Eleanor Arnason

Círculo de espadas


A las hermanas Yard y sus familias


AGRADECIMIENTOS

<p>AGRADECIMIENTOS</p>

Las siguientes personas leyeron esta novela cuando aún era un manuscrito (o escucharon mientras yo se la leía). Agradezco a todas ellas sus comentarios:

Eugene L. Baryngton III

Ruth Berman

David Cummer

Terry A. Garey

David G. Hartwell

P. C. Hodgell

Virginia Kidd

Mike Levy

Sandra Lindow

K. Cassandra O’Malley

Laurel Winter


También quiero expresar mi agradecimiento al Dr. Albert W. Kuhfeld, que a último momento me respondió un par de preguntas relacionadas con la ciencia y en el curso de una conversación telefónica de diez minutos diseñó para mí una nueva y maravillosa nave espacial. No puedo introducir esa nave en esta novela, pero decididamente la incluiré en su continuación.


Todo tiene consecuencias, la inacción lo mismo que la acción. Pero, como norma, es mejor no hacer nada que hacer algo y hacer poco que mucho.

Refrán hwarhath

Si debes actuar, hazlo con decisión.

Addendum hwarhath masculino


UN APUNTE HISTÓRICO

<p>UN APUNTE HISTÓRICO</p>

En la primera década del siglo XXI, un grupo de pensadores notables cambió las bases de la física. Alrededor del 2015, se hizo evidente la posibilidad de un motor para lograr una travesía más rápida que la luz (FTL, fast than light); alrededor del 2030, la travesía era un hecho. La humanidad, que se había creído atrapada en la Tierra y destinada a cocerse en los venenos por ella misma creados, salió repentinamente a la galaxia.

Mejor dicho, algunos seres humanos salieron. La mayoría (alrededor del 2070 había nueve mil millones de personas) se quedaron en el planeta madre e intentaron hacer frente a las terribles consecuencias del desastre ambienta el efecto invernadero, la reducción del ozono, la lluvia ácida y la aparentemente interminable serie de plagas que azotó el planeta, todo ello provocado en mayor o menor grado por la contaminación.

Los exploradores descubrieron una multitud de planetas, muchos de ellos habitables, aunque ninguno habitado por vida inteligente. El problema era que la vida ya existente en ellos no era compatible con la de la Tierra. En algunos casos, la vida nativa resultaba tóxica; en otros, simplemente, no era nutritiva. En casi todos los casos, en estos entornos extraños, la vida de la Tierra no prosperó. Hubo diversos viajes de exploración y muchas estaciones de investigación, pero sólo unas cuantas colonias planetarias.

A pesar de ello, las naves siguieron partiendo, recorriendo distancias cercanas a lo incomprensible, a menudo compitiendo. (Las naciones no dejaron de existir hasta finales de siglo). Buscaban dos cosas: planetas habitables para los seres humanos, y otra forma de vida inteligente.


MEMO

<p>MEMO</p>

ASUNTO: Negociaciones a celebrar.

DE: Sanders Nicholas, portador de información agregado al personal del Primer Defensor Ettin Gwarha.

A: Primer Defensor Ettin Gwarha.

CONFIDENCIAL


El problema, tal como yo lo veo, es que hay una laguna de información. El Pueblo sabe sobre su enemigo mucho más de lo que éste sabe sobre él. Esto se debe principalmente a la diferencia entre las dos culturas, pero también a una cuestión de pura suerte.

Durante mucho tiempo esto fue una ventaja y la mayoría de los Hombres-Que-Están-Al-Frente piensan que aún lo es.

Yo discrepo.

El enemigo continúa reuniendo información. Llegará un momento en que sabrá lo suficiente para preparar un ataque al Tejido. (Ese momento está cerca. Todos los modelos seguidos durante el año pasado han resultado malos.) No se sabe con certeza si decidirá atacar, y no está claro cuánto daño causará.

Lo que a mí me parece claro es lo siguiente: el enemigo no sabe lo suficiente para actuar de forma inteligente.

Hay cosas peores que un enemigo ignorante. (Un enemigo estúpido. Un enemigo inteligente y loco.) Pero la ignorancia es lo bastante mala para atemorizarme.

Los del otro bando no pueden evaluar las consecuencias. Sencillamente, no saben qué tipo de conducta resulta inaceptable o catastrófica. Podrían destruirnos a todos por accidente.

Me parece imperativo que el Tejido empiece a buscar formas de compartir información. Evidentemente, no información militar. Hemos discutido esto una y otra vez. Le remito a su memoria y a memorandos anteriores.

Me doy cuenta de que los demás principales no están de acuerdo en su mayoría. No consideran necesario un cambio. El Pueblo puede continuar igual que siempre. Esta guerra —contra un nuevo y raro enemigo— puede ser librada como todas las guerras anteriores, y no existe un particular peligro en combatir a un pueblo que no sabe lo que se hace.

Me doy cuenta también de que la prudencia y el honor exigen que usted no haga nada sin el acuerdo de los otros principales.

Esto crea una trampa lo suficientemente grande para que todos caigamos en ella: usted, yo, los Principales-en-Conjunto, el Tejido y el Pueblo. No veo ninguna salida. Tal vez debería usted reflexionar sobre la situación. Tenga en cuenta los modelos informáticos. No presentan buenas perspectivas.


PRIMERA PARTE

NICHOLAS EL MENTIROSO

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

<p>PRIMERA PARTE</p> <p>NICHOLAS EL MENTIROSO</p>
<p>I</p>

El planeta en el que Anna estaba destacada se encontraba en la posición de la Tierra: a 148 millones de kays de una estrella G2 común invisible desde la Tierra. Más lejos había un planeta doble, una de esas anomalías bastante corrientes para volver locos a los teóricos. Ambos mundos tenían atmósfera: densa, venenosa y de un blanco brillante desde la distancia. Para el planeta de Anna eran el lucero del alba y el lucero de la tarde, creciendo y menguando mientras ambos giraban, uno alrededor del otro. En el punto de mayor separación, la estrella se convertía en dos estrellas, y brillaba a ambos lados en el cielo azul grisáceo del amanecer o del crepúsculo.

Más lejos —al otro lado de su planeta— había cuatro gigantes de gas, todos visibles en el cielo nocturno, aunque ninguno tan brillante como los Gemelos. Nadie se había molestado en poner nombre a los gigantes. No había en ellos nada de particular.

Y eso era todo, salvo los habituales fragmentos de escombros espaciales: cometas y planetoides, lunas y anillos y el oscuro compañero que se desplazaba alrededor del sol G2, a una gran distancia. Era una peculiaridad y convertía el sistema en un punto de trasbordo.

El planeta en el que ella se encontraba era habitable para los seres humanos. La atmósfera era notablemente parecida a la antigua atmósfera preindustrial de la Tierra. El océano se componía de H2O. Poseía dos continentes. Uno se extendía por el hemisferio sur y tenía la forma aproximada de un reloj de arena; el otro, mucho más grande, se extendía desde el ecuador hasta el polo norte y se parecía en cierto modo a un bumerang.

Su estación estaba en medio del reloj de arena, en la costa este del estrechamiento. Hasta hacía poco había sido el único lugar del planeta que contaba con lo que algunos llamaban vida inteligente.

Ahora había otra base en el planeta: en la costa sur del bumerang, exactamente en la curva. La habían instalado los alienígenas que se hacían llamar hwarhath. Los humanos les llamaban «el enemigo»; y la estación de Anna —su encantadora y tranquila estación de exploración biológica— estaba llena de malditos diplomáticos.

<p>II</p>

Las nubes oscuras se alejaban del océano. En las aguas de la bahía se formaron cabrillas. Anna se abrochó la chaqueta mientras salía del edificio principal y echó a andar en dirección a la playa. En lo que allí cubría el suelo —parecía un musgo amarillo— habían brotado tallos de esporas en los últimos días. Eran altos y plumosos y se inclinaban bajo el viento. Comienzos del otoño. Las corrientes oceánicas empezarían a cambiar, convirtiendo las aguas frías que rodeaban el polo en su particular área de estudio. Ellos se reunirían en bahías como ésta, haciéndose señales unos a otros con elaborados despliegues de luz; luego intercambiarían material genético (cuidadosa, muy cuidadosamente, los zarcillos de apareamiento extendiéndose entre los diversos zarcillos urticantes), y luego se reproducirían. Después de eso, si estaban de humor, unos cuantos se dedicarían a rondar y a conversar con los humanos.

Trepó al muelle, que se extendía, largo y articulado, por la bahía.

Éste era su momento preferido del día. Moverse entre los estrechos segmentos constituía una especie de microviaje. Como en todos los viajes, se sintió (un rato) ajena a su vida. No era la persona que había salido de la estación de investigación, ni la que llegaría a la barca de investigación; podía considerar el pasado y el futuro con el mismo espíritu.

En general, reparaba en el presente. El muelle se elevaba y se hundía, respondiendo a su peso y al movimiento del agua. El viento resultaba frío y limpio.

En la Tierra, un día como aquél hubiese estado lleno de gaviotas y de su estrépito; pero en este planeta no había pájaros, y en cuanto a los insectos nativos, el clima los había obligado a ocultarse. Anna escuchó y sólo oyó el agua y el viento y el crujido metálico que los segmentos del muelle producían al rozar unos con otros.

La barca se encontraba en el extremo opuesto del muelle. Más allá de éste, anclada en medio de la bahía, había una masa flotante de comunicación: medía diez metros de largo, era blanca y se llamaba (como era de prever) Moby Dick.

Trepó a la barca y se agachó para entrar en la cabina. Allí estaba Yoshi, bebiendo té y observando las pantallas. La miró.

—Red-rojo-azul llegó anoche, haciendo golpear los flagelos y con buen tiempo.

—Con tres semanas de anticipación —dijo ella.

Yoshi asintió.

—¿La rutina habitual?

Él volvió a asentir, lo que significaba que la criatura había emitido una serie de luces que significaba «saludos… bienvenida… no agresión».

—Respondí. Todas las luces de Moby funcionan a la perfección. Red trazó un círculo un par de veces, luego hizo la señal de reconocimiento y se alejó —golpeó ligeramente una pantalla con un punto brillante—. Ese es Red. Está cerca de la entrada y no se mueve. Espera a alguien que resulte sexualmente más interesante que Moby.

Después de cinco años, los alienígenas —sus alienígenas— conocían a Moby y sabían que no intercambiaba material genético. Hasta que hubieran terminado de aparearse, no estarían interesados en la masa flotante.

Anna se asomó a la ventana y observó la bahía gris verdosa. Había gotas de agua en el plexiglás: rocío o las primeras gotas de lluvia. La sub-base hwar estaba allí fuera, en una isla cercana a la costa que apenas habría resultado visible en un día claro, lo bastante cerca para que los hwarhath pudieran viajar al recinto de los diplomáticos, pero lo suficientemente lejos para estar razonablemente seguros de tener intimidad.

—Llegarán volando y saldrán a diario —comentó—. Justo por encima de la bahía. Espero que eso no resulte un problema.

—No creo que Red y sus compañeros tengan en mente otra cosa que no sea sexo y miedo, si es que tienen mente. —Se levantó y cerró el termo—. Diviértete, Anna.

Ella se preparó para pasar sus ocho horas, abrió el termo y se sirvió café humeante en una taza. En cuanto Yoshi se fue conectó el sistema de audio.

A Yoshi le resultaban ligeramente irritantes los sonidos producidos por los animales de la bahía. Pero a ella le gustaban: los gemidos y silbidos de los distintos tipos de peces y los estallidos que surgían (casi con certeza) de criaturas semejantes a trilobites que vivían en el lodo del fondo.

¡Ah! Hoy estaba ahí el pez silbador. Se bebió el café y escuchó, vigilando las pantallas de vez en cuando.

A las diez oyó el sonido de un motor, se levantó y salió a cubierta. Allí estaba, el avión hwarhath. Venía del este. Un ala en forma de abanico; la vio cuando pasó por encima. De aspecto completamente corriente, tal vez un poco achaparrada, despuntada y poco elegante, como las naves de los alienígenas. Aunque tal vez era una interpretación suya; vemos lo que esperamos ver. La lluvia caía sin cesar. Un día espantoso para el primer encuentro entre los humanos y la única especie que también viajaba entre las estrellas.

Entró y encendió su equipo de comunicación. Allí, según lo prometido, estaba la pista de aterrizaje, una amplia franja de hormigón sobre la que golpeaba la lluvia. Una docena de figuras se encontraban de pie en la pista, entre los charcos: los diplomáticos humanos. Todos eran civiles, iban vestidos con largos y oscuros abrigos y llevaban paraguas; todos eran hombres. Los alienígenas habían insistido: no negociarían con mujeres, lo cual no decía mucho en favor de su apertura de miras. Pero tal vez había una explicación que justificaba aquella intolerancia; siempre era aconsejable no precipitarse en el juicio cuando se trataba con una cultura realmente extraña.

Los militares humanos estaban fuera de cámara, y todos los demás se encontraban en la estación. La pista estuvo fuera de plano hasta que la bienvenida oficial concluyó y los alienígenas se encontraron a salvo en el interior del recinto diplomático. Pero como gesto de cortesía se había instalado y conectado una cámara en el sistema de comunicación de la estación. Todos los humanos que se encontraban en el planeta podrían ver el momento en que se escribía la historia. Anna llenó de café la taza.

El avión aterrizó. El agua se elevó formando nubes. Los abrigos largos aletearon y los paraguas intentaron escapar, alzándose como cometas tan negras como el carbón. Uno de ellos se dio vuelta. Anna se echó a reír. ¡Qué ridículo!

La puerta del avión se abrió. Ella hizo una pausa, con la taza a medio camino de la boca. Se desplegó una escalerilla y la gente salió. Eran humanoides de aspecto fuerte y sólido, grises como el cielo y la niebla. Sin abrigo ni paraguas. En lugar de eso, los alienígenas llevaban prendas ceñidas al cuerpo, del mismo color que su pelaje.

Se movían bajo la lluvia tan fácilmente —con tanta indiferencia— como si el tiempo no importara, como si la lluvia no existiera. Los primeros portaban rifles, con una tira sobre uno de los hombros, un brazo apoyado sobre el cañón y la boca apuntada hacia abajo. Parecían relajados, pero se movían (notó Anna) con precisión, aunque no con precisión militar. Como atletas o actores.

Muy bonito, pensó. Realmente impresionante. Los alienígenas tenían sentido teatral.

Se repartieron a ambos lados, formando un pasillo. Entonces salieron las personas importantes: más cuerpos grises y robustos y, entre ellos, un cuerpo mucho más alto y más delgado, con los hombros encorvados bajo la lluvia.

Durante un instante la cámara —¿quién la operaba?— se acercó rápidamente. Ella vio un rostro sin pelo, largo y estrecho, con la melena chorreante y los ojos entrecerrados. Un humano.

En ese punto, la transmisión concluyó.

Empezó a apretar botones, intentando al principio recuperar la imagen, y luego localizar a alguien de la estación. Fue inútil. Su equipo seguía encendido. Podía oírlo: un zumbido débil y bajo. Pero salvo ese zumbido, nada salía de él. Todo el sistema debía de estar apagado.

Salió a cubierta. El recinto diplomático se encontraba en la cumbre de la colina que se alzaba detrás del puesto de investigación. Era un grupo de cúpulas prefabricadas, apenas visible bajo la lluvia. La pista de aterrizaje, más allá del recinto, quedaba completamente oculta.

Pudo ver el puesto de investigación, con el aspecto de siempre: edificios bajos situados en medio de un paisaje de musgo amarillo. Las luces brillaban en las ventanas. Alguien salió por ana puerta, atravesó a toda prisa el espacio abierto y luego se agachó y entró por otra puerta. Sin correr, se dijo, simplemente apresurándose a causa de la lluvia.

Anna volvió a entrar e intentó activar otra vez el equipo de comunicación. Todavía nada. ¿Qué estaba ocurriendo?

Intentó mantener la mente concentrada en el problema que la ocupaba, pero no dejaba de pensar en la pista de aterrizaje y en el hombre que bajaba por la escalerilla del avión de los alienígenas.

La humanidad había encontrado a los bwarhath… ¿cuándo? ¿Hacía cuarenta años? En todo ese tiempo, nadie había cambiado jamás de bando, al menos que ella supiera. Estaban los otros, los incognoscibles, las personas de las horribles naves achaparradas y más veloces que la luz, que entraban en nuestro espacio y huían si nuestras naves las encontraban, o luchaban y quedaban destruidas. Después de cuarenta años de escaramuzas y espionaje, ¿qué sabía la humanidad sobre ellos? Conocía una de sus lenguas. Algo acerca de su capacidad militar. Habíamos trazado mapas con los límites de su espacio, pero nunca habíamos encontrado un planeta colonizado; sólo naves y más naves y algunas estaciones en la infinidad del espacio. (Anna había visto un holograma de una de ellas: un cilindro enorme que giraba a la luz de un sol rojo y apagado.)

Todo armado. Por lo que sabían los humanos, los alienígenas no tenían sociedad civil. La humanidad nunca había tenido una cultura —ni en Esparta, ni en Prusia, ni en Estados Unidos— tan completamente dedicada a la guerra.

¿Qué hacía entonces aquel hombre —este humano de aspecto absolutamente corriente, de pelo lacio y rubio— entre los alienígenas? ¿Era un prisionero? ¿Por qué habían llevado a un prisionero con su equipo de negociadores?

Volvió a salir a cubierta. Nada había cambiado. Tal vez debiera acercarse y preguntar qué sucedía. Pero si había problemas, lo mejor sería mantenerse al margen; y si había problemas, ¿no vería a un montón de gente corriendo y el destello de las armas de luz?

Pasó aproximadamente una hora yendo y viniendo de la cabina a cubierta. No ocurrió nada, salvo que los peces silbadores se hundieron en las profundidades del agua y no pudo oírlos más. Mierda. Mierda. Si hubiera querido estar en una guerra, se habría unido a los militares y habría recibido educación gratuita.

Finalmente, a la una, la pantalla de comunicación volvió a encenderse; vio el rostro de Mohammed, oscuro y delgado.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Anna.

—Hemos tenido un corte temporal de electricidad —respondió él con cautela—. No es probable que vuelva a ocurrir. Así me lo han asegurado.

Mohammed era el experto del sistema de comunicación. Él no echaba la culpa a otro cuando se trataba de un problema técnico; de modo que el problema no había sido técnico. Alguien había arrancado el enchufe.

—¿Qué ocurre con los alienígenas?

—Se han ido al recinto diplomático, como estaba previsto.

Ella abrió la boca y él alzó una mano.

—No sé nada más, Anna.

Ella apagó el equipo de comunicación y se dedicó a observar las otras pantallas.

A las dos, uno de los compañeros de Red entró en la bahía. Anna lo captó con el sonar; se desplazó rápidamente por la estrecha entrada del canal y se detuvo al notar la presencia de Red. De día las criaturas no utilizaban luces, sino que se comunicaban con productos químicos que expelían en el agua. Ninguno de los instrumentos de Anna conseguía captar los productos químicos a esa distancia. Sólo pudo observar los dos puntos en su pantalla. Permanecieron inmóviles durante un buen rato.

Finalmente, el nuevo alienígena avanzó. No se acercó a Moby Dick, aunque no tenía forma de evitar la masa flotante, y Moby tenía un parecido superficial con un alienígena. Lo suficientemente bueno para burlar a Red, al menos al principio. Pero aquel individuo no demostró el más mínimo interés, lo que parecía indicar que había obtenido información de Red.

Anna imaginó una conversación.

¿Hay alguien ahí?

Sólo esa extraña criatura que puede hablar como nosotros pero que nunca intenta comerse a nadie ni joder.

¡Ah, bueno! No hace falta molestarse siquiera en decir hola.

La criatura se detuvo en medio camino de la bahía. A las tres llegó María.

—Llegas tarde.

—Me he entretenido en la estación. Esto te va a volver loca, Anna. Un centenar de trabajadores sobre el terreno, todos especulando al mismo tiempo, y ninguno tiene suficiente información para decir algo que tenga sentido.

—Fantástico. Red tiene compañía. Acaba de llegar, y no ha intentado acercarse a Moby. Si no son inteligentes, lo simulan muy bien.

María sacudió la cabeza.

—Lo que tenemos aquí, Anna, es un puñado de medusas enormes con un extraño sistema nervioso. Una especie inteligente la forman esas personas que se encuentran en la colina.

—Quizá —dijo Anna.

Regresó lentamente al puesto. La lluvia se había convertido en niebla y los animales nocturnos salían de sus madrigueras. La mayoría eran de una misma especie: largos y segmentados, y con múltiples patas. Sus lomos brillaban bajo la luz de las farolas. (¿Cuál era el nombre correcto de las cosas que se encontraban a decenas de años luz de la calle más cercana?)

Supo que eran cazadores; buscaban los gusanos que saldrían a la superficie atraídos por la humedad, no de un modo inteligente, aunque estaban espléndidamente preparados para lo que hacían. Los alienígenas de Anna eran diferentes. Tenían cerebros, hasta diez en un solo animal, todos interconectados; pero Red y sus compañeros de la bahía tenían unos cinco cerebros como máximo. Estaban semidesarrollados. Los individuos grandes, con zarcillos de un centenar de metros de largo, nunca se apareaban ni salían del océano profundo.

María tenía razón con respecto al puesto. El comedor estaba lleno de gente, y el nivel de ruido era más alto de lo habitual. Se sirvió la comida y fue a buscar a Mohammed. Estaba en una mesa de un rincón, rodeado de gente que lo miraba atentamente. Era evidente que querían saber lo que había ocurrido con el sistema de comunicación.

Anna se detuvo con la bandeja en la mano y Mohammed alzó la vista.

—No quería hablar del sistema de comunicación, Anna. Durante la transmisión del aterrizaje tenía a mi lado a un militar. Cuando ha visto lo que salía del avión, ha cortado la electricidad y no ha querido volver a conectarla durante más de una hora. ¡Criptofascista! Te aseguro que me he puesto furioso.

—¿Alguien sabe qué le ha ocurrido al hombre? —preguntó alguno de la mesa.

—Debe de estar en el recinto diplomático, ¿no? No está en la estación, y no habrán dejado al pobre individuo bajo la lluvia, en la oscuridad.

Anna sonrió. Aquello era típico de Mohammed. Había utilizado una palabra como «fascista» como si supiera lo que significaba, y al mismo tiempo creía que la gente era civilizada. Existe una forma correcta de comportarse; no se puede dejar a un miembro de una misión diplomática bajo la lluvia.

Alguien más dijo:

—No se saldrán con la suya, ¿verdad?

Ella no supo a quién se refería… ¿A los hwar? ¿A los militares humanos? Y no estaba interesada en escuchar las especulaciones. Hizo a Mohammed un gesto de asentimiento, dio media vuelta y buscó una mesa en la que hubiera un sitio vacío.

Más tarde, mientras iba de un edificio a otro, oyó el grave rugido del avión alienígena y levantó la vista. Vio las luces —blancas y ámbar— que se movían por encima de su cabeza, en dirección al mar.

<p>III</p>

El avión de los alienígenas llegó a la mañana siguiente y se marchó por la noche. Esto parecía indicar que las negociaciones continuaban tal como estaba previsto.

En el recinto no se dijo nada con carácter oficial. Las conversaciones eran secretas; siempre lo habían sido, y no aparecían reportajes en ninguna de las redes. Los de la estación habían recibido un poco de información por una cuestión de cortesía y porque estaban demasiado cerca para permanecer completamente sumidos en la ignorancia; ahora también ellos quedaban excluidos.

Al cabo de tres días ella recibió las primeras noticias oficiosas. Llegaron por medio de Katya, que estaba exprimiendo a uno de los diplomáticos: un hombre muy joven que hablaba demasiado. Katya le sacó información al diplomático —que tenía un nombre curioso: Etienne Corbeau— y luego se la transmitió a un grupo selecto de amigos, personas que, estaba segura, guardarían silencio. Sería una pena que los otros diplomáticos los descubrieran.

—Están usando al hombre como traductor —dijo Katya—. Es su traductor más importante. Según Etienne, el primer día presentó al principal kwar, que es algo así como un general, y luego dijo: «Mi nombre es Nicholas. No cometan el error de pensar que mi lealtad está en modo alguno dividida, y no crean que lo que digo tiene algo que ver conmigo. Cuando hablo, el que habla es el general.» O algo así. A Etienne le encanta adornar las historias. La gente del servicio de información militar ha enviado un mensaje de exploración a través del sistema. Quieren saber quién es este individuo.

—¿Qué ocurre durante las conversaciones? —preguntó Anna—. ¿Consiguen algo?

Katya esbozó una dulce sonrisa. La mayor parte de sus antepasados provenían del Sureste Asiático; algunos eran africanos. Ella era menuda y de piel oscura, de huesos pequeños, y la mujer más encantadora que Anna había visto jamás fuera de un holograma. También era una botánica de primera línea; nadie sabía más que ella sobre la capa amarilla del suelo parecida al musgo.

—Etienne no me lo dirá. Esa información es confidencial; pero no hay nada de malo en que me cuente chismes. Habla la lengua principal hwar con fluidez, con verdadera fluidez.

—¿Te refieres al hombre misterioso? —preguntó Anna.

—Por supuesto. Los traductores dicen que utiliza al menos una lengua diferente, no con mucha frecuencia, ni durante mucho tiempo, y sólo cuando habla con el general. Nuestra gente no sabe qué es. Lo grabamos todo, por supuesto, pero los traductores dicen que no entienden lo bastante la otra lengua. No van a poder descifrarlo.

Anna no sabía con certeza hasta qué punto le interesaba todo aquello. No compartía la pasión de Katya por las intrigas, pasión que ésta decía haber adquirido con el estudio de las plantas: «Son maravillosamente complejas y tortuosas, para mí una fuente constante de inspiración. Los que no pueden correr deben encontrar formas más interesantes de sobrevivir.»

Nada de lo cual guardaba relación con el hombre que decía llamarse Nicholas.


El tiempo cambió; tuvieron un día de sol tras otro. En casa lo habrían llamado veranillo de San Martín. El viento amainó. De vez en cuando se veían cabrillas en el mar, pero no en la bahía rodeada de tierra. Red y sus compañeros flotaban tranquilamente, sin hacer casi nada que pudieran captar los instrumentos. Ahorraban energía, imaginó Anna. No comerían hasta el momento en que hubiera concluido el apareamiento.

No se les unieron otras criaturas. Nadie tenía una buena teoría que explicara el porqué. Tal vez por el clima. Anna se sentó en la cabina de la barca y se concentró en la lectura —las últimas revistas profesionales, traídas por sonda— o se dedicó a escribir cartas a la Tierra.

Todas las cartas eran breves, en parte debido a las restricciones impuestas por la seguridad —nadie podía decir nada sobre las negociaciones—, pero también porque no tenía mucho que decir. ¿Cómo podía explicar algo de su vida a personas que convivían con nueve mil millones de seres humanos? Ellos no sabían nada de la oscuridad, del vacío, del silencio, del hecho de ser forastero. Para ellos, la realidad era la humanidad. No tenían otra cosa cerca. Los hwarhath eran seres legendarios, y las criaturas que ella estudiaba les resultaban incomprensibles. Tenía más cosas en común con los soldados, al menos con los que estaban allí, en el límite.

Una mañana infló una pequeña balsa de goma, le adosó un motor y se alejó por la bahía. Era un perfecto día de otoño: brillante, sereno y cálido. El planeta primario estaba suspendido sobre su cabeza; no tuvo problemas para ver bajo la superficie del agua transparente, que apenas se movía.

Avanzó en dirección a Red, acercándose lentamente y consultando un sonar portátil. El alienígena no se movió. Cuando estuvo cerca apagó el motor y recorrió a la deriva los últimos metros. Allí estaba, flotando justo por debajo de la superficie.

La parte superior del animal —la campana o paraguas— medía tres metros de ancho y era transparente; se onduló suavemente. En su interior, apenas visibles, había tubos de alimentación y racimos de material neurológico. Pudo distinguir tres variedades de tentáculos en el borde inferior de la campana: los largos y gruesos, que Red utilizaba para nadar; los tentáculos sensoriales, más cortos y más delgados; y los tentáculos que producían luz, poco más grandes que tocones. Todo se agitaba suavemente, al ritmo del movimiento de la campana.

No consiguió ver el resto del anima los zarcillos urticantes, de veinte metros de longitud, y los de apareamiento, aún más largos. Éstos colgaban por debajo de la campana. Alrededor de Anna se extendían la bahía azul celeste y las colinas bajas, cubiertas de vegetación dorada. A su lado estaba el animal, transparente como un cristal y palpitante como un corazón. Experimentó una intensa sensación de felicidad y de acierto: en esto consistía su vida.

Al cabo de un rato ató una cuerda al frasco de las muestras y lo sumergió en el agua, muy lentamente, con sumo cuidado. Red lo notó. Sus tentáculos se estiraron a lo largo del costado más cercano a la balsa de Anna. Las bocas de los extremos se abrieron y tragaron agua a modo de prueba.

Un destello de luz rodeó la campana. Interesante. Red habría utilizado productos químicos si hubiera estado hablando con otro seudosifonóforo. Pero seguramente se había dado cuenta de que ella no podía captar un mensaje transmitido de esa forma, y por eso probaba con el lenguaje nocturno.

Rojo-rojo-azul, decían las luces. (El primer color era en realidad un rosado oscuro, y habían considerado la posibilidad de llamar Rose al animal. Pero el nombre no parecía adecuado: era demasiado grande y demasiado peligroso.)

El primer mensaje rodeó dos veces el perímetro del animal. Luego fue seguido por otro: Naranja-naranja-naranja.

El naranja era un mensaje de angustia.

Soy Red-rojo-azul, estaba diciendo Red, y no me gusta lo que haces.

Ella levantó el frasco y el animal empezó a murmurar: un destello de luz incolora rodeó la campana una y otra vez. Anna esperó un poco más. Red adquirió un color oscuro. Ya podía volver a encender el motor. Se alejó a la mínima velocidad, recordando los largos zarcillos urticantes… estaban ahí abajo, fuera de la vista, en el agua, como una redecilla de seda.

<p>IV</p>

Al cabo de tres semanas, los demás animales empezaron a llegar, cruzando a nado la estrecha entrada de la bahía. Ahora comenzaba el verdadero trabajo de Anna. Cambió sus horarios. La mayor parte de la información valiosa llegaba por la noche, cuando las criaturas flotaban cerca de la superficie del agua, emitiendo mensajes con sus destellos. En ocasiones (y esa era una conducta que sólo se había visto durante la época de apareamiento) repetían el mismo mensaje, al unísono o uno tras Otro, de modo que los destellos de luz iban y venían a través de la bahía.

Los únicos que entraban en la bahía eran los animales relativamente grandes. Tenían zarcillos de aproximadamente la misma longitud y estaban a salvo unos de otros. Otros seudosifonóforos —había cientos de ellos— flotaban en el océano más allá del canal de entrada, atraídos por algo, probablemente una feromona, pero reacios a cruzarlo.

—Aquí no hay indicios de vida inteligente —aseguró María—. Los pequeños temen a los grandes, así es la naturaleza; y todos se sienten atraídos por la posibilidad de sexo. Y eso también es propio de la naturaleza.

Anna no discutió. Estaba demasiado cansada y atareada. Sabía que las negociaciones continuaban —el avión seguía alejándose— pero a esas alturas ya había perdido la noción de lo que podía estar sucediendo.

Una mañana, después de su jornada de trabajo, subió la colina que se alzaba por encima de la estación. El cielo estaba oscuro y despejado, y el lucero del alba y de la tarde brillaba por encima del agua: dos radiantes puntos de luz.

Las criaturas habían empezado a emitir señales exactamente antes de que ella se marchara, y ahora estaban en plena tarea. Las vibrantes luces de color azul y verde iban y venían recorriendo la bahía y salían por el canal hasta internarse en el mar. El ritmo —la pauta— no se alteraba, pero los colores cambiaban y se volvían más pálidos. De vez en cuando veía un destello naranja. En este contexto, el color probablemente era un indicador de frustración sexual. Por alguna razón que de momento nadie comprendía, las criaturas sólo se apareaban en las bahías, nunca en el mar abierto. (Una prueba más de que no eran inteligentes, decía María; una característica de la inteligencia es la flexibilidad.) Los animales pequeños sabían que no iban a reproducirse durante ese año, y chispeaban como el fuego. En la distancia, lejos de la costa, los animales eran menos abundantes, pero sin embargo había unos cuantos que salpicaban las aguas oscuras a lo largo del horizonte, destellando al ritmo de los individuos grandes de la bahía.

Un espectáculo sorprendente.

Al cabo de un rato, una pareja de soldados jóvenes y muy educados salió del recinto. Infantes de marina. El nombre no había cambiado, aunque las naves que tripulaban ahora viajaban a las estrellas. Iban de uniforme y llevaban la cabeza completamente rapada, salvo una delgada franja de pelo que se extendía desde la frente hasta la nuca, en medio de la cabeza. El pelo del chico era rubio muy claro, liso y fino; el de la chica, oscuro y muy rizado.

—La colina está fuera de los límites, miembro —advirtió la chica—. Tendrá que irse.

El chico bajó la mirada hasta la bahía y el océano.

—¿Qué es eso?

—Animales —respondió ella—. Es la época de apareamiento. Como ranas cantando, o como Verdi. Aún no sabemos si son inteligentes.

—¿Por qué no? —preguntó el chico—. Las ballenas lo son. Y los delfines.

Estaba equivocado, pero no quiso discutir.

—He subido hasta aquí para mirar.

—Es un verdadero espectáculo.

—Y se prolongará durante semanas.

—¡Uf! —dijo el chico. Era una exclamación de júbilo.

La chica repitió:

—Miembro, tiene que irse.


Al día siguiente, el avión no salió a la hora de costumbre. Katya le comunicó que los hwarhath habían sido invitados a quedarse para asistir a una fiesta.

—Etienne dice que intentan establecer una relación más cómoda ahora que la cuestión del mobiliario ha quedado resuelta.

—¿El mobiliario? —preguntó Anna.

—No me preguntes nada —dijo Katya—. Etienne no abrió la boca. Es información confidencial.

—Ah —respondió Anna y se concentró en su trabajo.

Ya había oscurecido cuando Yoshi abandonó la barca. Anna salió a cubierta. La bahía estaba en silencio. Las criaturas flotaban, inmóviles, sin emitir señales.

Tres personas caminaban hacia ella a lo largo del muelle. Una de ellas avanzaba delante, a grandes zancadas; las otras dos la seguían. No pudo ver con claridad a ninguno de los tres hasta que llegaron a la luz que brillaba al final del muelle, cerca de la barca.

El primero era un humano. Apenas lo vio, porque estaba mirando a uno de los que lo seguían: una persona achaparrada, vestida de gris. Tenía el rostro ancho y chato, cubierto de pelo gris, y los ojos completamente azules: no había ni un solo fragmento de blanco. Las pupilas eran barras horizontales, al principio anchas, y que se estrecharon rápidamente en respuesta a la luz.

El alienígena la miró directamente durante un instante y bajó la mirada.

El otro era un soldado de infantería de marina: el chico al que había visto en la colina. Llevaba un rifle, lo mismo que el alienígena.

El hombre que iba delante no llevaba armas, o al menos ella no vio ninguna. Tenía las manos en los bolsillos de la chaqueta, que era simple, de una especie de tela marrón, y parecía vagamente inadecuada, como si hubiera sido hecha por alguien que no comprendía realmente la moda de los humanos. El resto de su atuendo era similar: simple, de color marrón y no del todo adecuada.

¿Era ése uno de los precios de la traición?, se preguntó. ¿La mala confección? ¿El estar pasado de moda?

El hombre comentó:

—Una mirada directa es un desafío. Es una de las cosas que significan lo mismo para ambas especies. Por eso él ha bajado la mirada. Está señalando que no le interesa la lucha.

—Estupendo —repuso ella.

—Me dijeron que usted es la persona con la que debía hablar sobre las luces del mar.

Ella asintió sin dejar de mirar al hombre gris.

—¿Podría subir a bordo? Me temo que ellos vendrán conmigo, y que querrán hacer una comprobación para asegurarse de que no hay nada que yo pueda dañar o que pueda dañarme a mi.

Ella lo miró directamente. Era tan corriente como la primera vez que lo había visto en la pantalla de comunicación. Esta vez tenía el pelo seco; se le había rizado, y había varios mechones grises en la cabellera de color castaño claro. Su rostro era muy pálido, como si hiciera varios años que no tomaba el sol.

—Usted es el traductor —anunció ella, imaginando que eso era más cortés que llamarlo traidor.

Él asintió.

¿Qué demonios? ¿Por qué no? Tal vez nunca más tendría la posibilidad de estar tan cerca de un hwarhath. Hizo un gesto de asentimiento.

Él le habló al alienígena. Los dos soldados subieron a bordo y registraron la barca.

—Tengan cuidado —les gritó Anna. Nicholas añadió algo en la lengua de los alienígenas y enseguida subió a la barca. Se apoyó en la barandilla y se dedicó a contemplar la bahía. Uno de los seudosifonóforos empezó a emitir destellos amarillos, verdes, blancos, amarillos: un hombre, probablemente. Soy yo. Soy yo.

—De acuerdo —dijo—. ¿Qué son?

Ella se lo dijo y luego añadió:

—El problema es… que sabemos que su inteligencia guarda relación con el tamaño. Lo descubrimos estudiando a los pequeños. Estos individuos son semidesarrollados y semibrillantes, eso es lo más probable. Los realmente grandes permanecen en el mar y no hemos descubierto cómo llegar a ellos.

Los soldados salieron de la cabina y se quedaron de pie, mirándose mutuamente y mirando a Nicholas. El chico —el infante de marina— parecía nervioso. Anna no logró descifrar la expresión del rostro del alienígena, y ni siquiera supo con certeza si tenía expresión. La postura de su cuerpo indicaba una actitud alerta, pero no tensa. No estaba preocupado, pero prestaba atención, aunque nunca miraba a nadie directamente a la cara. —Eso es muy interesante —opinó Nicholas—. Pero no veo por qué razón cree que los animales podrían ser inteligentes. En aquel momento, media docena de ellos emitía destellos. Esa noche todos los mensajes eran diferentes. No un coro; tal vez un sexteto, o quizá ruidos emitidos al azar. —¿Qué puedo decirle? Resulta fácil decidir que una especie es inteligente cuando es como nosotros. Su compañero, el que está allí, por ejemplo. Jamás alguien se ha hecho preguntas con respecto a los hwarhath. Desde la primera vez que vimos una de sus naves, desde la primera vez que ellos probaron suerte con nosotros, lo supimos.

Él la miró pero no dijo nada.

—Estos individuos que están aquí —señaló la bahía— son alienígenas completamente; y no estamos seguros de qué constituye una prueba de inteligencia en un animal marino que no utiliza herramientas. ¿Por qué lo pregunta, de todas formas?

—Por curiosidad. Hace unos cuantos días nos marchamos después del anochecer y cuando bajé la vista estaban allí, destellando; y son visibles desde la isla: parches de luz que se agitan en el mar. Ésos son los pequeños, según dice usted.

»Y tengo que matar el tiempo. Esta noche intentan celebrar Un acto social. Una idea delirante, pero el general siente curiosidad. Jamás ha visto a un grupo de humanos divirtiéndose. No creo que funcione. Los hwarhath no comen para entretenerse; para ellos se trata de una necesidad o de un sacramento. Beben para distraerse, pero las fiestas que organizan para beber son desagradables. Yo las evito siempre que puedo. —Hizo una pausa y contempló la bahía—. Tuve una fantasía horrible en la que veía al general intentado hacer un trato o mantener una conversación durante un cóctel, por primera vez, con un canapé.

—¿Cómo van las conversaciones? —preguntó ella.

Él se encogió de hombros.

—Son los primeros días, y la diplomacia no es mi especialidad.

Ella quiso preguntarle cómo había llegado a esa situación, pero al parecer no tenía forma de hacerlo. ¿Cómo hace alguien para traicionar a los de su especie? Habló un poco más de los animales de la bahía, formalmente conocidos como Pseudosiphonophora gigantans. Luego se hundió en el silencio y ambos siguieron contemplando la bahía.

Él estaba apoyado en la barandilla, con las manos entrelazadas delante de su cuerpo, y parecía relajado; pero ella experimentó una sensación de tensión y soledad. La sensación de tensión surgía del cuerpo de él y era tan leve que ella no lo notaba de manera consciente. No tenía idea de por qué motivo pensaba que estaba solo. Tal vez lo estaba interpretando.

Él se irguió.

—Es hora de que me vaya. Si no me equivoco, a estas alturas el general estará aburrido y tal vez intoxicado. El alcohol no afecta a los hwarhath. Pero él se ha traído sus propias provisiones. —Hizo una pausa—. Gracias por la información. Hay una frase de un libro antiguo… no recuerdo el título… que habla del aprendizaje. Es la única fuente segura de placer y el único consuelo infalible. —Sonrió—. Lo único que he aprendido últimamente está relacionado con el mobiliario. Créame, no es algo adecuado.

Se marchó, seguido por los dos soldados. Ella se quedó mirándolos hasta que los hombres se desvanecieron en la oscuridad. Qué conversación tan extraña.

<p>V</p>

Raymond la llamó por la mañana, cuando ella abandonaba el trabajo.

—Por favor ven a mi despacho, Anna. —Vio la expresión de su rostro y añadió—: Es importante.

Ella cogió el café y un panecillo en el comedor y se marchó; estaba hambrienta. En general Ray no le caía bien, y naturalmente no había votado por él en las últimas elecciones. Pero, en justicia, era un buen director de la estación, y sabía cómo llevarse bien con los diplomáticos y los militares. En ese momento, aquélla era una habilidad provechosa.

Había alguien con él en el despacho: una mujer de uniforme, sentada al otro lado del enorme escritorio. Su piel era del mismo color que el café de Anna. Llevaba el corte de pelo reglamentario y el cráneo le brillaba como si se lo hubiera lustrado, con el cabello, la estrecha franja de rigor, totalmente teñido de blanco. De sus orejas colgaban unos pendientes hechos con pequeñas cuentas de cristal.

Ray anunció:

—Ésta es la comandante Ndo.

—Por favor, tome asiento —dijo la comandante.

Incómoda, Anna obedeció. Tenía migas en la blusa y en los pantalones. Se las quitó y buscó un lugar donde dejar la taza. No encontró nada más que el suelo.

—Anoche usted mantuvo una conversación con Nicholas Sanders —dijo la comandante—. Quiero que me la repita. Por favor, sea lo más exacta posible y explique la biología.

—¿Por qué?

—Anna, por favor —intervino Raymond.

Anna hizo lo que le pedían.

Cuando concluyó, la comandante asintió.

—Muy bien. Se ajusta bastante a la grabación, salvo que usted entró más en detalles. ¿Tiene algo que añadir? ¿Alguna observación?

Le gustaba el hombre, pero no iba a decírselo a los militares.

—No. ¿Quién es él?

La mujer vaciló.

—Eso es algo que no puedo decirle, miembro Pérez. Toda la información es sensible. No está protegida, pero es decididamente sensible.

—No quiero parecer una criatura, pero eso no me parece particularmente justo. Yo ya le he dicho todo lo que me ha preguntado.

La comandante asintió.

—Tiene razón. No es justo. No voy a soltarle un discurso acerca de las injusticias de la vida porque siempre he pensado que los discursos son estúpidos e inútiles.

»El problema para usted no es que la vida sea injusta. El problema es que yo soy injusta. —Sonrió—. Siempre es acertado establecer una clara distinción entre las fuerzas armadas y el universo.

»Lo único que puedo decirle es lo obvio. Las negociaciones son importantes; la situación es sensible; este sujeto está exactamente en medio; y está protegido por la inmunidad diplomática.

—Gracias por tu colaboración, Anna —le agradeció Ray. Ella se marchó y olvidó la taza. Aún estaba casi llena. Con un poco de suerte, Ray la volcaría.


La siguiente ocasión en que vio a Nicholas, él estaba en la puerta de su habitación, y la luz del sol brillaba a su alrededor. Llevaba el mismo tipo de ropa que antes, de tela marrón y extraño corte. A la luz del sol, su pelo parecía mucho más gris que castaño.

—¿Cómo me ha encontrado?

—Abordé a un hombre y se lo pregunté —Nicholas sonrió—. No sabía su nombre, pero le dije «la mujer que habla sin parar de esas cosas de la bahía». Fue suficiente. ¿Le gustaría salir a dar un paseo?

—¿Qué hay de las negociaciones?

—Le he pedido el día libre al general. No soy el único traductor y estoy realmente cansado de estar sentado. Él sabe cómo me pongo cuando no hago suficiente ejercicio.

Ella reflexionó un instante.

—De acuerdo.

—Los Gemelos también vienen. —Se desplazó ligeramente y ella miró más allá de él. Allí estaban el soldado, el chico y un ¡alienígena. Anna no supo si era el mismo.

—Aguárdeme un instante.

Él se quedó junto a la puerta abierta y se apoyó en el marco. La tensión de su cuerpo tenía una cualidad maníaca. Al principio pensó que tal vez estaba borracho. Pero movía los ojos y enfocaba la mirada con normalidad. Anna notó que tenía el iris de un extraño tono verde oscuro, del color del jade del Nuevo Mundo. ¡Jamás había visto unos ojos de aquel color. No conocía ninguna droga que alterara el color del iris, aunque por supuesto las drogas no eran su especialidad. En cualquier caso, la expresión del rostro de Nicholas era una expresión de alerta. El hombre no se encontraba bajo los efectos de una droga. Estaba feliz.

Anna cogió una chaqueta. Se alejaron del puesto.

—¿Vamos colina arriba? —preguntó Nicholas.

—Está fuera de los límites. Nicholas se volvió y miró al soldado.

—¿Cabo?

—Sí, señor, es así para el personal de la estación. —¿Pero no para mí?

—No estoy seguro. Supongo que usted podría subir. Pero no con la miembro.

—Eso no tiene sentido. —Miró a su alrededor—. Quiero subir a un sitio bien alto y mirar en la distancia. Allí. —Señaló otra colina, en el límite sur del asentamiento de los humanos—. ¿Puede ser aquélla?

—No tengo órdenes con respecto a ésa, señor. No tendría por qué haber problema.

El día era radiante y muy ventoso. La colina era escarpada y una fuerte helada, que ahora empezaba a derretirse, hacía del suelo una superficie húmeda y resbaladiza. Avanzaron lentamente; los dos soldados eran los que tenían más dificultades, dado que llevaban las armas.

—Eh —llamó el chico por fin—. Más despacio.

Ella volvió la mirada, lo mismo que Nicholas. Los soldados estaban bastante más atrás que ellos.

—Esperaremos en la cima —anunció Nicholas y siguió avanzando.

—¡Señor! —El chico empezó a trepar y resbaló. Un instante más tarde rodaba y se deslizaba hacia el pie de la colina, sin soltar el rifle.

Nicholas dijo algo en el idioma de los hwarbath. El otro soldado bajó arrastrándose detrás del chico.

—Qué chapuceros —protestó Nicholas—. Realmente tendrían que entrenarlos mejor. Por supuesto, los entrenan para que obedezcan órdenes, no para pensar; y sus órdenes probablemente son un poco contradictorias. No creo que la gente del recinto haya llegado a algún acuerdo con respecto a mí.

—¿A qué distancia estamos de una grabadora? —preguntó Anna.

El chico había dejado de rodar. Finalmente había soltado el arma. El alienígena la recogió y se la tendió, esperando que el chico se pusiera de pie y la cogiera. El cuerpo del alienígena expresaba una cortesía indiferente.

—¿Como la que lleva el cabo? Aún podría estar captando nuestra voz. —Miró a su alrededor—. ¡Santo cielo, qué día tan maravilloso! Todo es dorado y azul. Realmente echo de menos la vida al aire libre. Si le preocupan las grabadoras, le advierto que tengo una. No diga nada que no quiera que sea analizado por la gente de seguridad de los hwarhath.

—Resulta una forma de vivir verdaderamente aburrida.

Habían llegado a un punto lo suficientemente elevado para dominar una buena perspectiva del mar. Estaba festoneado de cabrillas. Nicholas tenía razón: el día era realmente hermoso.

—En este momento, me parece bastante divertido. Probablemente se deba al clima, y al hecho de no pasar horas sentado, casi sin moverme, en una habitación sin ventanas.

Los dos soldados treparon hasta llegar junto a ellos. El chico tenía la cara enrojecida. Su uniforme estaba arrugado y manchado.

—No vuelva a hacer eso jamás, señor.

—¿Qué?

—Seguir adelante cuando yo le pido que espere. Tendría que haberle disparado.

Nicholas sacudió la cabeza.

—Piénselo mucho antes de hacer eso, cabo. Hattin viene con nosotros para asegurarse de que yo sigo vivo. Tiene órdenes muy claras en ese sentido.

El chico se mostró obstinado.

—Haré lo que tenga que hacer.

El alienígena los miraba con aire de indiferencia. Como de costumbre, no miraba a nadie a los ojos, pero ella tuvo la clara sensación de que no se le escapaba casi nada.

—No habla inglés, ¿verdad? —preguntó Anna.

—No, y tampoco quiere hablarlo. Hattin es un chico muy dulce, pero le falta curiosidad. No siente el más mínimo interés por los extranjeros extravagantes.

—Y jamás mira a nadie a los ojos.

—Yo soy mayor que él. Los hombres hwarhath dan mucha importancia a la jerarquía. Un hombre joven sencillamente no mira a los ojos a alguien que ostenta un rango superior. El cabo es su igual, pero también su enemigo; si uno mira fijamente a un enemigo, está invitándolo a la lucha; y le dije que usted es una mujer. Los hombres hwarhath no miran a las mujeres, a menos que las mujeres sean miembros del mismo linaje.

Empezaron a subir otra vez. Los soldados los seguían de cerca.

Cuando llegaron a la cima de la colina, Anna preguntó:

—¿A qué se refiere cuando dice extranjeros extravagantes? ¿Es algo así como demonios extranjeros?

—Algo así. Hattin es… ¿cómo podría describirlo? Tradicional. Reconoce la conducta adecuada en cuanto la ve; es la clase de conducta que aprendió en su hogar, de niño. Cualquier cosa diferente es aburrida o inquietante. ¡Mire qué panorama!

A un lado se extendían la bahía y la estación, y el recinto que dominaba todo lo demás. Sus cúpulas habían sido tratadas con algo que hacía que se corroyeran rápidamente, al menos en la superficie; eran de color verde cobre, rojo óxido y de un tosco dorado apagado.

Al otro lado, la colina descendía hasta una amplia playa y el mar. El fondo era poco profundo. Las olas rompían formando largas líneas blancas.

—¿Cómo llegó a esta situación? —preguntó Anna.

Él se echó a reír.

—Ése es el tipo de pregunta que haría un hwarhath. Son muy directos. Si quieren saber algo, lo preguntan y no se preocupan demasiado por la cortesía. Si uno no quiere responder, les dice: «No voy a hablar de eso.»

Hizo una breve pausa y contempló el mar.

—No mienten demasiado. ¿Recuerda la frase sobre los antiguos persas? Probablemente es de Heródoto. Enseñaban a sus hombres a cabalgar, a disparar flechas y a decir la verdad. Los hwarhath son así, aunque las armas que aprenden a utilizar son mucho más impresionantes.

—¿Eso significa que no quiere hablar del tema?

Volvió a hacer una pausa.

—Por ahora no.

Caminaron por la cima de la colina. Los tallos de esporas las habían soltado todas y ya no eran plumosos. Se inclinaban bajo el viento como juncos.

Muy bonito. Muy relajante. O tal vez ésa no fuera la palabra adecuada. Creador de felicidad. El viento se llevaba el aburrimiento y el cansancio.

Al cabo de un rato, Nicholas dijo:

—No quiero que se forme la idea de que todos los hwarhath son como Hattin. Son tan diversos como la humanidad, aunque en una escala diferente. El general, por ejemplo, es mucho menos conservador y mucho más curioso.

—¿A quién le está hablando? —preguntó Anna. Él sonrió.

—A usted, entre otros. Bajemos. Quiero saber algo más sobre sus animales.

Caminaron hacia la bahía, seguidos por los soldados. Cuando llegaron a la barca, Nicholas hizo una pausa y dijo algo al alienígena. Anna entró en la cabina.

—Tenemos compañía, Yosh.

Nicholas entró agachándose para pasar por la puerta más bien baja. Yoshi se puso de pie, amable y un poco incómodo. Nunca se sentía totalmente cómodo con los desconocidos.

—Él es… —Anna vaciló—. ¿Tiene algún título o rango? Él asintió.

—La traducción literal sería «portador». Equivale aproximadamente a capitán.

—El capitán Sanders. El doctor Nagamitsu Yoshi. El capitán está interesado en nuestros individuos de la bahía.

Yoshi pareció desconcertado. Intentaba reconocer a Nicholas y no lo lograba. Era alguien del recinto, evidentemente. No había extranjeros en el puesto. Pero de ahí no pasaba. Anna casi pudo ver cómo trabajaba su mente, intentando recordar qué comunidad humana utilizaba el título de portador. —¿Por qué no le muestras el equipo, Yosh? Así lo hizo: el sonar y el radar, las cámaras subacuáticas y los micrófonos, el equipo que medía el caudal de agua de la bahía. Explicó cómo se tomaban y se analizaban las muestras. Finalmente le habló de Moby.

Durante todo ese tiempo los soldados se quedaron fuera. El chico estaba en la entrada, al alcance de la vista. (Yoshi lo miraba de vez en cuando, perplejo.) Anna no veía al alienígena.

—Están hablando con ellos, utilizando la masa flotante —dijo Nicholas.

—Nos estamos comunicando —repuso Yoshi—. No hay duda de eso; pero no estamos seguros de mantener conversaciones. Para empezar, no parecen poseer nada parecido a la gramática. Nuestra tendencia es pensar que cualquier criatura inteligente debe tener una forma de hablar de relaciones, de hablar sobre causa-y-efecto.

»Les decimos palabras. Ellos nos responden con otras palabras, y a veces con las mismas. Pueden ser como loros, sobre todo durante la época de apareamiento. Tiene que haber visto el despliegue de las últimas semanas. ¿Lleva mucho tiempo aquí?

—Desde que llegaron los hwarhath —respondió Nicholas.

—Ah —dijo Yoshi. Aún no había logrado deducir quién era el hombre.

Anna estaba presenciando un ejemplo realmente refinado del pensamiento watsoniano, llamado así (por supuesto) en honor al compañero de Sherlock Holmes, un hombre de gran malicia. El buen doctor no era estúpido. Simplemente no caía en la cuenta de ciertas cosas, como en ese momento hacía Yoshi, que estaba a punto de explicar cómo habían enseñado a los animales a cantar Mary tenía un corderito.

—Lo tradujimos al código de emergencia internacional y se lo enviamos a Moby… por supuesto durante la época del apareamiento, y ellos lo captaron. No logramos que lo hicieran como un diálogo; insistían en sincronizarlo. Realmente espléndido, aunque no la conducta propia de una especie inteligente.

—¿Por qué no? —preguntó Nicholas—. Usted está hablando de cantar a coro. Los humanos lo hacen, lo mismo que los hwarhath.

—¿Sí? —dijo Yoshi—. No me había dado cuenta.

—Y sin embargo la unidad monetaria internacional no cayó—. Yo me refiero a que repiten como loros. Repiten hasta la saciedad… con nosotros o entre sí. Eso no es un signo de inteligencia.

—¿No es un problema ficticio? —preguntó Nicholas—. Inteligencia es un término resbaladizo lo mismo que la mayoría de los que podrían ser sus sinónimos. Comprensión, conciencia, aprehensión en el viejo sentido, razón. ¿Hasta qué punto tiene sentido hablar de inteligencia en toda clase de seres? ¿Los humanos o los hwarhath, los ordenadores, los delfines o las ballenas? Y en cualquier caso, ¿por qué se preocupa por eso?

Yoshi lo miró con expresión de reproche.

—Queremos tener a alguien con quien hablar. Alguien que comprenda.

—Entonces hable con los individuos que están en lo alto de la colina, aunque no apostaría nada a favor de su comprensión. —Nicholas miró al cabo—. ¿Tienes hora?

El chico echó un vistazo a la culata del rifle.

—Las quince y cincuenta.

—Será mejor que me vaya. El avión saldrá temprano. —Se volvió hacia Yoshi, que lo miraba con la boca abierta—. Gracias, doctor Nagamitsu. Adiós, Anna.

Se agachó para salir de la cabina y Yoshi dijo:

—Ése es el hombre…

—¡Ajá! —lo interrumpió Anna—. Estaba esperando a que lo descubrieras. ¿Te has fijado en su ropa?

—He pensado que tal vez había ocurrido algo con la moda en la Tierra, o que quizás era una especie de uniforme. No presto demasiada atención a los militares. Hay muchos, y de muchas clases. ¿Quién puede estar al tanto? ¿En qué te has metido, Anna?

—En nada que tenga importancia. La gente del recinto sabe lo que está ocurriendo. No lo han dejado suelto. No va a hacerle daño a nadie.

<p>VI</p>

El despacho del general (el actual, en la isla) tiene el aspecto triste y austero de algo destinado a ser transitorio: paredes grises, alfombras grises de pared a pared, una mesa de trabajo y dos sillas.

No hay ventanas. Al otro lado de la mesa cuelga un tapiz. Es grande y sencillo y tiene el aspecto de pertenecer a un lugar público. Nunca lo había visto en ninguna de sus habitaciones. Debió de conseguirlo en la bodega de la nave principa algo para cubrir una pared vacía.

En medio del tapiz arde una hoguera roja, naranja y amarilla. Los colores irradian de ella menos intensos, pero sin embargo brillantes y cálidos, como si el fuego iluminara el suelo que lo rodea. A medida que se alejan del fuego, los colores empiezan a apagarse y se vuelven un poco grises. Finalmente, a mitad de camino del borde del tapiz, los colores en expansión tocan las espadas, que son decididamente grises: un matiz frío que resulta duro. Están dispuestas en círculo, cada punto tocando la empuñadura de la siguiente, de manera tal que el círculo es continuo. Siempre he pensado que tendría más sentido que apuntaran hacia fuera. Pero funciona visualmente. Más allá de las espadas, el tapiz es negro, salpicado de blanco: el espacio y las estrellas. La Hoguera en un Círculo de Espadas. Por lo que sé, es el antiguo emblema del Pueblo, aunque es evidente que esta versión es relativamente reciente, creada después de que el Pueblo comprendiera que su mundo —su hoguera— estaba rodeada por la oscuridad. [Sí.] Para ellos la imagen tiene una enorme fuerza. A mí siempre me ha parecido… ¿cómo lo diría? Como una pelota hecha con las semillas de una valiosa planta comestible cultivada en el centro de América del Norte, en la Tierra. [?]

Voy al despacho cada dos días. El general se sienta ante su mesa en silencio y contempla el tapiz. Yo intento sentarme en silencio en la otra silla, aunque pienso mejor cuando me muevo.

Hablamos de las negociaciones, desmenuzándolas, intentando descubrir qué están pensando los humanos, analizando las reacciones de los otros miembros del equipo hwarhath. Algunos de ellos tienen estrechos lazos con otros principales. No le guardan lealtad exclusivamente a él.

Si el general interviene en la discusión —seriamente interesado, reflexivo— entonces es probable que coja un estilete y lo haga girar entre las manos. Es un ademán humano, aunque sus manos son considerablemente distintas: el dedo meñique es mucho más largo que el de un humano y el pulgar también es muy largo y delgado. En el dorso de las manos hay pelo como terciopelo gris. Las uñas son estrechas, al menos en comparación con las de los humanos, y gruesas. Si no están sujetas, empiezan a curvarse hacia abajo, convirtiéndose en garras.

Puedo pasar días y semanas sin verlo realmente y de repente allí está, real, sólido y extraño.

Dije:

—El chico, el soldado humano, me dijo que estaba dispuesto a matarme.

El general esperó, con las manos cruzadas.

—Dejaste muy claro que yo tenía que ser una persona grata, y los diplomáticos humanos estuvieron de acuerdo.

Me pidió que le explicara la expresión persona grata.

—Significa que se supone que no van a matarme. Creo que tal vez interpretamos erróneamente el equilibrio de poder entre los diplomáticos y los militares. Ese chico recibe las órdenes de los militares. Si estaba diciendo la verdad, y no parece en absoluto un mentiroso, entonces los militares no escuchan a los diplomáticos.

Pareció irritado.

—¿Es que los humanos no pueden hacer nada ordenadamente? ¿Por qué enviaron dos grupos diferentes de personas para ocuparse de un conjunto de negociaciones? Estamos hablando de la guerra y de las reglas de la guerra. Aquí no debería haber nadie salvo las personas que saben cómo y por qué luchar.

—En este momento preferiría tratar con diplomáticos. Los soldados me ponen nervioso.

Se quedó mirando el tapiz durante un rato.

—Esto no es suficiente. Me has traído diez palabras, pronunciadas por un mensajero. No sabemos si él habló acertadamente o si comprendió sus órdenes. No sabemos lo que hay en la mente de los que están delante de él.

Abrí la boca. Él levantó una mano.

—No voy a ignorar esta información, pero la dejaré a un lado. Continuaremos como antes y veremos qué ocurre.

Estaba hablando con su voz pública, lo que significaba que la discusión había terminado. Me levanté.

Él dijo:

—Averigua algo más sobre los animales del océano, los que puede que sean inteligentes.

—No sirven para nada como enemigos. No es probable que desarrollen algún tipo de tecnología, y sin duda jamás saldrán al espacio.

Respondió con un sonido evasivo. Siempre vale la pena buscar nuevos enemigos. [Verdad.]

La base está en medio de la isla. (Si los hwarhath quieren ver un océano, recurren a un holograma.) Después de salir del despacho, fui a la costa. La marea había bajado, aunque cambia muy poco. Caminé a lo largo de la estrecha playa de grava.

He conocido a algunas de las personas que se ocupan de la acción para el servicio de información militar. (No entre los hwarhath. Ellos han tenido el buen cuidado de mantenerme apartado de esas áreas. Pero sí entre los humanos.) No me gustan. Hay demasiadas maquinaciones, demasiadas poses —sobre todo con respecto a la inflexibilidad— demasiado misterio, demasiada fascinación por la tecnología, demasiada elaboración innecesaria.

Personas peligrosas. Comedores de ratas y envenenadores de calcetines. [?] Están aquí, en este planeta, estoy casi seguro. He visto personas que tienen ese aspecto en los pasillos del recinto diplomático; y cuando me miran, parecen hambrientos.

Recorrí toda la isla. Una buena idea. El viento soplaba, las olas espumaban, y yo hice una buena cantidad de ejercicio.

En un momento dado, en una playa de arena negra, encontré algo que parecía pertenecer al Museo de Historia Natural de Chicago, a una de aquellas encantadoras y polvorientas exposiciones antiguas. La vida en el devónico.

Medía cerca de un metro de largo y su cuerpo era estrecho y segmentado, con una cabeza muy ancha en forma de martillo. La maldita cosa salía lentamente del mar, avanzando sobre sus muchas pequeñas patas, moviendo la torpe cabeza de un lado a otro, evidentemente cazando. No pude verle la boca ni los ojos.

Me detuve. Pasó a mi lado, a pocos centímetros de mis zapatos. Evidentemente, no le interesé: no era comestible, ni representaba peligro alguno. Siguió avanzando lentamente sobre la arena negra y húmeda, moviendo la cabeza hacia atrás y hacia delante. Yo seguí mi camino.


Del diario de Sanders Nicholas,

portador de información agregado al personal del Primer Defensor Ettin Gwarha

ESCRITO EN CÓDIGO PARA SER LEÍDO SÓLO POR ETTIN GWARHA

<p>VII</p>

Por la mañana recibió otra llamada de Ray. El hombre parecía cansado y preocupado.

—¿Otra vez lo mismo? —preguntó ella.

Él asintió.

Ella fue hasta su despacho. La comandante estaba en la misma silla que había ocupado anteriormente. Esta vez llevaba pendientes plateados: como murciélagos con las alas extendidas, brillantes bajo el sol de la mañana.

Anna se sentó, se inclinó hacia delante y echó otro vistazo.

La comandante dijo:

—Pertenezco a una organización que se dedica a la conservación de los murciélagos.

¿De los murciélagos?, pensó Anna.

—Son animales útiles e interesantes, y sabe Dios cuántas especies se han extinguido en los últimos doscientos años. Le hemos hecho cosas terribles a la Tierra, miembro Pérez. —Hizo una pausa y, evidentemente, pensó en algo que la enfureció—. ¡Nueve mil millones de personas! ¿Cómo pudimos! —La comandante echó un vistazo a Ray, que se encontraba detrás de su impresionante y enorme escritorio como quien se coloca detrás de una barricada—. Puedes retirarte, Sab Medawar. Gracias por tu colaboración.

Ray abrió la boca, la cerró y se puso de pie.

Cuando la puerta se cerró, la comandante miró a Anna.

—Nicholas Sanders fue a buscarla.

—Sí.

—¿Tiene idea del motivo?

Anna reflexionó un instante.

—Puedo decirle lo que me dijo. Quería información en relación a mi investigación, y que lo acompañara a dar un paseo.

La comandante movió la cabeza dejando de lado el tema.

—Los miembros del Pueblo no siempre tienen buenos motivos para hacer lo que hacen. Sin duda, no siempre podemos comprender sus razones. Voy a pedirle su ayuda para tratar con este hombre.

—¿Porqué?

—Es posible que no vuelva a visitarla. Si lo hiciera, nos gustaría que llevara una grabadora y nos la entregara. Usted se gana la vida observando; nos interesaría saber qué cree ver.

—¿Por qué debería colaborar?

La comandante bajó la vista y observó una pantalla que tenía apoyada en una rodilla. Oprimió un botón.

—Me gusta hacer listas de todo. Se me ocurrieron tres motivos. Ayudará a su gobierno y a los de su especie. Su campo de trabajo es la inteligencia no humana, y el único ejemplo incuestionable de inteligencia no humana está… —hizo una pausa y prestó atención— volando por encima de nosotros en este mismo momento. Los hwarhath. La mayor parte de la información sobre ellos es reservada. Puedo conseguirle acceso a parte de ella. No podrá publicarla, pero la conocerá.

—Es muy tentador —respondió Anna.

—El tercer motivo son sus medusas. —La comandante hizo una pausa—. En este aspecto nos enfrentamos a un dilema. Si Sanders está interesado en ellas, la gente para la que trabaja también debe de estarlo; y si es así, tal vez la información sobre ellas sea estratégica. Aunque no logramos imaginar de qué manera. A pesar de todo, quizá la información debería pasar a ser secreta.

—Aguarde un instante —señaló Anna.

La comandante alzó una mano.

—No se ponga furiosa todavía. Nos inclinamos por dejar las cosas como están. Estamos mucho más interesados en Sanders.

—Lo que creo entender —enunció Anna— es que debería trabajar para usted con el fin de proteger la condición de mi investigación. Si no lo hago, podrían darle ustedes carácter secreto y yo no estaría en condiciones de publicar.

La comandante asintió.

—Exacto. Una amenaza, un soborno y un llamamiento al patriotismo. Ésa es mi oferta.

—Tengo que pensarlo.

—Por supuesto —respondió la comandante.

Anna caminó hacia la puerta. Detrás de ella, la comandante dijo:

—Sabemos que le habló a Sanders de la grabadora que llevaba el cabo Ling. Si decide colaborar con nosotros, miembro Pérez, recuerde que su lealtad no puede estar dividida.

—De acuerdo —abrió la puerta.

Era un día agradable y soplaba un viento leve. Anna caminó por la estrecha playa de grava que bordeaba la bahía. Los insectos corrían entre las piedras y la luz del sol de la mañana caía sobre el agua en el ángulo adecuado. De vez en cuando veía algo brillante bajo la superficie. Una campana ondulante. Un tentáculo que se entrelazaba. A esas alturas, los seudosifonóforos habían comenzado el lento y cuidadoso ritual de transmitir tranquilidad y… vaciló. ¿Era correcto llamarlo seducción?

Los animales ya estaban lo bastante cerca para tocarse entre sí. Los zarcillos urticantes quedarían contenidos, crispándose de vez en cuando. Para estos animales era muy difícil no agredirse mutuamente. Anna estaba casi segura de que en ese punto los zarcillos de apareamiento aún estaban recogidos. Pero pronto —al cabo de unos cuantos días— quedarían extendidos. El intercambio de material en ese momento era muy breve; y después quedaba el largo y lento proceso de la desunión, no en el sentido físico, que resultaba fácil y concluía casi de inmediato, sino en el emocional. Una vez más estaba utilizando palabras cargadas de contenido, estaba interpretando.

Durante varios días más los animales repetirían su mensaje de tranquilidad y sus declaraciones de identidad. Yo soy yo. No tengo intención de hacer daño. Poco a poco los colores se desvanecerían; los ritmos se harían más lentos; las pautas se volverían más erráticas; uno a uno, los seudosifonóforos saldrían al océano.

Se detuvo y contempló la bahía. Adoraba los animales. No soportaba la idea de no publicar. ¿Quién era Nicholas para ella? Un desconocido, un traidor. Le diría que sí a la comandante.

Regresó a su habitación a paso vivo, temerosa de cambiar de idea, y llamó una y otra vez hasta que localizó a la comandante.

Cuando le dio la respuesta, el rostro severo se iluminó con una sonrisa.

—Fantástico. Venga al recinto esta noche. Hay alguien que quiero que conozca. Creo que le caerá bien. Una cosa más, miembro: a partir de este momento, desde la conversación que mantuvimos esta mañana, todo lo que le diga es secreto.

Anna asintió.

Se metió en la cama y se quedó tendida, sin poder pegar un ojo. No era una situación deseable. Se estaba metiendo en algo éticamente ambiguo y posiblemente estúpido y que, sin duda, ocurría a espaldas de ella. Al cabo de un rato se adormiló y tuvo pesadillas en las que aparecían la barca de investigación y montones de tentáculos.

La despertó la alarma del reloj. Se levantó y se dio una ducha, se vistió y fue hasta el recinto. Ahora se hacía de noche muy temprano y el cielo estaba lo suficientemente oscuro para que se vieran las estrellas. Sobre su cabeza brillaba el centro de una galaxia, una banda de luz pálida. Se veían dos gigantes gaseosos: uno exactamente encima de ella (rojizo), el otro por encima del recinto (amarillo).

El guardián de la puerta tenía un nombre. Otro soldado la condujo hasta el despacho de la comandante: una habitación amplia, cubierta de paneles que no podían ser de madera pero que la imitaban muy bien. En una pared había un holograma de la Tierra vista desde el espacio, con nubes blancas que se deslizaban y todo el planeta girando muy lentamente.

No había escritorio, sólo cuatro sillas bajas y cómodas que rodeaban una mesa pequeña. Sobre ésta había un servicio de té de plata y tres tazas de porcelana. Era lo último que Anna esperaba encontrar. Tal vez no acababa de entrar en el mundo del espionaje. Tal vez aquello era El País de las Maravillas o la Tierra de Oz.

Miró a la comandante. No se había convertido en Mad Hatter ni en Scarecrow, y el hombre menudo sentado en la silla de al lado tenía un aspecto absolutamente corriente.

—Éste es el capitán Van —anunció la comandante—. Es uno de nuestros traductores.

Él se puso de pie. Se estrecharon la mano y se sentaron. La comandante sirvió té. Era de color marrón oscuro. Hindú. Una bandeja contenía bocadillos pequeños. La comandante se los ofreció.

El capitán Van dijo:

—La comandante tiene un curioso sentido del humor. Si va a trabajar con nosotros, será mejor que lo sepa. Pero no afecta a la calidad de su trabajo.

La comandante sonrió y se comió el bocadillo, y luego cogió un ordenador con pantalla.

—Todo lo que voy a decirle y lo que va a decirle el capitán es secreto. Está protegido formalmente, con sellos y llaves y el código «confidencial». Ahora bien, en algunos casos esto nunca tendría que haber sido así. El material no es delicado y jamás lo ha sido. En otros casos, el material fue delicado hace veinte años, pero ya no lo es. En unos cuantos casos vamos a transmitirle información que realmente no queremos que se filtre. En todos los casos, si habla, se meterá en un lío. ¿Comprendido?

Anna asintió y cogió otro diminuto bocadillo. Estaban deliciosos.

La comandante encendió la pantalla.

—Muy bien. Una nave llamada Free Market Explorer desapareció hace veinte años. —Sonrió—. Por el nombre podría parecer un carguero. Era una nave de larga distancia, muy veloz, la mayor que teníamos en ese momento, y desapareció en el espacio hwar. Siempre supusimos que había sido destruida.

»Una de las personas que viajaban a bordo del Free Market Explorer era un hombre llamado Nicholas Sanders. Era un capitán del servicio de información militar. No tendría que haberlo sido. No tenía la personalidad adecuada. Pero en ese momento era una de las pocas personas que hablaba con verdadera fluidez la principal lengua hwar.

—Y es el hombre que está aquí —concluyó Anna.

La comandante asintió.

—No disponemos de una identificación definitiva, pero estoy casi segura. Sanders tenía veintiséis años cuando su nave desapareció. Ahora tendría cuarenta y siete, y creo que ésa es aproximadamente la edad de nuestro Nicholas. Ha vivido durante veinte años tras las líneas enemigas.

—¿Le apetece un poco más de té? —preguntó el capitán Van.

Anna asintió.

El capitán sirvió el té y la comandante prosiguió:

—Tendré que explicarle algo sobre el problema de reunir información en esta… ¿cómo llamarlo? Nunca se ha declarado una guerra. Y nunca libramos una verdadera batalla. Durante cerca de cuarenta años se han realizado viajes de exploración, misiones de espionaje, y de vez en cuando ha habido alguna escaramuza.

Bajó la vista y observó la pantalla.

—Existen varios problemas. Para empezar, la inmensidad del espacio y la naturaleza de la travesía FTL. No tenemos ninguna garantía de que los alienígenas vinieran desde algún lugar cercano. Pensamos, aunque no estamos seguros, que se expandieron muy rápidamente desde su sistema de origen, como hicimos nosotros. Creemos que estamos buscando dos esferas enormes y casi vacías que han entrado en contacto, que se están tocando ligeramente. He dicho que las esferas están vacías. Están llenas de estrellas: miles, tal vez millones; y estamos buscando quizás una docena de mundos habitados.

Una buena oradora, pensó Anna, aunque seguía teniendo la sensación de estar en una fiesta delirante. Se debía a la combinación de distancias enormes y bocadillos diminutos, y al menudo capitán sentado en silencio, casi dormido. Empezaba a parecerse a un lirón.

—Éstos son unos problemas —puntualizó la comandante—. Problemas de escala. Los otros problemas tienen que ver con la psicología.

»Los alienígenas son paranoicos o cuidadosos, o tal vez otra cosa que no comprendemos, algo completamente ajeno. La primera vez que los vimos estaban preparados para la guerra. Nos esperaban, a nosotros o a algún otro enemigo. Sus naves y sus estaciones estaban armadas y contaban con trampas explosivas. Nunca hemos capturado una nave que conservara el sistema de navegación intacto.

»Y siempre han existido problemas para interrogar a los alienígenas, a los pocos que hemos podido capturar. Al principio no teníamos forma de hablarles. Finalmente, logramos decodificar… ¿sería el término correcto?… su lengua principal. Nicholas Sanders formaba parte del equipo que lo hizo. Tiene una gran facilidad para los idiomas.

El pequeño capitán asintió.

—Al mismo tiempo teníamos otro problema, pero no fuimos capaces de resolverlo. Los alienígenas mueren con facilidad. Si se les da una oportunidad, se matan entre sí. Si eso no es posible, entonces se niegan a comer. Si son alimentados por la fuerza, no les aprovecha.

Como a casi todo el mundo, pensó Anna. Se sintió un poco mareada al pensar en personas como Hattin vendadas y conectadas a tubos. Era una especie de violación.

—Ha sido difícil mantener vivos a los pocos que logramos capturar el tiempo suficiente para enterarnos de algo.

»Tal vez los primeros, aquellos con los que no podíamos hablar, tenían información que nos habría resultado realmente útil; pero murieron antes de que pudiéramos interrogarlos; y aquellos que pudimos interrogar… —La comandante pareció frustrada—. No sabían las cosas que realmente queríamos averiguar. Esto puede deberse a la casualidad. ¿Cuántos expertos en ingeniería militar existen en una población, incluso en la tripulación de una nave FTL? ¿Y cuántos expertos en navegación? ¿Y qué posibilidades existen de mantener viva a una de estas personas?

»O tal vez, cuando supo que estábamos aquí, el enemigo puso a la gente que tenía información delicada a buen recaudo, sea donde fuere. —La comandante sonrió. Fue una sonrisa desagradable—. Hay ocasiones en las que pienso que no hago más que decir eso: “No sé. No sabemos. No saben. Nadie sabe.”

—¿Qué tiene esto que ver conmigo? —preguntó Anna.

—Después de cerca de cuarenta años de intentos, lo único que sabemos es un poco sobre su tecnología militar y un poco sobre su cultura. Ahora bien, tenemos delante de nosotros a un hombre que ha vivido entre los alienígenas durante veinte años. Sabe Dios lo que les ha contado. Sabe Dios lo que él ha aprendido.

—¿Qué va a hacer?

—Intentar recuperarlo. Se convirtió una vez. Tal vez pueda volver a hacerlo.

—Y usted quiere mi colaboración.

La comandante asintió.

—No creo que sirva para el papel de Mata Hari.

—¿Quién? —preguntó el menudo capitán.

—Una espía —aclaró la comandante—. Según la historia de Occidente, fue una mujer que conseguía información seduciendo a los hombres.

—Ah. —El capitán dejó su taza—. Creo que será mejor que le diga algo más sobre Sanders. Cosas de las que me he enterado en el curso de las negociaciones. —Guardó silencio durante un instante y reflexionó—. Tendré que decirle algo acerca de la lengua principal de los hwarhath. Espero que me disculpe. La comandante ya le ha proporcionado un montón de datos.

Tuvo la sensación de que el capitán pensaba que ya le habían dado demasiada información. ¿Por qué? ¿Pensaba que era información delicada? ¿O que no venía al caso? Por lo que podía decir, no era nada que no supiera o que no pudiera imaginar, salvo el material relacionado con los prisioneros alienígenas. No le gustaba imaginárselos en plena agonía.

—La lengua tiene cincuenta y seis formas para la segunda persona del singular —comentó el capitán—. Las variables son el sexo de la persona a la cual se habla, el rango comparativo de las dos personas implicadas y su grado de relación, si es que existe alguna. ¿Son parientes cercanos? ¿Parientes lejanos? ¿O no tienen ningún tipo de relación? Finalmente cuenta el grado de cercanía emocional. ¿Se trata de un buen amigo? ¿De una persona a la que uno ama?

»Sanders ha estado realizando la mayor parte de la traducción. Siempre es muy formal, muy respetuoso con los hwarhath. Su título, el de portador, no es muy elevado.

—Es el único detalle de su situación que me hace feliz —intervino la comandante—. Hace veinte años era capitán, y sigue siendo capitán. El cambiar de bando no hizo absolutamente nada para favorecer su carrera.

El capitán Van asintió.

—Cuando él se dirige a los hwarhath, siempre utiliza la forma «usted», que indica que está hablando a un hombre de rango más alto, que no está relacionado con él y con el que no tiene vínculos emocionales. Y casi siempre ellos responden utilizando la forma recíproca, que indica que están hablando con un hombre más joven, con el que no tienen relación y que es un desconocido.

»Sin embargo los hwar actúan con el de una forma rara. —El capitán hizo una pausa—. En este punto tengo que avanzar con cautela. Estoy hablando de algo que no son las realidades crudas. Salvo el general, los demás son demasiado corteses. Se nota en la forma en que se mueven a su alrededor. Le dejan mucho sitio, vigilan dónde se encuentra y lo que está haciendo. No esperan que se aparte; y no lo miran a los ojos. Sanders ha vivido mucho tiempo entre estas personas. Debería haber aprendido a mantener la mirada baja. Pero de vez en cuando lo olvida y el general es el único que le hace bajar la vista. Los demás apartan los ojos.

»É1 actúa, y los otros también, como si él fuera más importante de lo que parece.

»Lo que nos lleva a una segunda consideración. Él y el general hablan a veces un lenguaje que, al parecer, los otros hwar desconocen. Es casi con certeza una lengua hwarhath, aunque no está íntimamente relacionada con la que nosotros hemos aprendido. Personalmente, tengo la impresión de que es la lengua del general. No creo que la lengua que conocemos sea su lengua materna. —El capitán Van sonrió—. Es más fácil comprenderlo a él que a los otros hwarhath o a Sanders.

»Después de darme cuenta de todo esto, empecé a prestar mucha atención a Sanders y al general. Yo no soy nuestro principal traductor. No tengo que pasarme el tiempo pensando en los problemas técnicos de la lengua. En lugar de eso, pude concentrarme en los alienígenas como pueblo.

»En una ocasión, al final de un día muy largo, el general mezcló las lenguas. Dijo algo en su lengua y luego pasó a la otra, y creo que lo que ocurrió fue que no cambió con la suficiente rapidez su manera de pensar. Se dirigió a Sanders utilizando la forma íntima “tú”. La forma realmente íntima de “tú”, que no indica nada acerca del rango o de la relación familiar. Sólo indica el sexo de la persona a la que uno se dirige. El género siempre es importante para los hwarhath.

»Por lo que sabemos, esta forma es la que se utiliza para dirigirse a los miembros de la familia más próxima de una persona, para los grandes amigos, que por lo general son amigos de la infancia, y para los amantes reconocidos.

»Más tarde comprobé la grabación —explicó el capitán—. Oí al general perfectamente y luego, mirando la grabación, pude examinar a las otras personas del equipo hwarhath de negociación. Quedaron petrificados. Un par de ellos mostró una expresión que podría haber sido de incomodidad o disgusto. Me cuesta mucho trabajo interpretar la expresión de los hwarhath. Su lengua es más fácil, lo mismo que su lenguaje corporal.

»El que me llamó la atención fue Sanders. No tuvo la menor reacción, y me habría dado cuenta de si un humano se sentía impresionado o molesto; y cuando le respondió al general utilizó su título completo. No le dijo Primer Defensor, que es la forma que utiliza casi siempre, sino Defensor-de-la-Hoguera-con-el-Honor-en-Primer-Término.

—No sé si lo sigo —dijo Anna.

—Creo que el general estaba usando la forma que utiliza habitualmente con Sanders, probablemente la que había estado utilizando un momento antes en la otra lengua.

—Cuando Sanders mencionó su título completo, le estaba recordando: «Eso no es apropiado aquí.»

Anna reflexionó un instante.

—Lo que me está diciendo… lo que creo que me está diciendo es que Nicholas tiene una relación sexual con una persona cubierta de pelo gris.

—Bien —dijo la comandante—. Él no forma parte de la familia del general, y no es un amigo de la infancia y, por lo que sabemos, el enemigo no tiene lo que nosotros llamamos una vida sexual normal. Ninguno de ellos la tiene. Anna se echó a reír. —¿Qué quiere decir?

—Quiero decir exactamente lo que estoy diciendo. Hemos descubierto toda una cultura, tal vez toda una especie, que no practica la heterosexualidad, salvo, tal vez… y de esto no estamos seguros… como perversión. —¿Y cómo se reproducen?

—¿Y usted qué cree? —La comandante estaba evidentemente incómoda. Resultaba curioso: no tenía problemas para hablar de la guerra y de gente que moría—. Mediante moderna tecnología médica. Inseminación artificial.

Tenía sentido. ¿Pero cómo se había desarrollado una cultura como ésa? ¿Y por qué? ¿Y qué había hecho antes de desarrollar la moderna tecnología médica? Anna abrió la boca para plantear la primera de varias preguntas.

—Volví a mirar el archivo de Sanders —comentó la comandante—. Allí no había nada, absolutamente nada que indicara la existencia de problemas en el plano de la sexualidad. Todos sus tests psicológicos eran perfectos. Nunca se casó, pero muchos miembros del servicio de inteligencia militar tienen problemas para establecer relaciones a largo plazo.

¿Cómo se determina la disposición a implicarse sexualmente con los alienígenas? Sobre todo si no hay ningún alienígena disponible. Anna intentó imaginar una nueva versión del MMPI.

Responder sí o no:

—El pelo gris me parece sexualmente excitante.

—Yo tengo fantasías con personas de ojos azules y brillantes y pupilas horizontales.

Dejó la taza.

—Creo que tengo toda la información que puedo manejar por ahora; además, llegaré tarde al trabajo. ¿Podríamos continuar en otro momento?

La comandante miró al capitán, que asintió. Pareció incómodo, pero Anna tuvo la sensación de que no eran los alienígenas los que lo inquietaban. Era la comandante. Evidentemente, había sido entrenado en una de las ciencias conductistas. Lo más probable era que se sintiera menos perturbado por las diferencias entre los pueblos, las personas y sus culturas.

Anna se puso de pie.

La comandante dijo:

—Recuerde que no puede revelar públicamente nada de lo que le hemos dicho.

No tenía ganas de bajar la colina y buscar a alguien con quien hablar de la vida sexual de los alienígenas, ni de Nicholas Sanders, ni del hecho de que se había metido en algo realmente raro.

—No se preocupe, comandante. Lo único que quiero hacer en esté momento es ir a observar a un grupo de criaturas de los dos sexos mientras practican su única jodienda anual. Buenas noches.

Mientras bajaba por la colina tenía una perspectiva excelente de la bahía. Estaba totalmente iluminada, lo mismo que el canal y el mar. En un primer momento se sentía más que nada aturdida; después empezó a pensar en la cultura hwar. Era interesante. Iba a ser divertido. Al cabo de un rato sintió la necesidad de echarse a reír y lo hizo.

<p>VIII</p>

Pasé la noche en los aposentos del general, mirando una obra heroica. Gwarha estaba bebiendo; no rápida sino regularmente, lo que significaba que al final de la velada estaría borracho. Éste es un problema que no va a mejorar. [Gracias por la advertencia.]

Yo tomé vino. Él había traído media docena de botellas de la fiesta celebrada en el continente. No estaba bebiendo demasiado. He perdido la costumbre de beber, y si los dos nos emborracháramos terminaríamos discutiendo por la obra o por las negociaciones.

Él había instalado el holograma contra la pared opuesta, frente al sofá, que era largo y bajo y no demasiado cómodo. El mobiliario hwarhath no está diseñado para las personas de mi estatura. Cuando activó el aparato, la pared desapareció; allí estaba el escenario con dos hombres ataviados con armaduras relucientes. En los cascos llevaban plumas largas que se balanceaban y ondulaban con cada leve movimiento. Debería haber sido divertido, pero no lo fue. Los hombres estaban casi uno frente al otro, y sus miradas se cruzaban en ángulo, como espadas al principio de un duelo. Había música, los raros ruidos hwarhath que finalmente —al cabo de veinte años— puedo oír como si fueran música. La obra consistía en una nueva versión de una vieja historia, y los instrumentos eran deliberadamente antiguos: un carillón, una campana, un silbato y un tambor.

Gwarha adoptó la expresión atenta que tiene cuando se instala a mirar una de esas malditas y estúpidas cosas. [?] Me preparé para no escuchar.

La música se interrumpió. Los hombres se miraron a los ojos y la obra comenzó.

Antes, cuando empezaba a saber algo de los bwarhath, solía interesarme. El vestuario siempre es espléndido, y las obras en sí pueden poseer la belleza austera de una obra del teatro No. Casi nunca son más largas que la mitad de un ikun. Casi nunca tienen más de cinco personajes. Los parlamentos son breves, y los decorados casi inexistentes. Siempre giran en torno a hombres que deben enfrentarse a algún horrible problema ético: un conflicto entre dos clases de honor, un conflicto entre dos lealtades iguales y opuestas.

El honor personal contrapuesto a un linaje.

Un amante contrapuesto a un linaje.

Un linaje contrapuesto al Pueblo.

Elecciones imposibles, que deben realizarse en poco más de una hora. Y la mayoría de las veces uno muere al final, al margen de lo que haya escogido.

Me interesé un poco más de tiempo en las obras que trataban sobre mujeres. (Los papeles femeninos son interpretados por hombres, por supuesto. Ésta es una forma artística exclusivamente masculina.)

¿Qué hace un hombre cuando descubre que su madre es un peligro para el linaje? Se trata de un problema espantoso. No existe forma de que un hombre hwarhath sano ejerza violencia sobre una mujer o un niño. Pero el linaje —al igual que las mujeres y los niños— debe defenderse.

Un grave dilema.

Seguí interesado, creo, porque era muy difícil descubrir algo sobre las mujeres hwarhath… al menos para mí, que vivía al margen. (Gwarha no iba a llevar a un humano a casa para visitar a la sagrada familia y a las tías.) [Creo que no haré ningún comentario sobre este punto.]

En la misma categoría que las obras sobre mujeres, o tal vez en una categoría ligeramente diferente, se encuentran las obras sobre el amor heterosexual. Siempre me han parecido divertidas. Mi respuesta escandaliza a los hwarhath. Para ellos, estas obras poseen una fascinación enfermiza. A los niños nunca se les permite verlas; y en algunas ocasiones, cuando el talante del Tejido ha sido conservador, se las ha excluido por completo. Siempre son violentas y a menudo tienden a una verdadera fealdad. Siempre acaban con locura y sangre.

A menudo, al final, una vez que los cadáveres se han levantado y abandonado el escenario, el personaje principal regresa y recita un epílogo. (A los hwarhath les encantan las moralejas.) Esto es lo que ocurre cuando la violencia del perímetro se traslada al centro. Todo queda destruido. La familia no puede sobrevivir.

Hay una última clase de obras heroicas que (supongo) aún me interesa. Las obras sobre el rahaka: los hombres que no morarán, que siguen viviendo cuando cualquier persona normal habría elegido la opción.

Por ejemplo, un hombre cuyo linaje ha quedado destruido: todos los hombres, excepto él, han sido asesinados y las mujeres y los niños pasan a formar parte de otro linaje. Todos los lazos que tiene con el mundo han quedado rotos, pero lucha por sobrevivir. ¿Con qué fin? ¿Por qué? Éste es un problema que fascina a los hwarhath. Comparados con los humanos, ellos mueren con facilidad, y no comprenden qué hace que algunas personas continúen viviendo sin una buena razón. Casi siempre lo consideran un defecto de personalidad; pero a veces sospechan que es otra clase de heroísmo.

Hay una obra antigua y famosa que habla de un guerrero que muere lentamente a causa de una terrible enfermedad. Se sienta en el escenario. Lo visitan fantasmas y personas. Hablan. Se le ofrece la opción. Él no la acepta. En lugar de eso, sigue agonizando lentamente. Más adelante (la obra es más larga de lo habitual) se recuesta, demasiado débil para seguir sentado. Al final de la obra sigue agonizando.

En general, prefiero la comedia.


Del diario de Sanders Nicholas,

portador de información agregado al personal del Primer Defensor Ettin Gwarha

CODIFICADO PARA SER LEÍDO SÓLO POR ETTIN GWARHA

<p>IX</p>

Anna regresó al día siguiente y le dieron una grabadora. Parecía un reloj de pulsera y, de hecho, marcaba el tiempo. Se la metió en un bolsillo. Nicholas podría haber notado que nunca llevaba ningún tipo de cronómetro.

Varios días más tarde, Nicholas arregló una cita en la barca a última hora de la tarde, un par de horas antes de que ella entrara a trabajar. El clima era suave y apacible. Se sentaron en la cubierta. Esta vez, Nicholas se había puesto un uniforme hwarhath de color gris, ceñido al cuerpo. Le sentaba muy bien. Evidentemente, el problema no era la confección kwar; era la idea que los hwar tenían de la moda humana. Llevaba una gafas de sol como las de los humanos: una montura de delgado metal dorado y lentes que brillaban como el dorso de algún tipo de escarabajo, de color verde iridiscente.

Hattin llevaba gafas de sol hwar, rectangulares, de cristales negros y montura de plástico negro, muy gruesa. Resultaban elegantes en su rostro chato. Habrían quedado espantosas en la cara de un humano.

—No se trata sólo de una cuestión de estilo —señaló Nicholas—. Las orejas de los hwarhath están más arriba, y su nariz es mucho más ancha y más chata que la de los humanos. Yo no puedo usarlas. Podría conseguir unas hechas a medida, pero no vale la pena. Me paso casi todo el tiempo sin salir.

Apoyó los pies en la barandilla y contempló la bahía, que brillaba a la luz baja y oblicua.

—En teoría, estoy aquí para hacerte preguntas sobre tus criaturas. Como creo haberte dicho, el general es sumamente curioso. Le interesa la inteligencia desconocida, sobre todo la humana, pero también cualquiera que se presente. Creo que estoy de humor para observar cualquier cosa que no sea una medusa gigante y probablemente inteligente. ¿Por qué no me hablas de la Tierra?

El soldado humano se movió, incómodo. Esta vez era otro: un chico robusto cuyos rasgos no pertenecían a ninguno de los grupos étnicos que ella conocía. ¿Tal vez de la zona del Mar Negro? Su estrecha franja de cabello cortado y teñido de color rojo ladrillo combinaba muy bien con su piel ligeramente morena. No logró percibir el color de sus iris, cubiertos por lentes de contacto completamente negras.

—Nada de importancia estratégica —añadió Nicholas ante una mirada del soldado.

Anna necesitaba un poco de tiempo para pensar qué temas eran de importancia estratégica.

—¿La echas de menos?

—¿La Tierra? A veces. —Hizo una pausa—. No creo en el arrepentimiento. Hay emociones que te atrapan, que hacen que tu vida se detenga allí donde está, y el arrepentimiento es una de ellas. Yo prefiero seguir en movimiento, lo que significa que intento pensar en la situación en la que me encuentro en este momento y en qué puedo hacer con respecto a ella —Echó un vistazo a su alrededor; sus gafas destellaron y sonrió—. Nunca he creído en eso de dejar que las cosas sigan su curso.

»Echo de menos, sobre todo, cosas prácticas y corrientes. Unas lentes de contacto decentes como las de los humanos. El café. Hay días… aún ahora, después de tantos años, en que pienso que daría cualquier cosa por una taza de café.

—Eso tiene solución. —Se puso de pie, entró en la cabina y le pidió a María que preparara una cafetera.

—Espero que sepas lo que estás haciendo, Anna —señaló María.

—Es posible.

Anna volvió a salir, se sentó y le habló a Nicholas de su última visita a Nueva York, que no había cambiado mucho desde los tiempos en que él había estado allí. Seguía siendo enorme, sucia, ruinosa y espléndida. Como siempre, estaba en proceso de construcción. Las monstruosas torres de cristal de finales del siglo XX, delirantes consumidoras de energía, habían desaparecido casi por completo. (Unas cuantas se habían conservado por razones históricas.) El último estilo arquitectónico era el llamado Nostalgia de la Época Dorada.

—¿Lo llaman así? —preguntó Nicholas.

Ella asintió.

—Paredes de ladrillo o de piedra. Pozos de ventilación. Ventanas que se abren. Gárgolas.

—¿Qué hiciste, una gira arquitectónica?

Ella volvió a asentir.

—Y una gira por el sistema de diques. Finalmente tuvieron que clausurar el puerto de manera definitiva. Fue la única manera de evitar que el océano inundara la ciudad. Ya no es un puerto.

—Vaya, qué pena.

María trajo el café y lo dejó; se quedó de pie junto a la puerta de la cabina, escuchando. Había nacido en América Central y era una india casi pura, de piel cobriza y preciosa cabellera negra, larga y lisa.

Anna le habló a Nicholas de las obras que había visto durante su visita. Evidentemente, no había nada de estratégico en La venganza del hombre lobo, ni en Medida por medida.

—Bueno, ésa es una obra que no me importaría volver a ver —comentó él—. Recuerdo la frase que el duque le dice a Claudio, cuando ese pobre estúpido se encuentra en prisión, condenado a muerte por fornicar. Es aquella que comienza diciendo: «Ser absoluto para la muerte.» ¡Qué frase tan maravillosa y sonora! Y después sigue con varios argumentos acerca de por qué no vale la pena aferrarse a la vida. «Razona así con respecto a la vida: si te pierdo, pierdo algo que sólo un necio querría conservar.» ¡Qué lenguaje tan encantador! ¡Y qué bobada! —Probó el café—. No es como lo recuerdo.

—Es un buen café de Nicaragua —intervino María—. Y sé prepararlo.

Él levantó una mano en ademán de disculpa.

—Ha pasado mucho tiempo, miembro. Estoy seguro de que lo he olvidado.

—¿Y has recordado ese pasaje de Shakespeare durante veinte años? —le preguntó Anna.

—No. Los hwarhath han seleccionado muchas obras breves y raras de la cultura humana, incluidas las obras completas de William Shakespeare, y mucha literatura china traducida. Me pregunto si esto es información estratégica. ¿Te dice algo útil sobre los hwarhath el hecho de saber que nunca han tenido oportunidad de leer a Ibsen?

La conversación siguió sin rumbo fijo durante un rato y concluyó con la moda. Nicholas sólo sentía un leve interés por el tema, salvo en lo que a la nueva imagen militar concernía. Eso, afirmó, era fascinante.

»…Y hace que me alegre de haber cambiado de bando. En ningún lugar del universo conseguiría un corte de pelo como el de Maksud.

El soldado humano frunció el entrecejo.

—Ciñámonos a la nueva imagen civil —sugirió Anna—. Es imposible que eso tenga alguna importancia estratégica.

—Ni siquiera es atractiva —opinó María. En la cabina de la barca tenía una revista, no sobre moda sino sobre cultura popular—. Todo se reduce a lo mismo, sobre todo en el norte. Los yanquis siempre han confundido el estilo con la vida. Y eso se debe al hecho de no tener una religión y una política reales.

—¿De dónde eres? —preguntó Anna.

—¿Originalmente? De la Tierra de las tormentas de polvo. Kansas. Me largué de allí en cuanto pude. Recuerdo que una vez leí una entrevista con alguien… no recuerdo quién era, una escritora de Kansas. Decía que cuando era pequeña le encantaba El Mago de Oz, porque le demostraba que era posible irse de Kansas. —Sonrió—. Siempre me ha gustado ese cuento.

María trajo la revista. Nicholas la activó, moviéndola ligeramente para que la pantalla quedara a la sombra. (A esa hora el sol estaba bajo, casi detrás del recinto diplomático.) Los colores brillantes parpadearon y hubo un estallido de música; Nicholas bajó el volumen.

Desde donde estaba, Anna no podía ver las imágenes. No importaba. Prefería observar a Nicholas. Él miró un momento la revista, luego lanzó un suspiro y se quitó las gafas de sol.

—No sabes lo que es el infierno hasta que tienes que usar los bifocales de los alienígenas —aseguró y sacó otro par de gafas de un bolsillo. Eran, evidentemente, de confección hwar: cristales rectangulares y montura gruesa de metal—. Están hechos a medida. Se ajustan perfectamente, y los cristales cumplen la función que deben cumplir, pero mira… —Se las puso. Eran absolutamente horribles. María se tapó la boca con la mano—. Siempre abrigo la esperanza de que los hwarhath capturen una nave en la que haya un óptico, pero hasta ahora no he tenido suerte.

—¿Realmente son bifocales? —preguntó Anna—. Nunca te había visto usar gafas.

—Gracias a la Diosa, casi no necesito corrección para ver de lejos. Me las arreglo mejor sin ellas, salvo cuando leo. —Apretó el botón «Play» de la revista. Destellaron nuevos colores—. Qué increíble —comentó.

Hattin miró por encima de su hombro. El soldado humano apartó la mirada, lo que significaba —casi con certeza— que pertenecía a una facción religiosa conservadora.

Al cabo de un rato, Hattin habló. Nicholas levantó la vista y sonrió.

—Dice que todo es absurdo o desagradable. Es terrible que él y Maksud no compartan un idioma. Podrían celebrar una breve reunión de protesta hasta que descubrieran en qué medida difieren sus respectivas culturas.

El soldado humano volvió a fruncir el entrecejo. Hattin parecía tan sereno como siempre, aunque ya no miraba la revista. En lugar de eso se dedicó a contemplar la bahía y dejó de lado la cultura popular humana sin siquiera encogerse de hombros. Por supuesto, Anna no sabía si los alienígenas se encogían de hombros o tenían algún otro gesto equivalente.

—¿Qué piensa Hattin de ti? —preguntó.

—Es un miembro de la guardia personal del general, y es muy leal. Si Ettin Gwarha me aprueba, es suficiente. No se pregunta por qué. Si me disculpas, voy a terminar este artículo.

¿A quién se le ocurre llamar «Stalin y sus Epígonos» a un grupo de cantantes?

Estaba encorvado, con expresión concentrada. Anna miró el cielo, por encima del recinto. Estaba salpicado de nubes pequeñas.

Un día raro. Podría haberlo disfrutado de no ser por la grabadora que llevaba en el bolsillo. Se sentía como una traidora, aunque era ella la que actuaba con lealtad.

Nicholas terminó de leer el artículo e hizo sonar la grabación de «Stalin y sus Epígonos» incluida en el mismo.

—Horrible, aunque en realidad, si he entendido el artículo, se supone que debe ser así. —Apagó la revista y se la entregó a María—. Gracias. ¿Alguien tiene hora?

Anna no sacó la grabadora. En lugar de eso, María entró en la cabina para averiguarlo.

Nicholas se quitó las gafas y las dejó a un lado.

—La próxima vez te haré preguntas sobre tus criaturas. ¿Cómo están?

—Muy bien. La semana próxima, más o menos, alcanzarán el punto culminante del despliegue luminoso. Después disminuirá y se apagará.

—Un espectáculo sorprendente. Me he acostumbrado a caminar por la playa de noche. Por supuesto, no es tan espectacular como la vista de la bahía. Pero sin embargo, el océano está salpicado de luces destellantes hasta donde yo puedo ver. —Hizo una pausa y reflexionó—. Supongo que debería añadir que la isla tiene muy buenas defensas en todo su perímetro.

Se marchó, seguido por los soldados.

—Tienes unos amigos muy raros —comentó María.

—Yo no le llamaría amigo. Es un conocido.

—Sea lo que fuere, me doy cuenta de que te gusta. Pero conocerlo a él no tiene futuro.

—Sin duda.

La tarde siguiente Anna pasó por el recinto y se presentó; ante la comandante, que se encontraba en el despacho forrado de madera oscura de imitación. La Tierra seguía girando en la pared; la nube que la cubría era más densa que antes.

Cuando ella concluyó, la comandante dijo:

—Lamentablemente, Sanders tiene razón con respecto a las defensas de la isla. No hay forma de llegar a él sino aquí —hizo una pausa—. Y existe un interrogante acerca de cuánto tiempo más se prolongarán las negociaciones —la mujer contempló la Tierra.

El capitán Van sirvió té.

—Estaban destinadas a ser muy preliminares, a descubrir si realmente podíamos enfrentarnos mutuamente cara a cara y fijar un procedimiento para negociaciones posteriores y resolver una serie de detalles menores. El mobiliario, por ejemplo.

—Es la tercera vez que oigo mencionar el mobiliario —comentó Anna.

El capitán sonrió.

—A los hwar les gusta sentarse más cerca que nosotros del suelo, y no querían que quedáramos más arriba que ellos; de modo que tuvimos que decidir la altura de las sillas de la sala de conferencias. Y querían que quitáramos la mesa del medio. Dijeron que la gente no puede mantener una conversación seria si está separada por un trozo enorme de plástico; la expresión que usan para decir «cara a cara» es «rodilla a rodilla».

La comandante finalmente apartó la mirada del planeta en movimiento.

—Siga como hasta ahora, miembro Pérez. Y gracias.

Anna abandonó el recinto. Aquella noche el despliegue de luces de la bahía era realmente espectacular. Bajó la colina hasta el puesto, imaginándose todo el tiempo, mientras recorría la isla, a Nicholas en el borde oscuro del mar que brillaba con destellos de color azul verdoso y naranja.

<p>X</p>

La mayor parte de mi diario se refiere a todo: a la estación Tailin o a la nave. (La Hawata Que Atraviesa Grandes Distancias. Un nombre encantador, aunque ahora me doy cuenta de que no estoy totalmente seguro de lo que es una hawata. Hay cosas sobre el Pueblo que aún desconozco, y algunas de ellas son simples y evidentes.) [Sí.] Lo único que tengo aquí son las anotaciones que he hecho desde que llegamos a este planeta. No puedo hacer un seguimiento y encontrar el razonamiento que nos condujo a la actual situación. Todas estas conversaciones tuvieron lugar con anterioridad, en la nave o en Tailin. Por eso he estado recordando. El general diría que es una pérdida de tiempo. Hemos tomado nuestra decisión. No hay nueva información ni motivos para reconsiderar esa decisión. Es mejor pensar en algo totalmente distinto. Me lo imagino, demonios. Que yo sepa, no hace ningún daño.

[No haré ningún comentario.]

La idea era sencilla. Hacer un pequeño cambio —muy pequeño— en la situación planteada con respecto a los humanos. Tratar de conseguir un poco de información del otro lado.

El general no estaba seguro de hasta qué punto quería seguir en esa dirección. [Sí.] Y no me gustan los planes complicados. Funcionan en holograma, pero en la vida real te dan en las narices. Existen demasiadas variables en la realidad.

Es mejor una acción a pequeña escala. Llévala a cabo. Ve qué ocurre. Luego haz otra cosa.

Nuestra acción a pequeña escala me estaba llevando a las negociaciones. No era del todo fácil. Los otros principales (al menos algunos de ellos) querían mantener mi existencia en secreto. Pero el general logró convencerlos. Soy un primero entre los expertos en la humanidad.

Había —hay— un elemento de riesgo que a mí me molesta más que al general. Pero había que hacerlo. ¡Es una forma tan fantástica de transmitir información!

Dramático. Sabíamos que los humanos prestarían atención.

Rápido. Sólo llevaría un momento —mirarme una sola vez— hacer comprender todo lo que queríamos decir.

Y en público. El general no quiere tratar con el enemigo en privado. Todo lo que tuve que hacer fue bajar del avión con aquel aguacero.

Dijimos al enemigo que para los humanos era posible vivir con y entre los hwarhath.

Les dijimos que para los humanos era posible llegar a un acuerdo con los hwarhath.

Les dijimos que para los humanos era posible trabajar con y para los hwarhath.

(Esto último es ambiguo. Pero considero el empleo, la opresión y la esclavitud relaciones entre seres que son —al menos hasta cierto punto— similares. Uno no emplea ni esclaviza un tiburón blanco ni un árbol. Uno pasa por alto o destruye lo que es realmente extraño.)

(No es un buen argumento. Puedo asegurarlo. ¿Qué ocurre con los gatos y los perros? ¿Y con las vacas? ¿Y con los corderos? ¿Y con los arriates? ¿Y con la levadura? Olvídalo.)

[Por favor explica todo inmediatamente en el frente.]

Llamamos su atención sobre el general, como alguien que tiene un interés y un conocimiento poco habituales sobre la humanidad, y llamamos la atención con respecto a mí. Dijimos al enemigo que había alguien no alienígena, alguien a quien pueden comprender, sin ninguna duda, y que vive entre los hwarhath.

Con suerte, los diplomáticos recibirán el mensaje. El servicio de información militar es otro asunto. Ellos son el motivo de mi preocupación.

Busqué hawata. Es un animal depredador, enorme y volador, parecido a un pájaro, que vive en el planeta madre de los hwarhath, en dos de los tres continentes del norte. Solía vivir en los cinco continentes, pero la civilización ha hecho disminuir el área que ocupa. Aparece en los cuentos populares y en la mitología, aunque sólo en el hemisferio norte. Evidentemente, en el sur se extinguió hace mucho tiempo.

Según la leyenda, el hawata es capaz de llevarse bebés y niños pequeños. (Se trata sólo de una leyenda. Según los científicos, no se ha dado ningún caso.) En la forma habitual del mito o el cuento del hawata, un niño es secuestrado, pero no devorado. En lugar de eso, lo rescatan personas de otro linaje y lo educan como a uno de ellos.

Por supuesto, con el tiempo se descubre la verdadera ascendencia del niño, ya sea mediante algún tipo de recurso (una joya que la criatura llevaba cuando el hawata la cogió) o gracias a una peculiaridad física. El niño tiene los ojos raros o una raya oscura a lo largo de la columna.

Si la historia es en clave de comedia, el descubrimiento lleva a una reconciliación de algún tipo: las familias enemigas ponen fin a su guerra cuando descubren que comparten una hija o un hijo. Sin embargo, a menudo la historia es trágica. Los amantes descubren que son hermanos y que su amor está prohibido. Un hombre descubre en la víspera de la batalla que el enemigo es su verdadero pariente. Entonces debe elegir.

Por alguna razón el hawata nunca aparece en ninguna obra de animales y, por lo que sé, nunca ha existido una obra heroica que utilice el secuestro por parte de un hawata. Parece algo natural. Incluso puedo imaginar la espantosa escena final.

Será mejor que envíe un mensaje a Eh Matsehar.


Del diario de Sanders Nicholas,

portador de información agregado al personal del Primer Defensor Ettin Gwarha

CODIFICADO PARA SER LEÍDO SÓLO POR ETTIN GWARHA

<p>XI</p>

No tuvo noticias de Nicholas durante más de una semana. No le importó. El ritual de apareamiento que tenía lugar en la bahía llegaba a su apogeo. ¿Era ésa la palabra correcta? Cuando tuviera tiempo consultaría un diccionario.

De día, el agua estaba desbordada de mensajes químicos, algunos de los cuales captaban los artilugios sensibles que colgaban debajo de las pequeñas balsas o de las boyas. Yoshi los había instalado una mañana, cuando la migración acababa de empezar. Salpicaban la bahía. En aquel momento no había forma de llegar a ellos sin perturbar a los animales que se dedicaban a cortejarse; pero enviaban análisis de vez en cuando por radio.

Los animales utilizaban también señales visuales. No tanto para comunicarse, pensó Anna, como para excitarse. En los días claros, las señales resultaban apenas visibles. Pero la mayor parte de los días estaba nublado. El agua gris brillaba y parpadeaba bajo un cielo cubierto de nubes de color gris oscuro.

Por supuesto, por la noche el despliegue era espectacular: rosas, verdes, azules, amarillos, naranjas pálidos y blancos. Los colores inundaban la bahía y se esparcían por el océano. En un par de ocasiones, siendo las nubes especialmente bajas, las luces brillaron por encima de su cabeza en el cielo nocturno: eran reflejos, apagados, pálidos y poco visibles, pero allí estaban. Empezaba a sentir sueño.

Una tarde la llamó Nicholas.

—El general se va a otra fiesta. Más bebida y canapés. No quiero tener nada que ver con eso. ¿Puedo ir a molestarte?

Mierda, pensó Anna. Sus ojos se resistían a permanecer abiertos y le parecía que tenía la cabeza llena de pelusa gris.

—A las dieciséis —respondió ella—. A esa hora tendría que estar despierta. Reúnete conmigo en la barca. ¿Esta vez querrás hablar de los animales?

—Puede ser. —Nicholas sonrió brevemente e hizo una seña de despedida. Ella regresó a la cama.

Media hora más tarde la unidad de comunicación volvió a sonar. Anna maldijo y salió a gatas de debajo de la manta.

Esta vez era la comandante Ndo.

—¿Puedes venir hasta aquí? Lo más pronto posible.

Anna abrió la boca.

La comandante frunció el entrecejo.

—Es importante, miembro Pérez.

—De acuerdo.

—Bien. —La comandante le dedicó una amplia y dentuda sonrisa. Depredadora, pensó Anna.

Se vistió y subió a la colina. El cielo estaba cubierto de nubes. Soplaba un viento frío que inclinaba los rojizos y desnudos tallos de esporas y le azotaba el pelo, haciéndolo revolotear a ambos lados de su cara. De vez en cuando sentía caer una gota de lluvia.

El capitán Van esperaba a la entrada del recinto; parecía preocupado.

—¿Qué ocurre?

Él se llevó un dedo a los labios: el símbolo universal para pedir silencio.

Ella asintió y él la condujo hasta un ascensor. Bajaron un piso y salieron a un pasillo. Los tubos del techo emitían una luz pálida, áspera e institucional. En el aire flotaba un olor estéril. ¿A qué?, se preguntó. A metal y a hormigón.

—¿Qué es esto?—preguntó.

—Un sótano.

Atravesaron una pared gris, de metal, bajaron un tramo de escaleras y entraron en otro pasillo. Éste era todavía más curioso. ¿Para qué se necesitaba un sótano en un edificio provisional? Al final del pasillo había otra puerta de metal. El capitán se detuvo y apretó un botón de la pared. Anna oyó un zumbido y levantó la vista. Una cámara negra y diminuta giró lentamente, se detuvo y apuntó su luz roja hacia ella.

La puerta se abrió. El capitán le hizo una seña y Anna entró. Le resultó difícil hacerse cargo de la escena. Era demasiado compleja. Una habitación de paredes de hormigón, un escritorio de metal gris y la comandante sentada detrás: ésa fue la primera imagen. Después un hombre que se encontraba de pie junto al costado derecho del escritorio. Era alto y delgado, y llevaba puestos unos pantalones cobrizos y camisa y chaqueta del mismo color. Nicholas, pensó ella por un instante, que estaba llegando a un acuerdo con la Tierra.

Entonces vio a tres personas en el lado izquierdo de la habitación, contra la pared. Un hombre en una silla, con la cabeza gacha, los brazos apoyados sobre las rodillas y las manos apenas entrelazadas. Estaba flanqueado por dos soldados, ambos humanos. Uno de ellos era Maksud. El otro —un hombre bajo y de piel oscura, del sur de la India— le resultaba desconocido. El hombre que estaba sentado levantó la cabeza. Nicholas. Tenía la cara moteada de rojo y blanco y una expresión muy extraña en la mirada. No supo descifrarla. La miró primero a ella, luego al capitán Van, a la comandante y finalmente la puerta, que se había cerrado.

Estaba aterrorizado. Eso explicaba el cambio de coloración y la expresión de su mirada.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó Anna—. ¿Y dónde está el otro guardián? ¿El alienígena? ¿Hattin?

—Debería resultarle obvio lo que ocurre —comentó la comandante—. Ésta es nuestra mejor oportunidad para coger a Sanders. Se supone que los bwar no lo verán hasta esta noche, tarde. Tenemos cinco horas, tal vez seis o siete, para sacarlo de aquí. Necesitamos su colaboración. —¿Porqué?

—Como distracción —respondió la comandante—. Queremos que vaya hasta la barca con el teniente Gislason. —Señaló con la cabeza al hombre que se parecía a Nicholas—. Desamarre la barca. Queremos que los hwar busquen en la dirección equivocada. Queremos que piensen que tal vez Sanders se largó por propia decisión. Ha mostrado un claro interés por usted.

—Está loca. En este planeta no hay adónde ir. Está vacío. Y él no está interesado en mí. Por Dios, si usted me dijo que el general hwar es su amante.

En todo momento veía a Nicholas por el rabillo del ojo. Él hacía breves movimientos nerviosos, levantaba la mirada, la bajaba, se movía, se preparaba para echar a correr y luego vacilaba. No tenía adónde ir, ninguna esperanza de trasponer la puerta. Evidentemente lo sabía, pero no podía quedarse quieto. La respuesta lucha-o-huye era demasiado fuerte.

La comandante dijo:

—Según nuestros registros, hace veinte años él era un hombre heterosexual y perfectamente corriente. Tal vez ha vuelto a serlo. ¿Cómo iban a saberlo los alienígenas? No pueden ser expertos en sexualidad humana; y no nos importa demasiado lo que piensen que está ocurriendo, ya sea un paseo en coche o un fin de semana romántico, siempre y cuando busquen en el océano. —Hizo una pausa y miró a Anna fijamente—. No podemos dejar pasar esta oportunidad. Este hombre tiene veinte años de información. Tenemos que cogerlo.

Anna dijo:

—Ellos no creerán que se largó por su cuenta. ¡Piense en quién es este hombre! No permitirán que desaparezca. Pondrán el recinto patas arriba.

La comandante sacudió la cabeza y la luz resplandeció en su oscuro cráneo calvo.

—Gracias a Sanders, los hwar saben sobre nosotros más de lo que nosotros sabemos sobre ellos, pero hemos aprendido algunas cosas. Harán lo que sea por proteger o rescatar a mujeres y niños. Pero para ellos todos los hombres son prescindibles. Nuestra gente tiene esto muy claro. Creen, me refiero a los alienígenas, que la naturaleza de los hombres consiste en pelear y hacer la guerra. El destino de los hombres es morir con violencia. Cuando ocurre, ocurre. Qué será, será. Que sea lo que la Diosa quiera. El general Ettin no va a arriesgarse a poner fin a las conversaciones a causa de un hombre.

—¿Nick? ¿Es eso verdad?

Él levantó la cabeza y sus ojos mostraron aquella extraña expresión vacía.

—Sí —dijo al cabo de un momento.

—No tenemos tiempo de seguir discutiendo esto —aclaró la comandante—. ¿Colaborará con nosotros, miembro Pérez?

—¿Qué otra alternativa me queda?

—Ninguna, si quiere publicar su investigación y si quiere que la barca se marche sin problemas y sin dañar a ninguno de sus animales. Vamos a resolver esto, miembro Pérez, con usted o sin usted.

La historia —el fin de semana romántico— exigía que ella desapareciera. Anna tuvo la repentina sensación de que si se negaba se quedaría en aquella habitación en calidad de prisionera, como Nicholas.

Ésas eran las opciones. Por una parte su libertad, su investigación y la seguridad de los animales de la bahía. Por otra sólo su integridad personal y el hecho de que odiaba que la utilizaran. No tomaba en consideración a Nicholas. No podía hacer nada por él. Si se negaba a cooperar, la comandante encontraría alguna otra forma de llevárselo del recinto.

Lo miró. Él la observaba fijamente, cosa que no había hecho con anterioridad, y la tensión de su cuerpo era evidente. Se obligaba a estar inmóvil mediante un esfuerzo de voluntad, y le suplicaba con la mirada. ¿Para qué?

Miró a la comandante y asintió.

—De acuerdo.

Nicholas bajó la mirada.

—Fantástico —dijo la comandante—. Yoshi Nagamitsu está en este momento en la barca. Llámelo y dígale que irá más temprano. Comuníquele que puede marcharse.

Ella dio un paso en dirección al escritorio.

—Desde aquí no —señaló la comandante—. Gislason la acompañará a otra habitación. Cuando salga de este nivel del recinto tenga cuidado con lo que dice. Los hwar tienen unos aparatos de escucha realmente increíbles. No son para nosotros. Al parecer, se espían entre sí.

Vaya, pensó Anna.

—Gracias por su colaboración, miembro Pérez. Lo recordaremos.

Salió con Gislason. Mientras la puerta se abría, miró a Nicholas por última vez. El hombre tenía la vista clavada en el suelo y los hombros hundidos: la postura de alguien que acababa de recibir… ¿qué? ¿Su sentencia de muerte?

La puerta se cerró y Gislason dijo:

—Por aquí, miembro. —Y la condujo pasillo abajo hasta una habitación igual a la primera: paredes de hormigón gris, alfombra gris y un escritorio de metal gris sobre el que se veía un equipo de comunicación. Llamó a Yoshi.

