerzo para no recriminarle nada, porque sabía que cualquier recriminación sería contraproducente. Pero las palabras surgían desde el fondo de su espíritu con silenciosa pero indomable fuerza.

– Me amarga verte con el reloj en la mano.

Ella levantó su mirada y fijó los ojos en él, con el ceño fruncido. Martín pensó, aterrorizado, ni una palabra más de recriminación, pero agregó:

– Como el martes, cuando creí que íbamos a pasar la tarde.

Alejandra había endurecido ya su cara y Martín se detuvo al borde de ella como al borde de un precipicio.

– tenés razón, Martín -admitió, sin embargo.

Martín se atrevió entonces a agregar:

– Por eso prefiero que vos misma digas cuándo podremos vernos.

Alejandra hizo unos cálculos y dijo:

– El viernes. Creo que el viernes habré terminado con lo más urgente.

Volvió a pensar.

– Pero a último momento hay que rehacer algo o falta algo, qué sé yo… No te querría hacer esperar… ¿No te parece mejor que lo dejemos para el lunes?

¡El lunes! Faltaba casi una semana, pero ¿qué podía hacer sino aceptar con resignación?

Trató de aturdirse con el trabajo durante aquella semana interminable, leyendo, caminando, yendo al cine. Lo buscaba a Bruno y, aunque ansiaba hablarle de ella, era incapaz hasta de pronunciar su nombre; y como Bruno presentía lo que pasaba por su espíritu, también rehuía el tema y hablaba de otras cosas o de temas generales. Momento en que Martín se animaba a decir algo que también parecía tener un sentido general, perteneciente a ese mundo abstracto y descarnado de las ideas puras, pero que en realidad era la expresión apenas despersonalizada de sus angustias y esperanzas.

Y así, cuando Bruno le hablaba del absoluto, Martín preguntaba, por ejemplo, si el amor verdadero no era precisamente uno de esos absolutos; pregunta en la cual la palabra "amor", sin embargo, tenía tanto que ver con la empleada por Kant o Hegel como la palabra "catástrofe" con un descarrilamiento o un terremoto, con sus mutilados y muertos, con sus aullidos y su sangre. Bruno respondía que, a su juicio, la calidad del amor que hay entre dos seres que se quieren cambia de un instante a otro, haciéndose de pronto sublime, bajando luego hasta la trivialidad, convirtiéndose más tarde en algo afectuoso y cómodo, para repentinamente convertirse en un odio trágico o destructivo.

– Porque hay veces en que los amantes no se quieren, o en que uno de ellos no quiere al otro, o lo odia, o lo menosprecia.

Mientras pensaba en aquella frase que una vez le había dicho Jeannette: "Lamour c'est une personne qui souffre et une autre qui s'enmerde". Y recordaba, observador de desdichados como era, aquella pareja un día en la penumbra de un café, en un rincón solitario, el hombre demacrado, sin afeitar, sufriente, leyendo, releyendo por centésima vez una carta -seguramente de ella-, recriminando, poniendo el absurdo papel de testimonio de vaya a saber qué compromisos o promesas; mientras ella, en los momentos en que él se concentraba encarnizadamente en alguna frase de la carta, miraba el reloj y bostezaba.

Y como Martín le preguntó si entre dos seres que se quieren no debe ser todo nítido, todo transparente y edificado sobre la verdad, Bruno respondió que la verdad no se puede decir casi nunca cuando se trata de seres humanos, puesto que sólo sirve para producir dolor, tristeza y destrucción. Agregando que siempre había alentado el proyecto ("pero yo soy nada más que eso: un hombre de puros proyectos", agregó sonriendo con tímido sarcasmo), había alentado el proyecto de escribir una novela o una obra de teatro sobre eso: la historia de un muchacho que se propone decir siempre la verdad, siempre, cueste lo que cueste. Desde luego, siembra la destrucción, el horror y la muerte a su paso. Hasta terminar con su propia destrucción, con su propia muerte.

– Entonces hay que mentir-adujo Martín con amargura.

– Digo que no siempre se puede decir la verdad. En rigor, casi nunca.

– ¿Mentiras por omisión?

– Algo de eso -replicó Bruno, observándolo de costado, temeroso de herirlo.

– Así que no cree la verdad.

– Creo que la verdad está bien en las matemáticas, en la química, en la filosofía. No en la vida. En la vida es más importante la ilusión, la imaginación, el deseo, la esperanza. Además ¿sabemos acaso lo que es la verdad? Si yo le digo que aquel trozo de ventana es azul, digo una verdad. Pero es una verdad parcial, y por lo tanto una especie de mentira. Porque ese trozo de ventana no está solo, está en una casa, en una ciudad, en un paisaje. Está rodeado del gris de ese muro de cemento, del azul claro de este cielo, de aquellas nubes alargadas, de infinitas cosas más. Y si no digo todo, absolutamente todo, estoy mintiendo. Pero decir todo es imposible, aun en este caso de la ventana, de un simple trozo de la realidad física, de la simple realidad física. La realidad es infinita y además infinitamente matizada, y si me olvido de un solo matiz ya estoy mintiendo. Ahora, imagínese lo que es la realidad de los seres humanos, con sus complicaciones y recovecos, contradicciones y además cambiantes. Porque cambia a cada instante que pasa, y lo que éramos hace un momento no lo somos más. ¿Somos, acaso, siempre la misma persona? ¿Tenemos, acaso, siempre los mismos sentimientos? Se puede querer a alguien y de pronto desestimarlo y hasta detestarlo. Y si cuando lo desestimamos cometemos el error de decírselo, eso es una verdad, pero una verdad momentánea, que no será más verdad dentro de una hora o al otro día, o en otras circunstancias. Y en cambio el ser a quien se la decimos creerá que ésa es la verdad, la verdad para siempre y desde siempre. Y se hundirá en la desesperación.


IX

<p id="_Toc49254315">IX</p>

Y llegó el lunes.

Viéndola caminar hacia el restorán, Martín se dijo que para ella no era adecuada la palabra linda, ni siquiera hermosa; quizá se le podía decir bella, pero sobre todo soberana. Aun con su simple blusa blanca, su pollera negra y sus zapatillas chatas. Sencillez sobre la que resaltaban aun más sus rasgos exóticos, del mismo modo que una estatua es más notable en una plaza desprovista de ornamentos. Todo parecía resplandecer aquella tarde. Y hasta la calma del día, la falta de viento, el sol fuerte que parecía postergar la llegada del otoño (más tarde pensó que el otoño había estado esperando agazapado para descargar toda su tristeza en el momento en que él estuviera solo), todo parecía indicar que los astros se mostraban favorables.

Bajaron hacia la costanera.

Una locomotora arrastraba unos vagones, una grúa levantaba una máquina, un hidroavión pasaba bajo.

– El Progreso de la Nación -comentó Alejandra.

Se sentaron en uno de los bancos que miran al río.

Pasaron casi una hora sin hablar, o por lo menos sin decir nada de importancia, pensativos, en ese silencio que tanto inquietaba a Martín. Las frases eran telegráficas y no habrían tenido ningún sentido para un extraño: "ese pájaro", "el amarillo de la chimenea", "Montevideo". Pero no hacían proyectos como antes, y Martín se cuidaba de aludir a cosas que pudieran malograr aquella tarde, aquella tarde que él trataba como a un enfermo querido, ante el cual hay que hablar en voz baja y al que hay que evitar el menor contratiempo.

Pero, ese sentimiento -no podía dejar de pensar Martín- era contradictorio en su misma esencia, ya que si él quería preservar la felicidad de aquella tarde era precisamente para la felicidad; lo que para él era la felicidad: o sea estar con ella y no al lado de ella. Más todavía: estar en ella, metido en cada uno de sus intersticios, de sus células, de sus pasos, de sus sentimientos, de sus ideas; dentro de su piel, encima y dentro de su cuerpo, cerca de aquella carne ansiada y admirada, con ella dentro de ella: una comunión y no una simple, silenciosa y melancólica cercanía. De modo que preservar la pureza de aquella tarde no hablando, no intentando entrar en ella, era fácil, pero tan absurdo y tan inútil como no tener ninguna tarde en absoluto, tan fácil y tan insensato como mantener la pureza de un agua cristalina con la condición de que uno, que está muerto de sed, no la ha de beber.

– Vamos a tu pieza, Alejandra -le dijo.

Ella lo miró con gravedad y después de un instante le dijo que preferiría que fuesen al cine.

Martín sacó su cortaplumas.

– No te pongas así, Martín. No ando bien, no me siento nada bien.

– Estás resplandeciente -respondió Martín, mientras abría la hojita de su cortaplumas.

– Te digo que ando mal de nuevo.

– Vos tenés la culpa -adujo el muchacho con cierto rencor-. No te cuidas. Ahora mismo vi que comías cosas que no debías comer. Y además te atiborras de claritos.

Se quedó en silencio, empezó a sacar astillas del banco.

– No te pongas así.

Pero como él mantuviese empecinadamente la cabeza baja, ella se la levantó.

– Nos habíamos prometido pasar una tarde en paz, Martín.

Martín gruñó.

– Claro -continuó ella-, y ahora vos pensás que si no pasamos una tarde feliz no es por culpa tuya, ¿no es así?

Martín no contestó: era inútil.

Alejandra se calló. De pronto Martín oyó que decía:

– Bueno, está bien: vamos a casa.

Pero Martín no dijo nada. Ella se había levantado ya y tomándolo del brazo le preguntó:

– ¿Qué te pasa ahora?

– Nada. Lo haces como un sacrificio.

– No seas zonzo. Vamos.

Empezaron a caminar por la calle Belgrano hacia arriba. Martín se había reanimado y de pronto, casi con entusiasmo, exclamó:

– ¡Vamos al cine!

– Déjate de tonterías.

– No, no quiero que dejes de ver ese film. Lo has esperado tanto.

– Lo veremos otro día.

– ¿De veras que no querés?

En caso de haber accedido, habría caído en la más negra melancolía.

– No, no.

Martín sintió que la alegría volvía a su alma, como un río de montaña cuando el deshielo. Caminó con decisión, llevando a Alejandra del brazo. Al pasar el puente giratorio vieron un taxi que venía ocupado, hacia el río. Por si acaso, le hicieron una seña, indicándole que iban para la ciudad, para que los pasase a buscar de vuelta. El chofer les hizo un gesto afirmativo. Era un día en que los astros mostraban una conjunción favorable.

Se quedaron acodados sobre el pretil del puente. A lo lejos hacia el sur, en medio de la bruma que había empezado a bajar, se recortaban los puentes transbordadores de la Boca.

Volvió el taxi y subieron.

Mientras ella preparaba café, él buscó entre los discos y encontró uno que Alejandra acababa de comprar: Trying. Y cuando la voz de Ella Fitzgerald, desgarrada, dijo:

I'm trying to forget you, but try as I may You're still my every thought every day…

vio cómo Alejandra se detenía, con su pocillo en el aire diciendo:

– ¡Qué bárbaro! knocking, knocking at your door…

Martín la observó en silencio, entristecido por las sombras que siempre se movían detrás de ciertas frases de Alejandra.


Pero luego aquellos pensamientos fueron arrastrados como hojas por un vendaval. Y abrazados como dos seres que quieren tragarse mutuamente -recordaba-, una vez más se realizó aquel extraño rito, cada vez más salvaje, más profundo y más desesperado. Arrastrado por el cuerpo, en medio del tumulto y de la consternación de la carne, el alma de Martín trataba de hacerse oír por el otro que estaba del otro lado del abismo. Pero ese intento de comunicación, que finalizaría en gritos casi sin esperanza, empezaba ya desde el instante que precedía a la crisis: no sólo por las palabras que se decían sino también por las miradas y los gestos, por las caricias y hasta por los desgarramientos de sus manos y sus bocas. Y Martín trataba de llegar, de sentir, de entender a Alejandra tocando su cara, acariciando su pelo, besando sus orejas, su cuello, sus pechos, su vientre; como un perro que busca un tesoro escondido olfateando la misteriosa superficie, esa superficie llena de indicios, indicios demasiado oscuros e imperceptibles, sin embargo, para los que no están preparados para sentirlos. Y así como el perro, cuando siente de pronto más próximo el misterio buscado, empieza a cavar con febril y casi enloquecido fervor (ajeno ya al mundo exterior, alienado y demente, pensando y sintiendo en aquel único y poderoso misterio ahora tan cercano), así acometía el cuerpo de Alejandra, trataba de penetrar en ella hasta el fondo oscuro del doloroso enigma: cavando, mordiendo, penetrando frenéticamente y tratando de percibir cada vez más cercanos los débiles rumores del alma secreta y escondida de aquel ser tan sangrientamente próximo y tan desconsoladamente lejano. Y mientras Martín cavaba, Alejandra quizá luchaba desde su propia isla, gritando palabras cifradas que para él, para Martín, eran ininteligibles y para ella, Alejandra, probablemente inútiles, y para ambos desesperantes.

Y luego, como en un combate que deja el campo lleno de cadáveres y que no ha servido para nada, ambos quedaron silenciosos.

Martín trató de escrutar su rostro, pero nada pudo adivinar en la casi oscuridad. Salieron.

– Tengo que hacer un llamado -dijo Alejandra.

Entró en un bar y habló.

Martín, desde la puerta, la miraba ansioso. ¿A quién hablaría? ¿Qué hablaría?

Volvió deprimida y le dijo:

– Vamos.

Martín la notaba abstraída y cuando él hacía algún comentario ella decía: ¿Eh? ¿Cómo? Cada cierto tiempo consultaba el reloj.

– ¿Qué tenés que hacer?

Ella lo miró como si no hubiera entendido la pregunta. Martín se la repitió y entonces ella respondió:

– A las ocho tengo que estar en otra parte.

– ¿Lejos? -preguntó Martín, temblorosamente.

– No -respondió ella, con vaguedad.


X

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La vio alejarse con tristeza.

Era un día de comienzos de abril, pero el otoño empezaba ya a anunciarse con signos premonitorios, como esos nostálgicos ecos de trompa -pensaba- que se oyen en el tema todavía fuerte de una sinfonía, pero que (con cierta indecisa, suave pero creciente insistencia) ya nos están advirtiendo que aquel tema está llegando a su fin y aquellos ecos de remotas trompas se harán cada vez más cercanos, hasta convertirse en el tema dominante. Alguna hoja seca, el cielo ya como preparándose para los largos días nublados de mayo y de junio, anunciaban que la estación más hermosa de Buenos Aires se acercaba en silencio. Como si después de la pesada estridencia del verano, el cielo y los árboles empezaran a asumir ese aire de recogimiento de las cosas que se preparan para un extenso letargo.


XI

<p id="_Toc49254317">XI</p>

Sus pasos lo llevaban mecánicamente al bar, pero su mente seguía con Alejandra. Y con un suspiro de alivio, como al llegar a un puerto conocido después de un viaje ansioso y lleno de peligros, oyó que Tito decía este paí ya no tiene arreglo, golpeando sobre la Crítica , acaso probando algo que acababan de discutir, mientras Poroto decía es que lo rodea propio una maffia y Chichín, repasando un vaso detrás del mostrador, con su gorra como si se dispusiera a salir, decía hace mal en no darle una patada a todo eso tipo, mientras Tito (furioso, desalentado, con invencible escepticismo de argentino), arreglándose la corbata raída y señalándose luego el pecho con su índice, confirmaba te lo dice Humberto J. D'Arcángelo. Momento en que el nuevo (¿Peruzzi, Peretti?), con su relamido saquito a la italiana, impecable y perfumado, en castellano de recién llegado dijo que él estaba de acuerdo con el señor D'Arcángelo y que llamaba la atención el estado ruinoso, por ejemplo, de los tranvías, y que era inconcebible a esta altura del siglo veinte que en una ciudad como Buenos Aires hubiera todavía esa clase de armatostes. Momento en que Humberto J. D'Arcángelo, que lo miraba con contenida indignación, dijo con estudiada e irónica cortesía (ajustándose la corbata): Seré curioso, diga: allá, en su patria, ¿no hay má tranvía?, pregunta a la que el jovenzuelo Peruzzi o Peretti respondió que se habían ido retirando del centro de las ciudades y que, por lo demás, eran tranvías rapidísimos, modernos, limpios, aerodinámicos, como en general todo el sistema de transporte. ¿Sabían ellos que el directísimo Génova-Nápoles había batido todos los récords internacionales de velocidad? Mientras que acá, para ser sincero, acá los trenes daban lástima y hasta risa, como bien había reconocido el señor D'Arcángelo hacía un momento; motivo por el cual debe de haber recibido con considerable asombro la reacción del mismo señor D'Arcángelo que, golpeando con su mano esquelética sobre la primera plana de Critica, en que a ocho columnas se leía el triunfo de Fangio en Reims, casi gritó: ¿Y éste también e italiano?, pregunta que el joven Peruzzi o Peretti, tan sorprendido, como si alguien que le ha pedido amablemente fuego sacase una pistola para asaltarlo, empezó a responder con balbuceos, balbuceos que Tito, temblando de rabia, con una voz casi inaudible a fuerza de ser tensa y contenida, dijo: Mire, maestro, Fangio e argentino, aunque sea hijo de italiano como yo o Chichín o el señor Lambruschini, argentino y a mucha honra, hijo de eso italiano de ante que venían a la bodega de lo barco y que despué laburaban cincuenta año sin levantar la cabeza y todavía estaban agradecido a la América y lo hijo miraban con orgullo la bandera azul y blanca, no como eso italiano que vienen ahora y se pasan el día criticando el paí: que si lo bache, que si lo tranvía, que si lo trene, que si la basura, que si ese maldito clima de Bueno Saire, que si la húmeda, que si a Milán la cosa son así o asau, que si la mujere de aquí no son elegante, y si má no viene agarran y hasta hablan mal de lo bife. Ahora yo me pregunto y pregunto a la distinguida concurrencia ¿por qué si se sienten tan mal a este paí no chapan la valija y se mandan mudar? ¿Por qué no se vuelven a Italia, si aquello e el paraíso que dicen? ¿Qué me quieren representar, digo yo, toda esta sarta de jefe, de dotore, de ingeniero? Y levantándose furioso, y acomodándose la corbata dobló la Crítica , le gritó a Martín ¡Vamo en casa, pibe! y salió sin saludar a nadie.


XII

<p id="_Toc49254318">XII</p>

Martín se separó de Tito a la salida del bar y empezó a caminar hacia el parque. Subió por las escaleras de la antigua quinta, sintió una vez más el fuerte olor a orina seca que siempre sentía al pasar por allí y se sentó en el banco frente a la estatua, donde volvía cada vez que aquel amor parecía hacer crisis. Largo rato quedó meditando en su suerte y atormentándose con la idea de que en ese momento Alejandra estaba con otro. Se recostó y se abandonó a sus pensamientos.


XIII

<p id="_Toc49254319">XIII</p>

Al otro día Martín llamó a la única persona que podía ver en lugar de Alejandra: el único puente hacia aquel territorio desconocido, puente accesible pero que terminaba en una región brumosa y melancólica. Aparte de que su pudor, y el de Bruno, le impedía hablar de lo único que le interesaba.

Lo citó en La Helvética.

– Tengo que verlo al padre Rinaldini, pero iremos juntos.

Le explicó que estaba muy enfermo y que él acababa de hacer una gestión ante monseñor Gentile para ver si le permitían volver a La Rioja. Pero los obispos lo odiaban y era justo decir que Rinaldini hacía todo lo posible para lograrlo.

– Algún día, cuando se muera, se va a hablar mucho de él. Es el mismo caso de Galli Mainini. Porque en este país de resentidos sólo se empieza a ser un gran hombre cuando se deja de serlo.

Caminaban por la calle Perú; apretándole un brazo, Bruno le señaló a un hambre que caminaba delante de ellos, ayudado con un bastón.

– Borges.

Cuando estuvieron cerca, Bruno lo saludó. Martín se encontró con una mano pequeña, casi sin huesos ni energía. Su cara parecía haber sido dibujada y luego borrada a medias con una goma. Tartamudeaba.

– Es amigo de Alejandra Vidal Olmos.

– Caramba, caramba… Alejandra… pero muy bien.

Levantaba las cejas, lo observaba con unos ojos celestes y acuosos, con una. cordialidad abstracta y sin destinatario preciso, ausente.

Bruno le preguntó qué estaba escribiendo.

– Bueno, caramba… -tartamudeó, sonriendo con un aire entre culpable y malicioso, con ese aire que suelen tomar los paisanos argentinos, irónicamente modesto, mezcla de secreta arrogancia y de aparente apocamiento, cada vez que se les pondera un pingo o su habilidad para trenzar tientos-. Caramba… y bueno…, tratando de escribir alguna página que sea algo más que un borrador, ¿eh, eh?…

Y tartamudeaba haciendo una serie de tics bromistas con la cara.