Por lo general, Yoshi era bastante meticuloso y prefería quedarse hasta el final de su turno; pero esta vez estaba ansioso por marcharse. Anna no sabía con certeza si eso era buena o mala suerte. Si no hubiera estado dispuesto a marcharse de la barca, tal vez ella se habría librado de aquella estúpida conspiración. Y tal vez no. La comandante parecía decidida. Apagó el equipo de comunicación y se volvió hacia Gislason.

En realidad no se parecía mucho a Nicholas. Era de la misma estatura y complexión, incluso del mismo color. La misma piel pálida y el mismo pelo rubio grisáceo. Sus ojos eran verdes, aunque mucho más claros que los de Nick. Pero su rostro era distinto: huesudo y nórdico. Hermoso, aunque a ella no le gustaba especialmente.

—¿Qué le ocurrirá? —preguntó.

—¿A Sanders? Tendrá que preguntárselo a la comandante. —Tenía un leve acento escandinavo.

—Estaba aterrorizado.

Gislason se encogió de hombros.

—¿Espera coraje de un hombre como él? Tenemos el tiempo justo, miembro. Debemos irnos.

<p>XII</p>

Subieron a la planta baja; no encontraron a nadie en la escalera ni en el ascensor. ¿Se debía a la fiesta, la recepción de los diplomáticos? ¿Estaban todos allí? ¿O aquella gente abandonaba el trabajo muy temprano?

No regresaron por el mismo camino por el que ella había llegado con el capitán Van. En lugar de eso, Gislason la condujo por otro pasillo hasta una puerta en la que se leía: SALIDA EXCLUSIVA DE EMERGENCIA — SONARÁ ALARMA. La abrió. Nada ocurrió, salvo que entró un viento frío cargado de lluvia.

A un ademán de él, Anna se cerró la chaqueta, se puso la capucha y salió. Empezaba a oscurecer y la temperatura estaba descendiendo, como la lluvia, que caía sin parar. Una noche espantosa.

Él salió con ella y cerró la puerta.

—En realidad, no deberíamos salir en la barca con mal tiempo —señaló Anna.

Él se llevó un dedo a los labios. Rodearon el recinto siguiendo un sendero abierto en la densa y esponjosa vegetación musgosa. Frente a la entrada principal el sendero se unía al camino que descendía por la colina. Éste había sido apropiadamente abierto: construido con maquinaria y pavimentado con grava de una de las playas. Las piedras eran redondas y resbaladizas y pisarlas resultaba poco seguro. Anna avanzó lentamente y Gislason la siguió.


Cuanto más lo pensaba, más insegura se sentía con respecto al plan. Nicholas sabía mucho más que ella de cuestiones de seguridad. No creía que la reacción de él fuera pura cobardía. Estaba al corriente de lo que iban a hacer y eso lo aterrorizaba. Anna nunca había visto a nadie tan asustado.

Pensó en los servicios secretos de la historia moderna: la SS, la CÍA, el KGB y otros cuyos nombres ya no recordaba porque sólo los había oído mencionar en algún curso sobre atrocidades de la facultad. En teoría, las cosas habían mejorado. ¿Podía afirmarlo?

Mientras bajaba por la colina en dirección a las luces amarillas de la estación de investigación, se le ocurrió que no tenía pruebas que demostraran que alguno de los diplomáticos estuviera involucrado en aquel secuestro. Si no lo estaban, si la comandante actuaba por cuenta propia, entonces ella, Anna, estaría traicionando a su gobierno, lo mismo que a Nicholas y a sí misma.

Un verdadero asco.

Llegaron al pie de la colina. Ahora resultaba más fácil avanzar. El sendero se extendía entre los edificios de la población y avanzaba junto a ventanas iluminadas. Vio gente trabajando en el interior, en laboratorios y oficinas. Una ventana grande se abría hacia un salón. Varias personas bebían antes de la cena. Vio las copas e imaginó lo que contenían: jerez, vino, algún tipo de refresco. ¡Dios, parecía muy confortable!

Fuera, la lluvia caía sobre la calle lanzando destellos plateados. Unas criaturas semejantes a peludos gusanos azules se agitaban en el sendero, entre los guijarros brillantes y negros.

—¿Qué son esas cosas horribles? —preguntó Gislason.

—Gusanos, en su mayoría. El vello que los cubre no es pelo, y no cumple la función de aislamiento. Lo utilizan para alimentarse.

—¿Cómo?

—Yasmin, la mujer que los estudia, considera el vello, provisionalmente, como «cilios», aunque no cree que tal nombre perdure. Los cilios producen enzimas que sirven para digerir los alimentos y los absorben una vez digeridos. Los animales tienen intestinos pero no boca, y un solo orificio. El alimento penetra por los cilios y sale por el orificio.

—¿Qué comen?

—Según Yasmin, lo que encuentran. El grueso de su dieta lo forman los microorganismos del suelo; pero también se alimentan de desechos, y ella cree que pueden comer raíces de plantas. Habitan en túneles, en una especie de caldo de cultivo compuesto por sus propios jugos gástricos y todo lo que han digerido. Es como si vivieran dentro de su propio estómago. ¡Un prodigio de criaturas!

Gislason emitió un sonido ambiguo.

—Están aquí a causa de la lluvia. Sus túneles han quedado inundados.

Los gusanos eran cada vez más numerosos. Anna caminó cuidadosamente entre ellos, en silencio porque tenía que mirar dónde pisaba y porque tenía que pensar. No quería salir con la barca de noche y con lluvia, y tampoco quería verse envuelta en un incidente internacional. Y aunque irracionalmente, tampoco quería tener nada que ver con perjudicar a Nicholas Sanders.

¿Qué podía hacer? ¿Correr? ¿Gritar? Gislason estaba a su lado, alto y temible. Imaginó que la cogía, la estrangulaba o la golpeaba con algún esotérico movimiento típico de las artes marciales. Se despertaría convertida en una prisionera, con la comandante furiosa; y la barca habría salido igualmente. Imaginó que se abría paso por la bahía, asustando a sus alienígenas y poniendo fin a la frágil paz del apareamiento.

Si lograba llamar la atención, sería la de los científicos humanos. ¿Cómo les iría a ellos contra el servicio de información?

Pasaron junto al último edificio. Delante de ellos se abría la bahía, en ese momento completamente a oscuras. Sus criaturas no habían comenzado a emitir las señales nocturnas; y si lo habían hecho, los mensajes quedaban ocultos por la lluvia. Sin embargó, la luz del muelle brillaba intensamente y logró vislumbrar la forma borrosa de la barca.

Caminó delante por el muelle, moviéndose con cautela. Allí no había gusanos, pero la superficie de metal resultaba resbaladiza a causa de la lluvia. En el agua, cerca del muelle, brilló una luz débil y pálida. No supo de qué color era. Una de las criaturas se estaba identificando, aunque sin autoridad ni convicción. Yo soy yo. Creo… estoy casi seguro… soy yo.

Gislason se colocó inmediatamente detrás de ella. No tenía forma de escapar. Sin duda, no iba a meterse en el agua. Estaba llena de zarcillos urticantes.

Yoshi esperaba en la barca, junto a la puerta que conducía a la cabina, y sostenía un paraguas de papel engrasado de color amarillo chillón.

En cuanto subieron a la barca, dijo:

—Esto es una verdadera suerte, Anna. Te lo explicaré más tarde. Buenas noches… ah, Portador. ¿No es así?

—Sí —respondió Gislason. Ella lo miró. Llevaba levantada la capucha de la chaqueta. Su rostro quedaba oculto y no había forma de diferenciarlo de Nicholas.

—Toda tuya. Que te diviertas. —Abrió el paraguas, pasó junto a ellos y saludó a Gislason con la cabeza.

Ella entró en la cabina. Al cabo de un instante Gislason la siguió.

—Se ha ido. Podemos desamarrar.

—Tenemos que desconectar los cables de la masa flotante —puntualizó Anna—. Debo advertir a los seudosifonóforos.

—¿Qué quiere decir?

—Los hay en toda la bahía, y han llegado al punto en que no prestan atención a nada salvo a sus iguales. Podríamos golpearlos. No cabe duda de que cortaremos algunos zarcillos.

Gislason frunció el entrecejo.

—¿Y cómo les advierte?

—En la masa flotante, la que está en medio de la bahía, hay luces, y tenemos un programa que traduce el inglés a señales luminosas. Así es como se comunican los animales… mediante destellos de luz.

Él sacudió la cabeza.

—No.

—No voy a sacar la barca a menos que pueda advertírselo a las criaturas de la bahía. Es posible que sean inteligentes. Sin duda, son vulnerables. No seré yo la responsable de causarles daño.

Él la observó con sus ojos de color verde claro y adoptó una expresión pensativa. Estaba considerando las posibilidades, calibrando las consecuencias, y ella tuvo la sensación —la clara sensación— de que algunas de las posibilidades le resultarían desagradables.

Finalmente, él dijo:

—De acuerdo. Envíe el mensaje. Pero yo la vigilaré.

Ella asintió y se volvió en dirección al ordenador; abrió el directorio de traducción. Allí había dos programas. Uno traducía el inglés a un lenguaje luminoso. El otro había sido instalado por Yoshi cuando decidió enseñar a los animales Mary tenía un corderito. Este programa traducía el inglés a un código de emergencia internacional.

Abrió el segundo programa. Se titulaba LP2-CEI. Intentó encontrar una explicación para las letras que brillaban en la pantalla; pero Gislason no se la pidió.

—Voy a teclear unas cuantas palabras que el programa traducirá a luces de colores. El mensaje es: «Peligro. Amigo desconocido.» La barca es el amigo desconocido. —Tecleó las palabras—. El resto del mensaje dice: «Actúa ahora. Ve hacia la orilla.»

—¿Eso resultará adecuado? —preguntó Gislason.

—Ajá.

Terminó de teclear el mensaje y pulsó la tecla de entrada. En la parte inferior de la pantalla aparecieron unas preguntas. ¿De qué color debía ser el mensaje? ¿Con qué frecuencia debía repetirse y con qué rapidez? Anna respondió de inmediato, con la esperanza de que Gislason no se diera cuenta de que las preguntas indicaban que el mensaje no estaba siendo traducido al lenguaje de los seudosifonóforos; luego volvió a pulsar la tecla de entrada. La pantalla quedó en blanco y sólo se veía el cursor que parpadeaba en el ángulo superior izquierdo.

—Ahora podemos desconectar. La masa flotante tiene activado el automático. Seguirá emitiendo señales por su cuenta.

—Espero estar haciendo lo correcto —comentó Gislason.

—Lo está haciendo.

Salieron a cubierta. Fuera ya estaba totalmente oscuro y las criaturas habían comenzado su conversación vespertina: pálidos parpadeos tentativos de color azul y verde, más borrosos que de costumbre a causa de la lluvia. Moby Dick flotaba en medio de la bahía, iluminada como una nave de lujo que entra en el puerto. Toda su superficie —por encima y por debajo del agua— destelló primero con un color anaranjado y luego con un azul pálido.

—Vamos —la apremió Gislason—. Realmente tenemos el tiempo justo, miembro Pérez.

Empezaron a desenganchar los cables que conducían hasta Moby. El mensaje mismo —el diseño de puntos y rayas— carecía de sentido para sus criaturas, aunque debían comprender los colores. El anaranjado significaba «ira» o «peligro»; el azul significaba «no agresión». Era una advertencia amistosa. Había peligro, les estaba diciendo Anna, aunque no maldad.

Cuando los motores de la barca se encendieran, conocerían la fuente del peligro. Sabían que las barcas eran peligrosas. Cuando los humanos llegaron por primera vez al planeta, habían utilizado las barcas para cazarlos. Aquél había sido el primer indicio de la posible inteligencia de los animales: la velocidad con que habían aprendido a temer las barcas y la velocidad con que dicho temor se había extendido a toda la especie.

En cualquier otra época del año, el sonido de los motores habría sido advertencia suficiente; pero en aquel momento estaban concentrados en el apareamiento. Tal vez no prestaran atención a la barca, o tal vez se dejaran dominar por el pánico sacudiéndose de un lado a otro con sus zarcillos urticantes y haciéndose daño mutuamente.

El mensaje no era para ellos. Anna no sabía con certeza para quién era. Nicholas había dicho que el general bwarhath estaba interesado en los seudosifonóforos. Era posible que le hubiera contado al general su conversación con Yoshi. Tal vez los hwar se darían cuenta de que la balsa estaba emitiendo un nuevo tipo de mensaje. Tal vez fueran capaces de descifrarlo.

Una posibilidad remota. Su verdadera esperanza era Yoshi. Sin duda él reconocería que el mensaje había sido enviado en el código de emergencia internacional y sin duda lo traduciría. Existían muchas probabilidades de que no lo comprendiera. Pero se lo transmitiría a María Luz y María no padecía en absoluto el mal del doctor Watson. Ella descifraría el significado del mensaje. Mi amigo desconocido está en peligro. Actúa rápidamente, y no busques en el océano. Busca en la orilla.

Tal vez debería haber gritado mientras atravesaban la estación, o intentado correr, aunque era mucho más baja que Gislason y nunca había sido buena corriendo.

Los últimos cables se hundieron en el agua.

—Desamarre —le dijo a Gislason y trepó a la silla del piloto. Parte del techo se extendía sobre el tablero de instrumentos y la silla. En teoría, esto mantenía secos los instrumentos y al piloto; pero ella ya estaba completamente empapada y el viento frío hacía que la lluvia golpeara contra los costados abiertos. Delante tenía un parabrisas salpicado por la lluvia, el techo de la cabina y la proa. Del asta de proa colgaba un banderín; era la bandera de la expedición. En él se leía: HASTA LAS ESTRELLAS POR EL CONOCIMIENTO.

Anna pulsó un interruptor. Las luces de los instrumentos se encendieron. Una profunda y cálida voz masculina dijo:

—Buenas noches, y bienvenido al maravilloso universo de las barcas de energía. Soy su ordenador Mark Ten Marine Mind. Si necesita alguna información acerca de cómo operar su nueva barca de energía Star Craft modelo Setecientos, por favor déjeme encendido. De lo contrario, oprima el botón rojo de la izquierda del timón.

Oprimió el botón rojo.

—Ahora guardaré silencio —anunció la voz—. A menos que ocurra algo que exija una advertencia o algún otro tipo de comentario.

Anna encendió los motores.

Gislason le gritó.

—Está todo desatado.

Ella aumentó la potencia. La barca avanzó. Giró el volante, haciendo que la barca se apartara del muelle, y volvió a maniobrar dejándola apuntando hacia la bahía.

La mayor parte de los animales seguían emitiendo destellos azules o verdosos, pero el ritmo de sus mensajes había cambiado. Ahora era rápido y entrecortado, como el ritmo de un código. De vez en cuando se veía un destello anaranjado similar al estallido de una bomba.

—Más adelante hay una obstrucción —le comunicó el ordenador—. Por favor, compruebe la pantalla del sonar.

Anna bajó la vista. En la pantalla aparecían muchos puntos pequeños, todos de color verde brillante: los animales. Mientras ella miraba, empezaron a moverse a izquierda y derecha, hacia los bordes de la pantalla. Levantó la vista. Delante de la barca se extendía la oscuridad.

—¡Caray! —dijo Gislason.

Toda la bahía brillaba con destellos de color naranja oscuro y azul pálido: Peligro. Amigo desconocido. Peligro. A pesar de la lluvia —que caía sobre el agua y salpicaba el plexiglás que tenía delante— pudo leer el mensaje.

—La han oído —comentó el hombre—. La han visto, quiero decir. Han comprendido su mensaje.

—No son estúpidos.

La oscuridad se extendía más allá de Moby Dick en dirección al océano. Anna guió la barca y avanzó entre las sombras. Los limpiaparabrisas se movían de un lado a otro. Las gotas de lluvia que caían sobre el plexiglás brillaban como joyas: anaranjados y azules.

—Y tienen buena memoria —añadió—. Algunos debían de estar aquí en alguna otra ocasión en que la barca salió. ¿Ve que están abriendo camino? Saben que seguramente nos iremos —hizo una pausa—. O tal vez se han comido a los que estaban aquí antes.

—¿Se comen entre sí? —preguntó Gislason. Parecía horrorizado.

—Ésa no es la palabra correcta. Debería decir que practican el desguace. Se capturan unos a otros. Por lo general, los grandes capturan a los pequeños. El vencedor o depredador paraliza a la víctima y luego la desarma y utiliza sus distintas partes.

—¿En este planeta todo tiene hábitos repugnantes?

En ese momento se encontraban en el canal que conducía a la bahía. El agua era oscura y el sonar no detectaba ningún animal delante de la barca.

—La vida tiene costumbres repugnantes —sentenció Anna—. En la Tierra hay animales, sobre todo acáridos y avispas parasitarias, cuyas maneras de reproducirse son espeluznantes.

Gislason dejó escapar un sonido, un gruñido que para ella no significaba nada. Conformidad. ¿Repulsión? Tal vez indigestión. Se concentró en la tarea de guiar la barca hasta que el sonar le indicó que estaban fuera del canal. No es que necesitara que el equipo le indicara cuándo habían llegado al océano. El aire cambió; una fuerte brisa sopló desde el este; sintió el sabor de la sal y notó el agua que la salpicaba. La barca se mecía mientras se elevaba y descendía con las olas de gran tamaño.

—Y la vida sexual de los humanos no siempre es agradable —añadió Anna, concluyendo el hilo de su pensamiento.

—Es verdad —coincidió Gislason. El tono de su voz fue concluyente, y ella tuvo la impresión de que el hombre pensaba en Nicholas Sanders.

Sus alienígenas les rodearon. El océano estaba salpicado de luces destellantes que subían y bajaban: azul, verde, amarillo, anaranjado, rosa. Algunos de ellos habían captado su mensaje. Otros seguían enviando el suyo propio: Yo soy yo. No pretendo hacer daño.

Gislason dijo:

—Vire hacia el sur, miembro.

Ella hizo girar la barca. Detrás de ellos y a la derecha sólo había oscuridad: tierra firme. El océano se extendía delante y a la izquierda. Los animales estaban en su mayoría justo fuera de la entrada de la bahía, detenidos por los mensajes químicos que emitían los animales más grandes que se preparaban para el apareamiento; pero las luces destellaban hacia el sur y hacia el este: animales solos que flotaban en la oscuridad y parches de luz en distintos puntos, donde los animales se habían reunido en grupos.

Decidió retomar el tema del desguace. Tenía la sensación de que era menos polémico que la conducta sexual humana.

—Más que organismos individuales, son colonias.

Anna señaló con la mano el océano iluminado.

—Las diversas partes retienen mucho de su unidad original. Para ellos, desarmar no significa gran cosa. Un producto químico paraliza al animal que ha sido capturado, aunque sin infligirle un daño permanente. Entonces otro producto químico, o más probablemente una serie de productos químicos, indica a las partes que se separen unas de otras y se unan al nuevo animal.

Por lo que sabemos, así se produce la mayor parte de su desarrollo; y gracias a los experimentos sabemos que las partes conservan sus recuerdos. Cuando un seudosifonóforo se come a un pariente, incorpora el pasado del pariente. No sabemos lo grandes que pueden llegar a ser los animales, ni durante cuánto tiempo pueden llegar a vivir, ni cuánto pueden recordar. Tal vez siglos, tal vez milenios. La historia de la especie puede estar allí, flotando en el profundo océano.

Una vez más estaba pronunciando un discurso, como había hecho con respecto a los gusanos. ¿Por qué? Tal vez era el miedo. No cabía duda de que tenía miedo.

—A partir de ahora —dijo Gislason— puedo hacerme cargo de la barca. Sé adónde vamos.

Ella dejó el asiento libre y él se sentó.

<p>XIII</p>

La barca siguió rumbo al sur, bajo la lluvia. Según indicaban los instrumentos, viajaban aproximadamente paralelos a la costa, aunque ésta se encontraba fuera de la vista, envuelta en la oscuridad. Las criaturas aparecían cada vez con menor frecuencia: un resplandor azul en la oscuridad que destellaba y se desvanecía; más tarde otro resplandor verde o azul, y rara vez uno naranja. Yo soy yo. Peligro. (O «ira», tal vez.) No tengo intención de hacer daño.

Anna se quedó junto a Gislason. El techo que se extendía sobre su cabeza la protegía de la lluvia, que empezaba a amainar. Lo que caía era, como mucho, llovizna.

—Necesitamos que esa nube nos cubra —dijo Gislason—. Espero que no despeje.

—¿Por qué?—preguntó ella.

—Tenemos encima una nave enemiga, miembro, que cuenta con equipo de detección muy eficaz. Las nubes nos proporcionarán cierta protección.

Dos naves en órbita sincronizada, pensó Anna. Una de ellas había trasladado a los diplomáticos humanos. La otra había llevado a los alienígenas de pelaje gris. En las noches claras se las veía en el cielo, por encima de la estación, y sus colegas —los astrónomos aficionados y profesionales— se lo habían comentado: dos estrellas que nunca se movían. La nave hwarhath se encontraba al este, sobre el océano. La nave de la Tierra estaba encima del recinto de los diplomáticos. Se movían una en torno a otra y a la estación sin cambiar de posición.

Para ella, el comentario de él no tenía sentido. Si el equipo de los hwarhath era tan bueno, debía captar la presencia de la barca, tal vez no en la parte visible del espectro sino en algún otro punto. Después de todo, no era una estrafalaria máquina de espionaje. No estaba protegida. Sabría Dios —ella no lo sabía— qué clase de radiación emitía; pero sin duda se trataba de algo que los hwarhath estaban en condiciones de localizar, y no era posible que lo confundieran con otra cosa. Era la única barca del planeta. Echó un vistazo a su compañero. Su rostro largo y delgado quedaba iluminado desde abajo por el panel de instrumentos. Tenía un pálido brillo verde, como un ser salido de una historia de fantasmas. No era una presencia tranquilizadora. Decidió no hacer más preguntas y volvió la vista al mar.

El tiempo pasaba. Tenía mucho frío, pero se quedó en cubierta: no estaba dispuesta a dejar a Gislason a solas.

Pasaron junto a un último grupo de criaturas: individuos pequeños que seguramente tenían miedo de acercarse más a la bahía. Flotaban al costado este de la barca: una enorme mancha de luz que se elevaba y caía, cabalgando sobre las olas. Los colores las cubrieron formando ondas, casi todas azules y azul verdoso. Había destellos anaranjados y amarillos: ira, frustración, excitación, advertencia. En una ocasión, aproximadamente durante un minuto, todo el racimo se volvió de un tono rosa extraordinariamente purpúreo. ¿Qué era? No pudo leer el mensaje. ¿Era una variación del mensaje tranquilizador que las criaturas grandes se enviaban entre sí? Yo soy yo. No tengas miedo.

Del enjambre surgieron serpentinas de luz y a su alrededor flotaron otros grupos mucho más pequeños. Pudo ver todo eso a pesar de la oscuridad y de la lluvia. ¡Si al menos hubiera contado con un avión y un cielo despejado! Tenía que verlo desde arriba.

—¿Qué ocurre ahí? —preguntó Gislason.

—No sé. Nunca prestamos mucha atención a los individuos que son demasiado pequeños para aparearse. Es posible que nos hayamos equivocado. Ojalá supiera qué es lo que provoca un comportamiento así. No creo que estos individuos estén ni siquiera al alcance de la vista de otras criaturas, y por tanto no creo que estén reaccionando a un despliegue luminoso. Y me gustaría saber con qué propósito se reúnen. No van a intercambiar material genético. Son demasiado jóvenes. —Hizo una pausa y miró las luces que se movían y resplandecían—. Y también me gustaría saber si sus acciones son inconscientes, o si saben lo que están haciendo.

El grupo de criaturas se dispersó. La barca continuó hacia el sur y hacia el este durante otra hora. No aparecieron más criaturas. ¡Cielos, allí fuera hacía mucho frío! Y daba miedo. Las olas, apenas visibles en la oscuridad, estaban coronadas de espuma blanca.

—Disculpe —dijo finalmente una voz cálida—. Éste es su ordenador Mark Ten Marine Mind, que interviene por segunda vez. Si comprueba la pantalla de su radar, notará que hay un objeto directamente delante de usted, a una distancia estimada de mil metros. Es un objeto sólido que flota en la superficie del agua. No se mueve. Si no desea entrar en contacto con el objeto, por favor modifique el curso. Si quiere entrar en contacto, por favor, reduzca la velocidad.

Gislason apretó el botón rojo.

—Ha indicado que desea manejar la situación por su cuenta. Ahora guardaré silencio.

—Idiota.

La barca redujo la marcha.

Anna miró hacia delante. No veía nada.

—¿Qué es eso?

—Un avión —respondió Gislason—. Debemos largarnos de aquí.

—¿Que debemos qué? Estamos en medio del océano.

—El enemigo puede rastrear esta barca, miembro. Sin duda se da cuenta de eso. No podemos quedarnos aquí. Voy a dejar que Mark Ten Marine Mind siga por su cuenta. Sin duda es lo suficientemente inteligente para hacerlo.

—Ésta es la única barca existente en un radio de varios años luz, y está llena de equipos de investigación. No podemos abandonarla.

—No la abandonamos, miembro. Mark parece ansioso por tomar el mando. Se la dejaremos a él.

—No —dijo Anna.

—Miembro, no tiene otra alternativa.

Ella vio luces más adelante, que subían y bajaban sobre la superficie del océano. Eran tres, pequeñas, pálidas y evidentemente artificiales.

La barca aminoró aún más la velocidad. Anna vislumbró la oscura forma del avión. Las luces indicaban el morro, la cola y el ala.

—No podemos hacer esto —insistió Anna—. Podría perder mi trabajo.

—Créame, miembro Pérez, se verá envuelta en peores problemas si no colabora con la comandante.

La barca viró de lado, moviéndose más violentamente que antes mientras Gislason la acercaba al avión. Cuando estuvieron junto a éste, casi tocando su oscuro costado, se abrió una puerta; brilló una luz amarilla; Anna parpadeó y vio la silueta de una persona recortada contra la luz.

—¿Teniente? —Era una voz masculina.

—Tendremos que amarrar aquí durante un rato. Ayude a Zhang y luego suba al avión —dijo Gislason.

Ella abrió la boca para protestar, pero la expresión de Gislason la obligó a guardar silencio. No era en absoluto una persona agradable, pensó, mientras el hombre que estaba en la puerta aseguraba las amarras. Cuando concluyeron, el hombre se agachó y la ayudó a cruzar hasta el avión. Entonces pudo verlo con claridad: era un hombre alto del este de Asia, vestido de uniforme. Usaba el típico mohawk, teñido de azul turquesa. Sus cejas eran del mismo color, completamente exóticas. Se preguntó qué pensaría Nicholas de aquello. Aunque era probable que no pensara en nada más que en el problema al que se enfrentaba.

—Bienvenidos a bordo del Shadow Warrior.

El soldado señaló con la mano una habitación larga y estrecha. En un extremo se veía una hilera de asientos colocados de cara a una pared de metal en la que no había nada más que una puerta cerrada. Los asientos parecían pertenecer a un cohete o a un maglev interurbano de la Tierra; aunque en el maglev no había cinturones de seguridad. Salvo por la fila de asientos, la habitación estaba vacía. Un avión de mercancías, pensó Anna.

—Me temo que no disponemos de comodidades, y debo entregarle un paquete al teniente Gislason. Si toma asiento, le serviré café dentro de un momento.

Se acercó a la fila de asientos y se sentó de cara a la pared. Ésta se encontraba sólo a un metro de distancia. La habitación, brillantemente iluminada, hizo que sintiera más miedo que viajando por mar abierto.

Un par de minutos más tarde volvió a aparecer el soldado asiático. Atravesó la puerta de la pared metálica y regresó casi de inmediato con un tazón en la mano. Era de cerámica pesada y totalmente liso.

—Tendrá que ser solo, lo siento; y a pesar de lo malo que es el café, el té es aún peor.

Anna cogió el tazón y bebió. El café era espantoso.

—¿Nunca lavan el jarro?

—No es una prioridad. Si me disculpa… —Se marchó.

Bebió un poco más de café —sólo un poco— y clavó la mirada en la pared de metal.

Unos veinte minutos más tarde, Gislason subió a bordo. Se sentó junto a ella y se abrochó el cinturón de seguridad.

—Ya está. Mark está actuando por su cuenta.

El soldado asiático cerró la puerta exterior, luego recogió la taza de café y fue hacia adelante. Ella no tenía idea de lo que había más allá de la puerta interior. Una cafetera, la cabina del piloto.

Se encendieron los motores.

—¿Se ha abrochado el cinturón? —preguntó Gislason—. El despegue será brusco.

Así fue, y ella recordó que nunca le había gustado mucho, volar. Se aferró a los brazos del asiento. A su lado, Gislason se tapó la cara con las manos.

Durante un instante Anna quedó aterrorizada.

—¿Qué es esto? ¿Tenemos problemas?

El avión saltó un poco más y enseguida quedó en el aire y se elevó suavemente. Gislason levantó la vista. Los ojos le habían cambiado de color. Ahora eran azules, de un tono tan intenso que parecían iluminados desde dentro.

—¡Caray! —exclamó Anna.

Él se cogió el mechón de pelo que le caía sobre la frente y dio un tirón hacia arriba y hacia atrás.

—¡Mierda! Hace daño. —El pelo se soltó. Debajo apareció el cráneo pálido, desnudo salvo por el habitual mohawk, amarillo como la mantequilla.

Gislason se frotó el mohawk y se peinó hacia arriba el pelo amarillo. Ahora se parecía a un escandinavo y a un soldado, y en absoluto a Nicholas.

El avión estaba virando; notó que la cabina se ladeaba.

—¿Adónde vamos?

—Tenemos un lugar que el enemigo no conoce —Dejó caer la peluca en el asiento contiguo—. Más le vale ponerse cómoda. Tardaremos un rato.

Se reclinó en su asiento e intentó relajarse. No era fácil. No tenía idea del rumbo que estaban siguiendo. ¿Al este, sobrevolando el mar? ¿Al oeste o al sur en dirección a tierra? Si se dirigían hacia el sur volarían sobre una parte del continente, por lo que ella sabía inexplorada. Por supuesto, había fotos aéreas, y sus colegas de biología habían tomado algunas muestras de vida. Las imágenes mostraban montañas bajas y peladas y llanuras cubiertas con la vegetación musgosa de color amarillo. En distintos puntos había bosques de arbustos grandes y/o árboles pequeños. Un animal que parecía un cruce entre un cangrejo y un armadillo se alimentaba en las llanuras amarillas cubiertas de musgo. Medía dos metros desde la punta de las uñas delanteras hasta el extremo de la cola acorazada: el animal terrestre más grande del planeta. No poseía esqueleto interno y, según sus colegas, era rematadamente estúpido; pero poseía un aparato respiratorio fascinante.

Al cabo de un rato, Gislason se sacó algo de un bolsillo y lo desplegó como si fuera un trozo de pape una, dos, tres veces.

Era un tablero de ajedrez de tamaño corriente. Golpeó un borde. De repente el tablero adquirió solidez: una sola pieza firme de metal y silicona. Los cuadrados rojos empezaron a brillar con un suave tono rosado. Los cuadrados negros siguieron siendo oscuros, como ventanas abiertas al espacio.

Impresionante, pensó Anna.

Él volvió a dar unos golpecitos en el tablero. Las piezas se materializaron, aunque ésa no era realmente la palabra adecuada. Eran hologramas, estaban hecho de luz y no de materia.

Dos hileras de guerreros chinos. Detrás de ellos, elefantes y consejeros, generales montados a caballo y un par de espléndidos emperadores de pie junto a sus delgadas y elegantes esposas. Un emperador iba vestido de rojo; el otro, de blanco y plateado.

—¿Juega? —le preguntó Gislason.

—Sé mover las piezas.

—Eso no es suficiente. —Tocó el tablero. Uno de los guerreros sacó una espada. La diminuta hoja resplandeció. La agitó sobre su cabeza y avanzó.

¿Cómo podía resistirse? Observó la partida. Los guerreros esgrimían espadas y pancartas. Los elefantes se amontonaban. Los caballos de los generales se encabritaban. Los consejeros se deslizaban como si los hicieran sobre cojinetes. Los emperadores avanzaban con energía y las peligrosas reinas se movían hacia delante con un curioso, tambaleante e inseguro andar.

Muy impresionante, aunque no cabía duda de que era un holograma. Los colores resultaban demasiado pálidos. Los rojos y los blancos tenían un aspecto perlado e iridiscente, y las figuras carecían de solidez aunque fuesen tridimensionales y mostraran bellos detalles. De vez en cuando parpadeaban y se desvanecían un instante.

Dos ejércitos fantasmas, pensó Anna. ¿Por qué luchaban?

—¿Eso no es muy caro?—preguntó.

—¿El tablero? Sí. Pero en el espacio no hay muchas cosas en las que gastar dinero. Me gustan el ajedrez y los juguetes caros.

Gislason siguió jugando hasta que el avión comenzó su descenso. Entonces apagó el tablero. Las diminutas y fantasmales figuras se desvanecieron. Plegó el tablero y lo dejó a un lado mientras el avión se posaba… en el agua. Estaba segura. El aparato redujo la marcha, giró y finalmente se detuvo. La puerta que tenían delante, la que conducía al lugar donde estaba la cafetera, se abrió. Salió el soldado de las cejas azules.

—Debemos movernos con rapidez, teniente. La capa de nubes empieza a rasgarse.

Gislason asintió y se puso de pie.

—¿Miembro?

Ella siguió a ambos hasta la puerta exterior. Cejas Azules la abrió y se zambulló en la oscuridad. Anna lo oyó chapotear.

—Un metro de profundidad —dijo—. Y está fría.

—Miembro —dijo Gislason.

Anna saltó, tocó el agua y enseguida fondo. La arena se movió bajo sus pies. Empezó a caer y el soldado la cogió.

—¿Se encuentra bien, miembro?

—Sí.

Caminaron lentamente hasta la orilla, seguidos por Gislason. Cuando llegaron a tierra firme, ella volvió la vista atrás. En la puerta había otro soldado, esta vez una mujer. Cerró la puerta y la luz que salía del avión se apagó. Un instante más tarde vio una linterna en la mano del soldado de las cejas azules. La enfocó por delante de ellos, sobre una playa rocosa.

—Vamos.

Ella volvió a seguirlo como si estuviera en medio de un sueño. La luz de la linterna hizo visibles las piedras y luego la vegetación musgosa. Ascendieron por una pendiente. Alrededor de ellos había objetos, aproximadamente de la misma altura que las personas, pero estaban inmóviles y en silencio. ¿Qué eran?, pensó Anna. El soldado levantó su linterna y enfocó el haz de luz sobre un árbol lleno de tocones. Una gruesa pelusa cubría el tronco y las ramas. No tenía hojas.

—¿Dónde estamos? —preguntó Anna—. ¿En la mitad sur del continente?

—Creo que no puedo decírselo —respondió Gislason.

Si hubiera sido de día, podría haber buscado animales con caparazón y garras. Pero tales animales eran diurnos. Tanto ellos como sus depredadores necesitaban el calor del sol.

La luz de la linterna mostró un acantilado que se extendía por delante de ellos, bajo y de piedra oscura y desigual, con una abertura por la que entraron: una cueva poco profunda. Al fondo había una puerta. Anna la habría pasado por alto incluso con luz de día. Estaba muy bien disimulada.

El soldado empujó y la puerta se abrió. Más allá de ésta se extendía un pasillo de hormigón, con tubos encendidos en el cielo raso. La luz que proyectaban era pálida y tenía un matiz azul.

—Bienvenida a Camp Freedom{Freedom significa literalmente libertad. (N. de la T.)} —anunció el soldado.

<p>XIV</p>

Entraron: primero Anna, luego Gislason y por fin el soldado, que cerró la puerta. Por el lado interior era de metal y tenía una rueda. El soldado la hizo girar como si estuviera cerrando la antigua cámara acorazada de un banco.

—Avance por el pasillo —le indicó Gislason.

Sus pasos retumbaron levemente. Anna no oyó nada salvo el zumbido de un sistema de circulación de aire. Unos cien metros más adelante llegaron a otra puerta. El soldado la abrió. Al otro lado había luces brillantes y se oía una melodía. Anna reconoció la canción. Había sido un éxito cuando ella llegó por primera vez al límite de la Confederación: Vivir en el límite de la Confederación. Ya no recordaba el nombre del grupo. Habían aparecido y desaparecido como un cometa. Pero aquella canción era fantástica: la mejor descripción que había oído de lo que suponía vivir «Donde nadie ha estado antes que yo / y todas las reglas son nuevas» y «los mensajes de la Tierra se convierten en ruido».

Sin embargo, en ese momento la música estaba demasiado alta y no logró entender las palabras. Un sistema de sonido que no era nada del otro mundo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Gislason.

El soldado de las cejas azules se encogió de hombros.

Este otro pasillo tenía puertas a ambos lados. Pasaron junto a unas cuantas, todas cerradas, y finalmente llegaron ante una que estaba abierta. Gislason la cogió del brazo y la hizo entrar.

Un despacho corriente, con una mujer de aspecto corriente sentada detrás de un escritorio. Ni siquiera llevaba mohawk; el pelo —grueso, rizado y negro— le cubría la cabeza… Llevaba ropa de calle en lugar de uniforme militar: chaleco azul marino y blusa plateada del cuello alto. La corbata era oscura y estrecha y estaba sujeta con una aguja plateada con forma de delfín.

Gislason cerró la puerta. El volumen de la música bajó notablemente.

—¿Por qué hacen tanto ruido?

—Tenemos problemas con el aislamiento acústico —respondió la mujer—. Entre las habitaciones y el pasillo. En ningún otro sitio. No se oye nada de una habitación a otra, y el sonido no se filtra al exterior. Me he asegurado muy bien de eso. Pero teniendo en cuenta la situación, la música no me parece mala idea. —Hizo una breve pausa—. Y ayuda a levantar la moral. Nos recuerda que estamos luchando por la civilización humana. Usted debe de ser la miembro Pérez.

—Así es. Me gustaría saber exactamente en qué me he metido. ¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar? ¿Y qué ocurrirá con mi barca? ¿Acaso el enemigo, me refiero a los hwarhath, no será capaz de localizarla? ¿Qué pensarán cuando la encuentren vacía?

—No voy a contestar a todas sus preguntas —aseguró la mujer—. Le hablaré de la barca. A estas alturas… —miró el reloj—, debería estar hundida.

—¿Qué?

—Lo único que encontrará el enemigo serán los restos de un naufragio; la barca estará demasiado hundida para sacarla. Si la localizan o la llevan a la superficie, ¿qué pruebas encontrarán? —miró a Gislason.

—Las de un incendio originado en la galera —respondió—. Una avería eléctrica en la cafetera. Las llamas llegaron a los tanques de combustible y… ¡bum!

—Hijo de puta —dijo Anna.

—No tiene motivos para creer que la madre del teniente Gislason es en modo alguno responsable de la actual conducta de éste —puntualizó la mujer—. El enemigo no encontrará ningún cadáver, por supuesto. En el mar ocurren esas cosas. La corriente se los lleva. ¿Quién sabe adónde van a parar? Aunque siempre es posible que los cadáveres aparezcan tiempo después.

—¿Qué? —preguntó Anna.

—Un cadáver —dijo la mujer en tono tranquilizador—. No el suyo, por supuesto. El de Sanders. Preferiríamos conservarlo vivo. Sin embargo, debería ser posible conseguir la mayor parte de la información en una semana, o dos, o tres. Después de eso, podríamos liquidarlo, si resulta necesario.

¿Quién era aquella persona? Anna pensó rápidamente en los monstruos famosos de los dos últimos siglos. Nadie había demostrado con certeza que el doctor Menguele hubiese muerto. Pero al cabo de ciento noventa años… Y el coronel Peterson estaba enterrado bajo un monumento de granito negro, después de haber dedicado su vida (como decía la inscripción) a la causa de la salud pública de Estados Unidos.

—Él reaparecerá sólo si los hwarhath insisten en que presentemos pruebas de su muerte. Bueno, si insisten, su cadáver aparecerá flotando en alguna playa. —Hizo una pausa—. No en el mejor estado, pero reconocible y lo suficientemente entero para que puedan determinar que murió ahogado.

Caray, realmente disfrutaba con la idea del asesinato; se le notaba en la voz; y también disfrutaba con la idea de aterrorizar a Anna Pérez.

—Si podemos quitárnoslos de encima, si están dispuestos a creer en el accidente, usted y Sanders abandonarán el planeta. Pero no lo harán hasta pasado un tiempo. Mientras tanto, Anna… ¿puedo llamarla así?… está obligada a permanecer en Camp Freedom.

—¿Hay que tomar en serio ese nombre?

—Es el único lugar del planeta donde estamos a salvo de la vigilancia del enemigo. —La mujer hizo una pausa—. Y libres de las interferencias de los civiles. Sí, Anna, el nombre puede tomarse en serio. —Se puso de pie. Anna pudo ver entonces los pantalones de corte marinero que completaban el traje—. La acompañaré a su habitación.

Dejaron a Gislason en el despacho. La mujer la condujo pasillo abajo. Sonaba otra canción, una que Anna no conocía. La música seguía demasiado alta y sin embargo ella seguía sin entender las palabras, aunque tuvo la impresión de que eran en inglés.

Se desviaron por un pasillo lateral. El volumen del ruido disminuyó un poco.

—Por aquí —dijo la mujer y abrió una puerta.

Otra habitación absolutamente corriente. Tenía el aspecto de un dormitorio. Una mesa, una silla, una cómoda, una cama, una segunda puerta que conducía a un pequeño cuarto de baño. Sin ventanas, por supuesto.

—En el cuarto de baño encontrará toallas, junto con los artículos de primera necesidad: cepillo de dientes, peine, y todo eso. En la cómoda tiene ropa de recambio. En la mesa hay un ordenador. Le he pedido la cena, verduras al curry con arroz. Me temo que toda nuestra comida es vegetariana. Espero que no le importe.

Se sorprendió respondiendo:

—No, por supuesto que no. Casi nunca como carne.

—Fantástico. —La mujer sonrió—. La puerta estará cerrada con llave. La verdad es que no queremos que se vaya a pasear por el campo. Por favor, entre.

Anna lo hizo sin protestar, luego se volvió y abrió la boca. La puerta se cerró. Oyó el chasquido de la cerradura.

Se sentó en la cama. Era una prisionera, retenida por personas que habían destruido deliberadamente la única barca de investigación existente en un radio de varios años luz, propiedad del gobierno que les daba empleo. ¿Qué clase de malditos criminales eran?

Asesinos, decidió un instante después. Sin duda eso explicaba por qué Nicholas parecía tan asustado. Seguramente él lo sabía.

Ella había hecho lo que correspondía al enviar el mensaje.

¿Y si no llegaba? ¿Y si nadie hacía nada? Se echó el pelo hacia atrás y se frotó la cara. Sentía los músculos tensos. ¿Y si el servicio de información militar se enteraba de la existencia del mensaje? Ahora se daba cuenta de que eso era posible, tal vez incluso probable.

Su cuerpo aparecería flotando en la playa y tal vez después no tuvieran necesidad de asesinar a Nicholas. Si el cuerpo de Anna aparecía, quizás eso convencería a los hwarhath de que el accidente había sido real.

Tal vez no fuera necesario que descubrieran el mensaje. Quizá ya estaba condenada. Había hecho lo que ellos querían. Ya no les servía y —como decían las obras holográficas— sabía demasiado.

Por otra parte, Nicholas era sumamente valioso. Tenía sentido eliminarla a ella primero.

Empezó a temblar. ¿Cómo se las había arreglado para meterse en aquel lío?

Había hablado con un hombre agradable. Había aceptado a alguien nada más conocerlo. Le había caído bien porque mostraba curiosidad y le hacía preguntas interesantes.

La puerta se abrió y apareció el soldado de las cejas azules.

—La cena —anunció, y dejó una bandeja en la mesa—. ¿Todo está bien? ¿Necesita algo?

—Necesito salir de aquí.

—Lo siento, miembro. Será mejor que le diga que esta habitación está bajo vigilancia. Eso puede ahorrarle algunas molestias. —Sonrió—. Todos hacemos cosas que preferiríamos que los demás no vieran. Que pase una buena noche.

Salió. Anna se puso de pie. No tenía hambre, pero en la bandeja había media botella de vino blanco. No era muy adecuado para el día que había pasado, pero tendría que servirle. La abrió, llenó un vaso y volvió a sentarse. Era ligeramente dulce. ¿Un Chardonnay?

Cuando se terminó el vino, decidió que era demasiado pronto para dejarse dominar por el pánico. No sabía lo suficiente. Su tutor de la escuela para graduados le había dicho que aquél era su mayor defecto. Formulaba teorías y sacaba conclusiones antes de tener los datos.

Abrió la cómoda y encontró un camisón: largo hasta el suelo y de auténtica franela con un estampado de flores realmente encantador.

¿Qué clase de gente era aquélla? ¿Y qué significaba el camisón? ¿Era posible asesinar a alguien después de proporcionarle un camisón de franela?

Al cabo de un instante decidió que sí. Era posible, aunque no justo.

Se llevó el camisón al cuarto de baño y llenó la bañera. El agua estaba caliente y le habían proporcionado gel de baño. Esto era cosa de la mujer sin nombre, la directora, evidentemente, de Camp Freedom. Parecía una conducta propia de ella: la anfitriona perfecta. Aquel lugar debía figurar en la Guía de Posadas Campestres y Campos de Concentración. Anna agregó gel al agua. Produjo una abundante espuma.

Después se cepilló los dientes y se metió en la cama. Se quedó un buen rato a oscuras, pensando en la posibilidad de la muerte, y finalmente se deslizó en un sueño agitado, del que se despertó a menudo. Sus sueños eran fragmentados y desagradables. Unas cosas le perseguían. No podía correr.

Al despertarse definitivamente oyó una música alta y confusa. La puerta de su habitación estaba abierta. El soldado de las cejas azules estaba de pie en la entrada.

—Lamento molestarla, miembro. Me iré enseguida. —Dejó una bandeja en la mesa y recogió la de la cena—. Y debo disculparme también por el desayuno. En la cocina tenemos problemas. La doctora quiere verla cuando esté lista.

—¿Quién?

—Ayer la conoció.

La mujer del pelo rizado.

El soldado se marchó y ella se levantó. En la bandeja había judías negras, arroz y café solo. En realidad, no estaba mal. El café era mucho mejor que el del avión. Cuando terminó de comer, se puso su propia ropa. Estaba sucia e impregnada de sal, pero quería tener que ver lo menos posible con el servicio de información militar.

Cejas Azules regresó y la acompañó al despacho de la Doctora Sin Nombre. Ella estaba allí, sentada detrás del escritorio. Hoy llevaba una blusa de color rojo fuego y un chaleco negro. La corbata era de malla plateada. Gislason estaba apoyado contra una pared, con los brazos cruzados y expresión… ¿sardónica, tal vez? Anna no estaba segura de lo que significaba la palabra «sardónica». Pero algo andaba mal; lo vio en la expresión del hombre. El capitán Van estaba en un rincón, hundido en una silla, y parecía abatido.

—Por favor, tome asiento —le indicó la doctora.

Anna se sentó en la última silla.

—Ha surgido un problema —anunció la doctora.

—¿Qué?

Esta vez fue Gislason quien habló:

—El enemigo nos localizó anoche, poco después de que fuera trasladada a su habitación.

Anna abrió la boca y él levantó una mano.

—Aquí no, miembro. De momento, éste es el único lugar del planeta controlado por seres humanos. Ellos llenaron la pista de aterrizaje de cohetes e hicieron entrar tropas de combate en el recinto y en la estación. Todo muy rápido. Y muy efectivo. Nuestra gente tuvo tiempo de enviar un mensaje. Lo que oímos a continuación fue un anuncio de los hwarhath en el que se decía que controlaban todo y a todos. Tienen como rehén a toda la población humana del planeta. Sus amigos, mis amigos, los diplomáticos.

No bromeaban.

—Quieren dos cosas: a Nicholas Sanders y tiempo suficiente para salir de aquí sanos y salvos. Si no consiguen esas dos cosas, matarán a todos los seres humanos del planeta. Hombres y mujeres, dijeron. Creo que lo de las mujeres es un farol —dijo el capitán Van—. Pero no cabe duda de que matarán a todos los hombres, militares y civiles. En su cultura no existe el concepto de hombre civil. Todos los hombres son soldados; y no tienen ningún problema en asesinar soldados.

—¿Qué ocurrió con su plan? —preguntó Anna—. ¿Con la historia sobre Nicholas y yo?

—No lo sabemos —respondió la doctora.

—Seguramente no la creyeron —intervino Gislason.

—Así que ahora tenemos que decidir cómo responder —añadió la doctora.

—Concédanles lo que piden —sugirió Anna.

Gislason sonrió sin ganas.

El capitán Van dijo:

—Quieren una tercera cosa, miembro Pérez. A usted. Y en perfecto estado, dijeron. Intacta. ¿Por qué, miembro?

El mensaje, por supuesto. Los alienígenas lo habían recibido. Pero no podía decir a aquel trío de villanos que ella era la persona que había hecho fracasar su plan.

—No tengo ni idea.

—Usted lo sabe —dijo Gislason.

—Creemos que usted encontró la manera de traicionarnos —afirmó la doctora.

Anna guardó silencio.

—¿Realmente importa? —preguntó el capitán Van.

La doctora asintió.

—Claro que importa. Si estamos en lo cierto, la miembro Pérez es culpable de traición.

—¿No cree que más le valdría decidir qué hacer con respecto al ultimátum de los hwarhath? —preguntó Anna.

Gislason extendió los brazos y se irguió.

—Sabemos lo que vamos a hacer. Aquí no tenemos medios de transporte. Fue un error, pero queríamos tener los aviones lo más lejos posible por si el enemigo encontraba la forma de localizarlos. Así que estamos obligados a permanecer aquí. No podemos ir a ninguna parte; y en el recinto hay personas en manos del enemigo que conocen la existencia de Camp Freedom. Alguien hablará. Creo que todavía nos queda un día, o tal vez dos, hasta que llegue el enemigo.

—Si luchamos —dijo el capitán Van—, morirán cientos de personas.

—Pensamos en matar a Nicholas Sanders —dijo la doctora—. En ese caso, al menos, ya no serviría de nada al enemigo.

Gislason hizo una mueca.

—Ya vio cómo estaba ayer. Actuaba como si lo estuviéramos despedazando, y apenas lo habíamos tocado.

—Unas cuantas drogas —le aclaró la doctora—. Nada más. Tendrían que haber servido para que respondiera al interrogatorio. En lugar de eso… —La doctora frunció el entrecejo—. Debió de ser un efecto paradójico. Se agitó más, en lugar de tranquilizarse. Parecía tener alucinaciones.

—El hombre no es útil a nadie, ni a los humanos ni a los alienígenas —sentenció Gislason—. Lo único que le sacaron fue información, y seguramente hace muchos años que les dijo cuanto sabía. —Miró a Anna—. No vamos a luchar, miembro. No hay forma de hacer que Sanders abandone el planeta, o incluso el campamento. Así que lo hemos perdido a él y toda la información que tiene sobre el enemigo. No veo qué sentido tiene asesinarlo, y el capitán tampoco —Gislason miró a Van, que aún estaba hundido en la silla, con aspecto abatido—. Hoy nos pondremos en contacto con el enemigo y negociaremos un intercambio: usted y Sanders por todos los demás. Pero nos gustaría saber qué hizo usted.

La doctora se inclinó hacia delante.

—Podemos averiguarlo, miembro. Las drogas que atemorizaron a Nicholas Sanders sirven con cualquier humano.

Era como estar rodeada por una aureola negativa. En cualquier momento uno de aquellos maníacos empezaría a atusarse un bigote inexistente. «¡Ajá, mi bella muchacha! ¡Ya te tengo!» Pero hablaban en serio. Eso era lo más terrible. Y también hablaban en serio al mencionar las drogas y el asesinato. Había una frase que no lograba recordar sobre la banalidad del mal. Una vieja frase, probablemente del siglo XX, un siglo muy azotado por el mal. Estaba divagando. ¿Qué demonios iba a hacer?

—Creo que tendrán que utilizar la droga —contestó—. Es la única manera de que crean que no hice nada. Tal vez ellos quieran saber qué ocurrió. Quizá me detengan para interrogarme.

—Muy bien —dijo la doctora.

—Esto es ridículo —opinó el capitán Van—. Soy el oficial de mayor graduación que hay aquí, y no permitiré que siga interrogándola. La entregaremos al enemigo en perfectas condiciones, como se nos exige. No pondré en peligro la vida de cientos de personas para satisfacer su curiosidad, doctora.

Miró a Gislason.

—Por favor, vuelva a llevar a la miembro Pérez a su habitación. Después… —suspiró— decidiremos qué diremos a los hwarhath.

<p>XV</p>

Pasó el resto del día en su habitación. Un soldado, una mujer latinoamericana, le llevó el almuerzo: un bocadillo de queso y café. Anna le preguntó si había novedades.

—No puedo decirle nada —respondió la mujer en castellano.

Cuando terminó de comer sacó el ordenador y examinó el directorio. Contenía un programa universal de pasatiempos: ajedrez, damas, bridge, la nueva edición de Monopoly y del Revolution, una búsqueda y media docena de novelas. Miró la lista de novelas. Siempre había querido leer Moby Dick. ¿Por qué no ahora?

Empezó a leer.

La soldado latinoamericana le llevó la cena, que consistía en verduras salteadas y arroz. Comió, se duchó y se acostó temprano. Esta vez no tuvo problemas para conciliar el sueño.

Por la mañana reanudó la lectura. Estaba empezando el capítulo que hablaba de la blancura cuando la puerta se abrió. El desayuno, pensó; y era tarde.

Entró un hwarhath: bajo y pulcro, vestido con el habitual uniforme gris. Tenía el pelaje de color gris oscuro, casi negro.

Anna levantó la vista, sorprendida. Él la bajó de inmediato.

—¿Anna Pérez? —preguntó.

—¿Sí?

—Me llamo Hai Atala Vaihar. Mi rango es el de observador uno-delante, y soy agregado al personal del Primer Defensor Ettin Hwarha. Me han enviado a rescatarla.

—Su inglés es realmente excelente —comentó ella.

Él mostró brevemente los dientes. ¿Era una sonrisa?

—Lo aprendí de un nativo, aunque Sanders Nicholas me dice que no está del todo conforme con mi acento. Mi lengua materna es tonal, y al parecer no puedo perder el deje.

Anna apagó el ordenador, recogió la chaqueta y se la puso. Después de pensárselo se guardó el ordenador en un bolsillo. Moby Dick se estaba poniendo interesante.

—¿Nos vamos? Esta habitación me pone los pelos de punta.

—¿Cómo dice?

—Me pone nerviosa.

—Sí. Vámonos. Usted primero, por favor. Nos iremos directamente. Tengo instrucciones de volver con usted y el portador lo más rápido posible.

Recordó el camino que llevaba a la entrada y lo siguió; el alienígena caminaba detrás de ella.

—¿Cómo está Nicholas? —preguntó.

—En este momento se encuentra bajo los efectos de los tranquilizantes que le dio el enemigo. Han dicho que se alteró y que no lograban serenarlo.

—Intentaron interrogarlo.

Ambos guardaron silencio; después el hwarhath dijo:

—Sanders Nicholas es famoso por su aversión a responder preguntas.

En los pasillos no había nadie, ni humanos ni extraños. La música había cesado. Anna sólo oyó el suave silbido y el zumbido del sistema de ventilación y las pisadas de ambos que retumbaban entre las paredes de hormigón.

¿Qué había sucedido? ¿Los alienígenas también se habían apoderado de aquel lugar?

Pasaron junto a una puerta abierta. Ella echó un vistazo y vio a un hwarhath inclinado sobre un ordenador, pulsando teclas con habilidad y rapidez.

Aquello al parecer respondía a su pregunta.

Salieron al pasillo exterior. La luz de los tubos del techo era tan tenue como antes, pero en el extremo opuesto la puerta estaba abierta y se veía brillar el sol.

Mientras salía a la luz, Anna lanzó un suspiro. ¡Ah! ¡Aire fresco! Corría aire. El cielo estaba salpicado de nubes pequeñas. A su alrededor, las colinas eran de un amarillo intenso. Más abajo, un lago redondo y azul se extendía en medio de un valle poco profundo. A la orilla del agua crecían los árboles. Todos (por lo que ella sabía) eran de la misma variedad: color naranja apagado, de tronco corto y grueso y ramas como palos. Ninguno tenía hojas.

El alienígena se detuvo junto a ella e hizo un ademán. A la derecha había un espacio llano, y en él dos aviones: las alas hwarhath en forma de abanico y un ADV.

—¿Dónde estamos? —preguntó Anna.

—Aún tengo problemas con las distancias de los humanos —respondió el alienígena—. Aunque por fin he aprendido a medir el tiempo. Nos encontramos a dos horas al sur y al oeste de la estación de investigación de los humanos. Sanders Nicholas ya está en el avión. Por favor adelántese, miembro.

Caminó sobre la vegetación semejante a musgo amarillo —era espesa, blanda y elástica, y su débil y seco aroma impregnaba el aire—, luego subió la escalerilla de metal y entró en una cabina muy semejante a la cabina de un avión de los humanos. Por su centro se abría un pasillo, entre filas de asientos. Bueno, ¿cuántas maneras había de transportar grandes cantidades de humanoides?

Los asientos eran más grandes que los de cualquier avión de los humanos: anchos y muy bajos, con brazos anchos y mucho sitio para las piernas. Curioso, considerando que los alienígenas —en conjunto— eran más pequeños que los humanos. No había ventanillas. Qué raro. ¿A aquella gente no le gustaba saber adónde iban?

El alienígena señaló con la mano la parte delantera del avión. Ella avanzó en esa dirección. A mitad de camino se topó con Nicholas. Se encontraba en un asiento junto a la pared de la cabina, encorvado y con la cabeza inclinada a un costado, apoyada en la pared. Lo habían envuelto en una manta. Tenía el rostro blanco como el papel y los ojos cerrados. Junto a él se sentaba un hwarhath.

—Nick —dijo ella, deteniéndose.

El alienígena que estaba junto a él levantó la vista brevemente y volvió a bajarla.

—Nicholas.

Él volvió levemente la cabeza y abrió los ojos. Anna tuvo la impresión de que no la veía. Después dijo algo en un idioma que no reconoció. Su voz parecía cansada.

El alienígena de Anna comentó:

—Creo que no sabe quién es usted, miembro. Está hablando en nuestro idioma.

—¿Qué ha dicho?

—Que no sabe nada. Creo que deberíamos continuar hacia delante.

Anna se sentó varias filas más adelante. El alienígena —¿cómo se llamaba? ¿Vai algo?— se sentó junto a ella y le explicó cómo ajustarse el cinturón de seguridad.

Un par de minutos más tarde se encendieron los motores. El avión despegó. Anna cogió el ordenador que se había llevado de su celda, lo activó y terminó de leer el fragmento dedicado a la blancura de la ballena.

El alienígena estaba callado, con las manos cruzadas, y no hacía absolutamente nada.

Dos horas más tarde, según el reloj del ordenador, el avión empezó a descender. Anna apagó Moby Dick. El avión aminoró la marcha. El ruido de los motores cambió. El aparato quedó suspendido en el aire y luego descendió. Un aterrizaje muy agradable; apenas se dio cuenta de que tocaba el suelo. Aquella gente parecía competente en todo: un rasgo inhumano.

Los motores se apagaron. Se desabrochó el cinturón.

—Por favor, quédese donde está, miembro. Primero bajaremos a Sanders Nicholas. ¿Puedo preguntarle qué está leyendo?

—Es la historia de un hombre que se obsesionó con la idea de cazar y matar un enorme animal marino.

—¿Y lo logró?

—El animal lo mató a él.

Oyó que se abría la puerta y notó entrar un aire húmedo que olía a mar. Detrás de ella, todos se movieron. Uno de ellos hablaba suavemente en el idioma de los alienígenas.

—Es una historia famosa —añadió Anna.

—¿Es decente? —preguntó el hwarhath.

—Supongo que sí. En realidad, no sé lo que su pueblo considera decente.

—Las historias sobre hombres o sobre mujeres. Pero no las historias sobre hombres y mujeres. Nos resulta difícil estudiar su cultura. Parecen obsesionados con actividades contrarias a la voluntad de la Diosa.

Por alguna razón, la voz cautelosa del alienígena le recordó la del guardia de Nicholas, el joven extraño llamado Hattin.

—Uno de los suyos custodiaba a Nicholas. ¿Qué le ocurrió? ¿Se encuentra bien?

—Encontramos su cuerpo. Sus cenizas serán enviadas a casa. Eso es importante. Cuando llega el final, nos gusta volver a casa.

El alienígena echó un vistazo hacia la parte trasera del avión.

—Ahora podemos marcharnos, miembro.

Ella lo siguió bajo una fría, fina y brumosa lluvia. Después de echar un vistazo a su alrededor, dijo:

—Ésta no es la estación.

—¿Su estación? No.

Los edificios que la rodeaban eran cuadrados, grises y monótonos. No había en ellos ventanas ni detalles arquitectónicos: sólo paredes lisas y desnudas. Seguramente había puertas, pero ella no las vio.

—¿Por qué estoy aquí?

—El Primer Defensor quiere hablar con usted.

—¿Por qué?

—Yo no soy una persona importante, miembro. El Primer Defensor no me dice lo que piensa.

Ella se quedó quieta unos minutos más, mirando los edificios grises y cuadrados, y se encogió de hombros.

—Dígame adónde debo ir.

—Allí —respondió, señalando.

Cuando se acercaron al edificio, ella distinguió una puerta que se encontraba al nivel de la pared y era apenas visible. Él la abrió y entraron en otro pasillo. Éste tenía las paredes grises de metal y el suelo alfombrado de un tono gris ligeramente más oscuro. Caramba, a aquella gente le encantaba ese color. En el aire flotaba un olor raro. ¿A qué? Algún animal desconocido. Del lado interior de la puerta había dos alienígenas armados con rifles. Uno se dirigió a su acompañante. Éste respondió.

El alienígena que había hablado en primer lugar movió levemente la cabeza. ¿Un gesto de asentimiento?

—¿Miembro? —le dijo su acompañante.

Bajaron por el pasillo. Allí había un gran despliegue de actividad. Los alienígenas pasaban junto a ellos y se movían con rapidez y con la gracia atlética que parecía característica de la especie. ¿Acaso entre los hwarhatb no había torpes? Nadie la miró directamente, pero tuvo la sensación de ser observada, de que la miraban de reojo. Aproximadamente la mitad de los alienígenas iban armados, la mayoría con rifles, aunque también vio algo parecido a revólveres, guardados en pistoleras.

Llegaron a otro puesto de guardia. Su acompañante habló con otro individuo armado con un rifle. Éste era grande y corpulento, de pelaje gris pálido con un claro matiz azul. Cuando el individuo levantó la mirada, Anna vio que sus ojos eran del mismo color que su pelaje. Finalmente asintió. Ella y el alienígena avanzaron.

¿El guardia era anormal, o acaso había hwar de diferentes colores? La mayor parte de los individuos junto a los que pasaron eran de distintos tonos de gris, pero su acompañante era casi negro, y había visto a otro hombre cuyo pelaje era de dos tonos: oscuro en las puntas y plateado hacia el interior.

Un tercer puesto de guardia. Otra conversación y otro gesto de asentimiento. Siguieron avanzando y llegaron al final del pasillo. Allí había una puerta, y en ésta un símbolo: una llama dentro de un curioso círculo espinoso.

Su guía tocó la puerta y la abrió.

—Adelante, miembro. La están esperando.

Entró. La puerta se cerró a sus espaldas. Delante de ella vio una mesa. Ante ésta se encontraba sentado un alienígena, de espaldas anchas y aspecto sólido; tuvo la impresión de que era más bajo de lo normal entre su gente. Tenía el pelaje de un gris duro, casi metálico. Levantó la cabeza. Sus ojos azules la miraron directamente.

—Pérez Anna. —Su voz era profunda y suave—. Me resulta difícil mirar a alguien a los ojos a menos, por supuesto, que se trate de un pariente o un amigo. Pero Nicky me dice que entre los suyos, una mirada directa revela honestidad y un espíritu honrado. Así que lo intentaré. Por favor, tome asiento —ladeó la cabeza señalando una silla vacía que había delante del escritorio.

Anna se sentó.

—Habla inglés.

—Hace casi veinte años que conozco a Nicholas. Ésta es su lengua materna, y la lengua de mis enemigos. He aprendido inglés, por supuesto. —Cogió un objeto, una delgada pieza de metal, y la hizo girar entre sus manos. ¿Qué era? ¿Una especie de pluma?—. ¿Por qué envió el mensaje?

—Lo recibieron.

Él guardó silencio durante un instante.

—No directamente, ni enseguida. Lo hemos descubierto esta mañana, cuando estábamos interrogando a… ¿cuál es la palabra? ¿Sus camaradas o sus compatriotas? ¿Sus compañeros de trabajo?

»Ya habíamos actuado, miembro. Su mensaje fue inteligente y… creo… valiente. No era necesario.

—¿Entonces por qué me han hecho venir, si no sabían nada del mensaje?

—Es una mujer. He pensado que tal vez estuviera en peligro. No confiaba en que los humanos la trataran con respeto.

Soltó el objeto que había estado manipulando y se arrellanó en la silla.

—No quiero ser ofensivo, pero ¿por qué los de su especie dan poder a los idiotas? ¿Y cómo esos productos de una inseminación mal realizada pudieron pensar, aunque sólo fuera por un momento, que iba a creerme su historia? Nicky largándose en una barca con una humana, y además mujer. ¿Por qué?

—Les dije que no colaría.

El alienígena frunció el ceño.

—No comprendo.

—Les dije que la historia no era plausible. —Tenía razón. Por supuesto, fingimos creerla. Tuvimos que hacerlo hasta que pudimos regresar a nuestra base; y esos increíbles estúpidos creyeron en nuestra simulación. Nos dejaron marchar. —Parecía furioso y hablaba como si lo estuviera. Uno o dos minutos más tarde se relajó. Anna vio que aflojaba levemente los hombros. Una mano de pelo gris avanzó y tocó el objeto de metal—. ¿Por qué envió el mensaje?

Ella guardó silencio durante unos minutos e intentó descubrir exactamente por qué había actuado de aquella forma.

—Nicholas me gusta, y la gente del servicio de información militar no me cae muy bien. Me obligaron a trabajar para ellos. La verdad es que eso no me gustaba; y vi a Nick después de que lo capturaran. Estaba asustado. Creo que nunca he visto a nadie tan asustado. Uno de los miembros del servicio de información dijo que Nick era un cobarde. Yo no pensaba igual. Me dije: él conoce a esta gente y sabe lo que le van a hacer, y es algo realmente desagradable.

El Primer Defensor pareció reflexionar. ¿Era así? ¿Estaba interpretando correctamente su expresión?

—Tiene razón cuando dice que Nicky no es un cobarde. ¡Ja! ¡Ésa es una palabra terrible! Pero tal vez usted no comprendió lo que veía. Iban a interrogarlo, miembro. Él debía saberlo. Era evidente. Y no le gusta que lo interroguen. —Volvió a hacer una pausa y pareció reflexionar otra vez. Luego se inclinó hacia delante y apoyó los brazos en la mesa. Anna tuvo la sensación de que había tomado alguna decisión—. Hace veinte años, cuando lo capturamos, era la primera vez que cogíamos a un enemigo que hablaba fluidamente nuestro idioma. Sabíamos que podía comprender nuestras preguntas, y que nosotros podíamos comprender sus respuestas. Era nuestra oportunidad para conseguir gran cantidad de información que no fuera ambigua.

»Nicky era irreemplazable. No podíamos probar con él nada que fuera experimental. Teníamos que… ¿cómo decirlo? Teníamos que movernos sobre seguro. Tuvimos que utilizar los métodos de interrogatorio más antiguos, seguros y mejor conocidos.

»¡Recuerde cuánto tiempo ha pasado! Ahora disponemos de drogas que hacen que a su gente le resulte difícil mentir o eludir las preguntas. Ahora tenemos equipos que indican si un humano está diciendo o no la verdad.

»En aquel entonces no los teníamos, y eran muchas las cosas que no sabíamos de la fisiología humana. —Vaciló un instante—. Utilizábamos el dolor. Es sencillo. Es fiable. Es universal.

Anna empezaba a sentirse mareada, y el hombre que estaba sentado ante la mesa le parecía cada vez más inhumano. Era corno la notable transformación de El retorno del hombre lobo, cuando Lewis Ibrahim se convertía en el propio escenario, ante los ojos del público, en un monstruo peludo.

La voz suave siguió sonando.

—Él era muy sensible a los métodos que utilizábamos, y conseguimos gran cantidad de información. La mayor parte era nueva, y no había forma de comprobarla. Pero sí pudimos comprobar parte de esa información, y descubrimos que estaba mintiendo. De modo que tuvimos que volver a interrogarlo; y al comprobar las nuevas respuestas, descubrimos nuevas mentiras. Nos llevó mucho tiempo tener la certeza de que decía la verdad; y en algún momento nos interesamos más en Nicky que en la información. Queríamos ver cuánto más podía soportar y qué intentaría a continuación. Nos dimos cuenta de que estábamos aprendiendo algo valioso sobre la psicología humana. —Hizo una pausa y miró el objeto que tenía entre las manos: el largo y delgado objeto de metal.

«Finalmente nos detuvimos. Creo que le sacamos casi todo cuanto tenía que decir, aunque no estoy del todo seguro. Es el mejor mentiroso que he conocido jamás.

»Aún tiene sueños relacionados con los interrogatorios. A veces se despierta y no se da cuenta de dónde está. Tiene los ojos abiertos, pero sigue soñando, y está muy asustado. Yo tengo que… ¿cuál es la expresión? Hablarle hasta que vuelve en sí. Trazarle un camino verbal que lo devuelva a la realidad.

—Habla como si usted hubiera estado allí en el momento en que ocurrió.

—¿Hace veinte años? ¿Cuando interrogamos a Nicky? Estaba allí. Siempre me ha interesado el género humano.

A Anna le pareció estar de pie al borde de un abismo. Si miraba hacia abajo, vería cosas retorciéndose en las sombras. ¿Si miraba hacia abajo? Maldición, lo estaba haciendo. ¿Por qué demonios aquellas dos personas estarían juntas? En realidad, no quería saberlo.

—La mayoría de las veces, puedo interpretar las expresiones humanas —afirmó el Primer Defensor—. Usted parece turbada. Debería estarlo. Ha interferido en una lucha entre hombres. Y al hacerlo ha ocasionado un problema y creado una obligación.

»El problema es el siguiente: ha puesto en peligro su permanencia entre su propia gente. Lo hizo en un intento por ayudar a Nicky. Esto crea lo que su gente, que al parecer no piensa en nada más que en la procreación y en las actividades del mercado, llamaría una deuda. Mi gente lo llamaría… —hizo una pausa y fijó la vista en la distancia. Qué raro que pudiera darse cuenta de que esas misteriosas y largas pupilas miraban más allá de ella— una obligación recíproca. Es una traducción bastante acertada.

»O tal vez debería decir que su acción puede haber creado una obligación.

»Por lo que puedo deducir, usted actuó por honor y compasión, pero su acto fue innecesario e inadecuado. ¿El hecho de que su acto fuera innecesario hace que carezca de sentido?

»Lo que usted hizo fue contrario a la voluntad de la Diosa y al sentido común. Pero usted no lo sabía. ¿Cómo puedo juzgar la conducta de un desconocido, de una persona cuya cultura no parece tener la menor idea de lo que es decente? —Hizo una pausa, suspiró y siseó débilmente— ¿Lo que importa es la intención o sólo la acción? ¿Lo qué importa es la acción o sólo el resultado?

»Esto es como la situación que se plantea en una obra heroica. Lo correcto y lo incorrecto están tan enmarañados que no hay forma de separar las hebras. Uno tira de un hilo brillante y descubre que saca algo oscuro.

»No sé con certeza si le debo algo.

Al cabo de un momento, Anna dijo:

—No sabría decírselo.

—No pretendía que un ser humano me aconsejara sobre una cuestión moral. —Miró más allá de ella, en la distancia. Finalmente, dijo—: Haré lo que pueda por usted, aunque no tengo mucho tiempo. —Volvió a mirarla—. Como sin duda sabe, había dos naves humanas. La que estaba en el borde del sistema se alejó. Creemos saber cuánto tiempo lleva llegar a su base importante más cercana. Hemos estado interceptando los mensajes de exploración que iban y venían. Necesitamos salir del planeta como máximo en un día.

»De modo que… —se interrumpió—. Le ofrezco dos opciones, Pérez Anna. Puede elegir. Le daré asilo. Si quiere, puede venir con nosotros cuando nos marchemos.

—No —dijo ella sin detenerse a pensarlo.

—¿Está segura?

Él le estaba pidiendo que diera un paso hacia el abismo.

—Le agradezco el ofrecimiento, pero no.

—Muy bien. Pasaré a la segunda alternativa. Por lo que puedo deducir, toda esta absurda trama fue ideada y puesta en práctica por los soldados que llegaron con el equipo de diplomáticos. Al parecer, los diplomáticos no saben nada, aunque es posible que mientan. No hay tiempo de averiguarlo.

»Nicky me advirtió que había dos grupos, y que no trabajaban juntos. Y me advirtió que los soldados eran peligrosos. Debería haber recordado que son los de su especie.

«Hablaré con su equipo de diplomáticos y les sugeriré que esto no tiene por qué ser el fin de las negociaciones. Podemos culpar de este enredo a los militares. Los diplomáticos, si son inteligentes, pueden salir de esto sin manchar su honor. Les pediré que se aseguren de que usted también lo hace.

—Gracias.

—Es posible que no funcione. —Se removió en la silla y miró algo que tenía sobre la mesa—. Una cosa más, Pérez Anna. Quiero pedirle un favor. No tiene que decir que sí. Estamos aprovechando la actual situación para apropiarnos de todo cuanto hay en el recinto o en la estación que nos sea de utilidad. Principalmente información. —Anna vio el brillo de su dentadura. Decididamente se trataba de una sonrisa, y los dientes de los alienígenas, como los de los humanos, eran cuadrados y blancos. No eran colmillos de hombre lobo. Muy tranquilizador—. Nos gustaría conseguir todo el alimento humano posible. Como seguramente sabe, no compartimos el interés de los humanos por el acto de comer, y los alimentos que nosotros ingerimos no nutren a los de su especie. En algunos casos, los matan. Nuestros laboratorios son capaces de alimentar a nuestros… mis conocimientos de inglés son insuficientes en este sentido… ¿nuestros huéspedes? ¿Nuestros prisioneros? De acuerdo con Nicky, nuestros piensos humanos no proporcionan el grado de placer que su gente espera de la comida.

No supo si el alienígena tenía sentido del humor o si era un pedante rematado. No logró imaginar a Nicholas conviviendo con alguien que careciera de sentido del humor. Pero tampoco podía imaginárselo viviendo con un torturador.

—Usted quiere que yo le diga qué alimentos debe escoger.

—Sí.

Anna reflexionó un instante. ¿Por qué no? Ya estaba metida en un terrible aprieto. ¿Por qué no esforzarse? Tal vez también se sentía conmovida al pensar en prisioneros humanos que comían algo parecido a los alimentos nutritivos y equilibrados que consumían los animales domésticos. Piensos humanos, había dicho el alienígena. Resultaba siniestro.

Asintió.

—Lo haré.

Él tocó algo que había sobre la mesa y habló en otro idioma. La mesa respondió. El Primer Defensor levantó la vista.

—El observador Hai Atala la escoltará hasta las cocinas de los humanos. Gracias por su ayuda.

Aquello era una despedida. Anna se puso de pie.

—¿Nicholas estará bien?

—Supongo que sí. Es muy resistente.

Anna tenía otra pregunta que hacer.

—La gente del servicio de información pensó que usted no haría nada, incluso si descubría lo que estaba ocurriendo. Dijeron que en su cultura los hombres son prescindibles.

—¡Ah! —exclamó el alienígena con un suspiro. Pareció reflexionar. Aunque probablemente era una interpretación suya.

Al cabo de un momento, dijo:

—Creemos que luchar forma parte de la naturaleza de los hombres. Los que luchan se arriesgan a resultar heridos y a morir. Tenemos que aceptar las consecuencias de lo que somos y de lo que hacemos, Pérez Anna. Sabemos que nuestra vida probablemente será corta. Sabemos que es probable que nos perdamos unos a otros.

»Pero no nos resulta fácil perder a nuestros parientes y amigos y jamás utilizaríamos la palabra prescindible, y menos aún tratándose de Nicky. Las personas a las que uno ama jamás son prescindibles.

Parecía un buen punto de partida.

Hai Atala, su guía, permanecía de pie en el pasillo, y parecía al mismo tiempo al tanto y cómodo, como si pudiera pasarse el día esperando sin impacientarse ni perderse nada importante. Como un jugador en la parte exterior del campo. ¿Sería posible enseñar a aquella gente a jugar al béisbol? ¿Les interesaría? Viéndolos moverse, le pareció que el rugby era totalmente descartable. Eran demasiado garbosos y demasiado inteligentes.

Regresaron a la entrada del edificio.

—Estaba pensando en Moby Dick —comentó Anna—. Todos los personajes importantes son hombres, y el argumento trata de la caza, de matar, de Dios y de locura. Existe la posibilidad de que consideraran eso decente.

—Tal vez la lea —comentó Hai Atala—. Gracias por el consejo. No es fácil estudiar su literatura. Ustedes están obsesionados con la reproducción. No me extraña que sean tan numerosos.

Salieron del edificio. Seguía cayendo una lluvia fina y brumosa que empañaba el ondulado paisaje amarillo de la isla y hacía brillar la oscura pista de aterrizaje.

Caminaron juntos en dirección al avión.

<p>XVI</p>

En el momento en que salí de la enfermería el Hawata se alejaba del sistema. El primer gigante de gas se encontraba detrás de nosotros, y estábamos ganando velocidad. Los pasillos empezaban a adquirir la atmósfera habitual de los viajes. No estoy seguro de encontrar las palabras adecuadas para describirla. La función de una nave es viajar, y cuando una nave viaja la gente que va en ella hace lo que se supone que debe hacer. Se mueven hacia el objetivo adecuado; descansan en el centro de sus vidas. Hay una concentración y una confianza que falta cuando matan el tiempo o llevan a cabo las partes menos importantes de su trabajo.

Pero los hwarhath son los seres más maniáticos que conozco con respecto al trabajo.

Me presenté ante el general, que se encontraba en su despacho, tal como me habían ordenado. Era más pequeño que el que tenía en el planeta, aunque al principio no me di cuenta. Tenía encendido un holograma, y una de las paredes se había convertido en una fila de ventanas altas y estrechas. Al otro lado de las ventanas se extendía un paisaje: colinas onduladas y cubiertas por una vegetación baja y de color amarillo. La había visto de cerca. Se parece a la hierba hasta que uno nota que no tiene tallos ni semillas, sólo hojas largas, estrechas y flexibles, de un color dorado desvaído, como hojas de arce al final del otoño. Las colinas estaban salpicadas de árboles. Eran grandes y frondosos —bien pensado, parecían arces— ya amarillos: de un matiz brillante y cobrizo. Unos animales grandes y oscuros pastaban en las laderas de las colinas. El cielo era de un azul claro y profundo.

La tierra de Ettin. La vista era, casi con seguridad, de una de las casas ocupadas por las mujeres de su linaje. [Sí.]

Me senté. El general empezó a pasearse de un lado a otro, cosa muy poco común en él. De vez en cuando se detenía ante su mesa de trabajo y jugueteaba con algo que había en ella: la estatua de la Diosa con su atuendo de Guardiana de la Hoguera, o el largo cuchillo de aspecto amenazador que era el emblema de su rango.

Me preguntó cómo me encontraba. Le dije que muy bien.

—Me advertiste acerca de esa gente, y no te escuché como correspondía.

—Todos cometemos errores.

Observó el holograma.

—No me gusta cometerlos.

Eso es verdad.

—Vaciamos sus ordenadores. Quiero que en cuanto puedas empieces a examinar la información. Eso te mantendrá muy ocupado.

—No hay inconveniente.

—Dejaré que Shen Walha explique cómo te rescató de manos de los humanos. Todo salió bien, salvo por el daño que te hicieron. Y no sé qué va a ocurrirle a la mujer humana. Los de tu especie me resultan incomprensibles. Es posible que le hagan algo. Un castigo, una venganza.

Tras esa introducción, me habló de su conversación con Anna.

Cuando concluyó, le pregunté:

—¿Por qué le contaste esa historia?

—¿La del primer año que pasaste entre los miembros del Pueblo?

Asentí. Él cogió la estatua de la Diosa, la sostuvo un instante y volvió a dejarla.

—Ella no pertenece al perímetro. Ninguna mujer pertenece a él. Pero los de tu especie lo mezclan todo. Nada es seguro. Nadie está protegido.

»No sé si le debes algo. Ella intentó, según su entender, salvarte la vida; y al hacerlo se puso en peligro. Intentaba hacerle comprender que no debe involucrarse en los asuntos de los hombres.

—Por así decirlo.

Pareció desconcertado, pero prosiguió:

—Intentaba hacerle comprender algo acerca de la violencia del perímetro. Vosotros debéis deciros mentiras todo el tiempo acerca de la naturaleza de todo, pero especialmente de la naturaleza de la violencia. En realidad no creo que comprendiera en qué se metía. Quería darle alguna idea. Quería asustarla y hacer que sintiera disgusto y horror.

—Y probablemente lo lograste.

—Estupendo. Como te digo, no estoy seguro de que le debamos algo. Pero si así fuera, me gustaría que se quedara al margen de todo este lío.

Cogió la daga. La empuñadura era dorada y en el pomo llevaba una gema de color rojo púrpura con destellos verdes. Una alejandrita, estoy casi seguro. La hoja medía treinta centímetros y su filo era tan delgado como el de una hoja de afeitar.

—En el recinto había mujeres. Matamos a una, aunque afortunadamente no lo supimos hasta después, y nadie sabe quién cometió el asesinato. No fue necesario hacer que nadie pidiera la opción.

»Les dijimos a los de la nave humana que si salían de la órbita los destruiríamos. Sé que a bordo hay mujeres. Tomamos de rehén a toda la población humana del planeta, sin hacer distinciones entre hombres y mujeres; y hemos dejado algunos misiles para que vigilen el planeta hasta que nos vayamos. Sus programas han sido alterados. Ya no discriminan. No puede razonarse con ellos. No perdonarán a nadie.

—¡Dios mío! —exclamé.

—Lo hice porque no vi otra alternativa; pero ahora debo acudir a los otros principales y preguntarles cómo vamos a combatir a un enemigo como éste. Hay otra pregunta que no les plantearé ya que no confío en que me den una respuesta satisfactoria; pero te la haré a ti, Nicky. Hace mucho tiempo que sé que soy rahaka. Si puedo evitarlo, no tomaré la opción. ¿Cómo voy a vivir con lo que he hecho?

Vivirás con ello, porque tienes que hacerlo, maldito estúpido. [Ah.]

Cuando me separé de él, fui a ver a Shen Walha, el jefe de operaciones del general. La primera vez que vi a este hombre, supe que era un Wally. Es grande y corpulento, de aspecto blando y pelaje de un blanco casi níveo. Tiene manchas en la espalda y en los hombros y los brazos. Las manchas son como las de una onza: círculos grandes y vellosos, vacíos en el centro y a menudo rotos. Son de un color gris muy pálido.

Un individuo grande, corpulento y lleno de manchas que se parece un poco a un oso de felpa. Por supuesto, es un Wally. He sorprendido a casi todos, incluso al general, usando el término como sobrenombre.

Es de una isla del extremo sur del planeta nativo de los hwarhath. Allí el clima pasa de la lluvia al aguanieve y la nieve, y otra vez a la lluvia, y la gente tiene un pelaje largo y espeso. Todos parecen enormes, blandos y mimosos. Y son famosos por su extrema resistencia.

Estaba sentado en su despacho, vestido con su invariable atuendo: unos pantalones cortos. El pobre Wally siempre tiene calor. Tenía las manos cruzadas sobre su enorme vientre peludo. Me miró con sus ojos de color amarillo pálido.

—Tengo entendido que debo darle las gracias por haberme salvado la vida.

—Por haberle devuelto la libertad. No creo que los humanos lo hubieran matado. Tome asiento, si le apetece. —Se rascó el pecho y bostezó, dejando a la vista sus cuatro incisivos. En la mayoría de los miembros del Pueblo, estos dientes son aproximadamente tan salientes como los caninos de los humanos; pero los incisivos de Wally son largos y puntiagudos, y bosteza muchísimo. Él afirma que el calor le da sueño. Yo creo que es una forma de exhibirse.

—El Primer Defensor me dijo que debía preguntarle acerca de la operación.

—Vino a verme hace veinte días y me dijo que usted estaba preocupado, él pensaba que por nada. Pero que sería buena idea tener un plan eventual, del que usted no debía saber nada.

—¿Por qué?

—No puedo decirle cuáles eran los motivos de Ettin Gwarha. En cuanto a mí, no confío en usted. Nunca lo he hecho.

—Oh, sí. Ya.

—De modo que empecé a traer hombres y armas de la base principal del norte: algo todos los días, en el vuelo regular. Los humanos no lo notaron. Estaban demasiado ocupados alborotando con sus aviones indetectables en sus bases absolutamente secretas. Después de tomar el poder, descubrimos dos aviones y dos bases, y sin duda hay más de ambas cosas. ¡Qué locura inútil! Pero los mantenía ocupados.

«Pusimos todo, hombres y armas, en el sector de alta seguridad de la base.

Al que yo no tenía acceso.

—Y cuando el enemigo hizo su brillante movimiento, pudimos vengarnos.

»Fue bastante sencillo. Retirar la pista de aterrizaje. Destruir el vehículo allí mismo. Hacer entrar a los hombres en el recinto y la estación. Empuñar las armas y disparar a unos cuantos enemigos, los extraordinariamente estúpidos o valientes.

«Comunicar a la nave que estaba en órbita que habíamos desplegado misiles inteligentes. Un buen número de ellos, demasiados para encontrarlos y desactivarlos. Si hace algo, si empieza a moverse, la destruiremos y destruiremos a todos los humanos del planeta. No hay mejor amenaza que una gran-amenaza, Nicky.

Frunció el ceño y se rascó la enorme nariz, chata y peluda»

—Sólo había un problema. La segunda nave humana. Le dije al Primer Defensor que quería destruirla. Estaba demasiado cerca del punto de transmisión. Pensé que lograría escapar. Él dijo que no. Quería que yo me tirara un farol. Eso era un error, Nicky. Si hubiera conseguido esa nave, podríamos habernos tomado nuestro tiempo en el planeta. Analizar todos los sistemas de datos lentamente e interrogar a los humanos.

»El Primer Defensor cree que puede reanudar las negociaciones. No quería más violencia de la necesaria. Siempre es una estupidez ser moderado en la guerra.

—Es casi seguro que en esa nave había mujeres. ¿Igualmente la habría destruido?

—Sí. Por supuesto. —Se inclinó hacia adelante y apoyó sus gruesos brazos en la mesa—. Esos perversos desconocidos no son los primeros que intentan escudarse en las mujeres y los niños. No son los primeros que infringen las reglas de la guerra. En el pasado supimos cómo tratar a los que así ofenden a la Diosa.

El método habitual consiste en fundar una alianza. Se dejan de lado viejas disputas, al menos de momento. Los enemigos más acérrimos se unen y todos actúan contra el linaje ofensor.

Si es posible, no se hace daño a las mujeres ni a los niños, al menos directamente. Pero si no es posible detener el linaje criminal sin hacer daño a mujeres y niños, bueno, entonces se les hace; y los hombres que infligen el daño toman la opción en cuanto resulta apropiado. (Una de las cosas que realmente me gusta de los hwarhath es que se puede faltar a casi cualquier regla, siempre y cuando uno esté dispuesto a suicidarse después. Consideran que esto impide que su gente desarrolle malos hábitos.)

Nadie negociará con un linaje que haya infringido las reglas de la guerra, y sólo hay un posible desenlace: una solución definitiva. La aniquilación del linaje ofensor. Los hombres son asesinados y no se acepta a las mujeres ni a los niños en ningún otro linaje. Se convierten en vagabundos y parias. Cuando los niños varones maduran, son asesinados.

Si las mujeres tienen otros hijos —cosa que solía ocurrir en el pasado, aunque los hwarhath no quieren admitirlo—, estos nuevos hijos reciben el mismo tratamiento que todos los demás. No tienen lugar entre el Pueblo. Ellos también son criminales.

Al final, el linaje se extingue. Esto puede llevar una generación o dos, incluso tres. Jamás hay perdón. Los hwarhath creen en las consecuencias y en la genética. Hay ciertos rasgos que no quieren conservar.

Wally comentó:

—Tenemos dos alternativas. Podemos declarar que los humanos son personas que han quebrado las reglas de la guerra, o podemos declarar que no son personas.

—¿A qué se refiere?

Me miró fijamente con sus ojos de color amarillo claro. Su rango es superior al mío. Bajé la mirada.

—Podemos decir que los humanos son animales muy inteligentes, que pueden imitar el comportamiento de las personas pero que carecen de la cualidad esencial de la persona. No pueden distinguir entre lo bueno y lo malo. Carecen de juicio y de discernimiento.

»Creo que existe un buen argumento para esto, y si son animales entonces podemos tratar con ellos como lo haríamos con los animales. No necesitamos preocuparnos por las reglas de la guerra.

—Wally, me asustas.

Volvió a bostezar y a mostrar los dientes. Luego sonrió.

—Nosotros no somos amigos, Nicky. Nunca olvido lo que eres. Un desconocido. Un enemigo. Un traidor a su linaje. Creo que al final traicionarás a Ettin Gwarha.

—No opino lo mismo.

—Tal vez sea sin intención, pero tu espíritu se mueve en dos direcciones, y como todos los humanos te confundes fácilmente. Todo está mezclado. No puedes distinguir lo correcto de lo incorrecto.

Un par de alegres conversaciones matinales. Me fui a practicar hanatsin y luego a revisar las provisiones que el general había birlado a los humanos.


Del diario de Sanders Nicholas, etc.


I

<p>I</p>

El planeta en el que Anna estaba destacada se encontraba en la posición de la Tierra: a 148 millones de kays de una estrella G2 común invisible desde la Tierra. Más lejos había un planeta doble, una de esas anomalías bastante corrientes para volver locos a los teóricos. Ambos mundos tenían atmósfera: densa, venenosa y de un blanco brillante desde la distancia. Para el planeta de Anna eran el lucero del alba y el lucero de la tarde, creciendo y menguando mientras ambos giraban, uno alrededor del otro. En el punto de mayor separación, la estrella se convertía en dos estrellas, y brillaba a ambos lados en el cielo azul grisáceo del amanecer o del crepúsculo.

Más lejos —al otro lado de su planeta— había cuatro gigantes de gas, todos visibles en el cielo nocturno, aunque ninguno tan brillante como los Gemelos. Nadie se había molestado en poner nombre a los gigantes. No había en ellos nada de particular.

Y eso era todo, salvo los habituales fragmentos de escombros espaciales: cometas y planetoides, lunas y anillos y el oscuro compañero que se desplazaba alrededor del sol G2, a una gran distancia. Era una peculiaridad y convertía el sistema en un punto de trasbordo.

El planeta en el que ella se encontraba era habitable para los seres humanos. La atmósfera era notablemente parecida a la antigua atmósfera preindustrial de la Tierra. El océano se componía de H2O. Poseía dos continentes. Uno se extendía por el hemisferio sur y tenía la forma aproximada de un reloj de arena; el otro, mucho más grande, se extendía desde el ecuador hasta el polo norte y se parecía en cierto modo a un bumerang.

Su estación estaba en medio del reloj de arena, en la costa este del estrechamiento. Hasta hacía poco había sido el único lugar del planeta que contaba con lo que algunos llamaban vida inteligente.

Ahora había otra base en el planeta: en la costa sur del bumerang, exactamente en la curva. La habían instalado los alienígenas que se hacían llamar hwarhath. Los humanos les llamaban «el enemigo»; y la estación de Anna —su encantadora y tranquila estación de exploración biológica— estaba llena de malditos diplomáticos.


II

<p>II</p>

Las nubes oscuras se alejaban del océano. En las aguas de la bahía se formaron cabrillas. Anna se abrochó la chaqueta mientras salía del edificio principal y echó a andar en dirección a la playa. En lo que allí cubría el suelo —parecía un musgo amarillo— habían brotado tallos de esporas en los últimos días. Eran altos y plumosos y se inclinaban bajo el viento. Comienzos del otoño. Las corrientes oceánicas empezarían a cambiar, convirtiendo las aguas frías que rodeaban el polo en su particular área de estudio. Ellos se reunirían en bahías como ésta, haciéndose señales unos a otros con elaborados despliegues de luz; luego intercambiarían material genético (cuidadosa, muy cuidadosamente, los zarcillos de apareamiento extendiéndose entre los diversos zarcillos urticantes), y luego se reproducirían. Después de eso, si estaban de humor, unos cuantos se dedicarían a rondar y a conversar con los humanos.

Trepó al muelle, que se extendía, largo y articulado, por la bahía.

Éste era su momento preferido del día. Moverse entre los estrechos segmentos constituía una especie de microviaje. Como en todos los viajes, se sintió (un rato) ajena a su vida. No era la persona que había salido de la estación de investigación, ni la que llegaría a la barca de investigación; podía considerar el pasado y el futuro con el mismo espíritu.

En general, reparaba en el presente. El muelle se elevaba y se hundía, respondiendo a su peso y al movimiento del agua. El viento resultaba frío y limpio.

En la Tierra, un día como aquél hubiese estado lleno de gaviotas y de su estrépito; pero en este planeta no había pájaros, y en cuanto a los insectos nativos, el clima los había obligado a ocultarse. Anna escuchó y sólo oyó el agua y el viento y el crujido metálico que los segmentos del muelle producían al rozar unos con otros.

La barca se encontraba en el extremo opuesto del muelle. Más allá de éste, anclada en medio de la bahía, había una masa flotante de comunicación: medía diez metros de largo, era blanca y se llamaba (como era de prever) Moby Dick.

Trepó a la barca y se agachó para entrar en la cabina. Allí estaba Yoshi, bebiendo té y observando las pantallas. La miró.

—Red-rojo-azul llegó anoche, haciendo golpear los flagelos y con buen tiempo.

—Con tres semanas de anticipación —dijo ella.

Yoshi asintió.

—¿La rutina habitual?

Él volvió a asentir, lo que significaba que la criatura había emitido una serie de luces que significaba «saludos… bienvenida… no agresión».

—Respondí. Todas las luces de Moby funcionan a la perfección. Red trazó un círculo un par de veces, luego hizo la señal de reconocimiento y se alejó —golpeó ligeramente una pantalla con un punto brillante—. Ese es Red. Está cerca de la entrada y no se mueve. Espera a alguien que resulte sexualmente más interesante que Moby.

Después de cinco años, los alienígenas —sus alienígenas— conocían a Moby y sabían que no intercambiaba material genético. Hasta que hubieran terminado de aparearse, no estarían interesados en la masa flotante.

Anna se asomó a la ventana y observó la bahía gris verdosa. Había gotas de agua en el plexiglás: rocío o las primeras gotas de lluvia. La sub-base hwar estaba allí fuera, en una isla cercana a la costa que apenas habría resultado visible en un día claro, lo bastante cerca para que los hwarhath pudieran viajar al recinto de los diplomáticos, pero lo suficientemente lejos para estar razonablemente seguros de tener intimidad.

—Llegarán volando y saldrán a diario —comentó—. Justo por encima de la bahía. Espero que eso no resulte un problema.

—No creo que Red y sus compañeros tengan en mente otra cosa que no sea sexo y miedo, si es que tienen mente. —Se levantó y cerró el termo—. Diviértete, Anna.

Ella se preparó para pasar sus ocho horas, abrió el termo y se sirvió café humeante en una taza. En cuanto Yoshi se fue conectó el sistema de audio.

A Yoshi le resultaban ligeramente irritantes los sonidos producidos por los animales de la bahía. Pero a ella le gustaban: los gemidos y silbidos de los distintos tipos de peces y los estallidos que surgían (casi con certeza) de criaturas semejantes a trilobites que vivían en el lodo del fondo.

¡Ah! Hoy estaba ahí el pez silbador. Se bebió el café y escuchó, vigilando las pantallas de vez en cuando.

A las diez oyó el sonido de un motor, se levantó y salió a cubierta. Allí estaba, el avión hwarhath. Venía del este. Un ala en forma de abanico; la vio cuando pasó por encima. De aspecto completamente corriente, tal vez un poco achaparrada, despuntada y poco elegante, como las naves de los alienígenas. Aunque tal vez era una interpretación suya; vemos lo que esperamos ver. La lluvia caía sin cesar. Un día espantoso para el primer encuentro entre los humanos y la única especie que también viajaba entre las estrellas.

Entró y encendió su equipo de comunicación. Allí, según lo prometido, estaba la pista de aterrizaje, una amplia franja de hormigón sobre la que golpeaba la lluvia. Una docena de figuras se encontraban de pie en la pista, entre los charcos: los diplomáticos humanos. Todos eran civiles, iban vestidos con largos y oscuros abrigos y llevaban paraguas; todos eran hombres. Los alienígenas habían insistido: no negociarían con mujeres, lo cual no decía mucho en favor de su apertura de miras. Pero tal vez había una explicación que justificaba aquella intolerancia; siempre era aconsejable no precipitarse en el juicio cuando se trataba con una cultura realmente extraña.

Los militares humanos estaban fuera de cámara, y todos los demás se encontraban en la estación. La pista estuvo fuera de plano hasta que la bienvenida oficial concluyó y los alienígenas se encontraron a salvo en el interior del recinto diplomático. Pero como gesto de cortesía se había instalado y conectado una cámara en el sistema de comunicación de la estación. Todos los humanos que se encontraban en el planeta podrían ver el momento en que se escribía la historia. Anna llenó de café la taza.

El avión aterrizó. El agua se elevó formando nubes. Los abrigos largos aletearon y los paraguas intentaron escapar, alzándose como cometas tan negras como el carbón. Uno de ellos se dio vuelta. Anna se echó a reír. ¡Qué ridículo!

La puerta del avión se abrió. Ella hizo una pausa, con la taza a medio camino de la boca. Se desplegó una escalerilla y la gente salió. Eran humanoides de aspecto fuerte y sólido, grises como el cielo y la niebla. Sin abrigo ni paraguas. En lugar de eso, los alienígenas llevaban prendas ceñidas al cuerpo, del mismo color que su pelaje.

Se movían bajo la lluvia tan fácilmente —con tanta indiferencia— como si el tiempo no importara, como si la lluvia no existiera. Los primeros portaban rifles, con una tira sobre uno de los hombros, un brazo apoyado sobre el cañón y la boca apuntada hacia abajo. Parecían relajados, pero se movían (notó Anna) con precisión, aunque no con precisión militar. Como atletas o actores.

Muy bonito, pensó. Realmente impresionante. Los alienígenas tenían sentido teatral.

Se repartieron a ambos lados, formando un pasillo. Entonces salieron las personas importantes: más cuerpos grises y robustos y, entre ellos, un cuerpo mucho más alto y más delgado, con los hombros encorvados bajo la lluvia.

Durante un instante la cámara —¿quién la operaba?— se acercó rápidamente. Ella vio un rostro sin pelo, largo y estrecho, con la melena chorreante y los ojos entrecerrados. Un humano.

En ese punto, la transmisión concluyó.

Empezó a apretar botones, intentando al principio recuperar la imagen, y luego localizar a alguien de la estación. Fue inútil. Su equipo seguía encendido. Podía oírlo: un zumbido débil y bajo. Pero salvo ese zumbido, nada salía de él. Todo el sistema debía de estar apagado.

Salió a cubierta. El recinto diplomático se encontraba en la cumbre de la colina que se alzaba detrás del puesto de investigación. Era un grupo de cúpulas prefabricadas, apenas visible bajo la lluvia. La pista de aterrizaje, más allá del recinto, quedaba completamente oculta.

Pudo ver el puesto de investigación, con el aspecto de siempre: edificios bajos situados en medio de un paisaje de musgo amarillo. Las luces brillaban en las ventanas. Alguien salió por ana puerta, atravesó a toda prisa el espacio abierto y luego se agachó y entró por otra puerta. Sin correr, se dijo, simplemente apresurándose a causa de la lluvia.

Anna volvió a entrar e intentó activar otra vez el equipo de comunicación. Todavía nada. ¿Qué estaba ocurriendo?

Intentó mantener la mente concentrada en el problema que la ocupaba, pero no dejaba de pensar en la pista de aterrizaje y en el hombre que bajaba por la escalerilla del avión de los alienígenas.

La humanidad había encontrado a los bwarhath… ¿cuándo? ¿Hacía cuarenta años? En todo ese tiempo, nadie había cambiado jamás de bando, al menos que ella supiera. Estaban los otros, los incognoscibles, las personas de las horribles naves achaparradas y más veloces que la luz, que entraban en nuestro espacio y huían si nuestras naves las encontraban, o luchaban y quedaban destruidas. Después de cuarenta años de escaramuzas y espionaje, ¿qué sabía la humanidad sobre ellos? Conocía una de sus lenguas. Algo acerca de su capacidad militar. Habíamos trazado mapas con los límites de su espacio, pero nunca habíamos encontrado un planeta colonizado; sólo naves y más naves y algunas estaciones en la infinidad del espacio. (Anna había visto un holograma de una de ellas: un cilindro enorme que giraba a la luz de un sol rojo y apagado.)

Todo armado. Por lo que sabían los humanos, los alienígenas no tenían sociedad civil. La humanidad nunca había tenido una cultura —ni en Esparta, ni en Prusia, ni en Estados Unidos— tan completamente dedicada a la guerra.

¿Qué hacía entonces aquel hombre —este humano de aspecto absolutamente corriente, de pelo lacio y rubio— entre los alienígenas? ¿Era un prisionero? ¿Por qué habían llevado a un prisionero con su equipo de negociadores?

Volvió a salir a cubierta. Nada había cambiado. Tal vez debiera acercarse y preguntar qué sucedía. Pero si había problemas, lo mejor sería mantenerse al margen; y si había problemas, ¿no vería a un montón de gente corriendo y el destello de las armas de luz?

Pasó aproximadamente una hora yendo y viniendo de la cabina a cubierta. No ocurrió nada, salvo que los peces silbadores se hundieron en las profundidades del agua y no pudo oírlos más. Mierda. Mierda. Si hubiera querido estar en una guerra, se habría unido a los militares y habría recibido educación gratuita.

Finalmente, a la una, la pantalla de comunicación volvió a encenderse; vio el rostro de Mohammed, oscuro y delgado.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Anna.

—Hemos tenido un corte temporal de electricidad —respondió él con cautela—. No es probable que vuelva a ocurrir. Así me lo han asegurado.

Mohammed era el experto del sistema de comunicación. Él no echaba la culpa a otro cuando se trataba de un problema técnico; de modo que el problema no había sido técnico. Alguien había arrancado el enchufe.

—¿Qué ocurre con los alienígenas?

—Se han ido al recinto diplomático, como estaba previsto.

Ella abrió la boca y él alzó una mano.

—No sé nada más, Anna.

Ella apagó el equipo de comunicación y se dedicó a observar las otras pantallas.

A las dos, uno de los compañeros de Red entró en la bahía. Anna lo captó con el sonar; se desplazó rápidamente por la estrecha entrada del canal y se detuvo al notar la presencia de Red. De día las criaturas no utilizaban luces, sino que se comunicaban con productos químicos que expelían en el agua. Ninguno de los instrumentos de Anna conseguía captar los productos químicos a esa distancia. Sólo pudo observar los dos puntos en su pantalla. Permanecieron inmóviles durante un buen rato.

Finalmente, el nuevo alienígena avanzó. No se acercó a Moby Dick, aunque no tenía forma de evitar la masa flotante, y Moby tenía un parecido superficial con un alienígena. Lo suficientemente bueno para burlar a Red, al menos al principio. Pero aquel individuo no demostró el más mínimo interés, lo que parecía indicar que había obtenido información de Red.

Anna imaginó una conversación.

¿Hay alguien ahí?

Sólo esa extraña criatura que puede hablar como nosotros pero que nunca intenta comerse a nadie ni joder.

¡Ah, bueno! No hace falta molestarse siquiera en decir hola.

La criatura se detuvo en medio camino de la bahía. A las tres llegó María.

—Llegas tarde.

—Me he entretenido en la estación. Esto te va a volver loca, Anna. Un centenar de trabajadores sobre el terreno, todos especulando al mismo tiempo, y ninguno tiene suficiente información para decir algo que tenga sentido.

—Fantástico. Red tiene compañía. Acaba de llegar, y no ha intentado acercarse a Moby. Si no son inteligentes, lo simulan muy bien.

María sacudió la cabeza.

—Lo que tenemos aquí, Anna, es un puñado de medusas enormes con un extraño sistema nervioso. Una especie inteligente la forman esas personas que se encuentran en la colina.

—Quizá —dijo Anna.

Regresó lentamente al puesto. La lluvia se había convertido en niebla y los animales nocturnos salían de sus madrigueras. La mayoría eran de una misma especie: largos y segmentados, y con múltiples patas. Sus lomos brillaban bajo la luz de las farolas. (¿Cuál era el nombre correcto de las cosas que se encontraban a decenas de años luz de la calle más cercana?)

Supo que eran cazadores; buscaban los gusanos que saldrían a la superficie atraídos por la humedad, no de un modo inteligente, aunque estaban espléndidamente preparados para lo que hacían. Los alienígenas de Anna eran diferentes. Tenían cerebros, hasta diez en un solo animal, todos interconectados; pero Red y sus compañeros de la bahía tenían unos cinco cerebros como máximo. Estaban semidesarrollados. Los individuos grandes, con zarcillos de un centenar de metros de largo, nunca se apareaban ni salían del océano profundo.

María tenía razón con respecto al puesto. El comedor estaba lleno de gente, y el nivel de ruido era más alto de lo habitual. Se sirvió la comida y fue a buscar a Mohammed. Estaba en una mesa de un rincón, rodeado de gente que lo miraba atentamente. Era evidente que querían saber lo que había ocurrido con el sistema de comunicación.

Anna se detuvo con la bandeja en la mano y Mohammed alzó la vista.

—No quería hablar del sistema de comunicación, Anna. Durante la transmisión del aterrizaje tenía a mi lado a un militar. Cuando ha visto lo que salía del avión, ha cortado la electricidad y no ha querido volver a conectarla durante más de una hora. ¡Criptofascista! Te aseguro que me he puesto furioso.

—¿Alguien sabe qué le ha ocurrido al hombre? —preguntó alguno de la mesa.

—Debe de estar en el recinto diplomático, ¿no? No está en la estación, y no habrán dejado al pobre individuo bajo la lluvia, en la oscuridad.

Anna sonrió. Aquello era típico de Mohammed. Había utilizado una palabra como «fascista» como si supiera lo que significaba, y al mismo tiempo creía que la gente era civilizada. Existe una forma correcta de comportarse; no se puede dejar a un miembro de una misión diplomática bajo la lluvia.

Alguien más dijo:

—No se saldrán con la suya, ¿verdad?

Ella no supo a quién se refería… ¿A los hwar? ¿A los militares humanos? Y no estaba interesada en escuchar las especulaciones. Hizo a Mohammed un gesto de asentimiento, dio media vuelta y buscó una mesa en la que hubiera un sitio vacío.

Más tarde, mientras iba de un edificio a otro, oyó el grave rugido del avión alienígena y levantó la vista. Vio las luces —blancas y ámbar— que se movían por encima de su cabeza, en dirección al mar.


III

<p>III</p>

El avión de los alienígenas llegó a la mañana siguiente y se marchó por la noche. Esto parecía indicar que las negociaciones continuaban tal como estaba previsto.

En el recinto no se dijo nada con carácter oficial. Las conversaciones eran secretas; siempre lo habían sido, y no aparecían reportajes en ninguna de las redes. Los de la estación habían recibido un poco de información por una cuestión de cortesía y porque estaban demasiado cerca para permanecer completamente sumidos en la ignorancia; ahora también ellos quedaban excluidos.

Al cabo de tres días ella recibió las primeras noticias oficiosas. Llegaron por medio de Katya, que estaba exprimiendo a uno de los diplomáticos: un hombre muy joven que hablaba demasiado. Katya le sacó información al diplomático —que tenía un nombre curioso: Etienne Corbeau— y luego se la transmitió a un grupo selecto de amigos, personas que, estaba segura, guardarían silencio. Sería una pena que los otros diplomáticos los descubrieran.

—Están usando al hombre como traductor —dijo Katya—. Es su traductor más importante. Según Etienne, el primer día presentó al principal kwar, que es algo así como un general, y luego dijo: «Mi nombre es Nicholas. No cometan el error de pensar que mi lealtad está en modo alguno dividida, y no crean que lo que digo tiene algo que ver conmigo. Cuando hablo, el que habla es el general.» O algo así. A Etienne le encanta adornar las historias. La gente del servicio de información militar ha enviado un mensaje de exploración a través del sistema. Quieren saber quién es este individuo.

—¿Qué ocurre durante las conversaciones? —preguntó Anna—. ¿Consiguen algo?

Katya esbozó una dulce sonrisa. La mayor parte de sus antepasados provenían del Sureste Asiático; algunos eran africanos. Ella era menuda y de piel oscura, de huesos pequeños, y la mujer más encantadora que Anna había visto jamás fuera de un holograma. También era una botánica de primera línea; nadie sabía más que ella sobre la capa amarilla del suelo parecida al musgo.

—Etienne no me lo dirá. Esa información es confidencial; pero no hay nada de malo en que me cuente chismes. Habla la lengua principal hwar con fluidez, con verdadera fluidez.

—¿Te refieres al hombre misterioso? —preguntó Anna.

—Por supuesto. Los traductores dicen que utiliza al menos una lengua diferente, no con mucha frecuencia, ni durante mucho tiempo, y sólo cuando habla con el general. Nuestra gente no sabe qué es. Lo grabamos todo, por supuesto, pero los traductores dicen que no entienden lo bastante la otra lengua. No van a poder descifrarlo.

Anna no sabía con certeza hasta qué punto le interesaba todo aquello. No compartía la pasión de Katya por las intrigas, pasión que ésta decía haber adquirido con el estudio de las plantas: «Son maravillosamente complejas y tortuosas, para mí una fuente constante de inspiración. Los que no pueden correr deben encontrar formas más interesantes de sobrevivir.»

Nada de lo cual guardaba relación con el hombre que decía llamarse Nicholas.


El tiempo cambió; tuvieron un día de sol tras otro. En casa lo habrían llamado veranillo de San Martín. El viento amainó. De vez en cuando se veían cabrillas en el mar, pero no en la bahía rodeada de tierra. Red y sus compañeros flotaban tranquilamente, sin hacer casi nada que pudieran captar los instrumentos. Ahorraban energía, imaginó Anna. No comerían hasta el momento en que hubiera concluido el apareamiento.

No se les unieron otras criaturas. Nadie tenía una buena teoría que explicara el porqué. Tal vez por el clima. Anna se sentó en la cabina de la barca y se concentró en la lectura —las últimas revistas profesionales, traídas por sonda— o se dedicó a escribir cartas a la Tierra.

Todas las cartas eran breves, en parte debido a las restricciones impuestas por la seguridad —nadie podía decir nada sobre las negociaciones—, pero también porque no tenía mucho que decir. ¿Cómo podía explicar algo de su vida a personas que convivían con nueve mil millones de seres humanos? Ellos no sabían nada de la oscuridad, del vacío, del silencio, del hecho de ser forastero. Para ellos, la realidad era la humanidad. No tenían otra cosa cerca. Los hwarhath eran seres legendarios, y las criaturas que ella estudiaba les resultaban incomprensibles. Tenía más cosas en común con los soldados, al menos con los que estaban allí, en el límite.

Una mañana infló una pequeña balsa de goma, le adosó un motor y se alejó por la bahía. Era un perfecto día de otoño: brillante, sereno y cálido. El planeta primario estaba suspendido sobre su cabeza; no tuvo problemas para ver bajo la superficie del agua transparente, que apenas se movía.

Avanzó en dirección a Red, acercándose lentamente y consultando un sonar portátil. El alienígena no se movió. Cuando estuvo cerca apagó el motor y recorrió a la deriva los últimos metros. Allí estaba, flotando justo por debajo de la superficie.

La parte superior del animal —la campana o paraguas— medía tres metros de ancho y era transparente; se onduló suavemente. En su interior, apenas visibles, había tubos de alimentación y racimos de material neurológico. Pudo distinguir tres variedades de tentáculos en el borde inferior de la campana: los largos y gruesos, que Red utilizaba para nadar; los tentáculos sensoriales, más cortos y más delgados; y los tentáculos que producían luz, poco más grandes que tocones. Todo se agitaba suavemente, al ritmo del movimiento de la campana.

No consiguió ver el resto del anima los zarcillos urticantes, de veinte metros de longitud, y los de apareamiento, aún más largos. Éstos colgaban por debajo de la campana. Alrededor de Anna se extendían la bahía azul celeste y las colinas bajas, cubiertas de vegetación dorada. A su lado estaba el animal, transparente como un cristal y palpitante como un corazón. Experimentó una intensa sensación de felicidad y de acierto: en esto consistía su vida.

Al cabo de un rato ató una cuerda al frasco de las muestras y lo sumergió en el agua, muy lentamente, con sumo cuidado. Red lo notó. Sus tentáculos se estiraron a lo largo del costado más cercano a la balsa de Anna. Las bocas de los extremos se abrieron y tragaron agua a modo de prueba.

Un destello de luz rodeó la campana. Interesante. Red habría utilizado productos químicos si hubiera estado hablando con otro seudosifonóforo. Pero seguramente se había dado cuenta de que ella no podía captar un mensaje transmitido de esa forma, y por eso probaba con el lenguaje nocturno.

Rojo-rojo-azul, decían las luces. (El primer color era en realidad un rosado oscuro, y habían considerado la posibilidad de llamar Rose al animal. Pero el nombre no parecía adecuado: era demasiado grande y demasiado peligroso.)

El primer mensaje rodeó dos veces el perímetro del animal. Luego fue seguido por otro: Naranja-naranja-naranja.

El naranja era un mensaje de angustia.

Soy Red-rojo-azul, estaba diciendo Red, y no me gusta lo que haces.

Ella levantó el frasco y el animal empezó a murmurar: un destello de luz incolora rodeó la campana una y otra vez. Anna esperó un poco más. Red adquirió un color oscuro. Ya podía volver a encender el motor. Se alejó a la mínima velocidad, recordando los largos zarcillos urticantes… estaban ahí abajo, fuera de la vista, en el agua, como una redecilla de seda.


IV

<p>IV</p>

Al cabo de tres semanas, los demás animales empezaron a llegar, cruzando a nado la estrecha entrada de la bahía. Ahora comenzaba el verdadero trabajo de Anna. Cambió sus horarios. La mayor parte de la información valiosa llegaba por la noche, cuando las criaturas flotaban cerca de la superficie del agua, emitiendo mensajes con sus destellos. En ocasiones (y esa era una conducta que sólo se había visto durante la época de apareamiento) repetían el mismo mensaje, al unísono o uno tras Otro, de modo que los destellos de luz iban y venían a través de la bahía.

Los únicos que entraban en la bahía eran los animales relativamente grandes. Tenían zarcillos de aproximadamente la misma longitud y estaban a salvo unos de otros. Otros seudosifonóforos —había cientos de ellos— flotaban en el océano más allá del canal de entrada, atraídos por algo, probablemente una feromona, pero reacios a cruzarlo.

—Aquí no hay indicios de vida inteligente —aseguró María—. Los pequeños temen a los grandes, así es la naturaleza; y todos se sienten atraídos por la posibilidad de sexo. Y eso también es propio de la naturaleza.

Anna no discutió. Estaba demasiado cansada y atareada. Sabía que las negociaciones continuaban —el avión seguía alejándose— pero a esas alturas ya había perdido la noción de lo que podía estar sucediendo.

Una mañana, después de su jornada de trabajo, subió la colina que se alzaba por encima de la estación. El cielo estaba oscuro y despejado, y el lucero del alba y de la tarde brillaba por encima del agua: dos radiantes puntos de luz.

Las criaturas habían empezado a emitir señales exactamente antes de que ella se marchara, y ahora estaban en plena tarea. Las vibrantes luces de color azul y verde iban y venían recorriendo la bahía y salían por el canal hasta internarse en el mar. El ritmo —la pauta— no se alteraba, pero los colores cambiaban y se volvían más pálidos. De vez en cuando veía un destello naranja. En este contexto, el color probablemente era un indicador de frustración sexual. Por alguna razón que de momento nadie comprendía, las criaturas sólo se apareaban en las bahías, nunca en el mar abierto. (Una prueba más de que no eran inteligentes, decía María; una característica de la inteligencia es la flexibilidad.) Los animales pequeños sabían que no iban a reproducirse durante ese año, y chispeaban como el fuego. En la distancia, lejos de la costa, los animales eran menos abundantes, pero sin embargo había unos cuantos que salpicaban las aguas oscuras a lo largo del horizonte, destellando al ritmo de los individuos grandes de la bahía.

Un espectáculo sorprendente.

Al cabo de un rato, una pareja de soldados jóvenes y muy educados salió del recinto. Infantes de marina. El nombre no había cambiado, aunque las naves que tripulaban ahora viajaban a las estrellas. Iban de uniforme y llevaban la cabeza completamente rapada, salvo una delgada franja de pelo que se extendía desde la frente hasta la nuca, en medio de la cabeza. El pelo del chico era rubio muy claro, liso y fino; el de la chica, oscuro y muy rizado.

—La colina está fuera de los límites, miembro —advirtió la chica—. Tendrá que irse.

El chico bajó la mirada hasta la bahía y el océano.

—¿Qué es eso?

—Animales —respondió ella—. Es la época de apareamiento. Como ranas cantando, o como Verdi. Aún no sabemos si son inteligentes.

—¿Por qué no? —preguntó el chico—. Las ballenas lo son. Y los delfines.

Estaba equivocado, pero no quiso discutir.

—He subido hasta aquí para mirar.

—Es un verdadero espectáculo.

—Y se prolongará durante semanas.

—¡Uf! —dijo el chico. Era una exclamación de júbilo.

La chica repitió:

—Miembro, tiene que irse.


Al día siguiente, el avión no salió a la hora de costumbre. Katya le comunicó que los hwarhath habían sido invitados a quedarse para asistir a una fiesta.

—Etienne dice que intentan establecer una relación más cómoda ahora que la cuestión del mobiliario ha quedado resuelta.

—¿El mobiliario? —preguntó Anna.

—No me preguntes nada —dijo Katya—. Etienne no abrió la boca. Es información confidencial.

—Ah —respondió Anna y se concentró en su trabajo.

Ya había oscurecido cuando Yoshi abandonó la barca. Anna salió a cubierta. La bahía estaba en silencio. Las criaturas flotaban, inmóviles, sin emitir señales.

Tres personas caminaban hacia ella a lo largo del muelle. Una de ellas avanzaba delante, a grandes zancadas; las otras dos la seguían. No pudo ver con claridad a ninguno de los tres hasta que llegaron a la luz que brillaba al final del muelle, cerca de la barca.

El primero era un humano. Apenas lo vio, porque estaba mirando a uno de los que lo seguían: una persona achaparrada, vestida de gris. Tenía el rostro ancho y chato, cubierto de pelo gris, y los ojos completamente azules: no había ni un solo fragmento de blanco. Las pupilas eran barras horizontales, al principio anchas, y que se estrecharon rápidamente en respuesta a la luz.

El alienígena la miró directamente durante un instante y bajó la mirada.

El otro era un soldado de infantería de marina: el chico al que había visto en la colina. Llevaba un rifle, lo mismo que el alienígena.

El hombre que iba delante no llevaba armas, o al menos ella no vio ninguna. Tenía las manos en los bolsillos de la chaqueta, que era simple, de una especie de tela marrón, y parecía vagamente inadecuada, como si hubiera sido hecha por alguien que no comprendía realmente la moda de los humanos. El resto de su atuendo era similar: simple, de color marrón y no del todo adecuada.

¿Era ése uno de los precios de la traición?, se preguntó. ¿La mala confección? ¿El estar pasado de moda?

El hombre comentó:

—Una mirada directa es un desafío. Es una de las cosas que significan lo mismo para ambas especies. Por eso él ha bajado la mirada. Está señalando que no le interesa la lucha.

—Estupendo —repuso ella.

—Me dijeron que usted es la persona con la que debía hablar sobre las luces del mar.

Ella asintió sin dejar de mirar al hombre gris.

—¿Podría subir a bordo? Me temo que ellos vendrán conmigo, y que querrán hacer una comprobación para asegurarse de que no hay nada que yo pueda dañar o que pueda dañarme a mi.

Ella lo miró directamente. Era tan corriente como la primera vez que lo había visto en la pantalla de comunicación. Esta vez tenía el pelo seco; se le había rizado, y había varios mechones grises en la cabellera de color castaño claro. Su rostro era muy pálido, como si hiciera varios años que no tomaba el sol.

—Usted es el traductor —anunció ella, imaginando que eso era más cortés que llamarlo traidor.

Él asintió.

¿Qué demonios? ¿Por qué no? Tal vez nunca más tendría la posibilidad de estar tan cerca de un hwarhath. Hizo un gesto de asentimiento.

Él le habló al alienígena. Los dos soldados subieron a bordo y registraron la barca.

—Tengan cuidado —les gritó Anna. Nicholas añadió algo en la lengua de los alienígenas y enseguida subió a la barca. Se apoyó en la barandilla y se dedicó a contemplar la bahía. Uno de los seudosifonóforos empezó a emitir destellos amarillos, verdes, blancos, amarillos: un hombre, probablemente. Soy yo. Soy yo.

—De acuerdo —dijo—. ¿Qué son?

Ella se lo dijo y luego añadió:

—El problema es… que sabemos que su inteligencia guarda relación con el tamaño. Lo descubrimos estudiando a los pequeños. Estos individuos son semidesarrollados y semibrillantes, eso es lo más probable. Los realmente grandes permanecen en el mar y no hemos descubierto cómo llegar a ellos.

Los soldados salieron de la cabina y se quedaron de pie, mirándose mutuamente y mirando a Nicholas. El chico —el infante de marina— parecía nervioso. Anna no logró descifrar la expresión del rostro del alienígena, y ni siquiera supo con certeza si tenía expresión. La postura de su cuerpo indicaba una actitud alerta, pero no tensa. No estaba preocupado, pero prestaba atención, aunque nunca miraba a nadie directamente a la cara. —Eso es muy interesante —opinó Nicholas—. Pero no veo por qué razón cree que los animales podrían ser inteligentes. En aquel momento, media docena de ellos emitía destellos. Esa noche todos los mensajes eran diferentes. No un coro; tal vez un sexteto, o quizá ruidos emitidos al azar. —¿Qué puedo decirle? Resulta fácil decidir que una especie es inteligente cuando es como nosotros. Su compañero, el que está allí, por ejemplo. Jamás alguien se ha hecho preguntas con respecto a los hwarhath. Desde la primera vez que vimos una de sus naves, desde la primera vez que ellos probaron suerte con nosotros, lo supimos.

Él la miró pero no dijo nada.

—Estos individuos que están aquí —señaló la bahía— son alienígenas completamente; y no estamos seguros de qué constituye una prueba de inteligencia en un animal marino que no utiliza herramientas. ¿Por qué lo pregunta, de todas formas?

—Por curiosidad. Hace unos cuantos días nos marchamos después del anochecer y cuando bajé la vista estaban allí, destellando; y son visibles desde la isla: parches de luz que se agitan en el mar. Ésos son los pequeños, según dice usted.

»Y tengo que matar el tiempo. Esta noche intentan celebrar Un acto social. Una idea delirante, pero el general siente curiosidad. Jamás ha visto a un grupo de humanos divirtiéndose. No creo que funcione. Los hwarhath no comen para entretenerse; para ellos se trata de una necesidad o de un sacramento. Beben para distraerse, pero las fiestas que organizan para beber son desagradables. Yo las evito siempre que puedo. —Hizo una pausa y contempló la bahía—. Tuve una fantasía horrible en la que veía al general intentado hacer un trato o mantener una conversación durante un cóctel, por primera vez, con un canapé.

—¿Cómo van las conversaciones? —preguntó ella.

Él se encogió de hombros.

—Son los primeros días, y la diplomacia no es mi especialidad.

Ella quiso preguntarle cómo había llegado a esa situación, pero al parecer no tenía forma de hacerlo. ¿Cómo hace alguien para traicionar a los de su especie? Habló un poco más de los animales de la bahía, formalmente conocidos como Pseudosiphonophora gigantans. Luego se hundió en el silencio y ambos siguieron contemplando la bahía.

Él estaba apoyado en la barandilla, con las manos entrelazadas delante de su cuerpo, y parecía relajado; pero ella experimentó una sensación de tensión y soledad. La sensación de tensión surgía del cuerpo de él y era tan leve que ella no lo notaba de manera consciente. No tenía idea de por qué motivo pensaba que estaba solo. Tal vez lo estaba interpretando.

Él se irguió.

—Es hora de que me vaya. Si no me equivoco, a estas alturas el general estará aburrido y tal vez intoxicado. El alcohol no afecta a los hwarhath. Pero él se ha traído sus propias provisiones. —Hizo una pausa—. Gracias por la información. Hay una frase de un libro antiguo… no recuerdo el título… que habla del aprendizaje. Es la única fuente segura de placer y el único consuelo infalible. —Sonrió—. Lo único que he aprendido últimamente está relacionado con el mobiliario. Créame, no es algo adecuado.

Se marchó, seguido por los dos soldados. Ella se quedó mirándolos hasta que los hombres se desvanecieron en la oscuridad. Qué conversación tan extraña.


V

<p>V</p>

Raymond la llamó por la mañana, cuando ella abandonaba el trabajo.

—Por favor ven a mi despacho, Anna. —Vio la expresión de su rostro y añadió—: Es importante.

Ella cogió el café y un panecillo en el comedor y se marchó; estaba hambrienta. En general Ray no le caía bien, y naturalmente no había votado por él en las últimas elecciones. Pero, en justicia, era un buen director de la estación, y sabía cómo llevarse bien con los diplomáticos y los militares. En ese momento, aquélla era una habilidad provechosa.

Había alguien con él en el despacho: una mujer de uniforme, sentada al otro lado del enorme escritorio. Su piel era del mismo color que el café de Anna. Llevaba el corte de pelo reglamentario y el cráneo le brillaba como si se lo hubiera lustrado, con el cabello, la estrecha franja de rigor, totalmente teñido de blanco. De sus orejas colgaban unos pendientes hechos con pequeñas cuentas de cristal.

Ray anunció:

—Ésta es la comandante Ndo.

—Por favor, tome asiento —dijo la comandante.

Incómoda, Anna obedeció. Tenía migas en la blusa y en los pantalones. Se las quitó y buscó un lugar donde dejar la taza. No encontró nada más que el suelo.

—Anoche usted mantuvo una conversación con Nicholas Sanders —dijo la comandante—. Quiero que me la repita. Por favor, sea lo más exacta posible y explique la biología.

—¿Por qué?

—Anna, por favor —intervino Raymond.

Anna hizo lo que le pedían.

Cuando concluyó, la comandante asintió.

—Muy bien. Se ajusta bastante a la grabación, salvo que usted entró más en detalles. ¿Tiene algo que añadir? ¿Alguna observación?

Le gustaba el hombre, pero no iba a decírselo a los militares.

—No. ¿Quién es él?

La mujer vaciló.

—Eso es algo que no puedo decirle, miembro Pérez. Toda la información es sensible. No está protegida, pero es decididamente sensible.

—No quiero parecer una criatura, pero eso no me parece particularmente justo. Yo ya le he dicho todo lo que me ha preguntado.

La comandante asintió.

—Tiene razón. No es justo. No voy a soltarle un discurso acerca de las injusticias de la vida porque siempre he pensado que los discursos son estúpidos e inútiles.

»El problema para usted no es que la vida sea injusta. El problema es que yo soy injusta. —Sonrió—. Siempre es acertado establecer una clara distinción entre las fuerzas armadas y el universo.

»Lo único que puedo decirle es lo obvio. Las negociaciones son importantes; la situación es sensible; este sujeto está exactamente en medio; y está protegido por la inmunidad diplomática.

—Gracias por tu colaboración, Anna —le agradeció Ray. Ella se marchó y olvidó la taza. Aún estaba casi llena. Con un poco de suerte, Ray la volcaría.


La siguiente ocasión en que vio a Nicholas, él estaba en la puerta de su habitación, y la luz del sol brillaba a su alrededor. Llevaba el mismo tipo de ropa que antes, de tela marrón y extraño corte. A la luz del sol, su pelo parecía mucho más gris que castaño.

—¿Cómo me ha encontrado?

—Abordé a un hombre y se lo pregunté —Nicholas sonrió—. No sabía su nombre, pero le dije «la mujer que habla sin parar de esas cosas de la bahía». Fue suficiente. ¿Le gustaría salir a dar un paseo?

—¿Qué hay de las negociaciones?

—Le he pedido el día libre al general. No soy el único traductor y estoy realmente cansado de estar sentado. Él sabe cómo me pongo cuando no hago suficiente ejercicio.

Ella reflexionó un instante.

—De acuerdo.

—Los Gemelos también vienen. —Se desplazó ligeramente y ella miró más allá de él. Allí estaban el soldado, el chico y un ¡alienígena. Anna no supo si era el mismo.

—Aguárdeme un instante.

Él se quedó junto a la puerta abierta y se apoyó en el marco. La tensión de su cuerpo tenía una cualidad maníaca. Al principio pensó que tal vez estaba borracho. Pero movía los ojos y enfocaba la mirada con normalidad. Anna notó que tenía el iris de un extraño tono verde oscuro, del color del jade del Nuevo Mundo. ¡Jamás había visto unos ojos de aquel color. No conocía ninguna droga que alterara el color del iris, aunque por supuesto las drogas no eran su especialidad. En cualquier caso, la expresión del rostro de Nicholas era una expresión de alerta. El hombre no se encontraba bajo los efectos de una droga. Estaba feliz.

Anna cogió una chaqueta. Se alejaron del puesto.

—¿Vamos colina arriba? —preguntó Nicholas.

—Está fuera de los límites. Nicholas se volvió y miró al soldado.

—¿Cabo?

—Sí, señor, es así para el personal de la estación. —¿Pero no para mí?

—No estoy seguro. Supongo que usted podría subir. Pero no con la miembro.

—Eso no tiene sentido. —Miró a su alrededor—. Quiero subir a un sitio bien alto y mirar en la distancia. Allí. —Señaló otra colina, en el límite sur del asentamiento de los humanos—. ¿Puede ser aquélla?

—No tengo órdenes con respecto a ésa, señor. No tendría por qué haber problema.

El día era radiante y muy ventoso. La colina era escarpada y una fuerte helada, que ahora empezaba a derretirse, hacía del suelo una superficie húmeda y resbaladiza. Avanzaron lentamente; los dos soldados eran los que tenían más dificultades, dado que llevaban las armas.

—Eh —llamó el chico por fin—. Más despacio.

Ella volvió la mirada, lo mismo que Nicholas. Los soldados estaban bastante más atrás que ellos.

—Esperaremos en la cima —anunció Nicholas y siguió avanzando.

—¡Señor! —El chico empezó a trepar y resbaló. Un instante más tarde rodaba y se deslizaba hacia el pie de la colina, sin soltar el rifle.

Nicholas dijo algo en el idioma de los hwarbath. El otro soldado bajó arrastrándose detrás del chico.

—Qué chapuceros —protestó Nicholas—. Realmente tendrían que entrenarlos mejor. Por supuesto, los entrenan para que obedezcan órdenes, no para pensar; y sus órdenes probablemente son un poco contradictorias. No creo que la gente del recinto haya llegado a algún acuerdo con respecto a mí.

—¿A qué distancia estamos de una grabadora? —preguntó Anna.

El chico había dejado de rodar. Finalmente había soltado el arma. El alienígena la recogió y se la tendió, esperando que el chico se pusiera de pie y la cogiera. El cuerpo del alienígena expresaba una cortesía indiferente.

—¿Como la que lleva el cabo? Aún podría estar captando nuestra voz. —Miró a su alrededor—. ¡Santo cielo, qué día tan maravilloso! Todo es dorado y azul. Realmente echo de menos la vida al aire libre. Si le preocupan las grabadoras, le advierto que tengo una. No diga nada que no quiera que sea analizado por la gente de seguridad de los hwarhath.

—Resulta una forma de vivir verdaderamente aburrida.

Habían llegado a un punto lo suficientemente elevado para dominar una buena perspectiva del mar. Estaba festoneado de cabrillas. Nicholas tenía razón: el día era realmente hermoso.

—En este momento, me parece bastante divertido. Probablemente se deba al clima, y al hecho de no pasar horas sentado, casi sin moverme, en una habitación sin ventanas.

Los dos soldados treparon hasta llegar junto a ellos. El chico tenía la cara enrojecida. Su uniforme estaba arrugado y manchado.

—No vuelva a hacer eso jamás, señor.

—¿Qué?

—Seguir adelante cuando yo le pido que espere. Tendría que haberle disparado.

Nicholas sacudió la cabeza.

—Piénselo mucho antes de hacer eso, cabo. Hattin viene con nosotros para asegurarse de que yo sigo vivo. Tiene órdenes muy claras en ese sentido.

El chico se mostró obstinado.

—Haré lo que tenga que hacer.

El alienígena los miraba con aire de indiferencia. Como de costumbre, no miraba a nadie a los ojos, pero ella tuvo la clara sensación de que no se le escapaba casi nada.

—No habla inglés, ¿verdad? —preguntó Anna.

—No, y tampoco quiere hablarlo. Hattin es un chico muy dulce, pero le falta curiosidad. No siente el más mínimo interés por los extranjeros extravagantes.

—Y jamás mira a nadie a los ojos.

—Yo soy mayor que él. Los hombres hwarhath dan mucha importancia a la jerarquía. Un hombre joven sencillamente no mira a los ojos a alguien que ostenta un rango superior. El cabo es su igual, pero también su enemigo; si uno mira fijamente a un enemigo, está invitándolo a la lucha; y le dije que usted es una mujer. Los hombres hwarhath no miran a las mujeres, a menos que las mujeres sean miembros del mismo linaje.

Empezaron a subir otra vez. Los soldados los seguían de cerca.

Cuando llegaron a la cima de la colina, Anna preguntó:

—¿A qué se refiere cuando dice extranjeros extravagantes? ¿Es algo así como demonios extranjeros?

—Algo así. Hattin es… ¿cómo podría describirlo? Tradicional. Reconoce la conducta adecuada en cuanto la ve; es la clase de conducta que aprendió en su hogar, de niño. Cualquier cosa diferente es aburrida o inquietante. ¡Mire qué panorama!

A un lado se extendían la bahía y la estación, y el recinto que dominaba todo lo demás. Sus cúpulas habían sido tratadas con algo que hacía que se corroyeran rápidamente, al menos en la superficie; eran de color verde cobre, rojo óxido y de un tosco dorado apagado.

Al otro lado, la colina descendía hasta una amplia playa y el mar. El fondo era poco profundo. Las olas rompían formando largas líneas blancas.

—¿Cómo llegó a esta situación? —preguntó Anna.

Él se echó a reír.

—Ése es el tipo de pregunta que haría un hwarhath. Son muy directos. Si quieren saber algo, lo preguntan y no se preocupan demasiado por la cortesía. Si uno no quiere responder, les dice: «No voy a hablar de eso.»

Hizo una breve pausa y contempló el mar.

—No mienten demasiado. ¿Recuerda la frase sobre los antiguos persas? Probablemente es de Heródoto. Enseñaban a sus hombres a cabalgar, a disparar flechas y a decir la verdad. Los hwarhath son así, aunque las armas que aprenden a utilizar son mucho más impresionantes.

—¿Eso significa que no quiere hablar del tema?

Volvió a hacer una pausa.

—Por ahora no.

Caminaron por la cima de la colina. Los tallos de esporas las habían soltado todas y ya no eran plumosos. Se inclinaban bajo el viento como juncos.

Muy bonito. Muy relajante. O tal vez ésa no fuera la palabra adecuada. Creador de felicidad. El viento se llevaba el aburrimiento y el cansancio.

Al cabo de un rato, Nicholas dijo:

—No quiero que se forme la idea de que todos los hwarhath son como Hattin. Son tan diversos como la humanidad, aunque en una escala diferente. El general, por ejemplo, es mucho menos conservador y mucho más curioso.

—¿A quién le está hablando? —preguntó Anna. Él sonrió.

—A usted, entre otros. Bajemos. Quiero saber algo más sobre sus animales.

Caminaron hacia la bahía, seguidos por los soldados. Cuando llegaron a la barca, Nicholas hizo una pausa y dijo algo al alienígena. Anna entró en la cabina.

—Tenemos compañía, Yosh.

Nicholas entró agachándose para pasar por la puerta más bien baja. Yoshi se puso de pie, amable y un poco incómodo. Nunca se sentía totalmente cómodo con los desconocidos.

—Él es… —Anna vaciló—. ¿Tiene algún título o rango? Él asintió.

—La traducción literal sería «portador». Equivale aproximadamente a capitán.

—El capitán Sanders. El doctor Nagamitsu Yoshi. El capitán está interesado en nuestros individuos de la bahía.

Yoshi pareció desconcertado. Intentaba reconocer a Nicholas y no lo lograba. Era alguien del recinto, evidentemente. No había extranjeros en el puesto. Pero de ahí no pasaba. Anna casi pudo ver cómo trabajaba su mente, intentando recordar qué comunidad humana utilizaba el título de portador. —¿Por qué no le muestras el equipo, Yosh? Así lo hizo: el sonar y el radar, las cámaras subacuáticas y los micrófonos, el equipo que medía el caudal de agua de la bahía. Explicó cómo se tomaban y se analizaban las muestras. Finalmente le habló de Moby.

Durante todo ese tiempo los soldados se quedaron fuera. El chico estaba en la entrada, al alcance de la vista. (Yoshi lo miraba de vez en cuando, perplejo.) Anna no veía al alienígena.

—Están hablando con ellos, utilizando la masa flotante —dijo Nicholas.

—Nos estamos comunicando —repuso Yoshi—. No hay duda de eso; pero no estamos seguros de mantener conversaciones. Para empezar, no parecen poseer nada parecido a la gramática. Nuestra tendencia es pensar que cualquier criatura inteligente debe tener una forma de hablar de relaciones, de hablar sobre causa-y-efecto.

»Les decimos palabras. Ellos nos responden con otras palabras, y a veces con las mismas. Pueden ser como loros, sobre todo durante la época de apareamiento. Tiene que haber visto el despliegue de las últimas semanas. ¿Lleva mucho tiempo aquí?

—Desde que llegaron los hwarhath —respondió Nicholas.

—Ah —dijo Yoshi. Aún no había logrado deducir quién era el hombre.

Anna estaba presenciando un ejemplo realmente refinado del pensamiento watsoniano, llamado así (por supuesto) en honor al compañero de Sherlock Holmes, un hombre de gran malicia. El buen doctor no era estúpido. Simplemente no caía en la cuenta de ciertas cosas, como en ese momento hacía Yoshi, que estaba a punto de explicar cómo habían enseñado a los animales a cantar Mary tenía un corderito.

—Lo tradujimos al código de emergencia internacional y se lo enviamos a Moby… por supuesto durante la época del apareamiento, y ellos lo captaron. No logramos que lo hicieran como un diálogo; insistían en sincronizarlo. Realmente espléndido, aunque no la conducta propia de una especie inteligente.

—¿Por qué no? —preguntó Nicholas—. Usted está hablando de cantar a coro. Los humanos lo hacen, lo mismo que los hwarhath.

—¿Sí? —dijo Yoshi—. No me había dado cuenta.

—Y sin embargo la unidad monetaria internacional no cayó—. Yo me refiero a que repiten como loros. Repiten hasta la saciedad… con nosotros o entre sí. Eso no es un signo de inteligencia.

—¿No es un problema ficticio? —preguntó Nicholas—. Inteligencia es un término resbaladizo lo mismo que la mayoría de los que podrían ser sus sinónimos. Comprensión, conciencia, aprehensión en el viejo sentido, razón. ¿Hasta qué punto tiene sentido hablar de inteligencia en toda clase de seres? ¿Los humanos o los hwarhath, los ordenadores, los delfines o las ballenas? Y en cualquier caso, ¿por qué se preocupa por eso?

Yoshi lo miró con expresión de reproche.

—Queremos tener a alguien con quien hablar. Alguien que comprenda.

—Entonces hable con los individuos que están en lo alto de la colina, aunque no apostaría nada a favor de su comprensión. —Nicholas miró al cabo—. ¿Tienes hora?

El chico echó un vistazo a la culata del rifle.

—Las quince y cincuenta.

—Será mejor que me vaya. El avión saldrá temprano. —Se volvió hacia Yoshi, que lo miraba con la boca abierta—. Gracias, doctor Nagamitsu. Adiós, Anna.

Se agachó para salir de la cabina y Yoshi dijo:

—Ése es el hombre…

—¡Ajá! —lo interrumpió Anna—. Estaba esperando a que lo descubrieras. ¿Te has fijado en su ropa?

—He pensado que tal vez había ocurrido algo con la moda en la Tierra, o que quizás era una especie de uniforme. No presto demasiada atención a los militares. Hay muchos, y de muchas clases. ¿Quién puede estar al tanto? ¿En qué te has metido, Anna?

—En nada que tenga importancia. La gente del recinto sabe lo que está ocurriendo. No lo han dejado suelto. No va a hacerle daño a nadie.


VI

<p>VI</p>

El despacho del general (el actual, en la isla) tiene el aspecto triste y austero de algo destinado a ser transitorio: paredes grises, alfombras grises de pared a pared, una mesa de trabajo y dos sillas.

No hay ventanas. Al otro lado de la mesa cuelga un tapiz. Es grande y sencillo y tiene el aspecto de pertenecer a un lugar público. Nunca lo había visto en ninguna de sus habitaciones. Debió de conseguirlo en la bodega de la nave principa algo para cubrir una pared vacía.

En medio del tapiz arde una hoguera roja, naranja y amarilla. Los colores irradian de ella menos intensos, pero sin embargo brillantes y cálidos, como si el fuego iluminara el suelo que lo rodea. A medida que se alejan del fuego, los colores empiezan a apagarse y se vuelven un poco grises. Finalmente, a mitad de camino del borde del tapiz, los colores en expansión tocan las espadas, que son decididamente grises: un matiz frío que resulta duro. Están dispuestas en círculo, cada punto tocando la empuñadura de la siguiente, de manera tal que el círculo es continuo. Siempre he pensado que tendría más sentido que apuntaran hacia fuera. Pero funciona visualmente. Más allá de las espadas, el tapiz es negro, salpicado de blanco: el espacio y las estrellas. La Hoguera en un Círculo de Espadas. Por lo que sé, es el antiguo emblema del Pueblo, aunque es evidente que esta versión es relativamente reciente, creada después de que el Pueblo comprendiera que su mundo —su hoguera— estaba rodeada por la oscuridad. [Sí.] Para ellos la imagen tiene una enorme fuerza. A mí siempre me ha parecido… ¿cómo lo diría? Como una pelota hecha con las semillas de una valiosa planta comestible cultivada en el centro de América del Norte, en la Tierra. [?]

Voy al despacho cada dos días. El general se sienta ante su mesa en silencio y contempla el tapiz. Yo intento sentarme en silencio en la otra silla, aunque pienso mejor cuando me muevo.

Hablamos de las negociaciones, desmenuzándolas, intentando descubrir qué están pensando los humanos, analizando las reacciones de los otros miembros del equipo hwarhath. Algunos de ellos tienen estrechos lazos con otros principales. No le guardan lealtad exclusivamente a él.

Si el general interviene en la discusión —seriamente interesado, reflexivo— entonces es probable que coja un estilete y lo haga girar entre las manos. Es un ademán humano, aunque sus manos son considerablemente distintas: el dedo meñique es mucho más largo que el de un humano y el pulgar también es muy largo y delgado. En el dorso de las manos hay pelo como terciopelo gris. Las uñas son estrechas, al menos en comparación con las de los humanos, y gruesas. Si no están sujetas, empiezan a curvarse hacia abajo, convirtiéndose en garras.

Puedo pasar días y semanas sin verlo realmente y de repente allí está, real, sólido y extraño.

Dije:

—El chico, el soldado humano, me dijo que estaba dispuesto a matarme.

El general esperó, con las manos cruzadas.

—Dejaste muy claro que yo tenía que ser una persona grata, y los diplomáticos humanos estuvieron de acuerdo.

Me pidió que le explicara la expresión persona grata.

—Significa que se supone que no van a matarme. Creo que tal vez interpretamos erróneamente el equilibrio de poder entre los diplomáticos y los militares. Ese chico recibe las órdenes de los militares. Si estaba diciendo la verdad, y no parece en absoluto un mentiroso, entonces los militares no escuchan a los diplomáticos.

Pareció irritado.

—¿Es que los humanos no pueden hacer nada ordenadamente? ¿Por qué enviaron dos grupos diferentes de personas para ocuparse de un conjunto de negociaciones? Estamos hablando de la guerra y de las reglas de la guerra. Aquí no debería haber nadie salvo las personas que saben cómo y por qué luchar.

—En este momento preferiría tratar con diplomáticos. Los soldados me ponen nervioso.

Se quedó mirando el tapiz durante un rato.

—Esto no es suficiente. Me has traído diez palabras, pronunciadas por un mensajero. No sabemos si él habló acertadamente o si comprendió sus órdenes. No sabemos lo que hay en la mente de los que están delante de él.

Abrí la boca. Él levantó una mano.

—No voy a ignorar esta información, pero la dejaré a un lado. Continuaremos como antes y veremos qué ocurre.

Estaba hablando con su voz pública, lo que significaba que la discusión había terminado. Me levanté.

Él dijo:

—Averigua algo más sobre los animales del océano, los que puede que sean inteligentes.

—No sirven para nada como enemigos. No es probable que desarrollen algún tipo de tecnología, y sin duda jamás saldrán al espacio.

Respondió con un sonido evasivo. Siempre vale la pena buscar nuevos enemigos. [Verdad.]

La base está en medio de la isla. (Si los hwarhath quieren ver un océano, recurren a un holograma.) Después de salir del despacho, fui a la costa. La marea había bajado, aunque cambia muy poco. Caminé a lo largo de la estrecha playa de grava.

He conocido a algunas de las personas que se ocupan de la acción para el servicio de información militar. (No entre los hwarhath. Ellos han tenido el buen cuidado de mantenerme apartado de esas áreas. Pero sí entre los humanos.) No me gustan. Hay demasiadas maquinaciones, demasiadas poses —sobre todo con respecto a la inflexibilidad— demasiado misterio, demasiada fascinación por la tecnología, demasiada elaboración innecesaria.

Personas peligrosas. Comedores de ratas y envenenadores de calcetines. [?] Están aquí, en este planeta, estoy casi seguro. He visto personas que tienen ese aspecto en los pasillos del recinto diplomático; y cuando me miran, parecen hambrientos.

Recorrí toda la isla. Una buena idea. El viento soplaba, las olas espumaban, y yo hice una buena cantidad de ejercicio.

En un momento dado, en una playa de arena negra, encontré algo que parecía pertenecer al Museo de Historia Natural de Chicago, a una de aquellas encantadoras y polvorientas exposiciones antiguas. La vida en el devónico.

Medía cerca de un metro de largo y su cuerpo era estrecho y segmentado, con una cabeza muy ancha en forma de martillo. La maldita cosa salía lentamente del mar, avanzando sobre sus muchas pequeñas patas, moviendo la torpe cabeza de un lado a otro, evidentemente cazando. No pude verle la boca ni los ojos.

Me detuve. Pasó a mi lado, a pocos centímetros de mis zapatos. Evidentemente, no le interesé: no era comestible, ni representaba peligro alguno. Siguió avanzando lentamente sobre la arena negra y húmeda, moviendo la cabeza hacia atrás y hacia delante. Yo seguí mi camino.


Del diario de Sanders Nicholas,

portador de información agregado al personal del Primer Defensor Ettin Gwarha

ESCRITO EN CÓDIGO PARA SER LEÍDO SÓLO POR ETTIN GWARHA


VII

<p>VII</p>

Por la mañana recibió otra llamada de Ray. El hombre parecía cansado y preocupado.

—¿Otra vez lo mismo? —preguntó ella.

Él asintió.

Ella fue hasta su despacho. La comandante estaba en la misma silla que había ocupado anteriormente. Esta vez llevaba pendientes plateados: como murciélagos con las alas extendidas, brillantes bajo el sol de la mañana.

Anna se sentó, se inclinó hacia delante y echó otro vistazo.

La comandante dijo:

—Pertenezco a una organización que se dedica a la conservación de los murciélagos.

¿De los murciélagos?, pensó Anna.

—Son animales útiles e interesantes, y sabe Dios cuántas especies se han extinguido en los últimos doscientos años. Le hemos hecho cosas terribles a la Tierra, miembro Pérez. —Hizo una pausa y, evidentemente, pensó en algo que la enfureció—. ¡Nueve mil millones de personas! ¿Cómo pudimos! —La comandante echó un vistazo a Ray, que se encontraba detrás de su impresionante y enorme escritorio como quien se coloca detrás de una barricada—. Puedes retirarte, Sab Medawar. Gracias por tu colaboración.

Ray abrió la boca, la cerró y se puso de pie.

Cuando la puerta se cerró, la comandante miró a Anna.

—Nicholas Sanders fue a buscarla.

—Sí.

—¿Tiene idea del motivo?

Anna reflexionó un instante.

—Puedo decirle lo que me dijo. Quería información en relación a mi investigación, y que lo acompañara a dar un paseo.

La comandante movió la cabeza dejando de lado el tema.

—Los miembros del Pueblo no siempre tienen buenos motivos para hacer lo que hacen. Sin duda, no siempre podemos comprender sus razones. Voy a pedirle su ayuda para tratar con este hombre.

—¿Porqué?

—Es posible que no vuelva a visitarla. Si lo hiciera, nos gustaría que llevara una grabadora y nos la entregara. Usted se gana la vida observando; nos interesaría saber qué cree ver.

—¿Por qué debería colaborar?

La comandante bajó la vista y observó una pantalla que tenía apoyada en una rodilla. Oprimió un botón.

—Me gusta hacer listas de todo. Se me ocurrieron tres motivos. Ayudará a su gobierno y a los de su especie. Su campo de trabajo es la inteligencia no humana, y el único ejemplo incuestionable de inteligencia no humana está… —hizo una pausa y prestó atención— volando por encima de nosotros en este mismo momento. Los hwarhath. La mayor parte de la información sobre ellos es reservada. Puedo conseguirle acceso a parte de ella. No podrá publicarla, pero la conocerá.

—Es muy tentador —respondió Anna.

—El tercer motivo son sus medusas. —La comandante hizo una pausa—. En este aspecto nos enfrentamos a un dilema. Si Sanders está interesado en ellas, la gente para la que trabaja también debe de estarlo; y si es así, tal vez la información sobre ellas sea estratégica. Aunque no logramos imaginar de qué manera. A pesar de todo, quizá la información debería pasar a ser secreta.

—Aguarde un instante —señaló Anna.

La comandante alzó una mano.

—No se ponga furiosa todavía. Nos inclinamos por dejar las cosas como están. Estamos mucho más interesados en Sanders.

—Lo que creo entender —enunció Anna— es que debería trabajar para usted con el fin de proteger la condición de mi investigación. Si no lo hago, podrían darle ustedes carácter secreto y yo no estaría en condiciones de publicar.

La comandante asintió.

—Exacto. Una amenaza, un soborno y un llamamiento al patriotismo. Ésa es mi oferta.

—Tengo que pensarlo.

—Por supuesto —respondió la comandante.

Anna caminó hacia la puerta. Detrás de ella, la comandante dijo:

—Sabemos que le habló a Sanders de la grabadora que llevaba el cabo Ling. Si decide colaborar con nosotros, miembro Pérez, recuerde que su lealtad no puede estar dividida.

—De acuerdo —abrió la puerta.

Era un día agradable y soplaba un viento leve. Anna caminó por la estrecha playa de grava que bordeaba la bahía. Los insectos corrían entre las piedras y la luz del sol de la mañana caía sobre el agua en el ángulo adecuado. De vez en cuando veía algo brillante bajo la superficie. Una campana ondulante. Un tentáculo que se entrelazaba. A esas alturas, los seudosifonóforos habían comenzado el lento y cuidadoso ritual de transmitir tranquilidad y… vaciló. ¿Era correcto llamarlo seducción?

Los animales ya estaban lo bastante cerca para tocarse entre sí. Los zarcillos urticantes quedarían contenidos, crispándose de vez en cuando. Para estos animales era muy difícil no agredirse mutuamente. Anna estaba casi segura de que en ese punto los zarcillos de apareamiento aún estaban recogidos. Pero pronto —al cabo de unos cuantos días— quedarían extendidos. El intercambio de material en ese momento era muy breve; y después quedaba el largo y lento proceso de la desunión, no en el sentido físico, que resultaba fácil y concluía casi de inmediato, sino en el emocional. Una vez más estaba utilizando palabras cargadas de contenido, estaba interpretando.

Durante varios días más los animales repetirían su mensaje de tranquilidad y sus declaraciones de identidad. Yo soy yo. No tengo intención de hacer daño. Poco a poco los colores se desvanecerían; los ritmos se harían más lentos; las pautas se volverían más erráticas; uno a uno, los seudosifonóforos saldrían al océano.

Se detuvo y contempló la bahía. Adoraba los animales. No soportaba la idea de no publicar. ¿Quién era Nicholas para ella? Un desconocido, un traidor. Le diría que sí a la comandante.

Regresó a su habitación a paso vivo, temerosa de cambiar de idea, y llamó una y otra vez hasta que localizó a la comandante.

Cuando le dio la respuesta, el rostro severo se iluminó con una sonrisa.

—Fantástico. Venga al recinto esta noche. Hay alguien que quiero que conozca. Creo que le caerá bien. Una cosa más, miembro: a partir de este momento, desde la conversación que mantuvimos esta mañana, todo lo que le diga es secreto.

Anna asintió.

Se metió en la cama y se quedó tendida, sin poder pegar un ojo. No era una situación deseable. Se estaba metiendo en algo éticamente ambiguo y posiblemente estúpido y que, sin duda, ocurría a espaldas de ella. Al cabo de un rato se adormiló y tuvo pesadillas en las que aparecían la barca de investigación y montones de tentáculos.

La despertó la alarma del reloj. Se levantó y se dio una ducha, se vistió y fue hasta el recinto. Ahora se hacía de noche muy temprano y el cielo estaba lo suficientemente oscuro para que se vieran las estrellas. Sobre su cabeza brillaba el centro de una galaxia, una banda de luz pálida. Se veían dos gigantes gaseosos: uno exactamente encima de ella (rojizo), el otro por encima del recinto (amarillo).

El guardián de la puerta tenía un nombre. Otro soldado la condujo hasta el despacho de la comandante: una habitación amplia, cubierta de paneles que no podían ser de madera pero que la imitaban muy bien. En una pared había un holograma de la Tierra vista desde el espacio, con nubes blancas que se deslizaban y todo el planeta girando muy lentamente.

No había escritorio, sólo cuatro sillas bajas y cómodas que rodeaban una mesa pequeña. Sobre ésta había un servicio de té de plata y tres tazas de porcelana. Era lo último que Anna esperaba encontrar. Tal vez no acababa de entrar en el mundo del espionaje. Tal vez aquello era El País de las Maravillas o la Tierra de Oz.

Miró a la comandante. No se había convertido en Mad Hatter ni en Scarecrow, y el hombre menudo sentado en la silla de al lado tenía un aspecto absolutamente corriente.

—Éste es el capitán Van —anunció la comandante—. Es uno de nuestros traductores.

Él se puso de pie. Se estrecharon la mano y se sentaron. La comandante sirvió té. Era de color marrón oscuro. Hindú. Una bandeja contenía bocadillos pequeños. La comandante se los ofreció.

El capitán Van dijo:

—La comandante tiene un curioso sentido del humor. Si va a trabajar con nosotros, será mejor que lo sepa. Pero no afecta a la calidad de su trabajo.

La comandante sonrió y se comió el bocadillo, y luego cogió un ordenador con pantalla.

—Todo lo que voy a decirle y lo que va a decirle el capitán es secreto. Está protegido formalmente, con sellos y llaves y el código «confidencial». Ahora bien, en algunos casos esto nunca tendría que haber sido así. El material no es delicado y jamás lo ha sido. En otros casos, el material fue delicado hace veinte años, pero ya no lo es. En unos cuantos casos vamos a transmitirle información que realmente no queremos que se filtre. En todos los casos, si habla, se meterá en un lío. ¿Comprendido?

Anna asintió y cogió otro diminuto bocadillo. Estaban deliciosos.

La comandante encendió la pantalla.

—Muy bien. Una nave llamada Free Market Explorer desapareció hace veinte años. —Sonrió—. Por el nombre podría parecer un carguero. Era una nave de larga distancia, muy veloz, la mayor que teníamos en ese momento, y desapareció en el espacio hwar. Siempre supusimos que había sido destruida.

»Una de las personas que viajaban a bordo del Free Market Explorer era un hombre llamado Nicholas Sanders. Era un capitán del servicio de información militar. No tendría que haberlo sido. No tenía la personalidad adecuada. Pero en ese momento era una de las pocas personas que hablaba con verdadera fluidez la principal lengua hwar.

—Y es el hombre que está aquí —concluyó Anna.

La comandante asintió.

—No disponemos de una identificación definitiva, pero estoy casi segura. Sanders tenía veintiséis años cuando su nave desapareció. Ahora tendría cuarenta y siete, y creo que ésa es aproximadamente la edad de nuestro Nicholas. Ha vivido durante veinte años tras las líneas enemigas.

—¿Le apetece un poco más de té? —preguntó el capitán Van.

Anna asintió.

El capitán sirvió el té y la comandante prosiguió:

—Tendré que explicarle algo sobre el problema de reunir información en esta… ¿cómo llamarlo? Nunca se ha declarado una guerra. Y nunca libramos una verdadera batalla. Durante cerca de cuarenta años se han realizado viajes de exploración, misiones de espionaje, y de vez en cuando ha habido alguna escaramuza.

Bajó la vista y observó la pantalla.

—Existen varios problemas. Para empezar, la inmensidad del espacio y la naturaleza de la travesía FTL. No tenemos ninguna garantía de que los alienígenas vinieran desde algún lugar cercano. Pensamos, aunque no estamos seguros, que se expandieron muy rápidamente desde su sistema de origen, como hicimos nosotros. Creemos que estamos buscando dos esferas enormes y casi vacías que han entrado en contacto, que se están tocando ligeramente. He dicho que las esferas están vacías. Están llenas de estrellas: miles, tal vez millones; y estamos buscando quizás una docena de mundos habitados.

Una buena oradora, pensó Anna, aunque seguía teniendo la sensación de estar en una fiesta delirante. Se debía a la combinación de distancias enormes y bocadillos diminutos, y al menudo capitán sentado en silencio, casi dormido. Empezaba a parecerse a un lirón.

—Éstos son unos problemas —puntualizó la comandante—. Problemas de escala. Los otros problemas tienen que ver con la psicología.

»Los alienígenas son paranoicos o cuidadosos, o tal vez otra cosa que no comprendemos, algo completamente ajeno. La primera vez que los vimos estaban preparados para la guerra. Nos esperaban, a nosotros o a algún otro enemigo. Sus naves y sus estaciones estaban armadas y contaban con trampas explosivas. Nunca hemos capturado una nave que conservara el sistema de navegación intacto.

»Y siempre han existido problemas para interrogar a los alienígenas, a los pocos que hemos podido capturar. Al principio no teníamos forma de hablarles. Finalmente, logramos decodificar… ¿sería el término correcto?… su lengua principal. Nicholas Sanders formaba parte del equipo que lo hizo. Tiene una gran facilidad para los idiomas.

El pequeño capitán asintió.

—Al mismo tiempo teníamos otro problema, pero no fuimos capaces de resolverlo. Los alienígenas mueren con facilidad. Si se les da una oportunidad, se matan entre sí. Si eso no es posible, entonces se niegan a comer. Si son alimentados por la fuerza, no les aprovecha.

Como a casi todo el mundo, pensó Anna. Se sintió un poco mareada al pensar en personas como Hattin vendadas y conectadas a tubos. Era una especie de violación.

—Ha sido difícil mantener vivos a los pocos que logramos capturar el tiempo suficiente para enterarnos de algo.

»Tal vez los primeros, aquellos con los que no podíamos hablar, tenían información que nos habría resultado realmente útil; pero murieron antes de que pudiéramos interrogarlos; y aquellos que pudimos interrogar… —La comandante pareció frustrada—. No sabían las cosas que realmente queríamos averiguar. Esto puede deberse a la casualidad. ¿Cuántos expertos en ingeniería militar existen en una población, incluso en la tripulación de una nave FTL? ¿Y cuántos expertos en navegación? ¿Y qué posibilidades existen de mantener viva a una de estas personas?

»O tal vez, cuando supo que estábamos aquí, el enemigo puso a la gente que tenía información delicada a buen recaudo, sea donde fuere. —La comandante sonrió. Fue una sonrisa desagradable—. Hay ocasiones en las que pienso que no hago más que decir eso: “No sé. No sabemos. No saben. Nadie sabe.”

—¿Qué tiene esto que ver conmigo? —preguntó Anna.

—Después de cerca de cuarenta años de intentos, lo único que sabemos es un poco sobre su tecnología militar y un poco sobre su cultura. Ahora bien, tenemos delante de nosotros a un hombre que ha vivido entre los alienígenas durante veinte años. Sabe Dios lo que les ha contado. Sabe Dios lo que él ha aprendido.

—¿Qué va a hacer?

—Intentar recuperarlo. Se convirtió una vez. Tal vez pueda volver a hacerlo.

—Y usted quiere mi colaboración.

La comandante asintió.

—No creo que sirva para el papel de Mata Hari.

—¿Quién? —preguntó el menudo capitán.

—Una espía —aclaró la comandante—. Según la historia de Occidente, fue una mujer que conseguía información seduciendo a los hombres.

—Ah. —El capitán dejó su taza—. Creo que será mejor que le diga algo más sobre Sanders. Cosas de las que me he enterado en el curso de las negociaciones. —Guardó silencio durante un instante y reflexionó—. Tendré que decirle algo acerca de la lengua principal de los hwarhath. Espero que me disculpe. La comandante ya le ha proporcionado un montón de datos.

Tuvo la sensación de que el capitán pensaba que ya le habían dado demasiada información. ¿Por qué? ¿Pensaba que era información delicada? ¿O que no venía al caso? Por lo que podía decir, no era nada que no supiera o que no pudiera imaginar, salvo el material relacionado con los prisioneros alienígenas. No le gustaba imaginárselos en plena agonía.

—La lengua tiene cincuenta y seis formas para la segunda persona del singular —comentó el capitán—. Las variables son el sexo de la persona a la cual se habla, el rango comparativo de las dos personas implicadas y su grado de relación, si es que existe alguna. ¿Son parientes cercanos? ¿Parientes lejanos? ¿O no tienen ningún tipo de relación? Finalmente cuenta el grado de cercanía emocional. ¿Se trata de un buen amigo? ¿De una persona a la que uno ama?

»Sanders ha estado realizando la mayor parte de la traducción. Siempre es muy formal, muy respetuoso con los hwarhath. Su título, el de portador, no es muy elevado.

—Es el único detalle de su situación que me hace feliz —intervino la comandante—. Hace veinte años era capitán, y sigue siendo capitán. El cambiar de bando no hizo absolutamente nada para favorecer su carrera.

El capitán Van asintió.

—Cuando él se dirige a los hwarhath, siempre utiliza la forma «usted», que indica que está hablando a un hombre de rango más alto, que no está relacionado con él y con el que no tiene vínculos emocionales. Y casi siempre ellos responden utilizando la forma recíproca, que indica que están hablando con un hombre más joven, con el que no tienen relación y que es un desconocido.

»Sin embargo los hwar actúan con el de una forma rara. —El capitán hizo una pausa—. En este punto tengo que avanzar con cautela. Estoy hablando de algo que no son las realidades crudas. Salvo el general, los demás son demasiado corteses. Se nota en la forma en que se mueven a su alrededor. Le dejan mucho sitio, vigilan dónde se encuentra y lo que está haciendo. No esperan que se aparte; y no lo miran a los ojos. Sanders ha vivido mucho tiempo entre estas personas. Debería haber aprendido a mantener la mirada baja. Pero de vez en cuando lo olvida y el general es el único que le hace bajar la vista. Los demás apartan los ojos.

»É1 actúa, y los otros también, como si él fuera más importante de lo que parece.

»Lo que nos lleva a una segunda consideración. Él y el general hablan a veces un lenguaje que, al parecer, los otros hwar desconocen. Es casi con certeza una lengua hwarhath, aunque no está íntimamente relacionada con la que nosotros hemos aprendido. Personalmente, tengo la impresión de que es la lengua del general. No creo que la lengua que conocemos sea su lengua materna. —El capitán Van sonrió—. Es más fácil comprenderlo a él que a los otros hwarhath o a Sanders.

»Después de darme cuenta de todo esto, empecé a prestar mucha atención a Sanders y al general. Yo no soy nuestro principal traductor. No tengo que pasarme el tiempo pensando en los problemas técnicos de la lengua. En lugar de eso, pude concentrarme en los alienígenas como pueblo.

»En una ocasión, al final de un día muy largo, el general mezcló las lenguas. Dijo algo en su lengua y luego pasó a la otra, y creo que lo que ocurrió fue que no cambió con la suficiente rapidez su manera de pensar. Se dirigió a Sanders utilizando la forma íntima “tú”. La forma realmente íntima de “tú”, que no indica nada acerca del rango o de la relación familiar. Sólo indica el sexo de la persona a la que uno se dirige. El género siempre es importante para los hwarhath.

»Por lo que sabemos, esta forma es la que se utiliza para dirigirse a los miembros de la familia más próxima de una persona, para los grandes amigos, que por lo general son amigos de la infancia, y para los amantes reconocidos.

»Más tarde comprobé la grabación —explicó el capitán—. Oí al general perfectamente y luego, mirando la grabación, pude examinar a las otras personas del equipo hwarhath de negociación. Quedaron petrificados. Un par de ellos mostró una expresión que podría haber sido de incomodidad o disgusto. Me cuesta mucho trabajo interpretar la expresión de los hwarhath. Su lengua es más fácil, lo mismo que su lenguaje corporal.

»El que me llamó la atención fue Sanders. No tuvo la menor reacción, y me habría dado cuenta de si un humano se sentía impresionado o molesto; y cuando le respondió al general utilizó su título completo. No le dijo Primer Defensor, que es la forma que utiliza casi siempre, sino Defensor-de-la-Hoguera-con-el-Honor-en-Primer-Término.

—No sé si lo sigo —dijo Anna.

—Creo que el general estaba usando la forma que utiliza habitualmente con Sanders, probablemente la que había estado utilizando un momento antes en la otra lengua.

—Cuando Sanders mencionó su título completo, le estaba recordando: «Eso no es apropiado aquí.»

Anna reflexionó un instante.

—Lo que me está diciendo… lo que creo que me está diciendo es que Nicholas tiene una relación sexual con una persona cubierta de pelo gris.

—Bien —dijo la comandante—. Él no forma parte de la familia del general, y no es un amigo de la infancia y, por lo que sabemos, el enemigo no tiene lo que nosotros llamamos una vida sexual normal. Ninguno de ellos la tiene. Anna se echó a reír. —¿Qué quiere decir?

—Quiero decir exactamente lo que estoy diciendo. Hemos descubierto toda una cultura, tal vez toda una especie, que no practica la heterosexualidad, salvo, tal vez… y de esto no estamos seguros… como perversión. —¿Y cómo se reproducen?

—¿Y usted qué cree? —La comandante estaba evidentemente incómoda. Resultaba curioso: no tenía problemas para hablar de la guerra y de gente que moría—. Mediante moderna tecnología médica. Inseminación artificial.

Tenía sentido. ¿Pero cómo se había desarrollado una cultura como ésa? ¿Y por qué? ¿Y qué había hecho antes de desarrollar la moderna tecnología médica? Anna abrió la boca para plantear la primera de varias preguntas.

—Volví a mirar el archivo de Sanders —comentó la comandante—. Allí no había nada, absolutamente nada que indicara la existencia de problemas en el plano de la sexualidad. Todos sus tests psicológicos eran perfectos. Nunca se casó, pero muchos miembros del servicio de inteligencia militar tienen problemas para establecer relaciones a largo plazo.

¿Cómo se determina la disposición a implicarse sexualmente con los alienígenas? Sobre todo si no hay ningún alienígena disponible. Anna intentó imaginar una nueva versión del MMPI.

Responder sí o no:

—El pelo gris me parece sexualmente excitante.

—Yo tengo fantasías con personas de ojos azules y brillantes y pupilas horizontales.

Dejó la taza.

—Creo que tengo toda la información que puedo manejar por ahora; además, llegaré tarde al trabajo. ¿Podríamos continuar en otro momento?

La comandante miró al capitán, que asintió. Pareció incómodo, pero Anna tuvo la sensación de que no eran los alienígenas los que lo inquietaban. Era la comandante. Evidentemente, había sido entrenado en una de las ciencias conductistas. Lo más probable era que se sintiera menos perturbado por las diferencias entre los pueblos, las personas y sus culturas.

Anna se puso de pie.

La comandante dijo:

—Recuerde que no puede revelar públicamente nada de lo que le hemos dicho.

No tenía ganas de bajar la colina y buscar a alguien con quien hablar de la vida sexual de los alienígenas, ni de Nicholas Sanders, ni del hecho de que se había metido en algo realmente raro.

—No se preocupe, comandante. Lo único que quiero hacer en esté momento es ir a observar a un grupo de criaturas de los dos sexos mientras practican su única jodienda anual. Buenas noches.

Mientras bajaba por la colina tenía una perspectiva excelente de la bahía. Estaba totalmente iluminada, lo mismo que el canal y el mar. En un primer momento se sentía más que nada aturdida; después empezó a pensar en la cultura hwar. Era interesante. Iba a ser divertido. Al cabo de un rato sintió la necesidad de echarse a reír y lo hizo.


VIII

<p>VIII</p>

Pasé la noche en los aposentos del general, mirando una obra heroica. Gwarha estaba bebiendo; no rápida sino regularmente, lo que significaba que al final de la velada estaría borracho. Éste es un problema que no va a mejorar. [Gracias por la advertencia.]

Yo tomé vino. Él había traído media docena de botellas de la fiesta celebrada en el continente. No estaba bebiendo demasiado. He perdido la costumbre de beber, y si los dos nos emborracháramos terminaríamos discutiendo por la obra o por las negociaciones.

Él había instalado el holograma contra la pared opuesta, frente al sofá, que era largo y bajo y no demasiado cómodo. El mobiliario hwarhath no está diseñado para las personas de mi estatura. Cuando activó el aparato, la pared desapareció; allí estaba el escenario con dos hombres ataviados con armaduras relucientes. En los cascos llevaban plumas largas que se balanceaban y ondulaban con cada leve movimiento. Debería haber sido divertido, pero no lo fue. Los hombres estaban casi uno frente al otro, y sus miradas se cruzaban en ángulo, como espadas al principio de un duelo. Había música, los raros ruidos hwarhath que finalmente —al cabo de veinte años— puedo oír como si fueran música. La obra consistía en una nueva versión de una vieja historia, y los instrumentos eran deliberadamente antiguos: un carillón, una campana, un silbato y un tambor.

Gwarha adoptó la expresión atenta que tiene cuando se instala a mirar una de esas malditas y estúpidas cosas. [?] Me preparé para no escuchar.

La música se interrumpió. Los hombres se miraron a los ojos y la obra comenzó.

Antes, cuando empezaba a saber algo de los bwarhath, solía interesarme. El vestuario siempre es espléndido, y las obras en sí pueden poseer la belleza austera de una obra del teatro No. Casi nunca son más largas que la mitad de un ikun. Casi nunca tienen más de cinco personajes. Los parlamentos son breves, y los decorados casi inexistentes. Siempre giran en torno a hombres que deben enfrentarse a algún horrible problema ético: un conflicto entre dos clases de honor, un conflicto entre dos lealtades iguales y opuestas.

El honor personal contrapuesto a un linaje.

Un amante contrapuesto a un linaje.

Un linaje contrapuesto al Pueblo.

Elecciones imposibles, que deben realizarse en poco más de una hora. Y la mayoría de las veces uno muere al final, al margen de lo que haya escogido.

Me interesé un poco más de tiempo en las obras que trataban sobre mujeres. (Los papeles femeninos son interpretados por hombres, por supuesto. Ésta es una forma artística exclusivamente masculina.)

¿Qué hace un hombre cuando descubre que su madre es un peligro para el linaje? Se trata de un problema espantoso. No existe forma de que un hombre hwarhath sano ejerza violencia sobre una mujer o un niño. Pero el linaje —al igual que las mujeres y los niños— debe defenderse.

Un grave dilema.

Seguí interesado, creo, porque era muy difícil descubrir algo sobre las mujeres hwarhath… al menos para mí, que vivía al margen. (Gwarha no iba a llevar a un humano a casa para visitar a la sagrada familia y a las tías.) [Creo que no haré ningún comentario sobre este punto.]

En la misma categoría que las obras sobre mujeres, o tal vez en una categoría ligeramente diferente, se encuentran las obras sobre el amor heterosexual. Siempre me han parecido divertidas. Mi respuesta escandaliza a los hwarhath. Para ellos, estas obras poseen una fascinación enfermiza. A los niños nunca se les permite verlas; y en algunas ocasiones, cuando el talante del Tejido ha sido conservador, se las ha excluido por completo. Siempre son violentas y a menudo tienden a una verdadera fealdad. Siempre acaban con locura y sangre.

A menudo, al final, una vez que los cadáveres se han levantado y abandonado el escenario, el personaje principal regresa y recita un epílogo. (A los hwarhath les encantan las moralejas.) Esto es lo que ocurre cuando la violencia del perímetro se traslada al centro. Todo queda destruido. La familia no puede sobrevivir.

Hay una última clase de obras heroicas que (supongo) aún me interesa. Las obras sobre el rahaka: los hombres que no morarán, que siguen viviendo cuando cualquier persona normal habría elegido la opción.

Por ejemplo, un hombre cuyo linaje ha quedado destruido: todos los hombres, excepto él, han sido asesinados y las mujeres y los niños pasan a formar parte de otro linaje. Todos los lazos que tiene con el mundo han quedado rotos, pero lucha por sobrevivir. ¿Con qué fin? ¿Por qué? Éste es un problema que fascina a los hwarhath. Comparados con los humanos, ellos mueren con facilidad, y no comprenden qué hace que algunas personas continúen viviendo sin una buena razón. Casi siempre lo consideran un defecto de personalidad; pero a veces sospechan que es otra clase de heroísmo.

Hay una obra antigua y famosa que habla de un guerrero que muere lentamente a causa de una terrible enfermedad. Se sienta en el escenario. Lo visitan fantasmas y personas. Hablan. Se le ofrece la opción. Él no la acepta. En lugar de eso, sigue agonizando lentamente. Más adelante (la obra es más larga de lo habitual) se recuesta, demasiado débil para seguir sentado. Al final de la obra sigue agonizando.

En general, prefiero la comedia.


Del diario de Sanders Nicholas,

portador de información agregado al personal del Primer Defensor Ettin Gwarha

CODIFICADO PARA SER LEÍDO SÓLO POR ETTIN GWARHA


IX

<p>IX</p>

Anna regresó al día siguiente y le dieron una grabadora. Parecía un reloj de pulsera y, de hecho, marcaba el tiempo. Se la metió en un bolsillo. Nicholas podría haber notado que nunca llevaba ningún tipo de cronómetro.

Varios días más tarde, Nicholas arregló una cita en la barca a última hora de la tarde, un par de horas antes de que ella entrara a trabajar. El clima era suave y apacible. Se sentaron en la cubierta. Esta vez, Nicholas se había puesto un uniforme hwarhath de color gris, ceñido al cuerpo. Le sentaba muy bien. Evidentemente, el problema no era la confección kwar; era la idea que los hwar tenían de la moda humana. Llevaba una gafas de sol como las de los humanos: una montura de delgado metal dorado y lentes que brillaban como el dorso de algún tipo de escarabajo, de color verde iridiscente.

Hattin llevaba gafas de sol hwar, rectangulares, de cristales negros y montura de plástico negro, muy gruesa. Resultaban elegantes en su rostro chato. Habrían quedado espantosas en la cara de un humano.

—No se trata sólo de una cuestión de estilo —señaló Nicholas—. Las orejas de los hwarhath están más arriba, y su nariz es mucho más ancha y más chata que la de los humanos. Yo no puedo usarlas. Podría conseguir unas hechas a medida, pero no vale la pena. Me paso casi todo el tiempo sin salir.

Apoyó los pies en la barandilla y contempló la bahía, que brillaba a la luz baja y oblicua.

—En teoría, estoy aquí para hacerte preguntas sobre tus criaturas. Como creo haberte dicho, el general es sumamente curioso. Le interesa la inteligencia desconocida, sobre todo la humana, pero también cualquiera que se presente. Creo que estoy de humor para observar cualquier cosa que no sea una medusa gigante y probablemente inteligente. ¿Por qué no me hablas de la Tierra?

El soldado humano se movió, incómodo. Esta vez era otro: un chico robusto cuyos rasgos no pertenecían a ninguno de los grupos étnicos que ella conocía. ¿Tal vez de la zona del Mar Negro? Su estrecha franja de cabello cortado y teñido de color rojo ladrillo combinaba muy bien con su piel ligeramente morena. No logró percibir el color de sus iris, cubiertos por lentes de contacto completamente negras.

—Nada de importancia estratégica —añadió Nicholas ante una mirada del soldado.

Anna necesitaba un poco de tiempo para pensar qué temas eran de importancia estratégica.

—¿La echas de menos?

—¿La Tierra? A veces. —Hizo una pausa—. No creo en el arrepentimiento. Hay emociones que te atrapan, que hacen que tu vida se detenga allí donde está, y el arrepentimiento es una de ellas. Yo prefiero seguir en movimiento, lo que significa que intento pensar en la situación en la que me encuentro en este momento y en qué puedo hacer con respecto a ella —Echó un vistazo a su alrededor; sus gafas destellaron y sonrió—. Nunca he creído en eso de dejar que las cosas sigan su curso.

»Echo de menos, sobre todo, cosas prácticas y corrientes. Unas lentes de contacto decentes como las de los humanos. El café. Hay días… aún ahora, después de tantos años, en que pienso que daría cualquier cosa por una taza de café.

—Eso tiene solución. —Se puso de pie, entró en la cabina y le pidió a María que preparara una cafetera.

—Espero que sepas lo que estás haciendo, Anna —señaló María.

—Es posible.

Anna volvió a salir, se sentó y le habló a Nicholas de su última visita a Nueva York, que no había cambiado mucho desde los tiempos en que él había estado allí. Seguía siendo enorme, sucia, ruinosa y espléndida. Como siempre, estaba en proceso de construcción. Las monstruosas torres de cristal de finales del siglo XX, delirantes consumidoras de energía, habían desaparecido casi por completo. (Unas cuantas se habían conservado por razones históricas.) El último estilo arquitectónico era el llamado Nostalgia de la Época Dorada.

—¿Lo llaman así? —preguntó Nicholas.

Ella asintió.

—Paredes de ladrillo o de piedra. Pozos de ventilación. Ventanas que se abren. Gárgolas.

—¿Qué hiciste, una gira arquitectónica?

Ella volvió a asentir.

—Y una gira por el sistema de diques. Finalmente tuvieron que clausurar el puerto de manera definitiva. Fue la única manera de evitar que el océano inundara la ciudad. Ya no es un puerto.

—Vaya, qué pena.

María trajo el café y lo dejó; se quedó de pie junto a la puerta de la cabina, escuchando. Había nacido en América Central y era una india casi pura, de piel cobriza y preciosa cabellera negra, larga y lisa.

Anna le habló a Nicholas de las obras que había visto durante su visita. Evidentemente, no había nada de estratégico en La venganza del hombre lobo, ni en Medida por medida.

—Bueno, ésa es una obra que no me importaría volver a ver —comentó él—. Recuerdo la frase que el duque le dice a Claudio, cuando ese pobre estúpido se encuentra en prisión, condenado a muerte por fornicar. Es aquella que comienza diciendo: «Ser absoluto para la muerte.» ¡Qué frase tan maravillosa y sonora! Y después sigue con varios argumentos acerca de por qué no vale la pena aferrarse a la vida. «Razona así con respecto a la vida: si te pierdo, pierdo algo que sólo un necio querría conservar.» ¡Qué lenguaje tan encantador! ¡Y qué bobada! —Probó el café—. No es como lo recuerdo.

—Es un buen café de Nicaragua —intervino María—. Y sé prepararlo.

Él levantó una mano en ademán de disculpa.

—Ha pasado mucho tiempo, miembro. Estoy seguro de que lo he olvidado.

—¿Y has recordado ese pasaje de Shakespeare durante veinte años? —le preguntó Anna.

—No. Los hwarhath han seleccionado muchas obras breves y raras de la cultura humana, incluidas las obras completas de William Shakespeare, y mucha literatura china traducida. Me pregunto si esto es información estratégica. ¿Te dice algo útil sobre los hwarhath el hecho de saber que nunca han tenido oportunidad de leer a Ibsen?

La conversación siguió sin rumbo fijo durante un rato y concluyó con la moda. Nicholas sólo sentía un leve interés por el tema, salvo en lo que a la nueva imagen militar concernía. Eso, afirmó, era fascinante.

»…Y hace que me alegre de haber cambiado de bando. En ningún lugar del universo conseguiría un corte de pelo como el de Maksud.

El soldado humano frunció el entrecejo.

—Ciñámonos a la nueva imagen civil —sugirió Anna—. Es imposible que eso tenga alguna importancia estratégica.

—Ni siquiera es atractiva —opinó María. En la cabina de la barca tenía una revista, no sobre moda sino sobre cultura popular—. Todo se reduce a lo mismo, sobre todo en el norte. Los yanquis siempre han confundido el estilo con la vida. Y eso se debe al hecho de no tener una religión y una política reales.

—¿De dónde eres? —preguntó Anna.

—¿Originalmente? De la Tierra de las tormentas de polvo. Kansas. Me largué de allí en cuanto pude. Recuerdo que una vez leí una entrevista con alguien… no recuerdo quién era, una escritora de Kansas. Decía que cuando era pequeña le encantaba El Mago de Oz, porque le demostraba que era posible irse de Kansas. —Sonrió—. Siempre me ha gustado ese cuento.

María trajo la revista. Nicholas la activó, moviéndola ligeramente para que la pantalla quedara a la sombra. (A esa hora el sol estaba bajo, casi detrás del recinto diplomático.) Los colores brillantes parpadearon y hubo un estallido de música; Nicholas bajó el volumen.

Desde donde estaba, Anna no podía ver las imágenes. No importaba. Prefería observar a Nicholas. Él miró un momento la revista, luego lanzó un suspiro y se quitó las gafas de sol.

—No sabes lo que es el infierno hasta que tienes que usar los bifocales de los alienígenas —aseguró y sacó otro par de gafas de un bolsillo. Eran, evidentemente, de confección hwar: cristales rectangulares y montura gruesa de metal—. Están hechos a medida. Se ajustan perfectamente, y los cristales cumplen la función que deben cumplir, pero mira… —Se las puso. Eran absolutamente horribles. María se tapó la boca con la mano—. Siempre abrigo la esperanza de que los hwarhath capturen una nave en la que haya un óptico, pero hasta ahora no he tenido suerte.

—¿Realmente son bifocales? —preguntó Anna—. Nunca te había visto usar gafas.

—Gracias a la Diosa, casi no necesito corrección para ver de lejos. Me las arreglo mejor sin ellas, salvo cuando leo. —Apretó el botón «Play» de la revista. Destellaron nuevos colores—. Qué increíble —comentó.

Hattin miró por encima de su hombro. El soldado humano apartó la mirada, lo que significaba —casi con certeza— que pertenecía a una facción religiosa conservadora.

Al cabo de un rato, Hattin habló. Nicholas levantó la vista y sonrió.

—Dice que todo es absurdo o desagradable. Es terrible que él y Maksud no compartan un idioma. Podrían celebrar una breve reunión de protesta hasta que descubrieran en qué medida difieren sus respectivas culturas.

El soldado humano volvió a fruncir el entrecejo. Hattin parecía tan sereno como siempre, aunque ya no miraba la revista. En lugar de eso se dedicó a contemplar la bahía y dejó de lado la cultura popular humana sin siquiera encogerse de hombros. Por supuesto, Anna no sabía si los alienígenas se encogían de hombros o tenían algún otro gesto equivalente.

—¿Qué piensa Hattin de ti? —preguntó.

—Es un miembro de la guardia personal del general, y es muy leal. Si Ettin Gwarha me aprueba, es suficiente. No se pregunta por qué. Si me disculpas, voy a terminar este artículo.

¿A quién se le ocurre llamar «Stalin y sus Epígonos» a un grupo de cantantes?

Estaba encorvado, con expresión concentrada. Anna miró el cielo, por encima del recinto. Estaba salpicado de nubes pequeñas.

Un día raro. Podría haberlo disfrutado de no ser por la grabadora que llevaba en el bolsillo. Se sentía como una traidora, aunque era ella la que actuaba con lealtad.

Nicholas terminó de leer el artículo e hizo sonar la grabación de «Stalin y sus Epígonos» incluida en el mismo.

—Horrible, aunque en realidad, si he entendido el artículo, se supone que debe ser así. —Apagó la revista y se la entregó a María—. Gracias. ¿Alguien tiene hora?

Anna no sacó la grabadora. En lugar de eso, María entró en la cabina para averiguarlo.

Nicholas se quitó las gafas y las dejó a un lado.

—La próxima vez te haré preguntas sobre tus criaturas. ¿Cómo están?

—Muy bien. La semana próxima, más o menos, alcanzarán el punto culminante del despliegue luminoso. Después disminuirá y se apagará.

—Un espectáculo sorprendente. Me he acostumbrado a caminar por la playa de noche. Por supuesto, no es tan espectacular como la vista de la bahía. Pero sin embargo, el océano está salpicado de luces destellantes hasta donde yo puedo ver. —Hizo una pausa y reflexionó—. Supongo que debería añadir que la isla tiene muy buenas defensas en todo su perímetro.

Se marchó, seguido por los soldados.

—Tienes unos amigos muy raros —comentó María.

—Yo no le llamaría amigo. Es un conocido.

—Sea lo que fuere, me doy cuenta de que te gusta. Pero conocerlo a él no tiene futuro.

—Sin duda.

La tarde siguiente Anna pasó por el recinto y se presentó; ante la comandante, que se encontraba en el despacho forrado de madera oscura de imitación. La Tierra seguía girando en la pared; la nube que la cubría era más densa que antes.

Cuando ella concluyó, la comandante dijo:

—Lamentablemente, Sanders tiene razón con respecto a las defensas de la isla. No hay forma de llegar a él sino aquí —hizo una pausa—. Y existe un interrogante acerca de cuánto tiempo más se prolongarán las negociaciones —la mujer contempló la Tierra.

El capitán Van sirvió té.

—Estaban destinadas a ser muy preliminares, a descubrir si realmente podíamos enfrentarnos mutuamente cara a cara y fijar un procedimiento para negociaciones posteriores y resolver una serie de detalles menores. El mobiliario, por ejemplo.

—Es la tercera vez que oigo mencionar el mobiliario —comentó Anna.

El capitán sonrió.

—A los hwar les gusta sentarse más cerca que nosotros del suelo, y no querían que quedáramos más arriba que ellos; de modo que tuvimos que decidir la altura de las sillas de la sala de conferencias. Y querían que quitáramos la mesa del medio. Dijeron que la gente no puede mantener una conversación seria si está separada por un trozo enorme de plástico; la expresión que usan para decir «cara a cara» es «rodilla a rodilla».

La comandante finalmente apartó la mirada del planeta en movimiento.

—Siga como hasta ahora, miembro Pérez. Y gracias.

Anna abandonó el recinto. Aquella noche el despliegue de luces de la bahía era realmente espectacular. Bajó la colina hasta el puesto, imaginándose todo el tiempo, mientras recorría la isla, a Nicholas en el borde oscuro del mar que brillaba con destellos de color azul verdoso y naranja.


X

<p>X</p>

La mayor parte de mi diario se refiere a todo: a la estación Tailin o a la nave. (La Hawata Que Atraviesa Grandes Distancias. Un nombre encantador, aunque ahora me doy cuenta de que no estoy totalmente seguro de lo que es una hawata. Hay cosas sobre el Pueblo que aún desconozco, y algunas de ellas son simples y evidentes.) [Sí.] Lo único que tengo aquí son las anotaciones que he hecho desde que llegamos a este planeta. No puedo hacer un seguimiento y encontrar el razonamiento que nos condujo a la actual situación. Todas estas conversaciones tuvieron lugar con anterioridad, en la nave o en Tailin. Por eso he estado recordando. El general diría que es una pérdida de tiempo. Hemos tomado nuestra decisión. No hay nueva información ni motivos para reconsiderar esa decisión. Es mejor pensar en algo totalmente distinto. Me lo imagino, demonios. Que yo sepa, no hace ningún daño.

[No haré ningún comentario.]

La idea era sencilla. Hacer un pequeño cambio —muy pequeño— en la situación planteada con respecto a los humanos. Tratar de conseguir un poco de información del otro lado.

El general no estaba seguro de hasta qué punto quería seguir en esa dirección. [Sí.] Y no me gustan los planes complicados. Funcionan en holograma, pero en la vida real te dan en las narices. Existen demasiadas variables en la realidad.

Es mejor una acción a pequeña escala. Llévala a cabo. Ve qué ocurre. Luego haz otra cosa.

Nuestra acción a pequeña escala me estaba llevando a las negociaciones. No era del todo fácil. Los otros principales (al menos algunos de ellos) querían mantener mi existencia en secreto. Pero el general logró convencerlos. Soy un primero entre los expertos en la humanidad.

Había —hay— un elemento de riesgo que a mí me molesta más que al general. Pero había que hacerlo. ¡Es una forma tan fantástica de transmitir información!

Dramático. Sabíamos que los humanos prestarían atención.

Rápido. Sólo llevaría un momento —mirarme una sola vez— hacer comprender todo lo que queríamos decir.

Y en público. El general no quiere tratar con el enemigo en privado. Todo lo que tuve que hacer fue bajar del avión con aquel aguacero.

Dijimos al enemigo que para los humanos era posible vivir con y entre los hwarhath.

Les dijimos que para los humanos era posible llegar a un acuerdo con los hwarhath.

Les dijimos que para los humanos era posible trabajar con y para los hwarhath.

(Esto último es ambiguo. Pero considero el empleo, la opresión y la esclavitud relaciones entre seres que son —al menos hasta cierto punto— similares. Uno no emplea ni esclaviza un tiburón blanco ni un árbol. Uno pasa por alto o destruye lo que es realmente extraño.)

(No es un buen argumento. Puedo asegurarlo. ¿Qué ocurre con los gatos y los perros? ¿Y con las vacas? ¿Y con los corderos? ¿Y con los arriates? ¿Y con la levadura? Olvídalo.)

[Por favor explica todo inmediatamente en el frente.]

Llamamos su atención sobre el general, como alguien que tiene un interés y un conocimiento poco habituales sobre la humanidad, y llamamos la atención con respecto a mí. Dijimos al enemigo que había alguien no alienígena, alguien a quien pueden comprender, sin ninguna duda, y que vive entre los hwarhath.

Con suerte, los diplomáticos recibirán el mensaje. El servicio de información militar es otro asunto. Ellos son el motivo de mi preocupación.

Busqué hawata. Es un animal depredador, enorme y volador, parecido a un pájaro, que vive en el planeta madre de los hwarhath, en dos de los tres continentes del norte. Solía vivir en los cinco continentes, pero la civilización ha hecho disminuir el área que ocupa. Aparece en los cuentos populares y en la mitología, aunque sólo en el hemisferio norte. Evidentemente, en el sur se extinguió hace mucho tiempo.

Según la leyenda, el hawata es capaz de llevarse bebés y niños pequeños. (Se trata sólo de una leyenda. Según los científicos, no se ha dado ningún caso.) En la forma habitual del mito o el cuento del hawata, un niño es secuestrado, pero no devorado. En lugar de eso, lo rescatan personas de otro linaje y lo educan como a uno de ellos.

Por supuesto, con el tiempo se descubre la verdadera ascendencia del niño, ya sea mediante algún tipo de recurso (una joya que la criatura llevaba cuando el hawata la cogió) o gracias a una peculiaridad física. El niño tiene los ojos raros o una raya oscura a lo largo de la columna.

Si la historia es en clave de comedia, el descubrimiento lleva a una reconciliación de algún tipo: las familias enemigas ponen fin a su guerra cuando descubren que comparten una hija o un hijo. Sin embargo, a menudo la historia es trágica. Los amantes descubren que son hermanos y que su amor está prohibido. Un hombre descubre en la víspera de la batalla que el enemigo es su verdadero pariente. Entonces debe elegir.

Por alguna razón el hawata nunca aparece en ninguna obra de animales y, por lo que sé, nunca ha existido una obra heroica que utilice el secuestro por parte de un hawata. Parece algo natural. Incluso puedo imaginar la espantosa escena final.

Será mejor que envíe un mensaje a Eh Matsehar.


Del diario de Sanders Nicholas,

portador de información agregado al personal del Primer Defensor Ettin Gwarha

CODIFICADO PARA SER LEÍDO SÓLO POR ETTIN GWARHA


XI

<p>XI</p>

No tuvo noticias de Nicholas durante más de una semana. No le importó. El ritual de apareamiento que tenía lugar en la bahía llegaba a su apogeo. ¿Era ésa la palabra correcta? Cuando tuviera tiempo consultaría un diccionario.

De día, el agua estaba desbordada de mensajes químicos, algunos de los cuales captaban los artilugios sensibles que colgaban debajo de las pequeñas balsas o de las boyas. Yoshi los había instalado una mañana, cuando la migración acababa de empezar. Salpicaban la bahía. En aquel momento no había forma de llegar a ellos sin perturbar a los animales que se dedicaban a cortejarse; pero enviaban análisis de vez en cuando por radio.

Los animales utilizaban también señales visuales. No tanto para comunicarse, pensó Anna, como para excitarse. En los días claros, las señales resultaban apenas visibles. Pero la mayor parte de los días estaba nublado. El agua gris brillaba y parpadeaba bajo un cielo cubierto de nubes de color gris oscuro.

Por supuesto, por la noche el despliegue era espectacular: rosas, verdes, azules, amarillos, naranjas pálidos y blancos. Los colores inundaban la bahía y se esparcían por el océano. En un par de ocasiones, siendo las nubes especialmente bajas, las luces brillaron por encima de su cabeza en el cielo nocturno: eran reflejos, apagados, pálidos y poco visibles, pero allí estaban. Empezaba a sentir sueño.

Una tarde la llamó Nicholas.

—El general se va a otra fiesta. Más bebida y canapés. No quiero tener nada que ver con eso. ¿Puedo ir a molestarte?

Mierda, pensó Anna. Sus ojos se resistían a permanecer abiertos y le parecía que tenía la cabeza llena de pelusa gris.

—A las dieciséis —respondió ella—. A esa hora tendría que estar despierta. Reúnete conmigo en la barca. ¿Esta vez querrás hablar de los animales?

—Puede ser. —Nicholas sonrió brevemente e hizo una seña de despedida. Ella regresó a la cama.

Media hora más tarde la unidad de comunicación volvió a sonar. Anna maldijo y salió a gatas de debajo de la manta.

Esta vez era la comandante Ndo.

—¿Puedes venir hasta aquí? Lo más pronto posible.

Anna abrió la boca.

La comandante frunció el entrecejo.

—Es importante, miembro Pérez.

—De acuerdo.

—Bien. —La comandante le dedicó una amplia y dentuda sonrisa. Depredadora, pensó Anna.

Se vistió y subió a la colina. El cielo estaba cubierto de nubes. Soplaba un viento frío que inclinaba los rojizos y desnudos tallos de esporas y le azotaba el pelo, haciéndolo revolotear a ambos lados de su cara. De vez en cuando sentía caer una gota de lluvia.

El capitán Van esperaba a la entrada del recinto; parecía preocupado.

—¿Qué ocurre?

Él se llevó un dedo a los labios: el símbolo universal para pedir silencio.

Ella asintió y él la condujo hasta un ascensor. Bajaron un piso y salieron a un pasillo. Los tubos del techo emitían una luz pálida, áspera e institucional. En el aire flotaba un olor estéril. ¿A qué?, se preguntó. A metal y a hormigón.

—¿Qué es esto?—preguntó.

—Un sótano.

Atravesaron una pared gris, de metal, bajaron un tramo de escaleras y entraron en otro pasillo. Éste era todavía más curioso. ¿Para qué se necesitaba un sótano en un edificio provisional? Al final del pasillo había otra puerta de metal. El capitán se detuvo y apretó un botón de la pared. Anna oyó un zumbido y levantó la vista. Una cámara negra y diminuta giró lentamente, se detuvo y apuntó su luz roja hacia ella.

La puerta se abrió. El capitán le hizo una seña y Anna entró. Le resultó difícil hacerse cargo de la escena. Era demasiado compleja. Una habitación de paredes de hormigón, un escritorio de metal gris y la comandante sentada detrás: ésa fue la primera imagen. Después un hombre que se encontraba de pie junto al costado derecho del escritorio. Era alto y delgado, y llevaba puestos unos pantalones cobrizos y camisa y chaqueta del mismo color. Nicholas, pensó ella por un instante, que estaba llegando a un acuerdo con la Tierra.

Entonces vio a tres personas en el lado izquierdo de la habitación, contra la pared. Un hombre en una silla, con la cabeza gacha, los brazos apoyados sobre las rodillas y las manos apenas entrelazadas. Estaba flanqueado por dos soldados, ambos humanos. Uno de ellos era Maksud. El otro —un hombre bajo y de piel oscura, del sur de la India— le resultaba desconocido. El hombre que estaba sentado levantó la cabeza. Nicholas. Tenía la cara moteada de rojo y blanco y una expresión muy extraña en la mirada. No supo descifrarla. La miró primero a ella, luego al capitán Van, a la comandante y finalmente la puerta, que se había cerrado.

Estaba aterrorizado. Eso explicaba el cambio de coloración y la expresión de su mirada.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó Anna—. ¿Y dónde está el otro guardián? ¿El alienígena? ¿Hattin?

—Debería resultarle obvio lo que ocurre —comentó la comandante—. Ésta es nuestra mejor oportunidad para coger a Sanders. Se supone que los bwar no lo verán hasta esta noche, tarde. Tenemos cinco horas, tal vez seis o siete, para sacarlo de aquí. Necesitamos su colaboración. —¿Porqué?

—Como distracción —respondió la comandante—. Queremos que vaya hasta la barca con el teniente Gislason. —Señaló con la cabeza al hombre que se parecía a Nicholas—. Desamarre la barca. Queremos que los hwar busquen en la dirección equivocada. Queremos que piensen que tal vez Sanders se largó por propia decisión. Ha mostrado un claro interés por usted.

—Está loca. En este planeta no hay adónde ir. Está vacío. Y él no está interesado en mí. Por Dios, si usted me dijo que el general hwar es su amante.

En todo momento veía a Nicholas por el rabillo del ojo. Él hacía breves movimientos nerviosos, levantaba la mirada, la bajaba, se movía, se preparaba para echar a correr y luego vacilaba. No tenía adónde ir, ninguna esperanza de trasponer la puerta. Evidentemente lo sabía, pero no podía quedarse quieto. La respuesta lucha-o-huye era demasiado fuerte.

La comandante dijo:

—Según nuestros registros, hace veinte años él era un hombre heterosexual y perfectamente corriente. Tal vez ha vuelto a serlo. ¿Cómo iban a saberlo los alienígenas? No pueden ser expertos en sexualidad humana; y no nos importa demasiado lo que piensen que está ocurriendo, ya sea un paseo en coche o un fin de semana romántico, siempre y cuando busquen en el océano. —Hizo una pausa y miró a Anna fijamente—. No podemos dejar pasar esta oportunidad. Este hombre tiene veinte años de información. Tenemos que cogerlo.

Anna dijo:

—Ellos no creerán que se largó por su cuenta. ¡Piense en quién es este hombre! No permitirán que desaparezca. Pondrán el recinto patas arriba.

La comandante sacudió la cabeza y la luz resplandeció en su oscuro cráneo calvo.

—Gracias a Sanders, los hwar saben sobre nosotros más de lo que nosotros sabemos sobre ellos, pero hemos aprendido algunas cosas. Harán lo que sea por proteger o rescatar a mujeres y niños. Pero para ellos todos los hombres son prescindibles. Nuestra gente tiene esto muy claro. Creen, me refiero a los alienígenas, que la naturaleza de los hombres consiste en pelear y hacer la guerra. El destino de los hombres es morir con violencia. Cuando ocurre, ocurre. Qué será, será. Que sea lo que la Diosa quiera. El general Ettin no va a arriesgarse a poner fin a las conversaciones a causa de un hombre.

—¿Nick? ¿Es eso verdad?

Él levantó la cabeza y sus ojos mostraron aquella extraña expresión vacía.

—Sí —dijo al cabo de un momento.

—No tenemos tiempo de seguir discutiendo esto —aclaró la comandante—. ¿Colaborará con nosotros, miembro Pérez?

—¿Qué otra alternativa me queda?

—Ninguna, si quiere publicar su investigación y si quiere que la barca se marche sin problemas y sin dañar a ninguno de sus animales. Vamos a resolver esto, miembro Pérez, con usted o sin usted.

La historia —el fin de semana romántico— exigía que ella desapareciera. Anna tuvo la repentina sensación de que si se negaba se quedaría en aquella habitación en calidad de prisionera, como Nicholas.

Ésas eran las opciones. Por una parte su libertad, su investigación y la seguridad de los animales de la bahía. Por otra sólo su integridad personal y el hecho de que odiaba que la utilizaran. No tomaba en consideración a Nicholas. No podía hacer nada por él. Si se negaba a cooperar, la comandante encontraría alguna otra forma de llevárselo del recinto.

Lo miró. Él la observaba fijamente, cosa que no había hecho con anterioridad, y la tensión de su cuerpo era evidente. Se obligaba a estar inmóvil mediante un esfuerzo de voluntad, y le suplicaba con la mirada. ¿Para qué?

Miró a la comandante y asintió.

—De acuerdo.

Nicholas bajó la mirada.

—Fantástico —dijo la comandante—. Yoshi Nagamitsu está en este momento en la barca. Llámelo y dígale que irá más temprano. Comuníquele que puede marcharse.

Ella dio un paso en dirección al escritorio.

—Desde aquí no —señaló la comandante—. Gislason la acompañará a otra habitación. Cuando salga de este nivel del recinto tenga cuidado con lo que dice. Los hwar tienen unos aparatos de escucha realmente increíbles. No son para nosotros. Al parecer, se espían entre sí.

Vaya, pensó Anna.

—Gracias por su colaboración, miembro Pérez. Lo recordaremos.

Salió con Gislason. Mientras la puerta se abría, miró a Nicholas por última vez. El hombre tenía la vista clavada en el suelo y los hombros hundidos: la postura de alguien que acababa de recibir… ¿qué? ¿Su sentencia de muerte?

La puerta se cerró y Gislason dijo:

—Por aquí, miembro. —Y la condujo pasillo abajo hasta una habitación igual a la primera: paredes de hormigón gris, alfombra gris y un escritorio de metal gris sobre el que se veía un equipo de comunicación. Llamó a Yoshi.

Por lo general, Yoshi era bastante meticuloso y prefería quedarse hasta el final de su turno; pero esta vez estaba ansioso por marcharse. Anna no sabía con certeza si eso era buena o mala suerte. Si no hubiera estado dispuesto a marcharse de la barca, tal vez ella se habría librado de aquella estúpida conspiración. Y tal vez no. La comandante parecía decidida. Apagó el equipo de comunicación y se volvió hacia Gislason.

En realidad no se parecía mucho a Nicholas. Era de la misma estatura y complexión, incluso del mismo color. La misma piel pálida y el mismo pelo rubio grisáceo. Sus ojos eran verdes, aunque mucho más claros que los de Nick. Pero su rostro era distinto: huesudo y nórdico. Hermoso, aunque a ella no le gustaba especialmente.

—¿Qué le ocurrirá? —preguntó.

—¿A Sanders? Tendrá que preguntárselo a la comandante. —Tenía un leve acento escandinavo.

—Estaba aterrorizado.

Gislason se encogió de hombros.

—¿Espera coraje de un hombre como él? Tenemos el tiempo justo, miembro. Debemos irnos.


XII

<p>XII</p>

Subieron a la planta baja; no encontraron a nadie en la escalera ni en el ascensor. ¿Se debía a la fiesta, la recepción de los diplomáticos? ¿Estaban todos allí? ¿O aquella gente abandonaba el trabajo muy temprano?

No regresaron por el mismo camino por el que ella había llegado con el capitán Van. En lugar de eso, Gislason la condujo por otro pasillo hasta una puerta en la que se leía: SALIDA EXCLUSIVA DE EMERGENCIA — SONARÁ ALARMA. La abrió. Nada ocurrió, salvo que entró un viento frío cargado de lluvia.

A un ademán de él, Anna se cerró la chaqueta, se puso la capucha y salió. Empezaba a oscurecer y la temperatura estaba descendiendo, como la lluvia, que caía sin parar. Una noche espantosa.

Él salió con ella y cerró la puerta.

—En realidad, no deberíamos salir en la barca con mal tiempo —señaló Anna.

Él se llevó un dedo a los labios. Rodearon el recinto siguiendo un sendero abierto en la densa y esponjosa vegetación musgosa. Frente a la entrada principal el sendero se unía al camino que descendía por la colina. Éste había sido apropiadamente abierto: construido con maquinaria y pavimentado con grava de una de las playas. Las piedras eran redondas y resbaladizas y pisarlas resultaba poco seguro. Anna avanzó lentamente y Gislason la siguió.


Cuanto más lo pensaba, más insegura se sentía con respecto al plan. Nicholas sabía mucho más que ella de cuestiones de seguridad. No creía que la reacción de él fuera pura cobardía. Estaba al corriente de lo que iban a hacer y eso lo aterrorizaba. Anna nunca había visto a nadie tan asustado.

Pensó en los servicios secretos de la historia moderna: la SS, la CÍA, el KGB y otros cuyos nombres ya no recordaba porque sólo los había oído mencionar en algún curso sobre atrocidades de la facultad. En teoría, las cosas habían mejorado. ¿Podía afirmarlo?

Mientras bajaba por la colina en dirección a las luces amarillas de la estación de investigación, se le ocurrió que no tenía pruebas que demostraran que alguno de los diplomáticos estuviera involucrado en aquel secuestro. Si no lo estaban, si la comandante actuaba por cuenta propia, entonces ella, Anna, estaría traicionando a su gobierno, lo mismo que a Nicholas y a sí misma.

Un verdadero asco.

Llegaron al pie de la colina. Ahora resultaba más fácil avanzar. El sendero se extendía entre los edificios de la población y avanzaba junto a ventanas iluminadas. Vio gente trabajando en el interior, en laboratorios y oficinas. Una ventana grande se abría hacia un salón. Varias personas bebían antes de la cena. Vio las copas e imaginó lo que contenían: jerez, vino, algún tipo de refresco. ¡Dios, parecía muy confortable!

Fuera, la lluvia caía sobre la calle lanzando destellos plateados. Unas criaturas semejantes a peludos gusanos azules se agitaban en el sendero, entre los guijarros brillantes y negros.

—¿Qué son esas cosas horribles? —preguntó Gislason.

—Gusanos, en su mayoría. El vello que los cubre no es pelo, y no cumple la función de aislamiento. Lo utilizan para alimentarse.

—¿Cómo?

—Yasmin, la mujer que los estudia, considera el vello, provisionalmente, como «cilios», aunque no cree que tal nombre perdure. Los cilios producen enzimas que sirven para digerir los alimentos y los absorben una vez digeridos. Los animales tienen intestinos pero no boca, y un solo orificio. El alimento penetra por los cilios y sale por el orificio.

—¿Qué comen?

—Según Yasmin, lo que encuentran. El grueso de su dieta lo forman los microorganismos del suelo; pero también se alimentan de desechos, y ella cree que pueden comer raíces de plantas. Habitan en túneles, en una especie de caldo de cultivo compuesto por sus propios jugos gástricos y todo lo que han digerido. Es como si vivieran dentro de su propio estómago. ¡Un prodigio de criaturas!

Gislason emitió un sonido ambiguo.

—Están aquí a causa de la lluvia. Sus túneles han quedado inundados.

Los gusanos eran cada vez más numerosos. Anna caminó cuidadosamente entre ellos, en silencio porque tenía que mirar dónde pisaba y porque tenía que pensar. No quería salir con la barca de noche y con lluvia, y tampoco quería verse envuelta en un incidente internacional. Y aunque irracionalmente, tampoco quería tener nada que ver con perjudicar a Nicholas Sanders.

¿Qué podía hacer? ¿Correr? ¿Gritar? Gislason estaba a su lado, alto y temible. Imaginó que la cogía, la estrangulaba o la golpeaba con algún esotérico movimiento típico de las artes marciales. Se despertaría convertida en una prisionera, con la comandante furiosa; y la barca habría salido igualmente. Imaginó que se abría paso por la bahía, asustando a sus alienígenas y poniendo fin a la frágil paz del apareamiento.

Si lograba llamar la atención, sería la de los científicos humanos. ¿Cómo les iría a ellos contra el servicio de información?

Pasaron junto al último edificio. Delante de ellos se abría la bahía, en ese momento completamente a oscuras. Sus criaturas no habían comenzado a emitir las señales nocturnas; y si lo habían hecho, los mensajes quedaban ocultos por la lluvia. Sin embargó, la luz del muelle brillaba intensamente y logró vislumbrar la forma borrosa de la barca.

Caminó delante por el muelle, moviéndose con cautela. Allí no había gusanos, pero la superficie de metal resultaba resbaladiza a causa de la lluvia. En el agua, cerca del muelle, brilló una luz débil y pálida. No supo de qué color era. Una de las criaturas se estaba identificando, aunque sin autoridad ni convicción. Yo soy yo. Creo… estoy casi seguro… soy yo.

Gislason se colocó inmediatamente detrás de ella. No tenía forma de escapar. Sin duda, no iba a meterse en el agua. Estaba llena de zarcillos urticantes.

Yoshi esperaba en la barca, junto a la puerta que conducía a la cabina, y sostenía un paraguas de papel engrasado de color amarillo chillón.

En cuanto subieron a la barca, dijo:

—Esto es una verdadera suerte, Anna. Te lo explicaré más tarde. Buenas noches… ah, Portador. ¿No es así?

—Sí —respondió Gislason. Ella lo miró. Llevaba levantada la capucha de la chaqueta. Su rostro quedaba oculto y no había forma de diferenciarlo de Nicholas.

—Toda tuya. Que te diviertas. —Abrió el paraguas, pasó junto a ellos y saludó a Gislason con la cabeza.

Ella entró en la cabina. Al cabo de un instante Gislason la siguió.

—Se ha ido. Podemos desamarrar.

—Tenemos que desconectar los cables de la masa flotante —puntualizó Anna—. Debo advertir a los seudosifonóforos.

—¿Qué quiere decir?

—Los hay en toda la bahía, y han llegado al punto en que no prestan atención a nada salvo a sus iguales. Podríamos golpearlos. No cabe duda de que cortaremos algunos zarcillos.

Gislason frunció el entrecejo.

—¿Y cómo les advierte?

—En la masa flotante, la que está en medio de la bahía, hay luces, y tenemos un programa que traduce el inglés a señales luminosas. Así es como se comunican los animales… mediante destellos de luz.

Él sacudió la cabeza.

—No.

—No voy a sacar la barca a menos que pueda advertírselo a las criaturas de la bahía. Es posible que sean inteligentes. Sin duda, son vulnerables. No seré yo la responsable de causarles daño.

Él la observó con sus ojos de color verde claro y adoptó una expresión pensativa. Estaba considerando las posibilidades, calibrando las consecuencias, y ella tuvo la sensación —la clara sensación— de que algunas de las posibilidades le resultarían desagradables.

Finalmente, él dijo:

—De acuerdo. Envíe el mensaje. Pero yo la vigilaré.

Ella asintió y se volvió en dirección al ordenador; abrió el directorio de traducción. Allí había dos programas. Uno traducía el inglés a un lenguaje luminoso. El otro había sido instalado por Yoshi cuando decidió enseñar a los animales Mary tenía un corderito. Este programa traducía el inglés a un código de emergencia internacional.

Abrió el segundo programa. Se titulaba LP2-CEI. Intentó encontrar una explicación para las letras que brillaban en la pantalla; pero Gislason no se la pidió.

—Voy a teclear unas cuantas palabras que el programa traducirá a luces de colores. El mensaje es: «Peligro. Amigo desconocido.» La barca es el amigo desconocido. —Tecleó las palabras—. El resto del mensaje dice: «Actúa ahora. Ve hacia la orilla.»

—¿Eso resultará adecuado? —preguntó Gislason.

—Ajá.

Terminó de teclear el mensaje y pulsó la tecla de entrada. En la parte inferior de la pantalla aparecieron unas preguntas. ¿De qué color debía ser el mensaje? ¿Con qué frecuencia debía repetirse y con qué rapidez? Anna respondió de inmediato, con la esperanza de que Gislason no se diera cuenta de que las preguntas indicaban que el mensaje no estaba siendo traducido al lenguaje de los seudosifonóforos; luego volvió a pulsar la tecla de entrada. La pantalla quedó en blanco y sólo se veía el cursor que parpadeaba en el ángulo superior izquierdo.

—Ahora podemos desconectar. La masa flotante tiene activado el automático. Seguirá emitiendo señales por su cuenta.

—Espero estar haciendo lo correcto —comentó Gislason.

—Lo está haciendo.

Salieron a cubierta. Fuera ya estaba totalmente oscuro y las criaturas habían comenzado su conversación vespertina: pálidos parpadeos tentativos de color azul y verde, más borrosos que de costumbre a causa de la lluvia. Moby Dick flotaba en medio de la bahía, iluminada como una nave de lujo que entra en el puerto. Toda su superficie —por encima y por debajo del agua— destelló primero con un color anaranjado y luego con un azul pálido.

—Vamos —la apremió Gislason—. Realmente tenemos el tiempo justo, miembro Pérez.

Empezaron a desenganchar los cables que conducían hasta Moby. El mensaje mismo —el diseño de puntos y rayas— carecía de sentido para sus criaturas, aunque debían comprender los colores. El anaranjado significaba «ira» o «peligro»; el azul significaba «no agresión». Era una advertencia amistosa. Había peligro, les estaba diciendo Anna, aunque no maldad.

Cuando los motores de la barca se encendieran, conocerían la fuente del peligro. Sabían que las barcas eran peligrosas. Cuando los humanos llegaron por primera vez al planeta, habían utilizado las barcas para cazarlos. Aquél había sido el primer indicio de la posible inteligencia de los animales: la velocidad con que habían aprendido a temer las barcas y la velocidad con que dicho temor se había extendido a toda la especie.

En cualquier otra época del año, el sonido de los motores habría sido advertencia suficiente; pero en aquel momento estaban concentrados en el apareamiento. Tal vez no prestaran atención a la barca, o tal vez se dejaran dominar por el pánico sacudiéndose de un lado a otro con sus zarcillos urticantes y haciéndose daño mutuamente.

El mensaje no era para ellos. Anna no sabía con certeza para quién era. Nicholas había dicho que el general bwarhath estaba interesado en los seudosifonóforos. Era posible que le hubiera contado al general su conversación con Yoshi. Tal vez los hwar se darían cuenta de que la balsa estaba emitiendo un nuevo tipo de mensaje. Tal vez fueran capaces de descifrarlo.

Una posibilidad remota. Su verdadera esperanza era Yoshi. Sin duda él reconocería que el mensaje había sido enviado en el código de emergencia internacional y sin duda lo traduciría. Existían muchas probabilidades de que no lo comprendiera. Pero se lo transmitiría a María Luz y María no padecía en absoluto el mal del doctor Watson. Ella descifraría el significado del mensaje. Mi amigo desconocido está en peligro. Actúa rápidamente, y no busques en el océano. Busca en la orilla.

Tal vez debería haber gritado mientras atravesaban la estación, o intentado correr, aunque era mucho más baja que Gislason y nunca había sido buena corriendo.

Los últimos cables se hundieron en el agua.

—Desamarre —le dijo a Gislason y trepó a la silla del piloto. Parte del techo se extendía sobre el tablero de instrumentos y la silla. En teoría, esto mantenía secos los instrumentos y al piloto; pero ella ya estaba completamente empapada y el viento frío hacía que la lluvia golpeara contra los costados abiertos. Delante tenía un parabrisas salpicado por la lluvia, el techo de la cabina y la proa. Del asta de proa colgaba un banderín; era la bandera de la expedición. En él se leía: HASTA LAS ESTRELLAS POR EL CONOCIMIENTO.

Anna pulsó un interruptor. Las luces de los instrumentos se encendieron. Una profunda y cálida voz masculina dijo:

—Buenas noches, y bienvenido al maravilloso universo de las barcas de energía. Soy su ordenador Mark Ten Marine Mind. Si necesita alguna información acerca de cómo operar su nueva barca de energía Star Craft modelo Setecientos, por favor déjeme encendido. De lo contrario, oprima el botón rojo de la izquierda del timón.

Oprimió el botón rojo.

—Ahora guardaré silencio —anunció la voz—. A menos que ocurra algo que exija una advertencia o algún otro tipo de comentario.

Anna encendió los motores.

Gislason le gritó.

—Está todo desatado.

Ella aumentó la potencia. La barca avanzó. Giró el volante, haciendo que la barca se apartara del muelle, y volvió a maniobrar dejándola apuntando hacia la bahía.

La mayor parte de los animales seguían emitiendo destellos azules o verdosos, pero el ritmo de sus mensajes había cambiado. Ahora era rápido y entrecortado, como el ritmo de un código. De vez en cuando se veía un destello anaranjado similar al estallido de una bomba.

—Más adelante hay una obstrucción —le comunicó el ordenador—. Por favor, compruebe la pantalla del sonar.

Anna bajó la vista. En la pantalla aparecían muchos puntos pequeños, todos de color verde brillante: los animales. Mientras ella miraba, empezaron a moverse a izquierda y derecha, hacia los bordes de la pantalla. Levantó la vista. Delante de la barca se extendía la oscuridad.

—¡Caray! —dijo Gislason.

Toda la bahía brillaba con destellos de color naranja oscuro y azul pálido: Peligro. Amigo desconocido. Peligro. A pesar de la lluvia —que caía sobre el agua y salpicaba el plexiglás que tenía delante— pudo leer el mensaje.

—La han oído —comentó el hombre—. La han visto, quiero decir. Han comprendido su mensaje.

—No son estúpidos.

La oscuridad se extendía más allá de Moby Dick en dirección al océano. Anna guió la barca y avanzó entre las sombras. Los limpiaparabrisas se movían de un lado a otro. Las gotas de lluvia que caían sobre el plexiglás brillaban como joyas: anaranjados y azules.

—Y tienen buena memoria —añadió—. Algunos debían de estar aquí en alguna otra ocasión en que la barca salió. ¿Ve que están abriendo camino? Saben que seguramente nos iremos —hizo una pausa—. O tal vez se han comido a los que estaban aquí antes.

—¿Se comen entre sí? —preguntó Gislason. Parecía horrorizado.

—Ésa no es la palabra correcta. Debería decir que practican el desguace. Se capturan unos a otros. Por lo general, los grandes capturan a los pequeños. El vencedor o depredador paraliza a la víctima y luego la desarma y utiliza sus distintas partes.

—¿En este planeta todo tiene hábitos repugnantes?

En ese momento se encontraban en el canal que conducía a la bahía. El agua era oscura y el sonar no detectaba ningún animal delante de la barca.

—La vida tiene costumbres repugnantes —sentenció Anna—. En la Tierra hay animales, sobre todo acáridos y avispas parasitarias, cuyas maneras de reproducirse son espeluznantes.

Gislason dejó escapar un sonido, un gruñido que para ella no significaba nada. Conformidad. ¿Repulsión? Tal vez indigestión. Se concentró en la tarea de guiar la barca hasta que el sonar le indicó que estaban fuera del canal. No es que necesitara que el equipo le indicara cuándo habían llegado al océano. El aire cambió; una fuerte brisa sopló desde el este; sintió el sabor de la sal y notó el agua que la salpicaba. La barca se mecía mientras se elevaba y descendía con las olas de gran tamaño.

—Y la vida sexual de los humanos no siempre es agradable —añadió Anna, concluyendo el hilo de su pensamiento.

—Es verdad —coincidió Gislason. El tono de su voz fue concluyente, y ella tuvo la impresión de que el hombre pensaba en Nicholas Sanders.

Sus alienígenas les rodearon. El océano estaba salpicado de luces destellantes que subían y bajaban: azul, verde, amarillo, anaranjado, rosa. Algunos de ellos habían captado su mensaje. Otros seguían enviando el suyo propio: Yo soy yo. No pretendo hacer daño.

Gislason dijo:

—Vire hacia el sur, miembro.

Ella hizo girar la barca. Detrás de ellos y a la derecha sólo había oscuridad: tierra firme. El océano se extendía delante y a la izquierda. Los animales estaban en su mayoría justo fuera de la entrada de la bahía, detenidos por los mensajes químicos que emitían los animales más grandes que se preparaban para el apareamiento; pero las luces destellaban hacia el sur y hacia el este: animales solos que flotaban en la oscuridad y parches de luz en distintos puntos, donde los animales se habían reunido en grupos.

Decidió retomar el tema del desguace. Tenía la sensación de que era menos polémico que la conducta sexual humana.

—Más que organismos individuales, son colonias.

Anna señaló con la mano el océano iluminado.

—Las diversas partes retienen mucho de su unidad original. Para ellos, desarmar no significa gran cosa. Un producto químico paraliza al animal que ha sido capturado, aunque sin infligirle un daño permanente. Entonces otro producto químico, o más probablemente una serie de productos químicos, indica a las partes que se separen unas de otras y se unan al nuevo animal.

Por lo que sabemos, así se produce la mayor parte de su desarrollo; y gracias a los experimentos sabemos que las partes conservan sus recuerdos. Cuando un seudosifonóforo se come a un pariente, incorpora el pasado del pariente. No sabemos lo grandes que pueden llegar a ser los animales, ni durante cuánto tiempo pueden llegar a vivir, ni cuánto pueden recordar. Tal vez siglos, tal vez milenios. La historia de la especie puede estar allí, flotando en el profundo océano.

Una vez más estaba pronunciando un discurso, como había hecho con respecto a los gusanos. ¿Por qué? Tal vez era el miedo. No cabía duda de que tenía miedo.

—A partir de ahora —dijo Gislason— puedo hacerme cargo de la barca. Sé adónde vamos.

Ella dejó el asiento libre y él se sentó.


XIII

<p>XIII</p>

La barca siguió rumbo al sur, bajo la lluvia. Según indicaban los instrumentos, viajaban aproximadamente paralelos a la costa, aunque ésta se encontraba fuera de la vista, envuelta en la oscuridad. Las criaturas aparecían cada vez con menor frecuencia: un resplandor azul en la oscuridad que destellaba y se desvanecía; más tarde otro resplandor verde o azul, y rara vez uno naranja. Yo soy yo. Peligro. (O «ira», tal vez.) No tengo intención de hacer daño.

Anna se quedó junto a Gislason. El techo que se extendía sobre su cabeza la protegía de la lluvia, que empezaba a amainar. Lo que caía era, como mucho, llovizna.

—Necesitamos que esa nube nos cubra —dijo Gislason—. Espero que no despeje.

—¿Por qué?—preguntó ella.

—Tenemos encima una nave enemiga, miembro, que cuenta con equipo de detección muy eficaz. Las nubes nos proporcionarán cierta protección.

Dos naves en órbita sincronizada, pensó Anna. Una de ellas había trasladado a los diplomáticos humanos. La otra había llevado a los alienígenas de pelaje gris. En las noches claras se las veía en el cielo, por encima de la estación, y sus colegas —los astrónomos aficionados y profesionales— se lo habían comentado: dos estrellas que nunca se movían. La nave hwarhath se encontraba al este, sobre el océano. La nave de la Tierra estaba encima del recinto de los diplomáticos. Se movían una en torno a otra y a la estación sin cambiar de posición.

Para ella, el comentario de él no tenía sentido. Si el equipo de los hwarhath era tan bueno, debía captar la presencia de la barca, tal vez no en la parte visible del espectro sino en algún otro punto. Después de todo, no era una estrafalaria máquina de espionaje. No estaba protegida. Sabría Dios —ella no lo sabía— qué clase de radiación emitía; pero sin duda se trataba de algo que los hwarhath estaban en condiciones de localizar, y no era posible que lo confundieran con otra cosa. Era la única barca del planeta. Echó un vistazo a su compañero. Su rostro largo y delgado quedaba iluminado desde abajo por el panel de instrumentos. Tenía un pálido brillo verde, como un ser salido de una historia de fantasmas. No era una presencia tranquilizadora. Decidió no hacer más preguntas y volvió la vista al mar.

El tiempo pasaba. Tenía mucho frío, pero se quedó en cubierta: no estaba dispuesta a dejar a Gislason a solas.

Pasaron junto a un último grupo de criaturas: individuos pequeños que seguramente tenían miedo de acercarse más a la bahía. Flotaban al costado este de la barca: una enorme mancha de luz que se elevaba y caía, cabalgando sobre las olas. Los colores las cubrieron formando ondas, casi todas azules y azul verdoso. Había destellos anaranjados y amarillos: ira, frustración, excitación, advertencia. En una ocasión, aproximadamente durante un minuto, todo el racimo se volvió de un tono rosa extraordinariamente purpúreo. ¿Qué era? No pudo leer el mensaje. ¿Era una variación del mensaje tranquilizador que las criaturas grandes se enviaban entre sí? Yo soy yo. No tengas miedo.

Del enjambre surgieron serpentinas de luz y a su alrededor flotaron otros grupos mucho más pequeños. Pudo ver todo eso a pesar de la oscuridad y de la lluvia. ¡Si al menos hubiera contado con un avión y un cielo despejado! Tenía que verlo desde arriba.

—¿Qué ocurre ahí? —preguntó Gislason.

—No sé. Nunca prestamos mucha atención a los individuos que son demasiado pequeños para aparearse. Es posible que nos hayamos equivocado. Ojalá supiera qué es lo que provoca un comportamiento así. No creo que estos individuos estén ni siquiera al alcance de la vista de otras criaturas, y por tanto no creo que estén reaccionando a un despliegue luminoso. Y me gustaría saber con qué propósito se reúnen. No van a intercambiar material genético. Son demasiado jóvenes. —Hizo una pausa y miró las luces que se movían y resplandecían—. Y también me gustaría saber si sus acciones son inconscientes, o si saben lo que están haciendo.

El grupo de criaturas se dispersó. La barca continuó hacia el sur y hacia el este durante otra hora. No aparecieron más criaturas. ¡Cielos, allí fuera hacía mucho frío! Y daba miedo. Las olas, apenas visibles en la oscuridad, estaban coronadas de espuma blanca.

—Disculpe —dijo finalmente una voz cálida—. Éste es su ordenador Mark Ten Marine Mind, que interviene por segunda vez. Si comprueba la pantalla de su radar, notará que hay un objeto directamente delante de usted, a una distancia estimada de mil metros. Es un objeto sólido que flota en la superficie del agua. No se mueve. Si no desea entrar en contacto con el objeto, por favor modifique el curso. Si quiere entrar en contacto, por favor, reduzca la velocidad.

Gislason apretó el botón rojo.

—Ha indicado que desea manejar la situación por su cuenta. Ahora guardaré silencio.

—Idiota.

La barca redujo la marcha.

Anna miró hacia delante. No veía nada.

—¿Qué es eso?

—Un avión —respondió Gislason—. Debemos largarnos de aquí.

—¿Que debemos qué? Estamos en medio del océano.

—El enemigo puede rastrear esta barca, miembro. Sin duda se da cuenta de eso. No podemos quedarnos aquí. Voy a dejar que Mark Ten Marine Mind siga por su cuenta. Sin duda es lo suficientemente inteligente para hacerlo.

—Ésta es la única barca existente en un radio de varios años luz, y está llena de equipos de investigación. No podemos abandonarla.

—No la abandonamos, miembro. Mark parece ansioso por tomar el mando. Se la dejaremos a él.

—No —dijo Anna.

—Miembro, no tiene otra alternativa.

Ella vio luces más adelante, que subían y bajaban sobre la superficie del océano. Eran tres, pequeñas, pálidas y evidentemente artificiales.

La barca aminoró aún más la velocidad. Anna vislumbró la oscura forma del avión. Las luces indicaban el morro, la cola y el ala.

—No podemos hacer esto —insistió Anna—. Podría perder mi trabajo.

—Créame, miembro Pérez, se verá envuelta en peores problemas si no colabora con la comandante.

La barca viró de lado, moviéndose más violentamente que antes mientras Gislason la acercaba al avión. Cuando estuvieron junto a éste, casi tocando su oscuro costado, se abrió una puerta; brilló una luz amarilla; Anna parpadeó y vio la silueta de una persona recortada contra la luz.

—¿Teniente? —Era una voz masculina.

—Tendremos que amarrar aquí durante un rato. Ayude a Zhang y luego suba al avión —dijo Gislason.

Ella abrió la boca para protestar, pero la expresión de Gislason la obligó a guardar silencio. No era en absoluto una persona agradable, pensó, mientras el hombre que estaba en la puerta aseguraba las amarras. Cuando concluyeron, el hombre se agachó y la ayudó a cruzar hasta el avión. Entonces pudo verlo con claridad: era un hombre alto del este de Asia, vestido de uniforme. Usaba el típico mohawk, teñido de azul turquesa. Sus cejas eran del mismo color, completamente exóticas. Se preguntó qué pensaría Nicholas de aquello. Aunque era probable que no pensara en nada más que en el problema al que se enfrentaba.

—Bienvenidos a bordo del Shadow Warrior.

El soldado señaló con la mano una habitación larga y estrecha. En un extremo se veía una hilera de asientos colocados de cara a una pared de metal en la que no había nada más que una puerta cerrada. Los asientos parecían pertenecer a un cohete o a un maglev interurbano de la Tierra; aunque en el maglev no había cinturones de seguridad. Salvo por la fila de asientos, la habitación estaba vacía. Un avión de mercancías, pensó Anna.

—Me temo que no disponemos de comodidades, y debo entregarle un paquete al teniente Gislason. Si toma asiento, le serviré café dentro de un momento.

Se acercó a la fila de asientos y se sentó de cara a la pared. Ésta se encontraba sólo a un metro de distancia. La habitación, brillantemente iluminada, hizo que sintiera más miedo que viajando por mar abierto.

Un par de minutos más tarde volvió a aparecer el soldado asiático. Atravesó la puerta de la pared metálica y regresó casi de inmediato con un tazón en la mano. Era de cerámica pesada y totalmente liso.

—Tendrá que ser solo, lo siento; y a pesar de lo malo que es el café, el té es aún peor.

Anna cogió el tazón y bebió. El café era espantoso.

—¿Nunca lavan el jarro?

—No es una prioridad. Si me disculpa… —Se marchó.

Bebió un poco más de café —sólo un poco— y clavó la mirada en la pared de metal.

Unos veinte minutos más tarde, Gislason subió a bordo. Se sentó junto a ella y se abrochó el cinturón de seguridad.

—Ya está. Mark está actuando por su cuenta.

El soldado asiático cerró la puerta exterior, luego recogió la taza de café y fue hacia adelante. Ella no tenía idea de lo que había más allá de la puerta interior. Una cafetera, la cabina del piloto.

Se encendieron los motores.

—¿Se ha abrochado el cinturón? —preguntó Gislason—. El despegue será brusco.

Así fue, y ella recordó que nunca le había gustado mucho, volar. Se aferró a los brazos del asiento. A su lado, Gislason se tapó la cara con las manos.

Durante un instante Anna quedó aterrorizada.

—¿Qué es esto? ¿Tenemos problemas?

El avión saltó un poco más y enseguida quedó en el aire y se elevó suavemente. Gislason levantó la vista. Los ojos le habían cambiado de color. Ahora eran azules, de un tono tan intenso que parecían iluminados desde dentro.

—¡Caray! —exclamó Anna.

Él se cogió el mechón de pelo que le caía sobre la frente y dio un tirón hacia arriba y hacia atrás.

—¡Mierda! Hace daño. —El pelo se soltó. Debajo apareció el cráneo pálido, desnudo salvo por el habitual mohawk, amarillo como la mantequilla.

Gislason se frotó el mohawk y se peinó hacia arriba el pelo amarillo. Ahora se parecía a un escandinavo y a un soldado, y en absoluto a Nicholas.

El avión estaba virando; notó que la cabina se ladeaba.

—¿Adónde vamos?

—Tenemos un lugar que el enemigo no conoce —Dejó caer la peluca en el asiento contiguo—. Más le vale ponerse cómoda. Tardaremos un rato.

Se reclinó en su asiento e intentó relajarse. No era fácil. No tenía idea del rumbo que estaban siguiendo. ¿Al este, sobrevolando el mar? ¿Al oeste o al sur en dirección a tierra? Si se dirigían hacia el sur volarían sobre una parte del continente, por lo que ella sabía inexplorada. Por supuesto, había fotos aéreas, y sus colegas de biología habían tomado algunas muestras de vida. Las imágenes mostraban montañas bajas y peladas y llanuras cubiertas con la vegetación musgosa de color amarillo. En distintos puntos había bosques de arbustos grandes y/o árboles pequeños. Un animal que parecía un cruce entre un cangrejo y un armadillo se alimentaba en las llanuras amarillas cubiertas de musgo. Medía dos metros desde la punta de las uñas delanteras hasta el extremo de la cola acorazada: el animal terrestre más grande del planeta. No poseía esqueleto interno y, según sus colegas, era rematadamente estúpido; pero poseía un aparato respiratorio fascinante.

Al cabo de un rato, Gislason se sacó algo de un bolsillo y lo desplegó como si fuera un trozo de pape una, dos, tres veces.

Era un tablero de ajedrez de tamaño corriente. Golpeó un borde. De repente el tablero adquirió solidez: una sola pieza firme de metal y silicona. Los cuadrados rojos empezaron a brillar con un suave tono rosado. Los cuadrados negros siguieron siendo oscuros, como ventanas abiertas al espacio.

Impresionante, pensó Anna.

Él volvió a dar unos golpecitos en el tablero. Las piezas se materializaron, aunque ésa no era realmente la palabra adecuada. Eran hologramas, estaban hecho de luz y no de materia.

Dos hileras de guerreros chinos. Detrás de ellos, elefantes y consejeros, generales montados a caballo y un par de espléndidos emperadores de pie junto a sus delgadas y elegantes esposas. Un emperador iba vestido de rojo; el otro, de blanco y plateado.

—¿Juega? —le preguntó Gislason.

—Sé mover las piezas.

—Eso no es suficiente. —Tocó el tablero. Uno de los guerreros sacó una espada. La diminuta hoja resplandeció. La agitó sobre su cabeza y avanzó.

¿Cómo podía resistirse? Observó la partida. Los guerreros esgrimían espadas y pancartas. Los elefantes se amontonaban. Los caballos de los generales se encabritaban. Los consejeros se deslizaban como si los hicieran sobre cojinetes. Los emperadores avanzaban con energía y las peligrosas reinas se movían hacia delante con un curioso, tambaleante e inseguro andar.

Muy impresionante, aunque no cabía duda de que era un holograma. Los colores resultaban demasiado pálidos. Los rojos y los blancos tenían un aspecto perlado e iridiscente, y las figuras carecían de solidez aunque fuesen tridimensionales y mostraran bellos detalles. De vez en cuando parpadeaban y se desvanecían un instante.

Dos ejércitos fantasmas, pensó Anna. ¿Por qué luchaban?

—¿Eso no es muy caro?—preguntó.

—¿El tablero? Sí. Pero en el espacio no hay muchas cosas en las que gastar dinero. Me gustan el ajedrez y los juguetes caros.

Gislason siguió jugando hasta que el avión comenzó su descenso. Entonces apagó el tablero. Las diminutas y fantasmales figuras se desvanecieron. Plegó el tablero y lo dejó a un lado mientras el avión se posaba… en el agua. Estaba segura. El aparato redujo la marcha, giró y finalmente se detuvo. La puerta que tenían delante, la que conducía al lugar donde estaba la cafetera, se abrió. Salió el soldado de las cejas azules.

—Debemos movernos con rapidez, teniente. La capa de nubes empieza a rasgarse.

Gislason asintió y se puso de pie.

—¿Miembro?

Ella siguió a ambos hasta la puerta exterior. Cejas Azules la abrió y se zambulló en la oscuridad. Anna lo oyó chapotear.

—Un metro de profundidad —dijo—. Y está fría.

—Miembro —dijo Gislason.

Anna saltó, tocó el agua y enseguida fondo. La arena se movió bajo sus pies. Empezó a caer y el soldado la cogió.

—¿Se encuentra bien, miembro?

—Sí.

Caminaron lentamente hasta la orilla, seguidos por Gislason. Cuando llegaron a tierra firme, ella volvió la vista atrás. En la puerta había otro soldado, esta vez una mujer. Cerró la puerta y la luz que salía del avión se apagó. Un instante más tarde vio una linterna en la mano del soldado de las cejas azules. La enfocó por delante de ellos, sobre una playa rocosa.