Y mientras caminaban hacia la casa de Rinaldini, Bruno lo veía a Méndez diciendo sarcásticamente: ¡Conferenciante para señoras de la oligarquía! Pero todo era mucho más complejo de lo que imaginaba Méndez.

– Es curioso la calidad e importancia que en este país tiene la literatura fantástica -dijo-. ¿A qué podrá deberse?

Tímidamente Martín le preguntó si no podía ser consecuencia de nuestra desagradable realidad, una evasión.

– No. También es desagradable la realidad norteamericana. Tiene que haber otra explicación. En cuanto a lo que Méndez piensa de Borges…

Se sonrió.

– Dicen que es poco argentino -comentó Martín.

– ¿Qué podría ser sino argentino? Es un típico producto nacional. Hasta su europeísmo es nacional. Un europeo no es europeísta: es europeo, sencillamente.

– ¿Usted cree que es un gran escritor?

Bruno se quedó pensando.

– No sé. De lo que estoy seguro es de que su prosa es la más notable que hoy se escribe en castellano. Pero es demasiado preciosista para ser un gran escritor. ¿Lo imagina usted a Tolstoi tratando de deslumbrar con un adverbio cuando está en juego la vida o la muerte de uno de sus personajes? Pero no todo es bizantino en él, no vaya a creer. Hay algo muy argentino en sus mejores cosas: cierta nostalgia, cierta tristeza metafísica…

Caminó un trecho en silencio.

– En realidad se dicen muchas tonterías sobre lo que debe ser la literatura argentina. Lo importante es que sea profunda. Todo lo demás se da por añadidura. Y si no es profunda es inútil que ponga gauchos o compadritos en escena. El escritor más representativo de la Inglaterra isabelina fue Shakespeare. Sin embargo, muchas de sus obras ni siquiera se desarrollan en Inglaterra.

Después agregó:

– …Y lo que más me causa gracia es que Méndez repudie la influencia europea en nuestros escritores ¿basándose en qué? Esto es lo más divertido: en una doctrina filosófica elaborada por el judío Marx, el alemán Engels y el griego Heráclito. Si fuésemos consecuentes con esos críticos, habría que escribir en querandí sobre la caza del avestruz. Todo lo demás sería adventicio y antinacional. Nuestra cultura proviene de allá, ¿cómo podemos evitarlo? ¿Y por qué evitarlo? No recuerdo quién dijo que no leía para no perder su originalidad. ¿Se da cuenta? Si uno ha nacido para hacer o decir cosas originales, no se va a perder leyendo libros. Si no ha nacido para eso, nada perderá leyendo libros… Además, esto es nuevo, estamos en un continente distinto y fuerte, todo se desarrolla en un sentido diferente. También Faulkner leyó a Joyce y a Huxley, a Dostoievsky y a Proust. ¿Qué, quieren una originalidad total y absoluta? No existe. En el arte ni en nada. Todo se construye sobre lo anterior. No hay pureza en nada humano. Los dioses griegos también eran híbridos y estaban infectados (es una manera de decir) de religiones orientales y egipcias. Hay un fragmento de El molino del Floss en que una mujer se prueba un sombrero frente a un espejo: es Proust. Quiero decir el germen de Proust. Todo lo demás es desarrollo. Un desarrollo genial, casi canceroso, pero un desarrollo al fin. Lo mismo pasa con un cuento de Melville, creo que se llama Bertleby o Bartleby o algo por el estilo. Cuando lo leí me impresionó cierta atmósfera kafkiana. Y así en todo. Nosotros, por ejemplo, somos argentinos hasta cuando renegamos del país, como a menudo hace Borges. Sobre todo cuando se reniega con verdadera rabia, como Unamuno hace con España; como esos ateos violentos que ponen bombas en una iglesia, una manera de creer en Dios. Los verdaderos ateos son los indiferentes, los cínicos. Y lo que podríamos llamar el ateísmo de la patria son los cosmopolitas, esos individuos que viven aquí como podrían vivir en París o en Londres. Viven en un país como en un hotel. Pero seamos justos: Borges no es de ésos, pienso que a él le duele el país de alguna manera, aunque,

claro está, no tiene la sensibilidad o la generosidad para que le duela el país que puede dolerle a un peón de campo o a un obrero de frigorífico. Y ahí denota su falta de grandeza, esa incapacidad para entender y sentir la totalidad de la patria, hasta en su sucia complejidad. Cuando leemos a Dickens o a Faulkner o a Tolstoi sentimos esa compresión total del alma humana.

– ¿Y Güiraldes? -¿En qué sentido? -Quiero decir, eso del europeísmo. -Bueno, sí. En algún sentido y por momentos, Don Segundo Sombra parecería haber sido escrito por un francés que hubiese vivido en la pampa. Pero mire, Martín, observe que he dicho "en algún sentido", "por momentos"… Lo que significa que esa novela no podría haber sido hecha por un francés. Creo que es esencialmente argentina, aunque los gauchos de Lynch sean más verdaderos que los de Güiraldes. Don Segundo es un paisano mitológico, pero aun así es nada menos que un mito. Y la prueba de que es un mito auténtico es que ha prendido en el alma de nuestro pueblo. Aparte de que Güiraldes es argentino por su preocupación metafísica. Eso es característico: ya sea Hernández, ya sea Quiroga, ya sea Roberto Arlt. -¿Roberto Arlt?

– No le quepa ninguna duda. Muchos tontos creen que es importante por su pintoresquismo. No, Martín, casi todo lo que en él es pintoresco es un defecto. Es grande a pesar de eso. Es grande por la formidable tensión metafísica y religiosa de los monólogos de Erdosain. Los siete locos está plagado de defectos. No digo de defectos estilísticos o gramaticales, que no tendría importancia. Digo que está lleno de literatura entre comillas, de personajes pretenciosos o apócrifos, como el Astrólogo. Es grande a pesar de todo eso. Se sonrió.

– Pero… el destino de los grandes artistas es bastante triste: cuando lo admiran es generalmente por sus flaquezas y defectos.

Les abrió la puerta el propio Rinaldini.

Era un hombre alto, de pelo blanquísimo, de perfil aquilino y austero. En su expresión había una intrincada combinación de bondad, ironía, inteligencia, modestia y orgullo.

El departamento era muy pobre, colmado de libros Cuando llegaron, al lado de los papeles y una máquina de escribir había restos de pan y de queso. Con timidez, con disimulo, Rinaldini trató de quitarlos.

– Sólo les puedo ofrecer un vaso de vino de Cafayate. -Buscó una botella.

– Acabamos de ver a Borges por la calle, padre -comentó Bruno.

Mientras ponía unos vasos, Rinaldini sonrió. Bruno le explicó entonces a Martín que había escrito cosas muy importantes sobre Borges.

– Bueno, pero ya ha pasado mucha agua bajo el puente -comento Rinaldini.

– ¿Qué, se rectificaría?

– No -respondió con un gesto ambiguo-, pero ahora diría otras cosas. Cada día soporto menos sus cuentos.

– Pero sus poemas le gustaban mucho, padre.

– Bueno, sí, algunos. Pero hay mucho patatrás.

Bruno dijo que a él lo conmovían esos poemas que recordaban la infancia, el Buenos Aires de otro tiempo, los viejos patios, el paso del tiempo.

– Sí -admitió Rinaldini-. Lo que no tolero son sus divertimientos filosóficos, aunque mejor sería decir seudofilosóficos. Es un escritor ingenioso, seudificador. O, como dicen los ingleses, sofisticado.

– Sin embargo, padre, en un periódico francés se habla de la hondura filosófica de Borges.

Rinaldini convidó con cigarrillos mientras sonreía mefistofélicamente.

– Qué me dice…

Encendió los cigarrillos y dijo:

– Vea, tome cualquiera de esos divertimientos. La biblioteca de Babel, por ejemplo. Allí sofistica con el concepto de infinito, que confunde con el de indefinido. Una distinción elemental, está en cualquier tratadito desde hace veinticinco siglos. Y, naturalmente, de un absurdo se puede inferir cualquier cosa. Ex absurdo sequitur quodlibet. Y de esa

confusión pueril extrae la sugerencia de un universo incomprensible, una especie de parábola impía. Cualquier estudiante sabe y hasta me atrevería a conjeturar (como diría Borges) que la realización de todos los posibles a la vez es imposible. Puedo estar de pie y puedo estar sentado, pero no al mismo tiempo.

– ¿Y del cuento sobre Judas?

– Un cura irlandés me dijo un día: Borges es un escritor inglés que se va a blasfemar a los suburbios. Habría que agregar: a los suburbios de Buenos Aires y de la filosofía. El razonamiento teológico que presenta el señor Borges-Sörensen, esa especie de centauro escandinavo-porteño no tiene de razonamiento casi ni la apariencia. Es teología pintada. Yo también, si fuese pintor de la escuela abstracta, podría pintar una gallina mediante un triángulo y unos puntitos, pero de eso no podría sacar caldo de gallina. Ahora bien ¿es intencionado en Borges este juego, o es natural? Quiero decir: ¿es un sofista o un sofisticado? El tema de esa burla no es tolerable en ningún hombre honrado, aunque se diga que es pura literatura.

– En el caso de Borges, es pura literatura. El mismo lo diría.

– Peor para él.

Ahora estaba enojado.

– Estos fantaseos benévolos con Judas denotan una tendencia a la molicie y a la cobardía. Se recula ante las cosas supremas, ante la bondad y ante la maldad suprema. Así hoy un mentiroso no es un mentiroso: es un político. Se trata elegantemente de salvar al diablo. ¡No es tan negro el diablo como lo pintan, vamos!

Los miró como pidiéndoles cuentas.

– En realidad es al revés: el diablo es más negro de como lo pinta esa gente. No son malos filósofos, lo peor para ellos es que son malos escritores. Porque no perciben ni siquiera esa realidad psicológica capital que ya vio Aristóteles. Eso que Edgar Poe llamó the imp of perversity. Los grandes escritores del siglo pasado ya lo vieron con lucidez: desde Blake a Dostoievsky. Pero claro…

Se quedó sin completar la frase. Miró un momento por a ventana y luego concluyó diciendo, con su sonrisa suti


– Así que Judas anda suelto en la Argentina… El patrono de los ministros de Hacienda, pues sacó dinero de donde a nadie se le habría ocurrido. Sin embargo, pobre corazón, Judas no soñó con gobernar. Y ahora en nuestro país parece que está por obtener o ya ha obtenido puestos del gobierno. Bueno, con gobierno o sin gobierno, Judas termina siempre por ahorcarse.

Luego Bruno le explicó sus gestiones con Monseñor Gentile. Rinaldini hizo un gesto con la mano mientras sonreía con cierta resignada y bondadosa ironía.

– No se haga mala sangre, Bassán. Los obispos no me dejarán. Y en cuanto a ese Monseñor Gentile, que por desgracia es pariente suyo, sería mejor que en lugar de hacer politiquería eclesiástica leyera de cuando en cuando el Evangelio.

Se fueron.

Ahí se queda, solo, pobre, con su sotana raída, pensó Martín.


XIV

<p id="_Toc49254320">XIV</p>

Alejandra permanecía invisible y Martín se refugiaba en su trabajo y en la compañía de Bruno. Fueron tiempos de tristeza meditativa: todavía no habían llegado los días de caótica y tenebrosa tristeza. Parecía el ánimo adecuado a aquel otoño de Buenos Aires, otoño no sólo de hojas secas y de cielos grises y de lloviznas sino también de desconcierto, de neblinoso descontento. Todos estaban recelosos de todos, las gentes hablaban lenguajes diferentes, los corazones no latían al mismo tiempo (como sucede en ciertas guerras nacionales, en ciertas glorias colectivas): había dos naciones en el mismo país, y esas naciones eran mortales enemigas, se observaban torvamente, estaban resentidas entre sí. Y Martín, que se sentía solo, se interrogaba sobre todo: sobre la vida y la muerte, sobre el amor y el absoluto, sobre su país, sobre el destino del hombre en general. Pero ninguna de estas reflexiones era pura, sino que inevitablemente se hacía sobre palabras y recuerdos de Alejandra, alrededor de sus ojos grisverdosos, sobre el fondo de su expresión rencorosa y contradictoria. Y de pronto parecía como si ella fuera la patria, no aquella mujer hermosa pero convencional de los grabados simbólicos. Patria era infancia y madre, era hogar y ternura; y eso no lo había tenido Martín; y aunque Alejandra era mujer, podía haber esperado en ella, en alguna medida, de alguna manera, el calor y la madre; pero ella era un territorio oscuro y tumultuoso, sacudido por terremotos, barrido por huracanes. Todo se mezclaba en su mente ansiosa y como mareada, y todo giraba vertiginosamente en torno de la figura de Alejandra, hasta cuando pensaba en Perón y en Rosas, pues en aquella muchacha descendiente de unitarios y sin embargo partidaria de los federales, en aquella contradictoria y viviente conclusión de la historia argentina, parecía sintetizarse, ante sus ojos, todo lo que había de caótico y de encontrado, de endemoniado y desgarrado, de equívoco y opaco. Y entonces lo volvía a ver al pobre Lavalle, adentrándose en el territorio silencioso y hostil de la provincia, perplejo y rencoroso, acaso pensando en el misterio del pueblo en largas y pensativas noches de frío, envuelto en su poncho celeste, taciturno, mirando las cambiantes llamas del fogón, quizá oyendo el apagado eco de coplas hostiles en anónimos paisanos:

Cielito y cielo nublado por la muerte de Dorrego. enlútense las provincias, lloren, cantando este cielo.

Y también Bruno, al que se aferraba, al que miraba con anhelante interrogación, parecía estar carcomido por las dudas, preguntándose perpetuamente sobre el sentido de la existencia en general y sobre el ser y el no ser de aquella oscura región del mundo en que vivían y sufrían: él, Martín, Alejandra, y los millones de habitantes que parecían ambular por Buenos Aires como en un caos, sin que nadie supiese dónde estaba la verdad, sin que nadie creyese firmemente en nada; los viejos como don Pancho (pensaba Bruno) viviendo en el sueño del pasado, los aventureros haciendo fortuna sin importárseles de nada ni de nadie, los cínicos profesores que se adaptaban al nuevo orden enseñando lo que antes habían repudiado, los estudiantes luchando contra Perón y aliándose de hecho con hipócritas y aprovechadores defensores de la libertad, y los viejos inmigrantes soñando (también ellos) con otra realidad, una realidad fantástica y remota, como el viejo D'Arcángelo, mirando hacia aquel territorio ya inalcanzable y murmurando

Addio patre e matre, addio sorelli e fratelli.

Palabras que algún inmigrante-poeta habría dicho al lado del viejo, en aquel momento en que el barco se alejaba de las costas del Regio o de Paola, y en que aquellos hombres y mujeres, con la vista puesta sobre las montañas de lo que en un tiempo fue la Magna Grecia, miraban más que con los ojos del cuerpo (débiles, precarios y finalmente incapaces) con los ojos de su alma, esos ojos que siguen viendo aquellas montañas y aquellos castaños a través de los mares y los años: fijos e insensatos, indominables por la miseria y las vicisitudes, por la distancia y la vejez. Ojos con los que el viejo D'Arcángelo (grotescamente ataviado con su galerita raída y verde, como caricaturesco, y cómico símbolo del tiempo y la Frustración, impertérrito, mansa pero locamente) veía a su remota Calabria mientras Tito lo miraba con sus ojitos sarcásticos, tomando mate, pensando "la gran puta si yo tendría dinero". Así que (pensaba Martín, mirando a Tito, que miraba a su padre) ¿qué es la Argentina? Preguntas a las que muchas veces le respondería Bruno diciéndole que la Argentina no sólo era Rosas y Lavalle, el gaucho y la pampa, sino también ¡y de qué trágica manera! el viejo D'Arcángelo con su galerita verde y su mirada abstracta, y su hijo Humberto J. D'Arcángelo, con su mezcla de escepticismo y ternura, resentimiento social e inagotable generosidad, sentimentalismo fácil e inteligencia analítica, crónica desesperanza y ansiosa y permanente espera de ALGO. "Los argentinos somos pesimistas (decía Bruno) porque tenemos grandes reservas de esperanzas y de ilusiones, pues para ser pesimista hay que previamente haber esperado algo. Esto no es un pueblo cínico, aunque está lleno de cínicos y acomodados; es más bien un pueblo de gente atormentada, que es todo lo contrario, ya que el cínico se aviene a todo y nada le importa. Al argentino le importa todo, por todo se hace mala sangre, se amarga, protesta, siente rencor. El argentino está descontento con todo y consigo mismo, es rencoroso, está lleno de resentimientos, es dramático y violento. Sí, la nostalgia del viejo D'Arcángelo -comentaba Bruno, como para sí mismo-… Pero es que aquí todo era nostálgico, porque pocos países debía de haber en el mundo en que ese sentimiento fuese tan reiterado: en los primeros españoles, porque añoraban su patria lejana; luego, en los indios, porque añoraban su libertad perdida, su propio sentido de la existencia; más tarde, en los gauchos desplazados por la civilización gringa, exiliados en su propia tierra, rememorando la edad de oro de su salvaje independencia; en los viejos patriarcas criollos, como don Pancho, porque sentían que aquel hermoso tiempo de la generosidad y de la cortesía se había convertido en el tiempo de la mezquindad y de la mentira; y en los inmigrantes, en fin, porque extrañaban su viejo terruño, sus costumbres milenarias, sus leyendas, sus navidades, junto al fuego. Y ¿cómo no comprender al viejo D'Arcángelo? Pues a medida que nos acercamos a la muerte también nos acercamos a la tierra, y no a la tierra en general, sino a aquel pedazo, a aquel ínfimo (¡pero tan querido, tan añorado!) pedazo de tierra en que transcurrió nuestra infancia, en que tuvimos nuestros juegos y nuestra magia, la irrecuperable magia de la irrecuperable niñez. Y entonces recordamos un árbol, la cara de algún amigo, un perro, un camino polvoriento en la siesta de verano, con su rumor de cigarras, un arroyito. Cosas así. No grandes cosas sino pequeñas y modestísimas cosas, pero que en ese momento que precede a la muerte adquieren increíble magnitud, sobre todo cuando, en este país de emigrados, el hombre que va a morir sólo puede defenderse con el recuerdo, tan angustiosamente incompleto, tan transparente y poco carnal, de aquel árbol o de aquel arroyito de la infancia; que no sólo están separados por los abismos del tiempo sino por vastos océanos. Y así nos es dado ver a muchos viejos como D'Arcángelo, que casi no hablan y todo el tiempo parecen mirar a lo lejos, cuando en realidad miran hacia dentro, hacia lo más profundo de su memoria. Porque la memoria es lo que resiste al tiempo y a sus poderes de destrucción, y es algo así como la forma que la eternidad puede asumir en ese incesante tránsito. Y aunque nosotros (nuestra conciencia, nuestros sentimientos, nuestra dura experiencia) vamos cambiando con los años, y también nuestra piel y nuestras arrugas van convirtiéndose en prueba y testimonio de ese tránsito, hay algo en nosotros, allá muy dentro, allá en regiones muy oscuras, aferrado con uñas y dientes a la infancia y al pasado, a la raza y a la tierra, a la tradición y a los sueños, que parece resistir a ese trágico proceso: la memoria, la misteriosa memoria de nosotros mismos, de lo que somos y de lo que fuimos. Sin la cual (¡y qué terrible ha de ser entonces! se decía Bruno) esos hombres que la han perdido como en una formidable y destructiva explosión de aquellas regiones profundas, son tenues, inciertas y livianísimas hojas arrastradas por el furioso y sin sentido viento del tiempo."


XV

<p id="_Toc49254321">XV</p>

Hasta que una tarde sucedió algo asombroso: en la esquina de Leandro Alem y Cangallo, mientras esperaba el troley, al detenerse el tráfico vio a Alejandra con aquel hombre, en un Cadillac sport.

Ellos también lo vieron y Alejandra palideció.

Bordenave le dijo que subiera y ella se corrió al medio.

– La encontré a su amiga también esperando el ómnibus. Qué coincidencia. ¿A dónde va?

Martín le explicó que iba a la Boca, a su pieza.

– Bueno, entonces lo dejaremos a usted primero.

¿Por qué?, se preguntó como en vértigo Martín. Aquel "primero" sería una palabra que abriría angustiosos interrogantes.

– No -dijo Alejandra-, yo bajaré antes. Aquí nomás en Avenida de Mayo.

Bordenave la miró sorprendido; o al menos así le pareció a Martín cuando más tarde cavilaba sobre aquel encuentro, notando que la sorpresa de Bordenave era, a su vez, sorprendente.

Cuando Alejandra bajó, Martín le preguntó si quería que la acompañase, pero ella le dijo que estaba muy apurada y que mejor se veían en otro momento. Pero en el momento de alejarse vaciló, se dio vuelta y le dijo que lo esperaría en el Jockey Club al día siguiente, a las seis de la tarde.