—Vamos.

Ella volvió a seguirlo como si estuviera en medio de un sueño. La luz de la linterna hizo visibles las piedras y luego la vegetación musgosa. Ascendieron por una pendiente. Alrededor de ellos había objetos, aproximadamente de la misma altura que las personas, pero estaban inmóviles y en silencio. ¿Qué eran?, pensó Anna. El soldado levantó su linterna y enfocó el haz de luz sobre un árbol lleno de tocones. Una gruesa pelusa cubría el tronco y las ramas. No tenía hojas.

—¿Dónde estamos? —preguntó Anna—. ¿En la mitad sur del continente?

—Creo que no puedo decírselo —respondió Gislason.

Si hubiera sido de día, podría haber buscado animales con caparazón y garras. Pero tales animales eran diurnos. Tanto ellos como sus depredadores necesitaban el calor del sol.

La luz de la linterna mostró un acantilado que se extendía por delante de ellos, bajo y de piedra oscura y desigual, con una abertura por la que entraron: una cueva poco profunda. Al fondo había una puerta. Anna la habría pasado por alto incluso con luz de día. Estaba muy bien disimulada.

El soldado empujó y la puerta se abrió. Más allá de ésta se extendía un pasillo de hormigón, con tubos encendidos en el cielo raso. La luz que proyectaban era pálida y tenía un matiz azul.

—Bienvenida a Camp Freedom{Freedom significa literalmente libertad. (N. de la T.)} —anunció el soldado.


XIV

<p>XIV</p>

Entraron: primero Anna, luego Gislason y por fin el soldado, que cerró la puerta. Por el lado interior era de metal y tenía una rueda. El soldado la hizo girar como si estuviera cerrando la antigua cámara acorazada de un banco.

—Avance por el pasillo —le indicó Gislason.

Sus pasos retumbaron levemente. Anna no oyó nada salvo el zumbido de un sistema de circulación de aire. Unos cien metros más adelante llegaron a otra puerta. El soldado la abrió. Al otro lado había luces brillantes y se oía una melodía. Anna reconoció la canción. Había sido un éxito cuando ella llegó por primera vez al límite de la Confederación: Vivir en el límite de la Confederación. Ya no recordaba el nombre del grupo. Habían aparecido y desaparecido como un cometa. Pero aquella canción era fantástica: la mejor descripción que había oído de lo que suponía vivir «Donde nadie ha estado antes que yo / y todas las reglas son nuevas» y «los mensajes de la Tierra se convierten en ruido».

Sin embargo, en ese momento la música estaba demasiado alta y no logró entender las palabras. Un sistema de sonido que no era nada del otro mundo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Gislason.

El soldado de las cejas azules se encogió de hombros.

Este otro pasillo tenía puertas a ambos lados. Pasaron junto a unas cuantas, todas cerradas, y finalmente llegaron ante una que estaba abierta. Gislason la cogió del brazo y la hizo entrar.

Un despacho corriente, con una mujer de aspecto corriente sentada detrás de un escritorio. Ni siquiera llevaba mohawk; el pelo —grueso, rizado y negro— le cubría la cabeza… Llevaba ropa de calle en lugar de uniforme militar: chaleco azul marino y blusa plateada del cuello alto. La corbata era oscura y estrecha y estaba sujeta con una aguja plateada con forma de delfín.

Gislason cerró la puerta. El volumen de la música bajó notablemente.

—¿Por qué hacen tanto ruido?

—Tenemos problemas con el aislamiento acústico —respondió la mujer—. Entre las habitaciones y el pasillo. En ningún otro sitio. No se oye nada de una habitación a otra, y el sonido no se filtra al exterior. Me he asegurado muy bien de eso. Pero teniendo en cuenta la situación, la música no me parece mala idea. —Hizo una breve pausa—. Y ayuda a levantar la moral. Nos recuerda que estamos luchando por la civilización humana. Usted debe de ser la miembro Pérez.

—Así es. Me gustaría saber exactamente en qué me he metido. ¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar? ¿Y qué ocurrirá con mi barca? ¿Acaso el enemigo, me refiero a los hwarhath, no será capaz de localizarla? ¿Qué pensarán cuando la encuentren vacía?

—No voy a contestar a todas sus preguntas —aseguró la mujer—. Le hablaré de la barca. A estas alturas… —miró el reloj—, debería estar hundida.

—¿Qué?

—Lo único que encontrará el enemigo serán los restos de un naufragio; la barca estará demasiado hundida para sacarla. Si la localizan o la llevan a la superficie, ¿qué pruebas encontrarán? —miró a Gislason.

—Las de un incendio originado en la galera —respondió—. Una avería eléctrica en la cafetera. Las llamas llegaron a los tanques de combustible y… ¡bum!

—Hijo de puta —dijo Anna.

—No tiene motivos para creer que la madre del teniente Gislason es en modo alguno responsable de la actual conducta de éste —puntualizó la mujer—. El enemigo no encontrará ningún cadáver, por supuesto. En el mar ocurren esas cosas. La corriente se los lleva. ¿Quién sabe adónde van a parar? Aunque siempre es posible que los cadáveres aparezcan tiempo después.

—¿Qué? —preguntó Anna.

—Un cadáver —dijo la mujer en tono tranquilizador—. No el suyo, por supuesto. El de Sanders. Preferiríamos conservarlo vivo. Sin embargo, debería ser posible conseguir la mayor parte de la información en una semana, o dos, o tres. Después de eso, podríamos liquidarlo, si resulta necesario.

¿Quién era aquella persona? Anna pensó rápidamente en los monstruos famosos de los dos últimos siglos. Nadie había demostrado con certeza que el doctor Menguele hubiese muerto. Pero al cabo de ciento noventa años… Y el coronel Peterson estaba enterrado bajo un monumento de granito negro, después de haber dedicado su vida (como decía la inscripción) a la causa de la salud pública de Estados Unidos.

—Él reaparecerá sólo si los hwarhath insisten en que presentemos pruebas de su muerte. Bueno, si insisten, su cadáver aparecerá flotando en alguna playa. —Hizo una pausa—. No en el mejor estado, pero reconocible y lo suficientemente entero para que puedan determinar que murió ahogado.

Caray, realmente disfrutaba con la idea del asesinato; se le notaba en la voz; y también disfrutaba con la idea de aterrorizar a Anna Pérez.

—Si podemos quitárnoslos de encima, si están dispuestos a creer en el accidente, usted y Sanders abandonarán el planeta. Pero no lo harán hasta pasado un tiempo. Mientras tanto, Anna… ¿puedo llamarla así?… está obligada a permanecer en Camp Freedom.

—¿Hay que tomar en serio ese nombre?

—Es el único lugar del planeta donde estamos a salvo de la vigilancia del enemigo. —La mujer hizo una pausa—. Y libres de las interferencias de los civiles. Sí, Anna, el nombre puede tomarse en serio. —Se puso de pie. Anna pudo ver entonces los pantalones de corte marinero que completaban el traje—. La acompañaré a su habitación.

Dejaron a Gislason en el despacho. La mujer la condujo pasillo abajo. Sonaba otra canción, una que Anna no conocía. La música seguía demasiado alta y sin embargo ella seguía sin entender las palabras, aunque tuvo la impresión de que eran en inglés.

Se desviaron por un pasillo lateral. El volumen del ruido disminuyó un poco.

—Por aquí —dijo la mujer y abrió una puerta.

Otra habitación absolutamente corriente. Tenía el aspecto de un dormitorio. Una mesa, una silla, una cómoda, una cama, una segunda puerta que conducía a un pequeño cuarto de baño. Sin ventanas, por supuesto.

—En el cuarto de baño encontrará toallas, junto con los artículos de primera necesidad: cepillo de dientes, peine, y todo eso. En la cómoda tiene ropa de recambio. En la mesa hay un ordenador. Le he pedido la cena, verduras al curry con arroz. Me temo que toda nuestra comida es vegetariana. Espero que no le importe.

Se sorprendió respondiendo:

—No, por supuesto que no. Casi nunca como carne.

—Fantástico. —La mujer sonrió—. La puerta estará cerrada con llave. La verdad es que no queremos que se vaya a pasear por el campo. Por favor, entre.

Anna lo hizo sin protestar, luego se volvió y abrió la boca. La puerta se cerró. Oyó el chasquido de la cerradura.

Se sentó en la cama. Era una prisionera, retenida por personas que habían destruido deliberadamente la única barca de investigación existente en un radio de varios años luz, propiedad del gobierno que les daba empleo. ¿Qué clase de malditos criminales eran?

Asesinos, decidió un instante después. Sin duda eso explicaba por qué Nicholas parecía tan asustado. Seguramente él lo sabía.

Ella había hecho lo que correspondía al enviar el mensaje.

¿Y si no llegaba? ¿Y si nadie hacía nada? Se echó el pelo hacia atrás y se frotó la cara. Sentía los músculos tensos. ¿Y si el servicio de información militar se enteraba de la existencia del mensaje? Ahora se daba cuenta de que eso era posible, tal vez incluso probable.

Su cuerpo aparecería flotando en la playa y tal vez después no tuvieran necesidad de asesinar a Nicholas. Si el cuerpo de Anna aparecía, quizás eso convencería a los hwarhath de que el accidente había sido real.

Tal vez no fuera necesario que descubrieran el mensaje. Quizá ya estaba condenada. Había hecho lo que ellos querían. Ya no les servía y —como decían las obras holográficas— sabía demasiado.

Por otra parte, Nicholas era sumamente valioso. Tenía sentido eliminarla a ella primero.

Empezó a temblar. ¿Cómo se las había arreglado para meterse en aquel lío?

Había hablado con un hombre agradable. Había aceptado a alguien nada más conocerlo. Le había caído bien porque mostraba curiosidad y le hacía preguntas interesantes.

La puerta se abrió y apareció el soldado de las cejas azules.

—La cena —anunció, y dejó una bandeja en la mesa—. ¿Todo está bien? ¿Necesita algo?

—Necesito salir de aquí.

—Lo siento, miembro. Será mejor que le diga que esta habitación está bajo vigilancia. Eso puede ahorrarle algunas molestias. —Sonrió—. Todos hacemos cosas que preferiríamos que los demás no vieran. Que pase una buena noche.

Salió. Anna se puso de pie. No tenía hambre, pero en la bandeja había media botella de vino blanco. No era muy adecuado para el día que había pasado, pero tendría que servirle. La abrió, llenó un vaso y volvió a sentarse. Era ligeramente dulce. ¿Un Chardonnay?

Cuando se terminó el vino, decidió que era demasiado pronto para dejarse dominar por el pánico. No sabía lo suficiente. Su tutor de la escuela para graduados le había dicho que aquél era su mayor defecto. Formulaba teorías y sacaba conclusiones antes de tener los datos.

Abrió la cómoda y encontró un camisón: largo hasta el suelo y de auténtica franela con un estampado de flores realmente encantador.

¿Qué clase de gente era aquélla? ¿Y qué significaba el camisón? ¿Era posible asesinar a alguien después de proporcionarle un camisón de franela?

Al cabo de un instante decidió que sí. Era posible, aunque no justo.

Se llevó el camisón al cuarto de baño y llenó la bañera. El agua estaba caliente y le habían proporcionado gel de baño. Esto era cosa de la mujer sin nombre, la directora, evidentemente, de Camp Freedom. Parecía una conducta propia de ella: la anfitriona perfecta. Aquel lugar debía figurar en la Guía de Posadas Campestres y Campos de Concentración. Anna agregó gel al agua. Produjo una abundante espuma.

Después se cepilló los dientes y se metió en la cama. Se quedó un buen rato a oscuras, pensando en la posibilidad de la muerte, y finalmente se deslizó en un sueño agitado, del que se despertó a menudo. Sus sueños eran fragmentados y desagradables. Unas cosas le perseguían. No podía correr.

Al despertarse definitivamente oyó una música alta y confusa. La puerta de su habitación estaba abierta. El soldado de las cejas azules estaba de pie en la entrada.

—Lamento molestarla, miembro. Me iré enseguida. —Dejó una bandeja en la mesa y recogió la de la cena—. Y debo disculparme también por el desayuno. En la cocina tenemos problemas. La doctora quiere verla cuando esté lista.

—¿Quién?

—Ayer la conoció.

La mujer del pelo rizado.

El soldado se marchó y ella se levantó. En la bandeja había judías negras, arroz y café solo. En realidad, no estaba mal. El café era mucho mejor que el del avión. Cuando terminó de comer, se puso su propia ropa. Estaba sucia e impregnada de sal, pero quería tener que ver lo menos posible con el servicio de información militar.

Cejas Azules regresó y la acompañó al despacho de la Doctora Sin Nombre. Ella estaba allí, sentada detrás del escritorio. Hoy llevaba una blusa de color rojo fuego y un chaleco negro. La corbata era de malla plateada. Gislason estaba apoyado contra una pared, con los brazos cruzados y expresión… ¿sardónica, tal vez? Anna no estaba segura de lo que significaba la palabra «sardónica». Pero algo andaba mal; lo vio en la expresión del hombre. El capitán Van estaba en un rincón, hundido en una silla, y parecía abatido.

—Por favor, tome asiento —le indicó la doctora.

Anna se sentó en la última silla.

—Ha surgido un problema —anunció la doctora.

—¿Qué?

Esta vez fue Gislason quien habló:

—El enemigo nos localizó anoche, poco después de que fuera trasladada a su habitación.

Anna abrió la boca y él levantó una mano.

—Aquí no, miembro. De momento, éste es el único lugar del planeta controlado por seres humanos. Ellos llenaron la pista de aterrizaje de cohetes e hicieron entrar tropas de combate en el recinto y en la estación. Todo muy rápido. Y muy efectivo. Nuestra gente tuvo tiempo de enviar un mensaje. Lo que oímos a continuación fue un anuncio de los hwarhath en el que se decía que controlaban todo y a todos. Tienen como rehén a toda la población humana del planeta. Sus amigos, mis amigos, los diplomáticos.

No bromeaban.

—Quieren dos cosas: a Nicholas Sanders y tiempo suficiente para salir de aquí sanos y salvos. Si no consiguen esas dos cosas, matarán a todos los seres humanos del planeta. Hombres y mujeres, dijeron. Creo que lo de las mujeres es un farol —dijo el capitán Van—. Pero no cabe duda de que matarán a todos los hombres, militares y civiles. En su cultura no existe el concepto de hombre civil. Todos los hombres son soldados; y no tienen ningún problema en asesinar soldados.

—¿Qué ocurrió con su plan? —preguntó Anna—. ¿Con la historia sobre Nicholas y yo?

—No lo sabemos —respondió la doctora.

—Seguramente no la creyeron —intervino Gislason.

—Así que ahora tenemos que decidir cómo responder —añadió la doctora.

—Concédanles lo que piden —sugirió Anna.

Gislason sonrió sin ganas.

El capitán Van dijo:

—Quieren una tercera cosa, miembro Pérez. A usted. Y en perfecto estado, dijeron. Intacta. ¿Por qué, miembro?

El mensaje, por supuesto. Los alienígenas lo habían recibido. Pero no podía decir a aquel trío de villanos que ella era la persona que había hecho fracasar su plan.

—No tengo ni idea.

—Usted lo sabe —dijo Gislason.

—Creemos que usted encontró la manera de traicionarnos —afirmó la doctora.

Anna guardó silencio.

—¿Realmente importa? —preguntó el capitán Van.

La doctora asintió.

—Claro que importa. Si estamos en lo cierto, la miembro Pérez es culpable de traición.

—¿No cree que más le valdría decidir qué hacer con respecto al ultimátum de los hwarhath? —preguntó Anna.

Gislason extendió los brazos y se irguió.

—Sabemos lo que vamos a hacer. Aquí no tenemos medios de transporte. Fue un error, pero queríamos tener los aviones lo más lejos posible por si el enemigo encontraba la forma de localizarlos. Así que estamos obligados a permanecer aquí. No podemos ir a ninguna parte; y en el recinto hay personas en manos del enemigo que conocen la existencia de Camp Freedom. Alguien hablará. Creo que todavía nos queda un día, o tal vez dos, hasta que llegue el enemigo.

—Si luchamos —dijo el capitán Van—, morirán cientos de personas.

—Pensamos en matar a Nicholas Sanders —dijo la doctora—. En ese caso, al menos, ya no serviría de nada al enemigo.

Gislason hizo una mueca.

—Ya vio cómo estaba ayer. Actuaba como si lo estuviéramos despedazando, y apenas lo habíamos tocado.

—Unas cuantas drogas —le aclaró la doctora—. Nada más. Tendrían que haber servido para que respondiera al interrogatorio. En lugar de eso… —La doctora frunció el entrecejo—. Debió de ser un efecto paradójico. Se agitó más, en lugar de tranquilizarse. Parecía tener alucinaciones.

—El hombre no es útil a nadie, ni a los humanos ni a los alienígenas —sentenció Gislason—. Lo único que le sacaron fue información, y seguramente hace muchos años que les dijo cuanto sabía. —Miró a Anna—. No vamos a luchar, miembro. No hay forma de hacer que Sanders abandone el planeta, o incluso el campamento. Así que lo hemos perdido a él y toda la información que tiene sobre el enemigo. No veo qué sentido tiene asesinarlo, y el capitán tampoco —Gislason miró a Van, que aún estaba hundido en la silla, con aspecto abatido—. Hoy nos pondremos en contacto con el enemigo y negociaremos un intercambio: usted y Sanders por todos los demás. Pero nos gustaría saber qué hizo usted.

La doctora se inclinó hacia delante.

—Podemos averiguarlo, miembro. Las drogas que atemorizaron a Nicholas Sanders sirven con cualquier humano.

Era como estar rodeada por una aureola negativa. En cualquier momento uno de aquellos maníacos empezaría a atusarse un bigote inexistente. «¡Ajá, mi bella muchacha! ¡Ya te tengo!» Pero hablaban en serio. Eso era lo más terrible. Y también hablaban en serio al mencionar las drogas y el asesinato. Había una frase que no lograba recordar sobre la banalidad del mal. Una vieja frase, probablemente del siglo XX, un siglo muy azotado por el mal. Estaba divagando. ¿Qué demonios iba a hacer?

—Creo que tendrán que utilizar la droga —contestó—. Es la única manera de que crean que no hice nada. Tal vez ellos quieran saber qué ocurrió. Quizá me detengan para interrogarme.

—Muy bien —dijo la doctora.

—Esto es ridículo —opinó el capitán Van—. Soy el oficial de mayor graduación que hay aquí, y no permitiré que siga interrogándola. La entregaremos al enemigo en perfectas condiciones, como se nos exige. No pondré en peligro la vida de cientos de personas para satisfacer su curiosidad, doctora.

Miró a Gislason.

—Por favor, vuelva a llevar a la miembro Pérez a su habitación. Después… —suspiró— decidiremos qué diremos a los hwarhath.


XV

<p>XV</p>

Pasó el resto del día en su habitación. Un soldado, una mujer latinoamericana, le llevó el almuerzo: un bocadillo de queso y café. Anna le preguntó si había novedades.

—No puedo decirle nada —respondió la mujer en castellano.

Cuando terminó de comer sacó el ordenador y examinó el directorio. Contenía un programa universal de pasatiempos: ajedrez, damas, bridge, la nueva edición de Monopoly y del Revolution, una búsqueda y media docena de novelas. Miró la lista de novelas. Siempre había querido leer Moby Dick. ¿Por qué no ahora?

Empezó a leer.

La soldado latinoamericana le llevó la cena, que consistía en verduras salteadas y arroz. Comió, se duchó y se acostó temprano. Esta vez no tuvo problemas para conciliar el sueño.

Por la mañana reanudó la lectura. Estaba empezando el capítulo que hablaba de la blancura cuando la puerta se abrió. El desayuno, pensó; y era tarde.

Entró un hwarhath: bajo y pulcro, vestido con el habitual uniforme gris. Tenía el pelaje de color gris oscuro, casi negro.

Anna levantó la vista, sorprendida. Él la bajó de inmediato.

—¿Anna Pérez? —preguntó.

—¿Sí?

—Me llamo Hai Atala Vaihar. Mi rango es el de observador uno-delante, y soy agregado al personal del Primer Defensor Ettin Hwarha. Me han enviado a rescatarla.

—Su inglés es realmente excelente —comentó ella.

Él mostró brevemente los dientes. ¿Era una sonrisa?

—Lo aprendí de un nativo, aunque Sanders Nicholas me dice que no está del todo conforme con mi acento. Mi lengua materna es tonal, y al parecer no puedo perder el deje.

Anna apagó el ordenador, recogió la chaqueta y se la puso. Después de pensárselo se guardó el ordenador en un bolsillo. Moby Dick se estaba poniendo interesante.

—¿Nos vamos? Esta habitación me pone los pelos de punta.

—¿Cómo dice?

—Me pone nerviosa.

—Sí. Vámonos. Usted primero, por favor. Nos iremos directamente. Tengo instrucciones de volver con usted y el portador lo más rápido posible.

Recordó el camino que llevaba a la entrada y lo siguió; el alienígena caminaba detrás de ella.

—¿Cómo está Nicholas? —preguntó.

—En este momento se encuentra bajo los efectos de los tranquilizantes que le dio el enemigo. Han dicho que se alteró y que no lograban serenarlo.

—Intentaron interrogarlo.

Ambos guardaron silencio; después el hwarhath dijo:

—Sanders Nicholas es famoso por su aversión a responder preguntas.

En los pasillos no había nadie, ni humanos ni extraños. La música había cesado. Anna sólo oyó el suave silbido y el zumbido del sistema de ventilación y las pisadas de ambos que retumbaban entre las paredes de hormigón.

¿Qué había sucedido? ¿Los alienígenas también se habían apoderado de aquel lugar?

Pasaron junto a una puerta abierta. Ella echó un vistazo y vio a un hwarhath inclinado sobre un ordenador, pulsando teclas con habilidad y rapidez.

Aquello al parecer respondía a su pregunta.

Salieron al pasillo exterior. La luz de los tubos del techo era tan tenue como antes, pero en el extremo opuesto la puerta estaba abierta y se veía brillar el sol.

Mientras salía a la luz, Anna lanzó un suspiro. ¡Ah! ¡Aire fresco! Corría aire. El cielo estaba salpicado de nubes pequeñas. A su alrededor, las colinas eran de un amarillo intenso. Más abajo, un lago redondo y azul se extendía en medio de un valle poco profundo. A la orilla del agua crecían los árboles. Todos (por lo que ella sabía) eran de la misma variedad: color naranja apagado, de tronco corto y grueso y ramas como palos. Ninguno tenía hojas.

El alienígena se detuvo junto a ella e hizo un ademán. A la derecha había un espacio llano, y en él dos aviones: las alas hwarhath en forma de abanico y un ADV.

—¿Dónde estamos? —preguntó Anna.

—Aún tengo problemas con las distancias de los humanos —respondió el alienígena—. Aunque por fin he aprendido a medir el tiempo. Nos encontramos a dos horas al sur y al oeste de la estación de investigación de los humanos. Sanders Nicholas ya está en el avión. Por favor adelántese, miembro.

Caminó sobre la vegetación semejante a musgo amarillo —era espesa, blanda y elástica, y su débil y seco aroma impregnaba el aire—, luego subió la escalerilla de metal y entró en una cabina muy semejante a la cabina de un avión de los humanos. Por su centro se abría un pasillo, entre filas de asientos. Bueno, ¿cuántas maneras había de transportar grandes cantidades de humanoides?

Los asientos eran más grandes que los de cualquier avión de los humanos: anchos y muy bajos, con brazos anchos y mucho sitio para las piernas. Curioso, considerando que los alienígenas —en conjunto— eran más pequeños que los humanos. No había ventanillas. Qué raro. ¿A aquella gente no le gustaba saber adónde iban?

El alienígena señaló con la mano la parte delantera del avión. Ella avanzó en esa dirección. A mitad de camino se topó con Nicholas. Se encontraba en un asiento junto a la pared de la cabina, encorvado y con la cabeza inclinada a un costado, apoyada en la pared. Lo habían envuelto en una manta. Tenía el rostro blanco como el papel y los ojos cerrados. Junto a él se sentaba un hwarhath.

—Nick —dijo ella, deteniéndose.

El alienígena que estaba junto a él levantó la vista brevemente y volvió a bajarla.

—Nicholas.

Él volvió levemente la cabeza y abrió los ojos. Anna tuvo la impresión de que no la veía. Después dijo algo en un idioma que no reconoció. Su voz parecía cansada.

El alienígena de Anna comentó:

—Creo que no sabe quién es usted, miembro. Está hablando en nuestro idioma.

—¿Qué ha dicho?

—Que no sabe nada. Creo que deberíamos continuar hacia delante.

Anna se sentó varias filas más adelante. El alienígena —¿cómo se llamaba? ¿Vai algo?— se sentó junto a ella y le explicó cómo ajustarse el cinturón de seguridad.

Un par de minutos más tarde se encendieron los motores. El avión despegó. Anna cogió el ordenador que se había llevado de su celda, lo activó y terminó de leer el fragmento dedicado a la blancura de la ballena.

El alienígena estaba callado, con las manos cruzadas, y no hacía absolutamente nada.

Dos horas más tarde, según el reloj del ordenador, el avión empezó a descender. Anna apagó Moby Dick. El avión aminoró la marcha. El ruido de los motores cambió. El aparato quedó suspendido en el aire y luego descendió. Un aterrizaje muy agradable; apenas se dio cuenta de que tocaba el suelo. Aquella gente parecía competente en todo: un rasgo inhumano.

Los motores se apagaron. Se desabrochó el cinturón.

—Por favor, quédese donde está, miembro. Primero bajaremos a Sanders Nicholas. ¿Puedo preguntarle qué está leyendo?

—Es la historia de un hombre que se obsesionó con la idea de cazar y matar un enorme animal marino.

—¿Y lo logró?

—El animal lo mató a él.

Oyó que se abría la puerta y notó entrar un aire húmedo que olía a mar. Detrás de ella, todos se movieron. Uno de ellos hablaba suavemente en el idioma de los alienígenas.

—Es una historia famosa —añadió Anna.

—¿Es decente? —preguntó el hwarhath.

—Supongo que sí. En realidad, no sé lo que su pueblo considera decente.

—Las historias sobre hombres o sobre mujeres. Pero no las historias sobre hombres y mujeres. Nos resulta difícil estudiar su cultura. Parecen obsesionados con actividades contrarias a la voluntad de la Diosa.

Por alguna razón, la voz cautelosa del alienígena le recordó la del guardia de Nicholas, el joven extraño llamado Hattin.

—Uno de los suyos custodiaba a Nicholas. ¿Qué le ocurrió? ¿Se encuentra bien?

—Encontramos su cuerpo. Sus cenizas serán enviadas a casa. Eso es importante. Cuando llega el final, nos gusta volver a casa.

El alienígena echó un vistazo hacia la parte trasera del avión.

—Ahora podemos marcharnos, miembro.

Ella lo siguió bajo una fría, fina y brumosa lluvia. Después de echar un vistazo a su alrededor, dijo:

—Ésta no es la estación.

—¿Su estación? No.

Los edificios que la rodeaban eran cuadrados, grises y monótonos. No había en ellos ventanas ni detalles arquitectónicos: sólo paredes lisas y desnudas. Seguramente había puertas, pero ella no las vio.

—¿Por qué estoy aquí?

—El Primer Defensor quiere hablar con usted.

—¿Por qué?

—Yo no soy una persona importante, miembro. El Primer Defensor no me dice lo que piensa.

Ella se quedó quieta unos minutos más, mirando los edificios grises y cuadrados, y se encogió de hombros.

—Dígame adónde debo ir.

—Allí —respondió, señalando.

Cuando se acercaron al edificio, ella distinguió una puerta que se encontraba al nivel de la pared y era apenas visible. Él la abrió y entraron en otro pasillo. Éste tenía las paredes grises de metal y el suelo alfombrado de un tono gris ligeramente más oscuro. Caramba, a aquella gente le encantaba ese color. En el aire flotaba un olor raro. ¿A qué? Algún animal desconocido. Del lado interior de la puerta había dos alienígenas armados con rifles. Uno se dirigió a su acompañante. Éste respondió.

El alienígena que había hablado en primer lugar movió levemente la cabeza. ¿Un gesto de asentimiento?

—¿Miembro? —le dijo su acompañante.

Bajaron por el pasillo. Allí había un gran despliegue de actividad. Los alienígenas pasaban junto a ellos y se movían con rapidez y con la gracia atlética que parecía característica de la especie. ¿Acaso entre los hwarhatb no había torpes? Nadie la miró directamente, pero tuvo la sensación de ser observada, de que la miraban de reojo. Aproximadamente la mitad de los alienígenas iban armados, la mayoría con rifles, aunque también vio algo parecido a revólveres, guardados en pistoleras.

Llegaron a otro puesto de guardia. Su acompañante habló con otro individuo armado con un rifle. Éste era grande y corpulento, de pelaje gris pálido con un claro matiz azul. Cuando el individuo levantó la mirada, Anna vio que sus ojos eran del mismo color que su pelaje. Finalmente asintió. Ella y el alienígena avanzaron.

¿El guardia era anormal, o acaso había hwar de diferentes colores? La mayor parte de los individuos junto a los que pasaron eran de distintos tonos de gris, pero su acompañante era casi negro, y había visto a otro hombre cuyo pelaje era de dos tonos: oscuro en las puntas y plateado hacia el interior.

Un tercer puesto de guardia. Otra conversación y otro gesto de asentimiento. Siguieron avanzando y llegaron al final del pasillo. Allí había una puerta, y en ésta un símbolo: una llama dentro de un curioso círculo espinoso.

Su guía tocó la puerta y la abrió.

—Adelante, miembro. La están esperando.

Entró. La puerta se cerró a sus espaldas. Delante de ella vio una mesa. Ante ésta se encontraba sentado un alienígena, de espaldas anchas y aspecto sólido; tuvo la impresión de que era más bajo de lo normal entre su gente. Tenía el pelaje de un gris duro, casi metálico. Levantó la cabeza. Sus ojos azules la miraron directamente.

—Pérez Anna. —Su voz era profunda y suave—. Me resulta difícil mirar a alguien a los ojos a menos, por supuesto, que se trate de un pariente o un amigo. Pero Nicky me dice que entre los suyos, una mirada directa revela honestidad y un espíritu honrado. Así que lo intentaré. Por favor, tome asiento —ladeó la cabeza señalando una silla vacía que había delante del escritorio.

Anna se sentó.

—Habla inglés.

—Hace casi veinte años que conozco a Nicholas. Ésta es su lengua materna, y la lengua de mis enemigos. He aprendido inglés, por supuesto. —Cogió un objeto, una delgada pieza de metal, y la hizo girar entre sus manos. ¿Qué era? ¿Una especie de pluma?—. ¿Por qué envió el mensaje?

—Lo recibieron.

Él guardó silencio durante un instante.

—No directamente, ni enseguida. Lo hemos descubierto esta mañana, cuando estábamos interrogando a… ¿cuál es la palabra? ¿Sus camaradas o sus compatriotas? ¿Sus compañeros de trabajo?

»Ya habíamos actuado, miembro. Su mensaje fue inteligente y… creo… valiente. No era necesario.

—¿Entonces por qué me han hecho venir, si no sabían nada del mensaje?

—Es una mujer. He pensado que tal vez estuviera en peligro. No confiaba en que los humanos la trataran con respeto.

Soltó el objeto que había estado manipulando y se arrellanó en la silla.

—No quiero ser ofensivo, pero ¿por qué los de su especie dan poder a los idiotas? ¿Y cómo esos productos de una inseminación mal realizada pudieron pensar, aunque sólo fuera por un momento, que iba a creerme su historia? Nicky largándose en una barca con una humana, y además mujer. ¿Por qué?

—Les dije que no colaría.

El alienígena frunció el ceño.

—No comprendo.

—Les dije que la historia no era plausible. —Tenía razón. Por supuesto, fingimos creerla. Tuvimos que hacerlo hasta que pudimos regresar a nuestra base; y esos increíbles estúpidos creyeron en nuestra simulación. Nos dejaron marchar. —Parecía furioso y hablaba como si lo estuviera. Uno o dos minutos más tarde se relajó. Anna vio que aflojaba levemente los hombros. Una mano de pelo gris avanzó y tocó el objeto de metal—. ¿Por qué envió el mensaje?

Ella guardó silencio durante unos minutos e intentó descubrir exactamente por qué había actuado de aquella forma.

—Nicholas me gusta, y la gente del servicio de información militar no me cae muy bien. Me obligaron a trabajar para ellos. La verdad es que eso no me gustaba; y vi a Nick después de que lo capturaran. Estaba asustado. Creo que nunca he visto a nadie tan asustado. Uno de los miembros del servicio de información dijo que Nick era un cobarde. Yo no pensaba igual. Me dije: él conoce a esta gente y sabe lo que le van a hacer, y es algo realmente desagradable.

El Primer Defensor pareció reflexionar. ¿Era así? ¿Estaba interpretando correctamente su expresión?

—Tiene razón cuando dice que Nicky no es un cobarde. ¡Ja! ¡Ésa es una palabra terrible! Pero tal vez usted no comprendió lo que veía. Iban a interrogarlo, miembro. Él debía saberlo. Era evidente. Y no le gusta que lo interroguen. —Volvió a hacer una pausa y pareció reflexionar otra vez. Luego se inclinó hacia delante y apoyó los brazos en la mesa. Anna tuvo la sensación de que había tomado alguna decisión—. Hace veinte años, cuando lo capturamos, era la primera vez que cogíamos a un enemigo que hablaba fluidamente nuestro idioma. Sabíamos que podía comprender nuestras preguntas, y que nosotros podíamos comprender sus respuestas. Era nuestra oportunidad para conseguir gran cantidad de información que no fuera ambigua.

»Nicky era irreemplazable. No podíamos probar con él nada que fuera experimental. Teníamos que… ¿cómo decirlo? Teníamos que movernos sobre seguro. Tuvimos que utilizar los métodos de interrogatorio más antiguos, seguros y mejor conocidos.

»¡Recuerde cuánto tiempo ha pasado! Ahora disponemos de drogas que hacen que a su gente le resulte difícil mentir o eludir las preguntas. Ahora tenemos equipos que indican si un humano está diciendo o no la verdad.

»En aquel entonces no los teníamos, y eran muchas las cosas que no sabíamos de la fisiología humana. —Vaciló un instante—. Utilizábamos el dolor. Es sencillo. Es fiable. Es universal.

Anna empezaba a sentirse mareada, y el hombre que estaba sentado ante la mesa le parecía cada vez más inhumano. Era corno la notable transformación de El retorno del hombre lobo, cuando Lewis Ibrahim se convertía en el propio escenario, ante los ojos del público, en un monstruo peludo.

La voz suave siguió sonando.

—Él era muy sensible a los métodos que utilizábamos, y conseguimos gran cantidad de información. La mayor parte era nueva, y no había forma de comprobarla. Pero sí pudimos comprobar parte de esa información, y descubrimos que estaba mintiendo. De modo que tuvimos que volver a interrogarlo; y al comprobar las nuevas respuestas, descubrimos nuevas mentiras. Nos llevó mucho tiempo tener la certeza de que decía la verdad; y en algún momento nos interesamos más en Nicky que en la información. Queríamos ver cuánto más podía soportar y qué intentaría a continuación. Nos dimos cuenta de que estábamos aprendiendo algo valioso sobre la psicología humana. —Hizo una pausa y miró el objeto que tenía entre las manos: el largo y delgado objeto de metal.

«Finalmente nos detuvimos. Creo que le sacamos casi todo cuanto tenía que decir, aunque no estoy del todo seguro. Es el mejor mentiroso que he conocido jamás.

»Aún tiene sueños relacionados con los interrogatorios. A veces se despierta y no se da cuenta de dónde está. Tiene los ojos abiertos, pero sigue soñando, y está muy asustado. Yo tengo que… ¿cuál es la expresión? Hablarle hasta que vuelve en sí. Trazarle un camino verbal que lo devuelva a la realidad.

—Habla como si usted hubiera estado allí en el momento en que ocurrió.

—¿Hace veinte años? ¿Cuando interrogamos a Nicky? Estaba allí. Siempre me ha interesado el género humano.

A Anna le pareció estar de pie al borde de un abismo. Si miraba hacia abajo, vería cosas retorciéndose en las sombras. ¿Si miraba hacia abajo? Maldición, lo estaba haciendo. ¿Por qué demonios aquellas dos personas estarían juntas? En realidad, no quería saberlo.

—La mayoría de las veces, puedo interpretar las expresiones humanas —afirmó el Primer Defensor—. Usted parece turbada. Debería estarlo. Ha interferido en una lucha entre hombres. Y al hacerlo ha ocasionado un problema y creado una obligación.

»El problema es el siguiente: ha puesto en peligro su permanencia entre su propia gente. Lo hizo en un intento por ayudar a Nicky. Esto crea lo que su gente, que al parecer no piensa en nada más que en la procreación y en las actividades del mercado, llamaría una deuda. Mi gente lo llamaría… —hizo una pausa y fijó la vista en la distancia. Qué raro que pudiera darse cuenta de que esas misteriosas y largas pupilas miraban más allá de ella— una obligación recíproca. Es una traducción bastante acertada.

»O tal vez debería decir que su acción puede haber creado una obligación.

»Por lo que puedo deducir, usted actuó por honor y compasión, pero su acto fue innecesario e inadecuado. ¿El hecho de que su acto fuera innecesario hace que carezca de sentido?

»Lo que usted hizo fue contrario a la voluntad de la Diosa y al sentido común. Pero usted no lo sabía. ¿Cómo puedo juzgar la conducta de un desconocido, de una persona cuya cultura no parece tener la menor idea de lo que es decente? —Hizo una pausa, suspiró y siseó débilmente— ¿Lo que importa es la intención o sólo la acción? ¿Lo qué importa es la acción o sólo el resultado?

»Esto es como la situación que se plantea en una obra heroica. Lo correcto y lo incorrecto están tan enmarañados que no hay forma de separar las hebras. Uno tira de un hilo brillante y descubre que saca algo oscuro.

»No sé con certeza si le debo algo.

Al cabo de un momento, Anna dijo:

—No sabría decírselo.

—No pretendía que un ser humano me aconsejara sobre una cuestión moral. —Miró más allá de ella, en la distancia. Finalmente, dijo—: Haré lo que pueda por usted, aunque no tengo mucho tiempo. —Volvió a mirarla—. Como sin duda sabe, había dos naves humanas. La que estaba en el borde del sistema se alejó. Creemos saber cuánto tiempo lleva llegar a su base importante más cercana. Hemos estado interceptando los mensajes de exploración que iban y venían. Necesitamos salir del planeta como máximo en un día.

»De modo que… —se interrumpió—. Le ofrezco dos opciones, Pérez Anna. Puede elegir. Le daré asilo. Si quiere, puede venir con nosotros cuando nos marchemos.

—No —dijo ella sin detenerse a pensarlo.

—¿Está segura?

Él le estaba pidiendo que diera un paso hacia el abismo.

—Le agradezco el ofrecimiento, pero no.

—Muy bien. Pasaré a la segunda alternativa. Por lo que puedo deducir, toda esta absurda trama fue ideada y puesta en práctica por los soldados que llegaron con el equipo de diplomáticos. Al parecer, los diplomáticos no saben nada, aunque es posible que mientan. No hay tiempo de averiguarlo.

»Nicky me advirtió que había dos grupos, y que no trabajaban juntos. Y me advirtió que los soldados eran peligrosos. Debería haber recordado que son los de su especie.

«Hablaré con su equipo de diplomáticos y les sugeriré que esto no tiene por qué ser el fin de las negociaciones. Podemos culpar de este enredo a los militares. Los diplomáticos, si son inteligentes, pueden salir de esto sin manchar su honor. Les pediré que se aseguren de que usted también lo hace.

—Gracias.

—Es posible que no funcione. —Se removió en la silla y miró algo que tenía sobre la mesa—. Una cosa más, Pérez Anna. Quiero pedirle un favor. No tiene que decir que sí. Estamos aprovechando la actual situación para apropiarnos de todo cuanto hay en el recinto o en la estación que nos sea de utilidad. Principalmente información. —Anna vio el brillo de su dentadura. Decididamente se trataba de una sonrisa, y los dientes de los alienígenas, como los de los humanos, eran cuadrados y blancos. No eran colmillos de hombre lobo. Muy tranquilizador—. Nos gustaría conseguir todo el alimento humano posible. Como seguramente sabe, no compartimos el interés de los humanos por el acto de comer, y los alimentos que nosotros ingerimos no nutren a los de su especie. En algunos casos, los matan. Nuestros laboratorios son capaces de alimentar a nuestros… mis conocimientos de inglés son insuficientes en este sentido… ¿nuestros huéspedes? ¿Nuestros prisioneros? De acuerdo con Nicky, nuestros piensos humanos no proporcionan el grado de placer que su gente espera de la comida.

No supo si el alienígena tenía sentido del humor o si era un pedante rematado. No logró imaginar a Nicholas conviviendo con alguien que careciera de sentido del humor. Pero tampoco podía imaginárselo viviendo con un torturador.

—Usted quiere que yo le diga qué alimentos debe escoger.

—Sí.

Anna reflexionó un instante. ¿Por qué no? Ya estaba metida en un terrible aprieto. ¿Por qué no esforzarse? Tal vez también se sentía conmovida al pensar en prisioneros humanos que comían algo parecido a los alimentos nutritivos y equilibrados que consumían los animales domésticos. Piensos humanos, había dicho el alienígena. Resultaba siniestro.

Asintió.

—Lo haré.

Él tocó algo que había sobre la mesa y habló en otro idioma. La mesa respondió. El Primer Defensor levantó la vista.

—El observador Hai Atala la escoltará hasta las cocinas de los humanos. Gracias por su ayuda.

Aquello era una despedida. Anna se puso de pie.

—¿Nicholas estará bien?

—Supongo que sí. Es muy resistente.

Anna tenía otra pregunta que hacer.

—La gente del servicio de información pensó que usted no haría nada, incluso si descubría lo que estaba ocurriendo. Dijeron que en su cultura los hombres son prescindibles.

—¡Ah! —exclamó el alienígena con un suspiro. Pareció reflexionar. Aunque probablemente era una interpretación suya.

Al cabo de un momento, dijo:

—Creemos que luchar forma parte de la naturaleza de los hombres. Los que luchan se arriesgan a resultar heridos y a morir. Tenemos que aceptar las consecuencias de lo que somos y de lo que hacemos, Pérez Anna. Sabemos que nuestra vida probablemente será corta. Sabemos que es probable que nos perdamos unos a otros.

»Pero no nos resulta fácil perder a nuestros parientes y amigos y jamás utilizaríamos la palabra prescindible, y menos aún tratándose de Nicky. Las personas a las que uno ama jamás son prescindibles.

Parecía un buen punto de partida.

Hai Atala, su guía, permanecía de pie en el pasillo, y parecía al mismo tiempo al tanto y cómodo, como si pudiera pasarse el día esperando sin impacientarse ni perderse nada importante. Como un jugador en la parte exterior del campo. ¿Sería posible enseñar a aquella gente a jugar al béisbol? ¿Les interesaría? Viéndolos moverse, le pareció que el rugby era totalmente descartable. Eran demasiado garbosos y demasiado inteligentes.

Regresaron a la entrada del edificio.

—Estaba pensando en Moby Dick —comentó Anna—. Todos los personajes importantes son hombres, y el argumento trata de la caza, de matar, de Dios y de locura. Existe la posibilidad de que consideraran eso decente.

—Tal vez la lea —comentó Hai Atala—. Gracias por el consejo. No es fácil estudiar su literatura. Ustedes están obsesionados con la reproducción. No me extraña que sean tan numerosos.

Salieron del edificio. Seguía cayendo una lluvia fina y brumosa que empañaba el ondulado paisaje amarillo de la isla y hacía brillar la oscura pista de aterrizaje.

Caminaron juntos en dirección al avión.


XVI

<p>XVI</p>

En el momento en que salí de la enfermería el Hawata se alejaba del sistema. El primer gigante de gas se encontraba detrás de nosotros, y estábamos ganando velocidad. Los pasillos empezaban a adquirir la atmósfera habitual de los viajes. No estoy seguro de encontrar las palabras adecuadas para describirla. La función de una nave es viajar, y cuando una nave viaja la gente que va en ella hace lo que se supone que debe hacer. Se mueven hacia el objetivo adecuado; descansan en el centro de sus vidas. Hay una concentración y una confianza que falta cuando matan el tiempo o llevan a cabo las partes menos importantes de su trabajo.

Pero los hwarhath son los seres más maniáticos que conozco con respecto al trabajo.

Me presenté ante el general, que se encontraba en su despacho, tal como me habían ordenado. Era más pequeño que el que tenía en el planeta, aunque al principio no me di cuenta. Tenía encendido un holograma, y una de las paredes se había convertido en una fila de ventanas altas y estrechas. Al otro lado de las ventanas se extendía un paisaje: colinas onduladas y cubiertas por una vegetación baja y de color amarillo. La había visto de cerca. Se parece a la hierba hasta que uno nota que no tiene tallos ni semillas, sólo hojas largas, estrechas y flexibles, de un color dorado desvaído, como hojas de arce al final del otoño. Las colinas estaban salpicadas de árboles. Eran grandes y frondosos —bien pensado, parecían arces— ya amarillos: de un matiz brillante y cobrizo. Unos animales grandes y oscuros pastaban en las laderas de las colinas. El cielo era de un azul claro y profundo.

La tierra de Ettin. La vista era, casi con seguridad, de una de las casas ocupadas por las mujeres de su linaje. [Sí.]

Me senté. El general empezó a pasearse de un lado a otro, cosa muy poco común en él. De vez en cuando se detenía ante su mesa de trabajo y jugueteaba con algo que había en ella: la estatua de la Diosa con su atuendo de Guardiana de la Hoguera, o el largo cuchillo de aspecto amenazador que era el emblema de su rango.

Me preguntó cómo me encontraba. Le dije que muy bien.

—Me advertiste acerca de esa gente, y no te escuché como correspondía.

—Todos cometemos errores.

Observó el holograma.

—No me gusta cometerlos.

Eso es verdad.

—Vaciamos sus ordenadores. Quiero que en cuanto puedas empieces a examinar la información. Eso te mantendrá muy ocupado.

—No hay inconveniente.

—Dejaré que Shen Walha explique cómo te rescató de manos de los humanos. Todo salió bien, salvo por el daño que te hicieron. Y no sé qué va a ocurrirle a la mujer humana. Los de tu especie me resultan incomprensibles. Es posible que le hagan algo. Un castigo, una venganza.

Tras esa introducción, me habló de su conversación con Anna.

Cuando concluyó, le pregunté:

—¿Por qué le contaste esa historia?

—¿La del primer año que pasaste entre los miembros del Pueblo?

Asentí. Él cogió la estatua de la Diosa, la sostuvo un instante y volvió a dejarla.

—Ella no pertenece al perímetro. Ninguna mujer pertenece a él. Pero los de tu especie lo mezclan todo. Nada es seguro. Nadie está protegido.

»No sé si le debes algo. Ella intentó, según su entender, salvarte la vida; y al hacerlo se puso en peligro. Intentaba hacerle comprender que no debe involucrarse en los asuntos de los hombres.

—Por así decirlo.

Pareció desconcertado, pero prosiguió:

—Intentaba hacerle comprender algo acerca de la violencia del perímetro. Vosotros debéis deciros mentiras todo el tiempo acerca de la naturaleza de todo, pero especialmente de la naturaleza de la violencia. En realidad no creo que comprendiera en qué se metía. Quería darle alguna idea. Quería asustarla y hacer que sintiera disgusto y horror.

—Y probablemente lo lograste.

—Estupendo. Como te digo, no estoy seguro de que le debamos algo. Pero si así fuera, me gustaría que se quedara al margen de todo este lío.

Cogió la daga. La empuñadura era dorada y en el pomo llevaba una gema de color rojo púrpura con destellos verdes. Una alejandrita, estoy casi seguro. La hoja medía treinta centímetros y su filo era tan delgado como el de una hoja de afeitar.

—En el recinto había mujeres. Matamos a una, aunque afortunadamente no lo supimos hasta después, y nadie sabe quién cometió el asesinato. No fue necesario hacer que nadie pidiera la opción.

»Les dijimos a los de la nave humana que si salían de la órbita los destruiríamos. Sé que a bordo hay mujeres. Tomamos de rehén a toda la población humana del planeta, sin hacer distinciones entre hombres y mujeres; y hemos dejado algunos misiles para que vigilen el planeta hasta que nos vayamos. Sus programas han sido alterados. Ya no discriminan. No puede razonarse con ellos. No perdonarán a nadie.

—¡Dios mío! —exclamé.

—Lo hice porque no vi otra alternativa; pero ahora debo acudir a los otros principales y preguntarles cómo vamos a combatir a un enemigo como éste. Hay otra pregunta que no les plantearé ya que no confío en que me den una respuesta satisfactoria; pero te la haré a ti, Nicky. Hace mucho tiempo que sé que soy rahaka. Si puedo evitarlo, no tomaré la opción. ¿Cómo voy a vivir con lo que he hecho?

Vivirás con ello, porque tienes que hacerlo, maldito estúpido. [Ah.]

Cuando me separé de él, fui a ver a Shen Walha, el jefe de operaciones del general. La primera vez que vi a este hombre, supe que era un Wally. Es grande y corpulento, de aspecto blando y pelaje de un blanco casi níveo. Tiene manchas en la espalda y en los hombros y los brazos. Las manchas son como las de una onza: círculos grandes y vellosos, vacíos en el centro y a menudo rotos. Son de un color gris muy pálido.

Un individuo grande, corpulento y lleno de manchas que se parece un poco a un oso de felpa. Por supuesto, es un Wally. He sorprendido a casi todos, incluso al general, usando el término como sobrenombre.

Es de una isla del extremo sur del planeta nativo de los hwarhath. Allí el clima pasa de la lluvia al aguanieve y la nieve, y otra vez a la lluvia, y la gente tiene un pelaje largo y espeso. Todos parecen enormes, blandos y mimosos. Y son famosos por su extrema resistencia.

Estaba sentado en su despacho, vestido con su invariable atuendo: unos pantalones cortos. El pobre Wally siempre tiene calor. Tenía las manos cruzadas sobre su enorme vientre peludo. Me miró con sus ojos de color amarillo pálido.

—Tengo entendido que debo darle las gracias por haberme salvado la vida.

—Por haberle devuelto la libertad. No creo que los humanos lo hubieran matado. Tome asiento, si le apetece. —Se rascó el pecho y bostezó, dejando a la vista sus cuatro incisivos. En la mayoría de los miembros del Pueblo, estos dientes son aproximadamente tan salientes como los caninos de los humanos; pero los incisivos de Wally son largos y puntiagudos, y bosteza muchísimo. Él afirma que el calor le da sueño. Yo creo que es una forma de exhibirse.

—El Primer Defensor me dijo que debía preguntarle acerca de la operación.

—Vino a verme hace veinte días y me dijo que usted estaba preocupado, él pensaba que por nada. Pero que sería buena idea tener un plan eventual, del que usted no debía saber nada.

—¿Por qué?

—No puedo decirle cuáles eran los motivos de Ettin Gwarha. En cuanto a mí, no confío en usted. Nunca lo he hecho.

—Oh, sí. Ya.

—De modo que empecé a traer hombres y armas de la base principal del norte: algo todos los días, en el vuelo regular. Los humanos no lo notaron. Estaban demasiado ocupados alborotando con sus aviones indetectables en sus bases absolutamente secretas. Después de tomar el poder, descubrimos dos aviones y dos bases, y sin duda hay más de ambas cosas. ¡Qué locura inútil! Pero los mantenía ocupados.

«Pusimos todo, hombres y armas, en el sector de alta seguridad de la base.

Al que yo no tenía acceso.

—Y cuando el enemigo hizo su brillante movimiento, pudimos vengarnos.

»Fue bastante sencillo. Retirar la pista de aterrizaje. Destruir el vehículo allí mismo. Hacer entrar a los hombres en el recinto y la estación. Empuñar las armas y disparar a unos cuantos enemigos, los extraordinariamente estúpidos o valientes.

«Comunicar a la nave que estaba en órbita que habíamos desplegado misiles inteligentes. Un buen número de ellos, demasiados para encontrarlos y desactivarlos. Si hace algo, si empieza a moverse, la destruiremos y destruiremos a todos los humanos del planeta. No hay mejor amenaza que una gran-amenaza, Nicky.

Frunció el ceño y se rascó la enorme nariz, chata y peluda»

—Sólo había un problema. La segunda nave humana. Le dije al Primer Defensor que quería destruirla. Estaba demasiado cerca del punto de transmisión. Pensé que lograría escapar. Él dijo que no. Quería que yo me tirara un farol. Eso era un error, Nicky. Si hubiera conseguido esa nave, podríamos habernos tomado nuestro tiempo en el planeta. Analizar todos los sistemas de datos lentamente e interrogar a los humanos.

»El Primer Defensor cree que puede reanudar las negociaciones. No quería más violencia de la necesaria. Siempre es una estupidez ser moderado en la guerra.

—Es casi seguro que en esa nave había mujeres. ¿Igualmente la habría destruido?

—Sí. Por supuesto. —Se inclinó hacia adelante y apoyó sus gruesos brazos en la mesa—. Esos perversos desconocidos no son los primeros que intentan escudarse en las mujeres y los niños. No son los primeros que infringen las reglas de la guerra. En el pasado supimos cómo tratar a los que así ofenden a la Diosa.

El método habitual consiste en fundar una alianza. Se dejan de lado viejas disputas, al menos de momento. Los enemigos más acérrimos se unen y todos actúan contra el linaje ofensor.

Si es posible, no se hace daño a las mujeres ni a los niños, al menos directamente. Pero si no es posible detener el linaje criminal sin hacer daño a mujeres y niños, bueno, entonces se les hace; y los hombres que infligen el daño toman la opción en cuanto resulta apropiado. (Una de las cosas que realmente me gusta de los hwarhath es que se puede faltar a casi cualquier regla, siempre y cuando uno esté dispuesto a suicidarse después. Consideran que esto impide que su gente desarrolle malos hábitos.)

Nadie negociará con un linaje que haya infringido las reglas de la guerra, y sólo hay un posible desenlace: una solución definitiva. La aniquilación del linaje ofensor. Los hombres son asesinados y no se acepta a las mujeres ni a los niños en ningún otro linaje. Se convierten en vagabundos y parias. Cuando los niños varones maduran, son asesinados.

Si las mujeres tienen otros hijos —cosa que solía ocurrir en el pasado, aunque los hwarhath no quieren admitirlo—, estos nuevos hijos reciben el mismo tratamiento que todos los demás. No tienen lugar entre el Pueblo. Ellos también son criminales.

Al final, el linaje se extingue. Esto puede llevar una generación o dos, incluso tres. Jamás hay perdón. Los hwarhath creen en las consecuencias y en la genética. Hay ciertos rasgos que no quieren conservar.

Wally comentó:

—Tenemos dos alternativas. Podemos declarar que los humanos son personas que han quebrado las reglas de la guerra, o podemos declarar que no son personas.

—¿A qué se refiere?

Me miró fijamente con sus ojos de color amarillo claro. Su rango es superior al mío. Bajé la mirada.

—Podemos decir que los humanos son animales muy inteligentes, que pueden imitar el comportamiento de las personas pero que carecen de la cualidad esencial de la persona. No pueden distinguir entre lo bueno y lo malo. Carecen de juicio y de discernimiento.

»Creo que existe un buen argumento para esto, y si son animales entonces podemos tratar con ellos como lo haríamos con los animales. No necesitamos preocuparnos por las reglas de la guerra.

—Wally, me asustas.

Volvió a bostezar y a mostrar los dientes. Luego sonrió.

—Nosotros no somos amigos, Nicky. Nunca olvido lo que eres. Un desconocido. Un enemigo. Un traidor a su linaje. Creo que al final traicionarás a Ettin Gwarha.

—No opino lo mismo.

—Tal vez sea sin intención, pero tu espíritu se mueve en dos direcciones, y como todos los humanos te confundes fácilmente. Todo está mezclado. No puedes distinguir lo correcto de lo incorrecto.

Un par de alegres conversaciones matinales. Me fui a practicar hanatsin y luego a revisar las provisiones que el general había birlado a los humanos.


Del diario de Sanders Nicholas, etc.


SEGUNDA PARTE

LAS REGLAS DE LA GUERRA

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

XXI

XXII

XXIII

XXIV

XXV

<p>SEGUNDA PARTE</p> <p>LAS REGLAS DE LA GUERRA</p>
<p>I</p>

El viaje se desarrolló según lo planeado. Hicieron el primer transbordo siguiendo las instrucciones impartidas por el enemigo, y llegaron en medio de la nada. Una nave hwarhath fue a su encuentro y les dio una nueva serie de instrucciones. Siguieron avanzando. La nave hwarhath se quedó y se aseguró de que nadie los seguía. Esto ocurrió dos veces más y después de cuatro transbordos llegaron a la estación enemiga.

La singularidad alrededor de la que giraba (a una distancia segura) no producía luz útil, y la estación sólo era visible como un gráfico de ordenador. Apareció en una pantalla de la sala de observaciones: un cilindro chato más parecido a un bote de sopa que a cualquier otra cosa.

Tal como se había acordado, su nave se detuvo a una distancia segura del bote de sopa y esperó la llegada de un vehículo alienígena. Anna guardó sus cosas. No le había resultado fácil decidir lo que quería llevarse de la Tierra y ahora tenía que volver a decidir. ¿Qué debía ponerse para la primera negociación con un enemigo alienígena y en su terreno?

Ropa cómoda y muy versátil. Ropa fácil de lavar y que no necesitara planchado.

Pero también —además— un traje que deslumbrara los ojos azul mate de los alienígenas, y si no los de los alienígenas (¿quién sabía lo que podía deslumbrarlos?), los de sus colegas del equipo diplomático, o los de Nicholas Sanders, el de la sonrisa agradable y la no tan agradable historia. Aunque no estaba segura de que él participara en la nueva ronda de negociaciones.

Cuando terminó de recoger sus cosas fue a la sala de observación y vio el bote de sopa que daba vueltas y giraba sobre su largo eje.

Allí estaba uno de sus colegas, un joven diplomático llamado Etienne Corbeau.

—No lo entiendo —dijo el joven—. Estas estaciones pueden tener cualquier aspecto. ¿Por qué las hacen tan horribles?

—Tal vez no las ven así. La belleza está en el ojo del que mira.

Etienne sacudió la cabeza.

—Yo creo en los absolutos estéticos. La moral es relativa, pero en el arte está la verdad.

—Tonterías.

—Vas a tener que aprender un nuevo vocabulario, querida Anna.

¿Por qué? Estaba en este viaje sólo por una razón: el enemigo había pedido su presencia. Los hwarhath sabían que no era una diplomática. Probablemente no esperaran que hablara como Etienne.

El enemigo envió el vehículo y los diplomáticos subieron: hombres humanos de sonrisas radiantes instalados en los amplios asientos de los alienígenas. Ella era la única mujer; los hwarhath lo habían especificado.

El aire del vehículo tenía un olor raro. Los hwarhath, pensó Anna al cabo de un instante. En los dos últimos años había olvidado su olor, pero ahora lo recordó. No era desagradable, simplemente no era humano.

Los miembros de la tripulación del vehículo llevaban pantalones cortos y sandalias. Eran corteses; Anna recordaba esta cualidad por su anterior encuentro con los hwarhath en el planeta de los seudosifonóforos; y se movían con el hábil garbo que, al parecer, era característico de la especie. Parecían más alienígenas que antes. Tal vez se debía a su nuevo atuendo, que ponía de manifiesto lo peludos que eran. O tal vez a sus pezones. Tenían cuatro, dispuestos en dos grupos de dos, grandes, oscuros y claramente visibles en los pechos anchos y peludos.

Anna se preguntó cuántos hijos tendrían los hwarhath en cada parto. Había averiguado todo lo que había podido, pero era muy poco lo que se sabía de los alienígenas. Sobre todo de las mujeres alienígenas.

—Esta gente siempre me ha puesto los pelos de punta —comentó Etienne. Estaba sentado junto a ella.

—¿Por qué?

—Los ojos. Las manos. La piel. Y su violencia. No estabas en el recinto cuando éste fue atacado.

No. En ese momento era prisionera del servicio de información militar de los humanos.

Notó una sacudida: el vehículo se desenganchaba de la nave humana, llamada Mensajero de la Paz. Un instante después la gravedad cambió y se aseguró de que llevaba los cinturones abrochados.

El viaje no tuvo nada de particular. Los motores se encendieron, se apagaron y volvieron a encenderse. La gravedad siguió cambiando. No había nada que ver, salvo la cabina sin ventanillas. ¿Los hwarhath no usaban más que colores industriales, y por qué sus colores industriales eran como los colores industriales de la Tierra? Por supuesto, no sabía nada de la óptica de los alienígenas. Tal vez aquellas paredes vacías en realidad estaban cubiertas de dibujos festivos invisibles para ella. Tal vez cuando los alienígenas miraban los diferentes tonos de gris, veían… ¿quién podía decirlo? Colores tan intensos como el fucsia.

Los diplomáticos conversaban nerviosamente a su alrededor. No decían nada importante. Los alienígenas podían estar escuchando. Delante de ella, el asistente del embajador hablaba de sus gladiolos, y Etienne describía su última visita al Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Al cabo de una hora se produjo otra pequeña sacudida. El vehículo había llegado. Las puertas se abrieron y el equipo salió flotando, ayudado por los alienígenas, que no flotaban. Debían de llevar algo en la base de las sandalias que los sujetaba al suelo.

Era como llegar a una estación humana, pensó Anna. Un ascensor trasladó al equipo de diplomáticos desde el eje hasta el borde. Cuando el ascensor se detuvo, dejaron de flotar. Salieron en fila con gran dignidad, y los hwarhath de la tripulación los guiaron por un pasillo hasta una sala: grande, muy iluminada y con moqueta gris. El aire era fresco y olía a maquinaria y a alienígenas; había media docena de ellos de pie, esperando, vestidos con pantalones hasta la rodilla y nada más.

—No entiendo ese atuendo —comentó Etienne.

Ella echaba de menos los uniformes ceñidos que los hwarhath usaban antes. Pero ahora se les veía más cómodos, se parecían menos a guerreros de la era espacial.

Hubo un saludo oficial, pronunciado por un alienígena voluminoso con fuerte acento. No era el Primer Defensor. ¿Dónde estaba él? El embajador de los humanos respondió. Anna estaba demasiado lejos y tenía problemas para oír, pero de todos modos no estaba demasiado interesada.

Observó a los hwarhath y notó que uno de ellos le resultaba conocido: bajo, oscuro y elegante. Él la miró y sus ojos se cruzaron sólo un instante. Después de bajar la vista sonrió, y la sonrisa fue decididamente familiar: breve y resplandeciente, no más prolongada que su mirada. Hai Atala Vaihar.

Cuando los discursos concluyeron, él se acercó.

—Miembro Pérez.

—Observador Hai Atala.

—Me recuerda. Estoy encantado. Aunque debería comunicarle que he sido ascendido. Ahora soy portador.

—Enhorabuena.

Él le dedicó su radiante sonrisa.

—Como sabe, se decidió que usted tendría habitaciones propias separadas de las de los hombres. Yo la escoltaré.

Anna habló con sus colegas. Etienne pareció preocupado. El asistente del embajador le dijo:

—No estoy del todo satisfecho con esto, Anna. —El jefe de seguridad le dijo que tuviera cuidado. Hai Atala esperaba, cortésmente callado.

Al cabo de un par de minutos ambos recorrían un pasillo igual a los de la base hwarhath: grande, desierto, gris y lleno de alienígenas que se movían rápidamente con su habitual aplomo.

—Leí Moby Dick, como usted me aconsejó —le comentó el portador—. Un libro muy bueno y casi totalmente decente. He estado… ¿cuál es la palabra correcta? Acosando a Sanders Nicholas para que lo lea. Quiero comentarlo con un humano. Tal vez, mientras usted está aquí…

Al llegar a una esquina, doblaron por otro pasillo. Anna miró hacia delante. Una figura alta y delgada se encontraba de pie mirando en su dirección, cruzado de brazos y con un hombro apoyado en la pared gris del pasillo. Muy típico. Lo que recordaba de Nicholas era que se pasaba el tiempo holgazaneando, salvo al final.

El hombre se irguió y se separó de la pared, desplegando los brazos y separándolos de los costados. Debía de ser un ademán forma brazos rectos, manos en posición horizontal, con las palmas hacia adelante. Tenía los dedos juntos y los pulgares hacia arriba. ¿Qué significaba? ¿Tal vez «no tengo nada en las manos ni en las mangas»?

Hai Atala se detuvo e hizo el mismo ademán.

—Hola, Anna —la saludó Nicholas y sonrió. Tenía casi el mismo aspecto que dos años antes. Un poco más viejo, tal vez. Con más mechones grises.

Hai Atala anunció:

—Nicky hará las veces de escolta, miembro. No tengo parientes en la zona de la estación reservada a las mujeres. En realidad, no debería entrar. Nicky, al menos, pertenece a la misma especie que usted, y dice que es de la misma zona del planeta que usted.

—¿De veras? —preguntó Anna.

—Leí tu historial. Tú creciste en la zona de Chicago. Yo crecí en Kansas. Los dos somos del Medio Oeste. Eso casi nos convierte en parientes. ¿Puedo llevarte la bolsa?

—Se supone que no debo soltarla. El enemigo podría ponerme algo dentro. Un aparato de escucha, una bomba.

—Podemos escuchar perfectamente bien con los dispositivos de las paredes —intervino Hai Atala—. Y nadie haría estallar una bomba en su propia estación espacial. —El alienígena hizo una pausa—. En cualquier caso, no una bomba grande. Espero verla más tarde, miembro. —Dio media vuelta y se alejó. Anna lo observó mientras se marchaba.

—¿Es una alucinación, o se mueve aún más deliciosamente que el otro hwar?

—Les encanta ponerse nombres —comentó Nicholas—. Sobre todo a los hombres. Por lo general son nombres humorísticos y a menudo de un humor desagradable; pero su apodo es el Hombre Garboso. No sólo por la forma en que se mueve. Posee un espíritu garboso y también lo es en el trato social. Y tiene una mente mucho más abierta que la mayoría del Pueblo. Un joven muy bueno, que será muy importante si no se desencadena una guerra grave. Si acabamos combatiendo a la Confederación, tendrás el dudoso placer de tratar con Wally Shen.

—¿Y tú tienes algún apodo? —preguntó Anna.

—Un par. El Hombre al Que No le Gusta Responder Preguntas y el Hombre Que Odia las Moquetas. —Rozó con la sandalia la moqueta que cubría el suelo—. He vivido con esta cosa durante veinte años, y aún me arranca improperios.

Iba vestido con una camisa de color pardo, de manga larga, pantalones del mismo color y sandalias. Como antes, algo fallaba en su ropa, como si la hubiese confeccionado un sastre que no estuviera totalmente seguro de lo que hacía. Llevaba dos insignias redondas adheridas al cinturón: de metal esmaltado con emblemas que Anna no reconoció y algo que, casi con toda seguridad, eran letras.

—Vamos —propuso Nicholas.

Echaron a andar. Metió las manos en los bolsillos casi de inmediato y caminó a grandes zancadas que nada tenían que ver con los graciosos movimientos de Hai Atala.

—¿Qué ha pasado con los uniformes? —preguntó ella unos instantes después.

—Lo que ves ahora es el atuendo habitual de los hombres hwarbath. Recuerda que los miembros del Pueblo tienen el cuerpo cubierto de pelaje, y que, en gran número, los hombres viven en lugares con clima artificial. ¿Para qué iban a necesitar ropa? Necesitan bolsillos y un lugar donde colgar la placa de identificación, y deben cubrirse lo suficiente para que las personas provenientes de culturas recatadas no se sientan perturbadas. Y eso es lo que hay.

—Los uniformes del planeta eran falsos —dijo Anna.

—Parte de un vestuario —puntualizó Nicholas—. Como el de una obra de teatro. Advertí al general de que a los humanos podía resultarles difícil tomarse en serio a una persona vestida con pantalones cortos. De modo que hicimos que el Cuerpo de Arte diseñara uniformes de cadetes del espacio. Me parecieron muy logrados. Me gustaron especialmente las botas altas, negras y brillantes, aunque no consigo imaginarme su utilidad. Nadie monta a caballo en una estación espacial, ni se dedica al excursionismo. El problema de las mordeduras de serpiente es mínimo. Es posible que se usen para patear a los subordinados, mientras se pronuncian blasfemias guturales en una lengua desconocida —Anna había olvidado el sonido de la voz de Nicholas. Era una voz de tenor, ligera, agradable y divertida.

—¿Hacen esa clase de cosas?

—¿Patear a los subordinados? No, y tampoco blasfeman demasiado. En la lengua hwarhatb principal no hay obscenidades, absolutamente ninguna. No puedes decirle a nadie que se vaya a la mierda. No puedes describir nada como un montón de mierda. A veces creo que esto explica muchas cosas de los hwarhatb.

Doblaron otra esquina. Delante de ellos apareció una enorme puerta doble, flanqueada por un par de soldados armados con rifles. En medio de la puerta había un emblema que se extendía desde la línea que dividía la puerta en dos: unas llamas de alrededor de un metro de alto, en relieve y doradas.

—La Hoguera —aclaró Nicholas—. Representa a la Diosa y al Mundo Nativo, el Centro del Linaje, y a las Mujeres, o tal vez a la Mujer. Es como si oyera todas esas palabras en mayúscula. —Observó a uno de los soldados y le habló. El soldado se volvió y tocó algo. Las puertas se abrieron.

Dentro el suelo era de madera, de color amarillo pálido y brillante.

Nicholas atravesó la entrada. Anna lo siguió y las puertas se cerraron tras ellos.

Las paredes de la habitación parecían ser de yeso; blancas de un ligero matiz azul. Tapices de ricos colores mostraban a los hwarhath haciendo cosas que ella no comprendió. En medio del suelo había una alfombra larga y ancha. Al igual que los tapices, tenía gran abundancia de colores: rojo, azul oscuro, verde oscuro, naranja intenso y amarillo brillante.

—¡Caramba!—exclamó Anna.

Nicholas se echó a reír.

—Llevaba casi diez años viviendo entre los hwarhath cuando vi el interior de las habitaciones de la mujeres. En aquel momento dos tías del general decidieron que querían saber algo más sobre el compañero que su querido sobrino había elegido, y se trasladaron a una de las estaciones. —Mientras hablaba, la guiaba pasillo abajo, avanzando sobre la alfombra de colores y junto a los tapices—. Nos llamaron al general y a mí para mantener una entrevista. Yo ya había oído decir que las habitaciones de las mujeres eran diferentes. Pero aún así quedé impresionado.

Anna miró hacia delante. Al final del pasillo había tres personas vestidas con túnicas rojas y amarillas. Estaban de pie, esperando, con la habitual serenidad hwarhath. Personas voluminosas, anchas y sólidas.

Nicholas siguió hablando con su voz suave.

—Es difícil hacer que las matriarcas hwarhath abandonen su planeta natal. Pero el general contestaba con evasivas. Le habían pedido que me llevara a Ettin y él siempre encontraba excusas para no hacerlo. Por eso vinieron a mí. Forman un linaje muy ambicioso, y el general es el hombre Ettin más importante de su generación. Las tías no estaban dispuestas a dejar que le ocurriera algo a su principal representante en el mundo de los hombres.

Llegaron adónde estaban las tres personas. La ropa que llevaban estaba confeccionada con piezas largas y estrechas, cosidas a la altura de los hombros. Más abajo, las piezas se separaban y quedaban unidas en distintos puntos por finas cadenas de oro. Cuando las personas se movían, las piezas se agitaban y a veces incluso ondeaban, pero los huecos que había entre una y otra nunca se agrandaban.

El material le recordó a Anna el brocado de seda. Cada túnica tenía un estampado diferente. Uno de ellos parecía de flores; el otro era geométrico; el último podría haber representando animales, aunque Anna no supo de qué clase.

Nicholas se detuvo con las manos fuera de los bolsillos, a los costados. Su habitual inquietud le había abandonado. Se quedó de pie, quieto, con la vista baja. Incluso cuando inclinaba la cabeza era unos diez centímetros más alto que los alienígenas, pero los cuerpos voluminosos de éstos hacían que él pareciera frágil.

Eran mujeres, casi con toda seguridad, aunque sus rostros —anchos, de rasgos toscos y cubiertos de pelaje— no parecían femeninos, como tampoco los torsos, ni los brazos gruesos y peludos que llevaban desnudos desde los hombros. Las tres lucían un brazalete: ancho, grueso y sencillo y, según le pareció a Anna, de oro.

—No las mires a los ojos —dijo Nicholas suavemente.

Anna bajó la mirada.

Una de las alienígenas dijo algo en voz profunda, muy profunda.

—Debo presentarte —dijo Nicholas—. La mujer de la derecha es Ettin Per. La que está a su lado es Ettin Aptsi. Y la de la izquierda es Ettin Sai. Son hermanas, y actuales líderes del linaje Ettin. Ettin Gwarha es su sobrino.

La tercena mujer —Sai— habló en un tono menos profundo, más parecido al de barítono que al de bajo.

—Ella entiende el inglés, aunque no suele hablarlo. Me ha pedido que te diga que comprende que no es una descortesía que las mires a los ojos. Las costumbres de los humanos son diferentes.

La primera mujer —Ettin Per, la de la voz muy profunda— volvió a hablar.

Nicholas dijo:

—Te está dando la bienvenida a los aposentos de las mujeres. Esperan ansiosamente el momento de hablar contigo. Están muy interesadas en la humanidad y sobre todo en las mujeres humanas.

—Diles que estoy contenta de haber venido —dijo Anna—. Y que espero ansiosamente el momento de hablar con ellas. ¿Para esto me ha hecho venir el general?

—Sí —respondió Ettin Sai.

La tercera mujer —Aptsi— habló. También su voz era de barítono.

Nicholas levantó la cabeza y la miró a los ojos, respondiendo en la lengua de los alienígenas. Aptsi extendió una mano de pelo gris y le tocó suavemente el hombro.

—Debemos retirarnos —dijo Nicholas —. Vamos.

Dejaron a las tres mujeres de pie, como estatuas de las Tres Parcas. Nicholas condujo a Anna por otro pasillo, más estrecho que el primero pero construido con los mismos materiales. En éste no había tapices. Llegaron a una puerta de metal plateado. En la pared contigua a la puerta había una placa cuadrada, también de metal pero más oscura y más apagada.

Nicholas señaló la placa.

—Apoya la palma de la mano en ella. Presiona con firmeza. Bien. Ahora está preparada para abrirse sólo para dos personas: tú y yo.

Más allá de la puerta había una enorme habitación cuadrada. El suelo era de madera de color gris pálido, y unos paneles de la misma madera recubrían la mitad inferior de las paredes. Tenían un extraño brillo iridiscente. ¿Como qué? ¿Como las escamas de un pez? ¿Como el nácar?

Anna tocó la madera. Tenía la textura de la madera, pero en realidad parecía haber salido de debajo del agua. Los colores pálidos se agitaron y brillaron bajo la fría superficie pulida.

—¿Te importa si me siento? —preguntó Nicholas.

—Por favor. —Dejó la bolsa y miró la puerta. Se había cerrado.

El se acomodó en una enorme silla baja y estiró las piernas.

—Hace más de diez años que conozco a las tías. Aún no me siento totalmente cómodo con ellas. Aptsi es la más fácil de tratar. Me preguntaba cómo me encontraba y me decía que se alegraba de verme. —La miró y sonrió—. Hace diez años me hicieron la misma entrevista. Aptsi y Per. Decidieron que Gwarha podía quedarse conmigo. Me sentí como una especie de mascota poco atractiva. Ya sabes, como el perro callejero que un niño lleva a su casa. «Recuerda, Gwarha, que tendrás que ocuparte de él, y si hay algún problema…»

—Son muy corpulentas —comentó Anna.

—Así es. Tal vez en algún momento te explique lo del dimorfismo sexual entre los miembros del Pueblo, pero no ahora. Dispones de cocina y cuarto de baño. Yo supervisé la instalación. Los accesorios pueden parecerte raros, pero todos funcionan y pueden ser utilizados por los humanos. En la cocina hay comida, parte del botín que el general se llevó al final de la última ronda de negociaciones. Hay conversores de voltaje en todos los enchufes. Si tienes que enchufar algo, puedes hacerlo con confianza.

»Dispones de un sistema de intercomunicación. He redactado instrucciones para ponerlo en marcha y para localizarme a mí, lo mismo que a los demás miembros de tu equipo. Y he traducido las instrucciones de lo que hay que hacer en caso de emergencia: corte de electricidad, pérdida de gravedad, pérdida de presión atmosférica.

—¿Eso ocurre con frecuencia?

—Que yo sepa, nunca. Pero lee las instrucciones y memorízalas.

»Si ocurre algo, éste es el lugar más seguro donde puedes estar. Los hwarhath se han asegurado de que esta parte de la estación sea muy sólida. Todos los sistemas son redundantes, y los equipos de rescate vendrán primero aquí. Los hwarhath son concienzudos cuando se trata de proteger a sus mujeres.

»Puede que éste sea un buen momento para hablarte de la estación. Fue construida para esta ronda de negociaciones. No se parece en nada a lo que interesa a los hwarhath, y normalmente no utilizan este punto de transbordo. Aquí hay muy poca información útil. Si tus colegas deciden jugar a los espías, lo único que lograrán, como dice el chiste, es perder el tiempo y hacer enfadar a los hwarhath.

—La estación es enorme —comentó Anna—. ¿La construyeron para una ronda de negociaciones?

Él asintió.

—En este momento está casi vacía. Si las negociaciones tienen éxito, el Pueblo seguramente necesitará el espacio que sobra. Si las cosas no funcionan, me imagino que las cargas explosivas ya están colocadas en su sitio.

Anna no quiso pensar en una cultura que podía construir algo tan grande en menos de dos años, ni en los conocimientos que seguramente tenían para destruirlo. Cambió de tema.

—No jugarán a los espías. A los del servicio de información les han dicho que no metan sus manazas en esto.

—Vuélvete —indicó Nicholas.

Ella lo hizo. En la puerta, sobre los paneles, había un rectángulo de luces: tres a lo ancho y cinco a lo largo. Todas las luces estaban encendidas. Todas eran incoloras, salvo dos de la fila inferior, que tenían un tono ámbar.

—Éste es tu monitor de seguridad. Si todas las luces son incoloras, significa que todas tus puertas están cerradas con llave, y que el intercomunicador está apagado y nadie está escuchando ni mirando. Si alguna de las luces es de color ámbar, no estás segura.

—¿Me estás diciendo la verdad? —preguntó ella.

—Mi fama de mentiroso es exagerada. Tienes micrófonos ocultos, Anna, y no son de los alienígenas. Los hombres de seguridad del general han venido a hacer una comprobación… esta mañana, podría decirse. Durante el primer ikun. Estas habitaciones eran seguras antes de que entraras en ellas.

—Creo que utilizaré el lavabo.

Él se lo señaló y Anna atravesó una puerta.

Nicholas tenía razón con respecto a los accesorios. Eran decididamente raros, pero funcionaban y cualquier humano podía utilizarlos. El papel higiénico era como el que habría encontrado en infinidad de lugares de la Tierra. ¿Una cosa más que el general había cogido?

Se lavó las manos y la cara y se miró al espejo.

Era una mujer rolliza, de estatura normal entre los humanos. Tenía la piel morena, el pelo corto, negro y ondulado. Llevaba pantalones y una chaqueta de algodón azul oscuro, la clase de algodón que se arruga. La blusa era blanca, del mismo algodón. No llevaba joyas, sólo un collar de cuentas de lapislázuli. Su madre lo había comprado durante una visita a la República Socialista Islámica, en los tiempos en que aún quedaban naciones independientes en la Tierra.

¿Era aquél el aspecto de una persona que había viajado un centenar de años luz desde su hogar? ¿Era aquél el aspecto de alguien que acababa de usar un lavabo alienígena?

Sí, y también era el aspecto de alguien que —a esa distancia y en medio de tanta rareza— no podía librarse de los tontos.

¡Oh! ¡Su expresión era de enfado! No le gustaban las arrugas que veía alrededor de la boca y en el entrecejo.

En el bolsillo de la chaqueta llevaba una pluma. Gracias a Dios, era una anticuada. Pensaba que no podía fiarse del ordenador. Arrancó un trozo de papel higiénico y escribió: «Líbrate de los micrófonos ocultos.» Después hizo una mueca a su imagen reflejada en el espejo y fue a reunirse con Nicholas.

Ahora él estaba de pie, sosteniendo una copa de vino en cada mano. Las dos estaban casi llenas de un líquido amarillo pálido.

—En tu historial decía que te gusta el vino blanco. Éste es un Pouilly Fume. No es malo, creo, aunque debo decirte que ya no estoy al tanto de este tipo de cosas.

Ella cogió una de las copas y le pasó el trozo de papel higiénico. Él lo miró, asintió y alzó su copa.

—Por la paz y la amistad.

Bebieron. El vino estaba frío y era bueno.

Él dejó la copa.

—No hay ningún plan para esta noche. Puedes descansar un poco, supongo que te hará bien. Mañana es la apertura formal de las negociaciones, habrá un montón de discursos vacíos. Yo no asistiré, pero tú tendrías que hacerlo. Vendré por la mañana. No deberías ir a ninguna parte sin escolta, Anna, y tu escolta debería ser alguien que conozcas. Hai Atala Vaihar, o yo. Mañana te presentaré al tercer hombre. Eh Matsehar. Es miembro del Cuerpo de Arte y ha sido asignado provisionalmente al general. Habla un inglés excelente y supongo que deberías ser capaz de soportar sus modales.

No quería quedarse en aquel sitio sin más compañía que los artefactos humanos de espionaje, pero no supo qué decir.

—En la cocina hay más vino y comida, como te dije. Nadie puede entrar sin tu permiso. No creo que las tías vengan a molestarte, pero si lo hacen recuerda que son mucho más grandes que tú. TrAtalas con respeto y háblales directamente. No mientas ni intentes ser evasiva. Si no quieres responder a una pregunta, dilo. Los miembros del Pueblo respetan la honestidad, y las personas de Ettin son famosas por su franqueza.

»Hay una bonita canción que dice…

Hizo una pausa y miró con expresión ausente la pared que tenía ella a sus espaldas:


Como la gente de las colinas de Ettin Diré claramente lo que pienso.

»Es una traducción bastante fiel. Siempre me ha gustado la letra de esa canción, y ahora incluso me gusta la música. Pasaron varios años hasta que pude oírla como algo más que ruido de los alienígenas. —Se acercó a la puerta y tocó la pared más cercana. La puerta se abrió. Nicholas miró a Anna—. Si te sientes sola, recuerda el intercomunicador. Siempre puedes hablar con alguno de los diplomáticos. Buenas noches. No pongas esa cara de enfado, o de preocupación. No estás en una mala situación. —Sonrió—. Créeme, he estado en unas cuantas peores.

La puerta se cerró a sus espaldas. Anna se sentó en una de las sillas. Era blanda y mullida, tapizada a juego con el dibujo pálido e intrincado de la moqueta. Bebió un poco más de vino, se quitó los zapatos de una patada y apoyó los pies en la mesa de madera de nácar. Las patas de la mesa estaban talladas en forma de monstruos retorcidos. Al menos tuvo la impresión de que lo eran. Tenían el aspecto de serlo: escamas, púas, garras y dientes.

Levantó la vista. Había una luz en medio del techo, que era de metal gris y un material semejante al cristal esmerilado. Le recordó algo de la Tierra. Art Déco, un estilo que había dominado el arte occidental a mediados del siglo XX. Ahora era una rareza.

Pero tal vez estaba haciendo lo que los humanos siempre hacían: intentar que lo desconocido resultara familiar. Conocían a un individuo de pelaje gris, orejas enormes y pupilas horizontales, y decían: «Tengo un primo igual a usted en Schaumberg, Illinois.»

¿Nicholas lo habría dicho alguna vez?

¿Cómo sería vivir absolutamente solo entre los alienígenas?

¿Cómo sería soñar con ser torturado?

En el sueño, las criaturas que lo torturan a uno no son humanos. Uno se despierta de la pesadilla y descubre que alguien lo está consolando. Alguien lo tranquiliza. ¿Cuál era la frase que había usado el general? Construir un sendero de palabras que te devuelvan a la realidad.

Esa persona es inhumana y es tu torturador.

El abismo, pensó Anna.

Vació su copa de vino y luego la que él había dejado casi intacta. Después fue a buscar su dormitorio.

Un suelo liso de madera nacarada, paredes desnudas de un material similar al yeso, una cama que no era más que una plataforma rectangular con un colchón delgado encima. La almohada era lo único de aspecto totalmente corriente, aunque no la encontró adecuada. Demasiado blanda. El cielo se abría a las estrellas.

Dios mío, pensó al mirar hacia arriba. Había resplandecientes soles únicos, y distantes racimos de estrellas, nubes de gas brillante de todos los colores posibles.

Debía de ser un holograma. La estación giraba, y aquello permanecía inmóvil. En cualquier caso, no habían visto nada parecido al acercarse.

Si era un holograma, era —de lejos— el mejor que había visto jamás.

Se desvistió. Al pie de la cama había una manta cuidadosamente doblada. La extendió y se acostó encima, con la mirada fija en el espléndido panorama, hasta que le resultó imposible enfocar la vista. Las estrellas se desdibujaron. Anna se tapó con la manta y se quedó dormida.

<p>II</p>

El general se encontraba en su despacho, el último de una serie que se extendía (en mi memoria) a lo largo de veinte años, y no sé cuánto espacio. Son todos más o menos iguales. Éste tenía un nuevo holograma.

Reemplazaba la pared opuesta a su mesa de trabajo. No había ventanas: nada que enmarcar. La moqueta se terminaba. Más allá, unas olas verdosas rompían contra una playa de arena gris verdosa. El cielo estaba encapotado y tenía casi el mismo color que el agua. En la distancia, se alzaban los acantilados y planeaban unas criaturas voladoras. No parecían conocidas.

—¿Dónde está eso?

—En una de las colonias… —El general hizo una pausa y se corrigió—. En uno de los mundos que estamos intentando colonizar.

Le hablé de los micrófonos ocultos.

—Escuchan a las mujeres. Eso es despreciable.

—Te dije que lo harían.

Se estiró hasta el intercomunicador.

—Mis tías deberían saberlo.

—Se lo he comentado a Ettin Per.

—Ah —exclamó—. ¿Qué ha dicho?

—Está enfadada. Le he asegurado que los dispositivos habrán desaparecido mañana, al final del primer ikun.

Fijó la vista en el holograma.

—No tendríamos que haber pedido a los humanos que enviaran a Pérez Anna. Estamos introduciendo la conducta humana, la falta de respeto y el deshonor en lugares que deberían permanecer a salvo.

—Díselo a tus tías. Fueron ellas quienes decidieron que el Tejido necesitaba averiguar cosas sobre las mujeres humanas.

Apartó la vista. Estaba mirando algo del holograma. Me volví. Una de las criaturas voladoras había bajado a la playa. Tenía garras en las alas, y se arrastró como un murciélago sobre la arena: una criatura enorme de piel escamosa, de color gris moteado, verde y marrón. Su pico poseía varios dientes estrechos y puntiagudos.

—Anna comprende. La conocemos. Sabemos que no es totalmente hostil al Pueblo; y es directa, Primer Defensor. No es probable que enfurezca a las mujeres de Ettin. Si no lo conociera bien, diría que esa cosa es un pterodáctilo.

—¿Qué?

—Un animal de la Tierra. Si no recuerdo mal, se extinguieron hace sesenta y cinco millones de años. Nadie fue capaz de descubrir jamás cómo levantaban el vuelo y aterrizaban.

—Así, quizá —comentó el general mientras el animal daba un salto, batía las alas y se elevaba.


Del diario de Sanders Nicholas, etc.

<p>III</p>

La despertó el olor del beicon.

Arriba las estrellas habían desaparecido y vio un techo liso y blanco.

El cuarto de baño estaba junto a su dormitorio. Anna recogió la ropa, entró, se lavó y se puso otro traje pantalón, éste de color gris (el preferido de los hwarhath), con una blusa amarilla y un collar de cuentas de ágata con rayas grises y marrones. Pendientes de clip de oro. Ninguna otra joya.

Al mirarse al espejo se vio menos cansada y enfadada, tal vez incluso feliz. Sonrió a su propia imagen. Recuerda, Anna, le decía siempre su madre, una sonrisa hace parecer más hermoso a cualquiera, y si sonríes serás más feliz.

El desayuno estaba servido en una de las mesas del salón principa un tazón lleno de café, un cuchillo y un tenedor, un plato que contenía una rodaja de pan (tostado) y tres lonchas de beicon perfectamente crujientes. En el plato también había algo cuadrado y gelatinoso, de color verde claro.

Nicholas estaba apoyado contra la pared con una taza de café en la mano.

—Qué demonios… —Pinchó la cosa verde con el tenedor.

—Casi todo proteínas. Muy nutritivo. El sabor no te molestará. No sabe a nada.

Ella tomó un bocado. Él tenía razón con respecto al sabor.

—Si quieres hidratos de carbono, tengo algo amarillo y…

—se interrumpió— espeso. Supongo que ésa es la mejor descripción. Nunca he logrado decidir a qué sabe. Hay días en que me parece cartón, pero hace años que no como cartón.

—Esto es comida humana —dijo ella.

Él sonrió.

—El beicon es auténtico, y el café y el pan. Pero me ha parecido que podía interesarte lo que comen casi todos los seres humanos que son… ¿cuál es la encantadora palabra que usa el general? Nuestros «huéspedes».

Anna comió. Él la observó mientras bebía el café.

—Lo ordenaré más tarde —dijo cuando ella terminó—. Deberíamos marcharnos.

Atravesaron los aposentos de las mujeres sin ver a nadie; salieron por una de las enormes puertas dobles.

En el pasillo había un hwarhath de pie: enorme, flaco y gris, vestido con los pantalones cortos de costumbre. Dio un paso adelante. Había algo raro en su manera de moverse. Era torpe, y los miembros del Pueblo nunca lo eran.

Extendió la mano izquierda y se la miró.

—¿Es correcto? Estoy intentando estrecharle la mano.

—La otra mano —dijo Anna.

Extendió la otra y se saludaron.

—¿Lo he hecho bien?—preguntó el hwar.

—Demasiado fuerte. Probemos otra vez.

Mientras lo hacían, Nicholas los observaba. Su rostro expresaba inquietud y diversión.

—Tenemos que irnos, Anna.

Dieron media vuelta y se marcharon los tres juntos. No había dudas con respecto a la forma en que se movía el alienígena; era el primer hwarhath sin coordinación que conocía.

—Mats ha olvidado presentarse —aclaró Nicholas—. Es Eh Matsehar. Es un adelantado, lo que significa que su graduación es superior a la mía, y ha sido temporalmente asignado al personal del general, sobre todo para que pueda estudiar a los humanos. La mayor parte del tiempo trabaja en el Cuerpo de Arte. Es el mejor dramaturgo de la actual generación.

—El mejor dramaturgo masculino —especificó Eh Matsehar—. Amit Asharil es muy buena, probablemente tan buena como yo, aunque en realidad el trabajo de hombres y mujeres no es comparable.

—Manzanas y naranjas —comentó Nicholas en tono cordial.

—Conozco la expresión —señaló el alienígena—. Son dos clases de fruta que crecen en tu planeta madre, y por alguna razón que no acabo de comprender, no se pueden comparar.

—Ajá —repuso Nicholas.

—Y usted —el hwarhaht inclinó la cabeza y miró de reojo— es Pérez Anna, la última víctima de Nicky.

—¿Qué?

—Podemos hablar de eso en otro momento —sugirió Nicholas.

—¿Por qué no ahora? —insistió Eh Matsehar.

—No sé quién está escuchando.

—¿Aquí fuera? —El alienígena miró a su alrededor—. Imagino que nadie. ¿Qué pueden oír? Chismorreos.

—Tal vez —respondió Nicholas.

Habían recorrido una serie de pasillos, casi todos idénticos: paredes desnudas y moqueta de trama apretada, todo (como de costumbre) gris. El aire era fresco, casi frío. Olía a metal y a alienígenas. Pasaron unos hwarhath junto a ellos, no tantos como el día anterior. ¿La delegación de humanos había llegado con el cambio de turno? ¿Los hwarhath organizaban su trabajo por turnos?

Llegaron a un pasillo custodiado por dos soldados armados con rifles.

—Ésta es la estación de Conferencia-con-el-Enemigo —anunció Nicholas—. Eso significa su nombre; y éste es el sector Conferencia-con-el-Enemigo de la estación. A partir de aquí te acompañará Matsehar. Tengo que ocuparme de otros asuntos.

Anna se fue con el alienígena. Éste la condujo hasta una sala ocupada por los miembros del equipo de negociación de los humanos y la dejó allí. El jefe de seguridad —un hombre delgado y oscuro, vestido de paisano y con un corte de pelo de paisano— dijo:

—¿Todo ha ido bien? —Tenía un melodioso acento caribeño. El capitán Mclntosh.

—Estupendo. He conocido a algunas de las mujeres.

—¿Ah, sí? —preguntó el asistente del embajador—. ¿Es más fácil tratar con ellas que con los hombres?

—Creo que no —respondió Anna.

El asistente del embajador frunció el ceño.

—No estoy seguro de querer oír eso, Anna. Verá la reunión desde aquí. No podríamos hacerles ceder en ese aspecto. No quieren que esté presente en la misma sala de la reunión, aunque nos pidieron que la trajéramos.

A Anna le pareció bien.

Los demás salieron en fila. La puerta se cerró tras ellos y Anna miró a su alrededor: otra habitación gris con moqueta. Había una silla frente a una pared desnuda. Como de costumbre, la silla era grande, baja y mullida. Se sentó y la pared desapareció. Vio otra habitación, más grande que la que ella ocupaba, con dos filas de sillas, idénticas —por lo que pudo ver— a la suya. Llegaban hasta la mitad de la sala y estaban colocadas una frente a otra. Aparte de las sillas, la nueva habitación estaba vacía. Las paredes eran del color habitual, desnudas y sin ventanas.

Qué raro, pensó mientras se acomodaba. El Pueblo parecía ir y venir entre un tipo de diseño funcional realmente triste y la clase de muebles que había visto en los aposentos de las mujeres: ricos, ornamentados, de bella factura. ¿Se trataba sólo de una diferencia entre lo masculino y lo femenino? ¿Los hombres estaban condenados al gris acorazado, mientras que las mujeres vivían entre alfombras, tapices y maderas de brillo nacarado?

La gente empezó a entrar en la habitación grande, el holograma: primero los humanos, que entraron por una puerta que ella no podía ver y ocuparon una fila de sillas. Cuando estuvieron todos instalados, esperaron. Todo aquello había sido hablado y acordado: cómo entrarían y dónde se sentarían.

Los hwarhath entraron por el otro lado. Se habían puesto el uniforme de guerrero espacial. Las botas, altas, negras y brillantes, tenían un aspecto realmente poderoso, arrogante, militar. Eran mucho más impresionantes que las sandalias.

El primer hombre que apareció ante su vista era notablemente más bajo que quienes le seguían. Giró en un extremo de la segunda fila de asientos y caminó hasta la silla central; luego se detuvo y se quedó de pie frente a los humanos: un individuo achaparrado, de pecho ancho. Iba muy erguido, como los demás; Anna nunca había visto a un hwarhath encorvado. Y tenía la habitual facilidad de movimientos y el porte de los alienígenas, y algo más. ¿Qué era?, se preguntó Anna. ¿Confianza? ¿Definición? ¿Era ésa la palabra adecuada? La cualidad de ser definido. Los otros hwarhath se acomodaron a ambos lados de él. Anna reconoció a Hai Atala Vaihar, que se colocó exactamente a la izquierda del hombre bajo y un poco por detrás. Los hwarhath se situaron muy cerca de la fila de sillas, asegurándose de que el hombre achaparrado quedara delante, solo.

El hombre miró brevemente de lado para cerciorarse de que sus hombres estaban en posición, luego echó un vistazo al embajador humano y asintió. Todos se sentaron, alienígenas y humanos, y comenzaron las presentaciones.

El hombre bajo era el Defensor-de-la-Hoguera-con-el-Honor-en-Primer-Término, Ettin Gwarha. El general de Nick inclinaba la cabeza ligeramente hacia donde se encontraba Hai Atala Vaihar, el encargado de la traducción, pero por lo demás se mantenía erguido, mirando a los humanos con serenidad, o tal vez indiferencia. Cuando por fin habló, en el lenguaje alienígena, ella reconoció su voz: profunda y suave, un tanto áspera. No dio muestras de comprender el inglés, aunque a esas alturas todos sabían que lo comprendía.

Tras las presentaciones llegaron los discursos.

Tal vez ella no era la persona adecuada para aquel trabajo. No tenía mucho aguante para aquello. Al menos no estaba en la sala de reuniones. Podía moverse y pensar en algo más interesante. En los micrófonos ocultos en su equipaje, en la decoración de interiores de los alienígenas, en el promedio de hijos que daban a luz los hwarhath. Resultaba curioso que hubiera sido capaz de observar las criaturas de la bahía durante horas sin aburrirse ni impacientarse. Tal vez porque, por lo que sabía, no decían falsedades. Estaban realmente atrapadas entre el temor y el deseo de aparearse. Realmente querían tranquilizarse unas a otras.

¡Dios, echaba de menos aquel sitio! No había vuelto desde que el servicio de información militar la había obligado a marcharse del planeta. Cerró los ojos durante un instante y se imaginó otra vez con el pobre y viejo Mark, que aún yacía —por lo que ella sabía— en el fondo de alguna trinchera submarina; el cielo azul por encima de su cabeza; las colinas doradas a su alrededor; el agua límpida de la bahía llena de seudosifonóforos y la luz exacta para que los cuerpos transparentes resultaran visibles.

La reunión duró cuatro horas. Finalmente se levantaron todos y salieron en fila de la forma convenida. El holograma se desvaneció. La puerta de su habitación se abrió. Allí estaba Eh Matsehar, de pie.

—¿Por qué no estaba allí? —preguntó Anna, señalando la pared que había quedado en blanco.

—Lo mío no son las negociaciones. Estoy aquí para observar y tratar de comprender. Si me acompaña, Pérez Anna, la llevaré al lugar donde sus compañeros van a comer y hablar al mismo tiempo. Nicky me dice que ésa es una práctica común, casi universal entre los humanos; y he leído acerca de ello en sus obras. Por ejemplo, la escena del banquete de Macbetb.

Bajaron juntos por el pasillo hasta otra habitación. Aquella estación era como un laberinto o una galería de espejos.

Se abrió otra puerta. Eh Matsehar anunció:

—Volveré a buscarla dentro de medio ikun. Dentro de algo más de dos horas según su forma de medir el tiempo.

—¿Ha leído Macbeth? —le preguntó.

—Sí. El original, y la traducción de Nicky. Pensé que podría hacer algo con ello. La heterosexualidad no hace al caso. Puedo convertir a la mujer, a esa maravillosa y terrible mujer, en madre o en hermana. En cuanto al resto, la historia habla de la ambición y la violencia, que son temas decentes que no perturbarán al público.

»Pero no he logrado hacer nada todavía. Tal vez lo haga cuando conozca mejor a su gente. —Hizo una pausa y añadió—: “¿Podrá lavar la sangre todo el gran océano de Neptuno? ¿Limpiarla de mi mano? No, nunca; antes mi mano teñiría de rojo todos los mares infinitos tornando el verde en escarlata.” Eso es escribir bien. —Señaló la puerta. Anna entró.

La sala estaba llena de colegas suyos que ya se habían instalado alrededor de una mesa larga y demasiado baja. Las sillas también eran bajas. El embajador, un hombre corpulento del Sureste Asiático, se irguió con dificultad y dijo:

—Miembro Pérez, acérquese, por favor. Necesito saber cosas sobre las mujeres alienígenas.

Anna se sentó entre él y el asistente del embajador, que era tan alto como Nicholas y estaba incómodamente doblado en su silla.

Sten y Charlie. Les habló del encuentro con las mujeres de Ettin mientras comían sucedáneo de pato con toronjil.

Cuando terminó, Charlie dejó los palillos sobre el cuenco y se arrellanó.

—Nicholas Sanders está aquí. Me pregunto por qué no lo emplean en las negociaciones.

—¿Tiene eso importancia? —preguntó ella.

—En realidad, no podría decirlo. No voy a preocuparme por eso. Usted sabe por experiencia propia de lo que ha servida preocuparse por Sanders. Si el servicio de información no se hubiera inmiscuido, a estas alturas podríamos haber llegado a un acuerdo; y deberíamos estarle agradecidos. Estoy casi seguro de que a él se debe que tengamos una cocina que se puede usar. Todo rotulado en inglés, con instrucciones abundantes y claras. Tal vez el hombre tendría que haberse dedicado a ser escritor técnico.

—¿Qué debo hacer a continuación? —preguntó Anna.

—Exactamente lo que está haciendo. Hablar con las mujeres alienígenas. Hablar con Nicholas Sanders. Informarnos. En algún momento, supongo, empezaremos a entender por qué los alienígenas solicitaron que viniera usted y qué papel juegan en las negociaciones estas mujeres de asombrosa voz.

—Lo que me preocupa —comentó Sten— es lo que dijo el hombre acerca de que esta estación se construyó para estas negociaciones. ¿Eso es posible, capitán Mclntosh? ¿Nosotros podríamos hacerlo?

—No lo sé, y si lo supiera sería información secreta. —Hizo una breve pausa—. Si es verdad, es un logro impresionante. Creo que puedo afirmarlo, y también… me cuesta creer que la mayor parte de la estación esté vacía. Si yo dispusiera de un espacio como éste, encontraría la forma de utilizarlo.

Sten pareció preocupado.

—Evitemos las especulaciones —dijo Charlie—. Lo que los hwarhath hacen con su estación y su espacio no es asunto nuestro.

Anna se retiró al terminar de comer, después del flan y del fuerte café asiático mezclado con azúcar y leche condensada.

Eh Matsehar estaba de pie en el pasillo. Parecía tan sereno y paciente como cualquier otro hwar. Sólo cuando se movió, Anna volvió a notar su torpeza, impropia de un hwar. Regresaron al otro extremo de la estación.

A mitad de camino, Anna preguntó:

—¿A qué se refería cuando dijo que yo era la última víctima de Nicky?

—Si él no quiere que hable en los pasillos, no lo haré —respondió el alienígena—. Aunque opino que se equivoca. No comprende las reglas del espionaje. Todo tiene sus reglas, aunque ustedes, los humanos, no parecen comprenderlo. Eso debe de hacerles la vida muy difícil.

Se separó de ella al llegar a la alta puerta doble. Anna entró y fue hasta sus aposentos por el enorme pasillo cubierto de tapices.

Nicholas estaba en la habitación principal, hablando con un alienígena. Levantó la vista en cuanto ella entró.

—Anna, éste es el jefe de seguridad del general. Le gustaría registrarte para ver si llevas algún dispositivo de vigilancia, con tu permiso, por supuesto.

Ella asintió.

Nicholas habló mientras el alienígena alzaba una mano. En ella sostenía algo parecido a una pistola plateada, cuyo cañón se ensanchaba como los de los antiguos trabucos. La hilera de luces de su parte superior parpadeó suavemente. Recorrió con el arma el cuerpo de Anna, sin tocarla en ningún momento ni levantar la cabeza lo suficiente para que sus miradas se cruzaran. El artilugio sonó un par de veces. Las luces de la parte superior parpadearon más intensa y más rápidamente.

Un espectáculo maravilloso, pensó Anna. ¿Pero qué estaba ocurriendo?

—¿Podrías darle tu cinturón? ¿Y tus zapatos? Tienen micrófonos ocultos.

Anna se quitó el cinturón y los zapatos y se los tendió.

Nick y el alienígena intercambiaron algunas palabras más. Este último era de la misma estatura que el general, más bajo incluso, con el pecho en forma de barril, y los brazos y piernas cortos, gruesos y potentes. Una cresta de pelo más largo y oscuro muy característica recorría su cabeza y le bajaba por la espalda.

Finalmente el alienígena se volvió hacia ella y habló, manteniendo la vista baja.

—Te da las gracias por tu consideración y cooperación. Ahora tus aposentos están seguros.

—Estupendo.

El alienígena se marchó llevándose los zapatos y el cinturón de Anna.

Cuando la puerta se cerró tras él, Nicholas dijo:

—¿Recuerdas al guardián que tenía la última vez que nos vimos? ¿El chico?

—El que fue asesinado.

Asintió.

—Se llamaba Gwa Hattin. El individuo que acaba de salir es su hermano mayor, Gwa Hu. Cada vez que oigo ese nombre pienso en el antiguo grito de guerra norteamericano.

Ella lo miró con desconcierto.

Wahoo —dijo él con una sonrisa—. Los Gwa han sido aliados de los Ettin durante más de tres siglos, e intercambias material genético con regularidad. El linaje menor del general, su linaje masculino, es Gwa. Habitualmente tiene uno o dos hombres de Gwa entre su personal.

—Me estás diciendo que el servicio de información militar mató a uno de los parientes de Ettin Gwarha.

—Sí. El adelantado te ha quitado la bolsa, el tubo de pasta dentífrica y el ordenador. Te los devolverán lo más pronto posible. Lo del ordenador puede tardar un poco. El mejor lugar para ocultar un árbol es un bosque.

—¿Había un micrófono oculto en mi pasta dentífrica?

Nicholas sonrió.

—Parece ser que sí. Si necesitas un ordenador, puedo proporcionarte uno, un modelo humano; y si te gustan los juegos, tengo uno de aventuras realmente fantástico. Es el único que he sido capaz de soportar.

Ella asintió.

—De acuerdo.

—Ahora bien —Nicholas hizo una pausa y miró a su alrededor—, el general ha decidido que yo sea tu enlace. En realidad no queda otra alternativa. Evidentemente, no hay mujeres entre el personal, y yo soy la única persona que puede tener alguna relación contigo, por remota que sea. Él ha dicho a los otros principales que nosotros provenimos de regiones cercanas que a menudo han intercambiado material genético. Kansas e Illinois. Como Gwa y Ettin. Eso me da derecho a venir aquí. Si quieres, puedo cambiar la puerta para que sólo puedas abrirla tú; pero habrá ocasiones, como hoy, en las que será conveniente que pueda entrar.

Anna se encogió de hombros. —Deja la puerta como está. Él asintió.

—La gente de tu equipo quiere que vuelvas a la hora de la cena. A las mujeres de Ettin les gustaría hablar contigo mañana. Te conseguiré el ordenador y el juego. Tendría que haber estudiado administración hotelera en la escuela, además de todas esas clases de idiomas.

Se marchó. Ella se dio una ducha y luego cogió una botella de vino de la cocina.

Muy bien, pensó mientras se sentaba y apoyaba los pies en una de las mesas nacaradas. ¿Qué preguntas iba a hacerle a Nicholas ahora que sus aposentos eran seguros? Elaboró una lista, empezando por la observación de Eh Matsehar.

<p>IV</p>

En la antesala del general brillaba la luz que indicaba que estaba ocupado.

Esperé allí, paseándome de un lado a otro, hasta que Vaihar salió y el general me indicó que entrara.

El holograma aún mostraba la playa de arena gris verdosa. Las olas que rompían en ella eran ahora más altas y turbulentas. El cielo era más oscuro y no había animales volando al viento. Amenazaba tormenta.

—Siéntate —me dijo el general—. Y deja de moverte. ¿Qué ocurre?

—Gwa Hu se presentó en los aposentos de Anna. Encontró ocho dispositivos de vigilancia.

El general mostró una amplia sonrisa.

—Sólo cinco son humanos, Primer Defensor. Los otros tres fueron colocados por el Pueblo.

Lanzó un silbido.

—Son de lo más nuevo. Ninguna persona corriente podría haberlo conseguido.

A’atseh Lugala Tsu —comentó.

—Casi seguro.

Dejó caer el estilete que tenía en la mano. Éste rebotó y cayó de la mesa.

Me puse de pie, lo recogí y se lo entregué.

—Ese estúpido jamás ha pertenecido al frente. Los Lugala tendrían que haber encontrado a otro a quien hacer avanzar. Un linaje de esa talla debería tener algún miembro masculino competente. Pero mis tías siempre me han dicho que las mujeres de Lugala… —Se interrumpió para no decir algo descortés y me miró con expresión airada—. Ése es el efecto de la humanidad. Sabemos que los humanos están ahí fuera. Sabemos que viven sin reglas, y que la Diosa no los destruye. Saber eso nos asusta y nos lleva a plantear preguntas. Ahora vemos los resultados.

—¿Volverás a tirar el estilete? Si no, me sentaré.

Señaló la silla con la cabeza.

—No estás de acuerdo.

Estiré las piernas y las crucé; me tomé un momento para respirar profundamente y exhalar el aire. No es bueno que los dos nos enfademos al mismo tiempo.

—Esto tiene mucho más que ver con la ambición masculina de los hwarhath que con la humanidad, y con la estupidez. Nunca has pensado que Lugala fuera especialmente brillante, y ahora sabemos que su jefe de seguridad es tan estúpido como él. El jefe debería haber sabido que sus dispositivos aparecerían si se llevaba a cabo un registro a fondo de la habitación. Aunque no aparecieron en el monitor de seguridad. Gwa Hu dijo que los encontró porque su equipo estaba actuando de una forma un tanto extraña después de descubrir y quitar los micrófonos de los humanos, de modo que siguió buscando.

»Le dije, le pedí al adelantado Gwa que hablara con tus tías, Sus aposentos también deberían ser registrados.

El general guardó un instante de silencio. Luego añadió:

—Recuerdo cuando se anunció que habíamos descubierto otras personas que podían hacer viajes interestelares y que nos habían disparado. Algunos de mis tíos estaban en casa. Recuerdo el regocijo del momento. Finalmente teníamos un enemigo, después de un siglo de búsqueda. ¡Nuestros problemas estaban resueltos! Tendríamos que haber recordado que la Diosa tiene un curioso sentido del humor.

—¿Significa eso que lamentas que el Pueblo se haya encontrado con la humanidad?

—¿Tú nunca lo has lamentado? —preguntó.

—No. Jamás. Si nuestras dos especies no se hubieran encontrado, lo que yo estaría haciendo, fuera lo que fuese, sería menos interesante que lo que hago ahora.

»Y no me gustaría haber perdido la oportunidad de conocerte, Ettin Gwarha.

[Ja.]


Del diario de Sanders Nicholas, etc.

<p>V</p>

Pasó la tarde con sus colegas, en parte hablando de asuntos profesionales y en parte dedicada al lento proceso de conocerlos. Sten le habló de su jardín, que se encontraba en Gotland, una isla del Báltico, y que ahora estaba a cargo de su esposa. Ella no tenía mano para la jardinería, y no estaba segura de lo que encontraría cuando llegara a casa.

El embajador —Charlie— habló de la anterior ronda de conversaciones con los alienígenas, y de la opinión que le merecía el general.

—Un hombre inteligente, me parece, aunque raro. Sin duda en términos humanos y también, sospecho, en términos de cultura de los alienígenas. ¿Qué clase de persona desarrolla una relación sexual con un miembro de otra especie? Una especie con la que la suya está en guerra. Aunque sin duda en Nicholas Sanders ha encontrado una herramienta valiosa.

Anna terminó hablando con el capitán Mclntosh, cuya pasión era el criquet y saber quién perdía los partidos internacionales.

—Las cosas a las que renunciamos, miembro Pérez, con el fin de servir a la humanidad y de tener una carrera. Por supuesto, si yo hubiera sido lo suficientemente bueno para el criquet, no estaría aquí.

Finalmente Anna se cansó. El capitán la escoltó hasta la entrada de los aposentos de los humanos. Allí la esperaba Nicholas, que hablaba con uno de los guardias alienígenas. Se volvió, la vio y sonrió y luego vio al capitán. La expresión de su rostro cambió y se volvió distante.

—Portador Sanders —lo saludó el capitán, al tiempo que extendía una mano.

Nicholas pareció sorprendido y respondió al saludo.

—Soy Cyprian Mclntosh. Mac para la mayoría. Cyprian me parece un poco cargante. ¡Las cosas que los padres hacen a sus hijos! Aunque, como le estaba contando a la miembro Pérez, siempre estaré agradecido a mi padre por haberme regalado mi primer bate de criquet. Eso compensa lo de Cyprian. Buenas noches, miembro. Portador… —El capitán saludó con la cabeza y volvió a entrar.

Nicholas lo observó con expresión pensativa.

—Militar —dijo finalmente—. ¿De qué ejército?

—Del ejército regular, supongo.

—¿Entonces por qué no lleva el corte de pelo reglamentario?

—No sé. ¿Quieres que lo averigüe?

Él se encogió de hombros. Regresaron a los aposentos de las mujeres en silencio.

En su habitación se veía otra vez el holograma. Se quedó dormida mirando las estrellas y, al igual que el día anterior, se despertó con el olor del beicon cocinado.

Se puso un vestido: largo hasta los pies y de algodón, con un estampado tradicional africano amarillo, azul y castaño. Un par de pendientes de coral y plata, otro regalo de su madre; ninguna otra joya. Entró en la habitación principal, donde encontró el desayuno y a Nicholas en una silla, con un tazón de café en la mesa, junto a él.

La observó y asintió.

—Fantástico. Las mujeres de Ettin lo aprobarán. Es posible que se me haya achicharrado el beicon, a pesar de que he estado practicando, sobre todo porque su aroma me trae a la memoria recuerdos muy intensos. Cuando era niño, todos los domingos tomábamos beicon en el desayuno. Ya no me gusta mucho ese sabor.

Anna se sentó. El beicon tenía muy buen aspecto. También había tostadas y algo cuadrado y de color amarillo muy intenso. ¿A qué se parecía? A pan de maíz sin levar. Tomó un bocado. Sabía a cartón. Más alimento humano.

—Hay algo que quiero preguntarte.

—¿Sí? —dijo él con cautela. Era el Hombre Al Que No le Gusta Responder Preguntas.

—¿Cómo se supone que debo llamarte? He optado por Nicholas porque en realidad no te conozco muy bien; pero al parecer todos los alienígenas te llaman Nicky.

—Los que has conocido son todos amigos míos. No doy permiso a muchos para llamarme Nicky y sólo unos cuantos lo hacen sin mi permiso. Nick está bien, o Nicholas. —Sonrió—. Supe que empezabas a ponerte de nuestra parte cuando me llamaste Nick en aquella habitación del sótano del recinto; no lo habías hecho con anterioridad; y fue casi el último pensamiento racional que tuve durante un tiempo: «Tal vez este estúpido y espantoso plan acabe fracasando.»

—No me he puesto de vuestra parte, Nick.

—No he utilizado las palabras adecuadas. Supe que sentías cierta simpatía por mí, y eso me dio ciertas esperanzas. ¿Así está mejor?

—Sí.

Ella empezó a comer. El se bebió el café en silencio. Luego salieron para reunirse con las mujeres de Ettin.

La sala de reuniones se encontraba en los aposentos de las mujeres. De las paredes colgaban tapices y la mayor parte del suelo estaba cubierto por una enorme alfombra de color carmesí. Los muebles eran como todos. Las sillas estaban tapizadas con ricos brocados oscuros. Las mesas bajas eran de una madera azul tan oscura como el índigo.

Esta vez había cuatro mujeres, las cuatro de pie en medio de la habitación. Como en la ocasión anterior, iban vestidas con túnicas sin mangas.

—Tú eres la principal —le dijo Nicholas en voz baja—. Asegúrate de estar siempre un poco por delante de mí. Perfecto. Ahora, detente.

Anna se paró. Las mujeres se volvieron hacia ella. Nicholas hizo las presentaciones.

Había conocido a dos de ellas con anterioridad: Ettin Per y Ettin Sai. Ahora, en comparación con otros hwarhath, veía lo grandes que eran: altas, de huesos grandes, hombros anchos y torso robusto. Sus túnicas se parecían, todas de piezas de brocado rojo oscuro sujetas con finas cadenas de plata. Per saludó con voz cavernosa en el idioma de los alienígenas. Sai le dio los buenos días en inglés.

La tercera mujer era mucho más menuda. Al lado de las Ettin parecía casi delgada. Su pelaje era negro y las piezas de su túnica, grises y plateadas, mostraban un diseño de hojas y flores.

—Tsai Ama Ul —anunció Nicholas—. Está especializada en teoría social, sobre todo en las teorías acerca de cómo el Pueblo desarrolló la cultura que ahora posee. Cuando descubrieron la humanidad, se dieron cuenta… algunos miembros del Pueblo se dieron cuenta… de que existe más de una forma de ser.

La mujer habló brevemente. Su voz era aguda, de contralto.

—La mujer de Tsai Ama dice que esta reunión es muy oportuna. Espera ansiosamente aprender cosas.

La última mujer era la más baja y la más corpulenta. Casi gorda, pensó Anna. Las piezas de su túnica estaban cubiertas de bordados: animales retorcidos de color verde, dorado, plateado y azul. Las cadenas que conectaban las distintas piezas eran de varios colores: eslabones de oro o plata que alternaban con otros esmaltados en verde o azul.

El atuendo era impresionante, pero nada bonito. Demasiados colores, demasiado metal brillante, demasiada opulencia.

—Lugala Minti —dijo Nicholas en voz muy suave—. Es la mujer más importante de los Lugala. Creo que es una evaluación justa.

—Sí —dijo Ettin Sai con su voz profunda y serena.

—Su hijo Lugala Tsu es un principal, el único principal de esta estación aparte de Ettin Gwarha. Una mujer muy importante con un hijo importante. TrAtala con respeto, Anna. Con los Lugala no se juega.

—Sí —volvió a decir Ettin Sai.

La mujer gorda habló. Su voz era tan profunda como la de Ettin Per.

—La mujer de Lugala dice que eres bienvenida. Esta reunión es importante. El destino de muchas familias podría depender de lo que ocurra en esta estación.

Vaya, pensó Anna. No quería asumir ese tipo de responsabilidad.

Se sentaron y Nicholas se acomodó junto a ella. Seguramente la habitación había sido dispuesta para aquella reunión y los muebles colocados de manera tal que las mujeres estuvieran en círculo, en sus enormes sillas, una frente a otra, mientras el hombre se acomodaba en una silla más pequeña, más atrás, no exactamente en el círculo.

Ettin Per habló en primer lugar.

—La mujer de Ettin dice: «Nosotras no espiamos ni escuchamos como hacen los hombres. Pero esta reunión, como dice la mujer de Lugala, es importante. Por eso nos gustaría tener tu autorización para grabarla abierta y honestamente.»

Anna miró a Nicholas. Él dijo algo en la lengua de los alienígenas.

Ettin Per le respondió.

—Los hwarhath te darán una copia de la grabación, junto con el equipo para pasarla. Adelante, Anna. A tu gente le interesará.

Anna vaciló y finalmente asintió.

La mujer menuda —Tsai Ama Ul— habló a continuación.

Cuando concluyó, Nicholas tradujo:

—Hemos aprendido muchas cosas sobre las mujeres humanas gracias a la información que conseguimos y gracias a Sanders Nicholas. Pero es información incompleta, y Nicholas es un hombre. Queríamos ver por nosotras mismas cómo es una mujer humana. Queríamos descubrir qué se siente siendo una mujer entre los tuyos.

Lugala Minti la interrumpió y habló con retumbante voz.

—La mujer de Lugala quiere saber cómo os habéis mezclado tanto. Sin duda comprendéis lo peligroso que resulta tener hombres en casa, salvo durante una breve visita. ¿Cómo podéis permitir que la gente se entrene en la violencia cerca de vuestros niños? ¿Cómo podéis permitir que personas capaces de asesinar y violar vivan en vuestras casas día tras día y año tras año? Sin duda os dais cuenta de que algo terrible ocurrirá tarde o temprano. Perdón, he cometido un error, Anna. La palabra no es «asesinar». Es «matar intencionadamente a otra persona», aunque eso no es necesariamente un crimen. El contenido moral del acto depende de las circunstancias. Casi nunca es malo matar a un enemigo masculino. Suele ser malo matar a un individuo de sexo masculino que sea pariente o aliado. Lo mismo se aplica a la palabra que he traducido como «violar». Ésa significa «practicar el sexo con violencia y sin el consentimiento de la otra persona», pero no es invariablemente un acto criminal; a menos, por supuesto, que la víctima sea una mujer o un niño.

Anna intentó explicar que la mayoría de los hombres eran inofensivos. Las mujeres alienígenas no parecieron convencidas, aunque en realidad no estaba segura de lo que ocurría detrás de aquellos anchos rostros cubiertos de pelaje.

—No —le dijo Ettin Sai finalmente, en inglés—. No puede ser correcto. Sabemos… hemos experimentado… —Se interrumpió y siguió hablando en su lengua; luego Nick tradujo.

—Hemos experimentado la violencia de los humanos. Tu gente no es inofensiva, Pérez Anna. Dos de mis hermanos se encontraban en una nave que fue volada por los humanos, y mi hermana Aptsi perdió a un hijo. Los hombres de tu especie pueden matar como matan los hombres del Pueblo. Pero vosotros no habéis sido capaces de separar la violencia de todo lo demás, como hemos hecho nosotros, al menos en gran medida. Vosotros no tenéis lugares seguros. Vuestros hijos deben crecer dominados por el miedo. Vuestras mujeres deben vivir dominadas por el miedo, a menos que sean como vuestros hombres. ¿Y quién se ocupa de criar a los niños?

Lugala Minti habló en voz alta.

—La mujer de Lugala dice que los humanos son horribles y perversos, una vergüenza para cualquier otra especie inteligente y un insulto a la Diosa, alabado sea su nombre. Y oye, Anna, ni siquiera hemos asumido los hábitos sexuales de la humanidad.

—Sí —dijo Ettin Sai en inglés.

Tsai Ama Ul volvió a hablar.

—Esto no es cortés, dice la mujer de Tsai Ama, y no conduce al conocimiento. No debemos pedir a Pérez Anna que defienda a los suyos como si fueran criminales. Háblanos de tu infancia. Cuéntanos cómo es ser criada como mujer entre los humanos.

Así lo hizo. Las mujeres formularon preguntas. ¿Cómo era tener un padre en la casa? ¿Cómo se llevaba con él y con su hermano? ¿Su padre la amenazaba? ¿Era violento?

Era un historiador afable, cuyo único crimen como padre era su incapacidad para prestar atención al siglo en que vivía. El XIV le resultaba mucho más interesante, aunque existían semejanzas entre ambos: plagas terribles, una sociedad que se derrumba y un vasto universo que empezaba a ser visible; el mundo entero esperaba la llegada de exploradores y los cielos estaban a punto de abrirse para los astrónomos.

—Indiferencia —dijo Ettin Sai—. Eso no es bueno. Pero hay mujeres que no se interesan por sus hijos. En una familia grande, eso no tiene importancia. En una casa grande siempre hay madres suficientes.

¿Por qué los seres humanos tenían familias tan minúsculas? ¿No se sentía sola sin una multitud de primos? ¿No se sentía apretujada en un puñado de habitaciones?

No, les dijo. Era lo corriente, la vida que conocía. No se había sentido sola. El apartamento de su familia resultaba espacioso. Después de todo, sus padres eran profesionales y habían ganado mucho dinero.

Las mujeres escuchaban con expresión grave, pero Anna no captó ninguna señal de que comprendieran. Las preguntas continuaron. ¿Cómo era vivir entre infinidad de personas que no estaban conectadas por linajes sino separadas? Familias diminutas como olas que rompen y desaparecen sin dejar nada detrás salvo un espacio vacío en el que otra ola —otra familia— puede formarse.

¡Nueve mil millones de personas! ¡Era incomprensible! Y la mitad de ellos hombres, siempre presentes. Las calles de las ciudades, de ciudades espantosamente enormes, llenas de violencia masculina. ¿Cómo era para la mujer de Pérez caminar entre hombres con los que no tenía relación? Y sin ninguna protección, si lo que Nicholas les había contado era cierto.

Se sorprendió diciendo la verdad. Podía resultar atemorizante caminar por Chicago, sobre todo por las zonas donde vivía la gente pobre. La pobreza enfurecía a la gente, y los hombres furiosos resultaban peligrosos, sobre todo si no tenían nada que perder.

Cuando concluyó, se hizo silencio. Luego Ettin Per habló.

—Sois demasiada gente. No hay suficiente para todos, y como estáis divididos no podéis compartir lo que hay de una manera decente. Pero aunque lo compartierais, no habría suficiente para todos. De eso se trata, Anna. El discurso sobre los males de la heterosexualidad.

Tsai Ama Ul se inclinó hacia delante y habló.

—Dice que tal vez te estés cansando, aunque no sabe cuáles son los síntomas de la fatiga entre los humanos. Sin embargo, todos somos de carne y hueso, dice la mujer de Tsai Ama.

Anna miró su cronómetro. Habían pasado tres horas. Se sentía como si hubiera perdido una pelea.

Ettin Tsai habló.

—Ha terminado. Gracias, Pérez Anna.

Salieron. Una vez fuera de la sala de reuniones, Nicholas lanzó un suspiro.

—¡Caray! Lo has hecho muy bien, Anna; y yo estoy agotado.

Regresaron a los aposentos de Anna. El apoyó la palma de la mano en la puerta y, mientras ésta se abría, la miró atentamente.

—Pareces cansada. ¿Por qué no te acuestas? Si más tarde quieres ir a alguna parte, llámame.

Aquello equivalía a una despedida. Él necesitaba ir a algún otro sitio, seguramente con su general.

El holograma de la habitación mostraba un cielo verde lleno de cúmulos enormes. Formaban algo parecido a un paisaje: montañas blancas y valles sombríos de color gris verdoso, llanuras angulosas, fallas y laderas onduladas pobladas de árboles. Se quedó tendida sobre la cama, demasiado cansada para pensar. Por encima de su cabeza las nubes cambiaban de forma. Las montañas se aplastaban formando llanuras o se dividían creando valles. Los valles se cerraban. Las colinas bajas se elevaban y se convertían en picos elevados. Nada permanecía igual.

Por la noche fue a los aposentos de los humanos e informó de la reunión.

—No le encuentro sentido a esta cultura —comentó Sten—. ¿Quién tiene el mando? ¿Los hombres o las mujeres? ¿Y qué significa esta obsesión con la violencia?

—Por la forma en que hablaron las mujeres, su población debe de ser considerablemente menor que la nuestra —comentó el capitán Mclntosh—. Eso podría resultar una desventaja para ellos. Aunque Jah sabe que nuestra población no es particularmente ninguna ventaja.

—Nos encontramos en una estación enemiga —dijo Etienne con nerviosismo—. ¿Estamos seguros de que ellos no pueden oírnos?

—Sí —respondió el capitán Mclntosh.

—Continuemos las negociaciones de buena fe. Sabemos exactamente lo útil que ha resultado subestimar a los hwarhath y conspirar contra ellos.

<p>VI</p>

En el despacho del general había un nuevo holograma: una llanura cubierta de nieve. En la distancia se veía una cadena de montañas pequeñas y puntiagudas, probablemente la pared de un cráter. Por encima de las montañas, el cielo estaba casi totalmente cubierto por un planeta: un gigante de gas amarillo, con anillos y media docena de lunas que resultaban visibles por las sombras que proyectaban sobre el planeta. El cielo —lo poco que pude ver— era azul oscuro, lo que significaba que había alguna clase de atmósfera.

Una serie de huellas cruzaban la nieve, que empezaba donde se acababa la moqueta del general, y atravesaban la llanura en diagonal hasta perderse en la distancia. Las huellas habían sido dejadas por un solo par de botas enormes.

—¿No estarás intentando colonizar eso? —le pregunté.

—No. Lo más probable es que se tratara de una estación de observación, o tal vez haya habido un único aterrizaje.

Hice un gesto de asentimiento y me senté.

—Bien. —Cogió su estilete—. Pérez Anna se reúne con las mujeres una sola vez, y los humanos ya han aprendido algo de valor estratégico.

—Sólo lo de la población —dije.

—Sí. No sé hasta qué punto podemos controlar esto, y no sé si es prudente utilizarte como traductor. ¿Por qué le has explicado el significado exacto de las palabras que has traducido como «violar» y «asesinar»? Al ver la grabación, he pensado que ibas a decirle a la mujer de Pérez que no matamos a mujeres y niños.

—Ayudé a escribir el primer diccionario de tu lengua, y esas definiciones figuraban en él. No le estaba diciendo a Anna nada que los humanos no sepan.

Bajé la vista brevemente y volví a levantarla, mirando al general a los ojos.

—La lengua es mi única gran habilidad. Me gustaría utilizarla honestamente. En la medida de lo posible, voy a ser claro. —Estaba utilizando la lengua hwarhath principal. La primera acepción de la palabra es «transparente»—. Si esto supone un problema, puedes despedirme. ¿Pero cómo podrás negociar de una forma seria si las líneas de comunicación están enredadas?

Él hizo un débil ruido de disgusto y dejó el estilete.

—Anoche estuve con Lugala Tsu. Nunca ha sabido beber. Es otra de las razones por las que su linaje no debería haber sido promovido. No repetiré todo cuanto dijo. Hacia el final resultaba incoherente. Pero surgieron dos cosas importantes.

»Abriga la esperanza de que por fin haya llegado el momento en que yo falle en algo. Espera que cometa un error grave en esta ronda de negociaciones.

»Y además —volvió a coger el estilete y lo hizo girar entre sus dedos—, hizo la sugerencia, insinuó la posibilidad de que tú no eres totalmente de fiar. Algunos de los hombres que estaban con él se encontraban lo suficientemente sobrios para darse cuenta de lo que ocurría. ¡Ja! ¡Tendrías que haber visto sus caras! Pero no sabían cómo hacerlo callar. Eso es lo que ocurre cuando uno elige a su personal como lo hizo él.

Ya había oído hablar al general sobre aquel tema. La belleza está muy bien, y no perjudica tener en cuenta el linaje de un hombre, pero éstos no deberían ser los únicos criterios a considerar.

—¿A quién escogiste?—pregunté. —A Hai Atala Vaihar.

La elección perfecta. Vaihar bebe lo suficiente para no desconectarse de la fiesta, pero nunca se emborracha, y siempre sabe qué hacer en una situación difícil.

—No puedo decirte las palabras exactas que utilizó el hijo de Lugala. Ocurrió al final de la velada, y no era del todo fácil seguir su discurso. Pero dijo que tú eras humano, y que los humanos eran diferentes en muchos aspectos importantes, y que nadie podía decir con certeza cómo ibas a actuar ahora que estabas con una mujer humana, que podía o no estar relacionada contigo.

En otras palabras, yo podía ser un traidor al Pueblo y podía ser un perverso, y tal vez incluso cometiera incesto.

[Estás equivocado en esto. Él sugería dos posibilidades, ambas peligrosas. Es posible que Anna sea una parienta tuya, en cuyo caso deberías serle fiel. Ningún hombre en su sano juicio traicionaría ni abandonaría a una mujer de su linaje. O quizás estás mintiendo y ella no es parienta tuya. En tal caso has conseguido tener acceso a sus aposentos con un propósito que me niego a mencionar. Así, o eres un traidor y no un perverso, o de lo contrarío eres un perverso y tal vez un traidor. Pero no creo que Lugala Tsu tuviera en mente la idea del incesto.]

—¿Qué hiciste? —pregunté.

—Le dije que el futuro está en manos de la Diosa, y que nunca podemos decir con certeza cómo va a actuar alguien; entonces Vaihar contó una larga y aburrida historia sobre uno de sus tíos, que siempre había sido previsible; y después nos marchamos. Me pregunto si alguno de esos jóvenes tendrá el coraje de decirle a Lugala Tsu exactamente lo que él me dijo a mí.

—Lo más probable es que no.

Hizo un ruido que indicaba que estaba de acuerdo.

—Voy a hablar con Ettin Per. Tal vez ella encuentre una forma de contener o distraer la curiosidad de las mujeres. Tú te reunirás conmigo en la sala en la que hablamos con el enemigo.

—¿Porqué?

—Quiero que el hijo de Lugala te vea a mi lado. Eres el mejor traductor que tenemos y nuestro principal experto en humanidad. Quiero que ese producto de una inseminación apresurada lo recuerde; y quiero que recuerde lo que tú eres para mí.


Del diario de Sanders Nicholas, etc.

<p>VII</p>

Al día siguiente Nicholas le enseñó a manejar la cocina.

—Las mujeres quieren tiempo para pensar en lo que les contaste. El general quiere que esté presente en las negociaciones. De modo que te quedarás sola un rato.

Ella asintió y él leyó las instrucciones de uso de los diversos… ¿cómo llamarlos? ¿Electrodomésticos? Cuando terminó, se cruzó de brazos apoyado contra la pared más cercana. En la muñeca izquierda llevaba un brazalete de gruesos eslabones de oro, cada uno con una piedra de color verde oscuro profusamente tallada, parecida al jade. Un objeto magnífico, pensó Anna, aunque no hacía juego con su ropa.

—He traído el ordenador —dijo Nicholas—. No es un modelo nuevo. Nos arreglamos con lo que podemos conseguir. Pero el software es amigable. En mi opinión, demasiado. Me gusta mantener la distancia emocional con mi software.

»Te escribiré las instrucciones para ponerte en contacto con Vaihar y Matsehar. Si quieres ir a algún sitio, llámalos.

Hizo una pausa y pareció incómodo.

—Tengo que preguntarte algo, Anna.

Ella esperó.

—Hace dos años, antes de abandonar la última ronda de negociaciones, Ettin Gwarha te contó una historia.

Ella asintió.

—¿La conoce alguien más?

—El servicio de información militar me cogió en cuanto tu gente abandonó el planeta. Fui interrogada.

Al principio se quedó completamente inmóvil. Después preguntó:

—¿Cómo? —Su voz era serena.

—Con drogas. No me hicieron daño, pero deben de saber todo lo que yo sé sobre ti y sobre el Pueblo.

—Ah. —Apartó la mirada—. Bueno, el servicio de información nunca ha sido generoso en lo que se refiere a compartir información. Tal vez no contaron nada al resto de tu equipo.

—¿Te importa?

—Supongo que sí. No es una historia muy agradable. Lo que menos me gustaría es entrar mañana en esa sala e imaginar que los demás piensan: Aquí está el pobre cabrón que trabaja para la gente que lo torturó.

—¿Es eso verdad?

Él iba a cerrarse. Lo supo por su expresión y por la postura de su cuerpo. Iba a cerrarse, a guardar silencio y a decirle que se ocupara de sus asuntos.

—Nicholas, no voy a decirte que me debes una explicación.

—Estupendo.

—Pero mi carrera es un desastre, y no estoy segura de poder enderezarla. A punto estuve de acabar en la cárcel.

—Fue elección tuya, Anna. Yo no te pedí nada.

—La mirada que me lanzaste en aquella habitación fue como una súplica. Intenté ayudarte. El general dijo que no era necesario, pero hice lo que pude.

La miró como diciendo: ¿y qué?

—Sabía que ellos eran unos cabrones. Pensaba que tú eras relativamente normal.

—Sabías que durante la guerra había cambiado de bando. Eso nos lleva a una palabra de siete letras que comienza por «t» y que tengo problemas para pronunciar: alguien que actúa con perfidia y con falsedad. ¿A eso llamas normal? En cualquier caso, ¿con quién tratas?

—Santo cielo, qué bien hablas. Nunca lograré ponerte en un aprieto. En realidad creo que me debes una explicación. Había dicho que no lo diría. He faltado a mi palabra.

»¿Crees que puedes eludir todas las obligaciones porque has hecho eso que comienza por “t”? ¿A quién le importa si traicionaste a esos locos del servicio de información? Yo también los traicioné. Todo el mundo debería hacerlo. Al demonio con tus sentimientos de culpabilidad y al demonio con tu irresponsabilidad.

Él miró a su alrededor.

—Sabes, me interesa poco la comida, pero no quiero mantener esta conversación en una cocina. Salgamos de aquí.

Se acomodaron en las sillas de la sala. Nicholas se quitó las sandalias y apoyó los pies en una mesa nacarada; luego miró a Anna.

—¿Qué quieres saber?

Anna vaciló, intentando encontrar las palabras adecuadas. Quería ciertas garantías de que no estaba tan loco como la gente del servicio de información. ¿Qué clase de persona podía trabajar para un hombre que la había torturado?

—No sería el primer caso —dijo Nicholas. Ella intentó hablarle del abismo. Era el lugar donde uno aprendía cosas de otras personas a las que en realidad no quería conocer. Fijabas la vista en él y veías oscuridad, fealdad, locura y dolor, y pensabas que tal vez fuese una lástima que los dinosaurios se hubieran extinguido. Podrían haber hecho un buen trabajo. Él se echó a reír.

—Creo que será mejor que me cuentes lo que te dijo el general.

Así lo hizo. Él escuchó con los ojos entrecerrados y expresión inmutable. Cuando ella concluyó, dijo:

—Vaya, ha logrado convertir una historia desagradable en algo aún más desagradable, y no sé por qué. Tendré que preguntárselo.

—¿Sucedió?—preguntó Anna.

—Sí.

—El general dijo que él estaba allí.

—No lo recuerdo. Cada vez que querían hacerme preguntas me llevaban a una habitación. Siempre a la misma. En una pared había un espejo… enorme, del techo al suelo y de pared a pared. Así es como suelen comenzar mis sueños, entrando en esa habitación y viendo mi imagen, y sabiendo que va a suceder algo terrible.

»Detrás del espejo había una cabina de observación. Podía oír a la gente moviéndose y voces que sonaban por el intercomunicador. Haga esta pregunta. Pregunte esto otro. Deténgase. Continúe. Gwarha debía de estar allí. Nunca lo vi en la habitación.

»Creo que nunca oí su voz por el intercomunicador. En aquellos tiempos él no tenía un rango superior, y su especialidad nunca han sido los interrogatorios. Lo más probable es que observara y escuchara.

»No creo que pudiera trabajar para él si recordara haberlo visto en aquella habitación. No tengo ni idea de lo que haría si alguna vez me encontrara con alguno de esos individuos. Nunca los he visto, salvo en sueños, y por lo general, no sé por qué, los veo como imágenes en el espejo. Tal vez un terapeuta fuese capaz de explicarlo. A mano no hay ninguno, ni nadie que comprenda a los humanos. Consultar a un adivino hwarhath podría ser interesante, pero no creo que fuese terapéutico.

Se sentaba con los codos apoyados en los anchos brazos del sillón y las manos cruzadas. No había muestras de tensión en su postura ni en su voz serena y uniforme. Pero Anna la percibía.

—La primera vez que lo vi, por lo que recuerdo, fue cuando se acercó y me dijo que todo había terminado. Los interrogatorios iban a concluir. No habría más dolor. Y luego… —Nicholas sonrió—. Muy formalmente, con sus hermosos modales, se disculpó. No de la mayor parte de las preguntas ni de la mayor parte del dolor. Aquello había sido necesario; y Gwarha no se disculpa de nada que sea necesario; pero sí de las preguntas del final. No sirvieron para nada útil y, en su opinión, estaban motivadas por el tipo de curiosidad maliciosa característica de los niños. ¿Conoces esa clase de actitud? Es lo que yo llamo la etapa científico-juvenil. ¿Qué ocurre si arrancas la pata trasera de un saltamontes? ¿Qué ocurre si arrancas un ala a una mosca? Oye, Nicky, ¿quieres ver lo que sucede si prendes fuego a una rana?

»No trabajo para el hombre que me torturó. Trabajo para el hombre que me dijo que todo había terminado y que me ofreció una disculpa.

Sin embargo, trabajaba para el enemigo y para un grupo de personas que le habían tratado muy mal. ¿De qué servía una disculpa en una situación como aquélla? «Vaya, lamento haber convertido tu vida en un absoluto infierno.» No le pareció adecuado.

—Parte de mi explicación es ésta. El resto es… que si no perdonaba a Ettin Gwarha, ¿cómo podía perdonarme a mí mismo?

—¿A qué te refieres?

—¿De dónde crees que salía la información que utilizamos para descifrar la lengua hwarhath? ¿Crees que nuestros prisioneros nos la proporcionaban gratuitamente? ¿Y cómo crees que fueron utilizados mis conocimientos de esa lengua?

—Tú eras como él.

Nicholas asintió. Aún estaba en la misma posición y seguía sin mostrar señales físicas de tensión. Su voz aún era tranquila y regular.

—Nunca me ensucié las manos. Nunca toqué a un prisionero hwarhath; pero yo sabía de dónde provenían los datos que estaba analizando; y sabía adónde iban las preguntas que yo escribía.

Otra vez el abismo. Estaba segura de que las personas decentes no se metían en situaciones semejantes. Las personas decentes llevaban una vida respetuosa de las leyes y nunca dañaban a alguien directamente y jamás cooperaban a sabiendas cuando se trataba de infligir dolor.

—Recibí una buena educación metodista del Medio Oeste —comenta Nicholas—. íbamos a la iglesia todos los domingos por la mañana, después de comer beicon. Aprendí lo que es el mal y aprendí qué es lo que más complace a Dios. Dios se siente más complacido cuando nos ocupamos de la viuda y del huérfano, del pobre y de los extranjeros. Bueno, nadie más extranjero que los hwarhath, y en la época en que nos pusimos en contacto con ellos, eran realmente pobres. Nada les pertenecía, ni siquiera su cuerpo, y no les permitíamos hacer lo que más deseaban, que era morir. Para el Pueblo, ésa es la forma más extrema de pobreza, el no ser dueño de la propia muerte. Ésa es su más preciada posesión, el derecho a decir: es suficiente. ¿Sirve de algo todo esto? ¿O aún estás al borde del abismo?

—Aún sigo allí.

—No es fácil comprender a la gente; después de decir algo tan profundo, me voy. —Se puso de pie y le sonrió—. ¿Sabes? No has mencionado el problema real que tengo con Ettin Gwarha. No se trata de que él sea un alienígena, o un enemigo, o de que tenga que ver con el trato menos que agradable que recibí al ser capturado. Hemos podido enfrentarnos a todo eso.

»Pero hay un consejo que toda madre debería dar a sus hijos antes de dejarlos salir al universo. Nunca folies en el trabajo y nunca folies con tu jefe. Nunca te metas en una situación en la que no puedas separar tu vida personal de lo que haces en la oficina. El general y yo hemos pasado años negociando y fijando reglas acerca de cómo comportarnos cuando los dos estamos trabajando y cuando no lo hacemos. Nunca ha sido fácil.

»Has estado preguntándome, con mucha cortesía, cómo puedo meterme en la cama con mi enemigo. Bueno, los enemigos no lo son para siempre. Uno siempre puede tratar de hacer las paces. Pero piensa en lo que significa hacer el amor con un hombre que redacta una evaluación semianual de tu actuación en el trabajo. Es una situación de perspectivas desagradables. Aunque en el formulario no hay ni una sola línea destinada a la actuación en el plano sexual. Me pregunto cómo Gwarha logra intercalar esto. ¿Hablará de la “Actitud hacia los más importantes”?

—¿Por qué lo haces? —preguntó Anna.

Él se echó a reír.

—Anna, eres increíble. Las preguntas no terminan nunca. Pero he llegado al límite de mi capacidad para responderlas. —Se marchó.

<p>VIII</p>

Al día siguiente, él estuvo presente en las negociaciones. Ella observó a solas desde la antesala. Él entró exactamente detrás del general, vestido con su uniforme gris de cadete especial, que le sentaba tan bien. Nunca lo había visto junto a Ettin Gwarha. Le llevaba casi una cabeza. ¡Qué extraña pareja! Por primera vez no tenía los hombros caídos y tampoco sonreía. Su rostro delgado y pálido mostraba una expresión vigilante, distante.

Cuando todos estuvieron sentados, se presentó.

—Creo que conocí a la mayor parte de ustedes durante la última ronda de negociaciones.

Charlie dijo que sí y luego le ofreció una disculpa por el lamentable giro que habían tomado los acontecimientos, etcétera.

Nicholas escuchó y tradujo. Los hwarhath se movieron un poco y luego habló Ettin Gwarha.

—Su disculpa no es necesaria —dijo Nicholas—. Se presentó y se aceptó una antes de que el Pueblo estuviera de acuerdo en celebrar las actuales negociaciones.

Charlie abrió la boca y la cerró. Era evidente que la disculpa había sido ofrecida directamente a Nicholas. Era evidente que los hwarhath fingían que Nicholas no estaba allí. ¿O no existía como entidad separada? Anna no estaba segura.

Otro juego que para ella no tenía sentido.

Después de eso no ocurrió gran cosa. Los negociadores discutían la posibilidad de intercambiar prisioneros, aunque ninguna de ambas partes admitía formalmente que los tuviera. El general seguía fingiendo no saber inglés. ¿Con qué intención? Tal vez eso le daba tiempo para pensar en el tema de discusión. Nicholas traducía con voz serena y prácticamente inexpresiva, en un tono muy diferente del que solía usar, que subía y bajaba, cambiaba de ritmo, con el que imitaba y se burlaba.

Anna almorzó con el resto del equipo diplomático. No les habló de su más reciente conversación con Nicholas, aunque mencionaron su nombre. Querían saber por qué lo utilizaban otra vez como traductor. Anna se encogió de hombros. No tenía ni idea. El general así lo quería.

Por la tarde Hai Atala Vaihar fue a verla y la escoltó hasta los aposentos de las mujeres. Ella cogió el ordenador que Nicholas le había llevado. Como él decía, era excesivamente amistoso y tenía una personalidad que le ponía los nervios de punta. Salió del programa de aprendizaje lo más rápido posible y buscó el juego que Nick le había mencionado.

Se basaba en la novela china titulada Mono. El jugador (eligió la versión para una sola persona) era el personaje que daba nombre al libro: un mágico mono de piedra que creaba el infierno en el cielo, robando los melocotones de la inmortalidad, y acosaba a los dioses chinos.

Como castigo, Mono era encarcelado debajo de una montaña. Con el fin de lograr su liberación y su redención, tenía que escoltar al monje budista Tripitaka hasta la India y volver, para que Tripitaka pudiera llevar los Tres Cestos de las Escrituras Budistas al pueblo chino, salvándolo así de la avaricia, la lujuria y la violencia.

La travesía a la India estaba llena de peligros (por supuesto), y tuvo que enfrentarse a varios monstruos. Algunos, una vez derrotados, resultaban benévolos. La mayoría seguían siendo malvados. Anna nunca había sido especialmente buena para los juegos y perdió casi todas las peleas. El juego tenía una bonificación. Cuando Mono había muerto por undécima vez, ella apretaba el botón y seguía jugando en lugar de volver al principio. El Mono real hacía trampa cada vez que podía. Ella imaginó que podía hacer lo mismo.

Al final, si terminaba la partida y entregaba los cestos de las Escrituras, conseguía (según las instrucciones) la libertad y la iluminación, y se convertía en una auténtica Buda. Pero eso le llevaría mucho tiempo, a pesar de la bonificación.

Su vida se hizo rutinaria. Por la mañana observaba las negociaciones entre los hwarhath y los hombres. Por la tarde hablaba con sus colegas. A veces se quedaba toda la tarde en los aposentos de los humanos. Con frecuencia regresaba a los suyos y se dedicaba a leer, o jugaba alguna partida de Mono.

Las mujeres hwarhath aún estaban en la estación, aunque en esa etapa nunca se reunió con ellas; y el principal Lugala Tsu también se paseaba de un lado a otro y observaba las negociaciones igual que Anna, desde la distancia, por holovisión.

Se enteró de todo eso gracias a sus escoltas, pero no pudo averiguar nada más acerca de lo que aquella gente estaba haciendo o planeaba hacer. Eh Matsehar dijo que no lo sabía, y Hai Atala Vaihar dijo que no le correspondía especular acerca de lo que pasaba por la mente de las mujeres o de los principales.

Se imaginó a los dos Lugala como arañas agazapadas en medio de sus telas, alerta y preparada para actuar cuando llegara el momento adecuado. Si lo pensaba, Lugala Minti se parecía más a un sapo. Pero Anna no tenía nada contra los sapos ni contra los demás anfibios. Frágiles y sensibles, los anfibios se estaban extinguiendo a causa de la contaminación más rápidamente que los miembros de cualquier otro orden animal de la Tierra. Los sapos debían ser cuidados y llorados, no comparados con Lugala Minti.

Tampoco tenía una buena razón para creer que en los Lugala hubiese nada malo, salvo por el estilo sumamente llamativo de su madre y por la tendencia de ésta a pontificar acerca de la fealdad de los humanos. ¿Era eso suficiente para condenar a dos personas, una de las cuales Anna ni siquiera conocía?

En los días en que Vaihar la escoltaba, él y Anna hablaban de literatura humana. Vaihar quería leer otro libro. Ella le recomendó Las aventuras de Huckleherry Finn. Así sabría lo que era la esclavitud.

—Oh, sí —dijo Vaihar—. He oído hablar de eso, aunque no puedo decir que lo comprenda. ¿Por qué alguien querría esclavizar, si es ésa la palabra correcta, a mujeres y niños? ¿Y por qué un hombre se sometería?

Como cada vez que trataba con los hwarhath, tuvo la sensación de que le faltaban piezas importantes. No podía responder a las preguntas de Vaihar porque en realidad no sabía qué era lo que él le preguntaba.

En los días en que la escoltaba Matsehar, hablaban de teatro. Mejor dicho, Matsehar hablaba y ella escuchaba. Él había empezado a trabajar en su versión de Macbeth.

—Estoy empezando a comprender cómo actúan los humanos cuando son tortuosos. Nicky dijo que me resultaría útil venir aquí; y tenía razón, como suele ocurrir.

En una ocasión vio a Nicholas en un pasillo, hablando con un alienígena de pelaje blanco como la nieve. Había algo diferente en la postura de Nick, aunque al principio no logró deducir qué era. Nick la vio y se irguió, le sonrió y levantó una mano a modo de saludo. Luego reanudó la conversación.

—Me pregunto qué ve en esa pelota de pelo —dijo Matsehar.

—Ese estúpido blanco como la nieve. El imbécil. El bufón.

—¿Quién es?

—El actual campeón de hanatsin de esta estación. Ése es su único logro, a menos que consideres que tener un buen cuerpo sea un logro.

Le preguntó por el hanatsin. Era una actividad entre un arte marcial y una forma de danza. Cuando se practicaba como arte marcial, los dos participantes eran rivales, y uno de ellos tenía que vencer al otro. Cuando se practicaba como danza, eran compañeros y sólo podían ganar juntos. El estúpido blanco como la nieve era un maestro en la forma de arte marcial.

—No sé qué se propone Nicky; practica el hanatsin y es lo suficientemente bueno para necesitar un rival poderoso. —Matsehar hizo una pausa—. Pero no es lo suficientemente bueno para necesitar «ese» rival. Para Kirin sería… déjeme pensar, sé que los humanos tienen una frase para esto… sería pan comido. Su lengua tiene una notable cantidad de expresiones derivadas de la comida. A veces me repugna aunque, por supuesto, eso no es tan espantoso como la heterosexualidad.

Claro que no.

—¿Acaso Nick…? —No encontró una forma cortés de concluir la pregunta.

—Sanders Nicholas es muy conocido por su costumbre de mirar a todos. Dice que sería impío hacer otra cosa.

—¿Qué?

—Según él, los humanos sufren una serie de enfermedades desagradables que se transmiten sexualmente.

—Así es.

—Bueno, nosotros también, aunque ninguna es tan terrible como las enfermedades debilitantes que Nicky ha descrito.

Las enfermedades por VIH. Cada cuatro o cinco años surgía una nueva cepa que —como en el caso de las nuevas cepas del virus de la gripe— recibía el nombre del lugar en el que aparecía por primera vez.

—Pero Nicky no contrae nuestras enfermedades. Ninguna de ellas. Tiene el mismo aspecto que nosotros, pero sólo es una cuestión de apariencia. En el nivel en el que las enfermedades viven y se reproducen, él es muy distinto.

—¿Qué tiene que ver esto con la piedad? —preguntó Anna.

—Él dice que ha llegado accidentalmente a un sitio en el que es posible practicar el sexo con muchas personas sin tener miedo a morir. Y que eso es un regalo de la Diosa. Cuando la que creó el universo nos da un regalo, hay que usarlo.

»Lo más probable es que esté bromeando; aunque nunca se puede estar seguro. Él hace chistes y parece que habla totalmente en serio, y cuando está serio uno piensa que tal vez está bromeando. Pero no cabe duda de que mira a todos.

Recorrieron otro pasillo en silencio. Luego Matsehar volvió a hablar de su versión de Macbeth. Explicó lo bien que funcionaba lady Macbeth como madre llena de ambición, presionando y engatusando a su reacio hijo guerrero, que finalmente —¡lo cual suponía un juicio sobre la ambición!— se convertiría en un monstruo al que no podía dominar.

<p>IX</p>

Una tarde recibí la visita de Matsehar. Estaba de un humor extraño, triste y al mismo tiempo malicioso. No logré explicármelo, aunque siempre se lo veía taciturno: era el precio del genio y de ser diferente.

Cada vez que algo le molesta —ira, fatiga o tensión— se vuelve más torpe que de costumbre. Dejó caer mi pequeño ordenador de lectura mientras intentaba cargar su versión de Macbeth, y luego tuvimos que ponernos de rodillas y buscar el escrito, que había desaparecido dentro de la moqueta. Finalmente lo vi, un brillo cristalino entre las fibras, lo recogí y se lo entregué. Él lo dejó caer otra vez y empezó a maldecir en inglés. Le quité el ordenador e introduje el escrito. Luego serví unas copas: halin para él y agua para mí.

—¿Te gusta Anna? —Yo no lo veía desde que él se había hecho cargo del servicio de escolta y, por lo que sé, siempre ha demostrado interés por los humanos.

Rozó la copa de halin. Por la forma en que se estaba moviendo, lo más probable era que acabara volcándola.

Finalmente habló:

—Ettin Gwarha es más extraordinario de lo que yo pensaba. Puede mirarte y ver a un hombre. Cuando yo miro a Pérez Anna veo a una alienígena. No puedo ver más allá de las diferencias físicas: el cuerpo con sus raras proporciones, las extremidades que no se flexionan en los lugares adecuados, la piel parecida al cuero curtido, los ojos… —Se estremeció visiblemente y luego le miró fijamente—. Me consideraba liberal, Nicky. Pero no, soy tan estrecho de miras como un sucio granjero de la llanura de Eh. ¡Ay, Nicholas! ¡Me siento atrapado en mi propio ser!

»Y me siento solo. Te envidio, aunque la envidia no es una emoción que me guste. Te vi en el pasillo, hablando con Shal Kirin. Ése es un gran don, Nicky, mirar a la gente y encontrarla encantadora.

—No difundas ningún rumor desagradable, Mats. Quiero que Gwarha logre concentrarse en las negociaciones.

—¿Entonces no estás interesado en Kirin?

—Por el momento, no. Aunque la Diosa sabe que tiene un cuerpo maravilloso, y siempre me ha gustado esa clase de colorido, el pelaje blanco y las pequeñas zonas de piel oscura. En la tierra hay un árbol llamado abedul. En el invierno deja caer sus hojas, y su corteza es blanca y negra. Eso parece Kirin, un abedul en la nieve.

Matsehar pareció más triste que antes. Por supuesto, yo estaba furioso con él. Su reacción ante Anna me indicaba algo cerca de su reacción ante mí. Yo era otro monstruo, otro extraño.

Recordé una frase, pero no la pronuncié.

Matsehar, quería decir, el universo es muy grande, y la mayor parte de él es frío, oscuro y vacío; no es una buena idea ser demasiado quisquilloso con respecto a quién amar.

Pero la sabiduría de los mayores siempre resulta aburrida, y los problemas de Mats son sólo suyos. No tengo manera de ayudarlo, y uno nunca debería dar consejos cuando está enfadado.

Extendí la mano.

—Dame Macbeth. Me gustaría ver lo que estás haciendo.

Se puso de pie para entregarme el ordenador. Al hacerlo, volcó la copa.


La primera obra que vi, escrita por Eh Matsehar, fue Una vieja que fabrica ollas, que el Cuerpo de Arte representó durante un festival de la estación. Ya no recuerdo qué estación. Tailin, tal vez. Hemos pasado allí el tiempo suficiente, y es lo bastante grande para tener gente del Cuerpo de Arte.

La obra presenta la forma moderna o ambigua, lo que significa que no es claramente una obra de héroe, ni una obra de mujeres, ni una obra de animales, ni ninguna otra cosa en especial.

Un guerrero que viaja ocupándose de asuntos de su linaje conoce a una mujer que fabrica ollas al costado de un camino. El guerrero es joven, orgulloso y próspero, y pertenece a un linaje (los Eh) cuyo poder se expande rápidamente. La mujer es vieja y está casi ciega. Ahora fabrica las ollas sirviéndose sólo del tacto. Y no utiliza más que un barniz de sal. Percibe la forma y la textura, pero ya no ve el color ni los dibujos con la suficiente claridad para aplicarlos. Si pertenece a algún linaje, no lo sabemos. Tal vez es una de esas mujeres que no soportan quedar incorporadas a otro linaje una vez que el suyo ha sido derrotado en la guerra, y se queda sola.

Las dos personas conversan: la mujer de la fabricación de ollas, de los problemas técnicos y de las dificultades de trabajar como lo hace ahora, anquilosada por la edad y ciega; el guerrero habla de las batallas en las que ha participado, del poder de su linaje, de sus ambiciones.

Poco a poco, el público empieza a sospechar que la mujer es una manifestación de la Diosa. Sin duda, uno se da cuenta de que el joven es un estúpido. La mujer le hace preguntas agudas y curiosas. Las preguntas vienen a ser: ¿qué crees que estás haciendo? Él no puede responder, salvo con las frases hechas de las antiguas obras de héroes y con una especie de codicia infantil.

Al final, la vieja le dice: «¿Por qué no dejas de lado esas armas y haces algo útil? ¡Fabrica una olla!»

El joven baja la vista, incapaz de seguir respondiendo. La obra concluye.

A Gwarha le pareció odiosa y salió con un par de oficiales superiores para emborracharse y quejarse del teatro moderno. Yo recorrí la estación a pie.

Al día siguiente busqué al autor y lo encontré en el Teatro del Cuerpo de Arte discutiendo con otro hombre que resultó ser el músico jefe. Alguien lo señaló: demasiado alto para un hwarhath —aunque no tan alto como yo—, de huesos grandes, demacrado y muy joven. Su juventud explicaba los problemas que habían surgido con la obra. Mientras me acercaba a él, levantó la vista. (Por lo general, los hwarhath bajan la vista cuando discuten seriamente.)

—Ah —dijo, en una prolongada exhalación. Sus ojos azules se agrandaron; incluso las pupilas largas y estrechas parecieron dilatarse. Se volvió con movimientos torpes. Más tarde descubrí que en su infancia había estado enfermo: una infección del sistema nervioso central.

Los médicos nunca lograron averiguar exactamente de qué se trataba.

La enfermedad llegó en el momento adecuado para asegurar su supervivencia. Si hubiera sido más joven, tal vez los médicos no habrían trabajado para mantenerlo con vida. (Los hwarhath no consideran personas a los niños muy pequeños.) Si hubiera sido un adulto, le habrían ofrecido la opción y probablemente —sobre todo al principio— la habría elegido.

Finalmente, se recuperó de manera sorprendente, mucho mejor de lo que cualquiera hubiese esperado. Pero le quedó un daño permanente, sobre todo en el área del equilibrio y la coordinación. Era un tanto desgarbado y las cosas se le caían siempre.

—Vi la obra —le dije—. Me gustó.

No recuerdo su respuesta, pero estaba entusiasmado e interesado. (Tiempo después descubrí que se sentía fascinado por los fenómenos y los proscritos.) Hablamos de la obra y también de las obras de héroes en general. A esas alturas, yo había perdido el interés por ellas. Él las despreciaba.

—Falsas y deshonestas. La vida no es así. No somos héroes en un escenario, ni hacemos ese tipo de elecciones. La mayoría de las veces no hacemos ninguna elección. Hacemos lo que nuestras madres nos enseñaron y lo que los hombres mayores nos ordenan.

El músico, que había estado escuchando, nos interrumpió. Había un problema con la música de la obra.

—Quiero reunirme contigo otra vez —dijo—. ¿Es posible? Quiero saber lo que significa vivir entre desconocidos. ¿Por qué cambiaste de bando? ¿Los humanos tienen su propio código de honor?

Le dije que sí, que podíamos reunimos, y lo hicimos, aunque Gwarha pareció sorprendido cuando le dije lo que estaba haciendo.

—Su obra es insolente e impía. ¿Por qué quieres hablar con él?

Le dije que me gustaba la obra, y que el joven estaba interesado en aprender cosas sobre el género humano.

—Material para otra efusión desagradable —dijo Gwarha, o algo por el estilo.

(Es posible que esté inventando algo de esto. Ocurrió hace más de diez años. Podría buscar en mi diario la primera referencia a Mats. Tal vez lo haga cuando termine esta anotación.)

El joven actuó con la franqueza típica de los hwarhath. En menos de medio ikun me estaba preguntando qué se sentía al ser un traidor al linaje. ¿Cómo pude hacerlo? ¿Era verdad que me había sido ofrecida la opción? ¿Por qué la había rechazado?

—¿Esto se convertirá en una obra?

—No en una forma que alguien pueda reconocer. Soy atrevido pero no estoy loco. No tengo intención de enfurecer al hijo predilecto del linaje Ettin.

Eludí la mayor parte de las preguntas personales, aunque más tarde se las contesté. Mats es insistente. Pero le dije algo sobre la humanidad y algo acerca de mi vida entre los hwarhath.

—Tú ves lo mismo que yo —comentó—. Todo ha cambiado, pero continuamos como antes. Esto no es la llanura de Eh, ni las colinas que pertenecen a Ettin. Esto es el espacio, y el enemigo con el que luchamos no se parece a nosotros. Si no aprendemos nuevas formas de pensamiento, seremos destruidos.

Después de eso me aficioné a pasar el rato con Mats. Era la persona más brillante que había conocido desde que me encontraba entre los hwarhath, salvo Gwarha, tal vez. Mats era más liberal que Gwarha y tenía más imaginación. A los veinticuatro años ya era el mejor dramaturgo masculino de su generación.

Cuando dejé la estación, seguí en contacto a través de la sonda de mensajes. Él me envió ejemplares de sus obras nuevas, u hologramas si se habían puesto en escena.

Le envié información sobre el teatro de la Tierra y resúmenes de obras famosas con traducciones de fragmentos característicos. Fue una extraña selección. Estaba limitado por lo que podía conseguir en los sistemas de información hwarhath, y ellos estaban limitados por lo que habían encontrado en las naves humanas capturadas.

La importancia de llamarse Ernesto resumida parece una completa estupidez. El diálogo pierde toda su fuerza con la traducción. (Los hwarhath no son personas ingeniosas.) Shakespeare, en cambio, surge espléndidamente. Mats estaba especialmente entusiasmado con Otelo. Podía ser una obra de héroes fantástica, dijo, de esas que tratan de los peligros del amor heterosexual. Terminé traduciendo la maldita obra íntegra, y casi fue el trabajo más difícil que he hecho en la vida.

Dos años después acabamos nuevamente en la misma estación. Recuerdo cuál era. Ata Tsan. Le seguí los pasos hasta otro teatro. Otra vez estaba discutiendo con un músico. A esas alturas ya me había enterado de cuál era su apodo, que se traduce (aproximadamente) como Hombre que Anna Alboroto con la Música, y me había enterado del motivo. La enfermedad de la infancia lo había dejado parcialmente sordo. Llevaba un par de audífonos: botones de plástico ocultos alojados en sus enormes oídos internos. Cuando los llevaba conectados, no tenía problemas para mantener una conversación, pero no oía la música como el resto de la gente. Sabía que era un caso único, pero también sabía cómo oía la música de sus obras, y cómo —por la Diosa— quería oírla. Los músicos trabajaban con él porque era muy bueno; pero siempre parecían atormentados. Uno de ellos me dijo: «Mi trabajo no consiste en componer música. Consiste en negociar entre Eh Matsehar y el resto de la especie.»

Mats interrumpió la discusión y me llevó afuera para hablar de la nueva obra, que era una versión de Otelo. Iban a representarla con máscaras como las de las obras de animales.

—Sólo que éstas serán máscaras humanas. ¡Estoy inventando una nueva forma de arte, Nicky! Con tu ayuda; y tu contribución será reconocida, te lo prometo. ¡Espera a ver los trajes! Todo es maravilloso, salvo la música.

Me entregó un ejemplar del escrito. Lo leí esa noche, mientras Gwarha se entretenía con un juego de tablero, planteando problemas y absorto en ellos. Una pérdida de tiempo, en mi opinión, pero en realidad no me interesan demasiado los juegos.

La obra se titulaba La avalancha del hombre oscuro. Era más larga que una obra hwarhath tradicional, y Matsehar había logrado incluir gran parte de la lengua de Shakespeare. Su Otelo era espléndido: heroico y amante. Su Desdémona era deliciosamente dulce y amable. No supe con certeza qué harían con ella los hwarhath. Su lago podría haberse arrastrado debajo de una serpiente.

Cuando llegué al final, le entregué el escrito a Gwarha. Lo leyó de un tirón y no dijo nada hasta después de apagar el ordenador. Entonces me miró.

—Está maravillosamente escrita. Tienes razón con respecto al muchacho. La Diosa le ha tendido las dos manos. Pero el final no está bien.

Le pregunté a qué se refería.

—Una obra sobre este tipo de amor debería dejar en el público una sensación de horror y disgusto. Pero no siento nada de eso. Me siento triste… y furioso con este hombre ambicioso y corrupto. ¿Cómo pronuncias su nombre?

—lago.

—Y hay algo más… la sensación de que acabo de salir de un lugar estrecho y oscuro, un bosque o la entrada a una casa fortificada. Ahora estoy en el borde de una llanura. No hay nada entre el horizonte y yo. No hay nada por encima de mí, salvo el cielo desierto. ¡Ah! —Lanzó la lenta exhalación hwarhath que puede significar casi cualquier cosa.

—Una catarsis trágica —dije.

Gwarha arrugó el entrecejo. Intenté explicárselo.

—¿Utilizáis obras para limpiar el aparato digestivo?

—Me he expresado mal.

Finalmente me comprendió, aunque me habría resultado útil tener acceso a La Poética.

—Sigo pensando que el final no funciona. Pero si utiliza máscaras, si los personajes son claramente humanos, tal vez resulte aceptable.

Mats estaba atareado con la producción de la obra, de modo que pasé un tiempo sin verlo demasiado… y también sin ver mucho a Gwarha, que había sido convocado en Ata Tsan para arbitrar una disputa realmente desagradable entre dos principales. Su gran habilidad es la negociación, pero —dijo— estaba llegando al límite de su capacidad.

—Con esos dos no se puede razonar, y pertenecen a dos linajes que nunca se han llevado bien. Vamos a pasar aquí mucho tiempo, Nicky.

—Encontraré algo que hacer.

Me dedicó una mirada significativa.

Algunos días más tarde me encontré con Mats en uno de los diversos gimnasios de la estación. Yo estaba allí practicando hanatsin con uno de los jóvenes más serios e inteligentes y de modales más encantadores que frecuentaban a Gwarha. (La habilidad de éste para elegir oficiales jóvenes es notable.) Ya no recuerdo de qué joven se trataba. Probablemente estaba haciendo lo que hace la mayoría: arrojarme al suelo acolchado y luego ayudarme a ponerme de pie explicándome con toda cortesía qué era lo que había hecho mal.

Matsehar no practicaba ninguna de las artes marciales más allá del mínimo exigido a todos en el perímetro, y tampoco participaba en deportes de competición. Su falta de coordinación era un problema demasiado grave. Pero tenía la obsesión de los hwarhath por la forma física, y trabajaba diariamente nadando o ejercitándose en los aparatos de resistencia.

No resultó sorprendente que nos encontráramos en el equivalente hwarhath de un vestuario, y no resultó sorprendente que él se hubiera olvidado de llevar un peine de mango largo. (Mats no repara en los detalles, salvo en el teatro.) Lo encontré sentado en el extremo de un banco, intentando llegar a la cabellera que se extendía entre sus paletas con un peine sin mango.

Le dije: «Déjame a mí.» Me senté detrás de él y cogí el peine. Durante un rato no hubo problema. Los hwarhath pasan mucho tiempo acicalándose unos a otros. Es una actividad bastante impersonal, y yo la había practicado mucho con Gwarha.

El pelo crece en distintos ángulos y en diferentes partes del cuerpo de los hwarhath; yo había aprendido a manejarlo modificando el ángulo del peine. Sabía cómo deslizado por el pelaje enmarañado sin provocar dolor, y cómo deshacer los enredos del penacho de pelo más largo que va desde la parte superior de la cabeza de un hwarhath hasta la base de su columna. Sabía qué clase de presión resulta agradable y cómoda.

Seguramente estaba pensando en Gwarha o en algún otro de los jóvenes que me habían estado arrojando al suelo en la sala de hanatsin. De pronto me di cuenta de que ya no tenía la mano libre apoyada sobre el hombro de Matsehar, sino que la movía de arriba abajo. Estaba rozando con ella —acariciando— el grueso músculo del hombro y desplazándola hacia el pelo maravillosamente sedoso del cuello y la columna.

Mats estaba quieto y ya no se apoyaba en mí. Noté en él cierta incomodidad por la forma en que estaba sentado y por la tensión del músculo, debajo de mi mano.

Su reacción me sorprendió un poco, pero no demasiado. Algunos hombres hwarhath carecen de interés por el sexo. En su cultura no hay nada vergonzoso en esto: no tienen que mentir, ni que fingir. Algunos son monógamos. Gwarha lo es, por lo general. Según él, la recompensa de la promiscuidad no guarda relación con el esfuerzo que supone. Dedicando la misma energía a su carrera puede obtener algo realmente beneficioso para sí y para su linaje. Y finalmente hay montones de hwarhath, la abrumadora mayoría, que no sienten el menor interés por mí.

Murmuré una disculpa y terminé de peinarle la espalda, ahora con movimientos rápidos y tan impersonales como pude; luego me puse de pie y le devolví el peine. Me dio las gracias sin mirarme y en tono desdichado.

—No te preocupes por esto, Mats. Ya conoces mi fama. Era casi inevitable que lo intentara. No volverá a suceder.

Él levantó la vista; una expresión de tristeza le cubría el rostro.

Evité tocarlo. Le dije:

—Anímate —algo que puede decirse en la lengua hwarhath principal, aunque para ellos significa «no seas pesado», más que «no estés triste».

Siguió con su expresión de muda desdicha.

—Hablaremos más tarde —le dije y me marché.

Pasé unos veinte días sin verlo. Evidentemente, me estaba evitando. No iba a perseguirlo. Pasé más tiempo trabajando y con Gwarha, cada vez que podía.

Una noche, Gwarha me dijo:

—¿Qué ocurre entre tú y el portador Eh?

Le di una respuesta evasiva.

Gwarha miró la mesa que tenía delante. Estaba jugando a otro juego de tablero. Recuerdo cuál era: el eha. El tablero era un cuadrado delgado de madera, de color claro y veta fina, con una red de líneas rectas talladas. Donde las líneas se cruzaban había agujeros: allí se colocaban las piezas. Éstas eran pequeños guijarros redondos recogidos de los ríos de la tierra de Ettin. En un juego como es debido, las piezas siempre son de la tierra del jugador. Lo ideal es que el jugador las haya recogido. Los maestros del juego se pasan cientos de días buscando las piedras de tamaño exacto. Gwarha no es un maestro y nunca ha tenido tiempo para eso. Las piedras se las envió una de sus tías.

Movió una piedra y me miró.

—No es el tipo de hombre que suele interesarte, y él… he oído dos rumores. Uno es que no siente interés por el sexo. El otro, que le gustan los actores que se dedican a los papeles femeninos.

—Has estado investigando.

—Me gusta estar al tanto de lo que haces. —Miró el ordenador, que estaba en el sofá, a su lado. El programa recreaba el estilo de un maestro de eha muerto hacía tiempo—. ¡Ah! Tengo un problema.

Me quedé callado un rato; estaba furioso. Hay momentos en los que la constante lucha dentro de la sociedad masculina de los hwarhath —los chismorreos, la costumbre de espiar y de maniobrar para alcanzar una posición— resulta agotadora, al menos para mí, aunque nunca para Gwarha.

Finalmente dije:

—Lo intenté. Fui rechazado. Ahora el portador se oculta en los rincones en cuanto me ve.

—Muchachito estúpido —comentó Gwarha y movió otra piedra.

Mats me llamó algún tiempo después.

—Tengo que hablar contigo, Nicky, y necesito un lugar seguro.

Se refería a un lugar en el que nadie pudiera escuchar, lo que no resultaba nada fácil dada la manía de los hwarhath por perseguirse mutuamente.

Pero Gwarha tenía en ese momento su propio sistema de seguridad (estaba bastante avanzado); y habían registrado mis aposentos, lo mismo que los de él.

—Aquí —dije.

—¿Y qué me dices del Defensor?

—Hace un par de años llegamos a un acuerdo. Soy casi absolutamente digno de confianza, y necesito intimidad. Los humanos no somos tan sociables como los miembros del Pueblo.

—¡Ah! —exclamó Matsehar.

Apareció ante mi puerta con una jarra baja en la mano. Sabía lo que eso significaba. En el interior de las gruesas paredes de cerámica había espirales refrigerantes que mantenían el líquido del interior del tazón por debajo del punto de congelación del agua: el halin o kalin, según el acento que se empleara. Es una toxina muy nociva, y nunca había visto a Mats ni siquiera ligeramente borracho.

Entró y de un bolsillo de sus pantalones cortos sacó una copa, se sentó y la llenó de halin, transparente y tan verde como la hierba en primavera.

—¿Estás seguro de que quieres beber ese brebaje?

—Sí. No quiero mantener una conversación así estando sobrio.

Se lo bebió, volvió a llenar la copa y luego empezó a hablar. Al principio dio un rodeo y saltó de un tema a otro; la obra nueva, algunos rumores. Detrás de él (recuerdo) estaba el monitor de mis aposentos. Todas las luces estaban encendidas y sin color. Eso significaba que las puertas estaban cerradas y el sistema de comunicación apagado. Nadie escuchaba, salvo yo.

Finalmente, cuando empecé a notar que arrastraba la voz, hizo una pausa y me miró: una mirada firme, aunque sus pupilas empezaban a estrecharse. Si seguía así, acabarían siendo dos líneas apenas visibles, y estaría borracho como una cuba, una expresión encantadora y perfecta como descripción.

—No eres tú, Nicky, no tengo nada en contra de los alienígenas. Te considero un amigo. El problema soy yo.

Esperé en silencio. Él suspiró y siguió hablando.

En algunas ocasiones me he preguntado si hice lo correcto cuando acepté el trabajo que me ofreció Gwarha. Tal vez tendría que haber sido un héroe y haberme quedado en la cárcel. Pero si hubiera actuado según el honor y la integridad, jamás habría estado en esa habitación, en la estación de Ata Tsan, escuchando a un joven muy preocupado que explicaba su absoluta falta de interés por los hombres.

No. No habría querido perderme ese momento.

Matsehar dijo que nunca le habían interesado. Hasta donde podía recordar, todas sus fantasías sexuales habían sido con mujeres. Su voz estaba embargada por la desesperación. Me resultó difícil no echarme a reír.

Lo había intentado. La Diosa sabía que había intentado ser como los demás.

—Si pienso en la persona con la que estoy, no funciona en absoluto. No logro consumar el acto. Si imagino que estoy con una mujer… —Se interrumpió, estremecido—. Me siento deshonesto. Me siento… —Utilizó una palabra hwarhath encantadoramente arcaica que significaba «manchado» o, más exactamente, «cubierto de heces».

»Suele resultarme más fácil masturbarme. Al menos eso no implica a otra persona. Pero me siento muy solo. —Volvió a llenarse la copa; su mano ya no era firme—. No hago más que pensar… si no hubiera enfermado cuando era niño…

—¿Estás planteando que la heterosexualidad es consecuencia de una infección viral en el sistema nervioso central? Es una idea interesante, Mats y, desde luego, valdría la pena estudiarlo.

Pareció sorprendido.

—No. No me refiero a eso. Quiero decir… si hubiera llevado una vida normal, si hubiera asistido a la escuela cuando todos los demás lo hacían…

—Puedes volverte loco intentando descubrir por qué eres como eres.

—Tú me comprendes, ¿verdad, Nicky? Tú vienes de una sociedad en la que estas cosas son normales. Allí no sería un perverso.

Me puse de pie, cogí una copa y se la tendí. Matsehar la llenó. Probé el halin. Era frío como el hielo, amargo y ardiente. Si tenía cuidado, me sentiría un poco mareado. Si no lo tenía, estaría tres días enfermo.

—Mats, no comprendo mi propia vida, por no hablar de la de los demás. Entre los miembros del Pueblo tiene que haber otros hombres puros.

Pareció desconcertado. Yo había traducido la palabra inglesa directamente a la lengua hwarhath principal, en la que significaba «recto» como en el caso de un gobernante: ecuánime, directo, honesto y honorable.

»Quiero decir que habrá otros hombres sexualmente anormales. ¿Por qué no los buscas?

—He descubierto a algunos. Rondan a los actores que representan papeles de mujeres. ¿Pero qué pueden decirme? Sólo lo que ya sé. No existe solución a nuestro problema.

Mats siguió hablando. Ya no bebía, pero el halin le estaba produciendo un efecto cada vez más evidente. Tropezaba con las palabras, de vez en cuando se interrumpía, confundido, como si no lograra recordar lo que estaba diciendo. Cuando levantó la vista, sus ojos tenían una expresión vacía, con las pupilas tan contraídas que apenas pude verlas.

Los dos elementos de la cultura hwarhath estaban demasiado separados. No existía forma de que un hombre conociera mujeres, salvo las de su linaje, y los miembros del Pueblo consideraban el incesto como algo horrendo. (El sexo con los animales es una forma comparativamente suave de perversión y —lo cual resulta muy interesante— el género del animal no tiene importancia. No es peor practicar el sexo con una yegua o con una coneja.)

No había una subcultura heterosexual, ni una subclase de hombres y mujeres que hicieran el amor entre sí. Matsehar podía masturbarse mientras tenía fantasías con mujeres imaginarías, que a menudo eran inquietantemente parecidas a sus primas. Podía rondar a los actores que representaban papeles femeninos, y a los hombres que se sentían atraídos por ellos. En ocasiones lo hacía, pero debajo de los trajes y del amaneramiento, los actores eran hombres. Sus amantes eran una ilusión.

—Nada de esto es real. Nadie es la persona que desea ser. Nadie hace el amor con la persona con la que sueña.

Podía pensar cosas horribles y espantosas sobre la seducción y la violación.

—Ya no voy a mi casa. Tengo miedo de ser como un hombre de una obra. Violento. Loco.

La situación había dejado de ser graciosa. El pobre chico se estaba haciendo pedazos delante de mí, y lo que yo quería hacer —abrazarlo y decirle: «Bueno, bueno, la vida es un infierno»— no era posible.

—¿Qué quieres que haga? —le pregunté.

—¿No hay algo que sepas, algo que puedas decir y que me haga esto soportable?

¿Por qué yo?

Porque yo tenía una perspectiva que nadie más tenía; porque yo veía su cultura desde fuera; y tal vez porque él se veía a sí mismo como un proscrito —alguien que vive fuera de la ley— y me veía a mí como alguien aún más al margen de la sociedad.

En una ocasión, busqué la palabra «margen». Entre otras cosas, significa tierra sin aprovechar que forma la orilla de un terreno aprovechado.

—Mats, lo único que puedo decirte es que te concentres en lo que tienes. En cierto sentido, somos opuestos. Yo tengo a Gwarha, que supongo que es lo que tú quieres: el gran amor, la protección contra la soledad, y un cuerpo cálido en la cama. Créeme, no subestimo ninguna de esas cosas. Pero he perdido a mi familia, mi nación, y a los de mi especie; y aunque puedo practicar mi oficio, mi habilidad con la lengua, no puedo ofrecer a mi propia gente lo que he aprendido.

»Tú tienes al Pueblo, tu linaje y tu arte. No subestimes ninguna de esas cosas.

Él sacudió la cabeza.

—No es suficiente.

—Es todo el consuelo que puedo darte.

Hablamos un rato más. Mats era cada vez menos coherente.

Finalmente le dije que lo acompañaría a su habitación. Creo que él solo no habría llegado.

Nos detuvimos ante su puerta. Colocó en ella la palma de la mano y se volvió hacia mí.

—Ojalá pudiera amarte, Nicky.

En ese momento no tenía un aspecto especialmente atractivo. Sinceramente, no podía decirle que lamentaba que fuera heterosexual. Le dije que se fuera a dormir. Entró tambaleándose. Cerró la puerta. Miré a mi alrededor hasta que encontré la cámara que cubría aquel sector de pasillo. No cabía duda, nos había enfocado.

Regresé a mi sector de la estación. Junto a la puerta que conducía de mis aposentos a los de Gwarha brillaba una luz de color ámbar. Eso significaba que los suyos estaban abiertos. Una invitación. Entré.

Estaba tendido en el sofá, en la sala delantera, vestido con el atuendo hogareño típico de los hombres hwarhath. Es una mezcla de kimono y albornoz, lo más llamativo posible. No recuerdo cuál llevaba puesto aquella vez. Tiene muchos, en su mayoría regalos de sus parientas, que lo adoran. Digamos que éste era de brocado de Borgoña, reciclado hacía mucho tiempo pero muy ostentoso en su época. Tenía estampados unos monstruos que se retorcían entre flores, y bordados en oro las mangas y el ruedo.

Cuando entré, levantó la vista y dejó a un lado un ordenador de lectura, plano y pequeño.

—¿Cuál es la frase que emplean los humanos? Si no te conociera, diría que has estado bebiendo.

—Matsehar se ha retirado. Estaba muy borracho. Yo me he emborrachado un poco. Creo que he parado a tiempo, pero Mats se sentirá tan enfermo como un pequeño animal doméstico de la Tierra.

—Tus problemas con él han quedado resueltos. —Era una pregunta.

—No creo que siga escondiéndose cuando me vea, pero no se interesa sexualmente por mí. En absoluto.

—Bien. No me resulta fácil contenerme cuando tienes ganas de mirar a los demás.

Me senté en el borde del sofá.

—Ya sabes, hay quienes viven peor que yo.

—Sin duda —respondió Gwarha.

Cogí una de sus manos y acaricié el pelaje del dorso, de color gris acero y suave como el terciopelo; luego se la volví y besé la palma oscura y lampiña.


Del diario de Sanders Nicholas,

portador de información agregado al personal del Primer Defensor Ettin Gwarha

CODIFICADO PARA QUE NADIE PUEDA LEERLO

<p>X</p>

Regresó una noche y en cuanto la puerta se abrió notó olor a café.

—¿Nicholas? —llamó mientras entraba.

La habitación estaba totalmente a oscuras, salvo por la única lámpara que brillaba en el extremo del sofá. Allí estaba Nick, con los pies encima de la mesa, como de costumbre. (La madera brillaba con un matiz gris perla.) Sostenía un tazón en la mano. Delante de él, la pared había desaparecido y una oscura ladera descendía hasta una bahía llena de luces destellantes.

Anna reconoció el ritmo entrecortado y los colores: naranja y azul claro. Era su advertencia según el C.E.I. Peligro. Amigo desconocido. Peligro.

—¿Qué demonios…? —preguntó.

—Es el equivalente hwarhath de las fotos de vacaciones. Las toman cada vez que aterrizan en un planeta. Sabía que tenía que haber algo de tu tierra. ¿Cómo dijiste que se llama?

—Reed 1935-C.

—Eso es. He pensado que tal vez te gustaría ver la grabación.

La escena se desdibujó: una colina oscura y una bahía iluminada. Anna dijo algo, no supo qué; pero sintió un dolor en la garganta y le resultó difícil hablar. Un instante más tarde sintió que él la rodeaba con sus brazos.

—No tenía intención de herirte, Anna.

El cuerpo de Nicholas era anguloso y musculoso. De su ropa emanaba un perfume limpio y penetrante que no reconoció. ¿Era el jabón de los alienígenas?

—Siéntate. —Él la guió hasta el sofá y se apartó. Ella se enjugó las lágrimas. Se encendió la luz del techo. El paisaje que tenía delante desapareció—. Vuelvo enseguida —dijo él.

Regresó con otro tazón.

—He añadido un poco de coñac. El general consiguió una buena provisión en Reed. Bueno, ¿qué ocurrió? ¿Cómo es que he metido la pata de esa forma?

—Nos echaron. No sólo a mí. A todos. Y no permitieron que nadie regresara. Ahora el planeta es vulnerable. Los hwarhath pueden encontrarlo.

Él asintió.

—A veces me avergüenzo de mi propia especie. ¿Por qué utilizaron ese planeta para las negociaciones? Sin duda podrían haber encontrado un mundo en el que no hubiera nada que mereciera la pena estudiar.

—No sé. —Bebió el café.

—Bueno, han perdido el planeta, a menos que las negociaciones que se llevan a cabo aquí funcionen. ¿A eso te referías cuando dijiste que tu carrera estaba arruinada?

Ella asintió.

—Mi especialidad es la inteligencia no humana. ¿Qué me queda si no puedo llegar a los seudosifonóforos? Puedo perder el tiempo estudiando animales de otros planetas que no son ni siquiera tan brillantes como los delfines. Puedo perder el tiempo en la Tierra, estudiando los delfines. Eso, suponiendo que consiga una subvención. ¿Has puesto coñac en el café, o café en el coñac?

—¿Quieres que cambie la proporción?

—Creo que sería conveniente un poco más de café.

Él volvió a llenarle el tazón y luego dijo:

—¿Te molesta si apago la luz del techo? A los miembros del Pueblo les gusta tener un entorno relativamente oscuro cuando se relajan, y creo que me he acostumbrado. Las luces brillantes me dan la sensación de que tengo que ir a trabajar.

—De acuerdo.

La luz se apagó y la habitación volvió a quedar totalmente a oscuras, salvo por la lámpara del extremo del sofá. Nicholas se sentó donde estaba antes, junto a la lámpara, y cogió su tazón. Anna vio el brillo metálico en su muñeca, el brazalete que llevaba puesto la última vez que había hablado con él.

—Entonces el general te hizo un favor cuando pidió a los humanos que te enviaran. Aquí estás, rodeada de inteligencia extraña.

—No es lo que yo esperaba. Me paso el tiempo escuchando a Eh Matsehar hablar de Macbeth y a Hai Atala Vaihar de Moby Dick.

—Eso cambiará —aseguró Nicholas—. Vaihar ha localizado un ejemplar de Las aventuras de Huckleberry Finn. Estaba en los archivos que vaciamos en tu estación. Ya ha empezado a hacerme preguntas sobre el libro. Le he dicho que hable contigo. Leí tus notas de investigación. También estaban en los archivos de tu estación. No creo que tus animales sean inteligentes.

—¿Por qué no?

Él guardó un instante de silencio.

—Por varias razones. ¿Quieres que hable de eso? Anna, no quiero que vuelvas a llorar.

—No lloraré.

Él expuso sus motivos. En general era el mismo argumenta que había oído esgrimir a sus colegas de Reed 1935-C. Los seudosifonóforos no tenían una cultura. El suyo no era un lenguaje real. No tenía gramática; al carecer de gramática, los extraños no podían hablar de secuencia ni de consecuencia.

Nick dijo:

—Supongo que la inteligencia tiene algo que ver con el grupo y con el hecho de relacionarse, y tal vez con la causa-y-efecto.

»No veo para qué necesitarían desarrollar un lenguaje. Nosotros utilizamos el lenguaje para codificar la experiencia, para expresarla de forma que otras personas puedan comprenderla. Cuando hemos hecho eso, podemos compartir lo que sabemos. Así es como enseñamos y aprendemos. Pero si uno de tus individuos quiere aprender algo, todo lo que tiene que hacer es comerse otro seudosifonóforo. Por lo que deduzco de tus notas, ésta es la forma primaria en que transmiten la información. Funciona, sin duda, y significa que no necesitan recurrir a formas complicadas de comunicación.

»Salvo en la época de apareamiento. Ésa es la única ocasión en que se acercan unos a otros. El resto del año llevan una vida solitaria, por temor a ser comidos; y los individuos realmente grandes, los que deberían ser más inteligentes y estar mejor informados porque se han comido a la mayor parte de sus parientes, esos individuos siempre son solitarios. Ya no se aparean.

Ya no se sentía desdichada. Tal vez era por el coñac del café, o por el placer de escuchar los argumentos de Nick, aunque no estuviera de acuerdo con ellos.

—Eso me lleva al último motivo por el que pienso que tus individuos no son inteligentes. No están bastante interesados en el sexo. —La miró. Anna vio el destello blanco de una sonrisa.

—¿Qué estás diciendo? Viste la bahía. Viste el océano.

—Eso fue durante la época de apareamiento. Pero los humanos no tenemos época de apareamiento, y los miembros del Pueblo tampoco. Somos sexualmente activos y estamos constantemente interesados en el sexo.

»Supongo que hay beneficios evolutivos en estar sexualmente excitado todo el tiempo. Te mantiene fuertemente interesado por otras personas, y te da motivos para estar en buenas relaciones. Nos mantiene unidos. Si vamos a acostarnos con alguien, tenemos que llevarnos bien.

Anna sacudió la cabeza.

—Hay montones de animales que forman comunidades.

—No como las nuestras. No se me ocurre ningún animal que esté tan intensa y continuamente interesado por sus iguales como nosotros y los miembros del Pueblo.

»Si tus individuos perdieran su época de apareamiento, si estuvieran interesados en sus iguales todo el tiempo, si los ejemplares grandes conservaran algún interés por el sexo, entonces tal vez se verían obligados a crear una cultura. Quizás empezarían a desarrollar un auténtico lenguaje. Tal vez empezarían a ser inteligentes.

—¿Estás planteando esto en serio? —preguntó Anna.

Él se echó a reír.

—Lo más probable es que no. Pero hablo en serio con respecto a la falta de una cultura, y tal vez querrías escuchar lo que tengo que decir de la lengua. Ése es un tema del que algo sé.

»He venido a decirte algo y me había olvidado. Las mujeres hwarhath se están impacientando. Quieren hablar contigo otra vez; pero el general no quiere soltarme. Así que las mujeres llevarán su propio traductor; es una mujer. Yo asistiré a un par de encuentros para supervisar su trabajo. Después me retiraré, lo cual es una pena. Tengo el presentimiento de que las mujeres van a resultar mucho más interesantes que los diplomáticos. Pero el general ha hablado. Había venido para decírtelo. No sé muy bien por qué he terminado analizando tus criaturas. —Dejó el tazón. Ella volvió a ver el brillo del brazalete de oro y jade—. No. Es mentira. He empezado a hablar de las criaturas porque te ha turbado mucho la grabación, y tu reacción me ha inquietado. El conocimiento es el único consuelo seguro. Creo que te lo dije una vez. Y sólo hay dos actividades que te hacen olvidar siempre el sufrimiento de la vida: practicar el sexo y jugar con las ideas —se puso de pie—. ¿Quieres que me lleve la grabación?

—No. Déjala.

Él le señaló a manejar el proyector y luego le dio las buenas noches. Cuando se fue, ella puso la grabación. La pared volvió a desaparecer y Anna contempló la colina donde se alzaba el recinto de los diplomáticos. ¿Dónde se había alzado?

Sus animales emitieron mensajes destellantes. Anna se bebió el resto del café con coñac. Nick estaba equivocado, pensó, influido por el tipo de inteligencia que poseían los humanos.

Imaginó los miembros adultos de sus criaturas flotando en las corrientes oceánicas y arrastrando los zarcillos que se extendían un centenar de metros o más. Sus cuerpos en forma de campana contenían una docena de cerebros, apenas visibles a través de la carne transparente. Tenía que existir una razón para tantas neuronas y tanta información. Imaginó intelectos enormes, fríos, solitarios, dedicados a la contemplación, una especie para la que el desapego era natural. Para ellos era innecesario el Paso Multiplicado por Ocho. Las Cuatro Verdades Nobles estaban fuera de lugar. No se preocupaban por la lujuria ni por la avaricia. No necesitaban que el Mono les llevara cestos llenos de Escrituras. Ya habían conseguido algún tipo de ilustración.

En ese momento se dio cuenta de que el coñac le estaba haciendo efecto.

Fue al cuarto de baño y se dio una ducha. Después se metió en la cama. Cubría el techo una nebulosa rosada cuyos filamentos hacían que pareciera una rara neurona. Más allá y a su través brillaban multitud de estrellas.

<p>XI</p>

Al día siguiente comentó con sus colegas la conversación.

—Es una lástima que pierdas el contacto con él —comentó el capitán Mclntosh.

—¿Por qué? —preguntó Anna.

—Me gustaría tener la posibilidad de conocerlo mejor —le respondió Mac—. Directa o indirectamente.

—Nada de conspiraciones, capitán Mclntosh —intervino Charlie Khamvongsa.

—Pertenezco al ejército regular, amigo. No nos dedicamos a conspirar. Pensamos estratégicamente.

Charlie se echó a reír.

—De acuerdo. Pero deje tranquilo a Nicholas Sanders.

Hai Atala Vaihar la acompañó de regreso por los pasillos fríos y brillantes de la estación.

—¿Le contó Nicky que encontré el otro libro?

—Sí.

—¿El río es real? ¿Existe en la Tierra?

—¿El Mississippi? Sí.

—Me gustaría verlo.

Anna decidió no contarle cuánto había cambiado: con los bosques talados, casi todos los remansos secos, el río mismo reducido (en muchos sitios) a un canal recto y estrecho, con apenas profundidad para la navegación. Los animales —águilas y garzas, peces, almejas, osos, pumas, venados, mapaches y zarigüeyas— habían desaparecido casi por completo.

Trescientos años de civilización. Cien años de la Gran Sequía del Medio Oeste. Ahora resultaba doloroso leer a Mark Twain.

—Mi país se encuentra en el interior —comentó Vaihar—. Y me crié cerca de un río, aunque no era un río grande. Solía explorar el fondo e ir a las islas. —Hizo una pausa—. No entiendo qué ocurre entre Huck y Jim.

—Hace años que leí el libro.

—Si fueran miembros de mi especie, sabría exactamente qué sucede, y diría que está mal. Son de diferente edad. Siempre hay que proteger a los niños. Pero… —Arrugó el entrecejo y se detuvo en medio del pasillo—. Parecen tener la misma edad. El chico no ha recibido cuidados suficientes, y al hombre no se le ha dado suficiente autonomía. De modo que el chico parece un hombre, y el hombre tiene algunos de los rasgos de un chico. ¡Qué raro! ¡Los humanos lo mezclan todo!

Siguió caminando y Anna avanzó con él.

Cuando llegaron a la entrada de los aposentos de los humanos, Vaihar habló de nuevo.

—Hay un momento en que los chicos empiezan a enamorarse unos de otros como debe ser. Sueñan con escapar. —Miró a Anna brevemente—. Por lo general descubren el amor al mismo tiempo que comprenden cuánto debemos a nuestras familias y al Tejido. La infancia casi ha terminado. La edad adulta se acerca.

»No es una etapa fácil. Queremos… —hizo una pausa— huir, eludir toda responsabilidad. No nos interesa nada más que nuestro amor.

»Este libro es eso. El sueño de una huida. Pero nada es correcto. Nada es exactamente como debería ser. Creo que comprendo, y luego no comprendo. Es muy turbador.

La dejó. Ella entró en sus aposentos.

Esa noche Anna siguió mirando la grabación. Sus alienígenas habían vuelto a su mensaje azul y verde. Yo soy yo. No pretendo hacer daño. El mensaje brilló débilmente entre la lluvia. Pudo ver las luces amarillas de la estación de investigación en el extremo de la bahía. Los hwarhath debían de estar allí cuando se realizó la grabación, registrando los ordenadores e interrogando a sus amigos. Imaginó a los miembros del Pueblo, precisos y corteses, recorriendo los conocidos pasillos, como bailarines o contables.

Pocos días más tarde, Vaihar reapareció en las negociaciones, y esa tarde Nicholas se quedó de pie en la entrada de los aposentos de los humanos. Iba vestido con su ropa de paisano: el raro atuendo de color castaño.

—Tsai Ama Ul quiere hablar contigo.

—De acuerdo.

Fueron a la sala en la que habían estado anteriormente. Dos mujeres los esperaban. Anna reconoció a una de ellas: la mujer de Tsai Ama, esta vez vestida con una túnica blanca y plateada. La segunda mujer era de la misma estatura que Anna, delgada, con una túnica de color azul verdoso sencilla, sin brocados, aunque las piezas mostraban un brillo sedoso. Su pelaje era tan negro como el de Tsai Ama Ul.

—No mires a Ul a los ojos —le indicó Nicholas en voz baja—. Pero la otra mujer es tu igual. Mírala de frente. Asegúrate de colocarte por delante de mí. Yo soy el más joven aquí, y no estoy relacionado con nadie más que contigo.

Anna estaba lo bastante cerca para ver que la mujer delgada tenía ojos de color azul verdoso. Unos tachones plateados bordeaban sus enormes orejas.

—Detente —le dijo Nick.

Ella obedeció.

—Ya conoces a la mujer de Tsai Ama. Ésta otra es Ama Tsai Indil. Los dos linajes están asociados. En otro momento te explicaré lo que eso significa —le aclaró él—. Ésta es Pérez Anna.

—Me alegro de conocerla —dijo la mujer delgada. De voz profunda y ronca, hablaba un inglés excelente.

Tsai Ama Ul habló en su propia lengua. Anna entendió una sola palabra: Nicky.

—Debemos sentarnos —señaló Nicholas—. Yo debo cuidar mis modales y no causar problemas.

Ama Tsai Indil dijo:

—Ésa es una traducción libre. Mi… ¿cómo debería decir? ¿Mi prima? Mi prima es más cortés que eso.

—Digamos socia más antigua —respondió Nicky—. No existe una traducción adecuada.

Se sentaron: Nicholas detrás de Anna y a un lado, y las dos mujeres frente a ella.

Tsai Ama Ul se inclinó hacia delante y habló:

—Ha pasado demasiado tiempo, y estamos dejando muchas cosas en manos de los hombres. No estoy segura de que sea una buena idea. La obligación de los hombres es buscar enemigos. Es posible que vean enemigos cuando éstos no están presentes. Sin duda forma parte de la naturaleza de los hombres pensar en el peligro que puede encerrar cualquier situación nueva, y cuando se encuentran con desconocidos buscan armas.

»Tal vez ésa no es la reacción adecuada, y aunque no cabe duda de que es responsabilidad de los hombres tratar con vuestros hombres, no es responsabilidad suya, y tampoco su derecho, tratar contigo.

»Voy a hacerte más preguntas sobre tu pueblo, Pérez Anna. Por favor, responde directamente. Temo que si no encontramos una forma de hablar entre nosotras, tendremos que aceptar las decisiones que los hombres tomen por suspicacia y temor.

Pasó las dos horas siguientes hablando, una vez más, de la vida en la Tierra.

La mujer delgada traducía la mayor parte de sus palabras. De vez en cuando Nicholas la corregía o discutían el significado de una palabra.

Finalmente, Tsai Ama Ul dijo:

—En mi opinión está claro que las viejas maneras de comprender el comportamiento no van a funcionar. Sois demasiado distintas.

»Pensé que no tendría problemas. Soy erudita y he estudiado vuestra cultura. Pero debo confesar que me siento incómoda y tal vez temerosa. —Hizo una pausa y agregó algo rápidamente—. La mujer de Tsai Ama dice que no son las armas lo que la atemoriza. Quiere que lo entiendas. Nuestros hombres nos han dicho que pueden enfrentarse a la violencia de los hombres humanos.

»Pero una cosa es conocer las rarezas desde la distancia, y otra tenerlas delante de los ojos.

La traductora terminó de hablar y Tsai Ama guardó silencio. Anna tuvo la impresión de que estaba reflexionando. Finalmente habló.

Esta vez fue Nick quien tradujo sus palabras.

—La mujer de Tsai Ama dice que por ahora tiene toda la información que puede asimilar. Necesita pensar. Debemos marcharnos.

Se pusieron de pie. Tsai Ama Ul alzó la mirada y habló por última vez. Nicholas rió al oírla, asintió y señaló la puerta. Anna salió delante de él.

Cuando estuvieron en el pasillo, Anna preguntó:

—¿De qué hablabais?

—¿Con Ul? Me estaba felicitando por comportarme de una forma medianamente decente.

—¿Es amiga tuya? Te ha llamado Nicky.

—Nos complementamos. A ella le interesa la humanidad. Le servimos de comparación o de control cuando reflexiona acerca de la historia de su propia gente.

Llegaron a la puerta de los aposentos de Anna. Ésta abrió con la palma. Nick se despidió y se marchó.

Anna entró y activó el holograma: un día soleado en Reed 1935-C. La bahía era azul y las colinas doradas. Unas nubes altas y delgadas se acercaban desde el mar. ¿Cómo se llamaba aquello? ¿Cielo aborregado? Sus criaturas no aparecían, pero vio aviones que sobrevolaban la estación y la colina del recinto. Las alas en abanico de los hwarhath, que iban y venían desde la base en la isla.

Tenía que ser posible hacer una triple comparación entre los humanos, los hwarhath y sus criaturas de la bahía. ¿Es necesaria una cultura? ¿Qué es la lengua? ¿En qué medida es importante el sexo? Ahí había material suficiente para docenas de artículos, y ningún humano tenía acceso a tanta información sobre los hwarhath como Nicholas. Tal vez estuviese dispuesto a ser el coautor. ¡Madre mía, poder utilizar todo lo que él sabía del Pueblo!

Pero eso no sería posible a menos que las negociaciones tuvieran éxito. Empezó a sentir una firme determinación. Había que lograr que las negociaciones prosperaran.

<p>XII</p>

En mi despacho había una nota. Gwarha se había ido a casa. Podía reunirme con él, si quería. Eso significaba que era una invitación, no una orden.

Me fui a casa y me lavé. Él no había cerrado por su lado la puerta que comunicaba nuestros aposentos. Tenía activado un holograma: un paisaje. La luz del sol surgía de un extremo de la habitación, y vi una pared tosca de piedra gris, alta y rota. En el suelo, delante de la pared, había fragmentos de roca; por una abertura se veían árboles de follaje cobrizo que temblaba con el viento.

Cubría la piedra una planta semejante a un liquen. Las manchas que formaba eran amarillas en su mayoría. Algunas, plateadas. Aquí y allá, algunos puntos y listas rojas.

Conocía el lugar. Había estado allí con Gwarha en una de nuestras visitas a su hogar. Se trataba de una antigua fortaleza que se alzaba, en el desierto, en lo que había sido el límite de Ettin. Ahora el límite estaba mucho más lejos. La fortaleza pertenecía a los tiempos en que Ettin empezaba a expandirse.

Habíamos trepado por las ruinas y Gwarha me había hablado del constructor de la fortaleza, un antepasado suyo, un hombre resuelto y sumamente cruel. En sus tiempos, el linaje de Ettin había doblado con creces su tamaño. Otros dos linajes habían sido destruidos, sus hombres asesinados, sus mujeres y niños incorporados. Nada podía detener al antepasado, salvo una palabra de su madre o de su hermana mayor. Era un hijo y hermano devoto. Las mujeres de su familia eran políticas famosas. Lo que no podía hacer con la espada, podía hacerlo con el lenguaje. ¡Qué combinación!, decía Gwarha.

Era un día cálido de finales de la primavera. Las ruinas estaban secas y llenas de polvo. Finalmente nos marchamos y bajamos hasta el arroyo que corría más abajo de la fortaleza, envuelto en las sombras que proyectaban los árboles de color rojo cobrizo. Bebimos. Después Gwarha se quitó la ropa y nadó.

Decidí no intentarlo. El arroyo bajaba de las montañas y para mí era demasiado frío. El chapoteó y corrió de un lado a otro como un niño, buscando las cosas que suelen encontrarse en un arroyo: piedras, peces y animales con demasiadas patas. El pez huyó asustado, por supuesto, pero Gwarha, logró encontrar un bicho largo, chato y segmentado, con un par de patas en cada segmento. ¡Eh, Nicky, mira esto! ¿No es fantástico?

Se retorció en su mano. En un extremo tenía mandíbulas, o tal vez tenazas. En el otro, dos antenas largas y estrechas que se agitaron en el aire.

Muy bonito, le respondí. La criatura se agitó un poco más y él la soltó.

Después decidió que sería divertido empujarme al agua. No logró hacerlo, pero de todos modos quedé bastante mojado. Subimos hasta el patio de la fortaleza. Extendí mi ropa para que se secara e hicimos el amor. Gwarha se quedó dormido. Yo me quedé tendido al sol, con su pelo aún húmedo contra mi cuerpo.

Tuve la impresión de que me había llevado allí con algún propósito. Incluso de que había planeado hacer el amor. Era una exhibición para su antepasado. «Mira dónde he estado, viejo. En sitios que ni siquiera imaginas. Mira lo que he capturado y traído a casa.»

Me deslicé en un duermevela del que surgió uno de esos sueños vividos y casi racionales. Había alguien en el patio. Me puse de rodillas. Gwarha estaba tendido a mi lado, dormido.

Delante de mí había un hwarhath de pie, con el pelaje plateado por la edad. Tenía puesta una túnica de malla que le llegaba a las rodillas. A un costado llevaba colgada una espada.

Y tenía una daga, con la hoja descubierta y que brillaba a la luz oblicua del atardecer.

El antepasado, por supuesto. Era una versión exagerada de la complexión física característica de Ettin: bajo y muy corpulento, de brazos y piernas gruesos. Una cresta de pelo oscuro se elevaba sobre la parte superior de su cabeza descubierta. Su rostro era ancho, chato y horrible.

Gwarha se incorporó y pareció asustado.

—¿Qué te ocurre, muchacho? —preguntó el antepasado. Hablaba en la lengua de Ettin; yo la conocía, pero apenas logré entenderlo.

»Si quieres joder con un enemigo, perfecto. Pero no vas a dormir con él. Así tendrías que haber terminado.

Me cogió del pelo y me echó la cabeza hacia atrás. Después me cortó el cuello.

Me desperté. Tuve suerte. Si hubiera seguido durmiendo, habría cogido una insolación. Gwarha seguía dormido; sólo se había despertado en mi sueño. Me levanté y toqué mi ropa. No había terminado de secarse. Me agaché a la sombra, junto a la pared, con la espalda contra la piedra caliente y rugosa, y esperé hasta que él se volvió, gruñó y se incorporó. Aún estaba nervioso, como si el anciano anduviera cerca, blandiendo su cuchillo.

Aquello había ocurrido hacía varios años; pero no me sentí cómodo mirando la pared. El liquen —el rojo— tenía el color de la sangre seca. Sólo la Diosa sabía por qué Gwarha había decidido colocar esa escena en el extremo de su sala de estar. Toqueteé el proyector hasta que encontré algo que me gustaba más: cabrillas sobre el Round Lake de Ettin. Sobre las aguas encrespadas se deslizaba una embarcación de velamen rojo.

Me senté a mirar. La embarcación era una barca de recreo, estrecha y rápida. Escoró, empujada por el viento que inflaba sus enormes velas rojas.

Al cabo de un rato, Gwarha entró y se quedó de pie detrás de mí. Acababa de salir de la ducha. Percibí el olor de su pelo húmedo y del jabón aromático.

—No te gustaba la fortaleza.

No.

Me tocó el hombro con la mano.

—Después de que me contaras el sueño, fui a ver a una adivina. ¿Nunca te lo había contado? Me dijo que había enfurecido al viejo. Celebré algunas ceremonias. No me gustaría mantener una disputa con él.

»La adivina me dijo otra cosa. —La mano se movió entre mi pelo—. Existe una brecha entre el mundo del viejo y el mío, una brecha que no puede salvarse. Intenté hablarle, llamarlo desde el otro lado del vacío. Deja que los viejos sigan muertos, me dijo ella. Su estilo de vida ya no existe.

»He estado contemplando la pared y pensando en sus palabras. ¡Ah! Ella tiene razón. Pero no logro ver cuál tendría que ser el nuevo estilo de vida. No sé cómo seguir adelante. ¿Qué voy a hacer, Nicky?

No respondí. Gwarha ya había oído todas mis teorías y todos mis consejos.

Delante de nosotros, la embarcación —la barca de recreo— volcó. Por un instante quedó inmóvil sobre el agua; finalmente se enderezó.

—¿Es un presagio? —pregunté.

—No. Los presagios se dan en el mundo real. Deberías saberlo. Nadie ve jamás el futuro en un holograma.

—De acuerdo.


Del diario de Sanders Nicholas,

portador de información agregado al personal del Primer Defensor Ettin Gwarha

CODIFICADO PARA QUE SÓLO LO LEA ETTIN GWARHA

<p>XIII</p>

Un par de días más tarde, Anna se quedó con sus colegas hasta el anochecer. El capitán Mclntosh la acompañó hasta la entrada.

—Si ve al portador Sanders, entréguele esto —le tendió una carpeta.

—¿Qué es?

—Una copia de su expediente. Échele un vistazo, si quiere No hay nada que se considere secreto.

—¿Para qué quiere que él lo vea?

—Es posible que le interese. Contiene información sobre su, familia.

Anna cogió la carpeta, la llevó a sus aposentos y se sentó a leer.

Sanders, Nicholas Edgar, fecha de nacimiento 14/7/89. Lugar de nacimiento, DeCaugh, Kansas. Sus padres eran Genevieve Pierce, doctora en medicina veterinaria, y Edgar Sanders, especialista en tecnologías tradicionales, empleado en la Administración de Salvamento Agrícola. Tenía una hermana tres años más joven: Beatrice Helen Pierce.

Educación: las escuelas públicas locales, y más tarde la Universidad de Chicago. Obtuvo la licenciatura en letras en el año 2110. (Anna hizo algunos cálculos y dedujo que seguramente se había saltado uno o dos cursos.) Su especialidad había sido la teoría lingüística; su asignatura secundaria, la informática. Inmediatamente después de obtener la licenciatura, se había unido a las Fuerzas Armadas Unificadas. Prosiguió sus estudios, esta vez en la Universidad de Ginebra. También en este caso su especialidad fue la teoría lingüística. Su historial se interrumpía en el 2112.

Tres años más tarde se encontraba en una nave espía que resultó capturada en el espacio hwarhath. En el intervalo debió de dedicarse a trabajar en el lenguaje hwarhath.

Una historia extrañamente escueta. No había indicios de una vida privada. ¿La había tenido? ¿A ella le importaba?

Miró el resto del expediente. Su hermana se había formado en la Universidad de Wisconsin, se había casado y tenía una hija llamada Nicole. El matrimonio había acabado en divorcio. La hermana vivía en Chicago y trabajaba como organizadora sindical. Había una foto, un holograma de una mujer alta de cuarenta y tantos años, delgada y de pelo rubio y revuelto. Entrecerraba los ojos a la luz del sol y sonreía: la misma sonrisa de Nick, su misma postura, un poco encorvada y con las manos en los bolsillos. Llevaba téjanos, camisa roja desteñida y una chaqueta de dril con distintivos en la solapa. Anna no logró ver a qué correspondían los distintivos.

Junto a ella estaba su hija: delgada y desgarbada, de piel café con leche y pelo corto y rizado; una chica de once o doce anos que, evidentemente, iba a ser alta. Llevaba téjanos y una camisa negra de manga corta. En la pechera, en letras rojas, se leía: No te lamentes. Organízate.

Pasó a la otra imagen, ésta en dos dimensiones. Una pareja ante un auditorio. La imagen había sido tomada de lado y, evidentemente, era una instantánea. Un hombre y una mujer, ambos altos y delgados, muy erguidos. Los dos tenían el pelo blanco. La mujer llevaba el suyo recogido en dos trenzas que le rodeaban la cabeza. El hombre lo llevaba hasta los hombros y lo tenía rizado. Poseían una elegancia estilizada que a Anna le recordaba la de las garzas.

Leyó su ficha. Se habían retirado a Fargo, Dakota del Norte, y aún vivían. (La foto había sido tomada cinco meses antes durante una conferencia dictada en la universidad local en honor a Thomas McGrath, poeta de Dakota del Norte.)

(¿Por qué alguien se retiraría a Fargo?) Genevieve tenía ochenta y cinco años; Edgar, ochenta y tres. Ambos trabajaban activamente en la iglesia metodista local y en varias organizaciones preocupadas (principalmente) por los temas ambientales y sociales.

Fanáticos de las causas. Nicholas provenía de una familia de defensores de causas nobles.

Volvió a mirar las imágenes: la hermana con el pelo rubio al viento, la sobrina joven y seria, los padres que parecían garzas.

¿Algo de todo aquello encajaba con el hombre que ella conocía?

Cerró la carpeta y se metió en la cama. Era raro estar acostado en esa oscuridad, a cientos de años luz de casa, y pensar en personas que habían pasado su vida en el Medio Oeste norteamericano y que podían morir en aquella tierra que se secaba lentamente y se cubría de polvo, donde los ríos se hacían menos profundos, las fuentes no manaban y el cielo se llenaba de nubes pardas.

Al día siguiente llamó a Nicholas y le pidió que fuera a verla. Él llegó por la tarde, una vez concluida la reunión del día, todavía vestido con su uniforme de guerrero espacial, con las botas negras y altas.

Le entregó la carpeta. Él se sentó y la leyó. Cuando terminó de leer, miró las dos imágenes. Finalmente levantó la vista. Su rostro parecía una máscara.

—¿De dónde has sacado esto? —Ella nunca le había oído hablar en aquel tono. Un tono glacial.

—Me la dio el capitán Mclntosh. Me dijo que te la entregara.

—¿Por qué? ¿Qué se supone que debo hacer?

—Nada. Pensó que podía interesarte la información sobre tu familia.

—¿Porqué?

—Por Dios, Nick, es tu familia.

Él juntó las páginas y las enderezó de modo tal que todos los bordes quedaran a la misma altura; luego colocó las imágenes encima y cerró la carpeta. Cada movimiento era preciso y airado.

—No sé qué esperáis que haga —dijo en voz baja—. ¿Que me eche a llorar y diga que haré cualquier cosa, sólo por ver a mi madre y a mi padre antes de que mueran? ¿Que diga que tengo que ver a esa sobrina que, evidentemente, lleva ese nombre por mí, si es que existe, si no es una invención del servicio de información?

»Estoy aquí. Nunca volveré a casa. He tomado partido. No puedo ser comprado ni atemorizado, ni seducido ni estafado. No hay trato, absolutamente ningún trato que pueda hacerse conmigo.

»Ahora bien. ¿Por qué el capitán Mclntosh quería que viera esta carpeta?

Anna estaba al borde de las lágrimas.

—Nick, no lo sé.

Él suspiró y se reclinó en la silla.

—Tal vez tú no lo sepas. Anna, esta gente es odiosa. No permitas que te usen. Nunca aprenderán. Nunca mejorarán. Siguen persiguiendo sus propósitos. Siguen pensando que sus propósitos son lo único que importa. No estoy seguro de qué es lo que importa en la historia; pero los propósitos de los espías son triviales e insustanciales, maliciosos y nefastos. No te mezcles con ellos. —Se puso de pie y cogió la carpeta—. Dale las gracias al capitán Mclntosh por la información. No voy a pedirte que le digas que se vaya a la mierda. Debería darle esa respuesta personalmente.

Se fue y ella se echó a llorar.

<p>XIV</p>

Esperé hasta la noche para hablar con Gwarha. Una de nuestras reglas era que en público y durante las horas de trabajo yo tenía que comportarme más o menos como un oficial y un caballero. Sabía que quería estar furioso. Me habría gustado pasearme de un lado a otro y gritar. De modo que esperé hasta que él regresó a casa y le llevé la carpeta.

La leyó y colocó las dos imágenes en la mesa, ante él. Las miró y luego me observó a mí.

—Me resulta difícil ver los parecidos entre los humanos. Pero creo que se parecen a ti, sobre todo la hermana y su hija.

—Están intentando quebrarme. Intentaron secuestrarme. Ahora intentan apelar a cualquier cosa. A la lealtad familiar. ¿Sabes qué pensaría Lugala Tsu de esto?

—Él es un estúpido malintencionado. Su opinión no puede ser modificada por los hechos ni por la razón, de modo que no tiene sentido preocuparse por lo que opina. Lo importante es esto. —Miró la imagen de Beatrice y Nicole—. Tienes una descendiente, y la mejor posible. La hija de una hermana. De una hermana de tu sangre. —Creí percibir tristeza en su voz. Gwarha es el único hijo vivo que le queda a su madre. Sus parientes más cercanos en la siguiente generación serán los hijos de sus primas mujeres. Sus propios hijos (y está seguro de que los tiene) no contarán, por supuesto. Pertenecerán al linaje de sus respectivas madres—. ¿Le pusieron ese nombre por ti?

—¿Nicole? Supongo. Si existe. Gwar, quiero que tu gente de seguridad examine las imágenes y diga si puede determinar si han sido alteradas o falsificadas.

—¿Los humanos mentirían acerca de algo tan importante?

—Sí. Que yo sepa, toda mi familia está muerta. No tengo por qué creer nada de esto.

—Los de tu especie son despreciables. Diré a mi gente que haga lo que pueda. Pero no estoy seguro de que puedan descubrir un engaño —tocó la imagen de Beatrice y Nicole—. ¿Realmente crees que mentirían con respecto a esto?

Asentí.

Emitió un pequeño gruñido de disgusto y guardó las imágenes en la carpeta.

Me senté.

—Si alguna vez salimos de esto, quiero que volvamos a tu hogar. Quiero estar al aire libre. —Estiré las piernas—. Tal vez un viaje por las montañas. Mucho ejercicio, tanto sexo como sea posible, y no pensar en nada. ¡Jesús! Estoy cansado de pensar.

—Entonces no lo hagas. Yo me ocuparé del problema de Lugala Tsu. Deja de lado las maquinaciones de los humanos. Obedece las órdenes y haz tu trabajo. Ésa siempre es una alternativa, Nicky. Tú no necesitas conspirar. No tienes que manipular. No tienes que dedicarte a juegos estúpidos.

—¡Por la Diosa, eso parece tentador!

—Entonces actúa, o mejor dicho, no actúes. Quédate quieto y deja que los acontecimientos se sucedan por su cuenta. Si hay que hacer algo importante, se hará sin necesidad de que tú intervengas.


El zen y el arte de vivir entre extraños de pelaje gris. [?]

Del diario de Sanders Nicholas, etc.

<p>XV</p>

Anna pasó otra tarde con sus colegas. Etienne se fue a dormir temprano, lo mismo que Haxu, el menudo traductor chino. Los demás hombres se quedaron levantados: Charlie, Sten, el capitán Mclntosh, el doctor Azizi y Dy Singh que realmente practicaba el Skih con un turbante puesto.

Bebieron café con o sin coñac. Al cabo de un rato, Anna les habló de su conversación con Nicholas.

Charlie arrugó el entrecejo.

—Creía que habíamos convenido en que no habría conspiración, capitán.

—No estaba conspirando, muchacho. Pensé que al portador Sanders podía interesarle saber algo de su familia.

—¿Por qué le dio una versión cuidadosamente editada de su expediente?

—No podía darle la versión completa. Gran parte de la información es confidencial o privada; y no encontré ningún motivo para imprimir todo lo demás. Hay mucho material. Los del servicio de información tienen la manía de coleccionar información; y, por lo que sé, son totalmente incapaces de seleccionarla. De haber prestado atención, podría decirle qué número de zapatos calza y el resultado de cada examen al que se ha presentado. Nada de esto es interesante. Al parecer, siempre ha sido un joven corriente.

»E1 servicio de información se preocupó por su familia; sus parientes son demasiado activos en el plano social. Pero no encontraron nada en la historia personal de Sanders que les hiciera sentir preocupación por él como individuo; al final lo cogieron.

—No ha respondido a mi pregunta —comentó Charlie—. ¿Por qué le dio una copia de su expediente?

—Quería recordarle que era uno de los nuestros, y que aún tiene familia en la Tierra. Pensé que eso podía convertirlo… no en un amigo, pero sí en alguien más amistoso.

—Al parecer, lo puso furioso. —Charlie miró a Anna—. Si tienes ocasión de hacerlo, pídele disculpas. Dile que no teníamos intención de ofenderlo.

—Haré lo que pueda.

Dy se movió, inquieto, y adoptó una expresión grave. Dijo que no le interesaba Nicholas Sanders. Quería conocer la opinión de Charlie sobre el estado en que se encontraban las negociaciones. De modo que hablaron de ese tema. Charlie se mostró cauteloso pero optimista.

—En este momento tenemos dos objetivos. Uno de ellos consiste en establecer una línea permanente de comunicación. Eso es cada vez más probable o, al menos, posible. Y nos gustaría recuperar a cualquiera de los nuestros que esté en manos de los hwarhatb. Creo que esto se conseguirá. Ellos están evidentemente interesados en recuperar a sus jóvenes. Aunque no me hace ninguna gracia decirles qué pocos quedan vivos.

Todos guardaron silencio. Después el doctor Azizi preguntó cuánto tiempo podrían durar las negociaciones.

—No tengo respuesta para esa pregunta —dijo Charlie—. Pero me niego a darlas por concluidas antes de obtener algún logro. Ya concluimos una ronda de negociaciones habiendo fracasado absurdamente.

Contempló su copa de coñac y frunció el ceño.

—Sigo teniendo la impresión de que se nos escapa algo, alguna información importante. La imagen que se repite es la de una estación como ésta, que gira alrededor de una singularidad. Somos empujados y guiados por un hecho crucial que no podemos ver. —Levantó la vista y sonrió—. Que un diplomático se vuelva metafórico es una mala señal. Posiblemente me equivoque. Tal vez sabemos todo lo que necesitamos saber acerca de los hwarhath.

El doctor Azizi se echó hacia atrás y adoptó una expresión resignada.

—Pero aun así creo que estamos haciendo progresos —dijo Charlie con firmeza—. Y tengo la intención de quedarme hasta que pueda informar de que hemos tenido éxito.

Eh Matsehar la acompañó de regreso por los pasillos brillantes y fríos. Él no tenía ganas de hablar —cosa que ocurría de vez en cuando— y ella estaba cansada. Apenas intercambiaron una palabra.

Anna activó el holograma del techo de su habitación y se tendió en la oscuridad. La decisión de quedarse tomada por Charlie hizo que de repente tuviese conciencia de que se encontraba a años luz del resto de la humanidad. La estación hwarhath parecía frágil y extraña. Fuera sólo tenía el vacío, inmenso y hostil. Dentro, personas a las que no comprendía.

Finalmente se quedó dormida y soñó que se perdía en un laberinto. De vez en cuando veía delante de ella una puerta que se abría a las doradas colinas de Reed 1935-C. Pero nunca alcanzaba la puerta. En lugar de eso, se encontraba en otro pasillo gris.

Se despertó cansada y un poco deprimida. El café no la ayudó demasiado. Se puso un traje pantalón con una blusa de algodón blanco. Al mirarse en el espejo del baño, lamentó no haber aprendido jamás a maquillarse. Tenía una expresión desdichada en el rostro. El lápiz labial habría ayudado, lo mismo que algo para ocultar el cansancio de sus ojos.

Bebió otra taza de café y luego salió a reunirse con Hai Atala Vaihar.

Le preguntó por Las aventuras de Huckleberry Finn.

—He leído más de la mitad. Es una narración muy rara. Casi todas las personas que Twain Mark describe son ignorantes y pobres. ¿Ésta es una descripción acertada de la humanidad?

Anna intentó explicarle que se suponía que los personajes eran graciosos.

—No —dijo Vaihar—. Resulta gracioso que un solo personaje sea pobre e ignorante. Uno lo pone como ejemplo de conducta incorrecta. Todo el mundo se ríe de él. Él se avergüenza. Pero cuando todos son así… ¡Ah, qué sociedad tan terrible!

Ella intentó explicarle qué tipo de gente suele haber en un medio rural.

—¿Enviáis a las personas de a cuatro y de a cinco? ¿Casi solas? —parecía horrorizado—. Ésa no es manera de poblar un lugar deshabitado.

—¿Cómo lo hacéis vosotros?

—Un linaje se divide, y los más jóvenes se van: forman un grupo numeroso. Pueden confiar unos en otros y en los miembros mayores del linaje. No pierden todo lo que tenían. No se convierten en animales ni en seres como los que describe Twain Mark.

Guardó silencio durante un rato y reflexionó. Por fin dijo:

—Lo primero que hacen es construir un templo y celebrar ceremonias. Después construyen los otros edificios públicos: la sala de reuniones y tal vez un teatro. Depende de cuánto gusten en el linaje las representaciones. Siempre crean un gimnasio y una escuela.

»Religión, política, arte, ejercicio y educación. Éstas son las bases de cualquier comunidad y deben asentarse lo más rápido posible.

»Después se construyen las casas, los establos para los animales y las fábricas. Se labra un huerto. Se vallan los pastos. Luego… por lo general al cabo de uno o dos años, las mujeres tienen hijos.

»Ésa es la forma correcta de hacerlo. Así fue como mis antepasados abandonaron Hai y se instalaron en el valle de Atala. Aún enviamos regalos a nuestros parientes y celebramos ceremonias con ellos y recordamos con gratitud y afecto todo lo que hicieron por nosotros en los primeros tiempos.

—¿Hacéis algo solos? —preguntó Anna.

—No muchas cosas. Nicky dice que para casi todo lo que vale la pena hacen falta al menos dos personas. Pero ésta no parece ser una opinión común entre su gente. Ustedes son realmente muy solitarios, a pesar de ser tan numerosos. Lo veo en los libros que he leído. Mire a Buck y a Jim. Van a la deriva por el río, como amantes adolescentes que realmente han logrado eludir una obligación, cosa que nosotros nunca hacemos, a pesar de nuestros sueños.

»Incluso en el otro libro, en ese barco lleno de hombres tuve la sensación de que había soledad. El capitán siempre está solo, y el hombre que cuenta la historia… ¡Ah! ¡Qué gente! ¡Resulta difícil comprenderlos!

No se le ocurrió ningún comentario, de modo que decidió hacer una pregunta. Vaihar llevaba tres insignias redondas, de metal, sujetas a la cinturilla de sus pantalones cortos, lo mismo que los otros hombres que pasaron junto a ellos. ¿Qué significaban las insignias?

—Una corresponde a la identificación personal, otra al rango y otra al linaje. Nicky sólo tiene dos porque no tiene familia o, al menos, no tiene emblema para su familia. Me he acostumbrado a verlo; no pienso en lo que significa tener sólo dos insignias. De vez en cuando lo miro y recuerdo. Me pone los pelos de punta. —La miró de reojo con expresión… ¿Podía decir seria? ¿Desdichada?—. No logro imaginar cómo sigue vivo.

Llegaron a los aposentos de los humanos y se separaron. Ella entró y se sentó a escuchar las negociaciones. Nick, instalado junto a su general, no le pareció desdichado. Ninguno de los miembros del Pueblo llevaba insignias en el uniforme de cadete espacial, de modo que la condición de Nick no resultaba visible.

Hablaban del intercambio de prisioneros. Dónde efectuarlo. Cómo asegurarse de que nadie intentaría cometer una traición. Nicholas parecía más aburrido que otra cosa.

<p>XVI</p>

Estaba sentado en el borde de la cama de Gwarha, poniéndome los calcetines; los había encontrado en el rincón del extremo opuesto de la cama y, por lo que recordaba, no era donde los había dejado.

Él se incorporó y deslizó suavemente una mano por mi brazo.

—He estado observando a los humanos, pensando qué raro debe de ser no tener pelaje, estar tan desprotegido, ser tan vulnerable.

Tampoco recordaba haber dejado los calcetines del revés.

—No me extraña que os cubráis de ropa de pies a cabeza; No me extraña que os mováis con tanta rigidez, como si siempre esperarais que algo os atacara. Debe de ser tan terrible estar tan… —vaciló—, tan abierto al universo. ¿Es eso lo que quiero decir?

—Tal vez.

Me estaba mirando con los ojos entrecerrados. No logré ver las pupilas horizontales ni el brillante color inhumano del iris. Sólo había un brillo líquido entre los párpados de color gris oscuro. Sin embargo, el rostro era extraño: los rasgos anchos y embotados, las orejas demasiado largas y demasiado altas, y todo demasiado peludo. En estos días, veo cada vez más las diferencias, sobre todo porque veo seres humanos con cierta regularidad.

—Pero también interesante —prosiguió—. Tener todo el cuerpo tan sensible como los labios y la boca, o como las palmas de las manos.

—¿Y en esto es en lo que piensas durante las negociaciones?

—Sólo cuando tú me traduces. Sé lo que he dicho, y sé que tu traducción será fiel. Contemplo a los humanos y pienso: ¿Cómo serán dos personas como éstas haciendo el amor? Las dos están desprotegidas. Las dos son sensibles. Todo está expuesto y es eróticamente accesible. Nada, ninguna parte del cuerpo, está a salvo.

Dios del cielo. Contemplé el resto de mi ropa, doblada sobre la estantería cercana a la de Gwarha, e intenté imaginar cómo dejar de lado aquella conversación.

—Pregunta a los humanos cómo es. Será una forma de cambiar los temas habituales de discusión. «¿Qué hacen cuando joden?» O pregúntales por la pornografía. Sólo por la pornografía decente, por supuesto. Podría ser divertido.

—¿Por qué?

—No podrían coger cualquier cosa y enviarla. Podría ser realmente desagradable, algo que haría que tu gente decidiera no tener nada que ver con la humanidad.

—¿Qué podría ser peor que lo que ya sabemos?

Pasé por alto la pregunta.

—Me gusta imaginarme a un puñado de personas reunidas en la Tierra, tratando de decidir qué clase de pornografía homosexual mostraría a la humanidad de la mejor manera.

—¿Por qué no me dices tú lo que se siente haciendo el amor con otro ser humano?

—No lo recuerdo.

—Estás mintiendo —dijo al cabo de un momento—. Ésa no es la clase de cosa que una persona olvida.

—No pertenecemos a la misma especie, Primer Defensor. No hemos tenido el mismo tipo de experiencia sexual. Ni siquiera ahora tenemos la misma experiencia. ¿Qué te hace pensar que sabes qué recuerdo y qué no recuerdo? Y te lo he dicho infinidad de veces, los humanos necesitan más intimidad que los miembros del Pueblo.

Me miró fijamente, ahora con los ojos muy abiertos.

—Hablas tanto que creo que realmente me estás diciendo lo que hay en tu cabeza. Debería recordar tu apodo. Debajo del ruido hay silencio. Te envuelves como dentro de un abrigo.

No dije nada.

—Porque no tienes protección natural. —Se estiró y volvió a tocarme el brazo—. ¿En qué estaría pensando la Diosa?

Me levanté y terminé de vestirme.


Del diario de Sanders Nicholas, etc.

<p>XVII</p>

Al día siguiente, su escolta fue Vaihar. Cuando llegaron a la zona de Conversaciones-con-el-Enemigo, uno de los guardias hwarhath habló con Vaihar quien le dijo:

—Debo llevarla a la sala de observación y luego unirme al equipo de negociación. ¡Ah! Es una suerte que lleve puesto mi uniforme de cadete especial.

—¿Qué ocurre?—preguntó ella.

—No sé. No quiero meterle prisa, Anna, pero…

Corrieron hacia la sala de observación. Él la dejó en la puerta. En el interior, el holograma estaba activado y mostraba la sala de reunión con sus dos filas de sillas. Anna se sentó y observó. Entraron los humanos; tenían más o menos el mismo aspecto que de costumbre. Pero la entrada de los hwarhath fue diferente. Por primera vez, los miembros del Pueblo parecían torpes. Al cabo de un instante comprendió por qué. Había una persona nueva entre ellos, corpulenta y de color gris oscuro, con el uniforme un poco ceñido. Él y el general entraron juntos y rodearon los extremos opuestos de la fila de sillas, intentando (o eso le pareció) sincronizar los movimientos de modo tal que llegaran al mismo tiempo al centro de la fila.

Cuando se encontraron, se volvieron a una y se quedaron el uno junto al otro, de cara a los humanos. El hombre corpulento se imponía a Ettin Gwarha, media cabeza más alto y mucho más robusto. Los otros hwarhath entraron por ambos costados, moviéndose de mala gana, le pareció a Anna, y colocándose lo más cerca posible de las sillas. Incluso Vaihar parecía inquieto y casi torpe.

El general echó un vistazo a su alrededor. El hombre corpulento asintió. Todos se sentaron. El general, sorprendido con la guardia baja, reaccionó con una cierta lentitud y se acomodó en su silla un instante después que los demás.

Estaba rígido. Enfadado, pensó Anna. Furioso. Luego se relajó y se inclinó hacia el hombre corpulento y le dijo algo en voz baja. Éste sonrió. Sus dientes eran grandes, cuadrados y muy blancos.

—Voy a presentar al Principal Lugala Tsu —anunció Vaihar—. El hombre que está sentado junto a él es Min Manhata, que será su traductor.

Haxu presentó al equipo de los humanos.

Interesante, pensó Anna. ¿Qué significaba aquello?

Al final de la reunión comprendió que había problemas. A Lugala Tsu le resultaba difícil estarse quieto. No era muy evidente —no llegó a mostrar una actitud abiertamente brusca— pero estaba allí: pequeños cambios de postura (sobre todo cuando hablaba Ettin Gwarha) ceño fruncido y labios torcidos. A veces se inclinaba ligeramente hacia su traductor, como si estuviera a punto de susurrarle algo, pero no lo hacía. Al principio de la reunión, el general miró de reojo unas cuantas veces. Finalmente se dirigió al otro principal.

Vaihar dijo:

—Ettin Gwarha ha preguntado: «¿Tiene algo que añadir, Principal Lugala? ¿Cuál es su opinión?»

No, dijo el hombre corpulento. No tenía nada que añadir. Era nuevo en las negociaciones. De momento se contentaba. Hablaría más tarde.

El general inclinó la cabeza levemente. Uno de los traductores humanos le había dicho que esto podía significar acuerdo, o reconocimiento o consideración, según los casos. Luego él se echó hacia atrás en su silla. Había tomado alguna decisión, pensó Anna, aunque no supo de qué se trataba.

Después de eso no volvió a mirar al otro principal.

La atmósfera de la sala estaba cambiando. Algo, la comodidad y confianza que había ido creciendo en las últimas semanas, empezaba a disminuir; y a medida que disminuía, ella lo notaba. ¡Había crecido tan lentamente! Aunque desde el principio el general y Charlie hubiesen sido corteses y respetuosos. Sin embargo, cierta rigidez que iba desapareciendo —que había desaparecido— volvía a notarse.

Anna comprendió cuan racionales y, comparativamente hablando, lo claras que habían sido las conversaciones cuando Charlie y el general estaban al frente de las mismas. Lentas, sí, y tal vez excesivamente cautelosas, aunque la diplomacia no era su especialidad. Tal vez los diplomáticos tenían que dar todos esos rodeos.

No supo qué ocurría. Vaihar parecía desdichado. Charlie —a quien veía de lado— parecía cada vez más tenso.

Almorzó con el resto de los humanos. Tomaron un picadillo vegetariano, la comida apropiada para la situación. Sus colegas siguieron hablando de la reunión que acababa de finalizar, intentando imaginar qué ocurría.

Finalmente, Charlie dijo:

—Tengo el presentimiento de que se trata de una lucha de poder entre los dos hombres. —Usó el tenedor para esparcir el picadillo por el plato—. Ojalá supiera cuáles son sus posiciones. ¿Lugala Tsu nos es hostil? ¿Ettin Gwarha es en algún sentido nuestro amigo? Anna… —La miró—. Tú tienes los mejores contactos. Mira si puedes sacarle algo a Sanders o a las mujeres hwarhath, o a esos dos jóvenes.

Ella asintió.

—Veré qué puedo hacer.

Después del almuerzo, Anna abandonó los aposentos de los humanos. Su escolta era Matsehar. Le preguntó qué ocurría.

—¿Dónde?

—En las negociaciones.

—Exactamente lo que usted ve. El hijo de Lugala se ha unido a las negociaciones, porque es su derecho y su responsabilidad. Los Principales-en-Conjunto deberían estar representados por una sola persona.

Ella estaba escuchando la versión oficial, la política del partido. Matsehar arrugó el entrecejo, lo cual podía significar una advertencia, o tal vez fuese sólo una de sus expresiones ocasionalmente raras. Después empezó a describir las maquinaciones de lady Macbeth y de su hijo. La madre empezaba a perder la confianza, y ahora era el guerrero cruel quien ocupaba el centro del escenario.

—Esto es lo que ocurre —sentenció Matsehar— cuando las mujeres no contienen a sus hijos. La violencia de los hombres siempre debe colocarse en el contexto político adecuado.

Se separaron en la entrada de los aposentos de las mujeres, y ella recorrió los pasillos increíblemente largos que la llevaban hasta sus habitaciones. El holograma estaba conectado y mostraba el amanecer sobre el mar de Reed 1935-C. En el horizonte se veía un brillo rosado. En lo alto, casi a la altura del techo, brillaba la estrella del amanecer y del crepúsculo. En ese momento era doble, los dos planetas lo bastante separados para ser visibles como dos puntos de luz.

En el agua de la bahía brillaban otras luces. Parpadeaban débilmente y parecían opacas. Era el fin de una larga noche de señales de identidad y palabras tranquilizadoras. Sabía cómo era eso. Se frotó los músculos de la cara y del cuello.

Al cabo de un rato, el planeta primario se elevó. Era demasiado brillante para mirarlo directamente. Se levantó, se acercó al intercomunicador y llamó a Ama Tsai Indil.

—Creo que necesito reunirme con su gente.

—Quiere decir con mi socia principal. Sí, así es.

—Y tal vez Sanders Nicholas debería estar presente.

—De eso no estoy tan segura, pero deje que lo consulte con la mujer de Tsai Ama.