Bordenave se mantuvo silencioso y casi hosco el resto del viaje hasta la Boca, mientras Martín trataba de analizar aquel curioso encuentro. Sí, era posible que aquel hombre hubiera encontrado a Alejandra por casualidad. ¿No lo había encontrado a él mismo por casualidad? Tampoco resultaba raro que al reconocerla por la calle la hubiese invitado a subir, dado su carácter mundano. Nada de eso era en definitiva sorprendente. Lo asombroso es que Alejandra hubiese aceptado. Por otra parte ¿por qué Bordenave se había sorprendido cuando ella dijo que bajaría en la Aveni da de Mayo? Esa reacción podía indicar que iban juntos deliberadamente y no por un encuentro fortuito, y ella había decidido bajar antes como para demostrarle a Martín que nada había con aquel individuo fuera de ese encuentro por azar; resolución que tenía que sorprender a Bordenave hasta el punto de no poder evitar aquel gesto revelador. Martín sintió que algo se derrumbaba en su espíritu, pero trató de no abandonarse a la desesperación, y con una empecinada lucidez siguió analizando el suceso. Con cierto alivio, pensó entonces que la sorpresa de Bordenave podía deberse a otro motivo: al subir al auto ella le había dicho que iba a su casa, en Barracas (como efectivamente lo probaba el que fueran por Leandro Alem hacia el sur), pero, ante la idea de que Martín pudiera sospechar algo al permanecer con Bordenave después que él bajara en la Boca, decidió bajar en la Avenida de Mayo; y esa repentina y contradictoria resolución llamó la atención de Bordenave. Estaba bien, pero ¿por qué este hombre había quedado hosco y disgustado? Bueno, porque sin duda se había hecho el propósito de flirtear con Alejandra una vez a solas y aquella resolución malograba su proyecto. Existía, sin embargo, un motivo de dudas: ¿por qué Alejandra se había negado a que Martín la acompañara? ¿No se encontraría con Bordenave más tarde, en el sitio donde seguramente iban? Detalle tranquilizador: ¿cómo podía haberse puesto Alejandra en contacto con Bordenave sino por casualidad? No lo conocía, ignoraba su domicilio, y, en cuanto a Bordenave, ni siquiera sabía el nombre de Alejandra.

Y sin embargo, una turbia sensación lo llevaba reiteradamente a analizar aquella entrevista al parecer trivial pero que ahora, a la luz de este nuevo encuentro, adquiría una singular importancia. Años después de la muerte de Alejandra tuvo la certeza de lo que en aquel momento apenas fue un insidioso chispazo: Bordenave tenía algo que ver con aquel impulso de mandarlo a Molinari que Alejandra tuvo después de la entrevista con Bordenave en el Plaza. Los acontecimientos que llevaron a su suicidio y la última conversación con Bordenave le iban a mostrar un día el papel desempeñado por aquel hombre en el drama. Y cuando años después hablase con Bruno, no podía menos que ironizar tristemente sobre el detalle de haber sido él, Martín, quien lo había colocado en el camino de Alejandra. Y recordaría una vez más, con maniática minuciosidad los detalles de aquella primera entrevista en el Plaza, aquella trivial entrevista que habría desaparecido totalmente en la nada de los episodios sin significación si los acontecimientos finales no hubieran echado una inesperada y horrenda luz sobre esa especie de manuscrito olvidado.

Pero por el momento Martín no podía alcanzar esas últimas implicaciones. Repasaba esa entrevista del Plaza, y recordaba que en el momento de presentarle a Alejandra se produjo un fugacísimo brillo en sus ojos, brillo que precedió al endurecimiento en toda su actitud. Aunque también era posible (pensaba Bruno) que ese detalle fuera un falso recuerdo, un detalle advertido en virtud de esa lucidez retrospectiva que confieren las catástrofes, o que creemos que nos confieren, cuando decimos "ahora recuerdo que oí un ruido sospechoso", cuando en realidad aquel ruido es un detalle que la imaginación agrega sobre los verdaderos y simples hechos de la memoria; forma habitual en que el presente influye sobre el pasado modificándolo, enriqueciéndolo y deformándolo con indicios premonitorios.

Martín trató de recordar palabra por palabra lo que en aquel encuentro Bordenave dijo, pero nada era importante, importante al menos para su problema. Pues dijo que esos italianos -por los dos hombres que estaban allí, hombres que señalaba con un gesto un poco cínico de su cara- eran todos iguales: todos eran ingenieros, abogados, comendadores. Pero en verdad eran unos malandrines, que había que andar con escopeta. Y Martín recordaba que, mientras tanto, sin mirarlo, Alejandra hacía intrincados dibujos en una servilleta de papel, repentinamente de mal humor. La primera palabra que pronuncian (seguía Bordenave) es corruzione, y entonces uno tiene que recordarles que a aquellos infelices que mandaban contra los ingleses en el África se les desarmaban los tanques en el camino. Esos individuos tenían el asunto paralizado. No daban en la tecla: daban dinero a los que no tenían que dar, no les daban a los que debían, en fin.

Así que cuando lo fueron a ver se echó a reír: ¿cómo, no lo habían tocado a Bevilacqua? Para fastidiarlos les subrayó que tenía apellido italiano y que, a pesar del apellido, tomaba algo más que agua. Agregando "ustedes que son italianos podrán apreciar el chiste", pero maldita la gracia que les había hecho, tal como él esperaba. Pequeñas venganzas que uno se toma, qué diablos. Que vinieran acá a hacerse los puros… Además, como también tuvo que darles a entender, si tenían tanta delicadeza ¿por qué entraban en el juego? Tan sucio era el que recibía una coima como el que la ofrecía. Martín lo miraba con asombro. Cuando después de la muerte de Alejandra volvió a repasar cada una de las escenas en que ella estaba presente, concluyó que en aquel momento Bordenave estaba hablando precisamente para Alejandra, hecho asombroso para Martín, pues no podía comprender cómo pretendía conquistarla contando semejantes cosas. Luego siguió hablando de los políticos: todos estaban corrompidos. No se refería, por supuesto, a estos peronistas: hablaba de todos, hablaba en general, de los concejales del 36, del affair del Palomar, del negociado de la Coordinación. En fin, era cosa de no acabar. En cuanto a los industriales, se quejaban (Martín pensó en Molinari) pero nunca habían ganado tanto como en esta época, aunque dijesen pavadas sobre la corrupción, sobre si se puede o no importar una sola aguja de telar sin coima, sobre si los obreros quieren trabajar o no. En fin, toda esa música. Pero ¿cuándo, se preguntaba, cuándo la industria había ganado las colosales fortunas de estos últimos años? Habían metido lavarropas hasta en la sopa. No había cabecita negra que no tuviese su batidora eléctrica. ¿Los militares? De coronel para arriba, y salvo honrosas excepciones, salvo algún loco que todavía creía en la patria, todos estaban comprados con órdenes de autos y permisos de cambio. ¿Los obreros? Lo único que les interesaba era vivir bien, tener su aguinaldo a fin de año, que ganara River o Boca, cobrar sus suculentas indemnizaciones por despido -¡otra industria nacional!-, tener sus vacaciones pagas y su día de San Perón. Riéndose, comentó: "Lo único que les falta para ser burgueses es el capitalito". Luego, revolviendo con el dedo índice el hielo de su whisky, agregó: "Pancismo y nada más que pancismo". Con billetes sobre la mesa, nada se negaba en este país. Si uno tenía fortuna, aunque fuese un bandolero, lo llenaban de atenciones, era un señor, un caballero. En fin: aquí no había que hacerse mala sangre, esto era podredumbre pura y nada tenía arreglo. Al país lo habían prostituido los gringos y ésta ya no era la nación que llevara la libertad a Chile y Perú. Hoy era una nación de acomodados, de cobardes, de quinieleros napolitanos, de compadritos, de aventureros internacionales, como esos que estaban ahí, de estafadores y de hinchas de fútbol. Fue entonces cuando se levantó, le tendió la mano y terminó diciéndole a Martín que no se preocupara, que no los desalojarían. Cuando salieron, cruzaron la calle y se sentaron en un banco, mirando hacia el río. Recordaba cada uno de los gestos de Alejandra cuando le preguntó qué le había parecido aquel hombre: encendió un cigarrillo y pudo ver, a la luz del fósforo, que su cara estaba endurecida y sombría. "¡Qué me va a parecer!, dijo, un argentino". Y luego se quedó callada y todo en ella indicaba que no volvería a decir nada más. En aquel momento Martín no veía sino que la aparición de Bordenave había enturbiado la paz interior, como la entrada de un reptil en un pozo de agua cristalina en que nos disponíamos a beber. Entonces Alejandra agregó que le dolía la cabeza y que prefería ir a su casa, a acostarse. Y cuando se iban a separar, frente a la verja de la calle Río Cuarto, le dijo, con voz desagradable, que hablaría con Molinari, pero que no se hiciese ninguna ilusión.

Cuando examinó aquel viejo documento de su memoria, resaltaron con casi brutal claridad algunas de sus palabras, que entonces, después de la muerte de Alejandra tomaron un significado inesperado. Sí: entre aquella tarde apacible en que caminaban tomados de la mano y la absurda entrevista con Molinari estaba la aparición de Bordenave. Algo atroz había irrumpido.


XVI

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Hasta que, sin habérselo propuesto, se encontró frente al café de Chichín, y entrando oyó al Loco Barragán, que tomaba aguardiente sin dejar, como siempre, de predicar, diciendo Vienen tiempos de sangre y fuego, muchachos, amenazando, admonitorio y profético, con el dedo índice de la mano derecha a los grandulones que lo farreaban, incapaces de tomar en serio nada que no fuera Perón o el partido del domingo con Ferrocarril Oeste, mientras Martín pensaba que Alejandra había palidecido en el momento en que se encontraron, aunque también era probable que le hubiera parecido a él, ya que no era fácil discernirlo inequívocamente estando como estaba debajo de la capota; dato de enorme importancia, claro, porque indicaría que el encuentro con Bordenave no era casual sino concertado, pero ¿cómo y cuándo, Dios mío, cómo y cuándo? Tiempos de venganza, muchachos y haciendo gestos de escribir con la mano derecha en el aire, con enormes letras, agregaba está escrito, a lo que los muchachones reían a más no poder y Martín reflexionaba que, sin embargo, tampoco el haber palidecido era un dato inequívoco, ya que podía responder a la vergüenza de ser encontrada por Martín junto a un individuo que ella había demostrado despreciar. Y además ¿cómo podían haberse encontrado deliberadamente si ella ignoraba dónde vivía Bordenave, y no le parecía ni siquiera concebible por la imaginación más febril que ella hubiese buscado su dirección o su número en la guía y lo hubiese llamado? Tiempos de sangre y fuego, porque el fuego tendrá que purificar esta ciudad maldita, esta nueva Babilonia, porque todos somos pecadores aunque sí quedaba la posibilidad de que se hubiesen encontrado en el bar del Plaza, bar que evidentemente Alejandra frecuentaba o había frecuentado antes, como lo revelaba la precisión con que lo condujo a él en aquella entrevista, de modo que habría entrado al bar (pero ¿para hacer qué, Dios mío, para hacer qué?) y al encontrarse con Bordenave podía haber surgido una conversación, acaso, lo más probable por iniciativa de él ya que era a las claras un mujeriego y un hombre mundano. Sí, riasén manga de vagos, pera yo les digo que tenemos que pasar por la sangre y por el fuego y aunque todos reían, y hasta el propio Barragán por momentos parecía seguirles la chacota, buen tipo como era, sin embargo sus ojos adquirieron fulgor al dirigir sus miradas hacia Martín, un fulgor acaso profético, aunque fuese el de un modesto profeta de barrio, borracho y torpe (pero, como pensaría Bruno, ¿qué se sabe sobre los instrumentos que el destino elige para insinuar oscuramente sus propósitos? Y, acaso, y dada la ambigua perversidad con que suele proceder, ¿no era posible que enviase sus arteros mensajes a través de seres que raramente se toman en serio como son los locos y los chicos?), y como si hablara otra persona, no la que bromeaba con los muchachos del bar, agregó pero vos, pibe, vos no, porque vos tenés que salvarnos a todos y todos se quedaron callados y un silencio rodeó a aquellas inesperadas palabras del loco; aunque en seguida los muchachos volvieron a la carga y preguntaban decí qué número gana mañana, loco, pero Barragán, meneando la cabeza, tomando su cañita quemada, respondía sí, riasén, pera ya van a ver lo que les digo, ya lo van a ver con sus propios ojos, porque es necesario que esta ciudad emputecida sea castigada y tiene que venir Alguien porque el mundo no puede seguir así momento en que Martín, impresionado, mirando con fijeza, vinculó sus palabras con otras de Alejandra sobre los sueños premonitorios y la purificación por el fuego.

– Nos han quitado al Cristo ¿y qué nos han dado, en cambio? Autos, aviones, heladeras eléctricas. Pero vos, Chichín, pongo por caso, ¿sos más feliz ahora que tenés heladera eléctrica que cuando venía el rengo Acuña con las barras de velo? Supongamos, es un suponer, que mañana vos, Loiácono, podes ir a la Luna -frase que fue celebrada con risotadas-, pero les digo, zonzos, que es un suponer ¿y qué? ¿Vas a ser por eso más feliz que ahora?

– Ma de qué felicidá m'está hablando -comentó con rencor Loiácono- si yo en la puta vida he sido felí.

– Bueno, está bien, te digo que es un suponer. Pero, te pregunto: ¿serías más feliz por ir a la Luna?

– Y yo qué sé -respondió Loiácono con resentimiento.

Pero el loco Barragán proseguía con su predicación, sin oírlo, ya que su pregunta era retórica:

– Por eso yo les digo, muchachos, que la felicidad hay que buscarla dentro del corazón. Pero para eso se necesita que venga el Cristo de nuevo. Lo hemos olvidado, hemos olvidado sus enseñanzas, hemos olvidado que sufrió el martirio por nuestra culpa y por nuestra salvación. Somos una manga de desagradecidos y unos canallas. Y si viene de nuevo, capaz que no lo conocemos y hasta le tomamos el pelo.

– Quién te dice -comentó Díaz-, vo so el Cristo y ahora nosotro te estamo tomando en joda.

Todos rieron celebrando la salida de Díaz, pero Barragán, meneando la cabeza con benévola sonrisa de borracho, proseguía, con lengua cada vez más pastosa:

– Todos estamos tristes -algunos protestaron, dijeron yo no, avisa, etcétera-. Todos estamos tristes muchachos. No nos engañemos. ¿Y por qué estamos todos tristes? Porque nuestro corazón está insatisfecho, porque sabemos que somos unos miserables, unos canallas. Porque somos injustos, ladrones, porque tenemos el alma llena de odio. Y todos corren. ¿Para qué, les digo yo? ¿Adonde? Todos luchan por tener unos mangos ¿para qué? ¿Acaso no nos vamos a morir todos? ¿Y para qué queremos la vida si no creemos en Dios?

– Bueno, ufa, terminala -dictaminó Loiácono-. Vo también so bastante bueno, loco. Mucho Dios, mucho Cristo y mucho de esto -se señalaba los labios- pero dejá que tu mujer labure como una burra para mantenerte, mientras vo aquí dale discurso.

El loco Barragán lo consideró con mirada bondadosa. Tomó un traguito de caña y preguntó:

– ¿Y quién te ha dicho que yo no sea un turro?

Mostró su vasito de caña quemada y con voz dolorida agregó:

– Yo, muchachos, soy un borracho y un loco. Me dicen el loco Barragán. Chupo, me paso el día vagando por ahí y pensando mientras la patrona trabaja de sol a sol. Qué le voy a hacer. Así nací y así voy a morir. Soy un canalla, no me aparto. Pero eso no es lo que les digo, muchachos. ¿No dicen que los chicos y los locos dicen la verdad? Y bueno, yo soy loco, y muchas veces, por esta cruz, ni sé por qué hablo.

Todos se rieron.

– Sí, riasén. Pero yo les digo que el Cristo se me apareció una noche y me dijo: Loco, el mundo tiene que ser purgado con sangre y fuego, algo muy grande tiene que venir, el fuego caerá sobre todos los hombres, y te digo que no va a quedar piedra sobre piedra. Esto me dijo el Cristo.

Los muchachos se retorcían de risa, menos Loiácono.

– Sí, metalén, muchachos, dale que va. Riasén y después me cuentan. Acá hay uno solo que sabe lo que digo.

Las risotadas cesaron y un silencio rodeó estas últimas palabras. Pero en seguida todos volvieron a las bromas y luego empezaron a hacer cálculos sobre el partido del domingo.

Pero Martín miraba al Loco, mientras volvían a su memoria aquellas otras palabras de Alejandra sobre el fuego.


XVII

<p id="_Toc49254323">XVII</p>

Alejandra no fue. En cambio, llegó Wanda con un mensaje: no podría verlo durante esa semana.

– Mucho trabajo -agregó, mirando su encendedor con música.

– Mucho trabajo -repitió Martín, en tanto que aviesamente aparecía la figura de Bordenave.

Wanda se limitó a encender y apagar varias veces el encendedor.

– Ella te llamará.

– Bueno.

Un gran peso le impidió incorporarse después que Wanda se hubo ido, pero por fin se levantó para llamar a Bruno. Lo llamaba con timidez, no le decía que deseaba verlo, pero siempre Bruno terminaba insistiéndole para que fuera.

Se sentó en un rincón y Bruno intentó distraerlo con comentarios sobre cualquier cosa.

– ¿Lo conoce a Molina Costa?

– No.

– Resulta que al lado de su campo está la estancia de un señor Pearson Spaak. El hijo, Willie, lo criticaba porque andaba con breeches, mientras que él llevaba siempre bombachas criollas y no usa jamás montura inglesa, le dijo: "Viejo, vos necesitas todo eso porque te llamas Pearson Spaak; pero como yo me llamo Molina Costa puedo darme el lujo de andar con breeches".

Bruno se rió con muchas ganas, en una forma que Martín no le había observado antes. Parece que aquella anécdota le causaba una enorme gracia. Cuando se calmó, dijo:

– Es indudable que en ese empeño que tenemos últimamente en rechazar todo lo europeo hay un fuerte sentimiento de inseguridad. ¿No le parece? Acá los grupos nacionalistas están llenos de individuos que se llaman Kelly o Rabufetti.

Se quitó los anteojos y los limpió, con aquella manía de mantenerlos perfectos, o quizá en virtud de un simple tic. Sus ojos se agrandaban repentinamente al ser vistos sin aquellos gruesos cristales, y le conferían al rostro una curiosa sensación de desnudez que a Martín casi lo avergonzaba. Por lo demás, la mirada de Bruno se volvía más abstracta y como desamparada frente a un universo minucioso y rico.

Le habló del libro que estaba leyendo, sobre el tiempo, y le explicó la diferencia que existe entre el tiempo de los astrónomos y el del hombre. Mientras reflexionaba que nada de todo aquello podía serle útil a Martín, sino como mera distracción. Toda consideración abstracta, aunque se refiriese a problemas humanos, no servía para consolar a ningún hombre, para mitigar ninguna de las tristezas y angustias que puede sufrir un ser concreto de carne y hueso, un pobre ser con ojos que miran ansiosamente (¿hacia qué o hacia quién?), una criatura que sólo sobrevive por la esperanza Porque felizmente (pensaba) el hombre no está sólo hecho de desesperación sino de fe y de esperanza; no sólo de muerte sino también de anhelo de vida; tampoco únicamente de soledad sino de momentos de comunión y de amor. Porque si prevaleciese la desesperación, todos nos dejaríamos morir o nos mataríamos, y eso no es de ninguna manera lo que sucede. Lo que demostraba, a su juicio, la poca importancia de la razón, ya que no es razonable mantener esperanzas en este mundo en que vivimos. Nuestra razón, nuestra inteligencia, constantemente nos están probando que ese mundo es atroz, motivo por el cual la razón es aniquiladora y conduce al escepticismo, al cinismo y finalmente a la aniquilación Pero, por suerte, el hombre no es casi nunca un ser razonable, y por eso la esperanza renace una y otra vez en medio de las calamidades. Y este mismo renacer de algo tan descabellado, tan sutil y entrañablemente descabellado, tan desprovisto de todo fundamento es la prueba de que el hombre no es un ser racional. Y así, apenas los terremotos arrasan una vasta región de Japón o de Chile; apenas una gigantesca inundación liquida a centenares de miles de chinos en la región del Yang Tse; apenas una guerra cruel y, para la in-mensa mayoría de sus víctimas sin sentido, como la Guerra de los Treinta Años, ha mutilado y torturado, asesinado y violado, incendiado y arrasado a mujeres, niños y pueblos, ya los sobrevivientes, los que sin embargo asistieron, espantados e impotentes, a esas calamidades de la naturaleza o de ios hombres, esos mismos seres que en aquellos momentos de desesperación pensaron que nunca más querrían vivir y que jamás reconstruirían sus vidas ni podrían reconstruirlas aunque lo quisieran, esos mismos hombres y mujeres (so-bre todo mujeres, porque la mujer es la vida misma y la tierra madre, la que jamás pierde un último resto de espe-ranza), esos precarios seres humanos ya empiezan de nuevo, como hormiguitas tontas pero heroicas, a levantar su pequeño mundo de todos los días: mundo pequeño, es cierto, pero por eso mismo más conmovedor. De modo que no eran las ideas las que salvaban al mundo, no era el intelecto ni la razón, sino todo lo contrario: aquellas insensatas esperanzas de los hombres, su furia persistente para sobrevivir, su anhelo de respirar mientras sea posible, su pequeño, testarudo y grotesco heroísmo de todos los días frente al infortunio. Y si la angustia es la experiencia de la Nada, algo así como la prueba ontológica de la Nada, ¿no sería la esperanza la prueba de un Sentido Oculto de la Existencia, algo por lo cual vale la pena luchar? Y siendo la esperanza más poderosa que la angustia (ya que siempre triunfa sobre ella, porque si no todos nos suicidaríamos) ¿no sería que ese Sentido Oculto es más verdadero, por decirlo así, que la famosa Nada?