El intercomunicador se apagó. Ella manipuló el holograma y logró que el atardecer avanzara a gran velocidad. El planeta primario dejó de brillar en su habitación. En su lugar, una sombra se proyectó sobre la colina dorada: una especie de artilugio con patas. Tal vez era parte del equipo que había grabado el paisaje. El cielo estaba moteado de pequeñas nubes redondas. Las cabrillas salpicaban el mar de color azul brillante. Imaginó el viento que sin duda soplaba, frío y salado.

Anna se sentó y vio cómo la sombra del artilugio se alargaba.

Ama Tsai Indil volvió a llamarla y dijo que la reunión con su socia principal estaba a punto de celebrarse.

<p>XVIII</p>

El general me envió un mensaje al final del quinto ikun, pidiéndome que fuera a su despacho.

Estaba sentado en el lugar de costumbre, con los brazos sobre la mesa, delante de él, las manos suavemente entrelazadas, mirando la pared que tenía enfrente, de color gris metálico. Me detuve al otro lado de la puerta e hice el ademán de la presentación.

Me miró.

—Has recordado el decoro militar. ¿Estás enfadado conmigo? ¿O piensas que yo lo estoy?

—¿No lo estás?

—Lo estaba. Siéntate. Me resulta incómodo que te quedes ahí de pie, como un soldado.

Me acomodé en la silla que tenía delante de su escritorio. Él se echó hacia atrás y cogió su estilete.

—¿Has presenciado la reunión?

Asentí.

—He estado en una de las salas de observación —y no añadí: después de que me dijeras que quedaba fuera del equipo de negociación.

[Tuve que hacerlo, Nicky. Él es un Principal. No es posible no hacerle caso.]

—Estoy enviando mensajes a los principales en quienes confío, e incluyendo copias de la reunión de hoy. Este estúpido rencor tiene que acabar. Tratar con él es como caminar sobre un campo de erizos. No quiero tener que arrancármelo del pelo. Quiero que desaparezca.

—¿Crees que podrás librarte de él?

—Sí. Su intención es evidente; sus modales son atroces; y no tiene suficientes aliados en el Conjunto —dejó el estilete.

—¡Qué hombre! ¡Tan estúpido y tan codicioso! Está intentando abarcar más de lo que puede, y no ve las consecuencias de sus acciones.

—Ambición desmedida que se alimenta a sí misma —dije en inglés.

El general frunció el ceño.

—Es una frase de la nueva obra de Matsehar.

El general agitó una mano, restando importancia a Eh Matsehar y a Shakespeare William.

—No te he pedido que vinieras para hablar de Lugala Tsu. La mujer de Tsai Ama ha pedido que estés presente en una reunión entre ella y Pérez Anna. Encuentra una manera de decirle lo que está sucediendo. Tú le caes bien, y ella es una experta en humanidad. Su opinión será respetada en el Tejido.

—No estoy seguro de eso. La mayor parte de los otros expertos creen que sus teorías son una locura.

Él levantó una mano. Guardé silencio.

—Su linaje no tiene lazos estrechos con Lugala ni con Ettin. Si ella dice que yo tengo razón, sus palabras serán escuchadas. Si dice que Lugala Tsu está enredando las negociaciones, también será escuchada.

»Y tal vez es hora de que pensemos en una alianza con Tsai Ama y Ama Tsai. No son linajes poderosos, pero tienen cierta importancia y las mujeres, sobre todo en las dos últimas generaciones, han sido de muy buena calidad.

Guardó silencio durante un rato y se dejó llevar por el tipo de argumentos que desarrollan los bwarhath, que combinan la política con la genética. ¿Qué familias tienen el poder? ¿Qué familias están produciendo personas fuertes y notables? ¿Cómo puede Ettin encontrar a los aliados adecuados y conseguir el material genético apropiado?

Finalmente me miró.

—Esta noche me gustaría contar con tu compañía, Nicky, pero no quiero oír tus opiniones ni tu consejo. Hoy he hecho lo que podía. Quiero hablar de algo que no tiene nada que ver con los humanos ni con Lugala Tsu.

—De acuerdo —asentí.

Cuando llegué hablamos de hacer una excursión por las montañas del borde occidental de Ettin. Él tenía conectado un holograma: una ladera empinada, cubierta de árboles. La mayoría eran de color azul verdoso. De vez en cuando se apreciaban manchas cobrizas. A lo lejos se veían picos altos y blancos. Gwarha los nombró: la Torre de Hielo, la Cuchilla, la Madre.

El holograma había sido tomado en casa de una de sus primas, me dijo. Ella nos recibiría encantada. La escalada en esa zona no era especialmente difícil. Había lugares que quería mostrarme: un famoso campo de batalla en un paso rocoso y la Red de Plata y un famoso salto de agua.

—Cubre todo un acantilado. Tiene que haber un centenar de arroyos, y cuando el sol los ilumina… ¡ah! Iremos allí cuando todo esto acabe, Nicky.

Se había puesto una bata de color azul oscuro. Había una copa de halin en la mesa, delante de él, y una jarra chata de rugosa arcilla roja. El brillo de la jarra era claro y débil. Vi las marcas dejadas por los dedos del alfarero.

En mi interior algo me dijo: Presta atención. Mira lo que tienes delante. Recuerda con cuánta intensidad amas a esta persona. [Ah.]


Del diario de Sanders Nicholas, etc.

<p>XIX</p>

Por la mañana se despertó con el aroma del café, recogió la ropa y fue hasta el cuarto de baño. Oyó a Nick en la cocina, silbando algo que parecía salido de una emisora de música clásica. ¿Ópera, tal vez?

Se duchó y se puso un caftán de tela guatemalteca tejida a mano. Era a rayas verticales y estrechas, de color rojo, verde, azul, amarillo, lavanda, negro y blanco. Las sandalias (ocultas debajo del caftán) eran bajas y cómodas. Los pendientes largos se balanceaban notablemente. Se miró al espejo y estudió el rostro redondo y moreno que demostraba sus orígenes mestizos: los ojos negros inclinados sobre los pómulos altos, los labios generosos, la curva maya de su nariz. No se arrepentía de no saber maquillarse. Aquella mañana tenía muy buen aspecto.

—¿Anna? —Nick la llamó desde la sala.

Salió. El desayuno estaba sobre una de las mesas y él se había apoyado contra una pared y tenía un tazón en la mano. La miró de arriba abajo y comentó:

—Muy bonita.

Anna sintió cierta irritación. La mirada y el comentario eran absolutamente típicas de un humano del sexo masculino. Después de pasar veinte años entre los hwarbath tendría que haber aprendido mejores modales.

Se sentó. El desayuno consistía en café, tostadas y un cuenco con algo gris. Otra clase de comida humana, pensó, hasta que lo probó. Era harina de avena. Vio el cuenco del azúcar lleno de cristales de color pardo, y la jarra llena de leche azulada, y se sirvió ambas cosas. Algo lograron, pero la harina de avena seguía sabiendo a harina de avena.

—¿Qué ocurrió ayer?

—¿En la reunión? Lugala Tsu decidió repentinamente que quería unirse a las negociaciones. Estaba en su derecho. Es un Principal.

—Y tú fuiste despedido.

—Sí. —Tomó un trago de café.

—¿Porqué?

—El Principal no se siente cómodo conmigo. Está dispuesto a sentarse frente a extraños. Es algo que hay que hacer cuando se quiere negociar. Pero no está dispuesto a ver a un extraño por el rabillo del ojo.

Esto era casi con certeza una forma de decir que Nick era poco de fiar y que debía estar en el sector de la sala reservado a los humanos.

—Ese individuo es un tonto del culo.

—Podríamos decir que sí, pero eso sería difamar una parte del cuerpo cuya utilidad es incuestionable. Prefiero pensar en Lugala como en un tumor.

Ella se echó a reír.

—¿Eso significa que estarás disponible para las conversaciones de las mujeres?

—Tal vez. Tsai Ama Ul ha pedido que me presente hoy, y aquí estoy. Pero es probable que Lugala Minti sienta lo mismo que su hijo. Aunque eso no será un problema en esta reunión. Ella no asistirá. Pero cuando lo haga…

—Están intentando arruinar las negociaciones.

Nick guardó un instante de silencio.

—Creo que no haré comentarios sobre eso. ¿Te gustó el uniforme que llevaba el hijo de Lugala?

—Tendría que ser una talla más grande.

—Sorprendente, ¿no? ¡El Cuerpo de Arte normalmente es tan de fiar!

Nunca lo había oído emplear aquel tono: suave y malicioso.

Recordó que él había trabajado en obras de teatro. Probablemente tenía amigos en el Cuerpo de Arte.

—¿Eso no es mezquino?

—Anna, aún no sabes lo que es la mezquindad. Cuando un par de tíos duros como el general y Lugala Tsu deciden enfrentarse, se abre un panorama de mezquindad que ni tú ni yo podemos comprender. ¿Recuerdas la primera vez que viste las Montañas Rocosas? ¿Ó el mar? ¿O la Tierra desde el espacio? Si estos individuos se ponen en marcha, será algo así.

—¿Se pondrán en marcha? ¿Habrá algo así como una lucha interna?

—No lo sé.

Anna terminó de desayunar y fueron juntos hasta la sala de reuniones que usaban habitualmente. Allí esperaban las dos mujeres alienígenas, vestidas con sus espléndidas túnicas de siempre. La de Tsai Ama Ul era de piezas hechas con un material brillante, de color azul oscuro. Ama Tsai Indil llevaba brocado de color amarillo brillante. De sus enormes orejas colgaban hileras de pendientes. Esta vez eran finas cadenas de oro acabadas en cuentas de oro. Cada vez que movía la cabeza, aunque sólo fuera ligeramente, las cuentas se agitaban y resplandecían.

¡Qué gente tan chillona! Y si el Cuerpo de Arte era tan de fiar y los sastres capaces de confeccionar la clase de ropa que estaba viendo… ¿por qué Nick solía tener un aspecto tan inadecuado?

Concluyeron el ritual de los saludos y se sentaron, Nick un poco más atrás, como de costumbre.

—Mi socia principal me ha indicado que comience —dijo Ama Tsai Indil—. En su opinión, los hombres… —Indil continuó en el lenguaje de los alienígenas.

—Los hombres la están jodiendo —dijo Nick en inglés.

Ama Tsai Indil inclinó la cabeza. Los pendientes se agitaron.

—En nuestro idioma, la metáfora es diferente. Nosotros decimos armar un enredo.

»Esto es especialmente cierto ahora que el hijo de Lugala ha decidido pelear con el hijo de Ettin. Tsai Ama Ul no hará comentarios sobre esta conducta, que es típica de los hombres y que no necesariamente hará que Lugala o Ettin parezcan más deseables como fuentes de material genético.

»Pero está convencida de que las actuales negociaciones son importantes y de que no deberían dejarse de lado simplemente porque dos hombres intentan obligarse mutuamente a retroceder.

»La mujer de Tsai Ama no hablará de guerra ni de ningún otro asunto militar. El combate es un arte masculino. Pero las negociaciones relacionadas con la paz y con la guerra, lo mismo que el arte de la paz, corresponden a las mujeres.

¡Qué precisa era aquella gente! Anna no lograba imaginarse hablando así, casi sin modificativos ni calificativos, sobre todo después de pasar años redactando artículos académicos.

—Tsai Ama Ul quiere saber de labios de Sanders Nicholas qué ocurrió ayer, y después quiere conocer tu opinión sobre las negociaciones, mujer de Pérez.

—De acuerdo —respondió Anna.

Nick habló en el lenguaje hwarhath. Ella no pudo deducir gran cosa del tono que empleaba, ya que el sonido de la lengua era muy distinto al del inglés. Pero su voz parecía serena. Las mujeres alienígenas lo miraban atentamente. Él mantenía la vista baja, salvo cuando Tsai Ama Ul le hablaba y probablemente le hacía preguntas. Luego la levantaba brevemente antes de responder.

Este lenguaje de miradas era más complicado de lo que había imaginado. Nick hacía algún tipo de afirmación cuando miraba a la mujer a los ojos: «Digo la verdad. Hablo como un igual. Hablo como un amigo.»

Finalmente, concluyó.

Ama Tsai Indil dijo:

—Ahora mi socia principal quiere oír lo que tú crees que está sucediendo.

Anna levantó la vista brevemente y se encontró con la mirada amarilla de la mujer de Tsai Ama.

—No estoy segura. Mi especialidad no es la diplomacia. Es la inteligencia alienígena. Estoy aquí más o menos por accidente, por lo que ocurrió durante la última ronda de negociaciones. ¿Qué creo que está sucediendo? —Miró la alfombra de color vino—. Creo que Charlie Khamvongsa está bien, es un hombre honorable al que le gustaría que reinara la paz. Tengo la impresión de que Ettin Gwarha también está bien, aunque no estoy segura de cuáles son sus motivaciones. Creo que Lugala Tsu está creando problemas.

—Tradúcelo tú —dijo Ama Tsai Indil a Nick.

Así lo hizo.

Tsai Ama Ul respondió:

—No estás aquí por accidente. Tu conducta anterior ha demostrado que actuarás decentemente y con honor, aunque esto te cause un conflicto con otros humanos; y es bueno que esté presente en las discusiones alguien acostumbrado a pensar en el tema de la inteligencia. Para que nosotros hablemos tenemos que estar en condiciones de pensar qué hace que las personas sean distintas a los animales. De otro modo, las diferencias entre los hwarhath y la humanidad parecerán enormes e imposibles de salvar.

»Resulta difícil describir lo inquietante que nos resulta tu conducta. Siempre hemos creído que el sexo era una de las diferencias fundamentales entre las personas y los animales. Los animales tienen épocas de apareamiento. Las personas no. Entre los animales, sexo y reproducción son casi lo mismo. Entre las personas están casi totalmente separados.

«Pensábamos que esto era lo natural e inevitable. Una vez que un animal posee inteligencia y es capaz de elegir, no seguirá viviendo como lo hacían sus antepasados, mezclando las cosas…¿luchando y reproduciéndose y criando hijos y buscando amor, todo junto. ¡ Ah! Hemos visto estas cosas en los campos y en las riberas de nuestro planeta. Cómo los miembros masculinos de la especie se golpean mutuamente y se despedazan con sus garras, cómo se aparean de manera frenética, cómo los hijos pueden resultar asesinados…

Ama Tsai Indil se interrumpió y respiró profundamente.

—Ama Tsai Ul ha concluido diciendo: Ahora hemos encontrado criaturas con una lengua y una cultura, que pueden viajar por el espacio, pero que se comportan unos con otros de una forma que nos parecía imposible que se diera entre seres poseedores de inteligencia.

—Por eso tu habilidad es importante, mujer de Pérez.

Caramba. Miró a Nick.

—¿Y ahora qué digo?

—Siempre la verdad, Anna.

Ella no sabía cuál era la verdad. Volvió a mirar muy brevemente a Tsai Ama Ul.

—No sé muy bien cómo responder. Ni siquiera sé si me has hecho una pregunta. Nosotros siempre habíamos pensado que la heterosexualidad era lo natural. Es lo común en todas las otras especies animales de nuestro planeta. Pensábamos que era natural que hombres y mujeres vivieran juntos y criaran a sus hijos juntos. También hacen eso muchas especies animales.

»Cuando os encontramos tuvimos una reacción similar a la vuestra. Durante el año pasado hablé con una serie de expertos. En su mayoría coinciden en que esta sociedad no tiene ningún sentido. Que no debería existir. Algunos piensan que en realidad no existe: hay algo que no encaja en nuestra información. Los prisioneros que hemos tomado nos han mentido, o pertenecen a una subcultura aberrante. Algo se pierde con la traducción. Tal vez los traductores mienten. Un hombre me lo dijo claramente. Sabía lo de Nick. —Nicholas se echó a reír—. Estamos en la misma situación que ustedes. Esperábamos encontrar alienígenas que fueran distintos a nosotros, realmente distintos. No esperábamos encontrar alienígenas que fueran muy parecidos y tuvieran algunas diferencias notables. Eso nos desconcertó; y entre los humanos hay personas que… no diría que quieren pelear, pero en realidad no se imaginan la vida si no es peleando, temen dar los pasos que conducen a la paz. Piensan que seremos embaucados y traicionados. Y el secreto no ha ayudado. ¿Cómo podemos negociar con tan poca información?

Nicholas tradujo sus palabras.

Tsai Ama Ul ladeó la cabeza, movimiento que podía significar casi cualquier cosa. Después habló.

Ama Tsai Indil dijo:

—¿Crees que la mayor parte de tu gente quiere la paz?

—Nick ha debido de contarles algo sobre nuestro planeta —repuso Anna—. Solíamos tener muchas sociedades diferentes… muchas naciones, que se han unido hace poco tiempo. Ni siquiera tenemos una única cultura y un único gobierno. Los diferentes grupos quieren cosas diferentes. La mayor parte de los humanos quiere la paz, pero no todos, y en este momento nuestro gobierno es tan complicado, está compuesto por piezas tan diversas, que resulta difícil decir qué pretende, si es que pretende algo.

Tsai Ama Ul la escuchó y luego volvió a hablar.

—¿Crees que lo que salga de estas negociaciones será perjudicial, tanto para los tuyos, como para el Pueblo?

—No lo sé. Pienso que el conocimiento siempre es mejor que la ignorancia, y que ambos nos beneficiaríamos de un intercambio de información. Más allá de eso… ¿quién sabe? Es posible que la humanidad necesite tener ahora mismo un enemigo externo, teniendo en cuenta que hace tan poco tiempo que estamos unidos. En ese caso, alcanzar la paz podría acabar por perjudicarnos. Tal vez ustedes son monstruosos y malvados. No lo sé. Aunque Nick dice que sois buenos, y confío en él —Nick volvió a reír—. Tal vez la humanidad encierra algo que representa un serio peligro para vuestra sociedad. Tampoco lo sé.

Tsai Ama Ul escuchó y luego habló.

—Siempre hemos tenido enemigos. Nuestros hombres siempre han luchado. Para ellos sería difícil renunciar a la lucha. Para nosotras sería difícil saber qué hacer con ellos si nuestra historia de luchas llegara a su fin. ¡Ah! ¡Una idea espantosa! ¿Para qué sirven los hombres si no hay enemigos ni fronteras que proteger? ¿Cómo van a pasar el tiempo? ¿Cómo van a sentir respeto por ellos mismos? —Miró a Anna con expresión reflexiva. Anna bajó la vista—. ¿Y cómo sería el universo si en él hubiera personas como vosotros? No como rumores ni como algo que se ve de lejos, sino como vecinos. Ya hemos empezado a cuestionarnos nuestra propia historia y nuestras propias ideas acerca de lo que es correcto o incorrecto.

»Pero no me gusta la idea de una guerra librada con desconocidos por ignorancia, sin reglas establecidas y sin límites a la violencia. Eso sería un retorno al salvajismo de los animales. Sería abandonar todo lo que hemos logrado desde que la Diosa entregó la pequeña caja negra de la moralidad a la Primera Mujer y al Primer Hombre.

Hizo una pausa y volvió a hablar.

—La reunión ha terminado —anunció Nick—. La mujer de Tsai Ama dice que empieza a sentir dolor de cabeza.

Salió con Nicholas. Una vez fuera de la sala, él le dijo:

—¿Realmente has conocido a alguien que pensaba que me estaba inventando la sociedad hwarhath?

—No es que lo dijera claramente, pero pensaba que era muy interesante, «sugestivo» fue la palabra que empleó, que una persona clave del equipo humano de traductores fuera… —vaciló, intentando buscar la palabra adecuada.

—La más adecuada es homosexual —dijo Nicholas en tono frío y un tanto irónico—. La palabra me desagrada. No me gusta el hecho de que su formación sea irregular, y siempre he considerado que tiene un aroma ligeramente antiséptico, que apesta a ciencia y a intelecto. Preferiría una palabra que oliera a vida corriente. Pero en realidad nunca hay palabras adecuadas para un grupo que resulta desagradable.

Le pareció notar ira bajo la frialdad y la ironía de su voz.

—¿A qué te refieres cuando dices que su formación es irregular?—preguntó Anna.

—Sus raíces pertenecen a dos lenguas distintas: «Homo», que en griego significa «igual» y «sexual» que procede de la palabra latina para el «sexo». Alguien la acuñó en el siglo XIX y no logro imaginar en qué estaba pensando.

Caminaron en dirección a los aposentos de Anna. Mientras atravesaban el vestíbulo de la entrada, Nick comentó:

—De vez en cuando pienso que no es la palabra adecuada para Gwarha y para mí. Nosotros no pertenecemos a la misma línea evolutiva. Se podría argumentar, y lo haré, demonios, que somos miembros de sexos similares o análogos. En ese caso, la palabra correcta sería «homeosexual», de la palabra latina que significa «sexo» y de la griega que significa «similar».

»Hay algo agradable en la idea de inventar una nueva forma de actividad sexual y la palabra que designa esa actividad.

Realmente parecía encantado. La ira había desaparecido por completo de su voz. Llegaron a la puerta y ella apoyó la palma para abrirla.

—Debo informar al general —anunció Nicholas.

—¿Cómo crees que ha ido la reunión?

—No lo sé. Las cosas se están complicando. Lugala Tsu ha decidido actuar. Tsai Ama Ul ha decidido que las mujeres tienen que hacer algo. La Diosa sabe quién va a tomar la próxima decisión.

Nicholas se fue y ella cruzó la puerta. Ésta se cerró. Anna se sentó en el sofá; se sentía agotada. ¿Qué hora era? La última hora de la mañana. Tenía que pasar por los aposentos de los humanos y unirse a sus colegas para almorzar. Al demonio con eso. Se dio una ducha y luego durmió una siesta. A media tarde (si es que esa palabra tenía algún significado en la estación) salió al encuentro de Charlie y le contó lo que había sucedido.

—Entiendo perfectamente por qué a Tsai Ama Ul le dolía la cabeza. A mí también me empieza a doler —dijo—. Creo que ya es hora de pedir consejo a la Tierra.

Le habían explicado el procedimiento. Era casi tan complicado como el que habían utilizado para llegar a la estación. Los hwarhath enviarían un mensaje sellado al primer punto de transbordo, luego utilizarían una de sus propias sondas para despachar el mensaje a una nave de la Tierra que esperaba; allí abrirían la sonda, cogerían el mensaje y lo enviarían.

La respuesta llegaría siguiendo el camino inverso: en la sonda humana hasta el primer punto de transbordo, y luego mediante alguna clase de transmisión de los alienígenas.

El sistema evitaba diversas formas de traición demasiado complicadas para que ella las recordara; le pareció sorprendentemente tedioso. Sin duda, la confianza ahorraría tiempo y sería mucho más eficaz.

<p>XX</p>

El general estuvo ocupado hasta mediado el sexto ikun. Redacté un memorándum en el que describía la reunión con Tsai Ama Ul; luego fui hasta el gimnasio más cercano y practiqué el hanatsin a solas, haciendo series de movimientos lentos delante de un espejo. No me resultó fácil. No me gustan los espejos ni los movimientos lentos. Pero es una buena disciplina y creo que estoy a favor de la disciplina.

[No. La soportas cuando no tienes más remedio, y la evitas cada vez que puedes. Nunca la aceptas.]

Después recorrí la estación hasta que llegó el momento de presentar mi informe.

El general me había dicho que fuera a los aposentos de sus tías. Él estaba allí, en una habitación deliciosamente vacía. El suelo era de piedra pulida; las paredes de yeso pintado de amarillo. Ninguna puerta quedaba a la vista aunque yo acababa de entrar por una. En cambio, a cada lado de la habitación había ventanas grandes y altas que daban a una costa ventosa. Por ambos lados se veía el océano, encrespado y formando espuma a lo largo de la orilla. En los otros dos lados había dunas cubiertas por vegetación de color verde plateado. Un alto animal bípedo acechaba entre la vegetación y su cabeza —al final de un cuello largo— sobresalía entre las hojas plateadas, con la evidente intención de cazar. El animal estaba cubierto por algo de color azul brillante que podrían haber sido escamas.

Salvo por las cinco sillas de madera dispuestas en círculo, la habitación estaba vacía. El general se sentaba en una de ellas. Sus tías ocupaban las otras tres. Llevaban túnicas de tela sencilla y oscura: vestimentas propias del lugar, las que usaban habitualmente.

Hice los ademanes propios de la presentación. La habitación tenía dispositivos para el sonido. Oí el lento y monótono rugir del océano y gritos estridentes que tenían que pertenecer a animales, aunque no supe de qué clase. No eran del cazador azul.

—Siéntate —me dijo Ettin Aptsi.

Me acomodé en la silla vacía.

—Informa —me indicó Ettin Per.

Describí la reunión entre Tsai Ama Ul y Anna.

Cuando concluí, Ettin Per dijo:

—¿Qué opinas tú de la mujer de la Tierra?

Levanté la vista brevemente sin mirarla a los ojos. Por detrás de ella sobresalía la parte superior de una duna. Unas hojas largas y estrechas se curvaban con el viento. Las nubes se movían en un cielo azul oscuro.

—Me cae bien. Me cayó bien desde la primera vez que la vi. Los otros humanos se sentían incómodos con el Pueblo, y tenían aún más problemas conmigo. Vi la expresión de su rostro cuando miró más allá de mí y vio a Gwa Hattin. Parecía una criatura en Navidad.

—Estás usando palabras que no comprendemos —dijo Ettin Tsai—. Explícate.

—Es un día en que los humanos, algunos humanos, hacen regalos a sus niños. Cerca del solsticio, en la época más oscura del año y donde yo crecí, y donde creció Anna, casi siempre hace frío. Los regalos son para dar alegría. Anna miró a Hattin y vio un regalo.

»Cuando me miró a mí su expresión cambió, y no estoy seguro de saber lo que estaba pensando. Pero no pareció incómoda. Tal vez curiosa y atenta.

»Pensé: ésta es una persona que no teme a la gente a la que no comprende. Una rara cualidad entre los humanos.

—Y entre los miembros de Pueblo —dijo Ettin Per con su voz profunda—. ¿Crees que podemos confiar en ella, Nicky?

—Sí.

Ettin Per prosiguió:

—Y ella cree que el embajador humano es digno de confianza. ¿Gwarha?

—Coincido, aunque no comprendo la postura del embajador. Los soldados humanos le desobedecieron durante la última ronda de negociaciones. Esto indica que él no es el único que está al frente. Si llegamos a un acuerdo con él, ¿qué significa? No tengo ni idea.

—¿Nicky? —preguntó Ettin Tsai.

—Existe un elemento de riesgo. Como dijo Pérez Anna, el gobierno de los humanos es complicado, y las diversas partes no siempre coinciden. Pero tengo la impresión de que el embajador está en mejor posición de lo que solía estar. Los militares realmente lo estropearon todo, y creo que han tenido que retroceder bastante. Entre la gente que tiene a su lado no hay nadie que piense desafiarlo directamente ni, me parece, desobedecer sus órdenes.

»Pero no sé cuál es la situación en la Tierra, y creo que incluso la de aquí podría cambiar.

—Sin embargo… —Ettin Per pareció reflexionar—. Entre los humanos tenemos dos posibles aliados. Esto es algo que vale la pena tener en cuenta.

—Hay tres problemas —señaló Ettin Tsai—. Los humanos, los Lugala y Tsai Ama Ul. Lo que Gwarha dice acerca de los Tsai Ama es digno de consideración.

—Nicky dice que Tsai Ama Ul nos ha hecho una advertencia —dijo Ettin Aptsi—. Esta disputa no ha favorecido a Ettin ni a Lugala.

—Eso podría ser cierto de momento —intervino Ettin Per—. Si Gwarha logra hacer retroceder al hijo de Lugala y llegar a un acuerdo con los humanos, estará al frente de todos los principales. Eso es bueno, ¿no?

—Estaré en una buena posición —respondió Gwarha con cautela.

—Él no tiene hijos, y está llegando a una edad en la que es adecuado tenerlos. Si los problemas actuales se resuelven bien, Tsai Ama se interesará. La pregunta es: ¿Nos ayudarán ahora? ¿Y qué podemos ofrecerles?

Era evidente, incluso para mí: las primeras muestras del semen de Gwarha, además de una garantía de que el número de hijos que tendrá será limitado. Un trato muy bueno, que Tsai Ama Ul probablemente no pasará por alto, a menos que decida que necesita más información sobre Gwarha. Si tuviera serias dudas con respecto a él y a sus aptitudes reproductoras, esperaría hasta que la actual situación se resolviera. Pero en ese caso, por supuesto, habría perdido la oportunidad de hacer un trato tan bueno.

[En eso tienes razón.]

Gwarha dijo:

—¿Necesitamos algo más de Nicky?

Las tías dijeron que no y me dieron las gracias cortésmente. Gwarha pareció aliviado. Sabe lo que pienso de la política genética. Si hubiera querido escuchar conversaciones como ésta, me habría quedado en Kansas y habría asistido a la Facultad de Agricultura.

Los dejé con su conspiración. Tenía la intención de preguntar sobre el paisaje que se veía por las ventanas, pero no tuve ocasión de hacerlo.

[Se trata de una grabación tomada en una casa de la costa este del Gran Continente del Norte. Mis tías se quedan allí cuando el Tejido celebra una reunión. Como dice el poeta: «Además de las montañas, está el mar.»]

Más tarde, por la noche, le pregunté si esas conversaciones no le molestaban. Él estaba disponiendo el tablero de eha y preparándose para otra partida con el maestro muerto hacía tanto tiempo.

—No te entiendo —dijo.

—¿No te molesta que otras personas decidan todo lo relacionado con tus hijos, incluso si vas a tenerlos?

Terminó de colocar las piedras del eha y me miró.

—Tengo mi propia opinión. He dicho a mis tías que los hombres de Tsai Ama y Ama Tsai no son nada especial. Si nace una criatura, sería mejor que fuera del sexo femenino. La clase de hombres que producen esos linajes no haría crecer nuestra reputación, y no quiero hijos haraganes.

No, por supuesto que no, cariño. Tú quieres jóvenes duros e inteligentes, de buenos modales y con un tremendo instinto para el poder. Dentro de veinte años, si aún estoy en pie, tal vez los vea salir del perímetro…

[Los verás.]

—No sé qué estás sugiriendo. ¿Que debería decir a mis tías cómo tienen que hacer su trabajo? No me gustaría que ellas me dijeran cómo ser un principal.

¿Cómo explicarlo? Me molestaba verlo plácidamente sentado mientras sus tías hablaban de reproducirlo como un toro premiado. Me molestaba que algo que le pertenecía —su relación con el futuro, en nombre de la Diosa— se convirtiera en una ficha del juego de las mujeres de Ettin.

Él escuchó sin moverse, con expresión grave. Finalmente guardé silencio. Él levantó la mirada. Sus pupilas se habían dilatado bajo la débil luz, y pude verlas claramente: anchas líneas negras como barras que atravesaban los iris.

—Al parecer piensas que tengo derecho a todo lo que mi organismo produce. Es un derecho al que renunciaré de buen grado. No tengo ningún deseo de conservar mi mierda. No me importa demasiado lo que ocurre con ella, siempre que sea utilizada adecuadamente. —Hizo una breve pausa—. ¿Y en qué sentido mi material genético es mío? No lo creé de la nada. Nací de una mujer de Ettin y de un hombre de Gwa, y ellos los recibieron de sus padres, y así sucesivamente, generación tras generación, hasta los tiempos anteriores a todos los linajes.

»Me parece que tengo tanto derecho a eso como a poseer las colinas de Ettin, o los ríos que corren entre ellas, o el cielo que cubre nuestras cabezas, o la casa en la que nací.


Del diario de Sanders Nicholas, etc.

<p>XXI</p>

Durante los días que siguieron no ocurrieron demasiadas cosas. Anna observó las negociaciones, que continuaron bajo un signo negativo. Lugala Tsu ya no se movía ni hacía muecas. En cambio se arrellanaba en la silla, inmóvil y con expresión taciturna. Los demás —los hwarhath y los humanos— parecían incómodos, salvo el general, que se mostraba sereno.

El intercomunicador la despertó una mañana con el sonido de unas campanas al viento suave y errático.

Era Ama Tsai Indil. Habría otra reunión con las mujeres hwarhath. Nicholas no estaría presente. Lugala Minti había puesto objeciones a que asistiera.

—No tengo inconveniente —respondió Anna.

—¿Qué?—preguntó Indil.

—No tengo nada que objetar.

—Te resultaría difícil poner objeciones, Pérez Anna. Lugala Minti es miembro importante de un linaje muy poderoso. Y por lo que sabemos, tú no tienes una verdadera familia.

—Eh —dijo Anna—. Soy de Chicago e Illinois. Eso debería contar.

Apagó el intercomunicador antes de que Indil pudiera preguntarle por el linaje de Chicago, y fue a vestirse. No le complacía la idea de que Nick no estuviera. Le gustaba encontrar el desayuno preparado, y nunca se le había dado muy bien preparar café.

Comió mantequilla de cacahuete con un panecillo y tomó agua del grifo de los alienígenas. Había sido reciclada y salía destilada y pura.

Después se dirigió a la sala de reuniones.

Las mujeres —todas ellas— estaban esperando: las tres hermanas con las túnicas de color oro y carmesí, Tsai Ama Ul vestida de color plateado, Lugala Minti de negro y Ama Indil de gris claro.

Volvieron a hablar de la condición de las mujeres en la Tierra. Esta vez la conversación avanzó más lentamente. Ama Tsai Indil no era tan buena traductora como Nicholas.

Tuvo la misma sensación que solía tener cuando conversaba con Vaihar. Aunque hablaban el mismo idioma (al menos ella y Ama Indil) y aunque parecían coincidir en el significado de las palabras que utilizaban, la comunicación era fragmentada; y tuvo la sensación de que las preguntas importantes no se planteaban. Las mujeres hwarhath daban rodeos en lugar de abordar el tema realmente importante. Tal vez lo estaba imaginando, influida por la imagen de Charlie con respecto a la singularidad.

Finalmente, dijo:

—Os he hablado de la Tierra lo mejor que he podido. Ahora me gustaría saber algo de vuestro planeta.

Lugala Minti respondió:

—Nuestra sociedad está organizada como debe ser, según las reglas que la Diosa ha dado al Pueblo.

Una respuesta adecuada, al menos se lo parecía a la mujer de Lugala. Se arrellanó y cruzó las manos sobre el abdomen. La luz le caía sobre la túnica en el ángulo adecuado, y Anna vio el dibujo del brocado, negro sobre negro: una red hecha de estrechas ramas que se entrecruzaban. Unas flores grandes y delicadas se abrían en las intersecciones; salvo por las espinas largas y puntiagudas, el resto de cada rama estaba desnudo.

Ettin Per arrugó el entrecejo y habló con voz estridente.

Ama Tsai Indi! dijo:

—La mujer de Ettin nos ha recordado que la Diosa no es simple. Sabemos que hace falta algo más que una teoría para explicar su universo. Tal vez existe más de un camino acertado que seguir.

Lugala Minti pareció furiosa.

Tsai Ama Ul se inclinó hacia delante y habló.

—Según la mujer de Tsai Ama, hay muchas cosas que no pueden decirse. Recuerda que somos enemigas, al menos de momento, y son los hombres quienes deciden qué información es estratégica.

»Ella, la mujer de Tsai Ama, dice que contará una historia acerca del origen del mundo. Ni siquiera los hombres pueden poner objeciones a esto. Todo el mundo coincide en que no es literalmente cierta, y es muy antigua, lo que significa que no te dice nada acerca de nuestra situación actual. Pero sí dice algo acerca de nuestro mundo.

»En el principio no existía nada salvo la Diosa y un monstruo. En cuanto se miraron se enemistaron, y lucharon hasta que la Diosa mató al monstruo.

»Cuando el monstruo murió, la Diosa le quitó los ovarios y fecundó los huevos de los ovarios, utilizando su propio semen.

¿Qué?

—Después cogió el cuerpo del monstruo y creó el mundo. Las montañas altas son lo que queda de la espalda acorazada y espinosa de la criatura. Las llanuras y los valles surgen de su ancho y arrugado vientre. Los dientes del monstruo se convirtieron en los cuatro planetas principales. El sol es su cerebro, lleno de ideas violentas.

»Cuando terminó de crear el mundo, la Diosa cogió los huevos del monstruo y les dio forma de criaturas vivientes. Los huevos del ovario derecho se convirtieron en animales; y los del ovario izquierdo pasaron a ser los antepasados del Pueblo. En ese momento no tenían criterio ni capacidad de discriminación. Sólo eran otra clase de animal, más débil y más miserable que la mayoría. Pero la Diosa sabía en qué se convertirían. Los colocó tiernamente en el mundo. Enseguida empezaron a gatear y a arrastrarse por el enorme cuerpo del monstruo. La Diosa los observaba con amor.

Guardó silencio. Las mujeres se movieron un poco, se arreglaron la ropa, alisaron las arrugas.

Anna comentó:

—Has dicho que la Diosa fecundó los huevos. Coa que era una mujer.

Tsai Ama Ul habló. Ama Tsai Indil tradujo.

—Como ha dicho la mujer de Ettin, la Diosa no es simple. Tiene muchas formas y apariencias. Por lo general, cuando lucha, es un hombre.

¿Qué le decía ese mito con respecto al Pueblo? El mundo surgía de la violencia y la muerte. La Diosa era ambigua. El sol —la luz del mundo— era la mente feroz de un monstruo.

No era una especie agradable.

La reunión concluyó. Anna regresó a sus aposentos. Apoyó la palma de la mano en la puerta para abrirla. Nicholas estaba allí, sentado en su sofá.

—¿Cómo ha ido? —le preguntó.

—Aguarda un instante. —Fue a la cocina y sirvió dos copas de vino: esta vez tinto, un borgoña L-5 con el sabor que a ella le gustaba.

Le ofreció una copa a Nicholas y se sentó frente a él; antes de hablarle de la reunión, bebió un trago. Estaba cansada de desconfiar y sin duda él se enteraría de lo que ocurría de labios del general, que lo sabría por sus tías.

—Me siento estafada —dijo cuando terminó—. Les he contado muchas cosas de la Tierra, ¿y qué obtengo a cambio? Un estúpido mito.

—Un mito interesante, que yo no conocía. Pero Tsai Ama Ul es un pozo de información. —Nicholas miró la pared opuesta—. Violencia y procreación. Me pregunto a quién estaba hablando. ¿A las mujeres de Ettin o a ti? Ese relato te dice algo, tal vez mucho, sobre el Pueblo.

—¿Te parece?

Nicholas asintió.

—Aunque no estoy seguro de poder explicarte cómo. Es una historia complicada, y en ella hay muchas cosas que son lo contrario de lo que deberían ser. La madre del Pueblo no debería ser un monstruo violento. La Diosa no debería ser del sexo masculino, al menos en un mito que habla de la creación. —Guardó silencio un instante—. Los miembros del Pueblo creen fervientemente en el criterio y el discernimiento, pero también creen que algunas cosas no pueden comprenderse mediante el análisis. De modo que tal vez no debería intentar analizar el relato. De todas maneras, tengo que irme. —Se levantó.

—Has venido para averiguar cómo había salido la reunión.

—Por supuesto. Ya te dije que nunca puedo quedarme bastante tranquilo, y estoy realmente furioso con los Lugala. No voy a permitir que me aparten, ni que me obliguen a retroceder.

Anna terminó de beberse el vino. La copa de él estaba en una de las mesas, intacta. La cogió y la llevó a la cocina; devolvió su contenido al recipiente de donde lo había sacado.

<p>XXII</p>

El general no estaba en su despacho, de modo que esperé observando la enmarañada jungla púrpura que ocupaba un extremo de la habitación. Unas criaturas voladoras iban de un lado a otro entre las sombras. Animales semejantes a insectos gigantescos trepaban por los troncos de los árboles. Conocía el lugar: un infierno del que el Pueblo finalmente había sido expulsado, aunque detestaban absolutamente admitir la derrota. Ettin Gwarha había estado allí para negociar la retirada, no con los nativos —los miembros del Pueblo nunca habían logrado establecer comunicación con ellos— sino con los diferentes oficiales superiores, que se habían enemistado mutuamente por la frustración.

Un día, durante las negociaciones, empecé a sentirme inquieto, salí a dar un paseo por el límite de nuestro campamento y encontré una de las armas biológicas más notables que los nativos habían creado o que existían. La cosa casi me mata.

¿Por qué el general estaba examinando el fracaso más patente de su especie? Aunque él había hecho las cosas bien en el planeta. Los diversos oficiales superiores fueron convencidos de que cooperaran. La retirada se llevó a cabo ordenadamente. Él obtuvo un ascenso, y yo fui un poco más cuidadoso con lo que tocaba.

Su puerta se abrió. Lo observé y luego miré la jungla.

—No cabe duda de que no eran inteligentes —dijo.

—¿Qué especies?

—Ninguna. Lo que consideramos cooperación, era simbiosis. —Se volvió y quedó de cara a la jungla púrpura. Una criatura con muchas patas se arrastró por el suelo. Todo cuanto puedo decir es que medía un par de metros de largo—. He estado pensando que tal vez no es posible luchar con otras especies, sin duda no es posible hacerlo con algo parecido a las criaturas de ese planeta. Sólo se los puede matar como a animales. ¿Y para qué molestarse? En ese planeta no había nada que necesitáramos, salvo un enemigo, y ellos no comprendían las reglas de la guerra.

Se sentó ante la mesa y señaló la otra silla que había en la habitación. Me senté y le hablé de la reunión entre Anna y las mujeres.

—Ese es un mito del que jamás había oído hablar —comentó cuando concluí—. Lo más probable es que pertenezca a una de las culturas que ella ha estudiado. Que yo sepa, mis tías no han hablado con Tsai Ama Ul. Es evidente que deberían hacerlo. Ella está pensando en la procreación, lo que significa que está pensando en alianzas. Es una historia interesante. Se abre a posibilidades muy distintas. —Observó la jungla y abrió los ojos desorbitadamente. Me volví.

En el claro había algo nuevo: un cuerpo redondo que se balanceaba sobre seis patas semejantes a zancos. Sostenía a la criatura de muchas patas, que había dejado de moverse. Con otras dos extremidades que desplegó empezó a acariciar a la criatura de muchas patas, primero en la parte superior de la cabeza y luego en las enormes mandíbulas que parecían horribles tenazas.

—Está buscando comida, supongo. Recuerdo que en uno de los informes se decía que las criaturas de muchas patas producen una sustancia similar a la miel. —Me miró para asegurarse de que había usado la palabra inglesa correcta—. Si es abordado de la manera correcta, el animal regurgita la sustancia.

»Nuestra situación se vuelve cada vez más compleja. Lugala Tsu no representa un gran problema. Para ser un principal, uno debe tratar con principales. ¡Pero las mujeres! ¡Ah! —Guardó silencio, evidentemente reflexionando pero incapaz de hablar. Hay hombres hwarhath que se quejan de sus parientes del sexo femenino, algunos en voz alta y con todo detalle. El general piensa que ésta es la peor clase de malos modales, para no hablar de que pone de manifiesto un carácter débil y cobarde—. Me parece —dijo finalmente, eligiendo cuidadosamente las palabras— que podrían haber luchado con Lugala Minti y haber negociado con Tsai Ama Ul en casa. No necesitaban venir tan lejos.

—No puedes decir al Tejido lo que debe hacer.

—Ya lo sé, Nicky. Puedes irte. Quiero quedarme sentado, mirando mi jungla y pensando.

Al llegar a la puerta me volví para mirar. Patas Largas había terminado de hacer lo que estaba haciendo. Plegó las extremidades y se apartó delicadamente. La criatura de muchas patas se quedó inmóvil. Parecía aturdida.

—Vete —dijo Ettin Gwarha.

<p>XXIII</p>

Esa noche él celebraba una fiesta. Me quedé en mi despachó y revisé las grabaciones de los humanos: sus conversaciones privadas en las habitaciones que ellos creían seguras. No teníamos imágenes, sólo sus voces, que hablaban casi de cualquier cosa. La mayor parte de lo que decían no tenía valor estratégico. El servicio de información de los hwarhath ya las había analizado. Aquél era un segundo examen.

Hay ocasiones en las que los humanos hablan por la misma razón por la que los monos se acicalan. No se trata de comunicación sino de contacto. Es como decir: «Estoy aquí. Soy tu amigo. No estás solo.»

Por eso los miembros del Pueblo charlan menos que los humanos. Ellos pueden acicalarse. No tienen que hablar del tiempo ni de cómo se desenvuelve el equipo local ni, en este caso, de lo que echan de menos de la Tierra: jugar al criquet, un jardín de Suecia, la comida de la India, el teatro de Nueva York.

Supongo que puedo soportar la nostalgia, pero se parece demasiado al arrepentimiento.

Finalmente dejé de escuchar y me fui a mis aposentos, me di una ducha, me preparé un bocadillo y me senté a leer.

Al final del octavo ikun, Ettin Gwarha me llamó.

—Nicky, ven a verme.

Era un tono imperativo. Me vestí y fui a verlo.

Percibí el olor en cuanto entré: el aroma agridulce del halin mezclado con el perfume acre de los cuerpos hwarhath intentando librarse de las toxinas. Seguramente había habido un montón de gente en algún momento de la noche. Las mesas estaban llenas de copas y jarras de halin.

Quedaban tres personas. Hai Atala Vaihar levantó la vista para mirarme. Parecía sobrio y preocupado. Shen Walha estaba sentado junto a él, en una silla situada frente al general. Tenía los hombros caídos y la cabeza baja, y una copa de halin en la mano.

—Aquí, Nicky. —Dio unas palmaditas en el sofá, a su lado.

Me senté y lo miré a los ojos. Sus pupilas eran delgadas pero aún resultaban visibles.

—Hemos estado hablando de la humanidad —Gwarha hablaba con cuidado, asegurándose de que articulaba cada sílaba—. Pensé que podía interesarte. Wally…

Shen Walha levantó la cabeza. Sus ojos amarillos parecían vacíos. Estaba totalmente borracho. Bajé la vista.

—El Primer Defensor plantó una pregunta. —Estaba mucho más borracho que Gwarha, pero hablaba maravillosamente bien—. ¿Cómo podemos luchar con seres que no comprenden las reglas de la guerra? ¿Cómo podemos hacer las paces si no podemos cruzarnos unos con otros? Dije que no hay forma de hacerlo. Dije: debemos matar a los humanos como si fueran animales.

—Y yo te he llamado —dijo Gwarha. Su voz profunda era muy suave.

—Tal vez no sea una conversación adecuada para concluir una fiesta —apunté.

Wally vació su copa de un trago y la dejó en la mesa, frente a él. Se inclinó hacia delante y apoyó los codos en sus muslos anchos y peludos.

—Tienes razón, Nicky, no lo es. Pero si estuviera sobrio, no diría lo que he estado pensando, y si no lo dijera no estaría sirviendo al Primer Defensor ni al Pueblo.

»Os hablaré directamente, a Ettin Gwarha y a ti. Los humanos no son verdaderas personas, y si pensamos que lo son nos estamos engañando a nosotros mismos y cayendo en una trampa peligrosa.

—¿Qué es Nicky, si no una persona? —preguntó Gwarha.

Miré a Vaihar. Estaba sentado erguido, inmóvil, y con la vista baja: la postura de un oficial más joven que presencia la lucha de los oficiales superiores; hace todo lo posible por no llamar la atención y nada que pueda hacerlo vulnerable a la crítica.

—Ya conoces la respuesta, Primer Defensor. Es un animal, un animal muy inteligente, capaz de imitar la conducta de una persona. Si sólo lo hubiera conocido a él, diría que es una persona. ¡Pero conozco al resto de la especie! —Volvió a llenar su copa con el contenido de una jarra negra y cuadrada: una pieza de alfarería de calidad de la estación Asuth. ¿Por que demonios Gwarha permitía que unos borrachos jugaran con ella?

»Ellos lo mezclan todo. Todos estamos de acuerdo en eso. Pero también estamos de acuerdo en lo que nos convierte en personas. El criterio y la capacidad de hacer… —vaciló por primera vez, como si no pudiera recordar la palabra— distinciones. Eso es lo que nos diferencia de los animales y de la Población Red.

»Estas criaturas no pueden distinguir a los hombres de las mujeres, ni a los niños de los adultos. Se matan entre sí y practican el sexo unos con otros, como si no hubiera diferencias. ¿Cómo un hombre puede matar a una mujer? ¿O practicar el sexo con una mujer?

—Los hombres han hecho ambas cosas —comentó Gwarha.

—¡Por la procreación! Y eso es algo más que los humanos no pueden evitar. Al parecer no comprenden la diferencia entre practicar el sexo y tener hijos. ¡Nueve mil millones de humanos! ¿Están locos?

Hizo una pausa y bebió; luego dejó la copa.

—Ni siquiera parecen comprender la diferencia entre las verdaderas personas y las que sólo tienen aspecto de serlo. He visto los informes. Lucharán por mantener vivo algo que en realidad no es una persona: un niño que nació mal, alguien que ha quedado irremediablemente afectado por una enfermedad o una herida. Dicen que eso se debe a que la vida de los humanos es sagrada. ¡Ah! Pero dejan que otros humanos mueran de hambre o de enfermedades que pueden curarse, y no sólo los hombres, aunque eso ya sería bastante malo. Pero dejar que una mujer sana muera de hambre o un niño muera por una enfermedad menor… —Se interrumpió, como abrumado por el horror; y creo que realmente estaba abrumado. Wally es un individuo muy tradicional. La idea de matar a mujeres y niños, o de dejar que mujeres y niños mueran por dejadez seguramente es suficiente para ponerle los pelos de punta, aunque no aprecié que eso ocurriera realmente. ¿Parecía un poco más peludo que de costumbre? Me miró—. Es verdad, ¿no?

—Muy pocos humanos mueren de hambre, salvo cuando se produce alguna catástrofe, una inundación o un terremoto —le dije—. Pero teniendo en cuenta el tamaño de la población de la Tierra, resulta difícil mantener a todos alimentados como corresponde. Creo que es justo decir que al menos una parte de la población está mal alimentada, y las personas mal alimentadas son vulnerables a la enfermedad.

Y hay contaminación, superpoblación, un sistema médico que apenas funciona incluso en los países más prósperos. El tipo de atención médica que Wally estaba describiendo existe, y sale en las cadenas de noticias, pero la mayor parte de los humanos no tiene acceso a ella. No dije nada en este sentido.

Wally siguió adelante.

—Si la vida es sagrada, ¿por qué la Diosa nos ha concedido la muerte? ¿Acaso los humanos no se alzan contra ella y dicen que está equivocada?

—Ambas son sagradas —intervino Gwarha—. Ambas son dones grandiosos.

—Entonces, ¿por qué los humanos no pueden tratar a ambas con respeto? ¿Y con juicio, como la Diosa indicó a los padres de todos nosotros? Ellos matan cuando no deberían. Y no matan cuando deberían. No hay forma de tener una guerra decente con criaturas como éstas.

Gwarha se inclinó hacia delante y cogió la copa que estaba en la mesa: su copa personal predilecta, redonda y lisa. El cristal era de un blanco niveo.

—Dime otra vez lo que es Nicky.

—Para ti no es ningún secreto —dijo Wally—. Todo el mundo sabe lo del brazalete que le regalaste.

No estaba seguro de dónde lo había dejado al quitármelo. En algún lugar de mis aposentos. Pero no me resultó difícil recordar su aspecto.

Cada eslabón tiene la forma de una enredadera que se retuerce formando un círculo. En medio de cada eslabón, colocado entre las hojas doradas, hay una pieza de jade tallada en forma de tli. Gwarha me lo regaló hace años, al regresar de un viaje al que no lo había acompañado. En esa época no había visto un tli, pero sabía qué era: el pequeño embustero de las obras de animales.

—El mentiroso —dijo Wally—. El tramposo, el animal que se burla de los animales grandes y nobles.

—Ah —exclamó Gwarha. Parecía enfadado. Era el momento de poner fin a la conversación.

Me estiré y empecé a masajearle los músculos de la base del cuello.

—¿Qué? —preguntó.

¿Qué demonios estás haciendo, Nicky? Ésa era la pregunta completa. Le clavé la uña del pulgar. Él me miró brevemente y guardó silencio.

¡Muy listo! Aún sabía captar una señal. Seguí masajeándole el cuello. Tenía los músculos duros como rocas.

Todos guardamos silencio durante un rato. Wally había terminado con su discurso acerca de los defectos de los humanos y, sobre todo, de Nicky Sanders. Se quedó hecho un ovillo, mirando el vacío.

Vaihar levantó la cabeza, animado por el silencio o por la curiosidad que éste despertó en él. Cruzamos una mirada. Yo eché un vistazo a la puerta. Aquel encantador e inteligente sujeto bostezó y dijo que estaba casi dormido. Debía irse, realmente. Se puso de pie, tan cortés como siempre, y dio las gracias al Primer Defensor por la velada. Ni siquiera dijo una mentira. La calificó de interesante, y lo había sido, sin duda.

Luego se volvió hacia Wally. ¿El adelantado se iría con él? Se sentiría absolutamente agradecido de contar con su compañía.

Como si el regreso a casa fuera una especie de viaje épico en lugar de un corto paseo —o, en el caso de Wally, un arrastrar de pies— por pasillos bien iluminados.

Wally levantó la vista. El halin finalmente había hecho mella en él. Era evidente, podría haber alterado un tren expreso. No sé si pudo ver la sonrisa de Vaihar, u oír lo que indicaba su voz: deferencia y amabilidad mezcladas con una pequeña dosis de seducción. Vaihar lo hace todo a la perfección. La seducción era suficiente para hacer que su solicitud de compañía resultara interesante, aunque no lo suficiente para comprometerlo.

No sé si Wally captaba algo de todo esto. Parecía tener poca conciencia; pero se las arregló para levantarse de la silla y murmurar algo en agradecimiento a Gwarha. Vaihar puso un brazo alrededor del cuerpo ancho y peludo de Wally y lo condujo hacia la puerta. Los seguí. Mientras la puerta se cerraba, Vaihar dijo en inglés:

—Me debes una, Nicky.

—¿Qué? —preguntó Wally.

—Le estoy diciendo adiós a Nicky.

—No es una persona —dijo Wally y salió dando un traspié.

La puerta se cerró. Algo se rompió a mis espaldas. Me volví. Gwarha estaba de pie. Tenía las manos vacías y la pared de enfrente estaba manchada de halin. Sobre la alfombra había fragmentos de su copa preferida.

—¿Por qué lo has hecho?

—Estaba furioso. Estoy furioso. ¿Qué hay entre Vaihar y Wally?

—¿Por eso estás furioso?

—No. Claro que no.

—Vaihar estaba llevándose a Wally antes de que perdiera su trabajo y tú perdieras al mejor jefe de operaciones del perímetro.

—Ya lo he perdido —afirmó Gwarha—. No quiero entre mi personal a nadie que diga esas cosas sobre ti.

—Podemos hablar de esto mañana.

—No es una decisión tuya.

—Sí, Primer Defensor.

Me miró. Tenía las pupilas más estrechas que antes, aunque no había bebido nada desde que yo había entrado en la habitación.

—¿Cómo puedes soportarlo? ¿Por qué no estás furioso? —No quiero hablar.

—Entonces vete.

—Creo que será mejor que me asegure de que te acuestas, a menos que prefieras pasar la noche cerca del equipo de evacuación.

—No voy a vomitar. No estoy tan borracho.

—Me alegro por ti.

Por un instante pensé que iba a mostrase terco o que volvería a darme órdenes. Entonces del fondo de su garganta surgió ese ruido parecido a una tos que denotaba diversión.

—No quiero discutir más. No contigo. Ni de esto. Buenas noches. —Se marchó con paso bastante firme hacia su habitación.

Decidí que podía arreglárselas solo y miré a mi alrededor. En realidad, tendría que haberlo dejado todo tal como estabas los cercos y los charcos de halin sobre las mesas, la mancha en la pared y los trozos rotos en la alfombra. Para que por la mañana Gwarha viera la clase de cerdo que era.

Pero la limpieza es la maldición de mi familia, y me resultaba difícil dejar la habitación así. De modo que la ordené; dejé las copas y las jarras amontonadas en la cocina y todo limpio, incluso los trozos de la copa que él había roto. Después fui a verlo. Dormía, haciendo los ruidos que siempre hace cuando se va a dormir borracho.

Qué noche. Llené un vaso con vino y me senté en la sala, frente a la pared recién lavada. El sistema de aire se estaba vaciando y volviendo a llenar. Los malos olores se iban desvaneciendo. Oí el zumbido del ventilador y pensé en el tli.

Había visto al menos uno cada vez que había visitado el planeta madre, por lo general al anochecer o a primera hora de la mañana, cuando yo salía a caminar. El animal estaba escarbando en una pila de estiércol, o hurgando en el jardín en busca de algo que comer; era una pequeña criatura redonda y peluda, de un tamaño entre el de una rata y el de una zarigüeya. Tiene el hocico en punta. Las orejas grandes y copetudas. Y una cola prensil larga, estrecha y peluda.

En una ocasión había visto un ejemplar muy grande que se escabullía por un callejón en medio de una capital hwarhath.

Vive en todas partes. Come de todo. No hay forma de librarse de él. La gente lo mira con exasperación y respeto.

Cuando Gwarha me regaló el brazalete, me dijo que el jade era el color de mis iris. Ésa fue la única razón que dio para haberlo comprado, a pesar de que se lo pregunté más de una vez. ¿Por qué el tli? ¿Qué clase de tli?

En las obras de animales para niños, que son invariablemente morales, el tli es un mentiroso, un ladrón y un lioso. Sus intrigas siempre son desbaratadas, y al final de la obra siempre es castigado.

Las obras de animales para adultos son obscenas y se burlan de todos los valores básicos de la sociedad hwarhath, de vez en cuando incluso de la homosexualidad, aunque en esos casos lo hacen con sumo cuidado. En las obras para adultos, el tli es como el Hermano Conejo: un individuo listo que engaña y descubre a los animales grandes, que son pendencieros e hipócritas, no héroes.

¿Entonces yo qué era? ¿El tli de la vida real, que come basura y vive debajo de las casas? ¿El cobarde y criminal de las obras para niños? ¿O el Hermano Conejo? ¿Me gustaba alguno de estos papeles?

Gwarha me preguntó por qué no estaba furioso. Porque no puedo permitírmelo. El tli no pelea, a menos que esté acorralado o enloquecido por la enfermedad.

Me terminé el vino, lavé el vaso y lo dejé junto a los trozos de la copa preferida de Gwarha. Después me fui a dormir.

No dejé la puerta cerrada con llave. Vino a verme a mitad del primer ikun. Yo estaba sentado en la sala principal, tomando una taza de café. Gwarha entró vestido con una bata de un material liso y tosco, de color pardo opaco. Ropa corriente. Olía a pelo húmedo y su aspecto era deplorable.

—Mira lo que ese insecticida casero me ha dejado de regalo.

Se sentó y se frotó la cara; luego se masajeó la frente y la zona que rodea las orejas.

—Te crees muy listo —dijo en inglés—. No lo eres.

—¿Quieres saber lo que ocurrió anoche? ¿O lo recuerdas?

Se frotó el cuello.

—Tuve una discusión con Shen Walha.

—Bingo.

—No hagas eso, Nicky.

—¿Qué?

—Utilizar palabras que no comprendo. Sabe la Diosa que esta mañana apenas puedo entender la lengua de Eh y Ahara.

Seguí hablando en su lengua nativa y describí todo lo que había visto la noche anterior.

Cuando concluí, dijo:

—Lo recuerdo casi todo. Tendré que encontrar a alguien que reemplace a Wally.

—Creo que sí, aunque tal vez soy parcial y tendrías que encontrarle un cargo nuevo. Es muy bueno. No te interesa que se pase al enemigo, y no quieres castigarlo por hablar honestamente.

—No me digas cómo ser un principal.

—Sí, Primer Defensor.

—Caray, qué lío —dijo en inglés.

—¿Cuánto hace que ocurre esto?

Me miró desconcertado.

—¿Cuántos son los que dicen que los humanos somos animales?

Guardó silencio un instante y luego respondió con cautela.

—Wally no es el único. Creo que hay muchos que dicen esto… muchos más de lo que yo creía. Yo soy el Amante del Humano. Hay cosas que no se dicen en mi presencia. Mis parientes del sexo masculino me han contado parte de lo que sucede, pero creo que incluso ellos tienen miedo de contármelo todo.

»Creo que los rumores aumentan. Muchos hombres creen que las negociaciones van a fracasar. Tendremos que luchar con los humanos, y si ellos no luchan como personas, tendremos que destrozarlos.

Destrozarlos. Cortarlos. Descuartizarlos. Las tres traducciones son posibles. Es una palabra desagradable, llena de violencia, y no se utiliza para describir la forma en que los hombres se tratan entre sí.

—¿Por qué no me has hablado de esto?

—No estoy obligado a decirte todo lo que sé.

—Yo pertenezco a esa especie, Ettin Gwarha. Si ellos son animales, entonces yo también lo soy.

Volvió a guardar silencio y fijó la vista en la alfombra. Finalmente levantó la cabeza.

—¿De qué habría servido? Habrías mirado a tus pares, a los hombres con los que vives, y te habrías preguntado: ¿Quién dice esto? ¿Cuál de estas personas piensa que no soy una persona?

—Nada de eso.

Se quedó un rato en silencio, luego se levantó y regresó a sus habitaciones.

Me serví otra taza de café y bebí lentamente, pensando en la última vez que había estado en el planeta madre de los hwarhatb, después de regresar de la fracasada primera ronda de negociaciones con los humanos. En una mañana en particular. Me encontraba en los jardines que se extienden entre la grandiosa casa de Ettin Per y el río, respirando el aire fresco y humedeciéndome los pies con el rocío, admirando las llamativas hojas de las plantas ornamentales de Per y el plumaje igualmente llamativo de sus halpa. Los cría por sus huevos, y por su aspecto. Andan por todas partes con paso majestuoso, demasiado pesados y demasiado confiados para volar. Doblé una esquina, pasado un arbusto de hojas verdes y escarlata. Había un tli: redondo y gordo, de pelaje amarillento y anillos blancos en la cola. Estaba destrozando el nido de un halpa. De su hocico chorreaban restos de huevo que cubrían sus garras delanteras. Me detuve. El tli me miró. Durante un instante los dos nos quedamos inmóviles. Después él se alejó. Me quedé mirando los huevos rotos.

Decididamente era el momento de hacer otro viaje al planeta madre. El momento de estar al aire libre, lejos de las interminables luchas por el poder en el perímetro.

Las interminables luchas por el poder en el centro correspondían a las mujeres. En ocasiones Gwarha es invitado a reunirse con sus tías mientras ellas conspiran. De vez en cuando me convocan como experto en el enemigo humano. Yo presento mi informe y soy despedido; no tengo más responsabilidad.

¡Por la Diosa, qué tentador! Pero no todavía. Hay problemas que resolver aquí.


Del diario de Sanders Nicholas, etc.

<p>XXIV</p>

Sonó una campana. Tardó un minuto en darse cuenta de que era la puerta y no el intercomunicador. Tocó la placa interior y la puerta se abrió. Allí estaba Nicholas. Su rostro pálido parecía una máscara.

—¿Qué sucede?—le preguntó.

Él entró. La puerta se cerró.

—Anna, tengo que decirte algo. Me llevará un buen rato, y tendrás que prestar atención.

Ella había oído aquel tono de voz en otra ocasión, por lo general cuando alguien estaba a punto de anunciarle la muerte de un familiar.

—No tenía ningún plan. No nos interrumpirán.

—¿Por qué no te sientas? Yo quiero caminar.

—Nick, ¿de qué se trata? Me estás poniendo nerviosa.

Él había llegado al otro extremo de la habitación. Se volvió y le sonrió.

—Estoy aterrorizado, Anna. Por favor, siéntate.

Ella le obedeció. Él se quedó quieto durante un instante, mirando la puerta que conducía fuera de los aposentos.

—En primer lugar, esto no tiene nada que ver con el Primer Defensor. Es responsabilidad mía, y él no sabe lo que estoy haciendo.

Ella abrió la boca y la cerró.

—Hay cierta información que tu gente debe conocer. A ti te toca decidir cómo hacérsela llegar al embajador. Tus aposentos serían un sitio seguro, si lograras encontrar la forma de que él viniera. Sería aún mejor que lo hicieras a bordo de vuestra nave. En los aposentos de los humanos ni pensarlo. Incluso los retretes están plagados de micrófonos.

—Nuestra gente registró a fondo y nos dijeron…

—Créeme, los miembros del Pueblo han estado escuchando. Yo he estado escuchando. Examino las grabaciones casi cada día. A los miembros del Pueblo no les gusta mentir, pero lo harán, sobre todo con un enemigo, y no renunciarán a las ventajas de hacerlo. —Nicholas se paseaba por el borde de la habitación. Ella se había girado para mirarlo.

—¿No puedes sentarte? Me quedaré con el cuello torcido.

Él se dejó caer en una silla y la miró con expresión seria.

—Creo que estamos en una especie de momento crítico. Si algo sale mal en esta ronda de negociaciones, tal vez no haya forma de recuperar lo perdido; y no creo que tu gente se dé cuenta de lo peligrosa que es la situación. Tienes que cumplir esta misión.

Hizo una breve pausa. Ella esperó. Al fin Nicholas dijo:

—La información. Cuando el Pueblo hace la guerra, sigue ciertas reglas. Y las reglas son estrictas. No pueden ser violadas. La primera regla, la más importante, es que ningún hwarhath del sexo masculino puede causar daño físico a una mujer ni a un niño.

»Son buenos luchadores, y su historia es larga y sangrienta, pero un hwarhath casi nunca ha atacado a civiles. A los hombres, sí. Ningún hombre es civil una vez pasada la niñez. Siempre es una caza legal, incluso en su lecho de enfermo, incluso si es un anciano centenario. Pero las mujeres y los niños no pueden ser tocados. No físicamente. —Sonrió—. He leído algunas de las obras de mujeres. Hablan de lo que significa pertenecer a un linaje que ha sido derrotado. Todos los parientes del sexo masculino con más de veinte años, y a veces más de quince, son asesinados. Los hermanos, los tíos, los primos. Ellas y sus hijos se convierten en miembros del linaje que destruyó a su familia. Algunas eligen la opción, pero eso no es algo totalmente respetable. Se supone que deben seguir vivas por el bien de sus hijos.

»Y se supone que los hijos olvidan a sus tíos y a sus hermanos mayores. Una vez acabada la guerra, una vez que son adoptados, la venganza se convierte en asesinato en el seno de la familia, y ése es un crimen espantoso.

—Nick, ¿esto tiene alguna importancia en este momento?

—¿Estoy divagando? Esto me resulta difícil. Estaba diciendo que los miembros del Pueblo no matan a mujeres ni a niños. Ha ocurrido, pero no con frecuencia. Cuando esto sucede, por lo general da origen a una especie de guerra santa. Todos los vecinos se unen y destruyen al linaje proscrito. —Hizo una pausa y la miró directamente—. Los humanos atacan a la población civil. Ésa ha sido la forma más importante de lucha en los dos o tres siglos pasados. Los hwarhth lo saben. Saben que estarán en terrible desventaja si luchan con nosotros respetando sus propias reglas.

»Los humanos pueden atacar sus ciudades, pero ellos no pueden responder al ataque. Supongo que cada uno descubrirá el planeta madre del otro. Demonios, los miembros del Pueblo están casi seguros de saber dónde está la Tierra. Podrían arrebatarnos nuestro planeta madre ahora mismo, si no fuera por sus reglas.

»También saben que es sólo cuestión de tiempo que los humanos descubran las leyes hwarhath de la guerra, y entonces algunos humanos estúpidos, algún grupo de estúpidos, dirá: “Hemos cogido al enemigo. Sabemos cómo destruirlo.” Y creo que cuando esto ocurra, probablemente los humanos decidirán declarar la guerra. Se lo he dicho al general, y le he dicho que creo que al Pueblo le queda un año, dos a lo sumo. Hay información en los archivos que cogimos de tu planeta Reed, lo que sea.

—1935-C —repuso Anna.

Él asintió.

—Algunos de los tuyos están a punto de comprender las reglas de los hwarhth que indican cuándo es correcto matar. Pero hay otras cosas del Pueblo que les llevará más tiempo averiguar, y antes de que empiecen a comprender, la humanidad probablemente habrá entrado en una guerra a gran escala. ¿Sabes, Anna? Creo que me apetece beber algo, y que no sea café.

Ella fue a la cocina y volvió con una botella de Rose d’Anjou y dos vasos; los llenó y le entregó uno a Nick. Él lo dejó en la mesa.

—Los hwarhath dicen que para ser una persona debes ser capaz de juzgar y discernir. Sobre todo, debes ser capaz de juzgar y discernir en el campo moral.

»No creen que el aspecto tenga mucho que ver con el hecho de ser una persona. Para empezar, tienen parientes cercanos que aún viven: la Población Red. Son el equivalente de… oh, no lo sé. ¿Homo habilis? Algo así. Han logrado sobrevivir en un puñado de islas, como los orangutanes en la Tierra, hasta cuando fuera.

—Hace un siglo —dijo Anna, que sintió una pena conocida: la de la desaparición de otra especie.

—Los miembros del Pueblo saben que los de la Población Red son parientes cercanos, pero que no son personas. No tienen un sistema moral que el Pueblo pueda reconocer como tal.

»Y algunos de los hwarhath tampoco son verdaderas personas. Según el Pueblo, no es asesinato matar a alguien que se encuentra en estado de coma, o cuyo cerebro no funciona adecuadamente por la razón que sea. Por accidente o enfermedad. Por un defecto de nacimiento. Cuando matas a alguien así, estás ahorrándole sufrimiento. Creen que estamos locos porque pensamos que una persona es humana simplemente porque tiene el aspecto de un ser humano.

Anna estaba un poco mareada.

—Lo mismo se aplica a los criminales. Entre los miembros del Pueblo los hay, aunque no tantos como entre los humanos, al menos por lo que yo he podido determinar. Pero decididamente saben que hay miembros de su especie que son normales en lo que se refiere a la inteligencia pero que no tienen criterio moral. Prefieren que esta gente se suicide. Por eso les ofrecen la opción y un poco de tiempo. Si el criminal sigue vivo, ellos pueden acabar matándolo. Depende del crimen cometido. Nunca se mata como castigo. Los hwarhath no son especialmente vengativos, y no tienen nuestra idea de la justicia. Para ellos, matar a un criminal es como matar a un animal peligroso.

Cogió la copa de vino y la hizo girar entre sus manos; observó el líquido de color rojo claro pero no bebió. Evidentemente, lo que quería era tener las manos ocupadas.

—Algunos hwarhath, no sé cuántos, argumentan que los humanos son como la Población Red o como los miembros de su propia especie que no pueden tomar decisiones morales razonables. Tenemos aspecto de personas, pero no lo somos. En lugar de eso, somos una clase de animal inteligente, capaz de hacer una buena imitación de… ¿qué podría decir? De la conducta adecuada. Un observador descuidado se engaña, pero si se observa atentamente…

»Anna, el Pueblo no negocia con animales. Son cuidadosos en sus tratos con otras formas de vida, sobre todo en su planeta madre, pero no tienen nada parecido a la religión de la diosa Gaia. Si un animal es peligroso, uno se libra del peligro, y las reglas de la guerra no se aplican. No creo que se priven de tomar una solución definitiva.

—Mierda —dijo Anna.

Él sonrió.

—Eso es exactamente lo que pienso. Ése es el primer punto. El segundo es que los hwarhath tienen un problema grave. Hace más de un siglo que no hacen la guerra.

—¿Eso es un problema? Ojalá nosotros pudiéramos decir lo mismo.

Nicholas dejó la copa de vino y se echó hacia atrás. Anna tuvo la impresión de que hacía un esfuerzo por relajarse.

—El Pueblo cree que los hombres son violentos por naturaleza y… ¿cuál es la palabra? Jerárquicos por naturaleza. Están obsesionados con el frente y la retaguardia, con la idea de ganar y perder. Si se los deja obrar por su cuenta, intentarán dominar cualquier situación. Infligirán un daño físico. Debo decirte que lo considero lamentable; pero no cabe duda de que se educa a los hwartath del sexo masculino para ser sumamente competitivos y para pensar que la violencia no es algo terrible.

»De todas formas… —Hizo una pausa—. En la medida de lo posible, el Pueblo intenta mantener a los hombres lejos de casa. No quieren que sus mujeres y sus niños tengan miedo. Piensan que el miedo constante no es saludable, aunque sea leve, como el hecho de no saber cuándo alguien de la familia, el tío, o el hermano mayor, o quien sea, va a estallar o a empezar a dar golpes. Mi padre tiene mal genio. Es un hombre muy civilizado, pero recuerdo que cuando era niño le tenía miedo. No muy a menudo. De vez en cuando.

»Los hwarhath del sexo masculino son enviados a los límites de la sociedad, donde su violencia resulta útil y donde sólo matan a otros hombres adultos.

—Parece ser una cultura realmente desagradable —comentó Anna.

Nick se encogió de hombros.

—En muchos sentidos, son más amables que los humanos. Creo que en algunos aspectos son más brutales. O tal vez son más claros y más honestos con respecto a la brutalidad. Yo los amo —sonrió brevemente—. Como habrás notado, los estoy traicionando. Todo lo que te estoy diciendo es información secreta.

—¿Por qué lo haces?

—La situación no puede seguir así, y no se me ocurre qué otra cosa puedo hacer. Déjame terminar, ¿quieres?

Anna asintió.

—Te he dicho que su historia es larga y sangrienta. Condujo a la creación del Tejido, que se convirtió en un gobierno del mundo. La paz mundial reporta beneficios evidentes, y realmente no quieren renunciar a ella. Pero no saben qué hacer con sus hombres. Piensan, y están casi en lo cierto, que no pueden mantener su sociedad tal como está si no disponen de un enemigo. ¿Qué va a ocurrir cuando los hombres jóvenes dejen de creer en la guerra? ¿Qué ocurrirá si los hombres empiezan a decir: No tiene sentido prepararse para la batalla y no tiene sentido vivir en el perímetro? Diablos, tal vez querrían regresar a casa, y no sólo de visita. Una idea espantosa. Te aseguro que asusta a los hwarhath.

»De todo esto sacaron algo bueno. Descubrieron el viaje FTL. Eso les dio la posibilidad de enviar a los hombres, a muchos hombres, al espacio para explorar y establecer colonias y buscar un enemigo. —Nick la miró y sonrió—. Querían una guerra lo suficientemente grande para mantener a los hombres ocupados y alejados de las mujeres. Lo suficientemente lejos para que el planeta madre no estuviera amenazado, pero a una distancia razonable. Querían un enemigo al que pudieran derrotar, pero no con facilidad. No creo que nunca se hayan planteado realmente qué hacer con las mujeres y los niños extraños después de aniquilar a todos los hombres.

»Descubrieron a los humanos, y nosotros éramos exactamente lo que querían, salvo que no jugamos limpio. No conocemos las reglas de la guerra.

Nicholas había vuelto a coger su copa. La inclinó y el líquido pálido resplandeció. ¿Qué parecía?, pensó Anna. ¿Sangre mezclada con agua?

—Hay otra cosa que deberías saber con respecto al Pueblo. Cuando me capturaron, yo me encontraba en una nave humana atacada, el Free Market Explorer, y he estado en un par de naves hwarthath que se encontraban en la misma situación.

»En una ocasión estuve en una nave que alcanzó un punto de transbordo al mismo tiempo que una nave humana. Fue una sorpresa desagradable para ambos, pero mucho más desagradable para los humanos. La otra vez estaba viajando con Ettin Gwarha y se produjo un fallo en la comunicación. Nuestra encantadora nave de transporte acabó en medio de una batalla de entrenamiento. Los hwaarhath creen que las guerras de entrenamiento deben ser lo más reales posible. La municiones son reales. —Sonrió—. Los soldados a menudo acaban muertos.

»Tal vez soy la única persona que ha visto a soldados humanos y soldados hwarhath en situación de combate. Ellos son mucho mejores que nosotros. Por lo que sé, la humanidad no puede competir. Guardó silencio.

—Si la presión que se ejerce sobre ellos es tan grande, ¿cómo podemos alcanzar la paz?

—Hablando con las mujeres. Creo que es la única esperanza. Tiene que haber una forma de decirles que si el Pueblo declara una guerra de exterminio, será destruido, no física sino moralmente. Acabará corrompiéndolo. Al margen de qué sofismas sugieran, estarán matando a otra especie inteligente. No somos tan racionales como los hwartath, ni tan moralistas, pero de vez en cuando somos capaces de razonar y de atenernos a la moral. El genocidio es un error. Si siguen adelante con esto, van a estropear toda su sociedad.

»Pero no estoy seguro de que alguno de los hombres, ni siquiera Ettin Gwarha, comprenda el riesgo que está corriendo. Habla con Charlie, aquí o en vuestra nave, y decidid lo que vais a decir a las mujeres.—Se bebió la mitad del vino de un trago, dejó la copa en la mesa y se puso de pie—. Será mejor que me marche. ¿Hablarás con Charlie?

—Sí.

Se acercó a la puerta y ésta se abrió. Al otro lado esperaban dos soldados.

Nick habló en la lengua extraña con voz rápida y cortante. Uno de los soldados respondió.

Nicholas se volvió y miró a Anna. Estaba más pálido que antes.

—Te piden que los acompañes.

—¿Por qué? —preguntó con temor.

—El general quiere vernos a ambos. —Sonrió—. No creo que sea importante.

—Diles que necesito un minuto. —Se levantó y entró en el cuarto de baño. El corazón le latía más rápidamente de lo normal y notó que empezaba a sudar. No seas estúpida, se dijo. Usó el lavabo y luego se lavó las manos y la cara con agua fría. Eso la ayudó. No parecía especialmente asustada. Se cepilló el pelo y salió. Nick estaba de pie, con las manos en los bolsillos de la chaqueta y expresión impaciente. Los soldados parecían tranquilos.

Atravesaron la estación. Los soldados los siguieron. Nick formuló otra pregunta en la lengua extraña y recibió una respuesta.

—Deben escoltarnos. No saben por qué.

—¿No te parece raro? —preguntó Anna.

Él se encogió de hombros.

Llegaron a una puerta. Ésta se abrió y entraron en una habitación pequeña y cuadrada sin otra cosa que moqueta. Los soldados se quedaron en el pasillo. La puerta se cerró y Nicholas miró a su alrededor.

—Aquí estamos —dijo en inglés.

Se abrió otra puerta. Nick caminó delante hasta una segunda habitación. En ésta había una mesa, tres sillas, la habitual moqueta y un tapiz: una hoguera rodeada por unas espadas dispuestas en círculo.

Detrás de la mesa había un alienígena: Ettin Gwarha. Habló con Nick en la lengua hwarhath. Hacía verías semanas que Anna oía su voz. Casi siempre era profunda y suave, con un leve matiz de dureza: una voz casi peluda, en modo alguno desagradable. Ahora parecía ronca y áspera. El hombre estaba furioso.

Nick se quedó quieto, con las manos en los bolsillos, la cabeza un poco inclinada y escuchando educadamente hasta que Ettin Gwarth concluyó.

—Colocó micrófonos ocultos en tu habitación, Anna. No sé cómo consiguió que Gwa Hu hiciera algo así.

—Ella no pertenece al Pueblo —dijo el general en inglés.

—Pensé en mantener la conversación en mis habitaciones —dijo Nick en tono sereno y uniforme—. Imaginé que podría encontrar alguna razón para invitarte. Pero decidí que tus aposentos serían lo bastante seguros. Gwa Hu lo ha estado revisando con regularidad.

—No tiene importancia dónde decidieras llevar a cabo tu traición —dijo el general—. Te habría oído.

—¿Has colocado micrófonos ocultos en mis aposentos? ¿Has hecho eso?

—Sí.

—En nombre de la Diosa, Gwarha, hablamos de eso hace años. Me dijiste que podía tener intimidad. Me diste tu palabra.

El general lo miró fijamente, con expresión poco amistosa. Nick le devolvió la mirada y enseguida bajó la vista.

Ettin Gwarha miró a Anna.

—Este hombre… este ser traidor, me ha colocado en una situación incómoda, miembro Pérez. No estoy seguro de cómo resolverla. No puedo permitir que usted transmita a otros humanos la información que acaba de recibir.

—Mátala —dijo Nick—. A veces hay accidentes. Ya has empezado a quebrar las reglas, ¿qué te quedará cuando acabes? ¿Qué quedará de ti o del Pueblo?

El general le respondió con brevedad y en tono cortante en la lengua de los alienígenas.

Nick no añadió nada.

—No tiene por qué preocuparse, miembro Pérez —dijo el general en inglés—. Jamás se me ocurriría hacer daño a una mujer, y no hay forma de hacerlo sin crear más complicaciones.

Nick soltó una carcajada. El general lo miró con furia.

—Te has destruido solo, estúpido pedazo de mierda, me has destruido casi con certeza a mí y probablemente has destruido las posibilidades que teníamos de alcanzar la paz. Por lo que sé, has destruido a los de tu propia especie. ¿Cómo pude confiar en ti?

Nick le respondió en la lengua hwarhath; habló rápidamente y en tono airado al tiempo que se acercaba a la mesa. Ahora tenía las manos fuera de los bolsillos y se apoyaba en la mesa; seguía hablando con rabia.

—Cállate —ordenó el general en inglés.

Entonces Nick se lanzó sobre la mesa. Todo ocurrió tan rápido que Anna no se dio cuenta de nada. Ambos se gritaban, uno a cada lado de la mesa. Un instante más tarde, el general estaba en el suelo y Nicholas encima de él. El ruido había cesado y sólo se oía la respiración de Nick, rápida y superficial. El general estaba inmóvil, su silla caída cerca de él.

Nick se incorporó y se quitó la chaqueta; luego cogió un cuchillo que había sobre la mesa. —¿Qué vas a hacer?

—Atarlo. Y llevarte hasta la nave de los humanos. —Cortó su chaqueta en tiras—. Mierda. Esta tela no servirá para atarlo. Malditos sintéticos.

—¿Puedo hacer algo?

—Que yo sepa, no. A menos que lleves encima un rollo de cinta adhesiva. —No.

Él se agachó y metió un trozo de tela en la boca del general y luego hizo rodar el cuerpo fláccido y le ató las manos.

—Esta porquería no aguantará. Recuerdo que mi madre siempre decía a mi hermana: nunca vayas a ninguna parte sin llevar al menos un par de imperdibles. Suponía que era uno de esos misterios femeninos y nunca presté atención. Ojalá hubiera algo así para los hombres. «No vayas a ninguna parte, hijo mío, sin llevar un buen rollo de cinta adhesiva.» —Ató los pies de Ettin Gwarha y se incorporó—. Seguro que no aguanta. Quédate quieto un rato. Necesito hablar un momento.

Tocó la superficie de la mesa del general y habló con alguien, y luego con otra persona. Su voz tenía un tono de brusca autoridad que ella nunca había percibido. Finalmente levantó la vista.

—Mats viene hacia aquí. Te escoltará hasta el vehículo y éste te llevará hasta la nave de los humanos. No sé qué sugerirte a partir de ahí. Dile al capitán lo que está ocurriendo. No creo que él pueda escaparse. Dudo que quiera abandonar al resto del equipo de negociación. No se me ocurre nada mejor. Ganaremos tiempo y significará que Gwarha no puede hacer nada para evitar que se propague la información, a menos que quiera llevarse la nave de los humanos. Mierda. No sé si esto arreglará o empeorará la situación.

—¿Qué harás tú?

—Quedarme aquí y asegurarme de que Gwarha no se suelta.

—Ven a la nave, Nick.

—No seas ridícula. No pienso ponerme en manos del servicio de información militar.

—¿Crees que eso sería peor de lo que va a ocurrirte aquí?

—Es cierto que no me gusta responder preguntas, y el Pueblo no va a hacerme ninguna.

Una voz dijo:

—Aquí estoy, Nicky.

—Adelante —repuso Nicholas y se acercó a la puerta—. Él no puede ver nada de esto; no le cuentes nada. No quiero causarle problemas.

Esperó a que ella se acercara a la puerta; luego la abrió, la hizo salir y salió tras ella. La puerta del despacho del general se cerró.

Matsehar lo miró.

—¿A qué viene tanta prisa?

—Anna necesita que la vea un médico humano.

—Espero que no sea nada serio.

Había un algo de surrealista —¿era ésa la palabra adecuada?— en toda la situación y en la pregunta amable de Matsehar. ¡Qué joven encantador! Un poco peludo, tal vez, y educado para pensar que no había nada malo en la violencia; pero, de todas formas, una compañía deseable en cualquier situación. ¡Hablaba tan bien el inglés!

—No —respondió ella—. Nada serio. Pero no puedo perder tiempo.

—Por supuesto.

La puerta que daba al pasillo se abrió. Los soldados se habían marchado. Un problema menos. Anna salió, seguida por Matsehar. Nick se detuvo en la entrada. Al llegar a mitad del pasillo, ella se volvió una vez para mirarlo. Nick seguía en la entrada, ahora con las manos en los bolsillos y una expresión de leve preocupación.

Matsehar empezó a hablarle a Anna de su versión de Macbeth. Casi estaba terminando. Todos los planes de la ambiciosa madre y su hijo fracasaban. La madre había muerto después de tomar la opción de una forma no muy decorosa, impulsada por la locura y para escapar del sentimiento de culpabilidad.

Ahora su cruel hijo estaba solo, luchando con las consecuencias de sus actos. Había llegado a un estado de total desesperación.

—¡Escucha! —dijo Matsehar.


El día de mañana y de mañana y de mañana, Se desliza, paso a paso, día a día, Hasta la sílaba final con que el tiempo se escribe; Y todo nuestro ayer iluminó a los necios La senda de cenizas de la muerte. ¡Extínguete, fugaz antorcha! La vida es una sombra tan sólo, que transcurre; un pobre actor Que, orgulloso, consume su turno sobre el escenario Para jamás volver a ser oído; es una historia Contada por un necio, llena de ruido y furia, Que nada significa.

—¡Qué lenguaje tan espléndido! Sólo espero poder traducir este fragmento tan bien como se merece. Si hay algo que los humanos saben hacer, es escribir. —Hizo una pausa y añadió—:

Y debo decir que me gusta Macbeth. Su coraje es incuestionable. Nunca cede, ni siquiera cuando ha llegado a la desesperación total. Eso es lo que ocurre cuando se ignora la conducta normal y decente. Macbeth y su madre tendrían que haber agasajado al viejo rey como correspondía y dejarlo seguir su camino.

—Aja —respondió Anna.

—¿Ocurre algo?—preguntó él.

—No quiero hablar de eso.

Él guardó silencio durante un rato; la guió por una serie de pasillos que no le resultaban familiares.

—¿Nick tiene problemas? —preguntó por fin.

—Sí.

—¿Deque clase?

—No puedo decírtelo.

—¿Debo volver y preguntárselo?

Ella reflexionó.

—No quiere involucrarte.

—Entonces es algo grave. Será mejor que regrese en cuanto te deje a ti.

Llegaron a un ascensor que los llevó hasta gravedad cero y entraron flotando en el vehículo; éste estaba vigilado por un par de tripulantes hwarhath que se mantenían pegados al suelo gracias a las sandalias. Anna encontró un asiento y se abrochó el cinturón.

Matsehar la saludó:

—Adiós. Espero que tu problema, sea cual fuere, se resuelva pronto.

Salió. Anna oyó que la puerta se cerraba.

Uno de los tripulantes dijo:

—Miembro Pérez, debemos decírselo. Hay otro pasajero.

<p>XXV</p>

Observé a Gwarha. Seguía inconsciente, lo cual resultaba preocupante. A aquellas alturas tendría que haber vuelto en sí. Recorrí la habitación de arriba abajo, intentando no pensar en el futuro. Sabía que no elegiría la opción. Hubiese podido hacerlo mientras estaba en prisión —más de tres años— y nunca me atrajo lo más mínimo, a pesar de que mi única alternativa era pasarme el resto de la vida en doce habitaciones minúsculas con otros seis hombres de la tripulación del Free Market Explorer. Militares de carrera. Era como un círculo del infierno de Dante, o como la obra del filósofo francés, fuese cual fuera su nombre.

Alguien dijo:

—Nicky.

Era Matsehar. Estaba en la antesala.

—¿Por qué has vuelto?

—Anna me dijo que ocurría algo.

—Se equivoca. No se encuentra bien. No ocurre nada.

—Sal un momento —me dijo—. Sabes que cuando hablo con alguien me gusta verle la cara.

Mierda, sí, lo sabía, y también sabía que Mats podía ser tan terco como una muía. Era probable que no me dejara en paz hasta que hubiera conseguido su propósito.

—Espera. —Volví a mirar a Gwarha. Seguía inconsciente. Los nudos estaban apretados y su pulso era fuerte y regular.

Entré en la antesala a toda prisa para que Mats no pudiera ver el interior del despacho.

Estaba de pie, con los hombros muy erguidos y la expresión que suele adoptar cuando discute con los actores y los músicos: una severa determinación combinada con la idea de que tiene razón. Mats no ve el mundo con matices salvo, a veces, cuando escribe una obra.

—No te creo. No soy un experto en humanidad, pero Anna parece perfectamente sana, y no creo que sea una mentirosa.

El mentiroso era yo, como todo el mundo sabía. ¡Vaya fama!

—No se encuentra bien, Mats. Te lo aseguro.

Él siguió con su obstinada actitud.

—Hoy el Primer Defensor no está de buen humor. —Lo cual era un eufemismo—. Creo que lo mejor será que te vayas antes de que se ponga furioso.

Mats miró la puerta del despacho del general.

—Está ahí dentro.

—Sí.

—Me gustaría verlo.

—¿Para qué? No tienes nada que decirle y jamás os habéis tratado.

—Estoy a sus órdenes. Tengo derecho a verlo. Quiero verlo.

En ese momento tomé conciencia del equipo de vigilancia que estaba instalado en la antesala. Lo más probable era que no hubiera nadie vigilando, salvo un programa de ordenador. Pero si el programa decidía que estaba ocurriendo algo raro, alertaría a alguien, y yo tendría problemas. No es que no los tuviera ya, tal como estaban las cosas.

Maldije al Pueblo y su manía de perseguirse mutuamente. ¿Por qué no me había enredado con una especie menos paranoica? ¿O con un sexo menos paranoico?

—Mats, estoy en medio de una discusión con el Primer Defensor. Es una discusión privada. Me gustaría poder terminarla sin interrupciones.

Pareció desconcertado.

—¿De eso se trata? ¿De una de vuestras discusiones? ¿Por qué no se lo dijiste a Anna? Estaba preocupada. Creo que estaba preocupada. Con los humanos nunca se sabe.

—Ya sabes lo que piensan los humanos de la conducta decente. Si hago algo que le recuerda lo que soy, se siente molesta.

Él arrugó el entrecejo, incómodo.

—No me gusta pensar que tiene la mente tan estrecha como el resto de su especie.

—Nadie es perfecto.

(Gwarha, si sabes cómo hacerlo, di a Matsehar que esto era una mentira. No quiero que tenga a Anna en mal concepto.)

—Tendrías que haber inventado algo para que ella no se preocupara, sobre todo si está enferma. ¿Por qué tenía que enterarse de que era una pelea de amantes? Hay muchas clases de peleas.

—Tienes razón, tendría que haberlo hecho pero no lo hice, y ahora tengo que volver a ese despacho. Sin duda tendrás algo mejor que hacer que quedarte en la antesala de Ettin Gwarha.

Inclinó la cabeza para expresar su acuerdo.

—Mañana y mañana.

—¿Qué?

—Nicky, ¿qué te ocurre? Deberías reconocer la frase. Es dé Macbeth. ¿Estás seguro de que te encuentras bien?

—Te resultaría increíble la discusión en la que estoy metido; Pero debo resolverla solo. Márchate.

Salió y volví a entrar en el despacho.

El general estaba de pie junto a su mesa, con una mano en el intercomunicador. Me miró y levantó la otra mano. En ella sostenía el cuchillo: el emblema de su cargo, tan afilado como una navaja de afeitar.

Me detuve e hice el ademán que indicaba presentación y reconocimiento. La puerta se cerró a mis espaldas.

El general apagó el intercomunicador.

—Eran los de seguridad. Querían saber si debían investigar lo que sucedía en la antesala. Les he dicho que no. Siéntate, Nicky.

Me acerqué a una de las sillas que había delante de su mesa, me senté y me eché hacia atrás; estiré las piernas delante del cuerpo y las crucé. Una postura de la que resultaba difícil deshacerse, y una señal de que no tenía planes violentos.

—Nunca se te han dado bien los detalles prácticos —me dijo—. Cuando ates a alguien, no lo hagas a la altura de las botas. Así no se puede hacer un buen nudo. Y no dejes un cuchillo a su alcance.

Bajé la vista. El general estaba en calcetines.

—Es evidente que no tendría que haber abandonado la habitación; pero ha aparecido Mats, y he tenido que librarme de él.

—¿Está implicado en esto? ¿Has involucrado a un destacado dramaturgo en una traición? Es despreciable.

—Él no tiene ni la menor idea de lo que está sucediendo. Matsehar jamás tendría nada que ver con una traición al Pueblo.

Puso el cuchillo sobre la mesa pero lo dejó al alcance de su mano.

—Bien, ¿dónde está Anna?

—Averígualo.

Volvió a pulsar el intercomunicador y llamó a los del servicio de seguridad. Tardaron un par de minutos en localizarla. Estaba en el vehículo, y éste a mitad de camino de la nave de los humanos, que sabían que ella iba a su encuentro. Lo peor era que en el vehículo viajaba otro humano con Anna: Etienne Corbeau.

—Un correo —dijo alguien por el intercomunicador—. Los humanos han solicitado para esta persona un pasaje en la nave de mañana que sale en viaje regular. Les hemos informado de que hoy el vehículo hacía un viaje especial.

El general lanzó un silbido de enfado y golpeó la mesa con la palma de la mano. Bajé la vista.

La persona que hablaba por el intercomunicador dijo:

—No he comprendido su última orden, Primer Defensor.

—Comuníqueme con el piloto del vehículo.

Así lo hicieron, y el general preguntó por Anna. En el breve silencio que se produjo, sólo se oyó el ruido que hacía la singularidad al desintegrar la materia.

Entonces se oyó la voz de Anna.

—¿Primer Defensor?

—¿El otro humano está con usted?

—No. Le dijeron que se quedara en la cabina de pasajeros.

—¿Ha hablado con él? ¿Sabe lo que está ocurriendo?

Una vez más se oyó el crujido de la singularidad, que hacía su trabajo.

—Miembro, voy a indicar que regrese el vehículo. Como cortesía, y en la esperanza de que aún podamos conseguir la paz, no diga nada a Ettienne Corbeau.

—¿Nick se encuentra bien?

El general me hizo una seña. Me levanté y me acerqué al intercomunicador.

—Estoy bien, Anna.

—¿Hago lo queme dice Ettin Gwarha?

—No lo sé.

El general volvió a lanzar un silbido de disgusto. El cuchillo estaba entre ambos. Se me ocurrió cogerlo. ¿Para qué? ¿Para matarlo? Me puse las manos en los bolsillos. Él se dio cuenta y sonrió: sus dientes brillaron con un destello breve y hostil.

—Anna, haz lo que te parezca correcto. Pero recuerda que Corbeau es un verdadero imbécil. No creo que pueda ayudarte.

—Cuando regrese quiero que hable con mis tías. Es posible que ellas encuentren una salida a esta situación.

—Vaya, ésa es una buena idea —dije por el intercomunicador.

Anna guardó silencio y una vez más el único sonido fue el producido por la singularidad.

El general añadió:

—Esta conversación debería tener lugar rodilla-a-rodilla.

Y no por radio, donde otros pueden oírla. Pero él no podía decirlo.

—¿Nick? —preguntó Anna.

—Eres tú quien debe decidir.

—Colaboraré —dijo.

El general le indicó:

—Dígale a Corbeau que las mujeres de Ettin han convocado una reunión, y que por eso el vehículo regresa. Si le pregunta… ¿Cuál es la expresión que utilizan los humanos? Si le pregunta a qué se debe tanta prisa, dígale que no lo sabe. Hai Atala Vaihar estará esperando para escoltarla.

Ella se mostró de acuerdo.

El general habló en la lengua de Eh y Ahara, luego apagó el intercomunicador y dijo:

—Ahora bien, Nicholas, nosotros iremos a ver a mis tías. ¿Es necesario que te diga que no intentes ninguna triquiñuela?

—Las he agotado.

—Bien.

Caminamos en silencio hasta los aposentos de las mujeres. Yo había superado mi reacción, que había sido de pánico. Ahora sentía el temor distante que se siente cuando uno va a someterse a algún tipo de examen médico que podría tener consecuencias desagradables.

Durante el verano de mi primer año como estudiante universitario había tenido un accidente y me habían hecho una transfusión. Decidieron que parte de la sangre podía estar infectada, y durante un año tuve que someterme a diversos análisis. La mayor parte del tiempo lograba creer que todo iba bien. Yo era mágico, había nacido para triunfar y nada podría detenerme. Pero cuando me extraían sangre y veía lo cuidadosos que eran los técnicos, me sentía aterrorizado. Resulté estar perfectamente sano. La enfermedad que buscaban nunca se manifestó.

Atravesamos la puerta con el emblema de la hoguera (los soldados que la custodiaban hicieron el ademán de la presentación) y cruzamos el suelo desnudo y brillante del vestíbulo de entrada. Los tapices mostraban gente del mundo natal ocupada en diversos trabajos agrícolas.

Uno de ellos me llamó la atención: una mujer reparando un tractor. Lo vi con la lúcida intensidad que puede proporcionar el temor. El tractor era de color burdeos. La mujer era grande, sólida y seria, de pelaje claro, e iba vestida con una túnica azul brillante.

Parecía una escena de principios del Renacimiento, creada por el Maestro del Equipo de Mantenimiento.

Bajamos por un pasillo y entramos en una antesala. Gwarha habló al aire, y el aire respondió. Esperamos. Se abrió una puerta. Me guió hasta la habitación donde había hablado con las tías por última vez. Ahora los hologramas estaban desconectados. En lugar de ventanas con vista al océano, había paredes blancas. La puerta por la que entramos era visible: una plancha de madera negra como el carbón.

En medio de la habitación había siete sillas dispuestas en círculo. Las tías, vestidas con túnicas del color del fuego, ocupaban tres de esas sillas. Con ellas se encontraba una cuarta mujer, corpulenta y demacrada, con el pelaje blanco a causa de la edad. Su túnica era verde con bordados en azul, blanco y plata, probablemente según un diseño tradicional con algún nombre complicado.

—Al subir a lo más alto de las montañas finalmente vemos los picos elevados y cubiertos de hielo —bajé la vista.

—Levanta la cabeza —me indicó la mujer—. Quiero verte los ojos.

La miré a la cara. Ella me observó con atención.

—Blanco y verde. Raro, pero encantador, como ramas en la nieve. ¿Por eso te enamoraste de él, Gwarha? ¿Por sus ojos?

—Esta —dijo el general con comedimiento— es mi abuela. Creo que no la conocías.

Pero había oído hablar de ella. Era más dura que cualquiera de sus hijas. Fue en sus tiempos cuando Ettin se convirtió en una auténtica potencia. A los ochenta años, se había retirado a una casa en el lejano sur, argumentando que estaba harta de la gente. Había pasado más de veinte años entregada a diversas aficiones: cuidando animales, como pájaros, y criando otros, como peces; componiendo música y escribiendo sus memorias; La música era adecuada y de tono menor: no estaba nada mal para una política retirada. Las memorias eran esperadas por todos con temor. No supe qué hacía allí.

—Siéntate —me dijo la anciana—. Y mantén la cabeza erguida. Jamás había visto a un humano, al menos en persona. Es muy interesante.

Obedecí. Gwarha se sentó en una silla delante de mí, lo más lejos posible.

—No has respondido a mi pregunta, Gwarha.

Él miró a la anciana.

—No me resulta fácil recordar por qué lo amé alguna vez.

La anciana arrugó el entrecejo.

—Eso no es una respuesta. ¿Qué ha ocurrido con tus modales?

—Madre —dijo Per tímidamente—. Gwarha dice que tiene un problema. Tal vez deberíamos pedirle que nos explique de qué se trata.

—Muy bien —aceptó la anciana.

El general me miró.

—Presta atención a lo que voy a decir. Si olvido algo importante, o expreso mal algo de lo ocurrido, interrúmpeme.

Asentí. Él describió lo que había sucedido. Mostró un absoluto dominio de sí mismo; su postura era relajada pero no desgarbada, su voz serena y tranquila. A pesar de lo bien que lo conocía, me resultó difícil percibir emoción alguna. Era un general presentando un informe. De vez en cuando me miraba para saber si tenía algo que comentar. Yo asentía cada vez, indicándole que continuara.

Cuando concluyó, dijo:

—No has dicho nada, Nicky. ¿Quieres agregar algo?

—En realidad no. Has omitido un fragmento del principio de mi conversación con Anna; debió de ser antes de que el ordenador te pusiera sobre aviso; y te has perdido algo más mientras estabas inconsciente.

—¿Algo importante?

Me encogí de hombros.

—Interpreto eso como una negación. —Miró a sus parientas—. Lo tengo todo grabado. Pero la mayor parte está en inglés.

Per dijo:

—Asegúrate de que Sai recibe una copia.

—Sí —respondió Ettin Gwarha.

Sonó el intercomunicador. Aptsi respondió. Era Vaihar. Había llegado con Anna.

Per me miró.

—Sal y pídele a ella que tenga paciencia. Primero tenemos que resolver esto. Dile que no tiene por qué preocuparse. Nadie le hará daño. Lo prometo.

Ettin Petali añadió:

—Las mujeres de Ettin lo prometen.

Anna se encontraba en la antesala. Casi siempre olvidaba que no es una mujer corpulenta. Algo en ella que me induce a error, algo que no sé muy bien cómo describir. ¿Intensidad?

¿La fuerza de su personalidad? ¿La solidez de su carácter? En cualquier caso, Anna parece ocupar más lugar del que ocupa en realidad.

Pero esta vez, no. Estaba sentada en una de las sillas hwarhath, anchas y bajas, y parecía asustada y pequeña.

Vaihar estaba a su lado, de pie.

—¿Qué sucede? —preguntó en la lengua de Eh y Ahara.

—Ettin Gwarha te lo dirá más tarde, si cree que debes saberlo.

Pareció preocupado.

—¿Qué debo hacer?

—Quedarte aquí. Hacer compañía a Anna y asegurarte de que no se va.

—¿Es una prisionera? —parecía impresionado.

—No. Pero el Primer Defensor y las mujeres de Ettin no quieren que deambule por la estación.

Vaihar vaciló pero no dijo nada.

Anna levantó la vista. Se la veía aturdida, como un animal sorprendido por una repentina luz brillante.

—Me envía Ettin Per —le dije en inglés—. No tienes por qué preocuparte. No van a hacerte daño.

Vaihar se sobresaltó al oír la palabra «daño». Anna se quedó inmóvil.

—Quiere que esperes aquí hasta que hayamos resuelto otros asuntos. Créeme, puedes confiar en su palabra.

Anna siguió sin reaccionar.

—No recuerdo si te he dicho alguna vez cuál es el apodo de Gwarha. Tiene un par, pero el más amistoso, el que puede utilizarse delante de él, es El Hombre que es Gobernado por sus tías. Jamás se opondrá a las mujeres de Ettin.

—Me estás hablando como si fuera una criatura.

—No era mi intención. Discúlpame.

—Has dicho que no tendré problemas. ¿Y tú?

—No sé. No se ha hecho ninguna promesa. Pero ése es mi problema, no el tuyo.

—Nick —dijo Vaihar—. Está ocurriendo algo malo. ¿Qué es?

—No tengo tiempo de explicártelo. Vigila a Anna —salí.

Gwarha y sus parientas seguían en su círculo en la habitación sin ventanas, esperando pacientemente; la Abuela era la única que parecía inquieta.

—La están cuidando —comenté dirigiéndome a Per y me senté.

—Gracias. —Cruzó las manos y miró a sus hermanas—. No hemos tenido ocasión de discutir la situación, pero…

—Yo empezaré —dijo Ettin Petali en voz alta y clara—. Y no hablaré de los errores ni de los defectos de Sanders Nicholas. Dejaré eso para las demás. Empezaré con mi nieto. —Se volvió en su silla y lo miró fijamente—. Pusiste dispositivos de escucha en las habitaciones que ocupaba una mujer. Involucraste deliberadamente a una mujer en las luchas que tienen lugar entre los hombres. ¡Es vergonzoso, Gwarha!

—Ella no pertenece al Pueblo —dijo el general.

—Ese es un argumento peligroso —afirmó Ettin Sai.

Él bajó la vista y luego miró a su abuela.

—¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo podemos tratar con personas que no saben cómo comportarse? Si es que son personas.

—¿Tengo permiso para hablar? —pregunté.

—Sí —dijo Ettin Petali.

Miré al general a los ojos.

—¿Tú crees que yo no soy una persona?

—Me has traicionado.

—¿Qué esperabas de Nicky? —preguntó Ettin Per—. ¿Que te eligiera a ti por encima de un familiar del sexo femenino? ¿Esperabas que se cruzara de brazos mientras la mujer de Pérez era amenazada? Para mí es evidente que tú la estabas amenazando.

—La he amenazado después de que Nicky le diera la información, y porque se la ha dado. No ha sido la amenaza a ella lo que lo ha impulsado a traicionarme.

La Abuela gruñó.

—Estamos en tiempos de guerra. Los hombres han hecho sugerencias que amenazan la vida de todas las mujeres y los niños humanos. ¿Esperabas que él pasara esto por alto? ¿Qué clase de amante creías tener?

—¿Sabes lo que parece? —preguntó Ettin Sai—. Parece como si pensaras que a Nicky no debería importarle nada excepto tú.

—Nunca tendríamos que haberles permitido estar juntos —opinó Aptsi—. ¡Mira las consecuencias! ¿Por qué Gwartha no podía encontrar a un joven de un linaje que nos gustara?

Todos guardaron silencio, y las mujeres de Ettin parecieron incómodas. No supe si Aptsi estaba en desacuerdo con las demás, o si había expresado la opinión de todas.

Finalmente, el general rompió el silencio.

—Me has hecho una pregunta, Abuela, y me he negado a responderla. La responderé ahora. Me preguntabas si me enamoré de Nicky por sus ojos. No, y tampoco por su pelo. Cuando lo conocí, su pelo era rojo como el cobre, y brillaba incluso con la luz de la estación. Si lo hubiera visto a la luz de un planeta, creo que me habría deslumbrado. Y tampoco por su rara piel desnuda, que siempre me ha enternecido y me ha hecho sentir lo mismo que se siente ante la vulnerabilidad de un niño. No fue por ninguna de estas cosas, ni por nada de lo que tiene de extranjero e inusual. —Hizo la pausa justa y prosiguió—: Te daré cinco motivos. En las historias de antes, todo iba en grupos de cinco, o así solía ser.

—Sí —respondió Ettin Petali.

—Él es inteligente, aunque no siempre de la forma en que el Pueblo es inteligente. Es curioso… incluso ahora, cuando debería estar asustado y avergonzado. Miradlo, sigue volviendo la cabeza y mirándonos cada vez que hablamos. Nunca pierde el interés por lo que ocurre a su alrededor.

Obedientes a su sugerencia, las mujeres me miraron; bajé la vista.

—Nunca se da por vencido. Cuando uno cree que se está retirando, lo que hace simplemente es colocarse en una postura nueva para descansar o encontrar una nueva forma de resistirse o atacar. Me di cuenta de ello en la sala de interrogatorios. Si existe una forma buena de rahaka, es ésta.

»Y se niega a odiar. Ni siquiera le gusta estar enfadado. Cuando estaba en prisión y fui a visitarlo, se mostró dispuesto a hablar conmigo, aunque sabía que yo estaba implicado en lo que le había ocurrido.

(No me gusta decirlo, pero estaba mortalmente aburrido, y tú eras mucho más interesante que los jinetes espaciales con los que estaba encarcelado. Pero guardaré esta frase como si fuera un tesoro. He intentado reproducirla tal como la dijiste.)

—Eso son cuatro motivos —apuntó Ettin Petali.

—Tenía otro. Ya no lo tengo.

Ettin Sai se inclinó hacia delante.

—Eso está bien, Gwarha, y explica por qué elegiste a Sanders Nicholas y no a alguien más adecuado. Pero no explica por qué pensaste que tenías derecho a toda su lealtad. Nunca habrías esperado algo así de un hombre del Pueblo.

—Como lo amabas, y él era extranjero y estaba atrapado detrás de nuestras fronteras y solo, pensaste que tenías derecho… —Per vaciló.

—A poseerlo —concluyó la Abuela. Su voz estaba teñida de desdén. No utilizó el verbo «tener», que se utiliza para las casas, la tierra y otras riquezas que las familias comparten. Este verbo hace referencia a las pertenencias personales: la ropa, los muebles, tal vez una mascota.

—Siempre has tenido ese defecto —añadió Per—. Incluso de niño. No querías simplemente ser el primero, que es una ambición loable. No querías simplemente conseguir que los otros chicos renunciaran. Querías apropiarte de las cosas y quedártelas. La avaricia y la hosquedad han sido siempre tus defectos.

Ha habido momentos en los que me he preguntado qué hace que el general sea como es. Era eso. Aquellas mujeres espantosas. Estaba sentado con la cabeza hundida entre los hombros, soportando sus palabras.

—¿Puedo añadir algo? —pregunté.

—Sí —respondió Ettin Petali.

—Pérez Anna sigue esperando, y cuando la dejé estaba asustada y furiosa. No deberíais hacerla esperar demasiado.

La anciana me miró fijamente.

—Tienes razón. No deberíamos dedicar demasiado tiempo a los defectos de Ettin Gwarha. Todavía quedan el problema de tu comportamiento y el de si ese miserable bruto de Lugala Tsu será capaz de aprovechar la situación para perjudicarnos.

—¿Comprendes lo que has hecho, Nicky? —preguntó Ettin Sai.

—He dado información a alguien del enemigo en tiempos de guerra. Los humanos considerarían este acto casi de la misma manera que vosotras.

—¿Le has ofrecido la opción, Gwarha? —preguntó Ettin Petali.

—No —repuso el general—. Y no lo haré.

—¿Por qué no? —preguntó Aptsi en tono lastimero.

—El es rahaka. No la elegiría, y hace años me prometí que jamás volvería a hacer nada que lo dañara.

¿Eso hiciste?

—Es una pena —comentó la Abuela.

—¿Por qué hablaste con Pérez Anna? —preguntó Per.

Clavé la vista en el suelo lustrado, intentando encontrar un argumento que tuviera sentido para las mujeres de Ettin. Finalmente miré a Per.

—Vi al hijo de Lugala hacer todo lo posible por destruir las negociaciones. Oí al jefe de operaciones de Gwarha afirmar que mis iguales no son personas; y sabía que los negociadores humanos no sabían, porque no podían saber, lo grave que es la situación. Pensé que nada mejora gracias a la ignorancia.

—Te dije que yo podía ocuparme de Lugala Tsu —intervino el general—. Y de Shen Walda.

—Pero ¿qué me dices de los humanos, Primer Defensor? ¿Puedes ocuparte de ellos? ¿Tienes idea de lo que van a hacer? Esta no es una lucha ordinaria entre hombres del Pueblo, en la que cada uno intenta hacer retroceder a los demás. Éste no es un conflicto corriente entre linajes enemigos. Te estás enfrentando a seres que no comprendes, y ellos son ignorantes. No tienen ni idea de las consecuencias que pueden tener sus actos.

La Abuela levantó una mano pidiendo silencio.

—No me interesan las discusiones de los hombres. Las acusaciones pueden esperar; las explicaciones también. Tenemos tres problemas que debemos resolver ahora mismo.

¿No cinco?

—Uno eres tú, Nicky. Has demostrado que no eres de fiar. No podemos permitir que te quedes aquí ni en ningún otro lugar de importancia estratégica. Podrías traicionarnos. ¿Pero cómo podemos expulsarte sin que los demás sepan lo que has hecho?

»E1 segundo problema es Pérez Anna. ¿Existe alguna forma de que guarde silencio?

»El tercer problema es Lugala Tsu. Mientras él esté aquí, las negociaciones correrán peligro. Creo que en esto Nicky tiene razón, Gwarha, y tú estás equivocado. He observado a los Lugala durante ochenta años. Todos se parecen: avaros y de miras estrechas, pero con una inteligencia peligrosa, y una gran persistencia. Nunca ceden. Nunca aprenden nada importante. Cuando han decidido lo que quieren, no hay argumento que los haga cambiar.

Hizo una pausa y suspiró.

—Existe un cuarto problema que se me acaba de ocurrir. Los humanos como especie. ¿Te has preguntado, Gwarha, cómo podemos enfrentarnos a criaturas como éstas? Ése es un asunto a considerar. Se lo hemos dejado a los hombres, y ha sido un error.

La Abuela hizo una breve pausa y añadió:

—Marchaos.

—¿Qué? —preguntó el general.

—Sal y habla con Pérez Anna. Dile algo tranquilizador y llévate contigo a Sanders Nicholas. Quiero hablar con mis hijas, y no quiero distraerme con las voces de los hombres. Márchate.

Ettin Gwarha se puso de pie y lo imité.

—No abandonéis los aposentos de las mujeres —ordenó Ettin Per—. Ninguno de vosotros.

Regresamos a la antesala, donde Anna esperaba, todavía acurrucada en la silla ancha y baja. Vaihar se había sentado frente a ella. Levantó la vista y miró al general, luego a mí y finalmente al suelo. Anna dijo:

—¿Y bien?

—Nos han hecho salir —repuso el general—. Las mujeres de Ettin están conferenciando.

Se sentó. Yo me apoyé contra la pared.

—Vaihar, ¿podrías salir un momento? Necesito hablar con el Primer Defensor. Espera en el pasillo.

Vaihar salió. El general levantó la cabeza.

—No tengo ganas de conversar —dijo en la lengua de Eh y Ahara.

—Me lo imagino —comenté en inglés, y luego le dije a Anna que iba a hablar una de las lenguas hwarhath—. Sé que es una grosería, y me disculpo. Tengo que aclarar un asunto.

Ella asintió.

Seguí hablando en la lengua de Ettin.

—Tengo que pedirte un favor.

—¿Ahora? ¿Después de comportarte como lo has hecho?

Esperé.

—No te prometo nada, Nicholas. Dime qué quieres.

—Mi diario. Si me ocurre algo, cógelo y destruye las partes codificadas para que nadie pueda verlas. Hazlo sin leerlas. —Me dedicó una larga y reflexiva mirada—. ¿O es que ya las has leído, Primer Defensor?

—No. No he interferido ninguno de s programas, ni he abierto ninguno de tus archivos. ¿Debería haberlo hecho?

—En ellos no hay nada que suponga una… —me negué a pronunciar la palabra que empezaba por «t», y que realmente no me gusta— deslealtad hacia ti ni hacia tu Pueblo. Pero hay secretos. Si sólo fueran secretos míos, podría vivir sabiendo que tú los has leído.

Algo alteró su expresión. Estaba pensando en algo que no resultaba demasiado agradable.

—O morir sabiéndolo —añadí.

No respondió.

—Los archivos que he codificado contienen secretos de otras personas. Sé que los miembros de tu especie no necesitan mucha intimidad. Pero tú sí necesitas algo, y esta gente confió en mí.

—Destruiré los archivos sin leerlos, si resulta necesario hacerlo. Pero no creo que lo sea. ¿Qué me dices del resto del diario?

—Haz lo que quieras, pero siempre quise publicarlo.

El general lanzó un silbido.

—Memorias. Como mi abuela.

—Tú tendrías que ser el editor —dije.

Lanzó otro silbido.

—No te prometo nada.

—De acuerdo. —Miré a Anna—. Danos otro par de minutos, ¿quieres?

—Sí. —Parecía cansada y deprimida. Me pregunté cómo estaría Vaihar en el pasillo.

—Hay otra cosa —dije en la lengua de Ettin—. Otro favor.

Su expresión era la de un hombre que se encuentra al límite, pero no me pidió que guardara silencio.

—Si sucede lo peor, no conserves mis cenizas con la esperanza de poder devolvérselas a mi familia. No quiero ser enterrado en la Tierra.

—¿Por qué no?

—Si los humanos dicen la verdad, mis padres viven ahora en Dakota del Norte. No quiero acabar en el cementerio de una pradera. Diosa, me sentí feliz al irme de allí.

Reflexionó. Por supuesto, le resultaba incomprensible. Todos los hombres —todas las personas— deben querer regresar a su tierra natal, ser enterradas entre los suyos.

—¿Dónde quieres ser enterrado?

Me encogí de hombros.

—En Ettin, si estás dispuesto. De lo contrario, en el espacio.

—Esta conversación no es necesaria. No vas a morir. —Hizo una pausa—. No en un futuro cercano. Pero dada la diferencia de la esperanza de vida entre nuestras especies, es casi seguro que tú mueras antes que yo. Cuando llegue el momento, y si aún es tu deseo, llevaré tus cenizas a Ettin. —Levantó la vista y me miró a los ojos—. No estés tan asustado, Nick, y no digas cosas que me asustan a mí.

—De acuerdo —dije. Volví a mirar a Anna—. Estamos esperando que las tías del Primer Defensor y su soprendente abuela decidan qué hacer.

—¿Su abuela? ¿Ha traído a su abuela a las negociaciones?

—Empezaba a decaer —comentó el general—. Pensamos que ya no era aconsejable que viviera sola. Así que Per, mi tía Per, le ofreció su casa. —Pasó a la lengua de Ettin y me dijo—: Echaron los dados, y Per sacó la combinación menos propicia. Sin duda, fue obra de la Diosa. A Aptsi le resultaba imposible ocuparse de mi abuela, y habría sido una pena arruinar la buena disposición de Sai.

—¿No puede decirlo en inglés? —preguntó Anna.

—No —repuso Ettin Gwarha—. Lo siento, miembro Pérez. Estoy actuando con descortesía. Ella no está acostumbrada a vivir con otras personas, y mis tías pensaron que no sería buena idea dejarla en casa de Per, acompañada sólo por los miembros jóvenes de la familia.

—Se la habrían comido en el desayuno —comenté.

—Por eso la trajo aquí.

—Donde probablemente ella nos comerá a nosotros en el desayuno.

Me miró con furia.

—No confundas a la miembro Pérez Anna, ni calumnies a la gente que te ha dado cobijo durante más de veinte años. No somos… ¿cuál es la palabra que designa a los que se comen entre sí?

—Capitalistas —contestó Anna.

—¿Es así? —me preguntó Ettin Gwarha.

—En este contexto, la palabra correcta es caníbal.

—Ah.

Después esperamos en silencio. Me miré los pies. Uno de mis calcetines se estaba agujereando en el sitio de costumbre, en el dedo gordo. Resulta curioso las cosas que uno ve y en qué momento. Como el tapiz del vestíbulo. Podía cerrar los ojos y verlo: el tractor enorme y cuadrado, de color rojo burdeos; la mujer alta, vestida de azul y verde. Sostenía una llave inglesa, no» muy distinta de una llave inglesa humana, totalmente corriente. Yo había usado una igual cuando era niño.

Finalmente Ettin Gwarha habló en inglés.

—¿Por qué la gente te ha contado secretos?

Abrí los ojos.

—Porque yo escucho. No siempre, pero sí con frecuencia.

—¿Entonces por qué no me escuchaste a mí cuando te dije que te mantuvieras al margen?

—Tenía que hacer algo. «Sólo hay esperanza en la acción.»

—¿Qué?

—Estoy citando a alguien. A un filósofo humano.

Arrugó el entrecejo.

—Eso es una completa equivocación. ¿Es una creencia común?

—¿Por qué es una equivocación? —preguntó Anna.

Lo vi cambiar de posición y ponerse más cómodo para concentrarse en una discusión sobre su tema favorito: la moral.

—Todo tiene consecuencias, la inacción lo mismo que la acción. Pero como norma, es mejor no hacer nada que hacer algo, y mejor hacer poco que mucho.

»Decir que la acción es motivo de esperanza significa alentar a las personas, a los necios como Nicky, a dar vueltas y hacer algo, cualquier cosa, en lugar de soportar la desesperación.

»Esto no significa que debamos permanecer ociosos. Evidentemente, hay muchas otras cosas que deben hacerse. Pero deberíamos tener cuidado, sobre todo cuando hacemos algo nuevo. La Diosa nos ha dado la inteligencia que necesitamos para pensar en lo que estamos haciendo, y nos ha dado la capacidad de distinguir entre lo bueno y lo malo. No podemos esperar nada más de ella. No nos rescatará de las consecuencias de nuestra locura.

»Lo que se necesita, siempre, es paciencia, persistencia, cautela y confianza. Debemos creer que el universo sabe lo que hace, y que los demás no son totalmente estúpidos.

—Pero usted no confía en Nicky, ¿verdad? —apuntó Anna.

Gwarha abrió la boca pero no dijo nada. En lugar de él, habló el aire. Era Ettin Per, que nos llamaba a todos.

Entramos en la habitación de paredes blancas: primero Anna, después Gwarha, después yo. Las mujeres levantaron la vista.

Per dijo:

—Nicky, traduce tú. Dile a la mujer de Pérez que se siente a mi lado.

Gwarha y yo nos sentamos en la sillas que habíamos ocupado antes. Ahora el círculo estaba completo. No quedaban sitios vacíos.

—Yo me encargaré de las presentaciones —dijo él con su voz suave y profunda. Ya no tenía el mismo matiz cortante. Ya no estaba furioso. Cansado, tal vez, como Anna y la anciana, que parecía un poco hundida.

Pero Petali se irguió una vez concluidas las presentaciones, y dijo:

—Tenemos la solución a tres de nuestros problemas. Queda el problema más importante. Eres tú, Pérez Anna.

Traduje.

—Dijisteis que nadie me haría daño —señaló Anna—. Y quiero saber qué será de Nicholas. ¿Qué va a ocurrirle?

—¿Comprendes lo grave que es esto? —preguntó Petali—. Él te ha dado información que ni nosotras ni nuestros hombres queremos que llegue a oídos de los humanos. Si fuera un miembro de su propio Pueblo, Ettin Gwarha le habría pedido que se suicidara. El mismo se habría ofrecido a hacerlo sin que se lo pidieran.

La anciana hizo una pausa y yo traduje. Anna parecía preocupada.

—Si esta historia se divulga, él morirá. Eso está fuera de toda discusión —afirmó Petali—. Si logramos que la situación no trascienda del círculo familiar, entonces creo que podremos salvar a Nicky.

Anna preguntó:

—¿Es verdad?

—Más o menos —respondí—. Aunque debes recordar que Ettin Petali está intentando llegar a un acuerdo. Todavía no sé a qué clase de acuerdo.

—Ten cuidado —dijo el general en la lengua de Ettin.

—¿Qué queréis? —preguntó Anna a la anciana.

—Queremos que guardes silencio. Que no cuentes nada de esto a los otros humanos.

—No puedo prometerlo —contestó Anna—. Si los del servicio de información militar me cogen, les diré todo cuanto sé.

—Es una pena que no sea un hombre —dijo la anciana después de oír su respuesta—. Podría producirse un accidente.

—Pero no con una mujer, Madre —puntualizó Ettin Sai.

—Aún no he perdido la cabeza. Sé cuál es la conducta correcta.

—Tendremos que asegurarnos de que por ahora te quedas aquí —comentó Ettin Per—. Si colaboras, creo que podremos arreglarlo. Insistiremos en que tenemos que negociar contigo.

—¿Durante cuánto tiempo? —preguntó Anna.

—No lo sabemos —repuso Ettin Per—. Pero recuerda que la situación es peligrosa. Si no colaboras, Nicky morirá, casi con certeza. Ettin Gwarha será obligado a retirarse. La humanidad tendrá que tratar con el hijo de Lugala y su repulsiva madre. Si ellos se encargan de las negociaciones, habrá guerra. Nicky te ha dicho que la humanidad no ganará.

Traduje.

—¿Nick? —dijo Anna.

—¿Cómo quieres que te responda? Estoy en medio de todo esto y me resulta difícil ser objetivo.

Ella esperó.

—Las cosas podrían no ser tan terribles como sugieren mis tías —dijo el general—, pero no creo que salgan bien si quedo deshonrado, y eso será lo que ocurrirá si esta historia sale a la luz.

Gwarha siempre tenía una idea clara de su importancia.

—Estamos pidiendo un año o dos —señaló Ettin Sai en inglés—. Eso pensamos.

—Y me estáis pidiendo que me ponga de vuestra parte contra los de mi propia especie —puntualizó Anna.

—Sí —reconoció Ettin Sai.

—Seguramente Nicky tiene razón —comentó el general—. Si hay una guerra, nos veremos obligados a decidir que no sois personas. No nos queda otra alternativa. Si sois personas, no podemos quebrar las reglas. Pero si vosotros las quebráis, cosa que evidentemente haréis, entonces seremos destruidos. No sólo los del perímetro; eso podríamos soportarlo. También los del centro.

»Para sobrevivir, para salvar nuestros hogares, tendremos que combatiros como combatiríamos a un… —concluyó la frase con una sola palabra pronunciada en su idioma.

Traduje:

—Bicho insignificante. Un insecto destructivo.

—Miembro, le aseguro que los destruiremos —anunció el general—. Si es necesario.

—¿Qué alternativa nos queda? —preguntó Anna.

Las mujeres cambiaron de posición. Como Gwarha cuando se preparaba para hablar de moral, se pusieron cómodas. Aquello era el principio de un acuerdo.

—Debe resolverse el tema de qué son los humanos —aseguró Ettin Per—. Y no es un asunto de hombres. Ellos nunca han decidido quién es persona y quién no. Esa tarea siempre ha correspondido a las mujeres. Somos nosotras las que examinamos a los recién nacidos y decidimos si se convertirán o no en verdaderas personas. Somos nosotras quienes examinamos a los que enferman y decidimos si sigue existiendo un verdadero espíritu. »Hemos aprendido a mirar más allá de las apariencias. Ésa es nuestra habilidad, no la habilidad de los hombres. Ellos no pueden decidir estas cuestiones.

Ettin Petali apuntó:

—Llevaremos el problema al Tejido, lejos del hijo de Lugala. ¡Deja que la mujer de Lugala nos siga! Cuando estemos en nuestro hogar podremos tratar con ella.

—Y nos llevaremos a Nicky —dijo Ettin Sai en inglés.

—¿Qué? —pregunté.

—¿Por qué? —quiso saber el general.

Ettin Per respondió.

—Debemos llevárnoslo fuera del perímetro y lejos de los otros humanos. Sin duda lo comprendes, Gwarha. Además, él es nuestro principal experto en humanidad. Evidentemente, el Tejido tendrá que consultar con él. De modo que vendrá con nosotras y lo vigilaremos, y nadie se sorprenderá.

—¿Queréis que traduzca todo esto? —pregunté.

—No —repuso Ettin Petali. Miró a su nieto—. Hay que hacerlo. Si se decide que él es una persona… no prometo nada, pero intentaremos encontrar la forma de enviarlo aquí de vuelta.

—¿Y si no? —preguntó Gwarha en tono ronco.

—No nos precipitemos —sugirió Per.

Seguramente seré eliminado como un perro que ha cogido la costumbre de morder. Una idea encantadora.

—¿Qué ocurre? —preguntó Anna.

—Es una disputa familiar.

El general me miró.

—Nicky…

—¿Se te ocurre alguna otra solución?

—No.

—Tal vez ésta sea la mejor. Hace años que te digo que los principales están estropeando las cosas. Tal vez las mujeres puedan hacerlo mejor.

—Claro que podemos —dijo la anciana.

Per se inclinó hacia delante.

—Pregúntale a la mujer de Pérez si está dispuesta a guardar silencio y a quedarse en esta estación hasta que logremos dominar la situación en nuestro hogar.

Traduje.

—¿Qué te parece? —preguntó Anna.

—Acepta.

—De acuerdo. Lo haré. Pero si esto sale bien, quiero ser el primer ser humano que os siga al planeta hwarhath nativo.

En cuanto la anciana supo que se había llegado a un acuerdo, se echó hacia atrás, se hundió en la silla y pareció empequeñecer. De repente quedó convertida en un saco de huesos cubierto de pelaje blanco. La túnica espléndidamente bordada resultaba ahora grotesca. Cerró los ojos. Sus hijas parecían ansiosas.

—¿Madre? —llamó Per.

—¿Quieres dormir una siesta? —preguntó Aptsi.

—Llevaos de aquí a estas personas, si es que son personas. He hecho todo lo que podía.

Salimos. Vaihar aún estaba en el pasillo. El general lo despidió. Después Gwarha y yo acompañamos a Anna a sus aposentos.

Ella se detuvo en la puerta y dijo:

—El de hoy ha sido un día terriblemente espantoso.

—Puede darle las gracias de eso a Nicholas —aclaró el general.

—Realmente habla usted muy bien el inglés —comentó ella—. Tomaré un trago y luego dormiré una siesta, como su abuela, que probablemente trabaja mucho para ganarse el pan.

—Buepe napas ñopo chepes —la saludé.

—Hapas tapa mapa ñapa napa —respondió.

—¿Qué estáis diciendo? —preguntó el general.

—Es un juego de niños, y una forma de recordarnos mutuamente que los dos somos humanos.

Regresamos al otro extremo de la estación. Le hablé a Gwarha de Jack y la Habichuela Mágica.

—Ah —dijo cuando concluí—. Es interesante lo parecidos que sois a nosotros, salvo en las cosas en las que sois diferentes. Ese cuento es como el nuestro del Niño Inteligente y la Niña Inteligente.

Llegamos a sus habitaciones.

—Quiero hacerte una pregunta, Primer Defensor, y de veras no quiero que la eludas.

—¿Tienes que hacerla ahora?

—¿Cuánto tiempo nos queda?

Me miró con sus ojos azules y sus pupilas parecían rayas. Suspiró débilmente y apoyó la palma de la mano en la puerta.

—Entra.

Se acomodó en el sofá. Encontré un trozo cómodo de pared desde donde podía observar su expresión.

—Haz tu pregunta.

—Hasta ahora, nunca te he visto hacer algo deshonroso. Has roto una promesa que me habías hecho, y has violado una de las reglas de la guerra. Me gustaría saber por qué.

—Es evidente, sin duda. Pensé que ibas a traicionarme. —Hizo una pausa y añadió—: Y que traicionarías al Pueblo.

—¿Cómo se te ocurrió pensarlo?

—¿Tiene importancia? Tenía razón.

Esperé. Bajó la vista.

—Gwarha, cuando estás avergonzado o molesto, más te valdría ponerte un letrero.

Levantó la vista y me miró a los ojos.

—Me he estado haciendo preguntas sobre ti y sobre Anna. Ella no es pariente tuya. Esa historia del parentesco entre Kansas e Illinois es una mentira.

Entonces caí en la cuenta y supe lo que había estado imaginando.

—Estúpido imbécil.

—He estado recordando que eres humano —dijo en tono lastimero.

—¿Qué buscabas cuando pusiste los micrófonos en nuestras habitaciones? ¿Una prueba de traición? ¿O la prueba de que yo me metía en la cama con Anna?

Clavó la vista en la alfombra.

—Estúpido. Ningún ser humano me resulta sexualmente interesante. Me siento en esa sala de reuniones y miro a los hombres y pienso: «Debería encontrar atractivos a estos individuos.» Pero no es así. Recuerdo que los humanos solían parecerme hermosos. Pero ya no. No en comparación contigo, o con Vaihar, o incluso con el pobre Matsehar. Pero son mi gente, y Anna es mi amiga, y estoy demasiado furioso para continuar con esta conversación.

Me acerqué a la puerta. Él se quedó sentado en el sofá, con los hombros caídos y la cabeza gacha, en silencio.

Tenía tiempo de dar un paseo. Tomé el camino de costumbre, lejos del sector habitado de la estación.

Le dije a Anna que la estación está casi totalmente vacía, que es como una concha. Tal vez sea cierto, pero una red de pasillos recorre toda la superficie interna del cilindro de la estación.

Algunos tienen la misma longitud que el cilindro. Cuando me siento atrapado, prefiero caminar por ellos. Puedo mirar adelante y ver filas de luces que se extienden en la distancia.

Otros rodean el espacio central teóricamente desierto. No me gustan tanto. La curva del suelo y el techo es evidente, y no se ve hasta demasiado lejos.

Es posible que los pasillos sobren en la construcción. Suelen estar vacíos y siempre son fríos. ¿Pero por qué todos están presurizados, y por qué tantas puertas tienen emblemas de seguridad?

Sé que no vas a responder estas preguntas, Gwarha. Lo más probable es que yo haya abandonado la estación antes de que leas esto. Te diré cuál es mi teoría.

Las puertas conducen a compartimientos estancos, y más allá de estos compartimientos se encuentra otra de las desagradables sorpresas del Adelantado Shen Walha. No sé con certeza de qué clase de sorpresas se trata. Tal vez es una nave de guerra interestelar tipo luat, con sus exploradores y sus barrenderos. Mientras camino por los pasillos la imagino flotando en medio de una estación destinada a los diplomáticos: enorme, contundente y de aspecto brutal, con sus pequeños cachorros exploradores.

Los barrenderos (casi con certeza) se encuentran en la parte superior: chatos y en forma de hoja de lanza, como escamas que cubren el amplio lomo del luat.

Así es como lo imagino, Gwar: una madre-monstruo blindada, como la de la historia que contó Tsai Ama Ul. Si los acontecimientos toman un cauce negativo, puede utilizarse para evacuar a las mujeres o destruir la nave espacial humana.

Tal vez estoy equivocado. Tal vez no hay nada al otro lado de las puertas. Muchas veces me has dicho que tengo demasiada imaginación.

Caminé un rato; estaba furioso. No voy a decirte lo que pensaba: ideas surgidas de la ira, la mezquindad y la autodefensa. Finalmente llegué a una zona donde los tubos del techo estaban apagados; sólo estaban encendidas las luces pequeñas del suelo. Me detuve en una intersección. Un pasillo se abría a ambos lados. El otro se curvaba ligeramente. El aire era más frío de lo habitual y olía a los productos químicos que se utilizan para colocar una moqueta.

Empecé a hacer una serie de ejercicios banatsin: lentos, concentrándome en alcanzar la perfección en cada movimiento. Eso me ayudó. Comencé la segunda serie, que es aún más lenta, y luego la tercera, que incorpora posturas estáticas. Por lo general es en este punto donde logro que mi respiración sea la correcta.

Con la tercera serie desaparecen las irritaciones menores. En la cuarta, uno deja de ser consciente de su ser. Al final de la quinta serie, uno ha alcanzado el estado adecuado para el reposo. Ya no se mueve. Está vacío, abierto, inactivo y cbulmar, una palabra que nunca he logrado traducir apropiadamente. Cuando se utiliza en la conversación corriente significa ser piadoso o tener un gran sentido del humor. Cuando se utiliza en el hanatsin, no lo sé.

Llegué al final de la quinta serie y me quedé inmóvil durante un rato; luego recuperé la conciencia. Los pasillos no habían cambiado; sentí frío. Miré a mi alrededor y descubrí las cámaras que enfocan la intersección: eran dos, muy altas y casi ocultas entre las sombras. Probablemente había algún individuo en algún puesto de seguridad, mirando las pantallas y preguntándose qué tramaba Sanders Nicholas esta vez. Si quería practicar hanatsin, ¿por qué no iba a la sala de hanatsin?

Un lugar para cada cosa, y cada cosa en su lugar, como solía decirme mi padre cuando hablaba del cobertizo de las herramientas y de su biblioteca.

Cuando regresé a mis aposentos, la luz ámbar de la puerta que daba a las habitaciones de Gwarha estaba encendida. La puerta no tenía echada la llave. Él quería que entrara a verlo. Yo ya no estaba enfadado, pero sí cansado, y aún me duraba el estado de ánimo alcanzado con los ejercicios hanatsin. No quería perderlo oyendo las acusaciones ni las explicaciones de Gwarha. Me di una ducha y me metí en la cama.

Por la mañana encontré un mensaje en mi ordenador; era de Gwarha y estaba escrito en la lengua principal hwarhath, muy formal y muy cortés.

Prefería que no tuviera contacto de ningún tipo con los humanos.

Prefería que no entrara en ningún archivo que exigiera una clave, salvo en mis archivos personales, por supuesto.

Prefería que no fuera a mi despacho.

Me explicaba cuidadosamente que no había habido ningún cambio en mi categoría. Aún tenía mi rango de seguridad. Él no había impartido órdenes. (Tampoco podía hacerlo si quería mantener en secreto lo que ocurría.) Pero como un favor a él, ¿tendría la amabilidad de pasar el día haciendo algo inofensivo?

Claro que sí, respondí al ordenador.

Sabía que me gustaba caminar por los sectores desiertos de la estación, y sabía lo importantes que eran para mí las caminatas. ¿Pero podría limitarme a las zonas de la estación que estaban en funcionamiento?

Y se sentiría agradecido si me reuniera con él por la noche, en sus aposentos.

Volví a responder afirmativamente.


He pasado el día trabajando en mi diario, intentando apuntar todo antes de olvidarlo y antes de que la información empiece a cambiar, como parece que ocurre siempre. Hay problemas con el cerebro humano como equipo de almacenamiento de datos.

Puedo retocarlo más tarde, cambiando las palabras y tratando de que todo suene mejor. Pero eso es peligroso: la realidad se convierte en arte.

La luz que está junto a la puerta de Gwarha acaba de tornarse ámbar. Está en casa, esperando que yo entre. Lo más probable es que haya cogido una jarra de halin y esté sentado en su sofá con una copa en la mano y la jarra delante, sintiéndose herido y lamentándose de su suerte. El muy cabrón. ¿Cómo pudo espiarme?

¿Por qué los traicioné a él y al Pueblo? Lo único que sé ahora es que fui un estúpido.

¿Y cuál de nosotros se parece más a una rata? ¿Quién ha causado el mayor daño?

No tiene importancia. Creo que las mujeres de Ettin van a sacarme de aquí rápidamente. Si Gwarha y yo hemos de hacer las paces, tendrá que ser ahora. Tal vez la Diosa sea amable con nosotros, y más tarde tengamos tiempo para discutir y recriminarnos cosas: tiempo para un centenar de visiones y revisiones. Pero en este momento quiero paz.

Por alguna razón estoy pensando en los animales de Anna: la medusa gigante, atrapada entre el temor y la lujuria, haciendo señales desesperadas que expresan sus buenas intenciones mientras los zarcillos venenosos flotan a su alrededor.

Yo soy yo. No tengo intención de hacer daño. Deja que me acerque. Deja que te toque. Intercambiemos lo que se conoce como amor.

Cuando concluya esta frase, voy a apagar el ordenador, voy a levantarme y a acercarme a la puerta.


Del diario de Sanders Nicholas, etc.


I

<p>I</p>

El viaje se desarrolló según lo planeado. Hicieron el primer transbordo siguiendo las instrucciones impartidas por el enemigo, y llegaron en medio de la nada. Una nave hwarhath fue a su encuentro y les dio una nueva serie de instrucciones. Siguieron avanzando. La nave hwarhath se quedó y se aseguró de que nadie los seguía. Esto ocurrió dos veces más y después de cuatro transbordos llegaron a la estación enemiga.

La singularidad alrededor de la que giraba (a una distancia segura) no producía luz útil, y la estación sólo era visible como un gráfico de ordenador. Apareció en una pantalla de la sala de observaciones: un cilindro chato más parecido a un bote de sopa que a cualquier otra cosa.

Tal como se había acordado, su nave se detuvo a una distancia segura del bote de sopa y esperó la llegada de un vehículo alienígena. Anna guardó sus cosas. No le había resultado fácil decidir lo que quería llevarse de la Tierra y ahora tenía que volver a decidir. ¿Qué debía ponerse para la primera negociación con un enemigo alienígena y en su terreno?

Ropa cómoda y muy versátil. Ropa fácil de lavar y que no necesitara planchado.

Pero también —además— un traje que deslumbrara los ojos azul mate de los alienígenas, y si no los de los alienígenas (¿quién sabía lo que podía deslumbrarlos?), los de sus colegas del equipo diplomático, o los de Nicholas Sanders, el de la sonrisa agradable y la no tan agradable historia. Aunque no estaba segura de que él participara en la nueva ronda de negociaciones.

Cuando terminó de recoger sus cosas fue a la sala de observación y vio el bote de sopa que daba vueltas y giraba sobre su largo eje.

Allí estaba uno de sus colegas, un joven diplomático llamado Etienne Corbeau.

—No lo entiendo —dijo el joven—. Estas estaciones pueden tener cualquier aspecto. ¿Por qué las hacen tan horribles?

—Tal vez no las ven así. La belleza está en el ojo del que mira.

Etienne sacudió la cabeza.

—Yo creo en los absolutos estéticos. La moral es relativa, pero en el arte está la verdad.

—Tonterías.

—Vas a tener que aprender un nuevo vocabulario, querida Anna.

¿Por qué? Estaba en este viaje sólo por una razón: el enemigo había pedido su presencia. Los hwarhath sabían que no era una diplomática. Probablemente no esperaran que hablara como Etienne.

El enemigo envió el vehículo y los diplomáticos subieron: hombres humanos de sonrisas radiantes instalados en los amplios asientos de los alienígenas. Ella era la única mujer; los hwarhath lo habían especificado.

El aire del vehículo tenía un olor raro. Los hwarhath, pensó Anna al cabo de un instante. En los dos últimos años había olvidado su olor, pero ahora lo recordó. No era desagradable, simplemente no era humano.

Los miembros de la tripulación del vehículo llevaban pantalones cortos y sandalias. Eran corteses; Anna recordaba esta cualidad por su anterior encuentro con los hwarhath en el planeta de los seudosifonóforos; y se movían con el hábil garbo que, al parecer, era característico de la especie. Parecían más alienígenas que antes. Tal vez se debía a su nuevo atuendo, que ponía de manifiesto lo peludos que eran. O tal vez a sus pezones. Tenían cuatro, dispuestos en dos grupos de dos, grandes, oscuros y claramente visibles en los pechos anchos y peludos.

Anna se preguntó cuántos hijos tendrían los hwarhath en cada parto. Había averiguado todo lo que había podido, pero era muy poco lo que se sabía de los alienígenas. Sobre todo de las mujeres alienígenas.

—Esta gente siempre me ha puesto los pelos de punta —comentó Etienne. Estaba sentado junto a ella.

—¿Por qué?

—Los ojos. Las manos. La piel. Y su violencia. No estabas en el recinto cuando éste fue atacado.

No. En ese momento era prisionera del servicio de información militar de los humanos.

Notó una sacudida: el vehículo se desenganchaba de la nave humana, llamada Mensajero de la Paz. Un instante después la gravedad cambió y se aseguró de que llevaba los cinturones abrochados.

El viaje no tuvo nada de particular. Los motores se encendieron, se apagaron y volvieron a encenderse. La gravedad siguió cambiando. No había nada que ver, salvo la cabina sin ventanillas. ¿Los hwarhath no usaban más que colores industriales, y por qué sus colores industriales eran como los colores industriales de la Tierra? Por supuesto, no sabía nada de la óptica de los alienígenas. Tal vez aquellas paredes vacías en realidad estaban cubiertas de dibujos festivos invisibles para ella. Tal vez cuando los alienígenas miraban los diferentes tonos de gris, veían… ¿quién podía decirlo? Colores tan intensos como el fucsia.

Los diplomáticos conversaban nerviosamente a su alrededor. No decían nada importante. Los alienígenas podían estar escuchando. Delante de ella, el asistente del embajador hablaba de sus gladiolos, y Etienne describía su última visita al Museo de Arte Moderno de Nueva York.

Al cabo de una hora se produjo otra pequeña sacudida. El vehículo había llegado. Las puertas se abrieron y el equipo salió flotando, ayudado por los alienígenas, que no flotaban. Debían de llevar algo en la base de las sandalias que los sujetaba al suelo.

Era como llegar a una estación humana, pensó Anna. Un ascensor trasladó al equipo de diplomáticos desde el eje hasta el borde. Cuando el ascensor se detuvo, dejaron de flotar. Salieron en fila con gran dignidad, y los hwarhath de la tripulación los guiaron por un pasillo hasta una sala: grande, muy iluminada y con moqueta gris. El aire era fresco y olía a maquinaria y a alienígenas; había media docena de ellos de pie, esperando, vestidos con pantalones hasta la rodilla y nada más.

—No entiendo ese atuendo —comentó Etienne.

Ella echaba de menos los uniformes ceñidos que los hwarhath usaban antes. Pero ahora se les veía más cómodos, se parecían menos a guerreros de la era espacial.

Hubo un saludo oficial, pronunciado por un alienígena voluminoso con fuerte acento. No era el Primer Defensor. ¿Dónde estaba él? El embajador de los humanos respondió. Anna estaba demasiado lejos y tenía problemas para oír, pero de todos modos no estaba demasiado interesada.

Observó a los hwarhath y notó que uno de ellos le resultaba conocido: bajo, oscuro y elegante. Él la miró y sus ojos se cruzaron sólo un instante. Después de bajar la vista sonrió, y la sonrisa fue decididamente familiar: breve y resplandeciente, no más prolongada que su mirada. Hai Atala Vaihar.

Cuando los discursos concluyeron, él se acercó.

—Miembro Pérez.

—Observador Hai Atala.

—Me recuerda. Estoy encantado. Aunque debería comunicarle que he sido ascendido. Ahora soy portador.

—Enhorabuena.

Él le dedicó su radiante sonrisa.

—Como sabe, se decidió que usted tendría habitaciones propias separadas de las de los hombres. Yo la escoltaré.

Anna habló con sus colegas. Etienne pareció preocupado. El asistente del embajador le dijo:

—No estoy del todo satisfecho con esto, Anna. —El jefe de seguridad le dijo que tuviera cuidado. Hai Atala esperaba, cortésmente callado.

Al cabo de un par de minutos ambos recorrían un pasillo igual a los de la base hwarhath: grande, desierto, gris y lleno de alienígenas que se movían rápidamente con su habitual aplomo.

—Leí Moby Dick, como usted me aconsejó —le comentó el portador—. Un libro muy bueno y casi totalmente decente. He estado… ¿cuál es la palabra correcta? Acosando a Sanders Nicholas para que lo lea. Quiero comentarlo con un humano. Tal vez, mientras usted está aquí…

Al llegar a una esquina, doblaron por otro pasillo. Anna miró hacia delante. Una figura alta y delgada se encontraba de pie mirando en su dirección, cruzado de brazos y con un hombro apoyado en la pared gris del pasillo. Muy típico. Lo que recordaba de Nicholas era que se pasaba el tiempo holgazaneando, salvo al final.

El hombre se irguió y se separó de la pared, desplegando los brazos y separándolos de los costados. Debía de ser un ademán forma brazos rectos, manos en posición horizontal, con las palmas hacia adelante. Tenía los dedos juntos y los pulgares hacia arriba. ¿Qué significaba? ¿Tal vez «no tengo nada en las manos ni en las mangas»?

Hai Atala se detuvo e hizo el mismo ademán.

—Hola, Anna —la saludó Nicholas y sonrió. Tenía casi el mismo aspecto que dos años antes. Un poco más viejo, tal vez. Con más mechones grises.

Hai Atala anunció:

—Nicky hará las veces de escolta, miembro. No tengo parientes en la zona de la estación reservada a las mujeres. En realidad, no debería entrar. Nicky, al menos, pertenece a la misma especie que usted, y dice que es de la misma zona del planeta que usted.

—¿De veras? —preguntó Anna.

—Leí tu historial. Tú creciste en la zona de Chicago. Yo crecí en Kansas. Los dos somos del Medio Oeste. Eso casi nos convierte en parientes. ¿Puedo llevarte la bolsa?

—Se supone que no debo soltarla. El enemigo podría ponerme algo dentro. Un aparato de escucha, una bomba.

—Podemos escuchar perfectamente bien con los dispositivos de las paredes —intervino Hai Atala—. Y nadie haría estallar una bomba en su propia estación espacial. —El alienígena hizo una pausa—. En cualquier caso, no una bomba grande. Espero verla más tarde, miembro. —Dio media vuelta y se alejó. Anna lo observó mientras se marchaba.

—¿Es una alucinación, o se mueve aún más deliciosamente que el otro hwar?

—Les encanta ponerse nombres —comentó Nicholas—. Sobre todo a los hombres. Por lo general son nombres humorísticos y a menudo de un humor desagradable; pero su apodo es el Hombre Garboso. No sólo por la forma en que se mueve. Posee un espíritu garboso y también lo es en el trato social. Y tiene una mente mucho más abierta que la mayoría del Pueblo. Un joven muy bueno, que será muy importante si no se desencadena una guerra grave. Si acabamos combatiendo a la Confederación, tendrás el dudoso placer de tratar con Wally Shen.

—¿Y tú tienes algún apodo? —preguntó Anna.

—Un par. El Hombre al Que No le Gusta Responder Preguntas y el Hombre Que Odia las Moquetas. —Rozó con la sandalia la moqueta que cubría el suelo—. He vivido con esta cosa durante veinte años, y aún me arranca improperios.

Iba vestido con una camisa de color pardo, de manga larga, pantalones del mismo color y sandalias. Como antes, algo fallaba en su ropa, como si la hubiese confeccionado un sastre que no estuviera totalmente seguro de lo que hacía. Llevaba dos insignias redondas adheridas al cinturón: de metal esmaltado con emblemas que Anna no reconoció y algo que, casi con toda seguridad, eran letras.

—Vamos —propuso Nicholas.

Echaron a andar. Metió las manos en los bolsillos casi de inmediato y caminó a grandes zancadas que nada tenían que ver con los graciosos movimientos de Hai Atala.

—¿Qué ha pasado con los uniformes? —preguntó ella unos instantes después.

—Lo que ves ahora es el atuendo habitual de los hombres hwarbath. Recuerda que los miembros del Pueblo tienen el cuerpo cubierto de pelaje, y que, en gran número, los hombres viven en lugares con clima artificial. ¿Para qué iban a necesitar ropa? Necesitan bolsillos y un lugar donde colgar la placa de identificación, y deben cubrirse lo suficiente para que las personas provenientes de culturas recatadas no se sientan perturbadas. Y eso es lo que hay.

—Los uniformes del planeta eran falsos —dijo Anna.

—Parte de un vestuario —puntualizó Nicholas—. Como el de una obra de teatro. Advertí al general de que a los humanos podía resultarles difícil tomarse en serio a una persona vestida con pantalones cortos. De modo que hicimos que el Cuerpo de Arte diseñara uniformes de cadetes del espacio. Me parecieron muy logrados. Me gustaron especialmente las botas altas, negras y brillantes, aunque no consigo imaginarme su utilidad. Nadie monta a caballo en una estación espacial, ni se dedica al excursionismo. El problema de las mordeduras de serpiente es mínimo. Es posible que se usen para patear a los subordinados, mientras se pronuncian blasfemias guturales en una lengua desconocida —Anna había olvidado el sonido de la voz de Nicholas. Era una voz de tenor, ligera, agradable y divertida.

—¿Hacen esa clase de cosas?

—¿Patear a los subordinados? No, y tampoco blasfeman demasiado. En la lengua hwarhatb principal no hay obscenidades, absolutamente ninguna. No puedes decirle a nadie que se vaya a la mierda. No puedes describir nada como un montón de mierda. A veces creo que esto explica muchas cosas de los hwarhatb.

Doblaron otra esquina. Delante de ellos apareció una enorme puerta doble, flanqueada por un par de soldados armados con rifles. En medio de la puerta había un emblema que se extendía desde la línea que dividía la puerta en dos: unas llamas de alrededor de un metro de alto, en relieve y doradas.

—La Hoguera —aclaró Nicholas—. Representa a la Diosa y al Mundo Nativo, el Centro del Linaje, y a las Mujeres, o tal vez a la Mujer. Es como si oyera todas esas palabras en mayúscula. —Observó a uno de los soldados y le habló. El soldado se volvió y tocó algo. Las puertas se abrieron.

Dentro el suelo era de madera, de color amarillo pálido y brillante.

Nicholas atravesó la entrada. Anna lo siguió y las puertas se cerraron tras ellos.

Las paredes de la habitación parecían ser de yeso; blancas de un ligero matiz azul. Tapices de ricos colores mostraban a los hwarhath haciendo cosas que ella no comprendió. En medio del suelo había una alfombra larga y ancha. Al igual que los tapices, tenía gran abundancia de colores: rojo, azul oscuro, verde oscuro, naranja intenso y amarillo brillante.

—¡Caramba!—exclamó Anna.

Nicholas se echó a reír.

—Llevaba casi diez años viviendo entre los hwarhath cuando vi el interior de las habitaciones de la mujeres. En aquel momento dos tías del general decidieron que querían saber algo más sobre el compañero que su querido sobrino había elegido, y se trasladaron a una de las estaciones. —Mientras hablaba, la guiaba pasillo abajo, avanzando sobre la alfombra de colores y junto a los tapices—. Nos llamaron al general y a mí para mantener una entrevista. Yo ya había oído decir que las habitaciones de las mujeres eran diferentes. Pero aún así quedé impresionado.

Anna miró hacia delante. Al final del pasillo había tres personas vestidas con túnicas rojas y amarillas. Estaban de pie, esperando, con la habitual serenidad hwarhath. Personas voluminosas, anchas y sólidas.

Nicholas siguió hablando con su voz suave.

—Es difícil hacer que las matriarcas hwarhath abandonen su planeta natal. Pero el general contestaba con evasivas. Le habían pedido que me llevara a Ettin y él siempre encontraba excusas para no hacerlo. Por eso vinieron a mí. Forman un linaje muy ambicioso, y el general es el hombre Ettin más importante de su generación. Las tías no estaban dispuestas a dejar que le ocurriera algo a su principal representante en el mundo de los hombres.

Llegaron adónde estaban las tres personas. La ropa que llevaban estaba confeccionada con piezas largas y estrechas, cosidas a la altura de los hombros. Más abajo, las piezas se separaban y quedaban unidas en distintos puntos por finas cadenas de oro. Cuando las personas se movían, las piezas se agitaban y a veces incluso ondeaban, pero los huecos que había entre una y otra nunca se agrandaban.

El material le recordó a Anna el brocado de seda. Cada túnica tenía un estampado diferente. Uno de ellos parecía de flores; el otro era geométrico; el último podría haber representando animales, aunque Anna no supo de qué clase.

Nicholas se detuvo con las manos fuera de los bolsillos, a los costados. Su habitual inquietud le había abandonado. Se quedó de pie, quieto, con la vista baja. Incluso cuando inclinaba la cabeza era unos diez centímetros más alto que los alienígenas, pero los cuerpos voluminosos de éstos hacían que él pareciera frágil.

Eran mujeres, casi con toda seguridad, aunque sus rostros —anchos, de rasgos toscos y cubiertos de pelaje— no parecían femeninos, como tampoco los torsos, ni los brazos gruesos y peludos que llevaban desnudos desde los hombros. Las tres lucían un brazalete: ancho, grueso y sencillo y, según le pareció a Anna, de oro.

—No las mires a los ojos —dijo Nicholas suavemente.

Anna bajó la mirada.

Una de las alienígenas dijo algo en voz profunda, muy profunda.

—Debo presentarte —dijo Nicholas—. La mujer de la derecha es Ettin Per. La que está a su lado es Ettin Aptsi. Y la de la izquierda es Ettin Sai. Son hermanas, y actuales líderes del linaje Ettin. Ettin Gwarha es su sobrino.

La tercena mujer —Sai— habló en un tono menos profundo, más parecido al de barítono que al de bajo.

—Ella entiende el inglés, aunque no suele hablarlo. Me ha pedido que te diga que comprende que no es una descortesía que las mires a los ojos. Las costumbres de los humanos son diferentes.

La primera mujer —Ettin Per, la de la voz muy profunda— volvió a hablar.

Nicholas dijo:

—Te está dando la bienvenida a los aposentos de las mujeres. Esperan ansiosamente el momento de hablar contigo. Están muy interesadas en la humanidad y sobre todo en las mujeres humanas.

—Diles que estoy contenta de haber venido —dijo Anna—. Y que espero ansiosamente el momento de hablar con ellas. ¿Para esto me ha hecho venir el general?

—Sí —respondió Ettin Sai.

La tercera mujer —Aptsi— habló. También su voz era de barítono.

Nicholas levantó la cabeza y la miró a los ojos, respondiendo en la lengua de los alienígenas. Aptsi extendió una mano de pelo gris y le tocó suavemente el hombro.

—Debemos retirarnos —dijo Nicholas —. Vamos.

Dejaron a las tres mujeres de pie, como estatuas de las Tres Parcas. Nicholas condujo a Anna por otro pasillo, más estrecho que el primero pero construido con los mismos materiales. En éste no había tapices. Llegaron a una puerta de metal plateado. En la pared contigua a la puerta había una placa cuadrada, también de metal pero más oscura y más apagada.

Nicholas señaló la placa.

—Apoya la palma de la mano en ella. Presiona con firmeza. Bien. Ahora está preparada para abrirse sólo para dos personas: tú y yo.

Más allá de la puerta había una enorme habitación cuadrada. El suelo era de madera de color gris pálido, y unos paneles de la misma madera recubrían la mitad inferior de las paredes. Tenían un extraño brillo iridiscente. ¿Como qué? ¿Como las escamas de un pez? ¿Como el nácar?

Anna tocó la madera. Tenía la textura de la madera, pero en realidad parecía haber salido de debajo del agua. Los colores pálidos se agitaron y brillaron bajo la fría superficie pulida.

—¿Te importa si me siento? —preguntó Nicholas.

—Por favor. —Dejó la bolsa y miró la puerta. Se había cerrado.

El se acomodó en una enorme silla baja y estiró las piernas.

—Hace más de diez años que conozco a las tías. Aún no me siento totalmente cómodo con ellas. Aptsi es la más fácil de tratar. Me preguntaba cómo me encontraba y me decía que se alegraba de verme. —La miró y sonrió—. Hace diez años me hicieron la misma entrevista. Aptsi y Per. Decidieron que Gwarha podía quedarse conmigo. Me sentí como una especie de mascota poco atractiva. Ya sabes, como el perro callejero que un niño lleva a su casa. «Recuerda, Gwarha, que tendrás que ocuparte de él, y si hay algún problema…»

—Son muy corpulentas —comentó Anna.

—Así es. Tal vez en algún momento te explique lo del dimorfismo sexual entre los miembros del Pueblo, pero no ahora. Dispones de cocina y cuarto de baño. Yo supervisé la instalación. Los accesorios pueden parecerte raros, pero todos funcionan y pueden ser utilizados por los humanos. En la cocina hay comida, parte del botín que el general se llevó al final de la última ronda de negociaciones. Hay conversores de voltaje en todos los enchufes. Si tienes que enchufar algo, puedes hacerlo con confianza.

»Dispones de un sistema de intercomunicación. He redactado instrucciones para ponerlo en marcha y para localizarme a mí, lo mismo que a los demás miembros de tu equipo. Y he traducido las instrucciones de lo que hay que hacer en caso de emergencia: corte de electricidad, pérdida de gravedad, pérdida de presión atmosférica.

—¿Eso ocurre con frecuencia?

—Que yo sepa, nunca. Pero lee las instrucciones y memorízalas.

»Si ocurre algo, éste es el lugar más seguro donde puedes estar. Los hwarhath se han asegurado de que esta parte de la estación sea muy sólida. Todos los sistemas son redundantes, y los equipos de rescate vendrán primero aquí. Los hwarhath son concienzudos cuando se trata de proteger a sus mujeres.

»Puede que éste sea un buen momento para hablarte de la estación. Fue construida para esta ronda de negociaciones. No se parece en nada a lo que interesa a los hwarhath, y normalmente no utilizan este punto de transbordo. Aquí hay muy poca información útil. Si tus colegas deciden jugar a los espías, lo único que lograrán, como dice el chiste, es perder el tiempo y hacer enfadar a los hwarhath.

—La estación es enorme —comentó Anna—. ¿La construyeron para una ronda de negociaciones?

Él asintió.

—En este momento está casi vacía. Si las negociaciones tienen éxito, el Pueblo seguramente necesitará el espacio que sobra. Si las cosas no funcionan, me imagino que las cargas explosivas ya están colocadas en su sitio.

Anna no quiso pensar en una cultura que podía construir algo tan grande en menos de dos años, ni en los conocimientos que seguramente tenían para destruirlo. Cambió de tema.

—No jugarán a los espías. A los del servicio de información les han dicho que no metan sus manazas en esto.

—Vuélvete —indicó Nicholas.

Ella lo hizo. En la puerta, sobre los paneles, había un rectángulo de luces: tres a lo ancho y cinco a lo largo. Todas las luces estaban encendidas. Todas eran incoloras, salvo dos de la fila inferior, que tenían un tono ámbar.

—Éste es tu monitor de seguridad. Si todas las luces son incoloras, significa que todas tus puertas están cerradas con llave, y que el intercomunicador está apagado y nadie está escuchando ni mirando. Si alguna de las luces es de color ámbar, no estás segura.

—¿Me estás diciendo la verdad? —preguntó ella.

—Mi fama de mentiroso es exagerada. Tienes micrófonos ocultos, Anna, y no son de los alienígenas. Los hombres de seguridad del general han venido a hacer una comprobación… esta mañana, podría decirse. Durante el primer ikun. Estas habitaciones eran seguras antes de que entraras en ellas.

—Creo que utilizaré el lavabo.

Él se lo señaló y Anna atravesó una puerta.

Nicholas tenía razón con respecto a los accesorios. Eran decididamente raros, pero funcionaban y cualquier humano podía utilizarlos. El papel higiénico era como el que habría encontrado en infinidad de lugares de la Tierra. ¿Una cosa más que el general había cogido?

Se lavó las manos y la cara y se miró al espejo.

Era una mujer rolliza, de estatura normal entre los humanos. Tenía la piel morena, el pelo corto, negro y ondulado. Llevaba pantalones y una chaqueta de algodón azul oscuro, la clase de algodón que se arruga. La blusa era blanca, del mismo algodón. No llevaba joyas, sólo un collar de cuentas de lapislázuli. Su madre lo había comprado durante una visita a la República Socialista Islámica, en los tiempos en que aún quedaban naciones independientes en la Tierra.

¿Era aquél el aspecto de una persona que había viajado un centenar de años luz desde su hogar? ¿Era aquél el aspecto de alguien que acababa de usar un lavabo alienígena?

Sí, y también era el aspecto de alguien que —a esa distancia y en medio de tanta rareza— no podía librarse de los tontos.

¡Oh! ¡Su expresión era de enfado! No le gustaban las arrugas que veía alrededor de la boca y en el entrecejo.

En el bolsillo de la chaqueta llevaba una pluma. Gracias a Dios, era una anticuada. Pensaba que no podía fiarse del ordenador. Arrancó un trozo de papel higiénico y escribió: «Líbrate de los micrófonos ocultos.» Después hizo una mueca a su imagen reflejada en el espejo y fue a reunirse con Nicholas.

Ahora él estaba de pie, sosteniendo una copa de vino en cada mano. Las dos estaban casi llenas de un líquido amarillo pálido.

—En tu historial decía que te gusta el vino blanco. Éste es un Pouilly Fume. No es malo, creo, aunque debo decirte que ya no estoy al tanto de este tipo de cosas.

Ella cogió una de las copas y le pasó el trozo de papel higiénico. Él lo miró, asintió y alzó su copa.

—Por la paz y la amistad.

Bebieron. El vino estaba frío y era bueno.

Él dejó la copa.

—No hay ningún plan para esta noche. Puedes descansar un poco, supongo que te hará bien. Mañana es la apertura formal de las negociaciones, habrá un montón de discursos vacíos. Yo no asistiré, pero tú tendrías que hacerlo. Vendré por la mañana. No deberías ir a ninguna parte sin escolta, Anna, y tu escolta debería ser alguien que conozcas. Hai Atala Vaihar, o yo. Mañana te presentaré al tercer hombre. Eh Matsehar. Es miembro del Cuerpo de Arte y ha sido asignado provisionalmente al general. Habla un inglés excelente y supongo que deberías ser capaz de soportar sus modales.

No quería quedarse en aquel sitio sin más compañía que los artefactos humanos de espionaje, pero no supo qué decir.

—En la cocina hay más vino y comida, como te dije. Nadie puede entrar sin tu permiso. No creo que las tías vengan a molestarte, pero si lo hacen recuerda que son mucho más grandes que tú. TrAtalas con respeto y háblales directamente. No mientas ni intentes ser evasiva. Si no quieres responder a una pregunta, dilo. Los miembros del Pueblo respetan la honestidad, y las personas de Ettin son famosas por su franqueza.

»Hay una bonita canción que dice…

Hizo una pausa y miró con expresión ausente la pared que tenía ella a sus espaldas:


Como la gente de las colinas de Ettin Diré claramente lo que pienso.

»Es una traducción bastante fiel. Siempre me ha gustado la letra de esa canción, y ahora incluso me gusta la música. Pasaron varios años hasta que pude oírla como algo más que ruido de los alienígenas. —Se acercó a la puerta y tocó la pared más cercana. La puerta se abrió. Nicholas miró a Anna—. Si te sientes sola, recuerda el intercomunicador. Siempre puedes hablar con alguno de los diplomáticos. Buenas noches. No pongas esa cara de enfado, o de preocupación. No estás en una mala situación. —Sonrió—. Créeme, he estado en unas cuantas peores.

La puerta se cerró a sus espaldas. Anna se sentó en una de las sillas. Era blanda y mullida, tapizada a juego con el dibujo pálido e intrincado de la moqueta. Bebió un poco más de vino, se quitó los zapatos de una patada y apoyó los pies en la mesa de madera de nácar. Las patas de la mesa estaban talladas en forma de monstruos retorcidos. Al menos tuvo la impresión de que lo eran. Tenían el aspecto de serlo: escamas, púas, garras y dientes.

Levantó la vista. Había una luz en medio del techo, que era de metal gris y un material semejante al cristal esmerilado. Le recordó algo de la Tierra. Art Déco, un estilo que había dominado el arte occidental a mediados del siglo XX. Ahora era una rareza.

Pero tal vez estaba haciendo lo que los humanos siempre hacían: intentar que lo desconocido resultara familiar. Conocían a un individuo de pelaje gris, orejas enormes y pupilas horizontales, y decían: «Tengo un primo igual a usted en Schaumberg, Illinois.»

¿Nicholas lo habría dicho alguna vez?

¿Cómo sería vivir absolutamente solo entre los alienígenas?

¿Cómo sería soñar con ser torturado?

En el sueño, las criaturas que lo torturan a uno no son humanos. Uno se despierta de la pesadilla y descubre que alguien lo está consolando. Alguien lo tranquiliza. ¿Cuál era la frase que había usado el general? Construir un sendero de palabras que te devuelvan a la realidad.

Esa persona es inhumana y es tu torturador.

El abismo, pensó Anna.

Vació su copa de vino y luego la que él había dejado casi intacta. Después fue a buscar su dormitorio.

Un suelo liso de madera nacarada, paredes desnudas de un material similar al yeso, una cama que no era más que una plataforma rectangular con un colchón delgado encima. La almohada era lo único de aspecto totalmente corriente, aunque no la encontró adecuada. Demasiado blanda. El cielo se abría a las estrellas.

Dios mío, pensó al mirar hacia arriba. Había resplandecientes soles únicos, y distantes racimos de estrellas, nubes de gas brillante de todos los colores posibles.

Debía de ser un holograma. La estación giraba, y aquello permanecía inmóvil. En cualquier caso, no habían visto nada parecido al acercarse.

Si era un holograma, era —de lejos— el mejor que había visto jamás.

Se desvistió. Al pie de la cama había una manta cuidadosamente doblada. La extendió y se acostó encima, con la mirada fija en el espléndido panorama, hasta que le resultó imposible enfocar la vista. Las estrellas se desdibujaron. Anna se tapó con la manta y se quedó dormida.


II

<p>II</p>

El general se encontraba en su despacho, el último de una serie que se extendía (en mi memoria) a lo largo de veinte años, y no sé cuánto espacio. Son todos más o menos iguales. Éste tenía un nuevo holograma.

Reemplazaba la pared opuesta a su mesa de trabajo. No había ventanas: nada que enmarcar. La moqueta se terminaba. Más allá, unas olas verdosas rompían contra una playa de arena gris verdosa. El cielo estaba encapotado y tenía casi el mismo color que el agua. En la distancia, se alzaban los acantilados y planeaban unas criaturas voladoras. No parecían conocidas.

—¿Dónde está eso?

—En una de las colonias… —El general hizo una pausa y se corrigió—. En uno de los mundos que estamos intentando colonizar.

Le hablé de los micrófonos ocultos.

—Escuchan a las mujeres. Eso es despreciable.

—Te dije que lo harían.

Se estiró hasta el intercomunicador.

—Mis tías deberían saberlo.

—Se lo he comentado a Ettin Per.

—Ah —exclamó—. ¿Qué ha dicho?

—Está enfadada. Le he asegurado que los dispositivos habrán desaparecido mañana, al final del primer ikun.

Fijó la vista en el holograma.

—No tendríamos que haber pedido a los humanos que enviaran a Pérez Anna. Estamos introduciendo la conducta humana, la falta de respeto y el deshonor en lugares que deberían permanecer a salvo.

—Díselo a tus tías. Fueron ellas quienes decidieron que el Tejido necesitaba averiguar cosas sobre las mujeres humanas.

Apartó la vista. Estaba mirando algo del holograma. Me volví. Una de las criaturas voladoras había bajado a la playa. Tenía garras en las alas, y se arrastró como un murciélago sobre la arena: una criatura enorme de piel escamosa, de color gris moteado, verde y marrón. Su pico poseía varios dientes estrechos y puntiagudos.

—Anna comprende. La conocemos. Sabemos que no es totalmente hostil al Pueblo; y es directa, Primer Defensor. No es probable que enfurezca a las mujeres de Ettin. Si no lo conociera bien, diría que esa cosa es un pterodáctilo.

—¿Qué?

—Un animal de la Tierra. Si no recuerdo mal, se extinguieron hace sesenta y cinco millones de años. Nadie fue capaz de descubrir jamás cómo levantaban el vuelo y aterrizaban.

—Así, quizá —comentó el general mientras el animal daba un salto, batía las alas y se elevaba.


Del diario de Sanders Nicholas, etc.


III

<p>III</p>

La despertó el olor del beicon.

Arriba las estrellas habían desaparecido y vio un techo liso y blanco.

El cuarto de baño estaba junto a su dormitorio. Anna recogió la ropa, entró, se lavó y se puso otro traje pantalón, éste de color gris (el preferido de los hwarhath), con una blusa amarilla y un collar de cuentas de ágata con rayas grises y marrones. Pendientes de clip de oro. Ninguna otra joya.

Al mirarse al espejo se vio menos cansada y enfadada, tal vez incluso feliz. Sonrió a su propia imagen. Recuerda, Anna, le decía siempre su madre, una sonrisa hace parecer más hermoso a cualquiera, y si sonríes serás más feliz.

El desayuno estaba servido en una de las mesas del salón principa un tazón lleno de café, un cuchillo y un tenedor, un plato que contenía una rodaja de pan (tostado) y tres lonchas de beicon perfectamente crujientes. En el plato también había algo cuadrado y gelatinoso, de color verde claro.

Nicholas estaba apoyado contra la pared con una taza de café en la mano.

—Qué demonios… —Pinchó la cosa verde con el tenedor.

—Casi todo proteínas. Muy nutritivo. El sabor no te molestará. No sabe a nada.

Ella tomó un bocado. Él tenía razón con respecto al sabor.

—Si quieres hidratos de carbono, tengo algo amarillo y…

—se interrumpió— espeso. Supongo que ésa es la mejor descripción. Nunca he logrado decidir a qué sabe. Hay días en que me parece cartón, pero hace años que no como cartón.

—Esto es comida humana —dijo ella.

Él sonrió.

—El beicon es auténtico, y el café y el pan. Pero me ha parecido que podía interesarte lo que comen casi todos los seres humanos que son… ¿cuál es la encantadora palabra que usa el general? Nuestros «huéspedes».

Anna comió. Él la observó mientras bebía el café.

—Lo ordenaré más tarde —dijo cuando ella terminó—. Deberíamos marcharnos.

Atravesaron los aposentos de las mujeres sin ver a nadie; salieron por una de las enormes puertas dobles.

En el pasillo había un hwarhath de pie: enorme, flaco y gris, vestido con los pantalones cortos de costumbre. Dio un paso adelante. Había algo raro en su manera de moverse. Era torpe, y los miembros del Pueblo nunca lo eran.

Extendió la mano izquierda y se la miró.

—¿Es correcto? Estoy intentando estrecharle la mano.

—La otra mano —dijo Anna.

Extendió la otra y se saludaron.

—¿Lo he hecho bien?—preguntó el hwar.

—Demasiado fuerte. Probemos otra vez.

Mientras lo hacían, Nicholas los observaba. Su rostro expresaba inquietud y diversión.

—Tenemos que irnos, Anna.

Dieron media vuelta y se marcharon los tres juntos. No había dudas con respecto a la forma en que se movía el alienígena; era el primer hwarhath sin coordinación que conocía.

—Mats ha olvidado presentarse —aclaró Nicholas—. Es Eh Matsehar. Es un adelantado, lo que significa que su graduación es superior a la mía, y ha sido temporalmente asignado al personal del general, sobre todo para que pueda estudiar a los humanos. La mayor parte del tiempo trabaja en el Cuerpo de Arte. Es el mejor dramaturgo de la actual generación.

—El mejor dramaturgo masculino —especificó Eh Matsehar—. Amit Asharil es muy buena, probablemente tan buena como yo, aunque en realidad el trabajo de hombres y mujeres no es comparable.

—Manzanas y naranjas —comentó Nicholas en tono cordial.

—Conozco la expresión —señaló el alienígena—. Son dos clases de fruta que crecen en tu planeta madre, y por alguna razón que no acabo de comprender, no se pueden comparar.

—Ajá —repuso Nicholas.

—Y usted —el hwarhaht inclinó la cabeza y miró de reojo— es Pérez Anna, la última víctima de Nicky.

—¿Qué?

—Podemos hablar de eso en otro momento —sugirió Nicholas.

—¿Por qué no ahora? —insistió Eh Matsehar.

—No sé quién está escuchando.

—¿Aquí fuera? —El alienígena miró a su alrededor—. Imagino que nadie. ¿Qué pueden oír? Chismorreos.

—Tal vez —respondió Nicholas.

Habían recorrido una serie de pasillos, casi todos idénticos: paredes desnudas y moqueta de trama apretada, todo (como de costumbre) gris. El aire era fresco, casi frío. Olía a metal y a alienígenas. Pasaron unos hwarhath junto a ellos, no tantos como el día anterior. ¿La delegación de humanos había llegado con el cambio de turno? ¿Los hwarhath organizaban su trabajo por turnos?

Llegaron a un pasillo custodiado por dos soldados armados con rifles.

—Ésta es la estación de Conferencia-con-el-Enemigo —anunció Nicholas—. Eso significa su nombre; y éste es el sector Conferencia-con-el-Enemigo de la estación. A partir de aquí te acompañará Matsehar. Tengo que ocuparme de otros asuntos.

Anna se fue con el alienígena. Éste la condujo hasta una sala ocupada por los miembros del equipo de negociación de los humanos y la dejó allí. El jefe de seguridad —un hombre delgado y oscuro, vestido de paisano y con un corte de pelo de paisano— dijo:

—¿Todo ha ido bien? —Tenía un melodioso acento caribeño. El capitán Mclntosh.

—Estupendo. He conocido a algunas de las mujeres.

—¿Ah, sí? —preguntó el asistente del embajador—. ¿Es más fácil tratar con ellas que con los hombres?

—Creo que no —respondió Anna.

El asistente del embajador frunció el ceño.

—No estoy seguro de querer oír eso, Anna. Verá la reunión desde aquí. No podríamos hacerles ceder en ese aspecto. No quieren que esté presente en la misma sala de la reunión, aunque nos pidieron que la trajéramos.

A Anna le pareció bien.

Los demás salieron en fila. La puerta se cerró tras ellos y Anna miró a su alrededor: otra habitación gris con moqueta. Había una silla frente a una pared desnuda. Como de costumbre, la silla era grande, baja y mullida. Se sentó y la pared desapareció. Vio otra habitación, más grande que la que ella ocupaba, con dos filas de sillas, idénticas —por lo que pudo ver— a la suya. Llegaban hasta la mitad de la sala y estaban colocadas una frente a otra. Aparte de las sillas, la nueva habitación estaba vacía. Las paredes eran del color habitual, desnudas y sin ventanas.

Qué raro, pensó mientras se acomodaba. El Pueblo parecía ir y venir entre un tipo de diseño funcional realmente triste y la clase de muebles que había visto en los aposentos de las mujeres: ricos, ornamentados, de bella factura. ¿Se trataba sólo de una diferencia entre lo masculino y lo femenino? ¿Los hombres estaban condenados al gris acorazado, mientras que las mujeres vivían entre alfombras, tapices y maderas de brillo nacarado?

La gente empezó a entrar en la habitación grande, el holograma: primero los humanos, que entraron por una puerta que ella no podía ver y ocuparon una fila de sillas. Cuando estuvieron todos instalados, esperaron. Todo aquello había sido hablado y acordado: cómo entrarían y dónde se sentarían.

Los hwarhath entraron por el otro lado. Se habían puesto el uniforme de guerrero espacial. Las botas, altas, negras y brillantes, tenían un aspecto realmente poderoso, arrogante, militar. Eran mucho más impresionantes que las sandalias.

El primer hombre que apareció ante su vista era notablemente más bajo que quienes le seguían. Giró en un extremo de la segunda fila de asientos y caminó hasta la silla central; luego se detuvo y se quedó de pie frente a los humanos: un individuo achaparrado, de pecho ancho. Iba muy erguido, como los demás; Anna nunca había visto a un hwarhath encorvado. Y tenía la habitual facilidad de movimientos y el porte de los alienígenas, y algo más. ¿Qué era?, se preguntó Anna. ¿Confianza? ¿Definición? ¿Era ésa la palabra adecuada? La cualidad de ser definido. Los otros hwarhath se acomodaron a ambos lados de él. Anna reconoció a Hai Atala Vaihar, que se colocó exactamente a la izquierda del hombre bajo y un poco por detrás. Los hwarhath se situaron muy cerca de la fila de sillas, asegurándose de que el hombre achaparrado quedara delante, solo.

El hombre miró brevemente de lado para cerciorarse de que sus hombres estaban en posición, luego echó un vistazo al embajador humano y asintió. Todos se sentaron, alienígenas y humanos, y comenzaron las presentaciones.

El hombre bajo era el Defensor-de-la-Hoguera-con-el-Honor-en-Primer-Término, Ettin Gwarha. El general de Nick inclinaba la cabeza ligeramente hacia donde se encontraba Hai Atala Vaihar, el encargado de la traducción, pero por lo demás se mantenía erguido, mirando a los humanos con serenidad, o tal vez indiferencia. Cuando por fin habló, en el lenguaje alienígena, ella reconoció su voz: profunda y suave, un tanto áspera. No dio muestras de comprender el inglés, aunque a esas alturas todos sabían que lo comprendía.

Tras las presentaciones llegaron los discursos.

Tal vez ella no era la persona adecuada para aquel trabajo. No tenía mucho aguante para aquello. Al menos no estaba en la sala de reuniones. Podía moverse y pensar en algo más interesante. En los micrófonos ocultos en su equipaje, en la decoración de interiores de los alienígenas, en el promedio de hijos que daban a luz los hwarhath. Resultaba curioso que hubiera sido capaz de observar las criaturas de la bahía durante horas sin aburrirse ni impacientarse. Tal vez porque, por lo que sabía, no decían falsedades. Estaban realmente atrapadas entre el temor y el deseo de aparearse. Realmente querían tranquilizarse unas a otras.

¡Dios, echaba de menos aquel sitio! No había vuelto desde que el servicio de información militar la había obligado a marcharse del planeta. Cerró los ojos durante un instante y se imaginó otra vez con el pobre y viejo Mark, que aún yacía —por lo que ella sabía— en el fondo de alguna trinchera submarina; el cielo azul por encima de su cabeza; las colinas doradas a su alrededor; el agua límpida de la bahía llena de seudosifonóforos y la luz exacta para que los cuerpos transparentes resultaran visibles.

La reunión duró cuatro horas. Finalmente se levantaron todos y salieron en fila de la forma convenida. El holograma se desvaneció. La puerta de su habitación se abrió. Allí estaba Eh Matsehar, de pie.

—¿Por qué no estaba allí? —preguntó Anna, señalando la pared que había quedado en blanco.

—Lo mío no son las negociaciones. Estoy aquí para observar y tratar de comprender. Si me acompaña, Pérez Anna, la llevaré al lugar donde sus compañeros van a comer y hablar al mismo tiempo. Nicky me dice que ésa es una práctica común, casi universal entre los humanos; y he leído acerca de ello en sus obras. Por ejemplo, la escena del banquete de Macbetb.

Bajaron juntos por el pasillo hasta otra habitación. Aquella estación era como un laberinto o una galería de espejos.

Se abrió otra puerta. Eh Matsehar anunció:

—Volveré a buscarla dentro de medio ikun. Dentro de algo más de dos horas según su forma de medir el tiempo.

—¿Ha leído Macbeth? —le preguntó.

—Sí. El original, y la traducción de Nicky. Pensé que podría hacer algo con ello. La heterosexualidad no hace al caso. Puedo convertir a la mujer, a esa maravillosa y terrible mujer, en madre o en hermana. En cuanto al resto, la historia habla de la ambición y la violencia, que son temas decentes que no perturbarán al público.

»Pero no he logrado hacer nada todavía. Tal vez lo haga cuando conozca mejor a su gente. —Hizo una pausa y añadió—: “¿Podrá lavar la sangre todo el gran océano de Neptuno? ¿Limpiarla de mi mano? No, nunca; antes mi mano teñiría de rojo todos los mares infinitos tornando el verde en escarlata.” Eso es escribir bien. —Señaló la puerta. Anna entró.

La sala estaba llena de colegas suyos que ya se habían instalado alrededor de una mesa larga y demasiado baja. Las sillas también eran bajas. El embajador, un hombre corpulento del Sureste Asiático, se irguió con dificultad y dijo:

—Miembro Pérez, acérquese, por favor. Necesito saber cosas sobre las mujeres alienígenas.

Anna se sentó entre él y el asistente del embajador, que era tan alto como Nicholas y estaba incómodamente doblado en su silla.

Sten y Charlie. Les habló del encuentro con las mujeres de Ettin mientras comían sucedáneo de pato con toronjil.

Cuando terminó, Charlie dejó los palillos sobre el cuenco y se arrellanó.

—Nicholas Sanders está aquí. Me pregunto por qué no lo emplean en las negociaciones.

—¿Tiene eso importancia? —preguntó ella.

—En realidad, no podría decirlo. No voy a preocuparme por eso. Usted sabe por experiencia propia de lo que ha servida preocuparse por Sanders. Si el servicio de información no se hubiera inmiscuido, a estas alturas podríamos haber llegado a un acuerdo; y deberíamos estarle agradecidos. Estoy casi seguro de que a él se debe que tengamos una cocina que se puede usar. Todo rotulado en inglés, con instrucciones abundantes y claras. Tal vez el hombre tendría que haberse dedicado a ser escritor técnico.

—¿Qué debo hacer a continuación? —preguntó Anna.

—Exactamente lo que está haciendo. Hablar con las mujeres alienígenas. Hablar con Nicholas Sanders. Informarnos. En algún momento, supongo, empezaremos a entender por qué los alienígenas solicitaron que viniera usted y qué papel juegan en las negociaciones estas mujeres de asombrosa voz.

—Lo que me preocupa —comentó Sten— es lo que dijo el hombre acerca de que esta estación se construyó para estas negociaciones. ¿Eso es posible, capitán Mclntosh? ¿Nosotros podríamos hacerlo?

—No lo sé, y si lo supiera sería información secreta. —Hizo una breve pausa—. Si es verdad, es un logro impresionante. Creo que puedo afirmarlo, y también… me cuesta creer que la mayor parte de la estación esté vacía. Si yo dispusiera de un espacio como éste, encontraría la forma de utilizarlo.

Sten pareció preocupado.

—Evitemos las especulaciones —dijo Charlie—. Lo que los hwarhath hacen con su estación y su espacio no es asunto nuestro.

Anna se retiró al terminar de comer, después del flan y del fuerte café asiático mezclado con azúcar y leche condensada.

Eh Matsehar estaba de pie en el pasillo. Parecía tan sereno y paciente como cualquier otro hwar. Sólo cuando se movió, Anna volvió a notar su torpeza, impropia de un hwar. Regresaron al otro extremo de la estación.

A mitad de camino, Anna preguntó:

—¿A qué se refería cuando dijo que yo era la última víctima de Nicky?

—Si él no quiere que hable en los pasillos, no lo haré —respondió el alienígena—. Aunque opino que se equivoca. No comprende las reglas del espionaje. Todo tiene sus reglas, aunque ustedes, los humanos, no parecen comprenderlo. Eso debe de hacerles la vida muy difícil.

Se separó de ella al llegar a la alta puerta doble. Anna entró y fue hasta sus aposentos por el enorme pasillo cubierto de tapices.

Nicholas estaba en la habitación principal, hablando con un alienígena. Levantó la vista en cuanto ella entró.

—Anna, éste es el jefe de seguridad del general. Le gustaría registrarte para ver si llevas algún dispositivo de vigilancia, con tu permiso, por supuesto.

Ella asintió.

Nicholas habló mientras el alienígena alzaba una mano. En ella sostenía algo parecido a una pistola plateada, cuyo cañón se ensanchaba como los de los antiguos trabucos. La hilera de luces de su parte superior parpadeó suavemente. Recorrió con el arma el cuerpo de Anna, sin tocarla en ningún momento ni levantar la cabeza lo suficiente para que sus miradas se cruzaran. El artilugio sonó un par de veces. Las luces de la parte superior parpadearon más intensa y más rápidamente.

Un espectáculo maravilloso, pensó Anna. ¿Pero qué estaba ocurriendo?

—¿Podrías darle tu cinturón? ¿Y tus zapatos? Tienen micrófonos ocultos.

Anna se quitó el cinturón y los zapatos y se los tendió.

Nick y el alienígena intercambiaron algunas palabras más. Este último era de la misma estatura que el general, más bajo incluso, con el pecho en forma de barril, y los brazos y piernas cortos, gruesos y potentes. Una cresta de pelo más largo y oscuro muy característica recorría su cabeza y le bajaba por la espalda.

Finalmente el alienígena se volvió hacia ella y habló, manteniendo la vista baja.

—Te da las gracias por tu consideración y cooperación. Ahora tus aposentos están seguros.

—Estupendo.

El alienígena se marchó llevándose los zapatos y el cinturón de Anna.

Cuando la puerta se cerró tras él, Nicholas dijo:

—¿Recuerdas al guardián que tenía la última vez que nos vimos? ¿El chico?

—El que fue asesinado.

Asintió.

—Se llamaba Gwa Hattin. El individuo que acaba de salir es su hermano mayor, Gwa Hu. Cada vez que oigo ese nombre pienso en el antiguo grito de guerra norteamericano.

Ella lo miró con desconcierto.

Wahoo —dijo él con una sonrisa—. Los Gwa han sido aliados de los Ettin durante más de tres siglos, e intercambias material genético con regularidad. El linaje menor del general, su linaje masculino, es Gwa. Habitualmente tiene uno o dos hombres de Gwa entre su personal.

—Me estás diciendo que el servicio de información militar mató a uno de los parientes de Ettin Gwarha.

—Sí. El adelantado te ha quitado la bolsa, el tubo de pasta dentífrica y el ordenador. Te los devolverán lo más pronto posible. Lo del ordenador puede tardar un poco. El mejor lugar para ocultar un árbol es un bosque.

—¿Había un micrófono oculto en mi pasta dentífrica?

Nicholas sonrió.

—Parece ser que sí. Si necesitas un ordenador, puedo proporcionarte uno, un modelo humano; y si te gustan los juegos, tengo uno de aventuras realmente fantástico. Es el único que he sido capaz de soportar.

Ella asintió.

—De acuerdo.

—Ahora bien —Nicholas hizo una pausa y miró a su alrededor—, el general ha decidido que yo sea tu enlace. En realidad no queda otra alternativa. Evidentemente, no hay mujeres entre el personal, y yo soy la única persona que puede tener alguna relación contigo, por remota que sea. Él ha dicho a los otros principales que nosotros provenimos de regiones cercanas que a menudo han intercambiado material genético. Kansas e Illinois. Como Gwa y Ettin. Eso me da derecho a venir aquí. Si quieres, puedo cambiar la puerta para que sólo puedas abrirla tú; pero habrá ocasiones, como hoy, en las que será conveniente que pueda entrar.

Anna se encogió de hombros. —Deja la puerta como está. Él asintió.

—La gente de tu equipo quiere que vuelvas a la hora de la cena. A las mujeres de Ettin les gustaría hablar contigo mañana. Te conseguiré el ordenador y el juego. Tendría que haber estudiado administración hotelera en la escuela, además de todas esas clases de idiomas.

Se marchó. Ella se dio una ducha y luego cogió una botella de vino de la cocina.

Muy bien, pensó mientras se sentaba y apoyaba los pies en una de las mesas nacaradas. ¿Qué preguntas iba a hacerle a Nicholas ahora que sus aposentos eran seguros? Elaboró una lista, empezando por la observación de Eh Matsehar.


IV

<p>IV</p>

En la antesala del general brillaba la luz que indicaba que estaba ocupado.

Esperé allí, paseándome de un lado a otro, hasta que Vaihar salió y el general me indicó que entrara.

El holograma aún mostraba la playa de arena gris verdosa. Las olas que rompían en ella eran ahora más altas y turbulentas. El cielo era más oscuro y no había animales volando al viento. Amenazaba tormenta.

—Siéntate —me dijo el general—. Y deja de moverte. ¿Qué ocurre?

—Gwa Hu se presentó en los aposentos de Anna. Encontró ocho dispositivos de vigilancia.

El general mostró una amplia sonrisa.

—Sólo cinco son humanos, Primer Defensor. Los otros tres fueron colocados por el Pueblo.

Lanzó un silbido.

—Son de lo más nuevo. Ninguna persona corriente podría haberlo conseguido.

A’atseh Lugala Tsu —comentó.

—Casi seguro.

Dejó caer el estilete que tenía en la mano. Éste rebotó y cayó de la mesa.

Me puse de pie, lo recogí y se lo entregué.

—Ese estúpido jamás ha pertenecido al frente. Los Lugala tendrían que haber encontrado a otro a quien hacer avanzar. Un linaje de esa talla debería tener algún miembro masculino competente. Pero mis tías siempre me han dicho que las mujeres de Lugala… —Se interrumpió para no decir algo descortés y me miró con expresión airada—. Ése es el efecto de la humanidad. Sabemos que los humanos están ahí fuera. Sabemos que viven sin reglas, y que la Diosa no los destruye. Saber eso nos asusta y nos lleva a plantear preguntas. Ahora vemos los resultados.

—¿Volverás a tirar el estilete? Si no, me sentaré.

Señaló la silla con la cabeza.

—No estás de acuerdo.

Estiré las piernas y las crucé; me tomé un momento para respirar profundamente y exhalar el aire. No es bueno que los dos nos enfademos al mismo tiempo.

—Esto tiene mucho más que ver con la ambición masculina de los hwarhath que con la humanidad, y con la estupidez. Nunca has pensado que Lugala fuera especialmente brillante, y ahora sabemos que su jefe de seguridad es tan estúpido como él. El jefe debería haber sabido que sus dispositivos aparecerían si se llevaba a cabo un registro a fondo de la habitación. Aunque no aparecieron en el monitor de seguridad. Gwa Hu dijo que los encontró porque su equipo estaba actuando de una forma un tanto extraña después de descubrir y quitar los micrófonos de los humanos, de modo que siguió buscando.

»Le dije, le pedí al adelantado Gwa que hablara con tus tías, Sus aposentos también deberían ser registrados.

El general guardó un instante de silencio. Luego añadió:

—Recuerdo cuando se anunció que habíamos descubierto otras personas que podían hacer viajes interestelares y que nos habían disparado. Algunos de mis tíos estaban en casa. Recuerdo el regocijo del momento. Finalmente teníamos un enemigo, después de un siglo de búsqueda. ¡Nuestros problemas estaban resueltos! Tendríamos que haber recordado que la Diosa tiene un curioso sentido del humor.

—¿Significa eso que lamentas que el Pueblo se haya encontrado con la humanidad?

—¿Tú nunca lo has lamentado? —preguntó.

—No. Jamás. Si nuestras dos especies no se hubieran encontrado, lo que yo estaría haciendo, fuera lo que fuese, sería menos interesante que lo que hago ahora.

»Y no me gustaría haber perdido la oportunidad de conocerte, Ettin Gwarha.

[Ja.]


Del diario de Sanders Nicholas, etc.


V

<p>V</p>

Pasó la tarde con sus colegas, en parte hablando de asuntos profesionales y en parte dedicada al lento proceso de conocerlos. Sten le habló de su jardín, que se encontraba en Gotland, una isla del Báltico, y que ahora estaba a cargo de su esposa. Ella no tenía mano para la jardinería, y no estaba segura de lo que encontraría cuando llegara a casa.

El embajador —Charlie— habló de la anterior ronda de conversaciones con los alienígenas, y de la opinión que le merecía el general.

—Un hombre inteligente, me parece, aunque raro. Sin duda en términos humanos y también, sospecho, en términos de cultura de los alienígenas. ¿Qué clase de persona desarrolla una relación sexual con un miembro de otra especie? Una especie con la que la suya está en guerra. Aunque sin duda en Nicholas Sanders ha encontrado una herramienta valiosa.

Anna terminó hablando con el capitán Mclntosh, cuya pasión era el criquet y saber quién perdía los partidos internacionales.

—Las cosas a las que renunciamos, miembro Pérez, con el fin de servir a la humanidad y de tener una carrera. Por supuesto, si yo hubiera sido lo suficientemente bueno para el criquet, no estaría aquí.

Finalmente Anna se cansó. El capitán la escoltó hasta la entrada de los aposentos de los humanos. Allí la esperaba Nicholas, que hablaba con uno de los guardias alienígenas. Se volvió, la vio y sonrió y luego vio al capitán. La expresión de su rostro cambió y se volvió distante.

—Portador Sanders —lo saludó el capitán, al tiempo que extendía una mano.

Nicholas pareció sorprendido y respondió al saludo.

—Soy Cyprian Mclntosh. Mac para la mayoría. Cyprian me parece un poco cargante. ¡Las cosas que los padres hacen a sus hijos! Aunque, como le estaba contando a la miembro Pérez, siempre estaré agradecido a mi padre por haberme regalado mi primer bate de criquet. Eso compensa lo de Cyprian. Buenas noches, miembro. Portador… —El capitán saludó con la cabeza y volvió a entrar.

Nicholas lo observó con expresión pensativa.

—Militar —dijo finalmente—. ¿De qué ejército?

—Del ejército regular, supongo.

—¿Entonces por qué no lleva el corte de pelo reglamentario?

—No sé. ¿Quieres que lo averigüe?

Él se encogió de hombros. Regresaron a los aposentos de las mujeres en silencio.

En su habitación se veía otra vez el holograma. Se quedó dormida mirando las estrellas y, al igual que el día anterior, se despertó con el olor del beicon cocinado.

Se puso un vestido: largo hasta los pies y de algodón, con un estampado tradicional africano amarillo, azul y castaño. Un par de pendientes de coral y plata, otro regalo de su madre; ninguna otra joya. Entró en la habitación principal, donde encontró el desayuno y a Nicholas en una silla, con un tazón de café en la mesa, junto a él.

La observó y asintió.

—Fantástico. Las mujeres de Ettin lo aprobarán. Es posible que se me haya achicharrado el beicon, a pesar de que he estado practicando, sobre todo porque su aroma me trae a la memoria recuerdos muy intensos. Cuando era niño, todos los domingos tomábamos beicon en el desayuno. Ya no me gusta mucho ese sabor.

Anna se sentó. El beicon tenía muy buen aspecto. También había tostadas y algo cuadrado y de color amarillo muy intenso. ¿A qué se parecía? A pan de maíz sin levar. Tomó un bocado. Sabía a cartón. Más alimento humano.

—Hay algo que quiero preguntarte.

—¿Sí? —dijo él con cautela. Era el Hombre Al Que No le Gusta Responder Preguntas.

—¿Cómo se supone que debo llamarte? He optado por Nicholas porque en realidad no te conozco muy bien; pero al parecer todos los alienígenas te llaman Nicky.

—Los que has conocido son todos amigos míos. No doy permiso a muchos para llamarme Nicky y sólo unos cuantos lo hacen sin mi permiso. Nick está bien, o Nicholas. —Sonrió—. Supe que empezabas a ponerte de nuestra parte cuando me llamaste Nick en aquella habitación del sótano del recinto; no lo habías hecho con anterioridad; y fue casi el último pensamiento racional que tuve durante un tiempo: «Tal vez este estúpido y espantoso plan acabe fracasando.»

—No me he puesto de vuestra parte, Nick.

—No he utilizado las palabras adecuadas. Supe que sentías cierta simpatía por mí, y eso me dio ciertas esperanzas. ¿Así está mejor?

—Sí.

Ella empezó a comer. El se bebió el café en silencio. Luego salieron para reunirse con las mujeres de Ettin.

La sala de reuniones se encontraba en los aposentos de las mujeres. De las paredes colgaban tapices y la mayor parte del suelo estaba cubierto por una enorme alfombra de color carmesí. Los muebles eran como todos. Las sillas estaban tapizadas con ricos brocados oscuros. Las mesas bajas eran de una madera azul tan oscura como el índigo.

Esta vez había cuatro mujeres, las cuatro de pie en medio de la habitación. Como en la ocasión anterior, iban vestidas con túnicas sin mangas.

—Tú eres la principal —le dijo Nicholas en voz baja—. Asegúrate de estar siempre un poco por delante de mí. Perfecto. Ahora, detente.

Anna se paró. Las mujeres se volvieron hacia ella. Nicholas hizo las presentaciones.

Había conocido a dos de ellas con anterioridad: Ettin Per y Ettin Sai. Ahora, en comparación con otros hwarhath, veía lo grandes que eran: altas, de huesos grandes, hombros anchos y torso robusto. Sus túnicas se parecían, todas de piezas de brocado rojo oscuro sujetas con finas cadenas de plata. Per saludó con voz cavernosa en el idioma de los alienígenas. Sai le dio los buenos días en inglés.

La tercera mujer era mucho más menuda. Al lado de las Ettin parecía casi delgada. Su pelaje era negro y las piezas de su túnica, grises y plateadas, mostraban un diseño de hojas y flores.

—Tsai Ama Ul —anunció Nicholas—. Está especializada en teoría social, sobre todo en las teorías acerca de cómo el Pueblo desarrolló la cultura que ahora posee. Cuando descubrieron la humanidad, se dieron cuenta… algunos miembros del Pueblo se dieron cuenta… de que existe más de una forma de ser.

La mujer habló brevemente. Su voz era aguda, de contralto.

—La mujer de Tsai Ama dice que esta reunión es muy oportuna. Espera ansiosamente aprender cosas.

La última mujer era la más baja y la más corpulenta. Casi gorda, pensó Anna. Las piezas de su túnica estaban cubiertas de bordados: animales retorcidos de color verde, dorado, plateado y azul. Las cadenas que conectaban las distintas piezas eran de varios colores: eslabones de oro o plata que alternaban con otros esmaltados en verde o azul.

El atuendo era impresionante, pero nada bonito. Demasiados colores, demasiado metal brillante, demasiada opulencia.

—Lugala Minti —dijo Nicholas en voz muy suave—. Es la mujer más importante de los Lugala. Creo que es una evaluación justa.

—Sí —dijo Ettin Sai con su voz profunda y serena.

—Su hijo Lugala Tsu es un principal, el único principal de esta estación aparte de Ettin Gwarha. Una mujer muy importante con un hijo importante. TrAtala con respeto, Anna. Con los Lugala no se juega.

—Sí —volvió a decir Ettin Sai.

La mujer gorda habló. Su voz era tan profunda como la de Ettin Per.

—La mujer de Lugala dice que eres bienvenida. Esta reunión es importante. El destino de muchas familias podría depender de lo que ocurra en esta estación.

Vaya, pensó Anna. No quería asumir ese tipo de responsabilidad.

Se sentaron y Nicholas se acomodó junto a ella. Seguramente la habitación había sido dispuesta para aquella reunión y los muebles colocados de manera tal que las mujeres estuvieran en círculo, en sus enormes sillas, una frente a otra, mientras el hombre se acomodaba en una silla más pequeña, más atrás, no exactamente en el círculo.

Ettin Per habló en primer lugar.

—La mujer de Ettin dice: «Nosotras no espiamos ni escuchamos como hacen los hombres. Pero esta reunión, como dice la mujer de Lugala, es importante. Por eso nos gustaría tener tu autorización para grabarla abierta y honestamente.»

Anna miró a Nicholas. Él dijo algo en la lengua de los alienígenas.

Ettin Per le respondió.

—Los hwarhath te darán una copia de la grabación, junto con el equipo para pasarla. Adelante, Anna. A tu gente le interesará.

Anna vaciló y finalmente asintió.

La mujer menuda —Tsai Ama Ul— habló a continuación.

Cuando concluyó, Nicholas tradujo:

—Hemos aprendido muchas cosas sobre las mujeres humanas gracias a la información que conseguimos y gracias a Sanders Nicholas. Pero es información incompleta, y Nicholas es un hombre. Queríamos ver por nosotras mismas cómo es una mujer humana. Queríamos descubrir qué se siente siendo una mujer entre los tuyos.

Lugala Minti la interrumpió y habló con retumbante voz.

—La mujer de Lugala quiere saber cómo os habéis mezclado tanto. Sin duda comprendéis lo peligroso que resulta tener hombres en casa, salvo durante una breve visita. ¿Cómo podéis permitir que la gente se entrene en la violencia cerca de vuestros niños? ¿Cómo podéis permitir que personas capaces de asesinar y violar vivan en vuestras casas día tras día y año tras año? Sin duda os dais cuenta de que algo terrible ocurrirá tarde o temprano. Perdón, he cometido un error, Anna. La palabra no es «asesinar». Es «matar intencionadamente a otra persona», aunque eso no es necesariamente un crimen. El contenido moral del acto depende de las circunstancias. Casi nunca es malo matar a un enemigo masculino. Suele ser malo matar a un individuo de sexo masculino que sea pariente o aliado. Lo mismo se aplica a la palabra que he traducido como «violar». Ésa significa «practicar el sexo con violencia y sin el consentimiento de la otra persona», pero no es invariablemente un acto criminal; a menos, por supuesto, que la víctima sea una mujer o un niño.

Anna intentó explicar que la mayoría de los hombres eran inofensivos. Las mujeres alienígenas no parecieron convencidas, aunque en realidad no estaba segura de lo que ocurría detrás de aquellos anchos rostros cubiertos de pelaje.

—No —le dijo Ettin Sai finalmente, en inglés—. No puede ser correcto. Sabemos… hemos experimentado… —Se interrumpió y siguió hablando en su lengua; luego Nick tradujo.

—Hemos experimentado la violencia de los humanos. Tu gente no es inofensiva, Pérez Anna. Dos de mis hermanos se encontraban en una nave que fue volada por los humanos, y mi hermana Aptsi perdió a un hijo. Los hombres de tu especie pueden matar como matan los hombres del Pueblo. Pero vosotros no habéis sido capaces de separar la violencia de todo lo demás, como hemos hecho nosotros, al menos en gran medida. Vosotros no tenéis lugares seguros. Vuestros hijos deben crecer dominados por el miedo. Vuestras mujeres deben vivir dominadas por el miedo, a menos que sean como vuestros hombres. ¿Y quién se ocupa de criar a los niños?

Lugala Minti habló en voz alta.

—La mujer de Lugala dice que los humanos son horribles y perversos, una vergüenza para cualquier otra especie inteligente y un insulto a la Diosa, alabado sea su nombre. Y oye, Anna, ni siquiera hemos asumido los hábitos sexuales de la humanidad.

—Sí —dijo Ettin Sai en inglés.

Tsai Ama Ul volvió a hablar.

—Esto no es cortés, dice la mujer de Tsai Ama, y no conduce al conocimiento. No debemos pedir a Pérez Anna que defienda a los suyos como si fueran criminales. Háblanos de tu infancia. Cuéntanos cómo es ser criada como mujer entre los humanos.

Así lo hizo. Las mujeres formularon preguntas. ¿Cómo era tener un padre en la casa? ¿Cómo se llevaba con él y con su hermano? ¿Su padre la amenazaba? ¿Era violento?

Era un historiador afable, cuyo único crimen como padre era su incapacidad para prestar atención al siglo en que vivía. El XIV le resultaba mucho más interesante, aunque existían semejanzas entre ambos: plagas terribles, una sociedad que se derrumba y un vasto universo que empezaba a ser visible; el mundo entero esperaba la llegada de exploradores y los cielos estaban a punto de abrirse para los astrónomos.

—Indiferencia —dijo Ettin Sai—. Eso no es bueno. Pero hay mujeres que no se interesan por sus hijos. En una familia grande, eso no tiene importancia. En una casa grande siempre hay madres suficientes.

¿Por qué los seres humanos tenían familias tan minúsculas? ¿No se sentía sola sin una multitud de primos? ¿No se sentía apretujada en un puñado de habitaciones?

No, les dijo. Era lo corriente, la vida que conocía. No se había sentido sola. El apartamento de su familia resultaba espacioso. Después de todo, sus padres eran profesionales y habían ganado mucho dinero.

Las mujeres escuchaban con expresión grave, pero Anna no captó ninguna señal de que comprendieran. Las preguntas continuaron. ¿Cómo era vivir entre infinidad de personas que no estaban conectadas por linajes sino separadas? Familias diminutas como olas que rompen y desaparecen sin dejar nada detrás salvo un espacio vacío en el que otra ola —otra familia— puede formarse.

¡Nueve mil millones de personas! ¡Era incomprensible! Y la mitad de ellos hombres, siempre presentes. Las calles de las ciudades, de ciudades espantosamente enormes, llenas de violencia masculina. ¿Cómo era para la mujer de Pérez caminar entre hombres con los que no tenía relación? Y sin ninguna protección, si lo que Nicholas les había contado era cierto.

Se sorprendió diciendo la verdad. Podía resultar atemorizante caminar por Chicago, sobre todo por las zonas donde vivía la gente pobre. La pobreza enfurecía a la gente, y los hombres furiosos resultaban peligrosos, sobre todo si no tenían nada que perder.

Cuando concluyó, se hizo silencio. Luego Ettin Per habló.

—Sois demasiada gente. No hay suficiente para todos, y como estáis divididos no podéis compartir lo que hay de una manera decente. Pero aunque lo compartierais, no habría suficiente para todos. De eso se trata, Anna. El discurso sobre los males de la heterosexualidad.

Tsai Ama Ul se inclinó hacia delante y habló.

—Dice que tal vez te estés cansando, aunque no sabe cuáles son los síntomas de la fatiga entre los humanos. Sin embargo, todos somos de carne y hueso, dice la mujer de Tsai Ama.

Anna miró su cronómetro. Habían pasado tres horas. Se sentía como si hubiera perdido una pelea.

Ettin Tsai habló.

—Ha terminado. Gracias, Pérez Anna.

Salieron. Una vez fuera de la sala de reuniones, Nicholas lanzó un suspiro.

—¡Caray! Lo has hecho muy bien, Anna; y yo estoy agotado.

Regresaron a los aposentos de Anna. El apoyó la palma de la mano en la puerta y, mientras ésta se abría, la miró atentamente.

—Pareces cansada. ¿Por qué no te acuestas? Si más tarde quieres ir a alguna parte, llámame.

Aquello equivalía a una despedida. Él necesitaba ir a algún otro sitio, seguramente con su general.

El holograma de la habitación mostraba un cielo verde lleno de cúmulos enormes. Formaban algo parecido a un paisaje: montañas blancas y valles sombríos de color gris verdoso, llanuras angulosas, fallas y laderas onduladas pobladas de árboles. Se quedó tendida sobre la cama, demasiado cansada para pensar. Por encima de su cabeza las nubes cambiaban de forma. Las montañas se aplastaban formando llanuras o se dividían creando valles. Los valles se cerraban. Las colinas bajas se elevaban y se convertían en picos elevados. Nada permanecía igual.

Por la noche fue a los aposentos de los humanos e informó de la reunión.

—No le encuentro sentido a esta cultura —comentó Sten—. ¿Quién tiene el mando? ¿Los hombres o las mujeres? ¿Y qué significa esta obsesión con la violencia?

—Por la forma en que hablaron las mujeres, su población debe de ser considerablemente menor que la nuestra —comentó el capitán Mclntosh—. Eso podría resultar una desventaja para ellos. Aunque Jah sabe que nuestra población no es particularmente ninguna ventaja.

—Nos encontramos en una estación enemiga —dijo Etienne con nerviosismo—. ¿Estamos seguros de que ellos no pueden oírnos?

—Sí —respondió el capitán Mclntosh.

—Continuemos las negociaciones de buena fe. Sabemos exactamente lo útil que ha resultado subestimar a los hwarhath y conspirar contra ellos.


VI

<p>VI</p>

En el despacho del general había un nuevo holograma: una llanura cubierta de nieve. En la distancia se veía una cadena de montañas pequeñas y puntiagudas, probablemente la pared de un cráter. Por encima de las montañas, el cielo estaba casi totalmente cubierto por un planeta: un gigante de gas amarillo, con anillos y media docena de lunas que resultaban visibles por las sombras que proyectaban sobre el planeta. El cielo —lo poco que pude ver— era azul oscuro, lo que significaba que había alguna clase de atmósfera.

Una serie de huellas cruzaban la nieve, que empezaba donde se acababa la moqueta del general, y atravesaban la llanura en diagonal hasta perderse en la distancia. Las huellas habían sido dejadas por un solo par de botas enormes.

—¿No estarás intentando colonizar eso? —le pregunté.

—No. Lo más probable es que se tratara de una estación de observación, o tal vez haya habido un único aterrizaje.

Hice un gesto de asentimiento y me senté.

—Bien. —Cogió su estilete—. Pérez Anna se reúne con las mujeres una sola vez, y los humanos ya han aprendido algo de valor estratégico.

—Sólo lo de la población —dije.

—Sí. No sé hasta qué punto podemos controlar esto, y no sé si es prudente utilizarte como traductor. ¿Por qué le has explicado el significado exacto de las palabras que has traducido como «violar» y «asesinar»? Al ver la grabación, he pensado que ibas a decirle a la mujer de Pérez que no matamos a mujeres y niños.

—Ayudé a escribir el primer diccionario de tu lengua, y esas definiciones figuraban en él. No le estaba diciendo a Anna nada que los humanos no sepan.

Bajé la vista brevemente y volví a levantarla, mirando al general a los ojos.

—La lengua es mi única gran habilidad. Me gustaría utilizarla honestamente. En la medida de lo posible, voy a ser claro. —Estaba utilizando la lengua hwarhath principal. La primera acepción de la palabra es «transparente»—. Si esto supone un problema, puedes despedirme. ¿Pero cómo podrás negociar de una forma seria si las líneas de comunicación están enredadas?

Él hizo un débil ruido de disgusto y dejó el estilete.

—Anoche estuve con Lugala Tsu. Nunca ha sabido beber. Es otra de las razones por las que su linaje no debería haber sido promovido. No repetiré todo cuanto dijo. Hacia el final resultaba incoherente. Pero surgieron dos cosas importantes.

»Abriga la esperanza de que por fin haya llegado el momento en que yo falle en algo. Espera que cometa un error grave en esta ronda de negociaciones.

»Y además —volvió a coger el estilete y lo hizo girar entre sus dedos—, hizo la sugerencia, insinuó la posibilidad de que tú no eres totalmente de fiar. Algunos de los hombres que estaban con él se encontraban lo suficientemente sobrios para darse cuenta de lo que ocurría. ¡Ja! ¡Tendrías que haber visto sus caras! Pero no sabían cómo hacerlo callar. Eso es lo que ocurre cuando uno elige a su personal como lo hizo él.

Ya había oído hablar al general sobre aquel tema. La belleza está muy bien, y no perjudica tener en cuenta el linaje de un hombre, pero éstos no deberían ser los únicos criterios a considerar.

—¿A quién escogiste?—pregunté. —A Hai Atala Vaihar.

La elección perfecta. Vaihar bebe lo suficiente para no desconectarse de la fiesta, pero nunca se emborracha, y siempre sabe qué hacer en una situación difícil.

—No puedo decirte las palabras exactas que utilizó el hijo de Lugala. Ocurrió al final de la velada, y no era del todo fácil seguir su discurso. Pero dijo que tú eras humano, y que los humanos eran diferentes en muchos aspectos importantes, y que nadie podía decir con certeza cómo ibas a actuar ahora que estabas con una mujer humana, que podía o no estar relacionada contigo.

En otras palabras, yo podía ser un traidor al Pueblo y podía ser un perverso, y tal vez incluso cometiera incesto.

[Estás equivocado en esto. Él sugería dos posibilidades, ambas peligrosas. Es posible que Anna sea una parienta tuya, en cuyo caso deberías serle fiel. Ningún hombre en su sano juicio traicionaría ni abandonaría a una mujer de su linaje. O quizás estás mintiendo y ella no es parienta tuya. En tal caso has conseguido tener acceso a sus aposentos con un propósito que me niego a mencionar. Así, o eres un traidor y no un perverso, o de lo contrarío eres un perverso y tal vez un traidor. Pero no creo que Lugala Tsu tuviera en mente la idea del incesto.]

—¿Qué hiciste? —pregunté.

—Le dije que el futuro está en manos de la Diosa, y que nunca podemos decir con certeza cómo va a actuar alguien; entonces Vaihar contó una larga y aburrida historia sobre uno de sus tíos, que siempre había sido previsible; y después nos marchamos. Me pregunto si alguno de esos jóvenes tendrá el coraje de decirle a Lugala Tsu exactamente lo que él me dijo a mí.

—Lo más probable es que no.

Hizo un ruido que indicaba que estaba de acuerdo.

—Voy a hablar con Ettin Per. Tal vez ella encuentre una forma de contener o distraer la curiosidad de las mujeres. Tú te reunirás conmigo en la sala en la que hablamos con el enemigo.

—¿Porqué?

—Quiero que el hijo de Lugala te vea a mi lado. Eres el mejor traductor que tenemos y nuestro principal experto en humanidad. Quiero que ese producto de una inseminación apresurada lo recuerde; y quiero que recuerde lo que tú eres para mí.


Del diario de Sanders Nicholas, etc.


VII

<p>VII</p>

Al día siguiente Nicholas le enseñó a manejar la cocina.

—Las mujeres quieren tiempo para pensar en lo que les contaste. El general quiere que esté presente en las negociaciones. De modo que te quedarás sola un rato.

Ella asintió y él leyó las instrucciones de uso de los diversos… ¿cómo llamarlos? ¿Electrodomésticos? Cuando terminó, se cruzó de brazos apoyado contra la pared más cercana. En la muñeca izquierda llevaba un brazalete de gruesos eslabones de oro, cada uno con una piedra de color verde oscuro profusamente tallada, parecida al jade. Un objeto magnífico, pensó Anna, aunque no hacía juego con su ropa.

—He traído el ordenador —dijo Nicholas—. No es un modelo nuevo. Nos arreglamos con lo que podemos conseguir. Pero el software es amigable. En mi opinión, demasiado. Me gusta mantener la distancia emocional con mi software.

»Te escribiré las instrucciones para ponerte en contacto con Vaihar y Matsehar. Si quieres ir a algún sitio, llámalos.

Hizo una pausa y pareció incómodo.

—Tengo que preguntarte algo, Anna.

Ella esperó.

—Hace dos años, antes de abandonar la última ronda de negociaciones, Ettin Gwarha te contó una historia.

Ella asintió.

—¿La conoce alguien más?

—El servicio de información militar me cogió en cuanto tu gente abandonó el planeta. Fui interrogada.

Al principio se quedó completamente inmóvil. Después preguntó:

—¿Cómo? —Su voz era serena.

—Con drogas. No me hicieron daño, pero deben de saber todo lo que yo sé sobre ti y sobre el Pueblo.

—Ah. —Apartó la mirada—. Bueno, el servicio de información nunca ha sido generoso en lo que se refiere a compartir información. Tal vez no contaron nada al resto de tu equipo.

—¿Te importa?

—Supongo que sí. No es una historia muy agradable. Lo que menos me gustaría es entrar mañana en esa sala e imaginar que los demás piensan: Aquí está el pobre cabrón que trabaja para la gente que lo torturó.

—¿Es eso verdad?

Él iba a cerrarse. Lo supo por su expresión y por la postura de su cuerpo. Iba a cerrarse, a guardar silencio y a decirle que se ocupara de sus asuntos.

—Nicholas, no voy a decirte que me debes una explicación.

—Estupendo.

—Pero mi carrera es un desastre, y no estoy segura de poder enderezarla. A punto estuve de acabar en la cárcel.

—Fue elección tuya, Anna. Yo no te pedí nada.

—La mirada que me lanzaste en aquella habitación fue como una súplica. Intenté ayudarte. El general dijo que no era necesario, pero hice lo que pude.

La miró como diciendo: ¿y qué?

—Sabía que ellos eran unos cabrones. Pensaba que tú eras relativamente normal.

—Sabías que durante la guerra había cambiado de bando. Eso nos lleva a una palabra de siete letras que comienza por «t» y que tengo problemas para pronunciar: alguien que actúa con perfidia y con falsedad. ¿A eso llamas normal? En cualquier caso, ¿con quién tratas?

—Santo cielo, qué bien hablas. Nunca lograré ponerte en un aprieto. En realidad creo que me debes una explicación. Había dicho que no lo diría. He faltado a mi palabra.

»¿Crees que puedes eludir todas las obligaciones porque has hecho eso que comienza por “t”? ¿A quién le importa si traicionaste a esos locos del servicio de información? Yo también los traicioné. Todo el mundo debería hacerlo. Al demonio con tus sentimientos de culpabilidad y al demonio con tu irresponsabilidad.

Él miró a su alrededor.

—Sabes, me interesa poco la comida, pero no quiero mantener esta conversación en una cocina. Salgamos de aquí.

Se acomodaron en las sillas de la sala. Nicholas se quitó las sandalias y apoyó los pies en una mesa nacarada; luego miró a Anna.

—¿Qué quieres saber?

Anna vaciló, intentando encontrar las palabras adecuadas. Quería ciertas garantías de que no estaba tan loco como la gente del servicio de información. ¿Qué clase de persona podía trabajar para un hombre que la había torturado?

—No sería el primer caso —dijo Nicholas. Ella intentó hablarle del abismo. Era el lugar donde uno aprendía cosas de otras personas a las que en realidad no quería conocer. Fijabas la vista en él y veías oscuridad, fealdad, locura y dolor, y pensabas que tal vez fuese una lástima que los dinosaurios se hubieran extinguido. Podrían haber hecho un buen trabajo. Él se echó a reír.

—Creo que será mejor que me cuentes lo que te dijo el general.

Así lo hizo. Él escuchó con los ojos entrecerrados y expresión inmutable. Cuando ella concluyó, dijo:

—Vaya, ha logrado convertir una historia desagradable en algo aún más desagradable, y no sé por qué. Tendré que preguntárselo.

—¿Sucedió?—preguntó Anna.

—Sí.

—El general dijo que él estaba allí.

—No lo recuerdo. Cada vez que querían hacerme preguntas me llevaban a una habitación. Siempre a la misma. En una pared había un espejo… enorme, del techo al suelo y de pared a pared. Así es como suelen comenzar mis sueños, entrando en esa habitación y viendo mi imagen, y sabiendo que va a suceder algo terrible.

»Detrás del espejo había una cabina de observación. Podía oír a la gente moviéndose y voces que sonaban por el intercomunicador. Haga esta pregunta. Pregunte esto otro. Deténgase. Continúe. Gwarha debía de estar allí. Nunca lo vi en la habitación.

»Creo que nunca oí su voz por el intercomunicador. En aquellos tiempos él no tenía un rango superior, y su especialidad nunca han sido los interrogatorios. Lo más probable es que observara y escuchara.

»No creo que pudiera trabajar para él si recordara haberlo visto en aquella habitación. No tengo ni idea de lo que haría si alguna vez me encontrara con alguno de esos individuos. Nunca los he visto, salvo en sueños, y por lo general, no sé por qué, los veo como imágenes en el espejo. Tal vez un terapeuta fuese capaz de explicarlo. A mano no hay ninguno, ni nadie que comprenda a los humanos. Consultar a un adivino hwarhath podría ser interesante, pero no creo que fuese terapéutico.

Se sentaba con los codos apoyados en los anchos brazos del sillón y las manos cruzadas. No había muestras de tensión en su postura ni en su voz serena y uniforme. Pero Anna la percibía.

—La primera vez que lo vi, por lo que recuerdo, fue cuando se acercó y me dijo que todo había terminado. Los interrogatorios iban a concluir. No habría más dolor. Y luego… —Nicholas sonrió—. Muy formalmente, con sus hermosos modales, se disculpó. No de la mayor parte de las preguntas ni de la mayor parte del dolor. Aquello había sido necesario; y Gwarha no se disculpa de nada que sea necesario; pero sí de las preguntas del final. No sirvieron para nada útil y, en su opinión, estaban motivadas por el tipo de curiosidad maliciosa característica de los niños. ¿Conoces esa clase de actitud? Es lo que yo llamo la etapa científico-juvenil. ¿Qué ocurre si arrancas la pata trasera de un saltamontes? ¿Qué ocurre si arrancas un ala a una mosca? Oye, Nicky, ¿quieres ver lo que sucede si prendes fuego a una rana?

»No trabajo para el hombre que me torturó. Trabajo para el hombre que me dijo que todo había terminado y que me ofreció una disculpa.

Sin embargo, trabajaba para el enemigo y para un grupo de personas que le habían tratado muy mal. ¿De qué servía una disculpa en una situación como aquélla? «Vaya, lamento haber convertido tu vida en un absoluto infierno.» No le pareció adecuado.

—Parte de mi explicación es ésta. El resto es… que si no perdonaba a Ettin Gwarha, ¿cómo podía perdonarme a mí mismo?

—¿A qué te refieres?

—¿De dónde crees que salía la información que utilizamos para descifrar la lengua hwarhath? ¿Crees que nuestros prisioneros nos la proporcionaban gratuitamente? ¿Y cómo crees que fueron utilizados mis conocimientos de esa lengua?

—Tú eras como él.

Nicholas asintió. Aún estaba en la misma posición y seguía sin mostrar señales físicas de tensión. Su voz aún era tranquila y regular.

—Nunca me ensucié las manos. Nunca toqué a un prisionero hwarhath; pero yo sabía de dónde provenían los datos que estaba analizando; y sabía adónde iban las preguntas que yo escribía.

Otra vez el abismo. Estaba segura de que las personas decentes no se metían en situaciones semejantes. Las personas decentes llevaban una vida respetuosa de las leyes y nunca dañaban a alguien directamente y jamás cooperaban a sabiendas cuando se trataba de infligir dolor.

—Recibí una buena educación metodista del Medio Oeste —comenta Nicholas—. íbamos a la iglesia todos los domingos por la mañana, después de comer beicon. Aprendí lo que es el mal y aprendí qué es lo que más complace a Dios. Dios se siente más complacido cuando nos ocupamos de la viuda y del huérfano, del pobre y de los extranjeros. Bueno, nadie más extranjero que los hwarhath, y en la época en que nos pusimos en contacto con ellos, eran realmente pobres. Nada les pertenecía, ni siquiera su cuerpo, y no les permitíamos hacer lo que más deseaban, que era morir. Para el Pueblo, ésa es la forma más extrema de pobreza, el no ser dueño de la propia muerte. Ésa es su más preciada posesión, el derecho a decir: es suficiente. ¿Sirve de algo todo esto? ¿O aún estás al borde del abismo?

—Aún sigo allí.

—No es fácil comprender a la gente; después de decir algo tan profundo, me voy. —Se puso de pie y le sonrió—. ¿Sabes? No has mencionado el problema real que tengo con Ettin Gwarha. No se trata de que él sea un alienígena, o un enemigo, o de que tenga que ver con el trato menos que agradable que recibí al ser capturado. Hemos podido enfrentarnos a todo eso.

»Pero hay un consejo que toda madre debería dar a sus hijos antes de dejarlos salir al universo. Nunca folies en el trabajo y nunca folies con tu jefe. Nunca te metas en una situación en la que no puedas separar tu vida personal de lo que haces en la oficina. El general y yo hemos pasado años negociando y fijando reglas acerca de cómo comportarnos cuando los dos estamos trabajando y cuando no lo hacemos. Nunca ha sido fácil.

»Has estado preguntándome, con mucha cortesía, cómo puedo meterme en la cama con mi enemigo. Bueno, los enemigos no lo son para siempre. Uno siempre puede tratar de hacer las paces. Pero piensa en lo que significa hacer el amor con un hombre que redacta una evaluación semianual de tu actuación en el trabajo. Es una situación de perspectivas desagradables. Aunque en el formulario no hay ni una sola línea destinada a la actuación en el plano sexual. Me pregunto cómo Gwarha logra intercalar esto. ¿Hablará de la “Actitud hacia los más importantes”?

—¿Por qué lo haces? —preguntó Anna.

Él se echó a reír.

—Anna, eres increíble. Las preguntas no terminan nunca. Pero he llegado al límite de mi capacidad para responderlas. —Se marchó.


VIII

<p>VIII</p>

Al día siguiente, él estuvo presente en las negociaciones. Ella observó a solas desde la antesala. Él entró exactamente detrás del general, vestido con su uniforme gris de cadete especial, que le sentaba tan bien. Nunca lo había visto junto a Ettin Gwarha. Le llevaba casi una cabeza. ¡Qué extraña pareja! Por primera vez no tenía los hombros caídos y tampoco sonreía. Su rostro delgado y pálido mostraba una expresión vigilante, distante.

Cuando todos estuvieron sentados, se presentó.

—Creo que conocí a la mayor parte de ustedes durante la última ronda de negociaciones.

Charlie dijo que sí y luego le ofreció una disculpa por el lamentable giro que habían tomado los acontecimientos, etcétera.

Nicholas escuchó y tradujo. Los hwarhath se movieron un poco y luego habló Ettin Gwarha.

—Su disculpa no es necesaria —dijo Nicholas—. Se presentó y se aceptó una antes de que el Pueblo estuviera de acuerdo en celebrar las actuales negociaciones.

Charlie abrió la boca y la cerró. Era evidente que la disculpa había sido ofrecida directamente a Nicholas. Era evidente que los hwarhath fingían que Nicholas no estaba allí. ¿O no existía como entidad separada? Anna no estaba segura.

Otro juego que para ella no tenía sentido.

Después de eso no ocurrió gran cosa. Los negociadores discutían la posibilidad de intercambiar prisioneros, aunque ninguna de ambas partes admitía formalmente que los tuviera. El general seguía fingiendo no saber inglés. ¿Con qué intención? Tal vez eso le daba tiempo para pensar en el tema de discusión. Nicholas traducía con voz serena y prácticamente inexpresiva, en un tono muy diferente del que solía usar, que subía y bajaba, cambiaba de ritmo, con el que imitaba y se burlaba.

Anna almorzó con el resto del equipo diplomático. No les habló de su más reciente conversación con Nicholas, aunque mencionaron su nombre. Querían saber por qué lo utilizaban otra vez como traductor. Anna se encogió de hombros. No tenía ni idea. El general así lo quería.

Por la tarde Hai Atala Vaihar fue a verla y la escoltó hasta los aposentos de las mujeres. Ella cogió el ordenador que Nicholas le había llevado. Como él decía, era excesivamente amistoso y tenía una personalidad que le ponía los nervios de punta. Salió del programa de aprendizaje lo más rápido posible y buscó el juego que Nick le había mencionado.

Se basaba en la novela china titulada Mono. El jugador (eligió la versión para una sola persona) era el personaje que daba nombre al libro: un mágico mono de piedra que creaba el infierno en el cielo, robando los melocotones de la inmortalidad, y acosaba a los dioses chinos.

Como castigo, Mono era encarcelado debajo de una montaña. Con el fin de lograr su liberación y su redención, tenía que escoltar al monje budista Tripitaka hasta la India y volver, para que Tripitaka pudiera llevar los Tres Cestos de las Escrituras Budistas al pueblo chino, salvándolo así de la avaricia, la lujuria y la violencia.

La travesía a la India estaba llena de peligros (por supuesto), y tuvo que enfrentarse a varios monstruos. Algunos, una vez derrotados, resultaban benévolos. La mayoría seguían siendo malvados. Anna nunca había sido especialmente buena para los juegos y perdió casi todas las peleas. El juego tenía una bonificación. Cuando Mono había muerto por undécima vez, ella apretaba el botón y seguía jugando en lugar de volver al principio. El Mono real hacía trampa cada vez que podía. Ella imaginó que podía hacer lo mismo.

Al final, si terminaba la partida y entregaba los cestos de las Escrituras, conseguía (según las instrucciones) la libertad y la iluminación, y se convertía en una auténtica Buda. Pero eso le llevaría mucho tiempo, a pesar de la bonificación.

Su vida se hizo rutinaria. Por la mañana observaba las negociaciones entre los hwarhath y los hombres. Por la tarde hablaba con sus colegas. A veces se quedaba toda la tarde en los aposentos de los humanos. Con frecuencia regresaba a los suyos y se dedicaba a leer, o jugaba alguna partida de Mono.

Las mujeres hwarhath aún estaban en la estación, aunque en esa etapa nunca se reunió con ellas; y el principal Lugala Tsu también se paseaba de un lado a otro y observaba las negociaciones igual que Anna, desde la distancia, por holovisión.

Se enteró de todo eso gracias a sus escoltas, pero no pudo averiguar nada más acerca de lo que aquella gente estaba haciendo o planeaba hacer. Eh Matsehar dijo que no lo sabía, y Hai Atala Vaihar dijo que no le correspondía especular acerca de lo que pasaba por la mente de las mujeres o de los principales.

Se imaginó a los dos Lugala como arañas agazapadas en medio de sus telas, alerta y preparada para actuar cuando llegara el momento adecuado. Si lo pensaba, Lugala Minti se parecía más a un sapo. Pero Anna no tenía nada contra los sapos ni contra los demás anfibios. Frágiles y sensibles, los anfibios se estaban extinguiendo a causa de la contaminación más rápidamente que los miembros de cualquier otro orden animal de la Tierra. Los sapos debían ser cuidados y llorados, no comparados con Lugala Minti.

Tampoco tenía una buena razón para creer que en los Lugala hubiese nada malo, salvo por el estilo sumamente llamativo de su madre y por la tendencia de ésta a pontificar acerca de la fealdad de los humanos. ¿Era eso suficiente para condenar a dos personas, una de las cuales Anna ni siquiera conocía?

En los días en que Vaihar la escoltaba, él y Anna hablaban de literatura humana. Vaihar quería leer otro libro. Ella le recomendó Las aventuras de Huckleherry Finn. Así sabría lo que era la esclavitud.

—Oh, sí —dijo Vaihar—. He oído hablar de eso, aunque no puedo decir que lo comprenda. ¿Por qué alguien querría esclavizar, si es ésa la palabra correcta, a mujeres y niños? ¿Y por qué un hombre se sometería?

Como cada vez que trataba con los hwarhath, tuvo la sensación de que le faltaban piezas importantes. No podía responder a las preguntas de Vaihar porque en realidad no sabía qué era lo que él le preguntaba.

En los días en que la escoltaba Matsehar, hablaban de teatro. Mejor dicho, Matsehar hablaba y ella escuchaba. Él había empezado a trabajar en su versión de Macbeth.

—Estoy empezando a comprender cómo actúan los humanos cuando son tortuosos. Nicky dijo que me resultaría útil venir aquí; y tenía razón, como suele ocurrir.

En una ocasión vio a Nicholas en un pasillo, hablando con un alienígena de pelaje blanco como la nieve. Había algo diferente en la postura de Nick, aunque al principio no logró deducir qué era. Nick la vio y se irguió, le sonrió y levantó una mano a modo de saludo. Luego reanudó la conversación.

—Me pregunto qué ve en esa pelota de pelo —dijo Matsehar.

—Ese estúpido blanco como la nieve. El imbécil. El bufón.

—¿Quién es?

—El actual campeón de hanatsin de esta estación. Ése es su único logro, a menos que consideres que tener un buen cuerpo sea un logro.

Le preguntó por el hanatsin. Era una actividad entre un arte marcial y una forma de danza. Cuando se practicaba como arte marcial, los dos participantes eran rivales, y uno de ellos tenía que vencer al otro. Cuando se practicaba como danza, eran compañeros y sólo podían ganar juntos. El estúpido blanco como la nieve era un maestro en la forma de arte marcial.

—No sé qué se propone Nicky; practica el hanatsin y es lo suficientemente bueno para necesitar un rival poderoso. —Matsehar hizo una pausa—. Pero no es lo suficientemente bueno para necesitar «ese» rival. Para Kirin sería… déjeme pensar, sé que los humanos tienen una frase para esto… sería pan comido. Su lengua tiene una notable cantidad de expresiones derivadas de la comida. A veces me repugna aunque, por supuesto, eso no es tan espantoso como la heterosexualidad.

Claro que no.

—¿Acaso Nick…? —No encontró una forma cortés de concluir la pregunta.

—Sanders Nicholas es muy conocido por su costumbre de mirar a todos. Dice que sería impío hacer otra cosa.

—¿Qué?

—Según él, los humanos sufren una serie de enfermedades desagradables que se transmiten sexualmente.

—Así es.

—Bueno, nosotros también, aunque ninguna es tan terrible como las enfermedades debilitantes que Nicky ha descrito.

Las enfermedades por VIH. Cada cuatro o cinco años surgía una nueva cepa que —como en el caso de las nuevas cepas del virus de la gripe— recibía el nombre del lugar en el que aparecía por primera vez.

—Pero Nicky no contrae nuestras enfermedades. Ninguna de ellas. Tiene el mismo aspecto que nosotros, pero sólo es una cuestión de apariencia. En el nivel en el que las enfermedades viven y se reproducen, él es muy distinto.

—¿Qué tiene que ver esto con la piedad? —preguntó Anna.

—Él dice que ha llegado accidentalmente a un sitio en el que es posible practicar el sexo con muchas personas sin tener miedo a morir. Y que eso es un regalo de la Diosa. Cuando la que creó el universo nos da un regalo, hay que usarlo.

»Lo más probable es que esté bromeando; aunque nunca se puede estar seguro. Él hace chistes y parece que habla totalmente en serio, y cuando está serio uno piensa que tal vez está bromeando. Pero no cabe duda de que mira a todos.

Recorrieron otro pasillo en silencio. Luego Matsehar volvió a hablar de su versión de Macbeth. Explicó lo bien que funcionaba lady Macbeth como madre llena de ambición, presionando y engatusando a su reacio hijo guerrero, que finalmente —¡lo cual suponía un juicio sobre la ambición!— se convertiría en un monstruo al que no podía dominar.


IX

<p>IX</p>

Una tarde recibí la visita de Matsehar. Estaba de un humor extraño, triste y al mismo tiempo malicioso. No logré explicármelo, aunque siempre se lo veía taciturno: era el precio del genio y de ser diferente.

Cada vez que algo le molesta —ira, fatiga o tensión— se vuelve más torpe que de costumbre. Dejó caer mi pequeño ordenador de lectura mientras intentaba cargar su versión de Macbeth, y luego tuvimos que ponernos de rodillas y buscar el escrito, que había desaparecido dentro de la moqueta. Finalmente lo vi, un brillo cristalino entre las fibras, lo recogí y se lo entregué. Él lo dejó caer otra vez y empezó a maldecir en inglés. Le quité el ordenador e introduje el escrito. Luego serví unas copas: halin para él y agua para mí.

—¿Te gusta Anna? —Yo no lo veía desde que él se había hecho cargo del servicio de escolta y, por lo que sé, siempre ha demostrado interés por los humanos.

Rozó la copa de halin. Por la forma en que se estaba moviendo, lo más probable era que acabara volcándola.

Finalmente habló:

—Ettin Gwarha es más extraordinario de lo que yo pensaba. Puede mirarte y ver a un hombre. Cuando yo miro a Pérez Anna veo a una alienígena. No puedo ver más allá de las diferencias físicas: el cuerpo con sus raras proporciones, las extremidades que no se flexionan en los lugares adecuados, la piel parecida al cuero curtido, los ojos… —Se estremeció visiblemente y luego le miró fijamente—. Me consideraba liberal, Nicky. Pero no, soy tan estrecho de miras como un sucio granjero de la llanura de Eh. ¡Ay, Nicholas! ¡Me siento atrapado en mi propio ser!

»Y me siento solo. Te envidio, aunque la envidia no es una emoción que me guste. Te vi en el pasillo, hablando con Shal Kirin. Ése es un gran don, Nicky, mirar a la gente y encontrarla encantadora.

—No difundas ningún rumor desagradable, Mats. Quiero que Gwarha logre concentrarse en las negociaciones.

—¿Entonces no estás interesado en Kirin?

—Por el momento, no. Aunque la Diosa sabe que tiene un cuerpo maravilloso, y siempre me ha gustado esa clase de colorido, el pelaje blanco y las pequeñas zonas de piel oscura. En la tierra hay un árbol llamado abedul. En el invierno deja caer sus hojas, y su corteza es blanca y negra. Eso parece Kirin, un abedul en la nieve.

Matsehar pareció más triste que antes. Por supuesto, yo estaba furioso con él. Su reacción ante Anna me indicaba algo cerca de su reacción ante mí. Yo era otro monstruo, otro extraño.

Recordé una frase, pero no la pronuncié.

Matsehar, quería decir, el universo es muy grande, y la mayor parte de él es frío, oscuro y vacío; no es una buena idea ser demasiado quisquilloso con respecto a quién amar.