Mientras en un plano más superficial le decía a Martín algo aparentemente sin conexión con sus reflexiones profundas, pero en realidad conectadas a ella por vínculos irregulares pero vitales.

– Siempre pensé que me gustaría ser algo así como bombero.

Y como Martín lo mirara sorprendido, comentó: pensando que acaso ese tipo de reflexiones sí podían ser útiles a su desdicha, pero con una sonrisa que atenuaba su pretensión.

– Quizá cabo de bomberos. Porque entonces uno sentiría que está entregado a algo comunitario, a algo en que uno realiza un esfuerzo por los demás, y además en medio del peligro, cerca de la muerte. Y, siendo cabo, porque se sentiría, supongo, la responsabilidad de su pequeño grupo. Ser para ellos la ley y la esperanza. Un pequeño mundo en que el alma de uno esté transfundida en una pequeña alma colectiva. De modo que las penas son las penas de todos y la alegrías también, y el peligro es el peligro de todos. Saber, además, que uno puede y debe confiar en sus camaradas, que en esos momentos límites de la vida. en esas zonas inciertas y vertiginosas en que la muerte nos enfrenta repentina y furiosamente, ellos, los camaradas, lucharán contra ella, nos defenderán y sufrirán y esperarán por nosotros. Y luego el destino pequeño y modesto de mantener el equipo limpio, los broncas relucientes, el limpiar y afilar las hachas, el vivir con sencillez esos momentos que sin embargo preceden al peligro y acaso a la muerte.

Se quitó los anteojos y los limpió.

– Muchas veces lo he imaginado a Saint-Exupéry allá arriba, con su pequeño avión, luchando contra la tempestad, en pleno Atlántico, heroico y taciturno, con su telegrafista atrás, unidos por el silencio y la amistad, por el peligro común pero también por la común esperanza; escuchando el rugido del motor, vigilando con ansiedad la reserva de combustible, mirándose entre sí. La camaradería frente a la muerte.

Se colocó los anteojos y sonrió, mirando a lo lejos.

– Bueno, acaso uno admire más lo que no es capaz de hacer. No sé si sería capaz de hacer la centésima parte de cualquiera de los actos de Saint-Exupéry. Claro, esto es lo grande. Pero quería decir que aun en pequeño… cabo de bomberos… En cambio, yo… ¿qué soy, yo? Una especie de contemplativo solitario, un inútil. Ni siquiera sé si alguna vez lograré escribir una novela o un drama. Y aunque lo escribiera… no sé si nada de eso puede ser equiparable a formar parte de un pelotón y guardar el sueño y la vida de los camaradas con su fusil… No importa que la guerra sea hecha por sinvergüenzas, por bandoleros de las finanzas o el petróleo: aquel pelotón, aquel sueño guardado, aquella

fe de nuestros camaradas, ésos serán siempre valores absolutos.

Martín lo miraba con los ojos empañados, estáticamente. Y Bruno pensó para sí: "Bueno, al fin, ¿no estamos todos en una especie de guerra? ¿Y no pertenezco a un pequeño pelotón? ¿Y no es Martín, en cierto modo, alguien cuyo sueño yo velo y cuyas angustias intento suavizar y cuyas esperanzas cuido como una llamita en medio de una furiosa tormenta?"

Y en seguida se avergonzó.

Entonces contó un chiste.


XVIII

<p id="_Toc49254324">XVIII</p>

Luego, levantando la mirada y al ver que los ojos de Martín brillaban, añadió:

– Pero con una condición, Martín. Los ojos de Martín se apagaron.


E1 lunes esperó su llamado, pero en vano. El martes, impaciente, la llamó a la boutique. Le pareció que la voz de Alejandra era áspera, pero podía ser por el trabajo. Ante la insistencia de Martín, le dijo que lo esperaba a tomar un café en el bar de Charcas y Esmeralda.

Martín corrió al bar y la encontró esperándolo: fumaba mirando hacia la calle. El diálogo fue corto porque ella tenía que volver al taller. Martín le dijo que quería verla tranquila, una tarde entera.

– Me es imposible, Martín.

Al ver los ojos del muchacho empezó a golpear con una boquilla que tenía, mientras parecía pensar y sacar cuentas. Su ceño estaba fruncido y su expresión era de preocupación.

– Ando muy enferma -dijo al cabo.

– ¿Qué te pasa?

– Qué no me pasa, sería mejor decir.

Sueños atroces, dolores de cabeza (en la nuca, que luego se extendían a todo el cuerpo), centelleos en los ojos.

– Y como si todo eso fuera poco, esas campanas de iglesia. Una mezcla de hospital e iglesia, como ves.

– Así que por eso no me podes ver -comentó Martín con ligero sarcasmo.

– No, no digo eso. Pero todo se junta, ¿comprendes?

"Todo se junta", se repitió para sí Martín, sabiendo que en ese "todo" estaba lo que más lo atormentaba.

– ¿De modo que te es imposible verme?

Alejandra mantuvo por un instante la mirada del muchacho pero luego bajó los ojos y se puso a golpear con la boquilla contra la mesa.

– Bueno -dijo, por fin-, nos veremos mañana a la tarde.

– ¿Cuánto tiempo? -preguntó ansioso Martín.

– Toda la tarde, si querés -agregó Alejandra, sin mirar y sin dejar de dar golpecitos con la boquilla.


XIX

<p id="_Toc49254325">XIX</p>

Al otro día el sol brillaba como en aquel lunes, pero el viento era excesivamente fuerte y había demasiada tierra en el aire. Así que todo era parecido pero nada era igual, como si la favorable conjunción de los astros de aquel día se hubiera ya desfigurado -temía Martín.

El pacto establecido confería una melancólica paz al nuevo encuentro: hablaban suavemente, como dos buenos amigos. Pero por eso mismo resultaba tan triste para Martín. Y, acaso sin sentido con plena conciencia (pensaba Bruno), no veía el momento de bajar al río y de sentarse de nuevo en el mismo banco, como se quiere repetir un acontecimiento reiterando las fórmulas mágicas que lo provocaron por primera vez; e ignorando, claro, hasta qué punto aquel lunes, que para él había sido perfecto, para Alejandra había sido sordamente angustioso; de modo que los mismos hechos que repitiéndose constituían para él motivo de felicidad, para ella eran causa de desasosiego; fuera de que siempre es levemente siniestro volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección.

Hasta que bajaron al río y se sentaron en el mismo banco.

Durante largo rato no hablaron, en medio de una especie de serenidad. Serenidad que sin embargo en Martín, después de su candorosa esperanza en el restorán, se iba tiñendo crecientemente de melancolía, ya que esa paz precisamente existía por la condición que Alejandra había impuesto. Y en lo que a ella se refería (pensaba Bruno) aquella serenidad era simplemente una suerte de paréntesis, tan precario, tan insustancial como el que un enfermo de cáncer logra con una inyección de morfina.

Miraban los barcos, las nubes.

También observaban las hormigas, que trabajaban con esa acelerada y empeñosa seriedad que las caracteriza.

– Miralas cómo producen -comentó Alejandra-. Segundo Plan Quinquenal.

Siguió con su mirada a una que buscaba su camino tambaleando bajo una carga que en proporción era como un automóvil para un hombre.

Siguiendo la marcha del animalito, preguntó:

– ¿Sabes lo que le dijo Juancito Duarte a Zubiza, cuando Zubiza llegó al infierno?

Sí, lo sabía.

– ¿Y el de Perón en el infierno?

No, ése todavía no lo sabía.

También se contaron los chistes del día sobre Aloé.

Después Alejandra volvió a las hormigas.

– ¿Recordás el cuento de Mark Twain sobre las hormigas?

– No.

– Unas hormigas tienen que transportar una pata de langosta hasta la cueva. Prueba que son los bichos más zonzos de la creación. Es bastante divertido: una especie de baño, después de todas esas sensiblerías de Maeterlinck y compañía. ¿A vos no te parece el colmo de la estupidez?

– Nunca lo pensé.

– Pero las gallinas son peores. Una tarde, en la quinta de Juan Carlos, me pasé horas tratando de crearles algún reflejo, con un palo y comida. Digo, eso de Pávlov. Como si nada. Lo habría querido ver a Pávlov con gallinas. Son tan idiotas que al final te da rabia. ¿No te da rabia la idiotez?

– No sé, depende. Sí son idiotas y pedantes, quizá.

– No, no -comentó ella con ardor-. Te digo la idiotez pura sin más ni más.

Martín la miró intrigado.

– No creo. Es como si me diera rabia una piedra.

– ¡No es lo mismo! La gallina no es una piedra: se mueve, come, tiene intenciones.

– No sé -comentó Martín, con perplejidad-. No entiendo bien por qué me tendría que dar rabia eso.

Volvieron al silencio, pero quizá imaginando cada uno cosas diferentes. Martín con la impresión de que siempre habría en ella sentimientos e ideas que él jamás alcanzaría a comprender; y ella (pensaba Martín) con cierto desdén. O, lo que era peor, con algún sentimiento que ni siquiera podía él suponer.

Alejandra buscó su cartera y sacó una libreta de direcciones. De su interior extrajo una fotografía.

– ¿Te gusta? -preguntó.

Era una instantánea en la terraza de Barracas, apoyada sobre la balaustrada. Tenía ese rostro profundo y anhelante, esa espera de algo indefinido que tanto le había subyugado cuando la conoció.

– ¿Te gusta? -volvió a preguntarle-. Es de aquellos días.

En efecto, Martín reconocía la blusa y la pollera. ¡Todo parecía tan remoto! ¿Por qué le mostraba ahora esa fotografía?

Pero ella insistió:

– ¿Te gusta o no?

– Claro, cómo no me va a gustar. ¿Quién te la sacó?

– Alguien que vos no conoces.

Una nube tenebrosa oscureció aquel cielo melancólico pero sereno.

Luego, mientras la mantenía en sus manos y la miraba con sentimientos encontrados, Martín preguntó, con timidez:

– ¿Me la podes dar?

– Te la traje para dártela. Siempre que te gustara.

Martín se emocionó, al mismo tiempo que sentía pena: parecía como si tuviera algún significado de despedida. Algo de eso le dijo, pero ella no contestó nada; se quedó observando las hormigas mientras Martín escrutaba su expresión.

Desanimado, bajó su cabeza y su mirada cayó en la mano de Alejandra, que estaba sobre el banco, al lado del cuerpo de Martín, todavía con la libreta abierta: en ella se veía doblado, un sobre de carta aérea. Las direcciones que ella anotaba en su libreta, las cartas que recibía, todo aquello constituía para Martín un mundo dolorosamente ajeno.

Y aunque siempre se detenía al borde, alguna vez se le escapaba una desdichada pregunta. Aquella vez, también.

– Es una carta de Juan Carlos -dijo Alejandra.

– ¿Qué dice ese ganso? -preguntó Martín con amargura.

– Imagináte, las tonterías de siempre.

– ¿Qué tonterías?

– ¿De qué puede hablar Juan Carlos en una carta, por avión o no? A ver, alumno Del Castillo.

Lo miraba sonriendo, pero Martín, con seriedad que (estaba seguro) a ella le debía parecer necia, respondió:

– ¿Flirts?

– Muy bien, niño. Nueve puntos. Y no le pongo diez porque preguntó, en lugar de suponerlo directamente. Cientos, miles de flirts con danesas altísimas y sonsísimas y suavemente rubias. En fin, esa gente que lo subyuga. Todas muy quemadas por el cultivo sistemático de deportes al aire libre. Por viajes de millones de millas en canoas, en fraternal camaradería con muchachos tan rubios, quemados y altos como ellas. Y mucho practical joke, como le fascina a Juan Carlos.

– Mostrame la estampilla -pidió Martín.

Conservaba la pasión infantil por las estampillas de tierras lejanas. Al tomar la carta le pareció que Alejandra hacía un pequeño ademán, inconsciente, quizá, de retención. Agitado por aquel detalle, Martín hizo como que examinaba la estampilla.

Al devolverle la carta, la miró con cuidado y le pareció que ella se turbaba.

– No es de Juan Carlos -aventuró.

– Claro que es de Juan Carlos. ¿No ves la letra de nene de cuarto grado?

Martín se quedó en silencio, como siempre que se suscitaba una situación semejante. Incapaz de ir más allá, de internarse en aquella región turbia de su alma.

Tomó un palito y empezó a escarbar en la tierra.

– No seas tonto, Martín. No arruines este día con pavadas.

– Trataste de retener la carta -comentó Martín, sin dejar de escarbar con el palito.

Hubo un silencio.

– ¿Ves? No me equivocaba.

– Sí, tenés razón, Martín -admitió ella-. Es que no habla bien de vos.

– ¿Y qué? -comentó él con aparente displicencia- Total, no la iba a leer.

– No, claro que no… Pero me pareció una falta de delicadeza que la tuvieras en la mano, inocentemente… Es decir, ahora que pienso, me doy cuenta de que ése fue el motivo.

Martín levantó la mirada hacia ella.

– ¿Y por qué habla mal de mí?

– Bah, no vale la pena. Te apenaría inútilmente.

– ¿Y de qué me conoce, ese idiota? Si ni siquiera me ha visto una sola vez.

– Martín, te imaginas que alguna vez le he hablado de vos.

– ¿A ese cretino le has hablado de mí, de nosotros?

– Pero si es como hablarle a nadie, Martín. Como hablarle a una pared. A nadie le he dicho nada, ¿comprendes? A él es como hablarle a una pared.

– No, no comprendo, Alejandra. ¿Por qué a él? Me gustaría que me dijeses o que leyeses lo que dice de mí.

– Pero si es una tontería típica de Juan Carlos, ¿para qué?

Le entregó la carta.

– Te he advertido que te traerá tristeza -anunció con rencor.

– No importa -respondió Martín tomando la carta con avidez, nervioso, mientras ella se colocaba a su lado, en la actitud del que va a leer algo con uno.

Martín se imaginó que quería atenuar frase por frase, y así se lo comentó a Bruno. Y Bruno pensó que la actitud de Alejandra era tan insensata como la que nos lleva a vigilar las maniobras de alguien que conduce mal el auto en el que vamos.

Martín iba a sacar la carta del sobre, cuando de pronto comprendió que aquella actitud podría destruir los pocos y frágiles restos que quedaban del amor de Alejandra. Su mano cayó, desalentada, con el sobre y así permaneció un rato, hasta que se la devolvió. Alejandra volvió a guardarla.

– A un cretino semejante le haces confidencias -comentó, pero con cierta vaga conciencia de que estaba cometiendo una injusticia, porque, de eso estaba seguro, a aquel individuo jamás Alejandra podía hacerle "confidencias". Sería algo mejor o peor, pero jamás confidencias.

Sentía una necesidad de herirla y sabía, o intuía, que esa palabra debía herirla.

– ¡No digas idioteces! Te acabo de decir que hablarle a él es como esas conversaciones que uno sostiene con el caballo. ¿No comprendes? Sí, de todos modos, es cierto que no debí decirle nada, en eso tenés razón. Pero yo estaba borracha.

Borracha, con él (pensó Martín, con más amargura).

– Es -agregó ella, después de un momento, y ya menos dura-, es como si a un caballo le mostrás una fotografía de un hermoso paisaje.

Martín sintió que una gran felicidad trataba de atravesar los pesados nubarrones, y la expresión "hermoso paisaje", de todos modos, llegaba hasta su alma atormentada como un mensaje luminoso. Pero tenía que forzar el paso entre aquellas nubes pesadas, y, sobre todo, a través de aquel "estaba borracha".

– ¿Me estás oyendo?

Martín hizo un gesto afirmativo.

– Mirá, Martín -oyó que ella decía, de pronto-. Yo me separaré de vos, pero nunca creas cosas equivocadas sobre nuestra relación.

Martín la miró consternado.

– Sí. Por muchos motivos esto no puede seguir, Martín. Será mejor para vos, mucho mejor.

Martín no atinaba a decir nada. Sus ojos se llenaron de lágrimas y para que ella no lo advirtiera empezó a mirar hacia delante, a lo lejos: como un cuadro impresionista, miraba sin ver un barco de casco marrón, a lo lejos, y unas gaviotas blancas que giraban sobre él.

– Ahora empezarás a pensar que no te quiero, que nunca te quise -dijo Alejandra.

Martín seguía la trayectoria del barco marrón con una especie de fascinación.

– Y sin embargo -decía Alejandra.


Martín inclinó la cabeza y volvió a observar las hormigas: una de ellas llevaba una hoja grande y triangular que parecía la vela de un minúsculo barquito: el viento la hacía bambolear y ese pequeño vaivén acentuaba la semejanza.

Sintió que la mano de Alejandra le tomaba el mentón

– Vamos -le dijo con energía-. Levanta esa cara.

Pero Martín, con fuerza y tozudez, lo evitó.

– No, Alejandra, déjame ahora. Quiero que te vayás y me dejes solo.

– No seas tonto, Martín. Maldito el momento en que viste esa carta estúpida.

– Y yo maldigo el momento en que te encontré. Ha sido el momento más desdichado de mi vida.

Oyó la voz de Alejandra, que preguntaba:

– ¿Eso crees?

– Sí.

Alejandra se quedó callada. Después de un rato se levantó del banco y dijo:

– Caminemos un momento juntos, al menos.

Martín se levantó pesadamente y empezó a caminar detrás de ella.

Alejandra lo esperó, lo tomó del brazo y le dijo:

– Martín, te dije más de una vez que te quiero, que te quiero mucho. No te olvides de eso. Yo jamás digo algo en lo que no creo.

Una lenta y grisácea paz fue descendiendo con esas palabras sobre el alma de Martín. Pero ¡cuánto mejor era la tempestad de los peores momentos de ella que esa calma gris sin esperanzas!

Caminaron cada uno absorto en sus propias ideas.

Cuando llegaron frente a la confitería del balneario, Alejandra dijo que tenía que telefonear.

En el café todo tenía ese aire desolado que para él tenían los lugares festivos en los días de trabajo: las mesas estaban apiladas unas sobre otras, también las sillas; un mozo, en camisa, con los pantalones arremangados, lavaba el piso. Mientras Alejandra telefoneaba, Martín, en el mostrador, pidió un café, pero le dijeron que la máquina estaba fría.

Cuando Alejandra volvió del teléfono y Martín le dijo que no había café, ella sugirió que fueran hasta el Moscova a tomar una copa.

Pero estaba cerrado. Golpearon y esperaron en vano.

Preguntaron en el kiosco de la esquina.

– ¿Cómo, no sabían?

Lo habían encerrado en el manicomio, en Vieytes.

Parecía un símbolo: aquel bar era el primero en que había conocido la felicidad. En los momentos más deprimentes de sus relaciones con Alejandra siempre acudía al espíritu de Martín el recuerdo de aquel atardecer, aquella paz al lado de la ventana, contemplando cómo la noche bajaba sobre los techos de Buenos Aires. Nunca como en aquel momento él se había sentido más lejos de la ciudad, del tumulto y el furor, la incomprensión y la crueldad; nunca se había sentido tan aislado de la suciedad de su madre, de la obsesión del dinero, de aquella atmósfera de acomodos, cinismos y resentimiento de todos contra todos. Allí, en aquel pequeño pero poderoso refugio, bajo la mirada de aquel hombre entregado al alcohol y a las drogas, tan fracasado como generoso, parecía como si toda la burda realidad externa estuviese abolida. Había pensado más tarde si era inevitable que seres tan delicados como Vania tuvieran que terminar entregándose al alcohol o a las drogas. Y le conmovían también aquellas pinturas baratas de las paredes, tan burdamente representativas de la patria lejana. ¡Qué emocionante era todo aquello, precisamente por ser tan barato y candoroso! No era una pintura con pretensiones hecha por algún pintor malo que se cree bueno, sino, con toda seguridad, realizada por un artista tan borracho y tan fracasado como el propio Vania; tan desgraciado y definitivamente exiliado de su propia tierra como él; condenado a vivir aquí, en un país para ellos absurdo y remotísimo: hasta la muerte. Y aquellas imágenes baratas, sin embargo, de alguna manera servían para recordar la patria lejana, del mismo modo que las decoraciones de un escenario, aunque hechas de papel, aunque muchas veces torpes y primarias, de algún modo contribuyen a que sintamos de verdad el drama o la tragedia. El hombre del kiosco meneaba la cabeza.

– Era un buen hombre -dijo.

Y el verbo en pasado daba a las paredes del loquero el siniestro significado que verdaderamente tienen.

Se volvieron hacia el Paseo Colón.

– Al fin -comentó Alejandra- aquella inmundicia salió con la suya.

Alejandra, que se había puesto muy deprimida, sugirió ir hasta la Boca.

Cuando bajaron en Pedro de Mendoza y Almirante Brown entraron en el bar de la esquina.

De un carguero brasileño llamado Recife bajó un negro gordo y sudoroso.

– Louis Armstrong -comentó Alejandra, señalando con su sandwich.

Después salieron a caminar por los muelles. Y bastante lejos, en un lugar descubierto, se sentaron al borde de los malecones, mirando hacia los semáforos.

– Hay días astrológicamente malos -comentó Alejandra.

Martín la miró.

– ¿Cuál es tu día? -preguntó.

– El martes.

– ¿Y tu color?

– El negro.

– El mío es el violeta.

– ¿El violeta? -preguntó Alejandra, con cierta sorpresa.

– Lo leí en Maribel.

– Veo que elegís buen material de lectura.

– Es una de las revistas preferidas de mi madre -dijo Martín-, una de las fuentes de su cultura. Es su Crítica de la Razón Pura.

Alejandra negó con la cabeza.

– Para astrología, nada como Damas y Damitas. Es brutal…

Seguían la entrada y salida de barcos. Uno de casco blanquísimo y línea alargada, como una grave ave marina, se deslizaba sobre el Riachuelo, remolcado hacia la desembocadura. El puente levadizo se levantó con lentitud y el barco pasó, haciendo sonar repetidas veces su sirena. Y resultaba extraño el contraste entre la suavidad y elegancia de sus formas, el silencio de su deslizamiento y la fuerza rugiente de los remolcadores.

– Doña Anita Segunda -advirtió Alejandra, por el remolcador delantero.

Les encantaban esos nombres y jugaban concursos e instituían premios al que encontraba el más lindo: Garibaldi Terrero, La Nueva Teresina. Doña Anita Segunda no era malo, pero Martín ya no pensaba en concursos, sino, más bien, cómo todo aquello pertenecía a una época sin retorno.

El remolcador rugía, lanzando una columna de humo negro y retorcido. Los cables estaban tensos como cuerdas de un arco.

– Siempre tengo la sensación de que en una de ésas al remolcador le va a salir una hernia -comentó Alejandra.

Con desconsuelo, pensó que todo eso, todo, desaparecería de su vida. Como aquel barco: silenciosa pero inexorablemente. Hacia puertos remotos y desconocidos.

– ¿En qué pensás, Martín?

– Cosas.

– Decí.

– Cosas, cosas indefinidas.

– No seas malo. Decí.

– Cuando hacíamos concursos. Cuando hacíamos planes para irnos de esta ciudad, a cualquier parte.

– Sí -confirmó ella.

De pronto, Martín le hizo saber que había conseguido unas inyecciones que provocaban la muerte por parálisis del corazón.

– No me digas -comentó Alejandra, sin demasiado interés.

Se las mostró. Después dijo, sombríamente.

– ¿Recordás cuando hablamos una vez de matarnos juntos?

– Sí.

Martín la observó y luego volvió a guardar las inyecciones.

Era ya de noche y Alejandra dijo que podían ya volver.

– ¿Vas al centro? -preguntó Martín, pensando con dolor que todo terminaba ya.

– No, a casa.

– ¿Querés que te acompañe?

Aparentó un tono indiferente, pero su pregunta estaba llena de ansiedad.

– Bueno, si querés -respondió ella, después de una vacilación.

Cuando llegaron frente a la casa, Martín sintió que no podía despedirse allí, y le rogó que lo dejara subir.

Nuevamente ella asintió con vacilación.

Y una vez en el Mirador, Martín se derrumbó, como si todo el infortunio del mundo se hubiese desplomado sobre sus espaldas.

Se echó sobre la cama y lloró.

Alejandra se sentó a su lado.

– Es mejor, Martín, es mejor para vos. Yo sé lo que te digo. No debemos vernos más.

Entre sollozos, el muchacho le dijo que entonces él se mataría con las inyecciones que le había mostrado.

Ella se quedó pensativa y perpleja.

Poco a poco Martín se fue calmando y luego pasó lo que no debía pasar y después que todo hubo pasado, oyó que ella dijo:

– Te vi con la promesa de que no llegaríamos a esto. En cierto modo, Martín, has hecho una especie de…

Pero dejó la frase sin terminar.

– ¿De qué? -preguntó Martín, temeroso.

– No importa, ya está hecho, ahora.

Se levantó y empezó a vestirse.

Salieron y ella dijo que quería ir a tomar algo. El tono de su voz era sombrío y áspero.

Caminaba como distraída, concentrada en algún pensamiento obsesivo y secreto.

Empezó a tomar en uno de los boliches del Bajo y luego, como cada vez que la empezaba a dominar aquella inquietud indefinida, aquella especie de abstracción que tanto angustiaba a Martín, no permanecía mucho tiempo en cada bar y le era necesario salir y entrar en otro.

Estaba inquieta, como si tuviera que tomar un tren y fuese necesario vigilar la hora, tamborileando con sus dedos sobre la mesa, sin oír lo que se le decía o respondiendo ¿eh, eh? sin entender nada.

Finalmente entró en un cafetín en cuyas vidrieras había fotografías de mujeres semidesnudas y de cancionistas. La luz era rojiza. La dueña hablaba en alemán con un marino que tomaba algo en un vaso muy alto y rojo. En las mesitas se podía entrever a marineros y oficiales con mujeres del Parque Retiro. Sobre el estrado apareció entonces una mujer de unos cincuenta años, pintarrajeada, con pelo platinado. Sus enormes pechos parecían estallar corno dos globos a presión debajo de un vestido de raso. En las muñecas, en los dedos y en el cuello estaba cargada de fantasías que refulgían a la luz rojiza del entarimado. Su voz era aguardentosa y canallesca.

Alejandra observaba con fascinación.

– Qué -preguntó Martín, ansioso.

Pero ella no respondió; sus ojos siempre clavados en la gorda.

– Alejandra -insistió, tocándole un brazo-. Alejandra.

Ella lo miró, por fin.

– Qué -volvió a decir.

– Es tan derrotada. No sirve para cantar y tampoco ha de servir ya gran cosa en la cama, salvo para hacer fantasías; ¿quién cargaría con semejante monstruo?

Volvió nuevamente sus ojos a la cantante y murmuró, como si hablara consigo misma:

– ¡Cuánto daría por ser como ella!

Martín la miró asombrado.

Luego, al asombro sucedió el sentimiento ya habitual de anhelante tristeza ante el enigma de Alejandra, condenado a permanecer siempre afuera. Y la experiencia ya le había mostrado que cuando ella llegaba a ese punto se desataba el inexplicable rencor contra él, aquel resentimiento llameante y sarcástico que nunca se pudo explicar y que en aquel último período de sus relaciones estallaba brutalmente.

Así que cuando ella volvió sus ojos hacia él, aquellos ojos vidriosos de alcohol, sabía ya que de sus labios tensos y despreciativos le saldrían palabras duras y vengativas.

Lo miró por unos instantes, que a Martín le parecieron eternos, desde lo alto de su infernal pedesta parecía uno de esos antiguos y sádicos dioses aztecas que exigen el corazón caliente de sus víctimas. Y entonces le dijo con una voz violenta y baja.

– ¡No te quiero ver acá! ¡Ahora mismo te vas y me dejás sola!

Martín intentó calmarla, pero ella se enfureció aun más y levantándose le gritó que se fuera.

Como un autómata, Martín se levantó y comenzó a salir, entre las miradas de los marineros y prostitutas.

Una vez fuera, el aire fresco empezó a volverlo a su conciencia. Caminó hacia Retiro y terminó sentándose en uno de los bancos de la Plaza Británica: el reloj de la torre marcaba las once y media de la noche.

Su cabeza era un caos.

Por un momento trató de mantenerla en alto, pero de pronto su resistencia terminó.


XX

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Pasaron varios días, hasta que Martín, desesperado, marcó el número de la boutique; pero cuando oyó la voz de Wanda no tuvo valor para contestar y colgó. Esperó tres días y volvió a llamar. Era ella.

– ¿Por qué te extrañas? -respondió Alejandra-. Habíamos quedado, me parece, en no vernos más.

Hubo una confusa conversación, frases un poco incomprensibles de Martín, hasta que Alejandra le prometió ir al día siguiente al bar de Charcas y Esmeralda. Pero no fue.

Después de más de una hora de espera Martín decidió ir hasta el taller.

La puerta de la boutique estaba entreabierta y, desde la oscuridad, a la luz de una lámpara baja, vio sentado y solitario a Quique, de perfil. No había nadie en la sala y Quique estaba encorvado, mirando hacia el suelo, como concentrado en alguna meditación. Martín permaneció sin saber qué actitud tomar. Era evidente que ni Wanda ni Alejandra estaban en la otra sala, porque se oirían conversaciones y todo estaba en silencio. Pero también era evidente que estaban en la salita de pruebas que Wanda tenía en la parte trasera del departamento, arriba, a la que se llegaba por una escalera; porque si no era inexplicable la presencia de Quique y la puerta abierta.

Pero no se decidía a entrar: algo se lo impedía en aquella actitud ensimismada y solitaria de Quique. Tal vez por la misma actitud agobiada, creyó notarlo como envejecido, con una profundidad de expresión que no le había notado antes. Sin saber bien por qué, de pronto sintió pena por aquel individuo solitario. Durante muchos años lo iba a recordar así, y trataría de comprender si aquella piedad, aquel ambiguo sentimiento de pena lo había sentido en aquel mismo momento o años después. Y recordó algo que le había dicho Bruno: que siempre es terrible ver a un hombre que se cree absoluta y seguramente solo, pues hay en él algo trágico, quizás hasta de sagrado, y a la vez de horrendo y vergonzoso. Siempre -decía- llevamos una máscara, una máscara que nunca es la misma sino que cambia para cada uno de los papeles que tenemos asignados en la vida: la del profesor, la del amante, la del intelectual, la del marido engañado, la del héroe, la del hermano cariñoso. Pero ¿qué máscara nos ponemos o qué máscara nos queda cuando estamos en soledad, cuando creemos que nadie, nadie, nos observa, nos controla, nos escucha, nos exige, nos suplica, nos intima, nos ataca? Acaso el carácter sagrado de ese instante se deba a que el hombre está entonces frente a la Divinidad, o por lo menos ante su propia e implacable conciencia. Y tal vez nadie perdone el ser sorprendido en esa última y esencial desnudez de su rostro, la más terrible y la más esencial de las desnudeces, porque muestra el alma sin defensa. Y tanto más terrible y vergonzosa en un comediante como Quique, de modo que (pensaba Martín) era lógico que despertara más compasión que un inocente, o un simple. Motivo por el cual, cuando por fin Martín se decidió a entrar, se retiró sigilosamente y volvió a avanzar golpeando sus tacos en el pasillo que llevaba hasta la boutique. Y entonces, con la rapidez de los comediantes, Quique adoptó ante Martín la máscara de la perversidad, del falso candor y de la curiosidad (¿qué podría tener aquel muchacho con Alejandra?). Y su sonrisa cínica barrió con el proyecto de piedad que se había insinuado en Martín.

Martín, que se sentía torpe delante de extraños, en presencia de Quique no sabía ni cómo sentarse, porque tenía la convicción de que él observaba todo y lo guardaba luego en su perversa memoria: quién sabe dónde y cómo se reirían más tarde con su aspecto y con sus sufrimientos. Los gestos teatrales de Quique, sus deliberadas cursilerías, su doblez, sus frases brillantes, todo contribuiría a que se sintiese como un bicho debajo de la lupa de un sabio irónicamente sádico.

– ¿Sabes que me recordás a una de esas figuras del Greco? -le dijo en cuanto lo vio.

Frase que, como era natural tratándose de Quique, podía ser interpretada como un elogio o como una grotesca instantánea. Era famoso por los presuntos elogios que escribía en sus crónicas, que en rigor eran retorcidas y envenenadas críticas: "jamás condesciende a emplear metáforas profundas", "en ningún momento cae en la tentación de ser distinguido", "no teme enfrentarse con el aburrimiento del espectador".

Arrinconado, callado, Martín, como en la anterior visita, se había sentado sobre el alto banco de dibujo y se encogía instintivamente, como en la guerra, para ofrecer el mínimo de superficie visible. Felizmente, Quique empezó a hablar de Alejandra.

– Están en la piecita de prueba, con Wanda y con la condesa Téleki, née Iturrería, vulgo Marita.

Y mirándolo con cuidadosa intensidad, le dijo: -¿Hace mucho que conoces a Alejandra? -Unos meses -respondió Martín, poniéndose rojo. Quique se acercó con su silla y hablando en voz baja, dijo:

– Te diré que yo ADORO a los Olmos. Empezando por el solo hecho de vivir en Barracas ya hay motivo suficiente para que la haute se muera de risa y para que mi prima Lala sufra del hígado y tenga ataques de histeria, cada vez que alguien descubre que entre nosotros y los Olmos hay un remoto parentesco. Porque, como me decía la vez pasada, furiosa: ¿me querés decir quién, pero QUIÉN, vive en Barracas? Y yo, claro, la tranquilicé contestándole que allí no vive NADIE, fuera de unos cuatrocientos mil grasitas y otros tantos perros, gatos, canarios y gallinas. Y agregué que esa gente (los Olmos) nunca nos darían un disgusto demasiado visible, pues el viejo don Pancho vive en una silla de ruedas, no ve ni oye nada fuera de la Legión de Lavalle, y es muy difícil imaginar que un buen día salga a hacer visitas en el Barrio Norte o declaraciones en los diarios sobre Pocho; la vieja Escolástica, aunque loca, ya se murió; el tío Bebe, aunque loco, vive recluido, como se dice, en sus habitaciones y muy interesado en sus estudios de clarinete, la tía Teresa, aunque loca, también y felizmente ha muerto, y al fin de todo, pobre querida, siempre se la pasó en la iglesia y en los entierros, de modo que nunca tuvo tiempo para fastidiar a nadie en la parte honorable de la ciudad, ya que era devota de Santa Lucía y prácticamente no pasó nunca la colour line. ni siquiera para visitar a un párroco, para averiguar la marcha de la enfermedad de algún presbítero o la real situación del cáncer de un arzobispo. Quedaban (le dije a Lala) Fernando y Alejandra. ¡Otros dos locos!, gritó mi prima. Y Manucho, que estaba presente, meneando la cabeza y levantando los ojos al cielo, exclamó "como dicen en Phédre, O. deplorable race!" La verdad es que Lala, salvo cuando se trata de los Olmos, es bastante tranquila. Porque para ella el mundo resulta de la lucha entre Opio y Monada. Monada sin acento: no confundir con la otra palabra filosófica. Ejemplos:

– ¡Qué opio de novela!

– ¡Mirá, perdóname, pero lo que tengo que contarte es un opio!

– La pintura de Clorindo es un opio. -Qué opio que ahora hay chusma hasta en la calle Santa Fe (a propósito de peronistas). Ejemplos de Monada:

– Qué monada el último cuento de Monique en La Nación.

– Qué monada esa vista de Michéle Morgan. -El mundo se divide en Opio y Monada. La Lucha Eterna y nunca definida entre esas dos potencias da todas las alternativas de la realidad. Cuando predomina Opio, es cosa de morirse: modas horrendas o cursis, novelas complicadas y teológicas, conferencias de Capdevila o Larreta en Amigos del Libro a las que Uno se ve obligado a concurrir porque si no Albertito se ofende, gente que se muere de hambre y quiere Estatutos (cuando no se les da por gobernar), visitas que llegan a horas absurdas, parientes ricos que no mueren ("¡Qué opio Marcelo, que es eterno y con las hectáreas que tiene!"). Cuando predomina Monada, las cosas se ponen divertidas (otra palabra del vocabulario básico de Lala) o por lo menos soportables, che: un muchacho que se le ha dado por escribir, pero al menos no ha dejado de jugar al polo ni se ha hecho amigo de gente con apellidos raros como Ferro o Cerretani; una novela de Graham Greene que trata de espías o ruletas; un coronel que no se propone conquistar a las masas; un presidente de la república que es bien y va al hipódromo. Pero no siempre las cosas son tan nítidas, porque, como te digo, hay una lucha permanente entre las dos fuerzas, así que a veces la realidad es más rica y resulta que de pronto Larreta dijo un chiste (bajo la misteriosa presión de Monada) o, al revés, como Wanda, que es una monada de modista, pero cuando se le da por seguir las payasadas americanas, che, es un opio. Y, en fin, antes el mundo estaba bastante divertido pero en los últimos tiempos, con los peronistas, hay que reconocer que se ha vuelto casi totalmente Opio. Ésa es la filosofía de mi prima Lala. Como ves, una especie de cruza de Anaximandro con Schiaperelli y Porfirio Rubirosa. Burdísimo.

En ese momento se oyeron las voces de Wanda y la cliente que se acercaban. Aparecieron en la sala y detrás de ellas, un poco retardada, también entró Alejandra. Su cara pareció demostrar sorpresa por la presencia de Martín, pero esa misma impasibilidad le revelaba a Martín, que tan bien la conocía, una gran irritación contenida. En aquel absurdo ambiente, contestando a su saludo con la misma cordialidad superficial con que podría saludar a un conocido cualquiera, sin tomarse el trabajo de apartarse un segundo para explicarle su inasistencia a la cita, con el aire de frivolidad que asumía delante de Wanda y de Quique, Alejandra parecía pertenecer a una raza que no hablaba el mismo lenguaje que Martín y que ni siquiera sería capaz de comprender a la otra Alejandra.

La cliente venía parloteando sin interrupción con Wanda sobre la necesidad impostergable de matar a Perón.

– Habría que matar a toda la negrada -decía-. Ya las personas decentes no podemos ni andar por las calles.

Una serie de sentimientos confusos y contradictorios entristecieron a Martín aun más.

– Yo les digo -prosiguió la mujer, después de besarse con Quique en la mejilla- que se viene el comunismo. Pero yo lo tengo ya pensado: si se viene el comunismo, me voy a la estancia y se acabó.

Y mientras aceptaba distraídamente la presentación de Martín, Quique, por encima de su hombro la mirada con cara de regocijo a Alejandra, porque, como dijo después, "¿cómo nadie puede inventar una frase como ésa?"

Martín observaba a Alejandra luchando por hacerlo con una cara indiferente; pero su rostro, como independiente ya de su voluntad, iba adquiriendo los inevitables y siempre desagradables indicios del reproche, el sufrimiento y la interrogación.

– ¿Sabes, Marita -le dijo Quique a la dienta-, que se ha comprobado que el tipo no se llama Perón sino Peroné?

– ¡Qué me decís! -comentó la mujer con enorme interés.

– Ni más ni menos: el individuo se llama Peroné.

Apenas se fue Marita, Quique desarrolló su teoría:

– Si en este país vos te llamas Vignaux, aunque tu abuelo haya sido carnicero en Bayona o en Biarritz, sos bien. Pero si sobrellevas la desgracia de llamarte De Ruggiero, aunque tu viejo haya sido un profesor de filosofía en Nápoles, estás refundido, viejito: nunca dejarás de ser una especie de verdulero. Este asunto de los apellidos hay que estudiarlo con mucho cuidado -prosiguió, mientras Wanda y Alejandra comenzaban a reírse-. Porque con la cosa de las cruzas y la emigración el país está expuesto a Grandes Peligros. Ahí tenés el caso de Muzzio Echandía. Un día María Luisa se vio obligada a decirle:

– ¡Callate, vos, que ni con dos apellidos haces uno solo!

– Y tiene razón, qué diablos. Si al menos el segundo apellido hubiese sido Ibarguren o Álzaga. En fin, cualquier vasco de pro. Pero ahora el barro está hecho y como yo le dije un día a Juan Carlitos:

– Te equivocaste de vasco, viejito. Acá, queridas, hay que andar con pies de plomo, porque donde menos se piensa salta la liebre. Y si no, miren lo que le pasó a Jeannette, que se peleó con el Negro y el Negro le mandó una carta. Y Jeannette, que ya tenía unas copas, se me vino encima en la Biela Fundida y me dijo:

– ¡El hijo de puta! Porque vos sabrás (miró a los costados) que a mí me falta el cuarto apellido.