Pero la sabiduría de los mayores siempre resulta aburrida, y los problemas de Mats son sólo suyos. No tengo manera de ayudarlo, y uno nunca debería dar consejos cuando está enfadado.

Extendí la mano.

—Dame Macbeth. Me gustaría ver lo que estás haciendo.

Se puso de pie para entregarme el ordenador. Al hacerlo, volcó la copa.


La primera obra que vi, escrita por Eh Matsehar, fue Una vieja que fabrica ollas, que el Cuerpo de Arte representó durante un festival de la estación. Ya no recuerdo qué estación. Tailin, tal vez. Hemos pasado allí el tiempo suficiente, y es lo bastante grande para tener gente del Cuerpo de Arte.

La obra presenta la forma moderna o ambigua, lo que significa que no es claramente una obra de héroe, ni una obra de mujeres, ni una obra de animales, ni ninguna otra cosa en especial.

Un guerrero que viaja ocupándose de asuntos de su linaje conoce a una mujer que fabrica ollas al costado de un camino. El guerrero es joven, orgulloso y próspero, y pertenece a un linaje (los Eh) cuyo poder se expande rápidamente. La mujer es vieja y está casi ciega. Ahora fabrica las ollas sirviéndose sólo del tacto. Y no utiliza más que un barniz de sal. Percibe la forma y la textura, pero ya no ve el color ni los dibujos con la suficiente claridad para aplicarlos. Si pertenece a algún linaje, no lo sabemos. Tal vez es una de esas mujeres que no soportan quedar incorporadas a otro linaje una vez que el suyo ha sido derrotado en la guerra, y se queda sola.

Las dos personas conversan: la mujer de la fabricación de ollas, de los problemas técnicos y de las dificultades de trabajar como lo hace ahora, anquilosada por la edad y ciega; el guerrero habla de las batallas en las que ha participado, del poder de su linaje, de sus ambiciones.

Poco a poco, el público empieza a sospechar que la mujer es una manifestación de la Diosa. Sin duda, uno se da cuenta de que el joven es un estúpido. La mujer le hace preguntas agudas y curiosas. Las preguntas vienen a ser: ¿qué crees que estás haciendo? Él no puede responder, salvo con las frases hechas de las antiguas obras de héroes y con una especie de codicia infantil.

Al final, la vieja le dice: «¿Por qué no dejas de lado esas armas y haces algo útil? ¡Fabrica una olla!»

El joven baja la vista, incapaz de seguir respondiendo. La obra concluye.

A Gwarha le pareció odiosa y salió con un par de oficiales superiores para emborracharse y quejarse del teatro moderno. Yo recorrí la estación a pie.

Al día siguiente busqué al autor y lo encontré en el Teatro del Cuerpo de Arte discutiendo con otro hombre que resultó ser el músico jefe. Alguien lo señaló: demasiado alto para un hwarhath —aunque no tan alto como yo—, de huesos grandes, demacrado y muy joven. Su juventud explicaba los problemas que habían surgido con la obra. Mientras me acercaba a él, levantó la vista. (Por lo general, los hwarhath bajan la vista cuando discuten seriamente.)

—Ah —dijo, en una prolongada exhalación. Sus ojos azules se agrandaron; incluso las pupilas largas y estrechas parecieron dilatarse. Se volvió con movimientos torpes. Más tarde descubrí que en su infancia había estado enfermo: una infección del sistema nervioso central.

Los médicos nunca lograron averiguar exactamente de qué se trataba.

La enfermedad llegó en el momento adecuado para asegurar su supervivencia. Si hubiera sido más joven, tal vez los médicos no habrían trabajado para mantenerlo con vida. (Los hwarhath no consideran personas a los niños muy pequeños.) Si hubiera sido un adulto, le habrían ofrecido la opción y probablemente —sobre todo al principio— la habría elegido.

Finalmente, se recuperó de manera sorprendente, mucho mejor de lo que cualquiera hubiese esperado. Pero le quedó un daño permanente, sobre todo en el área del equilibrio y la coordinación. Era un tanto desgarbado y las cosas se le caían siempre.

—Vi la obra —le dije—. Me gustó.

No recuerdo su respuesta, pero estaba entusiasmado e interesado. (Tiempo después descubrí que se sentía fascinado por los fenómenos y los proscritos.) Hablamos de la obra y también de las obras de héroes en general. A esas alturas, yo había perdido el interés por ellas. Él las despreciaba.

—Falsas y deshonestas. La vida no es así. No somos héroes en un escenario, ni hacemos ese tipo de elecciones. La mayoría de las veces no hacemos ninguna elección. Hacemos lo que nuestras madres nos enseñaron y lo que los hombres mayores nos ordenan.

El músico, que había estado escuchando, nos interrumpió. Había un problema con la música de la obra.

—Quiero reunirme contigo otra vez —dijo—. ¿Es posible? Quiero saber lo que significa vivir entre desconocidos. ¿Por qué cambiaste de bando? ¿Los humanos tienen su propio código de honor?

Le dije que sí, que podíamos reunimos, y lo hicimos, aunque Gwarha pareció sorprendido cuando le dije lo que estaba haciendo.

—Su obra es insolente e impía. ¿Por qué quieres hablar con él?

Le dije que me gustaba la obra, y que el joven estaba interesado en aprender cosas sobre el género humano.

—Material para otra efusión desagradable —dijo Gwarha, o algo por el estilo.

(Es posible que esté inventando algo de esto. Ocurrió hace más de diez años. Podría buscar en mi diario la primera referencia a Mats. Tal vez lo haga cuando termine esta anotación.)

El joven actuó con la franqueza típica de los hwarhath. En menos de medio ikun me estaba preguntando qué se sentía al ser un traidor al linaje. ¿Cómo pude hacerlo? ¿Era verdad que me había sido ofrecida la opción? ¿Por qué la había rechazado?

—¿Esto se convertirá en una obra?

—No en una forma que alguien pueda reconocer. Soy atrevido pero no estoy loco. No tengo intención de enfurecer al hijo predilecto del linaje Ettin.

Eludí la mayor parte de las preguntas personales, aunque más tarde se las contesté. Mats es insistente. Pero le dije algo sobre la humanidad y algo acerca de mi vida entre los hwarhath.

—Tú ves lo mismo que yo —comentó—. Todo ha cambiado, pero continuamos como antes. Esto no es la llanura de Eh, ni las colinas que pertenecen a Ettin. Esto es el espacio, y el enemigo con el que luchamos no se parece a nosotros. Si no aprendemos nuevas formas de pensamiento, seremos destruidos.

Después de eso me aficioné a pasar el rato con Mats. Era la persona más brillante que había conocido desde que me encontraba entre los hwarhath, salvo Gwarha, tal vez. Mats era más liberal que Gwarha y tenía más imaginación. A los veinticuatro años ya era el mejor dramaturgo masculino de su generación.

Cuando dejé la estación, seguí en contacto a través de la sonda de mensajes. Él me envió ejemplares de sus obras nuevas, u hologramas si se habían puesto en escena.

Le envié información sobre el teatro de la Tierra y resúmenes de obras famosas con traducciones de fragmentos característicos. Fue una extraña selección. Estaba limitado por lo que podía conseguir en los sistemas de información hwarhath, y ellos estaban limitados por lo que habían encontrado en las naves humanas capturadas.

La importancia de llamarse Ernesto resumida parece una completa estupidez. El diálogo pierde toda su fuerza con la traducción. (Los hwarhath no son personas ingeniosas.) Shakespeare, en cambio, surge espléndidamente. Mats estaba especialmente entusiasmado con Otelo. Podía ser una obra de héroes fantástica, dijo, de esas que tratan de los peligros del amor heterosexual. Terminé traduciendo la maldita obra íntegra, y casi fue el trabajo más difícil que he hecho en la vida.

Dos años después acabamos nuevamente en la misma estación. Recuerdo cuál era. Ata Tsan. Le seguí los pasos hasta otro teatro. Otra vez estaba discutiendo con un músico. A esas alturas ya me había enterado de cuál era su apodo, que se traduce (aproximadamente) como Hombre que Anna Alboroto con la Música, y me había enterado del motivo. La enfermedad de la infancia lo había dejado parcialmente sordo. Llevaba un par de audífonos: botones de plástico ocultos alojados en sus enormes oídos internos. Cuando los llevaba conectados, no tenía problemas para mantener una conversación, pero no oía la música como el resto de la gente. Sabía que era un caso único, pero también sabía cómo oía la música de sus obras, y cómo —por la Diosa— quería oírla. Los músicos trabajaban con él porque era muy bueno; pero siempre parecían atormentados. Uno de ellos me dijo: «Mi trabajo no consiste en componer música. Consiste en negociar entre Eh Matsehar y el resto de la especie.»

Mats interrumpió la discusión y me llevó afuera para hablar de la nueva obra, que era una versión de Otelo. Iban a representarla con máscaras como las de las obras de animales.

—Sólo que éstas serán máscaras humanas. ¡Estoy inventando una nueva forma de arte, Nicky! Con tu ayuda; y tu contribución será reconocida, te lo prometo. ¡Espera a ver los trajes! Todo es maravilloso, salvo la música.

Me entregó un ejemplar del escrito. Lo leí esa noche, mientras Gwarha se entretenía con un juego de tablero, planteando problemas y absorto en ellos. Una pérdida de tiempo, en mi opinión, pero en realidad no me interesan demasiado los juegos.

La obra se titulaba La avalancha del hombre oscuro. Era más larga que una obra hwarhath tradicional, y Matsehar había logrado incluir gran parte de la lengua de Shakespeare. Su Otelo era espléndido: heroico y amante. Su Desdémona era deliciosamente dulce y amable. No supe con certeza qué harían con ella los hwarhath. Su lago podría haberse arrastrado debajo de una serpiente.

Cuando llegué al final, le entregué el escrito a Gwarha. Lo leyó de un tirón y no dijo nada hasta después de apagar el ordenador. Entonces me miró.

—Está maravillosamente escrita. Tienes razón con respecto al muchacho. La Diosa le ha tendido las dos manos. Pero el final no está bien.

Le pregunté a qué se refería.

—Una obra sobre este tipo de amor debería dejar en el público una sensación de horror y disgusto. Pero no siento nada de eso. Me siento triste… y furioso con este hombre ambicioso y corrupto. ¿Cómo pronuncias su nombre?

—lago.

—Y hay algo más… la sensación de que acabo de salir de un lugar estrecho y oscuro, un bosque o la entrada a una casa fortificada. Ahora estoy en el borde de una llanura. No hay nada entre el horizonte y yo. No hay nada por encima de mí, salvo el cielo desierto. ¡Ah! —Lanzó la lenta exhalación hwarhath que puede significar casi cualquier cosa.

—Una catarsis trágica —dije.

Gwarha arrugó el entrecejo. Intenté explicárselo.

—¿Utilizáis obras para limpiar el aparato digestivo?

—Me he expresado mal.

Finalmente me comprendió, aunque me habría resultado útil tener acceso a La Poética.

—Sigo pensando que el final no funciona. Pero si utiliza máscaras, si los personajes son claramente humanos, tal vez resulte aceptable.

Mats estaba atareado con la producción de la obra, de modo que pasé un tiempo sin verlo demasiado… y también sin ver mucho a Gwarha, que había sido convocado en Ata Tsan para arbitrar una disputa realmente desagradable entre dos principales. Su gran habilidad es la negociación, pero —dijo— estaba llegando al límite de su capacidad.

—Con esos dos no se puede razonar, y pertenecen a dos linajes que nunca se han llevado bien. Vamos a pasar aquí mucho tiempo, Nicky.

—Encontraré algo que hacer.

Me dedicó una mirada significativa.

Algunos días más tarde me encontré con Mats en uno de los diversos gimnasios de la estación. Yo estaba allí practicando hanatsin con uno de los jóvenes más serios e inteligentes y de modales más encantadores que frecuentaban a Gwarha. (La habilidad de éste para elegir oficiales jóvenes es notable.) Ya no recuerdo de qué joven se trataba. Probablemente estaba haciendo lo que hace la mayoría: arrojarme al suelo acolchado y luego ayudarme a ponerme de pie explicándome con toda cortesía qué era lo que había hecho mal.

Matsehar no practicaba ninguna de las artes marciales más allá del mínimo exigido a todos en el perímetro, y tampoco participaba en deportes de competición. Su falta de coordinación era un problema demasiado grave. Pero tenía la obsesión de los hwarhath por la forma física, y trabajaba diariamente nadando o ejercitándose en los aparatos de resistencia.

No resultó sorprendente que nos encontráramos en el equivalente hwarhath de un vestuario, y no resultó sorprendente que él se hubiera olvidado de llevar un peine de mango largo. (Mats no repara en los detalles, salvo en el teatro.) Lo encontré sentado en el extremo de un banco, intentando llegar a la cabellera que se extendía entre sus paletas con un peine sin mango.

Le dije: «Déjame a mí.» Me senté detrás de él y cogí el peine. Durante un rato no hubo problema. Los hwarhath pasan mucho tiempo acicalándose unos a otros. Es una actividad bastante impersonal, y yo la había practicado mucho con Gwarha.

El pelo crece en distintos ángulos y en diferentes partes del cuerpo de los hwarhath; yo había aprendido a manejarlo modificando el ángulo del peine. Sabía cómo deslizado por el pelaje enmarañado sin provocar dolor, y cómo deshacer los enredos del penacho de pelo más largo que va desde la parte superior de la cabeza de un hwarhath hasta la base de su columna. Sabía qué clase de presión resulta agradable y cómoda.

Seguramente estaba pensando en Gwarha o en algún otro de los jóvenes que me habían estado arrojando al suelo en la sala de hanatsin. De pronto me di cuenta de que ya no tenía la mano libre apoyada sobre el hombro de Matsehar, sino que la movía de arriba abajo. Estaba rozando con ella —acariciando— el grueso músculo del hombro y desplazándola hacia el pelo maravillosamente sedoso del cuello y la columna.

Mats estaba quieto y ya no se apoyaba en mí. Noté en él cierta incomodidad por la forma en que estaba sentado y por la tensión del músculo, debajo de mi mano.

Su reacción me sorprendió un poco, pero no demasiado. Algunos hombres hwarhath carecen de interés por el sexo. En su cultura no hay nada vergonzoso en esto: no tienen que mentir, ni que fingir. Algunos son monógamos. Gwarha lo es, por lo general. Según él, la recompensa de la promiscuidad no guarda relación con el esfuerzo que supone. Dedicando la misma energía a su carrera puede obtener algo realmente beneficioso para sí y para su linaje. Y finalmente hay montones de hwarhath, la abrumadora mayoría, que no sienten el menor interés por mí.

Murmuré una disculpa y terminé de peinarle la espalda, ahora con movimientos rápidos y tan impersonales como pude; luego me puse de pie y le devolví el peine. Me dio las gracias sin mirarme y en tono desdichado.

—No te preocupes por esto, Mats. Ya conoces mi fama. Era casi inevitable que lo intentara. No volverá a suceder.

Él levantó la vista; una expresión de tristeza le cubría el rostro.

Evité tocarlo. Le dije:

—Anímate —algo que puede decirse en la lengua hwarhath principal, aunque para ellos significa «no seas pesado», más que «no estés triste».

Siguió con su expresión de muda desdicha.

—Hablaremos más tarde —le dije y me marché.

Pasé unos veinte días sin verlo. Evidentemente, me estaba evitando. No iba a perseguirlo. Pasé más tiempo trabajando y con Gwarha, cada vez que podía.

Una noche, Gwarha me dijo:

—¿Qué ocurre entre tú y el portador Eh?

Le di una respuesta evasiva.

Gwarha miró la mesa que tenía delante. Estaba jugando a otro juego de tablero. Recuerdo cuál era: el eha. El tablero era un cuadrado delgado de madera, de color claro y veta fina, con una red de líneas rectas talladas. Donde las líneas se cruzaban había agujeros: allí se colocaban las piezas. Éstas eran pequeños guijarros redondos recogidos de los ríos de la tierra de Ettin. En un juego como es debido, las piezas siempre son de la tierra del jugador. Lo ideal es que el jugador las haya recogido. Los maestros del juego se pasan cientos de días buscando las piedras de tamaño exacto. Gwarha no es un maestro y nunca ha tenido tiempo para eso. Las piedras se las envió una de sus tías.

Movió una piedra y me miró.

—No es el tipo de hombre que suele interesarte, y él… he oído dos rumores. Uno es que no siente interés por el sexo. El otro, que le gustan los actores que se dedican a los papeles femeninos.

—Has estado investigando.

—Me gusta estar al tanto de lo que haces. —Miró el ordenador, que estaba en el sofá, a su lado. El programa recreaba el estilo de un maestro de eha muerto hacía tiempo—. ¡Ah! Tengo un problema.

Me quedé callado un rato; estaba furioso. Hay momentos en los que la constante lucha dentro de la sociedad masculina de los hwarhath —los chismorreos, la costumbre de espiar y de maniobrar para alcanzar una posición— resulta agotadora, al menos para mí, aunque nunca para Gwarha.

Finalmente dije:

—Lo intenté. Fui rechazado. Ahora el portador se oculta en los rincones en cuanto me ve.

—Muchachito estúpido —comentó Gwarha y movió otra piedra.

Mats me llamó algún tiempo después.

—Tengo que hablar contigo, Nicky, y necesito un lugar seguro.

Se refería a un lugar en el que nadie pudiera escuchar, lo que no resultaba nada fácil dada la manía de los hwarhath por perseguirse mutuamente.

Pero Gwarha tenía en ese momento su propio sistema de seguridad (estaba bastante avanzado); y habían registrado mis aposentos, lo mismo que los de él.

—Aquí —dije.

—¿Y qué me dices del Defensor?

—Hace un par de años llegamos a un acuerdo. Soy casi absolutamente digno de confianza, y necesito intimidad. Los humanos no somos tan sociables como los miembros del Pueblo.

—¡Ah! —exclamó Matsehar.

Apareció ante mi puerta con una jarra baja en la mano. Sabía lo que eso significaba. En el interior de las gruesas paredes de cerámica había espirales refrigerantes que mantenían el líquido del interior del tazón por debajo del punto de congelación del agua: el halin o kalin, según el acento que se empleara. Es una toxina muy nociva, y nunca había visto a Mats ni siquiera ligeramente borracho.

Entró y de un bolsillo de sus pantalones cortos sacó una copa, se sentó y la llenó de halin, transparente y tan verde como la hierba en primavera.

—¿Estás seguro de que quieres beber ese brebaje?

—Sí. No quiero mantener una conversación así estando sobrio.

Se lo bebió, volvió a llenar la copa y luego empezó a hablar. Al principio dio un rodeo y saltó de un tema a otro; la obra nueva, algunos rumores. Detrás de él (recuerdo) estaba el monitor de mis aposentos. Todas las luces estaban encendidas y sin color. Eso significaba que las puertas estaban cerradas y el sistema de comunicación apagado. Nadie escuchaba, salvo yo.

Finalmente, cuando empecé a notar que arrastraba la voz, hizo una pausa y me miró: una mirada firme, aunque sus pupilas empezaban a estrecharse. Si seguía así, acabarían siendo dos líneas apenas visibles, y estaría borracho como una cuba, una expresión encantadora y perfecta como descripción.

—No eres tú, Nicky, no tengo nada en contra de los alienígenas. Te considero un amigo. El problema soy yo.

Esperé en silencio. Él suspiró y siguió hablando.

En algunas ocasiones me he preguntado si hice lo correcto cuando acepté el trabajo que me ofreció Gwarha. Tal vez tendría que haber sido un héroe y haberme quedado en la cárcel. Pero si hubiera actuado según el honor y la integridad, jamás habría estado en esa habitación, en la estación de Ata Tsan, escuchando a un joven muy preocupado que explicaba su absoluta falta de interés por los hombres.

No. No habría querido perderme ese momento.

Matsehar dijo que nunca le habían interesado. Hasta donde podía recordar, todas sus fantasías sexuales habían sido con mujeres. Su voz estaba embargada por la desesperación. Me resultó difícil no echarme a reír.

Lo había intentado. La Diosa sabía que había intentado ser como los demás.

—Si pienso en la persona con la que estoy, no funciona en absoluto. No logro consumar el acto. Si imagino que estoy con una mujer… —Se interrumpió, estremecido—. Me siento deshonesto. Me siento… —Utilizó una palabra hwarhath encantadoramente arcaica que significaba «manchado» o, más exactamente, «cubierto de heces».

»Suele resultarme más fácil masturbarme. Al menos eso no implica a otra persona. Pero me siento muy solo. —Volvió a llenarse la copa; su mano ya no era firme—. No hago más que pensar… si no hubiera enfermado cuando era niño…

—¿Estás planteando que la heterosexualidad es consecuencia de una infección viral en el sistema nervioso central? Es una idea interesante, Mats y, desde luego, valdría la pena estudiarlo.

Pareció sorprendido.

—No. No me refiero a eso. Quiero decir… si hubiera llevado una vida normal, si hubiera asistido a la escuela cuando todos los demás lo hacían…

—Puedes volverte loco intentando descubrir por qué eres como eres.

—Tú me comprendes, ¿verdad, Nicky? Tú vienes de una sociedad en la que estas cosas son normales. Allí no sería un perverso.

Me puse de pie, cogí una copa y se la tendí. Matsehar la llenó. Probé el halin. Era frío como el hielo, amargo y ardiente. Si tenía cuidado, me sentiría un poco mareado. Si no lo tenía, estaría tres días enfermo.

—Mats, no comprendo mi propia vida, por no hablar de la de los demás. Entre los miembros del Pueblo tiene que haber otros hombres puros.

Pareció desconcertado. Yo había traducido la palabra inglesa directamente a la lengua hwarhath principal, en la que significaba «recto» como en el caso de un gobernante: ecuánime, directo, honesto y honorable.

»Quiero decir que habrá otros hombres sexualmente anormales. ¿Por qué no los buscas?

—He descubierto a algunos. Rondan a los actores que representan papeles de mujeres. ¿Pero qué pueden decirme? Sólo lo que ya sé. No existe solución a nuestro problema.

Mats siguió hablando. Ya no bebía, pero el halin le estaba produciendo un efecto cada vez más evidente. Tropezaba con las palabras, de vez en cuando se interrumpía, confundido, como si no lograra recordar lo que estaba diciendo. Cuando levantó la vista, sus ojos tenían una expresión vacía, con las pupilas tan contraídas que apenas pude verlas.

Los dos elementos de la cultura hwarhath estaban demasiado separados. No existía forma de que un hombre conociera mujeres, salvo las de su linaje, y los miembros del Pueblo consideraban el incesto como algo horrendo. (El sexo con los animales es una forma comparativamente suave de perversión y —lo cual resulta muy interesante— el género del animal no tiene importancia. No es peor practicar el sexo con una yegua o con una coneja.)

No había una subcultura heterosexual, ni una subclase de hombres y mujeres que hicieran el amor entre sí. Matsehar podía masturbarse mientras tenía fantasías con mujeres imaginarías, que a menudo eran inquietantemente parecidas a sus primas. Podía rondar a los actores que representaban papeles femeninos, y a los hombres que se sentían atraídos por ellos. En ocasiones lo hacía, pero debajo de los trajes y del amaneramiento, los actores eran hombres. Sus amantes eran una ilusión.

—Nada de esto es real. Nadie es la persona que desea ser. Nadie hace el amor con la persona con la que sueña.

Podía pensar cosas horribles y espantosas sobre la seducción y la violación.

—Ya no voy a mi casa. Tengo miedo de ser como un hombre de una obra. Violento. Loco.

La situación había dejado de ser graciosa. El pobre chico se estaba haciendo pedazos delante de mí, y lo que yo quería hacer —abrazarlo y decirle: «Bueno, bueno, la vida es un infierno»— no era posible.

—¿Qué quieres que haga? —le pregunté.

—¿No hay algo que sepas, algo que puedas decir y que me haga esto soportable?

¿Por qué yo?

Porque yo tenía una perspectiva que nadie más tenía; porque yo veía su cultura desde fuera; y tal vez porque él se veía a sí mismo como un proscrito —alguien que vive fuera de la ley— y me veía a mí como alguien aún más al margen de la sociedad.

En una ocasión, busqué la palabra «margen». Entre otras cosas, significa tierra sin aprovechar que forma la orilla de un terreno aprovechado.

—Mats, lo único que puedo decirte es que te concentres en lo que tienes. En cierto sentido, somos opuestos. Yo tengo a Gwarha, que supongo que es lo que tú quieres: el gran amor, la protección contra la soledad, y un cuerpo cálido en la cama. Créeme, no subestimo ninguna de esas cosas. Pero he perdido a mi familia, mi nación, y a los de mi especie; y aunque puedo practicar mi oficio, mi habilidad con la lengua, no puedo ofrecer a mi propia gente lo que he aprendido.

»Tú tienes al Pueblo, tu linaje y tu arte. No subestimes ninguna de esas cosas.

Él sacudió la cabeza.

—No es suficiente.

—Es todo el consuelo que puedo darte.

Hablamos un rato más. Mats era cada vez menos coherente.

Finalmente le dije que lo acompañaría a su habitación. Creo que él solo no habría llegado.

Nos detuvimos ante su puerta. Colocó en ella la palma de la mano y se volvió hacia mí.

—Ojalá pudiera amarte, Nicky.

En ese momento no tenía un aspecto especialmente atractivo. Sinceramente, no podía decirle que lamentaba que fuera heterosexual. Le dije que se fuera a dormir. Entró tambaleándose. Cerró la puerta. Miré a mi alrededor hasta que encontré la cámara que cubría aquel sector de pasillo. No cabía duda, nos había enfocado.

Regresé a mi sector de la estación. Junto a la puerta que conducía de mis aposentos a los de Gwarha brillaba una luz de color ámbar. Eso significaba que los suyos estaban abiertos. Una invitación. Entré.

Estaba tendido en el sofá, en la sala delantera, vestido con el atuendo hogareño típico de los hombres hwarhath. Es una mezcla de kimono y albornoz, lo más llamativo posible. No recuerdo cuál llevaba puesto aquella vez. Tiene muchos, en su mayoría regalos de sus parientas, que lo adoran. Digamos que éste era de brocado de Borgoña, reciclado hacía mucho tiempo pero muy ostentoso en su época. Tenía estampados unos monstruos que se retorcían entre flores, y bordados en oro las mangas y el ruedo.

Cuando entré, levantó la vista y dejó a un lado un ordenador de lectura, plano y pequeño.

—¿Cuál es la frase que emplean los humanos? Si no te conociera, diría que has estado bebiendo.

—Matsehar se ha retirado. Estaba muy borracho. Yo me he emborrachado un poco. Creo que he parado a tiempo, pero Mats se sentirá tan enfermo como un pequeño animal doméstico de la Tierra.

—Tus problemas con él han quedado resueltos. —Era una pregunta.

—No creo que siga escondiéndose cuando me vea, pero no se interesa sexualmente por mí. En absoluto.

—Bien. No me resulta fácil contenerme cuando tienes ganas de mirar a los demás.

Me senté en el borde del sofá.

—Ya sabes, hay quienes viven peor que yo.

—Sin duda —respondió Gwarha.

Cogí una de sus manos y acaricié el pelaje del dorso, de color gris acero y suave como el terciopelo; luego se la volví y besé la palma oscura y lampiña.


Del diario de Sanders Nicholas,

portador de información agregado al personal del Primer Defensor Ettin Gwarha

CODIFICADO PARA QUE NADIE PUEDA LEERLO


X

<p>X</p>

Regresó una noche y en cuanto la puerta se abrió notó olor a café.

—¿Nicholas? —llamó mientras entraba.

La habitación estaba totalmente a oscuras, salvo por la única lámpara que brillaba en el extremo del sofá. Allí estaba Nick, con los pies encima de la mesa, como de costumbre. (La madera brillaba con un matiz gris perla.) Sostenía un tazón en la mano. Delante de él, la pared había desaparecido y una oscura ladera descendía hasta una bahía llena de luces destellantes.

Anna reconoció el ritmo entrecortado y los colores: naranja y azul claro. Era su advertencia según el C.E.I. Peligro. Amigo desconocido. Peligro.

—¿Qué demonios…? —preguntó.

—Es el equivalente hwarhath de las fotos de vacaciones. Las toman cada vez que aterrizan en un planeta. Sabía que tenía que haber algo de tu tierra. ¿Cómo dijiste que se llama?

—Reed 1935-C.

—Eso es. He pensado que tal vez te gustaría ver la grabación.

La escena se desdibujó: una colina oscura y una bahía iluminada. Anna dijo algo, no supo qué; pero sintió un dolor en la garganta y le resultó difícil hablar. Un instante más tarde sintió que él la rodeaba con sus brazos.

—No tenía intención de herirte, Anna.

El cuerpo de Nicholas era anguloso y musculoso. De su ropa emanaba un perfume limpio y penetrante que no reconoció. ¿Era el jabón de los alienígenas?

—Siéntate. —Él la guió hasta el sofá y se apartó. Ella se enjugó las lágrimas. Se encendió la luz del techo. El paisaje que tenía delante desapareció—. Vuelvo enseguida —dijo él.

Regresó con otro tazón.

—He añadido un poco de coñac. El general consiguió una buena provisión en Reed. Bueno, ¿qué ocurrió? ¿Cómo es que he metido la pata de esa forma?

—Nos echaron. No sólo a mí. A todos. Y no permitieron que nadie regresara. Ahora el planeta es vulnerable. Los hwarhath pueden encontrarlo.

Él asintió.

—A veces me avergüenzo de mi propia especie. ¿Por qué utilizaron ese planeta para las negociaciones? Sin duda podrían haber encontrado un mundo en el que no hubiera nada que mereciera la pena estudiar.

—No sé. —Bebió el café.

—Bueno, han perdido el planeta, a menos que las negociaciones que se llevan a cabo aquí funcionen. ¿A eso te referías cuando dijiste que tu carrera estaba arruinada?

Ella asintió.

—Mi especialidad es la inteligencia no humana. ¿Qué me queda si no puedo llegar a los seudosifonóforos? Puedo perder el tiempo estudiando animales de otros planetas que no son ni siquiera tan brillantes como los delfines. Puedo perder el tiempo en la Tierra, estudiando los delfines. Eso, suponiendo que consiga una subvención. ¿Has puesto coñac en el café, o café en el coñac?

—¿Quieres que cambie la proporción?

—Creo que sería conveniente un poco más de café.

Él volvió a llenarle el tazón y luego dijo:

—¿Te molesta si apago la luz del techo? A los miembros del Pueblo les gusta tener un entorno relativamente oscuro cuando se relajan, y creo que me he acostumbrado. Las luces brillantes me dan la sensación de que tengo que ir a trabajar.

—De acuerdo.

La luz se apagó y la habitación volvió a quedar totalmente a oscuras, salvo por la lámpara del extremo del sofá. Nicholas se sentó donde estaba antes, junto a la lámpara, y cogió su tazón. Anna vio el brillo metálico en su muñeca, el brazalete que llevaba puesto la última vez que había hablado con él.

—Entonces el general te hizo un favor cuando pidió a los humanos que te enviaran. Aquí estás, rodeada de inteligencia extraña.

—No es lo que yo esperaba. Me paso el tiempo escuchando a Eh Matsehar hablar de Macbeth y a Hai Atala Vaihar de Moby Dick.

—Eso cambiará —aseguró Nicholas—. Vaihar ha localizado un ejemplar de Las aventuras de Huckleberry Finn. Estaba en los archivos que vaciamos en tu estación. Ya ha empezado a hacerme preguntas sobre el libro. Le he dicho que hable contigo. Leí tus notas de investigación. También estaban en los archivos de tu estación. No creo que tus animales sean inteligentes.

—¿Por qué no?

Él guardó un instante de silencio.

—Por varias razones. ¿Quieres que hable de eso? Anna, no quiero que vuelvas a llorar.

—No lloraré.

Él expuso sus motivos. En general era el mismo argumenta que había oído esgrimir a sus colegas de Reed 1935-C. Los seudosifonóforos no tenían una cultura. El suyo no era un lenguaje real. No tenía gramática; al carecer de gramática, los extraños no podían hablar de secuencia ni de consecuencia.

Nick dijo:

—Supongo que la inteligencia tiene algo que ver con el grupo y con el hecho de relacionarse, y tal vez con la causa-y-efecto.

»No veo para qué necesitarían desarrollar un lenguaje. Nosotros utilizamos el lenguaje para codificar la experiencia, para expresarla de forma que otras personas puedan comprenderla. Cuando hemos hecho eso, podemos compartir lo que sabemos. Así es como enseñamos y aprendemos. Pero si uno de tus individuos quiere aprender algo, todo lo que tiene que hacer es comerse otro seudosifonóforo. Por lo que deduzco de tus notas, ésta es la forma primaria en que transmiten la información. Funciona, sin duda, y significa que no necesitan recurrir a formas complicadas de comunicación.

»Salvo en la época de apareamiento. Ésa es la única ocasión en que se acercan unos a otros. El resto del año llevan una vida solitaria, por temor a ser comidos; y los individuos realmente grandes, los que deberían ser más inteligentes y estar mejor informados porque se han comido a la mayor parte de sus parientes, esos individuos siempre son solitarios. Ya no se aparean.

Ya no se sentía desdichada. Tal vez era por el coñac del café, o por el placer de escuchar los argumentos de Nick, aunque no estuviera de acuerdo con ellos.

—Eso me lleva al último motivo por el que pienso que tus individuos no son inteligentes. No están bastante interesados en el sexo. —La miró. Anna vio el destello blanco de una sonrisa.

—¿Qué estás diciendo? Viste la bahía. Viste el océano.

—Eso fue durante la época de apareamiento. Pero los humanos no tenemos época de apareamiento, y los miembros del Pueblo tampoco. Somos sexualmente activos y estamos constantemente interesados en el sexo.

»Supongo que hay beneficios evolutivos en estar sexualmente excitado todo el tiempo. Te mantiene fuertemente interesado por otras personas, y te da motivos para estar en buenas relaciones. Nos mantiene unidos. Si vamos a acostarnos con alguien, tenemos que llevarnos bien.

Anna sacudió la cabeza.

—Hay montones de animales que forman comunidades.

—No como las nuestras. No se me ocurre ningún animal que esté tan intensa y continuamente interesado por sus iguales como nosotros y los miembros del Pueblo.

»Si tus individuos perdieran su época de apareamiento, si estuvieran interesados en sus iguales todo el tiempo, si los ejemplares grandes conservaran algún interés por el sexo, entonces tal vez se verían obligados a crear una cultura. Quizás empezarían a desarrollar un auténtico lenguaje. Tal vez empezarían a ser inteligentes.

—¿Estás planteando esto en serio? —preguntó Anna.

Él se echó a reír.

—Lo más probable es que no. Pero hablo en serio con respecto a la falta de una cultura, y tal vez querrías escuchar lo que tengo que decir de la lengua. Ése es un tema del que algo sé.

»He venido a decirte algo y me había olvidado. Las mujeres hwarhath se están impacientando. Quieren hablar contigo otra vez; pero el general no quiere soltarme. Así que las mujeres llevarán su propio traductor; es una mujer. Yo asistiré a un par de encuentros para supervisar su trabajo. Después me retiraré, lo cual es una pena. Tengo el presentimiento de que las mujeres van a resultar mucho más interesantes que los diplomáticos. Pero el general ha hablado. Había venido para decírtelo. No sé muy bien por qué he terminado analizando tus criaturas. —Dejó el tazón. Ella volvió a ver el brillo del brazalete de oro y jade—. No. Es mentira. He empezado a hablar de las criaturas porque te ha turbado mucho la grabación, y tu reacción me ha inquietado. El conocimiento es el único consuelo seguro. Creo que te lo dije una vez. Y sólo hay dos actividades que te hacen olvidar siempre el sufrimiento de la vida: practicar el sexo y jugar con las ideas —se puso de pie—. ¿Quieres que me lleve la grabación?

—No. Déjala.

Él le señaló a manejar el proyector y luego le dio las buenas noches. Cuando se fue, ella puso la grabación. La pared volvió a desaparecer y Anna contempló la colina donde se alzaba el recinto de los diplomáticos. ¿Dónde se había alzado?

Sus animales emitieron mensajes destellantes. Anna se bebió el resto del café con coñac. Nick estaba equivocado, pensó, influido por el tipo de inteligencia que poseían los humanos.

Imaginó los miembros adultos de sus criaturas flotando en las corrientes oceánicas y arrastrando los zarcillos que se extendían un centenar de metros o más. Sus cuerpos en forma de campana contenían una docena de cerebros, apenas visibles a través de la carne transparente. Tenía que existir una razón para tantas neuronas y tanta información. Imaginó intelectos enormes, fríos, solitarios, dedicados a la contemplación, una especie para la que el desapego era natural. Para ellos era innecesario el Paso Multiplicado por Ocho. Las Cuatro Verdades Nobles estaban fuera de lugar. No se preocupaban por la lujuria ni por la avaricia. No necesitaban que el Mono les llevara cestos llenos de Escrituras. Ya habían conseguido algún tipo de ilustración.

En ese momento se dio cuenta de que el coñac le estaba haciendo efecto.

Fue al cuarto de baño y se dio una ducha. Después se metió en la cama. Cubría el techo una nebulosa rosada cuyos filamentos hacían que pareciera una rara neurona. Más allá y a su través brillaban multitud de estrellas.


XI

<p>XI</p>

Al día siguiente comentó con sus colegas la conversación.

—Es una lástima que pierdas el contacto con él —comentó el capitán Mclntosh.

—¿Por qué? —preguntó Anna.

—Me gustaría tener la posibilidad de conocerlo mejor —le respondió Mac—. Directa o indirectamente.

—Nada de conspiraciones, capitán Mclntosh —intervino Charlie Khamvongsa.

—Pertenezco al ejército regular, amigo. No nos dedicamos a conspirar. Pensamos estratégicamente.

Charlie se echó a reír.

—De acuerdo. Pero deje tranquilo a Nicholas Sanders.

Hai Atala Vaihar la acompañó de regreso por los pasillos fríos y brillantes de la estación.

—¿Le contó Nicky que encontré el otro libro?

—Sí.

—¿El río es real? ¿Existe en la Tierra?

—¿El Mississippi? Sí.

—Me gustaría verlo.

Anna decidió no contarle cuánto había cambiado: con los bosques talados, casi todos los remansos secos, el río mismo reducido (en muchos sitios) a un canal recto y estrecho, con apenas profundidad para la navegación. Los animales —águilas y garzas, peces, almejas, osos, pumas, venados, mapaches y zarigüeyas— habían desaparecido casi por completo.

Trescientos años de civilización. Cien años de la Gran Sequía del Medio Oeste. Ahora resultaba doloroso leer a Mark Twain.

—Mi país se encuentra en el interior —comentó Vaihar—. Y me crié cerca de un río, aunque no era un río grande. Solía explorar el fondo e ir a las islas. —Hizo una pausa—. No entiendo qué ocurre entre Huck y Jim.

—Hace años que leí el libro.

—Si fueran miembros de mi especie, sabría exactamente qué sucede, y diría que está mal. Son de diferente edad. Siempre hay que proteger a los niños. Pero… —Arrugó el entrecejo y se detuvo en medio del pasillo—. Parecen tener la misma edad. El chico no ha recibido cuidados suficientes, y al hombre no se le ha dado suficiente autonomía. De modo que el chico parece un hombre, y el hombre tiene algunos de los rasgos de un chico. ¡Qué raro! ¡Los humanos lo mezclan todo!

Siguió caminando y Anna avanzó con él.

Cuando llegaron a la entrada de los aposentos de los humanos, Vaihar habló de nuevo.

—Hay un momento en que los chicos empiezan a enamorarse unos de otros como debe ser. Sueñan con escapar. —Miró a Anna brevemente—. Por lo general descubren el amor al mismo tiempo que comprenden cuánto debemos a nuestras familias y al Tejido. La infancia casi ha terminado. La edad adulta se acerca.

»No es una etapa fácil. Queremos… —hizo una pausa— huir, eludir toda responsabilidad. No nos interesa nada más que nuestro amor.

»Este libro es eso. El sueño de una huida. Pero nada es correcto. Nada es exactamente como debería ser. Creo que comprendo, y luego no comprendo. Es muy turbador.

La dejó. Ella entró en sus aposentos.

Esa noche Anna siguió mirando la grabación. Sus alienígenas habían vuelto a su mensaje azul y verde. Yo soy yo. No pretendo hacer daño. El mensaje brilló débilmente entre la lluvia. Pudo ver las luces amarillas de la estación de investigación en el extremo de la bahía. Los hwarhath debían de estar allí cuando se realizó la grabación, registrando los ordenadores e interrogando a sus amigos. Imaginó a los miembros del Pueblo, precisos y corteses, recorriendo los conocidos pasillos, como bailarines o contables.

Pocos días más tarde, Vaihar reapareció en las negociaciones, y esa tarde Nicholas se quedó de pie en la entrada de los aposentos de los humanos. Iba vestido con su ropa de paisano: el raro atuendo de color castaño.

—Tsai Ama Ul quiere hablar contigo.

—De acuerdo.

Fueron a la sala en la que habían estado anteriormente. Dos mujeres los esperaban. Anna reconoció a una de ellas: la mujer de Tsai Ama, esta vez vestida con una túnica blanca y plateada. La segunda mujer era de la misma estatura que Anna, delgada, con una túnica de color azul verdoso sencilla, sin brocados, aunque las piezas mostraban un brillo sedoso. Su pelaje era tan negro como el de Tsai Ama Ul.

—No mires a Ul a los ojos —le indicó Nicholas en voz baja—. Pero la otra mujer es tu igual. Mírala de frente. Asegúrate de colocarte por delante de mí. Yo soy el más joven aquí, y no estoy relacionado con nadie más que contigo.

Anna estaba lo bastante cerca para ver que la mujer delgada tenía ojos de color azul verdoso. Unos tachones plateados bordeaban sus enormes orejas.

—Detente —le dijo Nick.

Ella obedeció.

—Ya conoces a la mujer de Tsai Ama. Ésta otra es Ama Tsai Indil. Los dos linajes están asociados. En otro momento te explicaré lo que eso significa —le aclaró él—. Ésta es Pérez Anna.

—Me alegro de conocerla —dijo la mujer delgada. De voz profunda y ronca, hablaba un inglés excelente.

Tsai Ama Ul habló en su propia lengua. Anna entendió una sola palabra: Nicky.

—Debemos sentarnos —señaló Nicholas—. Yo debo cuidar mis modales y no causar problemas.

Ama Tsai Indil dijo:

—Ésa es una traducción libre. Mi… ¿cómo debería decir? ¿Mi prima? Mi prima es más cortés que eso.

—Digamos socia más antigua —respondió Nicky—. No existe una traducción adecuada.

Se sentaron: Nicholas detrás de Anna y a un lado, y las dos mujeres frente a ella.

Tsai Ama Ul se inclinó hacia delante y habló:

—Ha pasado demasiado tiempo, y estamos dejando muchas cosas en manos de los hombres. No estoy segura de que sea una buena idea. La obligación de los hombres es buscar enemigos. Es posible que vean enemigos cuando éstos no están presentes. Sin duda forma parte de la naturaleza de los hombres pensar en el peligro que puede encerrar cualquier situación nueva, y cuando se encuentran con desconocidos buscan armas.

»Tal vez ésa no es la reacción adecuada, y aunque no cabe duda de que es responsabilidad de los hombres tratar con vuestros hombres, no es responsabilidad suya, y tampoco su derecho, tratar contigo.

»Voy a hacerte más preguntas sobre tu pueblo, Pérez Anna. Por favor, responde directamente. Temo que si no encontramos una forma de hablar entre nosotras, tendremos que aceptar las decisiones que los hombres tomen por suspicacia y temor.

Pasó las dos horas siguientes hablando, una vez más, de la vida en la Tierra.

La mujer delgada traducía la mayor parte de sus palabras. De vez en cuando Nicholas la corregía o discutían el significado de una palabra.

Finalmente, Tsai Ama Ul dijo:

—En mi opinión está claro que las viejas maneras de comprender el comportamiento no van a funcionar. Sois demasiado distintas.

»Pensé que no tendría problemas. Soy erudita y he estudiado vuestra cultura. Pero debo confesar que me siento incómoda y tal vez temerosa. —Hizo una pausa y agregó algo rápidamente—. La mujer de Tsai Ama dice que no son las armas lo que la atemoriza. Quiere que lo entiendas. Nuestros hombres nos han dicho que pueden enfrentarse a la violencia de los hombres humanos.

»Pero una cosa es conocer las rarezas desde la distancia, y otra tenerlas delante de los ojos.

La traductora terminó de hablar y Tsai Ama guardó silencio. Anna tuvo la impresión de que estaba reflexionando. Finalmente habló.

Esta vez fue Nick quien tradujo sus palabras.

—La mujer de Tsai Ama dice que por ahora tiene toda la información que puede asimilar. Necesita pensar. Debemos marcharnos.

Se pusieron de pie. Tsai Ama Ul alzó la mirada y habló por última vez. Nicholas rió al oírla, asintió y señaló la puerta. Anna salió delante de él.

Cuando estuvieron en el pasillo, Anna preguntó:

—¿De qué hablabais?

—¿Con Ul? Me estaba felicitando por comportarme de una forma medianamente decente.

—¿Es amiga tuya? Te ha llamado Nicky.

—Nos complementamos. A ella le interesa la humanidad. Le servimos de comparación o de control cuando reflexiona acerca de la historia de su propia gente.

Llegaron a la puerta de los aposentos de Anna. Ésta abrió con la palma. Nick se despidió y se marchó.

Anna entró y activó el holograma: un día soleado en Reed 1935-C. La bahía era azul y las colinas doradas. Unas nubes altas y delgadas se acercaban desde el mar. ¿Cómo se llamaba aquello? ¿Cielo aborregado? Sus criaturas no aparecían, pero vio aviones que sobrevolaban la estación y la colina del recinto. Las alas en abanico de los hwarhath, que iban y venían desde la base en la isla.

Tenía que ser posible hacer una triple comparación entre los humanos, los hwarhath y sus criaturas de la bahía. ¿Es necesaria una cultura? ¿Qué es la lengua? ¿En qué medida es importante el sexo? Ahí había material suficiente para docenas de artículos, y ningún humano tenía acceso a tanta información sobre los hwarhath como Nicholas. Tal vez estuviese dispuesto a ser el coautor. ¡Madre mía, poder utilizar todo lo que él sabía del Pueblo!

Pero eso no sería posible a menos que las negociaciones tuvieran éxito. Empezó a sentir una firme determinación. Había que lograr que las negociaciones prosperaran.


XII

<p>XII</p>

En mi despacho había una nota. Gwarha se había ido a casa. Podía reunirme con él, si quería. Eso significaba que era una invitación, no una orden.

Me fui a casa y me lavé. Él no había cerrado por su lado la puerta que comunicaba nuestros aposentos. Tenía activado un holograma: un paisaje. La luz del sol surgía de un extremo de la habitación, y vi una pared tosca de piedra gris, alta y rota. En el suelo, delante de la pared, había fragmentos de roca; por una abertura se veían árboles de follaje cobrizo que temblaba con el viento.

Cubría la piedra una planta semejante a un liquen. Las manchas que formaba eran amarillas en su mayoría. Algunas, plateadas. Aquí y allá, algunos puntos y listas rojas.

Conocía el lugar. Había estado allí con Gwarha en una de nuestras visitas a su hogar. Se trataba de una antigua fortaleza que se alzaba, en el desierto, en lo que había sido el límite de Ettin. Ahora el límite estaba mucho más lejos. La fortaleza pertenecía a los tiempos en que Ettin empezaba a expandirse.

Habíamos trepado por las ruinas y Gwarha me había hablado del constructor de la fortaleza, un antepasado suyo, un hombre resuelto y sumamente cruel. En sus tiempos, el linaje de Ettin había doblado con creces su tamaño. Otros dos linajes habían sido destruidos, sus hombres asesinados, sus mujeres y niños incorporados. Nada podía detener al antepasado, salvo una palabra de su madre o de su hermana mayor. Era un hijo y hermano devoto. Las mujeres de su familia eran políticas famosas. Lo que no podía hacer con la espada, podía hacerlo con el lenguaje. ¡Qué combinación!, decía Gwarha.

Era un día cálido de finales de la primavera. Las ruinas estaban secas y llenas de polvo. Finalmente nos marchamos y bajamos hasta el arroyo que corría más abajo de la fortaleza, envuelto en las sombras que proyectaban los árboles de color rojo cobrizo. Bebimos. Después Gwarha se quitó la ropa y nadó.

Decidí no intentarlo. El arroyo bajaba de las montañas y para mí era demasiado frío. El chapoteó y corrió de un lado a otro como un niño, buscando las cosas que suelen encontrarse en un arroyo: piedras, peces y animales con demasiadas patas. El pez huyó asustado, por supuesto, pero Gwarha, logró encontrar un bicho largo, chato y segmentado, con un par de patas en cada segmento. ¡Eh, Nicky, mira esto! ¿No es fantástico?

Se retorció en su mano. En un extremo tenía mandíbulas, o tal vez tenazas. En el otro, dos antenas largas y estrechas que se agitaron en el aire.

Muy bonito, le respondí. La criatura se agitó un poco más y él la soltó.

Después decidió que sería divertido empujarme al agua. No logró hacerlo, pero de todos modos quedé bastante mojado. Subimos hasta el patio de la fortaleza. Extendí mi ropa para que se secara e hicimos el amor. Gwarha se quedó dormido. Yo me quedé tendido al sol, con su pelo aún húmedo contra mi cuerpo.

Tuve la impresión de que me había llevado allí con algún propósito. Incluso de que había planeado hacer el amor. Era una exhibición para su antepasado. «Mira dónde he estado, viejo. En sitios que ni siquiera imaginas. Mira lo que he capturado y traído a casa.»

Me deslicé en un duermevela del que surgió uno de esos sueños vividos y casi racionales. Había alguien en el patio. Me puse de rodillas. Gwarha estaba tendido a mi lado, dormido.

Delante de mí había un hwarhath de pie, con el pelaje plateado por la edad. Tenía puesta una túnica de malla que le llegaba a las rodillas. A un costado llevaba colgada una espada.

Y tenía una daga, con la hoja descubierta y que brillaba a la luz oblicua del atardecer.

El antepasado, por supuesto. Era una versión exagerada de la complexión física característica de Ettin: bajo y muy corpulento, de brazos y piernas gruesos. Una cresta de pelo oscuro se elevaba sobre la parte superior de su cabeza descubierta. Su rostro era ancho, chato y horrible.

Gwarha se incorporó y pareció asustado.

—¿Qué te ocurre, muchacho? —preguntó el antepasado. Hablaba en la lengua de Ettin; yo la conocía, pero apenas logré entenderlo.

»Si quieres joder con un enemigo, perfecto. Pero no vas a dormir con él. Así tendrías que haber terminado.

Me cogió del pelo y me echó la cabeza hacia atrás. Después me cortó el cuello.

Me desperté. Tuve suerte. Si hubiera seguido durmiendo, habría cogido una insolación. Gwarha seguía dormido; sólo se había despertado en mi sueño. Me levanté y toqué mi ropa. No había terminado de secarse. Me agaché a la sombra, junto a la pared, con la espalda contra la piedra caliente y rugosa, y esperé hasta que él se volvió, gruñó y se incorporó. Aún estaba nervioso, como si el anciano anduviera cerca, blandiendo su cuchillo.

Aquello había ocurrido hacía varios años; pero no me sentí cómodo mirando la pared. El liquen —el rojo— tenía el color de la sangre seca. Sólo la Diosa sabía por qué Gwarha había decidido colocar esa escena en el extremo de su sala de estar. Toqueteé el proyector hasta que encontré algo que me gustaba más: cabrillas sobre el Round Lake de Ettin. Sobre las aguas encrespadas se deslizaba una embarcación de velamen rojo.

Me senté a mirar. La embarcación era una barca de recreo, estrecha y rápida. Escoró, empujada por el viento que inflaba sus enormes velas rojas.

Al cabo de un rato, Gwarha entró y se quedó de pie detrás de mí. Acababa de salir de la ducha. Percibí el olor de su pelo húmedo y del jabón aromático.

—No te gustaba la fortaleza.

No.

Me tocó el hombro con la mano.

—Después de que me contaras el sueño, fui a ver a una adivina. ¿Nunca te lo había contado? Me dijo que había enfurecido al viejo. Celebré algunas ceremonias. No me gustaría mantener una disputa con él.

»La adivina me dijo otra cosa. —La mano se movió entre mi pelo—. Existe una brecha entre el mundo del viejo y el mío, una brecha que no puede salvarse. Intenté hablarle, llamarlo desde el otro lado del vacío. Deja que los viejos sigan muertos, me dijo ella. Su estilo de vida ya no existe.

»He estado contemplando la pared y pensando en sus palabras. ¡Ah! Ella tiene razón. Pero no logro ver cuál tendría que ser el nuevo estilo de vida. No sé cómo seguir adelante. ¿Qué voy a hacer, Nicky?

No respondí. Gwarha ya había oído todas mis teorías y todos mis consejos.

Delante de nosotros, la embarcación —la barca de recreo— volcó. Por un instante quedó inmóvil sobre el agua; finalmente se enderezó.

—¿Es un presagio? —pregunté.

—No. Los presagios se dan en el mundo real. Deberías saberlo. Nadie ve jamás el futuro en un holograma.

—De acuerdo.


Del diario de Sanders Nicholas,

portador de información agregado al personal del Primer Defensor Ettin Gwarha

CODIFICADO PARA QUE SÓLO LO LEA ETTIN GWARHA


XIII

<p>XIII</p>

Un par de días más tarde, Anna se quedó con sus colegas hasta el anochecer. El capitán Mclntosh la acompañó hasta la entrada.

—Si ve al portador Sanders, entréguele esto —le tendió una carpeta.

—¿Qué es?

—Una copia de su expediente. Échele un vistazo, si quiere No hay nada que se considere secreto.

—¿Para qué quiere que él lo vea?

—Es posible que le interese. Contiene información sobre su, familia.

Anna cogió la carpeta, la llevó a sus aposentos y se sentó a leer.

Sanders, Nicholas Edgar, fecha de nacimiento 14/7/89. Lugar de nacimiento, DeCaugh, Kansas. Sus padres eran Genevieve Pierce, doctora en medicina veterinaria, y Edgar Sanders, especialista en tecnologías tradicionales, empleado en la Administración de Salvamento Agrícola. Tenía una hermana tres años más joven: Beatrice Helen Pierce.

Educación: las escuelas públicas locales, y más tarde la Universidad de Chicago. Obtuvo la licenciatura en letras en el año 2110. (Anna hizo algunos cálculos y dedujo que seguramente se había saltado uno o dos cursos.) Su especialidad había sido la teoría lingüística; su asignatura secundaria, la informática. Inmediatamente después de obtener la licenciatura, se había unido a las Fuerzas Armadas Unificadas. Prosiguió sus estudios, esta vez en la Universidad de Ginebra. También en este caso su especialidad fue la teoría lingüística. Su historial se interrumpía en el 2112.

Tres años más tarde se encontraba en una nave espía que resultó capturada en el espacio hwarhath. En el intervalo debió de dedicarse a trabajar en el lenguaje hwarhath.

Una historia extrañamente escueta. No había indicios de una vida privada. ¿La había tenido? ¿A ella le importaba?

Miró el resto del expediente. Su hermana se había formado en la Universidad de Wisconsin, se había casado y tenía una hija llamada Nicole. El matrimonio había acabado en divorcio. La hermana vivía en Chicago y trabajaba como organizadora sindical. Había una foto, un holograma de una mujer alta de cuarenta y tantos años, delgada y de pelo rubio y revuelto. Entrecerraba los ojos a la luz del sol y sonreía: la misma sonrisa de Nick, su misma postura, un poco encorvada y con las manos en los bolsillos. Llevaba téjanos, camisa roja desteñida y una chaqueta de dril con distintivos en la solapa. Anna no logró ver a qué correspondían los distintivos.

Junto a ella estaba su hija: delgada y desgarbada, de piel café con leche y pelo corto y rizado; una chica de once o doce anos que, evidentemente, iba a ser alta. Llevaba téjanos y una camisa negra de manga corta. En la pechera, en letras rojas, se leía: No te lamentes. Organízate.

Pasó a la otra imagen, ésta en dos dimensiones. Una pareja ante un auditorio. La imagen había sido tomada de lado y, evidentemente, era una instantánea. Un hombre y una mujer, ambos altos y delgados, muy erguidos. Los dos tenían el pelo blanco. La mujer llevaba el suyo recogido en dos trenzas que le rodeaban la cabeza. El hombre lo llevaba hasta los hombros y lo tenía rizado. Poseían una elegancia estilizada que a Anna le recordaba la de las garzas.

Leyó su ficha. Se habían retirado a Fargo, Dakota del Norte, y aún vivían. (La foto había sido tomada cinco meses antes durante una conferencia dictada en la universidad local en honor a Thomas McGrath, poeta de Dakota del Norte.)

(¿Por qué alguien se retiraría a Fargo?) Genevieve tenía ochenta y cinco años; Edgar, ochenta y tres. Ambos trabajaban activamente en la iglesia metodista local y en varias organizaciones preocupadas (principalmente) por los temas ambientales y sociales.

Fanáticos de las causas. Nicholas provenía de una familia de defensores de causas nobles.

Volvió a mirar las imágenes: la hermana con el pelo rubio al viento, la sobrina joven y seria, los padres que parecían garzas.

¿Algo de todo aquello encajaba con el hombre que ella conocía?

Cerró la carpeta y se metió en la cama. Era raro estar acostado en esa oscuridad, a cientos de años luz de casa, y pensar en personas que habían pasado su vida en el Medio Oeste norteamericano y que podían morir en aquella tierra que se secaba lentamente y se cubría de polvo, donde los ríos se hacían menos profundos, las fuentes no manaban y el cielo se llenaba de nubes pardas.

Al día siguiente llamó a Nicholas y le pidió que fuera a verla. Él llegó por la tarde, una vez concluida la reunión del día, todavía vestido con su uniforme de guerrero espacial, con las botas negras y altas.

Le entregó la carpeta. Él se sentó y la leyó. Cuando terminó de leer, miró las dos imágenes. Finalmente levantó la vista. Su rostro parecía una máscara.

—¿De dónde has sacado esto? —Ella nunca le había oído hablar en aquel tono. Un tono glacial.

—Me la dio el capitán Mclntosh. Me dijo que te la entregara.

—¿Por qué? ¿Qué se supone que debo hacer?

—Nada. Pensó que podía interesarte la información sobre tu familia.

—¿Porqué?

—Por Dios, Nick, es tu familia.

Él juntó las páginas y las enderezó de modo tal que todos los bordes quedaran a la misma altura; luego colocó las imágenes encima y cerró la carpeta. Cada movimiento era preciso y airado.

—No sé qué esperáis que haga —dijo en voz baja—. ¿Que me eche a llorar y diga que haré cualquier cosa, sólo por ver a mi madre y a mi padre antes de que mueran? ¿Que diga que tengo que ver a esa sobrina que, evidentemente, lleva ese nombre por mí, si es que existe, si no es una invención del servicio de información?

»Estoy aquí. Nunca volveré a casa. He tomado partido. No puedo ser comprado ni atemorizado, ni seducido ni estafado. No hay trato, absolutamente ningún trato que pueda hacerse conmigo.

»Ahora bien. ¿Por qué el capitán Mclntosh quería que viera esta carpeta?

Anna estaba al borde de las lágrimas.

—Nick, no lo sé.

Él suspiró y se reclinó en la silla.

—Tal vez tú no lo sepas. Anna, esta gente es odiosa. No permitas que te usen. Nunca aprenderán. Nunca mejorarán. Siguen persiguiendo sus propósitos. Siguen pensando que sus propósitos son lo único que importa. No estoy seguro de qué es lo que importa en la historia; pero los propósitos de los espías son triviales e insustanciales, maliciosos y nefastos. No te mezcles con ellos. —Se puso de pie y cogió la carpeta—. Dale las gracias al capitán Mclntosh por la información. No voy a pedirte que le digas que se vaya a la mierda. Debería darle esa respuesta personalmente.

Se fue y ella se echó a llorar.


XIV

<p>XIV</p>

Esperé hasta la noche para hablar con Gwarha. Una de nuestras reglas era que en público y durante las horas de trabajo yo tenía que comportarme más o menos como un oficial y un caballero. Sabía que quería estar furioso. Me habría gustado pasearme de un lado a otro y gritar. De modo que esperé hasta que él regresó a casa y le llevé la carpeta.

La leyó y colocó las dos imágenes en la mesa, ante él. Las miró y luego me observó a mí.

—Me resulta difícil ver los parecidos entre los humanos. Pero creo que se parecen a ti, sobre todo la hermana y su hija.

—Están intentando quebrarme. Intentaron secuestrarme. Ahora intentan apelar a cualquier cosa. A la lealtad familiar. ¿Sabes qué pensaría Lugala Tsu de esto?

—Él es un estúpido malintencionado. Su opinión no puede ser modificada por los hechos ni por la razón, de modo que no tiene sentido preocuparse por lo que opina. Lo importante es esto. —Miró la imagen de Beatrice y Nicole—. Tienes una descendiente, y la mejor posible. La hija de una hermana. De una hermana de tu sangre. —Creí percibir tristeza en su voz. Gwarha es el único hijo vivo que le queda a su madre. Sus parientes más cercanos en la siguiente generación serán los hijos de sus primas mujeres. Sus propios hijos (y está seguro de que los tiene) no contarán, por supuesto. Pertenecerán al linaje de sus respectivas madres—. ¿Le pusieron ese nombre por ti?

—¿Nicole? Supongo. Si existe. Gwar, quiero que tu gente de seguridad examine las imágenes y diga si puede determinar si han sido alteradas o falsificadas.

—¿Los humanos mentirían acerca de algo tan importante?

—Sí. Que yo sepa, toda mi familia está muerta. No tengo por qué creer nada de esto.

—Los de tu especie son despreciables. Diré a mi gente que haga lo que pueda. Pero no estoy seguro de que puedan descubrir un engaño —tocó la imagen de Beatrice y Nicole—. ¿Realmente crees que mentirían con respecto a esto?

Asentí.

Emitió un pequeño gruñido de disgusto y guardó las imágenes en la carpeta.

Me senté.

—Si alguna vez salimos de esto, quiero que volvamos a tu hogar. Quiero estar al aire libre. —Estiré las piernas—. Tal vez un viaje por las montañas. Mucho ejercicio, tanto sexo como sea posible, y no pensar en nada. ¡Jesús! Estoy cansado de pensar.

—Entonces no lo hagas. Yo me ocuparé del problema de Lugala Tsu. Deja de lado las maquinaciones de los humanos. Obedece las órdenes y haz tu trabajo. Ésa siempre es una alternativa, Nicky. Tú no necesitas conspirar. No tienes que manipular. No tienes que dedicarte a juegos estúpidos.

—¡Por la Diosa, eso parece tentador!

—Entonces actúa, o mejor dicho, no actúes. Quédate quieto y deja que los acontecimientos se sucedan por su cuenta. Si hay que hacer algo importante, se hará sin necesidad de que tú intervengas.


El zen y el arte de vivir entre extraños de pelaje gris. [?]

Del diario de Sanders Nicholas, etc.


XV

<p>XV</p>

Anna pasó otra tarde con sus colegas. Etienne se fue a dormir temprano, lo mismo que Haxu, el menudo traductor chino. Los demás hombres se quedaron levantados: Charlie, Sten, el capitán Mclntosh, el doctor Azizi y Dy Singh que realmente practicaba el Skih con un turbante puesto.

Bebieron café con o sin coñac. Al cabo de un rato, Anna les habló de su conversación con Nicholas.

Charlie arrugó el entrecejo.

—Creía que habíamos convenido en que no habría conspiración, capitán.

—No estaba conspirando, muchacho. Pensé que al portador Sanders podía interesarle saber algo de su familia.

—¿Por qué le dio una versión cuidadosamente editada de su expediente?

—No podía darle la versión completa. Gran parte de la información es confidencial o privada; y no encontré ningún motivo para imprimir todo lo demás. Hay mucho material. Los del servicio de información tienen la manía de coleccionar información; y, por lo que sé, son totalmente incapaces de seleccionarla. De haber prestado atención, podría decirle qué número de zapatos calza y el resultado de cada examen al que se ha presentado. Nada de esto es interesante. Al parecer, siempre ha sido un joven corriente.

»E1 servicio de información se preocupó por su familia; sus parientes son demasiado activos en el plano social. Pero no encontraron nada en la historia personal de Sanders que les hiciera sentir preocupación por él como individuo; al final lo cogieron.

—No ha respondido a mi pregunta —comentó Charlie—. ¿Por qué le dio una copia de su expediente?

—Quería recordarle que era uno de los nuestros, y que aún tiene familia en la Tierra. Pensé que eso podía convertirlo… no en un amigo, pero sí en alguien más amistoso.

—Al parecer, lo puso furioso. —Charlie miró a Anna—. Si tienes ocasión de hacerlo, pídele disculpas. Dile que no teníamos intención de ofenderlo.

—Haré lo que pueda.

Dy se movió, inquieto, y adoptó una expresión grave. Dijo que no le interesaba Nicholas Sanders. Quería conocer la opinión de Charlie sobre el estado en que se encontraban las negociaciones. De modo que hablaron de ese tema. Charlie se mostró cauteloso pero optimista.

—En este momento tenemos dos objetivos. Uno de ellos consiste en establecer una línea permanente de comunicación. Eso es cada vez más probable o, al menos, posible. Y nos gustaría recuperar a cualquiera de los nuestros que esté en manos de los hwarhatb. Creo que esto se conseguirá. Ellos están evidentemente interesados en recuperar a sus jóvenes. Aunque no me hace ninguna gracia decirles qué pocos quedan vivos.

Todos guardaron silencio. Después el doctor Azizi preguntó cuánto tiempo podrían durar las negociaciones.

—No tengo respuesta para esa pregunta —dijo Charlie—. Pero me niego a darlas por concluidas antes de obtener algún logro. Ya concluimos una ronda de negociaciones habiendo fracasado absurdamente.

Contempló su copa de coñac y frunció el ceño.

—Sigo teniendo la impresión de que se nos escapa algo, alguna información importante. La imagen que se repite es la de una estación como ésta, que gira alrededor de una singularidad. Somos empujados y guiados por un hecho crucial que no podemos ver. —Levantó la vista y sonrió—. Que un diplomático se vuelva metafórico es una mala señal. Posiblemente me equivoque. Tal vez sabemos todo lo que necesitamos saber acerca de los hwarhath.

El doctor Azizi se echó hacia atrás y adoptó una expresión resignada.

—Pero aun así creo que estamos haciendo progresos —dijo Charlie con firmeza—. Y tengo la intención de quedarme hasta que pueda informar de que hemos tenido éxito.

Eh Matsehar la acompañó de regreso por los pasillos brillantes y fríos. Él no tenía ganas de hablar —cosa que ocurría de vez en cuando— y ella estaba cansada. Apenas intercambiaron una palabra.

Anna activó el holograma del techo de su habitación y se tendió en la oscuridad. La decisión de quedarse tomada por Charlie hizo que de repente tuviese conciencia de que se encontraba a años luz del resto de la humanidad. La estación hwarhath parecía frágil y extraña. Fuera sólo tenía el vacío, inmenso y hostil. Dentro, personas a las que no comprendía.

Finalmente se quedó dormida y soñó que se perdía en un laberinto. De vez en cuando veía delante de ella una puerta que se abría a las doradas colinas de Reed 1935-C. Pero nunca alcanzaba la puerta. En lugar de eso, se encontraba en otro pasillo gris.

Se despertó cansada y un poco deprimida. El café no la ayudó demasiado. Se puso un traje pantalón con una blusa de algodón blanco. Al mirarse en el espejo del baño, lamentó no haber aprendido jamás a maquillarse. Tenía una expresión desdichada en el rostro. El lápiz labial habría ayudado, lo mismo que algo para ocultar el cansancio de sus ojos.

Bebió otra taza de café y luego salió a reunirse con Hai Atala Vaihar.

Le preguntó por Las aventuras de Huckleberry Finn.

—He leído más de la mitad. Es una narración muy rara. Casi todas las personas que Twain Mark describe son ignorantes y pobres. ¿Ésta es una descripción acertada de la humanidad?

Anna intentó explicarle que se suponía que los personajes eran graciosos.

—No —dijo Vaihar—. Resulta gracioso que un solo personaje sea pobre e ignorante. Uno lo pone como ejemplo de conducta incorrecta. Todo el mundo se ríe de él. Él se avergüenza. Pero cuando todos son así… ¡Ah, qué sociedad tan terrible!

Ella intentó explicarle qué tipo de gente suele haber en un medio rural.

—¿Enviáis a las personas de a cuatro y de a cinco? ¿Casi solas? —parecía horrorizado—. Ésa no es manera de poblar un lugar deshabitado.

—¿Cómo lo hacéis vosotros?

—Un linaje se divide, y los más jóvenes se van: forman un grupo numeroso. Pueden confiar unos en otros y en los miembros mayores del linaje. No pierden todo lo que tenían. No se convierten en animales ni en seres como los que describe Twain Mark.

Guardó silencio durante un rato y reflexionó. Por fin dijo:

—Lo primero que hacen es construir un templo y celebrar ceremonias. Después construyen los otros edificios públicos: la sala de reuniones y tal vez un teatro. Depende de cuánto gusten en el linaje las representaciones. Siempre crean un gimnasio y una escuela.

»Religión, política, arte, ejercicio y educación. Éstas son las bases de cualquier comunidad y deben asentarse lo más rápido posible.

»Después se construyen las casas, los establos para los animales y las fábricas. Se labra un huerto. Se vallan los pastos. Luego… por lo general al cabo de uno o dos años, las mujeres tienen hijos.

»Ésa es la forma correcta de hacerlo. Así fue como mis antepasados abandonaron Hai y se instalaron en el valle de Atala. Aún enviamos regalos a nuestros parientes y celebramos ceremonias con ellos y recordamos con gratitud y afecto todo lo que hicieron por nosotros en los primeros tiempos.

—¿Hacéis algo solos? —preguntó Anna.

—No muchas cosas. Nicky dice que para casi todo lo que vale la pena hacen falta al menos dos personas. Pero ésta no parece ser una opinión común entre su gente. Ustedes son realmente muy solitarios, a pesar de ser tan numerosos. Lo veo en los libros que he leído. Mire a Buck y a Jim. Van a la deriva por el río, como amantes adolescentes que realmente han logrado eludir una obligación, cosa que nosotros nunca hacemos, a pesar de nuestros sueños.

»Incluso en el otro libro, en ese barco lleno de hombres tuve la sensación de que había soledad. El capitán siempre está solo, y el hombre que cuenta la historia… ¡Ah! ¡Qué gente! ¡Resulta difícil comprenderlos!

No se le ocurrió ningún comentario, de modo que decidió hacer una pregunta. Vaihar llevaba tres insignias redondas, de metal, sujetas a la cinturilla de sus pantalones cortos, lo mismo que los otros hombres que pasaron junto a ellos. ¿Qué significaban las insignias?

—Una corresponde a la identificación personal, otra al rango y otra al linaje. Nicky sólo tiene dos porque no tiene familia o, al menos, no tiene emblema para su familia. Me he acostumbrado a verlo; no pienso en lo que significa tener sólo dos insignias. De vez en cuando lo miro y recuerdo. Me pone los pelos de punta. —La miró de reojo con expresión… ¿Podía decir seria? ¿Desdichada?—. No logro imaginar cómo sigue vivo.

Llegaron a los aposentos de los humanos y se separaron. Ella entró y se sentó a escuchar las negociaciones. Nick, instalado junto a su general, no le pareció desdichado. Ninguno de los miembros del Pueblo llevaba insignias en el uniforme de cadete espacial, de modo que la condición de Nick no resultaba visible.

Hablaban del intercambio de prisioneros. Dónde efectuarlo. Cómo asegurarse de que nadie intentaría cometer una traición. Nicholas parecía más aburrido que otra cosa.


XVI

<p>XVI</p>

Estaba sentado en el borde de la cama de Gwarha, poniéndome los calcetines; los había encontrado en el rincón del extremo opuesto de la cama y, por lo que recordaba, no era donde los había dejado.

Él se incorporó y deslizó suavemente una mano por mi brazo.

—He estado observando a los humanos, pensando qué raro debe de ser no tener pelaje, estar tan desprotegido, ser tan vulnerable.

Tampoco recordaba haber dejado los calcetines del revés.

—No me extraña que os cubráis de ropa de pies a cabeza; No me extraña que os mováis con tanta rigidez, como si siempre esperarais que algo os atacara. Debe de ser tan terrible estar tan… —vaciló—, tan abierto al universo. ¿Es eso lo que quiero decir?

—Tal vez.

Me estaba mirando con los ojos entrecerrados. No logré ver las pupilas horizontales ni el brillante color inhumano del iris. Sólo había un brillo líquido entre los párpados de color gris oscuro. Sin embargo, el rostro era extraño: los rasgos anchos y embotados, las orejas demasiado largas y demasiado altas, y todo demasiado peludo. En estos días, veo cada vez más las diferencias, sobre todo porque veo seres humanos con cierta regularidad.

—Pero también interesante —prosiguió—. Tener todo el cuerpo tan sensible como los labios y la boca, o como las palmas de las manos.

—¿Y en esto es en lo que piensas durante las negociaciones?

—Sólo cuando tú me traduces. Sé lo que he dicho, y sé que tu traducción será fiel. Contemplo a los humanos y pienso: ¿Cómo serán dos personas como éstas haciendo el amor? Las dos están desprotegidas. Las dos son sensibles. Todo está expuesto y es eróticamente accesible. Nada, ninguna parte del cuerpo, está a salvo.

Dios del cielo. Contemplé el resto de mi ropa, doblada sobre la estantería cercana a la de Gwarha, e intenté imaginar cómo dejar de lado aquella conversación.

—Pregunta a los humanos cómo es. Será una forma de cambiar los temas habituales de discusión. «¿Qué hacen cuando joden?» O pregúntales por la pornografía. Sólo por la pornografía decente, por supuesto. Podría ser divertido.

—¿Por qué?

—No podrían coger cualquier cosa y enviarla. Podría ser realmente desagradable, algo que haría que tu gente decidiera no tener nada que ver con la humanidad.

—¿Qué podría ser peor que lo que ya sabemos?

Pasé por alto la pregunta.

—Me gusta imaginarme a un puñado de personas reunidas en la Tierra, tratando de decidir qué clase de pornografía homosexual mostraría a la humanidad de la mejor manera.

—¿Por qué no me dices tú lo que se siente haciendo el amor con otro ser humano?

—No lo recuerdo.

—Estás mintiendo —dijo al cabo de un momento—. Ésa no es la clase de cosa que una persona olvida.

—No pertenecemos a la misma especie, Primer Defensor. No hemos tenido el mismo tipo de experiencia sexual. Ni siquiera ahora tenemos la misma experiencia. ¿Qué te hace pensar que sabes qué recuerdo y qué no recuerdo? Y te lo he dicho infinidad de veces, los humanos necesitan más intimidad que los miembros del Pueblo.

Me miró fijamente, ahora con los ojos muy abiertos.

—Hablas tanto que creo que realmente me estás diciendo lo que hay en tu cabeza. Debería recordar tu apodo. Debajo del ruido hay silencio. Te envuelves como dentro de un abrigo.

No dije nada.

—Porque no tienes protección natural. —Se estiró y volvió a tocarme el brazo—. ¿En qué estaría pensando la Diosa?

Me levanté y terminé de vestirme.


Del diario de Sanders Nicholas, etc.


XVII

<p>XVII</p>

Al día siguiente, su escolta fue Vaihar. Cuando llegaron a la zona de Conversaciones-con-el-Enemigo, uno de los guardias hwarhath habló con Vaihar quien le dijo:

—Debo llevarla a la sala de observación y luego unirme al equipo de negociación. ¡Ah! Es una suerte que lleve puesto mi uniforme de cadete especial.

—¿Qué ocurre?—preguntó ella.

—No sé. No quiero meterle prisa, Anna, pero…

Corrieron hacia la sala de observación. Él la dejó en la puerta. En el interior, el holograma estaba activado y mostraba la sala de reunión con sus dos filas de sillas. Anna se sentó y observó. Entraron los humanos; tenían más o menos el mismo aspecto que de costumbre. Pero la entrada de los hwarhath fue diferente. Por primera vez, los miembros del Pueblo parecían torpes. Al cabo de un instante comprendió por qué. Había una persona nueva entre ellos, corpulenta y de color gris oscuro, con el uniforme un poco ceñido. Él y el general entraron juntos y rodearon los extremos opuestos de la fila de sillas, intentando (o eso le pareció) sincronizar los movimientos de modo tal que llegaran al mismo tiempo al centro de la fila.

Cuando se encontraron, se volvieron a una y se quedaron el uno junto al otro, de cara a los humanos. El hombre corpulento se imponía a Ettin Gwarha, media cabeza más alto y mucho más robusto. Los otros hwarhath entraron por ambos costados, moviéndose de mala gana, le pareció a Anna, y colocándose lo más cerca posible de las sillas. Incluso Vaihar parecía inquieto y casi torpe.

El general echó un vistazo a su alrededor. El hombre corpulento asintió. Todos se sentaron. El general, sorprendido con la guardia baja, reaccionó con una cierta lentitud y se acomodó en su silla un instante después que los demás.

Estaba rígido. Enfadado, pensó Anna. Furioso. Luego se relajó y se inclinó hacia el hombre corpulento y le dijo algo en voz baja. Éste sonrió. Sus dientes eran grandes, cuadrados y muy blancos.

—Voy a presentar al Principal Lugala Tsu —anunció Vaihar—. El hombre que está sentado junto a él es Min Manhata, que será su traductor.

Haxu presentó al equipo de los humanos.

Interesante, pensó Anna. ¿Qué significaba aquello?

Al final de la reunión comprendió que había problemas. A Lugala Tsu le resultaba difícil estarse quieto. No era muy evidente —no llegó a mostrar una actitud abiertamente brusca— pero estaba allí: pequeños cambios de postura (sobre todo cuando hablaba Ettin Gwarha) ceño fruncido y labios torcidos. A veces se inclinaba ligeramente hacia su traductor, como si estuviera a punto de susurrarle algo, pero no lo hacía. Al principio de la reunión, el general miró de reojo unas cuantas veces. Finalmente se dirigió al otro principal.

Vaihar dijo:

—Ettin Gwarha ha preguntado: «¿Tiene algo que añadir, Principal Lugala? ¿Cuál es su opinión?»

No, dijo el hombre corpulento. No tenía nada que añadir. Era nuevo en las negociaciones. De momento se contentaba. Hablaría más tarde.

El general inclinó la cabeza levemente. Uno de los traductores humanos le había dicho que esto podía significar acuerdo, o reconocimiento o consideración, según los casos. Luego él se echó hacia atrás en su silla. Había tomado alguna decisión, pensó Anna, aunque no supo de qué se trataba.

Después de eso no volvió a mirar al otro principal.

La atmósfera de la sala estaba cambiando. Algo, la comodidad y confianza que había ido creciendo en las últimas semanas, empezaba a disminuir; y a medida que disminuía, ella lo notaba. ¡Había crecido tan lentamente! Aunque desde el principio el general y Charlie hubiesen sido corteses y respetuosos. Sin embargo, cierta rigidez que iba desapareciendo —que había desaparecido— volvía a notarse.

Anna comprendió cuan racionales y, comparativamente hablando, lo claras que habían sido las conversaciones cuando Charlie y el general estaban al frente de las mismas. Lentas, sí, y tal vez excesivamente cautelosas, aunque la diplomacia no era su especialidad. Tal vez los diplomáticos tenían que dar todos esos rodeos.

No supo qué ocurría. Vaihar parecía desdichado. Charlie —a quien veía de lado— parecía cada vez más tenso.

Almorzó con el resto de los humanos. Tomaron un picadillo vegetariano, la comida apropiada para la situación. Sus colegas siguieron hablando de la reunión que acababa de finalizar, intentando imaginar qué ocurría.

Finalmente, Charlie dijo:

—Tengo el presentimiento de que se trata de una lucha de poder entre los dos hombres. —Usó el tenedor para esparcir el picadillo por el plato—. Ojalá supiera cuáles son sus posiciones. ¿Lugala Tsu nos es hostil? ¿Ettin Gwarha es en algún sentido nuestro amigo? Anna… —La miró—. Tú tienes los mejores contactos. Mira si puedes sacarle algo a Sanders o a las mujeres hwarhath, o a esos dos jóvenes.

Ella asintió.

—Veré qué puedo hacer.

Después del almuerzo, Anna abandonó los aposentos de los humanos. Su escolta era Matsehar. Le preguntó qué ocurría.

—¿Dónde?

—En las negociaciones.

—Exactamente lo que usted ve. El hijo de Lugala se ha unido a las negociaciones, porque es su derecho y su responsabilidad. Los Principales-en-Conjunto deberían estar representados por una sola persona.

Ella estaba escuchando la versión oficial, la política del partido. Matsehar arrugó el entrecejo, lo cual podía significar una advertencia, o tal vez fuese sólo una de sus expresiones ocasionalmente raras. Después empezó a describir las maquinaciones de lady Macbeth y de su hijo. La madre empezaba a perder la confianza, y ahora era el guerrero cruel quien ocupaba el centro del escenario.

—Esto es lo que ocurre —sentenció Matsehar— cuando las mujeres no contienen a sus hijos. La violencia de los hombres siempre debe colocarse en el contexto político adecuado.

Se separaron en la entrada de los aposentos de las mujeres, y ella recorrió los pasillos increíblemente largos que la llevaban hasta sus habitaciones. El holograma estaba conectado y mostraba el amanecer sobre el mar de Reed 1935-C. En el horizonte se veía un brillo rosado. En lo alto, casi a la altura del techo, brillaba la estrella del amanecer y del crepúsculo. En ese momento era doble, los dos planetas lo bastante separados para ser visibles como dos puntos de luz.

En el agua de la bahía brillaban otras luces. Parpadeaban débilmente y parecían opacas. Era el fin de una larga noche de señales de identidad y palabras tranquilizadoras. Sabía cómo era eso. Se frotó los músculos de la cara y del cuello.

Al cabo de un rato, el planeta primario se elevó. Era demasiado brillante para mirarlo directamente. Se levantó, se acercó al intercomunicador y llamó a Ama Tsai Indil.

—Creo que necesito reunirme con su gente.

—Quiere decir con mi socia principal. Sí, así es.

—Y tal vez Sanders Nicholas debería estar presente.

—De eso no estoy tan segura, pero deje que lo consulte con la mujer de Tsai Ama.

El intercomunicador se apagó. Ella manipuló el holograma y logró que el atardecer avanzara a gran velocidad. El planeta primario dejó de brillar en su habitación. En su lugar, una sombra se proyectó sobre la colina dorada: una especie de artilugio con patas. Tal vez era parte del equipo que había grabado el paisaje. El cielo estaba moteado de pequeñas nubes redondas. Las cabrillas salpicaban el mar de color azul brillante. Imaginó el viento que sin duda soplaba, frío y salado.

Anna se sentó y vio cómo la sombra del artilugio se alargaba.

Ama Tsai Indil volvió a llamarla y dijo que la reunión con su socia principal estaba a punto de celebrarse.


XVIII

<p>XVIII</p>

El general me envió un mensaje al final del quinto ikun, pidiéndome que fuera a su despacho.

Estaba sentado en el lugar de costumbre, con los brazos sobre la mesa, delante de él, las manos suavemente entrelazadas, mirando la pared que tenía enfrente, de color gris metálico. Me detuve al otro lado de la puerta e hice el ademán de la presentación.

Me miró.

—Has recordado el decoro militar. ¿Estás enfadado conmigo? ¿O piensas que yo lo estoy?

—¿No lo estás?

—Lo estaba. Siéntate. Me resulta incómodo que te quedes ahí de pie, como un soldado.

Me acomodé en la silla que tenía delante de su escritorio. Él se echó hacia atrás y cogió su estilete.

—¿Has presenciado la reunión?

Asentí.

—He estado en una de las salas de observación —y no añadí: después de que me dijeras que quedaba fuera del equipo de negociación.

[Tuve que hacerlo, Nicky. Él es un Principal. No es posible no hacerle caso.]

—Estoy enviando mensajes a los principales en quienes confío, e incluyendo copias de la reunión de hoy. Este estúpido rencor tiene que acabar. Tratar con él es como caminar sobre un campo de erizos. No quiero tener que arrancármelo del pelo. Quiero que desaparezca.

—¿Crees que podrás librarte de él?

—Sí. Su intención es evidente; sus modales son atroces; y no tiene suficientes aliados en el Conjunto —dejó el estilete.

—¡Qué hombre! ¡Tan estúpido y tan codicioso! Está intentando abarcar más de lo que puede, y no ve las consecuencias de sus acciones.

—Ambición desmedida que se alimenta a sí misma —dije en inglés.

El general frunció el ceño.

—Es una frase de la nueva obra de Matsehar.

El general agitó una mano, restando importancia a Eh Matsehar y a Shakespeare William.

—No te he pedido que vinieras para hablar de Lugala Tsu. La mujer de Tsai Ama ha pedido que estés presente en una reunión entre ella y Pérez Anna. Encuentra una manera de decirle lo que está sucediendo. Tú le caes bien, y ella es una experta en humanidad. Su opinión será respetada en el Tejido.

—No estoy seguro de eso. La mayor parte de los otros expertos creen que sus teorías son una locura.

Él levantó una mano. Guardé silencio.

—Su linaje no tiene lazos estrechos con Lugala ni con Ettin. Si ella dice que yo tengo razón, sus palabras serán escuchadas. Si dice que Lugala Tsu está enredando las negociaciones, también será escuchada.

»Y tal vez es hora de que pensemos en una alianza con Tsai Ama y Ama Tsai. No son linajes poderosos, pero tienen cierta importancia y las mujeres, sobre todo en las dos últimas generaciones, han sido de muy buena calidad.

Guardó silencio durante un rato y se dejó llevar por el tipo de argumentos que desarrollan los bwarhath, que combinan la política con la genética. ¿Qué familias tienen el poder? ¿Qué familias están produciendo personas fuertes y notables? ¿Cómo puede Ettin encontrar a los aliados adecuados y conseguir el material genético apropiado?

Finalmente me miró.

—Esta noche me gustaría contar con tu compañía, Nicky, pero no quiero oír tus opiniones ni tu consejo. Hoy he hecho lo que podía. Quiero hablar de algo que no tiene nada que ver con los humanos ni con Lugala Tsu.

—De acuerdo —asentí.

Cuando llegué hablamos de hacer una excursión por las montañas del borde occidental de Ettin. Él tenía conectado un holograma: una ladera empinada, cubierta de árboles. La mayoría eran de color azul verdoso. De vez en cuando se apreciaban manchas cobrizas. A lo lejos se veían picos altos y blancos. Gwarha los nombró: la Torre de Hielo, la Cuchilla, la Madre.

El holograma había sido tomado en casa de una de sus primas, me dijo. Ella nos recibiría encantada. La escalada en esa zona no era especialmente difícil. Había lugares que quería mostrarme: un famoso campo de batalla en un paso rocoso y la Red de Plata y un famoso salto de agua.

—Cubre todo un acantilado. Tiene que haber un centenar de arroyos, y cuando el sol los ilumina… ¡ah! Iremos allí cuando todo esto acabe, Nicky.

Se había puesto una bata de color azul oscuro. Había una copa de halin en la mesa, delante de él, y una jarra chata de rugosa arcilla roja. El brillo de la jarra era claro y débil. Vi las marcas dejadas por los dedos del alfarero.

En mi interior algo me dijo: Presta atención. Mira lo que tienes delante. Recuerda con cuánta intensidad amas a esta persona. [Ah.]


Del diario de Sanders Nicholas, etc.


XIX

<p>XIX</p>

Por la mañana se despertó con el aroma del café, recogió la ropa y fue hasta el cuarto de baño. Oyó a Nick en la cocina, silbando algo que parecía salido de una emisora de música clásica. ¿Ópera, tal vez?

Se duchó y se puso un caftán de tela guatemalteca tejida a mano. Era a rayas verticales y estrechas, de color rojo, verde, azul, amarillo, lavanda, negro y blanco. Las sandalias (ocultas debajo del caftán) eran bajas y cómodas. Los pendientes largos se balanceaban notablemente. Se miró al espejo y estudió el rostro redondo y moreno que demostraba sus orígenes mestizos: los ojos negros inclinados sobre los pómulos altos, los labios generosos, la curva maya de su nariz. No se arrepentía de no saber maquillarse. Aquella mañana tenía muy buen aspecto.

—¿Anna? —Nick la llamó desde la sala.

Salió. El desayuno estaba sobre una de las mesas y él se había apoyado contra una pared y tenía un tazón en la mano. La miró de arriba abajo y comentó:

—Muy bonita.

Anna sintió cierta irritación. La mirada y el comentario eran absolutamente típicas de un humano del sexo masculino. Después de pasar veinte años entre los hwarbath tendría que haber aprendido mejores modales.

Se sentó. El desayuno consistía en café, tostadas y un cuenco con algo gris. Otra clase de comida humana, pensó, hasta que lo probó. Era harina de avena. Vio el cuenco del azúcar lleno de cristales de color pardo, y la jarra llena de leche azulada, y se sirvió ambas cosas. Algo lograron, pero la harina de avena seguía sabiendo a harina de avena.

—¿Qué ocurrió ayer?

—¿En la reunión? Lugala Tsu decidió repentinamente que quería unirse a las negociaciones. Estaba en su derecho. Es un Principal.

—Y tú fuiste despedido.

—Sí. —Tomó un trago de café.

—¿Porqué?

—El Principal no se siente cómodo conmigo. Está dispuesto a sentarse frente a extraños. Es algo que hay que hacer cuando se quiere negociar. Pero no está dispuesto a ver a un extraño por el rabillo del ojo.

Esto era casi con certeza una forma de decir que Nick era poco de fiar y que debía estar en el sector de la sala reservado a los humanos.

—Ese individuo es un tonto del culo.

—Podríamos decir que sí, pero eso sería difamar una parte del cuerpo cuya utilidad es incuestionable. Prefiero pensar en Lugala como en un tumor.

Ella se echó a reír.

—¿Eso significa que estarás disponible para las conversaciones de las mujeres?

—Tal vez. Tsai Ama Ul ha pedido que me presente hoy, y aquí estoy. Pero es probable que Lugala Minti sienta lo mismo que su hijo. Aunque eso no será un problema en esta reunión. Ella no asistirá. Pero cuando lo haga…

—Están intentando arruinar las negociaciones.

Nick guardó un instante de silencio.

—Creo que no haré comentarios sobre eso. ¿Te gustó el uniforme que llevaba el hijo de Lugala?

—Tendría que ser una talla más grande.

—Sorprendente, ¿no? ¡El Cuerpo de Arte normalmente es tan de fiar!

Nunca lo había oído emplear aquel tono: suave y malicioso.

Recordó que él había trabajado en obras de teatro. Probablemente tenía amigos en el Cuerpo de Arte.

—¿Eso no es mezquino?

—Anna, aún no sabes lo que es la mezquindad. Cuando un par de tíos duros como el general y Lugala Tsu deciden enfrentarse, se abre un panorama de mezquindad que ni tú ni yo podemos comprender. ¿Recuerdas la primera vez que viste las Montañas Rocosas? ¿Ó el mar? ¿O la Tierra desde el espacio? Si estos individuos se ponen en marcha, será algo así.

—¿Se pondrán en marcha? ¿Habrá algo así como una lucha interna?

—No lo sé.

Anna terminó de desayunar y fueron juntos hasta la sala de reuniones que usaban habitualmente. Allí esperaban las dos mujeres alienígenas, vestidas con sus espléndidas túnicas de siempre. La de Tsai Ama Ul era de piezas hechas con un material brillante, de color azul oscuro. Ama Tsai Indil llevaba brocado de color amarillo brillante. De sus enormes orejas colgaban hileras de pendientes. Esta vez eran finas cadenas de oro acabadas en cuentas de oro. Cada vez que movía la cabeza, aunque sólo fuera ligeramente, las cuentas se agitaban y resplandecían.

¡Qué gente tan chillona! Y si el Cuerpo de Arte era tan de fiar y los sastres capaces de confeccionar la clase de ropa que estaba viendo… ¿por qué Nick solía tener un aspecto tan inadecuado?

Concluyeron el ritual de los saludos y se sentaron, Nick un poco más atrás, como de costumbre.

—Mi socia principal me ha indicado que comience —dijo Ama Tsai Indil—. En su opinión, los hombres… —Indil continuó en el lenguaje de los alienígenas.

—Los hombres la están jodiendo —dijo Nick en inglés.

Ama Tsai Indil inclinó la cabeza. Los pendientes se agitaron.

—En nuestro idioma, la metáfora es diferente. Nosotros decimos armar un enredo.

»Esto es especialmente cierto ahora que el hijo de Lugala ha decidido pelear con el hijo de Ettin. Tsai Ama Ul no hará comentarios sobre esta conducta, que es típica de los hombres y que no necesariamente hará que Lugala o Ettin parezcan más deseables como fuentes de material genético.

»Pero está convencida de que las actuales negociaciones son importantes y de que no deberían dejarse de lado simplemente porque dos hombres intentan obligarse mutuamente a retroceder.

»La mujer de Tsai Ama no hablará de guerra ni de ningún otro asunto militar. El combate es un arte masculino. Pero las negociaciones relacionadas con la paz y con la guerra, lo mismo que el arte de la paz, corresponden a las mujeres.

¡Qué precisa era aquella gente! Anna no lograba imaginarse hablando así, casi sin modificativos ni calificativos, sobre todo después de pasar años redactando artículos académicos.

—Tsai Ama Ul quiere saber de labios de Sanders Nicholas qué ocurrió ayer, y después quiere conocer tu opinión sobre las negociaciones, mujer de Pérez.

—De acuerdo —respondió Anna.

Nick habló en el lenguaje hwarhath. Ella no pudo deducir gran cosa del tono que empleaba, ya que el sonido de la lengua era muy distinto al del inglés. Pero su voz parecía serena. Las mujeres alienígenas lo miraban atentamente. Él mantenía la vista baja, salvo cuando Tsai Ama Ul le hablaba y probablemente le hacía preguntas. Luego la levantaba brevemente antes de responder.

Este lenguaje de miradas era más complicado de lo que había imaginado. Nick hacía algún tipo de afirmación cuando miraba a la mujer a los ojos: «Digo la verdad. Hablo como un igual. Hablo como un amigo.»

Finalmente, concluyó.

Ama Tsai Indil dijo:

—Ahora mi socia principal quiere oír lo que tú crees que está sucediendo.

Anna levantó la vista brevemente y se encontró con la mirada amarilla de la mujer de Tsai Ama.

—No estoy segura. Mi especialidad no es la diplomacia. Es la inteligencia alienígena. Estoy aquí más o menos por accidente, por lo que ocurrió durante la última ronda de negociaciones. ¿Qué creo que está sucediendo? —Miró la alfombra de color vino—. Creo que Charlie Khamvongsa está bien, es un hombre honorable al que le gustaría que reinara la paz. Tengo la impresión de que Ettin Gwarha también está bien, aunque no estoy segura de cuáles son sus motivaciones. Creo que Lugala Tsu está creando problemas.

—Tradúcelo tú —dijo Ama Tsai Indil a Nick.

Así lo hizo.

Tsai Ama Ul respondió:

—No estás aquí por accidente. Tu conducta anterior ha demostrado que actuarás decentemente y con honor, aunque esto te cause un conflicto con otros humanos; y es bueno que esté presente en las discusiones alguien acostumbrado a pensar en el tema de la inteligencia. Para que nosotros hablemos tenemos que estar en condiciones de pensar qué hace que las personas sean distintas a los animales. De otro modo, las diferencias entre los hwarhath y la humanidad parecerán enormes e imposibles de salvar.

»Resulta difícil describir lo inquietante que nos resulta tu conducta. Siempre hemos creído que el sexo era una de las diferencias fundamentales entre las personas y los animales. Los animales tienen épocas de apareamiento. Las personas no. Entre los animales, sexo y reproducción son casi lo mismo. Entre las personas están casi totalmente separados.

«Pensábamos que esto era lo natural e inevitable. Una vez que un animal posee inteligencia y es capaz de elegir, no seguirá viviendo como lo hacían sus antepasados, mezclando las cosas…¿luchando y reproduciéndose y criando hijos y buscando amor, todo junto. ¡ Ah! Hemos visto estas cosas en los campos y en las riberas de nuestro planeta. Cómo los miembros masculinos de la especie se golpean mutuamente y se despedazan con sus garras, cómo se aparean de manera frenética, cómo los hijos pueden resultar asesinados…

Ama Tsai Indil se interrumpió y respiró profundamente.

—Ama Tsai Ul ha concluido diciendo: Ahora hemos encontrado criaturas con una lengua y una cultura, que pueden viajar por el espacio, pero que se comportan unos con otros de una forma que nos parecía imposible que se diera entre seres poseedores de inteligencia.

—Por eso tu habilidad es importante, mujer de Pérez.

Caramba. Miró a Nick.

—¿Y ahora qué digo?

—Siempre la verdad, Anna.

Ella no sabía cuál era la verdad. Volvió a mirar muy brevemente a Tsai Ama Ul.

—No sé muy bien cómo responder. Ni siquiera sé si me has hecho una pregunta. Nosotros siempre habíamos pensado que la heterosexualidad era lo natural. Es lo común en todas las otras especies animales de nuestro planeta. Pensábamos que era natural que hombres y mujeres vivieran juntos y criaran a sus hijos juntos. También hacen eso muchas especies animales.

»Cuando os encontramos tuvimos una reacción similar a la vuestra. Durante el año pasado hablé con una serie de expertos. En su mayoría coinciden en que esta sociedad no tiene ningún sentido. Que no debería existir. Algunos piensan que en realidad no existe: hay algo que no encaja en nuestra información. Los prisioneros que hemos tomado nos han mentido, o pertenecen a una subcultura aberrante. Algo se pierde con la traducción. Tal vez los traductores mienten. Un hombre me lo dijo claramente. Sabía lo de Nick. —Nicholas se echó a reír—. Estamos en la misma situación que ustedes. Esperábamos encontrar alienígenas que fueran distintos a nosotros, realmente distintos. No esperábamos encontrar alienígenas que fueran muy parecidos y tuvieran algunas diferencias notables. Eso nos desconcertó; y entre los humanos hay personas que… no diría que quieren pelear, pero en realidad no se imaginan la vida si no es peleando, temen dar los pasos que conducen a la paz. Piensan que seremos embaucados y traicionados. Y el secreto no ha ayudado. ¿Cómo podemos negociar con tan poca información?

Nicholas tradujo sus palabras.

Tsai Ama Ul ladeó la cabeza, movimiento que podía significar casi cualquier cosa. Después habló.

Ama Tsai Indil dijo:

—¿Crees que la mayor parte de tu gente quiere la paz?

—Nick ha debido de contarles algo sobre nuestro planeta —repuso Anna—. Solíamos tener muchas sociedades diferentes… muchas naciones, que se han unido hace poco tiempo. Ni siquiera tenemos una única cultura y un único gobierno. Los diferentes grupos quieren cosas diferentes. La mayor parte de los humanos quiere la paz, pero no todos, y en este momento nuestro gobierno es tan complicado, está compuesto por piezas tan diversas, que resulta difícil decir qué pretende, si es que pretende algo.

Tsai Ama Ul la escuchó y luego volvió a hablar.

—¿Crees que lo que salga de estas negociaciones será perjudicial, tanto para los tuyos, como para el Pueblo?

—No lo sé. Pienso que el conocimiento siempre es mejor que la ignorancia, y que ambos nos beneficiaríamos de un intercambio de información. Más allá de eso… ¿quién sabe? Es posible que la humanidad necesite tener ahora mismo un enemigo externo, teniendo en cuenta que hace tan poco tiempo que estamos unidos. En ese caso, alcanzar la paz podría acabar por perjudicarnos. Tal vez ustedes son monstruosos y malvados. No lo sé. Aunque Nick dice que sois buenos, y confío en él —Nick volvió a reír—. Tal vez la humanidad encierra algo que representa un serio peligro para vuestra sociedad. Tampoco lo sé.

Tsai Ama Ul escuchó y luego habló.

—Siempre hemos tenido enemigos. Nuestros hombres siempre han luchado. Para ellos sería difícil renunciar a la lucha. Para nosotras sería difícil saber qué hacer con ellos si nuestra historia de luchas llegara a su fin. ¡Ah! ¡Una idea espantosa! ¿Para qué sirven los hombres si no hay enemigos ni fronteras que proteger? ¿Cómo van a pasar el tiempo? ¿Cómo van a sentir respeto por ellos mismos? —Miró a Anna con expresión reflexiva. Anna bajó la vista—. ¿Y cómo sería el universo si en él hubiera personas como vosotros? No como rumores ni como algo que se ve de lejos, sino como vecinos. Ya hemos empezado a cuestionarnos nuestra propia historia y nuestras propias ideas acerca de lo que es correcto o incorrecto.

»Pero no me gusta la idea de una guerra librada con desconocidos por ignorancia, sin reglas establecidas y sin límites a la violencia. Eso sería un retorno al salvajismo de los animales. Sería abandonar todo lo que hemos logrado desde que la Diosa entregó la pequeña caja negra de la moralidad a la Primera Mujer y al Primer Hombre.

Hizo una pausa y volvió a hablar.

—La reunión ha terminado —anunció Nick—. La mujer de Tsai Ama dice que empieza a sentir dolor de cabeza.

Salió con Nicholas. Una vez fuera de la sala, él le dijo:

—¿Realmente has conocido a alguien que pensaba que me estaba inventando la sociedad hwarhath?

—No es que lo dijera claramente, pero pensaba que era muy interesante, «sugestivo» fue la palabra que empleó, que una persona clave del equipo humano de traductores fuera… —vaciló, intentando buscar la palabra adecuada.

—La más adecuada es homosexual —dijo Nicholas en tono frío y un tanto irónico—. La palabra me desagrada. No me gusta el hecho de que su formación sea irregular, y siempre he considerado que tiene un aroma ligeramente antiséptico, que apesta a ciencia y a intelecto. Preferiría una palabra que oliera a vida corriente. Pero en realidad nunca hay palabras adecuadas para un grupo que resulta desagradable.

Le pareció notar ira bajo la frialdad y la ironía de su voz.

—¿A qué te refieres cuando dices que su formación es irregular?—preguntó Anna.

—Sus raíces pertenecen a dos lenguas distintas: «Homo», que en griego significa «igual» y «sexual» que procede de la palabra latina para el «sexo». Alguien la acuñó en el siglo XIX y no logro imaginar en qué estaba pensando.

Caminaron en dirección a los aposentos de Anna. Mientras atravesaban el vestíbulo de la entrada, Nick comentó:

—De vez en cuando pienso que no es la palabra adecuada para Gwarha y para mí. Nosotros no pertenecemos a la misma línea evolutiva. Se podría argumentar, y lo haré, demonios, que somos miembros de sexos similares o análogos. En ese caso, la palabra correcta sería «homeosexual», de la palabra latina que significa «sexo» y de la griega que significa «similar».

»Hay algo agradable en la idea de inventar una nueva forma de actividad sexual y la palabra que designa esa actividad.

Realmente parecía encantado. La ira había desaparecido por completo de su voz. Llegaron a la puerta y ella apoyó la palma para abrirla.

—Debo informar al general —anunció Nicholas.

—¿Cómo crees que ha ido la reunión?

—No lo sé. Las cosas se están complicando. Lugala Tsu ha decidido actuar. Tsai Ama Ul ha decidido que las mujeres tienen que hacer algo. La Diosa sabe quién va a tomar la próxima decisión.

Nicholas se fue y ella cruzó la puerta. Ésta se cerró. Anna se sentó en el sofá; se sentía agotada. ¿Qué hora era? La última hora de la mañana. Tenía que pasar por los aposentos de los humanos y unirse a sus colegas para almorzar. Al demonio con eso. Se dio una ducha y luego durmió una siesta. A media tarde (si es que esa palabra tenía algún significado en la estación) salió al encuentro de Charlie y le contó lo que había sucedido.

—Entiendo perfectamente por qué a Tsai Ama Ul le dolía la cabeza. A mí también me empieza a doler —dijo—. Creo que ya es hora de pedir consejo a la Tierra.

Le habían explicado el procedimiento. Era casi tan complicado como el que habían utilizado para llegar a la estación. Los hwarhath enviarían un mensaje sellado al primer punto de transbordo, luego utilizarían una de sus propias sondas para despachar el mensaje a una nave de la Tierra que esperaba; allí abrirían la sonda, cogerían el mensaje y lo enviarían.

La respuesta llegaría siguiendo el camino inverso: en la sonda humana hasta el primer punto de transbordo, y luego mediante alguna clase de transmisión de los alienígenas.

El sistema evitaba diversas formas de traición demasiado complicadas para que ella las recordara; le pareció sorprendentemente tedioso. Sin duda, la confianza ahorraría tiempo y sería mucho más eficaz.


XX

<p>XX</p>

El general estuvo ocupado hasta mediado el sexto ikun. Redacté un memorándum en el que describía la reunión con Tsai Ama Ul; luego fui hasta el gimnasio más cercano y practiqué el hanatsin a solas, haciendo series de movimientos lentos delante de un espejo. No me resultó fácil. No me gustan los espejos ni los movimientos lentos. Pero es una buena disciplina y creo que estoy a favor de la disciplina.

[No. La soportas cuando no tienes más remedio, y la evitas cada vez que puedes. Nunca la aceptas.]

Después recorrí la estación hasta que llegó el momento de presentar mi informe.

El general me había dicho que fuera a los aposentos de sus tías. Él estaba allí, en una habitación deliciosamente vacía. El suelo era de piedra pulida; las paredes de yeso pintado de amarillo. Ninguna puerta quedaba a la vista aunque yo acababa de entrar por una. En cambio, a cada lado de la habitación había ventanas grandes y altas que daban a una costa ventosa. Por ambos lados se veía el océano, encrespado y formando espuma a lo largo de la orilla. En los otros dos lados había dunas cubiertas por vegetación de color verde plateado. Un alto animal bípedo acechaba entre la vegetación y su cabeza —al final de un cuello largo— sobresalía entre las hojas plateadas, con la evidente intención de cazar. El animal estaba cubierto por algo de color azul brillante que podrían haber sido escamas.

Salvo por las cinco sillas de madera dispuestas en círculo, la habitación estaba vacía. El general se sentaba en una de ellas. Sus tías ocupaban las otras tres. Llevaban túnicas de tela sencilla y oscura: vestimentas propias del lugar, las que usaban habitualmente.

Hice los ademanes propios de la presentación. La habitación tenía dispositivos para el sonido. Oí el lento y monótono rugir del océano y gritos estridentes que tenían que pertenecer a animales, aunque no supe de qué clase. No eran del cazador azul.

—Siéntate —me dijo Ettin Aptsi.

Me acomodé en la silla vacía.

—Informa —me indicó Ettin Per.

Describí la reunión entre Tsai Ama Ul y Anna.

Cuando concluí, Ettin Per dijo:

—¿Qué opinas tú de la mujer de la Tierra?

Levanté la vista brevemente sin mirarla a los ojos. Por detrás de ella sobresalía la parte superior de una duna. Unas hojas largas y estrechas se curvaban con el viento. Las nubes se movían en un cielo azul oscuro.

—Me cae bien. Me cayó bien desde la primera vez que la vi. Los otros humanos se sentían incómodos con el Pueblo, y tenían aún más problemas conmigo. Vi la expresión de su rostro cuando miró más allá de mí y vio a Gwa Hattin. Parecía una criatura en Navidad.

—Estás usando palabras que no comprendemos —dijo Ettin Tsai—. Explícate.

—Es un día en que los humanos, algunos humanos, hacen regalos a sus niños. Cerca del solsticio, en la época más oscura del año y donde yo crecí, y donde creció Anna, casi siempre hace frío. Los regalos son para dar alegría. Anna miró a Hattin y vio un regalo.

»Cuando me miró a mí su expresión cambió, y no estoy seguro de saber lo que estaba pensando. Pero no pareció incómoda. Tal vez curiosa y atenta.

»Pensé: ésta es una persona que no teme a la gente a la que no comprende. Una rara cualidad entre los humanos.

—Y entre los miembros de Pueblo —dijo Ettin Per con su voz profunda—. ¿Crees que podemos confiar en ella, Nicky?

—Sí.

Ettin Per prosiguió:

—Y ella cree que el embajador humano es digno de confianza. ¿Gwarha?

—Coincido, aunque no comprendo la postura del embajador. Los soldados humanos le desobedecieron durante la última ronda de negociaciones. Esto indica que él no es el único que está al frente. Si llegamos a un acuerdo con él, ¿qué significa? No tengo ni idea.

—¿Nicky? —preguntó Ettin Tsai.

—Existe un elemento de riesgo. Como dijo Pérez Anna, el gobierno de los humanos es complicado, y las diversas partes no siempre coinciden. Pero tengo la impresión de que el embajador está en mejor posición de lo que solía estar. Los militares realmente lo estropearon todo, y creo que han tenido que retroceder bastante. Entre la gente que tiene a su lado no hay nadie que piense desafiarlo directamente ni, me parece, desobedecer sus órdenes.

»Pero no sé cuál es la situación en la Tierra, y creo que incluso la de aquí podría cambiar.

—Sin embargo… —Ettin Per pareció reflexionar—. Entre los humanos tenemos dos posibles aliados. Esto es algo que vale la pena tener en cuenta.

—Hay tres problemas —señaló Ettin Tsai—. Los humanos, los Lugala y Tsai Ama Ul. Lo que Gwarha dice acerca de los Tsai Ama es digno de consideración.

—Nicky dice que Tsai Ama Ul nos ha hecho una advertencia —dijo Ettin Aptsi—. Esta disputa no ha favorecido a Ettin ni a Lugala.

—Eso podría ser cierto de momento —intervino Ettin Per—. Si Gwarha logra hacer retroceder al hijo de Lugala y llegar a un acuerdo con los humanos, estará al frente de todos los principales. Eso es bueno, ¿no?

—Estaré en una buena posición —respondió Gwarha con cautela.

—Él no tiene hijos, y está llegando a una edad en la que es adecuado tenerlos. Si los problemas actuales se resuelven bien, Tsai Ama se interesará. La pregunta es: ¿Nos ayudarán ahora? ¿Y qué podemos ofrecerles?

Era evidente, incluso para mí: las primeras muestras del semen de Gwarha, además de una garantía de que el número de hijos que tendrá será limitado. Un trato muy bueno, que Tsai Ama Ul probablemente no pasará por alto, a menos que decida que necesita más información sobre Gwarha. Si tuviera serias dudas con respecto a él y a sus aptitudes reproductoras, esperaría hasta que la actual situación se resolviera. Pero en ese caso, por supuesto, habría perdido la oportunidad de hacer un trato tan bueno.

[En eso tienes razón.]

Gwarha dijo:

—¿Necesitamos algo más de Nicky?

Las tías dijeron que no y me dieron las gracias cortésmente. Gwarha pareció aliviado. Sabe lo que pienso de la política genética. Si hubiera querido escuchar conversaciones como ésta, me habría quedado en Kansas y habría asistido a la Facultad de Agricultura.

Los dejé con su conspiración. Tenía la intención de preguntar sobre el paisaje que se veía por las ventanas, pero no tuve ocasión de hacerlo.

[Se trata de una grabación tomada en una casa de la costa este del Gran Continente del Norte. Mis tías se quedan allí cuando el Tejido celebra una reunión. Como dice el poeta: «Además de las montañas, está el mar.»]

Más tarde, por la noche, le pregunté si esas conversaciones no le molestaban. Él estaba disponiendo el tablero de eha y preparándose para otra partida con el maestro muerto hacía tanto tiempo.

—No te entiendo —dijo.

—¿No te molesta que otras personas decidan todo lo relacionado con tus hijos, incluso si vas a tenerlos?

Terminó de colocar las piedras del eha y me miró.

—Tengo mi propia opinión. He dicho a mis tías que los hombres de Tsai Ama y Ama Tsai no son nada especial. Si nace una criatura, sería mejor que fuera del sexo femenino. La clase de hombres que producen esos linajes no haría crecer nuestra reputación, y no quiero hijos haraganes.

No, por supuesto que no, cariño. Tú quieres jóvenes duros e inteligentes, de buenos modales y con un tremendo instinto para el poder. Dentro de veinte años, si aún estoy en pie, tal vez los vea salir del perímetro…

[Los verás.]

—No sé qué estás sugiriendo. ¿Que debería decir a mis tías cómo tienen que hacer su trabajo? No me gustaría que ellas me dijeran cómo ser un principal.

¿Cómo explicarlo? Me molestaba verlo plácidamente sentado mientras sus tías hablaban de reproducirlo como un toro premiado. Me molestaba que algo que le pertenecía —su relación con el futuro, en nombre de la Diosa— se convirtiera en una ficha del juego de las mujeres de Ettin.

Él escuchó sin moverse, con expresión grave. Finalmente guardé silencio. Él levantó la mirada. Sus pupilas se habían dilatado bajo la débil luz, y pude verlas claramente: anchas líneas negras como barras que atravesaban los iris.

—Al parecer piensas que tengo derecho a todo lo que mi organismo produce. Es un derecho al que renunciaré de buen grado. No tengo ningún deseo de conservar mi mierda. No me importa demasiado lo que ocurre con ella, siempre que sea utilizada adecuadamente. —Hizo una breve pausa—. ¿Y en qué sentido mi material genético es mío? No lo creé de la nada. Nací de una mujer de Ettin y de un hombre de Gwa, y ellos los recibieron de sus padres, y así sucesivamente, generación tras generación, hasta los tiempos anteriores a todos los linajes.

»Me parece que tengo tanto derecho a eso como a poseer las colinas de Ettin, o los ríos que corren entre ellas, o el cielo que cubre nuestras cabezas, o la casa en la que nací.


Del diario de Sanders Nicholas, etc.


XXI

<p>XXI</p>

Durante los días que siguieron no ocurrieron demasiadas cosas. Anna observó las negociaciones, que continuaron bajo un signo negativo. Lugala Tsu ya no se movía ni hacía muecas. En cambio se arrellanaba en la silla, inmóvil y con expresión taciturna. Los demás —los hwarhath y los humanos— parecían incómodos, salvo el general, que se mostraba sereno.

El intercomunicador la despertó una mañana con el sonido de unas campanas al viento suave y errático.

Era Ama Tsai Indil. Habría otra reunión con las mujeres hwarhath. Nicholas no estaría presente. Lugala Minti había puesto objeciones a que asistiera.

—No tengo inconveniente —respondió Anna.

—¿Qué?—preguntó Indil.

—No tengo nada que objetar.

—Te resultaría difícil poner objeciones, Pérez Anna. Lugala Minti es miembro importante de un linaje muy poderoso. Y por lo que sabemos, tú no tienes una verdadera familia.

—Eh —dijo Anna—. Soy de Chicago e Illinois. Eso debería contar.

Apagó el intercomunicador antes de que Indil pudiera preguntarle por el linaje de Chicago, y fue a vestirse. No le complacía la idea de que Nick no estuviera. Le gustaba encontrar el desayuno preparado, y nunca se le había dado muy bien preparar café.

Comió mantequilla de cacahuete con un panecillo y tomó agua del grifo de los alienígenas. Había sido reciclada y salía destilada y pura.

Después se dirigió a la sala de reuniones.

Las mujeres —todas ellas— estaban esperando: las tres hermanas con las túnicas de color oro y carmesí, Tsai Ama Ul vestida de color plateado, Lugala Minti de negro y Ama Indil de gris claro.

Volvieron a hablar de la condición de las mujeres en la Tierra. Esta vez la conversación avanzó más lentamente. Ama Tsai Indil no era tan buena traductora como Nicholas.

Tuvo la misma sensación que solía tener cuando conversaba con Vaihar. Aunque hablaban el mismo idioma (al menos ella y Ama Indil) y aunque parecían coincidir en el significado de las palabras que utilizaban, la comunicación era fragmentada; y tuvo la sensación de que las preguntas importantes no se planteaban. Las mujeres hwarhath daban rodeos en lugar de abordar el tema realmente importante. Tal vez lo estaba imaginando, influida por la imagen de Charlie con respecto a la singularidad.

Finalmente, dijo:

—Os he hablado de la Tierra lo mejor que he podido. Ahora me gustaría saber algo de vuestro planeta.

Lugala Minti respondió:

—Nuestra sociedad está organizada como debe ser, según las reglas que la Diosa ha dado al Pueblo.

Una respuesta adecuada, al menos se lo parecía a la mujer de Lugala. Se arrellanó y cruzó las manos sobre el abdomen. La luz le caía sobre la túnica en el ángulo adecuado, y Anna vio el dibujo del brocado, negro sobre negro: una red hecha de estrechas ramas que se entrecruzaban. Unas flores grandes y delicadas se abrían en las intersecciones; salvo por las espinas largas y puntiagudas, el resto de cada rama estaba desnudo.

Ettin Per arrugó el entrecejo y habló con voz estridente.

Ama Tsai Indi! dijo:

—La mujer de Ettin nos ha recordado que la Diosa no es simple. Sabemos que hace falta algo más que una teoría para explicar su universo. Tal vez existe más de un camino acertado que seguir.

Lugala Minti pareció furiosa.

Tsai Ama Ul se inclinó hacia delante y habló.

—Según la mujer de Tsai Ama, hay muchas cosas que no pueden decirse. Recuerda que somos enemigas, al menos de momento, y son los hombres quienes deciden qué información es estratégica.

»Ella, la mujer de Tsai Ama, dice que contará una historia acerca del origen del mundo. Ni siquiera los hombres pueden poner objeciones a esto. Todo el mundo coincide en que no es literalmente cierta, y es muy antigua, lo que significa que no te dice nada acerca de nuestra situación actual. Pero sí dice algo acerca de nuestro mundo.

»En el principio no existía nada salvo la Diosa y un monstruo. En cuanto se miraron se enemistaron, y lucharon hasta que la Diosa mató al monstruo.

»Cuando el monstruo murió, la Diosa le quitó los ovarios y fecundó los huevos de los ovarios, utilizando su propio semen.

¿Qué?

—Después cogió el cuerpo del monstruo y creó el mundo. Las montañas altas son lo que queda de la espalda acorazada y espinosa de la criatura. Las llanuras y los valles surgen de su ancho y arrugado vientre. Los dientes del monstruo se convirtieron en los cuatro planetas principales. El sol es su cerebro, lleno de ideas violentas.

»Cuando terminó de crear el mundo, la Diosa cogió los huevos del monstruo y les dio forma de criaturas vivientes. Los huevos del ovario derecho se convirtieron en animales; y los del ovario izquierdo pasaron a ser los antepasados del Pueblo. En ese momento no tenían criterio ni capacidad de discriminación. Sólo eran otra clase de animal, más débil y más miserable que la mayoría. Pero la Diosa sabía en qué se convertirían. Los colocó tiernamente en el mundo. Enseguida empezaron a gatear y a arrastrarse por el enorme cuerpo del monstruo. La Diosa los observaba con amor.

Guardó silencio. Las mujeres se movieron un poco, se arreglaron la