– Sans blague -comenté.

Entonces me mostró el sobre, con el inicuo chiste del Negro, destinado, qué duda cabe, a los mucamos. La carta dirigida, en efecto a Jeannette Álzaga Basavilbaso Álzaga ¡y cáete de espaldas!… ¡Murature! ¿Te imaginas, Alejandra? Un gringo marinero que lo nombraron comandante de la Flota de Buenos Aires en la guerra contra la Confederación. Algo así como Mariscal del Ejército de San Marino. ¿Realizas? L'Amiraglio. cara mia! Comprendé ahora el drama de Jeannette. Es cierto que tiene un par de Álzaga. Pero si al menos fuera "Álzaga y". Pero no: un Basavilbaso y un Murature. Y si por lo menos uno de los dos fuera una avenida. Pero no: una calle de treinta centímetros de largo. ¡Burdísimo! Mi teoría es que si tenés un apellido grasa tenés que defenderte como gato panza arriba, che. Imagináte que soportas la desgracia de llamarte Pedro Mastronicola. Bueno, no, eso es demasiado, eso no tiene defensa, mismo en la clase media. Digamos que te llamas Pedro Marolda. ¿Qué podes hacer? tenés que luchar a muerte y, sin embargo, ésa es otra de las bromas del asunto: con suma cautela. De la mesure avant toute chose! Porque no es cosa que por llamarte Marolda te precipites como un hambriento sobre un Uriburu. ¿Cómo podrías llamarte Pedro Marolda Uriburu? Todo un mundo te tomaría por un farsante, por un estafador internacional, por un déguisé. Tampoco podrías reemplazar el Uriburu con dos apellidos menores, como podrían ser Moyano y Navarro. Comprenderás que Pedro Marolda Moyano Navarro es una payasada, un especie de cordobés de corso. En esos casos es preferible elegir un solo apellido y no demasiado estruendoso: Pedro Marolda Moyano. Me dirán ustedes que no resulta tan importante. De acuerdo, pero al menos that works. Les diré que en caso de apuro, nada mejor que recurrir a las calles. En un tiempo, con el Grillo lo enloquecíamos a Sayús, que es un snob, diciéndole que le íbamos a presentar a Martita Olleros, a la Beba Posa das, a Titina Azcuénaga. Los subtes, les doy el dato, son un verdadero filón. Tomen, por ejemplo, la línea a Palermo, que no es de las mejores. Sin embargo funciona casi desde la salida: Chuchi Pellegrini (medio sospechoso, pero así y todo da cierto golpe, porque al fin el gringo fue presidente), Mecha Pueyrredón, Tota Agüero, Enriqueta Bulnes. ¿Realizan?


XXI

<p id="_Toc49254327">XXI</p>

Martín esperaba algún signo, algún llamado. Entonces, jugándose el todo por el todo, se acercó a ella y le preguntó si podían salir un momento. "Bueno", contestó. Y dirigiéndose a Wanda le dijo:

– Dentro de unos minutos vuelvo.

"Unos minutos", pensó Martín.

Fueron por Charcas hasta el bar que hay en la esquina de Esmeralda.

Le dijo:

– Te estuve esperando una hora y media.

– Se me atravesó un trabajo urgente y no tenía forma de avisarte.

Martín presentía la catástrofe e intentaba cambiar por lo menos el tono de su voz, tomar las cosas con más calma, con indiferencia. Pero le fue imposible.

– Delante de esas personas pareces otra. Yo no concibo que… -Se calló y después agregó:- Creo que realmente sos otra persona.

Alejandra no respondió.

– ¿No es así?

– Tal vez.

– Alejandra -dijo Martín-. ¿Cuándo sos la persona verdadera, cuándo?

– Trato de ser siempre verdadera, Martín.

– ¿Pero cómo podes olvidar momentos como los que hemos pasado?

Ella se volvió con indignación:

– ¡Y quién te ha dicho que yo los haya olvidado!

Y después de un instante de silencio, agregó:

– Por eso, porque no quiero enloquecerte, prefiero no verte más.

Estaba sombría, silenciosa y evasiva. Y de pronto, dijo:

– No quiero que pasemos más esos momentos.

Y con brutal ironía, agregó:

– Esos famosos momentos perfectos.

Martín la miraba desesperado; no sólo por lo que decía sino por el tono devastador.

– Te preguntarás ahora por qué te hago estas ironías, por qué te hago sufrir de este modo, ¿no es así?

Martín empezó a mirar una manchita marrón que había sobre un mantel rosado y sucio.

– Y bueno -agregó-, no lo sé. Tampoco sé por qué no quiero tener más uno de esos famosos momentos contigo. Comprendé, Martín: esto tiene que terminar de una buena vez. Algo no funciona. Y lo más honesto es que no nos veamos en absoluto.

A Martín se le habían llenado los ojos de lágrimas.

– Si me dejas, me mataré -dijo.

Alejandra lo miró con expresión grave. Y luego, con una singular mezcla de dureza y melancolía en el acento, dijo:

– Yo no puedo hacer nada, Martín.

– ¿No te importa que me mate?

– Claro, cómo no me va a importar.

– Pero no harías nada por impedirlo.

– ¿Cómo podría impedirlo?

– Así que te sería lo mismo que me mate o que siga viviendo.

– Yo no he dicho eso. No, no me sería lo mismo. Me parecería horrible que te matases.

– ¿Te importaría muchísimo?

– Muchísimo.

– ¿Y entonces?

La miró con cuidado y ansiedad, como si se mira a alguien en inminente peligro, buscando el menor indicio de salvación. "No puede ser", pensaba. "Una persona que ha pasado conmigo las cosas que ha pasado, hace apenas pocas semanas, no puede creer de verdad todo esto."

– ¿Y entonces? -insistió.

– ¿Entonces, qué?

– Te digo que acaso me mate ahora mismo, tirándome debajo del tren en Retiro, o en el subterráneo. ¿Te será igual?

– Ya te he dicho que no me será igual, que sufriré horrores.

– Pero seguirás viviendo.

Ella no respondió, revolvió el resto del café y miró al fondo de la tacita.

– ¡De modo que todo lo que hemos pasado juntos en estos meses, todo eso es una basura que hay que tirarla a la calle!

– ¡Nadie te ha dicho eso! -casi gritó.

Martín se calló, perplejo y dolorido. Después dijo:

– No te comprendo Alejandra. Nunca te comprendí, en realidad. Estas cosas que decís, estas cosas que me haces, transforman también aquello.

Hizo un esfuerzo para pensar.

Alejandra, sombría, tal vez ni escuchaba. Miraba hacia un punto en la calle.

– ¿Entonces? -insistió Martín.

– Nada -respondió secamente-. No nos veremos más. Es lo más honesto.

– Alejandra: no puedo soportar la idea de no verte más. Quiero verte, de cualquier modo que sea, en la forma en que vos quieras…

Alejandra no respondió nada, de sus ojos empezaron a caer lágrimas, pero sin que su cara abandonara su expresión rígida y como ausente.

– ¿Eh, Alejandra?

– No, Martín. Detesto las cosas intermedias. O sucederán otras escenas como ésta, que te hacen tanto mal, o volveremos a tener un encuentro como el del lunes. Y no quiero, ¿entendés?, no quiero acostarme más contigo. Por nada del mundo.

– Pero ¿por qué? -exclamó Martín tomándola de la mano, sintiendo tumultuosamente que algo, que algo muy importante quedaba entre ellos dos, a pesar de todo.

– ¡Porque no! -gritó ella, con una mirada de odio, arrancándole la mano de las suyas.

– No te entiendo… -balbuceó Martín-. Nunca te he entendido…

– No te preocupes. Yo tampoco me entiendo. Ni sé por qué te hago todo esto. No sé por qué te hago sufrir así.

Y exclamó cubriéndose la cara:

– ¡Qué horror!

Y mientras se cubría la cara con las dos manos empezaba a llorar histéricamente, repitiendo, entre sollozos "¡qué horror, qué horror!"

Muy pocas veces Martín la había visto llorar en todo el tiempo que duró su relación, y siempre fue para él impresionante. Casi aterrador. Era como si un dragón, herido de muerte, derramase lágrimas. Pero esas lágrimas (como suponía que serían las del dragón) eran temibles, no significaban debilidad ni necesidad de ternura: parecían amargas gotas de rencor líquido, hirvientes y devora-doras.

No obstante lo cual Martín se atrevió a tomar sus manos, intentando descubrirle el rostro, con ternura pero con firmeza.

– Alejandra, ¡cómo sufres!

– ¡Y todavía me compadeces a mí! -masculló ella debajo de sus manos, con una modulación que no podía saberse si era de rabia, de desprecio, de ironía o de pena, o de todos esos sentimientos a la vez.

– Sí, Alejandra, claro que te compadezco. ¿No veo, acaso, que estás sufriendo espantosamente? Y no quiero que sufras. Te juro que nunca volverá a suceder esto.

Ella se fue calmando. Finalmente se secó las lágrimas con un pañuelo.

– No, Martín -dijo-. Es mejor que no nos veamos más. Porque tarde o temprano tendríamos que separarnos en forma todavía peor. Yo no puedo dominar cosas horribles que tengo dentro.

Se volvió a cubrir con las manos y Martín volvió a querer separárselas.

– No, Alejandra, no nos haremos mal. Ya verás. La culpa fue mía, por insistir en verte. Por ir a buscarte.

Tratando de reírse, agregó:

– Como si uno fuera a buscar al doctor Jekyll y se encontrara con Mr. Hyde. De noche. Embozado. Con las uñas de Frederic March. ¿Eh, Alejandra? Nos veremos únicamente cuando vos lo quieras, cuando vos me llames. Cuando te sientas bien.

Alejandra no respondió.

Pasaron largos minutos y Martín se desesperaba por ese tiempo que transcurría inútilmente, porque sabía que ya estaba en retardo, que debería irse, que se iría de un momento a otro, y que lo dejaría en ese estado de derrumbe total. Y luego vendrían los días negros, lejos de ella, ajenos a su vida.

Y sucedió lo que tenía que suceder: miró su reloj pulsera y dijo:

– Tengo que irme.

– No nos separemos así, Alejandra. Es espantoso. Decidamos antes qué vamos a hacer.

– No sé, Martín, no sé.

– Por lo menos decidamos vernos otro día, con menos urgencia. No resolvamos nada en este estado de ánimo.

Mientras iban saliendo Martín pensaba qué poco, qué espantosamente poco tiempo le quedaba en aquellas dos cuadras. Caminaron despacio, pero así y todo pronto faltaron cincuenta pasos, veinte pasos, diez pasos, nada. Entonces, con desesperación, Martín la tomó de un brazo y apretándoselo le volvió a suplicar que al menos se vieran una vez más.

Alejandra lo miró. Su mirada parecía venir desde muy lejos, desde una región tristemente ajena.

– ¡Prométemelo, Alejandra! -rogó con lágrimas en los ojos.

Alejandra lo miró larga y duramente.

– Bueno, está bien. Mañana a las seis de la tarde, en el Adam.


XXII

<p id="_Toc49254328">XXII</p>

Las horas fueron dolorosamente largas: era como subir una montaña, cuyos últimos tramos son casi invencibles. Sus sentimientos eran complejos, pues por un lado sentía la nerviosa alegría de verla una vez más, y, por otro, intuía que aquella entrevista iba a ser justamente eso: una entrevista más, quizá la última.

Mucho antes de las seis estaba ya en el Adam, mirando hacia la puerta.

Alejandra llegó a las seis y media pasadas.

No era la Alejandra agresiva del día anterior, pero mostraba en cambio aquella expresión abstraída que tanto desesperaba a Martín.

¿Por qué había venido, entonces?

El mozo tuvo que repetirle dos o tres veces la pregunta. Pidió gin y en seguida observó su maldito reloj.

– Qué -comentó Martín con irónica tristeza-, ¿ya tenés que irte?

Alejandra lo miró vagamente y sin advertir la ironía dijo que no, que todavía tenía un momento. Martín bajó la cabeza y movió su vaso.

– ¿Para qué viniste, entonces? -no pudo menos que decir.

Alejandra lo miraba como tratando de concentrar su atención.

– Te prometí que vendría, ¿no fue así?

Apenas le trajeron el gin se lo bebió de un trago. Luego dijo:

– Salgamos. Quiero tomar un poco de aire.

Cuando salieron, Alejandra caminó hacia la plaza, y subiendo por el césped se sentó en uno de los bancos que dan al río.

Permanecieron un buen rato en silencio, que fue roto por ella para decir:

– ¡Qué descanso odiarse!

Martín contemplaba la Torre de los Ingleses, que marcaba el avance del tiempo. Más atrás se destacaba la mole de la CADE, con sus grandes y rechonchas chimeneas, y el Puerto Nuevo con sus elevadores y grúas: abstractos animales antediluvianos, con sus picos de acero y sus cabezas de gigantescos pájaros inclinados hacia abajo, como para picotear los barcos.

Silencioso y deprimido, miraba cómo la noche iba cayendo sobre la ciudad, cómo empezaban a brillar sobre el cielo azul-negro las luces rojas en lo alto de las chimeneas y torres, los avisos luminosos del Parque Retiro, los faroles de la plaza. Mientras millares de hombres y mujeres salían corriendo de las bocas de los subterráneos y entraban con la misma desesperación cotidiana en las bocas de los ferrocarriles suburbanos. Contempló el Kavanagh, donde empezaban a iluminar ventanas. También allá arriba, en el piso treinta o treinta y cinco, acaso en una pequeña piecita de un hombre solitario, también se encendía una luz. ¡Cuántos desencuentros como el de ellos, cuántas soledades habría en aquel solo rascacielos!

Y entonces oyó lo que temía oír de un momento a otro:

– Tengo que irme.

– ¿Ya?

– Sí.

Bajaron juntos la barranca por el césped y una vez abajo ella se despidió y comenzó a caminar hacia la Recova. Mar tín siguió unos pasos detrás de ella.

– ¡Alejandra! -gritó casi otra persona.

Ella se detuvo y esperó. La luz de la vidriera de una armería le daba en pleno: su rostro estaba duro, su expresión era impenetrable. Pero lo que más le dolía era aquel rencor. ¿Qué le había hecho? Sin proponérselo, impulsado por su sufrimiento, se lo preguntó. Ella apretó aun más sus mandíbulas y volvió su mirada hacia la vidriera.

– No he tenido más que ternura y comprensión.

Por toda respuesta, Alejandra dijo que no podía quedarse ni un minuto más: a las ocho tenía que estar en otra parte.

La vio alejarse.

Y de pronto, decidió seguirla. ¿Qué cosa peor podría pasarle si lo advertía?

Alejandra caminó tres cuadras por la Recova, tomó por Reconquista y finalmente entró en un pequeño bar y restorán llamado Ukrania. Martín, con grandes precauciones, se acercó y espió desde la oscuridad. Su corazón se encogió y endureció como si se lo sacasen y lo dejasen, solitario, sobre un témpano de hielo: Alejandra estaba sentada frente a un hombre que le pareció tan siniestro como el mismo bar. Su piel era oscura, pero tenía ojos claros, acaso grises. Su pelo era lacio y canoso, peinado hacia atrás. Sus rasgos eran duros y la cara parecía tallada con hacha. Aquel hombre no sólo era fuerte sino que estaba dotado de una tenebrosa belleza. Su dolor fue tan grande, se sintió tan poca cosa al lado de aquel desconocido, que ya nada le importaba. Como si se dijera: ¿Qué puede pasarme ya de más horrible? Fascinado y triste, podía seguir la expresión de él, sus silencios, el movimiento de sus manos. En realidad hablaba poco, y cuando lo hacía sus frases eran breves y cortantes. Sus manos descarnadas y nerviosas parecían tener cierto parentesco con las garras de un halcón o de un águila. Sí, eso es: todo lo de aquel individuo tenía algo de un ave de rapiña: su nariz era fina pero poderosa y aguileña; sus manos eran huesudas, ávidas y despiadadas. Aquel hombre era cruel y capaz de cualquier cosa.

Martín lo encontraba parecido a alguien, pero no acertaba con la clave. En un momento pensó que quizá lo había visto en alguna ocasión, porque era un rostro que no era posible olvidar, y si en una sola ocasión lo había visto ahora por fuerza tenía que resultarle conocido. De pronto le recordó un poco a un muchacho Cornejo, de Salta. Pero no, no era por ahí que aquella cara le resultaba vagamente familiar.

Alejandra hablaba agitadamente. Cosa extraña: los dos eran duros y parecían odiarse, y sin embargo esa idea no lo tranquilizaba. Por el contrario, cuando lo advirtió su desesperación se hizo mayor. ¿Por qué? Hasta que le pareció entender la verdad: aquellos dos seres estaban unidos por una vehemente pasión. Como si dos águilas se amasen, pensó. Como dos águilas que no obstante pudiesen o quisiesen destrozarse y desgarrarse con sus picos y sus garras hasta matarse. Y cuando vio que Alejandra tomaba con una de sus manos una de las manos, una de las garras, de aquel individuo, Martín sintió que desde ese momento todo era igual y el mundo carecía totalmente de sentido.


XXIII

<p id="_Toc49254329">XXIII</p>

Caminaba en la madrugada cuando tuvo de pronto la revelación: ¡aquel hombre se parecía a Alejandra! Instantáneamente recordó la escena del Mirador, cuando se retrajo de inmediato apenas pronunciado el nombre de Fernando, como si hubiese pronunciado un nombre que debe ser mantenido en secreto.

"¡Ése era Fernando!", pensó.

¡Los ojos grisverdosos, los pómulos un poco mongólicos, el color oscuro y el rostro de Trinidad Arias! Claro: ahora se explicaba la sensación de conocido: tenía mucho de Alejandra y mucho de Trinidad Arias, la del retrato que le había mostrado Alejandra. Sólo ella y Fernando, había dicho Alejandra, como quien está aislada del mundo con un hombre, con un hombre que, ahora comprendía, ella admiraba.

Pero ¿quién era Fernando? Un hermano mayor: un hermano que ella no quería mencionar. La idea de que aquel hombre fuera el hermano lo tranquilizó a medias, sin embargo, cuando debía haberlo tranquilizado del todo. ¿Por qué (se preguntó) no me alegro? En aquel momento no encontró respuesta a aquella interrogación. Sólo advirtió que teniendo que tranquilizarse no lo lograba.

No podía dormir tranquilo: como si en la pieza donde dormía sospechase que hubiera entrado un vampiro. Durante todo ese lapso dio vueltas y vueltas a la escena que había presenciado, tratando de descubrir la causa de su desasosiego. Hasta que creyó encontrarla: ¡la mano! Con repentina angustia recordó la forma en que ella había acariciado la mano de él. ¡Aquélla no era la forma en que un hermana acaricia a su hermano! Y vivía pensando en é él que era el hipnotizador. Huía de él, pero, tarde o temprano, tenía que volver hacia él, como enloquecida. Ahora creía explicarse muchos de sus movimientos inexplicables y contradictorios.

Y apenas creyó haber encontrado la clave, nuevamente cayó en la mayor perplejidad: el parecido. Era indudable: aquel hombre era de su familia. Pensó que podía ser primo hermano. Sí: era un primo hermano y se llamaba Fernando.

No podía ser de otra manera, pues esa posibilidad explicaba todo: el parecido notable y la súbita reticencia aquella noche cuando a ella se le escapó el nombre de Fernando. Aquel nombre (pensó) era un nombre clave, un nombre secreto. "Todos menos Fernando y yo", había dicho ella sin querer y luego se había detenido bruscamente y no había respondido a su pregunta. Ahora lo comprendía todo: ella y él vivían aislados, en un mundo aparte, orgullosamente. Y ella lo amaba a él, a Fernando, y por eso se había arrepentido de pronunciar ante él, ante Martín, aquella palabra reveladora.

Su agitación creció a medida que pasaban los días y finalmente, no aguantando más, llamó por teléfono a Alejandra y le dijo que tenía algo urgentísimo que hablar con ella: una sola cosa aunque fuera la última. Cuando se encontraron, casi no podía hablar.


XXIV

<p id="_Toc49254330">XXIV</p>

¿Qué te sucede? -preguntó ella con violencia, porque intuía que Martín se sentía agraviado por alguna cosa que había pasado. Y eso la enardecía porque, como varias veces se lo repitió, él no tenía ningún derecho sobre ella, nada le había prometido y en nada por lo tanto le debía explicaciones. Sobre todo ahora, en que habían decidido terminar. Martín negó con la cabeza, pero sus ojos estaban llenos de lágrimas.

– Decime qué te pasa -le dijo ella, sacudiéndolo de los brazos. Esperó unos instantes sin dejar de mirarlo a los ojos.

– Sólo quiero saber una cosa, Alejandra: quiero saber quién es Fernando.

Se puso pálida, sus ojos relampaguearon.

– ¿Fernando? -preguntó-. ¿De dónde sacas ese nombre?

– Lo dijiste aquella noche, en tu pieza, cuando me contaste la historia de tu familia.

– ¿Y qué puede importar esa pavada?

– Me importa más de lo que te podes imaginar.

– ¿Por qué?

– Porque me pareció que vos te arrepentías de haber dicho esa palabra, ese nombre, ¿no fue así?

– Supongamos que haya sido así; ¿qué derecho tenés a hacerme preguntas?

– Ningún derecho, ya lo sé. Pero por lo que más quieras, decime quién es Fernando: ¿es un hermano tuyo?

– Yo no tengo hermanos ni hermanas.

– Es un primo tuyo, entonces.

– ¿Por qué tendría que ser primo?

– Dijiste que de toda la familia sólo vos y Fernando no eran unitarios. Así que pienso que si no es tu hermano puede ser un primo, ¿no es así? ¿No es primo tuyo? Alejandra dejó por fin los brazos de Martín, que había mantenido apretados con sus manos, y se quedó callada y deprimida.

Encendió un cigarrillo y después de un rato dijo:

– Martín: si querés que mantenga un recuerdo amistoso, no me hagas preguntas.

– Es una sola pregunta que te hago.

– ¿Pero por qué?

– Porque para mí es muy importante.

– ¿Por qué es importante?

– Porque he llegado a la conclusión de que vos querés a esa persona.

Alejandra volvió a ponerse dura y sus ojos volvieron a tener el brillo relampagueante de sus peores momentos.

– ¿Y en qué te basas?

– Es una intuición.

– Pues te equivocas de medio a medio. No lo quiero a Fernando.

– Bueno, quizá no me expresé bien. Quise decir que lo amás, que estás enamorada de él. Puede que no lo quieras, pero estás enamorada de él.

Dijo estas últimas palabras con voz quebrada.

Alejandra lo tomó de los brazos con sus manos duras y fuertes (¡como las de él, pensó con espantoso dolor Martín, como las de él!) y sacudiéndolo le dijo con voz rencorosa y violenta:

– ¡Vos me has seguido!

– ¡Sí -gritó-, te seguí hasta aquel bar de la calle Reconquista y te vi con un hombre que se parece a vos y del que vos estás enamorada!

– ¡Y cómo sabes que ese hombre es Fernando!

– Porque se parece a vos… y porque Fernando dijiste que era de tu familia y porque me pareció que entre vos y Fernando había algo secreto, porque era como si vos y él formaran algo aparte, separado de todos los demás, y porque te arrepentiste de haber dicho su nombre y por la forma de tomarle la mano.

Alejandra lo sacudió, como golpeándolo, él se dejaba hacer, como un cuerpo flácido e inerte. Y luego ella lo soltó y puso sus dos manos ávidas sobre el rostro, como queriéndose arañar, también pareció como que sollozaba, a su manera, secamente. Y entre sus manos entreabiertas, él oyó que gritaba:

– ¡Imbécil, imbécil! ¡Ese hombre es mi padre!

Y luego se fue corriendo.

Martín se quedó petrificado, sin atinar a hacer ni a decir nada.


XXV

<p id="_Toc49270085">XXV</p>

Como si un gran golpe de timbal hubiera inaugurado las tinieblas, desde aquellas terribles palabras de Alejandra, Martín se sintió como en un inmenso sueño negro, pesado como si durmiera en el fondo de un océano de plomo líquido. Durante muchos días ambuló por las calles de Buenos Aires, a la deriva, pensando que aquel ser portentoso había llegado desde lo desconocido y ahora había vuelto a lo desconocido. El hogar, se decía de pronto, el hogar. Palabras sueltas y al parecer sin sentido, pero que acaso se referían al hombre que en medio de la tormenta, cuando los relámpagos y truenos arrecian en las tinieblas, se refugia en su cálida, en su familiar, en su tierna cueva. Hogar, fuego, luminoso y tierno refugio. Razón por la cual (decía Bruno) la soledad era mayor en el extranjero, porque la patria era también como el hogar, como el fuego y la infancia, como el refugio materno; y estar en el extranjero era tan triste como habitar en un hotel anónimo e indiferente; sin recuerdos, sin árboles familiares, sin infancia, sin fantasmas; porque la patria era la infancia y por eso quizá era mejor llamarla matria, algo que ampara y calienta en los momentos de soledad y de frío. Pero él, Martín, ¿cuándo había tenido madre? Y además esta patria parecía tan inhóspita, tan áspera y sin amparo. Porque (como también decía Bruno, pero ahora él no lo recordaba sino que más bien lo sentía físicamente, como si estuviera a la intemperie en medio de un furioso temporal) nuestra desgracia era que no habíamos terminado de levantar una nación cuando el mundo que le había dado origen comenzó a crujir y luego a derrumbarse, de manera que acá no teníamos ni siquiera ese simulacro de la eternidad que en Europa son las piedras milenarias o en Méjico, o en Cuzco. Porque acá (decía) no somos ni Europa ni América, sino una región fracturada, un inestable, trágico, turbio lugar de fractura y desgarramiento. De modo que aquí todo resultaba más transitorio y frágil, no había nada sólido a qué aferrarse, el hombre parecía más mortal y su condición más efímera. Y él (Martín), que quería algo fuerte y absoluto a que agarrarse en medio de la catástrofe y una cueva cálida donde refugiarse, no tenía ni casa ni patria. O, lo que era peor, tenía un hogar construido sobre estiércol y frustración, y una patria temblequeante y enigmática. Así que se sentía solo, solo, solo: únicas palabras que claramente sintió y pensó, pero que, sin duda, expresaban todo aquello. Y como un náufrago en la noche se había precipitado sobre Alejandra. Pero había sido como buscar refugio en una caverna de cuyo fondo de pronto habían irrumpido fieras devoradoras.


XXVI

<p id="_Toc49254332">XXVI</p>

Y de pronto, uno de aquellos días sin sentido, se sintió arrastrado por gentes que corrían, mientras arriba rugían aviones a reacción y la gente gritaba Plaza Mayo, entre camiones cargados con obreros que locamente corrían hacia allí, entre gritos confusos y la imagen vertiginosa de los aviones rasantes sobre los rascacielos. Y después el estruendo de la bombas, el tableteo de las ametralladoras y de los cañones antiaéreos. Y siempre la gente corriendo, entrando a empellones en los edificios, pero volviendo a salir, no bien los aviones habían pasado, con curiosidad, con nerviosa conversación, hasta que volvían los aviones y nuevamente corrían hacia dentro. Mientras otras personas, resguardadas apenas contra las paredes (como si se tratara de una simple lluvia) miraban hacia arriba, o señalaban con sus brazos extendidos en direcciones indeterminadas, perplejos o curiosos.

Y luego llegó la noche. Y la llovizna comenzó a caer silenciosamente sobre una ciudad sobrecogida y minada por rumores.


XXVII

<p id="_Toc49254333">XXVII</p>

La soledad era lúgubre y en la noche los incendios echaban un resplandor siniestro sobre el cielo plomizo.

Se oía el bombo como en un carnaval de locos.

Ahora estaba frente a la Iglesia, arrastrado por gente enloquecida y confusa. Algunos llevaban revólveres y pistolas. "Son de la Alianza ", dijo alguien. Pronto ardió la nafta que habían echado sobre las puertas. Entraron en tumulto, gritando. Arrastraron bancos contra las puertas y la hoguera creció. Otros llevaban reclinatorios, imágenes y bancos a la calle. La llovizna caía indiferente y frígida. Echaron nafta y la madera ardió furiosamente, en medio de las heladas ráfagas. Gritaron, sonaron tiros por ahí, algunos corrían, otros se refugiaban en los zaguanes de enfrente, contra las paredes, fascinados por el fuego y el pánico. Alguien alzó en sus brazos una imagen de la Virgen e iba a arrojarla entre las llamas. Otro, que estaba al lado de Martín, un muchacho obrero aindiado, gritó: "¡dámela! ¡no la quemes!"

– ¿Qué? -dijo el otro con la imagen en alto, mirándolo con furia.

– No la quemes, me hago unos pesos -dice el muchacho.

El otro bajó la imagen y meneando la cabeza se la dio. Luego arrojó bancos y cuadros.

El muchacho tenía ahora la Virgen en el suelo, a sus pies. Buscó ayuda. Vio a un agente de policía que miraba el espectáculo, le pidió que lo ayudase a sacar la imagen de la iglesia.

– No te metas en líos, pibe -le recomendó el policía.

Martín se acercó.

– Yo te ayudo -le dijo.

– Bueno, agarra de los pies -dijo el muchacho obrero.

Salieron. Afuera seguía lloviendo, pero el incendio crecía en la calle y todo crepitaba por la nafta y el agua. Una mujer rubia y alta, con el pelo suelto y desgreñado, con un hachón de bronce que manejaba a manera de bastón, arrastraba una bolsa que llenaba con imágenes y objetos del culto.

– ¡Canallas! -decía.

– Callate, loca -gritaban.

– ¡Canallas! -decía-, irán todos al infierno.

Avanzaba con su gran bolsa y el hachón, con el que se defendía. Un muchacho le tocó obscenamente el cuerpo, otro le gritaba porquerías, pero ella avanzaba defendiéndose con el hachón y repitiendo "canallas".

– ¡Andá, chupacirios! -le gritaron.

Pero ella avanzaba y repetía "canallas", con voz ronca y seca, casi ensimismada, pétrea y fanática.

– Es una loca, dejelán -gritaban.

Una mujer aindiada, con un gran palo vigilaba y atizaba el fuego, como en un gigantesco asado.

– Es una loca, dejelán que se vaya -decían.

La mujer rubia avanzaba con la bolsa, abriéndose paso entre la muchachada que le gritaba porquerías, le tiraba tizones encendidos y se reía, tratando de manosearla.

Ahora se levantaban grandes llamaradas de la curia: ardían los papeles, los registros. Un hombre de chambergo, morocho, reía histéricamente y tiraba piedras, cascotes, pedazos de pavimento.

La rubia desapareció de la parte iluminada.

Una alegre música de carnaval volvió a escucharse: los muchachos de la murga habían dado vuelta a la manzana:

La murga de Chanta Cuatro lo viene a visitar…

A la luz de las llamaradas las contorsiones parecían más fantásticas. Los copones servían de platillos: disfrutados con casullas, enarbolaron cálices y cruces, marcaban el compás con hachones dorados. Alguien tocaba un bombo. Luego cantaron:

A nuestro director le gusta el disimulo…

Y luego el bombo, rítmicamente, y las contorsiones en medio de las llamaradas, siempre marcando el compás con los hachones dorados.

Se volvieron a oír tiros y hubo corridas. No se sabía de dónde venían, quiénes eran. Hubo pánico. Se oyó decir: "Es la Alianza ". Otros tranquilizaban, pasaban palabras de orden. Otros corrían o gritaban "ahora vienen" o "calma, muchachos".

En el centro de la calle crecía la hoguera. Un grupo de muchachos y mujeres arrojaban un confesionario. Traían todavía imágenes y cuadros.

Un hombre arrastraba un Cristo y una mujer que acababa de aparecer, feroz y decidida, gritó:

– Démelo.

– ¿Qué? -dice el hombre mirándola con desprecio.

Alguien dijo: "es de la Fundación ".

– ¿Quién, quién? -preguntaban.

La murga cantaba:

A la chica de Gómale le gustan la banana…

La mujer siguió al hombre y tomó al Cristo de los pies para que no se arrastrara.

– Déjelo -gritó el hombre.

– Démelo -gritó la mujer.

Y por un instante el Cristo permaneció en el aire, entre los dos que forcejeaban.

– Venga, señora -dijo el muchacho que sacó a la Vir gen de la Iglesia.

– ¿Qué? -dijo la mujer, sin largar los pies del Cristo.

– Que venga, que deje eso.

– ¿Qué? -dijo la mujer, enloquecida.

– Tome esta imagen -le dijo.

La mujer pareció vacilar, sin dejar el Cristo, que se bamboleaba.

– Pero venga, señora -dijo el muchacho.

Ella parecía vacilar, pero el hombre le dio un gran tirón al Cristo y se lo arrancó de las manos. La mujer, como idiotizada, lo miró alejarse y volvió luego su mirada a la Virgen que estaba en el suelo al lado del muchacho.

– Venga, señora -dijo el muchacho.

La mujer se acercó.

– Es la Virgen de los Desamparados -dijo el muchacho.

La mujer lo miró sin entender, parecía no entender: era un cabecita negra. Tal vez pensaba que querían hacerle algo.

– Sí, señora -dijo Martín-, la sacamos de la Iglesia, este muchacho la salvó del fuego.

Ella miró al cabecita negra. La murga ahora se iba:

La murga del Chanta Cuatro se vamo a retirar…

La mujer se acercó.

– Bueno -dijo-, la vamos a llevar a casa.

El muchacho y Martín se inclinaron para levantar la Virgen.

– No, esperen -dijo ella.

Se desabrochó el tapado, se lo quitó y cubrió la imagen. Luego quiso ayudar.

– Deje -dijo el muchacho-, nosotros bastamos. Diga adonde vamos.

Caminaron. La mujer adelante, un hombre los seguía. La lluvia aumentaba ahora y el muchacho sentía que la corona estrellada se le estaba clavando en la cara. Ya no sabía nada: todo era confuso.

– Un herido -dijeron-; dejen paso.

Les abrieron paso.

Caminaron por Santa Fe hacia Callao. El resplandor rojizo iba siendo cada vez menor y poco a poco predominaba la noche hosca, solitaria y helada. La lluvia caía silenciosamente y a lo lejos se oían gritos aislados, algún disparo, silbatos.

Llegaron, subieron por un ascensor hasta el séptimo piso, entraron en un departamento lujoso y Martín vio que el muchacho obrero estaba confuso: miraba con timidez y vergüenza a la mucama, no sabía cómo moverse entre los muebles y los objetos de arte.

Pusieron de pie la imagen en un rincón y sin advertirlo, quizá, el muchacho puso su cabeza cansada y confusa sobre la Virgen, como si descansara en silencio. De pronto advirtió que le estaban hablando.

– Vamos -le dijo la mujer-, hay que volver.

– Sí -dijo el muchacho, mecánicamente.

Miró en derredor, como buscando algo.

– ¿Qué? -dijo la mujer.

– Querría -dijo el muchacho.

– ¿Qué, qué es lo que querés, muchacho? -dijo la mujer.

– Un vaso de agua, eso es lo que quería.

Le trajeron agua y el muchacho bebió como si estuviera calcinado.

– Bueno, ahora vamos -dijo la mujer.

La lluvia había disminuido, la murga debía estar en otros incendios, pero el fuego allí proseguía, ahora en silencio: los hombres y las mujeres se habían convertido en silenciosos y fascinados espectadores, desde la vereda de enfrente.

Uno tenía unas casullas bajo el brazo.

– ¿Quiere darme esas casullas? -dijo la mujer.

– ¿Qué? -dijo el hombre.

– Las casullas. Si me las quiere dar -dijo la mujer.

El hombre no respondió: miró el incendio.

– Las casullas -repitió la mujer con calma, una calma de sonámbulo-. Quiero guardarlas, para la iglesia, cuando la reconstruyan.

El hombre siguió mirando el incendio, silencioso.

– ¿No es usted católico? -dijo la mujer con odio.

El hombre siguió mirando el incendio.

– ¿No está bautizado? -dijo la mujer.

El hombre siguió mirando el incendio, pero sus ojos (Martín lo advirtió) se habían ido endureciendo.

– ¿No tiene hijos? ¿No tiene madre?

El hombre estalló:

– ¿Por qué no se irá a la puta madre que la parió?

– Yo soy católica -dijo la mujer, impasible y sonámbula-. Quiero las casullas para cuando se reconstruya.

El hombre la miró e inesperadamente habló en tono norma

– Las tengo para taparme de la lluvia -dijo.

– Por favor, deme las casullas -repitió la mujer con calma.

– Vivo muy lejos, en General Rodríguez -dijo el hombre.

Alguien, detrás de la mujer empecinada, dijo:

– Entonces usted ha venido de General Rodríguez, usted es de los que estaban quemando la iglesia.

La mujer empecinada volvió la cabeza: era un viejo de pelo blanco.

Alguien con chambergo desabrochó un impermeable y sacó una pistola. Fríamente, con desprecio, se encaró con el viejo:

– ¿Y usted quién es para interrogar a nadie"? -dijo.

El de las casullas también sacó una pistola. Una mujer, con un gran cuchillo de cocina en la mano, se acercó a la mujer impasible y le dijo:

– ¿Querés que te metamos las casullas en el culo?

La mujer impasible y demencial le propuso un cambio al hombre de las casullas:

– Este paraguas tiene mango de oro -dijo.

– ¿Qué?

– Que se lo cambio por las casullas. El mango es de oro. Vea.

El hombre miró la empuñadura.

La mujer del cuchillo, poniéndole la punta sobre el costado a la mujer de la propuesta, volvió a repetirle su frase anterior.

– Bueno -dijo el hombre-. Déme el paraguas.

La mujer del cuchillo, furiosa, le gritó:

– ¡Atorrante! ¡Vendido!

– Ma qué vendido -dijo el de las casullas con gesto de fastidio-. ¿Para qué quiero casullas, yo?

– ¡Sos un atorrante vendido! -gritó la mujer del cuchillo.

El de las casullas se volvió repentinamente frenético:

– Mirá, va a ser mejor que te calles, si no querés que te meta plomo.

La mujer del cuchillo lo insultó y le puso el cuchillo delante de la cara, pero el otro tomó el paraguas y no respondió.

La mujer se alejó con las casullas, en medio de gritos e insultos. El hombre del chambergo dijo entonces:

– Bueno, muchachos, aquí no hay nada que hacer. Vamos.

La mujer de las casullas llegó hasta donde estaban Martín y el cabecita negra. Lejos, temerosos. La acompañaron de nuevo hasta la casa de la calle Esmeralda. Y nueva-mente a Martín le pareció que el muchacho estaba triste, mientras desde la puerta miraba lentamente aquellos sillones, aquellos cuadros y porcelanas.

– Entrá -insistió la mujer.

– No señora -dijo el muchacho-, ya me voy. Ya no me necesita.

– Esperá -dijo la mujer.

El muchacho esperó, con respetuosa dignidad.

Ella lo miró.

– Vos sos obrero -le dijo.

– Sí, señora. Soy textil -respondió el muchacho.

– ¿Y qué edad tenés?

– Veinte años.

– ¿Y sos peronista?

El muchacho se quedó callado y bajó la cabeza.

La mujer lo miró duramente.

– ¿Cómo podes ser peronista? ¿No ves las atrocidades

que hacen?

– Los que quemaron las iglesias son unos pistoleros,

señora -dijo.

– ¿Qué? ¿Qué? Son peronistas.

– No, señora. No son verdaderos peronistas. No son peronistas de verdad.

– ¿Qué? -dijo con furia la mujer-. ¿Qué estás diciendo?

– ¿Me puedo ir, señora? -dijo el muchacho, levantando la cabeza.

– No, espera -dijo ella, como pensando-, espera… ¿Y por qué salvaste a la Virgen de los Desamparados?

– Y yo qué sé, señora. A mí no me gusta quemar iglesias. ¿Y qué culpa tiene la Virgen de todo esto?

– ¿De todo qué?

– De todo el bombardeo de Plaza Mayo, qué sé yo.

– ¿Así que a vos te parece mal el bombardeo de Plaza Mayo?

El muchacho la miró con sorpresa.

– ¿No sabes que hay que terminar alguna vez con Perón? ¿Con esa vergüenza, con ese degenerado?

El muchacho la miraba.

– ¿Eh? ¿No te parece? -insistía la mujer.

El muchacho bajó la cabeza.

– Yo estaba en Plaza Mayo -dijo-. Yo y miles de compañeros más. Delante mío a una compañera una bomba le arrancó una pierna. A un amigo le sacó la cabeza, a otro le abrió el vientre. Ha habido miles de muertos.

La mujer dijo:

– ¿Pero no comprendes que estás defendiendo a un canalla?

El muchacho se calló. Luego dijo:

– Nosotros somos pobres, señora. Yo me crié en una pieza donde vivía con mis padres y siete hermanos más.

– ¡Espera, espera! -gritó la señora.

Martín también fue a salir.

– ¿Y vos? -le dijo la mujer-. ¿Vos también sos peronista?

Martín no respondió.

Salió a la noche.

El cielo tenebroso y frígido parecía un símbolo de su alma. Una llovizna impalpable caía arrastrada por ese viento del sudeste que (se decía Bruno) ahonda la tristeza porteño, que a través de la ventana empañada de un café, mirando a la calle, murmura, qué tiempo del carajo, mientras alguien más profundo en su interior piensa, qué tristeza infinita. Y sintiendo la llovizna helada sobre su cara, caminando hacia ninguna parte, con el ceño apretado, mirando obsesionado hacia adelante, como concentrado en un vasto e intrincado enigma, Martín se repetía tres palabras: Alejandra, Fernando, ciegos.


XXVIII

<p id="_Toc49254334">XXVIII</p>

Caminó al azar durante horas. Y de pronto se encontró en la plaza de la Inmaculada Concepción, en Belgrano. Se sentó en uno de los bancos. Frente a él, la iglesia circular parecía todavía vivir el pavor de la jornada. Un siniestro silencio y la luz mortecina, la llovizna, daban a aquel rincón de Buenos Aires un sentido ominoso: parecía como si en aquella vieja edificación tangente a la iglesia se escondiera algún poderoso y temible enigma, y una suerte de fascinación inexplicable mantenía la mirada de Martín clavada en aquel rincón que veía por primera vez en su vida.

Cuando de pronto casi grita: Alejandra cruzaba la plaza en dirección a aquel viejo edificio.

En la oscuridad, bajo los árboles, Martín estaba a cubierto de su mirada. Por lo demás, ella avanzaba con marcha de sonámbulo, con aquel automatismo que él le había notado muchas veces, pero que ahora se le ocurría más poderoso y abstracto. Alejandra avanzaba en línea recta, por sobre los canteros, como quien camina en sueños hacia un destino trazado por fuerzas superiores Era evidente que no veía ni oía nada. Avanzaba con la decisión pero también con la ajenidad de un hipnepta.

Pronto llegó a la recova y dirigiéndose sin vacilar a una de aquellas puertas cerradas y silenciosas, la abrió y entró.

Por un momento Martín pensó que acaso él estaba soñando o sufriendo una visión: nunca había estado antes en aquella plazoleta de Buenos Aires, nada consciente lo había hecho caminar hacia ella en aquella noche aciaga, nada podía hacerle prever un encuentro tan portentoso. Eran demasiadas casualidades y era natural que por un momento pensara en una alucinación o en un sueño.

Pero las largas horas de espera ante aquella puerta no le dejaron lugar a dudas: era Alejandra quien había entrado y quien permanecía allí dentro, sin motivo que a él se le alcanzase.

Llegó la mañana y Martín no se atrevió a esperar más. pues temía ser visto por Alejandra a la luz del día. Por lo demás, ¿qué lograría con verla salir?

Con una tristeza que se manifestaba en dolor físico marchó hacia el Cabildo.

Un día nublado y gris, cansado y melancólico, despertaba del seno de aquella alucinante noche.


III – Informe sobre ciegos

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

NADA

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

XXI

XXII

XXIII

XXIV

XXV

XXVI

XXVII

XXVIII

XXIX

XXX

XXXI

XXXII

XXXIII

XXXIV

XXXV

XXXVI

XXXVII

XXXVIII

<p id="_Toc49264713">III – Informe sobre ciegos</p>

¡Oh, dioses de la noche!

¡Oh, dioses de las tinieblas, del incesto y del crimen,

de la melancolía y del suicidio!

¡Oh, dioses de las ratas y de las cavernas

de los murciélagos, de las cucarachas!

¡Oh, violentos, inescrutables dioses

del sueño y de la muerte!

<p id="_Toc49254336">I</p>

¿Cuándo empezó esto que ahora va a terminar con mi asesinato? Esta feroz lucidez que ahora tengo es como un faro y puedo aprovechar un intensísimo haz hacia vastas regiones de mi memoria: veo caras, ratas en un granero, calles de Buenos Aires o Argel, prostitutas y marineros; muevo el haz y veo cosas más lejanas: una fuente en la estancia, una bochornosa siesta, pájaros y ojos que pincho con un clavo. Tal vez ahí, pero quién sabe: puede ser mucho más atrás, en épocas que ahora no recuerdo, en períodos remotísimos de mi primera infancia. No sé. ¿Qué importa, además?

Recuerdo perfectamente, en cambio, los comienzos de mi investigación sistemática (la otra, la inconsciente, acaso la más profunda, ¿cómo puedo saberlo?). Fue un día de verano del año 1947, al pasar frente a la Plaza Mayo, por la calle San Martín, en la vereda de la Municipalidad. Yo venía abstraído, cuando de pronto oí una campanilla, una campanilla como de alguien que quisiera despertarme de un sueño milenario. Yo caminaba, mientras oía la campanilla que intentaba penetrar en los estratos más profundos de mi conciencia: la oía pero no la escuchaba. Hasta que de pronto aquel sonido tenue pero penetrante y obsesivo pareció tocar alguna zona sensible de mi yo, algunos de esos lugares en que la piel del yo es finísima y de sensibilidad anorma y desperté sobresaltado, como ante un peligro repentino y perverso, como si en la oscuridad hubiese tocado con mis manos la piel helada de un reptil. Delante de mí, enigmática y dura, observándome con toda su cara, vi a la ciega que allí vende baratijas. Había cesado de tocar su campanilla; como si sólo la hubiese movido para mí, para despertarme de mi insensato sueño, para advertir que mi existencia anterior había terminado como una estúpida etapa preparatoria, y que ahora debía enfrentarme con la realidad. Inmóvil, con su rostro abstracto dirigido hacia raí, y yo paralizado como por una aparición infernal pero frígida, quedamos así durante esos instantes que no forman parte del tiempo sino que dan acceso a la eternidad. Y luego, cuando mi conciencia volvió a entrar en el torrente del tiempo, salí huyendo.

De ese modo empezó la etapa final de mi existencia. Comprendí a partir de aquel día que no era posible dejar transcurrir un solo instante más y que debía iniciar ya mismo la exploración de aquel universo tenebroso.

Pasaron varios meses, hasta que en un día de aquel otoño se produjo el segundo encuentro decisivo. Yo estaba en plena investigación, pero mi trabajo estaba retrasado por una inexplicable abulia, que ahora pienso era seguramente una forma falaz del pavor a lo desconocido.

Vigilaba y estudiaba los ciegos, sin embargo. Me había preocupado siempre y en varias ocasiones tuve discusiones sobre su origen, jerarquía, manera de vivir y condición zoológica. Apenas comenzaba por aquel entonces a esbozar mi hipótesis de la piel fría y ya había sido insultado por carta y de viva voz por miembros de las sociedades vinculadas con el mundo de los ciegos. Y con esa eficacia, rapidez y misteriosa información que siempre tienen las logias y sectas secretas; esas logias y sectas que están invisiblemente difundidas entre los hombres y que, sin que uno lo sepa y ni siquiera llegue a sospecharlo, nos vigilan permanentemente, nos persiguen, deciden nuestro destino, nuestro fracaso y hasta nuestra muerte. Cosa que en grado sumo pasa con la secta de los ciegos, que, para mayor desgracia de los inadvertidos tienen a su servicio hombres y mujeres normales: en parte engañados por la Organización; en parte, como consecuencia de una propaganda sensiblera y demagógica; y, en fin, en buena medida, por temor a los castigos físicos y metafísicos que se murmura reciben los que se atreven a indagar en sus secretos. Castigos que, dicho sea de paso, tuve por aquel entonces la impresión de haber recibido ya parcialmente y la convicción de que los seguiría recibiendo, en forma cada vez más espantosa y sutil; lo que, sin duda a causa de mi orgullo, no tuvo otro resultado que acentuar mi indignación y mi propósito de llevar mis investigaciones hasta las últimas instancias.

Si fuera un poco más necio podría acaso jactarme de haber confirmado con esas investigaciones la hipótesis que desde muchacho imaginé sobre el mundo de los ciegos, ya que fueron las pesadillas y alucinaciones de mi infancia las que me trajeron la primera revelación. Luego, a medida que fui creciendo, fue acentuándose mi prevención contra esos usurpadores, especie de chantajistas morales que, cosa natural, abundan en los subterráneos, por esa condición que los emparentó con los animales de sangre fría y piel resbaladiza que habitan en cuevas, cavernas, sótanos, viejos pasadizos, caños de desagües, alcantarillas, pozos ciegos, grietas profundas, minas abandonadas con silenciosas filtraciones de agua; y algunos, los más poderosos, en enormes cuevas subterráneas, a veces a centenares de metros de profundidad, como se puede deducir de informes equívocos y reticentes de espeleólogos y buscadores de tesoros, lo suficiente claros, sin embargo, para quienes conocen las amenazas que pesan sobre los que intentan violar el gran secreto.

Antes, cuando era más joven y menos desconfiado, aunque estaba convencido de mi teoría, me resistía a verificarla y hasta a enunciarla, porque esos prejuicios sentimentales que son la demagogia de las emociones me impedían atravesar las defensas levantadas por la secta, tanto más impenetrables como más sutiles e invisibles, hechas de consignas aprendidas en las escuelas y los periódicos, respetadas por el gobierno y la policía, propagadas por las instituciones de beneficencia, las señoras y los maestros. Defensas que impiden llegar hasta esos tenebrosos suburbios donde los lugares comunes empiezan a ralear más y más, y en los que empieza a sospecharse la verdad.

Muchos años tuvieron que transcurrir para que pudiera sobrepasar las defensas exteriores. Y así, paulatinamente, con una fuerza tan grande y paradojal como la que en las pesadillas nos hacen marchar hacia el horror, fui penetrando en las regiones prohibidas donde empieza a reinar la oscuridad metafísica, vislumbrando aquí y allá, al comienzo indistintamente, como fugitivos y equívocos fantasmas, luego con mayor y aterradora precisión, todo un mundo de seres abominables.

Ya contaré cómo alcancé ese pavoroso privilegio y cómo después de años de búsqueda y de amenazas pude entrar en el recinto donde se agita una multitud de seres, de los cuales los ciegos comunes son apenas su manifestación menos impresionante.

<p id="_Toc49254337">II</p>

Recuerdo muy bien aquel 14 de junio: día frígido y lluvioso. Vigilaba el comportamiento de un ciego que trabaja en el subterráneo a Palermo: un hombre más bien bajo y sólido, morocho, sumamente vigoroso y muy mal educado; un hombre que recorre los coches con una violencia apenas contenida, ofreciendo ballenitas, entre una compacta masa de gente aplastada. En medio de esa multitud, el ciego avanza violenta y rencorosamente, con una mano extendida donde recibe los tributos que, con sagrado recelo, le ofrecen los infelices oficinistas, mientras en la otra mano guarda las ballenitas simbólicas: pues es imposible que nadie pueda vivir de la venta real de esas varillas, ya que alguien puede necesitar un par de ballenitas por año y hasta por mes: pero nadie, ni loco ni millonario, puede comprar una decena por día. De modo que, como es lógico, y todo el mundo así lo comprende, las ballenitas son meramente simbólicas, algo así como la enseña del ciego, una suerte de patente de corso que los distingue del resto de los mortales, además de su célebre bastón blanco.

Vigilaba, pues, la marcha de los acontecimientos dispuesto a seguir a ese individuo hasta el fin para confirmar de una vez por todas mi teoría. Hice innumerables viajes entre Plaza Mayo y Palermo, tratando de disimular mi presencia en las terminales, porque temía despertar sospechas de la secta y ser denunciado como ladrón o cualquier otra idiotez semejante en momentos en que mis días eran de un valor incalculable. Con ciertas precauciones, pues, me mantuve en estrecho contacto con el ciego y cuando por fin realizamos el último viaje de la una y media, precisamente aquel 14 de junio, me dispuse a seguir al hombre hasta su guarida.

En la terminal de Plaza Mayo, antes de que el tren hiciera su último viaje hasta Palermo, el ciego descendió y se encaminó hacia la salida que da a la calle San Martín. Empezamos a caminar por esa calle hacia Cangallo. En esa esquina dobló hacia el Bajo. Tuve que extremar mis precauciones, pues en la noche invernal y solitaria no había más transeúntes que el ciego y yo, o casi. De modo que lo seguí a prudente distancia, teniendo en cuenta el oído que tienen y el instinto que les advierte cualquier peligro que aceche sus secretos.

El silencio y la soledad tenían esa impresionante vigencia que tienen siempre de noche en el barrio de los Bancos. Barrio mucho más silencioso y solitario, de noche, que cualquier otro; probablemente por contraste, por el violento ajetreo de esas calles durante el día; por el ruido, la inenarrable confusión, el apuro, la inmensa multitud que allí se agita durante las horas de Oficina. Pero también, casi con certeza, por la soledad sagrada que reina en esos lugares cuando el Dinero descansa. Una vez que los últimos empleados y gerentes se han retirado, cuando se ha terminado con esa tarea agotadora y descabellada en que un pobre diablo que gana cinco mil pesos por mes maneja cinco millones, y en que verdaderas multitudes depositan con infinitas precauciones pedazos de papel con propiedades mágicas que otras multitudes retiran de otras ventanillas con precauciones inversas. Proceso todo fantasmal y mágico pues, aunque ellos, los creyentes, se creen personas realistas y prácticas, aceptan ese papelucho sucio donde, con mucha atención, se puede descifrar una especie de promesa absurda, en virtud de la cual un señor que ni siquiera firma con su propia mano se compromete, en nombre del Estado, a dar no sé qué cosa al creyente a cambio del papelucho. Y lo curioso es que a este individuo le basta con la promesa, pues nadie, que yo sepa, jamás ha reclamado que se cumpla el compromiso; y todavía más sorprendente, en lugar de esos papeles sucios se entrega generalmente otro papel más limpio pero todavía más alocado, donde otro señor promete que a cambio de ese papel se le entregará al creyente una cantidad de los mencionados papeluchos sucios: algo así como una locura al cuadrado. Y todo en representación de Algo que nadie ha visto jamás y que dicen yace depositado en Alguna Parte, sobre todo en los Estados Unidos, en grutas de Acero. Y que toda esta historia es cosa de religión lo indican en primer término palabras como créditos y fiduciario.

Decía, pues, que esos barrios, al quedar despojados de la frenética muchedumbre de creyentes, en horas de la noche quedan más desiertos de gente que ningún otro, pues allí nadie vive de noche, ni podría vivir, en virtud del silencio que domina y de la tremenda soledad de los gigantescos halls de los templos y de los grandes sótanos donde se guardan los increíbles tesoros. Mientras duermen ansiosamente, con píldoras y drogas, perseguidos por pesadillas de desastres financieros, los poderosos hombres que controlan esa magia. Y también por la obvia razón de que en esos barrios no hay alimentos, no hay nada que permita la vida permanente de seres humanos, o siquiera de ratas o cucarachas; por la extremada limpieza que existe en esos reductos de la nada, donde todo es simbólico y a lo más papeloso; y aun esos papeles, aunque podrían representar cierto alimento para polillas y otros bichos pequeños, son guardados en formidables recintos de acero, invulnerables a cualquier raza de seres vivientes.

En medio, pues, del silencio total que impera en el barrio de los Bancos, seguí al ciego por Cangallo hacia el Bajo. Sus pasos resonaban apagadamente e iban tomando a cada instante una personalidad más secreta y perversa.

Así descendimos hasta Leandro Alem y, después de atravesar la avenida, nos encaminamos hacia la zona del puerto.

Extremé mi cautela: por momentos pensé que el ciego podía oír mis pasos y hasta mi agitada respiración.

Ahora el hombre caminaba con una seguridad que me pareció aterradora, pues descartaba la trivial idea de que no fuera verdaderamente ciego.

Pero lo que me asombró y acentuó mi temor es que de pronto tomase nuevamente hacia la izquierda, hacia el Luna Park. Y digo que me atemorizó porque no era lógico, ya que, si ése hubiese sido su plan desde el comienzo, no había ningún motivo para que, después de cruzar la avenida, hubiese tomado hacia la derecha. Y como la suposición de que el hombre se hubiera equivocado de camino era radicalmente inadmisible, dada la seguridad y rapidez con que se movía, restaba la hipótesis (temible) de que hubiese advertido mi persecución y que estuviera intentando despistarme. O, lo que era infinitamente peor, tratando de prepararme una celada.

No obstante, la misma tendencia que nos induce a asomarnos a un abismo, me conducía en pos del ciego y cada vez con mayor determinación. Así, ya casi corriendo (lo que hubiera resultado grotesco de no ser tenebroso), se podía ver a un individuo de bastón blanco y con el bolsillo lleno de ballenitas, perseguido silenciosa pero frenéticamente por otro individuo: primero por Bouchard hacia el norte y luego, al terminar el edificio del Luna Park, hacia la derecha, como quien piensa bajar hacia la zona portuaria.

Lo perdí entonces de vista porque, como es natural, yo lo seguía a cosa de media cuadra.

Apresuré con desesperación mi marcha, temiendo perderlo cuando casi tenía (así lo pensé entonces) buena parte del secreto en mis manos.

Casi a la carrera llegué a la esquina y doblé bruscamente hacia la derecha, tal como lo había hecho el otro.

¡Qué espanto! El ciego estaba contra la pared, agitado, evidentemente a la espera. No pude evitar el llevármelo por delante. Entonces me agarró del brazo con una fuerza, sobrehumana y sentí su respiración contra mi cara. La luz era muy escasa y apenas podía distinguir su expresión; pero toda su actitud, su jadeo, el brazo que me apretaba como una tenaza, su voz, todo manifestaba rencor y una despiadada indignación.

– ¡Me ha estado siguiendo! -exclamó en voz baja, pero como si gritara.

Asqueado (sentía su aliento sobre mi rostro, olía su piel húmeda), asustado, murmuré monosílabos, negué loca y desesperadamente, le dije "señor, usted está equivocado", casi caí desmayado de asco y de prevención.

¿Cómo podía haberlo advertido? ¿En qué momento? ¿De qué manera? Era imposible admitir que mediante los recursos normales de un simple ser humano hubiese podido notar mi persecución. ¿Qué? ¿Acaso los cómplices? ¿Los invisibles colaboradores que la secta tiene distribuidos astutamente por todas partes y en las posiciones y oficios más insospechados: niñeras, profesoras de enseñanza secundaria, señoras respetables, bibliotecarios, guardas de tranvías? Vaya a saber. Pero de ese modo confirmé, aquella madrugada, una de mis intuiciones sobre la secta.

Todo eso lo pensé vertiginosamente mientras luchaba por desasirme de sus garras.

Salí huyendo en cuanto pude y por mucho tiempo no me animé a proseguir mi pesquisa. No sólo por temor, temor que sentía en grado intolerable, sino también por cálculo, pues imaginaba que aquel episodio nocturno podía haber desatado sobre mí la más estrecha y peligrosa vigilancia. Tendría que esperar meses y quizás años, tendría que despistar, debería hacer creer que aquello había sido una simple persecución con objetivo de robo.

Otro acontecimiento me condujo, más de tres años después, sobre la gran pista y pude, por fin, entrar en el reducto de los ciegos. De esos hombres que la sociedad denomina No Videntes: en parte por sensiblería popular; pero también, con casi seguridad, por ese temor que induce a muchas sectas religiosas a no nombrar nunca la Divinidad en forma directa.

<p id="_Toc49255222">III</p>

Hay una fundamental diferencia entre los hombres que han perdido la vista por enfermedad o accidente y los ciegos de nacimiento. A esta diferencia debo el haber penetrado finalmente en sus reductos, bien que no haya entrado en los antros más secretos, donde gobiernan la Secta, y por lo tanto el Mundo, los grandes y desconocidos jerarcas. Apenas si desde esa especie de suburbio alcancé a tener noticias, siempre reticentes y equívocas, sobre aquellos monstruos y sobre los medios de que se valen para dominar el universo entero. Supe así que esa hegemonía se logra y se mantiene (aparte el trivial aprovechamiento de la sensiblería corriente) mediante los anónimos, las intrigas, el contagio de pestes, el control de los sueños y pesadillas, el sonambulismo y la difusión de drogas. Baste recordar la operación a base de marihuana y de cocaína que se descubrió con los colegios secundarios de los Estados Unidos, donde se corrompía a chicos y chicas desde los once a doce años de edad para tenerlos al servicio incondicional y absoluto. La investigación, claro, terminó donde debía empezar de verdad: en el umbral inviolable. En cuanto al dominio mediante los sueños, las pesadillas y la magia negra, no vale ni siquiera la pena demostrar que la Secta tiene para ello a su servicio a todo el ejército de videntes y de brujas de barrio, de curanderos, de manos santas, de tiradores de cartas y de espiritistas: muchos de ellos, la mayoría, son meros farsantes; pero otros tienen auténticos poderes y, lo que es curioso, suelen disimular esos poderes bajo la apariencia de cierto charlatanismo, para mejor dominar el mundo que los rodea.

Si, como dicen, Dios tiene el poder sobre el cielo, la Secta tiene el dominio sobre la tierra y sobre la carne. Ignoro si, en última instancia, esta organización tiene que rendir cuentas, tarde o temprano, a lo que podría denominarse Potencia Luminosa; pero, mientras tanto, lo obvio es que el universo está bajo su poder absoluto, poder de vida y muerte, que se ejerce mediante la peste o la revolución, la enfermedad o la tortura, el engaño o la falsa compasión, la mistificación o el anónimo, las maestritas o los inquisidores.

No soy teólogo y no estoy en condiciones de creer que estos poderes infernales puedan tener explicac